Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


El rabino (1924)
(“Рабби”)
Originalmente publicado en Красная новь, 1 (enero-febrero de 1924), págs. 68-69;
reimpreso en Известия Одесского губисполкома
[Izvestia del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (9 de marzo de 1924);
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Todo es mortal. Vida eterna no es concedida más que a las madres. Si la madre no pertenece ya a los vivientes, deja detrás de ella un recuerdo que todavía no se ha atrevido a profanar nadie. El recuerdo de la madre nos nutre de piedad, como el océano, el océano sin límites, nutre a los ríos que surcan la tierra...
       Así hablaba Guedalye, grave, sugerente. La tarde moribunda le envolvía en el rojo hálito de su tristeza. El viejo continuó:
       —En las mansiones del chassidismo escudriñadas por las pasiones están rotas las puertas y ventanas; mas, no obstante, es inmortal como el alma de la madre. Perennemente permanece el chassidismo con sus órbitas derramadas en la encrucijada de las furiosas tempestades de la historia.
       Así hablaba Guedalye, y después de haber orado en la sinagoga me llevó a casa del rabino Motale, el último rabino de la dinastía de Chernobyle.
       Me dirigí con Guedalye a la calle principal.
       En la lejanía brillaban las iglesias blancas como campos de alforfón. Detrás de nosotros sonó un tiro. Dos campesinas encinta con sonoros collares salieron de la puerta y se sentaron en el banco. Una tímida estrella alumbró en la liza anaranjada de la muerte del sol. Y la calma del sábado se cernió sobre los tejados oblicuos del ghetto de Schitomir.
       —Aquí —susurró Guedalye, indicando una larga casa de fachada deteriorada.
       Entramos en un cuarto pétreo y vacío como un depósito de cadáveres. El rabino Motale estaba sentado a la mesa, rodeado de posesos y embaucadores. Llevaba un gorro de marta y una vestidura blanca atada a la cintura con una cuerda. Estaba sentado con los ojos cerrados, acariciándose con sus dedos flacos el vello amarillento de su barba.
       —¿De dónde viene el judío? —me preguntó levantando los párpados.
       —De Odessa —le contesté.
       —Piadosa ciudad —dijo de pronto el rabino en voz más alta que de costumbre—. La estrella de nuestro destierro, el forzoso venero de nuestros cánticos. ¿En qué se ocupa el judío?
       —Pongo en verso las peregrinaciones del señor de Ostropol.
       —¡Gran obra! —murmuró el rabino y cerró los párpados—. El chacal aúlla cuando está hambriento. Sólo el sabio rasga con su risa el velo de la existencia. ¿Qué ha aprendido el judío?
       —La Biblia.
       —¿Qué busca el judío?
       —Alegría.
       —Reb Mordsche —dijo el servidor del templo sacudiendo su barba—, este joven va a sentarse a la mesa y va a cenar esta noche de sábado con los demás judíos. Tiene que alegrarse de vivir y de no haber muerto todavía, tiene que batir palmas cuando sus vecinos dancen, tiene que beber vino cuando se le dé vino.
       Y Reb Mordsche, un viejo clown de párpados oblicuos y grandes, un viejo giboso con la estatura de un niño de diez años, se me acercó inmediatamente.
       —¡Ah, mi querido joven! —dijo el desarrapado Reb Mordsche haciéndome un guiño—. ¡Cuántos locos ricos he conocido en Odessa! Siéntese a la mesa, joven, y beba del vino que no le han de dar...
       Y nos sentamos todos en fila —los endemoniados, los embaucadores, los papanatas. En el rincón gemían aún sobre el libro de rezos, judíos de anchas espaldas que semejaban pescadores y apóstoles. Guedalye, con su bata verde, dormía junto a la pared como una avecilla de color. Y de repente veo a espaldas de Guedalye a un joven con los rasgos de Spinoza, con la pesada frente de Spinoza y el enfermizo rostro de una monja. Fumaba y temblaba al mismo tiempo como un fugitivo a quien se llevara de nuevo a la prisión. El andrajoso Mordsche se acercó a él por detrás, le arrancó el cigarrillo de la boca y se volvió en seguida hacia mí.
       —Es Ilia, el hijo del rabino —gimió Mordsche volviendo hacia mí sus párpados desfigurados, con equimosis—. El hijo maldito, el último hijo, el hijo rebelde...
       Mordsche amenazaba al joven con su puño diminuto y le escupió a la cara.
       —¡Alabado sea el Señor! —resonó al mismo tiempo la voz del rabino Motale Bratslavski. Y con sus dedos de monje partió el pan—. Alabado sea el Dios de Israel que nos ha elegido entre todos los pueblos de la tierra...
       El rabino bendijo la cena y nos sentamos a la mesa.
       Detrás de la ventana pastaban los caballos y gritaban los cosacos. El desierto de la guerra bostezaba a la ventana. Y el hijo del rabino fumaba en el silencio de la oración un cigarrillo tras otro. Cuando terminó la cena me levanté el primero.
       —Querido joven —murmuró Mordsche a mi espalda tirándome del cinturón—. ¿De qué vivirían los santos si no hubiera en la tierra más que ricos malos y pobres vagabundos?
       Le di dinero al viejo y salí a la calle. Me separé de Guedalye y me marché a casa, a la estación, donde me esperaba el frenesí de los centenares de luces de la imprenta, los mágicos fulgores de la estación radiotelegráfica, el rodar sin tregua de las máquinas y el artículo inconcluso para el periódico El Jinete Rojo.



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