Joseph Conrad
(Berdyczów, entonces Polonia, actual Ucrania, 1857 - Bishopsbourne, Inglaterra, 1924)


El cuento (1917)
(“The Tale”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine [Londres],
Vol. 54, Núm. 322 (octubre de 1917), págs.345-353;
The Tale
(Londres: “Privately Printed by Clement Shorter”, marzo de 1919, 34 págs.);
Tales of Hearsay. Suspense (póstumo)
(Londres: Thomas Nelson, 1925, 377 págs.);
(Nueva York: Doubleday, 1925, 274 págs.)



      La luz del crepúsculo agonizaba lentamente del otro lado del amplio y único ventanal como un enorme resplandor monótono y sin color, enmarcado por las rígidas sombras de la sala.
       Era una habitación alargada. El inevitable ascenso de la noche avanzaba desde el fondo donde el susurro de la voz de un hombre, interrumpido con entusiasmo y con entusiasmo otra vez reanudado, parecía defenderse de respuestas dichas en voz baja y con infinita tristeza.
       Por fin se dejaron de oír las respuestas. Los movimientos del hombre al levantarse pesadamente junto al profundo y oscuro sofá que contenía la sombría silueta de una mujer reclinada revelaron que se trataba de un hombre alto para aquel techo más bien bajo, y que iba vestido completamente de negro, salvo por el contraste brutal del cuello blanco bajo el perfil de la cabeza y la chispa débil e insignificante de algún botón cobrizo de su uniforme.
       La observó un momento, con una quietud masculina y misteriosa, y luego se sentó en una silla a su lado. Sólo alcanzaba a ver el borroso óvalo de su cara dada la vuelta, y sus manos pálidas extendidas sobre el vestido negro, manos que un momento atrás se habían abandonado a sus besos y que ahora parecían extenuadas, como si estuvieran demasiado cansadas para moverse.
       No se atrevía a hacer ningún sonido, como cualquier otro hombre se sentía reducido por las mediocres necesidades de la existencia. Y como suele suceder, fue la mujer la que tuvo el coraje. Primero se escuchó la voz de ella, casi era la misma voz de siempre, aunque vibraba por sus emociones contradictorias.
       —Dime algo —dijo.
       La oscuridad escondió primero la sorpresa de él y luego su sonrisa, como si no le hubiera dicho recién todo lo que debía decirle ¡y por enésima vez!
       —¿Qué puedo decirte? —le preguntó con admirable seguridad. Estaba empezando a sentirse agradecido con ella por ese tono definitivo en su voz que aliviaba tanto la presión.
       —¿Por qué no me cuentas un cuento?
       —¡Un cuento! —realmente estaba sorprendido.
       —Sí, por qué no.
       Aquellas palabras salieron con cierta vanidad, eran un indicio de la voluntad de la mujer amada que se comportaba caprichosamente sólo porque su voluntad era un mandato a veces vergonzante pero siempre difícil de evitar.
       —Por qué no —repitió él con un tono ligeramente burlón, como si ella le hubiera pedido que le entregara la luna. Pero ahora le enfadaba un poco esa agilidad femenina para desembarazarse de un sentimiento como si se tratara de un espléndido vestido.
       Escuchó que ella le decía un poco insegura, con una especie de entonación agitada que le recordaba de pronto al vuelo de una mariposa:
       —En una época solías contar muy bien esas historias tuyas, tan sencillas y… profesionales, o al menos lo hacías lo bastante bien como para conseguir mi atención. Tenías… tenías una especie de arte entonces, antes de la guerra.
       —¿En serio? —preguntó con una tristeza involuntaria—. Pero ya sabes que la guerra sigue aún —continuó con una voz tan apagada y uniforme que ella sintió un leve escalofrío en los hombros. Pero insistió, porque no hay nada más inquebrantable en el mundo que el capricho de una mujer.
       —Podría ser un cuento sobre otro mundo —agregó.
       —¿Quieres un cuento sobre el otro mundo, sobre el más allá? —preguntó él sorprendido—. Tal vez deberías pedírselo a los que ya están allí.
       —No, no me refiero a eso. Me refiero a otro mundo, a algún otro mundo. En el universo… no en el cielo.
       —Menos mal… pero sólo tengo cinco días de permiso.
       —Lo sé. Yo también me he tomado cinco días de… de mis deberes.
       —Me gusta esa palabra.
       —¿Cuál?
       —Deber.
       —A veces es horrible.
       —Bueno, eso es porque crees que es una palabra limitada, pero no lo es. Contiene toda un infinitud, por eso…
       —¿Y esa jerga?
       Él ignoró la despreciativa interrupción.
       —Un perdón infinito, por ejemplo, pero en cuanto a ese otro mundo, ¿quién va a ir a buscarlo y a rescatar los cuentos que contiene?
       —Tú —dijo ella con una afirmación dulce, extraña, casi dura.
       Desde su silla él hizo un vago movimiento de asentimiento, cuya ironía no podían ocultar ni todas las sombras juntas.
       —Como tú quieras. En ese mundo, entonces, había una vez un Oficial al mando y un Nórdico. Debes pensarlos con mayúsculas porque no tenían otros nombres. Era un mundo lleno de mares, continentes e islas…
       —Como la Tierra —susurró ella con amargura.
       —Así es. ¿Qué otra cosa se puede esperar al enviar a un hombre hecho de nuestra misma, atormentada y vulgar arcilla a un viaje de descubrimiento? ¿Qué otra cosa podría encontrar? ¿Qué otra cosa podrías entender tú o qué otra cosa podría interesarte o de qué otra cosa podrías siquiera intuir la existencia? Pero hay humor en la historia. Y sacrificio.
       —Igual que siempre… Igual que en la Tierra —murmuró.
       —Igual que siempre. Y como sólo puedo percibir del universo aquello que está profundamente arraigado en las fibras de mi ser, en esta historia habrá también amor, pero no hablemos de eso.
       —No, no hablemos de eso —dijo ella en un tono neutral que escondía muy bien su alivio… o su decepción. Después de una pausa, agregó—: Que sea una comedia.
       —Bueno… —Él también hizo una pausa—. De alguna manera lo es, pero una más bien triste. Será un cuento humano y, como sabes, la comedia es sobre todo una cuestión de perspectiva, pero no es una historia estridente. Sus largos cañones están silenciados, como los de los telescopios.
       —¡Ah, entonces habrá armas! ¿Puedo preguntar dónde?
       —A flote. Supongo que recuerdas que hablábamos de un mundo en el que había mares. Allí se estaba luchando una guerra. ¡Era un mundo de lo más divertido!, aunque también terrible. La guerra se desarrollaba en tierra firme, sobre el mar, debajo del agua, en el aire e incluso bajo el suelo, y muchos de los jóvenes que peleaban solían decirse, sobre todo cuando estaban en la sala de oficiales o en los comedores (y te pido disculpas por lo soez de mi vocabulario): “No es más que una guerra de mierda, pero al menos es mejor que no tener ninguna”. Suena un tanto frívolo, ¿no?
       Le llegó desde el fondo del sofá un suspiro nervioso, impaciente.
       —Pero a pesar de eso hay más en esta historia de lo que parece a simple vista. Quiero decir, más sabiduría. La frivolidad, al igual que la comedia, no es más que una cuestión de perspectiva. Es cierto que no era un mundo demasiado sabio, pero había en él cierta lucidez común. Aunque esa lucidez era utilizada sobre todo por los neutrales de distintas maneras, públicas y privadas, que debían ser controladas por mentes más agudas y con la vista realmente afilada. Ellos mismos debían ser muy astutos, te lo aseguro.
       —Me lo puedo imaginar —dijo ella, despreciativa.
       —¿Hay algo en el mundo que no puedas imaginar? —contestó con sobriedad—. Es como si llevaras el mundo entero dentro de ti, pero volvamos a nuestro Oficial al mando que, por supuesto, dirigía algún tipo de barco. Puede que mis cuentos hayan sido siempre profesionales (como has comentado antes), pero jamás han sido técnicos, así que sólo te diré que aquel barco había sido antes uno de esos barcos ornamentales, llenos de arrogancia, elegancia y lujos. ¡Antes! Ahora tenía el mismo aspecto que una mujer bonita a la que de pronto hubieran puesto un traje de arpillera y un cinturón con revólveres. Aun así se desplazaba con ligereza, con agilidad, era un barco muy bueno.
       —¿Eso era lo que opinaba el Oficial al mando? —dijo la voz desde el sofá.
       —Así es. Con aquel barco solían enviarle a ciertas costas para ver… lo que pudiera ver. Nada más que eso. A veces conseguía cierta información preliminar que le ayudaba, pero otras no. En realidad daba igual, en serio. Era una información tan inútil como transmitir la ubicación o los propósitos de una nube o de un fantasma que adopta una forma ahora y luego otra y que es imposible de encontrar.
       “Sucedió durante los primeros años de la guerra. Lo que más impresionaba al principio al Oficial era aquella inalterable superficie del agua que tenía una forma conocida, ni más amigable ni más hostil. En los días buenos el sol esparcía su brillo sobre la superficie azul. A cierta distancia, aquí y allá, caía una pacífica nube de humo y era imposible pensar que la línea clara y familiar del horizonte trazara en realidad el límite de una gran emboscada.
       “Sí, era imposible pensar eso hasta que un día de repente se veía un barco que no era el suyo (tampoco es que resulte esto tan impresionante), sino algún otro barco con su propia tripulación, volar por los aires y hundirse casi antes de que uno pudiera comprender qué había pasado. Entonces uno empieza a creer y se esfuerza por ver… lo que pueda ver. Y sigue así pero con la certeza de que algún día uno mismo morirá a causa de algo que no ha llegado a ver. Al final se termina envidiando a los soldados que se limpian el sudor y la sangre de la cara, cuentan cuántos enemigos han matado y observan el campo de batalla devastado, la tierra desgarrada que parece sufrir y sangrar con ellos. Uno los envidia, de verdad. Envidia la brutalidad que hay en el fondo de todo eso, el sabor de una pasión tan primitiva, la honestidad feroz de un golpe dado con la propia mano, el roce directo y la respuesta inmediata. Porque el mar no da nada de este punto, todo lo contrario, disimula como si no pasara nada.
       Ella le interrumpió, un poco excitada.
       —Claro. Sinceridad, honestidad, pasión… las tres palabras de tu evangelio. ¡Pero yo no las conozco!
       —¿Cómo que no? ¿Acaso no nos pertenecen, no son aquello en lo que creemos? —preguntó él ansioso y sin esperar una respuesta, continuó—: Eso sentía el Oficial. Cuando la noche avanzaba sobre el mar, ocultando lo que parecía la hipocresía de un viejo amigo, le parecía un alivio. A veces revela circunstancias tan odiosas para uno como la propia falsedad. La noche es lo mejor.
       “Por la noche, el Oficial podía dejar volar sus pensamientos —no te diré hacia dónde. Digamos que hacia algún sitio en el que no había más opción que la verdad o la muerte. Pero el mal tiempo en cambio, si bien puede llegar también a provocar una ceguera, no conlleva jamás el alivio. La niebla es engañosa, el fulgor muerto de la bruma es irritante, como si uno estuviera obligado a ver.
       “Cierto plomizo y desagradable día el barco navegaba a vapor frente a una peligrosa costa de rocas que se destacaba oscuramente como un dibujo de tinta china sobre papel plateado. De inmediato, el segundo de a bordo habló con el Oficial, le dijo que creía haber visto algo sobre el agua, mar adentro. Tal vez los pequeños restos de un naufragio.
       “—Aunque se supone que por aquí no hay restos de naufragios, señor —añadió.
       “—Así es —dijo el Oficial—. Según los informes, los últimos naufragios se hundieron muy lejos, hacia el oeste, aunque nunca se sabe. Pueden haberse hundido otros barcos y como no ha habido supervivientes, aún no han sido ni vistos ni reconocidos.
       “Así comenzó todo. El curso del barco se modificó para pasar cerca del objeto, ya que era necesario saber con qué tipo de cosas se podían encontrar. Pasaron cerca pero sin rozarlo, ya que no era recomendable entrar en contacto con objetos que anduvieran a la deriva por ahí. Había que acercarse pero jamás detenerse, ni siquiera disminuir mucho la velocidad, no era prudente quedarse merodeando, ni siquiera un instante. Debo aclarar ahora mismo que el objeto no era peligroso en sí mismo. No tiene sentido describirlo. No era nada más visible que, por ejemplo, un barril de alguna forma o color particular, pero aun así llamaba la atención.
       “El propio movimiento suave de la pieza la levantó por un instante, como para que pudieran verla más de cerca, y después el barco siguió su curso y la dejó atrás con indiferencia mientras veinte pares de ojos en la cubierta la miraban fijamente por todos lados tratando de ver… lo que pudieran ver.
       “El Oficial y su segundo discutieron el asunto con sensatez. Les parecía que no se trataba tanto de una prueba de la sagacidad sino de la intención de algunos neutrales que al parecer, mediante ese tipo de actividades, a veces reabastecían a algunos submarinos que andaban por ahí. O al menos ésa era la creencia general, no se sabía con certeza. Había indicios en aquella época que parecían indicar que se trataba de eso. El objeto, visto de cerca y dejado atrás con aparente indiferencia, no dejaba dudas de que algo así había sucedido en algún lugar de la zona.
       “El objeto era más que sospechoso. Pero el hecho de que hubiera sido abandonado como evidencia sembraba otras dudas. ¿Era el resultado de algún propósito diabólico y profundo? Todas las especulaciones en ese sentido se volvieron inútiles de inmediato. Al final los dos oficiales llegaron a la conclusión de que lo más probable era que hubiera sido abandonado allí por accidente, por alguna complicación imprevista, como la repentina necesidad de huir urgentemente del sitio o algo parecido.
       “La discusión había transcurrido con frases cortantes y pesadas, separadas por largos silencios pensativos. Durante todo el tiempo, sus ojos vagaban por el horizonte en un constante y mecánico esfuerzo por mantener la vigilancia. El más joven resumió con gravedad:
       “—Bueno, es una evidencia, así de sencillo. Es una prueba de lo que ya estábamos bastante seguros antes. Y está a la vista, además.
       “—Esto sí que nos viene bien —replicó el Oficial—, los destacamentos están a kilómetros de distancia, el submarino (sólo el diablo sabe dónde se encuentra) está listo para matar y el noble neutral se nos escapa hacia el este ¡Listos para seguir mintiendo!
       “El segundo de a bordo se río un poco de aquel tono pero supuso que a los neutrales no les iba a hacer falta mentir demasiado. Los tipos así se sentían bastante a salvo, a menos que les cazaran con las manos en la masa. Podían darse el lujo de soltar unas risitas. Tal vez aquel tipo estaba incluso riéndose a solas en ese instante. Puede que hubiera hecho esa jugada antes sin importarle la evidencia que dejaba a sus espaldas. Además, era un juego en el que la experiencia le volvía a uno astuto y exitoso.
       “Y volvió a reírse, pero al Oficial le revolvía el estómago la delincuencia clandestina de aquellos métodos y la atroz insensibilidad de las tramas que parecían contaminar la fuente última de los sentimientos más profundos y las actividades más nobles de los hombres; parecía corromper la imaginación que erigía los pensamientos más importantes de la vida y la muerte. Sufría…
       La voz desde el sofá interrumpió al narrador.
       —¡Qué bien le comprendo en eso!
       Él se inclinó un poco hacia delante.
       —Sí, también yo. En el amor y en la guerra todo debería ser claro como el día, porque ambas partes representan un ideal que es demasiado fácil, terriblemente fácil de degradar en pos de la Victoria.
       Se detuvo, y enseguida continuó.
       —No sé si el Oficial era capaz de analizar sus sentimientos de una manera tan profunda pero sufría una especie de tristeza desencantada. Puede que incluso sospechara que se trataba de una tontería de su parte. Un hombre es varios hombres pero ya no había tiempo para tanta introspección porque sobre su barco se había extendido una cortina de niebla que venía del sudoeste. Grandes torbellinos de vapor sobrevolaban y se enredaban en el mástil y en la chimenea, de pronto parecían a punto de derretirse. Después desaparecieron. El barco quedó inmóvil, todos los sonidos se apagaron y la propia niebla se detuvo, pero fue aumentando en densidad como si se volviera cada vez más sólida en su increíble y muda quietud. Los hombres seguían en sus puestos pero ya no se veían entre sí. Las pisadas sonaban cautelosas, las voces extrañas, impersonales y remotas, se extinguían sin eco. Una calma blanca y ciega se apoderó del mundo.
       “Y parecía, además, que iba a durar días. No digo que la densidad de la niebla no variara, de vez en cuando se dispersaba misteriosamente, dejando a la vista una imagen más o menos fantasmal del barco. Varias veces la presencia de la costa se hundía ante sus ojos en el brillo cambiante y opaco de la enorme nube blanca que flotaba misteriosa sobre el agua.
       “Aprovechando esos momentos habían acercado el barco a la orilla con cautela. No tenía sentido permanecer en alta mar con mal tiempo. La tripulación ya conocía cada rincón y cada grieta de aquella costa y pensaban que lo mejor sería llevarlo hasta alguna de las calas. No se trataba de un amplio lugar, sino apenas un espacio lo bastante grande como para que un barco pudiera balancearse estando anclando. Allí estarían mejor hasta que la niebla se dispersara.
       “Despacio, con infinito cuidado y paciencia se fueron acercando cada vez más, distinguiendo los acantilados apenas como la amenaza oscura y evanescente de un borde angosto en cuyo pie golpeaba furiosa la espuma. Cuando echaron el ancla la niebla era tan espesa que, a juzgar por lo que alcanzaban a ver, parecía que estaban a miles de kilómetros de la orilla en mar abierto, aun así podían sentir la protección de la tierra. Había cierta rareza en la quietud del aire. Podían oír, de una forma vaga e imprecisa, el murmullo del oleaje que golpeaba la tierra a su alrededor con misteriosas y repentinas pausas.
       “Soltaron ancla, amarraron los cables. El Oficial bajó a su cabina, pero aún no llevaba mucho tiempo allí cuando una voz del otro lado de la puerta requirió su presencia en cubierta. Pensó: ‘¿Qué pasa ahora?’. Le fastidiaba que le volvieran a llamar para lidiar con aquella aburrida niebla.
       “Descubrió que había vuelto a clarear un poco y que el día había tomado el tono plomizo de los oscuros acantilados sin forma ni contorno, pero que se mantenían firmes como una cortina de sombras alrededor del barco, excepto por una única mancha brillante que era la entrada desde el mar abierto. Varios oficiales miraban hacia allí desde el puente. El segundo al mando se le acercó y le dijo, sin aliento y susurrando, que había otro barco en la cala.
       “Lo acababan de descubrir varios pares de ojos. Estaba anclado muy cerca de la entrada, era apenas una mancha imprecisa en el resplandor de la niebla. El Oficial lo distinguió por fin cuando miró en la dirección que le señalaban aquellas ansiosas manos. Indudablemente había allí algún tipo de embarcación.
       “—Es un milagro que no hayamos chocado contra él al entrar —comentó el segundo de a bordo.
       “—Envíe un bote antes de que desaparezca —dijo el Oficial. Suponía que se trataba de un barco costero, no podía ser otra cosa, pero de pronto le asaltó una idea distinta—. De verdad ha sido un milagro que no chocáramos —le dijo al segundo de a bordo, que había regresado tras enviar el bote.
       “A esa altura los dos estaban sorprendidos de que la embarcación que habían descubierto no se hubiera manifestado tocando la campana.
       “—Es cierto que entramos en silencio —concluyó el más joven—, pero al menos tuvieron que oír a nuestro sondeador. Pasamos a menos de cincuenta metros. ¡Al ras! Por lo menos nos habrán visto, ya que sabían que algo entraba, aunque lo más extraño es que no hayamos oído ningún ruido de ese barco. Los de cubierta han tenido que estar conteniendo el aliento.
       “—Sí, ya lo creo —dijo pensativo el Oficial.
       “A su debido tiempo regresó el bote, apareció de pronto al costado como si no le hubiese resultado sencillo encontrar su camino en medio de la niebla. El marino a cargo subió a informar pero el Oficial no le dio tiempo a comenzar. Gritó a la distancia:
       “—Un barco costero, ¿verdad?
       “—No, señor. Un barco extranjero, neutral —fue la respuesta.
       “—¡No! ¿De verdad? Cuéntenos más. ¿Qué hace aquí?
       “El joven explicó entonces que le habían contado una larga y complicada historia relacionada con problemas en la maquinaria, creíble desde un punto de vista estrictamente profesional porque no le faltaban los elementos de siempre: un desperfecto, una deriva peligrosa a lo largo de la costa, mal tiempo durante días, el temor de una tormenta, y finalmente, la decisión de anclar en cualquier lugar, etcétera. Todo parecía bastante probable.
       “—¿Y las máquinas siguen sin funcionar? —preguntó el Oficial.
       “—Sí, señor. Tienen un motor a vapor.
       “El Oficial se llevó aparte al segundo de a bordo.
       “—¡Dios mío! —dijo—. ¡Tenía razón! Contuvieron el aliento cuando pasamos a su lado. ¡Estaban conteniendo el aliento!
       “Pero ahora el segundo de a bordo tenía sus dudas.
       “—Se sabe que una niebla así es capaz de amortiguar los pequeños sonidos —remarcó—. ¿Para qué iban a contener el aliento después de todo?
       “—Para escapar sin que nos diéramos cuenta —contestó el Oficial.
       “—¿Pero entonces por qué no se han ido? Podrían haberlo hecho, ya sabe. Tal vez nos habríamos dado cuenta, supongo que no hubieran podido desamarrar sin que oyéramos algún sonido, pero en un minuto habrían podido salir de nuestro campo visual. Se habrían podido marchar sin que tuviéramos una imagen clara de su embarcación, pero no lo han hecho.
       “Se miraron. El Oficial negó con la cabeza. Sospechas como las que tenía ahora no eran fáciles de defender. Ni siquiera se animó a pronunciarlas abiertamente. El encargado del bote terminó su informe, dijo que el cargamento del barco era inofensivo, mercancías prácticas. Se dirigían a un puerto inglés. Tenían los papeles y todo lo demás en orden. No había detectado nada sospechoso.
       “Luego, al referirse a los hombres, dijo que la tripulación era de lo más convencional, mecánicos con un exitoso pasado reparando motores. El primer oficial era un tipo arisco y el capitán un nórdico genuino, educado aunque al parecer había estado bebiendo. Daba la impresión de que se estaba recuperando de una borrachera.
       “—Le dije que no podía darle permiso para salir. Dijo que no se atrevería a mover su barco ni un centímetro con un tiempo como éste, con mi permiso o sin mi permiso. Igual he dejado a uno de los nuestros a bordo.
       “—Bien hecho.
       “El Oficial, tras reflexionar un poco más sobre sus sospechas, volvió a llamar aparte al segundo.
       “—¿Y si fuera el mismo barco que ha estado aprovisionando a algún submarino infernal? —dijo en voz baja.
       “El otro se asustó. Luego dijo con convicción:
       “—Se saldrían con la suya, señor. Usted no podría probar nada.
       “—Quiero verlo con mis propios ojos.
       “—Según el informe que acabamos de oír, me temo que no podría ni siquiera armar una acusación razonable, señor.
       “—Iré de todas formas.
       “Lo había decidido. La curiosidad es la fuerza motriz del amor y del odio. ¿Qué esperaba encontrar? No podría decirlo, ni siquiera él mismo lo sabía.
       “Lo que esperaba encontrar en realidad era una especie de atmósfera, la atmósfera de una traición gratuita que en su opinión nada podía justificar, porque pensaba que ni siquiera servía como excusa el entusiasmo por la maldad. ¿Pero iba a ser capaz de detectarla? ¿De olfatearla? ¿Iba a ser capaz de percibir los misteriosos mensajes capaces de convertir su inquebrantable sospecha en una certeza lo bastante fuerte como para realizar una maniobra a pesar de los riesgos?
       “El capitán le recibió en la cubierta de la popa, alzándose amenazador, rodeado de aquella niebla y entre las formas borrosas del equipamiento típico de un barco. Era un nórdico robusto, con barba y en la plenitud de vida. Llevaba un gorro redondo de cuero ajustado a la cabeza. Las manos las tenía metidas a presión en los bolsillos de la chaqueta corta de cuero y las mantuvo ahí todo el tiempo, mientras le explicaba que en alta mar vivía en el cuarto de mapas. Le llevó hasta allí dando pasos largos y despreocupados. Justo antes de llegar a la puerta bajo el puente se tambaleó un poco, se recuperó, la abrió de un golpe y se puso a un lado, apoyando un hombro casi involuntariamente contra el frente de la sala. Miró vagamente aquel interior lleno de niebla y a continuación siguió al Oficial, cerró la puerta con fuerza, encendió la luz eléctrica de un golpe y se apresuró a meter de nuevo las manos en los bolsillos como si tuviera miedo de que alguien se las quisiera agarrar, ya fuera en un gesto amigable u hostil.
       “La habitación era calurosa, parecía cargada. El tradicional estante elevado en el que se guardan los mapas estaba lleno, y la hoja de ruta sobre la mesa se mantenía desenrollada gracias a una taza vacía sobre un pequeño plato en el que se había derramado algún líquido oscuro. Un bizcocho apenas mordisqueado reposaba en la tapa del cronómetro. Había dos sillones pero uno había sido transformado en una cama con una almohada y algunas mantas que ahora estaban revueltas. El Nórdico se dejó caer ahí, con las manos aún en los bolsillos.
       “—Pues aquí estamos —dijo con un aire curioso, como si se hubiera sorprendido al oír su propia voz.
       “El Oficial observó desde el otro sillón la atractiva y sonrojada cara del Nórdico. Algunas gotas de niebla colgaban de la barba y el bigote. Las cejas, mucho más oscuras, se unían en un ceño de desconcierto. De golpe, se puso en pie.
       “—Lo que quiero decir es que no sé dónde estamos. Lo cierto es que no lo sé —gritó muy serio—. ¡Que nos cuelguen si miento! No sé cómo he dado la vuelta. La niebla lleva una semana persiguiéndonos, más de una semana, y luego se averiaron las máquinas. Le contaré cómo sucedió.
       “Estalló en una gran locuacidad. No hablaba sin prisa pero tampoco sin pausa. A pesar de todo, su discurso no parecía constante. Se detenía en pausas raras, pensativas. Cada pausa duraba apenas un par de segundos, pero tenía la profundidad de una reflexión interminable. Cuando volvía a comenzar nada revelaba en él ni la más mínima conciencia de aquellos intervalos. Seguía con la misma mirada fija, el mismo tono invariable de seriedad. No se daba cuenta. De hecho, en varias ocasiones aquellas pausas sucedieron en mitad de una frase.
       “El Oficial escuchó la historia. Le pareció más verosímil que la simple verdad, pero eso tal vez era un prejuicio. Durante todo el tiempo que habló el Nórdico, el Oficial estuvo atento a una voz interior, un murmullo grave que salía de lo más profundo de su ser y le contaba otra historia, como si deseara mantener viva su indignación y su ira frente a la vil ambición o la llana perspectiva que a menudo se encuentra en el origen de las ideas más simples.
       “Era la misma historia que le había contado al encargado del bote una hora antes. El Oficial asentía levemente al Nórdico de vez en cuando. Al fin terminó y miró hacia otro lado. Después agregó, como una idea tardía:
       “—¿No es todo esto suficiente como para enloquecer a un hombre? Además es mi primer viaje por esta zona y el barco es mío. Su oficial ha visto los papeles. No es un gran barco, como se habrá dado cuenta, apenas un viejo carguero, pero alcanza para alimentar a mi familia.
       “Levantó su enorme brazo para señalar una hilera de fotografías pegadas a la mampara. Fue un movimiento pesado, como si el brazo fuera de plomo. El Oficial añadió sin ningún cuidado:
       “—Debe de estar haciendo una fortuna para su familia con esta vieja embarcación.
       “—Lo haré, si no la pierdo —dijo el Nórdico con pesimismo.
       “—Una fortuna gracias a la guerra, quiero decir —agregó el Oficial.
       “El Nórdico le miró de una manera curiosa, como si no le viera, pero, al mismo tiempo, con interés, como sólo unos ojos de un tono azul muy particular pueden mirar.
       “—Pero eso no le enfurecería, ¿verdad? —dijo—. Usted también es un caballero. Nosotros no tenemos la culpa de esta guerra y suponga que nos sentamos a llorar: ¿de qué nos serviría? Dejemos el llanto a quienes tienen la culpa —concluyó enérgico—. El tiempo es dinero, suelen decir ustedes. Bueno, este tiempo también es dinero. ¿No le parece?
       “El Oficial intentó disimular su inmenso desagrado. Se dijo que era poco razonable. Los hombres eran así, caníbales que se alimentaban de las desgracias ajenas. Respondió en voz alta:
       “—Ha dejado perfectamente claro por qué se encuentra aquí. Su bitácora lo confirma puntillosamente. Aunque, como es lógico, una bitácora puede ser manipulada. No hay nada más fácil.
       “El Nórdico no movió ni un solo músculo. Miraba el suelo, como si no le hubiera oído. Después de un rato levantó la cabeza.
       “—Pero usted no puede sospechar nada de mí —murmuró, apático.
       “El Oficial dudó: ‘¿Por qué me dice esto?’.
       “Inmediatamente después agregó:
       “—Mi cargamento se dirige a un puerto inglés.
       “Su voz sonó más ronca. El Oficial pensó: ‘Es cierto, puede que no haya nada oculto. No puedo sospechar de él. Pero… ¿por qué estaba con el motor levantado en esta niebla? ¿Y por qué, cuando nos oyó entrar, no hizo alguna señal? ¿Por qué? ¿Acaso puede haber otro motivo aparte de la culpa? Podría haberse dado cuenta por los sondeadores de que somos un barco de guerra’.
       “‘Sí… ¿por qué?’, seguía pensando el Oficial. ‘Supongamos que se lo pregunto y estudio sus gestos, en algún momento se delatará. Está clarísimo que ha estado bebiendo. Sí, ha estado bebiendo, pero debe tener una mentira preparada para cada pregunta’. El Oficial era uno de esos hombres que se ponen incómodos, moral y casi físicamente, de sólo pensar que tienen que descubrir una mentira. Se retrajo ante esa posibilidad con indignación y desprecio, unos sentimientos imbatibles por ser más temperamentales que morales.
       “En vez de hacerlo salió a cubierta e hizo reunir formalmente a la tripulación para una inspección. Encontró más o menos lo que podía esperar a partir del informe del encargado del bote, y por las respuestas que le dieron no parecía haber ningún error en la bitácora.
       “Les permitió marcharse. La impresión que tuvo de ellos fue la de un grupo bien escogido, se les había prometido un buen puñado de dinero a cada uno si todo salía bien y todos parecían un poco ansiosos pero no asustados. Ninguno parecía dar por terminada la función, no sentían que su vida estuviera en peligro. ¡Conocían demasiado bien Inglaterra y sus rutas!
       “Se alarmó al descubrirse pensando así, como si sus remotas sospechas se estuvieran convirtiendo ya en una certeza y es que, de hecho, no había ni la menor lógica en sus deducciones. No parecía haber nada que descubrir.
       “Regresó a la sala de mapas. El Nórdico se había quedado merodeando por allí y algo sutilmente diferente en sus modales, una mirada más atrevida en sus ojos azules y vidriosos, hizo creer al Oficial que el tipo había aprovechado la oportunidad para tomar otro sorbo de alguna botella que debía tener escondida por ahí.
       “Se dio cuenta, además, de que al mirarle a los ojos el Nórdico había adoptado una elaborada expresión de sorpresa. No habría sido capaz de explicarlo, pero en ese instante el inglés sintió, con una convicción sorprendente, que se estaba enfrentando a una gran mentira, sólida como un muro, cuyo espantoso rostro malvado parecía espiarlo por encima con una sonrisa cínica y sin dejarle ningún camino alternativo hacia la verdad.
       “—Supongo —empezó de pronto— que se debe de estar preguntando por qué procedo de esta manera si no lo he detenido, ¿no es así? Además, usted ha dicho que no se atrevería a salir con esta niebla.
       “—No sé dónde me encuentro —dijo el Nórdico seriamente—, de verdad no lo sé.
       “Echó una mirada alrededor como si las cosas en la sala de mapas le resultaran extrañas. El Oficial le preguntó si no había visto algún objeto extraño flotando a la deriva cuando estaba en alta mar.
       “—¿Algún objeto? ¿Qué tipo de objeto? Hemos estado navegando a tientas bajo la niebla desde hace días.
       “—Pero también hubo algunos intervalos de cielo abierto —dijo el Oficial—. Voy a contarle lo que hemos visto y las conclusiones a las que hemos llegado.
       “Se lo contó en pocas palabras y percibió el sonido de una respiración aguda y contenida entre los dientes del otro. El Nórdico permaneció absolutamente mudo e inmóvil, con las manos apoyadas sobre la mesa. Parecía atónito. Luego esbozó una sonrisa estúpida, o al menos eso le pareció al Oficial. ¿Significaba algo todo aquello o no tenía ni la menor importancia? No sabía, no lo tenía claro. La verdad se había alejado del mundo como obligada, empujada por la monstruosa maldad de la que aquel hombre era —o no era— culpable.
       “—Un disparo no es alternativa para la gente que concibe la neutralidad —remarcó el Oficial luego de un silencio.
       “—Sí, sí, por supuesto —afirmó el Nórdico apresurado pero a continuación, inesperadamente y con un tono suave, agregó—: Es posible.
       “¿Fingía estar borracho o, por el contrario, intentaba parecer sobrio? La mirada era fija pero también vidriosa. El contorno de los labios bajo el bigote era firme pero se movía con nerviosismo. ¿O no? ¿Por qué se inclinaba hacia abajo?
       “—No hay ningún es posible en todo esto —dijo el Oficial con severidad.
       “El Nórdico se enderezó y, de pronto, se mostró más duro.
       “—No. ¿Pero qué hay de los que sucumben a la tentación? Lo mejor sería matarlos a todos. Debe de haber cuatro, cinco o seis millones —dijo con tono apagado, pero de inmediato cambió a una actitud más quejumbrosa—. Aunque mejor me callo la boca. Usted ya sospecha de algo.
       “—No, no sospecho de nada —declaró el Oficial.
       “No titubeó. A aquella altura ya sólo tenía certezas. El aire en la sala de mapas estaba cargado por la culpa y la falsedad que revelaba el descubrimiento y que desafiaban a la más simple y común decencia, a todo sentimiento de humanidad, a toda reserva en la conducta.
       “El Nórdico suspiró.
       “—En fin, nosotros sabemos que ustedes los ingleses son unos caballeros, pero hablemos con franqueza. ¿Por qué razón deberíamos quererles tanto? No han hecho nada para que les queramos. Tampoco apoyamos a los otros, por supuesto, tampoco ellos han hecho nada para ganárselo. Un tipo se acerca con una bolsa llena de oro… Le aclaro que no he pisado Rotterdam en mi último viaje.
       “—En ese caso tal vez tenga algo interesante que contarnos, cuando llegue al puerto —interrumpió el Oficial.
       “—Tal vez lo tenga. Pero ustedes tienen gente contratada en Rotterdam, dejemos que sean ellos quienes hagan esos informes. Yo soy neutral. ¿Ha visto alguna vez a un hombre pobre de un lado y una bolsa llena de oro del otro? A mí no han podido tentarme, no tengo las agallas para eso. De verdad, no las tengo. No es lo mío. Estoy hablándole con franqueza.
       “—Sí, y yo le estoy escuchando —contestó con calma el Oficial.
       “El Nórdico se inclinó sobre la mesa.
       “—Ahora que sé que ya no sospecha nada, le cuento. Usted no sabe lo que es un hombre pobre. Yo lo sé porque yo mismo soy pobre. Este viejo barco no es suficiente y encima está hipotecado, apenas me alcanza para vivir, nada más. Es evidente que yo no tengo agallas. ¡Pero un hombre valiente! Imagínese. Las cosas que lleva en su barco tienen el aspecto de una carga habitual (paquetes, barriles, latas, tubos de cobre). No sabe para qué sirven, no son reales para él. Lo único que ve es el oro, eso sí es real. Por supuesto, a mí no podrían convencerme con nada. Sufro una enfermedad y enloquecería por la ansiedad o… me daría a la bebida. Es un riesgo demasiado alto para mí. Qué diablos, ¡sería la ruina!
       “—Sería la muerte.
       “Tras aquella aclaración que el otro recibió con una dura mirada combinada extrañamente con una sonrisa incierta, el Oficial se puso de pie. Su asco iba en aumento en aquella atmósfera de siniestra complicidad que le rodeaba, a cada minuto más densa, más impenetrable, más agria que la niebla del exterior.
       “—Para mí no es nada —murmuró el Nórdico mientras se tambaleaba notoriamente.
       “—Por supuesto que no —asintió el Oficial, haciendo un gran esfuerzo para mantener la voz calma y baja. La certeza en su interior era más fuerte—. Pero me voy a encargar de limpiar de una vez estas costas de gente como usted, y voy a empezar ahora mismo. Deberá usted partir en media hora.
       “A aquella altura el Oficial caminaba por la cubierta con el Nórdico a su lado.
       “—¿Qué? ¿Con esta niebla? —gritó con voz ronca.
       “—Sí, deberán zarpar con esta niebla.
       “—¡Pero si ni siquiera sé dónde estamos! De verdad no lo sé.
       “El Oficial se dio la vuelta poseído por una especie de furia. Los ojos de los dos hombres se encontraron. Los del Nórdico expresaban un asombro profundo.
       “—Ah, no sabe cómo salir —el Oficial hablaba sin perder la compostura pero el corazón le latía con furia y temor—. En ese caso yo le enseñaré el rumbo. Dirija el barco al sureste durante aproximadamente cuatro kilómetros y allí podrá tirar hacia el este, encontrará el puerto que busca. El tiempo no tardará en mejorar.
       “—¿Debo hacerlo? ¿Quién me obliga? No tengo agallas para…
       “—Y aun así debe irse. A menos que quiera…
       “—No, no quiero —resopló el Nórdico—. Ya he tenido suficiente.
       “El Oficial se alejó por el lateral. El Nórdico permaneció inmóvil como si hubiera echado raíces en cubierta. Antes de que el bote llegara al barco el Oficial escuchó que en el vapor comenzaban a levar anclas. Poco después, sombrío en medio de la niebla, salía navegando hacia el rumbo indicado.
       “—Así es —le dijo a sus oficiales— le he dejado partir.

       El narrador se inclinó hacia aquel sofá donde ningún movimiento delataba la presencia de alguien vivo.
       —Escucha lo que te voy a decir —añadió con violencia—: El rumbo que le dio el Oficial llevó al Nórdico directamente a una saliente de rocas mortal. Dirigió el barco hasta allí, hizo que navegaran hasta allí y se hundieron. El Nórdico había dicho realmente la verdad: no sabía dónde estaba, aunque eso no prueba nada, en ningún sentido. Tal vez sea la única verdad en toda esta historia pero aun así… Es como si hubiera sido obligado apenas por una mirada amenazante, nada más.
       Dejó de disimular llegado aquel punto.
       —Yo le di ese rumbo. Me pareció que era la prueba más evidente. Creo… No, no lo creo, en realidad no lo sé. En ese momento estaba seguro. Todos se ahogaron. No sé si impuse una pena demasiado severa o si cometí asesinato. No sé si a los cadáveres que ya contaminaban el lecho del insondable mar agregué un grupo de hombres completamente inocentes o de despreciables culpables. No lo sé. Y nunca podré saberlo.
       Se puso en pie. La mujer se levantó y le echó los brazos al cuello. Los ojos de ella le parecieron dos destellos en medio de la profunda oscuridad de la sala. Ella conocía la devoción de él por la verdad, cuánto lo horrorizaba la mentira, su humanidad.
       —¡Oh, mi pobre, pobre…!
       —Nunca podré saberlo —repitió con dureza, se separó, apretó las manos de ella contra sus labios y se marchó.



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