Dino Buzzati
(Belluno, Italia, 1906 - Milán, 1972)


Las tentaciones de San Antonio (1950)
(“Le tentazioni di Sant’Antonio”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (14 de octubre 1950);
El desplome de la Baliverna
(Milán: Arnoldo Mondadori Editore, 1954, 340 págs.)



      Cuando el verano toca a su fin, los señores veraneantes se han ido y los lugares más bellos se quedan desiertos (pero en los bosques los cazadores disparan y por los ventosos pasos de montaña, mientras el cuco canta, los primeros brujos del otoño descienden ya con sus enigmáticos sacos a la espalda), puede ser que las grandes nubes de los atardeceres se reúnan, entre las cinco y media y las seis, para tentar a los pobres curas de aldea.
       Precisamente a esa hora, don Antonio, joven coadjutor de la parroquia, enseña a los niños el catecismo en el oratorio que en el pasado fue gimnasio de los trabajadores. Aquí está él, de pie; allí, los bancos en los que se sientan los niños y, al fondo, el gran ventanal orientado al este a través del cual se ve el plácido y majestuoso Col Giana iluminado por el último sol.
       —In nomine Patris et Filii et… —dice don Antonio—. Niños, hoy os hablaré del pecado. ¿Alguno de vosotros sabe qué es el pecado? Por ejemplo, tú, Vittorio, que no comprendo por qué siempre te sientas tan atrás… ¿Sabes decirme qué se entiende por pecado?
       —Pecado… pecado… es cuando uno hace cosas feas.
       —Sí, claro, más o menos es eso. Pero es más correcto decir que el pecado es ofender a Dios desobedeciendo alguna de sus leyes.
       Entretanto, las grandes nubes se elevan por encima del Col Giana con una inteligente puesta en escena. Mientras habla, don Antonio las puede ver perfectamente a través del ventanal. Y las ve también una araña ovillada con su tela en una esquina de la misma ventana (donde el tráfico de mosquitos es mínimo); así como una mosca, quieta sobre el vidrio, entumecida por los reumatismos típicos de la estación. Al principio, las nubes se presentan como una larga y fina base de la que surgen varias protuberancias, parecidas a inmensos trozos de algodón cuyos blandos contornos forman viscosos remolinos. ¿Qué presagian?
       —Si vuestra madre, pongamos por caso, os dice que no hagáis algo y vosotros lo hacéis, ella se disgusta… Si Dios os dice que no hagáis algo y vosotros lo hacéis, Él también se disgusta. Pero no os dirá nada. Dios sólo ve, porque Él lo ve todo, incluso a ti, Battista, que en lugar de estar atento estás rayando el banco con el cortaplumas. Entonces Dios toma nota: pueden pasar cien años, pero Él seguirá recordándolo todo como si acabara de suceder hace menos de un minuto…
       Don Antonio alza los ojos por casualidad y ve, inundada de sol, una nube en forma de cama, con un baldaquín de rayas, volutas y arabescos encima. Un lecho de odalisca. El caso es que don Antonio tiene sueño. Se ha levantado a las cuatro y media para decir misa en una pequeña ermita de montaña y después no ha parado en todo el día: los pobres, la campana nueva, dos bautismos, un enfermo, el orfelinato, las obras en el cementerio, el confesionario, etc., no ha parado de moverse desde las cinco de la mañana, y ahora ve esa cama mullidísima que parece esperarlo, a él, un pobre cura de tres al cuarto.
       ¿No es increíble? ¿No es una singular coincidencia que él esté muerto de cansancio y esa cama se encuentre preparada en medio del cielo? ¡Qué agradable sería tumbarse ahí arriba y cerrar los ojos sin pensar en nada!
       Pero las cabecitas inquietas de los niños, alineadas de dos en dos en los bancos, siguen ahí, delante de él.
       —Hablar de pecado —explica— es como no decir nada. Hay pecados y pecados. Hay, por ejemplo, un pecado muy diferente de todos los demás, que se llama pecado original…
       En ese momento avanza una segunda nube, gigantesca, que ha adoptado la forma de un palacio: con las columnatas, las cúpulas, las logias, las fuentes y, encima, las banderas. Dentro probablemente se encuentren los placeres de la vida: los banquetes, los criados, las músicas, los montones de luises de oro, los perfumes, las hermosas doncellas, los jarrones de flores, los pavos reales, las trompetas de plata que le llaman a él, un tímido cura de aldea que no tiene ni un céntimo. (Seguro que en ese castillo no se debe vivir nada mal —piensa—, a mí nunca me caerá en suerte nada parecido).
       —Así nació el pecado original. Pero vosotros seguramente me preguntaréis: ¿Qué culpa tenemos nosotros de que Adán se portara mal? ¿Qué tenemos que ver? ¿Por qué hemos de pagar por él? Pero aquí, mirad…
       En el segundo o tercer banco, un niño estaba comiendo algo a escondidas: pan, seguramente, o alguna otra cosa crujiente. Se oía el ruidito que hacía, como de ratón, pero estaba muy atento: en cuanto el cura cesaba de hablar, el niño rápidamente dejaba de mover las mandíbulas.
       Este débil reclamo bastó para que a don Antonio le entrara un hambre espantosa. De repente vio una tercera nube con forma de pavo extenderse horizontalmente. Era un animal inmenso, un monumento que podría saciar a toda una ciudad como Milán; y giraba sobre un imaginario espetón, tostado por el sol del atardecer. Un poco más arriba, había otra nube alargada, cárdena, con la clásica forma de botella.
       —¿Cómo se comete un pecado? —dice—. ¡Oh, cuántos sistemas han inventado los hombres para disgustar a Dios! Se peca con las acciones, como cuando, por ejemplo, alguien roba; se peca con las simples palabras, como cuando, por ejemplo, uno blasfema; se peca también con el pensamiento… Sí, a veces basta un pensamiento…
       Qué nubes más impertinentes, caray. Una de las más grandes, desarrollándose hacia lo alto, había asumido la forma de una mitra de obispo. ¿Hacía alusión al orgullo, a la ambición? Dibujada en sus menores detalles, destacaba completamente blanca sobre el fondo azul del cielo y, de sus autoritarios bordes, caían ribetes de seda y oro. Después, la mitra, hinchándose todavía más, se llenó de florecillas y se convirtió de pronto en la tiara del Pontífice, con toda su misteriosa potencia. Por un instante, el pobre cura de aldea la observó, codiciándola a su pesar.
       Ahora la broma se volvía más sutil, llena de añagazas. Don Antonio se sentía inquieto.
       En ese momento, Attilio, el hijo del panadero, introdujo un grano de maíz en una caña de saúco y, acercándosela a los labios, apuntó a la nuca de uno de sus compañeros. En ésas vio a don Antonio, cuyo rostro se había vuelto blanco, y se quedó tan impresionado que tiró rápidamente la cerbatana.
       —… distinguir —continuaba don Antonio— el pecado venial del mortal… Mortal… ¿Por qué mortal? ¿Porque uno muere cuando lo comete? Pues sí… Aunque el cuerpo no muera, el alma…
       “No, no”, pensaba, “no puede ser una casualidad, no puede ser un engañoso capricho de los vientos”. Ciertamente las potencias de las tinieblas no se iban a tomar la molestia por él, por don Antonio. Y sin embargo, aquel asunto de la tiara apestaba enormemente a complot. ¿No andaría en ello el Gran Enemigo, el mismo que antaño salía de la arena e importunaba a los anacoretas en los pies?
       En aquel archipiélago de nubes, casi en el centro, una gran masa de vapor había permanecido hasta entonces inerte. ¡Qué extraño, se había dicho para sí don Antonio, todo está en continuo movimiento menos esa nube! En medio de tanto carnaval, se había quedado quieta, apática, como en espera. Y el cura, lleno de aprensión, no le quitaba ojo.
       El nubarrón, de hecho, empezó a moverse, recordando el despertar de una serpiente pitón con aquella socarrona y falsa desgana preñada de oscuros males. Era de color nacarado, como algunos moluscos, con protuberancias redondas y turgentes. ¿Qué maquinaba? ¿Qué formas adoptaría? Aunque no tuviera ningún elemento de juicio, don Antonio, con ese olfato de los hombres de Iglesia, podía adivinar en qué se convertiría la nube.
       Se dio cuenta de que se había ruborizado. Bajó entonces los ojos hacia el suelo y vio que en él había briznas de paja, una colilla (aparecida no se sabe cómo), un clavo oxidado y un poco de tierra.
       —Pero la misericordia del Señor es infinita, hijos míos —dijo—, lo mismo que su gracia…
       Mientras hablaba, calculó más o menos el tiempo que necesitaría la nube para completarse. ¿La miraría después? No, no, ten cuidado, don Antonio, no te fíes, no sabes lo que podría ocurrirte, le murmuró la molesta voz que, en los momentos difíciles, surge de lo más profundo de nosotros mismos para hacernos reproches. Pero oyó también esa otra voz, indulgente, conciliadora, amigable, que nos da la razón cuando el valor nos abandona. Decía lo siguiente: “¿De qué tienes miedo, reverendo? ¿De una inocente nubecilla? Si no la miraras, sería una mala señal para ti, significaría que estás sucio por dentro. ¿Cómo podría ser una nube culpable? ¡Mírala, reverendo, mira qué bella es!”.
       Tuvo un instante de duda. Lo suficiente para que sus párpados temblaran un poco y se abrieran ligeramente. ¿Vio o no vio? Algo parecido a una imagen perversa, obscena y magnífica había entrado ya en su cerebro. Jadeó por la tenebrosa tentación. Así pues, ¿aquellos fantasmas habían venido para tentarlo y lo desafiaban desde el cielo con alusiones desvergonzadas?
       ¿No sería quizá la gran prueba reservada a los hombres de Dios? Pero ¿por qué, entre los millares de curas existentes, había sido elegido precisamente él? Pensó en la fabulosa Tebaida, vislumbró ante sí un destino de santidad y de gloria. Sintió la necesidad de quedarse solo. Hizo una pequeña señal de la cruz a los niños para indicarles que la clase había acabado. Los niños se fueron cuchicheando, hasta que todo volvió a quedar en silencio.
       Ahora podía huir, encerrarse por ejemplo en una habitación interior donde no se vieran las nubes. Pero huir no servía de nada. Hubiera sido una capitulación. Prefirió buscar la ayuda de Dios. Se puso a rezar con rabia, furioso, como si estuviera en el último kilómetro de una carrera.
       ¿Quién vencería? ¿La impía y dulce nube o bien él con su pureza? Mientras tanto, seguía rezando. Cuando le pareció estar lo bastante fortalecido, concentró sus fuerzas y levantó los ojos.
       Pero en el cielo, por encima del Col Giana, qué desilusión, no vio más que nubes indiferentes, con expresión estúpida, burbujas de vapor, mucílagos de niebla que se deshacían en jirones. Esas nubes, evidentemente, no podían pensar, ni ser malvadas, ni gastar bromas a los curas jóvenes de aldea. Ni seguramente se habían interesado por él para atormentarlo. Eran sólo nubes. De hecho, el Servicio Meteorológico había anunciado para aquel día: “Cielo poco nuboso con alguna nubosidad de evolución por la tarde. Viento en calma. Temperaturas sin cambios”. Del Demonio, ni una palabra.




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