D. H. Lawrence
(Eastwood, Inglaterra, 1885 - Vence, Francia, 1930)


Fanny y Annie (1921)
(“Fanny and Annie”)
Originalmente publicado en la revista Hutchinson’s Story Magazine
(21 de noviembre de 1921), págs 461-469;
England My England and Other Stories
(Nueva York: Thomas Seltzer, 1922, 273 págs.), págs. 253-273.



      Su rostro, con un resplandor espeluznante cuando se dio la vuelta sobre el andén entre la multitud de rostros oscuros y llameantes. A la luz de los altos hornos, ella captó de un vistazo su expresión sin rumbo, como un fragmento de fuego flotante. Y la nostalgia, el regreso del destino penetró en sus venas como una droga. ¡Su rostro eterno, ahora iluminado como las llamas! El pulso entre la oscuridad y el fuego rojo de las torres del horno en el cielo, que iluminaba a la multitud industrial y desordenada en la estación, le iluminó.
       Por supuesto, él no la vio. ¡Iluminado e invisible! Siempre el mismo, con sus cejas desafiantes, su sombrero habitual, y su bufanda roja y negra anudada a la garganta. ¡Ni siquiera un cuello de camisa para verla a ella! Las llamas se habían rebajado, había sombras.
       Ella abrió la puerta del vagón mugriento y de ramal, y comenzó a bajar su equipaje. El mozo no estaba en ninguna parte, pero estaba Harry, oscuro, en el filo anterior de la pequeña multitud, sin encontrarla, por supuesto.
       —¡Harry aquí! —llamó ella, agitando su paraguas en el crepúsculo. Él se adelantó corriendo.
       —¡Ya estás aquí! —dijo él a modo de alegre bienvenida. Ella descendió bastante nerviosa y le dio un beso.
       —Dos maletas —dijo ella.
       El alma le gimió, mientras él se encaramaba en el vagón a por sus bolsas. El fuego se precipitaba desde el horno detrás de la estación hacia arriba en el cielo crepuscular. Sintió que la llama roja le atravesaba el rostro. Ella había regresado definitivamente. Y su alma gemía con tristeza. Dudaba que pudiera soportarlo.
       Allí, en la pequeña y sórdida estación bajo los hornos, ella permanecía quieta, alta y distinguida, con su abrigo de buena costura y una falda, y su gran sombrero gris de terciopelo. Sujetaba su paraguas, su pulsera de cuentas y un pequeño bolso de cuero negro en sus manos enguantadas de gris, mientras que Harry se tambaleaba saliendo del pequeño y feo tren con sus bolsas.
       —Hay un baúl allí detrás —dijo ella con su voz brillante. Pero no se sentía brillante. Los dos conos negros y gemelos de la fundición seguían disparando sus fuegos celestiales en la noche. Toda la escena era sorprendente y violenta. El tren esperaba alegre. Esperaba otros diez minutos. Ella lo sabía. Todo era tan mortalmente familiar…
       Confesémoslo de una vez. Ella era una virgen de treinta años que volvía para casarse con su primer amor, un obrero de la fundición, después de haberle tenido pendiente, de vez en cuando, durante doce años. ¿Por qué había regresado? ¿Le amaba? No. No lo disimulaba. Ella había amado a su brillante y ambicioso primo, que la había dejado plantada, y que ya había muerto. Ella había tenido otras aventuras que se habían quedado en nada. Por eso estaba aquí, repentinamente de vuelta para casarse con su primer amor, que había esperado —o se había quedado soltero— todos esos años.
       —¿No puede un mozo llevar eso? —le dijo a Harry que daba zancadas por el andén con el paso largo de un obrero hacia el furgón de equipajes.
       —Puedo arreglármelas —dijo él.
       Y con su paraguas, su pulsera y su pequeño bolso de cuero, ella le seguía. El baúl estaba allí.
       —Esperaremos la carreta del verdulero Heather para transportarlo —dijo él.
       —¿No hay un coche de alquiler? —dijo Fanny, sabiendo tristemente que no lo había.
       —Lo pondré a un lado de la máquina expendedora y el verdulero Heather lo recogerá sobre las ocho y media —dijo él.
       Harry agarró el baúl por las dos asas y se tambaleó a través del paso a nivel, sus piernas chocaban contra él al andar como un pato. Después lo soltó al lado de la máquina roja de los dulces.
       —¿Estará a salvo ahí? —dijo ella.
       —Sí, tan a salvo como las casas —contestó. Volvió a por las dos maletas.
       Cargados así comenzaron a subir lenta y pesadamente la cuesta, bajo el gran edificio negro de la fundición. Ella andaba a su lado —obrero donde los hubo, caminando con dificultad con aquel equipaje—. Las luces rojas llameaban sobre la profunda oscuridad. De la fundición provenía el horrible y lento estruendo metálico del hierro, un estruendo, un gran ruido, con un intervalo lo suficientemente largo como para hacerlo inaguantable.
       Compara esta con la llegada a Gloucester: el carruaje para su señora, el carruaje para ella con el equipaje; el camino en coche pasado el río, los agradables árboles del viaje; y ella misma sentada al lado de Arthur, todo el mundo tan educado con ella.
       Había vuelto a casa ¡definitivamente! El corazón casi dejó de latirle mientras subía a pie aquella interminable y odiosa colina, al lado de la figura cargada. ¡Qué humillación! ¡Qué humillación! No podía tomárselo con su usual y brillante alegría. Todo se lo conocía demasiado bien. ¡Es fácil ser indulgente con lo inusual, pero con la mortal familiaridad de un pasado antiguo y rancio…!
       Él descargó las bolsas bajo una farola para descansar. Allí permanecieron, los dos, a la luz de la farola. Los viandantes la miraban a ella y le daban las buenas noches a Harry. A ella apenas la conocían, se había convertido en una extraña.
       —¡Pesan demasiado para ti! Déjame llevar una —insistió ella.
       —Empezarán a pesarte en cuanto hayas recorrido una milla —contestó.
       —Déjame llevar la pequeña —insistió ella.
       —Ya falta poco, según creo —dijo él entregándole una maleta.
       Y así llegaron a la calle de las tiendas de la pequeña y fea ciudad en lo alto de la colina. ¡Cómo la miraban, Dios mío, cómo la miraban! Y el cine iba justo a empezar, y las colas bajaban por la calle hasta la esquina. Y todo el mundo se preguntaba quién sería ella. “¡Buenas, Harry!”, le gritaban los individuos con una voz interesada.
       Sin embargo, llegaron a casa de su tía, una tiendecita de dulces a un lado de la calle. Tocaron el timbre de campanita y la tía salió corriendo de la cocina.
       —¡Ya has venido, hija! Seguro que necesitas una taza de té. ¿Cómo estás?
       La tía de Fanny la besaba, y eso era todo lo que Fanny podía hacer para evitar echarse a llorar; se sentía tan baja… Quizá era su té lo que quería.
       —¡Vaya estorbo con ese equipaje! —dijo la tía de Fanny a Harry.
       —¡Ay! Estaba deseando soltarlo —dijo él mirándose la mano algo aplastada y marcada con el asa.
       Después él se marchó para ver qué pasaba con el carromato del verdulero Heather. Cuando Fanny se sentó a cenar, su tía, una mujercilla de pelo gris y rostro claro, la miró con el corazón admirado, sintiendo un amargo dolor por ella. Porque Fanny era hermosa: alta, esbelta, con buen color, con su nariz delicadamente arqueada, su pelo castaño brillante, sus grandes y vistosos ojos grises. Una mujer apasionada, una mujer a la que temer. ¡Tan orgullosa, tan íntimamente violenta! Procedía de una familia violenta.
       Era, necesariamente, una mujer con la que simpatizar. Los hombres no tenían coraje. ¡Pobre Fanny! Era una dama tan recta y magnífica. Y aun así, todo parecía rebajarla. Cada vez más, parecía estar destinada a la humillación y al desencanto, esa brillante, terrible, sensible y elegante mujer, con su risa nerviosa y exaltada.
       —¿Así que, has vuelto realmente, hija? —dijo la tía.
       —Sí, tía —dijo Fanny.
       —¡Pobre Harry! No estoy segura, ¿sabes?, de que no te vayas a aprovechar un poco de él.
       —¡Oh, tía, él ha estado esperando tanto tiempo, que también es justo que tenga lo que ha estado esperando! —Fanny sonrió inexorable.
       —Sí, hija, él ha esperado tanto, que es muy posible que le resulte algo duro. Ya sabes, Fanny, me gusta Harry, aunque, como ya te he mencionado alguna otra vez, no creo que sea lo suficientemente bueno para ti. Y creo que él lo sabe, pobre hombre.
       —No estés tan segura de eso, tía. Harry es vulgar pero no es humilde. Él no pensaría que la reina es demasiado buena para él, si le interesara.
       —Bien, eso si tuviera una opinión propia.
       —Depende de lo que tú llames propia —dijo Fanny—. Pero tiene sus puntos buenos.
       —Oh, sí, es un buen chico, y me gusta, de veras. Solo que, como te digo, no es lo suficiente para ti.
       —Ya me he decidido, tía —dijo Fanny inexorablemente.
       —Sí —dijo la tía distraída—. Dicen que todo lo consigue el que espera.
       —Más de con lo que contaba, ¿eh, tía? —se rió Fanny con bastante amargura.
       A la pobre tía, esa amargura la apenaba por su sobrina.
       Fueron interrumpidas por el sonido metálico de la campanilla de la tienda, y por la llamada de Harry: “¿Se puede?”. Pero como él no entraba, Fanny, sintiéndose solícita hacia él, se levantó y se dirigió a la tienda. Vio un carromato fuera y fue a la puerta.
       Y en el momento en que estuvo frente a ella oyó la injuriosa voz vulgar de una mujer gritando desde la oscuridad al otro lado de la calle:
       —¡Ah! ¿Estás ahí? Debería darte vergüenza, debería darte vergüenza.
       Asustada, Fanny miró atenta a través de la oscuridad y vio a una mujer con un gorro negro bajo una de las farolas del lado opuesto de la calle.
       Harry y Bill Heather habían bajado el baúl del carro y ella se apartó cuando subieron con él el escalón de la tienda.
       —¿Dónde lo ponemos? —preguntó Harry.
       —Mejor lo subís arriba —dijo Fanny.
       Ella subió primero a encender la lámpara de gas. Cuando Heather se marchó, y Harry estuvo sentado tomando té y pastel de cerdo, Fanny le preguntó:
       —¿Quién era esa mujer que gritaba?
       —No sé, no puedo decirte. Cualquiera, creo —replicó Harry. Fanny le miró pero no preguntó nada más.
       Él era un individuo de pelo rubio de treinta y dos años con bigote rubio. Era burdo en el habla y tenía el aspecto de un obrero de la fundición, que es lo que era. Pero les gustaba a las mujeres. Había algo de niño en él —algo cálido y juguetón y realmente sensible.
       Tenía atractivo incluso para Fanny. Contra lo que ella se rebelaba tan amargamente era que él no tenía ningún tipo de ambición. Estaba adornado por habilidades muy corrientes. Tenía treinta y dos años y no había ahorrado ni veinte libras. Ella debería proporcionar el dinero para la casa. A él no le importaba. No le importaba en absoluto. No tenía ninguna iniciativa. No tenía ningún vicio —ninguno obvio—. Pero esto le era indiferente, gastaba cuando salía, y sin importarle. Y aun así no parecía feliz. Ella recordó su rostro bajo el brillo del fuego: embrujado, abstracto. Cuando le vio sentado allí comiendo el relleno del cerdo, con los carrillos abultados, sintió que él era su destino. Y estaba furiosa contra el destino de Harry. No era que fuese bruto. Su porte era vulgar, casi a propósito. Pero él en sí no era vulgar. Por ejemplo, la comida no era particularmente importante para él, no era glotón. Tenía un encanto especial para las mujeres con su pelo rubio y su sensibilidad y su manera de hacer sentir a una mujer que era un ser elevado. Pero Fanny le conocía, conocía su obstinada y peculiar limitación que casi la volvía loca.
       Harry estuvo allí hasta cerca de las nueve y media. Le acompañó a la puerta.
       —¿Cuándo subes? —le preguntó lanzando la cabeza en la dirección, presumiblemente, de su casa.
       —Iré mañana por la tarde —dijo ella con claridad. Entre Fanny y la señora Goodall, su madre, no había ningún amor.
       Ella le dio de nuevo un pequeño y tierno beso y las buenas noches.
       —No puede sorprenderte, hija, si no es muy entusiasta —dijo la tía—. Es culpa tuya.
       —¡Oh tía! No podía soportarle cuando era entusiasta. Es preferible como es ahora.
       Las dos mujeres se sentaron y charlaron hasta entrada la noche. Se comprendían la una a la otra. La tía también se había casado como Fanny iba a hacerlo: con un hombre al que no amaba, un hombre violento, hermano del padre de Fanny. Él estaba muerto, el padre de Fanny estaba muerto. La pobre tía Lizzie se lamentaba afligida por su brillante sobrina cuando se fue a la cama.
       Fanny había prometido ir a visitar a la familia de Harry la tarde siguiente. La señora Goodall era una mujer alta, peinada con raya al medio, una mujer obstinada y vulgar, que había malcriado a sus cuatro chicos y a la arpía de su única hija casada. Era una de esas naturalezas antiguas y poderosas que no podía aguantar las apariencias, o la educación o cualquier tipo de alarde. Casi odiaba el sonido del inglés correcto. Se dirigió a su futura nuera con una entonación vulgar y le dijo:
       —Yo no soy una desmañada, aunque lo parezca, ¿lo ves?
       Fanny no pensaba que su futura suegra fuera una desmañada, por lo tanto aquellas palabras sobraban.
       —Yo misma se lo dije —dijo la señora Goodall—. Ella ha estado dudando todo el tiempo, así que déjala como está. No te hubiese aceptado si me hubiera escuchado, ¿me oyes? No, pero está loco y yo lo sé. Le dije: ¿tú crees que es de hombres, de cualquier edad, ir y empezar relaciones con ella cuando la oyes rascar en tu verja después de que se ha divertido por ahí siempre que ha querido? Es algo idiota. Pero no sirve de nada que siga hablando: contestó a esa carta tuya e hizo un mal negocio.
       Pero en lugar de sentir cólera, se sentía halagada por la vuelta de Fanny con Harry. Porque la señora Goodall estaba impresionada por Fanny —una mujer que era un buen partido—. Más aún, todo el mundo sabía que la tía de Fanny, Kate, le había dejado doscientas libras: esto aparte de los ahorros de la chica. Por eso hubo cena especial en la calle Princess cuando Harry llegó a casa negro del trabajo, y un áspero olor a cordialidad cuando la arpía Jinny comenzó a decir vulgaridades. Por supuesto, Jinny vivía en una casa cuyo jardín lindaba con el jardín paterno. Era un clan que se mantenía unido, esos Goodalls.
       Quedaron en que Fanny volvería a cenar de nuevo el domingo y charlaron de la boda. Tendría lugar al cabo de quince días en la capilla Morley. Morley era una pequeña aldea en el campo y en su pequeña capilla congregacional se habían conocido Fanny y Harry.
       ¡Qué criatura de hábitos era él! Todavía pertenecía al coro de la capilla Morley, aunque no era muy regular. Pertenecía al coro porque tenía voz de tenor y le gustaba cantar. Sus solos únicamente se estropeaban porque cuando cantaba manejaba desesperadamente las haches:

And I saw ’eaven hopened [Entonces vi el cielo abierto]
And be’old a wite ’orse. [y un caballo blanco]

       Este era uno de los clásicos de Harry, solamente superado por el estallido de su:

Hangels hever bright an’ fair. [Los ángeles siempre brillan y son rubios]

      Era una pena pero era inalterable. Tenía una buena voz y cantaba con una pasión lacerante, pero su pronunciación resultaba graciosa. Y nada le alteraba.
       Por eso no se le oía más que en conciertos baratos y en capillas pequeñas y pobres. Los otros se reían.
       Ahora era septiembre, el domingo era la Fiesta de la Cosecha en la capilla Morley, y Harry iba a cantar solos. Por eso Fanny iría al servicio religioso de la tarde y asistiría a la gran cena en su casa. ¡Pobre Fanny! Había pasado una de las tardes más maravillosas de su vida en el servicio religioso del domingo, con su primo Luther, a su lado en la Fiesta de la Cosecha en la capilla Morley. Harry también había cantado solos —hacía diez años—. Recordaba su corbata azul claro, y los ásteres morados y las grandes celebraciones que le servían de marco, y el primo Luther a su lado, joven, inteligente, venido de Londres, donde hacía progresos aprendiendo latín, francés y alemán de modo tan brillante.
       Sin embargo, de nuevo era la Fiesta de la Cosecha en la capilla Morley, y de nuevo, como hacía diez años, un día exquisito y suave de septiembre, con las últimas rosas en los jardines de las casas, las últimas dalias carmesí y los últimos girasoles amarillos. Y de nuevo la pequeña y vieja capilla era un emparrado, con sus gavillas de maíz y sus columnas de trigo trenzado, sus grandes racimos de uvas, colgando como borlas desde las esquinas del púlpito, calabacines y patatas y peras y manzanas y ciruelas, sus ásteres malva y los girasoles japoneses amarillos. Igual que antaño, las dalias rojas alrededor de las columnas colgando, con sus cabecitas débiles, entre la avena. El lugar estaba concurrido y caldeado, las fuentes de tomate parecían balancearse peligrosas en la tribuna frontal, el reverendo Enderby estaba más raro que nunca, tan alto, demacrado y sin pelo.
       El reverendo Enderby, probablemente prevenido, se acercó y la saludó estrechándole la mano y dándole la bienvenida, con su tono brusco y norteño, antes de subir al púlpito. Fanny estaba elegante con un vestido de gasa y un precioso sombrero de encaje. Como llegó un poco tarde, se sentó en una silla en la nave lateral justo enfrente de la capilla. Harry estaba en la galería superior, y ella solo podía verle de los ojos para arriba. Ella se dio cuenta de cómo tenía las cejas cerradas, rubias y no muy marcadas sobre la nariz. Era muy atractivo: físicamente agradable. Mucho. ¡Si al menos… si al menos su orgullo no hubiese sufrido! Sentía que él la arrastraba.

Come, ye thankful people, come, [Venid, vosotros venturosos, venid,]
Raise the song of harvest-home. [elevad vuestro canto de la cosecha.]
All is safety gathered in [Todo está reunido y a salvo aquí,]
Ere the winter storms begin [antes de que las tormentas invernales comiencen.]

       Incluso el himno era una falsedad porque la estación había sido húmeda y la mitad de los cultivos todavía estaban sin recoger, y escasos.
       ¡Pobre Fanny! Cantaba poco y parecía hermosa incluso con ese himno inapropiado. Sobre ella estaba Harry, humilde, con traje y corbata oscuros, pareciendo casi guapo. Y su lacerante y pura voz de tenor sonaba bien cuando las palabras se ahogaban en la conmoción general. Brillante parecía ella, y brillante se sentía, aunque se sentía también ardiente y airadamente infeliz e inflamada por una desesperación fatal. Porque sentía por él una atracción física que realmente odiaba y de la que no podía escapar. Era el primer hombre que la había besado. Y sus besos, incluso cuando ella se rebelaba contra ellos, habían permanecido en su sangre y habían enraizado en su alma. Durante todo este tiempo ella había vuelto a ellos. Y su alma gemía porque se sentía arrastrada, arrastrada hacia la tierra, como un pájaro al que un perro ha abatido en el polvo. Sabía que su vida sería infeliz. Sabía que lo que estaba haciendo era fatal. Aun así, era su sino. Había tenido que volver a él.
       Había de cantar dos solos esa tarde: uno antes de la “homilía” desde el púlpito y otro después. Fanny le miraba y se preguntaba si no era demasiado tímido para estar allí de pie frente a todo el mundo. Pero no, no era tímido. Tenía incluso cierto tipo de seguridad en el rostro cuando la miraba hacia abajo desde la galería del coro: la seguridad de un hombre vulgar afianzado en su vulgaridad. ¡Oh! Qué furia corría por sus venas cuando vio ese aire de triunfo, lacónico, un triunfo indiferente que se posaba, obstinado e imprudente, en sus párpados cuando la miraba. ¡Ah! Le despreciaba. Pero allí estaba él de pie en aquella galería del coro como la burra de Balaán frente a ella, y era superior a sus fuerzas. Él ejercía sobre ella un cierto encanto físico, como si su carne fuese nueva y agradable de tocar. La espina del deseo le dolía en el corazón.
       Se podría decir que él cantó como un canario esa tarde en particular, con una pasión desafiante que hizo crepitar complaciente la sangre de la congregación. Fanny sintió como si llamas chispeantes penetraran por sus venas mientras escuchaba. Incluso la curiosa lengua vernácula de acento fuerte tenía una cierta fascinación. Pero ¡oh!, también era tan repugnante… Él triunfaría sobre ella, obstinado, él la arrastraría de nuevo con la gente vulgar: un destino, un destino vulgar.
       La segunda parte era una antífona en la que Harry cantaba partes de solos. Era tosca pero hermosa, con bellas palabras.

Los que van sembrando con lágrimas
cosechan entre gritos de júbilo.

Al ir, van llorando,
llevando la semilla;
y vuelven cantando
trayendo sus gavillas.

       “Vendrán sin duda, sin duda vendrán”, suavemente entonados los altos, “trayendo sus gavillas”, los tiples adornados brillantemente, y después comenzaba de nuevo el solo un poco triste:

Los que van sembrando con lágrimas
cosechan entre gritos de júbilo.

       Sí, era efectivo y conmovedor.
       Pero en el momento en que la voz de Harry caía despacio hacia su cierre, y el coro, que estaba detrás de él, comenzaba a abrir sus voces para la triunfante explosión final, una chillona voz de mujer se elevó por encima de la congregación. El órgano dio un asustado triunfo y permaneció en silencio; el coro se quedó paralizado.
       —Qué bien estás allí arriba, cantando en la casa del Señor —llegó la voz grave y enfadada de la mujer.
       Todo el mundo se dio la vuelta, petrificado. Una mujer de rostro colorado y robusta, con sombrero negro, estaba allí de pie increpando al solista. La congregación, a punto de desmayarse, se había dado cuenta.
       —Qué bien estás ahí, ¿no?, cantando solos en la casa del Señor, tú, Goodall. Pero yo digo que me avergüenzo de ti. Qué bien, ¿no? Trayendo a tu nueva mujer aquí contigo, ¿no? Ya le voy yo a decir con quién está tratando. Un bribón que no quiere admitir las consecuencias de lo que ha hecho. —La mujer de rostro duro y frenético se volvió hacia Fanny—. Eso es lo que Harry Goodall es, por si quieres saberlo.
       Y volvió a sentarse. Fanny, asustada como todo el mundo, se había dado la vuelta para mirar. Primero se puso blanca y luego se fue ruborizando bajo el ataque. Conocía a la mujer: una tal señora Nixon, un demonio que pegaba a su patético y borracho segundo marido, Bob, y a sus dos hijas larguiruchas y crecidas. Un personaje notorio. Fanny se dio de nuevo la vuelta y se sentó, inmóvil como la eternidad, en su asiento.
       Hubo un minuto de perfecto silencio y suspense. La audiencia estaba boquiabierta y muda; el coro se quedó como la mujer de Lot, y Harry, con su partitura, estaba allí arriba, mirando hacia abajo a la señora Nixon con una especie de muda indiferencia, con su rostro ingenuo y ligeramente burlesco. La señora Nixon se sentó desafiante, arrostrando a todos.
       Después se alzó un murmullo, como en el bosque cuando el viento de pronto arrastra las hojas. A continuación el sacerdote, alto y misterioso, comenzó a caminar y con su fuerte y bonita voz como de campanilla —era lo único hermoso en él— dijo con infinito y afligido patetismo:
       —Unámonos cantando el himno de la partitura, el último himno de la hoja, número once.

Claro ondea el dorado maíz
en la dulce tierra de Canaán.

       El órgano sonó con prontitud. Durante el himno se hizo el ofertorio. Y después del himno, la oración.
       El señor Enderby venía de Northumberland. Como Harry, no había sido capaz de superar su acento, que era bastante cerrado. Era un poco simple, uno de esos locos del Señor, un espíritu soltero y raro, emocional, feo pero muy amable.
       —Y si, nuestro Señor, el querido Jesús, permitiese que cayese sobre nuestra cosecha una sombra de pecado, le dejaremos a él juzgar. Elevamos nuestros espíritus y nuestras penas a ti, Jesús, y nuestras bocas están mudas. ¡Oh!, Señor, guárdanos de malas palabras y malos pensamientos, te lo rogamos, Señor Jesús, que conoces y juzgas todo.
       De este modo habló el sacerdote con su voz resonante y triste, lavando sus manos ante el Señor. Fanny se echó hacia delante con los ojos abiertos durante la oración. Podía ver la cabeza redondeada de Harry también inclinada hacia delante. Su rostro inexorable e inexpresivo. El sobresalto la había dejado aturdida. La cólera era quizá su emoción dominante.
       La audiencia comenzó a moverse ligeramente, a susurrar despacio y emocionadamente fuera de la iglesia, mirando con ojos de gran interés a Fanny, a la señora Nixon y a Harry. La señora Nixon, bajita, permanecía desafiante en su banco, frente a la nave lateral, como anunciando que, sin subirse las mangas de la camisa, estaba preparada para cualquiera. Fanny permanecía sentada y quieta. Afortunadamente, la gente no pasaba cerca de ella. Y Harry, con las orejas rojas, se iba abriendo camino tímidamente fuera de la galería. El grave sonido del órgano amortiguaba la conmoción de la salida.
       El sacerdote estaba sentado, silencioso e inescrutable, en su púlpito, como la cabeza de un muerto, mientras que la congregación salía. Cuando las últimas personas, más lentas y perezosas, habían salido estirando el cuello para mirar a la todavía sentada Fanny, él se levantó, anduvo con paso majestuoso y encorvado hacia la pequeña capilla rural y cerró la puerta. A continuación volvió y se sentó al lado de la joven silenciosa.
       —¡Es tan desafortunado, lo más desafortunado! —protestó—. ¡Lo lamento, lo lamento tanto, de veras, de veras! —suspiró.
       —Es una sorpresa tan repentina, una cosa así —dijo Fanny con claridad.
       —Sí, sí, verdaderamente. Sí, una sorpresa. No conozco a la mujer. No la conozco.
       —Yo la conozco —dijo Fanny—. Es mala.
       —Bien —dijo el sacerdote—. No la conozco. No lo entiendo. No comprendo nada. Pero es muy lamentable, muy lamentable. Lo siento.
       Fanny miraba hacia la puerta de la sacristía. Las escaleras de la galería daban a la sacristía. No daban al cuerpo central de la capilla. Sabía que los miembros del coro se habían estado asomando para buscar información.
       Finalmente Harry salió, bastante tímidamente, con su sombrero en la mano.
       —¡Bien! —dijo Fanny poniéndose en pie.
       —Hemos tenido un extra —dijo Harry.
       —Sí, eso creo —dijo Fanny.
       —Una desafortunada circunstancia, muy desafortunada. ¿Tú lo entiendes, Harry? Yo no lo entiendo en absoluto.
       —Yo sí lo entiendo. La hija va a tener un hijo y me lo quiere colocar a mí.
       —Y no ha tenido la oportunidad, ¿no? —preguntó Fanny, con actitud censora.
       —No es más mío que de cualquiera de los demás —dijo Harry, desviando la mirada.
       Hubo una pausa.
       —¿Quién es la chica? —preguntó Fanny.
       —Annie, la más joven.
       Siguió otra pausa.
       —No creo conocerlas —dijo el sacerdote.
       —No creo. Su apellido es Nixon. Su madre se casó por segunda vez con el viejo Bob. Es una puta lianta, eso es lo que es. Viven en la calle Manners.
       —¿Por qué? ¿Qué pasa con ella? —preguntó Fanny fríamente—. No tenía problemas cuando yo la conocí.
       —No, si ella está bien. Pero siempre está entrando y saliendo de los bares con los chicos —dijo Harry.
       —¡Estupendo! —dijo Fanny.
       Harry lanzó una mirada hacia la puerta. Quería irse.
       —¡Qué penoso! —El sacerdote meneó la cabeza.
       —¿Qué tal esta noche, señor Enderby? —preguntó Harry con una vocecita—. ¿Me llamará?
       El señor Enderby le miró con expresión afligida, y se pasó la mano por la frente. Estudió a Harry durante un instante, con expresión ausente. Había un ligero parecido entre ambos hombres.
       —Sí —dijo—. Sí, creo. Pienso que no tenemos que hacer caso, y darle la menor importancia posible.
       Fanny dudó. Después le dijo a Harry:
       —Pero ¿vendrás?
       —Claro que iré —dijo él.
       Entonces se volvió hacia el señor Enderby.
       —Bien, buenas tardes, señor Enderby —dijo.
       —Buenas tardes, Harry, buenas tardes —replicó el triste sacerdote. Fanny siguió a Harry hacia la puerta y durante un rato ambos caminaron en silencio a través de la tarde.
       —¿Y es tanto tuyo como de cualquier otro? —dijo ella.
       —Sí —dijo brevemente.
       Y siguieron, sin más palabras, durante cerca de una milla hasta que llegaron a la esquina de la calle donde vivía Harry. Fanny dudó. ¿Debía continuar hasta la casa de su tía? ¿Debía? Significaría dejar todo eso para siempre. Harry permanecía en silencio.
       Cierta obstinación le hizo dar la vuelta con él a lo largo de la calle hasta llegar a la casa. Cuando entraron, toda la familia estaba allí, la madre, el padre y Jinny, con el marido de Jinny y los niños, y los dos hermanos de Harry.
       —Me han dicho que te han calentado los oídos —dijo la señora Goodall con severidad.
       —¿Quién te lo dijo? —preguntó Harry brevemente.
       —Maggie y Luke estaban allí dentro.
       —Estás bien, ¿no? —dijo Jinny interfiriendo.
       Harry se quitó el sombrero sin contestar.
       —Sube arriba y quítate el sombrero —dijo la señora Goodall a Fanny casi con amabilidad. Le hubiera molestado mucho si Fanny hubiese dejado a su hijo en ese momento.
       —¿Qué te ha dicho? —preguntó el padre en secreto a Harry, moviendo la cabeza en la dirección de las escaleras por donde Fanny había desaparecido.
       —Nada aún —dijo Harry.
       —Lo tendrías bien merecido si te deja ahora —dijo Jinny—. Apuesto a que tienes algo con Annie Nixon.
       —Apuestas mucho —dijo Harry.
       —Pero no puedes negarlo —dijo Jinny.
       —Puedo si me lo propongo.
       El padre le miró, inquisitivo.
       —No es más mío que de Bill Bowers o Ted Slaney, o seis o siete de ellos —dijo Harry a su padre.
       Y el padre asintió en silencio.
       —Eso no te va a librar en el juzgado —dijo Jinny.
       Arriba Fanny evadió todos los ataques de la madre de Harry, y no se pronunció. Se arregló el pelo, se lavó las manos y se empolvó un poco la cara, con tranquilidad, allí, frente a la mirada indignante de la señora Goodall. Era como una declaración de independencia. Pero la vieja mujer no dijo nada.
       Bajaron para la cena del domingo, con sardinas y salmón enlatado y melocotón en almíbar además de tartas y pasteles. La cháchara era general. Concernía a la familia Nixon y al escándalo.
       —¡Oh!, es una malhablada —dijo Jinny de la señora Nixon—. ¿Quién es ella para hablar de la casa santa del Señor? Es la primera vez que pone los pies allí, después de que fue expulsada. Es un demonio y siempre lo fue. ¿No se acuerda, madre, de cómo trataba a los hijos de Bob cuando vivíamos en las viviendas? Todavía me acuerdo, cuando era yo niña, de que solía bañarles en el patio, con frío, para que no salpicasen en la casa. ¡Casi los mataba si rayaban el suelo, y el lenguaje que usaba! Y aún me acuerdo de un sábado en que Garry, que era la propia hija de Bob, se escapó cuando su madrastra iba a bañarla (se escapó casi desnuda), ¿te acuerdas, madre? Y se escondió en los recintos de Smedley (era la época de la siega) y nadie podía encontrarla. Se escondió allí toda la noche, ¿verdad, madre? Nadie la encontraba. Dios mío, fue un escándalo. La encontraron el domingo por la mañana.
       —Fred Coutts amenazó con romperle todos los huesos del cuerpo si tocaba a los niños otra vez —añadió el padre.
       —Con todo, la asustaron —dijo Jinny—. Pero era así de mala también con sus dos hijas. Y nadie ha visto que se haya ocupado del viejo Bob hasta que él se ablandó.
       —¡Hasta que se ablandó como las gachas! —dijo Jack Goodall—. Nunca le dejaba la paga de la semana, ni siquiera el jornal de un día… Si los chicos no se lo hubiesen dado…
       —Dios mío, si él no le hubiese entregado… el jornal de la semana, ella le habría arreado en la cabeza —dijo Jinny.
       —Pero es una mujer limpia y respetable, excepto por su mala boca —dijo la señora Goodall—. Se protege a sí misma como un bull-dog. Nunca permite que nadie se acerque a su casa y no quiere vecindario con nadie.
       —Todo es discutir con ella —dijo el señor Goodall, un tipo de hombre silencioso y evasivo.
       —De dónde saca Bob el dinero para la bebida es un misterio —dijo Jinny.
       —Los chicos le ayudan —dijo Harry.
       —Bueno, él tiene un par de ojos de conejo amenazantes —dijo Jinny.
       —Sí, con el horror de un hombre borracho en ellos, creo yo —dijo la señora Goodall.
       Y así continuó la charla después de la cena, hasta que fue prácticamente la hora de ir a la capilla de nuevo.
       —Tendrás que ir preparándote, Fanny —dijo la señora Goodall.
       —No, no voy esta noche —dijo Fanny abruptamente. Y hubo una repentina interrupción en la familia—. Lo dejamos por esta noche, madre —añadió.
       —Que tengas buena suerte, hija —dijo la señora Goodall, aduladora y confiada.




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