Joseph Conrad
(Berdyczów, entonces Polonia, actual Ucrania, 1857 - Bishopsbourne, Inglaterra, 1924)


El fin de las ataduras (1902)
(“The End of the Tether”)
Youth, a Narrative, and Two Other Stories
(Edinburgo y Londres: W. Blackwood and Sons, 1902, 375 págs.)



I

      Mucho después de que el vapor Sofala hubiese virado hacia la costa, aquella chata y húmeda línea de tierra seguía pareciendo poco más que una mancha oscura en el lado opuesto de una franja luminosa. Los rayos del sol caían violentamente sobre aquel mar en calma, como si produjesen sobre la superficie reflectante un polvo de estrellas, un vapor de luz cegadora que llegaba a agobiar con aquel brillo tan persistente.
       El capitán Whalley no se encontraba contemplando aquel espectáculo. Cuando el serang [el contramaestre de una tripulación procedente del subcontinente indio y el sudeste asiático] se acercó hasta el sillón de bambú en el que estaba sentado y que llenaba por completo para informarle de que debía cambiar el rumbo, se levantó al instante y se quedó de pie mirando al frente, mientras la proa del buque iba girando en semicírculo. No dijo ni una sola palabra, ni siquiera para avisar al timonel de que variara el rumbo. Fue el mismo serang, aquel viejo y despierto malayo, quien se aproximó hasta el timonel para darle la orden. A continuación, el capitán Whalley se sentó de nuevo en su sillón del puente con la mirada fija en la cubierta que estaba bajo sus pies.
       No tenía esperanza alguna de ver nada nuevo en aquel mar. Había estado tres años navegando por esas costas. Desde la zona de Low Cape hasta Malantan había una distancia de cincuenta millas marinas que llevaban seis horas de navegación para aquel viejo barco si iba con la marea a favor y siete si la llevaba en contra. Cuando llegara a la altura adecuada enfilaría directamente hacia tierra y no tardarían en recortarse contra el cielo tres palmeras altas y esbeltas cuyas copas irregulares conformaban algo parecido a un ramo. El Sofala se iría acercando entonces a la ensombrecida franja de la costa que iría mostrando a medida que el barco se fuera aproximando unas sucesivas fracturas llenas de luz: el estuario del río. A continuación, y tras surcar un líquido marrón pardo compuesto por tres partes de agua y una de tierra negra (y en la parte de las costas más bajas, de tres partes de tierra negra y una de agua salada), el Sofala se iría abriendo camino río arriba como si fuera un arado, del mismo modo en que lo había hecho una vez al mes durante los últimos siete años, o incluso más, mucho antes desde luego de que él supiera que existía aquel barco y de que se le pasara por la cabeza la posibilidad de tener relación con él y sus viajes. Aquella vieja cáscara de nuez conocía mejor el camino que una tripulación que había ido cambiando constantemente a lo largo de todos aquellos años, mejor que el serang que se había traído de su último barco para que hiciera por él las guardias del capitán, y mejor que él mismo, que sólo llevaba tres años como capitán de aquel buque. El capitán era de toda confianza. Sabía encontrar el camino y nunca perdía el norte. No había nada de lo que preocuparse, era como si los años le hubiesen dado sabiduría, prudencia y seguridad. Llegaba a las escalas con rumbo preciso y con el horario ajustado al minuto. Sentado en el puente y sin retirar la mirada, o tumbado en el camarote, con sólo saber qué día y hora era podía decir con precisión en qué punto exacto de la ruta se encontraban. El capitán se sabía de memoria aquella ruta de vendedor ambulante, conocía el orden en el que se iban sucediendo los estrechos, los paisajes, la gente. Empezaba desde Malaca, donde llegaba de día y salía de noche y cruzando una estela rígida y fosforescente. Oscuridad y destellos de luz en el agua, límpidas estrellas incrustadas en aquel cielo negro, tal vez las luces de un vapor británico que mantenía su ruta por el centro o la sombra de una embarcación nativa que se deslizaba con sigilo con sus velas desplegadas… hasta que por fin avistaba bajo la luz del día una costa baja. A mediodía alcanzaban las tres palmeras de la siguiente escala a la que llegaban ascendiendo lentamente el curso del río. El único hombre blanco que vivía en aquella zona era un joven marinero retirado del mar, de quien se había acabado haciendo amigo en el transcurso de sus muchos viajes. Sesenta millas más adelante estaba la siguiente escala, una profunda bahía con un par de casas construidas en la playa. Y ahí continuaba arribando a tierra y zarpando de nuevo al mar hasta que completaba aquel recorrido de cien millas en medio de aquel laberinto de islas del archipiélago, hasta llegar al gran poblado que era el fin de la ruta. Cuando llegaba a aquel punto, el barco tenía tres días de descanso antes de zarpar para recorrer otra vez, aunque en orden inverso, los mismos lugares de la costa vistos ahora desde la otra perspectiva, escuchando las mismas voces en los mismos lugares hasta regresar al puerto de partida del Sofala, que estaba enclavado en el camino real del Lejano Oriente, donde ocupaba su lugar en el muelle que había frente a las oficinas del puerto, hasta que de nuevo llegara el momento de realizar aquella ruta de 1600 millas en treinta jornadas. No se podía decir que fuera ésta una vida llena de alicientes para el capitán Whalley, a quien también se lo conocía por el sobrenombre de HarryWhalley “el Audaz del Cóndor”, un clíper famoso de la época. Para un hombre que, cómo él, había servido en famosas campañas, que había estado al mando de famosos barcos (algunos de ellos habían sido incluso de su propiedad), que había realizado rutas célebres en las que había dirigido a sus barcos por zonas completamente desconocidas de los mares del sur hasta islas que ni siquiera salían en los mapas, no se podía decir que fuera una vida con grandes alicientes. Cincuenta años en el mar, cuarenta de ellos en Oriente (“un aprendizaje realmente completo”, solía decir con una sonrisa), habían hecho de él un hombre célebre y respetado por toda una generación de armadores y comerciantes de todos los puertos, desde Bombay hasta el punto en el que el Este se encuentra con el Oeste, en la costa de las dos Américas. Su fama también había quedado consignada, no muy ampliamente, pero con toda claridad, en los mapas del Almirantazgo, ¿o es que no se podían ver en cierto lugar situado entre China y Australia una isla Whalley y un bajío Cóndor? El famoso clíper había estado encallado en aquel arrecife de coral tres días, los que tardaron el capitán y la tripulación en echar su cargamento por la borda con una mano, mientras con la otra mantenían a raya a toda una flota de canoas de guerra locales. Durante aquella época ni el arrecife ni la isla tenían el rango de una existencia oficial. Fue años más tarde, cuando el vapor oficial Fusilier de su Majestad fue enviado a investigar toda aquella zona, cuando se pusieron aquellos nombres, a fin de reconocer la gesta de aquel hombre y la solidez de su barco. Es algo que cualquiera puede comprobar si lo desea en el General Directory, vol. II, p. 40, donde se abre la descripción del “Pasaje Malotu o Whalley” con las siguientes palabras: “Esta acertada ruta fue descubierta por el capitán Whalley, que en ese momento estaba al mando del buque Cóndor”, y termina recomendándosela encarecidamente a todos los buques que hayan salido de los puertos chinos con rumbo Sur en los meses que van de diciembre a abril, ambos incluidos.
       Aquél había sido el logro más evidente de toda su vida, y no había nadie que le pudiera arrebatar esa fama. La apertura del canal que cruzaba el istmo de Suez, como rompiendo la muralla de un dique, había lanzado hacia Oriente toda una comitiva de nuevos buques, nuevos hombres y nuevas formas de comercio. Había transformado tanto la faz de los mares del Este como el espíritu que regía sus vidas, por lo que las experiencias que había vivido el capitán no significaban gran cosa para aquella nueva generación de hombres de mar.
       En aquellos tiempos pasados fue responsable de muchos miles de libras de empresarios, y suyos propios, cumplió con sus obligaciones y respetó los intereses de los propietarios, fletadores y compañías aseguradoras. Jamás perdió un barco ni consintió transacciones ilegales, consiguió sobrevivir en condiciones muy duras y se hizo un nombre. Enterró a su mujer en el Golfo Petchili, casó a su hija con el hombre que había elegido para su desgracia y perdió una posición muy rentable en la Corporación Bancaria de Travancore y del Decán, cuya ruina produjo en su momento un terremoto en todo Oriente. Y tenía sesenta y siete años de edad.



II

      Los años le pesaban poco y no se avergonzaba en absoluto de haberse arruinado. No había sido el único hombre de negocios que había confiado en la estabilidad de aquella corporación bancaria. Trató a más de un hombre tan conocedor de los aspectos financieros como él de la mar que había alabado sinceramente aquellas inversiones y que acabó por perder él mismo ingentes cantidades de dinero en aquella quiebra escandalosa. La única diferencia es que, en su caso, él lo perdió absolutamente todo. O casi. De toda aquella fortuna le quedaba aún un pequeño barco muy bonito, el Fair Maid, que había adquirido en su día para tener algún entretenimiento cuando se retirara. “Para pasar el rato”, como solía decir.
       El año anterior al matrimonio de su hija se declaró oficialmente harto del mar, pero en cuanto la joven pareja se instaló en Melbourne se dio cuenta de que era incapaz de ser feliz en tierra. Era demasiado capitán como para quedarse satisfecho con unos cuantos viajes de recreo. Necesitaba al menos la ilusión de que estaba haciendo negocios, y la adquisición del Fair Maid garantizaba un tipo de continuidad en su vida. En varios puertos presentó aquel barco a la gente como “el último en el que seré capitán”. Cuando llegara el momento en que se viese a sí mismo demasiado viejo para poder capitanear un barco, lo inutilizaría y dejaría todo arreglado para que el día de su muerte lo llevaran a alta mar o lo hundieran con dignidad. Su hija no podría quejarse de que ningún extraño capitaneara su barco tras su muerte. Iba a dejarle una fortuna tan grande que el valor del barco de quinientas toneladas sería algo sin importancia para ella. Decía todas aquellas cosas guiñando un ojo para quitarle importancia, porque aquel anciano tenía aún demasiada vitalidad como para caer en sentimentalismos amargos, pero eso no evitaba que lo dijera con cierta nostalgia, porque le gustaba la vida y realmente disfrutaba tanto de los sentimientos como de las posesiones, le agradaba la dignidad de su reputación, del amor que le tenía a su hija y de las alegrías que le daba el barco, el único juguete que jamás compartiría en sus horas libres.
       Había arreglado el camarote considerando exclusivamente su comodidad en el mar. Una de las paredes estaba ocupada por una gran librería (era muy aficionado a la lectura), frente a su cama había colgado el retrato de su difunta esposa, un óleo un tanto vago en el que se veía representada, de perfil, a una mujer joven de larga melena negra. Tenía tres cronómetros que lo ayudaban a conciliar el sueño con sus tic tacs por la noche y que lo saludaban al despertar por las mañanas con sus timbres. Todos los días se ponía en pie a las cinco. El oficial que hacía la guardia de madrugada siempre lo escuchaba mientras se tomaba el café en popa junto al timón, escuchaba a través de las vías de ventilación de latón los chapoteos y restregadas que se daba el capitán al asearse por la mañana. Sólo cinco minutos más tarde ya asomaban por la escotilla la cabeza y los hombros del capitán Whalley. Siempre hacía los mismos gestos: detenido unos instantes en las escaleras, giraba la cabeza para abarcar todo el horizonte, luego la levantaba para comprobar en qué estado se encontraban las velas y daba una buena bocanada de aire fresco. Después de eso, salía a cubierta y devolvía el saludo, entre solemne y bien humorado, con la mano.
       —Buenos días.
       Hasta las ocho en punto se dedicaba a recorrer las cubiertas. En alguna ocasión, no más de un par de veces al año, utilizaba un grueso bastón parecido a una porra, debido a cierto agarrotamiento que sufría en la cadera, algo casi cercano al reuma. Dejando eso a un lado desconocía totalmente todas las enfermedades relacionadas con la carne. Cuando sonaba la campana del desayuno, bajaba a dar de comer a los canarios, dar cuerda a los cronómetros y se sentaba a la cabecera de la mesa. Desde allí podía contemplar un par de grandes fotografías en carbón de su hija, su marido y un par de niños de piernas gruesas —sus nietos—, en marcos negros incrustados en la estantería de arce. Cuando acababa de desayunar, él mismo se encargaba de limpiar con un paño los cristales de los retratos y pasaba por el óleo de su mujer un plumero que tenía atado de un pequeño gancho junto al solemne marco dorado de la pintura. Cerraba la puerta del camarote y leía un capítulo de una voluminosa Biblia de bolsillo —su Biblia—, aunque había días también que se limitaba a estar allí sentado con el dedo entre las hojas y la Biblia inmóvil sobre las rodillas. Tal vez se había puesto a pensar sin más en lo mucho que le gustaba navegar.
       Su mujer había sido toda una compañera de navegación, y una gran esposa. Para el capitán era algo tan cierto como un artículo de fe que jamás hubo ni habría en el mar, ni sobre la tierra, un hogar más luminoso y entrañable que aquella casa suya bajo el toldo del Cóndor, con aquel gran camarote todo en blanco y oro, decorado con guirnaldas como si estuviera en una fiesta perpetua. Ella había decorado el centro de cada panel con unas flores. Tardó doce meses en completar el comedor entero con aquella labor amorosa. Para él todo aquello era una pintura extraordinaria, la obra más perfecta de gusto y técnica, y su viejo compañero Swinburne se quedaba petrificado de admiración cada vez que bajaba a comer y comprobaba hasta qué punto había progresado la obra. Le daba la sensación de que casi podía oler aquellas rosas, o eso comentaba mientras olía el aroma a trementina que en aquella época solía inundar la sala y que (aunque aquello no lo confesó hasta mucho después) le quitaba un poco el apetito. Eso sí, nada conseguía disminuir el placer que le provocaba escucharla cantar.
       —La señora Whalley es un ruiseñor de primera, señor —afirmaba con aire de juez cuando concluía la pieza a la luz de la lámpara.
       En los días de buen tiempo, y durante la guardia de seis a ocho, los hombres escuchaban a veces un piano acompañando todos aquellos trinos y gorgoritos. El piano lo había encargado a Londres el capitán el mismo día de su compromiso, pero no había llegado hasta un año después de la boda, en un largo recorrido por Ciudad del Cabo. Aquella caja enorme formaba parte de una carga general directa desembarcada en el puerto de Hong Kong, un episodio que parecía ahora lejano y oscuro. El capitán Whalley era capaz, en sólo media hora de soledad, de reconstruir casi toda su vida, toda su aventura, su romance y su tristeza. Fue él mismo quien le cerró los ojos. Cayó bajo la bandera como le correspondía a la mujer de un marinero, marinera ella misma de corazón. Él estuvo leyéndole todas las oraciones sin que ni siquiera le temblara la voz con el mismo libro de plegarias que había utilizado ella siempre. Cuando levantó la mirada se encontró con el viejo Swinburne con la gorra aplastada contra el pecho y el rostro marcado por el sol, rojizo e impasible, como si le hubiesen tallado en caliza roja bajo una tempestad. Eran muy habituales los gritos en aquel viejo lobo de mar, él siguió leyendo la plegaria hasta el final, pero apenas tenía recuerdos de lo que había sucedido durante los días posteriores. Uno de los marineros al que se le daba bien coser le hizo a la niña un vestido de luto con una falda negra.
       Aquello no era fácil de olvidar, pero tampoco se podía contener la vida como quien embalsa una corriente tranquila. La vida se abría camino y acabó fluyendo también sobre aquellas inquietudes, cerrándose sobre la pena como el mar sobre un cadáver, por muy grande que fuera el amor que se había llevado al fondo. Y el mundo no era malo. Todo el mundo fue muy atento con él, sobre todo la señora Gardner, la mujer del principal socio de Gardner, Patteson & Co., la empresa a la que pertenecía el Cóndor. Se ofreció para hacerse cargo de la niña y hasta llegó a llevársela a Inglaterra (algo que en aquella época suponía un enorme viaje, incluso si se planteaba desde la ruta terrestre del correo) con su propias hijas para que completase así su educación. Tuvieron que transcurrir entonces diez años hasta que la vio de nuevo.
       De pequeña jamás le había tenido miedo al mal tiempo y siempre quería que la llevaran arriba, a cubierta, para contemplar cómo el mar barría la cubierta del Cóndor. Todos aquellos torbellinos y grandes olas parecían llenar de placer su pequeña alma hasta dejarla casi sin respiración.
       —Qué pena que no hayas sido un muchacho —solía decirle en broma.
       La había llamado Ivy [significa “yedra” en inglés] por el sonido de aquella palabra y también por lo que le fascinaba aquella vaga conexión de ideas. Se había agarrado con fuerza a su corazón y él deseaba que se mantuviera de esa manera durante toda la vida junto a su padre, como un mástil de fuerza olvidando un poco que por naturaleza lo más lógico iba a ser que la niña buscara otro tipo de apoyo, pero el hombre amaba tanto la vida que incluso aquel suceso le produjo más satisfacción que sensación de pérdida.
       Lo primero que hizo cuando compró el Fair Maid fue aceptar un porte no muy beneficioso para Australia para poder ver así cómo se había asentado la hija en su casa. No le disgustó tanto que su hija se hubiese apoyado en otro mástil como que el que hubiese elegido para hacerlo fuera tan endeble, incluso desde una perspectiva elemental de salud. Le molestaba la estudiada cortesía de su yerno tal vez casi más que la roñosa manera con la que administraba el dinero que le había dado a su hija Ivy cuando se casó, pero se cuidó de comunicarle aquel desagrado. A solas, el día de la despedida cogió a su hija de las manos y, mirándola fijamente a los ojos, le comentó:
       —Querida mía, ya sabes que todo lo mío es tuyo y de los niños. Dime siempre lo que te pase con total libertad.
       Ella asintió con un movimiento de cabeza apenas perceptible. Tenía el mismo color de ojos que su madre, y también su carácter, por eso era capaz de comprenderla apenas sin palabras.
       Por supuesto que escribió. Y algunas de aquellas cartas levantaron de sorpresa las blancas cejas del capitán Whalley. Él se sentía pagado en la vida con sólo tener la sensación de que podía atender a todas las necesidades de su hija cuando ella lo necesitaba. En realidad no había habido nada en este mundo desde el fallecimiento de su mujer que le hubiese dado más satisfacción que eso. Y lo más extraño era que la eficacia con la que su yerno fracasaba en la vida también hacía que aumentase su simpatía por él. Aquel hombre estaba tan constantemente obligado a refugiarse en cualquier costa que hubiese sido injusto echarle la culpa sólo a su poca práctica para la navegación. ¡No! Él conocía la verdadera razón de todo aquello, no era más que mala suerte. La suya había sido realmente maravillosa, pero a lo largo de su vida había tenido ocasión de ver a muchos hombres de talento —marineros y no marineros— irse a pique por el simple peso de la mala suerte. Era capaz de reconocer que también la fatalidad podía tener su propia dialéctica. Ésa era la razón por la que estuvo considerando cuál era la mejor forma de ahorrar para legarles la mayor cantidad de dinero posible cuando, tras una ola de rumores vagos (que le llegó por primera vez cuando se encontraba en Shangái), llegó la colisión de aquella quiebra descomunal. Pasó por todas las fases de asombro, incredulidad e ira hasta que se vio obligado a admitir que no les iba a poder dejar nada en herencia.
       Por si fuera poco, y como si el pobre desgraciado hubiese estado secretamente esperando aquella catástrofe, su yerno se quedó clavado en una silla de ruedas de inválido. “No volverá a andar nunca más”, escribió su hija. Por primera vez en su vida, el capitán Whalley sintió que se echaba a temblar.
       Ante aquella nueva perspectiva el Fair Maid tuvo que ponerse a trabajar a toda velocidad. Ya no sólo era cuestión de mantener activa la memoria de HarryWhalley el Audaz en los mares orientales, ni de conseguir algo de dinero para pequeños gastos, como un traje y tal vez una caja de cien puros de calidad a lo largo de un año completo. Ahora estaba obligado a hacer que aquel barco trabajara al máximo de sus posibilidades con una asignación justa, para que la vida a bordo no fuese desagradable.
       Cuando se vio ahogado por aquella sensación de necesidad le dio también la impresión de que por fin se le abrían los ojos ante ciertos cambios que el mundo había estado sufriendo durante los últimos años. De todo su pasado apenas quedaban algunos nombres reconocibles, pero la mayor parte de las cosas que había conocido durante su juventud y madurez habían desaparecido. El nombre de Gardner, Patteson & Co., todavía estaba en las paredes de las oficinas del muelle, en las placas de metal y en los cristales de los negocios de los puertos de Oriente, pero ya no quedaba ningún Gardner ni ningún Patteson en la compañía. Ya no había un sillón y una calurosa bienvenida preparada para el capitán Whalley en ningún despacho, ni tampoco una predisposición especial para darle encargos más ventajosos en virtud de todos los servicios que ya había prestado. A las mesas de aquellos despachos en los que él siempre había tenido la entrada libre en los tiempos del viejo Gardner, ahora se sentaban los yernos de éste, y los barcos de la compañía llevaban chimeneas amarillas con una banda negra y un calendario de rutas parecido al de un asqueroso servicio de trenes. Lo mismo importaban ya los vientos de diciembre que los de junio, los jóvenes capitanes (de los que nadie dudaba que fueran jóvenes de gran mérito) conocían sin duda la isla de Whalley porque el gobierno había instalado un faro en ella (para marcar un límite antes del peligroso arrecife del Cóndor), pero la mayoría de ellos se habría quedado boquiabierto si les hubiesen dicho que todavía vivía aquel Whalley en carne y hueso… un anciano que aún iba por el mundo llevando y trayendo portes de un lado a otro.
       Y en todos sitios sucedía igual. No podía haber lugar para él en un mundo donde habían desaparecido todos los hombres que habrían acudido prestos ante el simple sonido de su nombre, donde se habían esfumado todas las oportunidades que sólo él habría sabido aprovechar, y con ellas todos los clippers de alas blancas que vivían bajo la incierta protección de los vientos, rescatando grandes fortunas de la espuma de los mares. En aquel mundo que había reducido los gastos hasta un mínimo incalculable, aquel mundo capaz de contar dos veces cada día un tonelaje casi vacío, y en el que los portes se acordaban por cable con tres meses de anticipo, ya había perdido su lugar de privilegio.
       Cada año que pasaba resultaba un poco más difícil que el anterior. Lo hacían sufrir mucho las ridículas cantidades de dinero que conseguía enviar a su hija. Había renunciado a los buenos puros y limitado a seis puritos diarios su ración de tabaco. Nunca le relataba por carta sus dificultades, y ella correspondía a su gentileza no contando su lucha por la vida. Tenían tanta confianza el uno en el otro que las explicaciones resultaban innecesarias, y aquella comprensión mutua se mantenía sin necesidad de quejas ni muestras de gratitud. Le habría llamado la atención que ella se deshiciera en agradecimientos, pero le pareció perfectamente normal que le dijese que necesitaba doscientas libras.
       Había llegado con el Fair Maid lastrado a buscar un porte al mismo puerto en el que estaba matriculado el Sofala. Fue allí donde le llegó la carta, y el tono en el que estaba escrita daba a entender que no merecía la pena andarse por las ramas. No le quedaba más remedio que abrir una casa de huéspedes, y al parecer las perspectivas no eran malas. Eran al menos lo bastante buenas como para que ella le asegurara que con doscientas libras podría poner en marcha el negocio. El viejo arrugó impulsivamente el sobre y lo tiró sobre la misma cubierta donde se lo había entregado el encargado del correo en el momento en que ancló el barco. Por segunda vez en la vida se sintió tan superado por las circunstancias que se quedó petrificado en la puerta del camarote con el papel de la carta temblándole entre las manos. ¡Una casa de huéspedes! ¡Doscientas libras para empezar! ¡Su única salida! Y él no tenía forma de reunir ni doscientos peniques.
       El capitán Whalley se pasó toda la noche recorriendo la cubierta con el barco anclado como si se encontrara en un temporal, y deseando llegar a tierra sin tener una idea clara de en qué lugar se encontraba después de muchos días de travesía, días grises, sin ver el sol, la luna ni las estrellas. La noche parpadeaba con las linternas de los marineros y las inmóviles farolas de la costa; alrededor del Fair Maid se veían los reflejos temblorosos de la luz en el agua del fondeadero. El capitán Whalley no vio luz alguna hasta que se hizo de día y se dio cuenta de que tenía toda la ropa empapada de rocío.
       Toda los marineros habían despertado ya. Se detuvo de golpe, se sacudió la barba mojada y bajó por la escalerilla de espaldas. Cuando lo vio, el primer oficial se quedó con la boca abierta en mitad de un bostezo.
       —Buenos días —dijo el capitán seriamente al mismo tiempo que entraba en su camarote, pero se detuvo en el umbral y añadió sin darse la vuelta—: por cierto, en el trastero hay una caja de madera vacía, nadie la habrá roto, supongo.
       —¿De qué caja vacía habla, señor?
       —Una de embalar grande y plana en la que trajeron el cuadro que está en mi camarote. Que la suban a cubierta y que la revise el carpintero. Es probable que la necesite pronto.
       El primer oficial no dijo nada hasta que no oyó cómo el capitán regresaba de vuelta a su camarote, y a continuación, con una señal de la mano, llamó a popa al segundo piloto, como diciéndole que había algo raro “en el ambiente”.
       Cuando sonó la campanilla se oyó la voz del capitán al otro lado de la puerta cerrada:
       —Siéntense y no me esperen.
       Los asombrados oficiales se sentaron en sus puestos e intercambiaron miradas y susurros. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no desayunaba? Y encima había estado toda la noche dando vueltas arriba y abajo por cubierta. No había duda de que estaba pasando algo. En la luminaria que había sobre sus cabezas se veían las bamboleantes jaulas de los canarios hambrientos y se podían percibir también los inquietos paseos del viejo en su camarote. El capitán estaba dando cuerda a sus cronómetros, le limpiaba el polvo al retrato de su mujer y sacaba una camisa limpia preparándose meticulosamente para bajar a tierra. Aquella mañana habría sido incapaz de comer un solo bocado. Acababa de decidir que iba a vender el Fair Maid.



III

      Justo en esa época los japoneses buscaban buques de construcción europea y no le costó ningún trabajo encontrar a un comprador, un especulador que le regateó hasta el final pero que pagó al contado por el Fair Maid con la intención de revenderlo con un buen margen, y de aquel modo el capitán Whalley acabó bajando las escaleras de una de las oficinas más importante de los puertos orientales con un papel azul en la mano. Se trataba de un recibo de la transferencia de doscientas libras que acababa de hacer a Melbourne. El capitán se guardó el papel en el bolsillo del chaleco, agarró el bastón que hasta ese momento había llevado bajo el brazo y se puso a caminar calle abajo.
       Se trataba de una avenida recién inaugurada y mal terminada con aceras un tanto rudimentarias. Había una buena capa de polvo que cubría la calle de lado a lado. Uno de los extremos terminaba en una calle repleta de tiendas chinas que quedaba junto al puerto, y el otro se adentraba en una zona casi despoblada de tres kilómetros en la que aún se veían manchas de vegetación de la tumba y las vallas de la nueva Consolidated Docks Company. Las impersonales fachadas de los edificios oficiales se alternaban con las vallas lisas de solares que aún no habían sido edificados, y el cielo parecía completar la amplitud de todo aquel panorama. Cuando terminaba el horario comercial, los locales se iban a toda prisa, como si temieran que de los nuevos depósitos de agua de lo alto de la colina bajase un tigre al trote y se llevara a alguno como cena. El capitán Whalley no se sentía intimidado ante la soledad de una calle con un trazado tan amplio, tenía demasiada buena presencia como para que le pasara eso, no era más que una figura solitaria que caminaba pensativamente con una gran barba de peregrino y un bastón tan grueso que podía pasar por un arma. A su lado estaba el Palacio de Justicia y su pórtico bajo y sin adornos, con columnas cuadradas y medio ocultas tras los viejos árboles de la entrada. Los edificios que conformaban el Tesoro de la Colonia estaban a la misma altura de la calle, en el lado opuesto, pero el capitán Whalley, que ya no tenía ni casa ni barco, todavía recordaba que la primera vez que llegó desde Inglaterra a aquel lugar no había allí más que un pequeño poblado de pescadores, unos cuantos comercios de lona levantados con palos, en medio de una entrada del mar cubierta de arena y un camino lleno de barro que se adentraba en la selva sin ningún almacén ni depósitos de agua.
       Ya no tenía ni barco ni casa. Ivy vivía lejos, y tampoco tenía casa. Una casa de huéspedes no se podía considerar un hogar, por mucho que pudiera constituir un sustento. La simple idea de la casa de huéspedes ya hería sus sentimientos. Desde la posición que había tenido toda la vida había quedado profundamente arraigada esa idea aristocrática que se caracterizaba por el desprecio a los oficios más vulgares y por unos prejuicios que atañían a la naturaleza degradante de cierto tipo de ocupaciones. En cuanto a él, siempre había preferido los buques mercantes (un trabajo noble) a comprar y vender mercancía, una tarea en la que no se podía evitar caer en los regateos… una indigna prueba de astucia en el mejor de los casos. Su padre había sido el coronel (retirado) Whalley del servicio de H. E. I. Company, no tenía muchos recursos económicos aparte de su pensión, pero siempre se había relacionado con gente muy distinguida. Recordaba de niño a los camareros y comerciantes que se dirigían al viejo guerrero con un pomposo “My Lord” a aquel hombre tan corpulento. El mismo capitán Whalley (de quien hay que decir también que habría terminado ingresando en la Armada si su padre no hubiese fallecido cuando él tenía tan sólo catorce años) tenía un aire de grandeza que no habría desmerecido la memoria del veterano almirante.
       Como si fuera una brizna de paja en medio del torbellino de una corriente, se perdió en medio de la compacta humanidad morena y amarilla que inundaba la calle que, por contraste con la que acababa de abandonar, parecía un callejón repleto de vida. Las paredes de las casas eran de color azul, las tiendas de los chinos abrían sus bocas como si se tratara de cavernas, y había cantidades ingentes de mercancías indescriptibles a lo largo de la sombra de la hilera de arcos, mientras la serenidad fogosa de la puesta de sol colmaba el centro de la calle de punta a punta con un resplandor dorado. Caía tanto sobre aquel mundo de vivos colores como sobre las caras oscurecidas, sobre las espaldas amarillas de aquellos coolies medio desnudos que tropezaban unos con otros, sobre el uniforme de un soldado de caballería Sij de barba abierta y enorme bigote que se encontraba de guardia en la puerta del edificio de la policía. Por encima de aquel mar de innumerables cabezas, el tranvía parecía una masa enorme que avanzaba con gran cautela y que iba remontando la corriente humana poco a poco sin dejar de tocar la bocina, como si se tratara de un vapor que intenta avanzar a tientas entre la niebla.
       El capitán Whalley salió por el lado opuesto como un buzo y se quitó el sombrero bajo una sombra que había junto a la pared de dos tiendas cerradas para secarse un poco el sudor. Pensó que la profesión de la dueña de una casa de huéspedes tenía cierto toque degradante. Se solía hablar de aquellas mujeres como si fuesen avaras, falsas y sin escrúpulos. Aunque él no las condenaba de antemano. —¡Dios lo librara!—, le resultaba inverosímil que alguien del linaje de los Whalley tuviera que exponerse a sospechas de esa naturaleza. Pero no quería discutir con ella. Esperaba que ella supiera compartir sus sentimientos, sentía lástima por ella y confiaba en su juicio, y le parecía que el haber podido ayudarla una vez más era un don por el que debía sentirse agradecido… aunque en lo más hondo de su aristocrático corazón le habría resultado más amable la idea de que se hiciese marinera. Recordaba haber leído no hacía muchos años una obra conmovedora titulada “Canción de la camisa” [el poema “Song of the Shirt”, el poema narrativo de Thomas Hood; es sobre una viuda que, en condiciones económicas desfavorables, se vio obligada a trabajar como costurera]. Estaba muy bien eso de hacer canciones sobre pobres mujeres, ¡pero la nieta del coronel Whalley, dueña de una casa de huéspedes! ¡Ah! Se puso otra vez el sombrero, se metió las manos en los bolsillos, sacó una caja de cerillas y encendió con ellas la punta de su barato cheroot, y le escupió una generosa nube de humo a esa vida que aún podía reservarle a uno sorpresas como aquélla.
       Había algo de lo que no le cabía la menor duda: era una digna hija de su madre. Ahora que se había visto obligado a deshacerse de su barco, ya no le quedaba ninguna duda a ese respecto, se daba cuenta de que el paso era inevitable. Puede que se hubiera dado cuenta hace ya tiempo y que no hubiese querido confesárselo a sí mismo hasta entonces pero ella, a pesar de estar tan lejos, lo debía de haber intuido y había tenido valor suficiente como para echarle valor a la realidad, mirarla frente a frente y hablar… Tenía todas las cualidades que habían convertido a su madre en una consejera excelente.
       ¡Hasta aquel punto habían tenido que llegar! Era una suerte que ella lo hubiese forzado. En apenas dos o tres años aquella misma venta habría sido una ruina absoluta. Se había ido comprometiendo año tras año para mantener aquel barco en funcionamiento. Ahora se sentía sin defensas ante tantos reveses de la adversidad, pero resistía como un acantilado frente a los embates de las olas, con una arrogancia que prefería no prestar atención a la erosión provocada por aquellas embestidas. Tal y como se habían ido disponiendo las cosas, recién enviado el dinero a su hija y sin deberle a nadie ni un solo penique, todavía le quedaba una suma de quinientas libras para poner a buen recaudo. Además, llevaba encima unos cincuenta dólares… más que de sobra para pagar una factura de hotel con tal de que no se entretuviese demasiado en la modesta habitación que había alquilado por el momento.
       Era una habitación sobria con el suelo encerado que daba a una terraza lateral y que estaba en un edificio irregular, ventilado como una jaula de pájaro en la que el viento batía las persianas de caña. Aquel polvo que inundaba las estancias de cuando en cuando se veía removido por súbitas invasiones de turistas procedentes de vapores que atracaban en el puerto, aquel tumulto de voces y presencias fugaces funcionaban como relevos de sombras migratorias condenadas a dar vueltas al mundo sin dejar un rastro real. Aquella Babel de sus irrupciones se esfumaba tan pronto como había aparecido, se vaciaban los pasillos y las chaise-longues y las terrazas, y el capitán Whalley quedaba de nuevo a solas, digno y solemne, abandonado a la noche en aquel enorme hotel como si se tratara de un turista olvidado, un viajero perdido y sin hogar. Fumaba lenta y pensativamente mientras contemplaba los baúles de marino en los que estaba contenido todo cuanto podía llamar suyo en este mundo. En uno de los rincones y apoyado contra la pared había un enorme fajo de cartas náuticas metidas en una funda impermeable, y bajo la cama asomaba la caja plana en la que había embalado el retrato de su mujer y las fotos de carbón. Estaba harto de discutir condiciones, de hacer inventarios y de toda la cháchara comercial. Para las otras partes lo único que se había producido allí era la simple venta de un barco, pero para él era un acontecimiento radical que suponía un estilo de vida radicalmente opuesto. Era consciente de que después de aquel barco ya no habría ninguno más, y todas las esperanzas de juventud y de prosperidad, todo cuanto tenía que ver con el ejercicio de lo único que sabía hacer en el mundo, todos los sentimientos vinculados a su madurez estaban también vinculados a los barcos. Había servido en barcos, había sido el dueño de barcos, y hasta los años posteriores a su jubilación habían sido tolerables mentalmente sólo porque existía la posibilidad de pagarse un barco con su propio dinero. Aquello le dio tal sensación de libertad que parecía el dueño de todos los veleros del mundo. Esa última venta había sido traumática, y cuando rubricó por fin la última firma del último recibo, fue como si desaparecieran de la superficie del mar todos los barcos del mundo, dejándolo en la costa con setecientas libras en el bolsillo.
       El capitán Whalley caminaba con dignidad y lentitud por el muelle, pero cuando llegaba a los fondeaderos apartaba la vista. Entre él y todos aquellos barcos allí amarrados se interponían dos generaciones completas de marineros. Él acababa de vender el suyo y se preguntaba: “¿Qué voy a hacer ahora?”.
       De aquel sentimiento de soledad y vacío —y por supuesto también de pérdida, como si algo le hubiese arrancado el alma de cuajo—, nació el deseo de partir cuanto antes junto a su hija.
       —Aquí tienes hasta mi último penique —le diría—, todo es tuyo. Y aquí tienes también a tu anciano padre, acógelo.
       Sentía escalofríos de estremecimiento, como si lo asustara lo que estaba contenido en aquel pensamiento. ¡Rendirse, jamás! Cuando uno estaba exhausto se le podían llegar a ocurrir todo tipo de pensamientos absurdos. Vaya un regalo sería aquello para la pobre joven, setecientas libras y tener que cargar con un viejo con buena salud que podía vivir muchos años. ¿Es que no podía acabar sus días trabajando como cualquiera de aquellos jóvenes que estaban a cargo de cualquiera de aquellos pequeños barcos de allá abajo? Se sentía tan fuerte como en cualquier otro momento de su vida, pero ¿quién se iba a atrever a darle un puesto? Eso era harina de otro costal. Le daba miedo que no lo tomaran en serio si se presentaba con su aspecto y su carrera a solicitar el trabajo de un joven, o incluso que se apiadaran de él, si conseguía impresionarlos, lo que sería lo mismo que bajarse los pantalones para que ellos le dieran directamente una patada. No tenía ningún deseo de venderse por dos céntimos. Y mucho menos quería la compasión de nadie. Por otra parte, el mando de un buque, lo único a lo que podía aspirar, no era algo que a uno le ofrecieran en cualquier esquina, las ofertas de mando no abundaban precisamente. Desde el mismo instante en que desembarcó para hacer la venta, había estado muy atento a cualquier rumor, pero no hubo ni siquiera un indicio de que hubiese algún puesto libre en el puerto. Y si lo hubiera habido, su éxito pasado seguramente habría sido más un obstáculo que una ventaja. Había sido su propio jefe durante demasiados años, y la única carta de presentación que podía ofrecer era el testimonio de toda su vida. ¿Qué mejor carta de recomendación podía pedir nadie? Pero a la vez le daba la impresión de que aquel documento único iba a ser contemplado por aquellos hombres como una vieja curiosidad de los mares orientales redactada con las viejas palabras… de una lengua muerta.



IV

      Solía dar vueltas a esas cosas mientras paseaba junto a las verjas del muelle con el pecho hinchado y erguido como si sus hombros no hubiesen sentido jamás el peso de las cargas que es necesario llevar entre la cuna y la tumba. Su rostro no lo torcía ni una arruga traicionera ni una señal de preocupación. Tenía un rostro rotundo y poco bronceado; en la parte inferior, el pelo blanco nacía con energía y desorden, y con calma en la parte superior; tenía unos rasgos claros de inquietante delicadeza y una frente ancha. Su mirada tenía, en un primer golpe de vista, la franqueza y la ingenuidad de un muchacho, pero el irregular alero de paja de sus cejas le otorgaba a su amable atención una cualidad aguda e inquisitiva. La edad había ido ensanchándolo de la misma manera que los años aumentan el diámetro de los árboles sin que por ello parezcan menos robustos, y hasta el vello blanco que le salía del pecho le daba un aire de vigor y vitalidad indistinguibles.
       En otra época había sido un hombre de una tremenda fortaleza física, y, muy consciente de su aspecto personal y de aquellos bienes, le había quedado como herencia el porte tranquilo de un hombre que en todo momento se había mantenido a la altura de las exigencias de la vida. Caminaba sin ningún gesto de vacilación bajo la ancha sombra de su sombrero Panamá. Tenía la copa baja, reborde alrededor y una cinta negra y estrecha. Aquella prenda imperecedera, y un poco descolorida, hacía posible avistarlo desde lejos en medio de una multitud. Jamás había querido pasarse a la moda relativamente reciente del salacot. No le gustaba la forma que tenía, y confiaba en poder mantenerse lo bastante frío hasta el fin de sus días y así evitar esos ingenios para la ventilación higiénica. Llevaba el pelo corto y camisas de una blancura impoluta. El chaquetón, un poco desgastado pero cepillado hasta el escrúpulo, flotaba alrededor de sus piernas dándole a su aspecto una holgura incluso mayor por lo holgado del corte. Los años habían acabado apaciguando el buen humor y la audacia de los años jóvenes, y habían mutado en ese aspecto tranquilo y seguro de sí mismo, y el calmo repiqueteo de la punta de su bastón acompañaba sus pasos con un sonido que producía confianza. No había manera de relacionar aquella actitud tan tranquila y aquel porte tan solemne con las angustias de la pobreza, toda la existencia de aquel hombre parecía transcurrir por delante de uno con soltura y confort, con una amplitud de medios a la medida de su traje.
       Su miedo irracional a verse obligado a gastarse las quinientas libras en aquel hotel hacía que el equilibrio de su mente se desestabilizara. No tenía tiempo que perder y la factura subía cada día un poco más. Albergaba al menos la esperanza de que, si fallaban todas las salidas, aquellas quinientas libras lo ayudarían a conseguir un trabajo que garantizara por un lado su existencia (no muy costosa), y le permitiese también seguir ayudando a su hija. Según su particular manera de entender la situación, estaba invirtiendo un dinero que le pertenecía a ella en salvar al padre para que el beneficio volviera a ser de ella. En cuanto tuviera un trabajo podría ayudarla con la mayor parte de lo que consiguiese; todavía podía durar muchos años y aquel tema de la casa de huéspedes, incluso en el mejor de los casos, no iba a ser desde el principio una mina de oro. Pero ¿en qué podía trabajar? Estaba dispuesto a aceptar casi cualquier cosa sólo por solucionar cuanto antes el problema, pero era preciso guardar aquellas quinientas libras por si surgía cualquier imprevisto. Eso era lo importante. Si mantenía intactas aquellas quinientas libras se sentiría más seguro, pero si bajaba a las cuatrocientas cincuenta, o incluso a cuatrocientas ochenta, el dinero comenzaría a perder su virtud, como si sólo la cifra redonda tuviera aquel poder mágico. ¿Qué trabajo podía hacer?
       El capitán Whalley se detuvo en lo alto de un pequeño puente que cruzaba a gran altura el lecho de un entrante del mar canalizado con costas de granito, como si lo asediara en esa pregunta un fantasma molesto al que no supiera cómo exorcizar. Anclado entre aquellos bloques macizos, y medio oculto por un arco, se veía un prao malayo con las velas bajadas en el que no se oía ningún sonido, y que estaba cubierto completamente con hojas de palma. Había dejado ya a sus espaldas las calles flanqueadas por fachadas de piedra que seguían los vaivenes del muelle, como si se tratara de un acantilado, y frente a él había ahora un paisaje silvestre y ordenado con grandes zonas de hierba como piezas de una alfombra, largas hileras de árboles y bóvedas de ramas.
       Algunas de aquellas avenidas morían en el mar. Era una costa repleta de terrazas, y a lo lejos en aquel profundo panorama oscuro y brillante como la mirada de un ojo azul oscuro, una franja púrpura se extendía por la línea que dejaban dos islas gemelas y verdes. Más allá, en los fondeaderos exteriores, se podía ver cómo se alzaban sobre el agua los mástiles y las vergas de unos cuantos barcos, parecían unas líneas rosas trazadas a pincel sobre la sombra del flanco oriental. El capitán Whalley se quedó mirando en aquella dirección durante un buen rato. Allí estaba anclado ahora el barco que había sido suyo. Le torturaba pensar que ya no podía pagar un bote para que lo llevara hasta allí a pasar la noche. A ningún barco. Puede que nunca más. Antes de que se hubiese cerrado el trato de compraventa todavía había pasado muchas noches durmiendo en el barco, pero la misma mañana en que le dieron todo aquel dinero a cambio del Fair Maid ya no había en este mundo ningún barco al que se pudiese subir cuando le viniera en gana, ningún barco que precisase de su existencia para trabajar… para vivir. Era una situación absurda, demasiado extraña como para que se prolongara demasiado tiempo. El mar estaba lleno de barcos de todo tipo; ahí mismo seguía aquel prao inmóvil cubierto con hojas de palma… Hasta aquel prao necesitaba de un hombre. Un malayo al que nunca había visto y aquella embarcación alta, y de un tamaño tan reducido que parecía estar descansando después de un largo viaje, vivían el uno gracias al otro. Cada uno de aquellos barcos, los que estaban cerca tanto como los que estaban lejos, todos ellos tenían un hombre, porque el mejor barco del mundo sin un hombre es algo muerto, poco más que un tronco que flota a la deriva.
       Echó un largo vistazo al fondeadero y siguió su camino porque ya no había razón para mirar atrás. Aquellas avenidas de grandes árboles continuaban rectas en la Explanada, cortándose entre ellas en diversos ángulos. En lo alto, las ramas entrelazadas daban la sensación de estar durmiendo, no se movía en ellas ni una sola hoja, y las farolas se perdían en perspectiva por la avenida, doradas como cetros rematados con globos de porcelana blanca; parecía una decoración de huevos de avestruz desplegados en hilera. Cada una de aquella pequeñas cubiertas de cristal reflejaba un tenue resplandor de aquel cielo en llamas.
       Con la barbilla inclinada, las manos en la espalda y la punta del bastón trazando en la grava una ondulada raya tras sus pies, el capitán Whalley pensaba que si un barco sin hombre no sirve para nada, tampoco un marinero sin barco valía mucho más que un tronco a la deriva. Podía tratarse de un buen tronco, lleno de carácter y difícil de destruir… pero ¿qué sentido tenía? Un súbito sentimiento de futilidad hizo que le pesaran los pies con una fatiga irremediable.
       Por el paseo marítimo recién inaugurado se acercaba una fila de coches descubiertos. Al otro lado de los parterres se podía ver cómo giraban los discos brillantes de los radios de sus ruedas. Las copas amarillas de las sombrillas se inclinaban levemente como flores en el cuello de un jarrón, y la sábana azul oscuro servía de fondo al girar de las ruedas y al vigoroso trabajo de los caballos, al mismo tiempo que los turbantes de los criados indios se alzaban sobre la línea del horizonte marino para adentrarse en el azul más pálido del cielo. En un claro cerca del pequeño puerto, cada uno de los carruajes describía una curva abierta alejándose de la puesta de sol y, tras un golpe, enfilaba definitivamente la gran avenida en una fila que se movía lentamente con aquel cielo rojo a su espalda. Los troncos de aquellos árboles se alzaban teñidos de rojo por uno de sus lados, y hasta el aire parecía encendido en medio del follaje, y también el polvo que pisaban los caballos. Las ruedas giraban con solemnidad y las sombrillas se iban cerrando también una tras otra, como flores que replegaran los pétalos al terminar el día. En aquella fila de un kilómetro de seres humanos no había ninguna voz que emitiera un sonido que pudiera apreciarse, sólo se escuchaba el sonido sordo de los cascos y los campanilleos, las cabezas de los hombres y de las mujeres permanecían rígidas, como si estuviesen hechas de madera, hasta que de pronto apareció un coche y un tiro que no se pusieron al final de la fila.
       Pasó junto a ellos en un galope tan rápido como sigiloso, y, cuando se situó en la avenida, uno de los oscuros caballos relinchó, arqueó el cuello al revolverse contra el látigo del cochero, un copo de espuma voló desde el freno del caballo hasta un hombro de satén y la cara enfurecida del cochero se echó hacia delante, mientras las manos seguían agarrando con fuerza las riendas. Se trataba de un landó verde oscuro que flotaba en balanceo elegante sobre los dos muelles en C, y en cuya elegancia brillaba algo de severa majestad oficial. Parecía un poco más grande de lo normal, lo mismo que los caballos, que también sobresalían un poco por su talla; los adornos era perfectos y los lacayos del pescante parecían más erguidos de lo razonable. Los cuerpos de tres mujeres —dos jóvenes y hermosas y otra madura de proporciones agradables— llenaban someramente el interior del carruaje. El cuarto rostro era masculino, un hombre distinguido de rostro oscuro, y perilla de color gris acero oscuro que parecían un apéndice sólido. Su Excelencia…
       El rápido movimiento de aquel carruaje puso en evidencia el de todos los demás y los hizo adoptar un aspecto claramente inferior, como si hubiesen sido condenados a avanzar a paso de tortuga hasta la eternidad. El landó dejó atrás a toda aquella fila de coches en una especie de golpe sostenido, y todos los rasgos de sus ocupantes dejaron de ser visibles, dando una impresión de miradas fijas y vacío imperturbable, y en cuanto se esfumó de allí como en un suspiro, el amplio paisaje de la avenida quedó como desierto, como sumido en una especie de soledad, a pesar de aquella larga fila de coches cuyos caballos avanzaban al paso.
       El capitán Whalley levantó la cabeza para echar un vistazo, y su mente (como suele ocurrirle a las mentes humanas), al verse interrumpida en su meditación, se perdió en detalles sin importancia. Le sorprendió darse cuenta de que ese mismo puerto en el que acababa de vender su último barco era el mismo al que había llegado con el primer buque de su propiedad en su juventud, con intención de abrir una nueva ruta por el archipiélago. El gobernador de aquella época lo había apoyado en todo. Aquel señor Denham no era ninguna Excelencia, era un gobernador al que, como suele decirse, no le importaba remangarse la camisa, un hombre que estaba día y noche al pie del cañón, trabajando por la prosperidad de aquel enclave que le habían confiado con la misma entrega con la que una nodriza se ocupa de un bebé. Era un soltero que vivía sin más compañía que unos cuantos criados y sus tres perros en lo que en aquella época se llamaba el bungalow del gobernador, una construcción de techo bajo que se encontraba en una ladera a medio talar, con una bandera en la entrada y una caseta con un guardia en el exterior. Recordó el día que subió aquella colina bajo un sol tremendo para acudir a una cita con él, el aspecto desnudo de aquella sala tan fría y la mesa descomunal del escritorio cubierta de papeles en un lado y un par de fusiles en el otro, un telescopio de latón, una botella de petróleo y… una inquietante atención, la que le prestaba de forma aduladora aquella autoridad. Fue a presentarle el proyecto de una empresa complicada, pero bastaron veinte minutos de conversación en el bungalow del gobernador para que desde el comienzo se desarrollase sobre ruedas. Cuando estaba a punto de retirarse, el señor Denham lo llamó de nuevo desde detrás de su montaña de papeles.
       —El mes que viene el Dido zarpa en esa misma dirección, así que le voy a pedir oficialmente a su capitán que no les pierda de vista y que les eche una mano si es necesario.
       El Dido era una de las fragatas más rápidas que anclaban en la base de China, y treinta y cinco años no eran pocos años. Hacía treinta y cinco años una empresa como la que acababa de proponer tenía para la colonia una importancia lo bastante grande como para que estuviese apadrinada por un buque de Su Majestad la Reina. Había pasado mucho tiempo desde entonces. En aquella época lo que contaban eran los hombres, hombres como él o como el pobre Evans, con aquella cara suya negro azabache y esa mirada inquieta, que había establecido el primer dique registrado en aquella zona, habilitado para la reparación de pequeños buques al borde mismo de la jungla, en una pequeña bahía que estaba unas tres millas al norte. También fue el señor Denham el promotor de aquella empresa, pero el pobre señor Evans acabó muriendo en Inglaterra olvidado y deprimido. Se rumoreaba que su hijo se ganaba la vida sacando aceite de los cocos de alguna isla del Índico, pero de aquel viejo dique de la jungla habían nacido los astilleros de la Consolidated Docks Company a los que se habían añadido tres descomunales diques secos excavados en la roca, los muelles y espigones, una central eléctrica, instalaciones de vapor que proporcionaban energía para unas grúas inmensas, capaces de levantar las cargas más pesadas que se podían transportar en el mar y cuyas cabezas se alzaban sobre los cabezos arenosos ante quienes se acercaban a New Port viniendo desde el oeste.
       Hubo una época en la que lo que contaba era el hombre, los hombres, no había entonces tantos carruajes, aunque el señor Denham tenía un buggy. Daba la sensación de que el capitán Whalley hubiese quedado al margen de la avenida, barrido por un torbellino mental. Le vinieron a la memoria una costa cubierta de fango, un puerto en el que no había muelle alguno, un solitario malecón construido con tablones y arqueado que se adentraba en el agua (se trataba de una instalación pública), los primeros almacenes de carbón que construyeron en Monkey Point y que se incendiaron sin que nadie supiera cómo, para pasarse ardiendo varios días de tal forma que los buques llegaban a un fondeadero cubierto por la niebla. Recordaba todas aquellas cosas, aquellos rostros y también una cosa más: una especie de vaga sensación de haber apurado una copa hasta el final, una luz sutil que había en el aire de aquella época y que habría resultado imposible encontrar hoy.
       En aquella rememoración, tan veloz y repleta de detalles como si se tratara de un golpe de flash de magnesio sobre las tumbas de una cripta en penumbra, el capitán Whalley era capaz de contemplar cosas que habían tenido su importancia en otra época: los esfuerzos de los hombres sencillos, el crecimiento de una gran base que no tenía aún ni la relevancia ni la magnitud de la que vendría más tarde, y todo aquello le provocó una súbita sensación de haber abrazado todo aquel tiempo casi físicamente, de haber comprendido hasta tal punto todos aquellos sentimientos inmutables que se detuvo de golpe, golpeó el suelo con el bastón y se dijo mentalmente: “¿Qué demonios hago yo aquí?”. Era como si se encontrara desconcertado por su propia sorpresa, pero de pronto escuchó que alguien lo llamaba una y otra vez por su nombre y se dio la vuelta despacio.
       Quedó frente a un hombre vestido con una ropa pasada de moda y aspecto de estar aquejado de gota, con un pelo igual de canoso que el suyo pero con una mejillas recién afeitadas y una corbata que casi podría pasar por un pañuelo con los extremos almidonados, las piernas, los brazos y el tronco redondos: aquella corta figura parecía haber sido hinchada con aire por una bomba hasta el límite que permitían las costuras de su traje. Caminaba hacia él con gesto decidido. Se trataba del delegado general del puerto. Un delegado general era un comisario de puerto de máxima graduación, en Oriente se lo consideraba una gran autoridad en ese terreno y tenía una jurisdicción muy amplia, aunque con frecuencia no muy definida. De aquel delegado general en particular se solía decir que consideraba la autoridad totalmente inadecuada porque no incluía derechos sobre la vida y la muerte de sus súbditos. En realidad se trataba de un chiste un poco exagerado porque el capitán Eliott estaba más que satisfecho con su cargo y no alimentaba sentimientos desconsiderados con respecto a su poder. Su carácter era tan autoritario y orgulloso que no le permitía que el poder estuviera mucho tiempo en sus manos sin darle uso. La honestidad brutal de sus comentarios sobre el carácter y el comportamiento de otras personas lo convertían en alguien particularmente temido. Aunque había mucha gente que alardeaba de no prestarle mucha atención, la mayoría se limitaba a sonreír irónicamente cuando alguien pronunciaba su nombre. Otros se atrevían a llamarlo “un entrometido y viejo rufián”, pero a la hora de la verdad, ante la perspectiva real de un estallido de ira del capitán Eliott, la mayoría asumía la situación con el mismo desagrado que les provocaría la idea de la propia aniquilación.



V

      En cuanto se acercó, pronunció algo parecido a un gruñido:
       —¿Qué es eso que me han dicho, Whalley? ¿Vas a vender el Fair Maid?
       El capitán Whalley apartó un poco la mirada y respondió que el trato ya estaba cerrado y que le habían pagado aquella misma mañana, y el otro le dio su aprobación por haber realizado un gesto tan extraordinariamente delicado. Había salido del cabriolé para dar un pequeño paseo antes de ir a casa a cenar. Sir Frederick no tenía mal aspecto para ser un viejo, ¿verdad?
       El capitán Whalley no supo qué responder a eso, sólo lo había visto pasar en el coche.
       El delegado general llevaba las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta de alpaca demasiado corta y estrecha para un hombre de su edad y constitución, y caminaba cojeando levemente con la cabeza a la altura del hombro del capitán Whalley, que lo hacía con agilidad y sin dejar de mirar al frente. Hacía muchos años, habían llegado a ser buenos compañeros, casi íntimos. Whalley estaba al mando por entonces del famoso Cóndor y Eliott del célebre Ringdove, los dos eran propiedad de los mismos armadores, y cuando se creó el puesto de delegado general Whalley era el único candidato que podía ser un competidor, pero el capitán Whalley en aquella época estaba en plena juventud y había decidido servir sólo a la benévola fortuna. Muy lejos de allí, y atendiendo a sus propios negocios, siempre se alegraba cuando le decían que al otro le había ido muy bien. El gordo Ned Eliott tenía un carácter mundano que iba a resultarle de provecho en aquel oficio, y en el fondo los dos eran tan distintos el uno del otro que cuando llegaron hasta el final de la avenida, frente a la catedral, a Whalley no se le había ocurrido en ningún momento que hubiese podido envidiar a aquel hombre con su puesto vitalicio.
       El edificio sagrado se alzaba en un aislamiento solemne en medio de las convergentes avenidas de gigantescos árboles, como para inspirar divinos pensamientos en las horas de ocio con un portal gótico cerrado. El rosetón que se abría por encima de la ojiva brillaba como un carbón en el profundo labrado de una rueda de piedra. Los dos hombres se detuvieron un instante para contemplarlo.
       —Le voy a decir lo que deberían hacer ahora, Whalley —dijo entre dientes el capitán Eliott.
       —¿Y bien?
       —Deberían mandar a un verdadero lord de sangre real cuando le llegue la hora a sir Frederick, ¿no le parece?
       Lo que no podía entender demasiado bien el capitán Whalley era por qué un lord de sangre real iba a hacer las cosas mejor que ningún otro hombre, pero claramente su acompañante no pensaba lo mismo.
       —No, le aseguro que no. Todo esto marcha solo. Ya no hay quien lo detenga. Para mí es ideal un gran lord —gruñó—: fíjese en todos los cambios que hemos vivido a lo largo de estos años. Lo que necesitamos por aquí es un lord. En Bombay ya tienen a uno.
       Cenaba una o dos veces al año en la casa del gobernador —un palacio con grandes arcadas y ventanas que estaba en lo alto de una colina rodeada de jardines—, y últimamente había estado llevando en su lancha a un duque para que contemplara el progreso de las obras del puerto. Antes de eso había acudido con “todo respeto” a encontrar personalmente una buena dotación para el yate del duque. Más tarde lo habían invitado a comer a bordo. Hasta la duquesa comió con ellos. Una oronda dama de cara enrojecida y un poco quemada por el sol, un poco echada a perder, pero de modales muy agradables. Iban de camino a Japón…
       Fue soltando todos aquellos detalles para convencer al capitán Whalley, y de cuando en cuando se detenía hinchando los carrillos con un contenido sentimiento de autoridad y proyectando hacia fuera sus gruesos labios, hasta que el extremo carmesí de la nariz parecía hundirse en la leche del bigote. Aquel lugar se gobernaba solo y era perfecto para cualquier lord, los únicos problemas que surgían de cuando en cuando tenían que ver con el departamento de la Marina… El departamento de la Marina, repitió de nuevo con un sentido suspiro, y a continuación se puso a contar que el otro día el cónsul general de Su Majestad de la Cochinchina francesa le había enviado un cable —oficial— en el que le pedía que le enviara un hombre cualificado para que se ocupara de un barco mercante de Glasgow cuyo capitán había fallecido en Saigón.
       —Pasé el anuncio a los oficiales de la Casa del Marino —añadió mientras la cojera parecía hacerse más pronunciada con la irritación—, los hay a docenas. El doble de puestos disponibles en el mercado local. Todos quieren un trabajo fácil y tenemos el doble de los que necesitamos… ¿Usted cómo lo ve, Whalley?
       Se paró en seco. Daba la sensación de que estaba intentando romper los bolsillos de la chaqueta con los puños cerrados y profundamente hundidos. Al capitán Whalley se le escapó un pequeño suspiro.
       —¿Qué le parece? Uno se podría imaginar que iban a estar intentando pisarse el trabajo unos a otros, pues de eso nada. Les daba miedo volver a Inglaterra. Es agradable estar tirado en una terraza esperando que a uno le den trabajo. Y mientras tanto yo en el despacho esperando que llegaran las respuestas. No se presentó nadie. ¿Pero qué se habían creído? ¿Que me iba a quedar como un imbécil con el cable del cónsul encima de la mesa? Pues sólo faltaría. Eché un vistazo a la lista de la que disponía y mandé enviar a Hamilton, el más vago de todos; le dije que fuese sin mediar más palabra y le amenacé con mandar instrucciones a la Casa del Marino para que le pusiese en la calle si no aceptaba. Al parecer no sentía que fuese un trabajo lo bastante bueno para alguien como él… por favor, hombre… “Tengo aquí una pequeña ficha”, dije yo, “y en ella dice que usted desembarcó aquí hace ya dieciocho meses y desde entonces no ha trabajado ni siquiera seis. Ya ha acumulado una gran deuda con la Casa, que imagino que no querrá que tenga que pagar en su nombre el Departamento de la Marina, ¿no es así? Y si no quiere obedecer, le aseguro que va a salir usted de camino a Inglaterra en el primer vapor que pase por aquí con dirección a la metrópoli. Usted no es más que un vagabundo, y aquí no nos gustan los vagabundos”, le dije. Fíjese la guerra que me dio todo aquel asunto.
       —Pues la verdad es que podría habérselo ahorrado —dijo el capitán Whalley casi sin querer—, si me lo hubiese ofrecido a mí.
       El capitán Eliott encontró aquella respuesta de lo más gracioso, porque temblaba de la risa mientras seguía caminando, hasta que de pronto dejó de reír porque le había venido a la memoria un viejo recuerdo. ¿No le habían comentado algo sobre la tragedia de Travancore y el Decán en la que el pobre capitán Whalley lo había perdido absolutamente todo? “Vaya, este hombre lo tiene realmente complicado”, pensó para sí mirando de reojo a su compañero, pero el capitán Whalley seguía sonriendo abiertamente con la mirada fija en el frente y un gesto tan elegante que habría sido impensable en un hombre que estuviese sin un céntimo. Eso lo tranquilizó. Era imposible. No era posible que lo hubiese perdido todo. Aquel barco que había vendido no era más que un hobby y aquel hombre que acababa de confesar que había recibido esa misma mañana una suma importante de dinero no era plausible que se abalanzara a continuación sobre él para pedirle un préstamo. Aquel pensamiento lo tranquilizó, pero con todo aquel ir y venir se había producido un largo silencio en la conversación, y como no sabía qué hacer para reanudarla no se le ocurrió otra cosa más que gruñir con sencillez:
       —Nosotros los viejos deberíamos echarnos ya a un lado a descansar.
       —Para algunos de nosotros lo mejor sería morir con los remos en la mano —respondió el capitán Whalley con aparente despreocupación.
       —Vamos, hombre, ¿pero es que no está ya cansado de todo esto? —murmuró el otro sombríamente.
       —¿Usted lo está?
       El capitán Eliott sí lo estaba. Lo único que lo hacía mantenerse en activo era alcanzar la pensión máxima para poder volver a Inglaterra y retirarse. Aunque de todas formas iba a seguir siendo una miseria, era lo único que podía librarlo de acabar en un asilo. Por si fuera poco tenía una familia. Tres mujeres, como muy bien sabía Whalley. Le dio entender al “viejo Harry” que lo que más quebraderos de cabeza le procuraba eran las tres chicas. Eran como para volver loco a cualquiera.
       —¿Y eso por qué? ¿Qué hacen? —preguntó el capitán Whalley con una entretenida ausencia mental.
       —¿Que qué hacen? ¡Nada! Ése es el problema. No hacen más que leer novelas y jugar al tenis de la noche a la mañana…
       ¡Si por lo menos le hubiese tocado un chico! Y por si fuera poco problema, no parecía quedar sobre la tierra ni un solo muchacho decente. Cuando se ponía a pensar en los que conocía en el club, le parecían todos unos jovencitos vanidosos e incapaces de hacer feliz a una señorita. Con toda aquella muchedumbre a la que mantener en casa se estaba condenado a la ruina más absoluta. Había acariciado la fantasía de hacerse construir una pequeña casa en el campo —en Surrey— para poder acabar allí sus días, pero de momento no tenía tiempo ni para pensar en aquello… Cuando terminó de hablar dirigió al cielo una mirada anhelante y un tanto patética mientras el capitán Whalley asentía comprensivo con la cabeza, reprimiendo sus sinceros deseos de reír a carcajadas.
       —Usted también sabe por experiencia a lo que me refiero. Las chicas son una auténtica tortura, una fuente constante de preocupaciones y quebraderos de cabeza.
       —Puede ser, pero la mía anda muy bien —dijo con calma el capitán Whalley mirando hacia el final de la avenida.
       El delegado general se alegró mucho de saber eso. Lo cierto era que la recordaba a la perfección y que le había parecido siempre una muchacha encantadora. El capitán Whalley añadió como soñando:
       —Era muy guapa.
       La procesión de coches se empezó a disolver.
       Uno tras otro iban abandonando poco a poco la fila y salían al trote llenando de vida la amplia avenida con aquel movimiento. La calle recuperó el aspecto previo de una majestuosa soledad.
       Un edecán blanco iba a pie conduciendo un poni birmano que habían enganchado a un barnizado coche de dos ruedas y todo el conjunto había quedado detenido en la curva, y no parecía mayor que el del juguete de un niño olvidado bajo unos árboles enormes. El capitán Eliott caminó en aquella dirección con un andar animoso, como si fuese a trepar al interior, pero al final se contuvo y apoyó una de las manos en la barandilla y cambió de tema de conversación, abandonando la cuestión de las hijas y la pobreza por el otro único asunto que dominaba su vida: el departamento de Marina, los hombres y los barcos.
       Fue poniendo ejemplos de lo que tenía que hacer y aquella voz gruesa se fue poco a poco acallando en medio de aquella atmósfera tranquila como si se tratara del zumbido de un moscardón. El capitán Whalley no acertaba a descubrir qué extraña fuerza le impedía decir buenas noches y alejarse tranquilamente. Era como si se encontrara tan cansado que ni siquiera pudiese hacer ese esfuerzo. Qué extraño resultaba. Más extraño si cabe que ninguno de los ejemplos que ponía Ned. ¿Se debía quizá a que un sentimiento atronador de vacío lo mantenía anclado a aquel lugar y a aquellas palabras? Ned Eliott jamás se había visto en una situación realmente comprometida, y poco a poco le dio la sensación de ser capaz de rescatar de él, como si estuviera envuelto en un murmullo sordo y monótono, la voz juvenil del viejo capitán del Ringdove. Se preguntaba si él también había cambiado, aunque lo cierto era que aquel viejo compañero no le parecía que lo hubiera hecho tanto… En el fondo era el mismo. No le parecía un mal hombre aquel alegre Ned Eliott, siempre tan amistoso y responsable… siempre tan orgulloso. Recordó lo mucho que hacía reír a su mujer, y la forma en la que ella era capaz de adivinar sus pensamientos. Cuando el Cóndor y el Ringdove coincidían en el puerto, muchas veces era ella la que le pedía a él que invitara a Eliott a cenar. Desde aquella época no se habían visto demasiado. A veces habían llegado a transcurrir hasta cinco años entre un encuentro y otro. Miraba desde debajo de sus blancas cejas a aquel hombre a quien no podía confiarse en ese momento, mientras que el otro seguía con aquel desahogo íntimo, tan lejos de su interlocutor como si le estuviera hablando desde la cima de una montaña, a kilómetros de distancia.
       En ese momento estaba un poco sorprendido por el asunto del vapor Sofala. En aquellos últimos meses le había tocado a él resolver todos los problemas que se producían en el puerto. Lo iban a echar de menos cuando se marchara dentro de dieciocho meses y nombraran a algún oficial retirado de la Armada, un hombre que no iba a entender nada y al que seguramente todo le traería sin cuidado. Aquel vapor se encargaba de hacer una ruta costera que aseguraba el trato comercial hasta un punto tan al norte como Tenasserim, pero el problema era que no había ningún capitán que quisiera hacerse cargo de él. Nadie parecía dispuesto y, como era lógico, él no tenía autoridad para obligar a nadie a que aceptara aquel puesto. Podía dar algún pequeño empujón a alguien para complacer al cónsul general, pero…
       —¿Y qué le pasa a ese barco? —interrumpió el capitán Whalley con tono tranquilo.
       —Al barco no le pasa nada. Es un viejo vapor y está en buen estado, pero su dueño ha pasado esta tarde por mi despacho y está totalmente desesperado.
       —¿Es blanco? —preguntó Whalley interesado.
       —Él dice que lo es —contestó con tono despreciativo el delegado general—, pero lo único que tiene de blanco es la piel. Y eso se lo dije yo en sus mismas narices.
       —¿Quién es?
       —Es el maquinista primero del barco, ¿entiende, Harry?
       —Entiendo —respondió el capitán pensativo—. El maquinista, ya veo.
       La forma en la que aquel hombre se había convertido en el dueño del buque era toda una historia en sí misma. El capitán Eliott recordaba que había llegado hacía unos quince años como tercero de un buque que venía de la metrópoli, y que lo habían despedido junto a su patrón y su jefe por haberse involucrado en una pelea de la peor especie. Lo cierto es que aprovecharon la oportunidad para quitárselo de encima. No había duda de que el hombre era un pendenciero. Se quedó por la zona como un verdadero incordio, embarcando y desembarcando e incapaz de mantener un oficio demasiado tiempo en ninguna parte. No había sala de máquinas en toda la colonia que no lo hubiese visto pasar por ella. Y a continuación, añadió de pronto:
       —¿A usted que le parece que le ocurrió, Harry?
       El capitán Whalley se sobresaltó de pronto, parecía inmerso en un tremendo cálculo mental. No se le ocurrió ninguna respuesta. La voz del delegado general seguía sonando en el aire con aquel énfasis sostenido. Aquel hombre había tenido la fortuna de que le tocase el segundo premio de la lotería de Manila. Todos los oficiales compraban alguna participación en aquel juego. Era como si tuviesen una auténtica fijación.
       Todo el mundo parecía convencido de que acabaría regresando a Inglaterra con el dinero y que no tendría que darle explicaciones a nadie nunca más. Pero no. Los propietarios del Sofala habían encargado en Europa un vapor nuevo porque aquél ya resultaba demasiado pequeño y poco modernizado para el trabajo que tenía que realizar, y vendían aquel a buen precio. Se precipitó a comprarlo. Aquel personaje jamás había mostrado signos externos de ese tipo de intoxicación mental que puede producir una gran cantidad de dinero, hasta que consiguió su propio buque y en ese momento se volvió loco al instante; se plantó un día en el departamento de Marina con el ala del sombrero echada a un lado y un bastón, y les fue diciendo a todos y cada uno de los oficinistas que ya nadie lo podía echar de allí, que ya no tenía ni iba a tener jamás a nadie por encima de él. Daba paseos entre las mesas hablando a voz en grito, de tal forma que durante todo el tiempo que él estuvo en la oficina no se pudo hacer ningún trabajo, y todos permanecieron con la boca abierta de pasmo contemplando a aquel bufón. Pocas horas más tarde se lo vio hinchado de calor y con la cara completamente roja, paseando por el muelle arriba y abajo para ver su barco desde todas las perspectivas. Daba la sensación de que quería detener hasta al mayor desconocido para informarle de que ya nunca habría nadie por encima de él, que había comprado aquel barco y que ya nadie lo podría echar nunca de su sala de máquinas.
       A pesar de que había sido una buena compra, el precio del Sofala casi acabó con la cuantía completa del premio. No le quedó más capital para trabajar. No supuso un gran problema, porque aquellos tiempos eran de una gran prosperidad en el tráfico del comercio por la costa, hasta que las navieras de la metrópoli se establecieron allí para encargarse de las rutas principales. Como es lógico, cuando se establecieron en aquellas rutas se llevaron la mejor parte del pastel, y una panda de espabilados alemanes pasó al otro lado del canal de Suez y se quedó con las migajas que iban dejando. Recorrían toda aquella costa con avaricia, devorando todo a su paso y comprando lo barato como una manada de tiburones dispuestos a no dejar títere con cabeza. Los buenos tiempos se habían acabado ya para siempre y él valoraba mucho que durante todos aquellos años el Sofala hubiese seguido haciendo su trabajo con solvencia. El capitán Eliott consideraba que era su obligación intentar por todos los medios que estuvieran a su alcance que aquel barco no fuera desplazado por alguno inglés, y lo que parecía obvio era que, si por falta de capitán el Sofala empezaba a perder su clientes, no iba a tardar mucho en perder su mercado por completo. La dificultad provenía tan sólo de que aquel hombre era demasiado difícil.
       —Desde el primer día ese hombre se ha comportado como un mendigo a caballo —explicó—. Y lo peor de todo es que ha empeorado a medida que ha ido pasando el tiempo. Durante los últimos tres años han pasado por él once capitanes y yo mismo en persona me he encargado de hacer todas las gestiones posibles con todos los oficiales que estuvieran disponibles, con excepción de los de las líneas regulares. Ya le he advertido más de una vez que no va a conseguir nada con esa actitud. Y, como es lógico, hemos llegado a un punto en que no hay nadie que quisiera oír una sola palabra sobre el Sofala. He estado hablando con varios hombres en mi despacho sobre ese puesto, pero todos me han contestado lo mismo: “¿Por qué embarcarse para llevar una vida de perros durante tres meses y al final acabar en tierra después del primer viaje?”.
       Él por su parte dice que todo es absurdo, que la gente lleva años confabulándose contra él y que todo lo que sucede no es más que el resultado de un inmenso complot. Todos los marineros del puerto se han conjurado contra él para hacerle fracasar porque es un maquinista —el capitán Eliott no pudo evitar que se le escapara de pronto una pequeña risa—, y la verdad es que con que pierda un par de viajes ya ni siquiera le va a merecer la pena empezar de nuevo. No va a encontrar ni una sola mercancía en la vieja ruta. Hoy en día hay demasiada competitividad, como para que la gente acepte tener su carga almacenada esperando a un barco que no llega cuando tiene que llegar. La perspectiva es realmente oscura y él jura y perjura que se va a encerrar a bordo y se va a matar de hambre en el camarote antes que vender el barco… eso si tuviese un comprador. No lo tiene, y no es precisamente fácil que surja alguno. Ni los japoneses pagarían la cantidad por la que está asegurado. No es lo mismo que vender un velero. Los vapores no sólo envejecen, sino que además se quedan anticuados.
       —Pero al menos habrá acumulado una buena cantidad de dinero —observó con calma el capitán Whalley.
       El delegado hinchó sus rojos carrillos antes de responder:
       —Ni un real. Ni-un-real. —Esperó para ver si el capitán Whalley replicaba alguna cosa, pero como no lo hizo y siguió mesándose la barba, el otro terminó—: La lotería de Manila se lo ha ido comiendo todo poco a poco.
       Arrugó la frente mientras asentía con un pequeño vaivén afirmativo. Todos acababan enloquecidos con aquel asunto, una tercera parte de los sueldos que se les pagaba a los oficiales (“en mi puerto”, añadió) acababan en las arcas de Manila. Era una obsesión. Y Massy había caído presa de aquella influencia desde el principio, como todos los demás, pero como había ganado una vez parecía haberse convencido de que sólo bastaba seguir intentándolo para que algún día le tocara el premio gordo. Desde entonces compraba siempre muchísimas participaciones para cada uno de los sorteos. Ese vicio, unido a la falta de conocimiento básico de su profesión, había provocado que anduviera siempre justo de dinero, desde el día que compró aquel barco con tan poca previsión.
       La única opción según el capitán Eliott era que algún hombre de mar sensible que dispusiese de algo de dinero se lanzase a salvar a aquel loco de su locura. En realidad había contratado ya algunos hombres muy competentes que muy bien habrían querido quedarse con él si él les hubiese dejado hacerlo. Pero de ninguna manera. Daba la sensación de que no se sentía el propietario si no despedía a alguien por la mañana y no tenía una bronca con el sustituto al atardecer. Lo que aquel hombre necesitaba es que entrara en el barco un capitán con una aportación de socio de doscientas libras y que eso lo habilitara a imponer unas condiciones que le convinieran. Cuando uno sabía que tenía que devolverle al otro su dinero no se permitía el lujo de ir echando a la gente sólo por el gusto de verlo hacer el petate. Y por otra parte, un hombre que hubiese puesto sus intereses en el barco no dejaría la nave por cualquier tontería. Ya se lo había dicho a Massy más de una vez, le había dicho:
       —El señor Massy no va a ninguna parte, tal y como van las cosas. Ya empieza a tener a todo el departamento de Marina en su contra, y lo que tiene que hacer en este momento es encontrar un buen capitán que acepte entrar como socio. Creo que es la única opción. Ése es el consejo que le di, Harry.
       El capitán Whalley seguía apoyado en su bastón, completamente inmóvil. La mano se quedó a medio camino en un gesto decidido y acabó acariciándose la barba. ¿Y qué había dicho ese hombre? Al parecer el hombre había tenido la audacia de enfrentarse al delegado general. Había recibido su consejo con la mayor de las indiferencias.
       —No he venido aquí para que se rían de mí —había gritado—; acudo a usted como armador y como inglés porque estoy al borde de la ruina debido a una conspiración ilegal de un grupo de miserables marineros, y todo lo que se le ocurre decirme es que me busque un socio…
       El hombre se permitió incluso pegar una patada de indignación sobre el suelo. ¿Dónde iba a encontrar un socio? ¿Es que acaso pensaba que era tonto? En aquella “casa” no había ni un solo miserable que pudiera reunir dos peniques de su bolsillo, eso lo sabían hasta los perros del mercado…
       —Y lo cierto, Harry, es que no le faltaba razón en eso —añadió el capitán Eliott en voz baja y articulando cada una de las sílabas, como si fuera desgranando una sentencia—; lo más probable es que esos diablos les deban a los chinos hasta la ropa que llevan puesta. “Está bien —le contesté—, me parece que está usted armando ya demasiado jaleo con este asunto, señor Massy, así que buenos días y hasta la vista”. ¡Y encima salió dando un portazo! —El delegado jadeaba de indignación, como si estuviese intentando recuperarse—. Voy a acabar llegando tarde a casa si le sigo soltando este rollo. Y mi mujer odia eso.
       Trepó con pesadez hasta lo alto del cabriolé, dio un silbido y sólo en ese momento se le ocurrió preguntarse a sí mismo qué sería de la vida del capitán Whalley. Llevaban muchos años sin verse y el otro día lo había visto de nuevo en sus oficinas.
       —¿Cómo es posible…?
       El capitán Whalley parecía estar sonriendo detrás de sus barbas blancas.
       —Hay muchas cosas posibles —respondió misterioso.
       Y como si intentara comprobar aquella afirmación, miró a su alrededor desde el asiento. La explanada estaba muy tranquila y lo único que se escuchaba a lo lejos, muy lejos, a una gran distancia sobre el mar era el tut-tut del teleférico que hacía su recorrido de cinco kilómetros hasta los nuevos desembarcaderos del puerto.
       —Y aún nos parece pequeño —gruñó el delegado general—, porque cada vez que damos un paso nos encontramos con eso alemanes dándonos codazos. Eso no pasaba en nuestros tiempos.
       Se quedó sumido en una meditación profunda respirando con pesadez, como si se estuviese echando una siesta con los ojos abiertos. Puede que él también se hubiese percatado de la silenciosa figura de aquel hombre, que seguía de pie junto a las ruedas de su coche, de los rasgos del que en su momento fue el joven capitán del Cóndor. Era un buen tipo aquel HarryWhalley. Un hombre de pocas palabras del que jamás se sabía con seguridad qué era lo que estaba buscando, tan capaz de espontaneidad con la gente importante como de hacerle ver un mal gesto a un compañero. Se tenía en alta estima a sí mismo. Casi le dieron ganas de decirle que subiera y lo acompañara a cenar, pero nunca se sabía, puede que su mujer se enfadara.
       —Lo más extraño de todo, Harry —continuó con aquel sonoro tono de voz—, es que da la sensación de que los únicos de por aquí que pueden recordar cómo era todo esto somos usted y yo.
       Se encontraba a sólo un paso de dejarse llevar por aquel sentimentalismo, cuando de pronto le dio la sensación de que el capitán Whalley, sin pestañear siquiera, parecía estar esperando alguna cosa… Tal vez estaba esperando… Agarró las rienda, y las batió exclamando con cordialidad:
       —¡Ah! Hay que ver la cantidad de gente a la que hemos conocido… En cuántos barcos hemos navegado… Y las cosas que hemos hecho…
       El poni se puso en marcha y el capitán saludó con la mano.
       —Hasta la vista.



