Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


El hombre que quiso curarse (1952)
(“L’uomo che volle guarire”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (29 de julio de 1952);
El desplome de la Baliverna
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1954, 340 págs.)



      En torno a la gran leprosería que se alzaba sobre la colina, a un par de kilómetros de la ciudad, había una elevada muralla y, en lo alto de ella, los centinelas hacían la ronda. Algunos eran altivos e intratables, otros, en cambio, eran compasivos. Por eso, al atardecer los leprosos se reunían al pie del bastión e interrogaban a los más amables.
       —Gaspare —decían por ejemplo—, ¿qué ves esta noche? ¿Hay alguien en el camino? ¿Una carroza, dices? ¿Y cómo es? Y el palacio del rey, ¿está iluminado? ¿Han encendido ya las antorchas en la Torre? ¿Habrá vuelto el príncipe?
       Permanecían así durante horas, incansables, y, aunque el reglamento lo prohibía, los centinelas de buen corazón les respondían, inventando cosas que no existían: viandantes que se acercaban, luminarias, incendios, o incluso erupciones del volcán Ermac, pues sabían que cualquier novedad era una deliciosa distracción para aquellos hombres condenados a no salir de allí jamás. Incluso los enfermos graves, los moribundos, participaban en estas veladas, llevados en camilla por los leprosos que todavía podían valerse.
       Tan sólo un leproso nunca acudía, un joven que estaba en el lazareto desde hacía dos noches. Se trataba de un noble, de un caballero que en tiempos había sido muy apuesto, algo difícil de imaginar, pues la lepra le había atacado con rara virulencia, desfigurándole el rostro en poco tiempo. Se llamaba Mseridon.
       —¿Por qué no vienes? —le preguntaban los otros al pasar por delante de su choza. ¿Por qué no vienes tú también a oír las noticias? Esta noche habrá fuegos artificiales, y Gaspare ha prometido que nos los describirá. Ya verás, será magnífico.
       —Amigos —respondía él suavemente, asomándose a la puerta y cubriendo su cara bestial con un trapito blanco—, comprendo que para vosotros las noticias del centinela sean un consuelo. Es el único lazo que os queda con el mundo exterior, con la ciudad de los vivos. ¿Es así o no?
       —Claro que es así.
       —Eso significa que os habéis resignado a no salir nunca de aquí. Mientras que yo…
       —Tú ¿qué?
       —Mientras que yo, en cambio, me curaré. Yo no me he resignado, yo quiero volver a ser como antes.
       El sabio y viejo Giacomo, patriarca de la comunidad, pasaba como todos los demás por delante de la cabaña de Mseridon. Tenía al menos ciento diez años y, desde hacía casi un siglo, la lepra le devoraba. Ya no poseía miembros propiamente dichos, ya no se podían distinguir ni su cabeza, ni sus brazos, ni sus piernas: su cuerpo se había convertido en una especie de palo de tres o cuatro centímetros de diámetro que se mantenía, en equilibrio, no se sabe cómo. Coronado por un mechón de cabellos blancos, parecía, en grande, uno de esos espantamoscas que utilizan los nobles abisinios. Cómo era capaz de ver, de hablar y de alimentarse, era un enigma, porque tenía la cara totalmente destrozada y, en la costra blanca que lo recubría, semejante a la corteza del abedul, no se veía ninguna abertura. Pero así son los misterios de los leprosos. En cuanto a su forma de caminar, se las arreglaba brincando sobre su único pie, redondo como la puntera de un bastón. Pero su aspecto general no era macabro, sino airoso. En resumidas cuentas, era un hombre transformado en vegetal. Y como era muy bueno e inteligente, todos le trataban con respeto.
       Al oír las palabras de Mseridon, el viejo Giacomo se detuvo y le dijo:
       —Pobre Mseridon, yo llevo en el lazareto casi cien años, y ninguno de quienes encontré aquí o entraron después ha salido jamás. Nuestra enfermedad es así. Pero también aquí, ya lo verás, se puede vivir. Unos trabajan, otros aman, otros escriben poesías, hay hasta un sastre y un barbero. Se puede incluso ser feliz, por lo menos no se es más infeliz que los hombres de fuera. Lo importante es resignarse. Pero ay de ti, Mseridon, si tu alma se rebela y no se adapta y pretende una curación absurda, porque entonces tu corazón se llenará de veneno.
       Y, mientras decía esto, el viejo sacudía su bonito penacho blanco.
       —Pero yo —replicó Mseridon—, yo necesito curarme, yo soy rico, si subieras a la muralla podrías ver mi palacio, tiene dos cúpulas de plata que centellean al sol. Allí me esperan mis caballos, mis perros, mis cazadores, y también mis tiernas esclavas adolescentes. Compréndelo, sabio bastón, yo necesito curarme.
       —Si para curarse bastara con necesitarlo, la cosa sería muy sencilla —dijo Giacomo con una afable sonrisa—. Quien más, quien menos estaría curado.
       —Pero yo —se obstinaba el joven—, yo tengo un medio para curarme que los demás no conocen.
       —Me lo imagino —dijo Giacomo—. Siempre hay algún granuja que ofrece a los recién llegados, a cambio de una gran cantidad de dinero, ungüentos secretos y prodigiosos para sanar. Yo también caí en la trampa cuando era joven.
       —No, yo no utilizo ungüentos, yo empleo simplemente la oración.
       —¿Le pides a Dios que te cure? ¿Y por eso estás convencido de que te vas a curar? Pero todos nosotros rezamos, ¿qué te crees? No hay noche que no dirijamos nuestro pensamiento a Dios. Y también hay quien…
       —Todos rezáis, es cierto, pero no como yo. Vosotros, por la noche, vais a escuchar las noticias del centinela, mientras que yo rezo. Vosotros trabajáis, estudiáis, jugáis a las cartas, vosotros vivís más o menos como viven los demás hombres, yo en cambio rezo. Salvo el tiempo estrictamente necesario que dedico a comer, beber y dormir, rezo sin parar y, por lo demás, también rezo mientras como e incluso mientras duermo. Pongo en ello tanto empeño que desde hace algún tiempo sueño que estoy arrodillado y rezo. Vuestras oraciones no son serias. La verdadera oración es terriblemente agotadora. Cuando llega la noche, estoy extenuado por el esfuerzo. Y es tan inhumano ponerse de nuevo a rezar al alba, nada más despertarse, que a veces me parece preferible la muerte. Pero después saco fuerzas de flaqueza y me arrodillo. Tú, Giacomo, que eres viejo y sabio, deberías saber estas cosas.
       Giacomo empezó a balancearse como si le costara mantener el equilibrio y cálidas lágrimas regaron su piel cenicienta.
       —Es verdad, es verdad —sollozaba el viejo—, también yo cuando tenía tu edad… también yo me dediqué en cuerpo y alma a la oración y aguanté durante siete meses. Mis llagas comenzaron a cerrarse y mi piel volvía a ser lisa… me estaba curando… Pero de pronto ya no pude más y de nada sirvió el esfuerzo… ya ves en qué estado me encuentro…
       —Entonces —dijo Mseridon— tú no crees que yo…
       —Que Dios te ayude, no puedo decirte otra cosa, que el Omnipotente te dé fuerzas —murmuró el viejo, y dando pequeños saltitos se dirigió hacia la muralla, donde los demás estaban ya reunidos.
       Encerrado en su cabaña, Mseridon siguió rezando, insensible a las llamadas de los leprosos. Lleno de afán, con el pensamiento vuelto hacia Dios, cubierto de sudor por el esfuerzo, luchaba contra la enfermedad y, poco a poco, las inmundas costras fueron abarquillándose por los bordes y después cayendo, dejando que la carne sana renaciera. Mientras tanto, se había extendido la voz y alrededor de su cabaña siempre había grupos de curiosos. Mseridon tenía ahora fama de santo.
       ¿Conseguiría vencer a la enfermedad, o tanto empeño no serviría de nada? Se habían formado dos bandos, a favor y en contra del obstinado joven. Hasta que, después de casi dos años de enclaustramiento, un día Mseridon salió de la cabaña. Finalmente el sol le iluminó la cara, que ya no tenía rastro alguno de lepra ni parecía la de un león, sino que resplandecía de belleza.
       —¡Se ha curado, se ha curado! —gritó la gente, que dudaba entre echarse a llorar o dejarse reconcomer por la envidia. Sí, Mseridon se había curado, pero para abandonar la leprosería necesitaba un documento oficial.
       Fue a ver al médico que hacía cada semana la inspección, se desnudó y se hizo reconocer.
       —Jovencito, puedes considerarte afortunado —fue el dictamen del doctor—, he de admitir que estás casi curado.
       —¿Casi? ¿Por qué casi? —inquirió el joven con amarga desilusión.
       —Mira esta costrita que tienes aquí —dijo el médico señalando con un puntero, para no tocarlo, un puntito de color ceniza apenas más grande que un piojo, en el dedo meñique de un pie—. Si quieres que te deje libre, debes eliminar también ésta.
       Mseridon volvió a su cabaña y ni siquiera él mismo supo cómo consiguió superar la postración. Creía estar ya curado, había empleado en ello todas sus energías y se disponía a conseguir el premio. Y, sin embargo, debía continuar sufriendo aquel calvario.
       —Animo —le exhortaba el viejo Giacomo—, haz un pequeño esfuerzo más, ya has pasado lo más difícil, sería una locura renunciar precisamente ahora.
       Tenía una rugosidad microscópica en el dedo meñique, pero parecía que no quería ceder. Un mes y después otro de intensa e ininterrumpida oración. Nada. Un tercero, un cuarto, un quinto mes.
       Nada. Mseridon estaba a punto de desistir, cuando una noche, al pasarse una mano por el pie enfermo, en un gesto mecánico, ya no encontró la costrita.
       Los leprosos le llevaron en hombros. Ya era libre. Las despedidas tuvieron lugar delante del cuerpo de guardia. Después, el viejo Giacomo le acompañó dando brincos hasta la puerta de entrada. Fueron revisados los documentos, la llave chirrió en la cerradura, el centinela abrió la puerta de par en par.
       Bajo el sol matutino, el mundo exterior apareció con todo su frescor, con todas sus promesas. Los bosques, las verdes praderas, el canto de los pájaros y, al fondo, la ciudad reverberando con sus torres blancas, sus jardines colgantes, los estandartes que ondeaban al viento, las altísimas cometas en forma de dragones y serpientes. Dentro de ella, invisibles, pero presentes, miríadas de vidas y de oportunidades, las mujeres, las voluptuosidades, los lujos, las aventuras, la corte, las intrigas, el poder, las armas, ¡el reino del hombre!
       El viejo Giacomo observaba el semblante del joven, atento a verlo iluminarse de alegría. Y de hecho, Mseridon sonrió ante aquel panorama de libertad. Pero fue un instante. De pronto, el joven caballero empalideció.
       —¿Qué te ocurre? —le preguntó el viejo, pensando que la emoción le había dejado sin respiración.
       Y el centinela:
       —Vamos, vamos, jovencito, date prisa en salir, debo volver a cerrar enseguida. ¡Ahora sólo falta que te hagas de rogar!
       Sin embargo, Mseridon dio un paso atrás y se cubrió los ojos con las manos.
       —¡Oh, es terrible!
       —¿Qué te ocurre? —repitió Giacomo—. ¿Te encuentras mal?
       —¡No puedo! —dijo Mseridon. Delante de él, de pronto, la visión había cambiado. En el lugar que antes ocupaban las torres y las cúpulas se extendía ahora un sórdido amasijo de tugurios polvorientos, cubiertos de estiércol y de miseria. Y sobre los tejados, ya no se veían estandartes, sino nubes caliginosas de moscardones, como una infecta polvareda.
       El viejo preguntó:
       —¿Qué ves, Mseridon? Dime, ¿ves podredumbre y cochambre donde antes todo era glorioso? ¿En lugar de los palacios ves innobles chabolas? ¿Es así, Mseridon?
       —Sí, sí, todo se ha vuelto horrible. ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?
       —Yo lo sabía —respondió el patriarca—, lo sabía pero no me atrevía a decírtelo. Este es el destino de los hombres, todo se paga muy caro. ¿No te has preguntado nunca quién te daba la fuerza para rezar? Tus oraciones eran de esas a las que no se resiste ni siquiera la cólera del cielo. Tú has ganado, estás curado. Y ahora lo pagas.
       —¿Lo pago? ¿Y por qué?
       —Porque lo que te sostenía era la gracia. Y la gracia del Todopoderoso no perdona. Estás curado, pero ya no eres el mismo de antes. De día en día, a medida que la gracia trabajaba en ti, perdías sin saberlo el gusto por la vida. Tú te curabas, pero las cosas por las que deseabas con tanta fuerza curarte poco a poco se alejaban, ¡se convertían en fantasmas, en navecillas a la deriva en el océano de los años! Yo lo sabía. Creías que eras tú el que vencías, pero era Dios el que te vencía a ti. Así has perdido para siempre los deseos. Eres rico, pero ahora el dinero no te importa; eres joven, pero no te importan las mujeres. La ciudad te parece un estercolero. Eres un hidalgo, eres un santo, ¿comprendes la diferencia? ¡Finalmente eres de los nuestros, Mseridon! La única felicidad a la que puedes aspirar es permanecer entre nosotros, los leprosos, y consolarnos… Vamos, centinela, ya puedes cerrar la puerta, nosotros volvemos a entrar.
       Y el centinela tiró del batiente hacia sí.




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