Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


Rigoletto (1948)
(“Rigoletto”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (4 de enero de 1948);
i>El desplome de la Baliverna
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1954, 340 págs.)



      En el desfile militar conmemorativo del aniversario de la independencia, una compañía equipada con armamento nuclear desfiló por primera vez ante el público.
       Era un día de febrero claro pero gris y una luz uniforme bañaba los polvorientos palacios de la avenida en los que ondeaban las banderas. En el lugar en el que yo me encontraba, el paso de los formidables carros de combate, que abrían el cortejo retumbando estrepitosamente sobre el empedrado, no tuvo el habitual efecto electrizante sobre la multitud. Sólo hubo unos pocos y desganados aplausos cuando aparecieron las magníficas máquinas erizadas de cañones y unos apuestos soldados con cascos de cuero y acero instalados en lo alto de las torretas. Todas las miradas se dirigían más allá, hacia la plaza del Parlamento, de donde la columna había partido, en espera de la novedad.
       El paso de los carros duró casi tres cuartos de hora, a los espectadores les atronaba la cabeza. Finalmente, el último mastodonte se alejó con su horrendo estruendo y la avenida quedó desierta. Reinó el silencio. Mientras, en los balcones, las banderas seguían ondeando al viento.
       ¿Por qué nadie avanzaba? El estruendo de los carros se había perdido ya a lo lejos, entre vagos ecos de remotas fanfarrias, y la calle vacía seguía esperando. ¿Habría habido una contraorden?
       De pronto, desde el fondo, sin hacer ruido alguno, avanzó un artefacto; y después un segundo, un tercero y otros muchísimos más, en una larga fila. Cada uno de ellos tenía cuatro ruedas, pero no eran automóviles propiamente dichos, ni camionetas, ni carros de combate, ni ningún otro vehículo conocido. Eran más que nada extrañas carretas, de aspecto inusitado y en cierto modo ramplonas.
       Al encontrarme en una de las primeras filas pude observarlas bien. Para dar una idea aproximada, las había en forma de tubo, de marmita, de cocina de campaña, de ataúd. No eran grandes ni llamaban la atención, ni tampoco tenían ese aspecto compacto que a menudo ennoblece las máquinas más sórdidas. Las cubiertas metálicas que las revestían casi parecían “apaños” y recuerdo una especie de puertecita lateral un poco abollada que evidentemente no se podía cerrar y que golpeaba con un ruido de hojalata. Eran de color amarillento y tenían extraños dibujos verdes que parecían helechos, para el camuflaje sin duda. Los hombres, de dos en dos, estaban en su mayoría hundidos en la parte posterior de los vehículos y sólo emergía su busto. Uniformes, cascos y armas eran completamente normales: fusiles automáticos de modelo reglamentario que los soldados llevaban evidentemente sólo con un fin decorativo, del mismo modo que pocos años antes todavía se veían caballeros armados con sable y lanza.
       Hubo dos cosas que causaron enseguida una gran impresión a la muchedumbre: el absoluto silencio con el que avanzaban aquellos ingenios, movidos posiblemente por una energía desconocida; y sobre todo el aspecto físico de los militares que iban a bordo. No eran vigorosos y jóvenes deportistas como los que iban en los carros, ni estaban bronceados por el sol, ni sonreían con una arrogancia ingenua, ni tampoco parecían confinados en una hermética rigidez militar. La mayoría eran delgados, los típicos estudiantes de filosofía, con las frentes anchas y las narices grandes, todos con cascos de telegrafista y muchos de ellos con gafas. Y a juzgar por su actitud, parecían ignorar que eran soldados. Sus rostros denotaban una preocupación resignada. Los que no estaban atentos a las maniobras de los vehículos, miraban a su alrededor con expresión incierta y apática. Los únicos que respondían de algún modo a lo que se esperaba de ellos eran los conductores de ciertos furgones planos: llevaban la cabeza rodeada de una especie de pantalla transparente en forma de copa abierta por arriba, que les daba un desconcertante aspecto de mascarón.
       Me acuerdo de un jorobadito sentado un poco más alto que los demás, en el segundo vehículo, probablemente un oficial. Sin prestar atención a la muchedumbre, se volvía constantemente hacia atrás para controlar el resto de los vehículos, como si temiera que se quedaran parados por ahí.
       —¡Eh, Rigoletto! —gritó alguien desde lo alto de un balcón.
       Él alzó los ojos y, con una sonrisa un poco forzada, saludó.
       Fue precisamente la extremada pobreza de los aparatos —aunque todos sabían la infernal capacidad de destrucción que tenían aquellos recipientes de hojalata— lo que aterrorizó a la gente. Quiero decir que, si los artefactos hubieran sido más grandiosos, probablemente no hubieran producido una impresión tan turbulenta y fuerte en la gente. Esto explica la atención casi ansiosa de la multitud. No se oía ni un aplauso ni un viva.
       En medio de tanto silencio me pareció, ¿cómo lo diría?, que un rítmico y leve chirrido provenía de los misteriosos vehículos. Parecía el reclamo de un ave migratoria, pero no lo era. Al principio enormemente ligero, después poco a poco más claro, pero siempre con el mismo ritmo.
       Yo miraba al oficial jorobado. Le vi quitarse los cascos de telegrafista y confabular animadamente con el compañero que se encontraba sentado más abajo. También a bordo de otros vehículos noté signos de nerviosismo. Como si estuviera sucediendo algo anormal.
       Entonces fue cuando seis o siete perros de las casas de los alrededores comenzaron a ladrar a la vez. Como los balcones se encontraban abarrotados de espectadores y casi todas las ventanas estaban abiertas de par en par, los reclamos de los animales resonaron largamente en la calle. ¿Qué les ocurría a esos bichos? ¿A quién pedían ayuda con tanta furia? El jorobadito hizo un gesto de impaciencia.
       En ese momento —pude verlo con el rabillo del ojo— un objeto oscuro se deslizó detrás de mí. Volviéndome, me dio tiempo a distinguir tres o cuatro ratones que, saliendo por el tragaluz de un sótano situado a ras del suelo, huían a toda velocidad.
       A mi lado, un señor mayor levantó un brazo y señaló con el dedo índice hacia el cielo. Y entonces vimos que por encima de los vehículos nucleares, en medio de la calle, se erguían perpendicularmente extrañas columnas de polvo rojizo, parecidas a las trombas de aire de los tornados, pero inmóviles, no rotatorias. En cuestión de pocos segundos asumieron una forma geométrica, adquiriendo mayor consistencia. Es difícil describirlas: imaginen el humo contenido en una alta chimenea de fábrica, pero sin la chimenea. Ahora las inquietantes torres de espeso polvillo se alzaban como fantasmas una treintena de metros, sobrepasando los tejados de los edificios, y de una cima a otra vimos otros tantos puentes de la misma materia nebulosa de color hollín. Se formó así por encima del desfile un bastidor de inmensas y rígidas sombras que se prolongaba en la lejanía. Mientras, los perros encerrados en las casas seguían ladrando.
       ¿Qué sucedía? El desfile se detuvo, y el jorobadito, apeándose del automóvil, recorrió a toda prisa la columna gritando complicadas órdenes en un idioma que parecía extranjero.
       Los militares comenzaron a afanarse alrededor de sus aparatos, sin poder disimular su ansiedad.
       Ahora los minaretes de niebla y polvillo —evidentes emanaciones de los carros nucleares— se cernían altísimos sobre la muchedumbre, con unas líneas tan duras como siniestras. Otro grupo de ratas salió por el tragaluz dándose a la fuga. ¿Por qué esos pináculos de mal agüero no se movían al viento como las banderas?
       Aunque inquieta, la multitud aún guardaba silencio. Delante de mí, en el tercer piso, se abrió bruscamente una ventana y apareció una joven muy despeinada. Durante un instante, estuvo observando estática los picos de inexplicable niebla y los aéreos puentes que los conectaban. Después se llevó las manos a la cabeza con un gesto de espanto y un grito desolado escapó de su garganta: “¡Virgen Santísima! ¡Oh, Virgen Santísima!”.
       ¡Qué voz! Yo reculé tratando de dominarme. Eché una última ojeada y vi a los militares agitándose febrilmente en torno a los artefactos, como si ya no consiguieran dominarlos. Más tarde comprendí que, aunque pálidos y malcarados, ellos también eran auténticos soldados. ¿Me daría tiempo? Con paso rápido, pero teniendo cuidado de no hacerme notar, deprisa, cada vez más deprisa, me aparté de la muchedumbre y tomé una de las calles laterales.
       Detrás de mí oía el fragor de la multitud, finalmente horrorizada, presa del pánico. Tras recorrer cerca de trescientos metros, tuve la fuerza de ánimo de volverme a mirar: las torres de sombra rojiza, en un supremo esfuerzo, se balanceaban, retorciéndose lentamente los puentes que las unían. Su alucinante movimiento se aceleraba cada vez más, se volvía frenético. Entonces un aullido tenebroso y atroz tronó en medio de las casas.
       Después sucedió lo que todo el mundo sabe.




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