Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


El perro que ha visto a Dios (1954)
(“Il cane che ha visto Dio”)
El desplome de la Baliverna
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1954, 340 págs.)



I

      Por pura maldad, el viejo Spirito, rico panadero del pueblo de Tis, legó todo su patrimonio a su sobrino Defendente Sapori, con una condición: durante cinco años debía repartir, todas las mañanas, en un lugar público, cincuenta kilos de pan fresco entre los pobres. El tío debía de haberse carcajeado para sus adentros antes de morir, sólo ante la idea de que su robusto sobrino, descreído y blasfemador como el que más en un pueblo de excomulgados, se dedicara, a la vista de todo el mundo, a una de esas obras que llaman benéficas.
       Defendente, único heredero, había trabajado en el horno desde que era un muchacho y nunca había dudado de que los bienes de Spirito le correspondían casi por derecho. Aquella condición le exasperaba. Pero ¿qué podía hacer? ¿Echar a perder toda aquella bendición de Dios, horno incluido? Se resignó, maldiciendo. Como lugar público eligió el menos expuesto: el soportal del pequeño patio que había detrás del horno. Y allí se le veía todas las mañanas a primera hora pesando el pan (tal y como prescribía el testamento), amontonándolo en un gran cesto y luego repartiéndolo entre una turba voraz de pobres, sin dejar de acompañar la donación con palabrotas y bromas irreverentes dirigidas a su difunto tío. ¡Cincuenta kilos al día! Le parecía estúpido e inmoral.
       Debido a lo temprano de la hora, el ejecutor testamentario, el notario Stiffolo, venía muy raramente a disfrutar del espectáculo. Por lo demás, su presencia sobraba. Nadie habría podido controlar mejor que los mismos mendigos la regularidad de la operación. Sin embargo, Defendente acabó por idear una solución parcial. Colocaba detrás de un muro el gran cesto con el medio quintal de panecillos, en el que había recortado a escondidas una especie de portillo que, cuando estaba cerrado, no se veía. Después de haber comenzado personalmente el reparto, tomó la costumbre de irse, dejando que su mujer y un dependiente acabaran el trabajo: el horno y la tienda, decía, le necesitaban. En realidad, corría hacia el sótano, se subía a una silla, y abría sin hacer ruido la reja de una ventanita, situada al ras del suelo del patio, contra la que estaba colocado el cesto. Abriendo después el portillo de paja, sustraía del fondo del cesto todos los panes que podía. De esa forma el nivel descendía rápidamente. ¿Pero cómo podían darse cuenta los pobres de su estratagema? A la velocidad con la que se entregaban los panes, era lógico que el cesto se vaciara rápidamente.
       Los primeros días, los amigos de Defendente se levantaban más temprano a propósito para poder ir a verlo llevando a cabo su nuevo cometido. Reunidos en la entrada del patio lo observaban burlones. “¡Que Dios te lo pague!”, le decían. “¿Te estás preparando un lugar en el paraíso? ¡Ánimo, filántropo!”.
       “¡Por el alma de ese depravado!”, respondía él lanzando los panes a la muchedumbre de mendigos, que los cogían al vuelo. Y sonreía al pensar en la maravillosa treta que había ideado para engañar a aquellos desgraciados y al alma de su difunto tío.


II

      Ese mismo verano, el viejo eremita Silvestro, al enterarse de que en aquel pueblo había muy poco Dios, fue a establecerse en sus alrededores. A una decena de kilómetros de Tis, sobre una colina solitaria, había una antigua capilla en minas; más que nada un montón de piedras. Allí se instaló Silvestro: cogía agua en una fuente cercana, dormía en un rincón protegido por un resto de bóveda, comía hierbas y algarrobas, y varias veces al día subía a arrodillarse en lo alto de una gran peña para adorar a Dios.
       Desde allá arriba distinguía las casas de Tis y los tejados de algunas aldeas próximas, entre las que se encontraban la Fossa, Andron y Limena. Esperó en vano a que llegara alguien. Sus fervientes oraciones por las almas de aquellos pecadores subían al cielo sin fruto. Silvestro continuaba, sin embargo, adorando al Creador, haciendo ayuno y charlando, cuando estaba triste, con los pájaros. Ningún hombre iba jamás a visitarlo. Una noche, eso sí, distinguió a dos chiquillos que le espiaban desde lejos. Les llamó amablemente, y ellos huyeron.


III

      Por las noches, los campesinos de la zona comenzaron a distinguir extrañas luces en la zona de la capilla abandonada. Parecía un bosque en llamas, pero el resplandor era blanco y palpitaba suavemente. Frigimelica, el dueño de la calera, se dirigió una noche hacia allí sólo por curiosidad. Sin embargo, a mitad de camino se le averió la motocicleta. Y no se sabe por qué, no se arriesgó a seguir a pie. Al volver, dijo que de la colina del eremita salía un halo de luz; y que esa luz no era ni de un fuego ni de una lámpara. Los campesinos dedujeron sin dificultad que aquella era la luz de Dios.
       Algunas noches se podía distinguir el fulgor desde la misma Tis. Pero la llegada del eremita, sus extravagancias y las luces nocturnas se diluyeron en la habitual indiferencia de los campesinos hacia todo lo que tuviera que ver, aunque fuera de lejos, con la religión. Si salía el tema, hablaban de ello como si se tratara de hechos conocidos desde muy antiguo, no trataban de encontrar explicaciones, y la frase “El eremita está haciendo los fuegos” se volvió tan normal como decir “Esta noche llueve o hace viento”.
       Que tanta indiferencia era completamente sincera lo confirmó la soledad en que dejaron a Silvestro. La idea de ir en peregrinación a verlo les hubiera parecido algo completamente ridículo.


IV

      Una mañana en la que Defendente Sapori estaba repartiendo los panes a los pobres, un perro entró en el pequeño patio. Parecía un animal vagabundo, bastante grande, de pelo hirsuto y expresión apacible. Se abre paso entre los mendigos que esperan, se acerca hasta la cesta, coge uno de los panes y se aleja con toda tranquilidad, como quien ha venido a recoger lo que es suyo.
       —¡Eh, Fido, ven aquí, maldito animal! —grita Defendente, llamándole con el primer nombre que se le ocurre, y se pone a perseguirlo—. ¡Cómo si no hubiera ya bastantes pedigüeños! ¡Es lo que me faltaba, que vinieran también los perros! —Pero el animal ya está demasiado lejos.
       Al día siguiente se repite la escena: el mismo perro, la misma maniobra. Esta vez el panadero persigue al animal hasta la carretera y le tira piedras sin conseguir alcanzarlo.
       Lo curioso es que el robo se repite puntualmente cada mañana. Astucia maravillosa la del perro para elegir el momento justo; tan justo que ni siquiera necesita darse prisa. Y los proyectiles lanzados por Defendente nunca llegan a dar en el blanco. Un vulgar coro de risas se alza cada vez desde la turba de mendigos, y el panadero enrojece de ira.
       Enfurecido, al día siguiente, Defendente espera en la entrada del patio, escondido detrás de la jamba, con un garrote en la mano. No le sirve de nada. Seguramente mezclándose entre la muchedumbre de pobres, que disfrutan con la burla y no tienen por tanto ningún motivo para traicionarlo, el perro entra y sale impunemente.
       —¡Hoy también se ha salido con la suya! —observa uno de los mendigos parados en la calle.
       —¿Dónde está? ¿Dónde? —pregunta Defendente saliendo rápidamente del escondite.
       —¡Mire, mire cómo escapa! —señala riendo el miserable, regocijado con la ira del panadero.
       En realidad, el perro no escapa en absoluto: sujetando entre los dientes el pan se aleja con el paso indolente y tranquilo de quien tiene la conciencia tranquila.
       ¿Pasarlo por alto? No, Defendente no soporta esa clase de bromas. Puesto que en el patio no consigue atraparlo, le dará caza por la calle en cuanto pueda. Es posible también que el perro no sea totalmente vagabundo, tal vez tenga un refugio estable, quizá tenga un dueño al que se le pueda pedir una compensación. Está claro que las cosas no pueden seguir así. Por vigilar a ese animal, Sapori ha tardado en bajar al sótano en los últimos días y ha recuperado mucho menos pan que de costumbre: ¡dinero perdido!
       El intento de cargarse al animal con un pan envenenado, dejado en el suelo a la entrada del patio, no ha tenido éxito. El perro lo ha olfateado un instante, y acto seguido ha continuado hacia el cesto. Al menos esto es lo que han referido los testigos.


