Joseph Conrad
(Berdyczów, entonces Polonia, actual Ucrania, 1857 - Bishopsbourne, Inglaterra, 1924)


El príncipe Román (1911)
(“Prince Roman”)
Originalmente publicado en The Oxford and Cambridge Review,
(16 de noviembre de 1911), págs. 201-226;
reimpreso, como “The Aristocrat”, en The Metropolitan Magazine [Nueva York],
(enero de 1912), págs. 19-22;
Prince Roman
(Londres: Richard Clay and Sons, Ltd., “Printed for the Author”, 1920, 42 págs.);
Tales of Hearsay. Suspense (póstumo)
(Londres: Thomas Nelson, 1925, 377 págs.);
(Nueva York: Doubleday, 1925, 274 págs.)



      —Unos sucesos que ocurrieron hace setenta años tal vez puedan parecer demasiado remotos como para mencionarlos en una simple conversación. No hay duda de que para nosotros el año 1831 es una fecha histórica, uno de esos años letales en los que, una vez más, nos vimos obligados a decir Vae victis [en el original, en latín: “¡Pobres los vencidos!”] ante la pasiva indignación y la evidente simpatía del resto del mundo, y, calcular el precio en unidades de dolor. Nunca se nos dieron bien los cálculos, ni en la prosperidad ni en la adversidad, es una lección que aún tenemos pendiente para enfado de nuestros enemigos, que nos han puesto el apodo de “incorregibles”…
       El hombre que acababa de hablar era de nacionalidad polaca, una nacionalidad que, más que vivir, sobrevive e insiste en pensar, respirar, hablar, desear y sufrir recluida en una tumba junto a un millón de bayonetas, cercada a tres bandas por los tres grandes imperios.
       La conversación giraba en torno a la aristocracia. ¿Cómo había surgido un tema tan desacreditado para la época? Sucedió hace algunos años y la precisión de la escena se ha desvanecido, pero recuerdo que el tema ya casi había dejado de considerarse un ingrediente en las reuniones sociales. Para ser sincero, creo que habíamos llegado a él tras intercambiar algunas ideas sobre el patriotismo, un sentimiento que nuestro delicado perfil humanitario consideraba una reliquia de la barbarie. Aunque tampoco se puede decir que ese gran pintor florentino que al morir cerró los ojos pensando en su ciudad, ni San Francisco, que con su último aliento bendijo a la ciudad de Asís, fueran bárbaros. Hace falta cierta grandeza de espíritu para entender el patriotismo como corresponde, o al menos cierta honestidad de sentimientos, una noción imposible para un pensamiento moderno incapaz de comprender la gloriosa simplicidad de una emoción que nace en la naturaleza pura de las cosas y de los hombres.
       La aristocracia de la que hablábamos era una de la más importantes. Se trataba de una de las principales familias de Europa, de las que no se habían empobrecido, convertido ni liberalizado, la clase social más inconfundible y especial de todas las clases sociales, para la que la ambición ni siquiera era un incentivo cotidiano ni un regulador de la conducta.
       Como habían perdido su indiscutible derecho al liderazgo, suponíamos que sus enormes riquezas, su cosmopolitismo (fruto de amplias alianzas) y su elevada posición social (en la que había tanto que perder y tan poco que ganar) los había puesto en una difícil posición durante las épocas de conmoción política y agitación nacional. Al no nacer con el derecho a gobernar —la esencia pura de la aristocracia— se hacía difícil para ellos dedicarse a otra cosa que no fuera mantenerse al margen de los grandes movimientos de las decisiones populares.
       Habíamos llegado a esa conclusión cuando el hombre hizo aquel comentario sobre los sucesos remotos y mencionó el año 1831. Luego prosiguió:
       —No quiero tampoco dar a entender que conocí al príncipe Román en aquella época. Empiezo a sentirme como un viejo, pero no soy tan viejo. De hecho el príncipe Román se casó el mismo año que nació mi padre, en 1828. En esa época el siglo XIX todavía era muy joven y el príncipe lo era incluso más, aunque no sé exactamente por cuánto. No importa, el tema es que fue un boda precoz. La unión era perfecta se la mirara por donde se la mirara. La chica era joven y hermosa, una huérfana heredera con un ilustre apellido y gran fortuna. El príncipe era todavía un oficial de la guardia que se distinguía de sus compañeros por su carácter un poco reservado, reflexivo. Se había enamorado enseguida de su belleza, su encanto y de la sensatez de sus pensamientos y su corazón. Era un hombre más bien callado, pero su mirada, su actitud, y toda su persona manifestaban una completa devoción por la mujer que había elegido, una devoción que ella correspondía a su manera, franca y fascinante.
       Parecía que la llama de aquella pasión pura y juvenil iba a arder para siempre y durante una temporada logró iluminar la atmósfera desabrida y cínica del importante mundillo de San Petersburgo. El propio emperador Nicolás, abuelo del zar actual que murió en la Guerra de Crimea —tal vez el último autócrata convencido del carácter Divino de su misión—, mostró interés en aquella pareja de recién casados. Se sabe que Nicolás estaba muy atento a todo lo que hacía la aristocracia polaca. Los jóvenes, que llevaban una vida acorde a su estatus, vivían sólo para sí mismos pero la sociedad, fascinada por la honestidad de aquel sentimiento que se desenvolvía sereno entre los artificios de su nerviosismo, los miraba con una indulgencia bondadosa, casi con una ternura divertida.
       La boda fue el evento social más importante de 1828 en la capital y apenas cuarenta años más tarde yo me encontraba en la casa de campo del hermano de mi madre en la región sur de nuestro país.
       Era pleno invierno. El gran prado tenía el aspecto de un campo de nieve alpino; una planicie blanca y mullida que brillaba bajo el sol como si la hubieran rociado con polvo de diamantes e inclinada sutilmente hacia un lago. El sol frío y radiante se desplazaba sobre el horizonte sinuoso de los enormes pliegues de nieve tras los que quedaban ocultas las aldeas de los campesinos ucranianos, igual que quedan ocultos los barcos en las hondonadas de un mar embravecido. Todo estaba completamente inmóvil.
       No recuerdo cómo logré escapar del aula a las once de la mañana. Yo tenía ocho años y la niña, mi prima, era unos meses menor que yo, aunque por naturaleza era más irascible y menos aventurera. Me escapé solo y muy pronto me encontré en el enorme salón con suelo de piedra y calefactado con la monumental estufa de azulejos blancos, un ambiente mucho más placentero que el aula —que, por alguna razón (tal vez por higiene), siempre mantenían a baja temperatura.
       Los niños sabíamos que en la casa había un huésped. Había llegado la noche anterior justo cuando nos estaban llevando a la cama. Volvimos corriendo por la línea de batidores para apretar las narices contra las ventanas pero no llegamos a tiempo para verlo entrar. Apenas pudimos ver el resplandor rojizo del enorme carruaje de trineo tirado por seis caballos, una maza negra que se alejaba sobre la nieve hacia el establo, dirigido por un jinete que lleva una bola ardiente de estopa y resina en una canasta de hierro que colgaba de la punta de una vara larga que salía de su silla inclinada. Por la tarde habían enviado a dos mozos de cuadra por las pistas de nieve para recibir al ansiado huésped al anochecer e iluminar su camino con aquellas antorchas de carretera. En aquella época, recordarán, todavía no había ni una milla de ferrocarril en el sur. Mi pequeña prima y yo apenas sabíamos nada de trenes y máquinas, lo poco que salía en los libros ilustrados y aún nos parecía algo vago, muy remoto y no muy interesante, salvo por lo que contaban los adultos que viajaban al extranjero.
       Nuestra idea de un príncipe, tal vez un poco más precisa, era sobre todo literaria y tenía el encanto que le daban los cuentos de hadas, en los que los príncipes tenían siempre un aspecto joven, encantador, valiente y feliz. Aun así, como el resto de los niños, conocíamos la diferencia entre lo real y lo imaginario. Sabíamos que los príncipes eran personajes históricos y había cierto encanto también en eso, pero lo que me llevó a deambular cautelosamente por la casa como un prisionero en fuga fue la esperanza de conversar con un amigo especial para mí, el jefe de los guardabosques, que solía acercarse a hacer sus informes a esa hora. Deseaba que me contara novedades sobre cierto lobo. Es bien sabido, en un país donde hay lobos casi todos los inviernos aparece un animal que sobresale del resto por la audacia de sus fechorías. Quería que me contara alguna nueva y emocionante historia de aquel lobo, tal vez el dramático relato de su muerte.
       Pero no encontré a nadie en el hall.
       Defraudadas mis ilusiones, me sentí abatido al instante y, como no podía regresar triunfal al aula, decidí pasear por la sala de billar donde sin duda tampoco tenía nada que hacer. Allí tampoco había nadie, me sentí perdido y solitario bajo aquellos techos altos, sólo ante la enorme mesa de billar inglesa que parecía desaprobar, con su pesado y rectilíneo silencio, la intromisión de un niño pequeño.
       Justo cuando estaba por retirarme escuché unas pisadas en el salón de al lado y antes de que pudiera darme la vuelta y huir, aparecieron en la puerta mi tío y su invitado. Como ya me habían visto no habría sido apropiado salir corriendo, de modo que me quedé en mi lugar. Mi tío se sorprendió al verme. El invitado era un hombre sobrio, de estatura media, llevaba una levita negra abotonada y se mantenía muy erguido, con una rigidez como de soldado. De los pliegues del pañuelo suave de batista blanca asomaban los extremos de un cuello ajustado contra las mejillas afeitadas. Llevaba unos mechones de pelo fino y gris alisados sobre la parte superior de la cabeza calva. La cara, que debió ser atractiva en su momento, aún conservaba en la vejez la armoniosa sencillez de sus líneas. Lo que me sorprendía era su palidez uniforme, casi tétrica. Me pareció extraordinariamente viejo. Respondió a mi ruborizada confusión con una sonrisa débil, apenas una alteración momentánea en la disposición de sus finos labios, y me interesó ver que buscaba algo en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó un lápiz y un bloque de páginas que le entregó a mi tío con una reverencia casi imperceptible.
       Yo estaba muy impresionado, pero mi tío lo hizo como si fuera un gesto rutinario. Escribió algo que el otro leyó, y a continuación asintió levemente con la cabeza. Una delgada y arrugada mano —la mano era aún más vieja que la cara— me dio unas palmaditas en la mejilla y luego se apoyó levemente en mi cabeza. Oí una voz sin timbre, una voz tan descolorida como su cara, que salía de los labios hundidos mientras que los ojos, oscuros y quietos, miraban hacia abajo, hacia donde estaba yo, con amabilidad.
       —¿Y cuántos años tiene este niño tan tímido?
       Antes de que pudiera contestar, mi tío anotó mi edad en el cuaderno. Yo estaba muy impresionado. ¿A qué se debía aquel comportamiento? ¿Era aquel personaje demasiado importante como para hablarle directamente? De nuevo leyó en el cuaderno, de nuevo asintió y de nuevo oí aquel tono mecánico e impersonal:
       —Se parece a su abuelo.
       Yo me parecía a mi abuelo paterno, que había muerto hacía poco. Él también había sido extraordinariamente viejo. Y para mí era perfectamente natural que dos personas tan mayores y respetables se hubieran conocido en los oscuros tiempos de la creación anteriores a mi nacimiento, pero, por lo visto, para mi tío no era tan obvio. Hasta el punto que la mecánica voz tuvo que explicar:
       —Sí, sí. Fuimos camaradas en el 31. Era uno de esos hombres que sabían hacer las cosas como corresponde. Los viejos tiempos, querido señor, aquellos viejos tiempos…
       Luego hizo un gesto como si quisiera apartar un fantasma inoportuno y los dos me miraron. Me pregunté si esperaban algo de mí. Ante mis ojos redondos e inquisitivos, mi tío aclaró:
       —Está completamente sordo.
       Y aquella voz impersonal y fría me dijo:
       —Dame tu mano.
       Se la alcancé con timidez porque sabía perfectamente que tenía los dedos manchados con tinta. Nunca antes había visto a un sordo y estaba bastante asustado. La presionó con firmeza y luego me dio una última palmadita en la cabeza.
       Mi tío me dijo con un tono grave:
       —Acabas de estrecharle la mano al príncipe Román S. Lo recordarás cuando seas mayor.
       Me impresionó aquél tono. Yo tenía la suficiente información histórica como para saber vagamente que el príncipe S. había sido uno de los príncipes soberanos de Rutenia hasta que sus territorios fueron anexados al reino de Polonia a principios del siglo XV, momento en que ellos se convirtieron en los grandes magnates polacos, pero lo que más me interesaba era la completa ausencia del encanto típico de los cuentos de hadas. Era espantoso conocer a un príncipe sordo, calvo, enjuto y extraordinariamente viejo. Me parecía imposible que aquel hombre imponente y decepcionante hubiera sido joven, rico y hermoso alguna vez. No podía saber que había sido feliz, que la alegría de un matrimonio perfecto había unido a aquellos dos corazones jóvenes, dos importantes apellidos y dos grandes fortunas, feliz con una felicidad que, al igual que en los cuentos de hadas, parecía predestinada a durar para siempre…
       Pero no duró para siempre. El destino no quiso que durara ni siquiera la medida de tiempo habitual otorgada al paso de los hombres por esta tierra. Tuvieron una hija y muy poco después la salud de la joven princesa comenzó a deteriorarse. Durante un tiempo aguantó con una sonriente valentía, ya que sentía que su vida era ahora indispensable para que dos personas pudieran ser felices, pero al final el marido, profundamente alarmado por el rápido deterioro en su apariencia, obtuvo una licencia ilimitada y la llevó lejos de la capital, al campo, con sus padres.
       Los viejos príncipes se asustaron muchísimo al ver el estado de su adorada nuera. Hicieron los arreglos para viajar al extranjero lo más rápidamente posible, pero, al parecer, ya era demasiado tarde y la propia enferma se opuso con amable obstinación. Pálida y consumida en el sillón, donde la insidiosa y oscura enfermedad de los nervios le daba un aspecto aún más pequeño y débil cada día, aunque sin llegar a ocultar del todo la sonrisa de sus ojos o la gracia encantadora de su rostro demacrado, se aferraba pensando en su tierra natal, anhelando respirar aquel aire. Sabía que no iba mejorar, pero también era consciente de que no había otro sitio en el que morir le resultara más sencillo.
       Falleció antes de que su hija cumpliera dos años. El sufrimiento del marido fue terrible. Sus padres se preocuparon mucho porque lo llevaba en perfecto silencio y sin derramar una lágrima. Después del funeral, mientras la inmensa multitud de campesinos de cabeza descubierta que habían estado alrededor de la capilla privada en los jardines comenzó a dispersarse, el príncipe, tras despedir a sus amigos y parientes, se quedó a solas contemplando cómo los albañiles de la finca cerraban el panteón familiar. Cuando acabaron de poner la última piedra lanzó un alarido, la primera expresión de dolor que manifestaba en días, y se alejó con la cabeza gacha a encerrarse de nuevo en sus aposentos.
       Los padres temían que perdiera la razón. Su tranquilidad exterior los inquietaba. Sólo confiaban en su juventud, la misma que le hacía llevar aquella desesperación de un modo tan ensimismado e intenso. El viejo príncipe Juan, impaciente y ansioso, repetía una y otra vez:
       —Pobre Román, habría que despertarlo como sea. Es tan joven.
       Pero no encontraban nada con que espabilarlo. La anciana princesa, mientras se secaba las lágrimas, deseaba desde lo más profundo de su corazón que su hijo fuera tan joven como para acercarse a ella y largarse a llorar en su regazo.
       Con el tiempo y haciendo un gran esfuerzo, el príncipe Román comenzó a unirse de vez en cuando al grupo familiar, pero era como si su corazón y sus pensamientos hubieran quedado enterrados en la cripta junto a la esposa que había perdido. Empezó a vagar por el bosque con un arma, vigilado en secreto por uno de los guardabosques que cada noche informaba de que “Su señoría no ha disparado un tiro durante todo el día”. A veces, cuando caminaba por los establos durante la mañana, ordenaba en tono suave que le ensillaran un caballo, esperaba que se lo trajeran cambiándose las botas, y luego salía por el portón a paso de hombre sin decir una palabra. Estaba fuera el día entero. La gente lo veía pasar por el camino, jamás levantaba la mirada hacia la izquierda o la derecha, iba con la cara pálida y sentado rígidamente en su silla como un caballero de piedra sobre un corcel vivo.
       Los campesinos que trabajaban en los campos, aquellos maravillosos campos sin límites, lo seguían desde la distancia, y a veces una anciana piadosa, desde el umbral de una choza de techo de paja, se conmovía y hacía la señal de la cruz en el aire a sus espaldas como si él fuera uno de ellos, un alma sencilla de pueblo golpeada por un amargo dolor.
       Montaba mirando siempre hacia delante, pero sin ver a nadie, como si la tierra estuviera vacía y todos los hombres hubieran sido sepultados en esa tumba que se había abierto demasiado pronto en su vida para llevarse toda su felicidad. ¿Qué podía importarle a él la humanidad —con sus dolores, sus alegrías, sus esfuerzos y sus pasiones— sin ella, que había sido todo para él?
       Se habría sentido completamente solo y abandonado, como un hombre atrapado en una cruel pesadilla, si no hubiera sido por aquellos campos en los que nació y en los que pasó su alegre juventud. Los conocía muy bien, cada una de aquellas pendiente coronada de árboles entre los huertos, cada pequeño valle que ocultaba una aldea. Los arroyos embalsados formaban una cadena de lagos sobre las verdes praderas. Lejos, hacia el norte, el gran bosque de Lituania se levantaba ante el sol, no más alto que un seto, y hacia el sur se abría el camino de las llanuras, donde el marrón de los extensos parajes de tierra se unía al cielo azul.
       Aquel paisaje familiar asociado para él a una época sin pensamientos ni dolor, aquella tierra cuyo encanto él llegaba a sentir hasta con los ojos cerrados, alivió su sufrimiento igual que alivia la presencia de un viejo amigo que se sienta a nuestro lado en silencio y sin llamar la atención, en un momento complicado de la vida.
       Una de aquellas tardes, al obligar a su caballo a que diera la vuelta para regresar al hogar, el príncipe notó que había bajado una densa nube de polvo oscuro que atravesaba una parte del camino. Tiró de las riendas para llevar el caballo hacia una loma y observó. Distinguió unos delgados brillos metálicos dispersos en la nube que además contenía unas formas. Al final resultó ser una larga fila de carros de campesinos cargados de soldados que se desplazaban lentamente en doble fila bajo la mirada de unos cosacos a caballo. Parecía un inmenso reptil arrastrándose por los campos con la cabeza sumergida tras una ligera hondonada y la cola, retorciéndose y acortándose como si el monstruo avanzara devorando su propio camino poco a poco, hacia el centro de la región.
