Alphonse Daudet
(Nîmes, Francia, 1840 – París, 1897)


Los aduaneros (1873)
(“Les Douaniers”)
Originalmente publicado en el periódico Le Bien Public [Dijón, Francia]
(11 de febrero de 1873);
Robert Helmont: études et paysages
(París: E. Dentu, 1874, 304 págs.);
Lettres de mon Moulin
(París: Alphonse Lemerre, Editeur, édition définitive, 1879, 256 págs.), págs. 96-102.



      La barca Emilia, de Porto-Vecchio, a bordo de la cual hice aquel viaje lúgubre a las islas Lavezzi, era una vieja embarcación de la aduana, semicubierta, donde, para resguardarse del viento, de la olas y de la lluvia, sólo, había un pequeño pabellón embreado, lo suficientemente ancho para contener a duras penas una mesa y dos literas. Así es que eran de ver nuestros marineros con el mal cariz del tiempo. Chorreaban los rostros, las empapadas blusas humeaban como ropa blanca puesta a secar en estufa, y en pleno invierno los infelices pasaban así días enteros, hasta las noches inclusive, agazapados en sus húmedos bancos, tiritando entre aquella humedad malsana, porque no se podía encender fuego a bordo, y con frecuencia era difícil ganar la costa...
       Pues bien, ni uno de aquellos hombres se quejaba.
       En los más duros temporales, siempre los vi con idéntica placidez, del mismo buen humor. Y, sin embargo, ¡qué triste vida la de esos carabineros de mar! Casados casi todos ellos, con mujer é hijos en tierra, permanecen meses fuera de su hogar, dando bordadas por aquellas tan peligrosas costas. Por alimento no tienen sino pan enmohecido y cebollas silvestres. ¡Nunca hay vino, nunca hay carne, porque la carne y el vino cuestan caros, y ellos no ganan más que quinientos francos al año! ¡Figuraos si habrá oscuridad en la choza de allá abajo, en la marina, y si los niños tendrán que ir descalzos!... ¡No importa! Todas esas gentes parecen contentas con su suerte. A popa, delante del camarote, había un gran balde lleno de agua llovida, donde acudía la tripulación a calmar la sed, y recuerdo que, tragado el último buche, cada cual de esos pobres diablos sacudía su escudilla con un ¡ah! de satisfacción, una expresión de bienestar cómica enternecedora a la vez.
       El más alegre y satisfecho de todos era un natural de Bonifacio, tostado, bajo y rechoncho, a quien llamaban Palombo. Este no hacia más que cantar, aun con los mayores temporales, Cuando el oleaje se ponía plomizo, cuando el cielo obscuro por la cerrazón llenábase de menudo granizo y estaban todos allí venteando la borrasca que iba a venir, entonces, entre el profundo silencio y la ansiedad de a bordo, comenzaba a canturrear la voz tranquila de Palombo:

No, señor,
Es mucho honor.
Liseta es honrada y no fe... a:
Se queda en la alde... a...

      Y por más rachas que venían, haciendo gemir el velamen, zarandeando é inundando la barca, la canción del aduanero seguía su curso, balanceada cual una gaviota en la cresta de las olas. Algunas veces el viento acompañaba demasiado fuerte, ya no se oían las palabras; pero tras cada golpe de mar, entre el murmullo del agua que chorreaba, oíase de continuo el estribillo del cantar:

Liseta es honrada y no fe... a:
Se queda en la alde... a...

