Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


Traición (1923)
(“Измена”)
Originalmente publicado en Известия Одесского губисполкома
[Boletín del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (20 de marzo de 1923);
reimpreso en Красная газета [Periódico Rojo], 13 de marzo de 1926),
y Пролетарий [El Proletariado] (Jarkov), 1926;
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Compañero juez de instrucción Burdienko:
       A sus preguntas contesto que tengo el número 2 400 de legitimación del Partido, extendida por el Comité del Partido en Krassnodar para Nikita Balinaschef. Respecto a mi vida declaro que hasta 1914 fue una vida doméstica, pues me ocupaba con mis padres en trabajos agrícolas, y desde el campo fui a las filas imperialistas a defender al ciudadano Poincaré y a los verdugos de la revolución alemana Ebert-Noske, que al parecer se habían dormido y a lo sumo habían tenido en sueños una idea de cómo podría efectivamente ayudarse a mi patria. “Sankt-Iván”, en Kuban. Y así se va tirando de la cuerda hasta que el compañero Lenin con el compañero Trotsky dan una vuelta a mi bayoneta bestializada y en vez de dirigirla a los intestinos que le estaban destinados la dirigen a unas nuevas entrañas del blanco más fácil. Desde entonces llevo el número 2 400 en la punta de mi despierta bayoneta, y es bastante bochornoso y ridículo por cierto oír de usted ahora, compañero juez de instrucción Burdienko, una habladuría insensata sobre el desconocido hospital de N. De ese hospital no me ocupé yo lo más mínimo, cuanto más para hablar de que le haya tiroteado o le haya asaltado, lo cual hubiera sido de todo punto imposible, pues los tres, es decir, el compañero Golovitsyn, el compañero Kustof y yo estábamos heridos y sentíamos una fiebre violenta en nuestros huesos. No asaltamos el hospital, sino que estábamos en traje de hospital en la plaza de la ciudad en medio del pueblo libre, de nacionalidad judía, y llorábamos. Y en lo que respecta al perjuicio de los tres cristales que al parecer rompimos con nuestros revólveres de oficiales, desde lo más profundo del corazón digo que esos cristales no respondían a un fin, pues pertenecían a la ventana de una despensa donde no cumplen misión alguna. Y el doctor Yavein, que vio desde la ventana del hospital nuestro tiroteo, se reía de nosotros sin parar, lo cual pueden comprobar así mismo, los judíos arriba citados, libres del lugar de Kosin. Contra el doctor Yavein aduzco todavía, compañero juez de instrucción, que también se rió de nosotros cuando los tres heridos, a saber: el compañero Golovitsyn, el compañero Kustof y yo, fuimos llevados al lazareto, y él, a las primeras palabras, nos dijo con bastante dureza: “Combatientes, tomad un baño cada uno, quitaos inmediatamente vuestras armas y vestidos, porque temo que puedan propagar el contagio y quiero hacerla desinfectar absolutamente.” Y cuando el camarada Kustof vio delante de él una fiera y no un hombre, adelantó su pierna destrozada y preguntó si un sable de Kuban podía contagiar a alguien que no fuese enemigo de nuestra revolución y se interesó también en saber algo de la desinfección; si allí encontraba uno verdaderamente un soldado del partido para todas las cuestiones o, al contrario, uno de la masa innominada. Y entonces vio claramente el doctor Yavein que nos dábamos cuenta de la traición. Nos volvió la espalda y nos mandó a la enfermería sonriente y sin decir una palabra. Renqueamos con nuestras piernas rotas, agitamos nuestras manos impedidas y nos sostuvimos mutuamente, puesto que los tres éramos compatriotas del pueblo cosaco de Sankt-Iván, a saber: el compañero Gotovitsyn, el compañero Kustof y yo, paisanos con la misma suerte; el que tenía la pierna rota se apoyaba en el brazo del compañero, y el que no tenía mano se reclinaba en el hombro del otro. Obedecimos la orden dada y nos fuimos a la enfermería, donde esperábamos encontrar una labor cultural y desprendimiento por la causa. Pero es interesante hacer notar lo que encontramos en la enfermería: vimos allí soldados rojos —infantería exclusivamente— sentados en los camastros jugando a las damas, y en las ventanas había enfermeras altas, sonriendo a derecha e izquierda. Cuando vimos esto quedamos como heridos por el rayo.
       —¿Habéis terminado ya la guerra, muchachos? —dije yo a los heridos.
       —Sí —contestaron los heridos moviendo las piezas hechas de pan.
       —Muy pronto —contesté a los heridos, muy pronto habéis terminado la guerra los de infantería cuando el enemigo está a quince kilómetros de aquí avanzando solapadamente y cuando puede leerse en el periódico El Jinete Rojo algo sobre nuestra situación internacional, que es horrible y que presenta horizontes cubiertos de nubes.
       Pero mis palabras resonaron contra la heroica infantería como sirles de cordero en el tambor del regimiento. Y de toda la charla no vino a resultar sino que las enfermeras nos llevaron a la cama y allá empezaron otra vez a hablar de que debíamos dejar las armas, como si hubiéramos sido ya vencidos.
