Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


La humildad (1958)
(“L’umiltà”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (23 de marzo de 1958);
Il Colombre
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1966, 451 págs.)



      Un fraile llamado Celestino, después de algún tiempo de vivir como ermitaño, decidió ir a vivir en el corazón de la metrópoli, donde mayor es la soledad de los corazones y más fuerte la tentación de Dios. Porque maravillosa es la fuerza de los desiertos de Oriente, hechos de piedra, de arena y de sol, donde hasta el hombre más burdo comprende su propia pequeñez ante la vastedad de la creación y de los abismos de la eternidad; pero aún más poderoso es el desierto de la ciudad, hecho de multitudes de estrépitos, de ruedas, de asfalto, de luces eléctricas y de relojes que marchan sincronizadamente y pronuncian en coro el mismo instante y la misma condena.
       Pues bien, en el lugar más soberbio de esta landa aridecida, vivía el padre Celestino, raptado casi siempre por la adoración del Eterno. Y como todos conocían su cualidad de iluminado, iban a verlo, desde los más remotos parajes, personas afligidas o turbadas, para pedirle consejo y a confesarse. Al abrigo de un enorme taller mecánico logró encontrar, nadie sabe cómo, los restos de un viejo camión, cuya minúscula cabina, sin ningún vidrio sano, ay de mí, le servía de confesionario.
       Una tarde, cuando ya estaba oscureciendo, y después de haber estado durante horas y horas escuchando largas enumeraciones de pecados, más o menos contritas, el padre Celestino se disponía ya a salir de su garita; mas se detuvo al ver en la penumbra a una figura desmedrada que se acercaba hacia él, con actitud penitente.
       Sólo hasta que el forastero se hubo arrodillado sobre el estribo, el ermitaño se dio cuenta de que el recién llegado era un sacerdote.
       —¿Qué puedo hacer por ti, pequeño sacerdote? —le dijo el ermitaño, con su voz paciente y suave.
       —He venido a confesarme —respondió el hombre; y sin demora alguna, empezó a confesar sus culpas.
       Celestino ya estaba acostumbrado a sufrir las confidencias de las personas, especialmente mujeres, que iban a confesarse por una especie de manía, aburriéndolo con meticulosos relatos de acciones inocentísimas. Pero nunca antes había escuchado a un cristiano tan carente de maldad. Las faltas de las cuales el sacerdote se acusaba eran sencillamente ridículas, tan fútiles, débiles y ligeras. No obstante, conociendo bien a los hombres, el ermitaño comprendió que aún faltaba lo bueno, y que el humilde sacerdote se andaba por las ramas.
       —Ánimo, hijo; ya es tarde y, para ser sincero, empieza a hacer frío. ¡Vamos al grano, pues!
       —Me falta valor, padre —balbuceó el sacerdote.
       —¿Qué pecado has cometido? Viéndote bien, me pareces un buen muchacho. No habrás matado, puedo imaginármelo. No te has manchado de orgullo.
       —Eso es —dijo el otro, con un hilo de voz casi imperceptible.
       —¿Asesino?
       —No. Lo otro.
       —¿Orgulloso? ¿Es posible?
       El sacerdote asintió, contrito.
       —Pero habla, explícate, alma bendita. Aunque hoy se haga un excesivo consumo de ella, la misericordia de Dios es infinita y todavía queda mucha en su depósito; creo que con ésta puede bastarte.
       El otro se decidió, finalmente:
       —Se trata de esto, padre. La cosa es muy simple, pero tremenda. Soy sacerdote desde hace pocos días. Me ocupo de los oficios en la parroquia que me asignaron. Y bien...
       —¡Habla, pues, criatura mía, habla! Pero si no te voy a comer, te lo juro.
       —Pues bien... cuando oigo que me dicen “reverendo”... ¿qué quiere que haga?, le va a parecer ridículo, pero yo experimento una sensación de alegría como algo que me calentara adentro...
       A decir verdad, no era un gran pecado. Jamás se le hubiera ocurrido confesar semejante cosa a ninguno de los fieles, ni a los sacerdotes mismos. No obstante el anacoreta, aunque muy experto en el fenómeno llamado hombre, nunca se lo esperó. Y no sabía qué decirle, pues era algo nuevo para él.
       —Ejem... ejem... entiendo... No es nada bueno. Si no es el mismo demonio que te calienta por dentro, poco le falta... Por fortuna, lo has entendido por ti mismo... Y tu vergüenza deja esperar en que no recaerás... Desde luego, sería triste que siendo tan joven te dejaras infectar... Ego te absolvo.
       Pasaron tres o cuatro años, y el padre Celestino ya casi se había olvidado completamente del caso cuando el sacerdote anónimo volvió a buscarlo para confesarse.
       —Yo te conozco ya, ¿o me confundo?
       —Es verdad.
       —Déjame verte... Pero si eres tú, eres tú, a quien le gustaba que lo llamaran reverendo. ¿O me equivoco?
       —Precisamente yo —dijo el sacerdote, que acaso parecía menos humilde por una especie de mayor dignidad reflejada en su rostro; pero seguía siendo tan joven y desmedrado como la primera vez. Y estaba rojo de vergüenza.
       —Ay, ay —diagnosticó secamente Celestino, sonriendo con resignación—. ¿En todo este tiempo no has sabido enmendarte?
       —Peor, peor.
       —Casi me inspiras miedo, hijo mío. Explícate.
       —Bien —dijo el sacerdote, haciendo un tremendo esfuerzo para animarse—. Es peor que antes... Yo... yo...
       —Ánimo —lo exhortó Celestino, estrechándole las manos entre las suyas—, no me tengas en suspenso.
       —Me sucede esto: si alguien me llama “monseñor”, yo... yo...
