Alphonse Daudet
(Nîmes, Francia, 1840 – París, 1897)


La mula del Papa (1868)
(“La Mule du Pape”)
Originalmente publicado en el periódico Le Figaro
(30 de octubre de 1868);
Lettres de mon Moulin. Impressions et Souvenirs
(París: J. Hetzel et Ce., Éditeurs, 1869, 302 págs.), págs. 70-96.



      De todos los graciosos dichos, proverbios o adagios con que nuestros campesinos de Provenza adornan sus discursos, no sé ninguno más pintoresco ni extraño que éste. A quince leguas en contorno de mi molino, cuando se habla de un hombre rencoroso y vengativo, suele, decirse: ¡No te fíes de ese hombre! Es como la mula del Papa, que te guarda la coz siete años.
       Durante mucho tiempo he estado investigando de qué, podría proceder este proverbio, qué era aquello de la mula pontificia y esa coz guardada siete años. Nadie ha podido informarme aquí acerca de del asunto, ni siquiera Francet Mamai, mi tañedor de pífano, quien tiene al dedillo las leyendas provenzales. Francet piensa, como yo, que debe de ser reminiscencia de alguna añeja crónica del país de Aviñón, pero nunca he oído hablar de ella, sino tan sólo por el proverbio.
       —No encontrará usted eso más que en la biblioteca de las Cigarras —me dijo el anciano pífano, riendo.
       Parecióme buena la idea, y como la biblioteca de las Cigarras está cerca de mi puerta, fui a encerrarme en ella ocho días.
       Es una maravillosa biblioteca, admirablemente organizada, abierta día y noche para los poetas, y servida por pequeños bibliotecarios con címbalos que os dan música de continuo. Allí pasé, algunos días deliciosos, y al cabo de tina semana de investigaciones (hechas de espaldas al suelo), acabé por descubrir lo que apetecía, es decir, la historia de mi mula y de esa famosa coz guardada siete años. El cuento es bonito, aunque un poco inocente, y voy a tratar de narrároslo tal como lo leí ayer de mañana en un manuscrito de color del tiempo, que olía muy bien a alhucema seca y tenía por registros largos hilos de la Virgen.
       El que no ha visto Aviñón en tiempo de los Papas, no ha visto nada. Jamás hubo ciudad como ella en lo alegre, viva, animada, en el ardor por los festejos. Desde la mañana a la noche, todo se volvían procesiones y peregrinaciones, con las calles alfombradas de flores, empavesadas con tapices, venidas de cardenales por el Ródano, ondeando al viento los estandartes, flameantes de gallardetes las galeras, los soldados del Papa cantando en latín por las calles, a compás de las matracas de los frailes mendicantes, luego, de arriba abajo de las casas que se apiñaban zumbando en torno del gran palacio papal como abejas en derredor de su colmena, oíanse también el tic tac de los bolillos que hacían randas, el vaivén de las lanzaderas que fabricaban los tisúes ole oro para las casullas, los martillitos de los cinceladores de vinajeras, las tablas de armonía ajustadas en los talleres de guitarrero, los cánticos de las urdidoras, y por encima de todo esto el ruido de las campanas y algunos sempiternos tamboriles que se oían roncar allá abajo, hacia el puente.
       Porque entre nosotros, cuando el pueblo está contento, necesita estar siempre baila que te baila, y como por aquellos tiempos las calles de la ciudad eran demasiado estrechas para la farándula, pífanos y tamboriles apostábanse en el puente de Aviñón, al viento fresco del Ródano, y día y noche se estaba allí baila que bailarás.
       ¡Ah, qué felices tiempos, qué ciudad tan dichosa! Alabardas que no cortaban, prisiones de Estado donde se ponía a refrescar el vino. Jamás hambre, nunca guerra. He aquí cómo sabían gobernar a su pueblo los Papas del Condado.
       ¡He ahí por qué su pueblo los ha echado tanto de menos! Hubo uno sobre todo, un buen, viejo, que llamaban Bonifacio... ¡Oh, qué de lágrimas corrieron en Aviñón citando murió! ¡Era un príncipe tan amable, tan gracioso! ¡os reía tan bien desde lo alto de su mula! Y cuando pasabais junto a él, así fueseis un pobrete, hilandero de rubia o el gran Vegner de la ciudad, ¡os daba su bendición tan cortésmente! Un verdadero “papa de Ivetot”, pero de un Ivetot de Provenza, con algo picaresco en la risa, un tallo de mejorana en la birreta, y sin la menor Jeannetone...
       La única Juanota que siempre se le conoció a este santo padre era su viña, una viñita que habla plantado él mismo a tres leguas de Aviñón, entre los mirtos de Cháteau—Neuf.
       Todos los domingos, al salir de víspera, el justo varón iba a cortejarla, y cuando estaba allí arriba sentado al grato sol, con su mula junto a él y en torno suyo sus cardenales tumbados a la larga al pie de las cepas, entonces hacía destapar un frasco de vino de su cosecha (ese hermoso vino, de color de rubí, llamado desde entonces acá Cháteau—Neuf de los Papas) y lo saboreaba a sorbitos, mirando enternecido a su viña. Luego de vaciar el frasco, al caer de la tarde volvíase alegremente a la ciudad, seguido de toda su corte, y al pasar por el puente de Aviñón, en medio de los tamboriles y de las farándulas, su mula espoleada por la, música, tomaba un trotecillo saltarín mientras que él mismo marcaba el paso de la danza con la birreta, lo cual era gran escándalo para los cardenales, pero hacía decir a todo el pueblo: “¡Ah, qué buen príncipe! ¡Ah, valiente Papa!”
       Después de su viña de Cháteau—Neuf, lo que mas quería, en el mundo el Papa era su mula. El bendito señor se pirraba por aquella bestia. Todas las noches, antes de acostarse, iba a ver si estaba cerrada la cuadra, si tenía lleno el pesebre, y nunca se hubiera levantado de la mesa sin hacer preparar ante sus ojos un gran ponche de vino a la francesa, con mucho azúcar y aromas, que él mismo iba a llevarla, a despecho de las observaciones de los cardenales...
       Preciso es decir también que la bestia valía la pena.
       Era una hermosa mula negra salpicada de alazán, firme de piernas, lustroso el pelo, grupa ancha y redonda, llevando erguida la enjuta cabecita guarnecida toda ella de perendengues, lazos, cascabeles de plata, borlillas; además de esto, dulce como un ángel, de cándido mirar y con un par de orejas largas en continuo bamboleo, que le daban aspecto bonachón... Todo Aviñón la respetaba, y cuando iba por las calles no había agasajos que no se lo hiciesen, pues nadie ignoraba que ese era el mejor medio de ser bien quisto en la corte, y que con su aire inocente, la mula del Papa había conducido a la fortuna a más de uno. Prueba de ello Tistet Védene y su prodigiosa aventura.
       Era en sus principios este Tistet Védene un descarado granuja, a quien su padre Guy Védene, el escultor en oro, hablase visto obligado a echar de casa, porque no quería hacer nada y maleaba a los aprendices. Durante seis meses viósele arrastrar su baquero por todos los arroyos de las calles de Aviñón, pero principalmente hacia la parte contigua al palacio papal; porque el pícaro tenía desde mucho tiempo atrás sus ideas acerca de la mula del Papa, y vais a ver que no eran descabelladas... Un día que Su Santidad se paseaba a solas bajo las murallas con su bestia, cátate que se le acerca mí Tistet y le dice, juntando las manos con ademán de admiración:
       —¡Ah, Dios mío, gran Padre Santo, valiente mula tenéis!... Permítame Vuestra Santidad que la contemple un poco... ¡Ah, Papa mío, que hermosa mula!... El emperador de Alemana no tiene otra tal.
       Y la acariciaba, y le decía con dulzura como a una señorita:
       ——Ven acá, alhaja, tesoro, mi perla fina...
       Y el bueno del Papa, conmovido, decía para sus adentros:
       —¡Qué buen mocito! ... ¡Qué cariñoso está con mi mula!
       ¿Y sabéis lo que sucedió al siguiente día? Tistet Védene trocó su viejo tabardo amarillo por una preciosa alba de encajes, una capa de coro de seda violeta, unos zapatos con hebillas, y entró en la escolanía del Papa, donde antes de él no habían ingresado más que hijos de nobles y sobrinos de cardenales... ¡He ahí lo que es la intriga!... Pero Tistet no se limitó a esto.
       Una vez al servicio del Papa, el pícaro continuó la farsa que tan bien le había salido. Insolente con todo el mundo, sólo tenía atenciones y miramientos con la mula, y siempre se le encontraba por los patios del palacio con un puñado de avena o una gavilla de zulla, cuyos rosados racimos sacudía guapamente mirando al balcón del Padre Santo, como quien dice: “¡Y em!... ¿Para quién es esto?” Tanto y tanto hizo, que a la postre el bueno del Papa, que se sentía envejecer, llegó a encomendarle el cuidado de vigilar la cuadra y llevar a la mula su ponche de vino a la francesa; lo cual ya no daba que reír a los cardenales.
       Tampoco la mula se reía de esto... A la sazón, a la hora de su vino, veía siempre llegar junto a ella cinco o seis niños de coro, que se enfrascaban pronto entre la paja con su capa de color de violeta y su alba de encajes; luego, al cabo de un momento, un buen olor caliente de caramelo y de aromas llenaba la cuadra, y aparecía Tistet Védene llevando con precaución el ponche de vino a la francesa.
       Entonces comenzaba el martirio del pobre animal.
       Ese vino aromoso que tanto le gustaba, que le daba calor, que le ponía alas, tenían la crueldad de traérselo allí, a su pesebre, y hacérselo respirar; después, cuando tenía impregnadas en el olor las narices, ¡si te he visto, no me acuerdo! ¡El hermoso licor de sonrosada llama iba todo él a parar a las fauces de esos granujas!...
       Y si no hicieran más que robarle el vino... Pero, todos esos seis eran unos demonios, en cuanto habían bebido... Uno le tiraba de las orejas, otro del rabo; Quiquet se le montaba en el lomo, Béluquet le ponía su birrete, y ni uno solo de esos pillastres paraba mientes en que de una corveta o de una sarta de coces el bueno del animal hubiera podido mandarlos a todos a la estrella polar y aunque fuese más lejos... ¡Pero, no! Por algo se es la mula del Papa, la mula de las bendiciones y de las indulgencias... Por más que hacían los muchachos, ella no se enfadaba, y sólo a Tistet Védene guardaba ojeriza. Por su puesto, cuando sentía a éste detrás de sí, le daba comezón en los cascos, y en verdad bien había por qué. ¡Ese perdulario de Tistet hacíale unas jugarretas tan feas! ¡Eran tan crueles sus invenciones después de beber!...
       ¡Pues no se le ocurrió cierto día hacerla subir con él al campanil de la escolanía, allá arriba, arribota, en lo más alto de palacio! Y lo que os digo no va de cuento; doscientos mil provenzales lo han visto. Figuraos el terror de aquella desventurada mula, cuando después de dar vueltas una hora a ciegas por una escalera de caracol y trepado no sé cuántos peldaños, encontróse de pronto en una plataforma deslumbrante de luz, y a mil pies debajo de ella vio todo un Aviñón fantástico: las barracas del mercado no más grandes que avellanas, los soldados del Papa delante de su cuartel como hormigas rojas, y allá abajo, sobre un hilillo de plata, un microscópico puentecito, donde había bailes y más bailes... ¡Ah, pobre bestia! ¡Qué pánico! Del grito que dio, todas las vidrieras del palacio retemblaron.
       —¿Qué pasa? ¿Qué sucede? —exclamó el Papa, precipitándose al balcón.
       Tistet Védene estaba ya en el patio, haciendo que lloraba y se mesaba los cabellos:
       —¡Ah, gran Padre Santo, qué pasa! Pues pasa que la mula de Vuestra Santidad... ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí?... Pues pasa que la mula de Vuestra Santidad... ¡se ha subido al campanario!...
       —Pero, ¿ella sola?
       —Sí, señor, excelso Padre Santo, ella sola... ¡Mirad, mirad, vos, allá arriba!... ¿Ve Vuestra Beatitud la punta de las orejas asomando?... Parecen dos golondrinas...
       —¡Misericordia! —exclamó el pobre Papa levantando los ojos—. Pero, ¿se ha vuelto loca? ¡Pero, si se va a matar! ¿Quieres bajarte, desventurada?...
       —¡Caramba! Lo que es ella no hubiera deseado otra cosa sino bajarse... Mas, ¿por dónde? Por la escalera, no había ni qué pensarlo: esas cosas se suben, pero en la bajada hay con qué perniquebrarse cien veces allí...
       Y la pobre mula desconsolábase, y rondando por la plataforma con los ojazos presa del vértigo, pensaba en Tistet Védene...
       —¡Ah, bandido, si salgo con bien... menuda coz te suelto mañana por la mañanita!
       Con esta idea de la coz, hacía de tripas corazón; sin eso, no hubiera podido tenerse en pie... Al fin pudo lograrse sacarla de allá arriba, pero no costó poco que digamos. Hubo que descolgarla en unas angarillas, con cuerdas y un gato. Ya comprenderéis qué humillación para la mula de un papa eso de verse suspensa de aquella altura, nadando con las patas al aire, como un abejorro al cabo de un hilo. ¡Y todo Aviñón que estaba viéndola! La infeliz bestia no pudo dormir en toda la noche. Parecíale que daba de continuo vueltas por aquella maldita plataforma, siendo la irrisión de toda la ciudad congregada abajo; luego, pensaba en ese infame de Tistet Védene y en la bonita coz que iba a largarle mañana por la mañana. ¡Oh, amigos míos, vaya una coz! Desde Pamperigouste habría de verse el humo... Pues bien, mientras en la cuadra le preparaban este magnífico recibimiento, ¿sabéis lo que hacia Tistet Védene? Bajaba por el Ródano cantando en una galera pontificia y se iba a la corte de Nápoles con la compañía de jóvenes nobles que la ciudad enviaba todos los años junto a la reina Juana para ejercitarse en la diplomacia y en las buenas maneras. Tistet no era noble; pero el Papa quería a toda costa recompensarlo por los cuidados que había tenido con su bestia, y principalmente por la actividad que acababa de desplegar durante la jornada de salvamento.
       ¡Vaya un chasco que se llevó la mula al día siguiente!
       —¡Ah, bandolero; algo se ha olido él! —pensaba, sacudiendo furiosa sus cascabeles—. Pero, es igual ¡anda pillo! ¡A la vuelta te encontrarás con tu coz... te la guardo!...
       Y se la guardó.
       Después de la partida de Tistet, la mula del Papa recobró su vida tranquila y sus aires de otros tiempos. No más Quiquet ni Bélugnet en la cuadra. Volvieron los felices días del vino a la francesa, y con ellos el buen humor, las largas siestas, y el pasito de gavota cuando cruzaba el puente de Aviñón. Sin embargo, desde su aventura dábanle muestras continuas de frialdad en la ciudad; los viejos meneaban la cabeza, los niños se reían señalando al campanario. El bueno del Papa mismo ya no tenía tanta confianza en su amiga, y cuando se dejaba llevar al extremo de echar un sueñecillo sobre la espalda de ella, el domingo a la vuelta de la viña, ocurríasele siempre esta cavilación: “¡Si fuese a despertarme allá arriba, en la plataforma!” Veía esto la mula, y aguantaba sin chistar; solamente cuando delante de ella se pronunciaba el nombre de Tistet Védene, estremecíanse sus largas orejas, y afilaba con una risita el hierro de sus cascos en el pavimento...
       Transcurrieron así siete años; después, al cabo de esos siete años, Tistet Védene regresó de la corte de Nápoles. Aun no había concluido el tiempo de su empeño en ella; pero había sabido que el archipámpano de Sevilla acababa de morir de repente en Aviñón, y como el cargo parecíale bueno, había llegado muy aprisa a pretenderlo.
       Cuando ese intrigante de Védene entró en el salón del palacio, a duras penas lo conoció el Santo Padre: tanto era lo que había crecido y ensanchado.
       Preciso es también decir que, por su parte, el Papa se había hecho viejo y no veía bien sin antiparras.
       Tistet no se acoquinó.
       —¡Cómo! Excelso Padre Santo, ¿ya no me conoce Vuestra Beatitud?... Soy yo, ¡Tistet Védene!
       ——¿Védene?...
       —Sí, ya sabéis... el que llevaba el vino francés a la mula.
       —¡Ah! Sí... sí... ya recuerdo... ¡Buen mocito, ese Tistet Védene!... Y ahora, ¿qué pretendes de Nos?
       —¡Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo... Venía a pediros... Y a propósito, ¿tenéis aún vos aquella mula? ¿Y está buena?... ¡Ah! ¡Cuánto me alegro!... Pues bien, venía a pediros la plaza del archipámpano de Sevilla, quien acaba de fallecer.
       —¡Archipámpano de Sevilla tú!... Pero si eres demasiado joven. Pues ¿qué edad tienes?
       —Veinte años y dos meses, ilustre Pontífice; cinco años justos más que la mula de Vuestra Santidad... ¡Ah bendita de Dios la valiente bestia!... ¡Si supiese Vuestra Beatitud cuánto amaba yo a aquella mula! ¡Y con qué pena acordábame de ella en Italia!... ¿Me permitiréis Vos que la vea?
       —Sí, hijo mío, la verás —dijo el bueno del Papa, lleno de emoción.
       —Y puesto que tanto amas a aquel bendito animal, no quiero que vivas lejos de él.
       Desde este día quedas afecto a mi persona en calidad de archipámpano... Mis cardenales chillarán, pero ¡peor, para ellos! ya estoy acostumbrado... Ven a vernos mañana, al salir de vísperas, y Nos te impondremos las insignias de tu beneficio en presencia de Nuestro cabildo, y luego... te llevaré a ver la mula, y vendrás a la viña con nosotros dos... ¿Eh? ¡Ja, ja! ¡Anda, véte!...
       No necesito decirles si Tistet Védene estaría contento al salir del salón del Solio, y con qué, impaciencia aguardó la ceremonia del día siguiente.
       Sin, embargo, había en palacio alguien más satisfecho y más impaciente que él: era la mula. Desde el regreso de Védene hasta las vísperas del siguiente día, la terrible bestia no cesó de atiborrarse de avena y cocear la pared con los cascos de atrás. También ella se preparaba para la ceremonia...
       Al día siguiente, luego de cantarse vísperas, Tistet Védene hizo su entrada en el patio del palacio papal. Allá estaba todo el alto clero, los cardenales con sus togas rojas, el “abogado del diablo” de terciopelo negro, los abades de conventos con sus menudas mitras, los mayordomos de fábrica de, San Agrico, las sotanas violetas de la escolanía y también el bajo clero, los soldados del Papa de gran uniforme de gala, los ermitaños del monte Ventoso con sus caras feroces y el monaguillo que va detrás tocando la campanilla, los hermanos disciplinantes desnudos hasta la cintura, los floridos sacristanes con toga de jueces; todos, toditos, hasta los queda las aspersiones de agua bendita, y el que enciende y el que apaga los cirios ... no faltaba ni tino solo... ¡Ah! ¡Era una hermosa ordenación! Campanas, petardos, sol, música, y siempre esos frenéticos tamboriles que guiaban la danza allá abajo, en el puente de Aviñón...
       Cuando apareció Védene en medio de la asamblea, su empaque y su buen talante hicieron correr allí un murmullo de admiración. Era un magnífico provenzal, pero de los rubios, con largos cabellos de puntas rizadas y una barbita corta y primeriza que parecía hecha de vedijas de metal fino desprendidas por el buril de su padre, el escultor en oro.
       Corrieron rumores de que los dedos de la reina Juana habían jugado algunas veces con aquella rubia barba, y en efecto, el señor de Védene tenía el glorioso aspecto y el mirar abstraído de los hombres armados por las reinas... Aquel día, para hacer honor a su nación, había reemplazado su vestimenta napolitana por un capisayo bordado de rosas, a la provenzala, y sobre su capillo temblaba una gran pluma de ibis de Camargue.
       Tan pronto como hubo entrado, el archipámpano saludó con aire galán, y dirigióse a la elevada escalinata, donde le esperaba el Papa para imponerle las insignias de su grado: la cuchara de boj amarillo y la sotana de color de azafrán.
       Al pie de la escalera estaba la mula, enjaezada y presta a partir para la viña... Cuando pasó junto a ella, sonrióse satisfecho Tistet Védene y se detuvo para darle dos o tres golpecitos amistosos en la grupa, mirando con el rabillo del ojo para observar si le veía el Papa. La postura era buena... La mula tomó impulso...
       —¡Toma, allá te va, bandido! ¡Siete años hace que te la guardo!
       Y le atizó una coz tan terrible, tan terrible, que desde Pamperigouste se vio el humo, una humareda de polvo rubio donde revoloteaba una pluma de ibis... ¡Eso era todo lo que quedaba del infortunado Tistet Védene!...
       Por lo común, las coces de mula no suelen ser tan fulminantes. Pero aquella era una mula papal. Y, además, ¡figuraos! ... ¡Se la venía guardando nada menos que siete años!... No hay mejor ejemplo de rencores eclesiásticos.
       Aquella noche no pude dormir. El mistral estaba iracundo, y el estrépito de sus grandes silbidos me tuvieron despierto hasta el amanecer. El molino entero crujía, balanceando pesadamente sus aspas mutiladas, que resonaban con el cierzo como el aparejo de un buque. De su destruida techumbre escapábanse las tejas. En lontananza, los pinos apretados que cubrían la colina se agitaban zumbando entre tinieblas. Hubiérase creído que era el alta mar... me recordó mis gratos insomnios de hace tres años, cuando habitaba yo en el faro de las Sanguinarias, allá abajo, en la costa de Córcega, a la entrada del golfo de Ajaccio.
       Otro bello rincón que encontré para meditar y estar solo.
       Figuraos una isla rojiza de salvaje aspecto, el faro en una punta, y en la otra una vetusta torre genovesa, donde en mi tiempo vivía una águila. Abajo, a orillas del agua, las ruinas de un lazareto, invadido todo él por las hierbas; luego barrancos, malezas, grandes rocas, algunas cabras montaraces, caballejos corsos triscando con las crines al viento; por último, allá arriba, muy alto, entre un torbellino de aves marinas, la casa del faro, con su plataforma de mampostería blanca, donde los torreros se paseaban de acá para allá, la verde puerta ojival, la torrecilla de hierro fundido, y encima la gran linterna de facetas que relumbra al sol y echa luz hasta durante el día...
