Cesare Pavese
(Santo Stefano Belbo, Cuneo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950)


El tiempo
(“Il tempo”, 1942)
Originalmente publicado en Il Messaggero de Roma (26 de mayo de 1942)
y en Il Secolo XIX de Génova (29 de mayo de 1942);
reproducido en Feria d’agosto (1946)
Tutti i racconti (2002)



      Desde joven tuve una sospecha, la de que quien no durmiera nunca no envejecería. O acaso el tiempo afloraba en los recuerdos, en las pausas en las que me detenía sorprendido de mí mismo, cuando me parecía despertarme como uno se despierta por la mañana, y sabía que otro día había pasado, otra vida, otro encuentro. La presencia de los otros era una ocasión que tenía de vivir y de huir del tiempo, y la buscaba con una avidez que no cesaba ni siquiera a altas horas de la noche. En la noche, en la oscuridad, esta presencia volvía a asaltarme y me obligaba a hablar como si tuviese un interlocutor, y me resultaba fácil charlar conmigo mismo, porque el día y las frases interrumpidas me dejaban la tranquila certeza de que mi diálogo con los demás se reanudaría al día siguiente y mientras tanto me alimentaba con ellas en soledad. De veras, por esos años el tiempo afloraba solo si dormía o si reflexionaba sobre el pasado. Las dos cosas formaban para mí una sola, porque salía de ellas —me despertaba— avistando la luz y el presente con idéntico escalofrío incrédulo. Mi placer de tornar al mundo era nuevo cada vez.
       No podía creer que los viejos, que duermen poco, pasaran las horas en vela, y especialmente las del alba, rememorando el pasado. Estar despierto significa pensar y vivir, esperar la luz y divagar. Aunque fueran viejos y duchos a un tiempo, sus sentidos endurecidos y su sangre espesa deberían tener mucha más necesidad del choque y el revoltijo de la vida. Esta vida estaba hecha de rostros y de cosas, de estallidos, de voces, era un incesante encuentro, un movimiento que no había pasado. No entendía cómo alguien se podía detener dócilmente, aunque fuera por saciedad, y abandonarse como ellos a los recuerdos. Eso significaba sentir el tiempo, y la muerte.
       Por mi parte, hasta los recuerdos más remotos me sorprendían como descubrimientos. Eran otros tantos despertares que me devolvían al presente. El hecho más singular —tanto que a menudo lo provocaba artificialmente— era advertir que un gesto, un color, una voz, los había ya visto y oído quién sabe cuándo, y que por ello resurgían de mi propia conciencia más que de las cosas que me rodeaban. Ante esta sospecha, ante esta certeza de sentirme enraizado en el mundo, experimentaba un tranquilo entusiasmo que, aun estando limitado por su naturaleza a mis ojos y a mi cuerpo, podría en su fugacidad sacudirme como un encuentro humano. Estos despertares siempre inesperados tenían realmente algo de la presencia de otro, la presencia de un amigo, o la otra, aún muda, de quien lo será pronto y callando camina a nuestro lado y nos mira. Cosas no dichas se traslucían al fondo del instante como un objeto conocido en el fondo del agua de un estanque, y habría bastado el leve valor de zambullir la mano para tocar la lejana e inasible apariencia. Esto ocurría sobre todo al mudar las estaciones, cuando el aire está impregnado de escalofríos de pasado que, frescos e inesperados, nos traen antiguas certezas. Esta antigüedad, estos escalofríos, me daban algo así como un incremento de vida, como una sensación de que bajo el lábil instante se acumulase un tesoro ya mío, que solo debía reconocer.
       Por esto, nada más caro para mí que, en ciertas noches de abril o de octubre, tras tanto hablar y escuchar, al volver a casa con un amigo de mi edad retrasar la despedida. Callábamos, o parloteábamos de cosas indiferentes; por el aire pasaban tenues resplandores, ecos, voces lejanas. Entre las cumbres de los tejados parpadeaban las estrellas, o, a veces, entre las ramas de un árbol, como en un extraño juego surgía la luna, dibujando bambalinas de sombra entre las casas, o sobre la colina del otro lado del río, fragmentándose contra las plantas y desbordándose en el cielo. Mi amigo callaba y se detenía; yo sentía traspasados mis sentidos, mi piel, por el hálito de otras noches como esta.
       Una noche surgía la luna sobre la ladera de la colina. Los arbolitos lejanos eran negros; la luna, enorme, madura. Nos detuvimos. Yo dije: —Todos los años, en septiembre, la luna es la misma, y sin embargo nunca la recuerdo. ¿Tú sabías que era amarilla?
       Mi amigo miró la luna, y se lo pensó. De veras me parecía que nunca la había visto así, pero al mismo tiempo tenía en la boca su sabor, saludaba en ella algo antiguo, infantil, hasta tal punto que dije:
       —Es una luna de viñedo. De niño creía que los racimos de uva los hace y los madura la luna.
       —No sé —respondió mi amigo—. Para mí siempre es la misma.
       Ahora el escalofrío me había abandonado y la luna con su sabor de vendimia nos miraba a ambos como una criatura a la que yo conocía y recobraba. Y, como una criatura, su pasado no contaba para mí, que era joven y habría podido ir a su encuentro y hablarle, subir hasta allí arriba entre los arbolitos, entre los dulces vapores estivales que siempre habían existido y no envejecen nunca. Mi amigo callaba, y yo pensaba ya en el placer que sentiría al día siguiente llevando en mí bajo el sol la certeza de que también la noche está viva.
       Así pasaban para mí aquellos días, monótonos y frescos, con su novedad. No sabía que su tumultuosa audacia la vería un día como un quieto recuerdo.


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