D. H. Lawrence
(Eastwood, Inglaterra, 1885 - Vence, Francia, 1930)


Dos pájaros azules (1924)
(“Two Blue Birds”)
Originalmente publicado en la revista Dial,
Vol. LXXXII, Núm. 4 (abril de 1927), págs. 287-301;
reimpreso en Pall Mall Magazine (junio de 1927);
Great Stories of All Nations
Ed. Maxim Lieber y Blanch Colton Williams
(Nueva York: Brentano’s, 1927), págs. 425-438;
The Woman Who Rode Away and Other Stories
(Londres: Martin Secker, 1928, 292 págs.);
The Woman Who Rode Away: and Other Stories
(Nueva York: A. Knopf, 1928, 307 págs.)



      Había una mujer que adoraba a su marido pero no podía vivir con él. A su vez, el marido estaba sinceramente unido a ella. Los dos tenían menos de cuarenta años, los dos eran hermosos y los dos atractivos. Guardaban el uno con el otro la atención más sincera y se sentían, de una forma extraña, unidos eternamente en matrimonio. Se conocían mutuamente de una manera muy profunda, mejor que a nadie más, y se sentían más conocidos por el otro que por ninguna otra persona.
       Pero no podían vivir juntos. Normalmente, guardaban geográficamente mil millas de separación. Pero cuando él se sentaba en el gris de Inglaterra, en el fondo de su mente y con cierta fidelidad inexorable, recordaba a su esposa con un extraño anhelo de serle fiel y leal, y tenía sus amoríos lejos, en el sol, en el sur. Y ella, mientras bebía su cóctel en la terraza sobre el mar y volvía sus ojos grises e irónicos hacia la muy oscura cara de su admirador que, de verdad, le gustaba mucho, en realidad estaba absorta en los bien definidos rasgos de su joven y atractivo marido y pensaba en cómo este pediría a su secretaria que le hiciera algo, con esa voz confidente y amable del hombre que sabe que su ruego solo será atendido con gran satisfacción.
       La secretaria, desde luego, le adoraba. Era muy competente, bastante joven y bien parecida. Le adoraba. Pero todos sus sirvientes siempre le adoraban, especialmente las mujeres. Era habitual que los hombres le engañaran.
       Cuando un hombre tiene una secretaria que le adora y tú eres la mujer de ese hombre, ¿qué has de hacer? No es que hubiera nada “malo” —¡sí!, ya sabes a qué me refiero— entre ellos. Para ser concreto, nada a lo que se pudiera llamar adulterio. ¡No, no! Solo eran el joven jefe y su secretaria. Le dictaba. Ella se convertía en su esclava y le adoraba, y su relación iba sobre ruedas.
       Él no la “adoraba”. Un hombre no necesita adorar a su secretaria. Pero depende de ella. “Simplemente, confío en la señorita Wrexall”. Así como nunca podría confiar en su esposa. Lo que sabía de ella era que no necesitaba que se le diese confianza.
       Así pues, permanecieron como amigos en la terrible intimidad silenciosa de los que una vez estuvieron casados. Era habitual que, todos los años, se fueran a pasar juntos las vacaciones y si no hubieran sido marido y mujer, habrían encontrado mucha diversión y estímulo estando juntos. El hecho de que estuvieran casados —habían estado casados durante los doce últimos años y durante los tres o cuatro últimos ya no podían vivir juntos— los echó a perder. Ambos sentían amargura respecto al otro.
       Sin embargo, eran muy amables. Él era la generosidad misma y la quería con verdadera ternura prescindiendo de la cantidad de aventuras que tuviera. Las aventuras formaban parte de su necesidad actual.
       —Después de todo, tengo que vivir. ¡No puedo convertirme en un pilar de sal en cinco minutos solo porque tú y yo no podamos vivir juntos! Tienen que pasar años para que una mujer como yo se convierta en pilar de sal. ¡Por lo menos así lo espero!
       —Desde luego —contestaba él—. ¡Desde luego! Claro que sí. Los has de poner en escabeche y haz con ellos pepinos a la vinagreta antes de que cristalicen. Este es mi consejo.
       Él era así, tan terriblemente inteligente y enigmático. Ella podía más o menos entender la idea de los pepinos a la vinagreta, pero lo de “cristalizarse”, ¿qué significaba?
       ¿Quería sugerir que él mismo había sido avinagrado y que le era innecesaria ninguna otra inmersión, que pudiera echar a perder el gusto? ¿Era eso lo que quería decir? Y ella, ¿era ella el mar y el valle de lágrimas?