      Sin embargo, en un día de viento y lluvia muy fuertes, no lo oí ya. Era tan extraordinario esto, que saqué del camarote la cabeza: —¡Eh, Palombo! ¿Hoy no se canta? Palombo no respondió. Estaba inmóvil, echado en su banco. Me acerqué a él. Castañeteábanle los dientes; todo su cuerpo temblaba de fiebre.
       —Tiene una puntura —me dijeron tristemente sus camaradas.
       La que llaman ellos puntura es una punzada de costado, una pleuresía. Aquella gran cerrazón plomiza, aquella barca chorreando agua, aquel pobre febricitante envuelto en un viejo capote de caucho que relucía bajo la lluvia como una piel de foca: en mi vida he visto nada más lúgubre. Bien pronto agravaron su enfermedad el frío, el viento y el vaivén de las olas. Entróle delirio; hubo que atracar.
       Al cabo de mucho tiempo y grandes esfuerzos, entramos al atardecer en una ensenadita árida y silenciosa, animada solamente por el vuelo circular de algunas gouailles. En todo alrededor de la playa erguíanse altas rocas escarpadas, intrincados laberintos de arbustos verdes, de un verde obscuro y hoja perenne. Abajo, a orillas del agua, una casita blanca, con postigos grises, era el puesto de la aduana. En medio de ese desierto, aquel edificio del estado, con cifras como una gorra de uniforme, tenía algo de siniestro. Allí desembarcaron al pobre Palombo.
       ¡Triste asilo para un enfermo! Encontramos al aduanero disponiéndose a comer al amor de la lumbre, con su mujer y sus hijos. Todas aquellas gentes tenían caras pálidas, amarillentas, grandes ojos sombreados por la fiebre. La madre, joven aun, con un niño de pechos en los brazos, tiritaba al hablar con nosotros.
       —Es un puesto terrible —me dijo en voz baja el inspector.
       —Nos vemos en el caso de relevar nuestros aduaneros cada dos años. La fiebre de las marismas los devora.
       No obstante, tratábase de ir en busca de un médico. No había ninguno antes de llegar a Sartène, es decir, a seis ú ocho leguas de allí. ¿Cómo arreglárselas? Nuestros marineros ya no podían más, estaba demasiado lejos para enviar a uno de los niños.
       Entonces la mujer, inclinándose fuera, llamó:
       —¡Ceceo!... ¡Ceceo! Y vimos entrar un mocetón muy fornido, verdadero tipo de cazador en vedado o de bandito, con su gorro de lana parda y su pelone de pelo de cabra.
       Al desembarcar había reparado ya en él, viéndole sentado a la puerta, con su pipa roja entre los dientes y un fusil entre las piernas, pero no sé por qué, había huido al aproximarnos. Quizá creyera que iban gendarmes con nosotros. Cuando entró, ruborizóse un poco la aduanera.
       —Es mi primo —nos dijo. —No hay cuidado que éste se pierda entre la espesura.
       Después le habló en voz baja, señalándole el enfermo. Inclinóse el hombre sin rechistar, silbó a su perro y echó a correr a todo escape, escopeta al hombro, saltando de peña en peña con sus largas zancas.
       Durante ese tiempo, los niños, a quienes parecía aterrar la presencia del inspector, acabaron pronto de comer las castañas y el brucio (queso blanco). ¡Y siempre agua, nada más que agua en la mesa! Sin embargo, para esos pequeñuelos ¡hubiera venido tan bien un trago de vino! ¡Ah, miseria! Al cabo, la madre subió a acostarlos, el padre, encendiendo el farol, fuése a inspeccionar la costa, y nosotros permanecimos velando a nuestro enfermo, que se agitaba en su camastro cual si aun estuviese en alta mar, zarandeado por el oleaje. Para calmar un poco su puntura, hicimos calentar guijarros y ladrillos, poniéndoselos en el costado calientitos. Una o dos veces, al acercarme a su lecho, me conoció el infeliz, y para darme las gracias me tendió trabajosamente la mano, una manaza rasposa y ardiente cual uno de esos ladrillos sacados del fuego.
       ¡Triste velada! Fuera habíase recrudecido el temporal con la conclusión del día, y era aquello un estrépito, una descarga cerrada, un surgidero de espumarajos, la batalla entre los peñascos y las aguas.
       De vez en cuando, un golpe de viento de alta mar lograba colarse en la caleta y envolvía nuestra casa.
       Conocíase por la súbita crecida de las llamas, que iluminaban de pronto los mohinos rostros de los marineros, agrupados en derredor de la chimenea y mirando el fuego con esa plácida expresión que da el hábito de las grandes perspectivas y de los horizontes inmensos. También, a veces, quejábase Palombo con dulzura. Entonces todos los ojos se dirigían hacia el rincón obscuro, donde el pobre compañero estaba en el trance de morir, lejos de los suyos y sin ayuda, y acongojados los pechos, oíanse grandes suspiros. Eso es todo cuanto arrancaba a aquellos trabajadores del mar, pacienzudos y dulces, el sentimiento de su propio infortunio. Nada de motines ni de huelgas.
       ¡Un suspiro, y nada más! Sin embargo, me equivoco. Al pasar uno de ellos por delante de mí para echar al fuego un haz de leña, me dijo con voz baja y conmovida:
       —¡Ya ve usted, señor, que pasan muchos tormentos en nuestro oficio!



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar