Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


¡Pobre niño! (1960)
(“Povero bambino!”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (9 de octubre de 1960);
Il Colombre
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1966, 451 págs.)



      Como de costumbre, doña Clara llevó a su hijo de cinco años al parque público, en la orilla del río. Serían las tres de la tarde. El tiempo no era ni bueno ni malo, el sol aparecía y desaparecía cada dos por tres y el viento procedente del río soplaba de vez en cuando.
       Tampoco se podía decir que el niño fuera un encanto, al contrario, era más bien delgaducho, débil, anodino, muy pálido y de color verde, tanto era así que sus compañeros de juegos le llamaban Lechuga para burlarse de él. Los niños pálidos suelen tener en cambio unos grandes ojos negros que destacan en su rostro exangüe, dándole una expresión patética. Pero ése no era el caso del pequeño Dolfi: sus ojos, pequeños e insignificantes, miraban aquí y allá sin ningún carácter.
       Aquel día, el niño al que llamaban Lechuga tenía un fusil nuevo que disparaba pequeños cartuchos: inofensivos, por supuesto, pero al fin y al cabo, ¡cartuchos! No se puso a jugar con los otros niños porque solían hacerle rabiar y prefería quedarse solo en un rincón incluso a costa de no jugar. Porque, mientras que los animales desconocen la condena de la soledad y son capaces de jugar ellos solos, el hombre no lo consigue, y si intenta hacerlo, una angustia todavía mayor se apodera de él.
       Sin embargo, cuando los otros niños pasaban por delante de él, Dolfi abrazaba su fusil y hacía como que disparaba, sin animosidad, más bien a modo de invitación, como si les dijera: «Mirad, yo también tengo un fusil, yo también soy un guerrero, ¿por qué no me pedís que juegue con vosotros?».
       Finalmente los niños que había en el parque se fijaron en el nuevo fusil de Dolfi. Era un juguete de dos perras, pero nuevo y muy diferente de los suyos, lo cual bastaba para suscitar su curiosidad y su envidia. Uno de ellos dijo:
       ―¿Habéis visto que Lechuga tiene un fusil?
       Otro dijo:
       ―Lechuga ha traído su fusil sólo para enseñárnoslo y hacernos rabiar, seguro que no quiere jugar con nosotros. Además, ni siquiera sabe jugar solo. Lechuga es un cerdo. Y además su fusil es una porquería.
       ―No juega porque nos tiene miedo ―dijo un tercero.
       Y el que había hablado antes:
       ―Tal vez, pero eso no quita que sea un cerdo.


       Doña Clara estaba sentada en un banco haciendo punto, el sol la iluminaba tenuemente. Su hijo, sentado de forma insulsa a su lado, no se atrevía a moverse por el parque con el fusil y lo hacía girar estérilmente entre las manos. Eran las tres de la tarde y en las ramas de los árboles había una gran algarabía de pájaros, señal de que estaba a punto de atardecer.
       ―Vamos, Dolfi, ve a jugar ―le animó doña Clara sin alzar los ojos de la labor.
       ―¿Con quién quieres que juegue?
       ―¡Pues con los otros niños, con quién va a ser! ¿No sois todos amigos?
       ―No, no lo somos ―contestó Dolfi―. Cuando me acerco a jugar con ellos, se ríen de mí.
       ―¿Lo dices porque te llaman Lechuga?
       ―¡Sí, no quiero que me llamen Lechuga!
       ―A mí me parece que es un nombre muy gracioso. Yo en tu lugar no me enfadaría por eso.
       ―¡No quiero que me llamen Lechuga!―repuso él, obstinado.
       Ese día, para no perder la costumbre, los otros niños jugaban a la guerra. Dolfi había intentado participar en el juego, pero ellos enseguida le habían llamado Lechuga y se habían reído de él. Casi todos ellos eran rubios; él, en cambio, era moreno, con un pequeño mechón que le caía sobre la frente en forma de coma. Tenían las piernas fuertes; él, en cambio, las tenía finas y enclenques. Corrían y saltaban como liebres; él, en cambio, por mucho que se esforzara, no conseguía seguirlos. Tenían fusiles, sables, tirachinas, arcos, cerbatanas, cascos; el hijo del ingeniero Weiss tenía incluso una armadura brillante como la que usan los coraceros. Aunque eran más o menos de su edad, sabían decir un montón de enérgicas palabrotas que él no se atrevía ni siquiera a repetir. Ellos eran fuertes y él era débil.
       Pero esta vez también él había venido con un fusil.
       De modo que, después de hacer un conciliábulo, los otros niños se le acercaron:
       ―Tienes un fusil muy bonito ―dijo Max, el hijo del ingeniero Weiss―. Enséñamelo.
       Dolfi, sin soltarlo, dejó que el otro lo examinase.
       ―No está mal ―sentenció con autoridad Max, quien llevaba en bandolera una escopeta de aire comprimido que valía al menos veinte veces más que el fusil de Dolfi, que se sintió muy halagado.
       ―Con este fusil tú también puedes luchar ―dijo Walter bajando los párpados con condescendencia.
       ―Es verdad, con este fusil podrías hacer de capitán ―dijo un tercero.
       Dolfi los miraba asombrado. Todavía no le habían llamado Lechuga. Comenzó a envalentonarse.
       Entonces le explicaron cómo combatirían ese día. Por un lado estaba el ejército del general Max, que ocupaba las montañas, y por otro, el del general Walter, que intentaría cruzar el paso. En realidad, las montañas eran dos taludes de hierba cubiertos de matorrales irregulares, y el paso una pequeña senda en pendiente. Dolfi fue asignado al ejército de Walter con el grado de capitán. Después las formaciones se separaron para preparar en secreto sus respectivos planes de batalla.
       Por primera vez, Dolfi sintió que los demás chiquillos le tomaban en serio. Walter le asignó una tarea de gran responsabilidad: mandaría en la vanguardia. De hecho, le asignaron como escolta a dos niños de aspecto bastante hosco armados con tirachinas y lo enviaron al frente de la unidad con la misión de explorar el paso. Tanto Walter como los otros le sonreían benévolos, de una forma casi excesiva.
       Dolfi se dirigió entonces hacia la pequeña senda en cuesta. A ambos lados, los dos taludes herbosos con los matorrales. Estaba claro que los enemigos, capitaneados por Max, le habían tendido una emboscada ocultándose entre los arbustos, pero no se veía nada sospechoso.
       ―¡Vamos, capitán Dolfi, lánzate al ataque, los otros no han llegado todavía! ―le ordenó Walter en tono confidencial―. En cuanto estés abajo, llegaremos nosotros y os apoyaremos. Pero tú corre, corre lo más rápido que puedas, nunca se sabe...
       Dolfi se volvió para mirarlo. Notó que tanto Walter como sus otros compañeros de armas esbozaban una extraña sonrisita. Tuvo un momento de vacilación.
       ―¿Qué pasa? ―preguntó.
       ―¡Vamos, capitán, al ataque! ―le acució el general.
       En ese mismo momento, al otro lado del río, invisible, pasó una fanfarria militar. Los sones maravillosos de la trompeta penetraron como una oleada de vida en el corazón de Dolfi, que empuñó orgullosamente su ridículo fusil y se sintió llamado a la gloria.
       ―¡Al ataque, chicos! ―gritó, como nunca habría tenido el valor de hacerlo en condiciones normales. Y se lanzó a toda velocidad por la senda en pendiente.
       En ese mismo instante, una carcajada salvaje estalló a sus espaldas. Pero no le dio tiempo a volverse. Ya estaba lanzado y, de pronto, sintió que algo le retenía el pie. A diez centímetros del suelo habían tensado una cuerda.
       Cayó de bruces al suelo, golpeándose dolorosamente en la nariz. El fusil se le escapó de la mano. Una bulla de gritos y golpes se mezcló con los ecos ardientes de la fanfarria. Intentó incorporarse, pero los enemigos salieron de los matorrales y le lanzaron grandes bolas de barro. Todos disparaban contra él. Uno de los proyectiles le dio de lleno en la oreja y le hizo caer de nuevo. Después saltaron sobre él para pisotearlo. ¡Incluido Walter, su general, y también sus compañeros de armas!
       ―¡Toma! ¡Toma, capitán Lechuga!
       Finalmente advirtió que los otros huían: el sonido heroico de la fanfarria se desvanecía más allá del río. Sacudido por un llanto desesperado, buscó el fusil a su alrededor. Cuando al fin lo encontró, de él sólo quedaban los restos: alguien le había arrancado el cañón y ya no servía para nada.


       Con aquel doloroso desecho en la mano, sangrando por la nariz, con las rodillas desolladas, manchado de tierra de pies a cabeza, fue a buscar a su madre al paseo.
       ―Dios mío, Dolfi, ¿qué has hecho?
       No le preguntó qué le habían hecho, sino qué había hecho él. Era la instintiva irritación del ama de casa al ver a su hijo con la ropa completamente destrozada. Pero era también la humillación de la madre: ¿en qué pobre desgraciado se convertiría su hijo con el tiempo? ¿Qué miserable destino le esperaba? ¿Por qué no había conseguido ella traer al mundo a uno de esos niños rubios y fuertes que poblaban el parque? ¿Por qué su hijo no tenía sangre en las venas y se dejaba siempre humillar por los demás? Trató de imaginárselo al cabo de quince, veinte años. Le habría gustado figurárselo vestido de uniforme, al frente de un escuadrón de caballería, o abrazado a una magnífica muchacha, o dueño de una gran tienda, o capitán de barco, pero no lo conseguía. Siempre se lo imaginaba sentado con una pluma estilográfica en la mano y grandes montones de papeles delante de él, encorvado en los bancos de la escuela, encorvado sobre la escribanía doméstica, encorvado sobre la mesa de una polvorienta oficina. Un burócrata, un hombre gris y ordenado. Siempre sería un pobre diablo, un perdedor.
       ―¡Oh, pobre niño! ―se apiadó la elegante joven que hablaba con doña Clara. Y, moviendo la cabeza, acarició la carita asustada de Dolfi.
       El niño, agradecido, alzó los ojos y trató de sonreír. Por un segundo, una especie de luz iluminó su pálido rostro. En ella estaba contenida toda la amarga soledad de una criatura frágil, inocente, humillada e indefensa; el deseo desesperado de un poco de consuelo; un sentimiento puro, doloroso y bellísimo que era imposible definir. Por un instante ―y por última vez―, fue un niño sumiso, tierno y atribulado, que no entendía nada y pedía un poco de bondad al mundo que le rodeaba.
       Pero fue sólo un instante.
       ―¡Vamos, Dolfi, ven a cambiarte! ―le ordenó airadamente su madre, y lo arrastró de forma enérgica de vuelta a casa. Entonces el niño volvió a sollozar desconsoladamente; su cara de pronto se volvió fea, un duro rictus le torció la boca.
       ―¡Qué lata de niños! ―exclamó la otra señora despidiéndose―. ¡Hasta la vista, señora Hitler!




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar