Alphonse Daudet
(Nîmes, Francia, 1840 – París, 1897)
La última clase (1873)
(“La Dernière classe”)
Contes du Lundi
(París: Éditions Alphonse Lemerre, 1873, 258 págs.), págs. 18-25.
Aquella mañana me había retrasado más de la
cuenta en ir a la escuela, y me temía una buena reprimenda, porque, además, el
señor Hamel nos había anunciado que preguntaría los participios, y yo no sabía
ni una jota. No me faltaron ganas de hacer novillos y largarme a través de los
campos.
¡Hacía un tiempo tan hermoso, tan claro! Se oía
a los mirlos silbar en la linde del bosque, y en el prado Rippert, tras el
aserradero, a los prusianos que hacían el ejercicio. Todo esto me atraía mucho
más que la regla del participio; pero supe resistir la tentación y corrí
apresuradamente hacia la escuela.
Al pasar por delante de la
Alcaldía vi una porción de gente parada frente al tablón de anuncios. Por él
nos venían desde hacía dos años todas las malas noticias, las batallas
perdidas, las requisiciones, las órdenes de la
Kommandature, y, sin pararme, me preguntaba para mis adentros: “¿Qué es
lo que todavía puede ocurrir?”
Entonces, al verme atravesar la plaza a la
carrera, el herrero Watcher, que estaba con su aprendiz leyendo el bando, me
gritó:
—No te molestes tanto, muchacho; todavía llegas
a la escuela bastante a tiempo.
Me pareció que me hablaba con sorna, y entré sin
aliento en el patio de la escuela.
De ordinario, al comenzar la clase, se levantaba
un gran alboroto, que se oía hasta en la calle: los pupitres, que abríamos y
cerrábamos; las lecciones, que repetíamos a voces todos a un tiempo, tapándonos
los oídos para aprenderlas mejor, y la ancha palmeta del maestro, que golpeaba
la mesa:
—¡Silencio! ¡Un poco de silencio!
Yo contaba con este jaleo para deslizarme en mi
banco sin ver visto; pero precisamente aquel día todo estaba tranquilo como la
mañana de un domingo. Por la ventana, abierta, veía a mis compañeros alineados
en sus sitios, y al señor Hamel, que pasaba y repasaba, con su terrible palmeta
bajo el brazo. No hubo más solución que abrir la puerta y entrar en medio de
aquel inmenso silencio. ¡No les digo si estaría avergonzado, ni el pánico que
tendría!
Pues bien: ¡no! El señor Hamel me miró sin
cólera y me dijo dulcemente:
—Siéntate pronto, hijo mío; íbamos a comenzar
sin ti.
Me monté sobre el banco, y en seguida me senté
al pupitre. Fue entonces cuando, algo recobrado de mi pavor, eché de ver que el
maestro se había puesto su hermosa levita verde, su chorrera rizada y el gorro
bordado de seda negra, que sólo sacaba los días de inspección o de distribución
de premios. Además, la clase entera tenía un no sabía qué extraordinario,
solemne; pero lo que me sorprendió más fue ver en el fondo de la sala, en los
bancos que solían quedar desiertos, unos cuantos viejos sentados, silenciosos
como nosotros: el anciano Hauser, el antiguo alcalde, el cartero viejo y otros
cuantos. Todos ellos parecían tristes, y Hauser había llevado un silabario,
roído por los bordes, que sostenía en las rodillas abierto, con las gruesas
gafas entre las páginas.
Mientras yo hacía estas extrañas observaciones,
el señor Hamel se había subido a su tribuna, y con la misma voz grave y dulce
con que me había recibido, nos dijo:
—¡Hijos míos!, es el último día que les doy
clase. Ha llegado de Berlín la orden de que no se enseñe más que el alemán en
las escuelas de Alsacia y Lorena... El maestro nuevo llega mañana. Hoy es
nuestra última lección de francés; les suplico que pongan toda su atención.
Estas cuatro palabras me trastornaron por
completo. ¡Miserables! Esto es lo que nos preparaban con el bando de la
Alcaldía.
¡Mi última lección de francés! ¡Y yo que apenas
sabía escribir! Entonces, ¡yo no lo aprendería nunca! ¡No pasaría de ahí! ¡Cómo
me reprochaba a mí mismo el tiempo perdido, los novillos que había hecho para
ir a nidos o a patinar sobre el Saar! Mis libros, que hacía poco me aburrían
tanto y tanto me pesaban en la mano, mi Gramática, mi Historia Sagrada, ahora
me parecían viejos amigos, de quienes me costaría mucho trabajo separarme. Lo
mismo que el señor Hamel. La idea de que iba a marcharse, de que ya no lo vería
más, me hacía olvidar los castigos y los palmetazos.
¡Pobre hombre! Se había puesto su traje bueno de
los domingos en honor a la última clase. Ahora ya comprendía también por qué
estos viejos del pueblo habían venido a sentarse en lo último de la sala.
Parecía que sentían no haber venido más a menudo; era también una manera de dar
las gracias al maestro por sus cuarenta años de buenos servicios, de ofrecer
sus respetos a la patria que se marchaba con él...
Estaba en este punto de mis reflexiones, cuando
oí que el maestro me llamaba. Me había llegado el turno. ¡Qué no habría dado yo
por poder decir de un tirón aquella terrible regla del participio, muy alto,
muy claro, sin una sola falta! Pero a las primeras palabras me embrollé, y allí
me quedé, de pie, balanceándome en el banco, con el corazón en un puño y sin
atreverme a levantar la cabeza. El señor Hamel me iba diciendo:
—No te riño, pobrecito; bastante castigado
estás... Pero, mira, las cosas son así. Todos los días nos decimos ¡Bah, tengo
tiempo, ya estudiaré mañana, y luego, aquí tienes lo que pasa. ¡Ay! Ésta ha
sido la gran desgracia de nuestra Alsacia: dejar siempre su instrucción para
mañana. Ahora esa gente tiene derecho a decirnos: Pero ¿cómo? ¿Pretenden ser
franceses y no saben hablar su lengua? De todo ello, tú no tienes mucha culpa;
todos nosotros tenemos muchas cosas que echarnos en cara.
A sus padres no les ha importado gran cosa
verlos instruidos; les parecía mejor mandarlos a trabajar la tierra o a las
fábricas, para reunir unos cuantos céntimos más. Y yo mismo, ¿no tengo algo que
reprocharme también? ¿No les hacía muchas veces regar mi jardín en vez de
estudiar? Y cuando quería irme a pescar truchas, ¿me violentaba algo para
mandarlos a paseo?
Y después, de una cosa en otra, el señor Hamel
llegó a hablarnos de la lengua francesa, diciendo que era la lengua más hermosa
del mundo, la más clara, la más sólida; que era preciso guardarla entre
nosotros y no olvidarla nunca, porque cuando un pueblo cae en la esclavitud, si
conserva bien la lengua propia, es como si tuviera la llave de la prisión [“Si conserva la lengua, tiene la llave que le liberta de sus cadenas”, F. Mistral; nota del autor].
Después cogió una gramática y nos leyó la lección; yo estaba asombrado de ver
cómo lo comprendía; todo lo que decía me pareció fácil, facilísimo. Acaso fuera
que nunca había escuchado con tanta atención y que tampoco él había puesto
tanta paciencia en sus explicaciones. Se diría que el pobre quería infundirnos
todo su saber antes de marcharse, que nos lo quería meter de golpe en la
cabeza.
Cuando hubo terminado la lección pasamos a la escritura.
El maestro nos había preparado modelos nuevos, sobre los que había escrito con
una hermosa letra redonda: Francia, Alsacia, Francia, Alsacia. Parecían
banderitas que ondeaban por toda la clase, colgadas como de un mástil sobre
nuestros pupitres. ¡Era de ver cómo nos aplicábamos todos! ¡Qué silencio! No se
oía más que el rasguear de las plumas sobre el papel. Por la ventana entraron
zumbando unos abejorros; nadie paró en ellos, ni siquiera los pequeñuelos, que
no levantaban cabeza, trazando sus palotes con tanta afición como si fueran
francés también.
Sobre el tejado de la escuela, las palomas se
arrullaban dulcemente; al oírlas me preguntaba: “¿Las obligarán también a
arrullarse en alemán?”
De vez en cuando levantaba los ojos de mi plana
y vela al señor Hamel, inmóvil en su silla, mirando fijamente los objetos a su
alrededor, como si quisiera llevarse en la mirada toda su escuela. ¡Figúrense!
Desde hacía cuarenta años estaba allí; en el mismo sitio, con el patio enfrente
y la clase siempre parecida; sólo los bancos, los pupitres, se habían lustrado,
bruñidos por el uso; los nogales del patio habían crecido, y la enredadera,
plantada por su mano, festoneaba las ventanas y subía hasta las tejas. ¡Qué
tortura debía ser para aquel pobre hombre dejar todas estas cosas y oír a su
hermana, que trajinaba en el piso de encima hacieirlo las maletas!... Porque
debían partir al día siguiente, ¡irse de su tierra para siempre!
Sin embargo, aún tuvo ánimos para darnos la
clase de cabo a rabo. Después de la escritura dimos la lección de historia; más
tarde, los más pequeños cantaron juntos el ba, be, bi, bo, bu. Allá en lo
último de la sala, el viejo Hauser se había puesto los espejuelos, y, con la
cartilla abierta, deletreaba a coro con ellos. Se veía que también él se
aplicaba; su voz temblaba de emoción y era tan gracioso oírle, que teníamos
ganas de reír y llorar a la vez. ¡Ay! ¡Siempre me acordaré de esta ultima
clase!
En esto, el reloj de la iglesia dio las doce;
después sonó el Ángelus. En el mismo momento, los sonidos de las trompetas de
los prusianos, que volvían de la instrucción, estallaron bajo las ventanas. El
señor Hamel se levantó de su asiento completamente demudado; nunca me había
parecido tan grande.
—Hijos míos —dijo—; hijos míos... Yo..., yo...
Pero algo lo ahogaba, y no pudo terminar la
frase.
Entonces se volvió hacia la pizarra, cogió la
tiza y, calcando con todas sus fuerzas, escribió en trazos tan gruesos como
pudo:
“¡viva francia!”
Y allí se quedó, la cabeza apoyada contra la
pared. Y, sin hablar, nos hacía con la mano señas que querían decir:
—Se ha acabado... Salgan.
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