VI

      El sol ya se había puesto y cuando se marchó de aquel sitio después de haber abierto un profundo agujero con su bastón, la noche se reunió bajo los árboles como si se tratara de un ejército de sombras. Cubrían los extremos de la avenida como si hubiesen estado esperando una señal para abalanzarse en línea por todos los espacios abiertos del mundo. Ahora se concentraban bajo los profundos flancos de piedra del canal. Aquel prao malayo que seguía medio oculto por el arco del puente no había cambiado ni un milímetro su posición. El capitán Whalley estuvo un buen rato mirando hacia abajo, inclinado sobre la barandilla, hasta que la inmovilidad de aquella costa comenzó a provocarle una alarmante sensación de angustia. La media luz abandonaba el cenit y sus destellos iban también abandonando el mundo que quedaba bajo sus pies. El agua del canal iba adoptando un color parecido al del alquitrán. El capitán Whalley cruzó el puente por fin.
       Faltaban apenas unos metros para alcanzar el desvío que salía a la derecha en dirección a su hotel. Se detuvo un instante (todas las casas que daban al mar parecían cerradas y el paseo del muelle estaba casi desierto, sólo un par de hombres lo recorrían a lo lejos) para calcular el importe de la factura. Tantos días en el hotel, tantos dólares por día. Fue contando los días con los dedos y se metió una mano en el bolsillo para ir calculando una a una las monedas de plata. No debería tener problema para pasar tres días más y en ese momento, a no ser que hubiese un milagro, tendría que empezar a gastarse los quinientos —el dinero de Ivy invertido en su padre—. Tuvo la seguridad de que le iba a sentar mal la comida que pagara con aquel dinero. No tenía ninguna duda sobre ese punto. Y razonar no servía de nada. Tenía que dejarse guiar por sus sentimientos, porque eran los únicos que nunca lo habían engañado.
       No giró a la derecha, sino que continuó caminando como si en el fondeadero todavía hubiese anclado un buque al que pudiese sacar por la noche. Lejos y más allá de las casas se podía contemplar en la ladera un promontorio de color azul que cerraba la línea de los muelles, la tenue columna de una chimenea de fábrica que humeaba con calma hacia el aire vertical. Un chino que estaba agachado en la popa de media docena de sampanes que flotaban más allá de la punta del espigón vio cómo le hacían una seña con la mano. Se puso en pie de un salto, se enrolló la coleta alrededor de la cabeza a toda velocidad, se ajustó con un rápido movimiento los anchos pantalones oscuros por encima de las caderas y, con un silencioso movimiento de aquellos remos que parecían aletas, llevó el sampán hasta situarlo con facilidad y precisión junto a los peldaños.
       —Sofala —dijo el capitán desde lo alto, y el chino, que probablemente no llevaba allí demasiado tiempo como emigrante se quedó mirándolo fijamente hacia arriba, como si esperara que la palabra surgiera literalmente de nuevo de la boca del blanco.
       —Sofala —repitió el capitán y sintió al instante que le fallaba el corazón. Se detuvo. Todo estaba oscuro: las costas, las isletas, los promontorios. El horizonte se había vuelto sombrío y en el lado opuesto, la zona oriental, el obelisco blanco que señalaba el lugar en el que el cable telegráfico se hundía en la tierra, se erguía como si se tratara de un blanco fantasma alzándose sobre la bahía y los tejados desiguales entremezclados con palmeras. El capitán Whalley repitió una vez más:
       —Sofala. ¿Entiendes: Sofala, John?
       Aquella vez el chino emitió un gruñido de asentimiento desde el fondo de su cuello desnudo. El frío, una brisa aguda, pareció abrirse paso entre el cálido aire de aquella tierra como si se tratara de la aguda cabeza de un alfiler clavado sobre una tela muy suave. El capitán Whalley no pudo evitar estremecerse un poco al poner el primer pie en el sampán que lo iba a llevar hasta el Sofala.
       Cuando desembarcó en el muelle de vuelta, Venus enviaba una estela de oro suave sobre el fondeadero como si se tratara de una gema encastrada en la orilla del cielo. Sobre su cabeza, las altas bóvedas de las avenidas estaban oscuras y los globos de porcelana de las farolas tenían el aspecto de huevos gigantescos y luminosos, desplegados en una hilera cuyo extremo más lejano parecía descender casi hasta la altura de las rodillas. Se puso las manos a la espalda. Aún tenía que considerar con calma si se trataba de un paso conveniente antes de dar su palabra. Cada uno de sus pasos iba aplastando la grava. Habría sido más fácil saber o no si era conveniente si hubiese dispuesto de otra alternativa viable. No había duda de que se trataba de un trato decente; le hacía un favor a un hombre. De cuando en cuando su sombra iba saltando sobre los troncos de los árboles para extenderse a continuación en la hierba oblicua y oscura.
       Y si era conveniente. ¿Acaso tenía otra salida? Le daba la sensación de haber perdido ya a esas alturas algo de sí mismo, como si le hubiese entregado a un fantasma algo de su dignidad y su verdad sólo para poder sobrevivir. Pero se daba el caso de que la vida era necesaria, y la cruel pobreza cobraba el tributo de una humillación. No había duda de que Ned Eliott le había hecho sin saberlo un gran favor que jamás le habría podido pedir. Tenía la esperanza de que Ned no pensase que había ninguna intención oscura; lo más probable era que pensara que era un excéntrico o un loco. No sabía por qué le había contado toda la historia de aquel Massy. Tenía quinientas libras para invertir. Pensara lo que pensara, aquel barco necesitaba un capitán… “Y yo —pensaba Whalley— necesito un barco”. Qué desagradable impresión le había producido aquel vapor vacío y oscuro, lleno de ecos…
       Un vapor detenido era como una materia sin vida. Puede que un velero pareciera siempre dispuesto a saltar con el aliento del cielo incorruptible, pero un vapor con los fogones apagados, y que no recibe sobre cubierta los cálidos soplos de aire procedentes de la parte inferior, yace tan frío, inmóvil y sin pulso como un verdadero cadáver.
       En medio de la sombría soledad de la avenida, tan negra en lo alto como iluminada por abajo, el capitán Whalley iba paseando sin dejar de considerar la conveniencia de seguir aquel camino, cuando topó con aquel pensamiento de la muerte. Lo apartó al instante con desagrado y desprecio, y casi se rio de él. Pensó en lo poco que necesitaba para mantener con alma aquel cuerpo que se había conservado fuerte a pesar del paso de los años. Aquel sólido armazón del padre no era una mala inversión para la pobre mujer. En cuanto al resto, no tenía duda de que el acuerdo debía ser lo más claro posible: las quinientas libras le tendrían que ser pagadas a ella íntegramente en el plazo de tres meses. Íntegramente. Hasta el último céntimo. Tenía claro que no iba a perder ni un céntimo del dinero de su hija, tenía que mantener un poco de dignidad y de respeto a sí mismo. Jamás había permitido que nadie tuviera una mala impresión de él. Pues bien, ahora tenía que pasar por aquel trance, pero era para salvaguardar el bien de ella. Al fin y al cabo, él jamás había dicho nada que fuera falso… y el capitán Whalley se sentía corrompido hasta el tuétano. Su propia prudencia mundana lo hizo reír con desprecio. Había algo claro: con un sujeto de aquella naturaleza, y con la peculiar relación que se iba a desarrollar entre los dos, no habría sido muy conveniente explicarle a fondo su situación. Aquel personaje no le caía bien. Le desagradaban sus arrebatos de locuacidad pretenciosa y sus explosiones cargadas de resentimiento. No era más que un pobre diablo, al fin y al cabo. No le habría gustado tener que estar en su piel. Los hombres no eran malos por naturaleza, pero le desagradaba su pelo lustroso, aquella forma que tenía de estar de pie dándole siempre un poco de lado con la nariz alzada y mirando siempre un poco por encima del hombro. No. No se podía decir que los hombres fuesen malos en conjunto… En realidad sólo eran estúpidos o infelices.
       El capitán Whalley ya había concluido su análisis sobre la conveniencia de dar o no aquel paso y todavía le quedaba la noche entera por delante. Cuando le daba la luz de lleno en la barba, brillaba como si se tratara de una coraza de plata que le cubriera hasta el corazón; en los espacios que había entre farola y farola, su cuerpo pasaba más inadvertido, y al entrar en la luz, volvía a adoptar dimensiones colosales y un aire tambaleante y misterioso. No, lo cierto es que los hombres no eran muy peligrosos y aquella sombra suya marchaba a su lado todo el tiempo, recortada a su izquierda y hacia delante. Algo que en Oriente siempre se ha considerado un mal presagio.
       —¿No ves ese conjunto de palmeras, serang? —preguntó el capitán Whalley desde su butaca de puente del Sofala cuando empezaron a acercarse al bajío de Batu Beru.
       —No, Tuan. Ya las veremos.
       El viejo malayo iba vestido con un traje color azul y tenía sus huesudos pies clavados bajo el toldo del puente. Se puso las manos a la espalda y miró hacia lo lejos a través de las innumerables arrugas de las comisuras de sus ojos.
       El capitán Whalley estaba inmóvil. Durante tres años, y en treinta y seis ocasiones, había avistado aquellas palmeras desde el sur. Sabía que se dejarían ver cuando llegara el momento. Gracias a Dios aquel barco seguía llegando a las escalas de su ruta tan puntual como un reloj. Al cabo de un rato preguntó de nuevo:
       —¿Aún no?
       —Deslumbra mucho el sol, Tuan.
       —Estate atento, serang.
       —Sí, Tuan.
       Un hombre blanco se había subido desde cubierta por la escala en silencio y, sin dejar de escuchar aquella conversación, avanzó hasta el puente y allí se puso a dar vueltas de un lado al otro sosteniendo una pipa larga de madera de cerezo. El pelo negro le cruzaba aplastado en entecas el cráneo, tenía unas cejas espesas, la cara amarillenta y una gran nariz amorfa. La barba clara no llegaba a ocultar el perfil de la mandíbula. Tenía un aire muy preocupado y cuando aspiraba por aquella boquilla negra y curva tenía un perfil tan terrible que ni siquiera el serang podía evitar el pensamiento de que había también ciertos blancos cuya presencia era de lo más desagradable.
       El capitán Whalley se retrepó en su butaca pero sin dar mayor signo de haber advertido su presencia. El otro echaba pequeñas nubes de humo y dijo de pronto:
       —Jamás entenderé esta manía que tiene, socio, de llevar a este malayo pegado a sol y sombra.
       El capitán Whalley se levantó de la butaca con toda su imponente altura y se dirigió a la bitácora con tanta autoridad que el otro se tuvo que apartar al instante para dejarle paso, y se quedó con aspecto intimidado y la pipa entre las manos.
       —Así me gusta, pase por encima de mí, si quiere —murmuró con una especie de perplejidad y luego añadió lentamente—, no soy ninguna basura… Como parece creer…
       El serang dio un salto.
       —Ya veo las palmeras, señor.
       El capitán Whalley se acercó hasta la barandilla, pero, en vez de dirigir la mirada hacia aquel lugar en concreto, la dejó vagar de una manera irresoluta por el espacio: era la mirada segura y penetrante de los marinos; parecía haber descubierto una nueva ruta en aquel estrecho mar.
       Otro blanco más llegó hasta el puente; se trataba del segundo. Un joven alto y delgado con un bigote parecido a los de los lanceros y una mirada más bien maliciosa. Se puso junto al maquinista. El capitán Whalley, dándoles todavía la espalda les preguntó:
       —¿Qué velocidad marca?
       —Ochenta y cinco nudos —contestó el segundo dándole un codazo al maquinista.
       Las musculosas manos del capitán Whalley apretaban con fuerza la barandilla y su mirada se mantenía fija en la distancia. Varias gotas de sudor se deslizaron bajo la gorra. Murmuró:
       —Serang, cuando llegues a la posición adecuada, mantén el rumbo.
       El malayo se dirigió hacia la parte de atrás en silencio y levantó el brazo para hacerle una señal al timonel. El timón giró hasta que quedó ajustado al movimiento del barco y el segundo le volvió a dar otro codazo al maquinista, pero aquella vez Massy se volvió hacia él.
       —Señor Stern —respondió con violencia—, permítame que le diga algo como armador: está usted loco de remate.



VII

      Stern bajó sonriendo afectadamente y sin mayor desconcierto, pero el maquinista Massy todavía estuvo paseando un buen rato por el puente con aire intranquilo. Todos los que estaban a bordo eran sus inferiores… todos sin excepción. Era él quien les daba la paga y quien los alimentaba. Ellos eran los que se comían su pan y se gastaban su dinero sin habérselo ganado, los que no se preocupaban nunca de nada mientras que él se enfrentaba en soledad a todas las dificultades de un armador. Cuando se paraba a pensar en la amenazante situación en la que se encontraba, le daba la sensación de que estaba rodeado de parásitos desde hacía años; todo lo relacionado con el Sofala le parecía nauseabundo, todo menos, quizá, los fogoneros chinos que lo mantenían en funcionamiento. Eran los únicos cuya utilidad era indiscutible: eran una extensión visible de la propia maquinaria.
       Cuando caminaba por las cubiertas, empujaba con el hombro a cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino, pero los marineros malayos habían aprendido ya a apartarse a tiempo. Estaba obligado a soportar su presencia para que se encargaran de toda la parte manual del barco. Él se encargaba de luchar y organizar las cosas para que el Sofala se mantuviera a flote… ¿y qué recibía a cambio? Ni siquiera algo de respeto. No habrían podido agradecérselo lo bastante ni aunque todos sus pensamientos y acciones hubiesen estado dirigidos a ese fin. Llegados a aquella época, quedaba ya muy atrás la simple vanidad de la posesión y la vanagloria del poder; lo único que le quedaba ahora eran problemas materiales, el miedo de perder aquella posesión que tampoco parecía merecer ya mucho la pena y una ansiedad mental que ya no parecía capaz de apaciguar nada relacionado con los hombres.
       Se dedicaba a pasear de un lado al otro porque, al fin y al cabo, aquel puente era suyo. Él lo había pagado. De vez en cuando se detenía para escuchar el murmullo profundo y concentrado, como un golpeteo, de las máquinas (sus máquinas), y el chirriar de las cadenas del timón sobre el fondo constante que provocaba el agua al rozar contra los flancos de la embarcación. Si no hubiese sido por esos ruidos, le habría dado la sensación de que el barco estaba totalmente inmóvil, como si estuviese amarrado al muelle, y tan silencioso como si no hubiese sobre él ni una sola criatura viviente. Sólo la costa, aquella costa baja de barro y mangles con tres palmeras que formaban un pequeño ramo, se distinguía cada vez con mayor precisión en una alargada silueta en la que ninguno de los rasgos llamaba demasiado la atención. Los pasajeros nativos del Sofala estaban tirados en las hamacas bajo los toldos, y el humo de la chimenea parecía la única señal de vida, porque de algún modo se relacionaba con lo único que estaba en movimiento.
       A través de aquellas aguas poco profundas del bajío, el capitán Whalley y el malayo que estaba a su lado, como si fuesen un gigante ayudado por un sirviente pigmeo, dirigían el barco hacia su destino.
       Resultaba un poco difícil de franquear aquella especie de cresta de barro que la corriente había ido arrancando al lecho del río y que iba amontonando fuera, en la zona del mar. Como la zona fluvial carecía de señales distintivas, se hacía necesario rastrear la posición del punto de travesía tomando como referencia las montañas del interior. Era necesario encontrar una forma aplanada y de cima desigual, parecida a una muela, y otra más suave, como una silla de montar, entre la enorme luminosidad sin nubes que parecía deslizarse como una especie de niebla seca, cuidando las distancias y con los ojos abrasados por el resol. En aquel velo de luz, lo único que se distinguía claramente era la costa de un color cercano al del negro azabache y de una solidez opaca e inmóvil. A unos cincuenta kilómetros de distancia, la sierra se extendía en el horizonte con perfiles y formas azules, lánguidos y vagos como un fondo de gasa sobre la textura móvil y ondulante de una cortina impalpable tendida hasta el llano del suelo fluvial y la entrada del estuario; se mostraban con sus destellos brillantes como pedazos de plata engastados y recortados con formas cuadradas sobre el suelo de aquella tierra cubierta de mangles.
       En la parte delantera, el pigmeo y el gigante se dirigían el uno al otro con murmullos tranquilos y continuados. Massy estaba tras ellos con expresión inquieta y angustiada. Tenía los globos oculares perfectamente petrificados y daba la sensación de haber olvidado por completo que tenía una pipa en la mano.
       En la cubierta que había frente al puente, y cubierta por la blanca pendiente de los toldos, uno de los marineros locales se acababa de subir a la batayola. Se puso a toda prisa una banda blanca por debajo de los sobacos y se colgó de ahí sobre el agua. Aquella leve manga de la camisa de algodón dejaba al descubierto un brazo moreno y de formas llenas, con una piel tan suave que parecía la de una mujer. Agitaba aquel brazo con el gesto rotativo y amenazante de quien se dispone a tirar una piedra con una honda. Aquel peso de seis kilos silbó en el aire hasta que salió disparado de pronto hasta la altura de la proa. La sirga zumbó en el aire como una tela de araña al pasar entre los dedos morenos de aquel hombre, y el plomo hirió fugazmente el agua dorada al caer cerca del casco del buque. Tras un pequeño intervalo, el mismo malayo que había alzado el brazo anunció en su lengua la profundidad a la que se encontraba el fondo.
       —Tiga stengah —gritaba después de cada lanzamiento, y tras una pausa en la que recogía la sirga para lanzarla de nuevo.
       “Tinga stengah” significaba “tres brazas y media”, lo que daba una altura de unos seis metros. Desde alta mar había una distancia de aproximadamente una milla náutica en la que la distancia era relativamente uniforme hasta que se llegaba al bajío.
       —Tres y media, tres y media, tres y media. —Aquel grito modulado y repetido, tan común como el reclamo de un pájaro, parecía quedar suspendido entre los rayos del sol y desaparecer en el implacable silencio del mar y de la costa sin vida que se extendía abierta de norte a sur, este y oeste, sin que la perturbaran la sombra de una sola nube ni el susurro de voz alguna.
       El propietario maquinista del Sofala estaba allí entre dos marineros de distinta raza, credo y color. El europeo aún conservaba aquel armazón que parecía capaz de resistir todos los embates del tiempo, y el malayo lo mismo, pero como si se tratara de una pequeña hoja arrancada de un árbol y depositada junto al gigante por poco más que un efecto caprichoso del viento. Los dos estaban muy ocupados en mirar hacia la costa y Massy, que estaba a sus espaldas, parecía interpretar aquella atención como una especie de menosprecio deliberado hacia su persona.
       Es cierto que era irracional, pero también que llevaba ya muchos años viviendo en aquel mundo mental de resentimientos irracionales. Finalmente, y tras pasarse la mano por las clareadas vetas del pelo que quedaban por encima de su cráneo amarillo, empezó a decir lentamente:
       —¡Y todavía le hace falta un sondeador! Supongo que eso es lo que se lleva ahora en los buques correo. ¿Es que no le basta con mirar a tierra para saber por dónde debe ir? Con menos de doce meses en esta ruta yo ya le tenía totalmente cogido el truco… Y eso que no soy más que el maquinista. No me hace falta ni moverme de aquí para decirle dónde se encuentra el bajío, y también le podría decir cómo no meter el barco en el barro, aunque supongo que usted consideraría esas cosas como una interferencia. Y ahí está ese acuerdo que firmamos en el que dice que no debo interferir.
       Se calló. El capitán Whalley ni siquiera se inmutó, sus rasgos permanecieron perfectamente tranquilos hasta que se acercó a su ayudante para preguntar:
       —¿Estamos cerca, serang?
       —Muy cerca, Tuan —respondió rápidamente el malayo.
       —Lo más lento posible —dijo el capitán con voz firme y bien clara.
       El serang dio una palmada en el mango del telégrafo y sonó un gong en la parte inferior. Massey lanzó un gruñido despreciativo y se llevó su calva bajo la lumbrera de la sala de máquinas.
       —Puede que las máquinas estén haciendo algo raro, Jack —susurró. El espacio que contemplaba era hondo y muy oscuro, y los destellos grises del acero parecían opacos en comparación con los reflejos del sol alrededor del barco. Recibió en el rostro un golpe de aire caliente y denso. Desde el fondo llegó algo parecido a un ruido gutural al que habría sido imposible encontrar una explicación. Era la forma en la que el jefe respondía a su segundo maquinista.
       Se trataba de un hombre de mediana edad y carácter disperso, aparentemente tan distraído en su atención por las máquinas que casi parecía haber perdido la facultad del habla. Si alguien se dirigía directamente a él lo único que hacía era responder con un gruñido o una exclamación inarticulada, dependiendo de la distancia a la que se encontrara. En todos los años que llevaba en el Sofala nadie recordaba siquiera que hubiese intercambiado un buenos días con nadie de la tripulación. No parecía siquiera que hubiera advertido que por el mundo caminaba la gente; no veía a nadie. Cuando estaba en tierra fingía no ver a sus compañeros. Durante las comidas (los cuatro blancos compartían la mesa), se pasaba todo el rato mirando su plato con indiferencia y en cuanto terminaba se ponía en pie de un salto y se lanzaba escaleras abajo como si de pronto le hubiese dado la sensación de que alguien había robado las máquinas en su ausencia. Cuando el Sofala hacía escala en alguno de los puertos, él desembarcaba siempre sin que nadie supiese adónde iba ni en dónde pasaba la noche. En la flota costera circulaba todavía la leyenda de que, en cierta ocasión, había tenido pretensiones sentimentales por la mujer de un sargento de regimiento de la infantería irlandesa, pero aquel regimiento ya había cubierto hacía siglos su servicio y se había marchado hasta la otra punta del globo sin que nadie tuviera más noticias suyas. En el transcurso de un año se le iba la mano con la bebida en una media de dos a tres veces. Cuando eso ocurría, regresaba a bordo a una hora más temprana de lo habitual, recorría toda la extensión de la cubierta con los brazos abiertos como un equilibrista paseando a lo largo de la cuerda floja, cerraba la puerta del camarote y se ponía a charlar y a discutir consigo mismo en todo tipo de tonos diferentes y durante toda la noche. Alternaba burlas y lamentos con inagotable tenacidad. En el camarote contiguo, Massy se incorporaba sobre el codo y se daba cuenta en esos momentos de que su ayudante se acordaba a la perfección de los nombres de todos los blancos que habían pasado por el Sofala a lo largo de aquellos años. Recordaba los nombres de los que habían fallecido, de los que habían regresado a Inglaterra, de los que se habían marchado a América; el alcohol le hacía recordar los nombres de ciertos marineros cuya relación con el barco había sido tan breve que Massy había olvidado por completo las circunstancias en que se habían enrolado y, por descontado, también sus rostros. La voz ebria del otro lado de la pared demostraba en esos momentos un ingenio sobresaliente para la maldad en multitud de comentarios ingeniosos y en invenciones escandalosas. Daba la sensación de que no hubiese habido ni uno solo que no lo hubiese ofendido de alguna manera y que verlos marcharse fuera para él una suerte de venganza. Musitaba por lo bajo, se reía con desprecio e iba aplastándolos a todos, uno tras otro, menos a Massy, su jefe, de quien solía hablar con una admiración desprovista de malicia. “¡Vaya un tipo astuto! No es habitual cruzarse con hombres como él. No hay más que mirarlo, ¡ja! ¡Y vaya una suerte! ¡Un barco de su propiedad! Él no tiene peligro de que le vayan mal las cosas”. Massy escuchaba todas aquellas alabanzas con una sonrisa triunfal, hasta que comenzaba a golpear la pared con el puño y gritaba:
       —¡A callar, loco inmundo! ¿Es que te has propuesto no dejarme dormir o algo parecido?
       Pero aquella sonrisa triunfal no se le borraba de los labios. En el exterior, el pobre y solitario marinero al que le había tocado la guardia del puerto seguía inmóvil, escuchando la cháchara interminable del borracho. El corazón le debía latir más rápido por el respeto que le imponían los blancos, aquellos hombres tan obstinados y poco lógicos que perseguían siempre fines inexplicables… Esas criaturas a las que la naturaleza había dado un tono de voz tan extraño y que se movían por sentimientos imposibles de descifrar y razones igualmente inescrutables.



VIII

      Tras la brusca respuesta de su segundo, Massy estuvo durante un rato inclinado sobre la sala de máquinas con aire pensativo. Cualquiera habría podido pensar que el capitán Whalley llegaba por primera vez a aquella costa a la que llevaba navegando ya tres años por obra y gracia de las quinientas libras. Parecía incapaz de retirar los prismáticos de sus ojos, era como si se los hubiesen incrustado. Aquel ceño torvo le daba a su rostro una severidad temible, pero el codo levantado le temblaba casi imperceptiblemente, y el sudor comenzaba a caer a chorros por debajo de la gorra, como si un segundo sol se hubiese alzado para situarse junto al que ya estaba en su cenit, y bajo cuyo calor ya se compactaba la tierra como una mota de polvo.
       De cuando en cuando, y sin retirar los prismáticos, alzaba la otra mano para limpiarse el sudor de la frente. Las gotas le resbalaban también por las mejillas y caían, como si se tratara de lluvia, por el canoso pelo de su barba. De pronto, como asediado por un incontrolable impulso, hizo sonar el pulsador del telégrafo de la sala de máquinas.
       El gong sonó en la parte de abajo. Se detuvo la vibración monótona de la velocidad mínima y también lo hizo con ella todo el sonido y el temblor del barco. Daba la sensación de que toda la quietud que aplanaba la costa hubiese penetrado también por aquellos flancos de acero para dominar hasta el más recóndito de sus rincones. La ilusión de inmovilidad cayó también desde lo alto de la luminosa cúpula azul, en la que no había ni una sola mancha. Hasta la misma brisa provocada por el movimiento del barco se detuvo, como si el aire se hubiese vuelto demasiado espeso para moverse. También se detuvo el leve silbido del agua en la proa. Aquel casco estrecho y alargado se aproximaba silenciosamente a las aguas poco profundas del bajío. La zambullida de la sonda y el grito sordo del marinero se producían a intervalos cada vez más largos. Los hombres que estaban en el puente contenían la respiración. El malayo que hacía de timonel no retiraba la mirada de la rosa de los vientos, y el capitán y el serang la mantenían en la costa.
       Massy abandonó la lumbrera y regresó con pasos torpes hasta el mismo lugar que había ocupado antes. Una sonrisa lenta y sardónica hizo visible una larga hilera de dientes blancos que brillaban bajo aquella sombra del toldo como las teclas de un piano en una habitación en penumbra. Finalmente, y como si sólo estuviera hablando consigo mismo, dijo en voz no muy alta:
       —Habría que parar ya las máquinas. Quién sabe lo que viene a continuación.
       Esperó unos instantes con la cabeza baja y mirando de soslayo. Luego habló un poco más alto:
       —Si me atreviera a hacer un comentario absurdo, probablemente diría que no tiene usted agallas para…
       Pero en ese instante, el marinero que lanzaba la sonda se excitó tanto como si se hubiese apoderado de su alma un fantasma que hubiese estado vagando insospechadamente en medio de la calma de aquella costa. La monotonía de su grito se transformó de pronto en un grito sonoro y agudo. La sonda volaba sólo tras haber dado una vuelta, la cuerda silbaba todo el tiempo y las zambullidas eran cada vez más numerosas. El agua se estaba haciendo poco profunda y el marinero empezó a cantar los resultados de los sondeos por pies.
       —Quince pies. Quince. Catorce pies. Catorce pies…
       El capitán Whalley bajó el brazo con el que estaba sosteniendo los prismáticos y, mientras descendía como por su propio peso, no se movió ni una minúscula fracción de su cuerpo. Aquellos gritos alarmados parecían alcanzarlo tanto como si estuviese sordo.
       Massy escuchaba con atención y estaba completamente inmóvil con la mirada fija en la nuca plateada y cortada a cepillo. Si no hubiese sido por el gradual descenso de la distancia que había bajo la quilla, habría dado la sensación de que el barco ni siquiera se estaba moviendo.
       —¡Trece pies! ¡Trece! ¡Doce pies! —seguía gritando ansiosamente el marinero de la sonda bajo el puente. El serang se apartó de pronto para echar un vistazo por la borda.
       Parecía un muchacho de catorce años, con aquellos hombros estrechos, aquel traje azul de algodón, aquel viejo sombrero de fieltro calado hasta las orejas y aquellas escuálidas piernas. Todavía quedaba algo de su pretérita curiosidad infantil en la forma en la que miraba cómo se expandían las volutas amarillas que surgían sobre la superficie del agua como nubes que estuviesen evolucionando ante el cielo insondable. No le asombró verlo en absoluto. No le cabía duda de que la quilla del Sofala tenía que estar levantando limo en ese momento y por aquella razón se había asomado a mirar por la borda.
       Aquellos ojos penetrantes y oblicuos incrustados en aquel rostro chino, como si alguien los hubiese tallado sobre una firme madera de roble, ya le habían avisado de que el barco no había hecho una aproximación adecuada al bajío. En su momento, había sido despedido del Fair Maid junto al resto de la tripulación en cuanto se formalizó la venta y había estado vagabundeando por el puerto con su traje gris y su viejo sombrero de fieltro hasta que un día, al saber que el capitán Whalley iba a contratar una nueva tripulación para el Sofala, salió discretamente a su encuentro con los pies desnudos y mirando hacia lo alto sin decir una palabra. Su viejo capitán había posado sobre él la mirada bien dispuesto —aquél sin duda había sido un día de suerte—, y media hora más tarde ya estaban inscribiendo su nombre en el registro como serang del Sofala. Desde aquel día había escudriñado con atención más de una vez aquel estuario desde aquel mismo puente y desde aquel mismo lado del bajío. Los datos del mundo visible caían sobre su cerebro como la luz sobre una placa fotosensible. Tenía un tipo de conocimiento absoluto y preciso, pero si alguien le hubiese pedido su opinión, y sobre todo si lo hubiesen hecho de la manera alarmante y frontal en que lo solían hacer los blancos, él habría contestado con la vacilación propia de la ignorancia. Estaba convencido de los hechos, pero en muchas ocasiones esa convicción temblaba ante la duda de si agradaría o no como respuesta. Cincuenta años antes, y en el corazón de una pequeña aldea de la jungla, su padre (que había muerto sin haber contemplado en toda su vida ni un rostro blanco) había vaticinado, con ayuda de las estrellas que pueden determinar con precisión el futuro de los hombres, a alguien que sería experto y sabio en astrología. Su destino fue finalmente el de prosperar en la mar gracias a los favores de varios hombres blancos. Había fregado cubiertas de buques, había sido timonel, pañolero y finalmente había acabado siendo serang. Su mente sencilla era todavía incapaz de adivinar los procesos de las mentes de aquellos a los que servía, de la misma forma que ellos eran incapaces de atravesar la corteza de la tierra para adivinar la verdadera naturaleza de su corazón, que no sabían si era de fuego o de piedra. De lo que no tenía ninguna duda era de que el Sofala estaba fuera del camino correcto para cruzar el bajío de Batu Beru.
       El error no era grave. Era imposible que el barco estuviera más de dos veces su propia longitud al norte del paso correcto y cualquier otro blanco (tan improbable era que el capitán Whalley se hubiese equivocado por ignorancia, falta de oficio o descuido) se hubiera visto casi obligado a atribuirlo a un fallo de los propios sentidos. Aquél era el sentimiento que hacía que Massy permaneciera inmóvil, mostrando los dientes en esa especie de angustiada sonrisa. No sucedía lo mismo con el serang. No tenía ninguna desconfianza de lo que percibían sus sentidos. Si el capitán tenía deseo de remover un poco el lodo, por él no había inconveniente. Durante sus años en el mar había tenido ocasión de ver adoptar a los blancos salidas mucho más extrañas que aquélla. Lo único que le interesaba era saber qué iba a suceder a continuación. Tras un rato, y aparentemente satisfecho, se alejó de la barandilla.
       A pesar de que no había hecho ninguna señal, el capitán Whalley había estado observando atentamente todos los movimientos de su serang. Mantuvo la cabeza rígida y le preguntó con un casi imperceptible movimiento de labios:
       —¿Seguimos avanzando, serang?
       —Un poco más, Tuan —respondió el malayo, y a continuación añadió como si nada—: ya hemos pasado.
       La sonda le dio la razón; a medida que la iban lanzando una y otra vez, la profundidad fue creciendo más y más. El marinero colgado junto al flanco del Sofala fue perdiendo también poco a poco su excitación. El capitán Whalley hizo retirar la sonda y poner en marcha las máquinas sin prisa. Apartó la mirada de la costa por primera vez y le ordenó al serang que se mantuviera el rumbo por el centro de la entrada a aquella misma velocidad.
       Massy se propinó una sonora palmada en las caderas.
       —Acaba de rozar el banco. Eche un vistazo a popa y lo verá. Mire el rastro que hemos dejado, se ve perfectamente. ¡Sabía que iba a hacer eso! ¿Por qué? ¿No quiere decirme por qué demonios lo ha hecho? Estoy convencido de que lo único que quería era asustarme.
       Hablaba lenta y seriamente sin apartar ni un instante sus ojos negros del capitán. Aquella ira creciente tenía también algo de lamento, pues por encima de todo prevalecía la sensación de haber sufrido un mal sin merecerlo y eso le hacía odiar a aquel hombre que, en virtud de sus quinientas libras, le reclamaba ahora la sexta parte de sus beneficios, según el contrato que habían firmado por tres años. Cada vez que el resentimiento se hacía más grande que el respeto que sentía por el capitán Whalley, se quejaba de la misma manera furiosa y chillona.
       —Ya no sabe qué hacer para amargarme la vida. Jamás habría imaginado que un hombre como usted pudiera rebajarse a…
       Allí se callaba, casi esperanzado y con timidez, porque el capitán Whalley había hecho un movimiento minúsculo en la butaca del puente. Tal vez esperaba una señal de reconciliación, o que se levantara de una vez para sacarle a patadas del puente.
       —Me maravilla —continuó enseñando los dientes y sin sonreír—. Y la verdad es que ya no sé qué pensar. Ha estado a punto de dejar encallado el barco en la arena doce horas, eso por no comentar que las máquinas se habrían llenado de barro. En esta situación ningún barco puede permitirse el lujo de perder doce horas en ruta… y eso es algo que usted debería saber más que de sobra… y a pesar de saberlo perfectamente…
       Todo aquel histrionismo, su forma de mover el cuello hacia un lado y las torvas miradas que le hacía de reojo parecían no afectar lo más mínimo al capitán Whalley, que seguía mirando a cubierta con el ceño fruncido. Massy esperó todavía un poco y a continuación prosiguió con sus lastimeras amenazas:
       —Usted se ha creído que me tiene atado de pies y manos por el acuerdo aquel que firmamos, se ha pensado que puede hacer conmigo lo que quiera. ¡Ja! Recuerde que todavía le quedan seis semanas por cubrir y ahí hay tiempo de sobra para que le despida antes de que se cumplan los tres años. Todavía hay tiempo suficiente para que haga usted algo que me dé la oportunidad de despedirle y hacerle esperar otro doce meses antes de recuperar su dinero, antes de que se despida y me deje sin un céntimo para renovar las calderas del barco. Sólo con pensarlo ya disfruta usted, ¿verdad? Casi puedo verle frotándose las manos. Se cree que ha vendido su alma por quinientas libras sólo por el placer de verme condenado eternamente…
       Se detuvo en ese punto sin nerviosismo aparente y continuó sin gritar:
       —… con todas mis calderas deshechas y al borde de la inspección, capitán Whalley… Y lo que yo me pregunto es qué piensa hacer usted con ese dinero. En alguna parte tiene que tener usted guardado un tesoro. Es evidente que un hombre como usted tiene que ser rico. No soy ningún tonto, capitán Whalley… socio…
       Se detuvo una vez más, aparentemente de forma definitiva. A continuación se pasó la lengua por los labios y le echó un vistazo al serang que estaba a su espalda y que dirigía el barco con breves susurros y tranquilos movimientos de la mano.
       La estela de la hélice iba dibujando unas circunferencias de barro que quedaban coronadas al final por una cresta de espuma. El Sofala había entrado ya en el río y la huella que había ido dejando sobre el bajío quedaba ya a una milla de distancia; el mar vacío y calmo también había quedado atrás, bajo la resplandeciente desolación vertical de los rayos del sol. A los dos lados del barco crecían los retorcidos manglares sobre las orillas y Massy insistía en aquel tono suyo, como si alguien le diese cuerda en momentos insospechados y eso lo forzara a soltar abruptas y bruscas peroratas.
       —Si alguien me ha sacado todo lo que le ha dado la gana, ése ha sido usted, capitán, no me da ninguna vergüenza reconocerlo. ¡Ea, ya lo he dicho! ¿Qué más quiere? ¿O es que no es suficiente con eso para alimentar un orgullo como el suyo, capitán Whalley? Usted ha conseguido dominarme desde el principio, y cuando echo la mirada atrás por un instante, veo que todo cuadra a la perfección. Me permitió usted incluir aquella cláusula sobre la intemperancia sin decir nada, sólo en el momento en que yo indiqué que aquello debía de quedar en negro sobre blanco. ¿Qué podía adivinar yo entonces de sus defectos? Por lo general, todo el mundo tiene alguna debilidad. ¡Y bueno! Descubro de pronto, en cuanto llega a bordo, que desde hace años lo único que ha bebido usted es agua.
       De nuevo se interrumpieron sus chillidos. Dedicó un segundo a pensar a la manera de los hombres que son malvados pero que no tienen el auxilio de la inteligencia. Le parecía inusitado que el capitán Whalley no se riese de la expresión de disgusto que colmaba a aquella criatura pesada y amarillenta. Pero lo cierto era que el capitán Whalley ni siquiera había alzado la mirada. Seguía sentado en su butaca, perfectamente inmóvil y digno.
       —La verdad es que no me ha servido de mucho —continuó Massy con su monótono quejido— haber incluido una cláusula de despido por intemperancia a un hombre que sólo bebe agua. Y aun así usted se fingió muy contrariado cuando leyó el contrato aquella mañana en el despacho del abogado… Capitán Whalley, tenía usted un aspecto tan derrotado que estaba convencido de que le había dado a usted justo donde más le dolía. Jamás tendrá un armador suficientes precauciones cuando contrata a un capitán. Y en este momento usted tendría que estar riéndose a carcajadas en su interior… ¿Es que no piensa decir nada?
       Lo único que había hecho el capitán Whalley era mover levemente los pies. La mirada de soslayo de Massy era el colmo de la animosidad.
       —Pero no olvide que había otros tres motivos legítimos de despido. La negligencia habitual, que significaría lo mismo que la incompetencia, y cualquier otra grave negligencia persistente a la hora de realizar sus obligaciones. No se crea que soy tonto. Últimamente ha estado usted muy poco atento… Todo lo deja en manos de ese serang. Ya he comprobado en muchas ocasiones cómo permite que sea ese malayo loco el que dé las órdenes a bordo como si se creyera usted demasiado importante como para atender personalmente a su trabajo. ¿Y cómo describiría usted la estúpida forma en la que casi nos acabamos de quedar atrapados en ese bajío? Si de verdad cree que voy a tolerar esa actitud sin tomar decisiones…
       El segundo, Sterne, intentaba no perder ni una palabra de aquel monólogo con los codos apoyados en la escalerilla de la parte de popa del puente. No paraba de guiñarle el ojo al segundo maquinista, que había subido un instante y que estaba en la escotilla de la sala de máquinas. Se limpió las manos con un trapo de algodón y se puso a mirar indiferente a derecha e izquierda hacia la orilla del río, que se deslizaba rápidamente junto al flanco del Sofala.
       Massy se dio media vuelta hacia la butaca y el sonido de sus gritos volvió a sonar amenazante.
       —Tenga mucho cuidado conmigo porque aún puedo despedirle, puedo congelarle el sueldo durante un año y…
       De pronto se le ahogó la voz ante aquel hombre inmóvil y solemne cuyo dinero le había salvado justo a tiempo de una ruina segura.
       —No lo digo porque desee que se vaya usted —comenzó de nuevo en un tono distinto, casi insinuante—, lo que más me gustaría de este mundo es que pudiésemos ser amigos y volviésemos a firmar un nuevo acuerdo si acepta aportar doscientas libras más para renovar las calderas, capitán Whalley. Ya se lo he dicho otras veces, este barco necesita con urgencia unas nuevas calderas, lo sabe tan bien como yo. ¿Lo ha pensado desde la última vez que se lo comenté?
       Esperó un instante. Se podía ver el delgado tallo de la pipa con la cazoleta gruesa colgando de sus gruesos labios. Se le había vuelto a apagar. Se la quitó de la boca y se retorció las manos.
       —¿O es que no me cree? —dijo metiéndose la pipa en el bolsillo de aquella chaqueta negra, tan vieja que brillaba—. ¡Esto es lo mismo que tratar con el diablo! ¿Por qué no me contesta? Al principio se dirigía usted hacia mí con tanta altivez que tenía miedo de caminar en mi propio barco. Ahora ni siquiera consigo arrancarle una palabra. Finge que ni me ve. ¿Qué significa eso? Le aseguro que me está empezando a dar cierto miedo ese truco del sordomudo. ¿Qué pensamientos bullen en esa cabeza suya? ¿Con quién conspira que no le permite decir ni una palabra? Jamás me convencerá de que no sabe de dónde sacar un par de cientos de libras. Ha conseguido usted que maldiga el mismo día en que nací…
       —Señor Massy —dijo el capitán Whalley de pronto y sin inmutarse. El maquinista casi dio un salto—, si es así como dice, le ruego que me perdone.
       —Estribor —murmuró el serang al timonel y el Sofala comenzó a virar para encarar el segundo tramo del río.
       —¡Vaya! —exclamó Massy—, me acaba de dejar sin aliento. ¿Qué le ha hecho venir hasta aquí? ¿Por qué vino aquella noche a tentarme con su dinero y sus altivas palabras? No he dejado nunca de preguntarme por sus motivos. Usted se me ha pegado al cuerpo parar tener una situación cómoda y vivir a mis expensas. ¿No es así? Siento que es usted la persona más miserable de este mundo, o si no…
       —No, sólo soy pobre —interrumpió el capitán Whalley como si fuese de piedra.
       —Quieto ahí —murmuró el serang y Massy se alejó acariciándose la barbilla.
       —No me lo creo —dijo con rotundidad y el capitán no respondió con ningún movimiento—. Usted está ahí sentado como un buitre satisfecho… exactamente igual que un buitre…
       A continuación contempló la corriente del río y las dos orillas con una mirada ciega, circular e indiferente y abandonó el puente despacio y sin decir una palabra más.



IX

      Cuando se dio la vuelta para bajar, Massy perdió de vista la cabeza de Sterne, el segundo, con su sonrisa sardónica, su bigote rojo y sus ojos brillantes.
       Sterne había sido suboficial en una de las navieras más importantes antes de unirse al Sofala. Había dejado el puesto por “una cuestión de principios básicos”. Se quejaba de que la promoción era demasiado lenta en el trabajo y decía que ya había llegado la hora de conseguir algo en la vida. Le daba la sensación de que nadie iba a morirse nunca ni a dejar la firma, que todos estaban encadenados a sus puestos y tenían previsto pudrirse de aquella forma y tenía miedo de que cuando se produjesen vacantes los que habían prestado los servicios a la empresa no iban a ser recompensados como se merecían. Por si fuera poco, el capitán a cuyas órdenes estaba, el capitán Provost, era un hombre totalmente irracional al que había caído mal sin saber por qué. Seguramente por mostrarse demasiado celoso en sus obligaciones. Cuando hacía algo mal aguantaba todas las reprimendas como un hombre, pero a cambio pedía que cuando se dirigían a él lo hiciesen también como a un hombre y no como a un perro. En cierto momento le pidió con franqueza al capitán Provost que le explicase qué delito había cometido y el capitán había respondido con el mayor de los desprecios que si tanto le disgustaba la forma en la que se dirigía a él allí tenía la pasarela y que podía cruzarla cuando llegaran al siguiente puerto. Todo el mundo sabía cómo era el capitán Provost y no habría servido de nada quejarse en las oficinas de la firma. El capitán tenía demasiada influencia. Aun así tenían de él muy buenas referencias. En ese momento decidió que nada en el mundo podía cerrarle el paso y como había recibido la noticia de que el segundo del Sofala había ingresado en el hospital por una insolación pensó que no perdía nada por intentarlo.
       Se presentó frente al capitán Whalley recién afeitado, colorado, enjuto y sacando y el poco pecho que tenía y contó su historia con seguridad y hombría. De cuando en cuando parpadeaba y se atusaba los extremos de un generoso bigote. Tenía unas cejas rectas y espesas de color castaño y la franqueza de su mirada parecía estar al borde del descaro. El capitán Whalley le había hecho un contrato temporal al mismo tiempo que había enviado un médico a casa del otro pero al final se había quedado otro viaje, y luego otro más. Por fin había conseguido que lo hiciesen fijo y cumplía con sus obligaciones con un aire de aplicada concentración. En cuanto alguien le dirigía la palabra él sonreía atentamente y todo en su actitud mostraba signos de una gran deferencia. Aun así, aquel parpadeo que no lo abandonaba jamás tenía algo de perturbador, era como si poseyera el secreto de algún truco universal desconocido para el resto de los mortales.
       Con gravedad, y sin dejar de sonreír, contempló a Massy bajar peldaño a peldaño, y cuando el primer maquinista llegó a la cubierta le salió al encuentro y se vieron cara a cara. Eran de estatura similar, pero rotundamente distintos, y se enfrentaban como si hubiera algo pendiente entre los dos… algo más que la sencilla franja de luz solar que caía por el amplio espacio que había entre los dos toldos como si se tratara de una corriente, algo profundo y vago, inabarcable, una comprensión mutua no expresada, un secreto o cierto tipo de miedo.
       Finalmente, Sterne entrecerró los ojos, echó hacia delante la barbilla de su suave perfil, tan colorada como el resto de su cara, y dijo:
       —¿Ha visto cómo lo ha rozado? ¿Lo ha visto?
       Massy, sin molestarse en levantar siquiera la cabeza de rostro amarillento y en el mismo tono, replicó:
       —Puede ser. Pero si hubiese sido usted quien hubiese estado capitaneando el barco lo más probable es que ahora nos encontrásemos encallados en el lodo.
       —Perdone que no le dé la razón, señor Massy. Le ruego que al menos me permita llevarle la contraria. Claro que como usted es armador puede decir todo lo que le dé la gana en su barco, eso es cierto, pero le suplico que…
       —¡Quítese de mi camino!
       El otro sintió una especie de arranque como provocado por toda aquella irritación contenida, pero se quedó inmóvil en el lugar. La mirada de Massy seguía vagando de izquierda a derecha como si toda la cubierta alrededor de Sterne estuviese cubierta de huevos y ara no pisarlos estuviese tratando de encontrar lugares en los que poder poner el pie a toda prisa. Finalmente él tampoco se movió, aunque no por falta de sitio.
       —Le he oído decir ahí arriba —prosiguió el segundo—, y me parece una observación muy acertada, que todos tenemos nuestro punto débil.
       —El suyo es escuchar detrás de las puertas, señor Sterne.
       —Si me presta atención un segundo, señor Massy, me gustaría…
       —Es usted un falso —interrumpió Massy en el acto y, antes de que pudiese replicar nada, añadió—: un falso de la peor especie.
       —¿Pero qué quiere usted de mí, señor? Quiere…
       —Quiero… quiero… —remedó Massy entre furioso y sorprendido—. ¿Qué es lo que quiero? ¿Cómo sabe usted lo que quiero yo? ¿Cómo se atreve? ¿Qué es lo que pretende?
       —Que me ascienda. —Sterne consiguió callarlo de pronto con aquella rápida presunción. Las mejillas del maquinista temblaron de pronto pero añadió luego con mucha tranquilidad:
       —Pues lo único que ha conseguido es calentarme la cabeza.
       Sterne replicó con una confiada sonrisa.
       —Conozco a un tipo que se dedica a los negocios (que ahora tiene un puesto de jefe) y me dijo que era así como tenían que hacerse estas cosas. “Ponte siempre delante”, solía decir, “siempre a la vista de tu jefe. Siempre que tengas oportunidad, ponte en medio y enséñale lo que sabes hasta que esté cansado de verte”. Ése fue el consejo que me dio y para mí aquí no hay más jefe que usted, usted es el propietario y a mi juicio nada vale más que eso. ¿Lo entiende usted señor Massy? Lo único que quiero es progresar. Y ya ve que soy de los que no lo esconden. Nosotros somos la gente que acaba resultando más útil, señor mío, ¿o es que me piensa decir usted que ha llegado hasta donde ha llegado sin darse cuenta de eso?
       —Hartar al jefe para ascender —repitió Massy sobrecogido por la irreverente originalidad de la idea—. Pues lo cierto es que no me extrañaría nada que los del Blue Anchor le hubiesen echado a usted precisamente por esa razón. ¿De modo que ésa es su idea del triunfo? Pues a mí me da la sensación de que como no se ande con un poco más de cuidado los resultados por aquí no van a ser muy distintos, se lo puedo asegurar…
       Sterne agachó la cabeza pensativo cuando oyó aquellas palabras y clavó la mirada en cubierta. Durante la última época todos los intentos de establecer una relación de intimidad con su jefe habían acabado siempre en aquel siniestro lugar de la amenaza de despido y no había nada como una amenaza de despido para producir un silencio lleno de pensamientos. Ya no estaba seguro de que hubiese llegado el momento de arriesgarse. En ese instante en que pareció haberse tragado su propia lengua, Massy aprovechó para levantarse y pasar a su lado tratando de golpearle el hombro sin conseguirlo. Sterne lo consiguió evitar apartándose a tiempo. En el último instante se volvió como si quisiera gritarle algo al maquinista pero después de abrir desmesuradamente la boca pareció pensarlo mejor.
       No le molestaba reconocer que, a lo largo de toda su incansable búsqueda para triunfar, tenía por costumbre (una costumbre que se había convertido casi en un acto reflejo) estudiar el comportamiento de sus superiores inmediatos tratando de encontrar “algo a lo que poder agarrarse”. Tenía la seguridad de que si los armadores estuviesen informados no habría capitán que pudiese mantenerse al mando ni un solo día, una teoría romántica e ingenua que en más de una ocasión le había acabado produciendo problemas. No servía de nada, tenía un temperamento de una naturaleza tan desleal que siempre que se subía a un barco no podía evitar estar pensando constantemente en la manera de derrocar al capitán para ocupar su puesto. Era algo que había acabado considerando lo normal. Ocupaba los ratos de ocio con planes minuciosos y descubrimientos comprometedores y colmaba sus sueños con imágenes de accidentes favorables. Había muchos casos de capitanes que enfermaban y morían en alta mar, un episodio que casi siempre suponía una magnífica ocasión para que el segundo demostrase su valía. Tampoco eran infrecuentes los casos de capitanes que caían por la borda. Consideraba que no había capitán que pudiese resistir la prueba de ser observado a conciencia y sin descanso por otro que supiera lo que se traía entre manos.
       Cuando por fin consiguió un trabajo fijo en el Sofala dio rienda suelta a sus esperanzas mentales de llegar lo más arriba posible. En primer lugar, el hecho de que el capitán fuese casi un anciano resultaba ser una gran ventaja: era gente que dejaba el trono con relativa facilidad, por una causa o por otra, pero en cuanto lo conoció le produjo pesar descubrir que había pocas opciones de que aquel hombre en concreto abandonara el oficio. No había que perder la esperanza, la gente mayor podía quebrarse sin aviso de la noche a la mañana. Por otra parte, el propietario-maquinista estaba allí, a su lado, por lo que podía impresionarle con su celo y su lealtad. Sterne no tenía ni la menor duda de lo evidentes que eran sus méritos (y era verdad que era un extraordinario oficial), pero era una lástima que los méritos profesionales no bastaran para llegar adonde uno se proponía. Además de poner todas sus virtudes en acción, uno tenía que tener cierto empuje. Decidió mentalmente que, si había una persona en este mundo que tenía que heredar el mando del Sofala, esa persona era él, y no porque lo apreciara como una gran presa sino porque, y sobre todo en Oriente, todo era cuestión de romper el hielo y un mando lo llevaría a otro.
       Lo primero que se prometió a sí mismo fue comportarse siempre con una gran circunspección. A veces lo llegaba a intimidar un poco el carácter demasiado sombrío de Massy, pero también era lo bastante astuto como para darse cuenta de que se trataba de una situación excepcional. Su particular inteligencia lo captó todo a gran velocidad, y la sensación de que en la cubierta superior había gato encerrado lo exasperaba por la impaciencia que ya tenía de ascender. De esa forma había acabado un viaje y luego otro, y había empezado aquel tercero sin vislumbrar ni siquiera una opción que le garantizase el éxito en el futuro. Todo seguía resultando muy raro y oscuro, le daba la sensación de que algo sucedía muy cerca de él, algo que parecía separado por un abismo de la vida normal y las rutinas del barco.
       Pero un día realizó un descubrimiento.
       Sucedió después de tres semanas de observación ininterrumpida y suposiciones sin número, se le ocurrió de pronto, como si se tratara de la solución a un problema muy antiguo y se hubiese presentado como un relámpago. Aunque no, eso es cierto, con la misma certeza. ¡Dios Santo! ¿Era de verdad posible? Tras quedarse unos segundos inmóvil y herido por el rayo, intentó apartar aquella idea de su mente como si su inteligencia se hubiese deslizado hacia lo increíble, lo inexplicable, lo jamás visto… ¡la locura!
       Aquel momento de iluminación se produjo en el viaje anterior durante el transcurso de vuelta. Acababan de zarpar de un lugar del continente llamado Pangu y salían de la bahía a mar abierto. Por el flanco del este se podía ver un enorme macizo cubierto matorrales irregulares y enredaderas retorcidas. Se escuchaba silbar el viento en los aparejos. El mar tenía un color verde a lo largo de toda la costa y daba la sensación de que se hinchara sobre la línea del horizonte como si se derramara de cuando en cuando sobre las sombras del cabo de sotavento. Al otro lado, la más cercana de un pequeño archipiélago de islas permanecía envuelta en la neblinosa luz amarilla de un amanecer con mucha brisa. A lo lejos se podían ver el resto de formas redondeadas, que pertenecían a las otras islas que se veían por encima de los demás canales intermedios, azotados despiadadamente por la brisa.
       Tanto a la ida como a la vuelta, la ruta del Sofala los llevaba a atravesar aquella ruta cargada de escollos. Seguía un ancho camino de agua e iba dejando a su espalda aquellos grumos de tierra que parecían un escuadrón de galeones encallados sin orden ni concierto en un fondo uniforme de rocas y bancos de arena. Y lo cierto es que muchos de aquellos peñones no parecían mucho más grandes que un barco varado. Algunos de ellos eran muy planos y estaban lamidos por las olas como si se tratara de almadías ancladas, pesadas y negras almadías de piedra; otros tenían la base redonda y se alzaban como pesadas cúpulas achatadas de un espesor verde y oscuro que se estremecían arriba y abajo con las repentinas conmociones de la época de lluvias. En aquella zona del archipiélago eran comunes las tormentas y se ensombrecían en toda su extensión. La oscuridad era mayor y parecía más inmóvil a la luz de los rayos, y todo era más silencioso entre el fragor de los truenos; se desvanecían entonces las formas borrosas y quedaban difuminadas entre la espesa lluvia para reaparecer nítidas y negras a la luz de la tormenta sobre la sábana gris de las nubes, desperdigadas sobre la mesa redonda de pizarra que era el mar. Resistiendo a las tormentas y a su labor durante años, incólumes ante todas las luchas del mundo seguían tan intactas como aparecieron hacía ya cuatro siglos ante los primeros ojos occidentales que las avistaron desde la alta popa de su carabela.
       Era uno de esos lugares recónditos con los que uno puede encontrarse en el concurrido mar, igual que en tierra firme uno se topa en ocasiones con las casas apiñadas de una aldea al abrigo de la inquietud de los hombres, de su necesidad, de su pensamiento, como si el mismo tiempo las hubiera olvidado. Las vidas de innumerables generaciones habían pasado por aquel lugar de largo, y con ellas multitudes de albatros abriéndose paso desde todos los posibles puntos del horizonte para dormir en las peñas exteriores del grupo. La nube palpitante de todas aquellas alas reunidas se hundía y plegaba sobre los pináculos de las rocas, unas rocas tan delgadas como las agujas de un campanario, alzadas como torres sobre murallas que parecían hendidas por los rayos. Y en cada una de aquellas brechas, el adormecido y límpido brillo del agua. Toda la atmósfera estaba invadida por aquel cúmulo de gritos continuados y violentos.
       Aquél era el estrépito que recibía al Sofala cada vez que se acercaba desde Batu Beru; lo recibía en medio de la tranquilidad de las tardes con el mismo clamor despiadado y salvaje, debilitado por la distancia. Se trataba del clamor de miles de albatros que se disponían a descansar y peleaban por encontrar un rincón al final de la jornada. Nadie les prestaba demasiada atención a bordo, eran la señal de la llegada a aquella zona. El trayecto terminaba cuando iban apareciendo una a una todas aquellas islas, puntas de roca, peñones… Y la nube de pájaros las cubría por completo… Aquella nube inquieta de la que no paraba de surgir aquel ruido estridente y cruel, el ruido de una escena familiar, una parte viviente de aquella tierra desvencijada que tenían abajo, de aquel mar extenso y del cielo ilimitado en el que no había ni una sola mancha.
       Pero cuando el Sofala se acercaba a tierra tras la puesta de sol, todo quedaba silencioso y mudo bajo el manto nocturno. Todo habría permanecido en calma, mudo y casi invisible, si no fuese por el eclipse de las constelaciones más bajas tras las vagas masas terrestres de los islotes, cuyo auténtico perfil quedaba oculto a la vista entre los espacios oscuros del cielo y las tres luces del barco como tres estrellas, la roja, la verde y la blanca en todo lo alto; tres luces como tres estrellas que fuesen vagando erráticas sobre la tierra y manteniendo su curso sin vacilación alguna para pasar por el extremo sur del grupo. De cuando en cuando había algunos ojos humanos que observaban cómo se acercaba, los del pescador desnudo que bordeaba con su canoa los escollos y pensaba con indiferencia: “No es más que el barco de fuego que cada luna viene y se dirige a la bahía de Pangu”. Eso era lo único que sabía de él, y en cuanto percibía que la hélice se empezaba a mover y sacudía el agua a media milla de distancia se sabía que ése era el momento en que el Sofala cambiaba de rumbo, las luces apartaban de él su triple haz y desaparecían en la noche.
       Tan sólo unas cuantas familias miserables y medio desnudas, parecidas a una tribu de malditos de largas melenas, todos flacos y de mirada salvaje, luchaban por sobrevivir en medio de la soledad de aquellas islas que yacían abandonadas como pequeñas avanzadillas de tierra firme. Bajo aquellas canoas ligeras y talladas en madera, el agua era límpida, más transparente que el cristal, y el batir del remo ondulaba entre las rugosidades de la roca. Era como si los hombres flotaran suspendidos en el aire, encerrados entre la fibra de un tronco oscuro, pescando en aquel aire nítido y verde, sobre aquel fondo poco profundo.
       Sus cuerpos morenos y pequeños como secados a conciencia por el sol, y también sus vidas, transcurrían silenciosamente al igual que las casas en las que habían nacido y en las que iban a morir, aquellas endebles chozas de juncos y hierbas y unas cuantas esteras deshilachadas, todo aquello resultaba imposible de ver para quien pasara por allí en el mar abierto.
       Como si se tratara de una borrosa nube, la estrecha niebla de su humo iba surgiendo de forma misteriosa desde un punto vacío que quedaba por encima de la clara línea del horizonte entre el cielo y el mar. El pescador taciturno que seguía escondido tras los escollos extendía los brazos hacia el mar y las figuras que se encontraban en la orilla; aquellos hombres, mujeres y niños que escarbaban en la arena buscando huevos de tórtola se alzaban improvisando una visera sobre los ojos para poder ver aquella aparición mensual que se dirigía hacia ellos deslizándose sobre el mar y cuando estaba a punto de llegar giraba y se alejaba otra vez. Sus oídos llegaban incluso a captar el jadeo del barco, y sus ojos lo seguían hasta que cruzaba entre los dos cabos del continente a toda máquina, como si estuviese intentando abrirse paso hasta el mismísimo fondo de la Tierra.
       Durante aquellos días el mar no daba señal alguna de los peligros que acechaban a uno y otro lado del barco. La fuerza abrumadora de la luz hacía que todo pareciera en calma, y el amplio archipiélago, opaco bajo los rayos del sol —todos aquellos peñascos que parecían pináculos, los que semejaban ruinas o agujeros de colmena, los que tenían forma de almiares y contornos de torres cubiertas de yedra—, se reflejaba invertido en el agua sin arrugas como si se tratara de juguetes tallados en marfil, alineados sobre el cristal plateado de un espejo.
       Cuando llegaba una tormenta, todo quedaba envuelto de inmediato en el conjunto de espuma que golpeaba a barlovento como una nube súbita y daba la sensación de que el agua estuviera hirviendo en todos los canales. Aquel mar al que habían provocado dibujaba exactamente sobre la airada espuma la amplia base del grupo, un poso sumergido de escombros bañados de agua que se adentraban en el canal silbando con largos y malignos resoplidos, y esputos mortales de espuma y piedras.
       Incluso una sencilla brisa fresca —como la de aquella mañana del anterior viaje en la que el Sofala había abandonado la bahía de Pangu a primera hora y la conciencia del señor Sterne se había abierto como una flor ante su terrible descubrimiento nacido de la pequeña semilla de una sospecha instintiva—, incluso una pequeña brisa de ese tipo tenía la virtud de ser capaz de arrancar de un rostro la máscara de su placidez. Para Sterne, que lo contemplaba con indiferencia, había sido toda una revelación observar por primera vez los peligros marcados por las manchas lívidas que aparecían en el mar tan claramente como en el grabado de un mapa. Pensó en ese instante que días como aquél eran los más propicios para que un forastero intentase el paso: días claros pero con el suficiente viento como para que el mar rompiese en cada escollo señalando como bollas el curso que era necesario seguir, mientras que con el mar en calma uno sólo podía fiarse de su brújula y del cálculo de una mirada atenta. Aun así, los sucesivos capitanes del Sofala más de una vez se habían visto obligados a pasar por aquella zona de noche. En esa época, uno no se podía permitir el lujo de desperdiciar seis o siete horas de ruta en un vapor. Imposible. Aunque todo era cuestión de costumbre y de hacer las cosas con cuidado… El canal, al fin y al cabo, era lo bastante seguro y lo importante era dar con la entrada a oscuras. Porque si uno se quedaba enredado en aquella interminable sucesión de escollos, lo más probable es que no saliera jamás de aquel lugar con el barco entero… y eso si salía con vida.
       Aquél fue el último cabo del pensamiento de Sterne anterior al gran descubrimiento. Acababan de ver cómo amarraban el ancla y se habían entretenido un poco en proa. El puente había quedado a cargo del capitán, que bostezó, dejó de mirar el mar y apoyó los hombros en el pescante del ancla.
       Aquéllos fueron los últimos instantes de verdadera tranquilidad que conoció el Sofala. Todos los que vinieron después estuvieron embargados de un empeño pertinaz y resultarían de una perplejidad intolerable. Ya no había opción para más pensamientos ociosos y casuales. El descubrimiento provocaría el derrumbe de todos hasta tal extremo que a veces casi deseaba que nunca se hubiese producido. Parecía una tontería pensar eso porque, si sus posibilidades se fundaban precisamente en encontrar “un fallo”, jamás habría tenido la fortuna de dar con un filón mejor que aquél.



X

      Se trataba en realidad de un descubrimiento de lo más perturbador. Existía “un punto débil” y realmente resultaba aterrador hacerle frente a la certidumbre moral de lo que sucedía. Por una vez, Sterne había estado dando un paseo por la popa despreocupado y sin pensar mal de nadie. En el puente, el capitán se le ofrecía como una visión totalmente natural. Y realmente qué insignificante y casual había sido el pensamiento que había desembocado en el descubrimiento… exactamente lo mismo que la chispa banal que acaba provocando la detonación de una mina tremenda.
       Acompañados por los vaivenes de aquella brisa, los toldos de popa se hinchaban y deshinchaban lentamente, y, por encima de aquel golpeteo pesado, la tela gris de la chaqueta del capitán Whalley ondeaba sin cesar alrededor de sus brazos y su tronco. Se enfrentaba al viento con toda la decisión y, apretada contra el pecho, la gran barba plateada. Las cejas colgaban sobre las sombras de sus ojos, que parecían seguir mirando al frente. A Sterne le pareció que casi era capaz de distinguir el brillo gemelo del blanco del ojo deslizándose bajo los arcos oscurecidos de su ceño. Cuando se encontraban a poca distancia, y a pesar de la amabilidad general de aquel hombre, esos ojos daba la sensación de que podían atravesarlo a uno hasta el tuétano. Sterne nunca podía evitar esa sensación cuando hablaba a solas con su capitán. No le gustaba. Menudo hombre parecía allí en lo alto con aquel minúsculo serang pendiente de todos sus deseos como solía ocurrir en aquel extraordinario vapor. Vaya una costumbre ridícula. El viejo podría encargarse perfectamente del barco sin tener que tener a su lado a todas horas a aquel engorroso nativo. Sterne se limitó a encogerse de hombros del disgusto. ¿A qué se debía aquello? ¿A la indolencia?
       El viejo capitán seguramente se había vuelto perezoso con los años. Todo el mundo se volvía perezoso en Oriente (Sterne era muy consciente de lo poco común que era su actividad sin descanso), todo el mundo se cansaba. Pero aquel hombre seguía erguido en el puente, no dejaba de ser imponente, y abajo, a su lado, como si se tratara de un niño cuya estatura apenas le diera para llegar al borde de la mesa, el gastado sombrero blando y el rostro oscuro del serang asomando por encima de la lona blanca de la batayola.
       No había duda de que el malayo estaba más cerca del timón, pero la enorme diferencia de estatura entre los dos sujetos divirtió a Sterne como si estuviese observando un extraño fenómeno natural. Eran los peces más exóticos que se podían ver en el mar.
       El capitán Whalley se dio la vuelta rápidamente para hablar con el serang. El viento le daba de lado a la gran masa de barba canosa. Seguramente le debía estar pidiendo que mirara la brújula o algo parecido. Claro. Ir él mismo le debía de resultar demasiado penoso. El desprecio de Sterne por aquella indolencia que a veces se apoderaba de los blancos en Oriente le resultó particularmente odiosa. Había hombres que se encontrarían totalmente perdidos si no dispusieran de nativos a su lado en todo momento y aquello ni siquiera les provocaba el menor signo de sonrojo. Gracias a Dios él no era de ésos. Cuando fuera su turno no dependería de ningún malayo enano y arrugado para hacer su trabajo. ¡Como si pudiese uno fiarse de aquellos malditos nativos! Y sin embargo aquel noble anciano parecía pensar de un modo diferente. Allí estaban siempre los dos, el uno al lado del otro. Una pareja que casi parecía la de una ballena junto a un pez piloto.
       Aquella fantástica comparación le provocó una sonrisa. ¡Una ballena junto a un pez piloto! Eso era lo que parecía el viejo. Porque de tiburón no se podía decir que tuviese aspecto, aunque el señor Massy se empeñara en llamarlo de ese modo en alguna ocasión. A veces el señor Massy ni siquiera recordaba lo que llegaba a decir en sus brotes de ira. Sterne siguió sonriendo y poco a poco se fueron materializando cada vez más las imágenes evocadas por la ballena y el pez piloto, las ideas de ayuda, de necesidad y contraprestación. La palabra “piloto” sugería una idea de confianza, de dependencia, la idea de un auxilio bien recibido a un hombre de mar que buscaba la costa un poco a tientas, en la oscuridad o en medio de la niebla, presintiendo la ruta en medio de tormentas que colmaran el aire de una neblina salada que salía del mar estrechando el horizonte por todos lados y permitiendo tan sólo la visión de lo que estaba al alcance de la mano.
       Un piloto siempre veía las cosas mejor que un forastero porque su mirada era local y, por consiguiente, su conocimiento, más acertado y más agudo, completaba el perfil de las cosas que simplemente habían sido entrevistas y penetraba aquellos velos de espuma extendiéndolos sobre la tierra en las tormentas marinas; en una palabra: era capaz de definir con precisión las características de una costa que estaba bajo la influencia de la niebla, las formas y los puntos de referencia enterrados bajo una noche sin estrellas. Era capaz de reconocer porque ya conocía. El piloto era capaz de buscar la certeza no como resultado a una visión muy penetrante sino de acuerdo con un conocimiento más amplio; necesitaba estar seguro de la posición del barco de la que dependía tanto su buena fama como la tranquilidad de su conciencia, la justificación de que hubieran depositado la confianza en sus manos, y también su propia vida, que casi nunca le pertenece a uno solo, y las humildes existencias de otros arraigados en afectos lejanos que pueden llegar a ser tan gravosas como las vidas de los reyes, debido al peso de todos sus desconocidos misterios. Es el conocimiento del piloto el que da seguridad y alivio al capitán del barco, pero aquel serang, fantásticamente comparado con un pez piloto, no podía tener bajo ningún concepto un conocimiento superior. ¿Por qué razón iba a tenerlo? Los dos habían embarcado al mismo tiempo y el mismo día; el blanco y el moreno, y, como es lógico, el blanco era capaz de aprender más en una semana que el moreno en un mes. El capitán lo tenía atado a sí como el pez piloto a la ballena. Pero ¿por qué? Un pez piloto… un pez piloto… Pero si no tenía un conocimiento más profundo, entonces…
       Ése fue el instante en el que Sterne hizo su descubrimiento. Le repugnaba a la imaginación y era contrario a su concepto de la honradez y a su idea de la humanidad. Aquella barbaridad trastornaba con su presencia lo que era posible y lo que no en este mundo, le dio la sensación de que el sol se había vuelto azul y estuviese proyectando una luz nueva, y de una naturaleza distinta, sobre la vida entera y sobre los hombres. En los primeros instantes sintió mareo, como si le hubiesen dado un golpe bajo. Hasta el mismo color del mar cambió durante unos instantes y se volvió prodigioso ante su perdida mirada; le recorrió todo el cuerpo una extraña sensación de inseguridad, como si la Tierra hubiese comenzado a girar de pronto en el sentido opuesto.
       La incredulidad que llegó tras aquel sentimiento de trastorno fue un alivio. Seguramente no había sido más que un sueño, no debía darle más importancia, pero lo cierto es que durante todo aquel día le siguieron asaltando los temblores de la duda. Se veía obligado a pararse en seco y sacudir la cabeza. La rebelión de la incredulidad se había desvanecido a una velocidad todavía mayor que la del descubrimiento inicial, y en las siguientes veinticuatro horas ni siquiera fue capaz de conciliar el sueño. Le resultó imposible. A las horas de las comidas (en la misma mesa dispuesta para los cuatro blancos en la que él ocupaba la cabecera) no podía evitar que la mirada se le perdiese en una contemplación perdida del capitán Whalley, que se sentaba frente a él. Se quedaba mirando los deliberados movimientos con los que levantaba un brazo. El viejo se llevaba la comida a la boca como si hubiese perdido toda esperanza de encontrar placer en la comida diaria, como si ni siquiera se enterase. Se alimentaba igual que un sonámbulo. “Realmente es un terrible espectáculo”, pensaba Sterne, y se quedaba mirando aquel largo período de sombría inmovilidad, las manos enormes agarrando aquel plato despreocupadamente, hasta que de pronto se daba cuenta de que los dos maquinistas no paraban de observarlo a él de hito en hito. En ese momento cerraba de nuevo la boca, parpadeaba y miraba otra vez su propio plato. Le parecía terrible estar frente al viejo y saber que con tres palabras habría podido asestarle un golpe que lo habría hecho salir volando. Sólo habría hecho falta elevar la voz y pronunciar una sola frase muy breve, pero aquel acto resultaba casi tan descabellado como sacar al sol de su lugar en el cielo. Puede que el viejo pudiera comer de aquella forma mecánica, pero Sterne estaba tan excitado mentalmente que no podía… sencillamente no podía de ningún modo aquella noche.
       Luego tuvo tiempo de sobra para habituarse a la tensión de las comidas. Nunca se habría creído capaz de tal cosa pero lo hizo; la costumbre puede con todo, pero la propia potencia de su éxito impedía ninguna manifestación de su orgullo. Se sentía como quien está buscando un arma cargada para abrirse paso y de pronto se encuentra con un torpedo… un torpedo viviente, con una cabeza cargada de un explosivo temible y una presión en la cola de muchas atmósferas. Un tipo de arma que pone nervioso e inquieto al que la posee. No sentía ningún deseo de volar él también, y la idea de que la explosión le iba a acabar afectando también a él no se le iba de la cabeza.
       Se trataba de una vaga aprensión que lo había agarrotado desde el principio, pero pasado un tiempo había descubierto que era también capaz de comer y dormir con aquella arma terrible a su lado sin tener constantemente una conciencia activa de su potencia. No había sido el resultado de ningún proceso reflexivo, pero, en cuanto la idea se fue abriendo paso en su cabeza, se fue desarrollando también con ella una convicción aplastante basada en una multitud de pequeñas realidades a la que antes apenas había prestado atención. De pronto todas las cosas comenzaron a tener la naturaleza de una prueba: la entonación segura y serena de su voz profunda, aquel aire taciturno que lo envolvía como una armadura, aquellos movimientos deliberados y precavidos, su inmovilidad prolongada como si temiese molestar hasta al mismo aire, todas las palabras que pronunciaba y los suspiros.
       No había día que pasara Sterne en el Sofala que no le pareciera cargado de pruebas incontrovertibles. Por la noche, si no estaba de servicio, salía a escondidas de su camarote en pijama (a la caza de más pruebas) y era capaz de estar una hora entera con los pies desnudos debajo del puente tan rígido como el mástil en el que estaba atado el toldo de la cubierta que estaba a su lado. En los tramos de navegación sencilla no es en absoluto habitual que el capitán se pase todo el tiempo de guardia en cubierta. Lo normal habría sido que se hubiese quedado el serang en su lugar. En alta mar y con rumbo firme a cualquiera se le podría haber encargado la vigilancia del buque, pero aquel viejo parecía literalmente incapaz de tranquilizarse allí abajo. No había duda de que no podía dormir. Nada extraño aparte de eso, y eso también constituía una prueba. En medio de aquel silencio sobre el mar oscuro y tranquilo, Sterne oía de pronto una voz que se alzaba inquieta:
       —¡Serang!
       —¡Tuan!
       —¿Estás mirando la brújula?
       —Sí, la estoy mirando, Tuan.
       —¿Está el barco en rumbo?
       —Sí, Tuan, está en rumbo.
       —Ya sabes que tienes que dar instrucciones al timonel y estar tan atento como si yo estuviese en cubierta.
       Después de aquellas palabras del serang la gravedad del tono se extinguía y alrededor de Sterne todo parecía quedar en calma. Temblando de frío, y con la espalda dolorida a causa de la inmovilidad, regresaba de nuevo a su camarote en babor, sobre cubierta. Ya hacía tiempo que había dejado atrás los últimos retazos de su incredulidad, y de aquellas emociones que se desataron con su descubrimiento sólo le quedaba el vago rumor de un temor reverencial. No se trataba de un temor por el hombre —podía acabar con él con sólo decir seis palabras—, sino por la indignación llena de temor ante la perversidad desconsiderada de la avaricia (¿qué otra cosa podía ser si no?) ante aquella enloquecida decisión en la que, por virtud de unos pocos dólares, parecía aniquilar las normas más elementales de la conciencia y luchar contra el mismísimo decreto de la Providencia.
       Gracias a Dios habría sido imposible encontrar a otro hombre como él en todo el mundo. La simple naturaleza de aquel engaño tenía una especie de diabólica desfachatez que lo dejaba sin respiración.
       Otros pensamientos relacionados con la prudencia lo llevaban a estar callado día tras día. Habría sido mucho más sencillo hablar en el mismo instante del descubrimiento, y lo cierto es que casi se arrepentía ahora de no haber organizado el escándalo en ese momento, pero la propia monstruosidad del hallazgo… ¡En fin! Casi no se atrevía ni él mismo a afrontarlo, ¿cómo habría sido capaz entonces de mostrárselo a los demás? Y por otra parte, nunca se sabía de qué manera habría podido reaccionar un desesperado como aquél. El objetivo ya no era echarlo (la cosa en realidad estaba prácticamente hecha), sino ponerse él en su lugar a continuación. Por muy extraño que pareciese, el hombre era capaz de pelear. Alguien que se lanzaba a semejante fraude tenía que tener por la misma razón coraje para cualquier cosa; casi se podría decir que era un hombre que se enfrentaba al mismo Dios Todopoderoso. Era un prodigio de lo siniestro, ni más ni menos. Habría sido capaz de asumir aquel asunto con el mayor de los descaros hasta expulsarle del barco a él (a Sterne) y dañar irreparablemente su reputación en todo el Oriente. Pero si uno deseaba construir algo tenía que arriesgarse. En ciertas ocasiones, Sterne consideraba que había sido demasiado tímido a la hora de lanzarse a la acción y, peor aún, que, llegados a aquel punto, ya no sabía demasiado bien por dónde empezar.
       La ira taciturna de Massy resultaba demasiado desconcertante y en aquella situación suponía un factor difícil de calcular. Era imposible determinar qué se escondía detrás de aquella ferocidad insultante. ¿Cómo se podía confiar en un temperamento así? En Sterne no causaba ningún terror de tipo personal, pero le hacía temer por el buen desarrollo de sus expectativas.
       A pesar de considerarse a sí mismo una persona con unas extraordinarias capacidades de observación, había estado viviendo demasiado tiempo a solas con aquel descubrimiento. Como no prestaba atención a ninguna otra cosa, había empezado a parecerle inverosímil que algo tan obvio le pasase desapercibido a todo el mundo. A bordo del Sofala sólo había cuatro blancos. Jack, el segundo maquinista, era demasiado simple como para entender o preocuparse por nada que sucediera fuera de su sala de máquinas. Estaba también Massy —el propietario, el más interesado—, casi loco de preocupación. Sterne ya había visto y oído suficientes cosas a bordo como para saber perfectamente qué era lo que le hacía perder los nervios, pero su propia exasperación parecía volverlo sordo a sus cautas insinuaciones. Le hubiese gustado que lo supiera, pero ¿cómo habría podido negociar a continuación con un hombre de semejante naturaleza? Habría sido lo mismo que entrar en la jaula del tigre con un pedazo de carne en la mano. Era muy probable que nadie lo recompensase por el trabajo que se había tomado. Lo cierto era que siempre estaba amenazando con hacer algo así, y la urgencia de la situación hacía que Sterne no parara de dar vueltas en su jergón, jurando y perjurando con los ojos abiertos como platos durante horas enteras, como si estuviese enfermo de fiebre.
       Un suceso, como el que acababa de suceder del roce con el bajío, resultaba muy alarmante para sus expectativas. No le gustaría verse de pronto en el dique seco debido a algún accidente casual. Como Massy estaba en el puente, el viejo se habría visto obligado a hacer algún número, pero lo cierto es que las cosas ya estaban empezando a ir mal. En aquella ocasión, hasta Massy se había visto habilitado para reprocharle el fallo. Sterne estaba al otro lado de la escalera y no había dejado de escuchar las amenazas y quejidos del otro. Por suerte para él, era demasiado estúpido y no podía ver la razón que se escondía tras todo aquello. No había que reprochárselo tampoco: era necesaria una gran sagacidad para adivinar la razón. Y aun así ya iba siendo hora de hacer algo. El juego no podía prolongarse muchos más días.
       —Todavía puedo perder la vida en esta locura… eso por no hablar de la oportunidad —murmuró para sí Sterne, muy irritado, en cuanto desapareció la espalda del primer maquinista por el rincón de la lumbrera. Y así era, siguió pensando, pero soltar sin más lo que sabía no le iba a servir para ascender. Más bien al contrario, podía arruinar sus esperanzas. Le daba miedo un nuevo fracaso. Aquella tarde tenía cierta sensación de no ser muy querido por sus compañeros; algo inexplicable, porque en realidad no había hecho nada. Suponía que se trataba sencillamente de envidia. La gente solía atacar siempre a todos los hombres inteligentes que intentaban abrirse paso en la vida. La mayor de las locuras sería pensar que cumplir con su deber iba a provocar que se ganara de pronto la simpatía de Massy. Era un hombre malo, malo. ¡Inhumano! ¡Perverso! ¡Un animal! Un asno sin el menor brillo de humanidad en toda su persona, sin ni siquiera una chispa de curiosidad, pues si hubiese sido de otro modo, alguna reacción habría tenido ante las innumerables insinuaciones que le había hecho… Aquel tipo de insensibilidad casi rozaba el misterio. El estado de exasperación de Massy hacía que fuera, a ojos de Sterne, más estúpido de lo que es normal en los armadores.
       Reflexionando sobre lo molesta e inconveniente que le resultaba aquella estupidez, Sterne se abandonó por completo y se quedó con la mirada clavada en las planchas de la cubierta, sin pestañear siquiera.
       El temblor que agitaba el barco se hacía más sensible en el silencioso río, en ese momento sombrío y en calma, como si se tratara de un sendero en medio de la jungla. El Sofala ya había dejado a sus espaldas toda aquella costa de barro y mangles. Ahora los márgenes eran un poco más elevados y formaban unas gruesas moles un poco inclinadas. La selva llegaba hasta la misma orilla del río. En los lugares donde la tierra había ido disipándose por efecto de la corriente del río se veía una masa de raíces enmarañadas que parecían estar peleando bajo la superficie. En el aire, las copas también se entrelazaban repletas de enredaderas en su lucha por la vida, y mezclando sus follajes conformaban una sola materia de hojas en la que, de cuando en cuando, destacaba aquí o allá un pilar oscuro, o una brecha, o un desgarro que mostraba la impenetrable oscuridad del interior, la sombra secular e inviolable de la selva virgen. El vibrar de las máquinas tenía un compás parecido al de un metrónomo que estuviese midiendo el silencio insondable. La sombra de la muralla oeste había caído sobre el río, y el humo que salía de la chimenea hacia atrás formaba un torbellino tras el barco.
       El cuerpo de Sterne vibraba con el ritmo infernal del barco, como si tuviese raíces en aquel lugar, y, de cuando en cuando, sentía bajo sus pies el rechinar del acero o el estallido ruidoso de un grito. A la derecha, las hojas de las copas capturaban también los rayos de sol y parecían estar brillando con su propia luz, una luz entre verde y dorada, rutilante, que provenía de las ramas más altas, negras sobre aquel cielo azul claro que parecía estar suspendido sobre el lecho del río como el techo de una tienda. Los pasajeros que se dirigían a Batu Beru estaban arrodillados sobre las planchas, entretenidos en enrollar sus esteras, liaban sus petates y aseguraban las cerraduras de sus cofres de madera. Un chatarrero echó la cabeza hacia atrás para apurar hasta la última gota del contenido de una botella de arcilla que luego envolvió entre unas mantas. Había grupos de vendedores ambulantes charlando en voz baja; la corte de un pequeño rajá de la costa; jóvenes sencillos, con pantalones bombachos blancos y sarongs de colores muy vivos cruzados sobre sus hombros de bronce, esperaban agachados en cuclillas junto a la escotilla, mascando hojas de betel con sus brillantes bocas rojas como si estuviesen saboreando su propia sangre. Las lanzas, amontonadas en medio del círculo que formaban sus pies desnudos, parecían un montón de cañas de bambú secas; un chino extremadamente delgado y lívido estaba inmóvil, con un gran bulto bajo el brazo, y miraba con atención y alerta hacia el frente; un rey errante se frotaba la dentadura contra un pedazo de madera y luego echaba por la borda un brillante chorro de agua; el gordo rajá estaba adormilado sobre una tumbona echa trizas… y a la vuelta de cada curva, volvían a aparecer nuevamente las dos murallas de vegetación paralelas en las orillas con su impenetrable solidez, que se desvanecía en lo alto, entre la niebla vaporosa de innumerables ramitas libres que salían de las puntas más altas de aquellos viejos troncos como pequeños surtidores de plata. No se veía en ningún lugar ni la más mínima señal de un claro, no había ni rastro de huella humana alguna, con la pequeña excepción en un punto en el que, sobre una frágil base de helechos, había unos restos medio destruidos de una antigua cabaña, con ese aspecto tan particular que acaban teniendo las paredes de bambú cuando están en ruinas, como si alguien las hubiese aplastado con una porra. Un poco más adelante, medio escondida entre la vegetación, una canoa en la que había un hombre, una mujer y un montón de cocos, tembló frente al paso del Sofala como si se tratara de un ingenio para navegar fabricado por hormigas; dos cristalinos pliegues de agua salían disparados a ambos lados del vapor e iban surcando toda la anchura del río, ascendiendo con suavidad a contracorriente y frotando sus puntas con ruidosos espumarajos marrones contra los pies de limo que había a cada orilla.
       “Tengo que conseguir que ese animal de Massy entienda esta situación —pensaba Sterne—; todo esto está empezando a resultar ya demasiado absurdo. El viejo sigue allí hundido en su butaca, que, para la utilidad que le da al mundo, lo mismo podría ser una tumba, y el serang está al mando. Así es, es él quien tiene el mando, ocupa el lugar que al otro le corresponde por derecho. Tengo que conseguir que ese animal entre en razón, y lo voy a hacer de inmediato…”.
       Cuando el segundo salió corriendo, un muchacho moreno medio desnudo que llevaba escrita la buenaventura en un collar se quedó congelado de miedo. Soltó el plátano que estaba masticando y se sumergió para protegerse entre las piernas de un árabe de solemnes vestiduras que estaba sentado como si fuese una figura bíblica y anacrónica sobre un cofre de zinc amarillo atado con una larga cuerda trenzada. El padre, apenas sin moverse, puso una mano sobre aquella pequeña cabeza rapada y la acarició.



XI

      Sterne cruzó la cubierta en busca del primer maquinista. Jack, el segundo, se retiró hacia el interior por la escalera de la sala de máquinas y le regaló una inesperada sonrisa de dientes blancos en medio de un rostro congestionado y duro. No se veía a Massy por ninguna parte. Sterne golpeó suavemente la puerta con los nudillos y a continuación acercó los labios hasta la alcachofa del ventilador para decir:
       —Tengo que hablar con usted, señor Massy. Haga el favor de concederme un par de minutos.
       —En este momento estoy ocupado, aléjese de mi puerta.
       —Se lo suplico, señor Massy…
       —Le he dicho que se vaya, ¿o es que no me ha oído? Le ordeno que se vaya inmediatamente a la otra punta del barco… todo lo lejos que pueda… —En el interior del camarote bajó un poco el tono antes de añadir—: Váyase al diablo.
       Sterne se quedó inmóvil y luego replicó muy suavemente:
       —Es urgente, señor. ¿Cuándo estará libre para poder charlar?
       La habitación del señor Massy —un camarote estrecho en el que había una sola cama— tenía un extraño olor a jabón, y ofrecía un aspecto descuidado pero sin polvo y sin mayores adornos; no estaba tan desnuda como vacía, ni era demasiado severa o desprovista de humanidad. Tenía el aspecto del patio de un hospital público, o más bien (por lo reducido de sus dimensiones) el refugio de una persona pobre pero honrada. La cabecera de la cama no estaba adornada con ningún marco ni fotografía, de las perchas de latón no colgaba ninguna prenda de ropa, ni siquiera un sombrero. En el interior todo estaba pintado de un color azul pálido y se podían ver dos grandes arcones de mar cubiertos con una lona y con dos cerrojos de hierro que encajaban en el espacio que estaba bajo la litera. Una mirada era suficiente para abarcar las planchas pulidas que unían los cuatro rincones visibles. Llamaba la atención que no hubiera allí un banco, que solía ser lo habitual. La encimera de madera del lavabo parecía haber sido cerrada herméticamente, igual que el cajón del escritorio que sobresalía del tabique de los pies de la cama. La cama tenía un delgado colchón parecido a una torta debajo de una cubierta medio raída y con una franja roja y una mosquitera doblada para las noches de puerto. No se veía en ningún lugar ni un pedazo de papel, ni restos de nada, ni una mota de polvo, ni de ceniza siquiera; algo casi inquietante si se consideraba que era un fumador empedernido y que manifestaba una hipocresía extrema. El asiento del viejo sillón de madera (el único que había allí) estaba prácticamente pulido de tanto uso y brillaba como si lo hubiesen encerado. La cortina de vegetación de la orilla se extendía como si se estuviese desplegando sin fin por el único agujero redondo del ojo de buey y proyectaba en el interior una trama temblorosa de sombras y luces.
       Sterne había abierto la puerta y había introducido en el camarote la cabeza y los hombros. Ante aquella intrusión, Massy, que en realidad no estaba haciendo nada, se había puesto en pie de un salto.
       —Deje de insultarme —murmuró Sterne—, no lo permitiré. Sólo estoy pensando en su beneficio, señor Massy.
       Ante aquellas palabras se abrió una pausa asombrada. Los dos parecían haber perdido el habla. Fue el segundo el que continuó locuazmente:
       —Le digo que no puede usted imaginarse lo que está pasando a bordo de este barco. Es usted demasiado bueno y demasiado… honesto para sospechar que haya otras personas… Se le pondrían los pelos de punta si lo supiera.
       Esperó un poco para comprobar el efecto que había producido. Massy tenía un aspecto desconcertado, no llegaba a entender nada. Se limitó a pasar la mano por los largos emplastos de color negro azabache que le cruzaban la calva. Sterne se apresuró a añadir con tono amistoso:
       —Recuerde que sólo quedan seis semanas… —El otro lo seguía mirando petrificado—. Es decir, que dentro de poco va a necesitar usted un nuevo capitán para el barco.
       En ese momento, y como si la simple sugerencia le hubiese quemado la carne como un hierro candente, Massy pareció a punto de dar un grito, pero se contuvo con mucho esfuerzo.
       —De modo que voy a necesitar un capitán —repitió con seriedad—. ¿Quién quiere un capitán? Supongo que me está sugiriendo que ponga este barco en manos de alguno de ustedes, miserables marineros, cuando son precisamente usted y los de su calaña quienes llevan años engordando a mi costa. Casi habría preferido tirar todo ese dinero directamente por la borda. Mal-di-tos es-ta-fa-do-res. Este barco es tan sabio como el mejor de ustedes. —Cerró los labios y se quedó un instante gruñendo entre dientes—. Hay un capitán sólo porque la asquerosa ley lo obliga.
       Sterne había conseguido poco a poco ir recuperando el ánimo.
       —También lo requieren todos esos cretinos de los seguros —añadió con rapidez—, pero no se preocupe por esas cosas. Lo que quería preguntarle es: ¿por qué no habría de servirle alguien como yo? Evidentemente usted sería capaz de dar la vuelta al mundo con un vapor como cualquiera de nosotros, marineros. No tengo intención de explicarle precisamente a usted que todo eso no son más que cuentos… —Emitió una breve carcajada y continuó con tono familiar—: No soy yo quien hizo la ley, pero lo cierto es que ahí está, y yo soy un hombre joven y muy activo que comparto la mayoría de sus ideas y estoy familiarizado con su manera de hacer las cosas, señor Massy. Jamás se me ocurriría darme los aires de ese… viejo que anda por ahí arriba.
       Recalcó mucho las últimas palabras para mantener a Massy alejado de la pista… aunque ya no tenía ninguna duda de que su plan iba a tener éxito. El primer maquinista parecía desbordado, como un hombre lento al que invitaran a coger un molinete.
       —Señor, lo que a usted le hace falta es un hombre que no tenga manías y le baste con ser el jefe de navegación de este barco. Pues bien, esa tarea yo la puedo hacer con la misma eficacia que ese serang. Porque las cosas son así. ¿O es que no se ha dado cuenta, señor, de que su barco está en manos de ese maldito malayo que parece un mono? En este mismo instante está llevando el barco río arriba, mientras el gran hombre se mece en la butaca… Puede que incluso esté echándose la siesta, pero si no se la está echando tampoco hay una gran diferencia, se lo aseguro.
       Intentó adentrarse un poco más en la habitación. Massy llevaba la frente baja y tenía la mano asida al respaldo del sillón, seguía inmóvil.
       —Está convencido de que le tiene a usted en un puño debido al acuerdo. —Cuando escuchó aquellas palabras, Massy levantó un rostro crispado—. Así es, señor; uno no deja de escuchar ese tipo de cosas a bordo, y no es ningún secreto. En la costa hablan de eso desde hace años, y hasta hacen apuestas sobre el tema. ¡Y no es así, señor! Es usted el que lo tiene a él en un puño. Supongo que me dirá que no lo puede despedir por indolencia, que eso es algo difícil de demostrar ante un tribunal, y estoy de acuerdo con usted, pero si dice usted la palabra necesaria le aseguro que puedo contarle algo que le dará todo el derecho a despedirlo inmediatamente y confiarme a mí el mando para lo que queda de viaje… Se lo digo en serio, señor, antes de que dejemos Batu Beru… Y él le tendrá que pagar un dólar al día por su manutención hasta que volvamos si usted quiere. ¿Qué le parece? Señor, lo único que hace falta es una palabra suya. A usted le compensa, sin duda, y yo estoy dispuesto a contentarme con su palabra. Un promesa suya para mí tiene el mismo valor que un documento notarial.
       Ya empezaban a brillarle los ojos. Insistió… Bastaba con una simple declaración suya… Pensaba para sus adentros que conseguiría el puesto y lo mantendría mientras le interesara. Se convertiría en alguien indispensable; el barco tenía mala fama en su puerto y resultaría fácil evitar la competencia. Massy se vería obligado a quedarse con él.
       —Dice que bastaría con una declaración por mi parte —repitió Massy lentamente.
       —Así es, señor —respondió Sterne sacando la barbilla alegremente y guiñándole el ojo, un descaro que tenía la virtud de sacar a Massy completamente de sus casillas.
       El maquinista dijo con claridad:
       —En ese caso, escúcheme bien, Sterne… No le prometería a usted ni dos peniques por su secreto.
       Apartó el brazo de Sterne de un golpe decidido, agarró el pomo de la puerta y la empujó. El tremendo portazo dejó el camarote en sombra como sucede tras la explosión de un relámpago. Se hundió unos segundos en la silla.
       —¡Ah, no! ¡Usted no! —susurró débilmente.
       En ese instante, el barco tenía que deslizarse tan cerca de la orilla que la pared de vegetación pasó tan pegada al ojo de buey como si fuese una cortina. La oscuridad primaria de la selva pareció fluir de pronto hacia el interior de aquel camarote desnudo con el aroma de hojas que se pudrían, de suelo fangoso… Era el aroma de la tierra que humeaba tras el paso de la tormenta. Los matorrales daban secos chasquidos en el exterior y se oía el crepitar que producía la lluvia de pequeñas ramitas al caer sobre la superficie del puente; una enredadera golpeó el pescante de un bote y una exuberante rama verde acarició por dentro y por fuera el ojo de buey dejando sobre la cama del señor Massy un puñado de hojas retorcidas. Cuando el barco fue regresando a la corriente, la luz comenzó a subir de nuevo, pero no pasó de media luz porque el sol ya había empezado a ponerse y el río, que seguía su curso torciendo su cauce entre aquellos árboles centenarios como si intentase arrojarse a un abismo, estaba ya invadido por una creciente oscuridad, precursora de la noche.
       —¡Ah, no! ¡Usted no! —volvió a murmurar el maquinista. Los labios le temblaban sensiblemente y también las manos. Abrió su escritorio para tranquilizarse y desplegó una hoja de papel gris cubierta por una serie de guarismos impresos. Empezó a estudiarla con atención por al menos vigésima vez en aquel viaje.
       Los hombros caídos y la frente hundida, parecía sumergido en la oscuridad de un problema matemático. Era en realidad la lista de los números premiados en el último sorteo de la gran lotería que se había convertido en su único estímulo real durante años. Ya no existía para él la posibilidad de vivir sin aquel trozo de papel de periódico. Al igual que otros hombres, habría sido naturalmente incapaz de concebir un mundo en el que no hubiera aire fresco, sin amor o sin nada que hacer. Durante aquellos años había ido creciendo sobre el escritorio una pila de hojas macilentas a medida que el fiel Jack iba gastando sus calderas río arriba y río abajo, y de bahía en bahía. El duro trabajo de aquel barco agotado y exhausto había ido acumulando aquella ennegrecida pila de documentos. Massy los guardaba bajo llave, como si se tratara de un auténtico tesoro. Al igual que su experiencia de la vida, aquello tenía el brillo fascinante de la esperanza, la excitación de un misterio a medio entrever y la nostalgia de un deseo medio satisfecho.
       Se pasaba días enteros encerrado en su camarote estudiándolos, mientras el latido de las máquinas persistía en sus oídos y se calentaba la cabeza tratando de encontrar un orden en todos aquellos guarismos sin conexión y absurdos en su secuencia desconcertante, tan parecida a los azares irregulares del destino. No renunciaba a la convicción de que había una lógica que regía todos aquellos números cambiantes. Creía haber encontrado el patrón de esa lógica. Estaba mareado y le dolían las extremidades mientras aspiraba mecánicamente la pipa, una especie de languidez contemplativa alisaba las asperezas de sus rasgos como si se tratara de la quietud corporal provocada por el efecto de una droga mientras la cabeza seguía alerta y en tensión. Nueve, nueve, cero, cuatro, dos, escribió en un billete. El siguiente número que había salido premiado era el cuarenta y siete mil cinco. Como es lógico, siempre que escribía a Manila pidiendo billetes, pedía también que se evitaran todos aquellos números. Con el lápiz en la mano no paraba de murmurar.
       —Cinco, mmmh —se humedecía el dedo y hacía crujir los papeles—. ¡Ajá! ¿Y esto qué es? Hace tres años, en el sorteo de septiembre tocó el nueve, cero, cuatro, dos. Eso es muy interesante.
       ¡Tenía todo el aspecto de ser una ley! No dejaba de tener miedo de que, en medio de la enorme riqueza de aquel material, le pasase desapercibido algún principio. ¿De qué se trataba? Se quedaba a continuación media hora inmóvil, como un muerto inclinado sobre el escritorio y sin mover ni un solo músculo. A sus espaldas, el camarote ocupado por una densa humareda, como si con el mismo silencio y sin que nadie se diera cuenta, hubiese estallado una bomba.
       Al final terminaba siempre cerrando el escritorio con la misma decisión y firmeza inquebrantable, se ponía en pie y salía. Caminaba arriba y abajo por la cubierta de proa, que estaba limpia de objetos y cuerpos de nativos. Los nativos eran siempre un engorro, pero también un buen ingreso que no se podía desdeñar y él necesitaba hasta el último penique de los beneficios que le diera el Sofala. ¡Y no eran muchos, la verdad! La incertidumbre que conlleva a la suerte era algo que le traía sin cuidado porque, a medida que habían ido transcurriendo aquellos años, había llegado también a la convicción de que a todos los números le tenía que tocar la suerte en algún momento. Era una sencilla cuestión de tiempo y de comprar todos los billetes que pudiera en cada sorteo. Por lo general, iba aumentando aquella cantidad y todos los ingresos que provenían del barco acababan allí, como también lo hacía el sueldo que se debía a sí mismo como primer maquinista. Lo único que le hacía lamentarse en secreto eran los sueldos que estaba obligado a pagar al resto de la tripulación. Miraba con recelo a los marineros que barrían la cubierta, a los que limpiaban las barandillas de cobre, y a veces le costaba contenerse para no dar un puñetazo sobre la mesa e insultar en su malayo macarrónico al carpintero… un pobre chino enfermizo que siempre iba hasta las orejas de opio, cuyo único atuendo lo constituían unos pantalones azules y que, invariablemente, tiraba las herramientas y se echaba a correr cada vez que veía aproximarse la furia de aquel demonio. Las situaciones en las que peor controlaba su rabia era cuando lanzaba una mirada allí donde siempre había uno de aquellos estafadores marineros a los que la ley había puesto al mando del buque. Los odiaba a todos; se trataba de un viejo agravio y lo sentía desde que se embarcó por primera vez y entró en una sala de máquinas como aprendiz sin experiencia. La cantidad de insultos que había tenido que soportar… y la cantidad de persecuciones que había tenidos que tolerar a manos de sus propios capitanes y de personas que eran unos auténticos mandados. Ahora que había alcanzado la categoría de armador, seguían siendo una plaga a su alrededor y se veía obligado a pagar una enorme cantidad de dinero a todos aquellos seres inútiles y pretenciosos. Como si un maquinista cualificado que al mismo tiempo fuera el dueño de una embarcación no pudiera encargarse personalmente de su propio barco. No había duda de que, a pesar de todo, se lo había hecho pasar mal a toda esa panda, pero aquel consuelo era más bien pobre. Con el transcurso del tiempo había acabado odiando también el barco y todas las reparaciones que era preciso realizar constantemente, las facturas de carbón y las pobres tarifas que cobraba él. De cuando en cuando, en mitad de algún paseo, cerraba el puño y golpeaba la barandilla, como si el barco lo pudiese sentir. Pero, a pesar de todo, era incapaz de pasar sin el barco, lo necesitaba para respirar y se veía obligado a aferrarse a él con uñas y dientes para mantenerse a flote mientras llegaba aquel manantial de dinero que iba a llevarlo a la dorada costa de su ambición.
       Su principal aspiración era no hacer nada, absolutamente nada, y disponer de todo el dinero posible para mantenerse de ese modo. Ya sabía lo que era el poder, lo había probado como armador, ¡y menuda decepción! ¡Todo era vanidad! Le maravillaba lo ingenuo que había sido. Había preferido la sombra de algo a su sustancia… Si ni siquiera conocía lo bastante las delicias del mundo como para poder enardecer su imaginación, ¿cómo iba a conseguirlas, él, que no era más que el hijo de un calderero borracho que había pasado directamente del taller de una sala de máquinas a una mina del norte? Aun así, era muy capaz de imaginar la sensación de ocio absoluto que podía garantizar la riqueza y fantaseaba con ella para olvidar de aquel modo todos sus apuros presentes. Imaginaba que paseaba por las calles de Hull (de niño había estado muy familiarizado con las alcantarillas de aquella población) con los bolsillos llenos de soberanos. Podría comprarse una casa y todos le rendirían pleitesía: sus hermanas casadas y sus maridos, los antiguos compañeros de taller… todo el mundo. Nada le preocuparía y su palabra sería ley. El día que le tocó el premio llevaba mucho tiempo sin trabajo y recordaba que la noche de la noticia Carlo Mariani (vulgarmente conocido como Charley el gordo), el gerente del extremo más siniestro de Delham Street, le había hecho cientos de reverencias.
       El buen Charley, a pesar de que había fundado su vida en el sostenimiento de los vicios ajenos, les daba siempre de comer a un puñado de tirados blancos. El súbito pensamiento de que iba a cobrar muchas facturas atrasadas lo llenó de alegría y se imaginó toda una serie de fiestas en aquellos sótanos cavernosos. Massy recordaba a la perfección el deplorable aspecto de todos los blancos que pasaban por allí. El pecho casi le estallaba de orgullo. Al darse cuenta de las posibilidades que se abrían frente a él, Massy se alejó con aire altivo de Charley. Pasado el tiempo, el recuerdo de todos aquellos gestos le producía tristeza.
       Aquél era el único y verdadero poder del dinero: no tener problemas y no tener que preocuparse de nada. Le costaba pensar, pero, a pesar de todo, sus sentimientos seguían siendo muy vivos; en sus cortas entendederas, los problemas que se le presentaban siempre tenían que ver con las maquinaciones de los demás. Era armador, pero todos se habían confabulado para convertirlo en un don nadie. ¿Cómo se había dejado engatusar de aquella manera para comprarse un barco? Había sido presa de un engaño y el fraude en el que se había visto inmerso parecía no acabar nunca. A medida que su precariedad económica iba estrechando el cerco, empezó a odiar literalmente a todas las personas que habían tenido trato con él en alguna ocasión. Un temperamento irritable por naturaleza y una sorprendente sensibilidad a las reivindicaciones de su propia personalidad habían terminado por hacer de su vida una especie de infierno: un lugar donde su alma perdida se había abandonado al tormento de una salvaje meditación melancólica.
       Aunque lo cierto era que jamás había odiado a nadie tanto como a aquel viejo que se presentó cierta noche para salvarlo de un desastre asegurado… Aquel desastre provocado por la confabulación de todos aquellos hombres de mar. En cierto modo, casi pareció que hubiese caído del cielo. Realmente había sido sorprendente el súbito sonido de sus pasos resonando sobre la cubierta del vapor, y aquella voz particularmente grave que repetía una y otra vez la misma pregunta:
       —¿Señor Massy? ¿Se encuentra a bordo señor Massy?
       Massy, que en ese momento estaba en los intestinos de su maquinaria, alumbrado por una vela con sombras enormes proyectadas en todas las direcciones a su alrededor, se quedó petrificado al encontrarse en presencia de aquel impresionante anciano, con una barba que parecía un peto de plata, erguido en medio de la oscuridad lívida de aquella puesta de sol.
       —¿Dice que quiere usted verme para hablar de negocios? En este momento no trabajo. ¿O no ve que el barco tiene todas las calderas apagadas?
       Massy había acabado ensañándose con ironía ante su propio desastre, pero no podía creer lo que le estaba diciendo aquel viejo. ¿Cómo es que había aparecido allí? Las cosas sencillamente no sucedían de ese modo. Estaba convencido de que, al despertar, aquel hombre se habría desvanecido como un dibujo en la niebla. Massy se había quedado impresionado por el porte, la dignidad y la cortesía de aquel extraño tan robusto; un poco más y se habría asustado. No se trataba de ningún sueño. Un sueño no pesaba cien kilos. Pero empezó a sospechar. ¿Qué significaba todo aquello? No había duda de que se trataba de una oferta que había que aceptar con los ojos vendados, pero ¿qué había tras ella?
       Cuando se despidieron tras acordar una cita en el despacho de un procurador a primera hora de la mañana del día siguiente, Massy no podía parar de preguntarse: “¿Qué intereses tendrá?”. Durante toda la noche se dedicó a esculpir las cláusulas del acuerdo, un documento único en su especie que le otorgó cierta celebridad en todo el puerto, y que provocó asombro.
       El objetivo principal de Massy era asegurarse de la mejor forma posible que se podía deshacer de su socio sin tener que devolverle inmediatamente su parte, mientras que los esfuerzos del capitán Whalley se dirigieron a asegurar su inversión. ¿No se trataba acaso del dinero de Ivy, una parte de su fortuna y que, aparte de eso, no tenía más legado que el viejo cuerpo de su padre, que se obcecaba en resistir los envites del tiempo? Se cargó de paciencia utilizando las reservas de su amor por ella y aceptó con una tranquilidad pasmosa todos los párrafos en los que Massy se blindaba contra su incompetencia, su deslealtad, su embriaguez a cambio de otras estipulaciones que lo atasen. Habían pasado ya tres años y era libre de retirarse de la sociedad, llevándose su dinero con él. Se habían estipulado disposiciones para ir formando un fondo con el que poder pagarle, pero si por cualquier causa (que no fuera la muerte) abandonaba el Sofala antes de que se cumpliera ese plazo, Massy dispondría de todo un año para pagarle.
       —¿Y en caso de enfermedad? —sugirió el abogado, un joven recién llegado de Europa que aún no tenía muchos encargos y al que el caso divertía en especial. Massy comenzó a quejarse de inmediato:
       —No iba a pensar que él…
       —No se preocupe —dijo el capitán Whalley amparado en una soberbia confianza en su cuerpo—, eso son cosas de Dios —añadió. Era consciente de que en mitad de la vida se encontraba la muerte, pero tenía una gran confianza en su hacedor, era Él quien conocía todos los pensamientos y las intenciones humanas. El creador sabía qué uso hacía de la salud y cuánto la necesitaba—. Tengo la esperanza de que mi primera enfermedad sea la última. Nunca he estado enfermo, al menos que yo recuerde; déjelo.
       Pero incluso en aquellos momentos despertó la hostilidad de Massy al negarse a que fueran seiscientas libras en vez de quinientas.
       —No puedo hacer eso —fue lo único que dijo, pero lo hizo con tanta decisión que Massy desistió inmediatamente de hacer ninguna réplica al respecto. Aunque no dejó de pensar para sí mismo: “¡Que no puede, dice! ¡Qué viejo canalla! Será más bien que no quiere. Le tiene que salir el dinero por las orejas, pero lo único que quiere es un puesto tranquilo y la sexta parte de mis beneficios… Si puede evitarlo, no pagaría ni un solo céntimo”.
       Durante aquellos años, el enfado de Massy fue creciendo día a día bajo el fuego de algo parecido al miedo. La sencillez de aquel hombre podía parecer, al final, peligrosa, pero lo cierto es que últimamente había cambiado. Ahora tenía un aspecto menos formidable que antes, como si su energía vital hubiese disminuido o tuviese una herida secreta. A pesar de todo, seguía resultando muy misterioso debido a su valor, su rectitud y su sencillez. Cuando Massy supo que tenía intención de abandonarlo en cuanto acabara el plazo, sin dejar resuelto el tema de las calderas, el disgusto se convirtió en un auténtico volcán de odio.
       Hacía tanto tiempo se le habían abierto los ojos, que no había nada que el señor Sterne pudiera contarle que no hubiera pensado ya él de antemano. Tenía mucho interés en aterrorizar todo lo posible a aquella sabandija para que se callase, y quería afrontar aquel problema él solo; y por muy inverosímil que le resultara a Sterne, aún no había abandonado la esperanza de que aquel viejo odioso se quedase. ¡Evidentemente! La única manera de hacer fortuna era evitarlo, y, ahora que acababan de cruzar el bajío de Batu Beru, las cosas parecían haberse inclinado inesperadamente a un desenlace. Estaba tan inquieto que ni siquiera conseguía tranquilizarlo el análisis de los números premiados, y la luz del camarote se estaba haciendo cada vez más tenue.
       Apartó la lista y susurró de nuevo:
       —¡No! ¡Usted no, no lo consentiré! —Lo último que necesitaba en aquel momento es que aquel entrometido lo convirtiese en cómplice. Volvió a agarrarse la cabeza con las manos; la figura era tan inmóvil y estaba tan confinada en la penumbra de aquel cerrado rincón, que parecía al mismo tiempo algo infinitamente apartado del ajetreo y los ruidos de cubierta.
       Los podía oír. Los pasajeros se habían puesto a charlar animosamente al mismo tiempo, y había alguien arrastrando un pesado cofre junto a su puerta. De repente escuchó la voz del capitán Whalley en la parte de arriba:
       —Todos a sus puestos, señor Sterne.
       La respuesta le llegó desde el otro lado de proa:
       —Sí, señor.
       —Esta vez lo vamos a amarrar de cara a la corriente, tenemos la marea baja.
       —De cara a la corriente, señor.
       —Encárguese usted, señor Sterne.
       Aquella conversación quedó clausurada por el gong procedente de la sala de máquinas. La hélice seguía girando lentamente: uno, dos, uno, dos, tres… con pequeñas pausas, como si a ratos dudara en seguir avanzando. El gong sonaba una y otra vez, y el agua lanzada en diversas direcciones por las palas causaba una gran conmoción a lo largo del buque. El señor Massy no se movió. En la otra orilla, y aproximadamente a un cuarto de milla de distancia, giraba un faro pequeño como una estrella diminuta recorriendo lentamente el círculo del puerto. Desde el espigón del señor Van Wick, unas voces contestaron a los gritos del buque. Lanzaron las cuerdas. No llegaron. Las volvieron a lanzar; la tenue llama de una antorcha que había sobre uno de los grandes sampanes que iban a recoger majestuosamente al rajá de la costa introdujo de repente un resplandor rojizo en el camarote, que tiñó toda su persona. El señor Massy permaneció inmóvil. Las máquinas se detuvieron tras unas vueltas pesadas y lentas, las máquinas se detuvieron y el tañir del gong indicó que el capitán había ordenado una pausa. Por el lado opuesto al muelle, un gran número de botes se acercó hasta el Sofala. Poco a poco se fue reduciendo el ruido de los chapuzones, gritos, pies que se arrastraban, bultos que caían y voces de los niños de los pasajeros al alejarse. En la costa se oyó una voz autoritaria que sonaba cerca del costado del barco:
       —¿Algún correo para mí?
       —Sí, señor Van Wick. —Era Sterne quien contestaba desde la batayola con respetuosa cordialidad—. ¿Quiere que se lo lleve arriba?
       La voz preguntó una vez más:
       —¿Dónde está el capitán?
       —Sigue en el puente, creo. No se ha movido de la butaca. ¿Quiere…?
       La voz no lo dejó terminar.
       —Yo subiré.
       —Señor Van Wick —dijo Sterne con una voz ahogada por el esfuerzo.
       —¿Le importaría hacerme el favor…?
       El segundo salió a la pasarela a toda prisa. Hubo un pequeño silencio. El señor Massy permaneció inmóvil en la oscuridad.
       Ni siquiera se movió cuando escuchó que frente a su camarote cruzaban unos pasos muy lentos. Lo único que hizo fue gritar a la puerta cerrada:
       —¡Jack!
       Los pasos retrocedieron sin prisa, se oyó la cerradura y en el vano de la puerta apareció la cara del segundo maquinista como una sombra oscura sobre la luz que provenía de la lumbrera del pasillo. El rostro era igual de negro que todo cuanto lo rodeaba.
       —Esta vez hemos tardado en subir un poco más de lo normal —gruñó el señor Massy sin cambiar el gesto.
       —No he podido hacer otra cosa. La mitad de las tuberías de ahí abajo están atascadas o tienen escapes —respondió con locuacidad el segundo.
       —No es asunto tuyo comentarlo.
       —Pero sí lo podridas que están las calderas —contestó el subordinado sin gran animación—. Baje usted y deles más presión si se atreve. Yo no me atrevo.
       —No mereces ni la sal que te doy —dijo Massy, y el otro hizo un ruido parecido al de una risa que se queda en estertor de burla.
       —Es más conveniente ir despacio que quedarse con el barco parado —dijo el admirado superior, y al cabo el señor Massy se volvió girando la silla y enseñando los dientes.
       —¡Malditos sean usted y todo este asqueroso barco! Ojalá estuviese en el fondo del mar y así se moriría usted de hambre.
       El segundo maquinista cerró la puerta con suavidad.
       Massy escuchó. En vez de dirigirse al baño, que era el lugar al que tendría que haber ido para asearse un poco, el segundo entró directamente en su propio camarote, que era el contiguo al suyo. El señor Massy se puso en pie y esperó todavía un rato. Escuchó cómo echaba el pestillo. Salió disparado y le pegó una furiosa patada a la puerta.
       —Usted se encierra ahí para emborracharse —gritó.
       La apagada respuesta todavía tardó unos instantes en llegar:
       —Tiempo libre.
       —Como se le ocurra a usted darse al alcohol le despido —gritó Massy.
       Una amenaza a la que siguió un silencio sepulcral. Massy se alejó sorprendido de allí. En la orilla aparecieron dos figuras acercándose a la pasarela. Escuchó una voz cargada de desprecio que decía:
       —Francamente, no le creo. Pero no le quepa duda de que hablaré de este asunto.
       La otra voz era la de Sterne y respondió con un tono cargado de sentido del deber:
       —Gracias, no quiero más. Era mi obligación.
       El señor Massy se quedó perplejo. Una figura pequeña y distinguida subió a la cubierta y estuvo a punto de chocarse con él, que quedaba fuera del círculo del farol de la pasarela. Pasó hacia el puente después de cambiar un rápido saludo:
       —Buenas tardes —dijo Massy con tono amenazador a Sterne, que seguía al otro con paso sumiso—, ¿se puede saber qué hace ahora contándole historias al señor Van Wick?
       —No, señor, yo no soy quién para que el señor Van Wick me preste atención, y mucho me temo que él tampoco cree que sea usted quién. Sí se lo parece el capitán Whalley. Ha subido a pedirle que cene en su casa esta noche.
       Y a continuación añadió sombríamente para sí mismo:
       —Y espero que le apetezca ir.



XII

      El señor Van Wick, el blanco de Batu Beru, un viejo oficial de la armada que, por razones que sólo él conocía, había abandonado una carrera prometedora para convertirse en dueño de una plantación de tabaco en aquella apartada región de la costa, había llegado a cogerle mucho cariño al capitán Whalley. La aparición del nuevo capitán le había interesado mucho, porque no se podía imaginar nada más distinto a la sucesión de personajes que habían ido pasando por el puente del Sofala.
       En aquellos años, Batu Beru no era todavía la región en la que se convertiría más tarde, el centro de una próspera región tabaquera, unos bungalows con aspecto de barrio residencial que formaban una calle con una hilera de árboles entre la exuberancia placentera de jardines floreados con una carretera de cinco kilómetros en la que poder pasear, y una residencia de primera clase para presidir la sociedad de un grupo de jóvenes casados que trabajan para las grandes compañías.
       Esa prosperidad no había llegado todavía y el señor Van Wick se enriquecía sólo en el lado izquierdo de un claro arrancado a la vegetación de la selva que llegaba hasta el agua rodeando toda la vivienda. Aquel bungalow solitario se alzaba frente a las casas del sultán que quedaban al otro lado del río. Era un viejo inquieto y melancólico a partes iguales que ya lo sabía todo sobre el amor y la guerra y que lo único que esperaba era morir antes de que los blancos se pusieran de acuerdo para arrebatarle aquellas posesiones. Cruzaba el río con relativa frecuencia (y nunca con menos de diez barcas repletas de gente), con la esperanza de sacarle al blanco alguna información sobre el asunto. Siempre se sentaba en la misma butaca de la terraza mientras los dos encargados de la corte se sentaban en cuclillas sobre las alfombras y pieles en los espacios que dejaba el mobiliario. La gente inferior permanecía en la parte de abajo, en la zona de césped que había entre la casa y el embarcadero, en filas de tres o cuatro, y ocupando toda la zona. No era infrecuente que la visita empezara al amanecer. El señor Van Wick no tenía problema con aquel tipo de incursiones. Saludaba desde la ventana de la habitación con el cepillo de dientes o la navaja de afeitar en la mano y pasaba entre los cortesanos en bata. Aparecía y desaparecía siempre tarareando alguna canción, se limaba las uñas con esmero y se mojaba la cara recién afeitada con agua de colonia, luego se preparaba un té y salía para echarle un vistazo al trabajo de sus coolies. Cuando regresaba, miraba los papeles de su escritorio, leía un capítulo de un libro o se sentaba frente al piano de campo echándose hacia atrás en el taburete, estirando mucho las piernas y recorriendo las teclas con las manos mientras se balanceaba lentamente de derecha a izquierda. Cuando no le quedaba más remedio que hablar, respondía siempre utilizando evasivas por compasión. Y no era improbable que fuera ese mismo sentimiento el que lo impulsara también a ser tan hospitalario y generoso al sacar las bebidas carbónicas, porque había veces que se quedaba sin soda para toda la semana. El viejo le había concedido toda la tierra que se tomase el trabajo de limpiar, toda una fortuna.
       Y ya fuese la fortuna o el aislamiento lo que hubiese ido buscando el señor Van Wick, había dado de pleno con el lugar. Hasta las lanchas de la compañía concesionaria que recorrían todas aquellas chozas de palma de la costa pasaban muy lejos de la boca del río Batu Beru. Era un viejo contrato, cosa de pocos años, y podía ocurrir que cuando expirase aquel contrato incluyesen a Batu Beru en su recorrido, pero mientras tanto todo el correo que llegaba para el señor Van Wick iba a Manila y desde allí su agente se lo enviaba a bordo del Sofala. Por tanto, si Massy se quedaba sin dinero (por haber comprado demasiada lotería) o se veía en dificultades para encontrar un capitán, el señor Van Wick se vería privado de su correspondencia y sus periódicos. Por esa razón estaba tan personalmente interesado en el futuro del Sofala. Aunque se definía a sí mismo como un ermitaño (y realmente se podía decir que no era casualidad que llevara ocho años retenido allí), le gustaba saber lo que pasaba en el mundo.
       En el pasillo, y en unas estanterías de nogal (que también había llevado el año anterior el Sofala, todo lo llevaba el Sofala), bajo unos pisapapeles de bronce, había un buen montón de ejemplares de The Times, edición semanal, las grandes páginas del Rotterdam Courant, el Graphic con sus tapas verdes, una publicación ilustrada holandesa sin cubierta y ejemplares de una revista alemana en color llamada Bismarck Malade. Había también partituras de música nueva, aunque el piano (que había llevado años atrás el Sofala) estaba muy desafinado por culpa de la humedad de la selva. A veces resultaba un poco humillante verse privado de todo contacto durante sesenta días. Cuando veía aparecer el Sofala, el señor Van Wick bajaba las escaleras de la galería y caminaba sobre el césped que había frente a la casa hasta llegar casi a la orilla con el ceño fruncido.
       —Me imagino que habrán tenido algún accidente que les habrá obligado a estar fuera de servicio.
       Se dirigía hacia el puente pero, sin dar tiempo a que se produjese ninguna respuesta, Massy ya había saltado a tierra por encima de la batayola y se había encaminado hacia él, juntando las palmas de las manos e inclinando la cabeza engominada con cintas y tiras de pelo negro. Le molestaba tanto tener que dar explicaciones que sus quejidos tenían un tono de lo más lastimero. Durante toda la conversación, a pesar de todo, intentaba mantener una sonrisa en los labios.
       —Le aseguro que no señor Van Wick; le va a parecer increíble, pero no he conseguido un mal diablo de esos que me saque el barco a la mar. No había ni uno solo de esos vagos disponible, no había manera humana de convencerlos, y ya sabe que por ley…
       Se quejó durante un buen rato, y se oyeron una tras otra las palabras “complot”, “conspiración”, “envidia”, mientras el señor Van Wick no dejaba de mirarse las uñas con una mueca, antes de responder:
       —Vaya, qué tragedia. —Y dio media vuelta.
       Era un hombre puntilloso, inteligente, un poco escéptico y acostumbrado a la mejor sociedad (durante su último año en la Armada, y antes de abandonar la metrópoli, había tenido un puesto muy envidiado en el Ministerio de la Marina), tenía una calidez de sentimiento latente y una simpatía natural que a veces quedaba algo escondida bajo unas formas que podían interpretarse como una indiferencia altiva que en realidad eran fruto de su educación. En ocasiones, no habría faltado mucho para que algún enemigo hubiese podido llamarlo petimetre por aquel aspecto que parecía el vago eco distorsionado de la elegancia de tiempos mejores. Entre sus coolies había conseguido instaurar una disciplina militar, y la camisa blanca de cuello almidonado y alto parecía estar proclamando a los cuatro vientos que tenía intención de mantener la ceremonia de la etiqueta, aunque se ceñía una faja de color carmesí en honor a la selva, como precaución de higiene. Abierta sobre el pecho, y colgándole de los hombros, solía llevar una chaqueta de seda ligera. Llevaba el pelo bien cuidado, claro en la zona superior del cráneo y levemente ondulado en los flancos, un bigote bien recortado, la frente sin adornos y unos brillantes zapatos bajos de charol que asomaban bajo el ancho vuelo de los pantalones, de la misma tela que la chaqueta; la estampa completa le daba un aire de pirata de novela, mezclada con la elegancia de un dandy un poco calvo que se había permitido alguna prenda extravagante en su exilio.
       Aquél era su traje de etiqueta. La hora a la que llegó el Sofala era una hora antes de que se pusiera el sol, y él tenía un aspecto extravagante paseando por la orilla sobre aquel fondo de césped coronado por el bungalow con el techo de palma y cubierto de enredaderas repletas de flores. Mientras terminaban de amarrar el Sofala, él seguía paseando entre los pocos árboles que había mantenido cerca del embarcadero esperando para poder subir a bordo. Los blancos de aquel barco no pertenecían a su especie. El viejo sultán (por mucho que le pudieran llegar a aburrir sus constantes incursiones) resultaba mucho más aceptable para su gusto. Pero, a pesar de todo, no dejaban de ser blancos, y las periódicas visitas de aquel barco eran un alivio en su reclusión. Eso sin contar lo necesarias que eran desde el punto de vista comercial. Su sentido de la precisión hacía que se irritara profundamente cuando el barco no aparecía cuando estaba previsto.
       La razón de aquellas irregularidades siempre le parecía demasiado extraña, y a su juicio Massy no era más que un idiota insoportable. La primera vez que el Sofala apareció de nuevo cuando él ya había perdido toda esperanza de volverlo a ver, se enfadó tanto que ni siquiera bajó directamente al embarcadero. Los sirvientes fueron corriendo a darle la noticia y él acercó una silla hasta la baranda de la galería, puso los codos sobre ella y se quedó un buen rato contemplando aquel barco que estaba amarrando frente a su casa. Era capaz de distinguir a la perfección todos los rostros blancos que había a bordo, pero ¿quién demonios era aquel patriarca al que habían puesto en el puente con una butaca?
       Al fin se levantó y bajó paseando por el sendero de gravilla. Lo cierto era que hasta aquella gravilla para los caminos había tenido que importarla con ayuda del Sofala. Disgustado, altivo y orgulloso, sin prestar ninguna atención a nadie, se dirigió a Massy de forma tan decidida que el maquinista sólo pudo tartamudear. Lo único que se podía sacar en claro era un vago:
       —Señor Van Wick, le aseguro… Señor Van Wick, de ahora en adelante… Señor Van Wick… —El exceso de sangre subcutánea convirtió el rostro generalmente amarillento de Massy en una naranja artificial con dos ojos negro azabache de gran brillo.
       —Ridículo, estoy harto de usted, ni siquiera sé cómo tiene el valor de presentarse en este muelle.
       Massy intentó protestar con energía pero el señor Van Wick estaba realmente enfadado. Había decidido acudir a una firma alemana, aquella gente de Malaca… ¿Cómo se llamaban? Los de los barcos de chimeneas verdes… Estaba seguro de que a esa gente no habría que perseguirla si les ofrecía la posibilidad de abrir allí una nueva ruta. Schnitzler, Jacob Schnitzler; seguro que aceptaría de inmediato. Estaba decidido, iba a escribirles en cuanto se diera la menor oportunidad.
       El nervioso Massy tuvo que cazar al vuelo una pipa que se le había resbalado de los labios.
       —Por favor, no haga eso, señor.
       —No debería usted arruinar su propio negocio de una forma tan negligente.
       El señor Van Wick se dio media vuelta. Los tres blancos que estaban sobre el puente ni siquiera habían pestañeado ante toda la escena. Massy se puso a pasear de un lado al otro sin dejar de bufar:
       —¡Orgulloso holandés!
       Se puso a recitar mentalmente toda una lista de agravios, la de los esfuerzos que había realizado durante todos aquellos años por tener a aquel hombre satisfecho. ¿De modo que aquélla era la recompensa? Muy bonito… Escribir a Schnitzler; perfecto… Traicionarlo por las chimeneas verdes… Venderse a aquel judío de Hamburgo que iba a terminar siendo su ruina… Se rio entre sollozos… ¡Ja! ¡Y lo más probable es que le fuera a enviar la carta mediante su propio barco!
       Se tropezó con la reja y se puso a maldecir. No le iba a temblar el pulso a la hora de tirar por la borda la correspondencia de aquel holandés… Tiraría el paquete entero. Jamás en la vida había cobrado recargo alguno por aquel servicio, pero lo más probable es que su nuevo socio, el capitán Whalley, no se lo permitiera. Por su parte, habría preferido intentar cavar un hoyo en el agua antes de ver cómo las chimeneas verdes le quitaban aquella ruta.
       Estaba delirando en voz alta. Junto a la escalera los camareros chinos se echaron hacia atrás con los platos. El grito se escuchó desde lo alto del puente:
       —¿Pero es que no vamos a comer esta noche? —dijo dándose la vuelta con violencia hacia el capitán Whalley, que esperaba con paciencia a la cabecera de la mesa mesándose la barba—. No tiene mucha pinta de que le preocupe a usted lo que me pasa. ¿No se da cuenta de que esto perjudica sus intereses tanto como los míos? No es ninguna broma. —Se sentó a la mesa sin dejar de gruñir entre dientes—. Eso a no ser que tenga usted unos miles guardados en alguna parte, porque yo no los tengo.
       El señor Van Wick estaba cenando en su bungalow completamente iluminado, cosa que daba un punto de resplandor en medio de aquella noche en el claro ganado sobre la sombría orilla del río. Cuando se sentó al piano comprobó que se oían unos pasos lentos y espaciados sobre la gravilla del sendero. Luego crujieron también unos cuantos tablones bajo aquellas robustas pisadas y él se volvió sobre el taburete con las puntas de los dedos todavía sobre las teclas. Se oyó el ladrido del pequeño terrier, y a continuación lo vio entrar en la galería. Escuchó cómo una voz profunda le pedía perdón por aquella “intrusión”. Salió enseguida.
       En lo alto de las escaleras se alzaba aquella patriarcal silueta que al parecer era ahora el nuevo capitán del Sofala (había visto pasar a media docena de ellos, pero ninguno tenía aquella planta). El pequeño perro siguió ladrando incansable hasta que el señor Van Wick lo hizo callar moviendo el pañuelo. El capitán Whalley se encontró con una oposición abierta cuando intentó introducir el tema.
       Tuvieron aquella charla de pie, en el mismo lugar en el que se habían encontrado. El señor Van Wick no dejaba de mirar atentamente a su visitante y finalmente añadió, como si se sintiera obligado a salir de su mutismo:
       —Me llama la atención que interceda usted por ese maldito loco. —Cualquiera habría podido tomar aquellas palabras por el principio de un cumplido—. ¡Qué un hombre como usted se moleste en interceder!
       El capitán Whalley dejó pasar aquellas palabras sin responder con un pestañeo, se podría haber pensado que ni siquiera las había oído. Se limitó a continuar hablando y añadió que estaba interesado personalmente en arreglar las diferencias que hubiera entre los dos. Personalmente.
       El señor Van Wick, que realmente seguía muy enfadado con Massy, tenía un humor incisivo.
       —Si quiere que le sea franco, ese personaje no me resulta muy de fiar, ni particularmente simpático.
       El capitán Whalley, que seguía allí de pie, se irguió, y a él le dio casi la sensación de que se ensanchaba, como si las dimensiones de su pecho hubiesen crecido un poco bajo la barba.
       —Estimado señor, espero que comprenda que no he venido a aquí a discutir acerca de una persona con la que estoy… mmmh… digamos que estrechamente asociado.
       Hubo unos segundos de solemne silencio. No estaba acostumbrado a tener que pedir favores a la gente, pero aquel asunto era importante. El señor Van Wick se quedó favorablemente perplejo ante aquella respuesta y con un súbito deseo de reñir lo interrumpió:
       —Si insiste en hacer de esto una cuestión personal, me parece muy bien, pero permítame al menos que le invite a fumarse un cigarro conmigo.
       Hubo una pequeña pausa, y tras ella el capitán Whalley avanzó lentamente hacia él. En cuanto a las entregas que se hicieran en el futuro, él se haría personalmente responsable de la regularidad del servicio. Su nombre era Whalley… un nombre que a un marinero (y hablaba con un marinero, ¿no era así?) tal vez le pudiese resultar familiar. En la actualidad había un faro, en una isla. Puede que el mismo señor Van Wick…
       —Por supuesto, desde luego… —respondió el señor Van Wick entendiendo todo al instante y señalándole la butaca que estaba a su lado. Todo aquello le interesaba mucho. Él mismo había cubierto algún servicio durante la guerra pero nunca había llegado tan al Este. ¿La isla Whalley? Claro que sí, qué interesante. Supongo que su huésped habrá visto muchos cambios últimamente…
       —Y en tiempos previos también… durante medio siglo.
       El capitán Whalley explicó un poco la historia. El aroma de aquel excelente puro (era una de sus debilidades) le había conmovido el corazón, al igual que los buenos modos de aquel joven. Aquel encuentro accidental le devolvía algo que había echado mucho de menos en todos aquellos años de lucha.
       La fachada formaba un agradable rincón que estaba dispuesto como si se tratara de una habitación independiente. Había una lámpara de cristal ahumado que estaba suspendida desde lo alto del techo con una fina cadena de latón y que daba luz sobre una pequeña mesilla en la que había un libro abierto y un abrecartas de marfil. Podían verse otras mesas en las sombras que se proyectaban más a lo lejos, y también varias sillas de tipos distintos con un gran número de pieles que estaban sobre el suelo a modo de alfombras. Las enredaderas en flor perfumaban el aire. En los montantes, el follaje formaba un marco de hojas espesas que se reflejaban a la luz de la lámpara con un verdoso esplendor. A través del vano que tenía a su lado, el capitán podía contemplar el farol de la pasarela del Sofala ardiendo amarillento junto a la orilla, y también la mole de la ciudad al otro lado de la enorme oscuridad del río. Se veía también una negra franja de cielo llena de resplandecientes estrellas. Tuvo un momento de paz con aquel magnífico puro entre los dedos.
       —No tiene mucha importancia, en realidad; alguien tiene siempre que ser el primero. Lo único que demostré yo era que se podía hacer, pero ustedes, lo que ya están habituados al vapor no son capaces de mesurar en justicia lo que un pequeño descubrimiento como aquél supuso para el comercio oriental de aquellos años. El paso que descubrí podía reducir en once días una travesía del sur durante más de la mitad del año. ¡Once días! Ese tipo de cosas ya han pasado a la historia, pero lo curioso, hablando con un marinero, es que yo diría que pasó…
       Hablaba con corrección, sin darse ínfulas, con profesionalidad. Su voz grave y poderosa colmaba el espacio de las habitaciones vacías de aquel bungalow con una resonancia límpida y profunda, como si el sonido se produjera en cierto modo desde el exterior. El señor Van Wick estaba sorprendido de la serenidad que emanaba de aquella voz, su perfección masculina.
       El capitán Whalley también había sido uno de los pioneros en el comercio en el golfo de Petchili, y hasta llegó a mencionar que era allí donde había enterrado a su amada esposa veintiséis años atrás. El señor Van Wick no pudo dejar de preguntarse qué tipo de mujer podría ser una pareja equilibrada para un hombre como aquél. ¿Habían sido una buena pareja? No, lo más probable es que ella fuera pequeña y frágil, seguramente muy femenina, seguramente una mujer de naturaleza doméstica y sin importancia. El capitán Whalley no era en absoluto un orador cansino y, como si quisiera disipar una momentánea melancolía que se había cruzado en su agradable rostro de veterano, aludió de manera cordial a la soledad del señor Van Wick.
       El señor Van Wick reconoció que a veces tenía más compañía de la deseada y le confesó algunas de las peculiaridades de la relación que mantenía con el sultán. Lo visitaba en pleno alarde de fuerzas. Siempre que venía aquella gente le acababan estropeando el césped que había frente a la casa (y no era nada fácil conseguir en el trópico algo que tuviera el aspecto de césped), y el otro día le habían llegado a arrancar varias plantas raras que tenía por allí. El capitán Whalley recordó que en el 47, el sultán de aquella época (“el abuelo de éste de ahora”) había sido célebre por proteger a las naves de piratas que solían atacar un poco más hacia el este. Siempre se refugiaban en el río Batu Beru. Había llegado a financiar en concreto a un jefe balinini llamado Haji Daman. El capitán Whalley arqueó las cejas de forma muy expresiva porque aquel tema lo tenía muy controlado. El mundo había progresado mucho desde entonces.
       El señor Van Wick se opuso a aquel comentario con una acritud inesperada:
       —¿Progresado en qué sentido? —le preguntó.
       Pues en el conocimiento de la verdad, la honestidad, la justicia, el orden… Y también en la honradez, porque si los hombres se hacían daño unos a otros era básicamente por ignorancia. El capitán Whalley llegó a concluir que la vida era más agradable en este mundo presente.
       El señor Van Wick se negó a aceptar que el señor Massy, por poner un caso, fuese más agradable que el pirata balinini.
       El río al menos no había ganado mucho con los cambios, y a su manera también los piratas habían tenido cierta honradez. No había duda de que Massy era menos terrible que Haji Daman, pero…
       —¿Y qué me dice de usted, señor? —se rio el capitán—, al menos reconocerá que su presencia aquí es una mejora.
       Aquel tono cordial continuó un buen rato. Un buen puro era algo mucho mejor que un golpe en la cabeza… cosa que era exactamente el recibimiento que había tenido en aquel mismo río hacía cuarenta o cincuenta años. Y en ese momento, inclinándose un poco hacia delante, se puso realmente serio. Daba la sensación de que, aparte de sus propias tribus de gitanos marinos, aquellos corsos odiaran a la humanidad con una furia incomprensible y sangrienta. La nueva generación era más pacífica y vivía en aldeas más prósperas. Eso lo podía decir basándose en su propia experiencia. Hasta los supervivientes de aquella época, que eran ya ancianos y habían cambiado tanto, que ahora habría resultado casi de mal gusto reprocharles que se hubieran pasado la juventud cortando cuellos. Guardaba un recuerdo especialmente vívido de uno de ellos, un venerable jefe de cierta aldea de la costa que estaba a unas setenta millas al sudoeste de Tampasuk. Anima ver hablar a aquel hombre, pero en su juventud había sido un feroz salvaje. Lo que los hombres necesitaban era verse enfrentados en algún momento de sus vidas a una inteligencia superior, a un conocimiento superior, a una fuerza superior. El capitán Whalley estaba convencido de que en el interior de todos los hombres había una predisposición natural hacia el bien, aunque no por eso se pudiese decir que en su conjunto el mundo fuese un lugar particularmente feliz. Otra cosa muy distinta se podría haber dicho de su confianza con respecto a la sabiduría de los hombres.
       Reconocía que en ese punto en concreto necesitaba de una ayuda más enérgica. Puede que los hombres fueran torpes, desgraciados y hasta mal organizados, pero desde luego no eran malos por naturaleza. Al menos en el fondo de sus corazones eran totalmente inofensivos.
       —¿De verdad se lo parecen? —preguntó el señor Van Wick con amargura.
       Aquella interpelación le arrancó una risa tolerante al capitán Whalley. Había visto ya medio siglo, dijo. El humo se entrelazaba plácidamente entre los pelos canosos de su barba y ocultaba sus agradables labios.
       —Sea como sea me alegro de que no les haya dado tiempo de hacerle a usted mucho daño.
       El señor Van Wick no se sintió en absoluto ofendido por aquella referencia a su juventud. Se puso de pie y encogió los hombros de una manera un tanto enigmática. Caminaron el uno junto al otro amistosamente bajo la noche estrellada hasta la orilla del río. Sus pasos sonaban de manera desigual. En el lado de tierra de la pasarela había un farol colgando a una altura muy baja que iluminaba las piernas y los grandes pies de Massy, que estaba allí esperando ansiosamente el regreso del capitán. De cintura para arriba, su cuerpo se sumergía en la oscuridad con la sola excepción de una hilera de botones que le llegaba hasta la barbilla.
       —Ya puede darle las gracias al capitán Whalley —dijo el señor Van Wick antes de darse la vuelta.
       Las lámparas de la galería proyectaban sobre la hierba y entre los pilares tres grandes manchas de luz. Un pequeño murciélago pasó por delante de su rostro, como una mota aterciopelada de la propia oscuridad. A lo largo del seto de jazmín el aire de la noche se había hecho un poco más denso con la llegada de una humedad perfumada, el sendero estaba bordeado de parterres y los recortados arbustos se alzaban como moles oscuras y redondas delante de la casa. El follaje de las enredaderas filtraba el halo de luz de la lámpara de interior como un suave resplandor por toda la fachada, y todo parecía envuelto en una gran inmovilidad suave.
       El señor Van Wick (que hace tan sólo unos años llegó a tener la sensación de que nadie había tratado tan mal a una mujer como él) sentía por el optimismo del capitán Whalley la distancia cínica de quien fue crédulo en otra época de su vida. Su desagrado por el mundo (por aquella mujer que en otro tiempo lo había sido todo para él) se materializó en forma de una vida retirada, y es que, aunque consideraba que poseía una gran capacidad de sentimiento, era un hombre enérgico y naturalmente pragmático. Y sin embargo, aquel marinero tan poco común que había pasado junto a su soledad tenía algo que ponía en tela de juicio su escepticismo. Hasta su misma simplicidad (y lo divertida que le resultaba) tenía una especie de delicado refinamiento. La dignidad que emanaba de todos sus gestos no se correspondía con la humildad de su situación, y daba a entender una nobleza general en todo su carácter. A pesar de toda aquella esperanza que profesaba en la humanidad, no era ningún loco, y aquella serenidad natural de su carácter, como no era consecuencia de su éxito, tenía que proceder necesariamente de su sabiduría. Al señor Van Wick le divertía comprobar que hasta los rasgos físicos del viejo capitán del Sofala, su aspecto tranquilo, su rostro inteligente y agradable, las grandes piernas, su amabilidad mezclada con un toque de severidad, y hasta aquellas cejas espesas, le daban a toda su figura una cualidad seductora. El señor Van Wick se había acostumbrado a despreciar la pequeñez en todas sus formas, pero en aquel hombre no había nada pequeño y, a medida que fueron encontrándose en sus muchos viajes, se fue articulando entre ambos un sentimiento de cálido respeto en el fondo y una forma de cordial solemnidad que le resultaban muy agradables a su exigente paladar.
       Los dos mantenían siempre sus respectivas opiniones sobre todas las cuestiones mundanas, sus propias convicciones, y el capitán Whalley jamás ponía en cuestión las suyas. La diferencia de edad suponía otro salto entre los dos. En determinada ocasión, cuando le reprochó lo poco caritativo que era para ser tan joven, el señor Van Wick recorrió con la mirada la enorme figura de su interlocutor y replicó con cordial dureza:
       —¡Bueno! Pues ya se convencerá en ese caso de que tengo razón; aún le queda mucho tiempo de vida, no se haga el viejo, que, con el aspecto que tiene, es de esperar que llegará a los cien años. —No pudo evitar aquella viveza, pero de inmediato moderó su comentario con una sonrisa y dijo—: Y cuando llegue ese momento, supongo que no le importará morirse de asco.
       El capitán Whalley meneó la cabeza y sonrió:
       —¡Dios no lo permita!
       Puede que supusiera que merecía algo un poco mejor que morir embargado por esa clase de sentimientos. Como es lógico, también aquel momento tendría que llegar algún día, pero él confiaba en que Dios le ofreciera una salida que no lo avergonzara demasiado. Por otra parte, si así debía ser, no le importaba vivir hasta los cien años; ya había sucedido otras veces y tampoco era ningún milagro. Él no esperaba ningún milagro.
       Aquel tono severo y reflexivo provocó que el señor Van Wick levantara la cabeza para mirarlo fijamente. El capitán Whalley mantenía la mirada clavada a lo lejos con expresión ausente, como si estuviese leyendo en la pared el decreto favorable de su Creador. Se quedó totalmente inmóvil durante unos segundos, y luego se puso en pie tan rápidamente que el señor Van Wick se quedó asombrado.
       A continuación se golpeó el pecho y extendió horizontalmente un brazo enorme como una rama de un árbol en un día sin viento.
       —No siento dolor alguno. ¿Le parece a usted que tiemblo?
       Hablaba de una manera casi tímida, cosa que provocaba un fuerte contraste con la forma en la que se había levantado. Se volvió a sentar.
       —Ya sabe que no digo esto para envanecerme, yo no soy nadie —continuó diciendo sin ningún esfuerzo con aquella voz grave que parecía fluir con la misma naturalidad con que fluye un río. Recogió el puro que había dejado y siguió diciendo, mientras afirmaba con la cabeza—: Lo que sucede es que mi vida es necesaria. En cierto modo, no es mía… Dios lo sabe.
       Ya no volvió a hablar demasiado el resto de la velada, pero al señor Van Wick le pareció distinguir la sombra de una sonrisa bajo aquel enorme bigote. En alguna que otra ocasión el capitán Whalley consentiría en entrar en la casa, y hasta se dejó invitar a algún vaso de vino.
       —No crea que me da miedo, amigo mío —explicó—, pero en su momento tuve mis buenas razones para dejarlo.
       En otra ocasión, y mientras se echaba cómodamente hacia atrás, comentó:
       —Mi querido señor Van Wick, si hay algo que puedo decir es que usted me trató desde el primer día con la mayor… humanidad.
       —Admitirá usted que no le faltó cierto mérito —añadió el señor Van Wick con ironía—, siendo usted socio de ese excelente señor Massy… En fin, capitán, no seré yo quien empiece a hablar mal de él.
       —No le serviría de nada hablar en su contra —añadió el capitán Whalley con tono sombrío—, ya le he dicho en más de una ocasión que mi vida y mi trabajo son necesarios no sólo para mí. No me queda más remedio. —Se detuvo y añadió con un gesto que parecía sugerir que era muy pequeña, o que estaba muy lejos—: Tengo una hija única. Espero verla de nuevo antes de morir. Mientras tanto, me alegra saber que estoy fuerte y sano. No se hace a la idea de lo que se siente. Es carne de mi carne, la viva imagen de mi fallecida esposa. Pues bien ella… —Se detuvo una vez más y afrontó estoicamente sus últimas palabras—. Ella tiene que trabajar muy duro.
       Dejó caer la cabeza sobre el pecho con las cejas fruncidas en gesto de profunda meditación, aunque por lo general su mente parecía más bien serena debido a la confianza sin límites que sentía por el más alto poder. En muchas ocasiones el señor Van Wick se preguntaba hasta qué punto aquello se debía a la extraordinaria vitalidad de aquel hombre, a aquel vigor que parecía nacer de la fuerza de su espíritu. Fuera como fuera, había llegado a gustarle muy sinceramente.



XIII

      Aquél había sido el motivo por el que tanto lo había turbado el confidencial mensaje que el señor Sterne le había comunicado al borde de la orilla. Le parecía no sólo lo más incomprensible, sino también lo más inesperado que habría podido suceder, y se había quedado tan sorprendido que se había olvidado totalmente de la correspondencia y había subido al puente.
       Había un par de jóvenes con coleta que estaban organizando la mesa para la cena a la izquierda del timón. Los dos discutían sobre alguna cuestión de trabajo, como siempre, mientras un chino muy amarillo y muy triste, con un rostro parecido al del señor Massy, esperaba apático con el mantel sobre el brazo y un montón de gruesos platos apretados contra el pecho. Una lámpara normal de camarote sin el globo de cristal colgaba del armazón de madera del toldo y habían bajado las cortinillas de los lados. El capitán Whalley ocupaba toda la profundidad de su butaca de mimbre, tenía el aspecto de un hombre indiferente sentado en medio de una tienda iluminada de forma estridente; se veía una desvencijada rueda de timón, una bitácora de latón gastada en el interior de un armario de caoba, dos viejos salvavidas, una vieja defensa de corcho en un rincón y unos cajones con asas de alambre.
       Hizo el esfuerzo por sacudirse el atontamiento para devolver el enérgico saludo del señor Van Wick, pero volvió a quedarse ausente una vez más. Aceptar aquella insistente invitación para cenar “arriba, en la casa” le llevó un esfuerzo considerable. El señor Van Wick, asombrado, cruzó los brazos y lo observó con atención, apoyando la espalda en la barandilla.
       —Me han comentado que últimamente no es usted el mismo, viejo amigo. —Pronunció aquellas palabras con verdadero cariño, jamás había hecho tan explícita la intimidad que compartían.
       —¡Quite, quite!
       El sillón de mimbre crujió con pesadez.
       —Y encima está irritable —comentó el señor Van Wick para sí mismo antes de continuar en voz alta—: En ese caso le espero dentro de media hora —dijo con despreocupación y dando media vuelta.
       —Dentro de media hora —repitió a sus espaldas la rígida cabeza del capitán Whalley como si saliera de pronto de su ensimismamiento.
       En la zona intermedia del barco se podían oír dos voces que discutían junto a la sala de máquinas. Una parecía irritada y lenta, y la otra más tensa.
       —Le digo que esa bestia se ha encerrado ahí para emborracharse.
       —Eso ya no tiene mucho remedio, señor Massy. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a encerrarnos en nuestros camarotes durante nuestro tiempo libre.
       —Pero no para emborracharse.
       —Pues yo le he oído decir varias veces que los disgustos que le dan la calderas, son para hacer beber a cualquiera… —respondió Sterne con malicia.
       Massy susurró algo acerca de echar la puerta abajo y el señor Van Wick, para poder esquivarlos, cruzó a oscuras hasta el otro lado de la cubierta desierta. Las tablas crujieron levemente bajo sus apresurados pies.
       —¡Señor Van Wick! ¡Señor Van Wick! ¡Se ha olvidado de la correspondencia!
       Sterne corrió hasta él y se la dio.
       —¡Ah, gracias!
       Pero como el otro seguía caminando a su lado, el señor Van Wick se detuvo de pronto en seco. Las hojas que había sobre la iluminación de la fachada proyectaban una sombra negra que llegaba hasta aquel lugar. Todo parecía en calma. Se podía escuchar el tintineo de las copas y de la vajilla. Los criados del señor Van Wick estaban preparando la mesa para dos personas en la galería.
       —Me da la sensación de que no confía en mis buenas intenciones en este caso.
       —Lo único que sucede es que no le entiendo.
       —El capitán Whalley es un hombre muy aguerrido, pero está a punto de comprender que la partida ha terminado, eso es lo único que tiene que salir de mis labios. Créame que siento por él el mayor de los respetos, pero mi deber es mi deber y no quiero que haya escándalos. Todo lo que le pido que haga, como amigo suyo que es, es que le diga que la partida ha terminado ya. Con eso será suficiente.
       El señor Van Wick se sintió sobrecogido ante aquel extraño privilegio de la amistad. No quería rebajarse pidiendo explicaciones, pero tampoco le parecía muy prudente despedir a aquel hombre de cualquier manera… al menos por el momento. Aquella seguridad suya lo hacía dudar. No era capaz de dilucidar lo que había en el fondo de aquella actitud. Su cariño por el capitán tenía la naturaleza de un sentimiento desinteresado, y su instinto práctico le recomendaba que no mostrara muy abiertamente su desprecio.
       —Por lo que me dice, deduzco que se trata de algo muy grave.
       —Muy grave —repitió Sterne con solemnidad y feliz de haber producido aquel efecto. Ya estaba a punto de añadir algunas protestas a pesar de estar haciendo todo por una “ineludible necesidad”, pero el señor Van Wick le cortó de un modo tajante, aunque cortés.
       Cuando llegó a la galería, el señor Van Wick se metió las manos en los bolsillos y se agachó para contemplar una piel de pantera negra que había tendida en el suelo junto a una silla.
       “Da la sensación de que ese hombre no tiene el valor necesario para jugar una partida tan delicada”, pensó. Y no le faltaba razón. Viendo el rechazo que había sufrido por parte de Massy, Sterne no se terminaba de atrever a confesar lo que sabía. No tenía más objetivo que conseguir el mando del vapor y mantenerlo durante algún tiempo. Massy jamás le perdonaría que se autoproclamase, pero si el capitán Whalley abandonaba el mando por su propia iniciativa, el mando le correspondería a él para el resto del viaje, y de aquel modo dio con la idea de asustar al viejo para que se marchara.
       El asunto era tan crudo que apenas bastaría con una difusa amenaza, una insinuación. Con una mezcla de extraña compasión, le parecía de pronto que Batu Beru era un lugar perfecto para tirar la toalla. El capitán podría desembarcar tranquilamente y quedarse en casa de su amigo holandés. ¿O es que no eran tan amigos? Se puso a pensar y le dio la sensación de que había una manera de aclarar las cosas a través de aquel gran amigo del viejo. Aquello le pareció otra brillante idea, tenía una inclinación natural hacia los sistemas retorcidos. En aquel caso en concreto lo que tenía que hacer era permanecer en la sombra el máximo tiempo posible para evitar que Massy se enfadara innecesariamente. No había que forzar ningún escándalo, todo se tenía que desarrollar de la manera más natural posible.
       Durante toda la cena, el señor Van Wick tuvo esa sensación de aislamiento que a veces irrumpe en la intimidad humana. Todos los intentos del capitán Whalley por comer algo fracasaron de una manera palpable y penosa. Era como si lo abrumara una especie de extraña ausencia mental. Movía en el aire una mano sin control alguno como si la mente se hubiese olvidado de ella y la hubiese dejado sin guía. El señor Van Wick había escuchado cómo se acercaba desde muy lejos por la gravilla y le había llamado la atención el carácter indefinido de sus pasos. El zapato había tropezado en uno de los peldaños inferiores, como si hubiese llegado totalmente absorto hasta las escaleras de la galería. Si el capitán del Sofala hubiese sido otro tipo de hombre, él habría imaginado que seguramente se trataba de un anciano. Pero sólo hacía falta echarle un vistazo. El tiempo, aunque no había duda de que lo había marcado también con la señal de lo que le pertenece, lo había dejado útil todavía, y su sencilla fe veía en ese gesto una muestra del favor divino.
       “¿Cómo le puedo advertir de todo esto?”. El señor Van Wick se hacía aquella pregunta como si el capitán Whalley se encontrara a cientos de millas de distancia, en un lugar a salvo de cualquier peligro. Cada vez que pensaba en Sterne sentía náuseas. Le parecía absolutamente indecente hasta el sencillo hecho de pronunciar aquel nombre frente al capitán Whalley con el tono de una amenaza. La insinuación podía resultar más vil e injuriosa que una acusación directa y frontal… Le daba el pestilente aroma del chantaje. “¿De qué podría acusar nadie a este hombre?”, se preguntaba. Su carácter era impecable. ¿Y con qué objeto? El poder en el que confiaba había creído que lo mejor era no dejarle en la tierra nada que pudiese envidiar nadie, como no fuera un sencillo trozo de pan.
       —¿No quiere probar un poco de esto? —preguntó acercándole una fuente. El señor Van Wick pensó de repente que tal vez Sterne estuviese intentando hacerse con el mando del Sofala. Su escepticismo se vio acorralado cuando comprobó que no había hombre que pudiera estar a salvo de sus semejantes, a no ser que se encontrara en el abismo más oscuro de la indigencia. No le interesaba mucho preocuparse por una intriga de aquella naturaleza, y si de cualquier modo se las tenía que ver con un loco como Massy, lo mejor que podía hacer era advertir cuanto antes al capitán Whalley.
       En ese mismo instante, y al otro lado de la mesa, muy erguido y con la sombra de sus pobladas cejas cayéndole sobre las cuencas de los ojos, con una gran mano morena detenida junto a su plato vacío, el capitán Whalley se puso a hablar de pronto:
       —Señor Van Wick, usted siempre me ha tratado con la más humana de las consideraciones.
       —Creo, mi querido capitán, que le da usted demasiada importancia al irrelevante hecho de que no me haya convertido todavía en un salvaje —respondió el señor Van Wick empezando a irritarse al comprender los planes de Sterne—; cualquier deferencia que haya podido tener con su persona no ha sido más que lo que merece alguien a quien desde el primer momento he aprendido a considerar con estima.
       El breve tintineo del vaso le hizo levantar la vista de la rodaja de piña que había sobre el plato. Al mover la mano, el capitán Whalley había volcado sin querer un vaso vacío. Lo buscó de inmediato y con torpeza, sin mirar en aquella dirección, mientras se apoyaba en el codo y se cubría la vista con la otra mano hasta que por fin desistió. El señor Van Wick lo miraba totalmente sorprendido, como si de repente estuviese sucediendo algo de una enorme importancia. En realidad no sabía por qué motivo se tenía que sentir tan sorprendido, pero lo cierto es que se olvidó completamente de Sterne.
       —¿Se encuentra bien? ¿Qué le ocurre?
       El capitán Whalley repitió con una voz apagada y llena de tensión:
       —¡Estima!
       —Y podría añadir también algo más —dijo lentamente el señor Van Wick clavándole la mirada.
       —¡Ya está bien! No lo haga. —El capitán Whalley no había cambiado de actitud ni elevado la voz—. No quiero que me diga nada más. No puedo corresponderle; en este momento soy pobre hasta ese punto. Me sirve de mucho poder gozar de su estima porque usted no es un hombre que se rebaje por nada ni que desee engañar a nadie, usted no es capaz de reventar un barco cada vez que lo lleva a la mar.
       El señor Van Wick estaba inclinado hacia delante con el rostro totalmente sonrosado y la servilleta en las rodillas. No parecía dar crédito a lo que oía, a su poder de comprensión y a la salud mental de su invitado.
       —¿Por qué dice eso? ¿De qué se trata, en nombre de Dios? ¿De qué barco habla? No entiendo quién…
       —Eso es exactamente lo que yo estoy haciendo en nombre de Dios. Un barco no es capaz de navegar si su capitán no puede ver. A eso me refiero: me estoy quedando ciego.
       El señor Van Wick sintió un breve sobresalto y luego se quedó inmóvil durante unos segundos. En ese momento recordó las palabras que le había dicho Sterne sobre que la partida se había acabado y se agachó bajo la mesa para recoger la servilleta que se le había caído de las rodillas. De modo que aquélla era la partida. Lo envolvió de pronto aquella voz, como en sordina, del capitán Whalley.
       —He engañado a todos, nadie lo sabe.
       Se puso en pie totalmente ruborizado. El capitán Whalley seguía cubriéndose los ojos con la mano bajo el chorro de luz.
       —¿Y ha tenido valor para llegar hasta aquí?
       —Llámelo como le parezca, porque al menos usted es humano… es un caballero señor Van Wick. Podría haberme preguntado dónde me había dejado mi conciencia.
       Parecía estar meditando, profundamente callado e inmóvil y sumergido en su propia tristeza.
       —Empecé a golpearla por puro orgullo. Cuando uno se está quedando ciego empieza a ver muchas cosas. No podía sincerarme ni siquiera con un viejo colega. No era sincero con Massy en absoluto. Sabía que él pensaba que yo era un marinero rico y caprichoso y yo le dejaba creer lo que le pareciera bien. Quería mantener mi autoridad porque allá lejos seguía Ivy, mi hija. ¿Por qué iba a querer yo traficar con la desgracia de ese hombre? Fue por ella por quien he hecho todo esto. Y ahora, ¿qué favor puedo esperar de él? Si se entera, será él quien trafique con mi desgracia, echará a patadas al que lo engañó y se quedará con mi dinero durante un año. El dinero de Ivy, porque yo no he guardado para mí ni un solo céntimo. ¿Cómo voy a poder vivir durante un año? ¡Un año! Dentro de muy poco ya no habrá para su padre ni un poco de sol sobre esta tierra.
       Aquella voz profunda surgía como si algo la velara desde una reverencia, como si se hubiese quedado atrapada en medio de un movimiento de tierras y emitiese los pensamientos que acosan a los muertos en sus tumbas. Un temblor frío recorrió la espalda del señor Van Wick.
       —¿Cuánto tiempo lleva usted…? —empezó a preguntar.
       —Desde mucho antes de que yo mismo empezase a creer en esta… prueba…
       El capitán Whalley hablaba con una suerte de sombría paciencia y sin dejar de cubrirse la cara con la mano.
       Había pensado que no se merecía lo que le estaba pasando, y así había ido engañándose a sí mismo semana tras semana. Tenía a su disposición al serang, aquel viejo servidor suyo. Le fue llegando poco a poco, y cuando ya no pudo engañarse más a sí mismo…
       En ese punto casi fue incapaz de seguir hablando.
       —Antes de traicionarla a ella, decidí engañarles a todos ustedes.
       —Es increíble —susurró el señor Van Wick. El capitán Whalley prosiguió:
       —Ni siquiera aquella señal de la ira de Dios podía hacer que me olvidara de ella. ¿Cómo iba a abandonar a mi hija si me seguía sintiendo con fuerza y el corazón me latía aún? Y sigue haciéndolo. Estoy convencido de que sería capaz de derribar un templo entero, como el ciego Sansón. Ella es una luchadora, mi hija… Mi mujer y yo siempre rezábamos por ella. ¿Recuerda que un día le dije que creía que Dios me iba a dejar vivir hasta los cien años para poder encargarme de ella? ¿Qué pecado puede haber en querer a una hija? ¿No lo ve? Incluso había aceptado la idea de vivir eternamente por ella y casi me creía capaz de hacerlo. Desde que me ha pasado esto no hago más que rezar para que me sobrevenga la muerte. ¡Ah, hombre vanidoso! ¿No querías vivir?
       Una conmoción tremenda hizo temblar la gigantesca estructura de aquel hombre y la sacudió con una especie de ahogado sollozo. Todos los vasos que había sobre la mesa tintinearon de pronto y le dio la sensación de que la casa temblaba hasta la punta del tejado. El capitán Whalley no había cambiado de actitud, toda su figura parecía emanar vergüenza, pena y desafío.
       —Incluso a usted le habría engañado si no hubiese dicho esa palabra: “Estima”. No son palabras que se me puedan decir a mí, ¿o es que no le he engañado? ¿Acaso no me iba a confiar usted sus bienes para que me los llevara en ese barco?
       —Tengo un seguro de navegación anual —dijo el señor Van Wick de forma casi inconsciente, como si se le hubiese caído en medio de aquella conversación un detalle comercial.
       —Ese barco no puede navegar, se lo digo yo. La póliza se invalidaría si se supiese.
       —Si eso sucede compartiremos la culpa.
       —Pero nada podrá disminuir la mía —dijo el capitán Whalley.
       No se había atrevido a ir a ningún médico porque de inmediato le habrían preguntado quién era y a qué se dedicaba y lo más probable es que la noticia habría acabado llegando a oídos de Massy. Había estado viviendo sin ninguna ayuda, ni humana ni divina. Hasta las oraciones se le quedaban de pronto atravesadas en la garganta. ¿Qué sentido tenía rezar? Y la muerte seguía pareciendo tan lejana como siempre. Cada vez que entraba en el camarote no se atrevía a salir, cuando se sentaba tenía miedo de levantarse, no se atrevía a mirar a nadie directamente a la cara, tenía miedo del mar y del cielo. El mundo entero se desvanecía ante el miedo que le daba traicionarse. Aquel viejo barco era su último amigo, no le daba miedo porque conocía hasta el último centímetro de aquella cubierta, pero tampoco se atrevía a mirarlo por miedo a descubrir que ya veía menos que el día anterior. A su alrededor lo único que había era una incertidumbre vaga. El horizonte había desaparecido por completo y el cielo y el mar se habían confundido en una sola masa. ¿Quién era aquella persona que estaba en pie allí a lo lejos? La terrible duda sobre las cosas que estaba viendo realmente hacía que los pequeños restos de visión que le quedaban se convirtieran en una tortura todavía mayor, una trampa siempre dispuesta para que cayese en ella su miserable pretensión. Tenía vértigo de tropezar inexcusablemente con algo… de decir un delatador “sí” o “no” a una pregunta cualquiera. La mano de Dios había caído sobre él, pero no podía arrancarle a su hija. Vivía en una pesadilla humillante en la que todos los hombres habían perdido sus rasgos y cualquiera de ellos podía convertirse en un enemigo.
       Dejó caer los brazos a ambos lados de la mesa y la barbilla la inclinó sobre el pecho, lo que provocó que hubiera un pequeño brillo de sus dientes superiores sobre el labio inferior. No podía parar de pensar en aquellas palabras que le había dicho Sterne sobre que la partida se había acabado.
       —El serang no lo sabe entonces.
       —No lo sabe nadie —respondió el capitán con seguridad.
       —Está bien, no lo sabe nadie. ¿Cree que podrá aguantar de ese modo hasta el fin del viaje? Ahí es donde concluye su acuerdo con Massy.
       El capitán Whalley se levantó y permaneció en pie con toda aquella barba canosa como si se tratara de un peto sobre su corazón. Sí, aquella era la única esperanza que le quedaba de volver a verla y dejar en lugar seguro su dinero, era lo último que podía hacer por ella antes de arrastrarse hasta cualquier rincón… El resto era inútil, una carga. Comenzó a temblarle la voz.
       —¡Piénselo! No volver a verla… a ella… el único ser humano aparte de mí que recuerda a mi mujer. Es idéntica a su madre. Por suerte, la pobre mujer se encuentra en un lugar en el que ya no se derraman lágrimas por aquellos a los que no ha querido la tierra y por los que hay que seguir rezando para que no sucumban a la tentación… Supongo que mi bendita hija conoce ya el secreto de la gracia de lo que Dios dispone sobre sus hijos. —Se tambaleó un poco y añadió con voz seca—. Porque yo no, yo sólo conozco a la hija que Él me dio.
       Comenzó a caminar. El señor Van Wick se puso en pie de un salto y se quedó contemplando aquella cabeza rígida, los pies inseguros y la mano temblorosamente extendida. El corazón le latía a toda prisa. Apartó la silla y se acercó instintivamente hacia él para agarrarlo de un brazo, pero el capitán Whalley pasó a su lado dirigiéndose directamente hacia las escaleras.
       “No es capaz de verme si no estoy delante de él”, pensó el señor Van Wick con una especie de veneración. Luego se dirigió hacia lo alto de las escaleras y preguntó con un tono casi temeroso:
       —¿Cómo es? ¿Como una niebla?
       El capitán, que ya llevaba recorrido el primer tramo de escaleras, se dio media vuelta y respondió con firmeza:
       —Es como si se estuviese apagando la luz del mundo. ¿Ha visto usted alguna vez cómo se retira el mar de una playa muy ancha y cada vez va alejándose un poco más? Pues es algo parecido, sólo que con la seguridad de que la marea ya no va a volver a subir nunca más. Nunca. Es como si el sol se hiciese cada vez más pequeño, como si las estrellas fuesen desapareciendo una tras otra. Ya no deben de quedar demasiadas que pueda ver, pero lo cierto es que últimamente ni siquiera he tenido la valentía de comprobarlo…
       En ese momento debió de ser capaz al menos de distinguir al señor Van Wick, porque lo detuvo con un gesto enérgico y autoritario.
       —Creo que aún soy capaz de caminar por mí mismo.
       Daba la sensación de haber emprendido el camino con resolución y de rechazar la ayuda de los hombres como un orgulloso titán. El señor Van Wick siguió allí inmóvil, contando mentalmente el sonido de cada uno de los peldaños. A continuación estuvo paseando entre las mesas, cogió un abrecartas y lo dejó después de mirar vagamente la hoja, se sentó al piano e hizo sonar una cuantas cuerdas como si tratara de afinarlo, lo cerró, se dio media vuelta, esquivó al pequeño terrier que estaba durmiendo con las patas cruzadas, se acercó a las escaleras y sacó la cabeza afuera. Los criados empezaban a recoger la mesa en ese momento y lo escucharon susurrar algo para sí mismo (malas palabras, sin duda), y tras una pausa comprobaron que había salido al trote en dirección al muelle.
       El flanco del Sofala estaba pegado a la orilla y formaba una especie de muralla baja y negra junto al ondulado contorno de la costa. En la parte trasera se podía ver cómo se alzaban los dos mástiles y una chimenea inclinada que parecía a punto de caer. En medio había una sólida plataforma cuadrada que soportaba las formas fantasmagóricas de cuatro botes, las curvas de los pescantes, tramos de barandillas y postes, todo entremezclado, mientras que en la parte inferior del barco sólo se veía un ojo de buey iluminado en medio de la noche y perfectamente redondo como una pequeña luna cuyo haz amarillento daba sobre el camino cubierto de barro.
       Mientras observaba el barco, el señor Van Wick escuchó una voz jactanciosa que parecía estar mofándose de alguien llamado Prendergast. Soltaba un insulto tras otro, se detenía y a continuación dijo claramente la palabra “Murphy” y se rio. Se escuchó un trémulo sonido de cristal. Todos aquellos ruidos provenían del ojo de buey iluminado. El señor Van Wick se agachó. Resultaba imposible mirar hacia el interior sin sumergirse en el barro.
       —Sterne… Como es lógico, míralo cómo parpadea. ¡Fíjate! Sterne, Whalley, Massy. Massy, Whalley, Sterne. Pero no hay duda de que quien lleva todas las de ganar es Massy. No hay nadie que pueda con él. Lo que más le gustaría es que nos muriésemos todos de hambre.
       El señor Van Wick se apartó y fue hasta debajo de los toldos, por donde asomaba una cabeza de alguien que estaba de guardia, a quien se dirigió en malayo:
       —¿Está durmiendo el segundo?
       —No, estoy disponible.
       En ese mismo instante, apareció Sterne como si fuese un gato deslizándose por un embarcadero.
       —Está muy oscuro, no sabía que había bajado usted esta noche.
       —¿Qué es todo ese escándalo? —preguntó el señor Van Wick para justificar el estremecimiento que le había provocado aquella aparición.
       —Jack se ha agarrado una borrachera espantosa. Es el segundo maquinista. Es una vieja costumbre suya. Mañana por la tarde ya estará perfectamente y será Massy el que ande preocupado arriba y abajo por la cubierta. Lo mejor es que nos alejemos un poco de aquí.
       Murmuró algo para sugerir una entrevista “allí, en la casa”. Llevaba mucho tiempo deseando entrar allí, pero el señor Van Wick se opuso al instante porque no le pareció muy prudente, y al final se los acabó tragando una opaca sombra negra que había bajo uno de los árboles que quedaban junto al embarcadero.
       —No hay duda de que la situación es grave —dijo el señor Van Wick. Sus trajes blancos parecían fantasmagóricos y no conseguían distinguir los rasgos unos de otros. Los pies no hacían ruido sobre el suelo. Se escuchó algo parecido a un ronroneo. El señor Sterne estaba muy complacido con aquel comienzo.
       —Yo pensaba, señor Van Wick, que un caballero como usted entendería de inmediato lo desagradable de mi situación.
       —Sí, por supuesto, está muy mal de salud, puede que incluso esté quebrantado ya para siempre. Lo he visto y él es perfectamente consciente de la situación; doy por descontado que estoy hablando con un hombre prudente, sabe que le fallan las piernas…
       —¡Las piernas!
       El señor Sterne estaba tan desconcertado que se quedó un poco sombrío.
       —Puede usted llamarlo las piernas o como le parezca, lo que a mí me gustaría saber es si va a abandonar tranquilamente.
       —¡Esto sí que es gracioso! ¡Las piernas! En fin…
       —Pues sí, no hay más que fijarse en la forma en la que camina. —El señor Van Wick lo puso en su sitio utilizando un tono totalmente frío y firme—. Ahora lo importante es procurar que su sentido del deber no lo aparte de sus verdaderos intereses. Al fin y al cabo, yo también podría hacer algo por ayudarle a usted; sabe perfectamente quién soy.
       —Todo el mundo sabe quién es usted en los estrechos, señor.
       El señor Van Wick pensó que aquella información era un gesto de benevolencia y Sterne se rio suavemente mientras asentía a lo que el otro proponía de entrada; que el acuerdo de la sociedad iba a acabar al final de aquel viaje. Era consciente de ello y no se oía otra cosa a bordo día y noche. En cuanto a Massy, tampoco era ningún secreto que se encontraba atrapado en el tema de las calderas inservibles. Para empezar, tenía que conseguir un préstamo de un par de cientos para pagar al capitán, y a continuación tendría que hipotecar el barco para instalar unas calderas nuevas… eso si encontraba a alguien que se animase a efectuar la operación. En el mejor de los casos, todo aquello era una enorme pérdida de tiempo: suponía interrumpir el negocio y ganar menos aquel año, sin dejar de correr el riesgo de que los alemanes les quitasen la ruta. Se rumoreaba que ya lo había consultado con un par de firmas y que nadie había querido saber nada de él. El barco era demasiado viejo y él tenía ya demasiada fama en el lugar… El rápido parpadeo del señor Sterne quedó sumergido bajo la oscuridad en la que murmuraba.
       —En ese caso, y suponiendo que consiga el préstamo —resumió el señor Van Wick en un tono deliberadamente bajo—, según lo que me acaba de explicar, lo más probable es que le impongan como capitán a un hombre que elijan los acreedores hipotecarios. Por mi parte, y en el caso de que tuviera que invertir mi propio dinero, desde luego ésa es una de las cuestiones que impondría, y la verdad es que estoy pensando seriamente en hacerlo. Me resultaría útil por varias razones. ¿Empieza a comprender las consecuencias que tendría todo esto para el tema que estamos tratando?
       —Gracias, señor, estoy seguro de que no sería capaz de encontrar a nadie que sirviera con más fidelidad a sus intereses.
       —Muy bien, pues lo que más me interesa en este momento es que el capitán Whalley termine tranquilamente su plazo. Es posible que al regreso coja un billete con ustedes para cruzar los estrechos. La verdad es que me gustaría estar presente cuando se produjeran todos esos cambios para poder asegurarme de que se cumplen sus intereses.
       —Le aseguro, señor Van Wick, que eso es mucho más de lo que nunca me habría atrevido a desear. Estoy inmensamente…
       —Entonces doy por descontado que todo esto se podrá realizar sin el menor inconveniente.
       —En fin, señor, hay riesgos que son difíciles de evitar, pero, y permítame que en este momento me dirija a usted como mi empresario, hay también más seguridad de la que parece. Si alguien me lo hubiera contado, no lo habría creído nunca, pero lo he visto con mis propios ojos. Ese viejo serang está perfectamente capacitado para la tarea y no creo que haya ningún problema con sus… piernas, señor. Es fascinante la forma en la que ha conseguido hacer las cosas a pesar de todo. Y permita que añada que el capitán Whalley no es en absoluto ningún inútil. Eso es un hecho. Déjeme que le explique, señor; se aferra a ese mono malayo, que sabe perfectamente lo que hay que hacer. Seguro que ha hecho las guardias con el capitán en todo tipo de barcos costeros durante más de veinticinco años. Esos nativos, siempre que haya un blanco vigilándolos muy de cerca, saben hacer bien las cosas. Por lógica, el blanco tiene que ser alguien capaz de mantenerlos a raya, pero el capitán es la persona idónea para hacer eso. Lo cierto, señor, es que lo tiene tan bien educado que apenas hace falta que le dirija la palabra. Ya he visto en más de una ocasión cómo ese mono sacaba el barco a la bahía de Pangu esquivando una isla detrás de otra en una mañana de tormenta, y hacerlo junto al viejo, y con tanta maestría, que usted no habría sido capaz de adivinar quién de los dos estaba realizando la tarea desde lo alto del puente. Ésa es la razón por la que le digo que nuestro amigo puede ser útil todavía aunque… aunque apenas sea capaz de mover un pie, señor. Lo importante es que el serang no se dé cuenta del problema.
       —No lo sabe.
       —Claro que no. Está más allá de su capacidad de comprensión, no son capaces de entender nuestros problemas, señor.
       —Parece usted un hombre inteligente —dijo el señor Van Wick con un murmullo entrecortado, como si se encontrase un poco mal.
       —Enseguida comprobará lo útil que puedo llegar a ser, señor.
       El señor Sterne esperaba por lo menos un apretón de manos, pero la conversación acabó con un súbito:
       —Lo mejor es que no nos vean juntos.
       La forma blanca del señor Van Wick tembló un poco y, de un segundo a otro, se sumergió entre las sombras. El segundo se quedó desconcertado. Era cierto. Se oía algo parecido a unos golpes sordos.
       Salió con sigilo de entre las sombras. A lo lejos se podía ver el ojo de buey iluminado. Le flotaba la cabeza por la excitación que le provocaba aquel éxito. ¡Qué maravilla poder tratar al fin con un caballero! Cuando subió a bordo, se dio cuenta de que estaba pasando algo extraño en aquella oscura extensión de la cubierta vacía. Resonaban gritos y ruidos procedentes de alguna parte del barco que estaba a oscuras. El señor Massy estaba totalmente enfurecido frente a la puerta del camarote, y la voz ebria que surgía del interior permanecía imperturbable ante aquella lluvia de patadas.
       —¡Cállese! ¡Apague esa luz y duérmase de una vez, asqueroso borracho! ¿Es que no me ha oído, animal?
       Se interrumpieron las patadas, y una voz anunció desde dentro aprovechando la interrupción:
       —Y ahora Massy… Massy es otra cosa, es profundo.
       —¿Quién anda ahí? ¿Es usted, Sterne? Es capaz de agarrarse las borracheras más espantosas.
       El primer maquinista apareció en la esquina de la lumbrera de la sala de máquinas.
       —Mañana estará en perfectas condiciones para trabajar; yo, en su lugar, lo dejaría tranquilo, señor Massy.
       Sterne se dirigió a su camarote y tuvo que sentarse de inmediato. La cabeza le seguía flotando debido a la excitación. Se metió en la cama medio soñando, y de pronto lo invadió una sensación de profunda alegría. En la cubierta todo estaba tranquilo e inmóvil.
       El señor Massy tenía la oreja pegada a la puerta del camarote de Jack, escuchando la respiración profunda y los ronquidos del interior. Lo único que había allí era un borracho en medio de su sueño más profundo. El ataque había terminado ya y, más tranquilo, también él se metió en su camarote y se quitó la vieja chaqueta de tweed con movimientos muy pausados. Era una prenda con muchos bolsillos, que usaba en distintos momentos del día, cuando le daba frío, y cuando volvía a sentir calor se la volvía a quitar y la dejaba colgando en cualquier lugar del barco. Se veía aquella chaqueta balanceándose en las cabinas, tirada sobre un cabrestante o colgando del pomo de alguna puerta. ¿No era el propietario? Pero su lugar favorito era un gancho de madera que había en el toldo del puente, frente a la bitácora. Al principio, aquella costumbre le había costado más de un enfrentamiento con el capitán Whalley, que prefería que el puente estuviera limpio. En aquella época Massy se había molestado mucho, pero últimamente cada vez conseguía que su socio se enfureciera menos. El capitán Whalley parecía no darse cuenta de nada, y los malayos tenían tanto miedo de aquel blanco que ninguno se atrevía a agarrar aquella prenda de ropa, se encontrara donde se encontrara.
       El señor Massy dio un salto y dejó caer la chaqueta al suelo. Desde el camarote de al lado había llegado el estruendo de una aparatosa caída. Seguramente el fiel Jack se había quedado dormido sentado y acababa de rodar por el suelo con silla y todo, rompiendo (a juzgar por el ruido) todas las botellas y vasos del camarote. Tras el estruendo, todo volvió a quedar en calma, como si hubiese muerto al instante. El señor Massy contuvo la respiración, y por fin se escuchó al otro lado un quejido y un suspiro soñoliento.
       —Espero que esté tan borracho que ni siquiera pueda despertar —murmuró el señor Massy.
       El sonido de una risita inteligente lo llevó al límite de su crispación, y se puso a maldecir violentamente en su interior. Estaba convencido de que aquel loco no le iba a dejar pegar ojo en toda la noche. Maldijo su suerte. A veces el sueño era la única forma de olvidar sus terribles dilemas. Jack, que parecía no hacer el menor intento de levantarse, se estuvo riendo un rato tendido en el suelo y luego siguió hablando como si retomara el hilo de algo que había sucedido anteriormente.
       —¡Massy! ¡Me gusta ese canalla! Y eso que quería condenar a su fiel Jack a morirse de hambre… y fijaos lo que le ha llegado desde arriba… —Tosió brutalmente y luego continuó—: Un armador de los de verdad. Y necesita sus billetes de lotería… ¡Ja! Te voy a dar yo a ti billetes de lotería… Primero deja que el barco se hunda y que tu viejo amigo se muera de hambre… eso está bien. Él no se equivoca jamás… Massy, no, jamás se equivoca, es un genio… eso es lo que es ese hombre. Es la única forma de recuperar el dinero: que se vayan al diablo el barco y su colega.
       “Ese viejo se lo ha tomado muy a pecho”, pensó Massy mientras escuchaba cada una de sus palabras con atención para detectar cualquier indicio de ataque, pero le descorazonó el estallido de risa que siguió a continuación.
       —¿Te gustaría ver el barco en el mar? ¡Ah, demonio! Lo que quieres es que se hunda, ¿verdad? No tengo duda de que con esta antigualla se hundirían también todos tus problemas. Y te llevarías todo el dinero, seguro… le darías la espalda a tu viejo amigo… y ya está, arreglado.
       El rostro de Massy se había quedado totalmente petrificado, sólo se movían sus ojos. Aquel hombre estaba loco como una cabra, pero lo que decía era cierto. Sí, billetes de lotería, todo era cierto. ¿Podía empezar de nuevo? No, esperaba que no…
       Pero siempre sucedía lo mismo, el creativo borracho que dormitaba al otro lado del tabique sacudió la quietud que habían invadido el ambiente tras sus últimas palabras.
       —No, señor, no se le ocurra a usted decir nada contra el señor Massy; cuando se haya cansado de esperar, tienen intención de deshacerse del barco. ¡Mire usted! Todo al diablo, el barco y su amigo… —La voz del borracho comenzaba a ser cada vez más vaga y difusa, como si se estuviera desvaneciendo en un espacio abierto—. Él sabe cómo… encontrar la forma de que eso funcione. Anda detrás de eso… no tenga miedo…
       Debía de estar realmente borracho porque lo invadió al instante un sueño plúmbeo que parecía haber caído sobre él como un hechizo, y alargó aquella última palabra hasta convertirla en un ronquido ruidoso y profundo. Cuando acabó de roncar todo volvió a quedar en calma.
       Daba la sensación de que el señor Massy había empezado a dudar de la eficacia del sueño para combatir los problemas, o quizá había encontrado un alivio mayor en la tranquila contemplación de los pensamientos de una riqueza posible, de una racha de suerte o de un ocio sin fin, y podía poner frente a sí todo lo que le ordenase a su propia imaginación porque se dio media vuelta, puso los brazos sobre la litera y se quedó allí de pie con los pies sobre la vieja chaqueta mirando por el ojo de buey hacia la noche y hacia el río. De cuando en cuando entraba un soplo de viento y le daba en el rostro un aliento fresco cargado del toque húmedo procedente de una gran extensión de agua. Todo cuanto conseguía ver no era más que algún destello ocasional y en algún momento le pareció que se había quedado dormido, ya que, súbitamente, y sin relación alguna con ningún sueño, aparecieron frente a él toda una serie de gigantescos guarismos —tres cero siete uno dos— que formaban un billete de lotería, y un segundo después el ojo de buey ya había dejado de estar negro, era más bien de color gris perla y enmarcaba una costa repleta de casas con densos techos de paja, paredes de estera y bambú y aguilones de madera labrada. Había hileras de casas levantadas sobre un bosque de columnas que bordeaban una orilla llena de salientes y entrantes al mismo tiempo que cambiaba la marea. Era Batu Beru… estaba amaneciendo.
       El señor Massy se estiró y volvió a ponerse su chaqueta de tweed. Tembló con nerviosismo, como si hubiese sido presa de un shock, y apuntó aquel número. Le parecía una inscripción rara y repleta de buenos auspicios. Sí, para encontrar aquella fortuna necesitaba dinero… dinero contante y sonante.
       Salió dispuesto a bajar directamente a la sala de máquinas. Había que hacerse cargo de varias cuestiones y Jack seguía tendido como un muerto en el suelo de su camarote con la puerta cerrada desde el interior. Se le hizo un nudo en la garganta al pensar en trabajar. ¡Ah! Si alguien no quería dar palo al agua lo primero que tenía que hacer era hacerse con una buena cantidad de dinero. Un barco no era la respuesta, de eso no había la menor duda. Y ya estaba cansado de estar esperando la ocasión de librarse de aquel barco que se había convertido en una auténtica maldición.



XIV

      El hondo e interminable alarido de la sirena del vapor tenía en su tono grave y sonoro una nota casi intolerable que provocó un escalofrío en la espalda del señor Van Wick. Era primera hora de la tarde y el Sofala estaba zarpando desde Batu Beru en dirección hacia Pangu, su siguiente escala. Fue cruzando la corriente escoltado por unas cuantas canoas y, deslizándose por el ancho río, dejó de verse en el bungalow de Van Wick.
       El hacendado no había ido a despedirse de él en aquella ocasión. Tenía por costumbre bajar hasta el embarcadero y charlar un rato con él en el puente mientras el barco se iba alejando para saludar en el último momento con la mano al capitán Whalley, pero en aquella ocasión no salió ni a la balaustrada ni a la galería.
       “Tampoco me habría podido ver —se dijo a sí mismo—; me gustaría saber si al menos puede ver la casa”.
       Por alguna razón, aquel pensamiento lo hizo sentirse mucho más solo que en ninguna otra ocasión desde hacía años. ¿Cuántos llevaba allí: seis o siete? Siete. Ya había pasado mucho tiempo.
       Se sentó en la galería con un libro apoyado en las rodillas y se dedicó a contemplar, por decirlo de alguna manera, su soledad, como si la ceguera del capitán Whalley le hubiese abierto los ojos. El corazón podía albergar muchos tipos de penas y dolores diferentes, y no había lugar en el que uno pudiera esconderse. Sintió vergüenza, como si llevara seis años comportándose como un adolescente enfurruñado.
       Su pensamiento iba acompañando al Sofala. Se había visto apremiado por la situación y había actuado tratando de resolver lo más urgente; más adelante ya trataría de organizarlo todo. De momento parecía que iba a ser imprescindible salir al mundo. Tenía dinero y algo se podría hacer, no iba a escatimar en tiempo, ni en esfuerzo, ni en pérdida de soledad. Sentía una opresión en el corazón… Veía al capitán Whalley cubriéndose los ojos con la mano allí sentado como si le decepcionara su fe o se encontrara más allá del bien y del mal, al alcance de las manos de los hombres.
       El señor Van Wick iba siguiendo al Sofala con el pensamiento río abajo, hacía sus giros y cruzaba la franja de la costa que estaba junto a la selva, entre los troncos enormes de los árboles, y finalmente entre los mangles al cruzar el bajío. El barco lo cruzó a mediodía, y sin el menor esfuerzo, pilotado en aquellos momentos por el señor Sterne, que tenía la guardia de cuatro a seis y que luego bajó a su camarote embelesado por la idea de estar trabajando para un hombre rico como el señor Van Wick. No se planteaba la posibilidad de cruzarse ningún obstáculo. No parecía capaz de sobreponerse al pensamiento de que “por fin había conseguido instalarse”. De seis a ocho, y como correspondía con su deber, el serang se encargó de llevar el barco. Había una ruta sencilla hasta las tres de la mañana, momento en que se acercarían al archipiélago Pangu. A las ocho, el señor Sterne salió de lo más contento para hacerse cargo del mando hasta las doce. A las diez todavía estaba silbando en el puente, más o menos a la hora en la que el señor Van Wick dejó de pensar en el Sofala. El señor Van Wick había terminado por quedarse dormido.
       Massy cerró la escotilla de la sala de máquinas, se puso irritado su chaqueta de tweed mientras el segundo esperaba con el ceño fruncido.
       —¡Ahora aparece! ¡Será canalla! ¿Qué tiene que decir?
       Había estado haciéndose cargo de las máquinas hasta ese momento. Le nublaba la mente una especie de rabia oscura contra el barco, contra la vida, contra la falsedad de la gente, contra sí mismo… Lo único que recibió como respuesta fue un gruñido incomprensible.
       —¿Qué sucede? ¿Ni siquiera puede abrir la boca? Pues cuando está borracho sabe muy bien gritar todo tipo de tonterías… ¿Qué intenta conseguir molestando a la gente de esa manera? ¡No es más que un borracho inútil!
       —No puedo evitarlo, y no recuerdo nada de lo que está hablando. No debería escuchar esas cosas.
       —¡Sólo faltaba! ¿Se puede saber qué intenta conseguir cogiéndose unas borracheras de esa magnitud?
       —No me pregunte. Estaba de demasiado mal humor por culpa de esas calderas. A usted le pasaría igual, estoy harto de la vida.
       —En ese caso lo mejor que podría hacer es morirse. A mí lo que me puso de mal humor fueron sus gritos. ¿O es que no recuerda el escándalo que organizó ayer por la noche? ¡Miserable tonel!
       —No era mi intención… el alcohol es así.
       —No sé por qué razón no le echo. ¿Qué pretende?
       —Pretendía relevarle, ya lleva usted demasiado tiempo arriba, George.
       —Nada de George… ¡carcamal apestoso a vino! Si yo me muero mañana, usted se muere de hambre. Recuérdelo siempre. Diga señor Massy.
       —Señor Massy —repitió el otro estúpidamente.
       Hecho un desastre, con los ojos inyectados en sangre y la camisa y los pantalones llenos de hollín y de manchas de aceite por todas partes, con los pies desnudos embuchados en unas alpargatas rotas, se lanzó hacia abajo en cuanto Massy le abrió el paso.
       El primer maquinista miró a su alrededor. La cubierta estaba totalmente vacía hasta el coronamiento de la popa. En aquella ocasión todos los nativos se habían bajado en Batu Beru y no había subido nadie. El fin de la corredera tintineaba periódicamente en el extremo del barco. El mar estaba en calma y el cielo, encapotado; el barco avanzaba con la quilla recta en medio de aquella atmósfera inmóvil que parecía abrazarse cálida y con un aroma a algas, como si flotase en medio de un espacio vacío. El señor Massy se dio una palmada en la frente y se agarró con el pie a una de las cabillas de la base del mástil.
       —Me voy a acabar volviendo loco —murmuró caminando inseguro por la cubierta. Abajo, un hombre con una pala recogía el carbón que había quedado esparcido. Se acercó hasta la pequeña puerta del fogón. Sterne empezó a silbar de nuevo en el puente.
       El capitán Whalley estaba sentado en la cama, despierto y totalmente vestido, cuando escuchó cómo alguien abría la puerta de su camarote. No hizo ningún movimiento y se quedó esperando a reconocer aquella voz, haciendo un gran ejercicio de prudencia.
       La luz de una lámpara de mamparo cayó sobre la pintura blanca, la pana carmesí y el barniz tostado de las encimeras de caoba. Aquella blanca caja de madera que estaba bajo la cama llevaba ya tres años cerrada. Era como si el capitán Whalley, desaparecido el Fair Maid, ya no hubiese podido encontrar un lugar en el mundo en el que poder instalar sus posesiones. Mantuvo las manos sobre las rodillas. Su agradable rostro mantuvo un perfil rígido frente a la persona que lo miraba desde el pasillo. Por fin se oyó la esperada voz.
       —Se lo pregunto una vez más: ¿cómo le tengo que llamar?
       Ah, no era más que Massy. El aburrimiento que le producía su insistencia le destrozaba el corazón… y el dolor de la vergüenza era casi más grande de lo que podía soportar sin ponerse a pegar gritos.
       —¿Y bien? ¿Seguimos siendo socios, entonces?
       —Usted no se da cuenta de lo que me pide.
       —Al menos admitirá que sé lo que quiero… Y lo que quiero es convencerle una vez más.
       Hablaba en un tono a medio camino entre la persuasión y la amenaza. Massy entró y cerró la puerta tras él.
       —No servirá de nada que me diga que es pobre. Es verdad que no gasta nada en usted, eso es cierto, pero eso tiene otro nombre. Usted piensa que me va a poder quitar lo que quiera durante tres años y luego me va a dejar tirado sin ni siquiera permitirme decirle lo que pienso de usted. Como si me hubiese plegado a sus caprichos si hubiese sabido que sólo disponía de quinientas libras. Me lo tendría que haber dicho antes.
       —Es posible —dijo el capitán agachando la cabeza—, pero eso no significa que ese dinero no le salvara. Ya se lo he dicho muchas veces.
       Massy se echó a reír con desprecio.
       —Pero ya no le creo. ¡Cuando pienso en la forma en la que le he permitido que se adueñara de mi barco! ¿No recuerda usted las broncas que me echaba sólo por dejar la chaqueta en el puente? ¡Sí, así lo llamaba: “su” puente! “No puedo consentir ese tipo de cosas, jamás se me habría ocurrido hacerlas a mí mismo”. ¡El muy honrado! Pues bien, ahora empieza por fin a salir la verdad: “Soy pobre, no puedo, sólo cuento con esas quinientas libras”.
       No podía dejar de contemplar la inmovilidad del capitán Whalley. Era como si de pronto se hubiese interpuesto en su camino un obstáculo insuperable. Su rostro tenía de pronto un aire sombrío.
       —Es usted un hombre implacable.
       —Bastante —respondió el capitán volviéndose hacia él—; no podrá usted sacarme nada porque no tengo nada mío que le pueda dar.
       —Eso cuénteselo a otro.
       El señor Massy volvió la mirada al salir, cerró la puerta tras él y el capitán Whalley se volvió a quedar tan sólo como antes. Ya no tenía nada suyo… había perdido incluso su honorable pasado. Toda aquella vida sin mancha se había hundido en el abismo. Ya se había despedido de todas aquellas cosas, pero lo que le pertenecía a ella, eso tenía que salvarlo como fuera. Se trataba tan sólo de un puñado de dinero, pero se lo iba a llevar personalmente, era el último presente de un hombre que había durado demasiado. El deseo de ver su rostro llameó de pronto en su interior con todo el vigor inmenso e imparable de su paternidad.
       Justo al otro lado de la cubierta, Massy se dirigía ya hacia su camarote, encendió la luz y agarró con avidez el papel en el que había anota el número soñado, todos aquellos guarismos que habían ardido bajo el fuego de otra pasión. Tenía que hacer todo lo posible para no perder aquel sorteo. Aquel número significaba algo, pero ¿a qué podía recurrir para mantenerse a flote?
       —¡Canalla miserable! —murmuró.
       Seguía pensando que el señor Sterne habría sido incapaz de contarle algo que no supiera sobre su socio, pero sin duda él podría haberle dicho al señor Sterne que se podía utilizar la desgracia ajena para algo más que echarlo y diferir así el pago durante un año. Guardarse el secreto de aquella desgracia para poder hacer una apuesta más alta. Si realmente no tenía medios, seguramente preferiría quedarse y con eso se zanjaba la cuestión de devolverle su parte. Desconocía hasta qué punto estaba hundido en la miseria el capitán Whalley, pero si el barco encallaba de pronto en cualquier costa, eso no podía ser culpa de su propietario, ¿no? Ese último no tenía por qué saber que había problemas en el camino, aunque lo más probable era que nadie planteara esa cuestión y el barco estaba totalmente asegurado. Se había contenido lo suficiente como para recibir ahora el pago correspondiente. Pero eso no era todo. No creía que el capitán Whalley estuviese tan desamparado como para no disponer de algún dinero guardado. Si él, Massy, podía acceder a él podría afrontar así el pago de las calderas y todo seguiría como hasta entonces. Y si lo que ocurría era que se perdía el barco, tanto mejor. Lo odiaba y maldecía la enorme carga de obligaciones que le imponía, y lo incapacitaba para entregarse de verdad a la labor de perseguir la fortuna. Deseaba verlo en el fondo del mar y tener en el bolsillo el dinero de la póliza. Cuando abandonó frustrado el camarote del capitán Whalley, su odio abarcaba por igual al barco, con sus calderas, y al hombre de los ojos sombríos.
       El comportamiento humano está tan determinado por las sugerencias externas que, si no hubiese sido por la cháchara de borracho de Jack, habría ajustado cuentas allí mismo con aquel miserable que no quería ni ayudar ni quedarse ni tampoco perder el barco. ¡Aquel viejo falso! Se moría de ganas de abandonarlo de una buena vez en el puerto, pero tenía que contenerse. Ya habría tiempo para hacer eso… Podría hacerlo cuando le diera la gana. Ahora le daba vueltas a otra cosa, algo terrible. ¿No estaba decidido ya en realidad? ¡Cómo podía llegar a delirar aquel asno de Jack! “Encontrar un truco seguro para librarse de él”. Pues bien, tampoco andaba tan desencaminado, se le había ocurrido un truco muy ingenioso. Pero, ah, ¿y qué hacer con todo el riesgo que comportaba?
       Se le hinchó el pecho con una tremenda sensación de orgullo —el orgullo de saberse por encima de los vulgares prejuicios—, y el corazón se le puso a latir a toda prisa, la boca se le secó. Puede que no todo el mundo tuviese valor para hacer algo así, pero él era Massy y estaba decidido.
       Frente al camarote, al otro lado del pasillo que había debajo del puente, en la estructura de acero que rodeaba la parte de las calderas y las dependencias de la sala de máquinas, había un pañol de mamparas de hierro, techo de hierro y suelo cubierto con hierro, por el calor que hacía allí abajo. En aquel lugar almacenaban desprecios de todo tipo, había un cúmulo de chatarra en un rincón y remeros de latas de petróleo vacías, sacos de algodón, montones de carbón, una fragua, trozos de jaulas de gallinas destrozadas y un sombrero de fieltro marrón que había arrojado allí un hombre que ya había muerto (de fiebre, en una costa de Brasil), que había sido el segundo del Sofala. Llevaba años allí, aprisionado detrás de un tubo de cobre requemado que alguien había sacado hacía mucho de la sala de máquinas. Una negrura total e implacable dominaba aquel Cafarnaúm de trastos olvidados. El ligero haz de luz de la linterna del señor Massy atravesó la oscuridad.
       Llevaba la chaqueta desabrochada: cerró la puerta (sólo había aquélla), se agachó en medio de la chatarra y empezó a llenarse los bolsillos con trozos de hierro. Los iba recogiendo con cuidado, como si fueran tuercas oxidadas; los cerrojos rotos, los eslabones de cadena parecían piezas de oro que sólo podía salvar recogiéndolos en ese instante. Se llenó los bolsillos laterales hasta el tope, el bolsillo del pecho y también los interiores. Daba vueltas a las piezas para examinarlas con atención e iba rechazando algunas de ellas. Sobre sus manos se fue formando una fina capa de óxido en polvo. El señor Massy conocía la base científica de cierto truco. Si uno desea desviar la aguja magnética del barco, el hierro fundido es lo mejor, y muchas piezas pequeñas en el interior del bolsillo de una chaqueta pueden llegar a tener un efecto mayor que unos cuantos trozos grandes, porque lo que importa es que la superficie de hierro sea más grande.
       Se escabulló de un salto —un par de pasos fueron suficientes— y, cuando llegó al camarote, se dio cuenta de que tenía todas las manos rojas. Aquello lo desconcertó tanto como si las hubiese tenido cubiertas de sangre, observó el resto de la ropa. ¡Vaya, también tenía los pantalones sucios! Se había frotado las manos en las perneras.
       Con prisa se arrancó el botón del pecho, cepilló la chaqueta y se lavó las manos. El aire de culpable se difuminó un poco y se sentó a esperar.
       Estaba erguido y totalmente cargado de hierro. Sentía una masa dura y abultada contra la cadera, y también la presión del hierro en las costillas cada vez que respiraba. El peso de las bolsas de hierro le cargaba también en los hombros. Aquella espera lo tenía como embotado, tenía el rostro amarillo y los ojos negros inmóviles, pasivos y tristes.
       Cuando escuchó que daban ocho campanadas sobre su cabeza, se levantó y se dispuso a salir. Sus movimientos tenían un aire relativamente desorientado, le colgaba un poco el labio inferior y recorría el camarote con la mirada. La voluntad estaba tan tensa que había extinguido de su mirada todo signo de inteligencia.
       Al sonido del último golpe de campana, el serang se presentó en cubierta para relevar al segundo. Sterne se deshizo en amabilidades porque lo estaba deseando.
       —Ten los ojos bien abiertos, serang, que está muy oscuro. Me quedaré aquí contigo hasta que te habitúes.
       El viejo malayo dijo algo entre dientes, echó un vistazo hacia arriba con sus ojos gastados, se fue hacia la bitácora y clavó la mirada en la rosa de los vientos.
       —Sobre las tres y media tendrás que estar muy atento para avistar tierra. Supongo que habrás avisado al capitán al pasar, ¿no? ¿Y ya sabe qué hora es? Bien, en ese caso me voy.
       Cuando llegó al pie de la escalera se apartó un paso para abrirle camino al capitán. Observó cómo aquél iba subiendo con paso seguro e irregular, y se quedó pensativo durante unos instantes. “Es increíble —pensó—, es imposible saber cuándo ese hombre te ve y cuándo no. Esta vez ha tenido que oírme la respiración”.
       Ahora que ya estaba todo solucionado había que reconocer que aquel hombre era realmente admirable. Se decía de él que había sido famoso en su época, y al señor Sterne no le costaba mucho trabajo creérselo. Concluyó que el capitán Whalley tenía que ser más o menos capaz de ver a la gente —como acababa de hacer con él hacía un instante— y, a pesar de no estar seguro de nada, tenía que mantener aquel talante serio y silencioso por miedo a ponerse en evidencia. El señor Sterne era un observador muy perspicaz.
       Aquella permanente necesidad de no delatarse había acabado llenando el corazón del capitán Whalley de un constante sentimiento de humillación. Había caído en aquel agujero a causa de su amor paternal, por incredulidad, por confianza en los límites de la justicia divina, ajustada a los sentimientos humanos de esta tierra. Le iba a dar a Ivy otro mes de trabajo, puede que la desgracia fuese sólo transitoria. No tenía duda de que Dios no iba a privar de ayuda a su criatura ni lo iba a arrojar desnudo a una noche sin fin. Se aferraba hasta a la menor esperanza, y cuando la evidencia de la catástrofe ya fue mayor que toda esperanza, trató de no dejarse llevar por lo evidente.
       No sirvió de nada. A medida que el universo se iba oscureciendo poco a poco, sus pensamientos se iban cargando de una claridad cada vez más siniestra. Los movimientos de su mente le hacían creer en la vida, en las cosas de este mundo y en todas sus cargas de una forma que no lo había hecho hasta entonces.
       De cuando en cuando, sentía algo parecido a un vértigo o un terror, y se le aparecía en la imaginación el rostro de su hija. Ni siquiera a ella la había contemplado antes con tanta claridad. ¿Cómo era posible que ya fuese incapaz de hacer nada por ella? Nada. ¿Cómo podría no verla más?
       ¿Y por qué? El castigo era demasiado enorme sólo por haber sido culpable de un poco de orgullo y presunción. Finalmente, se decidió a aferrarse con empeño a aquella decisión y a mantener intacto el dinero para poder llevárselo y volver a verla una vez más. Pero también la esquemática idea del suicidio hacía que se rebelara el vigor de su humanidad. Había rezado pidiendo su propia muerte hasta que las oraciones se le habían atragantado. Todos los días de su vida había rezado por conseguir un pan diario y no caer en la tentación con el espíritu humilde de un niño. ¿Acaso significaban algo ahora aquellas palabras? ¿En qué lugar residía el don de la palabra? Los violentos latidos de su corazón le resonaban en la cabeza y parecían estar haciendo añicos el cerebro.
       Se sentó con pesadez en la butaca de cubierta para fingir que estaba haciendo su guardia. Era noche cerrada. Ahora todas lo eran.
       —Serang —dijo a media voz.
       —Aquí estoy, Tuan.
       —¿Hay nubes?
       —Sí, Tuan.
       —Rumbo recto, hacia el norte.
       —Hacia el norte nos dirigimos, Tuan.
       El serang dio un paso atrás y el capitán Whalley reconoció entonces los pasos de Massy en el puente.
       El maquinista se dirigió primero hacia babor y a continuación regresó y pasó en varias ocasiones por detrás de la butaca. El capitán Whalley percibió que en aquellos pasos se podía percibir ahora un cuidado y una prudencia excepcionales. La cercanía de aquel hombre tenía para el capitán Whalley la virtud de recrudecer su sufrimiento. No se trataba sólo de remordimiento porque, en sentido estricto, no le había hecho ningún mal a aquel pobre diablo. En realidad se trataba de una sensación de peligro, de que tenía que ser muy cauteloso.
       Massy se detuvo de pronto y dijo:
       —De modo que se empeña usted en irse.
       —Tengo que irme, no me queda más remedio.
       —¿Y no podría al menos dejar usted el dinero para un plazo de unos años?
       —Imposible.
       —No quiere confiármelo sin que esté usted cerca, ¿no es así?
       El capitán Whalley permaneció en silencio y pudo escuchar cómo Massy suspiraba a sus espaldas.
       —Con eso bastaría para salvarme —dijo con voz temblorosa.
       —Ya le salvé en una ocasión.
       El primer maquinista se quitó la chaqueta con movimientos espaciados y tocó el gancho de latón que había atornillado en el poste de madera. Se puso justo delante de la bitácora, tapando por completo la rosa de los vientos al timonel que estaba de guardia.
       —Tuan —dijo con respeto el nativo para indicarle al blanco que no podía guiar el timón de aquella manera.
       El señor Massy había logrado lo que pretendía: la chaqueta estaba colgando del clavo a unos quince centímetros de la bitácora. En cuanto se apartó, el timonel (un malayo de Sumatra aquejado de viruela, de una piel tan oscura como la de un negro) comprobó con asombro que, en medio de aquel mar en calma y sin viento, el barco se había desplazado completamente del rumbo. Nunca en la vida había visto que se le desviase de aquel modo. Dio un gruñido y viró el timón para poner rumbo al norte. El chirrido de las cadenas y los gruñidos del serang llamaron la atención del capitán Whalley.
       —Ten más cuidado —dijo.
       Y a los pocos segundos, el puente regresó a su tranquilidad habitual. El señor Massy había desaparecido, pero el hierro que estaba en los bolsillos de su chaqueta seguía cumpliendo su misión y el Sofala, a consecuencia de aquella brújula falseada con un truco tan sencillo, ya no se dirigía hacia la bahía de Pangu.
       El murmullo del agua al abrirse en la proa, el sonido de las máquinas y todas las manifestaciones de su vida fiel y laboriosa permanecían intactos en medio de la gran calma de aquel mar, que se fundía por todas partes con la inmóvil capa de nubes que cubría el firmamento. Una calma de las mismas dimensiones del mundo parecía estar esperando su paso para envolverlo cariñosamente en una caricia suprema. Al señor Massy le pareció que no podía haber planteado una noche mejor que aquella para un naufragio.
       Encalar a seco en uno de los arrecifes del este de Pangu… esperar al amanecer… un agujero en el fondo y la necesidad de sacar los botes… Esa misma tarde se encontrarían en Pangu. Lo primero que haría en cuanto chocase sería correr hacia el puente a rescatar la chaqueta (a oscuras nadie se daría cuenta jamás) y vaciaría los bolsillos por la borda, o la tiraría directamente al mar si fuera necesario. No era más que un pequeño detalle, ¿quién lo iba a poder imaginar? La chaqueta había estado colgando de aquel mismo gancho en cientos de ocasiones, pero a pesar de todo, mientras esperaba sentado en el peldaño inferior de las escaleras del puente, sentía cómo le temblaban las rodillas. Lo peor de todo era la espera. A veces empezaba a jadear con rapidez, como si se hubiese echado a correr, y luego respiraba profundamente tratando de recuperar el dominio de sí mismo. Escuchaba también los pasos del serang de cuando en cuando, y voces tranquilas y bajas que intercambiaban unas pocas palabras y luego se volvían a quedar en silencio.
       —Serang, avísame cuando avistes tierra.
       —Sí, Tuan, todavía no.
       —Ya veo, todavía no —asentía el capitán Whalley.
       El barco se había convertido en el mejor amigo de su decadencia. Todo el dinero que había conseguido gracias al Sofala se lo había mandado a su hija, y su pensamiento se detuvo cuando tropezó con su nombre. Recordaba las innumerables ocasiones en las que su mujer y él habían estado charlando sobre la niña inclinados sobre su cuna en el Cóndor: iba a crecer, a casarse… los querría siempre y viviría cerca, podrían contemplar a diario su felicidad. Ahora que su mujer había muerto, le había dado a su hija todo cuanto tenía y esperaba poder estar a su lado una vez más, poder contemplar su cara de nuevo y vivir arrullado por el sonido de su voz, que podría hacer un poco más soportable la negrura de aquella tumba viviente que le estaba esperando. Llevaba demasiado tiempo sin que nadie le ofreciera su cariño. Imaginaba la ternura de su hija.
       El serang había estado observando a proa con atención, y de cuando en cuando volvía la mirada hacia la butaca. Caminaba inquieto de un lado a otro, hasta que de repente estalló al pasar a su lado.
       —Tuan, ¿usted ve tierra por alguna parte?
       Cuando sintió la alarma de aquel tono de voz, el capitán se puso en pie de un salto. ¿Ver? Aquella pregunta fue como si le hicieran sentir la maldición de su propia ceguera con una fuerza redoblada.
       —¿Qué hora es? —gritó.
       —Las tres y media, Tuan.
       —Estamos cerca, tenemos que ver tierra. Mira bien, te digo.
       El señor Massy se despertó de pronto y se preguntó por un instante qué estaba haciendo sentado en aquel peldaño. ¡Ah! Sintió un leve desmayo. Una cosa era planear mentalmente un accidente y otra muy distinta ver que su fruto monstruoso está temblando sobre la propia cabeza y a punto de caer.
       —No hay peligro —murmuró para sí mismo.
       El pánico de la incertidumbre ya se había apoderado en ese momento del corazón del capitán Whalley. Desconfiaba de pronto de todas las realidades de este mundo, de los hombres, las cosas… de la misma tierra. Había realizado, exactamente con el mismo rumbo, aquel trayecto durante treinta y seis veces. Si de algo estaba seguro en la vida era de la dirección y de que el rumbo que llevaban era correcto. ¿Qué podía haber pasado, entonces? ¿Estaba mintiendo el serang? ¿Y por qué habría de hacerlo? ¿Acaso se estaba volviendo ciego él también?
       —¿Hay niebla? Intenta mirar muy abajo, justo por encima del agua.
       —Tuan, no hay nada de niebla, mírelo usted mismo.
       El capitán Whalley tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para reprimir el temblor de sus piernas. ¿Acaso tenía que detener las máquinas y rendirse de una vez? La indecisión hacía que todas las opciones saltaran en su mente. Se había producido un episodio extraordinario y no estaba en condiciones de afrontarlo. En medio de aquellos instantes de angustia le pareció ver el rostro de su hija, la cara de una niña. No, no podía rendirse ahora que había conseguido llegar tan lejos.
       —¿Has mantenido el rumbo? Dime la verdad.
       —Sí, Tuan, estamos en la ruta, mire.
       El capitán Whalley se dirigió hacia la bitácora, que para él consistía tan sólo en un pequeño punto de luz en mitad de una infinita sombra sin forma. Antes, si se agachaba para mirar muy de cerca era capaz…
       Al tener que agacharse tanto alargó el brazo instintivamente para aferrarse adonde sabía que había un poste y al hacerlo la mano golpeó contra algo que no era madera, sino ropa. Al aumentar el peso con un leve empujón el garfio se rompió y la chaqueta del señor Massy cayó a tierra con un ruido sordo acompañado de repiqueteos.
       —¿Qué es esto?
       El capitán Whalley se arrodilló extendiendo las manos abiertas en un gesto de innegable ceguera. Las manos temblaban buscando la verdad. La vio de pronto: hierro cerca de la bitácora. El rumbo era incorrecto. ¡Querían hundir su barco! ¡Ah, no, eso no!
       —¡Ve a detenerlo! —gritó tan fuerte que la voz no pareció la suya. Él mismo salió corriendo con las manos alzadas como un ciego, y, mientras el gong se puso a sonar por todo el barco, la máquina se alzó como si fuera a embestir contra una montaña.
       Había marea baja en toda la parte norte del estrecho, algo a lo que el señor Massy no había prestado mucha atención. En vez de embarrancar con medio casco, el Sofala chocó contra el filo agudo de un acantilado que hubiese quedado cubierto por la marea alta. Aquello provocó que el choque fuera realmente terrible. Tiró a todos los que estaban de pie. Las luces se apagaron de golpe y varios tirantes reventaron y saltaron contra la chimenea. Se oían choques y cables que estallaban, ruidos de madera al astillarse y el farol del mástil saltó volando desde las argollas. El barco volvió a rebotar contra el mismo punto, como un ariete, y aquello hizo que se consumara la ruina: se derrumbó la chimenea con un estrépito, e hizo añicos el timón, aplastó el armazón de los toldos y rompió los compartimentos estancos. El capitán Whalley se puso en pie con todos los escombros hasta las rodillas, sangrando y consciente del peligro del que había escapado, sobre todo por el sonido, pero sin soltar de la mano la chaqueta del señor Massy.
       En ese punto Sterne (que se había caído de la cama de un golpe) había puesto marcha atrás. La máquinas dieron unos giros y a continuación se oyó una voz que gritaba:
       —¡Salga de la maldita sala de máquinas, Jack!
       Y se detuvieron. El barco se acababa de soltar del acantilado y estaba quieto. Soltaba densas nubes de humo por los tubos rotos de la cubierta. A pesar de lo bruscamente que se había producido aquel desastre, nadie gritaba. La violencia del golpe parecía haber atontado también a todas aquellas personas que en aquel instante iban y venían medio atolondradas por la cubierta. La voz del serang se dejó oír claramente sobre la confusión generalizada.
       —No está tocando el fondo —dijo. Acababa de recoger la sonda.
       A continuación fue Sterne el que gritó con un tono agudo y estridente:
       —¿Adónde demonios ha ido a parar el barco? ¿Dónde estamos?
       El capitán Whalley replicó con voz grave.
       —Entre los escollos del este.
       —¿Es eso cierto, señor? Entonces jamás sacaremos el barco de aquí.
       —En cinco minutos se habrá ido a pique. A los botes, Sterne. Con esta calma bastaría uno para salvarlos a todos.
       Los fogoneros chinos se dirigieron atolondrados hacia los botes de babor. Los malayos se quedaron inmóviles y el señor Sterne mostró una gran calma. El capitán Whalley ni siquiera se había movido. Sus pensamientos eran de lo más oscuro en aquella noche en la que había perdido su primer barco.
       —Me ha hecho usted perder el barco.
       Otra silueta que estaba frente a él entre los escombros del puente se susurró:
       —No diga nada de todo esto.
       Massy se acercó a trompicones. El capitán Whalley lo oyó rechinar entre dientes.
       —Tengo la chaqueta.
       —Tírela y vámonos de aquí —le animó aquella voz temblorosa—. ¡Bo-bo-bote!
       —Esto le va a costar cinco años.
       El señor Massy se había quedado completamente mudo. Sus palabras parecían un simple balbuceo.
       —¡Tenga compasión!
       —¿Acaso la ha tenido usted al hacerme perder el barco? ¡Esto le va a costar cinco años, señor Massy!
       —¡Necesitaba dinero, dinero! ¡Mi propio dinero! Le daré a usted una parte. Se puede quedar con la mitad si quiere. A usted también le hace falta el dinero…
       —Pero hay una justicia.
       Massy hizo un terrible esfuerzo y finalmente exclamó de un modo extraño:
       —¡Maldito ciego, ha sido usted el que me ha empujado a hacerlo!
       El capitán Whalley siguió apretando la chaqueta contra su pecho sin decir nada. La luz se había esfumado del mundo de forma definitiva… que se hundiese todo si era necesario, pero aquel hombre no iba a salir impune.
       La voz de Sterne siguió dando órdenes:
       —¡Bajadlo!
       Chirriaron las poleas.
       —¡Ahora! —gritó—. Seguid bajando… Jack, por aquí… ¡Señor Massy! ¡Señor Massy! ¡Capitán! ¡Rápido, señor, vámonos de aquí!
       —Puede que yo vaya a la cárcel por intentar estafar a la compañía, pero usted se quedará en la miseria; usted, el célebre hombre honrado que al final ha estado siempre engañándome. Usted es pobre, ¿no es así? Lo único que tenía era aquellas quinientas libras. Pues bien, ahora ya ni siquiera tiene eso; el barco se ha perdido y el seguro no va a pagarle nada.
       El capitán no se movió. Aquello era cierto. El dinero de Ivy también se había perdido con aquel naufragio. Tuvo de nuevo un relámpago de lucidez; estaban llegando al fin de aquel camino.
       Alguien gritó junto al casco. Massy no parecía capaz de apartarse del puente, no paraba de silbar y decir frases incomprensibles.
       —Deme eso, démelo…
       —No —respondió el capitán Whalley—, no puedo dárselo. Será mejor que se vaya. Si quiere vivir no se quede aquí. No me voy a quedar con esto, pero me mantendré a bordo.
       Massy no entendía lo que sucedía, pero el amor a su propio pellejo lo hizo salir del puente. El capitán Whalley dejó la chaqueta sobre el puente y fue avanzando hacia el costado entre los escombros.
       —¿Está Massy con usted? —gritó en medio de la oscuridad.
       La voz de Sterne se hizo oír desde el bote:
       —Sí, señor, está aquí con nosotros. Venga, señor, es insensato que se quede ahí más tiempo.
       El capitán Whalley palpó la batayola y con mucho cuidado deslizó la mano para soltar el cabo del bote. Todavía estaban todos esperándolo abajo, y aún seguían esperándolo hasta que se oyó una voz que gritaba:
       —¡Estamos a la deriva! ¡Fuera!
       —¡Salte, capitán! ¡Salte! Puede usted nadar…
       En aquel viejo corazón y aquel cuerpo robusto al parecer había un miedo a la muerte que no podía ser superado por el horror que le provocaba la ceguera. Al fin y al cabo, había llegado caminando en la oscuridad hasta el borde mismo de un crimen sólo por amor a Ivy, Dios no había atendido a sus plegarias y la luz se había extinguido del mundo de forma definitiva. Ya no quedaba ni un pálido destello. Resultaba inverosímil que un Whalley que hubiese llegado tan lejos permaneciese aún con vida, tenía que pagar por lo que había hecho.
       —Salte todo lo que pueda, señor, nosotros le recogeremos.
       No escucharon su respuesta, pero sus gritos parecieron recordarle algo. Recorrió el camino de vuelta y buscó la chaqueta del señor Massy. No había duda de que podía nadar. Cuando la gente se ve arrastrada por el remolino de un barco muchas veces después de hundirse regresan a la superficie y resultaba imposible que un Whalley que hubiese decidido morir se viese finalmente obligado a la lucha. Se puso todos aquellos trozos de hierro en los bolsillos.
       Los que se encontraban en el bote contemplaban el Sofala como una especie de inmensa mole negra en mitad de la noche, inclinándose de una manera sorprendente. No se oía prácticamente ningún sonido. A continuación se escuchó el ruido de un resbalón, como si en las calderas se hubiese producido una detonación sorda, y dio la sensación de que algo delgado se elevara sobre el lugar exacto en el que había estado el barco, como si una roca emergiese desde el mar. A continuación también aquello desapareció.
       Cuando el Sofala no se presentó a su cita en Batu Beru, el señor Van Wick comprendió al instante que ya nunca más lo iba a poder contemplar de nuevo, aunque siguió sin saber lo que había pasado hasta que, unas semanas más tarde, el sultán le prestó una embarcación nativa para que llegase al puerto de registro del Sofala, donde ya habían empezado a olvidarse de la existencia del vapor y de la investigación oficial sobre su naufragio.
       No había resultado un caso ni extraordinario ni particularmente interesante, salvo por el hecho de que el capitán se había hundido con su propio barco. Era la única vida que se había perdido y el señor Van Wick no habría podido saber más detalles si no hubiese estado allí Sterne, con quien se encontró por casualidad uno de aquellos días en el muelle que estaba junto al río, prácticamente el mismo lugar al que se había dirigido el capitán Whalley para encontrar un sampán que lo llevara hasta el Sofala para poder mantener intactas las quinientas libras de su hija.
       Cuando lo vio a lo lejos, el señor Van Wick comprobó que Sterne le guiñaba un ojo al mismo tiempo que se llevaba la mano al sombrero. Se refugiaron a la sombra de un edificio (sobre un banco) y el segundo le contó cómo había sido la llegada de los botes a la bahía de Pangu con la tripulación unas seis horas después del accidente, y cómo habían tenido que arreglárselas sin nada durante un par de semanas hasta que por fin encontraron los medios para salir de aquel lugar de bestias. Después de la investigación todos habían quedado eximidos de culpa. La pérdida del barco se atribuyó a una desviación poco habitual de la corriente, y lo cierto es que no se podría haber debido a otra razón, porque no había manera humana de explicar que el barco se encontrara a siete millas al este de su posición durante la guardia de medianoche.
       —He tenido muy mala suerte, señor —Sterne se humedeció los labios con la lengua y miró de reojo—. He perdido toda mi fortuna antes de que usted me pudiese dar un empleo, señor. Toda la situación es de lo más lamentable, pero ya ve: lo que para uno es veneno para el otro es comida. Al señor Massy no le podría haber salido mejor; parece que el naufragio lo hubiese provocado él mismo. Es la pérdida más oportuna que he conocido en mi vida.
       —¿Y qué ha sido de Massy? —preguntó el señor Van Wick.
       —¿Massy? ¡Ja! Me estuvo diciendo que tenía intención de comprarse otro barco, pero en cuanto le dieron el dinero se fue a Manila en el primer vapor de la mañana. Lo perseguí hasta el barco y me dijo que tenía intención de poner su dinero a salvo en Manila. Yo podía irme al diablo, claro, aunque me había prometido darme el mando si no hablaba más de la cuenta.
       —Usted no dirá nada… —dijo el señor Van Wick.
       —No, señor, ¿por qué razón iba a hacerlo? Lo único que yo intento es abrirme camino en esta vida, y para eso los muertos no son un obstáculo —respondió Sterne. Abría y cerraba rápidamente los párpados y durante un instante los mantuvo cerrados—. Y además, señor, no habría sido un buen negocio. Usted me hizo callar la boca más tiempo de lo necesario.
       —¿Me podría contar por qué el capitán Whalley se quedó a bordo? ¿Realmente se negó a abandonar el barco? ¡Vamos, hombre! ¿No fue tal vez…?
       —¡Nada! —le interrumpió Sterne con decisión—. Le digo que yo mismo le grité que saltara por la borda. Y tuvo que ser él quien soltó el cabo del bote. Todos nosotros estábamos gritando… Quiero decir, Jack y yo. Ni siquiera nos contestó. Y al final el barco estaba tan silencioso como una tumba. Al final las calderas saltaron por los aires y se hundió. ¿Un accidente? ¡De ninguna manera! La partida ya estaba perdida, señor, se lo dije.
       Aquello era todo lo que iba a decir Sterne.
       Como es lógico, el señor Van Wick fue recibido como huésped en el club durante dos semanas y fue allí donde conoció al abogado que había redactado el acuerdo entre Massy y el capitán Whalley.
       —Un viejo extraordinario —dijo—. Se presentó en mi despacho como llovido del cielo, con sus quinientas libras para invertir y aquel maquinista ansioso a su espalda. Ahora acaba de desaparecer de una manera bastante misteriosa, igual que su aparición. Lo cierto es que nunca entendí del todo bien lo que quería. En cuanto a Massy, no había mucho misterio, ¿no? Me pregunto si Whalley se negó a abandonar el barco. Eso habría sido una locura. Evidentemente, la culpa no era suya, y el tribunal no habría tenido ningún problema en establecerlo así.
       El señor Van Wick aseguró que él lo había conocido muy bien y que no podía creer que se tratase de un suicidio. Un acto de esa naturaleza no encajaba para nada con lo que sabía de aquel hombre.
       —Yo opino lo mismo —respondió el abogado. La teoría más admitida es la de que el capitán se quedó demasiado tiempo a bordo tratando de salvar alguna cosa que consideraba de importancia. Puede que fuera el mapa que demostraba su inocencia, o algo de valor que había olvidado en su camarote. El cabo del bote también se podría haber soltado solo, pero había algo que sí era extraño: algunos meses antes de su último viaje, el capitán había acudido a su despacho para dejarle un sobre sellado dirigido a su hija para que se le remitiera en caso de muerte. Tampoco era una cosa muy fuera de lo común, especialmente cuando se trataba de hombres de su edad. El señor Van Wick negó con la cabeza. El capitán Whalley tenía un físico como para llegar a los cien años.
       —Eso es verdad —asintió el abogado—, daba la sensación de que ese viejo había llegado a este mundo totalmente desarrollado y con esa barba. Casi parecía imposible imaginárselo más joven ni más viejo… ¿no le parece? Daba una sensación notable de fuerza física. Puede que aquél fuese el misterio que sobrecogía a todas las personas que en algún momento tenían algún trato con él. Uno tenía la sensación de que ninguno de los medios que se pueden utilizar para acabar con la vida de los hombres podría afectarlo a él. Tenía unos modales de lo más cortés, y llenos de significado, como si estuviera pensando para sí mismo que tenía tiempo para todo. Puede que en su porte y en su habla fuera más reflexivo, pero eso no le daba el aspecto de nadie deprimido, para nada. A veces me pregunto si tuvo algún presentimiento. ¿Quién puede saberlo? Aun así me parece un final demasiado miserable para una persona tan extraordinaria.
       —¡Oh, ya lo creo! Un fin demasiado miserable —dijo el señor Van Wick con tanta pasión que el abogado no pudo evitar levantar la mirada para observarlo con curiosidad. Luego, después de haberse despedido de él, le comentó a un conocido:
       —Ese plantador de tabaco holandés que vive en Batu Beru es un personaje extraño, ¿sabes algo de él?
       —Que está podrido de dinero —respondió el banquero—. Se rumorea que el próximo vapor lo va a llevar a la metrópoli, donde tiene intención de formar una sociedad que se haga cargo de sus tierras. Acaba de abrir otra región tabaquera. Creo que sabe muy bien lo que hace, y que estos tiempos de prosperidad no van a durar eternamente.
       En el hemisferio sur, la hija del capitán Whalley no había tenido ningún presentimiento de la tragedia que había sucedido cuando abrió el sobre que le llegaba escrito con la letra del abogado. Lo recibió después de comer y todos los huéspedes habían salido, los niños estaban en el colegio y su marido estaba en la planta de arriba en un gran sillón, leyendo un libro, con el rostro demacrado y una manta hasta la barbilla. La casa estaba en calma y la grisura de aquella tarde parecía pegada a los cristales. En el salón sombrío en el que reinaba durante todo el año un frío olor a platos, sentada en el extremo de una larga mesa rodeada de sillas con el respaldo pegado al mantel, leyó las primeras frases de la carta: “Lamento profundamente… una dolorosa obligación… su padre ha dejado de existir… siguiendo sus instrucciones… fatales… consuelo… no ensucie su memoria…”.
       Tenía el rostro demacrado, las sienes un poco hundidas bajo aquellos suaves mechones de pelo negro y los labios apretados, mientras los oscuros ojos se ensanchaban hasta que finalmente se levantó tratando de contener un grito y tuvo que agacharse al instante para recoger otro sobre que se le había caído al suelo.
       Lo abrió y leyó su contenido con avidez:
       “Queridísima niña, te escribo ahora, aprovechando que aún puedo hacerlo de una manera legible. Estoy esforzándome por guardar todo el dinero que me queda, lo conservo únicamente para que te pueda servir de más ayuda. Es tuyo y no debe perderse, nadie lo debe tocar. Son quinientas libras. Hasta ahora no me he quedado con nada de lo que he ido ganando. Por lo que se refiere al futuro, tendré que conservar un poco para mí, aunque sólo sea para llegar hasta donde tú estés. Tengo que ir. Tengo que verte por lo menos una última vez.
       ”Me resulta duro el pensamiento de que tengas que leer estas líneas algún día. Dios parece haberse olvidado de mí. Deseo verte y aun así la muerte sería una bendición para mí. Si algún día lees estas palabras, te ruego que le des gracias a Dios por haberse mostrado misericordioso, porque eso significará que estoy muerto y estará bien así, querida. Estoy en las últimas”.
       El siguiente párrafo comenzaba con las palabras: “Estoy perdiendo la vista…”.
       Eso fue todo lo que la hija fue capaz de leer aquel día. La mano que sostenía el papel fue cayendo lentamente y su figura vestida de negro fue caminando lentamente hasta la ventana. Tenía los labios secos y de ellos no salió ningún grito de rabia, ninguna plegaria de agradecimiento. La vida había sido dura, a pesar de todo lo que se había esforzado por amor. Hasta entonces, se había encargado de acallar sus sentimientos, pero por primera vez en todos aquellos años sintió de pronto que desaparecía su estigma, el incesante agobio por la pobreza, el agobio de la lucha por conseguir pan. Fue incluso como si se esfumaran también, a aquella media luz del atardecer, la imagen de su marido y de sus hijos, sólo alcanzaba a ver el rostro de su padre, siempre tranquilo y grande, tal y como lo había visto la última vez, pero con un aire más imponente y tierno.
       Se guardó la carta doblada entre los pliegues de su vestido negro y, tras apoyar la frente en el cristal, se quedó allí inmóvil hasta que anocheció. ¡Se había marchado! ¿Era cierto? Dios mío, ¿era cierto? El golpe quedaba algo amortiguado por las vastas extensiones de la tierra y los años de ausencia. Hubo días enteros en los que ni siquiera le había dedicado un solo pensamiento porque no había tenido tiempo, pero lo quería. Al fin y al cabo, nunca había dejado de quererlo.



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