Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Comienzos de una fortuna
(“Começos de uma fortuna”)
Originalmente publicado en Alguns contos (1952);
reimpreso en Laços de família (1960)



      Era una de aquellas mañanas que parecen suspendidas en el aire. Y qué otra cosa se asemejaba a la idea que nos hacemos del tiempo.
       El balcón estaba abierto pero el fresco se había congelado allá afuera y no entraba en el jardín, como si cualquier transbordo fuese una quiebra de la armonía. Sólo algunas moscas brillantes habían penetrado en el comedor y sobrevolaban la azucarera. A esa hora, Tijuca no había despertado del todo. «Si yo tuviera dinero...», pensaba Arturo, y un deseo de atesorar, de poseer con tranquilidad, daba a su rostro un aire desprendido y contemplativo.
       —No soy un jugador.
       —Déjate de tonterías —respondió la madre—. No empieces otra vez con historias de dinero.
       En realidad él no tenía deseos de iniciar ninguna conversación apremiante que terminase en soluciones. Un poco de la mortificación de la cena de la víspera del día de paga, con el padre mezclando autoridad y comprensión, y la madre mezclando comprensión y principios básicos, un poco de la mortificación de la víspera pedía, sin embargo, continuación. Sólo que era inútil buscar en sí la urgencia de ayer. Cada noche el sueño parecía responder a todas sus necesidades. Y por la mañana, al contrario de los adultos que despiertan oscuros y barbudos, él despertaba cada vez más imberbe. Despeinado, pero con un desorden diferente del de su padre, a quien parecía haberle sucedido cosas durante la noche. También su madre salía del dormitorio un poco deshecha y todavía soñadora, como si la amargura del sueño le hubiese dado satisfacción. Hasta tomar el desayuno, todos estaban irritados o pensativos, inclusive la empleada. Ése no era el momento de pedir cosas. Pero para él era una necesidad pacífica de establecer dominios de mañana: cada vez que despertaba era como si necesitase recuperar los días anteriores.
       —No soy un jugador ni un gastador.
       —¡Arturo —dijo la madre, irritadísima—, ya me basta con mis preocupaciones!
       —¿Qué preocupaciones? —preguntó él, interesado.
       La madre lo miró, seca, como a un extraño. Sin embargo, él era mucho más pariente de ella que su propio padre, quien, por así decir, se había incorporado a la familia. Apretó los labios.
       —Todo el mundo tiene preocupaciones, hijo mío —corrigió ella entrando en una nueva modalidad de relaciones, entre maternal y educadora.
       Y de ahí en adelante su madre había asumido el día. Se había disipado la especie de individualidad con que se despertaba y Arturo ya podía contar con ella. Desde siempre, o lo aceptaban o lo reducían a ser él mismo. De pequeño, jugaban con él, lo levantaban en el aire, lo llenaban de besos, y, de repente, pasaban a ser «individuales», lo dejaban, le decían gentilmente pero ya intangibles «Ahora se acabó», y él quedaba todo vibrante de caricias, con tantas carcajadas aún para dar. Se ponía caprichoso, empujaba a unos y otros con el pie, lleno de cólera que, sin embargo, en el mismo instante se transformaría en delicia, apenas ellos quisieran.
       —Come, Arturo —concluyó la madre y de nuevo él ya podía contar con ella. Así, inmediatamente se volvió más pequeño y más malcriado: —Yo también tengo mis preocupaciones pero nadie repara en ellas. ¡Cuando digo que necesito dinero parece como si lo estuviera pidiendo para jugar o para beber!
       —¿Desde cuándo el señor admite que podría ser para jugar o para beber? —dijo el padre entrando en la sala y encaminándose a la cabecera de la mesa—. ¡Vaya con ésa! ¡Qué pretensión!
       Él no había contado con la llegada del padre. Desorientado, pero acostumbrado, comenzó: —¡Pero, papá! —su voz desafinó en una rebelión que no llegaba a ser indignada. Como contrapeso la madre ya estaba dominada, revolviendo tranquilamente el café con leche, indiferente a la conversación que parecía no pasar de algunas moscas más. Las alejaba de la azucarera con mano blanda.
       —Vete ya, que es tu hora —cortó el padre. Arturo se volvió hacia su madre. Pero ésta estaba poniéndole mantequilla al pan, absorta y placentera. De nuevo había huido. A todo diría que sí, sin concederle ninguna importancia.
       Cerrando la puerta, él tenía nuevamente la impresión de que a cada momento entregaba su vida. Por eso la calle parecía que lo recibiera. «Cuando yo tenga mi mujer y mis hijos tocaré el timbre de aquí, haré visitas, y todo será diferente», pensó.
       La vida fuera de casa era totalmente otra. Además de la diferencia de luz —como si solamente saliendo él viese qué tiempo hacía realmente y qué disposiciones habían tomado las circunstancias durante la noche—, además de la diferencia de luz, estaba la diferencia del modo de ser. Cuando era pequeño, la madre decía: «Fuera de casa él es una dulzura; en casa, un demonio». Aun ahora, cruzando el pequeño portón, él se había vuelto visiblemente más joven y al mismo tiempo menos niño, más sensible y sobre todo sin saber de qué hablar. Pero con un dócil interés. No era una persona que buscase conversación, pero si alguien le preguntaba como ahora: «Niño, ¿en qué parte está la iglesia?», él se animaba suavemente, inclinaba el largo cuello, pues todos eran más bajos que él; y daba la información pedida, atraído, como si en eso hubiese un intercambio de cordialidades y un campo abierto a la curiosidad. Quedó atento mirando a la señora doblar la esquina camino a la iglesia, pacientemente responsable de su itinerario.
       —El dinero está hecho para gastar y ya sabes en qué —dudó intensamente Carlitos.
       —Lo quiero para comprar cosas —respondió un poco vagamente.
       —¿Una bicicleta? —rió Carlitos, ofensivo, animoso en la intriga.
       Arturo rió con desagrado, sin placer.
       Sentado en el banco, esperó que el profesor se irguiese. La carraspera de éste, prologando el comienzo de la clase, fue la señal habitual para que los alumnos se sentaran más atrás, abrieran los ojos con atención y no pensaran en nada. «En nada», fue la perturbada respuesta de Arturo al profesor que lo interpelaba irritado. «En nada» era vagamente en conversaciones anteriores, en decisiones poco definitivas sobre una ida al cine, en dinero. Él necesitaba dinero. Pero durante la clase, obligado a estar inmóvil y sin ninguna responsabilidad, cualquier deseo tenía como base el reposo.
       —¿Entonces no te diste cuenta en seguida de que Gloria quería que la invitaran al cine? —dijo Carlitos, y ambos miraron con curiosidad a la chica que allí estaba, sujetando su portafolio. Pensativo, Arturo continuó caminando al lado del amigo, mirando las piedras del suelo.
       —Si no tienes dinero para dos entradas, yo te presto, y me pagas después.
       Por lo visto, desde el momento en que tuviera dinero estaría obligado a emplearlo en mil cosas.
       —Pero después tengo que devolverte ese dinero, y ya le debo al hermano de Antonio —respondió evasivo.
       —¿Y entonces?, ¿qué tiene eso de malo? —explicó el otro, práctico y vehemente.
       «Y entonces», pensó con una pequeña dosis de cólera, «y entonces, por lo visto, en seguida que alguien tiene dinero aparecen los otros queriendo utilizarlo, explicando cómo hay que hacer para perder dinero».
       —Por lo visto —dijo desviando la rabia del amigo—, por lo visto basta que uno tenga unos cruceritos para que de inmediato una mujer los huela y caiga encima.
       Los dos rieron. Después de eso él estuvo más alegre, más confiado. Sobre todo menos oprimido por las circunstancias.
       Pero después ya fue mediodía y cualquier deseo se tornaba más árido y más duro de soportar. Durante todo el almuerzo él pensó con desagrado en contraer o no deudas, y se sentía un hombre aniquilado.
       —¡O él estudia demasiado o no come bastante por la mañana! —dijo la madre—. El hecho es que despierta bien dispuesto, pero luego aparece para el almuerzo con esa cara pálida. En seguida se le endurecen las facciones, y es la primera señal.
       —No es nada, es el desgaste natural del día —dijo el padre con buen humor. Mirándose en el espejo del corredor antes de salir, vio que realmente era la cara de uno de esos muchachos que trabajan, cansados y jóvenes. Sonrió sin mover los labios, satisfecho en el fondo de los ojos. Pero en la puerta del cine no pudo dejar de pedirle prestado el dinero a Carlitos, porque allá estaba Gloria con una amiga.
       —¿Ustedes prefieren sentarse adelante o en medio? —preguntaba Gloria.
       —Por lo visto, el cine se fue al traste —dijo al pasar Carlitos. En seguida se arrepintió de haber hablado, pues el compañero ni lo había escuchado, ocupado con la muchacha. No era necesario disminuirse a los ojos del otro, para quien una sesión de cine sólo servía para ganar a una chica.
       En realidad el cine sólo se había ido al traste al comienzo. De inmediato él relajó el cuerpo, se olvidó de la otra presencia, a su lado, y se puso a ver la película. Solamente a la mitad de la función tuvo conciencia de la presencia de Gloria y sobresaltado la miró con disimulo. Con un poco de sorpresa comprobó que ella no era precisamente la explotadora que él supusiera: allá estaba Gloria inclinada hacia delante, la boca abierta por la atención. Aliviado, se recostó otra vez en la butaca.
       Más tarde, sin embargo, se interrogó sobre si había sido explotado o no. Y su angustia fue tan inmensa que él se detuvo ante una vitrina, con terror en la cara. El corazón le golpeaba como un puño. Además del rostro espantado, suelto en el vidrio de la vitrina, había cacerolas y utensilios de cocina que miró con cierta familiaridad. «Por lo visto, fui», concluyó sin conseguir sobreponer su cólera al perfil sin culpa de Gloria. Poco a poco, la propia inocencia de la muchacha se tomó su culpa mayor: «¿Entonces ella me explotaba, me explotaba, y después quedaba satisfecha viendo la película?». Y sus ojos se llenaron de lágrimas. «Ingrata», pensó eligiendo mal una palabra de acusación. Como la palabra era un símbolo de queja más que de rabia, él se confundió un poco y su rabia se calmó. Ahora le parecía, de fuera para dentro y sin ningún deseo, que ella debería haber pagado de aquella manera la entrada al cine.
       Pero frente a los libros y cuadernos cerrados, su rostro se fue serenando.
       Dejó de escuchar las puertas que se golpeaban, el piano de la vecina, la voz de la madre en el teléfono. Había un gran silencio en su habitación, como en un cofre. Y el final de la tarde parecía una mañana. Estaba lejos, lejos, como un gigante que pudiese estar afuera manteniendo en el aposento apenas los dedos absortos que daban vueltas y vueltas a un lápiz. Había momentos en que respiraba pesadamente como un viejo. La mayor parte del tiempo, sin embargo, su rostro apenas tocaba el aire de la habitación.
       —¡Ya he estudiado! —gritó a la madre que lo interrogaba sobre el ruido del agua. Lavándose cuidadosamente los pies en la tina, él pensó que la amiga de Gloria era mejor que Gloria. Ni siquiera había intentado reparar en si Carlitos se había «aprovechado» o no de la otra. A esa idea salió apresuradamente de la tina y se detuvo frente al espejo del lavabo. Hasta que el azulejo enfrió sus pies mojados.
       ¡No!, no quería explicarse con Carlitos y nadie le iba a decir cómo debería usar el dinero que iba a tener, y Carlitos era dueño de pensar que sería en bicicletas, y si así fuera, ¿qué había con eso?, ¿y si nunca, pero nunca, quisiera gastar su dinero?, ¿y si cada vez se hiciera más rico?... ¿qué hay con eso, tienes ganas de pelear?, piensas que...
       —... puede ser que estés muy ocupado con tus pensamientos —lo interrumpió la madre—, pero por lo menos cena y de vez en cuando di una palabra.
       Entonces él, en súbito retorno a la casa paterna:
       —Dices que en la mesa no se habla, y ahora quieres que hable, dices que no se habla con la boca llena, y ahora...
       —Mira cómo hablas con tu madre —dijo el padre severamente.
       —Papá —dijo Arturo dócilmente, con las cejas fruncidas—, papá, ¿qué es eso de las notas de crédito?
       —Por lo visto, el colegio no sirve para nada —dijo el padre, con placer.
       —Come más papas, Arturo —la madre intentó inútilmente arrastrar a los dos hombres hacia sí.
       —Bueno —dijo el padre alejando el plato—, es esto: digamos que tú tienes una deuda.

Alguns contos (1952)
Laços de família (1960)




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