Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


Los ratones (1953)
(“I topi”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (9 de agosto de 1953);
El desplome de la Baliverna
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1954, 340 págs.)



      ¿Qué les sucede a mis amigos los Corio? ¿Qué está ocurriendo en la Doganella, su vieja casa de campo? Desde tiempos inmemoriales, todos los veranos me invitaban a pasar allí algunas semanas. Este año por primera vez no lo han hecho. Giovanni me ha escrito unas líneas para disculparse. Una extraña carta, en la que alude vagamente a dificultades o a problemas familiares, pero en la que no explica nada.
       ¡Cuántos días felices he vivido en su casa, en la soledad de los bosques! De los viejos recuerdos afloran hoy por primera vez pequeños detalles que entonces me parecieron banales, indiferentes, pero que ahora, de pronto, revelan su significado.
       Por ejemplo, de un verano ya lejanísimo, mucho antes de la guerra —la segunda vez que era huésped de los Corio—, me viene a la memoria la siguiente escena:
       Me había retirado ya a mi habitación, que estaba en el segundo piso y daba al jardín (en años sucesivos dormiría siempre allí), y me disponía a acostarme, cuando, de pronto, oí un ruidito, una rascadura en la base de la puerta. Fui a abrir. Un minúsculo ratón se coló a toda velocidad entre mis piernas, atravesó el dormitorio y fue a esconderse debajo de la cómoda. Corría con mucha torpeza, habría podido atraparlo fácilmente. Pero era tan gracioso, tan frágil…
       Al día siguiente se lo conté a Giovanni.
       —Ah, sí —dijo él casi sin prestar atención—, de vez en cuando se pasea algún ratón por la casa.
       —Era pequeñísimo… ni siquiera tuve el valor de…
       —Sí, lo comprendo. Pero no tiene ninguna importancia…
       Y cambió de tema, como si mi discurso le molestara.


      Al año siguiente. Una noche, sobre las doce y media, mientras jugábamos a las cartas, se oyó un “clac”, un sonido metálico parecido al de un resorte, en la habitación contigua, donde a aquellas horas ya estaban apagadas las luces.
       —¿Qué ha sido eso? —pregunto.
       —Yo no he oído nada —contesta Giovanni evasivo—. Y tú, Elena, ¿has oído algo?
       —Yo tampoco —contesta su mujer, enrojeciendo un poco—. ¿Por qué?
       —Me ha parecido oír un sonido metálico en la sala… —contesto yo.
       Al notar en ellos cierto embarazo, cambio de tema:
       —¿Me toca repartir a mí?
       Apenas diez minutos más tarde, se oye un nuevo “clac”, esta vez procedente del pasillo y acompañado de un débil grito, como de animalito.
       —Dime, Giovanni, ¿habéis puesto trampas para ratones? —pregunto.
       —No, que yo sepa. Elena, no hemos puesto ratoneras, ¿verdad?
       Y ella:
       —¡Qué cosas tenéis! ¡Si no hay casi ratones!


      Pasa otro año. Nada más entrar en la casa, me fijo en dos gatos magníficos, dotados de un vigor extraordinario: atigrados, musculosos y de sedoso pelaje, como todos los gatos que se alimentan de ratones.
       —Ya veo que al final os habéis decidido —le digo a Giovanni—. ¡Menudos banquetes de ratones se deben de dar! Estoy seguro de que no pasan penurias.
       —Bueno… Si los pobres tuvieran que alimentarse sólo de ratones…
       —Sin embargo, encuentro muy gordos a tus mininos.
       —Sí, están bien, buen aspecto no les falta. Sabes, en la cocina pueden comer todo lo que quieren.


      Pasa otro año más y, cuando llego a la casa para pasar mis vacaciones, vuelvo a ver a los dos gatos. Pero no parecen los mismos: ya no son vigorosos y vivaces, sino que están lánguidos, apagados y delgados. Ya no se deslizan velozmente de una habitación a otra. Ahora siempre están junto a sus dueños, soñolientos, sin ninguna iniciativa.
       —¿Están enfermos? —pregunto—. ¿Por qué están tan famélicos? ¿Ya no tienen ratones que llevarse a la boca?
       —¡Tú lo has dicho! —responde vivamente Giovanni Corio—. Son los gatos más estúpidos que conozco. Están siempre enfurruñados desde que en casa no hay ratones… ¡No ha quedado ni rastro de ellos! —y, satisfecho, suelta una gran carcajada.
       Más tarde, Giorgio, el hijo mayor de los Corio, me dice en un aparte, como conspirando:
       —¿Sabes por qué están así? ¡Porque tienen miedo!
       —¿Quién tiene miedo?
       —Los gatos. Papá no quiere que se hable de ello, le molesta mucho. Pero la verdad es que tienen miedo.
       —¿Miedo de qué?
       —¡Pues de los ratones! En un año, de diez que eran, esos bichos se han convertido en más de cien… ¡Nada que ver con los ratoncitos de antaño! Parecen tigres. Son más grandes que un topo, con el pelo hirsuto y de color negro, y los gatos no se atreven a atacarlos.
       —¿Y vosotros no hacéis nada?
       —¡Bah! Algo habrá qué hacer, pero papá no acaba de decidirse. No sé por qué, pero es un tema que es preferible no tocar, se pone nervioso enseguida…


      Y al año siguiente, desde la primera noche, oigo un gran estrépito sobre mi habitación, como de gente corriendo. Pataplum, pataplum. Y sin embargo, sé perfectamente que arriba no puede haber nadie, sólo la inhabitable buhardilla, llena de muebles viejos, cajas y cosas por el estilo. ¡Caray, qué barahúnda!, me digo. Deben de ser realmente grandes esos ratones. El ruido es tan fuerte que a duras penas consigo dormirme.
       Al día siguiente, en la mesa, pregunto:
       —¿Pero entonces no tomáis ninguna medida contra los ratones? Esta noche, en la buhardilla había muchísimo jaleo.
       De pronto veo que el rostro de Giovanni se oscurece.
       —¿Contra los ratones? ¿A qué ratones te refieres? En casa, gracias a Dios, ya no hay ninguno.
       Sus ancianos padres también se rebelan.
       —¡Qué ratones ni qué ocho cuartos! ¡Eso lo has soñado, querido!
       —Sin embargo —digo yo—, os aseguro que era una auténtica revolución, y no exagero. En algunos momentos he visto el techo temblar.
       Giovanni se queda muy pensativo.
       —¿Sabes lo que puede ser? No te he hablado nunca de ello, porque estas cosas a veces impresionan, pero en esta casa hay espíritus. También yo los oigo a menudo… ¡Y algunas noches tienen el diablo en el cuerpo!
       Yo me echo a reír.
       —Vamos, no me trates como a un chiquillo. ¡De espíritus nada! ¡Eran roedores, te lo aseguro, ratones, ratas de alcantarilla!… A propósito, ¿qué ha sido de tus dos famosos gatos?
       —Te diré que los hemos dejado libres. ¡Pero qué manía te ha dado con los ratones! ¿No sabes hablar de otra cosa?… Después de todo, ésta es una casa de campo, no puedes pretender que…
       Yo le miro desconcertado. ¿Por qué se enfada tanto? Él, normalmente tan tranquilo y amable…
       Más tarde, Giorgio, el primogénito, me hace el balance de la situación.
       —No creas a papá —me dice—. Lo que oíste eran auténticos ratones. A veces nosotros tampoco conseguimos conciliar el sueño. Si los vieras… son como monstruos; negros como el carbón, con pelos como púas… Y si quieres saberlo, han sido ellos los que se han cargado a los dos gatos… Fue por la noche. Dormíamos desde hacía un par de horas, cuando de pronto nos despertaron unos terribles maullidos. En el salón había un auténtico escándalo. Saltamos rápidamente de la cama, pero los gatos ya no estaban… lo único que quedaba de ellos eran unos mechones de pelo… y algunas manchas de sangre aquí y allá.
       —¿Pero entonces no hacéis nada? ¿No ponéis ratoneras ni venenos? No entiendo por qué tu padre no se preocupa de…
       —¿Cómo que no? Para él se ha convertido en una obsesión. Pero ahora él también tiene miedo, dice que es preferible no provocarles, que sería peor. Dice que de todas formas no serviría de nada, que ahora ya son muchos… que la única solución sería prender fuego a la casa… Y ¿sabes lo que dice también? Aunque parezca ridículo, dice que no conviene ponerse en contra de ellos.
       —¿En contra de quién?
       —En contra de ellos, de los ratones. Dice que un día, cuando sean todavía más, podrían vengarse… Aveces me pregunto si papá no se estará volviendo un poco loco. ¿Sabes que una noche le sorprendí tirando una salchicha al sótano? ¡Un exquisito bocado para los queridos animalitos! Los odia, pero los teme. Y quiere estar a bien con ellos.


      Así durante años. Hasta que el pasado verano esperé en vano a que encima de mi cuarto se desencadenase el habitual alboroto. Silencio, por fin. Una gran paz. Sólo el sonido de los grillos en el jardín.
       A la mañana siguiente, me encontré con Giorgio en las escaleras.
       —Enhorabuena —le dije—. ¿Cómo habéis conseguido libraros de ellos? Esta noche no había ni un solo ratón en toda la buhardilla.
       Giorgio me miró con una sonrisa incierta y después me respondió:
       —Ven, te enseñaré algo…
       Me llevó al sótano y me mostró una trampilla con una tapadera.
       —Ahora están ahí abajo —me susurró—. Desde hace varios meses se han reunido todos ahí abajo, en la alcantarilla. Por la casa sólo se pasean unos pocos. Están aquí debajo… escucha…
       Calló. Y a través del suelo llegó un sonido indescriptible: un ruido confuso, un ronco temblor, un estruendo sordo semejante al de una materia inquieta y viva en ebullición; y también unas voces, grititos agudos, silbidos, murmullos.
       —¿Pero cuántos son? —pregunté con un escalofrío.
       —Quién sabe. Millones tal vez… Ahora mira, pero date prisa.
       Encendió una cerilla y, tras levantar la tapadera de la trampilla, la dejó caer por el agujero. Por un instante, lo vi todo: en una especie de cueva, un frenético hormigueo de formas negras se amontonaba en furiosos remolinos. En aquel abominable tumulto había una potencia, una vitalidad infernal, que nadie habría podido frenar. ¡Los ratones! Vi también miles y miles de brillantes pupilas mirando hacia arriba, observándome malignamente. Pero Giorgio volvió a colocar a toda prisa la tapadera.


      ¿Y ahora? ¿Por qué Giovanni me ha escrito diciéndome que ya no puede volver a invitarme? ¿Qué ha pasado? Me entran ganas de ir a verlo, aunque sólo sea unos minutos, para enterarme. Pero confieso que me falta valor. De varias fuentes me han llegado extraños rumores. Tan extraños que la gente los repite riendo como si fueran fábulas. Pero yo no me río.
       Dicen por ejemplo que los dos abuelos Corio han muerto. Dicen que ya nadie sale de la casa y que los víveres se los lleva un hombre del pueblo que deja el paquete en la linde del bosque. Dicen que nadie puede entrar en la casa, que la han ocupado enormes ratones y que los Corio son sus esclavos.
       Un campesino que se ha acercado —pero no demasiado, porque en el umbral de la casa había una docena de bichos en actitud amenazante— dice que ha vislumbrado a Elena Corio, la mujer de mi amigo, esa criatura dulce y amable. Estaba en la cocina, junto al fuego, vestida como una pordiosera. Se afanaba junto a un inmenso caldero, mientras a su alrededor fétidos grupos de t ratones la acuciaban, ávidos de comida. Parecía muy cansada y afligida. Cuando divisó al hombre que la miraba, le hizo un gesto de desconsuelo con la mano, como diciendo: “No se preocupe. Es demasiado tarde. Para nosotros ya no hay esperanza”.




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