Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


De hidrógeno (1950)
(“All’idrogeno”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (15 de febrero de 1950);
El desplome de la Baliverna
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1954, 340 págs.)



      El teléfono me despertó. Fuera por la brusca interrupción del sueño, o por el silencio sepulcral que reinaba alrededor, me pareció que el timbre tenía un sonido más largo de lo habitual, agorero, resentido.
       Encendí la luz y fui a contestar en pijama. Hacía frío, vi que los muebles estaban profundamente inmersos en la noche (¡Misteriosa impresión llena de presagios!) y que, al despertarme, les había cogido por sorpresa. En una palabra, enseguida comprendí que se trataba de una de esas raras noches importantes y profundas, en las que, a espaldas del mundo, el destino da un paso.
       —Diga, diga —al otro lado del hilo me hablaba una voz familiar, pero yo estaba tan soñoliento que no la reconocía—. ¿Eres tú? Entonces, dime… quisiera saber…
       Seguramente era un amigo, pero no conseguía saber quién era (esa odiosa manía de no identificarse).
       Le interrumpí sin ni siquiera haber sopesado sus palabras.
       —¿No podrías haberme telefoneado mañana? ¿Sabes qué hora es?
       —Son las 57 y cuarto —respondió. Y calló durante un buen rato, como si ya hubiera hablado demasiado. En realidad, yo nunca me había adentrado, estando despierto, en unas profundidades tan remotas de la noche; y sentía cierta excitación.
       —¿Pero qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
       —Nada, nada —respondió él, parecía apurado—. Habíamos oído decir que… Pero no importa, no importa… Perdona… —Y colgó.
       ¿Por qué había telefoneado a esas horas? Y además, ¿quién era? Un amigo o un conocido, eso seguro, pero ¿quién exactamente? No conseguía localizarlo.
       Iba a volver a la cama cuando el teléfono sonó por segunda vez. Era un timbre todavía más áspero y perentorio. Era otra persona, distinta a la de antes, lo intuí enseguida.
       —Dígame…
       —¿Eres tú?… ah, menos mal…
       Era una mujer. Y esta vez la reconocí: Luisa, una buena chica, secretaria de un abogado, a la que no veía desde hacía años. Oír mi voz había sido para ella, se notaba, un alivio inmenso. Pero ¿por qué? Y, sobre todo, ¿cómo es que aparecía después de tanto tiempo en mitad de la noche con una llamada tan neurasténica?
       —Pero ¿se puede saber qué ocurre? —dije impaciente.
       —Oh —respondió Luisa débilmente—. ¡Bendito sea Dios!… He tenido un sueño, ¿sabes? Un sueño horrendo… Me he despertado con el corazón en vilo… No he podido por menos de…
       —¿De qué? Eres la segunda, esta noche. ¿Qué sucede, diantre?
       —Perdóname, perdóname… Ya sabes lo aprensiva que soy… Vete a dormir, vete, no quiero que cojas frío… Adiós.
       Y colgó. Me quedé allí, con el auricular en la mano, en silencio; los muebles, aunque la luz eléctrica los iluminara de una forma completamente normal, tenían un aspecto extraño, como de quien está a punto de decir algo y se reprime, y ese algo queda dentro de él, sin que podamos conocerlo. Probablemente esto no era más que una simple consecuencia de la noche: en realidad sólo conocemos una mínima parte de ella, el resto es inmenso, inexplorado, y las raras veces que nos adentramos en él, todo nos asusta.
       Sin embargo, sí había paz y silencio: era el sueño casi sepulcral de las casas, que es mucho más profundo y mudo que el silencio del campo. Pero ¿por qué me habían telefoneado esas dos personas? ¿Les habría llegado alguna noticia relacionada conmigo? ¿Una mala noticia? ¿O simples presentimientos, sueños premonitorios?
       ¡Bobadas! Me volví a acostar, encontrando con alegría las sábanas todavía calientes. Apagué la luz y me tumbé boca arriba, como de costumbre.
       En ese momento sonó el timbre de la puerta. De forma prolongada. Dos veces. El ruido me entró exactamente en la espalda y me subió por la columna vertebral. Así pues, algo había sucedido, o estaba a punto de sucederme, y debía de ser muy grave para que me llamaran a una hora tan avanzada de la noche; un suceso doloroso o incluso infame, sin lugar a dudas.
       Tenía el corazón en un puño. Volví a encender la luz de la habitación, pero por prudencia no encendí la del pasillo: quizá podían verme por alguna mínima rendija de la puerta de entrada.
       —¿Quién es? —pregunté, intentando emplear un tono enérgico, pero la voz me tembló, afónica, ridícula.
       —¿Quién es? —pregunté por segunda vez. Nadie respondió.
       Con precaución infinita, siempre en la oscuridad, me acerqué a la puerta e, inclinándome, pegué el ojo contra un agujerito casi imperceptible, por el que, sin embargo, se podía ver lo que había fuera. El descansillo estaba vacío y no se distinguían sombras en movimiento. En las escaleras, alumbraba la débil, avara y desesperada luz de siempre, esa que hace sentir a los hombres el peso de la vida cuando regresan a casa por la noche.
       —¿Quién es? —pregunté por tercera vez. Nada.
       Entonces se oyó un ruido. No venía del otro lado de la puerta, del descansillo de la escalera o de las otras plantas, sino de abajo, probablemente del sótano, y todo el edificio vibraba. Era como si arrastraran algo muy pesado por un pasaje angosto, con mucho trabajo. El ruido, en efecto, era el de un rozamiento, y dentro de él había también —¡Dios nos asistiera!— un largo y atroz crujido, como cuando una viga está a punto de romperse o unas tenazas extirpan un diente.
       Yo no conseguía comprender qué era, pero supe de inmediato que aquel ruido estaba relacionado con las dos llamadas de teléfono y con el timbre de la puerta ¡en esa oscura y misteriosa caverna de la noche!
       El ruido se repetía, con largas y desgarradoras sacudidas, cada vez más fuerte, como si subiera. Al mismo tiempo, discerní un denso, pero extremadamente sordo, rumor de gente en las escaleras. No pude resistir más. Abrí lentamente el cerrojo de la puerta y la entreabrí. Miré fuera.
       La escalera (veía dos rampas) estaba abarrotada de gente. En camisón o pijama, algunos incluso con los pies descalzos, los inquilinos habían salido de sus casas y estaban apoyados en la barandilla mirando hacia abajo con ansiedad. Noté la palidez mortal de las caras, la inmovilidad de los miembros, que parecían paralizados por el terror.
       —Pss, pss —hice por la rendija de la puerta, sin atreverme a salir en pijama. La señora Arunda, la del quinto piso (con los rulos puestos) volvió la cabeza con expresión de reproche.
       —¿Qué pasa? —susurré (¡pero por qué no hablaba en voz alta si todos estaban despiertos!).
       —Sss —contestó ella, en voz baja y con un tono de absoluta desolación, imagínense a un enfermo al que el médico le haya diagnosticado un cáncer—. ¡La atómica! —e hizo un gesto con el dedo índice hacia el entresuelo.
       —¿Cómo, la atómica?
       —Ha llegado… Están metiéndola en la casa… Para nosotros, para nosotros… venga a verlo con sus propios ojos.
       A pesar de mi pudor, salí al descansillo y, abriéndome paso entre dos tipos que nunca había visto, miré hacia abajo. Me pareció distinguir una cosa negra, algo parecido a un cajón inmenso en torno al cual se atareaban con palancas y cuerdas unos hombres vestidos con mono azul.
       —¿Es eso? —pregunté.
       —Por supuesto, ¿qué va a ser si no? —respondió un cretino muy cerca de mí.
       Después, como para reparar su rudeza, continuó:
       —Es la drógena, ¿sabe?
       Se oyó una risita seca, carente de alegría.
       —¡Qué drógena ni qué ocho cuartos! De hidrógeno, de hidrógeno. ¡Malditos canallas, es el último modelo! Con la de millones de hombres que hay en el mundo, nos la han tenido que enviar precisamente a nosotros, a vía San Giuliano número 8.
       Pasado el gélido estupor primero, el alboroto producido por la gente se volvía más fuerte. Distinguía voces, sollozos reprimidos de mujer, maldiciones, suspiros. Un hombre de unos treinta años lloraba sin freno golpeando con fuerza su pie derecho contra un peldaño.
       —Es injusto —gemía—. ¡Me encuentro aquí por casualidad!… ¡Estoy de paso!… ¡No tengo nada que ver!… ¡Pensaba irme mañana!…
       Su queja era insoportable.
       —Y yo también… —le dijo secamente un señor de unos cincuenta años que creo que era el abogado del octavo piso—. Yo mañana tenía que comer raviolis, ¿entiende, señora? ¡Raviolis! ¡Y me quedaré sin ellos!
       Una mujer había perdido la cabeza. Me cogió por una muñeca y empezó a sacudírmela.
       —Mírelos, mírelos —decía en voz baja señalando a los dos niños que la seguían—. ¡Mire a estos dos angelitos! ¿Le parece posible? ¿No clama al cielo toda esta historia?
       Yo no sabía qué decir. Tenía frío.
       Desde abajo llegó un estruendo lúgubre. Debían de haber conseguido desplazar el cajón un buen trecho. Volví a mirar hacia abajo. El odioso objeto había entrado en el halo de luz de una bombilla. Estaba pintado de azul oscuro y lleno de etiquetas. Para ver mejor, los hombres se colgaban de la barandilla, con peligro de caer por el hueco de las escaleras. Se oían voces confusas: “¿Y cuándo va a explotar? ¿Esta noche?… ¡Mario! ¡Mario! ¿Has despertado a Mario?… Gisa, ¿tienes tú la bolsa de agua caliente?… ¡Hijos, hijos míos!… ¿Pero le has telefoneado? ¡Sí, llámale! Seguro que él puede hacer algo… Es absurdo, señor mío, sólo a nosotros… ¿Quién le ha dicho que sólo a nosotros? ¿Cómo lo sabe?… Beppe, Beppe, ¡abrázame, te lo suplico, abrázame!…”. Después, oraciones, avemarías y letanías. Una mujeruca sostenía en la mano un cirio apagado.
       De pronto, desde abajo, una noticia serpenteó por la escalera. Se adivinó que era una noticia por el agitado intercambio de palabras que subía poco a poco. A juzgar por el cambio en la expresión de la gente, debía de ser una buena noticia. “¿Qué sucede? ¿Qué sucede?”, preguntaban impacientes desde arriba.
       Finalmente, llegaron algunos fragmentos de conversación hasta los que estábamos en el sexto piso. “Hay un nombre en la dirección”, decían. “¿Un nombre? Sí, el nombre de quien debe recibir la atómica… Es personal, ¿comprendes? No es para todo el edificio, no es para todo el edificio, sólo es para una persona… ¡no es para todo el edificio!”. Parecían enloquecidos, reían, se abrazaban y besaban.
       Después una duda enfrió el entusiasmo. Cada cual pensó en sí mismo, diálogos ansiosos, toda la escalera era una frenética algarabía. “¿Cuál es el nombre? No han conseguido leerlo… Claro que se lee… es un nombre extranjero (todos pensamos en el doctor Stratz, el dentista del ático). No, no… es italiano… ¿Cómo? ¿Cómo? Empieza por T… No, no… por B de Bérgamo… ¿Y después?, ¿y después? ¿La segunda letra? ¿Has dicho U? ¿U de Udine?”.
       La gente me observaba. Nunca vi rostros humanos alterados por una felicidad tan salvaje. Un hombre no pudo resistir y estalló en una carcajada que acabó en una tos cavernosa: era el viejo Mercalli, el de la subasta de alfombras. Comprendí. El cajón con el infierno dentro era para mí, un regalo exclusivo; sólo para mí. Y los demás se habían salvado.
       ¿Qué otra cosa podía hacer? Retrocedí hacia mi casa. Los vecinos me miraban. ¡Con qué alegría me miraban! Abajo, los estertores tétricos del cajón, que lentamente subían por la escalera, se mezclaron con la repentina música de un acordeón. Alguien tocaba La vie en rose.




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