       A consecuencia de esto excitaron a Kustof hasta un punto que no puede decirse, y se arrancó el vendaje que llevaba en el hombro izquierdo encima del corazón sangrante del guerrero y del proletario. Conociendo su carácter, callaron las enfermeras, aunque sólo poco tiempo; luego empezaron otra vez a bromear como hace la masa innominada, y por último nos mandaban gente que se complacía en quitarnos la ropa mientras dormíamos y nos hacían representar como labor de cultura, una obra de teatro, vestidos de mujeres, lo cual no era para nosotros.
       ¡Oh crueles enfermeras! Más de una vez intentaron dormirnos con narcóticos a causa de nuestro indumento, de tal manera que no descansábamos más que alternativamente y teníamos siempre un ojo abierto y hasta para las menores necesidades íbamos con todo el uniforme y con el revólver en la mano. Después de haber sufrido así una semana y un día enteros empezamos a delirar, a ver fantasmas y, finalmente, cuando el 4 de agosto, la mañana de la acusación, despertamos, vimos un cambio en nosotros; es decir, estábamos en mandil, cada uno con un número, lo mismo que reclusos, sin armas y sin los vestidos que habían cosido para nosotros nuestras madres, las pobres viejecitas de Kuban. Y vimos el buen sol iluminando magníficamente, mientras que la infantería, bajo la cual sufríamos los tres jinetes rojos, se burlaba de nosotros, lo mismo que las despiadadas enfermeras que nos habían dado la noche anterior un narcótico y ahora movían sus pechos jóvenes y nos traían fuentes llenas de cacao con tanta leche que se podía nadar dentro. Un alegre carrusel: la infantería golpeaba con sus muletas terriblemente y nos pellizcaba a los lados como a prostitutas venales: “El primer ejército del Budienny ha terminado también la guerra.” Pero no, relamidos compañeros que habéis hinchado vuestros magníficos vientres y jugáis por la noche a las damas como si eso fuera un arma de artillería, el primer ejército no ha terminado la guerra. Los tres queríamos ir al retrete; nos encontramos en el patio y nos dirigíamos desde allá, todavía con la fiebre de nuestras heridas amoratadas, al ciudadano Boidermann, el presidente del Comité Revolucionario del distrito, sin el cual no hubiera habido, compañero juez de instrucción Burdienko, desacuerdo posible en el tiroteo por el cual nos vemos en tan grave confusión.
       Y aunque no podemos presentar material alguno respecto del ciudadano Boidermann, le comunico, sin embargo, que al entrar en la antecámara del presidente del Comité Revolucionario del distrito, nos llamó la atención un ciudadano viejo de pieles, judío de nacionalidad. El ciudadano Boidermann está sentado a la mesa, una mesa llena de papeles que no tenía un hermoso aspecto. Está mirando a todos lados y se ve que no entiende nada de aquellos papeles, que no le preocupan los papeles, tanto más, por cuanto que tres combatientes desconocidos, pero de méritos se adelantan amenazadores al ciudadano Boidermann y le exigen alimento, mientras que al mismo tiempo los funcionarios del lugar señalan la contrarrevolución de los pueblos comarcanos y además comparecen ante él otros funcionarios del centro que, lo más pronto posible y sin dilación, quieren casarse ante el Comité Revolucionario del distrito, pero también nosotros expusimos con voz tonante nuestro caso, la traición en el lazareto. Sin embargo, el ciudadano Boidermann nos miró con ojos atónitos y salientes y nos volvió a mirar por todos lados, y luego nos golpeó suavemente en el hombro, lo cual no es propio de la autoridad y sí completamente indigno de ella. No nos dio ninguna resolución, sino que se limitó a decir: “Compañeros combatientes, si es verdad que estáis por el poder de los soviets, abandonad este lugar.” Con lo cual naturalmente nosotros no estábamos de acuerdo. Exigimos su documentación personal completa y como no la recibimos nos quedamos como anonadados. Y en estas enmarañadas circunstancias salimos a la plaza delante del lazareto, donde desarmamos a la milicia, consistente en un soldado de caballería, y con lágrimas en los ojos, destrozamos los inocentes cristales de la despensa anteriormente descrita. El doctor Yavein, ante este ataque ilícito, contrajo el rostro y siguió riendo, mientras el compañero Kustof tuvo que morir cuatro días después, de resultas de su enfermedad. En su breve vida roja fue intranquilizado infinitamente el compañero Kustof por esa traición, que tan pronto nos guiñaba el ojo desde la ventana como se burlaba del rudo proletariado... El mismo proletariado, compañeros, sabe que es rudo y sufre por eso; pero queremos vivir, queremos morir, el alma arde y arranca como fuego la prisión de nuestro cuerpo y el presidio de nuestras costillas, en donde no podemos resistir más.
       La traición, le digo, compañero juez de instrucción Burdienko, se ríe de nosotros en la ventana; la traición avanza descaradamente en nuestra propia casa; la traición se cuelga las botas a la espalda para que las tablas del piso no crujan en la casa despojada. Pero nosotros queremos arrancar el piso para que se levante contra nuestra inocente rudeza y derramaremos sangre negra en esas botas que han aprendido a andar sin crujidos.



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