V

      Para hacer las cosas bien, Defendente Sapori se apostó en un portal al otro lado de la calle, con la bicicleta y la escopeta de caza: la bicicleta para perseguir al animal y la escopeta de dos cañones para matarlo, si comprobaba que no tenía ningún dueño a quien poder pedir una indemnización. Sólo le dolía la idea de que esa mañana la cesta se vaciaría en beneficio exclusivo de los pobres.
       ¿Por dónde y de qué forma vino el perro? Fue un auténtico misterio. Pese a estar ojo avizor, el panadero no consiguió verlo llegar. Sólo lo distinguió cuando salía, plácido, con el pan entre los dientes. Del patio llegaban ecos de carcajadas. Defendente esperó a que el animal se alejara un poco para no ponerlo sobre aviso. Después saltó al sillín ¡y a por él!
       El panadero había esperado que el perro se detuviera en algún momento a comerse el pan. Pero no fue así. También había imaginado que, después de hacer un poco de camino, se metiera por la puerta de alguna casa. Pero nada. Con su pan entre los dientes, el animal trotaba a lo largo de las paredes con paso regular y nunca se paraba a olfatear, a orinar o a curiosear, como hacen todos los perros. ¿Dónde se pararía? Sapori miraba el cielo gris. No habría tenido nada de raro que se hubiera puesto a llover.
       Dejaron atrás la plazoleta de Sant’Agnes, y después las escuelas, la estación y el lavadero público. Ya estaban en los límites del pueblo. Dejaron finalmente a su espalda también el campo deportivo y se adentraron en el campo.
       Desde que había salido del patio, el perro no se había vuelto en ningún momento. Tal vez ignorara que le seguían.
       Había que abandonar, por lo tanto, la esperanza de que el animal tuviera un dueño que pudiera responder por él. Realmente era un perro vagabundo, uno de esos bichos que infectan las eras de los campesinos, roban pollos, muerden a los terneros, asustan a las viejas y luego acaban en las ciudades propagando sucias enfermedades.
       Lo único que se podía hacer era dispararle. Pero para dispararle había que pararse, bajarse de la bicicleta y quitarse la escopeta del hombro. Y eso bastaba para que el animal, sin siquiera acelerar el paso, se pusiera fuera de tiro. Sapori continuó la persecución.


VI

      Y anda que te andarás, he aquí que comienzan los bosques. El perro toma una senda lateral y luego otra todavía más estrecha, pero llana y cómoda de seguir.
       ¿Cuánto camino han recorrido ya? Tal vez ocho o nueve kilómetros. ¿Y por qué el perro no se para a comer? ¿A qué espera? ¿O es que lleva el pan a alguien?
       Y entonces, de pronto, el terreno se hace cada vez más escarpado, el perro vuelve a girar por otro sendero y la bicicleta ya no puede continuar. Por fortuna, el animal, debido a la fuerte pendiente, aminora un poco el paso. Defendente se baja de la bicicleta y continúa la persecución a pie. Pero poco a poco el perro le deja atrás.
       Exasperado, se dispone a dispararle cuando, en lo alto de una árida pendiente, ve un gran peñasco y, sobre él, un hombre arrodillado. Y entonces se acuerda del eremita, de las luces nocturnas, de todas aquellas estúpidas patrañas. El perro trota plácido por la cuesta.
       Escopeta en mano, Defendente se detiene a cincuenta metros. Ve al eremita interrumpir sus oraciones y bajar del peñasco con gran agilidad para salir al encuentro del perro, que mueve la cola y le deja el pan a los pies. Tras recoger el panecillo del suelo, el eremita parte un pedazo y lo guarda en una alforja que lleva colgada en bandolera. El resto se lo devuelve al perro con una sonrisa.
       El anacoreta es bajito y enjuto, y va vestido con una especie de sayo; su rostro es simpático, con cierta malicia infantil. Entonces el panadero se acerca a él, decidido a hacer valer sus razones.
       —Bienvenido, hermano —se adelanta Silvestro, al verlo aproximarse—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Estás de caza por los alrededores?
       —A decir verdad —responde con tono seco Sapori— iba ala caza de… de cierto animalejo que todos los días…
       —Ah, ¿entonces eres tú? —le interrumpe el viejo—. ¿Eres tú quien me proporciona este pan tan bueno?… un pan de señores éste… ¡un lujo que no me merezco!…
       —¿Bueno? ¡A mí me lo va a decir! Recién salido del horno… yo conozco mi oficio, señor mío… ¡pero eso no es motivo para robarme el pan!
       Silvestro baja la cabeza y mira fijamente la hierba.
       —Comprendo —dice con cierta tristeza—. Tienes razón en quejarte, pero yo no sabía que… Eso significa que Galeone no volverá a ir al pueblo… lo mantendré siempre conmigo… ni siquiera un perro debe tener remordimientos… No volverá a ir, te lo prometo.
       —Bueno —dice el panadero algo más calmado—, si es así, el perro también puede venir. Por un maldito asunto testamentario estoy obligado a tirar todos los días cincuenta kilos de pan… debo dárselo a los pobres, a esos bastardos sin oficio ni beneficio… Porque un pan acabe aquí arriba… pobre más pobre menos…
       —Dios te lo pague, hermano… Testamento o no, lo que tú haces es una obra de misericordia.
       —Pero de buena gana no la haría.
       —Sé por qué hablas así… Los hombres tenéis una especie de pudor… Queréis mostraros malvados, peor de lo que sois, ¡así va el mundo!
       Y las palabrotas que Defendente se ha preparado no brotan hacia fuera. Ya sea por embarazo, ya sea por desilusión, no le sale enfadarse. Le halaga pensar que es el primero y el único de todo el pueblo que se ha acercado al eremita. Un eremita es lo que es: no hay que esperar de él nada bueno, se dice. Pero ¿quién puede prever el futuro? Si consigue entablar una secreta amistad con Silvestro, tal vez un día obtenga de ello algún beneficio. Imagina, por ejemplo, que el viejo hace un milagro, que la plebe se entusiasma con él, que de la gran ciudad llegan monseñores y prelados y se organizan ceremonias, procesiones y ferias. Y a él, Defendente Sapori, predilecto del nuevo santo, envidiado por todo el pueblo, le hacen por ejemplo alcalde. Al fin y al cabo, ¿por qué no?
       Silvestro dice entonces:
       —¡Qué bonita escopeta tienes! —y se la quita de las manos con muy buenos modos. En ese instante, Defendente no comprende cómo, se dispara un tiro que retumba en todo el valle. El eremita mantiene el arma bien sujeta.
       —¿No te da miedo —dice— ir por ahí con ella cargada?
       El panadero lo mira con recelo:
       —¡No soy ningún niño!
       —¿Es cierto —añade enseguida Silvestro devolviéndole la escopeta— que en la iglesia parroquial de Tis no hay problemas de sitio los domingos? He oído decir que no se llena en absoluto.
       —Está tan vacía como la palma de mi mano —contesta con evidente satisfacción el panadero. Después se corrige—: ¡Realmente somos muy pocos los que nunca faltamos!
       —¿Y a misa, cuántos vais normalmente a misa? ¿Tú y cuántos más?
       —Calculo que unos treinta, los mejores domingos. Y en Navidad llegaremos a cincuenta.
       —Y dime, ¿en Tis se blasfema con frecuencia?
       —¡Vaya que si se blasfema! ¡Cuando se ponen a soltar juramentos no se andan con chiquitas!
       El eremita lo mira y mueve la cabeza:
       —Así pues, creen muy poco en Dios…
       —¿Muy poco? —insiste Defendente riendo para sus adentros—. ¡Son una pandilla de herejes!
       —¿Y tus hijos? Supongo que mandarás a la iglesia a tus hijos…
       —¡Vaya que si los mando! ¡Bautismo, confirmación, primera y segunda comunión!
       —¿De veras? ¿También la segunda?
       —También la segunda, claro. Mi hijo más pequeño la ha… —pero aquí se interrumpe ante la vaga sospecha de haber dicho alguna barbaridad.
       —Así que eres un padre excelente —comenta grave el eremita (pero ¿por qué sonríe así?)—. Vuelve a visitarme, hermano. Y ahora vete con Dios —y le bendice con un breve gesto.
       A Defendente le coge desprevenido, no sabe qué responder. Antes de darse cuenta, ha inclinado ligeramente la cabeza y se ha hecho la señal de la Cruz. Por suerte, aparte del perro, no ha habido ningún testigo.


VII

      La alianza secreta con el eremita era una buena cosa, pero sólo mientras el panadero se perdía en los sueños que le llevaban a recibir el cargo de alcalde. En realidad tenía que estar con cien ojos. Aunque no por culpa suya, el reparto del pan a los pobres ya lo había desacreditado ante los ojos de sus paisanos. ¡No quería imaginar lo que pasaría si ahora llegaban a enterarse de que se había hecho la señal de la Cruz! Nadie, gracias a Dios, parecía haberse dado cuenta de su paseo, ni siquiera los mozos del horno. Pero ¿estaba completamente seguro? ¿Y cómo solucionaría el asunto del perro? Por decencia, el panecillo diario ya no podía negárselo. Pero no se lo daría bajo las miradas de los mendigos, que luego habrían ido contándolo por ahí.
       Precisamente por eso al día siguiente, antes de que saliera el sol, Defendente se apostó cerca de su casa, en la carretera que llevaba a las colinas y, cuando Galeone apareció, le llamó con un silbido. Al reconocerlo, el perro se acercó. Entonces el panadero, con un pan en la mano, le hizo seguirle hasta una cabaña de madera, contigua al horno, que servía de almacén para la leña. Una vez en ella, dejó el pan debajo de un banco, para indicar al animal que en el futuro debería recoger de allí su alimento.
       Efectivamente, el perro Galeone, fue al día siguiente a recoger el pan debajo del banco convenido. Y Defendente ni siquiera lo vio, ni tampoco los mendigos.
       De ese modo, el panadero iba todos los días a dejar el pan en la choza de madera antes de que hubiera amanecido. El perro del eremita, ahora que avanzaba el otoño y los días eran cada vez más cortos, se confundía fácilmente con las sombras del alba. Defendente Sapori vivía bastante tranquilo y podía dedicarse a recuperar el pan destinado a los pobres a través del portillo secreto de la cesta.


VIII

      Pasaron las semanas y los meses, hasta que llegó el invierno con las flores de hielo en las ventanas, las chimeneas que humeaban todo el día, la gente embozada, algunos pajaritos muertos de frío al pie de los cercados al despuntar el día y una fina capa de nieve sobre las colinas.
       En una noche estrellada de mucho hielo, hacia el norte, donde estaba la antigua capilla abandonada, se distinguieron unas grandes luces blancas que nunca hasta entonces se habían visto. Aquello provocó en Tis cierta alarma: gente que saltaba de la cama, ventanas que se abrían, llamadas de una casa a otra y ruido confuso en las calles. Después, cuando se supo que era una de las habituales luminarias de Silvestro, simplemente la luz de Dios venida a saludar al eremita, los hombres y las mujeres volvieron a cerrar las ventanas a cal y canto y se metieron de nuevo debajo de las cálidas mantas, un poco desilusionados, maldiciendo la falsa alarma.
       Al día siguiente, traída por no se sabe quién, corrió lentamente la voz de que durante la noche el viejo Silvestro había muerto de frío.


IX

      Como el entierro era obligatorio por ley, el sepulturero, un albañil y dos peones fueron a dar sepultura al eremita, acompañados por don Tabià, el párroco, que siempre había preferido ignorar la presencia del anacoreta dentro de los límites de su parroquia. El ataúd fue colocado en un carro tirado por un borrico.
       Los cinco encontraron a Silvestro tumbado en la nieve, con los brazos en cruz, los párpados cerrados, en una evidente actitud de santo; y junto a él, sentado, vieron al perro Galeone llorando.
       Metieron el cuerpo en la caja y, una vez rezadas las oraciones, lo enterraron allí mismo, bajo la bóveda de la capilla donde Silvestro solía dormir. Sobre el túmulo, colocaron una cruz de madera. Después, don Tabià y los otros hombres regresaron, dejando al perro hecho un ovillo sobre la tumba. En el pueblo nadie les pidió explicaciones.
       El perro no volvió a aparecer. A la mañana siguiente, cuando fue a dejar el pan de siempre debajo del banco, Defendente encontró el del día anterior. Al otro día, el pan estaba todavía allí, un poco más seco, y las hormigas ya habían comenzado a excavar en él galerías y pasadizos. Los días pasaron, y Sapori, como todo el mundo, acabó por no volver a pensar en él.


X

      Pero dos semanas más tarde, mientras Sapori juega al tresillo con el maestro albañil Lucioni y con el caballero Bernardis en el café del Cisne, un jovencito que mira la calle a través de los ventanales, exclama:
       —¡Anda, el perro!
       Defendente da un respingo y se vuelve inmediatamente. Un perro feo y esmirriado avanza por la calle tambaleándose como si estuviera sonado. Se está muriendo de hambre. El perro del eremita —Sapori lo recuerda perfectamente— es más grande y vigoroso. Pero cualquiera sabe en qué estado puede quedar un animal después de dos semanas de ayuno. Al panadero le parece reconocerlo. Después de haber estado durante tanto tiempo llorando sobre la tumba, el animal ha debido de ceder al hambre y ha abandonado a su amo para bajar a buscar comida al pueblo.
       —Le queda poco para estirar la pata —dice Defendente, riendo jocosamente, para mostrar su indiferencia.
       —No quisiera que fuera él —dice entonces Lucioni, con una sonrisa ambigua, cerrando el abanico de cartas.
       —¿Él, quién?
       —No quisiera que fuera el perro del eremita.
       El caballero Bernardis, que tiene muy poco entendimiento, se anima extrañamente.
       —Pero yo a ese animal lo conozco —dice—. Lo he visto por la zona. ¿No será por casualidad tuyo, Defendente?
       —¿Mío? ¿Y por qué va a ser mío?
       —No quisiera equivocarme —confirma Bernardis—, pero me parece haberlo visto por los alrededores de tu horno.
       Sapori no sabe dónde meterse.
       —Bah —dice—, por allí hay muchos perros así. Podría ser, pero yo no lo recuerdo.
       Lucioni asiente con la cabeza gravemente, como hablando consigo mismo. Después:
       —Sí, sí, debe de ser el perro del eremita.
       —¿Y por qué iba a ser él? —pregunta el panadero tratando de reír—. ¿Por qué tiene que ser precisamente el del eremita?
       —Todo concuerda, ¿comprendes? Su delgadez, todo. Reflexiona un poco. Ha estado varios días junto a la tumbadlos perros siempre hacen eso… Después le ha entrado apetito… y aquí le tienes, en el pueblo…
       El panadero calla. Mientras tanto, el animal mira a su alrededor y por un instante mira fijamente, a través de los ventanales del café, a los tres hombres sentados. El panadero se hace el longuis.
       —Sí —dice el caballero Bernardis—, juraría que lo he visto antes. Lo he visto más de una vez en tu barrio —y mira a Sapori.
       —Es posible —contesta el panadero—, pero yo no me acuerdo…
       Lucioni sonríe astutamente.
       —Yo no me quedaría con un perro así ni por todo el oro del mundo.
       —¿Crees que tiene la rabia? —pregunta Bernardis, alarmado.
       —¡Qué va a tener la rabia! Pero yo no me fiaría en absoluto de un perro así… ¡un perro que ha visto a Dios!
       —¿Cómo que ha visto a Dios?
       —¿No era el perro del eremita? ¿Acaso no estaba con él cuando aparecían aquellas luces? ¡Todo el mundo sabe, creo, lo que eran aquellas luces! ¿Y no estaba el perro con él? ¿Cómo quieres que no viera nada? ¿Cómo quieres que durmiera con un espectáculo así? —y ríe con ganas.
       —¡Patrañas! —replica el caballero—. No se sabe nada acerca de esas luces. ¡De Dios nada! Esta noche también estaban…
       —¿Esta noche, dices? —pregunta Defendente con una vaga esperanza.
       —Las he visto con mis propios ojos. No tan intensas como antes, pero despedían bastante claridad.
       —¿Estás seguro de que las has visto esta noche?
       —Pues claro. Eran exactamente las mismas que antes… ¿Qué quieres que haya visto si no esta noche?
       La expresión de Lucioni es bastante maliciosa.
       —¿Y quién te dice que las luces de esta noche no fueran para él?
       —¿Para él, quién?
       —Para el perro, por supuesto. Quizá esta vez, en lugar de Dios en persona haya sido el eremita, que ha bajado del paraíso. Lo habrá visto allí quieto junto a su tumba y se habrá dicho: “Hay que ver, mi pobre perro…”. Y entonces ha bajado a decirle que no se preocupara más, que ya había llorado bastante ¡y que fuera a buscarse una chuleta!
       —Os digo que es un perro de aquí —insiste el caballero Bernardis—. Os juro que le he visto merodear por el horno.


XI

      Defendente regresa a casa muy confuso. ¡Qué asunto tan molesto! Cuanto más trata de decirse que es imposible, más llega al convencimiento de que se trata exactamente del animal del eremita. Nada preocupante, por supuesto. ¿Pero tendrá que seguirle dando cada día el panecillo? Se dice: si no le doy de comer, el perro volverá a robar el pan en el patio; ¿y entonces qué haré? ¿Echarle a puntapiés? ¿A un perro que, quieras que no, ha visto a Dios? ¿Y qué sé yo de todos estos misterios?
       No es una situación fácil. En primer lugar: ¿se le ha aparecido realmente a Galeone el espíritu del eremita la noche anterior? ¿Y qué le ha dicho? ¿Lo habrá embrujado? Quizá ahora el perro comprende el lenguaje de los hombres y, a lo mejor, quién sabe, uno de estos días se pone a hablar él también. Cuando Dios está por medio puede suceder cualquier cosa; se oyen muchas historias. Y él, Defendente, ya se ha cubierto bastante de ridículo. ¡Si llegaran a conocerse sus temores!
       Antes de regresar a casa, Sapori va a echar una ojeada al cobertizo de la leña. El pan de hace quince días ha desaparecido de debajo del banco. ¿Habrá venido el perro y se lo habrá llevado con hormigas y todo?


XII

      Pero al día siguiente el perro no fue a recoger el pan, y al otro tampoco. Eso era exactamente lo que Defendente esperaba. Muerto Silvestro, el sueño de poder servirse de su amistad había desaparecido. En cuanto al perro, tanto mejor que se mantuviera a distancia. Sin embargo, cuando el panadero volvía a ver el panecillo en el cobertizo desierto un día tras otro, se llevaba una desilusión.
       Y aún se sintió peor cuando —tres días más tarde— volvió a ver a Galeone. El perro caminaba, aparentemente aburrido, por la plaza, en medio del frío, y ya no parecía el mismo que habían visto a través de los ventanales del café. Ahora se mantenía perfectamente firme sobre sus patas y ya no se tambaleaba. Era cierto que seguía estando muy flaco, pero tenía el pelo menos hirsuto, las orejas erguidas y la cola bien levantada. ¿Quién lo había alimentado? Sapori miró a su alrededor. La gente pasaba indiferente, como si el animal no existiera. Antes del mediodía, el panadero dejó un nuevo pan fresco, con una loncha de queso dentro, debajo del banco de siempre. El perro no apareció.
       A medida que pasaban los días, Galeone estaba cada vez más lozano; tenía el pelo tan liso y compacto como los perros de los señores. Alguien, por lo tanto, se ocupaba de él; posiblemente fuera mucha gente a la vez, a escondidas los unos de los otros, movidos por ocultos intereses. Tal vez temieran al animal que había visto demasiadas cosas, tal vez esperaban comprar a muy buen precio la gracia de Dios sin exponerse a las burlas de sus paisanos. ¿O quizá todo Tis había tenido la misma idea, y cuando se hacía de noche, cada casa intentaba en la oscuridad atraer al animal para ganárselo con exquisitos bocados?
       Quizá por esto Galeone no había vuelto por su pan; ¡ahora había encontrado algo mejor! Pero nadie hablaba de ello jamás y, cuando salía en la conversación el tema del eremita, se apresuraban a hablar de otra cosa. En cuanto el perro aparecía por la calle, miraban hacia otro lado, como si fuera uno de los muchos perros vagabundos que infectan todos los pueblos del mundo. Y Sapori rumiaba su malestar en silencio, como quien, habiendo sido el primero en tener una idea genial, se da cuenta de que los demás, más audaces que él, se han apoderado clandestinamente de ella y se disponen a sacar inmerecidas ventajas.


XIII

      Hubiera visto o no a Dios, Galeone era ciertamente un perro extraño. Con compostura casi humana iba de casa en casa, entraba en los patios, en las tiendas, en las cocinas, y se quedaba durante un buen rato observando inmóvil a la gente. Después se iba silencioso.
       ¿Qué había detrás de aquellos dos ojos bondadosos y melancólicos? Era muy probable que la imagen del Creador hubiera entrado en ellos. ¿Dejando qué huellas? Manos temblorosas ofrecían al animal pedazos de tarta y muslos de pollo. Galeone, ya saciado, miraba a la persona a los ojos, como para leerle el pensamiento. Entonces ésta salía de la habitación, incapaz de resistir. En Tis, a los perros molestos y vagabundos sólo les daban bastonazos y patadas, pero con éste nadie se atrevía.
       Poco a poco se sintieron atrapados en una especie de complot, pero no osaban hablar de ello. Los amigos se miraban a los ojos, buscando en vano una tácita confesión, cada uno de ellos con la esperanza de poder reconocer en el otro a un cómplice. ¿Pero quién sería el primero en hablar? Sólo Lucioni, impertérrito, volvía una y otra vez sobre el tema: “¡Vaya, vaya! ¡Aquí tenemos de nuevo a nuestro excelente chucho que ha visto a Dios!”, anunciaba con descaro cada vez que aparecía Galeone. Y se reía socarronamente observando una a una a las personas de alrededor con miradas alusivas. Los demás, por lo general, se comportaban como si la cosa no fuera con ellos. Pedían explicaciones fingiendo que no les importaba demasiado, sacudían la cabeza con aire de indulgencia y decían: “¡Monsergas! ¡Es ridículo! ¡Supersticiones de fregonas!”. Callar, o peor aún, unirse a las carcajadas del maestro albañil hubiera sido comprometedor. Y zanjaban el asunto como si se tratara de una broma estúpida. Sin embargo, si el caballero Bernardis estaba presente, su respuesta era siempre la misma:
       —¡De perro del eremita nada! Os digo que es un animal de aquí. ¡Hace años que se pasea por Tis, antes lo veía todos los días vagando por los alrededores del horno!


XIV

      Un día, Defendente bajó como de costumbre al sótano para realizar su habitual maniobra de recuperación del pan. Mientras, en el patio, se oían los gritos de los mendigos que hacían cola y las voces de la mujer y del dependiente, que trataban de mantenerlos a raya. La experta mano de Sapori abrió el cierre del portillo y los panes empezaron a caer rápidamente en un saco. En ese preciso instante distinguió con el rabillo del ojo una cosa negra que se movía en la penumbra del sótano. Se volvió rápidamente y vio que era el perro.
       Parado en la puerta del sótano, Galeone observaba plácidamente la escena, imperturbable. Pero en la escasa luz, los ojos del perro parecían fosforescentes. Sapori se quedó de piedra.
       —Galeone, Galeone —comenzó a balbucear en tono meloso y afectado—. Sé bueno, Galeone… ven aquí, ¡toma! —y le lanzó un pan. Pero el animal ni siquiera lo miró. Dio media vuelta lentamente, como si ya hubiera tenido bastante, y se dirigió hacia la escalera.
       Al quedarse solo, el panadero prorrumpió en horribles imprecaciones.


XV

      Un perro ha visto a Dios, ha aspirado su olor. Quién sabe qué misterios habrá aprehendido. Los hombres se miran unos a otros como buscando un apoyo, una ayuda, pero nadie dice nada. Finalmente uno de ellos se dispone a hablar… “¿Y si es una obsesión mía?”, se pregunta de pronto. “¿Y si los otros ni siquiera lo han pensado?”. Entonces se calla y hace como si no pasara nada.
       Galeone va de un lado a otro con una extraordinaria familiaridad, entra en las hosterías y en los establos. Cuando la gente menos se lo espera, aparece en un rincón, mirando fijamente y olisqueando. Incluso de noche, cuando todos los demás perros duermen, su silueta surge de improviso contra el muro blanco, con esos característicos andares suyos indolentes y en cierto modo vulgares. ¿Es que no tiene casa? ¿Es que no tiene un sitio donde dormir?
       Los hombres ya no se sienten solos, ni siquiera cuando están en casa con las puertas cerradas a cal y canto. Aguzan continuamente los oídos: un rumor en la hierba, fuera; un cauto y suave trotecillo por las piedras de la calle, un ladrido lejano. Buc, buc, buc, hace Galeone: un ruido muy peculiar que no es violento ni desapacible, pero que se oye por todo el pueblo.
       —Bah, no pasa nada, quizá me haya equivocado yo al hacer las cuentas —dice el corredor tras haber discutido como un energúmeno con su mujer por dos céntimos.
       —Está bien, por esta vez no te castigaré. Pero a la próxima te largas… —anuncia Frigimelica, el de la calera, renunciando de pronto a despedir al albañil.
       —A fin de cuentas es una gran mujer… —concluye inesperadamente, en contra de todo lo que ha dicho antes, la señora Biranze, que conversa con la maestra a propósito de la mujer del alcalde.
       Buc buc buc hace el perro vagabundo, y puede ser que ladre a otro perro, a una sombra, a una mariposa, o a la luna, o por algo que acaba de ver, de comprender, como si la maldad humana atravesara las paredes, las calles, el campo, y llegara hasta él. Y los borrachos a los que han echado de la taberna se enderezan al oír su ronco reclamo.
       Galeone aparece de improviso en el cuchitril donde el interventor Federici está escribiendo una carta anónima para avisar a su jefe, el propietario de la fábrica de pastas, de que el contable Rossi tiene relaciones con elementos subversivos, “¿qué estás escribiendo, Federici?” parecen decir los dos ojos bondadosos. El interventor le señala afablemente la puerta: “¡Vamos, bonito, vete de aquí, vete!” y no se atreve a proferir los insultos que le nacen del corazón. Después se queda con la oreja pegada a la puerta para cerciorarse de que el animal se ha ido. Y luego, para mayor seguridad, arroja la carta al fuego.
       Aparece, totalmente por casualidad, al pie de la escalera de madera que lleva a la casita de la guapa y descarada Flora. Son las tantas de la noche, pero los peldaños crujen bajo los pies de Guido, el jardinero, padre de cinco hijos. En ese momento dos ojos brillan en la oscuridad. “¡Maldita sea, pero si no es aquí!”, exclama el hombre en voz alta para que el animal lo oiga, casi sinceramente irritado por su desliz. “En la oscuridad uno se equivoca siempre… ¡Esta no es la casa del notario!”. Y vuelve a bajar precipitadamente.
       O bien se oye su sordo ladrido, un suave murmullo, a modo de reproche, cuando Pinin y el Gionfa, tras haber penetrado por la noche en la caseta de la obra en construcción, se apoderan de dos bicicletas.
       —Toni, viene alguien —susurra Pinin completamente consciente de estar haciendo algo malo.
       —A mí también me lo ha parecido —contesta el Gionfa—. Será mejor que nos larguemos. —Y se van con las manos vacías.
       O también lanza un largo gañido, una especie de lamento, justo debajo de las paredes del horno a la hora exacta, después de que Defendente, tras cerrar con doble cerrojo las puertas y cancelas, ha bajado al sótano para robar el pan de los pobres de la cesta durante el reparto matutino. El panadero entonces aprieta los dientes: ¿cómo puede saberlo ese condenado chucho? E intenta encogerse de hombros. Pero después le entran dudas: si Galeone llegara a denunciarle, adiós herencia. Con el saco vacío doblado bajo el brazo, Defendente vuelve a subir a la tienda.
       ¿Cuánto durará la persecución? ¿Es que ese perro no se irá jamás? Y si se queda en el pueblo, ¿cuántos años podrá vivir todavía? ¿No habrá alguna forma de hacerlo desaparecer?


XVI

      El caso es que, después de siglos de abandono, la parroquia empezó de nuevo a llenarse de gente. Los domingos, las viejas amigas se encontraban en misa. Cada una de ellas tenía su excusa preparada: “¿Sabe lo que le digo? Que con este frío el único sitio donde se está bien es en la iglesia. Tiene los muros gruesos, ésa es la cuestión… ¡El calor que han almacenado durante el verano lo sueltan ahora!”. Y otra: “Don Tabià, nuestro párroco, es un buen hombre… Me ha prometido semillas de tradescantia japonesa, ya sabe, esa planta amarilla tan bonita… Pero no hay forma… Como no aparezco por la iglesia, siempre hace como que se le olvida”. Y otra: “¿Comprende, doña Erminia? Quiero hacer un entredós de encaje como el del altar del Sagrado Corazón. No puedo llevármelo a casa para copiarlo, tengo que venir aquí… ¡Y no es nada sencillo!”. Escuchaban, sonriendo, las explicaciones de las amigas, preocupadas tan sólo de que la suya pareciera lo bastante plausible. Y luego: “¡Oh, don Tabià nos está mirando!”, susurraban como colegialas, y se concentraban en el libro de misa.
       No había ninguna que no fuera allí con alguna excusa. Doña Hermelinda, por ejemplo, no había encontrado a nadie mejor que el organista de la iglesia para que enseñara canto a su hija, tan amante de la música. Y ahora sólo venía para escucharle entonar el Magníficat. La planchadora se citaba en la iglesia con su madre, a quien su marido no quería ver aparecer por casa. Incluso la mujer del doctor, que había pisado en falso unos minutos antes en la plaza y se había hecho daño, había entrado en la iglesia para reponerse un poco. En el fondo de las naves laterales, junto a los confesionarios grises de polvo, donde las sombras son más densas, había algunos hombres tiesos como postes. Desde el púlpito, don Tabià miraba perplejo a su alrededor, y le costaba trabajo encontrar las palabras.
       Mientras tanto, Galeone estaba tumbado al sol en el atrio: parecía concederse un merecido descanso. A la salida de la iglesia, sin mover un pelo, observaba atentamente a toda aquella gente. Las mujeres salían por la puerta sin dignarse a mirarlo, alejándose unas por un lado y otras por otro; pero hasta que no doblaban la esquina sentían los ojos del perro en la espalda como dos puntas de hierro.


XVII

      Ahora, incluso la sombra de un perro cualquiera, por poco que se parezca a Galeone, produce sobresaltos. Se vive en tensión. En el mercado, en el paseo de la tarde, allí donde hay gente, el can nunca falla; y parece disfrutar con la indiferencia absoluta de quienes, cuando están solos y en secreto, lo llaman con los nombres más afectuosos y le ofrecen dulces y natillas. “¡Ah, aquellos sí que eran buenos tiempos!”, acostumbran a exclamar ahora los hombres, así, genéricamente, sin explicar por qué; y no hay nadie que no lo entienda al vuelo. Con “los buenos tiempos” se refieren, sin especificarlo, a cuando podían hacer lo que les venía en gana, emborracharse cuando se presentaba la ocasión, ir a por campesinas al campo y quizá robar, y los domingos quedarse en la cama hasta el mediodía. Los tenderos ahora utilizan papeles finos para pesar los alimentos de forma correcta y la señora no pega ya a la criada. Carmine Esposito, el de la casa de empeños, ha embalado todas sus cosas para trasladarse a la ciudad. El brigadier Venariello permanece tumbado al sol en el banco situado delante del cuartel de los carabineros. Lleno de tedio, se pregunta si los ladrones estarán todos muertos. Y nadie pronuncia ya las poderosas blasfemias de antes, que les daban tanto placer, y, si lo hacen, es en mitad del campo y con las debidas cautelas, tras cerciorarse de que detrás de los matorrales no se esconde ningún perro.
       ¿Pero quién se atreve a rebelarse? ¿Quién tiene el valor de emprenderla a puntapiés contra Galeone o de darle una chuleta impregnada de arsénico como es el secreto deseo de todos? Ni siquiera en la providencia pueden confiar: la santa providencia, por lógica, se debe de haber puesto de parte de Galeone. Hay que confiar en el azar.
       En el azar de una noche de tormenta con unos truenos y relámpagos que parece que es el fin del mundo. El panadero Defendente Sapori tiene un oído muy fino, por lo que el estruendo de los truenos no le impide advertir un jaleo insólito abajo en el patio. Deben de ser ladrones.
       Salta de la cama, agarra la escopeta y mira hacia abajo a través de las rendijas de los postigos. Le parece ver a dos tipos que están intentando abrir la puerta del almacén. Y gracias al resplandor de un rayo ve también, en medio del patio, imperturbable bajo el tremendo aguacero, un gran perro negruzco. Debe de ser él, el maldito Galeone, que seguramente ha venido a disuadir a los dos bandidos.
       Murmura para sus adentros una blasfemia espectacular, carga la escopeta y entorna lentamente las contraventanas, lo suficiente para poder sacar el cañón. Espera a que se produzca un nuevo relámpago y apunta al perro.
       El primer disparo se confunde por completo con un trueno. “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!”, comienza a gritar el panadero. Vuelve a cargar la escopeta, dispara de nuevo precipitadamente en la oscuridad, oye unos pasos apresurados que se alejan y después, por toda la casa, voces y portazos: mujeres, niños y mozos acuden espantados. “Señor Defendente”, dice una voz desde el patio, “¡ha matado a un perro!”.
       Galeone (es posible equivocarse, sobre todo en una noche como ésta, pero parece ser él, tal cual) yace tendido en un charco de agua: una bala le ha atravesado la frente. Ha muerto de forma fulminante. Ni siquiera mueve las patas. Pero Defendente no va a verlo. Baja a controlar que no hayan forzado la puerta del almacén, y, al ver que no lo han hecho, da las buenas noches a todos y se mete debajo de las sábanas. “Por fin”, se dice, disponiéndose a dormir tranquilo. Pero no consigue pegar ojo en toda la noche.


XVIII

      Al día siguiente, cuando aún no había amanecido, dos mozos recogieron al perro muerto y se lo llevaron a enterrar al campo. Defendente no se atrevió a ordenarles que no dijeran nada: habrían sospechado. Pero hizo lo posible para que el incidente pasara desapercibido, sin demasiadas habladurías.
       ¿Quién reveló lo sucedido? Por la noche, en el café, el panadero enseguida se dio cuenta de que todos le observaban y que rápidamente desviaban la mirada para no alarmarle.
       —Así que hemos disparado esta noche, ¿eh? —dijo el caballero Bernardis de pronto, tras los habituales saludos—. Una buena batalla esta noche en el horno, ¿eh?
       —No tengo ni idea de quiénes eran —respondió Defendente quitando importancia al asunto—. Esos mal nacidos querían saquear el almacén. Unos meros ladronzuelos. Disparé dos tiros al aire y levantaron el vuelo.
       —¿Al aire? —preguntó entonces Lucioni con su tono insinuante—. ¿Y por qué no les apuntaste ya que estabas?
       —¿Con la oscuridad que había? ¡No se veía nada! Oí ruidos en la puerta y disparé al azar.
       —Y de ese modo… enviaste al otro mundo a un pobre animal que no había hecho daño a nadie.
       —Ah, sí —dijo el panadero como quien no quiere la cosa—. Sorprendí a un perro. No sé cómo entró. En mi casa nunca hay perros.
       Se hizo un silencio. Todos lo miraban. Trevaglia, el librero, se dirigió hacia la puerta para irse:
       —Buenas noches, señores —se despidió, y luego, recalcando intencionadamente las palabras, añadió—: ¡Buenas noches también a usted, señor Sapori!
       —Lo mismo le digo —respondió el panadero, y le dio la espalda. ¿Qué pretendía decir aquel imbécil? ¿Acaso le echaban la culpa de haber matado al perro del eremita? ¡Qué poco agradecidos! Les había liberado de una pesadilla y ahora ponían mala cara. ¿Qué les pasaba? ¿No podían ser sinceros por una vez en su vida?
       Bernardis, especialmente inoportuno, trató de explicarle:
       —Verás, Defendente… algunos dicen que habría sido mejor que no mataras a ese animal…
       —¿Y por qué? ¿Acaso lo hice a propósito?
       —A propósito o no, era el perro del eremita. Dicen que habría sido mejor dejarle tranquilo y que esto nos va a traer problemas… ¡ya sabes lo que son las habladurías!
       —¿Y yo qué tengo que ver con el perro del eremita?
       ¡Qué diablos! ¿Acaso pretenden llevarme a juicio esa pandilla de imbéciles? —e intentó reír.
       Entonces habló Lucioni:
       —Tranquilidad, chicos, tranquilidad… ¿Quién ha dicho que era el perro del eremita? ¿Quién ha difundido esa bola?
       Defendente exclamó encogiéndose de hombros:
       —¡No lo saben ni ellos!
       El caballero intervino:
       —Lo dicen los que lo han visto esta mañana mientras le enterraban… Dicen que era él, con su manchita blanca en lo alto de la oreja izquierda.
       —¿Y el resto completamente negro?
       —Sí, negro —respondió uno de los presentes.
       —¿Bastante grande? ¿Con la cola en forma de penacho?
       —Exactamente.
       —¿Y decís que el perro del eremita era así?
       —Sí, eso es.
       —¡Entonces ahí tenéis a vuestro perro! —exclamó Lucioni señalando la calle—. ¡Todavía más vivo y sano que antes!
       Defendente se puso tan pálido como una estatua de yeso. Galeone avanzaba por la calle con su paso indolente: miró a los hombres a través de las vidrieras del café y luego continuó tranquilo.


XIX

      ¿Por qué ahora los mendigos tienen la impresión de recibir cada mañana más pan que de costumbre? ¿Por qué los cepillos de la iglesia, sin un solo céntimo durante años, ahora tintinean? ¿Por qué los niños, hasta ahora reacios, van tan contentos a la escuela? ¿Por qué las uvas permanecen sobre las vides hasta la época de la vendimia sin que nadie las robe? ¿Por qué ya no tiran piedras y calabazas pochas sobre la joroba de Martino? ¿Por qué estas y otras muchas cosas? Nadie lo confesará, los habitantes de Tis son zafios y deslenguados, pero la verdad no saldrá nunca de su boca: tienen miedo de un perro; no de que les muerda, sino sencillamente de que les juzgue mal.
       Defendente echaba chispas. ¡Qué cruz! Ni siquiera de noche se podía respirar. ¡Qué peso, la presencia de Dios, cuando no se la desea! Y Dios no era esta vez una fábula incierta, no se mantenía apartado en la iglesia entre velas e incienso, sino que se paseaba por todos los lados, por todas las casas, transportado, por así decirlo, por un perro. Una parte pequeñísima del Creador, un mínimo soplo, había penetrado en Galeone y, a través de sus ojos, veía, juzgaba, tomaba buena nota de todo.
       ¿Cuándo envejecería el perro? Si al menos perdiera las fuerzas y se quedara quieto en un rincón. Inmovilizado por los años, ya no molestaría a nadie.
       Y efectivamente, los años pasaron, la iglesia se llenaba incluso en los días de labor, las muchachas ya no acudían a los soportales después de medianoche a reír estrepitosamente con los soldados. Defendente sustituyó el cesto de mimbre, ya viejo por el uso, por uno nuevo, en el que no recortó ningún portillo secreto (mientras Galeone se paseara por ahí no se atrevía a robar el pan de los pobres). Y el brigadier Venariello ahora se quedaba dormido en la puerta del cuartel de los carabineros, repantigado en un sillón de mimbre.
       Pasaron los años y el perro Galeone envejeció. Cada vez caminaba más despacio y con menos fuerzas, hasta que un día sufrió una parálisis en las extremidades posteriores y dejó de andar.
       Por desgracia, el accidente le ocurrió en la plaza, mientras dormitaba en el murete de al lado de la iglesia, bajo el cual el terreno descendía abruptamente, atravesado por caminos y senderos, hasta el río. Desde el punto de vista higiénico, era un sitio privilegiado, porque el animal podía hacer sus necesidades corporales desde allí, hacia la pendiente herbosa, sin ensuciar ni el murete ni la plaza. Sin embargo, estaba en un lugar muy visible, expuesto a todos los vientos y sin ninguna protección contra la lluvia.
       Esta vez tampoco hubo nadie que diera muestras de haber visto al perro que, todo tembloroso, no cesaba de gemir. La enfermedad de un perro vagabundo no era un espectáculo edificante. No obstante, al adivinar a través de sus penosos esfuerzos lo que le había sucedido, a los presentes les palpitó el corazón, reanimados por nuevas esperanzas. En primer lugar, el perro ya no podría seguir zanganeando por ahí, no podría moverse ni siquiera a un metro de allí. Mejor todavía: ¿quién le daría de comer bajo las miradas de todo el mundo? ¿Quién sería el primero en confesar una relación secreta con el animal? ¿Quién sería el primero en exponerse a hacer el ridículo? Confiaban en que Galeone se muriera de hambre.
       Antes de comer, los hombres pasearon como de costumbre por la acera de la plaza hablando de esto y de aquello, como por ejemplo de la nueva ayudante del dentista, de la caza, del precio de los cartuchos, de la última película estrenada en el pueblo. Y rozaban con sus chaquetas el hocico del perro que, jadeante, colgaba un poco del borde del muro. Las miradas pasaban por encima del animal enfermo, posándose mecánicamente en el majestuoso panorama del río, tan bello en la puesta de sol. Hacia las ocho, llegaron algunos nubarrones del norte, comenzó a llover y la plaza se quedó desierta.
       Pero en mitad de la noche, bajo la lluvia insistente, he aquí que algunas sombras salen de las casas como por algún complot delictivo. Encorvadas y furtivas se dirigen con paso veloz hacia la plaza y allí, ocultas en las tinieblas de los pórticos y de los portales, esperan el momento propicio. A esta hora las farolas emiten muy poca luz, dejando vastas zonas a oscuras. ¿Cuántas sombras son? Tal vez decenas. Llevan comida al perro, pero cada una de ellas haría cualquier cosa para pasar desapercibida. El perro no duerme: al ras del muro, contra el fondo negro del valle, se ven dos puntos verdes fosforescentes; y, de vez en cuando, un breve y lastimero aullido resuena en la plaza.
       Es una larga maniobra. Con el rostro oculto por una bufanda y una gorra de ciclista bien calada sobre la frente, alguien se decide finalmente a acercarse al perro. Nadie sale de las tinieblas para reconocerlo; todos temen demasiado por ellos mismos.
       Uno tras otro, dejando largos intervalos para evitar encuentros, personajes irreconocibles depositan algo en el murete de la iglesia. Y los aullidos cesan.
       A la mañana siguiente encontraron a Galeone dormido bajo una manta impermeable. Encima del muro, a su lado, se amontonaban todo tipo de manjares: pan, queso, filetes de carne, incluso una escudilla llena de leche.


XX

      Al quedarse paralítico el perro, el pueblo creyó poder respirar, pero fue una breve ilusión. Desde el borde del murete los ojos del animal dominaban a gran parte de la población. Al menos una buena mitad de Tis se encontraba bajo su control. Nadie sabía hasta qué punto eran perspicaces sus miradas. Por otra parte, incluso a las casas periféricas que se sustraían a la vigilancia de Galeone llegaba su voz. Y además, ¿cómo recuperar ahora las costumbres de antes? Hubiera sido admitir que se había cambiado de vida a causa del perro, a confesar obscenamente el supersticioso secreto custodiado con tanto celo durante años. El mismo Defendente, cuyo horno se hallaba fuera del campo visual del animal, no recomenzó con sus famosas blasfemias ni volvió a intentar recuperar el pan por el ventanuco del sótano.
       Ahora Galeone comía incluso más que antes y, como no se movía nada, engordaba como un cerdo. No se sabía cuánto tiempo más viviría. Con los primeros fríos, no obstante, renació la esperanza de que la palmara. Aunque protegido por la tela impermeable, el perro estaba expuesto a los vientos, por lo que siempre se podría coger algún trancazo.
       Pero también esta vez el maligno Lucioni echó abajo todas las ilusiones. Una noche, en el mesón, contando una historia de caza, dijo que hacía muchos años su perro perdiguero había cogido la rabia por haber pasado una noche entera bajo la nieve y que había tenido que matarlo con un tiro de escopeta; todavía se le partía el corazón al recordarlo.
       —Y ese chucho —el caballero Bernardis tocaba como siempre un tema desagradable—, ese maldito chucho con parálisis al que ciertos imbéciles siguen alimentando, decidme, ¿no habrá peligro con ese chucho?
       —¡Que se coja la rabia si quiere! —dijo Defendente—. ¡De todas formas ya no puede moverse!
       —¿Y quién te ha dicho eso? —repuso Lucioni—. La rabia multiplica las fuerzas. ¡No me extrañaría que empezara a saltar como un gamo!
       Bernardi se quedó perplejo:
       —¿Y entonces…?
       —Oh, a mí me da igual. Yo siempre llevo conmigo un amigo seguro —y Lucioni sacó de su bolsillo un pesado revólver.
       —¡Lo dices porque no tienes hijos! —dijo Bernardi—. Si tuvieras tres hijos como yo, no te daría igual, tenlo por seguro.
       —Yo os lo he avisado. ¡Ahora hacer lo que queráis! —El maestro albañil sacaba brillo con la manga al cañón de la pistola.


XXI

      ¿Cuántos años han pasado desde la muerte del eremita? Tres, cuatro, cinco ¿quién se acuerda ya? A principios de noviembre la jaula de madera para proteger al perro está casi lista. También en el consejo municipal se ha hablado de ello, pero muy por encima, porque se trata de un asunto sin importancia. Y nadie ha presentado la propuesta, tan simple, de matar al animal o transportarlo a otro lugar. A Stefano, el carpintero, le han encargado construir la caseta de forma que pueda colocarse encima del muro; además, debe barnizarla de color rojo para que no desentone con la fachada de ladrillo de la iglesia. “¡Qué indecencia, qué estupidez!”, exclaman todos para demostrar que la idea es de los demás. ¿El temor por el perro que ha visto a Dios ya no es, pues, un secreto?
       Pero la jaula nunca llegará a ser colocada. A principios de noviembre, un mozo de la panadería que pasa siempre por la plaza a las cuatro de la mañana para ir a trabajar, distingue al pie del murete una cosa inmóvil y negra. Se acerca, la toca y se va corriendo hasta el horno.
       —¿Qué pasa ahora? —pregunta Defendente, al verlo tan agitado.
       —¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —balbucea jadeando el muchacho.
       —¿Quién se ha muerto?
       —Ese maldito perro… lo he encontrado en el suelo, ¡estaba más duro que una piedra!


XXII

      ¿Respiraron? ¿Dieron saltos de alegría? Aquel incómodo pedacito de Dios finalmente se había ido, era cierto, pero ya había pasado mucho tiempo. ¿Cómo volver atrás? ¿Cómo volver al principio? En aquellos años, los jóvenes habían cambiado de costumbres. Después de todo, la misa del domingo era una distracción. Y también las blasfemias, no se sabe por qué, sonaban ahora de una forma exagerada o falsa. Habían contado con que sentirían un gran alivio y, sin embargo, nada.
       Y además, si volvían a las costumbres libertinas de antes, ¿no sería como confesarlo todo? ¿Tanto esfuerzo para mantener oculta la vergüenza, y ahora exponerla a la luz del sol? ¡Un pueblo que había cambiado de forma de vida por respeto a un perro! Se habrían reído de ellos hasta más allá de las fronteras.
       Por el momento, ¿dónde enterrarían al animal? ¿En los jardines públicos? No, en el centro del pueblo jamás, la gente ya había tenido bastante. ¿En la alcantarilla? Los hombres se miraron unos a otros, nadie se atrevía a pronunciarse. “El reglamento no lo contempla”, observó finalmente el secretario del ayuntamiento, quitándoles a todos un peso de encima. ¿Quemarlo en la calera? ¿Y si luego provocaba infecciones? Lo enterrarían entonces en el campo, ésa era la mejor solución. ¿Pero en qué campo? ¿Quién lo permitiría?
       Empezaron a discutir, nadie quería al perro muerto en sus tierras.
       ¿Y si lo enterraban cerca del eremita?
       Metido en una cajita, el perro que había visto a Dios fue cargado en una carreta y partió hacia las colinas. Era domingo y, para muchos, era un pretexto para ir de excursión. Seis o siete vehículos cargados de hombres y mujeres seguían a la cajita; la gente hacía esfuerzos por estar alegre. Bien es verdad que, aunque brillara el sol, los campos ya fríos y los árboles sin hojas no ofrecían un panorama muy alegre…
       Llegaron a la colina, bajaron de los coches y se dirigieron a pie hacia las ruinas de la antigua capilla. Los niños se adelantaron corriendo.
       —¡Mamá! ¡Mamá! —se les oyó gritar allá arriba—. ¡Rápido! ¡Venid a ver!
       Apretaron el paso, llegaron a la tumba de Silvestro. Desde aquel lejano día de los funerales nadie había vuelto allí arriba. Al pie de la cruz de madera, justo encima del túmulo del eremita, yacía un pequeño esqueleto. La nieve, los vientos y las lluvias lo habían corroído, lo habían vuelto grácil y blanco como una filigrana. Era el esqueleto de un perro.




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