       El príncipe se dirigió a una de las aldeas que se encontraba un poco apartada del camino. La posada que había en la carretera —con su establo, su cobertizo y su granero bajo un enorme techo de paja— parecía un andrajoso gigante, jorobado y deforme que se había tumbado entre las pequeñas chozas de los campesinos. El posadero, un judío corpulento y orgulloso vestido con un abrigo negro de satén que le llegaba hasta los talones y que iba ajustado en la cintura con una faja roja, se encontraba en la puerta acariciándose su larga y plateada barba.
       Observó al príncipe mientras se acercaba y se inclinó solemnemente sin esperar que el otro lo notara, ya que todos sabían que el joven señor, en su dolor, no tenía ojos para nada ni para nadie. Fue una sorpresa para él que el príncipe descendiera del caballo y le preguntara:
       —¿Qué es todo eso, Yankel?
       —Eso, su señoría, es un convoy de soldados de infantería que se marcha de prisa hacia el sur.
       Con cautela, miró de izquierda a derecha, pero como no había nadie cerca, a excepción de unos niños jugando en la calle polvorienta de la aldea, se aproximó al estribo.
       —¿No lo sabe, su señoría? Allí ya ha comenzado. Todos los propietarios de tierras, ya sean grandes o pequeñas, se han levantado en armas, incluso la gente de los pueblos se ha sublevado. Ayer mismo el talabartero de Grodek (un pequeño poblado con mercado) pasó por aquí con sus dos aprendices para unirse a la revuelta. Hasta me dejó su carro. Yo le di un guía para moverse por esta zona. Como su Señoría sabe, nuestra gente viaja bastante y se entera de todo lo que sucede por ahí, conoce todos los caminos.
       Intentaba controlar su excitación porque el judío Yankel, posadero y arrendatario de todos los molinos de la región, era un patriota polaco. En voz más baja, agregó:
       —Yo ya era un hombre casado cuando los franceses y el resto de las naciones pasaron por aquí con Napoleón. ¡Ah, sí! ¡Menuda cosecha fue aquélla para la muerte! Espero que esta vez Dios nos ayude.
       El príncipe asintió.
       —Esperemos —y, sumergiéndose en una profunda meditación, dejó que su caballo lo llevara a casa.
       Aquella noche escribió una carta y por la mañana temprano envió a un hombre a caballo a que la llevara al correo. Para alegría de sus parientes, durante aquel día salió de su melancolía y conversó con su padre sobre aquellos hechos recientes: la revuelta en Varsovia, la huida del gran duque Constantino, los primeros y tenues éxitos del ejército polaco (en aquella época había un ejército polaco) y del levantamiento de las provincias. El viejo príncipe Juan, incómodo y preocupado, opinaba desde un punto de vista puramente aristocrático, desconfiaba de los orígenes populares del movimiento, lamentaba aquellas tendencias democráticas y no creía que tuvieran posibilidades reales de ganar. Estaba triste, inquieto.
       —Intento reflexionar con calma sobre el tema. En esta temeraria iniciativa se han violado algunos principios seculares de legitimidad y orden para alimentar las esperanzas más subversivas. Aunque, como es lógico, los impulsos patrióticos del corazón…
       El príncipe Román lo escuchó con una actitud pensativa. Aprovechó la pausa para decir a su padre con toda tranquilidad que aquella mañana había enviado una carta a San Petersburgo en la que renunciaba a su cargo en la guardia.
       El anciano príncipe se quedó en silencio. Pensaba que tendría que haberle consultado. Su hijo era además un oficial de artillería del emperador y sabía que el zar jamás olvidaría esa aparente deserción de un noble polaco. Con un tono de irritación le recordó a su hijo que en la actualidad ya gozaba de una licencia indefinida, lo correcto hubiese sido no hacer nada, ya que en la Corte tenían discreción más que suficiente como para no llamar a un hombre de su posición. Como mucho le habrían propuesto alguna misión lejana, por ejemplo al Cáucaso, apartado de aquella insensata batalla cuyos cimientos eran tan equívocos que sólo podía fracasar.
       —Dentro de poco descubrirás que no sientes ningún interés por la vida por falta de tareas, necesitarás algo de lo que ocuparte, querido. Me temo que has actuado precipitadamente.
       El príncipe Román murmuró:
       —Pensé que era lo mejor.
       El padre dudó ante aquella mirada firme.
       —Bueno, ya veremos, pero como oficial de artillería del emperador y como hombre que goza del favor de la familia imperial…
       —Nuestra familia ya era una familia ilustre cuando nadie había oído hablar todavía de esa gente —dejó caer el joven con desdén.
       Ése era el tipo de comentarios que conmovían al viejo príncipe.
       —Bueno, quizá sea para mejor —concedió al final.
       Padre e hijo se despidieron cariñosamente, pero al día siguiente el príncipe Román volvió a caer en el abismo de su indiferencia. Salió a dar un paseo, como todos los días. Recordó que el día anterior había visto un convoy de soldados que parecía un reptil largo y erizado por las bayonetas y que se arrastraba sobre la superficie de aquella tierra que era suya. La mujer que amaba también había sido suya, pero la muerte se la había robado. Su pérdida fue un golpe moral para él, le abrió el corazón a un sufrimiento mayor, la mente a un pensamiento más amplio, sus ojos abarcaban ahora todo el pasado y la existencia de otro amor cargado de dolor pero tan misteriosamente opresor como el amor perdido al que había confiado su felicidad. Aquella noche se retiró más temprano de lo habitual y llamó a su asistente personal.
       —Ve a fijarte si aún están encendidas las luces en el cuarto del jefe de escuadra. Si aún está despierto dile que venga, quiero hablar con él.
       Mientras el sirviente cumplía la orden, el príncipe arrancó a toda prisa unos folios, cerró los cajones de su escritorio y se colgó al cuello contra el pecho una medalla con una imagen en miniatura de su esposa.
       El hombre que estaba esperando formaba parte del pasado que la muerte de su mujer volvió a reavivar. Pertenecía a una familia de menor nobleza que durante generaciones habían sido adeptos, asistentes y amigos de la familia del príncipe S. Aún recordaba la época, antes de la última repartición de tierras, en la que el hombre había peleado sus batallas hasta el final. Era el típico veterano polaco de aquella generación, tenía una enorme sensibilidad y un entusiasmo ciego, un gran instinto militar y creencias sencillas, hasta mantenía la vieja costumbre de adornar su discurso con palabras en latín. La mirada de astuta amabilidad, la cara rojiza, la frente elevada y el bigote gris, abundante y caído también eran típicos de aquella generación.
       —Señor Francis, viejo amigo —dijo el príncipe con familiaridad, pero sin preliminares—, necesito que me escuche. Me marcharé de aquí sin decir nada a nadie. Iré a un sitio adonde algo más fuerte que mi dolor, pero con una voz muy parecida, me está llamando. Sólo confío en usted. Cuando llegue el momento, diga lo que sea necesario.
       El viejo lo comprendió. Sus manos extendidas se pusieron a temblar, pero, en cuanto pudo hablar, agradeció a Dios en voz alta que lo hubiera mantenido vivo lo suficiente como para ver a un descendiente de aquella familia ilustre, alguien de las generaciones más jóvenes, dar un ejemplo coram Gentibus [en el original, en latín: “En público”] de amor a su patria y de valentía en la batalla. No tenía duda de que su querido príncipe alcanzaría en la corte y en la guerra una posición acorde a su alta alcurnia, porque podía ver que in fulgore de la gloria de la familia affulget patride serenitas [en el original, en latín: “En el esplendor de la gloria de la familia brilla la serenidad de una patria”]. Cuando terminó de decir aquello se puso a llorar y lo abrazó. El príncipe tranquilizó al anciano y cuando logró que se sentara en un sillón y se recompusiera un poco, le dijo:
       —No me malinterprete, señor Francis. Usted sabe cuánto amaba a mi esposa. Una pérdida como ésa nos abre los ojos a verdades inesperadas. No se trata de buscar el liderazgo o la gloria. Lo que quiero es ir solo y pelear entre la tropa sin que nadie me conozca. Voy a ofrecerle a mi país lo único que poseo: mi vida, un gesto tan sencillo como el que hizo el talabartero de Grodek, que pasó ayer por aquí con sus aprendices.
       Cuando escuchó aquello el viejo se puso a gritar. El príncipe no podía hacer eso, y él no podía permitir que lo hiciera, pero al final terminó rindiéndose ante los argumentos y la voluntad expresa del príncipe.
       —¡Ah! Si es una cuestión de sentimientos y conciencia… que así sea. Pero no puede marcharse completamente solo. ¡Qué pena ser tan viejo y no servir para nada! Cripit verba dolor [en el original, en latín: “El dolor mata las palabras”], mi querido príncipe, sólo de pensar que tengo más de setenta años y valgo lo mismo que un lisiado en la puerta de la iglesia… Por lo visto lo único que puedo hacer es quedarme sentado en casa y rezar por la patria y por usted. Pero puede contar con mi hijo Peter, el menor. Será una valiosa compañía para usted. Justo ahora se está quedando en casa. Durante siglos jamás sucedió que un príncipe S. arriesgara su vida sin que hubiera a su lado alguien de nuestra familia. Debe ir acompañado por alguien que sepa quién es usted, aunque sea únicamente para mantener informados a sus padres y a este viejo sirviente. ¿Cuándo piensa partir el gran señor?
       —En una hora —contestó el príncipe y el viejo salió a toda prisa a buscar a su hijo.
       El príncipe cogió un candelabro y caminó tranquilo por el oscuro corredor de la casa en silencio. Más tarde la nodriza contaría que se despertó de repente y vio al príncipe contemplando a su hija, mientras le hacía sombra en los párpados con una mano para protegerla de la luz. Estuvo observándola un buen rato y al fin apoyó el candelabro en el piso, se inclinó sobre la cuna y la besó suavemente para que la niña no se despertara. Luego salió del cuarto con el candelabro sin hacer ruido. La nodriza le vio la cara nítidamente, pero no pudo leer en ella ningún signo de la decisión que había tomado. Estaba pálido pero muy tranquilo, y mientras se alejaba de la cuna, no se dio la vuelta ni una sola vez.
       La otra persona en la que confiaba, además del viejo y de su hijo Peter, era el judío Yankel. Cuando éste le preguntó exactamente hacia dónde quería que lo guiara, el príncipe contestó:
       —Al destacamento que esté más cerca.
       Un nieto del judío, un joven larguirucho, condujo a los dos hombres por senderos desconocidos que atravesaban el bosque y los pantanos y los dejó frente a las fogatas de un pequeño destacamento que acampaba en una hondonada. Varios caballos que no estaban a la vista relincharon y una voz gritó desde la oscuridad:
       —¿Quién anda ahí?
       Entonces el joven judío partió a toda prisa, diciendo que debía regresar a casa a tiempo para comenzar el Sabbat.
       De esa manera se ofreció el príncipe Román a su patria, humildemente y siguiendo una visión sencilla del deber que descubrió cuando la muerte le quitó de los ojos la radiante venda de la felicidad. Su compañero se presentó como el hijo del jefe de escuadra del príncipe S. y a él lo presentó como un pariente, un primo lejano de su misma región y, como todos supusieron, con el mismo apellido. La verdad es que nadie hizo muchas preguntas. Sin duda eran otros dos jóvenes que se unían a la causa. Nada más natural.
       El príncipe Román no se quedó mucho tiempo en el sur. Un día, mientras realizaba actividades de exploración a la entrada de una aldea junto a otros camaradas, sufrieron una emboscada de la infantería rusa. La primera descarga dio de baja a varios y el resto se dispersó hacia todos lados. Los rusos tampoco se quedaron mucho tiempo más por miedo a la llegada de refuerzos. Poco después, los campesinos se acercaron a ver la escena y rescataron al príncipe Román de debajo de su caballo muerto. No estaba herido pero su fiel compañero había sido uno de los primeros en caer. El príncipe ayudó a los campesinos a enterrarlo junto al resto de los caídos.
       Entonces solo, sin saber dónde se encontraba aquel cuerpo de partisanos que se movía constantemente de lugar, decidió que iba a intentar unirse al ejército polaco central que peleaba contra los rusos en la frontera con Lituania. Se disfrazó con la ropa de los campesinos por si se cruzaba con algún cosaco que anduviera merodeando por allí, y deambuló un par de semanas antes de encontrar una aldea ocupada por un regimiento de caballería polaco que tenía órdenes de avanzar.
       Vio a un oficial mayor sentado en un banco frente a una choza de campesino un poco mejor que las demás y le pareció que podía ser el coronel. Se acercó con respeto, le contó su historia rápidamente y expresó su deseo de alistarse. Cuando el oficial, que lo miraba atentamente, le preguntó su nombre, el príncipe respondió con nerviosismo el de su compañero muerto.
       El viejo oficial pensó: “Es el hijo de un campesino propietario que pertenece a la clase liberada”. Le gustaba su aspecto.
       —¿Y sabes leer y escribir, amigo? —preguntó.
       —Sí, su Señoría —contestó el príncipe.
       —Muy bien. Entremos a la choza, mi ayudante te inscribirá y te tomará el juramento.
       El ayudante miró fijamente al recién llegado pero no dijo nada. Cuando terminaron todas las formalidades y el recluta se marchó, el ayudante se dio la vuelta hacia su superior y le dijo:
       —¿Sabe quién es ese hombre?
       —¿Quién? ¿El campesino? Un tipo prometedor.
       —Es el príncipe Román S.
       —Tonterías.
       El ayudante tenía razón. Había visto al príncipe varias veces hacía un par de años en el castillo de Varsovia. Incluso habían conversado una vez en la recepción que el gran duque había ofrecido a los oficiales.
       —Está cambiado, parece mucho mayor pero no tengo duda de que es él. Tengo buena memoria para las caras.
       Los dos oficiales se miraron en silencio.
       —Sin duda alguien lo acabará reconociendo antes o después —murmuró el ayudante.
       El coronel se encogió de hombros.
       —Si desea alistarse con la tropa, no es asunto nuestro. Y en cuanto a que le reconozcan, no me parece muy probable. Todos nuestros oficiales y soldados vienen de la otra punta de Polonia.
       Se quedó un rato serio, pensando, y luego sonrió.
       —Me dijo que sabía leer y escribir. Nada me impide convertirlo en sargento a la primera oportunidad. Seguro lo hará muy bien.
       Como suboficial, el príncipe Román superó todas las expectativas del coronel. Muy pronto el sargento Peter se volvió famoso por su inteligencia y valentía. No era el coraje temerario de un hombre desesperado sino un tipo de valentía serena, consciente, una valentía que no se acobardaba ante nada, una devoción sin límites pero objetiva, ajena al tiempo, a los reveses, al desaliento de las continuas retiradas y a la amargura que dejaban las ilusiones frustradas y el horror de las enfermedades de la guerra, que se sumaban a sus dificultades y peligros habituales. En aquel año apareció por primera vez el cólera en Europa. Hizo estragos en los campamentos de los ejércitos, hizo temblar hasta a los más fuertes por el terror que provocaba aquella muerte misteriosa que acechaba en silencio los cuarteles hacinados y las hogueras de los campamentos.
       Un aullido repentino despertaba a los soldados atormentados, que veían bajo el resplandor de las brasas a uno del grupo retorciéndose en el suelo como un gusano aplastado por un pie invisible. Antes del amanecer ya estaba rígido y frío. Los grupos que recibían ese tipo de visitas habían aprendido a levantarse todos a la vez, abandonaban la hoguera y huían corriendo en la noche con pánico silencioso. También sucedía que un camarada con el que uno conversaba durante la marcha, de pronto, en mitad de una frase, comenzara a tartamudear, a mover espantado los ojos y caía al segundo siguiente con la cara descompuesta y los labios azules, rompiendo las filas con las convulsiones de esa enfermedad. Los hombres eran sorprendidos cuando montaban, mientras hacían guardia, en la línea de fuego, cuando arrastraban a los heridos o cargaban las armas. Me han dicho que en un batallón de ataque, listo para tomar una aldea sucedieron tres casos en la primera línea en menos de cinco minutos y no se pudo realizar el ataque porque toda la compañía se dispersó por el campo como paja desperdigada por el viento.
       El sargento Peter, a pesar de ser joven, tenía una gran influencia en sus hombres. Se decía que la cantidad de deserciones en el escuadrón que él dirigía era menor que la de cualquier otro en toda la división de caballería, y se suponía que ésa era la medida del valor que un hombre debía tener para afrontar cualquier forma de peligro.
       Fuese como fuese, en general caía bien y confiaban en él. Cuando llegó el final y lo que quedaba de aquel batallón se preparaba para cruzar la frontera prusiana, el sargento Peter tuvo la suficiente autoridad como para lograr que una veintena de soldados cerraran filas en torno a él. Por la noche se las arregló para abandonar con ellos las tropas acorraladas, y dirigió aquel grupo a través del país durante más de trescientos kilómetros cubiertos por destacamentos rusos devastados por el cólera. Pero no lo hicieron para evitar que los capturaran, para esconderse o salvarse. No. Los condujo hasta un fuerte que aún ocupaban los polacos y en el que se iba a llevar a cabo la última batalla de aquella revolución perdida.
       Puede parecer un fanatismo feroz pero el fanatismo también es un sentimiento humano. El hombre ha adorado a dioses feroces y hay ferocidad en todas las pasiones, también en el amor. La religión de la esperanza eterna tiene mucho de furioso culto a la desilusión, a la muerte, a la derrota. La única diferencia es la motivación moral que nace de las necesidades íntimas y de las aspiraciones no dichas de los creyentes. Sólo para los vanidosos todo se vuelve vanidad y sólo para quienes jamás fueron sinceros consigo mismos todo se vuelve decepcionante.
       Mi abuelo se cruzó con el sargento Peter en el fuerte. Había sido vecino de la familia S. en la región, pero no conocía a Román, que, por algún motivo, recordaba muy bien su nombre. El príncipe se presentó una noche en la que ambos estaban sentados en las murallas, recostados contra un armón de artillería.
       Lo que el príncipe quería pedirle a mi abuelo era que, en caso de que lo mataran, hiciera llegar la noticia a sus padres.
       Hablaron en voz baja mientras el resto de los soldados descansaban alrededor. Mi abuelo le dio su palabra y luego le preguntó con franqueza, porque estaba realmente interesado ante aquella confesión tan inesperada:
       —Pero dígame, príncipe, ¿por qué me hace ese pedido? ¿Tiene algún mal presentimiento sobre su futuro?
