Alphonse Daudet
(Nîmes, Francia, 1840 – París, 1897)
La diligence de Beaucaire (1868)
(“La Diligence de Beaucaire”)
Originalmente publicado, con el título “De mon moulin”,
en el periódico Le Figaro (16 de octubre de 1868);
Lettres de mon Moulin. Impressions et Souvenirs
(París: J. Hetzel et Ce., Éditeurs, 1869, 302 págs.), págs. 15-25.
Era el día de mi llegada aquí. Había tomado la diligencia
de Beaucaire, una gran carraca vieja que no tiene que recorrer mucho camino
para volverse a casa, pero que se pasea despacio a todo lo largo de la
carretera para darse pisto, por la noche, de que viene de muy lejos. Íbamos
cinco en la baca, sin contar el conductor.
En primer término un guarda de Camargue, hombrecillo
rechoncho y velludo, trascendiendo a montaraz, con ojos saltones inyectados de
sangre y con aretes de plata en las orejas, después dos boquereuses, un
panadero y su yerno, ambos muy rojos, con mucho jadeo, pero de magníficos
perfiles, dos medallas romanas con la efigie de Vitelio. Por último, en la
delantera y junto al conductor, un hombre... no, un gorro, un enorme gorro de
piel de conejo, quien no decía cosa mayor y miraba el camino con aspecto de
tristeza.
Todas aquellas gentes conocíanse entre sí y
hablaban de sus asuntos en voz alta, con mucha libertad. El camargués contaba
que volvía de Nimes, citado por el juez de instrucción con motivo de un garrotazo
dado a un pastor. En Camargue tienen sangre viva. ¿Pues y en Beaucaire? ¿No
querían degollarse nuestros dos boquereuses a propósito de la Virgen Santísima? Parece ser que el panadero era de una parroquia dedicada de mucho tiempo
atrás a Nuestra Señora, a la que los provenzales llaman la Buena Madre y que lleva en brazos al Niño Jesús; el yerno, por el contrario, cantaba ante el
facistol de una iglesia nuevecita consagrada a la Inmaculada Concepción, esa hermosa imagen risueña a la cual representase con los brazos
colgantes y brotando rayos de luz las manos. De ahí procedía la inquina.
Era de ver cómo se trataban esos dos buenos
católicos y cómo ponían a sus celestiales patronas:
—¡Bonita está tu Inmaculada!
—¡Pues anda, que tu Santa Madre!
—¡Buenas las tomó la tuya en Palestina!
—¡Y la tuya, fea! ¿Quién sabe lo que habrá
hecho? Pregúntaselo si no a San José.
Para creerse en el puerto de Nápoles, no faltaba
más que ver relucir las facas, y a fe mía, creo que en efecto la teológica
disputa hubiera parado en ello, a no haber intervenido el conductor.
—Dejadnos en paz con vuestras vírgenes —dijo riéndose
a los boquereuses —todo eso son chismes de mujeres, y los hombres no deben
meterse en ellos.
Al concluir hizo restallar la tralla con un
mohín escéptico que afilió al parecer suyo todo el mundo.
La discusión había terminado, pero, disparado ya
el panadero, tenía necesidad de descargarse con alguien, y dirigiéndose al
infeliz del gorro, silencioso y triste en su rincón, le dijo con aire
truanesco:
—¿Y tu mujer, amolador? ¿Por qué parroquia está?
Es de suponer que esta frase tendría una intención muy cómica, puesto que en la
baca todo el mundo soltó el trapo a reír. El amolador no se reía.
Viendo esto, el panadero dirigióse a mí.
—¿No conoce usted, caballero, a la mujer de
éste? ¡Vaya con la picaruela de la feligresa! No hay dos como ella en Beaucaire.
Redobláronse las risas. El amolador no se movió,
y se limitó a decir en voz baja, sin levantar la cabeza: —Cállate, panadero.
Pero a ese demonio de panadero no le daba la gana
de callarse, y prosiguió más terne:
—¡Córcholis! No puede quejarse el camarada de tener
una mujer así. No hay medio de aburrirse con ella un momento. ¡Figúrese usted!
Una hermosa que se hace raptar cada seis meses, siempre tendrá algo que contar
a la vuelta. Es lo mismo. ¡Bonito hogar doméstico! Imagínese usted, señor, que
no llevaban un año de matrimonio, cuando ¡paf! va la mujer y se larga a España con
un vendedor de chocolate. El marido se queda solito en la casa llorando y
bebiendo. Estaba como loco. Al cabo de algún tiempo volvió al país la hermosa,
vestida de española, con una pandereta de sonajas. Todos le decíamos:
—Escóndete, te va a matar.
Que si quieres, ¡matar! Se reunieron muy
tranquilos, y ella le ha enseñado a tocar la pandereta.
Hubo una nueva explosión de risas. Sin levantar la
cabeza, volvió a murmurar otra vez el amolador desde su rincón:
—Cállate, panadero.
El panadero no hizo caso, y continuó:
—¿Creerá usted, señor, que tal vez a su regreso de
España se estuvo quieta la hermosa? ¡Quiá! ¡Que si quieres! ¡Su marido había
tomado aquello tan a buenas! Eso le dio ganas de volver a las andadas. Después
del español, hubo un oficial, luego un marinero del Ródano, más tarde un
músico, después, ¡qué sé yo! Y lo bueno, que cada vez la misma comedia. La
mujer se las lía, el marido llora que se las pela, vuelve ella, consuélase él.
Y siempre se la llevan, y siempre la recobra. ¡Ya ve usted si tendrá paciencia
ese marido! Debe también decirse que la amoladora es descaradamente guapa... un
verdadero bocado de cardenal, pizpireta, muy nona, bien formada Y además blanca
de piel y con ojos de color de avellana que siempre miran a los hombres
riéndose. ¡A fe, parisiense mío, que si alguna vez pasa usted por Beaucaire!...
—¡Oh, calla, panadero, te lo suplico! —exclamó una
vez más el pobre amolador con voz desgarradora.
En ese momento detúvose la diligencia. Estábamos
en la masía de los Anglores. Allí se apearon los dos boquereuses, y juro a
ustedes que no los retuve. ¡Farsante de panadero! Estaba ya dentro del patio
del cortijo, y aún se le oía reír.
Cuando salió la gente, pareció quedarse vacía la
baca. El camargués habíase quedado en Arlés el conductor iba a pie por la
carretera, junto a los caballos. El amolador y yo, cada cual en su respectivo rincón,
nos quedamos solos allá arriba, sin chistar.
Hacía calor, abrasaba el cuero de la baca. Por
momentos sentí cerrárseme los ojos y que la cabeza se me ponía pesada, pero,
imposible dormir. Continuaba sin cesar zumbándome en los oídos aquel “cállate,
te lo suplico”, tan tétrico y tan dulce. Tampoco dormía el pobre hombre. Desde
atrás veía yo estremecerse sus cuadrados hombros, y su mano (una mano paliducha
y vasta) temblar sobre el respaldo de la banqueta, como la mano de un viejo.
Lloraba.
—Ya está usted en casi, señor parisiense —me gritó
de pronto el cochero, y con la fusta apuntaba a mi verde colina, con el molino
clavado en la cúspide como una gran mariposa.
Me apresuré a bajar. De paso junto al amolador, intenté
mirar más abajo de su gorro, hubiese querido verlo antes de partir. Como si hubiera
comprendido mi pensamiento, el infeliz levantó bruscamente la cabeza, y
clavando la vista en mis ojos, me dijo con voz sorda:
—Míreme bien, amigo, y si cualquier día de estos
oye usted decir que ha ocurrido una desgracia en Beaucaire, podrá decir usted
que conoce al autor de ella.
Era su rostro apagado y triste, con ojos
pequeños y mustios.
Si en los ojos tenía lágrimas, en aquella voz
había odio. ¡El odio es la cólera de los débiles! Si yo fuese la amoladora, no
las tendría todas conmigo.
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