       He aquí la isla de las Sanguinarias, tal como he vuelto a verla en mi imaginación esa noche, al oír roncar mis pinos. Antes de ser poseedor de un molino, en aquella isla encantada era donde iba yo a retirarme algunas veces, cuando necesitaba aire libre y soledad.
       —¿Qué hacía allí? Lo que hago aquí; aun menos. Cuando me soplaban el mistral o la tramontana con excesiva violencia, situábame entre dos peñascos al borde del agua, en medio de las goletas, de los mirlos, de las golondrinas, y allí me estaba todo el día, en esa especie de estupor y delicioso anonadamiento que da la contemplación del mar. ¿No es cierto que conocéis esa grata embriaguez del alma? No se piensa, ni se sueña. Todo el ser se os escapa, vuela, se disipa.
       Se es la gaviota que se zambulle, el polvo de espuma que sobrenada al sol entre dos olas, el blanco humo de aquel vapor—correo que se aleja, esa pequeña barca coralera de rojo velamen, aquella perla de agua, ese jirón de bruma, todo excepto uno mismo... ¡Oh, cuántas de esas bellas horas de semisueño y de divagaciones pase en mi isla!...
       Los días de viento fuerte, no pudiéndose estar a orillas del agua, encerrábame en el patio del lazareto, un patio pequeño y melancólico, todo él embalsamado por el romero y el ajenjo silvestres, y allí, arrimado al lienzo de las vetustas paredes, dejábame invadir por el vago olor de abandono y de tristeza que flotaba con los rayos del sol entre los aposentos de piedra, abiertos por todas partes como tumbas antiguas. De vez en cuando oíase un portazo, un salto ligero entre la hierba: era una cabra, que acudía a rumiar al resguardo del viento. Al verme se paraba absorta, y quedábase plantada ante mí, con aire vivaracho, en alto los cuernos, mirándome con ojos infantiles...
       Hacia las cinco, el portavoz de los torreros me llamaba para comer. Tomaba entonces un senderito escarpado a pico entre los matorrales, suspenso encima del mar, y me volvía lentamente al faro, girando la vista a cada paso hacia aquel inmenso horizonte de agua y de luz, que parecía ensancharse conforme iba yo subiendo.
       Desde lo alto, era encantador. Aun me parece ver aquel magnífico comedor, de anchas losas, paramentos de encina, la bouillabaisse humeante en medio, la puerta abierta de par en par al blanco terrado, y los resplandores del poniente que lo inundaban...
       Esperábanme allí, para ponerse a la mesa, los torreros. Eran tres: uno de Marsella y dos de Córcega; los tres pequeños, barbudos, con el mismo rostro curtido y resquebrajado, é idéntico pelone (gabán) de pelo de cabra, pero de porte y humor enteramente opuestos entre sí.
       Por el modo de vivir de aquellas gentes, comprendíase enseguida la diferencia de ambas razas. El marsellés, industrioso y vivo, siempre atareado, en continuo movimiento, recorría la isla desde la mañana a la noche, cultivando, pescando, recogiendo huevos de gouailles, emboscándose entre los matorrales para ordeñar una cabra al paso, y siempre en vías de hacer un alioli o de guisar alguna bouillabaisse.
       Los corsos, fuera de su servicio, no se ocupaban absolutamente de nada; considerábanse como funcionarios, y pasaban todo el día en la cocina jugando interminables partidas de scopa, sin interrumpirlas más que para encender de nuevo las pipas con aire grave, y para picar con tijeras en la palma de las manos grandes hojas de tabaco verde... Por lo demás, marsellés y corsos eran tres buenas personas, sencillos, bonachones, y llenos de miramientos con su huésped, aunque en el fondo hubiera de parecerles un señor muy extraordinario.
       ¡Figúrense ustedes: ir a encerrarse en el faro por su gusto!... ¡Y ellos, que encuentran tan largos los días, y son tan felices cuando les toca la vez de bajar a tierra!... En la buena estación, esa gran ventura les llega todos los meses. Diez días de tierra firme por treinta de faro: he ahí lo que dispone el reglamento.
       Pero con el invierno y los grandes temporales, no hay reglamentos que valga. Arrecia el vendaval, suben las olas, las Sanguinarias están blancas de espuma, y los torreros de servicio permanecen bloqueados dos o tres meses consecutivos, algunas veces hasta con terribles circunstancias.
       —Caballero, oiga usted lo que me sucedió a mí — me contaba un día el viejo Bartoli, mientras comíamos —he aquí lo que me ocurrió hace cinco años en esta misma mesa donde estamos, una tarde de invierno, como ahora. Aquella tarde sólo estábamos dos en el faro: yo y un compañero llamado Tchéco...
       Los otros estaban en tierra, enfermos, con licencia, no recuerdo bien... Acabábamos de comer, muy tranquilos... De pronto, cátate que mi camarada deja de comer, me mira un momento con unos ojos pícaros, y ¡paf! se cae encima de la mesa, con los brazos adelante. Me acerco a él, lo muevo, lo llamo: “¡Oh, Tché!... ¡Oh, Tché!...” Nada: ¡estaba muerto!.. ¡Figúrese usted qué emoción! Más de una hora estuve estupefacto y tembloroso ante aquel cadáver; luego, de repente, se me ocurre esta idea: “¡Y el faro!” No tuve tiempo más que de subir a la farola y encender.
       La noche estaba ya encima... ¡Señor, qué noche! El mar y el viento no tenían sus voces naturales. A cada instante parecíame que alguien me llamaba en la escalera... Y además, ¡Una fiebre, una sed! Por nada del inundo me hubiese usted hecho bajar... ¡Me daba tanto miedo el difunto! Sin embargo, hacia el alba me entró un poco de ánimo. Llevé a mi compañero a su cama, le echó la sábana encima, recé un poco, y fui a escape a dar señales de alarma.
       Por desgracia, había mar gruesa y de fondo: por más que llamé y llamé, nadie vino... Y yo a solas en el faro con mi pobre Tchéco, ¡sabe Dios por cuánto tiempo! Esperaba poder conservarlo conmigo hasta la llegada del barco: pero al cabo de tres días era de todo punto imposible... ¿Cómo arreglármelas? ¿Llevarle fuera? ¿Enterrarlo? La roca era demasiado dura; ¡y hay tantos cuervos en la isla! Daba pena abandonarles aquel cristiano. Entonces pensé en bajarlo a uno de los departamentos del lazareto...
       Toda una tarde me llevó aquella triste faena, y le respondo a usted de que me hizo falta el valor...
       ¡Mire usted, caballero! Aun hoy, cuando bajo a esa parte de la isla en una tarde de ventarrón, me parece que todavía llevo a cuestas al difunto...
       ¡Pobre viejo Bartoli! Sudaba sólo al pensar en ello.
       Así pasábamos las horas de comer, charlando largo y tendido: el faro, el mar, narraciones de naufragios, historias de bandidos corsos... Luego, al caer el día, el torrero del primer cuarto encendía su candileja, agarraba la pipa, la calabaza, un grueso Plutarco de cantos rojos (toda la biblioteca de las Sanguinarias) y desaparecía por el fondo. Al cabo de un momento, en todo el faro oíase un estrépito de cadenas, de poleas, de grandes pesas de reloj a los cuales se daba cuerda.
       Durante ese tiempo, iba a sentarme fuera, en la terraza. El sol, muy bajo ya, descendía cada vez con más rapidez hacia el agua, llevándose tras de sí todo el horizonte. Refrescaba el viento, la isla teñíase de color violáceo. Por el cielo Pasaba junto a mí con tardo vuelo un gran pajarraco: era el águila que volvía de regreso a la torre... Poco a poco subían las bramas del mar. Bien pronto veíase tan sólo el blanco festón de la espuma en torno de la isla... De pronto, por encima de mi cabeza, surgía una gran oleada de plácida luz. El faro estaba encendido.
       Dejando en sombras a toda la isla, el claro haz de rayos iba a caer a lo lejos en alta mar, y allí estaba yo envuelto entre tinieblas, bajo aquellas grandes ondas luminosas que apenas me salpicaban al paso... Pero el viento seguía refrescando. Era preciso recogerse.
       A tientas cerraba el grueso portón y corría las barras de hierro; después, y siempre a tientas, tomaba por una escalerilla de fundición, que retemblaba y sonaba con mis pasos o iba a parar a la cúspide del faro.
       Por supuesto, allá sí que había luz.
       Imaginaos una gigantesca lámpara Cárcel, de seis filas de mecheros, alrededor de la cual giran con lentitud las paredes de la linterna, unas cerradas por enorme lente de cristal, otras abiertas a una gran vidriera inmóvil que resguarda del viento a la llama...
       Al entrar, quedábame deslumbrado. Esos cobres, esos estaños, esos reflectores de metal blanco, esas, paredes de cristal abombado que giraban con grandes círculos azulados, todo ese espejeo, toda esa balumba de luces, me daban vértigos por un instante.
       Sin embargo, poco a poco habituábanse a ello mis ojos, y acababa por sentarme al pie mismo de la lámpara, junto al torrero que leía su Plutarco en voz alta, por temor de quedarse dormido.
       Por fuera, la obscuridad, el abismo. En el balconcillo que da vuelta en torno de la vidriera, el viento corre aullando como un loco. Cruje el faro, la mar brama. En la punta de la isla, en las rompientes, las olas como que disparan cañonazos. A veces, un dedo invisible pega en los vidrios: algún ave nocturna, atraída por la luz, y que va a estrellarse de cabeza contra el cristal. Dentro de la linterna centelleante y cálida, nada más que el chisporroteo de la llama, el ruido del aceite que cae gota a gota, y el de la cadena que va desenrollándose, y una voz monótona, que salmodia la vida de Demetrio de Falerea.
       A media noche, levantábase el torrero, echaba el postrer vistazo a sus mechas, y bajábamos. Por la escalera salíanos al encuentro el colega del segundo cuarto, quien subía frotándose los ojos; se le entregaban la calabaza y el Plutarco. Luego, antes de meternos en cama, entrábamos un momento en la estancia del fondo, hecha un revoltijo de cadenas, grandes pesas, depósitos de estaño, calabrotes, y allí, a la luz del candilejo, escribía el torrero en el gran libro del faro, siempre abierto: Media noche. Mar gruesa. Tempestad. Buque de la vista por el horizonte.
       Puesto que el mistral de la otra noche nos ha lanzado a la costa de Córcega, permitidme contaros una tremenda historia marítima de que los pescadores de por allá hablan a menudo en la velada, y acerca de la cual me ha suministrado la casualidad curiosísimos informes.
       Hace de esto dos o tres años.
       Bogaba yo por el mar de Cerdeña, en compañía de siete ú ocho carabineros de mar. ¡Rudo viaje para un novicio! En todo el mes de Marzo no tuvimos día bueno. El viento del este hablase encarnizado con nosotros, y el mar no abonanzaba.
       Una tarde, que capeábamos el temporal, nuestra barca fue a refugiarse a la entrada del estrecho de Bonifacio, en medio de un archipiélago de islillas.
       Su aspecto nada tenía de tranquilizador: grandes rocas peladas, cubiertas de aves, algunas matas de ajenjo, espesuras de lentiscos, y acá y acullá entre el fango algunos maderos en vías de podrirse; pero, a fe mía, para pasar la noche eran más preferibles aun esas rocas siniestras que el camarote de una vieja barca a medio cubrir, donde el oleaje entraba como Pedro por su casa, y con ella nos contentamos.
       Apenas hubimos desembarcado, mientras los marineros encendían lumbre para guisarla bouillabaisse, me llamó el patrón, y enseñándome una pequeña cerca de piedra blanca, perdida entre las brumas al cabo de la isla, me dijo.
       —¿Viene usted al cementerio?
       —¡Un cementerio, patrón Lionetti! Pues, ¿dónde estamos?
       —En las islas Lavezzi, señor. Aquí están encerrados los seiscientos hombres de la fragata Ligera, en el mismo sitio donde se perdió diez años hace... ¡Pobre gente! No reciben muchas visitas, y gracias que nosotros llegamos para decirles buenos días, puesto que ya estamos en él...
       —Con sumo gusto mío, patrón.
       ¡Qué triste el cementerio de la Ligera!... Aun lo veo, con su bajo tapial, su puerta de hierro oxidada y dura de abrir, con centenares de cruces negras ocultas por la hierba. ¡Ni una corona de siemprevivas, ni un recuerdo, nada!... ¡Ah, pobres muertos abandonados, qué frío deben de tener en su tumba casual! Permanecimos arrodillados allí un momento. El patrón rezaba en alta voz. Enormes goletas, únicos guardianes del cementerio, giraban sobre nuestras cabezas y confundían sus roncos gritos con los lamentos del mar.
       Concluídas las oraciones, nos volvimos tristemente hacia el rincón donde estaba amarrada la barca. No habían perdido el tiempo los marineros durante nuestra ausencia. Encontramos una gran hoguera llameante al abrigo de un peñasco y la marmita que humeaba. Tomamos asiento en corro, con los pies juntos a la lumbre, y bien pronto tuvo cada cual sobre las rodillas, dentro de una cazuela de barro rojo, dos rebanadas de pan moreno con mucho caldo. La comida fue silenciosa: estábamos mojados, teníamos hambre, y luego la, proximidad del cementerio... Sin embargo, desocupadas las cazuelas, encendiéronse las pipas y nos pusimos a charlar un poco. Como es natural, se hablaba de la Ligera.
       —Pero, vamos, ¿cómo sucedió aquello? —pregunté al patrón, quien con la cabeza apoyada en las manos, miraba la hoguera con aire pensativo.
       —¿Que cómo sucedió aquello? —respondióme el bueno de Lionetti, con un hondo suspiro.
       —¡Ah! señor, nadie del mundo pudiera decirlo. Todo lo que sabemos es que la Ligera, llena de tropas para Crimea, zarpó de Tolón la víspera por la tarde, con mal tiempo. De noche aun, se echó a perder más la cosa.
       Viento, lluvia, mar alborotado cual nunca. Por la mañana amainó un poco el viento, pero el mar seguía en sus trece, y todo esto, una maldita bruma del demonio, que no dejaba ver un fanal a cuatro pasos.
       No, puede usted formarse idea, señor, de lo traidoras que son esas brumas. Eso nada importa; se me ha puesto en la cabeza que la Ligera debió perder el timón de madruga; porque, no hay bruma que valga; sin una avería, el capitán no hubiese venido a estrellarse aquí. Era un duro marino, a quien todos conocíamos. Había mandado la estación naval de Córcega durante tres años y sabía la costa tan bien como yo, que no sé otra cosa.
       —¿Y a que hora se cree que pereció la Ligera?
       —Debió de ser a mediodía; sí, señor, en pleno mediodía... Pero, ¡caramba! con la bruma de mar, ese pleno mediodía no valía mucho mas que una noche obscura como boca de lobo...
       Un aduanero de la costa me ha contado que aquel día, habiendo salido de su caseta para sujetar los postigos, hacia las once y media, una racha de viento se le llevó la gorra, y a riesgo de que a él mismo se lo llevase la resaca, se puso a correr tras de aquélla, a cuatro patas, a lo largo de la playa.
       Comprenderá usted que los carabineros no son ricos, y una gorra cuesta cara. Pues bien, parece ser que al levantar un momento la cabeza nuestro hombre, hubo de ver, muy cerca de él, entre la bruma, un buque de alto bordo que huía a palo seco, sotaventeando as islas Lavezzi. Este buque iba tan rápido, tan veloz, que el aduanero apenas tuvo tiempo de verlo bien. Sin embargo, todo hace creer quesería la Ligera, puesto que media hora después el pastor de las islas oyó en estas rocas... Pero precisamente, señor, aquí está el pastor de que le hablo a usted; él mismo le contará la cosa...
       ¡Buenos días, Palombo!... Ven a calentarte un poco; no tengas miedo.
       Acercóse a nosotros con timidez un hombre encapuchado, a quien veía yo desde poco antes rondar en torno de nuestra hoguera, y al cual había tomado por uno de los tripulantes, pues ignoraba que hubiese en la isla pastor alguno.
       Era un viejo leproso, más que medio idiota, atacado por no sé qué enfermedad escorbútica que convertía sus labios en un gran morro, horrible de ver. Costó sumo trabajo explicarle de qué se trataba.
       Entonces, levantándose con un dedo el labio enfermo, el viejo nos refirió que efectivamente, desde su choza oyó aquel día, alrededor de las doce, un tremendo crujido en las peñas. Como toda la isla estaba cubierta por el agua, no había podido salir, y sólo al día siguiente fue cuando, al abrir la puerta, había visto la costa llena de restos y cadáveres dejados allí por el mar. Espantado, huyó a toda prisa hacia su barca, para ir a Bonifacio en busca de gente.
       Sentóse el pastor, rendido de haber hablado tanto, y el patrón tomó la palabra: Sí, señor; este pobre viejo es quien fue a avisarnos. Estaba casi loco de miedo, y desde entonces tiene la cabeza a componer. Lo cierto es que había por qué... Figúrese usted seiscientos cadáveres en montón sobre la arena, revueltos con astillas de madera y jirones de lona... ¡Pobre Ligera!... El mar la había molido de golpe y hecho trizas de tal modo, que el pastor Palombo apenas ha encontrado entre todos sus residuos con qué hacer una empalizada alrededor de su choza... En cuanto a los hombres, desfigurados casi todos, espantosamente mutilados... daba pena verlos asidos unos a otros, en racimos... Encontramos al capitán con uniforme de gala, al capellán con estola al cuello; en un rincón, entre dos peñascos, un grumete con los ojos abiertos... parecía vivo aún; ¡pero, no! Estaba resuelto que no se había de librar nadie...
       Al llegar el patrón aquí, se interrumpió, gritando:
       —¡Atención, Nardi, que se apaga la lumbre!
       Nardi echó en el brasero dos o tres pedazos de tablones embreados, que se inflamaron, y Lionetti continuó:
       —He aquí lo más triste de esta historia... Tres semanas antes del siniestro, una pequeña corbeta, que iba a Crimea, lo mismo que la Ligera, naufragó de idéntico modo y casi en el mismo sitio; sólo que aquella vez logramos salvar la tripulación y veinte soldados de ingenieros que iban a bordo... ¡Ya se ve: esos pobres tiralíneas no estaban en su elemento! Se les condujo a Bonifacio y los tuvimos dos días con nosotros en la marina... Una vez que se secaron bien y se pusieron en pie, ¡buenas noches, buena suerte! ¡Volvieron a Tolón, donde poco tiempo después los embarcaron de nuevo para Crimea!... ¿A que no adivina usted en qué buque?... ¡En la Ligera, señor!... Los encontramos a todos veinte, tumbados entre los muertos, en el sitio donde estamos... Yo mismo reparó en un lindo sargento de finos bigotes, un pisaverde de París, a quien había dado cama en mi casa y que nos había hecho reír todo el tiempo con sus historias... Al verlo allí, se me partió el corazón... ¡Ah, Santa Madre! ...
       Al decir esto, el honrado Lionetti sacudió, conmovido, la ceniza de su pipa y se envolvió en su capotón, dándome las buenas noches... Durante algún tiempo, aun charlaron entre sí a media voz los marineros... Después, una tras otra, se apagaron las pipas... No se habló más... Marchóse el pastor viejo...
       Y yo me quedé solo a soñar despierto, en medio de la tripulación dormida.
       Bajo la impresión del lúgubre relato que acababa de oír, traté de reconstruir con el pensamiento el pobre buque difunto y la historia de esta agonía de que fueron las aves goletas los únicos testigos. Algunos detalles que me chocaron, el capitán con uniforme de gala, la estola del capellán, los veinte soldados de ingenieros, ayudáronme a adivinar todas las peripecias del drama... Veía zarpar de Tolón la fragata, anochecido... Sale del puerto. Hay mar de fondo y un viento terrible; pero el capitán es un valiente marino, y todo el mundo tiene tranquilidad a bordo...
       Al amanecer, levántase la bruma de mar. Comienza a haber inquietud. Toda la tripulación está sobre cubierta. El capitán no abandona la toldilla...
       En el entrepuente, donde están metidos los soldados, reina la obscuridad; la atmósfera está calurosa.
       Algunos están enfermos, echados encima de sus petates. El buque cabecea horriblemente; es imposible estar de pie. Hablan sentados en corrillos en el suelo, abrazándose a los bancos; hay que gritar para oírse. Algunos empiezan a tener miedo... ¡No es para menos! Son frecuentes los naufragios en estos parajes; si no, que lo digan los “tiralíneas”, y lo que éstos cuentan no es para tranquilizar.
       Sobre todo, su sargento primero, un parisiense que siempre está de chunga, pone la carne de gallina con sus chacotas:
       —¡Un naufragio!... Pues, si lo más divertido es un naufragio. Salimos del paso con un baño frío, y luego nos llevan a Bonifacio, a comer mirlos en casa del patrón Lionetti.
       Y los “tiralíneas” ríe que te reirás...
       De pronto un crujido... ¿Qué es eso? ¿Qué pasa?...
       —El timón acaba de irse —dice un marinero calado de agua, el cual atraviesa corriendo el entrepuente.
       —¡Buen viaje! —grita ese loco de sargento; pero esto ya no hace reír a nadie.
       Gran tumulto sobre el puente. La bruma impide verse. Los marineros van y vienen horrorizados, a tientas... ¡Ya no hay timón! Es imposible maniobrar... La Ligera, perdido el rumbo, corre como el viento... Entonces es cuando la ve pasar el aduanero; son las once y media. A proa de la fragata se oye un cañonazo... ¡Las rompientes, las rompientes!..
       Acabóse; no más esperanza, se va en derechura a la costa... El capitán baja a su cámara... Al cabo de un momento, vuelve a ocupar su sitio en la toldilla con uniforme de gala... Ha querido hermosearse para morir.
       En el entrepuente se miran ansiosos los soldados, sin rechistar... Los enfermos tratan de levantarse... el sargentito ya no se ríe...
       Ábrese entonces la puerta y aparece en el umbral el capellán con su estola: —¡ De rodillas, hijos míos! Todo el mundo obedece. Con voz atronadora, el sacerdote comienza las preces por los agonizantes.
       De pronto, un choque formidable, un grito, uno solo, una gritería inmensa, brazos tendidos, manos que se agarran, ojos extraviados por donde cruza como un relámpago la visión de la muerte...
       ¡Misericordia! Así pasé toda la noche, soñando, evocan do, a los diez años del suceso, el alma del pobre buque cuyos restos me rodeaban. A lo lejos, en el estrecho, rugía la tempestad, la tempestad; la llama de la hoguera tumbábase con las rachas de viento, y oía danzar a nuestra barca al pie de las rocas, haciendo rechinar las amarras.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar