Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


Las precauciones inútiles
(“Le precauzioni inutili”)
Sessanta racconti
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1958, 566 págs.)



CONTRA LOS FRAUDES

      Leo Bussi, viajante de comercio de treinta años, entró en la sucursal número siete del Banco de Crédito Nacional para cobrar un cheque al portador de 4000 (cuatro mil) liras.
       No había ventanillas, sino un largo mostrador detrás del cual trabajaban los empleados.
       —¿Qué desea? —preguntó uno de ellos amablemente.
       —Tengo un cheque para cobrar.
       —¿Me permite? —dijo el empleado y, cogiéndole el papelito de la mano, lo examinó por un lado y por otro. Después—: Vaya a que le atienda mi colega, por favor.
       El colega era un hombre de unos cincuenta años. Observó el cheque detenidamente (volviéndolo de un lado y de otro), carraspeó, alzó la mirada por encima de las gafas examinando la cara del cliente, volvió a mirar el cheque, miró de nuevo a Bussi, como buscando una correspondencia, y finalmente preguntó:
       —¿Tiene usted cuenta corriente aquí?
       —No —respondió Bussi.
       —¿Algún documento de identidad?
       Bussi le dio el pasaporte. El empleado lo cogió, lo llevó a su mesa, se sentó, hojeó el librito para controlarlo y empezó a tomar nota, registrando en un impreso el nombre, el número, la fecha de emisión, etc. Pero en un determinado momento se detuvo, se ajustó las gafas y masculló unas palabras.
       —¿Algún problema? —preguntó Bussi con la vaga sensación de haber sido tomado por un gánster.
       —En absoluto, en absoluto —dijo el tipo con una sonrisita ambigua. Dicho esto, cogió el pasaporte y fue a consultar al director, que estaba al fondo de la sala, en una mesa más grande.
       Los dos se pusieron a confabular, alzando de vez en cuando los ojos para examinar la cara del viajante de comercio. Finalmente, el empleado regresó.
       —¿Es la primera vez que viene usted a este banco? —preguntó.
       —Sí, la primera. Pero parece que hay algún problema…
       —No, en absoluto —repitió el empleado recuperando la sonrisita. Después, rellenó el impreso de caja, se lo dio a firmar, volvió a coger el impreso y abrió de nuevo el pasaporte para comprobar la conformidad de las firmas. En ese momento, evidentemente, le asaltó una nueva duda. Por segunda vez fue a consultar al director. Desde el mostrador, Bussi no podía oír lo que decían. (“¡Cuántas historias para cuatro mil liras!”, pensaba. “¿Qué habría sucedido si hubieran sido cien mil?”).
       Por fin, el empleado volvió al mostrador, desilusionado, parecía, de no encontrar otros motivos para continuar sus investigaciones.
       —Ya está, señor, puede pasar por caja… —Y, junto al pasaporte, le dio un cupón numerado.
       Cuando le llegó el turno, Bussi entregó el cupón en la caja. El cajero, un hombre grueso y autoritario, palpó el cheque cuidadosamente, comprobó el cupón, miró a Bussi y de nuevo el cheque, también él buscando quizá una misteriosa semejanza entre el cheque bancario y el hombre, y, finalmente, perforó el papelito con una especie de tampón, lo volvió a mirar y lo depositó en una cajita que tenía a su lado. Después de eso, con una solemnidad sacerdotal, sacó un fajo de billetes y los contó, haciéndolos restallar entre los dedos con un golpecito característico: uno, dos, tres, cuatro billetes de 10.000 (diez mil) liras. Se los tendió al cliente.


CONTRA LOS ESPÍAS

       Antonio Lancellotti, alto funcionario del Estado y hombre particularmente prudente, se encuentra en el Ministerio con el viceinspector Modica, su subordinado, un hombre con el que debe andarse con cuidado porque tiene fama de espía.
       —Querido Modica —pregunta estúpidamente, sólo para parecer cordial—, ¿qué cuentan por ahí? ¿qué cuentan?
       —Bah… —contesta Modica moviendo la cabeza—, es mejor no tener orejas, créame. Parece ser que la principal actividad de los miembros de este ministerio es poner a caldo a los otros por detrás…
       —¿A qué otros? —y Lancellotti rió divertido.
       —Pues a todo el mundo, excelencia, incluso a las personas más honestas y virtuosas.
       —¿Incluso a usted, mi viejo Modica?
       —¡Pues claro! Y si sólo me pusieran verde a mí, que soy el último mono… ¡Para serle sincero, también le ponen verde a usted!
       —¿También a mí? —dice Lancellotti, ansioso—. ¿Y qué dicen de mí?
       —No haga ningún caso, se lo ruego. No son más que miserables calumnias…
       —¿Calumnias? ¿Y por qué?
       —¿Quiere realmente que se lo cuente todo? No, no, ¡más le vale no hacerse mala sangre!
       Su ilustrísima está en ascuas:
       —¡Vamos, querido Modica, tengo derecho a saber!
       Después de hacerse mucho de rogar, Modica se decide:
       —¿Sabe lo que tienen la desfachatez de insinuar? ¿Lo sabe? Que es usted un murmurador, que critica sistemáticamente a nuestro jefe, el mariscal Baltazano, que usted…
       —¿Yo? ¡Yo que daría mi vida por Baltazano! ¡Yo que todas las noches, antes de dormirme, leo algún pasaje de sus obras!
       Modica lo mira.
       —Bueno, ¿sabe lo que le digo? Aunque fuera así…
       —Aunque fuera así ¿qué?
       —Aunque fuera verdad que usted tacha a Baltazano de cretino… Vamos, seamos sinceros, excelencia, entre usted y yo, ¿no tiene la impresión de que, de un tiempo a esta parte, nuestro mariscal está… en fin, cómo decirlo…, que ya no es el mismo. No digo que esté chocho, pero sí…
       —¡Oh, no, en absoluto! —reacciona Lancellotti, y piensa para sus adentros: “vaya, vaya, aquí está el agente provocador”—. ¡Al contrario! Sus últimos discursos me han parecido incluso más bellos que los anteriores, más fuertes, más elocuentes, más inspirados.
       —¿Y su toma de posición desfavorable, llamemos a las cosas por su nombre, a los planes de saneamiento proyectados por el ministro Imenez, eh? ¿La comparte usted?
       —¡Por supuesto que la comparto! ¡En esto, el mariscal —y sube el tono para hacerse oír por tres empleados que en ese momento pasan por allí— demuestra una genial visión de los verdaderos intereses del país! Nuestro gran Baltazano es un águila, querido Modica, y a su lado Imenez es… no digo que sea un pajarito, pero le falta poco. El mariscal, mi querido amigo, es la mente política más poderosa de nuestro siglo.
       Los tres empleados se han aproximado, enormemente interesados. Después, uno de ellos se acerca a Modica y le tiende un periódico. Con el rabillo del ojo, Lancellotti distingue un gran titular en primera plana.
       —¿Qué sucede? —pregunta receloso.
       —Nada, nada.
       —Déjeme ver.
       El titular dice: “Resolución de la Junta Nacional”. Y debajo: “Baltazano deja el poder por incompatibilidad doctrinaria — Su detención previene un intento de fuga al extranjero — Nombramiento de Imenez como nuevo presidente del Consejo”.
       Lancellotti siente que un abismo se abre ante él, titubea, apenas tiene fuerzas para preguntar:
       —Pero usted, Modica, ¿lo sabía?
       —¿Yo? —dice el otro con una sonrisa satánica—. ¿Yo? ¡Le juro que estoy pasmado!


CONTRA LOS LADRONES

       Desde que se han cometido tres atracos en la zona, el terror a los bandidos se ha convertido en una obsesión para el terrateniente Fritz Martella. Ya no se fía de nadie, ni de sus familiares ni de los criados, ni siquiera de los perros que, sin embargo, están ojo avizor. ¿Dónde esconder las onzas de oro y las joyas de la familia? La casa no es un lugar seguro. La cómoda, utilizada hasta ahora como caja fuerte, es una garantía ridícula. Después de darle mil vueltas, una noche, sin decir nada a nadie, sale de casa con el cofre del tesoro y una pala, y se dirige hacia el bosque que está junto al río, donde excava un profundo agujero y entierra en él la cajita.
       Pero, nada más volver a casa, reflexiona: “Qué estúpido he sido. ¿Cómo no se me ha ocurrido que la tierra removida puede despertar sospechas? Es verdad que por allí nunca pasa casi nadie, pero ¿y si viene algún cazador y ve el agujero? ¿Y si le entra curiosidad? ¿Y si prueba a excavar también él?”.
       Sin dejar de pensar en el asunto, da vueltas y más vueltas en la cama, sin conseguir conciliar el sueño. Mientras tanto, nada más amanecer, tres asesinos, buscando el mejor lugar para enterrar el cadáver del joyero al que acaban de agredir y matar por el camino, se acercan al bosque que está junto al río y les sorprende encontrar un trozo de terreno donde, no se sabe por quién ni para qué, la tierra ha sido removida recientemente. Entierran el cuerpo a toda prisa en ese lugar.
       A la noche siguiente, enardecido por la inquietud, el terrateniente, con la azada a la espalda, regresa al bosque para recuperar el cofre: después buscará un escondite más seguro.
       Mientras excava, oye unos pasos. Se vuelve y descubre una docena de soldados que, provistos de una linterna, avanzan hacia él.
       —¡Alto ahí! —le intimidan.
       Martella se queda desconcertado con la azada en la mano.
       —¿Qué haces aquí a estas horas? —pregunta el capitán.
       —¿Yo? Yo nada… Yo soy el propietario… estoy excavando… He enterrado aquí una cajita que me pertenece…
       —¿Ah sí? —ríe sarcásticamente el otro—. Nosotros, en cambio, estamos buscando un muerto, ¡un muerto asesinado! Y también buscamos a los asesinos.
       —¿Y yo qué tengo que ver con vuestro muerto? Yo he venido aquí, repito, a recuperar una cosa que es mía…
       —¡Muy bien, perfecto! —exclama el jefe del pelotón—. ¡Ánimo, entonces, buen hombre, excava, excava! ¡Ahora veremos lo que sacas de ahí!


CONTRA EL AMOR

       Ahora que él se ha ido, que no volverá nunca más, que ha desaparecido, que se ha borrado de la esfera de la vida exactamente como si hubiera muerto, a ella, Irene, no le queda más remedio que armarse de todo el valor que una mujer puede pedir a Dios y extirpar todas las raíces de ese desgraciado amor que se ha infiltrado hasta lo más profundo de sus entrañas. Irene siempre ha sido una muchacha fuerte, esta vez no lo será menos.
       ¡Ya está! Ha sido menos terrible de lo que pensaba; y menos largo. No han pasado ni siquiera cuatro meses y ya se siente completamente liberada. Un poco más delgada, más pálida, más diáfana, pero ligera, con la suave languidez de la convalecencia, dentro de la cual ya palpitan vagas ilusiones nuevas. Oh, ha sido muy valiente, incluso heroica, ha sabido ser cruel consigo misma, ha rechazado con tesón todas las seducciones de los recuerdos, a los que, sin embargo, habría sido dulce abandonarse. Destruir todo lo que le quedaba en sus manos, aunque sólo fuera un broche, quemar las cartas y las fotos, tirar la ropa que se ponía cuando estaba él, sobre la cual quizá sus miradas habían dejado una huella impalpable, desembarazarse de los libros que él también había leído y cuyo común conocimiento establecía una complicidad secreta, vender el perro que ya había aprendido a reconocerlo y corría a recibirlo a la puerta del jardín, abandonar las amistades que habían pertenecido a ambos, mudarse incluso de casa, porque en el borde de aquella chimenea él se apoyó con un codo, porque una mañana aquella puerta se había abierto, y detrás había aparecido él, porque el timbre de la puerta seguía sonando igual que cuando él venía, y en cada una de las habitaciones le parecía reconocer una misteriosa impronta suya. Todavía más: acostumbrarse a pensar en otras cosas, volcarse en un trabajo agotador gracias al cual, al llegar la noche, cuando el peligro se vuelva más insidioso, un sueño pesado la venza, conocer a nuevas personas, frecuentar nuevos ambientes, incluso cambiar el color de sus cabellos.
       Todo esto lo ha conseguido hacer, con empeño desesperado, no dejando desguarnecido ni un solo rincón, ni una sola hendidura por la que el recuerdo pudiera abrirse paso. Lo ha hecho. Y se ha curado. Ahora, por la mañana, con un bonito vestido azul que la costurera le acaba de enviar, Irene está a punto de salir de casa. Fuera hace sol. Se siente sana, joven, completamente limpia por dentro, fresca como cuando tenía dieciséis años. ¿Incluso feliz? Casi.
       Pero he aquí que de una casa vecina le llega una breve oleada de sonidos. Alguien ha encendido la radio o ha puesto el gramófono, y ha abierto una ventana. La ha abierto y después enseguida la ha cerrado.
       Ha sido suficiente. Seis o siete notas, no más, el fragmento de un viejo estribillo, su canción. Vamos, valiente Irene, no te pierdas por tan poco, corre al trabajo, no te pares, ¡ríe! Pero un vacío horrendo se le ha formado ya dentro del pecho, ha excavado un abismo. Durante meses y meses, el amor, esta extraña condena, había fingido dormir, dejando que Irene se hiciera ilusiones. Ahora una nimiedad ha bastado para desencadenarlo. Fuera, los coches pasan, la gente vive, nadie sabe nada de una mujer que, tirada en el suelo detrás de la puerta de la calle como una niña castigada, estropeándose el bonito vestido nuevo, llora violentamente. Él está lejos, no volverá nunca más, y todo ha sido inútil.




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