       —Sientes satisfacción, ¿eso quieres decir?
       —Sí, desgraciadamente.
       —¿Una sensación de calor, de bienestar?
       —Precisamente...
       Pero el padre Celestino lo despachó con pocas palabras. La primera vez, el caso le había parecido muy interesante, como singularidad humana. Ahora ya no. Evidentemente —pensaba—, se trata de un pobre estúpido, un buen hombre tal vez, de los que la gente se divierte tomándoles el pelo. ¿Qué caso tenía demorar la absolución? En un par de minutos el padre Celestino lo mandó con Dios.
       Y pasaron todavía unos diez años. El ermitaño ya era viejo cuando el curita volvió. Éste también había envejecido, naturalmente; más enjuto, más pálido, con los cabellos grises. En un primer momento, el padre Celestino no lo reconoció. Pero en cuanto el otro empezó a hablar, el timbre de la voz hizo despertar el recuerdo adormecido.
       —Ah, eres tú el del “reverendo” y del “monseñor”, ¿o me confundo? —preguntó Celestino, con su desarmante sonrisa.
       —Tienes buena memoria, padre.
       —¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces?
       —Van a cumplirse diez años.
       —¿Y después de diez años, tú... sigues todavía con lo mismo?
       —Peor, peor...
       —¿Qué quieres decir?
       —Mira, padre... ahora... si alguien se dirige a mí llamándome “excelencia”, yo...
       —No digas más, hijo mío —dijo Celestino con su paciencia a prueba de bomba. Ya entiendo. Ego te absolvo.
       Y pensaba, mientras tanto: desgraciadamente, con el paso de los años, este pobre cura se ha vuelto más ingenuo y simplón, y la gente se divierte aún más tomándole el pelo.
       Y cae en el garlito y hasta le encuentra gusto, pobrecito. Apuesto a que dentro de cinco o seis años lo veré otra vez delante de mí, para confesarme que cuando lo llaman “eminencia”, etcétera, etcétera.
       Y eso mismo ocurrió, exactamente, con un año menos de lo previsto.
       Con la espantosa celeridad que todos conocen, pasó otra gran tajada de tiempo. El padre Celestino era ya tan viejo y decrépito, que debían llevarlo cargando a su confesionario todas las mañanas, y cargándolo lo regresaban a su yacija al anochecer.
       ¿Es necesario contar ahora con pelos y señales que el anónimo curita regresó un buen día? ¿Y cuánto había envejecido él también, más blanco, encorvado y enjuto que nunca? ¿Y cómo seguía atormentándolo el mismo remordimiento? No; evidentemente, no es necesario.
       —Mi pobre curita —lo saludó con amor el anciano y venerable anacoreta—, ¿vienes aquí otra vez con tu viejo pecado de orgullo?
       —Tú sabes leer mi alma, padre.
       —Supongo que ahora la gente te llama “su Santidad”.
       —Exactamente así —admitió el cura, con la más ardiente de las mortificaciones.
       —¿Y cada vez que te llaman así, una sensación de alegría, de bienestar, de vida, te invade, como una felicidad?
       —Desgraciadamente, desgraciadamente. ¿Dios me perdonará?
       El padre Celestino sonrió en su fuero interno. Tanta obstinada ingenuidad le parecía conmovedora. En un santiamén reconstruyó imaginariamente la oscura vida de aquel pobre curita, humilde y poco inteligente, en una arrumbada parroquia de montaña, entre rostros apagados, obtusos y malignos. Sus monótonas jornadas, una igual a la otra, las monótonas estaciones y los monótonos años; y él cada vez más melancólico y los parroquianos cada vez más crueles. Monseñor... excelencia... eminencia ... ahora su Santidad. Ya no conocían medida las burlas de los aldeanos. Sin embargo, él no se inmutaba; esas grandes y deslumbrantes palabras suscitaban en su corazón una infantil resonancia de alegría. Bienaventurados los pobres de espíritu, concluyó para sus adentros el ermitaño. Ego te absolvo.
       Hasta que un día el viejísimo padre Celestino, sintiéndose próximo a morir, por primera vez en su vida, pidió algo para sí mismo. Solicitó que lo llevaran a Roma, como fuera. Antes de cerrar los ojos para siempre, le gustaría ver, al menos un instante, San Pedro, el Vaticano y al Santo Padre.
       ¿Podían decirle que no? Consiguieron una litera, pusieron en ella al ermitaño y lo llevaron hasta el corazón de la cristiandad. Pero eso no fue todo. Sin perder tiempo, porque Celestino tenía ya las horas contadas, lo llevaron por las escalinatas del Vaticano y lo introdujeron, con mil peregrinos más, en un vasto salón. Lo dejaron allí, en un rincón, esperando.
       Después de esperar y esperar, el padre Celestino vio que al fin la multitud se movía para abrir paso, y al fondo tan lejano del salón, una delgada y blanca figura que avanzaba. ¡El Papa!
       ¿Cómo era? ¿Qué cara tenía? Con horror indescriptible, el padre Celestino, que siempre había sido miope como un rinoceronte, se dio cuenta de que había olvidado sus anteojos.
       Para fortuna suya, la blanca figura se acercaba, haciéndose cada vez más grande, hasta llegar precisamente a su litera. El ermitaño se enjugó con el dorso de una mano los ojos perlados de lágrimas, y los alzó lentamente. Miró el rostro del Papa. Y lo reconoció.
       —Oh, eres tú, mi curita, mi pobre curita —exclamó el anciano con irresistible presencia de ánimo.
       Y en la vetusta majestad del Vaticano, por vez primera en la historia, se asistió a la siguiente escena: el Santo Padre y un viejísimo fraile desconocido venido de quién sabe dónde, cogidos de la mano, sollozaban juntos.




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