Joseph Conrad
(Berdyczów, entonces Polonia, actual Ucrania, 1857 - Bishopsbourne, Inglaterra, 1924)


El delator (1906)
(“The Informer”)
Originalmente publicado en Harper’s Magazine,
Vol. CXIV, Núm. 679 (diciembre de 1906), págs. 131-142;
A Set of Six
(Londres: Methuen & Co., 1908, 310 págs.);
(Leipzig: Tauchnitz, 1908, 295 págs.)



      El señor X vino a ver mi colección de esculturas de bronce y porcelanas chinas precedido por una carta que me envió un buen amigo de París.
       Este amigo también es un coleccionista. No colecciona porcelanas, ni esculturas de bronce, ni cuadros, ni medallas, ni sellos, ni nada que pueda ser vendido provechosamente bajo el martillo de un subastador, e incluso se opondría con genuina sorpresa a que lo llamaran coleccionista, aunque eso es lo que es, por naturaleza. Mi amigo colecciona conocidos. Es un trabajo muy delicado y él lo realiza con la paciencia, las ganas y la resolución de un auténtico coleccionista de curiosidades. Su lista no incluye a ningún personaje de la realeza, creo que no los considera lo bastante raros o interesantes. Con esa única excepción, ha conocido y tratado a todas las personas que vale la pena conocer en cualquier ámbito imaginable. Las observa, las escucha, las entiende, las mide y luego las guarda en el recuerdo, en alguna de las galerías de su mente. Ha conspirado, urdido y viajado por toda Europa sólo para aumentar su colección personal de conocidos importantes.
       Como es un hombre rico, de buenos contactos y sin prejuicios, su colección es de lo más completa. Llega incluso a incluir objetos (¿o debería decir sujetos?) cuyo valor no puede apreciar la multitud y que por lo general pasan desapercibidos ante la fama popular. Como es lógico, ésos son los ejemplares de los que mi amigo está más orgulloso.
       Del señor X me escribió lo siguiente: “Actualmente es el rebelde más importante (révolte) [en el original, en francés]. A nivel mundial se lo conoce como un escritor revolucionario cuya brutal ironía ha dejado al descubierto la corrupción de las instituciones más respetables. Ha destrozado las ideas de los hombres más admirados y, con el fervor de su ingenio, ha aplastado todas las ideas de sentido común y los principios más consensuados sobre conducta y moral. Nadie ha olvidado sus ardientes y rojos panfletos revolucionarios. Su rápida propagación, como si se tratara de una plaga de tábanos rojos, ha servido para incomodar a la policía de todo los países del continente, pero hay que añadir también que este radical escritor ha fomentado de manera activa la creación de sociedades secretas. Es el misterioso y desconocido Número Uno en numerosos complots. En algunos se ha sospechado de él, pero otros pasaron completamente inadvertidos; a algunos se los podría calificar de juiciosos, pero otros son de lo más insensato. ¡Y el mundo jamás ha tenido ni la menor idea! Eso explica que se siga moviendo entre nosotros a pesar de ser el líder de varias tramas ocultas y que se mantenga al margen gracias a su reputación de ser el mejor publicista que ha existido”.
       Eso fue lo que me escribió mi amigo, y luego añadió que el señor X era un ilustrado conocedor de esculturas de bronce y porcelana, y me pidió que le mostrara mi colección.
       X se presentó el día acordado. Mis tesoros están expuestos en tres habitaciones grandes sin alfombras ni cortinas. Los únicos muebles son las étagères [en el original, en francés: “estanterías”] y las vitrinas, cuyos objetos serán la fortuna de mis herederos. No permito que enciendan fuego allí por miedo a que ocurra un accidente y esas habitaciones están separadas del resto de la casa por una puerta a prueba de incendios.
       Aquel día hacía un frío penetrante, no nos quitamos los abrigos ni los sombreros. De contextura media y enjuto, con un par de ojos siempre alerta en medio de una cara alargada y de nariz romana, X caminaba dando pequeños pasos con sus diminutos piececillos y miraba mi colección con aire inteligente. Espero haberle mirado a él de la misma manera. El bigote y la perilla blancos como la nieve le daban a su tez morena un aspecto más oscuro del que en realidad tenía. Con su abrigo de piel y su sombrero de copa brillante, aquel hombre temible parecía un señor muy moderno. Creo que pertenecía a una familia noble; si hubiera querido, podría haber llevado el título de vizconde X de la Z. De lo único que hablamos aquella tarde fue de esculturas de bronce y porcelanas chinas. Él se mostró realmente agradecido y nos despedimos de manera cordial.
       No sé dónde se alojaba. Supongo que debía de ser un hombre solitario y que los anarquistas no tienen familia —o al menos no del modo en que nosotros entendemos esa unión social—. Puede que la organización en familias responda a una necesidad humana, pero en última instancia tiene un componente legal que debe resultar odioso y difícil de entender para un anarquista, aunque la verdad es que no entiendo demasiado a los anarquistas. ¿Puede un hombre con esas convicciones —precisamente ésas— seguir considerándose un anarquista cuando está solo, completamente solo y se mete en la cama? ¿Puede apoyar su cabeza en la almohada, arroparse en las sábanas y quedarse dormido teniendo siempre en la cabeza la necesidad de un chambardement général [en el original, en francés: “conmoción general”], como dicen los franceses, de un estallido general? Y si es así, ¿cómo puede hacerlo? Estoy seguro de que si en algún momento esa fe (o fanatismo) dominara mis pensamientos, no sería capaz de serenarme lo suficiente como para poder dormir, comer o cumplir cualquier acto rutinario de la vida diaria. No desearía una esposa, ni hijos. Me parece que incluso podría prescindir de los amigos. Y la cuestión de coleccionar esculturas de bronce y porcelanas chinas quedaría descartada con toda seguridad. Pero no lo sé. Todo lo que sé es que el señor X comía en un restaurante muy bueno que yo también solía frecuentar.
       Sin el sombrero, un flequillo plateado de pelo bien peinado completaba su fisonomía de huesos salientes y surcos profundos, siempre revestida con una expresión impasible. De los puños anchos y blancos emergían unas manos delgadas y morenas que iban y venían con la precisión de una máquina para partir el pan, servir el vino o algún gesto parecido, pero la cabeza y el cuerpo que se veían sobre el mantel mantenían una quietud rígida. Aquel hombre violento, aquel gran agitador parecía interesado en generar el menor gasto posible de energía y acción. Su voz de tono bajo era áspera, fría y monótona. No se podía decir que fuera extrovertido, pero con su aspecto indiferente y tranquilo parecía dispuesto tanto a continuar una conversación como a abandonarla en cualquier momento.
       Su discurso jamás rozaba los lugares comunes. Debo confesar que para mí resultaba excitante tener enfrente a alguien como él, poder conversar de manera apacible con un hombre cuya venenosa pluma había debilitado a más de una monarquía. Eso lo sabía todo el mundo. Pero yo sabía un poco más. A través de mi amigo, tenía la certeza de algo que los custodios del orden social en Europa apenas sospechaban, o ni siquiera suponían.
       Aquel hombre había tenido lo que podríamos llamar una vida secreta, y, a medida que fui compartiendo con él la mesa, noche tras noche fue creciendo en mi interior una gran curiosidad. Reconozco que soy un producto sosegado y pacífico de nuestra sociedad y que no conozco otra pasión que la de coleccionar objetos extraños que deben ser considerados exquisitos, aunque a veces se acerquen a lo monstruoso. Algunas estatuas de bronce chinas son monstruosamente bellas. Así (salido de la colección de mi amigo), tenía frente a mí a un tipo de monstruo de lo más particular. Es cierto que se trataba de un monstruo refinado y de alguna forma distinguido, al menos eso reflejaban sus modales correctos y cuidados, pero no era de bronce, ni siquiera era chino —lo que me habría permitido contemplarlo con calma desde la distancia que otorga la diferencia racial—. Estaba vivo y era europeo. Tenía los modales de la alta sociedad, llevaba un abrigo y un sombrero como los míos y le gustaban casi las mismas comidas que a mí. Era tremendo detenerse a pensar en eso.
       Una noche dejó caer, en medio de una conversación:
       —La única manera de conseguir que los hombres cambien es utilizando el terror y la violencia.
       Pueden imaginar el efecto que una frase como ésa, dicha por un hombre como aquél, causó en una persona como yo, cuyo esquema vital se basa en la delicada y atenta comprensión de los valores sociales y artísticos. ¡Imagínense! ¡Justo a mí, que cualquier tipo o forma de violencia me resulta tan inverosímil como los gigantes, los ogros o las hidras de siete cabezas que tanto influyen en las leyendas y los cuentos de hadas!
       De pronto me pareció oír, por encima del bullicio festivo y del rumor en aquel elegante restaurante, el murmullo de una multitud hambrienta y sediciosa.
       Supongo que soy demasiado impresionable e imaginativo. A pesar de los centenares de bombillas en la sala, tuve la inquietante visión de algo oscuro, algo lleno de mandíbulas hambrientas y ojos salvajes, pero por algún motivo la visión además me disgustó. La imagen de aquel hombre que partía pedacitos de pan blanco con toda tranquilidad terminó de exasperarme, y tuve la audacia de preguntarle cómo aquel proletariado hambriento de Europa al que él tanto había predicado el levantamiento y la violencia no se había indignado por una vida tan abiertamente lujosa como la suya.
       —Por todo esto —dije recorriendo con la mirada el salón y señalando con los ojos la botella de champaña que solíamos compartir en la cena.
       Mantuvo un gesto impasible.
       —¿Me alimento de sus esfuerzos y de la sangre de sus corazones? ¿Soy un usurero o un capitalista? ¿Conseguí mi fortuna robándole al pueblo hambriento? ¡No! Y ellos lo saben muy bien. No me envidian. La masa más miserable de la población es generosa con sus líderes. Todo lo que tengo, lo he ganado con mis escritos, no con los millones de panfletos distribuidos gratis entre los hambrientos y los oprimidos, sino con los cientos de miles de ejemplares vendidos a burgueses bien alimentados. Usted sabe que mis escritos hicieron furor en una época, estuvieron de moda, eran lo que había que leer entre la admiración y el espanto para poder luego mirarme con altivez… o bien para reírse de mi ingenio.
       —Sí —admití—, claro que lo recuerdo, y confieso con honestidad que nunca comprendí ese encaprichamiento.
       —¿Pero aún no se ha dado cuenta —dijo— de que a la clase ociosa y egoísta le encanta ver cómo se hace daño, aunque sea a su costa? Al llevar una vida de puras poses y modales, es incapaz de comprender el poder y el peligro de un movimiento real, o de las palabras que no contienen una farsa. Para esa clase sólo es una cuestión de diversión y emociones. Basta con mencionar la actitud de la antigua aristocracia francesa ante los filósofos que dieron forma a la Revolución; incluso en Inglaterra, donde existe cierto sentido común, a un demagogo le alcanza con hablar un buen rato y en un tono bien alto para encontrar apoyo en la misma clase a la que está criticando. A ustedes también les gusta ver cómo se hace daño. Los demagogos atraen a los aficionados, y ser aficionado a esto, a eso o a aquello es una manera muy agradable de matar el tiempo y de alimentar la vanidad —la frívola vanidad de sentirse un adelantado en las ideas—. Algo parecido le sucedería a la gente buena y por otra parte inofensiva: se maravillarían ante su colección sin tener la menor idea de por qué es tan importante.
       Incliné la cabeza ante aquel aplastante ejemplo de la triste realidad. El mundo está lleno de gente así. El ejemplo de la actitud de la aristocracia francesa ante la Revolución también era sumamente significativo. No pude contradecir sus argumentos, aunque su cinismo —rasgo tan desagradable— le quitaba una buena parte de razón para mi gusto. De todas formas, debo admitir que estaba impresionado. Sentí la necesidad de decir algo que no demostrara aprobación pero tampoco incitara a una discusión.
       —¿Intenta decir —comenté a la ligera— que los revolucionarios más extremistas han tenido siempre el apoyo activo de los caprichos de esa gente?
       —No, no es exactamente eso lo que quise decir. Estaba generalizando, pero, ya que me lo pregunta, puedo decirle que las actividades revolucionarias en varios países han recibido ese tipo de ayuda de forma más o menos consciente. También aquí.
       —¡Eso es absurdo! —negué con firmeza—. Aquí no jugamos con fuego hasta ese punto.
       —Y quizá se lo podrían permitir más que otros, pero déjeme que le comente que la mayoría de las mujeres, si no están siempre dispuestas a jugar con fuego, al menos suelen estar ansiosas por hacerlo con alguna chispa.
       —¿Se burla usted de mí? —pregunté con una sonrisa.
       —Si lo he hecho, ni yo mismo me he enterado —dijo vagamente—; estaba pensando en un caso en particular que ha sido bastante moderado, en cierto modo…
       Ese comentario aumentó mi curiosidad. Había intentado que saliera a la luz su vida secreta en varias ocasiones, por decirlo así. La propia palabra había sido pronunciada, pero él siempre se había resistido con una calma hermética.
       —Aunque también le dará una idea —continuó el señor X— de las dificultades que surgen en lo que a usted le gusta llamar el trabajo secreto; a veces resultan muy complicadas. Como comprenderá, no hay jerarquías entre los socios, ni métodos rígidos.
       Me sorprendí mucho pero duró poco. Como es lógico, entre los anarquistas extremos no podía haber jerarquías, ni nada parecido a una ley de orden. La misma idea de anarquía entre los propios anarquistas era también reconfortante, aunque debía de entorpecer su eficacia.
       El señor X me sorprendió al preguntarme, de golpe:
       —¿Conoce la calle Hermione?
       Asentí con una afirmación un poco dubitativa. En los tres últimos años la calle Hermione había sido reformada hasta volverla irreconocible. Mantenía el nombre, pero de la anterior calle Hermione no quedaba un ladrillo ni una piedra. Él se refería a la antigua porque dijo:
       —A la izquierda había una hilera de casas de dos pisos de ladrillo que en la parte de atrás tropezaban con la medianera de un gran edificio público, ¿se acuerda? ¿Le sorprendería saber que una de estas casas fue durante un tiempo el centro de propaganda anarquista y de lo que usted llamaría el movimiento secreto?
       —No, para nada —exclamé. Como yo la recordaba, la calle Hermione jamás había sido particularmente respetable.
       —La casa pertenecía a un distinguido funcionario del gobierno —agregó mientras bebía un trago de champaña.
       —¿En serio? —dije sin creerle una sola palabra.
       —Obviamente, el hombre no vivía allí —siguió diciendo el señor X—, de diez a cuatro el buen hombre se sentaba muy cerca, en el cómodo despacho privado del edificio público que le acabo de mencionar. Para ser más preciso, debo aclarar que la casa de la calle Hermione no le pertenecía exactamente a él, sino a sus hijos ya mayores, una mujer y un varón. La chica, con su bonita figura, era de una belleza muy refinada. Además del encanto particular de la juventud, tenía la atracción seductora del entusiasmo, la independencia y la inteligencia. Supongo que llevaba esas apariencias igual que se ponía sus pintorescos vestidos, y por la misma razón: para reivindicar su individualidad a toda costa. Como bien sabe, las mujeres están dispuestas a llegar hasta donde haga falta para conseguir ese objetivo, y ella fue muy lejos. Había adoptado todos los gestos de una persona con convicciones revolucionarias: los gestos de piedad, de furia y de indignación contra los crueles vicios de la clase social a la que ella misma pertenecía. Todo esto cubría su sorprendente personalidad, al igual que los poco innovadores vestidos que llevaba. Muy poco innovadores, habría que decir, lo justo como para señalar su protesta contra la crueldad de los patrones. Justo lo mínimo, nada más. Tampoco era necesario ir demasiado lejos en ese sentido, ya me entiende, pero ella era mayor de edad y nada le impedía ofrecer su casa a los trabajadores revolucionarios.
       —¡No me lo creo! —grité.
       —Le aseguro —afirmó el señor X— que la muchacha tuvo ese gesto tan práctico. ¿De qué otra manera hubieran podido instalarse allí si no? La causa no tiene dinero y con cualquier casero normal habrían surgido dificultades, ya que habría pedido referencias y cosas por el estilo. El grupo con el que entró en contacto mientras recorría los barrios pobres de la ciudad (¿recuerda aquella moda de la caridad y el sacrificio que se puso tan de moda hace algunos años?) aceptó agradecido. La principal ventaja era que la calle Hermione se encontraba, como usted bien sabe, muy alejada de la zona bajo sospecha en la ciudad, vigilada cuidadosamente por la policía.
       “En la planta baja había un pequeño restaurante italiano, de esos que están llenos de moscas. No fue difícil comprárselo al propietario. Una mujer y un hombre de la organización se hicieron cargo; el hombre había sido cocinero. Los camaradas podían comer allí y pasar inadvertidos para el resto de los clientes. Ésa era otra ventaja. El primer piso estaba ocupado por una espantosa Agencia de Artistas de Variedades —una agencia de contratación de actores para salas de tercera categoría, ya sabe. Recuerdo que la dirigía un tipo llamado Bomm. A él no le molestaron, de hecho resultaba útil tener a un montón de gente que parecían extranjeros, malabaristas, acróbatas, cantantes de ambos sexos, y personas por el estilo entrando y saliendo todo el día, de aquel modo a la policía no le llamaban la atención las caras nuevas, ¿entiende? El último piso justo estaba vacío, lo que resultaba muy conveniente.
       X se detuvo para atacar impasible, con movimientos muy delicados, una bombe glaceé [en el original, en francés: un tipo de tarta helada] que el camarero acababa de dejar sobre la mesa. Tomó con distinción unas cuantas cucharadas del dulce helado y me preguntó:
       —¿Ha oído hablar de la sopa en polvo Stone?
       —¿De qué?
       —Un producto comestible —continuó X inalterable— que en su tiempo tuvo bastante publicidad en los periódicos, pero que por algún motivo jamás llegó a conquistar al público. La empresa se fue a pique, como dicen ustedes. En subastas se podían conseguir lotes completos del producto a menos de un céntimo el medio kilo. El grupo compró algunos lotes e instaló una agencia de venta de sopa en polvo Stone en el piso de arriba. Un negocio completamente respetable. El producto, un polvo amarillo de aspecto más bien poco apetecible, fue guardado en latas grandes y cuadradas, que a su vez cabían en cajas de a seis. Si alguna vez alguien pasaba a hacer un pedido, por supuesto se surtía, y la ventaja del polvo era que se podían ocultar cosas en él muy fácilmente. De vez en cuando se colocaba una caja especial en un camión y se la enviaba para exportación ante las propias narices del policía de la esquina. ¿Comprende?
       —Sí —dije con un gesto expresivo hacia los restos de bombe que se derretían lentamente en el plato.
       —Exactamente, pero las cajas eran útiles además en otro sentido. En el sótano, mejor dicho, en la bodega del fondo, se instalaron dos imprentas. Una gran cantidad de textos revolucionarios, de los más incendiarios, salieron de aquella casa dentro de cajas de sopa en polvo Stone. El hermano de nuestra joven anarquista encontró allí una ocupación. Escribía artículos, ayudaba a pasarlos a máquina, a distribuir las hojas y, por lo general, también ayudaba al encargado, un joven muy talentoso llamado Sevrin.
       “El líder del grupo era un fanático de la revolución social. Ahora está muerto. Era un grabador y aguafuertista genial, lo más probable es que haya visto alguna obra suya, porque en la actualidad es muy buscada por ciertos aficionados. Había comenzado como un rebelde artístico y acabó convirtiéndose en un revolucionario cuando su mujer y su hijo murieron debido a la escasez y la miseria. Solía decir que los había matado la burguesía, la clase sobrealimentada, y realmente lo creía. Continuó trabajando en sus grabados y llevando una doble vida. Era alto, escuálido y muy moreno, llevaba la barba crecida y negra y tenía los ojos hundidos. Seguro que lo ha visto. Se llamaba Horne.
       Al oír aquel nombre, me sorprendí mucho, porque hacía algunos años solía cruzarme con él. Tenía un aspecto de gitano poderoso y rudo, llevaba una vieja galera, una bufanda roja alrededor del cuello y un abrigo largo y desgastado abrochado hasta arriba. Hablaba de su trabajo con pasión y daba la impresión de que era un manojo de nervios al borde de la locura. Un pequeño grupo de entendidos admiraba su obra. Quién hubiera dicho que aquel hombre… ¡Qué sorpresa! Aunque en realidad no era tan difícil de creer.
       —Como puede ver —continuó—, aquel grupo tenía unas condiciones muy favorables para cumplir su misión propagandística y otras actividades. Eran hombres resueltos y experimentados, de buena condición, y por eso nos sorprendía tanto que al final los planes elaborados en la calle Hermione fracasaran casi siempre.
       —¿A quiénes se refiere con ese nos? —pregunté con toda la intención.
       —A los que estábamos en Bruselas, en la central —dijo rápidamente—. Cualquier acción importante planeada en la calle Hermione parecía condenada al fracaso. Siempre sucedía algo que arruinaba las acciones mejor planificadas de cualquier sede de Europa. Era una época de mucha actividad general. No crea usted que todos nuestros fracasos eran públicos, con arrestos y juicios. Las cosas no son así; a menudo la policía trabaja de forma silenciosa, casi en secreto, deshace nuestros complots diseñando contraataques hábiles, sin detenciones, sin ruido, sin inquietar a la opinión pública ni aumentar el fanatismo; un procedimiento muy inteligente. En aquella época la policía era muy eficiente y trabajaba de forma similar desde el Mediterráneo hasta el Báltico. Las acciones eran incómodas, y empezaban a ser peligrosas. Al final, llegamos a la conclusión de que debía de haber alguna pieza poco fiable en los grupos de Londres. Yo vine a ver qué se podía hacer sin llamar mucho la atención.
       “Mi primer paso fue ir a visitar a nuestra joven aficionada al anarquismo en su domicilio particular. Me recibió de un modo halagador. Me pareció que no sabía nada de los químicos, ni de las otras operaciones que se estaban llevando a cabo en el piso de arriba de la casa en la calle Hermione; al parecer sólo estaba enterada de que allí se imprimía propaganda anarquista. Se mostró tan entusiasmada y comprometida como siempre, y escribió varios artículos sentimentales en los que llegaba a severas conclusiones. Me di cuenta de que disfrutaba muchísimo reproduciendo los gestos y las muecas de la formalidad. Le sentaba bien a sus ojos grandes, a su frente despejada y al estilo de su cabeza armónica, coronada por una magnífica cabellera de color castaño que llevaba peinada de un modo atractivo y poco habitual. Su hermano también estaba en la sala, era un joven serio, con cejas espesas y una corbata roja. Me sorprendió su absoluta ignorancia del mundo, incluso de sí mismo. Un poco más tarde, entró un joven alto. Iba perfectamente afeitado, tenía una mandíbula fuerte y azulada, y un aire como de actor taciturno o sacerdote fanático, ya sabe, uno de esos tipos con cejas negras y tupidas. La joven se acercó y me dijo con dulzura:
       “—El camarada Sevrin.
       “Era la primera vez que lo veía. No tenía mucho que decir, pero se sentó junto a la muchacha y enseguida comenzaron una conversación muy seria. Ella se inclinaba hacia adelante en su sillón y se agarraba su preciosa barbilla ovalada con una de sus bellas y blancas manos. Él la miraba a los ojos con atención, con la actitud intensa y seria de un amante al borde de la tumba. Supongo que a la joven le parecía necesario completar y cerrar su fe en las ideas sobre la anarquía revolucionaria simulando que estaba enamorada de un anarquista. Y él, repito, tenía un aspecto completamente pulcro, a pesar de su estilo entusiasta y ceñudo. Después de mirarlos disimuladamente un par de veces, no tuve duda de que él estaba sinceramente enamorado. En cuanto a la joven, sus gestos eran insondables y sugerían, más que amor, una aparente mezcla de decoro, dulzura, condescendencia, fascinación, sumisión y prudencia. Ella cumplía con habilidad su propio concepto de lo que debía ser aquel tipo de romance, y en este sentido, sin duda ella también estaba sinceramente enamorada. No eran más que gestos, es verdad, ¡pero qué perfectos!
       “Cuando me dejaron a solas con nuestra joven aficionada, la informé con cautela del motivo de mi visita. Le insinué nuestras sospechas. Quería oír lo que pudiera decirme; creo que esperaba algo así como una información inconsciente. Todo lo que dijo fue:
       “—Es muy serio —con un tono deliciosamente preocupado y grave.
       “Pero hubo una chispa en sus ojos que sin duda significaba: ‘¡Qué intrigante!’. Después de todo ella sabía muy poco y sólo conocía las palabras, pero aun así se ofreció a ponerme en contacto con Horne, a quien era difícil encontrar fuera de la casa en la calle Hermione, donde yo no quería aparecer de momento.
       “Me reuní con Horne, era una clase de fanático completamente diferente. Le expliqué la conclusión a la que habíamos llegado en Bruselas y le enumeré la gran cantidad de errores que se habían cometido. Respondió con una excitación que no venía al caso.
       “—Tengo algo entre manos que provocará pánico en el corazón de esas bestias insaciables.
       “Y entonces me enteré de que él y otros compañeros habían estado excavando desde una de las bodegas de la casa y habían llegado hasta el sótano del gran edificio público que le comenté antes. En cuanto estuvieran listos los materiales, volarían un ala completa del edificio.
       “La estupidez de aquel proyecto no me horrorizó tanto como lo habría hecho si el aprovechamiento de nuestro centro de la calle Hermione no se hubiera vuelto tan problemático. De hecho, creo que se trataba más que nada de una trampa de la policía. Pero lo indispensable ahora era descubrir qué, o mejor dicho quién nos estaba fallando, y al final logré convencer a Horne. Me miró perplejo, moviendo las ventanas de la nariz como si olfateara la traición en el aire, y aquí entra en escena una decisión que seguro le parecerá una especie de recurso teatral. ¿Pero qué otra cosa podríamos haber hecho? El desafío era encontrar al miembro débil del grupo, pero no se podía sospechar de uno más que de otro, y tampoco se podía vigilar a todos, un sistema que además suele fallar. En cualquier caso, habría hecho falta mucho tiempo y el peligro apremiaba, estaba seguro de que tarde o temprano habría una redada en el local de la calle Hermione. La policía confiaba tanto en el delator que la casa, por el momento, ni siquiera estaba siendo vigilada. Horne lo afirmó convencido. Dadas las circunstancias, no se trataba de un buen síntoma, debíamos hacer algo rápidamente.
       “Decidí organizar yo mismo un asalto al grupo. ¿Sabe a lo que me refiero? Una redada en la que otros camaradas de confianza se hicieran pasar por policías, un complot dentro del complot. Como es lógico, supongo que comprende el motivo. Cuando estuviera supuestamente a punto de ser arrestado, yo esperaba que el delator se revelase de un modo u otro, por alguna señal imprudente o, por ejemplo, por mantener una postura despreocupada. Existía la posibilidad de que fracasáramos de lleno, y el riesgo aún más grave de que se produjera algún incidente fatal durante la resistencia o en el intento de escapar. Pero para mí, como comprenderá, era indispensable pillar completamente por sorpresa al grupo de la calle Hermione, como sin duda lo iba a acabar pillando la policía dentro de poco. El delator se movía entre ellos, y únicamente Horne podía estar al tanto de mi plan secreto.
       “No entraré en los detalles de los preparativos. No fue fácil hacer los arreglos pero al final salió bien, los resultados fueron realmente convincentes. Los falsos policías entraron al restaurante y bajaron las persianas de inmediato. El efecto sorpresa funcionó a la perfección. La mayoría de los camaradas de la calle Hermione se encontraba en la segunda bodega, ensanchando el túnel que comunicaba con los sótanos del edificio público. Con la primera alarma varios camaradas se dieron instintivamente a la fuga a través del propio túnel donde, por supuesto, si hubiera sido una verdadera redada habrían sido atrapados definitivamente por la policía. No nos preocupamos por ellos en ese momento, eran bastante inofensivos. Lo que realmente nos preocupaba a Horne y a mí era el piso de arriba. Allí, rodeado de latas de sopa en polvo Stone, un camarada al que llamaban ‘Profesor’ (un antiguo estudiante de ciencias) se ocupaba de retocar unos detonadores nuevos. Era un hombre enjuto y cetrino, absorto, pero seguro de sí mismo, armado con gafas grandes y redondas. Temíamos que con el sobresalto hiciera reventar por equivocación un detonador e hiciera volar la casa. Subí corriendo las escaleras y lo encontré en la puerta, muy alerta, escuchando, según dijo, ‘los ruidos sospechosos que llegaban de abajo’. Antes de que terminara de explicarle lo que estaba sucediendo, se encogió de hombros despectivamente y volvió a sus mediciones y a sus tubos de ensayo. Tenía el auténtico vigor de un revolucionario. Los explosivos eran su credo, su esperanza, su arma y su escudo. Murió un par de años más tarde en un laboratorio secreto con el estallido accidental de uno de sus mejores detonadores.
       “Me apresuré a bajar de nuevo, y en las penumbras de la gran bodega me encontré con una escena asombrosa. El hombre que actuaba de inspector (el rol no le era del todo ajeno) hablaba en un tono brusco y le daba órdenes falsas a sus falsos subordinados para que trasladaran a los detenidos. Evidentemente, aún no había sucedido nada demasiado esclarecedor. Horne, taciturno y moreno, esperaba de brazos cruzados, y su observación paciente y malhumorada le daba un aire de estoicismo acorde a la situación. En las sombras descubrí a uno del grupo masticando y tragando a escondidas trocitos de papel. Supongo que se trataba de información comprometedora, alguna nota con un par de nombres y direcciones, algo así. Era un auténtico ‘compañero’, digno de confianza, pero cierto fondo de malicia que acecha oculto en lo más profundo de nuestras simpatías me hizo sonreír en secreto ante aquella representación tan perfecta e inesperada.
       “Por lo demás, parecía que el arriesgado intento, el golpe dramático maestro, si quiere llamarlo así, había fallado. No podíamos ocultar el engaño mucho más, pero la explicación dejaría a la luz una situación muy incómoda, incluso grave. El hombre que se había tragado el papel se pondría furioso, y los compañeros que habían huido también se enfadarían.
       “Para mayor irritación, la puerta que comunicaba con la otra bodega donde estaban las imprentas se abrió de golpe y apareció nuestra joven revolucionaria, una silueta negra con un vestido ajustado y un sombrero alto, con el resplandor de la lámpara de gas ardiendo a su espalda. Por encima de su hombro descubrí las cejas arqueadas y la corbata roja de su hermano.
       “¡Eran las últimas personas del mundo a las que deseaba ver en ese momento! Aquella tarde habían ido a un concierto de aficionados para gente pobre, ya sabe, pero ella había insistido en retirarse pronto para pasar por la calle Hermione de camino a casa con el pretexto de que tenía algo que hacer. Solía corregir las galeradas de las ediciones italiana y francesa de Señal de alarma y El agitador
       —¡Cielo santo! —murmuré. En cierta ocasión me habían mostrado algunos ejemplares de esas publicaciones. No se me podía ocurrir nada peor para los ojos de una dama. Eran las más avanzadas en su estilo, y por avanzadas quiero decir que traspasaban todos los límites de la razón y la decencia. Una de ellas predicaba la disolución de todos los vínculos sociales y domésticos, la otra defendía el homicidio sistemático. Imaginar a una muchacha buscando tranquilamente los errores de imprenta en las repugnantes frases que recordaba resultaba inaceptable según mi concepto de lo femenino. El señor X, después de lanzarme una mirada, continuó con firmeza:
       —Pero a mí me parece que ella había ido sobre todo para consolidar su dominio sobre Sevrin y para que éste le rindiera homenaje como una reina condescendiente. Ella era consciente de ambas cosas —del poder que ejercía sobre él y de sus homenajes— y lo disfrutaba, me atrevo a decir, con total inocencia. No tenemos experiencia en cuestiones de conveniencia y valores morales como para competir con esa muchacha. El encanto en una mujer y la inteligencia excepcional en un hombre son cuestiones que se rigen por leyes propias. ¿No le parece?
       Me contuve de opinar cuán aborrecible me resultaba esa concepción libertina porque sentía demasiada curiosidad.
       —¿Y qué ocurrió luego? —pregunté.
       X siguió desmenuzando muy despacio un pequeño trozo de pan con la mano izquierda.
       —Al final lo que sucedió es que ella salvó la situación.
       —Le dio una oportunidad para cerrar aquella farsa siniestra —sugerí.
       —Sí —dijo manteniendo su actitud impasible—. La farsa debía acabar pronto y terminó en unos pocos minutos. Terminó bien. Si ella no hubiera entrado, habría terminado mal. Su hermano claramente no contaba para nada. Se habían metido en la casa un rato antes; la bodega donde se hallaba la imprenta tenía una entrada independiente. Como no había nadie allí, la muchacha se sentó con sus pruebas esperando que Sevrin regresara a su trabajo en cualquier momento, pero no lo hizo. Ella se impacientó, a través de la puerta escuchó ruidos extraños en la otra bodega y naturalmente entró para ver qué estaba ocurriendo.
       “Sevrin había estado con nosotros. Al principio creí que era el más sorprendido de todos, parecía inmóvil por el asombro. Se quedó clavado en su sitio sin mover ni un músculo. El único mechero de gas encendido estaba cerca de su cabeza; todas las demás luces habían sido apagadas a la primera alarma. Desde mi ángulo oscuro, descubrí en su cara afeitada de actor una expresión de desconcierto y vigilancia molesta. Tenía las espesas cejas fruncidas y las comisuras de los labios hacia abajo, en un gesto displicente, estaba furioso, lo más probable era que hubiera descubierto la jugada y entonces me arrepentí de no haber confiado en él desde el principio.
       “Pero en cuanto apareció la muchacha, se puso en evidente alerta. Era comprensible. Me di cuenta del cambio. Su expresión se modificó rápido y de manera sorprendente, pero no entendía por qué. No se me ocurría ningún motivo. Apenas me quedé atónito ante el cambio extremo en el gesto de aquel hombre. Claramente no se había enterado de que la joven estaba en la otra bodega, pero eso no alcanzaba para explicar la conmoción que le produjo su llegada; durante unos instantes fue como si le hubiesen reducido a un estado de imbecilidad. Abrió la boca como si fuera a lanzar un grito o por lo menos a ponerse jadear, pero quien gritó fue otra persona: el heroico camarada al que había visto masticando trocitos de papel. Con admirable tranquilidad, lanzó un grito de advertencia.
       “—¡Es la policía! ¡Atrás, atrás! ¡Corred hacia el fondo y cerrad la puerta al pasar!
       “Era una alerta muy clara, pero en lugar de retirarse, la muchacha continuó avanzando con su hermano detrás, con la misma cara larga y los mismos pantalones de golf con los que había estado cantado canciones para divertir a un triste proletariado. La muchacha no avanzaba como si no hubiera oído la advertencia (la palabra ‘policía’ tiene un sonido inconfundible), sino como si no pudiera evitarlo. No se adelantaba con el andar libre y el espíritu expansivo de una anarquista amateur y distinguida entre trabajadores pobres y en aprietos, sino con los hombros un poco levantados y los codos apretados al cuerpo, como si intentara encogerse. Tenía los ojos clavados, fijos en Sevrin, o mejor dicho; en Sevrin como hombre, más que como anarquista. Pero se acercaba. Y supongo que era natural. A pesar de todas sus ideas sobre la independencia, las jóvenes de esa clase están acostumbradas a moverse como si estuvieran realmente protegidas. Y, de hecho, lo están. Esa sensación de seguridad justifica el noventa por ciento de sus gestos más audaces. Había perdido todo el color de la cara, estaba pálida. ¡Imagínese lo que es comprender de una manera tan brutal que uno es el tipo de persona que debe huir de la policía! Creo que estaba pálida, sobre todo por la indignación, aunque claro, además tenía cierta preocupación por salir indemne, un vago temor a algún tipo de grosería, ésa era la razón por la que se acercaba al hombre, a un hombre por el que sentía una declarada fascinación y pleitesía, el hombre que de ninguna manera podía fallarle en un momento tan difícil.
       —Pero si el arresto hubiese sido cierto, quiero decir, real como ella creía —dije a voces, impresionado por aquel análisis—, ¿qué esperaba de él?
       El señor X ni siquiera movió un músculo de la cara.
       —Sólo Dios sabe. Supongo que aquella criatura tan encantadora, generosa e independiente jamás había tenido ni un solo pensamiento genuino. Quiero decir, ningún pensamiento más allá de las pequeñas vanidades humanas o que no partiera de algún concepto convencional. Todo lo que sé es que se adelantó unos pasos y extendió su mano hacia Sevrin, que permanecía inmóvil; por lo menos ese gesto no fue hipócrita. En cuanto a qué esperaba de él, quién sabe. Imposible adivinarlo. Fuera lo que fuera, estoy seguro de que no fue lo que él había decidido hacer, incluso antes de que aquella mano suplicante se entregara tan directamente. Y ni siquiera habría sido necesario porque, desde el instante en que él la vio entrar al sótano, decidió que sacrificaría su trabajo para deshacerse de la máscara impenetrable, sólidamente asegurada que había llevado con orgullo…
       —¿Qué quiere decir? —lo interrumpí, perplejo—. ¿Sevrin era el…?
       —Sí. Él era el delator más tenaz, peligroso, astuto y sistemático que existía. Un genio entre los traidores. Por suerte para nosotros, era único. El tipo era un fanático, ya se lo he dicho. Por suerte para nosotros, repito, se había enamorado de los gestos inocentes pero bien logrados de aquella muchacha. Él mismo era un actor muy serio y tal vez por eso creyó en el valor incuestionable de los gestos más convencionales. En cuanto a la grosera trampa en la que había caído, la explicación puede encontrarse en que quizá no pueden convivir en un mismo corazón dos sentimientos de una magnitud tan absorbente. El peligro de aquella actriz inconsciente oscureció su visión, su perspicacia, su juicio. De hecho, al principio incluso le privó de su autocontrol, pero lo recuperó ante la necesidad (por lo visto, imperiosa para él) de hacer algo de inmediato. ¿Pero hacer qué? Bueno, sacarla de aquella casa cuanto antes, estaba desesperado, ansioso. Le digo que estaba realmente aterrorizado, pero no por sí mismo. Lo habían sorprendido y disgustado con un ataque imprevisto y anticipado, estaba furioso. Solía arreglar la última escena de sus traiciones con una destreza formidable y sutil, que le permitía mantener intacta su reputación como revolucionario. Para mí era evidente que había planeado salir bien parado y, al mismo tiempo, conservar firme su máscara, pero con la presencia de ella en la casa todo (la calma impuesta, la restricción de su fanatismo, la máscara), todo se le vino encima en una especie de pánico. Pero pánico por qué, podría preguntarse usted. La respuesta es muy sencilla. Recordó (o me atrevo a decir que jamás había olvidado) que el profesor estaba solo en el piso de arriba, avanzando en sus investigaciones, rodeado de cientos de latas de sopa en polvo Stone. Con un par de esas latas habría bastado para enterrarnos a todos bajo un montón de ladrillos en el lugar en el que estábamos. Sevrin, claro, sabía eso. Y además debemos tener en cuenta que conocía muy bien el carácter del profesor. ¡Había medido a tantos tipos como ése! O tal vez sólo creyó que el profesor era capaz de hacer lo que él mismo habría hecho. No sé, fuera como fuera consiguió el efecto deseado y de pronto dijo levantando la voz con autoridad.
       “—Dejen que la dama se retire de inmediato.
       “Su voz salió ronca como la de un cuervo debido sin duda a la intensa conmoción. Se le pasó al instante, pero aquellas proféticas palabras salieron de su garganta tensa como un graznido ridículo y hostil. No hizo falta ninguna respuesta. Estaba todo cocinado. Aun así, el hombre que se hacía pasar por inspector creyó necesario decir con rudeza:
       “—Saldrá pronto, con todos los demás.
       “Aquéllas fueron las últimas palabras de la parte teatral de este asunto.
       “Inconsciente de todo y de todos, Sevrin dio unos pasos largos hacia el hombre y lo agarró de las solapas del abrigo. Debajo de la piel azulada y fina de sus mejillas, vi la mandíbula apretada con furia.
       “—Tiene hombres vigilando en la puerta. Haga que la lleven a su casa ahora mismo. Ahora, ¿entiende? Antes de que intenten detener al hombre que está arriba.
       “—¡Oh! ¿Arriba hay un hombre? —dijo el otro con un evidente tono de burla—. Bueno, le haremos bajar para que vea cómo termina todo esto.
       “Pero Sevrin, fuera de sí, no prestó atención al tono.
       “—¿Quién es el idiota que le ha enviado a meter las narices aquí? ¿No ha entendido lo que le he dicho? ¿No se entera usted de nada? Esto es increíble. Mire…
       “Soltó las solapas del abrigo, se metió la mano en su pecho y la movió febrilmente buscando algo que llevaba bajo la camisa. Al fin sacó una bolsita de cuero cuadrada que debía llevar colgando del cuello como un escapulario, con una cinta cuyos extremos deshechos colgaban del puño.
       “—Mire en el interior —susurró al arrojarla a la cara del otro. Inmediatamente se dio la vuelta hacia la chica, que estaba de pie a sus espaldas, perfectamente quieta y en silencio. Su cara fija y blanca le daba un aire como de placidez. Sólo sus ojos fijos parecían más abiertos y oscuros.
       “Habló rápido, con una seguridad nerviosa. Le oí perfectamente prometerle que dejaría todo claro como el agua, pero no oí nada más. Se quedó cerca de ella, sin intentar tocarla en ningún momento, ni siquiera con la punta del dedo meñique —mientras ella lo contemplaba con un aire estúpido. Llegado un momento sus párpados se cerraron muy despacio, patéticamente. Con las pestañas negras apoyadas en las mejillas blancas, parecía lista para desplomarse de un desmayo, pero ni siquiera perdió el equilibrio. A gritos, él la instó a que lo siguiera de inmediato, y se dirigió hacia la puerta que estaba al fondo de las escaleras del sótano sin mirar hacia atrás. Y, en efecto, ella dio uno o dos pasos detrás de él, pero evidentemente no le permitieron llegar a la puerta. Se oyeron algunas palabrotas de irritación y un forcejeo corto, pero irascible. Empujado con fuerza hacia atrás, Sevrin retrocedió de espaldas contra ella y se cayó. Ella aflojó los brazos en un gesto de desazón y dio un paso a un costado, justo para evitar golpearse con la cabeza de él, que golpeó contra el suelo muy cerca de uno de sus zapatos.
       “Con el golpe, Sevrin largó un bufido. Cuando terminó de ponerse de pie, despacio y aturdido, ya era consciente de la verdad de los hechos. El hombre al que le había arrojado la bolsita de cuero sacó de ella una tira angosta de papel azul. La levantó por encima de su cabeza, pero, como al terminar el forcejeo volvió a reinar una calma incómoda y expectante, la arrojó con desdén y dijo:
       “—Me parece, camaradas, que esta prueba era casi innecesaria.
       “Rápida como un pensamiento, la muchacha se inclinó a recoger la tira enredada. La extendió entre las manos, la miró y luego, sin levantar los ojos, abrió lentamente los dedos y la dejó caer.
       “Más tarde examiné el curioso documento. Tenía la firma de un personaje muy importante y estaba sellado y refrendado por altos funcionarios de varios países de Europa. En su especialidad (¿o debo decir en su misión?), esa especie de contraseña debía ser necesaria, seguramente. Hasta en la propia policía (todos excepto los jefes) lo conocían como Sevrin, el famoso anarquista.
       “Dejó caer la cabeza y se mordió el labio inferior. Se había producido un cambio en él, ahora lo invadía una especie de calma pensativa y absorta. Resoplaba igualmente. Sus costillas se inflaban y los orificios de la nariz se abrían y cerraban, generando un extraño contraste con su aspecto sombrío de monje absorto en una actitud meditativa. Había también algo en su cara que recordaba a la perseverancia de un actor frente a las terribles exigencias de su papel. Ante él Horne comenzó a gritar, demacrado y con la barba crecida, como un iluminado y acusador profeta del desierto. Eran dos fanáticos. Estaban hechos para entenderse. ¿Le sorprende esto? Supongo que para usted la gente de ese tipo anda echando espuma por la boca y gruñéndose entre sí.
       Contesté rápidamente que al final no me sorprendía y que no tenía esas ideas, que en general para mí los anarquistas eran algo imposible de imaginar tanto mental como moral, sentimental e incluso físicamente. El señor X recibió mi comentario con su habitual indiferencia y continuó:
       —Horne se había encendido con su elocuencia. Mientras se desbordaba en insultos, algunas lágrimas se escaparon de sus ojos y rodaron por entre su barba negra sin que se diera cuenta. La respiración entrecortada de Sevrin era cada vez más rápida. Y cuando al fin abrió la boca para hablar, todos quedaron atentos a sus palabras.
       “—No seas tonto, Horne —comenzó—, tú sabes que no he hecho esto por ninguna de las razones que me reprochas —y al instante quedó aparentemente tan rígido como una piedra bajo la mirada descarnada del otro—: os he boicoteado, os he decepcionado y os he traicionado por convicción.
       “Le dio la espalda a Horne y, dirigiéndose a la muchacha, repitió las palabras:
       “—Por convicción.
       “Ella emanaba una indiferencia pasmosa. Supongo que no se le ocurría ningún gesto apropiado, había pocos antecedentes de situaciones parecidas.
       “—Está claro como el agua —agregó él—, ¿lo entiendes? Por convicción.
       “Y aun así ella no se movió. No sabía qué hacer, pero aquel infeliz iba a darle la oportunidad para que ella consiguiera el gesto hermoso y correcto.
       “—Siento que tengo la fuerza para hacer que compartas esta convicción conmigo —pidió con ardor. Se había olvidado de sí mismo, dio un paso hacia ella y tal vez se tropezó, a mí me pareció que se inclinaba hacia abajo como si fuera a tocarle el borde del vestido, y entonces ella encontró el gesto apropiado: retiró la falda del roce sucio de él y desvió la mirada levantando la barbilla. Lo hizo con un ademán magnífico, con el tradicional gesto de honor sin mancha, de amateur noble y altruista.
       “Nada hubiera sido más efectivo, y él debió de pensar lo mismo porque volvió a apartarse, aunque esta vez no miró a nadie. Jadeó de nuevo desesperadamente mientras buscaba con torpeza a toda prisa algo en el bolsillo de su chaleco, y después se llevó la mano a la boca. Había algo furtivo en sus movimientos pero, de inmediato, su aspecto cambió; por su respiración trabajosa parecía un hombre que acababa de correr una carrera, impaciente, pero un extraño aire distante, de repentina y profunda indiferencia, reemplazó la tensión en su cara. La carrera había terminado. No quise ver lo que sucedería a continuación, lo sabía demasiado bien. Puse el brazo de la joven debajo del mío sin decir una palabra y caminé hacia la escalera a su lado.
       “Su hermano nos seguía. A mitad del corto camino parecía que ella no podía levantar el pie lo suficiente para subir los escalones, y debimos tirar de ella y empujarla para lograr que llegara hasta arriba. Se arrastró a lo largo del pasillo colgada de mi brazo, irremediablemente inclinada como una anciana. Por una puerta entreabierta salimos a la calle vacía tambaleándonos como juerguistas borrachos. En la esquina detuvimos un coche y el viejo conductor miró desde su caja y con malhumorado desprecio nuestros esfuerzos para hacerla entrar. Durante el trayecto, sentí dos veces que se derrumbaba sobre mi hombro medio desvanecida. Frente a nosotros, el joven con pantalones de golf permaneció mudo como un pez, y hasta el final, cuando saltó del coche con las llaves en la mano, estuvo sentado tan inmóvil que no me lo creía.
       “Cuando llegamos a la puerta de su salón, la joven soltó mi brazo y caminó apoyándose al principio en sillas y mesas. Se desprendió del sombrero y después, exhausta por el esfuerzo y con la capa aún colgando de sus hombros, se dejó caer de lado en un sillón profundo y ocultó la cara en los cojines. El hermano bondadoso apareció en silencio a su lado con un vaso con agua. Ella lo rechazó con un movimiento de cabeza y entonces se lo bebió él mismo, y se alejó a un rincón distante, a algún sitio detrás del gran piano. En la sala todo estaba igual que cuando había visto por primera vez a Sevrin, el antianarquista, cautivado y fascinado por los gestos perfectos y atávicos que en ciertos ámbitos de la vida ocupan el lugar de los sentimientos con gran efectividad. Supongo que los pensamientos de ella giraban sobre el mismo recuerdo. Agitó con fuerza los hombros. Un verdadero ataque de nervios. Cuando se calmó, aparentó firmeza al decir:
       “—¿Qué hacen con un hombre así? ¿Qué le harán?
       “—Nada. No pueden hacerle nada —le aseguré con honestidad. Estaba seguro de que debía haber muerto en menos de veinte minutos después de haberse llevado la mano a la boca. Si su fanatismo antianarquista lo había llevado tan lejos como para andar cargando veneno en un bolsillo, sólo para quitarle a sus enemigos la posibilidad de una legítima venganza, sabía que se cuidaría de llevar algo que no le fallase llegado el momento.
       “Ella resopló con enfado. Tenía las mejillas enrojecidas, y en los ojos un brillo febril.
       “—¿Sucedió antes una experiencia tan terrible? ¡Y pensar que me agarró la mano! ¡Ese hombre! —Su cara se crispó, reprimió un patético gemido—. Si de algo me sentía segura era de las grandes motivaciones de Sevrin.
       “Entonces comenzó a llorar en silencio, lo cual era bueno para ella; y desde aquel mar de lágrimas, y un poco disgustada, preguntó:
       “—¿Qué fue lo que me dijo? ¡Por convicción! Sonaba como una burla grosera. ¿Qué habrá querido decir?
       “—Eso, mi querida joven —dije con suavidad—, nadie, ni siquiera yo, podría explicárselo jamás.
       El señor X sacudió una miga de la solapa de su abrigo.
       —Y en lo que se refiere a ella, era cierto. Aunque Horne, por ejemplo, lo comprendió muy bien. También yo, sobre todo después de ir a la pensión en la que vivía Sevrin, en la lúgubre calle trasera de un barrio muy respetable. A Horne lo conocían como amigo suyo y no tuvimos inconvenientes para que nos permitieran entrar. La desaliñada criada sólo nos dijo, al hacernos pasar:
       “—El señor Sevrin no vino anoche.
       “Mientras realizábamos nuestra búsqueda abrimos a la fuerza un par de cajones y encontramos muy poca información útil. Lo más interesante fue su diario. Aquel hombre, comprometido con un trabajo tan extremo, tenía la debilidad de mantener un registro que lo inculpaba por completo. Allí se exponían, desnudos ante nuestros ojos, sus actos y sus pensamientos, pero a los muertos no les interesa eso. Ya no les interesa nada.
       “‘Por convicción’, sí. Un vago pero ardiente humanismo lo había empujado en su primera juventud al extremismo más amargo de la negativa y el levantamiento, pero luego su optimismo disminuyó. Comenzó a dudar, se confundió. Lo más probable es que oyera hablar a algún ateo converso. Suelen convertirse en fanáticos peligrosos, pero su alma sigue siendo la misma. Después de trabar amistad con la muchacha, dejó constancia en el diario de todas sus rapsodias políticoamorosas. Se tomaba los gestos soberanos de ella con una seriedad mortal, anhelaba convertirla, pero nada de todo eso creo que le interese a usted demasiado. Por lo demás, no sé si recuerda (ya han pasado varios años de esto) la conmoción periodística que hubo en torno al ‘misterio de la calle Hermione’ con el hallazgo del cadáver de un hombre en el sótano de la casa vacía, todas las investigaciones, los arrestos y una gran cantidad de hipótesis hasta que llegó de nuevo el silencio, ese destino habitual para tantos mártires y oscuros confesores. La verdad es que Sevrin no era un optimista que digamos. Se debe ser un optimista brutal, tiránico, despiadado e incondicional, como Horne, por ejemplo, para ser un buen rebelde social en los extremos.
       Se levantó de la mesa. Un camarero se apresuró a ayudarlo con el abrigo mientras otro tenía listo el sombrero.
       —¿Y qué pasó con la muchacha? —pregunté.
       —¿De verdad lo quiere saber? —dijo mientras se abrochaba con cuidado el abrigo de piel—. Confieso que cometí la pequeña maldad de enviarle el diario de Sevrin. Primero se retiró, luego se marchó a Florencia, y, al final, se recluyó en un convento. No puedo imaginar qué hará después. Pero ¿a quién le importa? ¡Gestos! ¡Gestos! No son más que los gestos típicos de su clase.
       Se calzó su brillante sombrero de copa con gran precisión, y después de echar una rápida mirada al salón, lleno de gente bien vestida que cenaba inocentemente, murmuró entre dientes:
       —Nada más que gestos… Por eso esta clase está destinada a desaparecer.


       Jamás volví a cruzarme con el señor X después de aquella noche. Volví a cenar a mi club habitual. En mi siguiente visita a París encontré a mi amigo muerto de ganas de saber cómo me había caído aquel raro ejemplar de su colección. Le conté toda la historia y él sonrió satisfecho por el orgullo que le causaba su ilustre espécimen.
       —No me diga que no vale la pena conocer al señor X —dijo ostentando su deleite—, es único, increíble, absolutamente genial.
       Su entusiasmo hizo chirriar mis sentimientos más delicados. Le dije bruscamente que el cinismo del señor X era sencillamente repugnante.
       —¡Oh, repugnante! ¡Repugnante! —confirmó mi amigo efusivo—. Y encima a veces le gusta gastar pequeñas bromas —agregó en tono confidencial.
       No supe qué me quiso decir con aquella última observación, y hasta hoy he sido completamente incapaz de averiguar en qué punto habría podido tratarse de una broma.



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