       —No, en absoluto. Lo hago pensando en mi familia. No tienen idea de en dónde estoy —contestó el príncipe Román—, y me comprometo a hacer lo mismo por ti, si quieres. Es evidente que al menos la mitad de nosotros morirá antes de que todo esto termine, por lo que hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que uno de nosotros dos sobreviva.
       Mi abuelo le dijo entonces en qué lugar suponía que se encontraban su mujer y sus hijos. Desde aquel momento, y hasta que terminó el asedio, los dos siguieron muy unidos. El día del peor ataque, la ciudad fue tomada y mi abuelo recibió una herida grave. Al día siguiente fue tomado el propio fuerte, con su hospital lleno de muertos y moribundos y sus almacenes vacíos, por lo que los defensores, como habían quemado ya sus últimos cartuchos, debieron abrir las puertas.
       Durante toda la lucha el príncipe se expuso de manera directa y concienzuda, pero no recibió ni un arañazo. Nadie lo reconoció ni reveló su identidad en ningún momento. Hasta ese instante a nadie le importaba en absoluto quién fuera mientras cumpliera con su deber.
       Pero ahora la situación había cambiado. Como miembro de la guardia y como exoficial de la artillería del emperador, aquel rebelde corría serios riesgos de que le dieran un cuidado especial con un batallón de fusilamiento a menos de diez pasos. Durante más de un mes permaneció perdido entre la miserable muchedumbre de prisioneros amontonados en los fortines de la ciudadela, apenas con suficiente comida como para mantener el cuerpo y el alma unidos a pesar de que morían casi cuarenta soldados al día por las heridas, la escasez y las infecciones.
       El fuerte estaba ubicado en una posición estratégica, y por eso recibía frecuentemente nuevas camadas de prisioneros capturados a campo abierto durante el proceso de pacificación. Entre los recién llegados se encontraba un joven amigo personal del príncipe de su época escolar. Lo reconoció y, al borde del desmayo, gritó:
       —¡Dios mío! ¡Román, qué haces aquí!
       Se dice que ese hombre pasó el resto de su vida amargado por el remordimiento de aquella momentánea pérdida de autocontrol. La escena transcurrió en el patio central de la ciudadela. El gesto de advertencia del príncipe llegó demasiado tarde. Uno de los oficiales de gendarmería que estaba de guardia alcanzó a oír la exclamación y le pareció que valía la pena investigar. Pero la investigación no fue demasiado ardua, ya que el príncipe, cuando le preguntaron categóricamente cuál era su verdadero nombre, lo admitió de inmediato.
       La información de que el príncipe S. había sido encontrado entre los prisioneros fue enviada a San Petersburgo. Sus padres ya se encontraban en la ciudad sumidos en el dolor, la incertidumbre y el miedo. La capital del Imperio era el sitio más seguro para un noble cuyo hijo había huido de casa de forma tan misteriosa y en medio de una rebelión. Los ancianos no habían recibido noticias suyas durante meses. Se habían cuidado de no contradecir los rumores que circulaban por todas partes de que se había suicidado por desesperación, ya que aún se recordaba lo que había sido su maravilloso matrimonio y su encantadora y honesta felicidad extinguida ante la muerte, pero en secreto esperaban que su hijo hubiera sobrevivido y hubiera logrado cruzar la frontera con la parte del ejército que se había rendido a los prusianos.
       La noticia de que lo habían hecho prisionero fue un golpe demoledor. No podían hacer nada por él, pero la grandeza de su apellido, de su posición, su extensa red de conocidos y contactos en las altas esferas les permitió a sus padres actuar indirectamente y movieron cielo y tierra, como dice el dicho, para salvar a su hijo de las “consecuencias de su locura”, como no tardó en decir el príncipe Juan. Llegaron a los personajes más importantes a través de algunos líderes, se reunieron con altos funcionarios y lograron que los oficiales más poderosos se interesaran por el asunto. Utilizaron cada influencia secreta posible. Algunos secretarios privados recibieron cuantiosos sobornos y hasta la amante de cierto senador obtuvo una importante suma de dinero.
       Pero, como he dicho, en un caso tan notorio como aquél no podían hacerse movimientos demasiado evidentes ni se podían dar pasos en falso. Lo único que se podía hacer era intentar persuadir el juicio del Presidente de la Junta Militar para que tuviera clemencia a través de conversaciones privadas. El hombre al final se sintió impresionado por los comentarios y sugerencias que recibía de San Petersburgo, algunas desde las posiciones más altas. Por otra parte, desde una amplitud de miras mayor, valía la pena contar con la gratitud de nobles tan importantes como el príncipe S. El Presidente de la Junta era un buen ruso, pero también un hombre bonachón y el odio a los polacos no era en aquella época una cuestión tan importante para mantener el sentimiento patriótico como lo sería treinta años más tarde. Tenía una buena primera impresión de aquel joven de cara fina y bronceada, corroído por los meses de dura campaña, las privaciones del asedio y los rigores del cautiverio.
       La Junta estaba compuesta por tres oficiales. Se reunían en la ciudadela en una habitación desnuda y abovedada, tras una mesa larga y negra, algunos funcionarios ocupaban los extremos y no había nadie más, aparte de los gendarmes que hicieron pasar al príncipe.
       Entre aquellas cuatro paredes siniestras que lo aislaban de todos los signos y sonidos de libertad, de todas las esperanzas en el futuro, de todas las ilusiones consoladoras, sólo frente a los enemigos convertidos en jueces: ¿quién puede decir cuántas ganas de vivir le quedaban al príncipe Román? ¿Cuánto quedaba de aquel sentido del deber que había descubierto en medio del dolor? ¿Y cuánto de aquel renovado amor por su patria, una patria que demandaba ser amada como ninguna otra, con el mismo cariño triste que uno siente por los muertos que no olvida y con el inagotable fuego de una pasión ya sin esperanzas, que sólo podría mantenerse encendida en nuestro pecho gracias a un ideal vivo, cálido y activo, para nuestro orgullo, debilidad, alegría o ruina?
       Hay algo monstruoso en la idea de una carga de esa naturaleza hasta que la vemos levantarse ante nosotros con la forma de una lealtad sin miedo ni culpa. Mientras se acercaba al instante supremo de su vida, el príncipe sólo pudo haber sentido que estaba a punto de acabar. Contestó a las preguntas con claridad, conciso pero con la más profunda indiferencia. Después de aquellos meses de acción tan tensos, hablar le resultaba fatigoso, pero lo disimuló por temor a que sus enemigos sospecharan en sus modales la apatía de la desmoralización o el atontamiento de una persona hundida. Los detalles de su comportamiento no debían importar en absoluto ya que, de una forma u otra, aquellos hombres no tenían nada que ver con su espíritu. Mantuvo un tono de escrupulosa cortesía. Y rechazó el permiso a tomar asiento.
       Lo que sucedió en aquel examen preliminar sólo se conoce por la versión del oficial que presidía la sala. Siguiendo el único procedimiento posible en un caso tan complejo, intentó desde el principio convencer al príncipe para que su defensa tuviera la dirección que a él le pareciera la mejor. Sin duda encauzó sus preguntas de tal manera que fuera fácil poner en la boca del acusado las respuestas correctas, y fue tan lejos que hasta llegó a sugerirle las palabras: que dijera cómo, hundido por el duelo profundo tras la muerte de su esposa, irresponsablemente a causa de la desesperación e inconsciente del sentido inmensamente reprobable de su decisión, menos aún de sus riesgos y deshonra, en un momento de ciega imprudencia, en un impulso repentino decidió unirse a los rebeldes más cercanos. Y cómo ahora estaba arrepentido…
       Pero el príncipe Román se quedó en silencio. Los jueces militares le miraron esperanzados. Hasta que, callado, agarró un lápiz y escribió en una hoja de papel que encontró por ahí: “Me uní al levantamiento nacional por convicción”.
       Alargó el papel por encima de la mesa. El presidente de la junta lo levantó, se lo mostró en turnos a sus dos colegas sentados a su derecha e izquierda y, tras mirar fijamente al príncipe Román, lo dejó caer sobre la mesa. El silencio permaneció intacto hasta que le habló a los gendarmes, ordenándoles que se llevaran al prisionero.
       Aquél fue el testimonio escrito del príncipe Román en el instante supremo de su vida. He oído que el resto de príncipes de la familia S., en todas sus ramas, adoptaron aquellas dos palabras, “por convicción”, como emblema debajo del escudo de armas de la familia. No sé si el dato es cierto, mi tío no me lo pudo asegurar. Apenas me dijo que, naturalmente, eso no se veía en el escudo del propio príncipe Román.
       Fue condenado a cadena perpetua en las minas de Siberia. El emperador Nicolás, que seguía personalmente todas las sentencias relacionadas con la nobleza polaca, escribió de su propio puño y letra al margen: “Las autoridades han sido severamente advertidas de que deben asegurarse de que este prisionero camine siempre encadenado igual que cualquier otro criminal durante toda su estancia”.
       Era una sentencia de muerte diferida. Muy pocos sobrevivían más de tres años al encierro en aquellas minas. Pero como transcurrido ese plazo se informó de que el príncipe aún seguía con vida, le permitieron, mediante expresa petición de sus padres y como una gentileza excepcional, que sirviera como soldado raso en el Cáucaso. Se prohibió todo tipo de comunicación directa con él. No tenía derechos civiles. Salvo para sufrir, a efectos prácticos era un hombre muerto. La pequeña niña a la que había sido tan cuidadoso de no despertar la noche en que se despidió de ella en la cuna heredó toda la fortuna cuando el príncipe Juan falleció. Su existencia salvó a aquella inmensa fortuna de que fuera confiscada.
       Debieron pasar veinticinco años antes de que le permitieran al príncipe Román regresar a Polonia, sordo como una tapia y con la salud quebrantada. Su hija se había casado espléndida con un terrateniente austro-polaco y, dado que se movía en la cosmopolita esfera de la más alta aristocracia europea, pasaba la mayor parte del tiempo entre Niza y Viena. El príncipe se instaló en una de sus propiedades, una en la que no había un palacio residencial sino una pequeña y modesta casa. Veía muy poco a su hija.
       Pero el príncipe Román no se encerró en sí mismo como si su obra hubiera terminado. Prácticamente ningún asunto público o privado del vecindario sucedía sin que se solicitara su consejo o ayuda, y jamás los daba en vano. Se decía que todo su tiempo le pertenecía a sus compatriotas. Sobre todo era amigo de los exilados que retornaban, los ayudaba económicamente y los aconsejaba para que arreglaran sus asuntos y encontraran medios de ganarse la vida.
       Mi tío me contó muchas historias sobre sus ocupaciones y su compromiso, en el que siempre seguía un criterio de sabiduría sencilla, un alto sentido del honor y la rectitud pública y privada.
       Para mí sigue siendo una figura viva gracias a aquel encuentro en el salón de billar cuando, debido a mi ansiedad por oír algo de las fechorías de un lobo, estuve por instante en contacto con un hombre que tenía la capacidad de sentir con más profundidad, de creer con mayor firmeza y de amar más ardientemente que el resto.
       Hasta hoy recuerdo el apretón de la mano huesuda y arrugada del príncipe Román que envolvió mi pequeña mano manchada de tinta y el modo en que mi tío, entre serio y divertido, miró hacia abajo a su entrometido sobrino.
       Luego los dos se alejaron y se olvidaron del pequeño, pero yo no me moví. Los seguí con la mirada, no tanto porque estuviera decepcionado sino porque me sentía desconcertado ante aquel príncipe tan radicalmente distinto a los príncipes de los cuentos de hadas. Atravesaron lentamente el salón y, antes de llegar a la puerta del otro lado, el príncipe se detuvo y lo oí decir —me parece estar oyéndolo ahora—:
       —Me gustaría que enviara una carta a Viena sobre ese puesto. El joven se lo merece y su opinión puede ser decisiva.
       La cara de mi tío mostraba un genuino desconcierto. Expresaba con la misma claridad que cualquier frase: ¿qué recomendación puede ser mejor que la de un padre? Pero el príncipe era rápido descifrando gestos. Volvió a hablar con el acento monótono que tienen los hombres que no han oído su propia voz durante años, para quienes el mundo sin sonidos es una morada llena de sombras en silencio. Hasta el día de hoy recuerdo las palabras exactas:
       —Se lo pido porque, ya sabe, mi hija y mi yerno no confían en mi juicio respecto a los hombres. Piensan que me dejo llevar demasiado por los sentimientos.



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