Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


En el sótano (1931)
(“В подвале”)
Originalmente publicado en Новый мир [Mundo Nuevo], Núm. 10 (1931);
Cuentos (Рассказы)
(se incluyen los cuentos de Одесские рассказы [Cuentos de Odessa], 1931,
con la adición de cuatros cuentos)
(Moscú: Goslitizdat, 1932, 219 págs.)
(Москва: Гослитиздат, 1932, 219 с.)



      Yo era un niño mentiroso. La culpa era de la lectura. Tenía mi imaginación siempre incandescente. Leía en clase, en el recreo, camino de casa, de noche bajo la mesa, tapándome con un mantel que llegaba al suelo. Debido a los libros pasé por alto todas las cosas de este mundo: las escapatorias de la escuela al puerto, el comienzo de los billares en los cafés de la calle Gréchevskaya, los baños en Lanzherón. No tenía amistades. ¿A quién le agradaría tratar a un tipo así?
       Un día vi en poder de Mark Borgman, nuestro primer alumno, un libro sobre Spinoza. Él acababa de leerlo y sin poder contenerse comenzó a hablar a los muchachos que le rodeaban de la Inquisición española. Lo que contaba era una farfulla científica. Las palabras de Borgman estaban desprovistas de poesía.
       No aguanté y me entrometí. Hablé a los que quisieron escucharme del viejo Amsterdam, de las tinieblas del ghetto, de los filósofos-tallistas de diamantes. Agregué mucho de mi cosecha a lo leído en los libros. Sin eso no podía pasar. Mi imaginación confería fuerzas a las escenas dramáticas, trastocaba los finales, ponía misterio en los comienzos. La muerte de Spinoza, su muerte redimida y solitaria, quedó transformada por mi imaginación en una contienda. El sanedrín quiso obligar al moribundo a confesar, pero él no retrocedió. Allí mismo intercalé a Rubens. Me imaginé que Rubens había permanecido ante el lecho de Spinoza y había sacado la mascarilla mortuoria.
       Mis condiscípulos escucharon la fantástica novela con la boca abierta. Fue una novela contada con inspiración. Nos separamos con disgusto al oír el timbre. En el recreo siguiente Borgman se acercó a mí, me tomó de la mano y comenzamos a pasear juntos. Al poco rato nos pusimos de acuerdo. Borgman no tenía las fastidiosas características del primer alumno. Para su cerebro recio la ciencia escolar era como los garabatos al margen de un libro auténtico. Buscaba esos libros con verdadera ambición. Con la ingenuidad de nuestros doce años sabíamos ya que le esperaba una vida sabia, nada común. No preparaba las lecciones, sólo las escuchaba. Aquel muchacho juicioso y formal me tomó afecto por mi manera de trastocar todas las cosas del mundo, las cosas más simples que cabe imaginar.
       Aquel año pasamos a tercer grado. Mi cartilla estaba plagada de treses con menos. Con mis desvaríos era yo tan raro que los maestros, después de pensarlo, no se atrevieron a ponerme doses. A comienzos del verano Borgman me invitó a su casa de campo. Su padre era director del Banco Ruso de Comercio Exterior. Era uno de los que convertía a Odesa en una Marsella o en un Nápoles. Tenía madera de viejo negociante odesita. Pertenecía al grupo de los calaveras escépticos y corteses. El padre de Borgman procuraba no utilizar el idioma ruso; se expresaba en el lenguaje tosco y entrecortado de los capitanes de Liverpool. En abril nos visitó una ópera italiana y Borgman ofreció una comida en su casa a toda la compañía. Aquel banquero abotagado, el último de los negociantes de Odesa, sostuvo un romance de dos meses con la tetuda primera cantante. Ella se llevó recuerdos que no remordían la conciencia y un collar elegido con gusto y no muy caro.
       El viejo ocupaba el cargo de cónsul argentino y de presidente del comité bursátil. A su casa, pues, yo fui invitado. Mi tía —llamada Bobka— lo comunicó a todo el patio. Me endomingó lo mejor que pudo. Fui en el tren hasta la estación 16 del Gran Fontán. El chalet se hallaba sobre un acantilado rojizo a la vera del mar. En la ladera crecía un parterre con fucsias y con tuyas podadas en forma de esfera.
       Yo procedía de una familia mísera y torpe. El ambiente en el chalet de Borgman me asombró. En las veredas, ocultos entre el verdor, blanqueaban sillones de mimbre. La mesa de comer estaba cubierta de flores, las ventanas estaban engastadas en jambajes verdes. Ante la casa había una espaciosa columnata de madera.
       A la tarde llegó el director del banco. Después de comer colocó un sillón de mimbre al borde mismo del acantilado, ante la llanura del mar, levantó las piernas con pantalones blancos, encendió un puro y se puso a leer “Manchester Guardian”. Los convidados, señoras de Odesa, jugaban al póker en la galería. En una esquina de la mesa susurraba un samovar estrecho con asas de marfil.
       Aquellas mujeres —aficionadas a las cartas y a los dulces, lechuguinas desaseadas y libertinas secretas, de ropa perfumada y grandes caderas— agitaban abanicos negros y ponían monedas de oro. Hasta ellas, a través de un parral, llegaba el sol. Era un enorme disco de fuego. Los destellos de bronce hacían más pesadas las cabelleras negras de las mujeres. Las chispas del ocaso penetraban en los brillantes —brillantes que pendían en todas partes: en los hoyos de los pechos distanciados, en las orejas retocadas y en los dedos de hembras eróticas, azulados y mórbidos.
       Llegó la noche. Un murciélago voló con un susurro. El mar se abalanzó aún más sobre la roca colorada. Mi corazón de doce años estaba henchido de alegría y de la liviandad de la riqueza ajena. Mi amigo y yo, cogidos de la mano, paseábamos por una vereda apartada. Borgman me dijo que sería ingeniero de aviación. Se rumoreaba que su papá sería designado representante del Banco Ruso de comercio exterior en Londres; Mark llegaría a estudiar en Inglaterra.
       En nuestra casa, en casa de la tía Bobka, no se trataban esas cosas. Yo no tendría con qué pagar aquel esplendor continuo. Entonces le dije a Mark que, aunque en nuestra casa era todo diferente, mi abuelo Leivi-Itsjok y mí tío dieron la vuelta al mundo y pasaron miles de aventuras. Describí por orden todas las aventuras. El sentido de lo imposible me abandonó inmediatamente y pasé a mi tío Volf por la guerra ruso-turca hasta Alejandría, en Egipto…
       La noche se enderezó en los álamos, las estrellas se posaron sobre las ramas cedientes. Yo hablaba y agitaba los brazos. Los dedos del futuro ingeniero de aviación se estremecían en mi mano. Despertó con dificultad de las alucinaciones y prometió ir a mi casa el domingo siguiente. Con esa promesa regresé en el tren a casa, adonde Bobka.
       Toda la semana siguiente a mi visita me creí ser director de banco. Realicé operaciones millonarias con Singapur y Port Said. Adquirí un yate y viajaba solo. El sábado llegó la hora del despertar. Mañana me visitaría el pequeño Borgman. No había nada de lo que yo le conté. Había algo mucho más asombroso de lo inventado por mí, pero a mis doce años yo no sabía qué hacer con la verdad en este mundo. El abuelo Leivi-Itsjok, rabí expulsado de su lugar por falsificar en las letras de cambio la firma del conde de Branitski, era un loco, en opinión de nuestros vecinos y de los niños del barrio. Al tío Simón-Volf yo no lo aguantaba por sus extravagancias estrepitosas, llenas de fogosidad absurda, de gritería y de opresión. La única tratable era Bobka. Bobka se enorgullecía de que yo tuviera por amigo al hijo de un director de banco.
       Veía en esa amistad el comienzo de una carrera y preparó para el invitado una tarta con dulce y un pastel con semillas de amapola. Todo el corazón de nuestra tribu, un corazón muy curtido en la lucha, quedó expresado en aquellos pasteles. Al abuelo, con su chistera rota y su trapería en los pies hinchados, lo ocultamos en casa de los Apeljot, nuestros vecinos; le imploré que no apareciera hasta que el visitante se hubiera marchado. Con Simón-Volf la cosa también se arregló. Se marchó con sus amigos chalanes a tomar té en la taberna “El oso”. En aquella taberna servían aguardiente además de té y cabía esperar que Simón-Volf tardaría en regresar. Debo decir que mi familia no se parecía a otras familias judías. En nuestro clan hubo borrachos, hubo seductores que se llevaron a hijas de generales y las abandonaron antes de pasar la frontera, mi abuelo falseaba firmas y componía para esposas abandonadas cartas de chantaje.
       Hice todo lo posible por mantener todo el día fuera a Simón-Volf. Le di los tres rublos ahorrados. Para gastar tres rublos se requiere un tiempo. Simón-Volf regresaría tarde y el hijo del director del banco jamás sabría que el relato acerca de la bondad y de la fuerza de mi tío era una patraña. Bien mirado, pensado con el corazón, era verdad y no mentira, pero el que viera a Simón-Volf, sucio y chillón jamás llegaría a comprender esa verdad.
       El domingo por la mañana Bobka se puso un vestido de paño marrón. Su pecho bonachón y grueso se desparramó por todos los lados. Se colocó una pañoleta de negras flores estampadas, de esas pañoletas que se ponen para ir a la sinagoga el día del juicio final y en el Rosch Ha-Shanan. Bobka situó en la mesa pasteles, dulces y roscos y se puso a esperar. Vivíamos en un sótano. Borgman arqueó las cejas al pisar el suelo irregular del pasillo. En el zaguán había una tinaja con agua. Apenas entró comencé a distraerle con una serie de cosas curiosas. Le mostré un despertador hecho hasta el último tornillo por mi abuelo. El reloj llevaba una lámpara que se encendía cuando daban las medias y las horas. Le mostré también un tonelete con betún. La fórmula de aquel betún había sido descubierta por Leivi-Itsjok que no revelaba a nadie el secreto. Después Borgman y yo leímos algunas páginas del manuscrito del abuelo. Escribía en hebreo sobre unas hojas amarillas cuadradas, enormes como mapas geográficos. El manuscrito se titulaba “El hombre sin cabeza”. Allí estaban retratados todos los vecinos de Leivi-Itsjok en los setenta años de su vida: primero en Skvir y Bélaya Tsérkov y después en Odesa. Los personajes de Leivi-Itsjok eran fabricantes de ataúdes, chantres, judíos borrachos, cocineras de circuncisiones y granujas que hacían operaciones rituales. Todos eran gente absurda, premiosa, con narices abultadas, granos en la coronilla y traseros ladeados. Durante la lectura apareció Bobka con su vestido marrón. Llegaba con el samovar en una bandeja guarnecida con su pecho grueso y bonachón. Hice la presentación. Bobka dijo: “Mucho gusto”, alargó los dedos sudados e inmóviles y dio un taconazo. La cosa no podía marchar mejor. Los Apeljot no soltaban al abuelo. Yo extraía sus tesoros, uno por uno: gramáticas en todas las lenguas y sesenta y seis tomos del Talmud. Mark quedó cegado con el tonelete de betún, con el despertador y con la montaña del Talmud, algo que no se vería en ninguna otra casa.
       Tomamos dos vasos de té con tarta, Bobka desapareció asintiendo con la cabeza y reculando. Embargado por la alegría me puse en postura y comencé a recitar las estrofas que más me gustaban en mi vida. Antonio, ante el cadáver de César, se dirige al pueblo de Roma:
       “¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención! ¡Vengo a inhumar a César, no a ensalzarle!” [Shakespeare: Julius Caesar, acto 3, escena 2).
       Así comienza Antonio el juego. Yo perdí la respiración y puse las manos sobre el pecho.
       “Era mi amigo, para mí leal y sincero; pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma, cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Parecía esto ambición en César?… Siempre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba. ¡La ambición debería ser de una sustancia más dura! Pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado… Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces. ¿Era esto ambición? Pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado”.
       Ante mis ojos, en la niebla del universo, pendía el rostro de Bruto. Estaba blanco como la tiza. El pueblo romano, rezongando, marchaba sobre mí. Levanté la mano; los ojos de Borgman se desplazaron sumisos tras ella, mi puño apretado tembló. Levanté la mano… y vi tras la ventana al tío Simón-Volf que cruzaba el patio en compañía del chalán Leikaj. Llevaba a cuestas una percha de astas de ciervo y un arca roja con colgantes en forma de fauces de león. Bobka también los vio por la ventana. Olvidándose del huésped irrumpió en la habitación y me agarró con manos temblorosas.
       —Corazón mío, ha comprado más muebles… Borgman, introducido en su uniformito, se levantó y asombrado hizo una reverencia a Bobka. Intentaban abrir la puerta. En el pasillo se oyó un estruendo de botas y el ruedo de un arca que se arrastra. Las voces de Simón-Volf y del pelirrojo Leikaj atronaban. Ambos estaban a medios pelos.
       —Bobka —gritó Simón-Volf—, adivina: ¿cuánto di por esos cuernos?
       Aunque chillaba como una trompeta, en su voz había vacilación. Simón-Volf, borracho como estaba, recordaba que odiábamos al pelirrojo Leikaj que le empujaba a comprar, que nos invadía con muebles innecesarios, absurdos.
       Bobka callaba. Leikaj algo murmulló a Simón-Volf. Para ahogar su silbido de serpiente, para acallar mi temor, grité con palabras de Antonio:
       “¡Ayer todavía, la palabra de César hubiera podido prevalecer contra el universo! ¡Ahora yace aquí, y nadie hay tan humilde que la reverencie! ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la cólera a vuestras mentes y corazones, sena injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos sabéis, son hombres honrados…”.
       En este lugar se escuchó un golpe. Golpeada por su marido, Bobka cayó al suelo. Por lo visto, hizo alguna observación amarga sobre las astas de ciervo. Comenzaba el diario espectáculo. La voz de bronce de Simón-Volf tapaba todas las rendijas del universo.
       —Estáis haciendo de mí gelatina —gritaba mi tío con voz estruendosa—, estáis haciendo de mí gelatina para atiborrar vuestras bocas de perro… El trabajo me arrebató el alma. Ya no tengo con qué trabajar. No me quedan manos. No me quedan pies… Me cargasteis una piedra del pescuezo, tengo una piedra colgada del pescuezo…
       Nos maldecía a Bobka y a mí con imprecaciones judías, prometiéndonos que se nos vaciarían los ojos, que nuestros hijos comenzarían a pudrirse y a descomponerse en las entrañas de la madre, que no tendríamos tiempo para enterrarnos unos a otros y que nos arrastrarían por los pelos a una fosa común. El pequeño Borgman se levantó de su asiento. Estaba pálido y miraba a todos lados. Aunque desconocía los giros del sacrilegio judío, conocía las blasfemias rusas. Simón-Volf tampoco las desdeñaba. El hijo del director del banco estrujaba su gorrita en la mano. El se dividía en mis ojos y yo intentaba acallar todo el mal del mundo. Mi desesperación agónica y la muerte de César se convirtieron en una sola cosa. Yo estaba muerto y yo gritaba. Los estertores se levantaban desde lo hondo de mi ser.
       “Si tenéis lágrimas, disponeos a verterlas. ¡Todos conocéis este manto! Recuerdo cuando César lo estrenó. Era una tarde de estío, en su tienda, el día que venció a los nevrios. ¡Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio! ¡Ved qué brecha abrió el envidioso Casca! ¡Por esta otra le hirió su amado Bruto! ¡Y al retirar su maldecido acero, observad cómo la sangre de César parece haberse lanzado en pos de él!…”.
       Nada podía ahogar la voz de Simón-Volf. Sentada en el suelo, Bobka sollozaba y se sonaba. El impávido Leikaj movía un arca al otro lado del tabique. En esto mi demencial abuelo quiso acudir en mi ayuda. Se escapó de los Apeljot, se situó junto a la ventana y comenzó a rascar el violín, quizá para que los extraños no oyesen las blasfemias de Simón-Volf. Borgman se asomó a la ventana, abierta a ras de la calle y se retiró espantado. Mi pobre abuelo estaba haciendo muecas con su osificada boca azul. Llevaba una chistera retorcida, una clámide negra enguatada con botones de hueso y choclos en sus pies elefantinos. Su barba ahumada pendía en guedejas y se mecía tras la ventana. Mark huía.
       —No tiene importancia —balbuceaba cuando se escapaba a la calle—, francamente, no tiene importancia…
       Por el patio pasó rápidamente su uniformito y su gorra de ala subida.
       Mark se fue y yo me tranquilicé. Quedé esperando la noche. El abuelo rellenó de ganchos hebreos su cuartilla cuadrada (describió a los Apeljot con los que pasó el día por culpa mía), se tumbó en la cama y se durmió. Entonces yo salí al pasillo. El piso era de tierra. Yo caminaba en la oscuridad descalzo y con un camisón remendado. Por las rendijas de las tablas refulgían los adoquines con filos de luz. La tinaja del agua estaba en el rincón de siempre. Me metí en ella. El agua me cortó en dos. Sumergí la cabeza, me asfixié y salí. Desde lo alto, desde un estante, me estaba observando un gato somnoliento. La segunda vez aguanté más, el agua chapoteaba a mi alrededor, mi gemido se sumergía en ella. Abrí los ojos y en el fondo de la tinaja vi mi camisón haciendo vela y las piernas juntas. Volví a enflaquecer y emergí. Al pie de la tinaja estaba mi abuelo en blusa. Su único diente tintineaba.
       —Nieto mío —pronunció con desprecio y claridad—, voy a tomar aceite de ricino para tener algo que llevar a tu tumba.
       Fuera de mí grité y penetré en el agua con impulso. Me sacó la mano impotente de mi abuelo. Entonces rompí a llorar por primera vez en ese día y el mundo de las lágrimas era tan enorme y bello que de mis ojos se fue todo menos las lágrimas.
       Me desperté en la cama enrollado en mantas. Mi abuelo paseaba por la habitación y silbaba. La gorda Bobka calentaba mis pies en el pecho.
       —Mira cómo tiembla, nuestro tontín —dijo Bobka—, ¿de dónde sacará el niño las fuerzas para temblar así?
       El abuelo se dio un repelón en la barba, silbó y reanudó su paseo. Tras la pared, con dolorosa expiración, roncaba Simón-Volf. Como se pasaba el día peleando, de noche nunca despertaba.



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