       Nunca se sabe cuán malicioso puede ser un hombre cuando es realmente enigmático e inteligente y además un poco caprichoso. Él era adorablemente caprichoso, con una mueca en su boca vanidosa y flexible, con su grueso labio superior ¡tan lleno de vanidad! Pero un joven como ese, hermoso, con una bella figura e insincero, ¿cómo podía dejar de ser vanidoso? Las mujeres le hacían serlo.
       ¡Ah, las mujeres! ¡Qué estupendos serían los hombres si no fuera por las mujeres!
       ¡Y qué estupendas serían las mujeres si no fuera por los hombres! Eso es lo mejor de una secretaria. Quizá pueda tener un marido, pero un marido es un simple fragmento de hombre comparado con el jefe, con un jefe que te dicta y cuyas palabras apuntas y transcribes con fidelidad. ¡Imaginaos a una esposa que escriba todo lo que su marido le dice…! ¡Pero una secretaria…! Todos sus “y” y “pero” los guarda para siempre. ¿Qué son las violetas azuladas en comparación?
       Está muy bien tener amoríos bajo el sol allá en el sur cuando sabes que hay un marido al que adoras dictando a una secretaria con quien estás demasiado enfadada para odiarla y a quien más bien desprecias, en el sitio que deberías considerar tu hogar. Un romance no es muy bueno cuando tienes un poco de arena en el ojo. O algo en el fondo de tu mente.
       ¿Qué se puede hacer? El marido, desde luego, no le dijo a su mujer que se fuera.
       —Tienes a tu secretaria y a tu trabajo —dijo ella—. No hay espacio para mí.
       —Hay un dormitorio y una sala exclusivamente para ti —contestó él—. Y un jardín y la mitad de un coche. Pero haz lo que quieras. Lo que más te plazca.
       —En ese caso —dijo ella—, iré al sur a pasar el invierno.
       —¡Sí, hazlo! —le contestó él—. Siempre te gusta ir.
       —Sí, siempre —dijo ella.
       Se separaron con una cierta dureza que tenía escondido un deje de tristeza. Y ella se fue a sus amoríos, que eran como el huevo del cura, apetitoso en parte. Y él se dispuso a trabajar. Decía que odiaba trabajar pero nunca hizo otra cosa. Diez u once horas al día. ¡Eso es lo que tiene ser tu propio jefe!
       El invierno pasó y llegó la primavera, cuando las golondrinas vuelven a casa; o al norte, en este caso. Este invierno, uno de tantos, había sido más bien difícil de pasar. La poca arena que había en el ojo atento de la esposa entraba más profundamente cuanto más parpadeaba. Las caras morenas pueden ser oscuras y los cócteles helados pueden dejar una grata sensación. Parpadeaba tanto como podía para quitarse ese poco de arena, pero no se iba. Debajo de las aromáticas bolas de la mimosa, ella pensaba en su marido, que estaría en la biblioteca, y en esa pulcra, competente pero vulgar y pequeña secretaria ¡tomando siempre nota de lo que él decía!
       —¡Cómo puede aguantarlo un hombre! ¡Cómo puede aguantarlo ella, un ser vulgar y pequeño como es, no lo sé! —se decía la esposa.
       Se refería al trabajo de dictar, esas diez horas al día de relación à deux, en las que entre ellos no había nada, excepto un lápiz y un torrente de palabras.
       ¿Qué se podía hacer? Los problemas en lugar de resolverse habían empeorado. La pequeña secretaria se había traído a la casa a su madre y a su hermana. La madre era una espléndida cocinera y ama de llaves, y la hermana, una especie de doncella de categoría, cuidaba de la ropa fina y de “sus” trajes y le servía a las mil maravillas. En verdad, era un arreglo excelente. La anciana madre era una magnífica cocinera y la hermana era todo lo que se puede desear en una valet-de-chambre, una lavandera de ropa fina, una doncella de salón y una camarera. Y todo económico al máximo. Sabían de memoria su trabajo. La secretaria corría a la ciudad cuando un acreedor se volvía peligroso y siempre suavizaba las crisis financieras.
       Él, evidentemente, tenía deudas y estaba trabajando para pagarlas. Y si hubiera sido un príncipe de cuento de hadas que llama a las hormigas para que le ayuden, no hubiera estado más encantador al resolver la vida a la secretaria y a su familia. Casi no cobraban ningún sueldo. Y parecían representar el milagro de los panes y los peces a diario.
       Ella, evidentemente, era la esposa que amaba al marido, pero le ayudaba a endeudarse, y así resultaba un artículo caro. Cuando ella aparecía por la casa, la familia de la secretaria la recibía con las atenciones y deferencias más exquisitas. El caballero regresando de las cruzadas no levantaba tanto revuelo. Se sentía como la reina Isabel en Kenilworth, una soberana visitando a sus fieles súbditos. Pero probablemente en su sopa estaba escondido este cabello: ¿se alegrarán cuando me vaya de nuevo?
       Ellos protestaban: “¡No! ¡No!”. Habían estado esperando y rezando para que volviera. Habían estado suspirando para que estuviera allí, en su papel de señora, la esposa. ¡Ah, “su” esposa!
       ¡Su esposa! Su halo era como un cubo en su cabeza.
       La madre-cocinera pertenecía al “mundo”, así que era la hija-doncella quien recibía las órdenes.
       —¿Qué es lo que querrá para el almuerzo y la cena de mañana, señora Gee?
       —Bien, ¿qué es lo que tenemos normalmente?
       —No, ¿qué es lo que quiere usted?
       —No tenemos nada prefijado. Mamá sale y elige lo más fresco y bueno que encuentra. Pero creyó que ahora usted le diría qué hay que comprar.
       —¡Oh, no lo sé! No soy muy buena para este tipo de cosas. Dígale que siga de la misma manera, estoy segura de que ella es quien mejor lo sabe.
       —¿Quizá le gustaría comer un dulce?
       —No, no me entusiasman los dulces y usted sabe que al señor Gee tampoco. Así pues, no hagan ninguno para mí.
       ¡No podría haber otra cosa más imposible! Tenían la casa sin una mancha y marchando como la seda, ¡cómo se atrevería a interferir una esposa extravagante e incompetente cuando veía su sorprendente y casi inspirada economía! ¡Y además administraban el lugar con casi nada! ¡Simplemente, era gente maravillosa! ¡Y de qué manera esparcían ramas de palmera bajo sus pies!
       Pero todo eso lo único que hacía era que se sintiese ridícula, como si ella fuera el asno y, a la semana siguiente, la Crucifixión.
       —¿No crees que la familia se las arregla muy bien? —le preguntó él tanteándola.
       —¡Pero que muy bien! ¡Casi románticamente bien! —contestó ella—. Supongo que tú eres feliz, ¿no?
       —Vivo muy confortablemente —dijo el marido.
       —Puedo ver cómo vives —añadió ella—. ¡Es sorprendente! ¡Nunca he visto tal confort! ¿Estás seguro de que no es malo para ti?
       Ella le observaba a hurtadillas. A él se le veía muy bien y extremadamente atractivo, a su manera exagerada. Iba escandalosamente bien vestido y cuidado. Y tenía ese aire de fácil aplomo y buen humor que va transformando a un hombre, y que solo adquiere cuando él es el gallo del camino, la mayor parte del cual está habitado por sus propias gallinas.
       —¡No! —respondió, sacándose la pipa de la boca y sonriéndole caprichosamente—. ¿Es que parece que es malo para mí?
       —No, no lo parece —contestó rápidamente ella pensando, naturalmente, como se supone que una mujer piensa hoy, en la salud y el bienestar del marido, la base aparente de toda alegría.
       Y la señora Gee, cómo no, continuó sacando consecuencias.
       —Quizá para tu trabajo no resulte tan eficaz como lo es para ti —dijo en una voz más bien baja. Sabía que él no podía resistir que se burlara de su trabajo aunque fuera por un momento. Y él sabía qué quería decir esa voz más bien baja.
       —¿De qué forma? —preguntó enfadándose.
       —Oh, no lo sé —contestó con indiferencia—. Quizá no es bueno para el trabajo de un hombre vivir demasiado confortable.
       —No sé qué quieres decir —dijo dando una vuelta teatral por la biblioteca y quitándose la pipa de la boca—. Teniendo en cuenta que trabajo, realmente, reloj en mano durante doce horas diarias y durante diez horas cuando el día es corto, no creo que puedas decir que me estoy deteriorando por vivir confortablemente.
       —No, supongo que no —admitió la esposa.
       Pero ella, no obstante, lo pensaba. Su confort no consistía tanto en una buena comida y una cama blanda como en no tener a nadie, absolutamente a nadie ni a nada que le contradijera. “Me gustaría creer que no existe nada que le haga sufrir”, le había dicho la secretaria a la esposa.
       ¡Nada que le haga sufrir! ¡Qué situación para un hombre! Cuidado por unas mujeres que no permitirían que nada le “hiciera sufrir”. Si algo hiciera sufrir su exasperada vanidad, ¡le haría sufrir!
       Así pensaba la esposa. Pero ¿qué se podía hacer? En el silencio de la medianoche oía su voz a lo lejos dictando, como la voz de Dios hablando a Samuel, sola y monótona, y se imaginaba también la figura pequeña de la secretaria, ocupada copiando en taquigrafía. En las horas soleadas de la mañana mientras él estaba todavía en la cama —nunca se levantaba hasta el mediodía—, desde otro sitio llegaba ese ruido agudo de insecto de la máquina de escribir, como algún enorme saltamontes chirriante y ruidoso. Era la secretaria, escribiendo a máquina sus notas.
       Esa muchacha —tenía solo veintiocho años— se esclavizaba verdaderamente hasta el tuétano. Era pequeña y pulcra, pero en realidad estaba gastada. Hacía mucho más trabajo del que hacía él, no solo tenía que tomar nota de esas palabras que él pronunciaba, sino que tenía que escribirlas a máquina, hacer tres copias, mientras que él aún estaba descansando.
       —¡Por todos los cielos! ¿Qué es lo que gana con ello? —pensaba la esposa—. No lo sé. Simplemente se gasta hasta los huesos por un salario muy exiguo, y nunca la ha besado y nunca lo hará si es que yo le conozco un poco.
       Sin embargo, la esposa no estaba segura de si el hecho de que nunca la hubiera besado —es decir, a la secretaria— hacía la situación mejor o peor. Él nunca besaba a nadie. No tenía muy claro si ella misma —es decir, la esposa— quería que la besara. Pensaba más bien que no.
       ¡Por todos los cielos! ¿Qué quería ella? Ella era su esposa. ¡Santo cielo! ¿Qué quería de él?
       Ciertamente, no quería tomar en taquigrafía lo que decía y escribir de nuevo a máquina todas esas palabras. Y realmente no quería que la besara, le conocía demasiado. Sí, le conocía demasiado bien. Si conoces a un hombre demasiado bien no quieres que te bese.
       Entonces ¿qué? ¿Qué quería? ¿Por qué le había quedado un recuerdo tan persistente de él? ¿Solo porque era su esposa? ¿Por qué prefería divertirse con otros hombres —y eso que era implacable en cuanto a la diversión— sin tomarlos nunca en serio? ¿Y por qué debía de tomarle tan endiabladamente en serio, cuando en realidad nunca lo había “disfrutado”?
       Desde luego que había pasado buenos ratos con él en el pasado, antes —ah—, antes de que hiciera un millar de cosas que, todas juntas, sumaban nada. Pero ella ya no sentía ningún placer a su lado. Nunca había disfrutado estando con él. Había un silencio, una tensión constante entre ellos que nunca desaparecía, ni siquiera cuando estaban separados por mil millas.
       ¡Horrible! ¿Eso es lo que tú llamas estar casado? ¿Qué se puede hacer? Ridículo, ¡saberlo y no hacer nada para remediarlo!
       Volvió una vez más y allí estaba, en su propia casa, una especie de superinvitada también para él. Y la familia de la secretaria dedicándole sus vidas.
       ¡Dedicándole sus vidas! ¡En serio! ¡Tres mujeres gastando sus vidas por él, día y noche! ¿Y qué recibían a cambio? ¡Ni un beso! Muy poco dinero, porque sabían todo sobre sus deudas, ¡y habían hecho de sus vidas un negocio para pagarlas! ¡No había esperanzas! ¡Doce horas de trabajo al día! Aislamiento absoluto, ¡él no veía a nadie!
       ¿Y después de eso? ¡Nada! Quizá una sensación de elevarse y darse importancia, porque algunas veces veían en revistas el nombre de su señor y su fotografía. Pero ¿creería alguien que eso era suficiente?
       Aun así, ¡ellas le adoraban! Parecían tener esa profunda satisfacción de las gentes en una misión especial. ¡Extraordinario!
       Bien, si es que la tenían, dejémosles así. Eran, desde luego, gente más bien vulgar, “de pueblo”; quizá esto tenía una especie de encanto para ellas.
       Pero era malo para él. No había duda. Su trabajo estaba volviéndose confuso y pobre de calidad. —¡Y para qué extrañarse!—. Su tono, en todos los aspectos, iba disminuyendo, se hacía más vulgar. Desde luego que era malo para él.
       Al ser su esposa, sentía que tenía que hacer algo para salvarle. Pero ¿cómo lo haría? Esa maravillosa familia de la secretaria estaba perfectamente dedicada al señor, ¿cómo podía atacarla? Aunque mejor sería relegarla al olvido. Desde luego que le hacían mal, arruinando su trabajo, arruinando su reputación como escritor, arruinando su vida. Arruinándole con su esclavitud servicial.
       ¡Desde luego que había que atacarlas! ¿Y qué podía ofrecer a cambio? ¡Ciertamente no una dedicación que le exigiera la esclavitud, ni a él ni a su torrente de palabras! ¡Desde luego que no!
       Una vez más se lo imaginaba desnudo, despojado de su secretaria y de la familia de su secretaria, y se estremecía. Era como tirar el cuerpo desnudo en el cubo de la basura. ¡No podía hacer eso!
       Pero algo debía hacer. Lo sentía así. Estaba casi tentada de endeudarse otra vez por otras mil libras y dejar sin pagar la factura o enviársela a él, como de costumbre.
       ¡Pero no! ¡Algo más drástico!
       Algo más drástico, o quizá más moderado. Vacilaba entre las dos posibilidades. Y vacilando, al principio no hizo nada, no llegó a ninguna decisión, se arrastraba vagamente día tras día esperando tener la suficiente energía para irse de nuevo.
       ¡Era primavera! ¡Qué tonta había sido de venir en primavera! ¡Y tenía cuarenta años! ¡Qué imbécil para una mujer ir y tener cuarenta años!
       Una cálida tarde bajó al jardín, cuando los pájaros estaban piando con fuerza en la azotea, el cielo estaba bajo y cálido y no tenía nada que hacer. El jardín estaba lleno de flores, al marido no le gustaban por su exhibición teatral. Lilas y arbustos de mundillos y codesos y mayos rojos, tulipanes y anémonas y margaritas de colores. ¡Muchas flores! ¡Arriates con nomeolvides! Ella las hubiera llamado puntos azules y gotas amarillas y adornos blancos. ¡Sin tanto sentimentalismo, después de todo!
       Hay una cierta tontería, algo espectacular y teatral en la primavera, con las hojas y las flores que aparecen como si fueran coristas, a no ser que tengas algo parecido dentro de ti. Cosa que ella no tenía.
       ¡Oh, cielos! Más allá del seto oía una voz, una voz constante y más bien declamatoria. ¡Oh, cielos! Estaba dictando a su secretaria en el jardín. ¡Santo Dios, en ninguna parte podías alejarte de ese asunto!
       Miró a su alrededor, tenía muchas posibilidades de escapatoria. Pero ¿qué había de bueno en escapar? Seguiría y seguiría dictando. Se fue tranquilamente hasta el seto y escuchó.
       Estaba dictando un artículo sobre la novela moderna para una revista. “De lo que la novela moderna carece es de arquitectura”. ¡Santo Dios! ¡Arquitectura! Quizá también añadiría: De lo que la novela moderna carece es de un corsé, o de una cucharadita de té, o de un diente de la rueda que se ha parado.
       ¡Sin embargo, la secretaria escribía, escribía, escribía! ¡No, esto no podía seguir! Era más de lo que la carne y la sangre pueden resistir.
       Recorrió con sigilo el seto, era algo así como el lobo en su ronda, una mujer fuerte y ancha vestida con un caro jersey de seda de color mostaza y una falda de pliegues de color crema. Sus piernas eran largas y bien formadas, y llevaba zapatos caros.
       Con una curiosa cautela, como la del lobo, dio la vuelta al seto y miró de través al pequeño y sombreado césped donde las margaritas crecían por todas partes. Él estaba recostado sobre una hamaca debajo de un castaño de Indias con flores rosadas. Iba vestido de estameña blanca y con una bonita camisa de lino amarilla. Su elegante mano caía a un lado de la hamaca y golpeaba con una especie de ritmo vago que acompañaba a sus palabras. En la mesita de mimbre, la pequeña secretaria, con un vestido de punto verde, inclinaba la cabeza sobre el cuaderno y escribía rápidamente esos horribles signos de taquigrafía. No era difícil seguirle ya que dictaba despacio y guardaba cierto ritmo, tiempo que iba marcando con la mano que estaba colgando.
       “En todas las novelas tiene que haber un personaje principal con el que siempre simpatizamos… con quien siempre simpatizamos, aunque reconozcamos sus…, aun cuando seamos muy conscientes de sus debilidades humanas”.
       Cada hombre es su propio héroe, pensó la mujer secamente, olvidándose de que cada mujer es, sobremanera, su propia heroína.
       Pero lo que la sorprendió fue un herrerillo revoloteando alrededor de los pies de la pequeña secretaria, absorta escribiendo taquigrafía. Era un herrerillo azul y gris con algo de amarillo. Pero a la esposa le pareció azul en la translúcida tarde de ese agradable día de primavera. El herrerillo estaba revoloteando alrededor de los piececitos bonitos pero más bien vulgares de la pequeña secretaria.
       ¡El pájaro azul! ¡El pájaro azul de la alegría! Bien, estoy salvada —pensó la esposa—. ¡Estoy salvada!
       Y mientras decía que estaba salvada, apareció otro pájaro azul —es decir, otro herrerillo— y comenzó a pelearse con el primero. ¡Un par de pájaros azules de la alegría teniendo una pelea! ¡Bien, estoy salvada!
       Estaba más o menos fuera de la vista del par de preocupados humanos. Aunque él se distrajo con la pelea de los herrerillos, cuyas pequeñas plumas comenzaban a volar sueltas.
       —¡Fuera! —les dijo él suavemente, agitándoles un pañuelo amarillo oscuro—. Pelead y tened vuestros asuntos privados en otra parte, mis queridos caballeretes.
       La pequeña secretaria alzó la vista rápidamente; ya había comenzado a tomar nota. Él le sonrió con su sonrisa caprichosa y retorcida.
       —No, no escriba eso —le dijo cariñosamente—. ¿Ha visto a esos dos herrerillos puestos uno encima del otro?
       —¡No! —respondió la pequeña secretaria mirando inteligentemente alrededor, sus ojos estaban medio cegados por el trabajo.
       Y vio la extraña figura de la esposa, elegante y poderosa como la del lobo, detrás de ella, y sus ojos se llenaron de terror.
       —¡Yo los vi! —dijo la esposa mientras iba avanzando con esas curiosas y bien formadas piernas de loba debajo de la falda muy corta.
       —¿Verdad que son unas pequeñas bestias extraordinarias y perversas? —añadió el marido.
       —¡Extraordinarias! —repitió ella inclinándose y cogiendo una pequeña pluma de la pechuga—. ¡Extraordinarias! ¡Mirad cómo vuela la pluma!
       Y se puso la pluma en la punta del dedo y la miró. Después miró a la secretaria y luego a él. La esposa tenía una expresión rara entre las cejas, como la del lobo.
       —Creo —comenzó él— que estas son las tardes más encantadoras, cuando no nos llega el sol directamente y todos los sonidos, los colores y los perfumes están como disueltos en el aire, ¿no lo notáis?, y todo está impregnado, impregnado de primavera. Es como estar dentro, ¿sabéis qué quiero decir?, como estar dentro del huevo y a punto de romper la cáscara.
       —¡Eso es! —asintió ella sin creérselo.
       Hubo una pequeña pausa. La secretaria no dijo nada. Estaban esperando a que la esposa se marchara.
       —Supongo —dijo esta última— que estáis tan terriblemente ocupados como de costumbre.
       —Justamente como siempre —dijo el marido torciendo la boca, con desaprobación.
       De nuevo hubo una pausa, en la que él esperó que su esposa se fuera.
       —Sé que estoy interrumpiendo —dijo.
       —En realidad —dijo él—, solo estaba mirando a esos dos herrerillos.
       —¡Vaya par de pequeños demonios! —añadió la esposa soplando la pluma amarilla que estaba en la punta de su dedo.
       —¡Ciertamente! —dijo el marido.
       —Bien, es mejor que me vaya y os deje seguir con vuestro trabajo —dijo ella.
       —¡No hay prisa! —exclamó él con calma benévola—. En realidad, no creo que sea buena idea trabajar aquí fuera.
       —¿Por qué lo has probado? —preguntó la esposa—. Sabes que nunca has podido hacerlo.
       —La señorita Wrexall sugirió que quizá produciría un cambio. Pero no creo que esto ayude, ¿qué cree usted, señorita Wrexall?
       —Lo siento —dijo la pequeña secretaria.
       —¿Por qué lo ha de sentir? —preguntó la otra mujer mirándola como un lobo puede mirar casi benignamente a un perrito mestizo negro y de color canela—. Solo lo sugirió por el bien de mi marido, ¡estoy segura!
       —Pensé que el aire le iría bien —admitió la secretaria.
       —¿Por qué la gente como usted nunca piensa en sí misma? —interpeló la esposa.
       La secretaria la miró a los ojos.
       —Supongo que lo hacemos, de diferente manera.
       —¡De muy diferente manera! —dijo la esposa con ironía—. ¿Por qué no le hace pensar en usted? —añadió despacio con una especie de pesimismo—. En una suave tarde de primavera como esta, debería tenerle dictándole poemas sobre los pájaros azules de la alegría revoloteando alrededor de sus delicados pies. Sé que yo le tendría así si fuera su secretaria.
       Hubo una pausa. La esposa estaba de pie inmóvil como una estatua, en una actitud característica de ella, medio vuelta hacia la pequeña secretaria, medio apartada. Había medio vuelto la espalda a todo.
       La secretaria miró al marido.
       —En realidad —dijo él—, estaba escribiendo un artículo sobre el futuro de la novela.
       —Lo sé —dijo la esposa—. ¡Por eso es tan horrible! ¿Por qué no algo vivo de la vida del novelista?
       Hubo un silencio prolongado en el que se le veía sufriendo y algo distante, parecía una estatua. La pequeña secretaria inclinó la cabeza. La esposa se fue paseando lentamente.
       —¿Dónde estábamos exactamente, señorita Wrexall? —Se oyó el sonido de su voz.
       La pequeña secretaria estalló. Estaba profundamente indignada. Sus bellas relaciones, las de ellos dos, ¡habían sido tan insultadas!
       Pero pronto la secretaria se desvió aguas abajo en el flujo de sus palabras, estaba demasiado ocupada para tener alguna sensación, excepto la de júbilo al estar tan ocupada.
       Llegó la hora del té: la hermana sacó la bandeja al jardín. E inmediatamente apareció la esposa. Se había cambiado y llevaba puesto un vestido de fina tela azul achicoria. La pequeña secretaria había recogido sus papeles y se estaba yendo más bien con prisa.
       —No se vaya, señorita Wrexall —le dijo la esposa.
       La pequeña secretaria se paró un instante, luego vaciló.
       —Mi madre me estará esperando.
       —Dígale que no va a ir. Y pida a su hermana que traiga otra taza. Quiero que tome el té con nosotros.
       La señorita Wrexall miró al hombre que estaba apoyado sobre un codo en la hamaca y tenía un aspecto enigmático, hamletiano.
       El hombre la miró rápidamente y frunció la boca como en un gesto juvenil.
       —Sí, quédese aquí y tome el té con nosotros por una vez —afirmó el marido—. Veo fresas y sé que usted es el pájaro para comérselas.
       La secretaria le echó una mirada, sonrió con tristeza y se apresuró a decírselo a su madre. Aún tuvo tiempo suficiente para ponerse un vestido de seda.
       —¡Caramba, qué elegante va! —exclamó la esposa cuando la pequeña secretaria apareció de nuevo en el césped con su seda azul achicoria.
       —¡Oh, no mire mi vestido, comparado con el suyo! —añadió la señorita Wrexall. ¡Eran realmente del mismo color!
       —Por lo menos usted se ha ganado el suyo, que es más de lo que yo he hecho con el mío —aclaró la esposa mientras servía el té—. ¿Le gusta fuerte?
       Con sus cansados ojos miraba a la fatigada joven, menuda como un pájaro y vestida de azul y con unos ojos que parecían hablar de muchos libros misteriosos e inexplicables.
       —Oh, como esté, gracias —respondió la señorita Wrexall inclinándose hacia delante.
       —Está bastante negro si es que quiere arruinar su digestión —dijo la esposa.
       —Pondré un poco de agua, entonces.
       —Mejor, diría yo.
       —¿Cómo va el trabajo? ¿Bien? —preguntó la esposa mientras bebía el té y las dos mujeres se miraban mutuamente el vestido.
       —¡Oh! —dijo él—. Tan bien como puedas esperar. Era un montón de puras tonterías. Pero era lo que querían. Una terrible bobada, ¿verdad, señorita Wrexall?
       La señorita Wrexall se movió con dificultad en la silla.
       —Me interesaba —respondió—, aunque no tanto como la novela.
       —¿La novela? ¿Qué novela? —preguntó la esposa—. ¿Hay otra nueva?
       La señorita Wrexall miró al marido. De ninguna manera dejaría ninguna de sus actividades literarias.
       —Estaba solo esbozando una idea para la señorita Wrexall.
       —Háblenos de ella —le pidió la esposa—. Señorita Wrexall, ¿podría explicarnos de qué se trata?
       Se dio la vuelta sobre la silla y miró a la pequeña secretaria.
       —Lo siento —dijo como pudo la señorita Wrexall—. No la tengo muy clara aún.
       —¡Oh, vamos! ¡Explíquenos lo que tenga escrito!
       La señorita Wrexall se sentó muda y muy irritada. Se sentía acosada. Miró los pliegues azules de su falda.
       —Lo siento, no puedo.
       —¿Por qué cree no poder? Usted es muy competente. Estoy segura de que lo tiene todo en la punta de la lengua. Estoy segura de que escribe para el señor Gee una buena parte de sus libros, realmente. Él le da unas indicaciones y usted lo hace todo. ¿No es así como lo hace? —Hablaba con ironía, como si estuviera tomando el pelo a un niño. Y entonces miró los impecables pliegues de su propia falda azul, de muy buena calidad y cara.
       —No está usted hablando en serio —dijo la señorita Wrexall sintiéndose con más temple.
       —¡Desde luego que hablo en serio! He venido sospechando durante largo tiempo (por lo menos durante algún tiempo) que usted escribe una buena parte de los libros del señor Gee, con las indicaciones que él le da.
       Lo decía en tono de burla, pero era cruel.
       —Me sentiría muy halagada —siguió la señorita Wrexall irguiéndose— si no supiera que está solo tratando de hacer que me sienta como una tonta.
       —¿Hacerla sentirse una tonta? ¡Mi querida niña! ¡Nada más lejos de mi intención! Usted es dos veces más inteligente y un millón de veces más competente que yo. ¡Mi querida niña, siento la más grande admiración por usted! No podría hacer lo que usted hace ni por todas las perlas de la India. No podría jamás.
       La señorita Wrexall se calló y hubo un silencio.
       —Quieres decir que mis libros son leídos como si… —empezó el marido levantándose y hablando con voz angustiada.
       —¡Sí! —continuó ella—. Justamente como si la señorita Wrexall los hubiera escrito con tus indicaciones. Honestamente, creí que lo hacía cuando estabas demasiado ocupado.
       —¡Qué lista eres! —añadió él.
       —¡Mucho! —gritó la esposa—. ¡Especialmente si estoy equivocada!
       —Lo estás.
       —¡Qué extraordinario! —gritó de nuevo la esposa—. ¡Bien, una vez más estoy equivocada!
       Hubo un silencio total.
       Fue roto por la señorita Wrexall, que se retorcía nerviosa los dedos.
       —Usted quiere estropear lo que hay entre él y yo, puedo adivinarlo —dijo amargamente.
       —Querida, pero ¿qué es lo que hay entre usted y él? —preguntó la mujer.
       —Era feliz trabajando con él, ¡trabajando con él! ¡Era feliz trabajando para él! —exclamó la señorita Wrexall con lágrimas de indignada cólera y disgusto en sus ojos.
       —¡Mi querida niña! —gritó la esposa con una excitación simulada—. Siga siendo feliz trabajando con él, ¡siga siendo feliz mientras pueda! ¡Si esto la hace feliz, disfrútelo entonces! ¡Desde luego! ¿Cree que sería tan cruel… con él como para querer quitárselo? No puedo escribir en taquigrafía y a máquina y llevar el libro de contabilidad con doble entrada, o como se le llame. Se lo digo, soy totalmente incompetente. Nunca gano nada. Soy un parásito del roble británico, como el muérdago. El pájaro azul no revolotea alrededor de mis pies. Quizá son demasiado grandes y pisan fuerte.
       Y miró sus caros zapatos.
       —Si hubiera que criticar a alguien —dijo volviéndose hacia su marido—, sería a ti, Cameron, por tomar tanto de ella y no darle nada a cambio.
       —¡Pero él me lo da todo, todo! —gritó la señorita Wrexall—. ¡Me lo da todo!
       —¿Qué quiere decir con todo? —preguntó la esposa con decisión.
       La señorita Wrexall se paró un momento. Hubo un chasquido en el aire y un cambio de corriente.
       —No quiero decir nada que usted necesite envidiarme —aclaró la pequeña secretaria más bien altiva—. Nunca he sido barata.
       Hubo un silencio breve.
       —¡Dios mío! —dijo la esposa—. ¿No le llama a eso ser barata? ¡Caramba, yo diría que usted no saca absolutamente nada, solo da! ¡Y si no llama a eso ser barata, Dios mío!
       —Ya lo ve, vemos las cosas de diferente manera —dijo la secretaria.
       —Diría que sí, gracias a Dios —añadió la esposa.
       —¿En nombre de quién estás dando gracias a Dios? —preguntó el marido con sarcasmo.
       —¡De todos, supongo! En el tuyo porque lo tienes todo por nada, y en el de la señorita Wrexall porque parece que le gusta y en el mío porque estoy al margen de todo esto.
       —No necesitaría estar al margen de todo esto —exclamó la señorita Wrexall con magnanimidad— si no fuera porque usted quiere estar al margen de todo esto.
       —Gracias, querida, por su ofrecimiento —dijo la esposa levantándose—. Pero, lo siento, ningún hombre puede esperar que revoloteen dos pájaros azules de la alegría alrededor de sus pies, ¡cayéndoseles sus pequeñas plumas!
       Con lo que la esposa se fue.
       Después de un tenso y desesperado instante, la señorita Wrexall gritó:
       —¿Y verdaderamente necesita alguna mujer estar celosa de mí?
       —Así es —dijo el marido.
       Y eso fue todo lo que dijo.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar