D. H. Lawrence
(Eastwood, Inglaterra, 1885 - Vence, Francia, 1930)


Las hijas del vicario (1914)
(“Daughters of the Vicar”)
The Prussian Officer and Other Stories
(Londres: Duckworth and Co., 1914, 310 págs.)



1

      El señor Lindley era el primer vicario de Aldecross. Los cottages de este poblado diminuto habían anidado en paz desde el principio y las gentes del campo habían cruzado los caminos y campos de labranza, dos o tres millas, hasta la iglesia parroquial de Greymeed, en las luminosas mañanas de domingo.
       Pero cuando se abrieron las minas, blancas hileras de viviendas empezaron a aparecer al lado de los caminos y una nueva población, salida de la escoria flotante de trabajadores, hizo acto de presencia y casi borró los cottages y a las gentes de campo.
       Para satisfacer las necesidades de estos nuevos habitantes, mineros, se debía construir una nueva iglesia en Aldecross. No había demasiado dinero. Así, el pequeño edificio se encogía como un ratón giboso, de piedra y argamasa, con dos torreones en las esquinas del oeste, como orejas, en los campos próximos a los cottages y los manzanos, lo más lejos posible de las viviendas del camino. Tenía un aspecto incierto, tímido. Entonces plantaron hiedra de hoja grande para esconder su encogida novedad. De modo que ahora la pequeña iglesia, enterrada en el verdor, está desamparada y dormida entre los campos, mientras las casas de ladrillo se acercan cada vez más amenazando con aplastarla. Ya está obsoleta.
       El reverendo Ernest Lindley, de veintisiete años y recién casado, acudió desde su parroquia de Suffolk a hacerse cargo de la iglesia. No era más que un joven normal que había estado en Cambridge y que había tomado los hábitos. Su mujer era una joven segura de sí misma, hija de un rector del condado de Cambridge. Su padre se había gastado toda su dote de mil libras al año, de modo que la señora Lindley no tenía nada de su propiedad. Así fue como los dos jóvenes recién casados fueron a Aldecross a vivir con una renta de unas ciento veinte libras y a mantener un alto nivel de vida.
       No fueron muy bien recibidos por la nueva población insatisfecha de mineros. Al estar acostumbrado a gente rural, el señor Lindley se había considerado como indisputable miembro de las clases superiores y de orden. Tenía que ser humilde con las familias rurales, pero aun así era uno de su propia especie, mientras que el pueblo llano era algo muy diferente. No tenía dudas sobre sí mismo.
       No obstante, encontró que la población minera se negaba a aceptar este arreglo. No les era útil en sus vidas y se lo dijeron duramente. Las mujeres simplemente decían que “tenían poco tiempo”, o si no, “Oh, no está bien que venga aquí, no somos de la iglesia oficial”. Los hombres se comportaban con bastante buen humor siempre que él no se les acercara demasiado; le despreciaban alegremente, con un desprecio preconcebido ante el cual él estaba indefenso.
       Por último, pasando de la indignación al silencioso resentimiento, e incluso, si se animaba a reconocerlo, a un odio consecuente hacia la mayoría de sus feligreses y a un inconsciente odio hacia sí mismo, redujo sus actividades a un pequeño círculo de cottages y tuvo que someterse. No tenía un temperamento especial ya que siempre había dependido de su posición en la sociedad para conseguirse una posición entre los hombres. Ahora era tan pobre que ni siquiera tenía un estatus social entre los vulgares comerciantes del distrito y no poseía la naturaleza adecuada ni ganas de hacerles agradable su compañía, ni la fortaleza para imponerse donde le hubiera gustado ser reconocido. Continuó a duras penas, pálido, infeliz y neutro.
       Al principio su mujer estaba furibunda por la mortificación. Se dio grandes aires y se mostró altanera. Pero su renta era demasiado exigua, la lucha con las cuentas de los comerciantes demasiado lastimera, y cuando trataba de impresionar, solo conseguía ser, sin piedad, el hazmerreír general.
       Herida hasta el fondo de su orgullo, se vio aislada en medio de una población indiferente e insensible. Le daban rabietas dentro y fuera de su casa. Pero pronto se dio cuenta de que debía pagar demasiado caro el precio de sus pataletas fuera del hogar, y entonces solo las tenía entre las paredes de la rectoría. Allí sus sentimientos eran tan fuertes que se asustaba de sí misma. Descubrió que detestaba a su marido, y supo que, a menos que tuviera cuidado, podría destrozar su forma de vida y provocar una catástrofe para ambos. Por tanto, a causa del miedo, se tranquilizó. Se escondió, amargada y vencida por el temor, en el único refugio que tenía en el mundo, su tenebrosa y pobre rectoría.
       Los niños nacieron uno cada año; casi de manera mecánica, ella continuó cumpliendo sus obligaciones maternales, a las que estaba obligada. Poco a poco, deshecha por la supresión de su furia violenta, la miseria y el disgusto, se convirtió en una inválida y se metió en cama.
       Los niños crecieron saludables, pero sin cariño y en un ambiente más bien rígido. Sus padres los educaron en la casa, los hicieron muy altaneros y muy afectados y los situaron cruel y definitivamente en las clases altas, ajenos al vulgo que les rodeaba. En consecuencia, vivieron bastante aislados. Tenían buen aspecto y esa presencia curiosamente limpia, semitransparente, de los pobres refinados y aislados.
       Con el tiempo los Lindley perdieron todo dominio de la vida y se pasaban las horas, las semanas y los años simplemente regateando para poder vivir, reprimiendo y puliendo amargamente a sus hijos para convertirlos a la nobleza, empujándolos a la ambición y recargándolos de deberes. El domingo por la mañana toda la familia, salvo la madre, iba por el camino hasta la iglesia; las chicas de largas piernas con vestidos miserables y los chicos con abrigos negros y largos y pantalones grises que no les iban bien. Pasaban delante de los feligreses de su padre con rostros mudos y claros, bocas infantiles cerradas por el orgullo, que era como una condena para ellos, y ojos infantiles que ya no veían. Las señorita Mary, la mayor, era la guía. Era alta y delgada, con un perfil fino y la mirada altiva, pura, de sometimiento a un alto destino. La señorita Louisa, la segunda, era baja, regordeta y de aspecto obstinado. Tenía más enemigos que ideales. Cuidaba de los niños menores; la señorita Mary, de los mayores. Los hijos de los mineros miraban a la pálida y distinguida procesión de la familia del vicario pasar a su lado, muda; les impresionaba el aire de nobleza y distancia, se mofaban de los pantalones de los más pequeños, y el odio sacudía sus corazones.
       En su momento, la señorita Mary recibía como aya a unas pocas hijitas de comerciantes; la señorita Louisa cuidaba de la casa e iba entre los feligreses de su padre dando lecciones de piano a las hijas de los mineros por trece chelines cada veintiséis lecciones.


2

      Una mañana invernal, cuando su hija Mary tenía unos veinte años, el señor Lindley, una figura delgada, anónima, con su abrigo negro y su sombrero blando de ala ancha, bajó a Aldecross con un paquete de papeles blancos bajo el brazo. Repartía los almanaques de la parroquia.
       Un hombre pálido y neutro de mediana edad esperó mientras el tren pasó traqueteando por el paso a nivel rumbo a la mina que resonaba atareada al final de la línea. Un hombre con una pierna de palo cojeó abriendo las barreras. El señor Lindley cruzó. A su izquierda, debajo del camino y de las vías, estaba el tejado rojo de un cottage que se veía entre las ramas desnudas de los manzanos. El señor Lindley caminó a lo largo del bajo muro y descendió los escalones gastados que llevaban del camino al cottage, que se agazapaba, oscura y quietamente, bajo el retumbar de los trenes y el ruido metálico de las vagonetas de carbón, en un pequeño y calmo submundo propio; bajo los groselleros desnudos colgaban inmóviles campanillas de invierno con los capullos muy prietos.
       El clérigo estaba a punto de llamar a la puerta cuando oyó un ruido de tintineo y, al dar media vuelta, vio a través de la puerta de un oscuro cobertizo, tras de sí, a una anciana con un sombrero de encaje negro agachada entre grandes latas rojizas, vertiendo un líquido muy brillante en un embudo. Olía a parafina. La mujer bajó la lata y la colocó en un estante; luego se levantó con una botella de latón. Sus ojos se encontraron con los ojos del clérigo.
       —Oh, es usted, señor Lindley —dijo con tono quejoso—. Entre.
       El pastor entró en la casa. En la calurosa cocina estaba sentado un hombre mayor, grandote, con una gran barba gris, tomando rapé. Gruñó con una voz profunda, tartamudeante, diciendo al pastor que tomase asiento, y no le prestó más atención, sino que miró distraídamente el fuego. El señor Lindley esperó.
       La mujer entró con las cintas de su sombrero de encaje, o bonete, colgando sobre el chal. Era de mediana estatura, toda ella pulcra. Subió un escalón saliendo de la cocina y llevando la lata de parafina. Se oyeron pasos que entraban en la habitación a la que daba el escalón. Era una tiendecilla con paquetes en las estanterías de las paredes y una gran máquina de coser antigua con ropa de marinero tirada en derredor, en el espacio abierto. La mujer se situó detrás del mostrador, dio a una niña que había entrado la botella de parafina y recogió de ella otro envase.
       —Mi madre dice que lo apunte —dijo la niña, y se fue.
       La mujer escribió en un libro y luego entró en la cocina con el envase. El marido, un hombre muy grandote, se levantó y puso más carbón en el fuego, que ya ardía. Se movía lenta e indolentemente. Se preparaba para morir; al ser sastre, su gran corpulencia le había supuesto una molestia. En su juventud había sido un gran bailarín y boxeador. Ahora era un ser taciturno e inerte. El pastor no tenía nada que decir, de modo que intentó encontrar unas palabras. Pero John Durant no prestó atención, silencioso y opaco.
       La señora Durant puso el mantel. Su marido se sirvió cerveza en un pichel y empezó a beber y a fumar.
       —¿Quiere un poco? —gruñó a través de su barba al clérigo, mirando lentamente del hombre al pichel, sin ocurrírsele otra cosa.
       —No, gracias —replicó el señor Lindley, aunque le hubiera gustado un poco de cerveza. Debía dar ejemplo, en una parroquia de bebedores.
       —Necesitamos un trago para poder seguir viviendo —dijo la señora Durant.
       Tenía una manera de hablar bastante quejosa. El clérigo siguió sentado incómodamente mientras ella ponía la mesa para el almuerzo de las diez y media. El marido se dispuso a comer. Ella se sentó junto al fuego en una pequeña silla redonda.
       Era una mujer a quien le hubiera gustado una vida fácil, pero en su destino se había cruzado una familia brutal y turbulenta y un marido haragán a quien no importaba lo que le pasara a él ni a nadie. Su cara cuadrada, bastante bonita, era malhumorada, tenía el aspecto de haber sido obligada toda la vida a servir contra su voluntad y a controlar cuando no quería controlar. También en ella había ese aplomo magistral de una mujer que ha criado y dominado a sus hijos; pero incluso a ellos los había dominado sin desearlo. Había disfrutado dirigiendo su pequeña mercería, yendo a Nottingham en transporte público y visitando los grandes almacenes para comprar mercancía. Pero no le gustaba el fastidio de gobernar a sus hijos. Únicamente adoraba al menor, porque era su último vástago y tras él se vio libre.
       Esta era una de las casas que el clérigo visitaba ocasionalmente. La señora Durant, como parte de su norma, había criado a todos sus hijos en las enseñanzas de la Iglesia. No es que ella tuviera una religión. Sencillamente, estaba acostumbrada. El señor Durant no tenía religión. Leía con curioso placer la fervientemente evangélica Vida de John Wesley, sacando de ella la misma satisfacción que del calor del fuego o de una copa de brandy. Pero en realidad no le importaba más John Wesley que John Milton, de quien jamás había oído hablar.
       La señora Durant llevó su silla hasta la mesa.
       —No tengo ganas de comer —suspiró ella.
       —¿Por qué? ¿Acaso no se siente bien? —preguntó el clérigo con aire superior.
       —No es eso —suspiró. Se quedó sentada con la boca cerrada—. No sé en qué vamos a terminar.
       Pero el clérigo había tocado fondo hacía tanto tiempo que no podía identificarse fácilmente.
       —¿Tiene algún problema? —preguntó.
       —¡Ay, que si tengo problemas! —exclamó la envejecida mujer—. Voy a terminar en un asilo.
       El pastor no se inmutó. ¿Cómo podía ella conocer la pobreza en esa casa de abundancia?
       —Espero que no sea así —dijo.
       —Y el chico, que yo quería que cuidase de mí… —se lamentó ella.
       El pastor escuchó sin compasión, bastante neutral.
       —Y el chico que tendría que haber sido el apoyo de mi vejez… ¿Dónde iremos a parar? —dijo ella.
       El clérigo, con razón, no creyó en el lamento de la pobreza, pero se preguntó qué le podría haber pasado al hijo.
       —¿Le ha sucedido algo a Alfred? —preguntó.
       —Nos hemos enterado de que se ha ido como marinero de la reina —dijo ella tajantemente.
       —¡Se ha alistado en la Marina! —exclamó el señor Lindley—. Pienso que no podría haber hecho nada mejor, servir a la reina y al país en la mar…
       —Se le necesita para que me sirva a mí —dijo ella—. Y yo quería a mi niño en casa.
       Alfred era su pequeño, el último, al que se había permitido el lujo de mimar.
       —Le echará en falta —dijo el señor Lindley—, eso es seguro. Pero no ha dado un paso del que pueda arrepentirse; por el contrario…
       —A usted le es fácil decirlo, señor Lindley —replicó ella mordazmente—. ¿Piensa usted que yo quiero que mi hijo ande escalando sogas a las órdenes de otro hombre, como un mono?
       —No hay ningún deshonor en servir a la Marina, ¿no le parece?
       —Deshonor esto, deshonor aquello —gritó la anciana, irritada—. Pero el asunto es que va y se convierte en un esclavo, y lo lamentará.
       Su impaciencia enfadada, desdeñosa, irritó al clérigo y le silenció por unos momentos.
       —Yo no veo —replicó por último, con su papada blanca, desacertadamente— que el servicio de la reina sea más esclavo que trabajar en la mina.
       —En casa, estaba en casa y era su propio amo. Yo sé que verá la diferencia.
       —Quizá sea la oportunidad de su vida —dijo el clérigo—. Le alejará de las malas compañías y de la bebida.
       Algunos de los hijos de los Durant eran notorios bebedores, y Alfred no era muy equilibrado.
       —¿Y por qué no había de tomarse sus copas? —gritó la madre—. ¡No roba a nadie para pagarlas!
       El clérigo se puso rígido ante lo que pensó que era una alusión a su profesión y a sus cuentas pendientes.
       —Con toda la consideración debida, yo me alegro de saber que se ha alistado en la Marina —dijo.
       —¡Yo con la vejez encima y su padre que trabaja poco! Le agradecería que se alegrase de otras cosas, señor Lindley.
       La mujer empezó a llorar. El marido, un tanto impávido, terminó su almuerzo de pastel de carne y bebió cerveza. Luego se puso frente al fuego como si no hubiera nadie más en la habitación.
       —Yo respeto a todo hombre que sirve a Dios y a su país en la mar, señora Durant —dijo tercamente el clérigo.
       —Eso está muy bien cuando no son sus hijos los que hacen el trabajo sucio. Entonces es diferente —contestó ella mordazmente.
       —Yo me sentiría orgulloso si alguno de mis hijos se alistara en la Marina.
       —Ay, no todos estamos hechos de la misma madera…
       El clérigo se levantó. Puso sobre la mesa un gran papel doblado.
       —He traído el almanaque —dijo.
       La señora Durant lo abrió.
       —Me gusta que las cosas tengan un poco de color —dijo ella petulantemente.
       El clérigo no contestó.
       —Allí está el sobre para la paga de la organista —dijo la vieja, y levantándose lo cogió de la repisa de la chimenea, fue a la tienda y regresó cerrando el sobre—. Que es todo lo que puedo dar —añadió.
       El señor Lindley se retiró con el sobre en el bolsillo; contenía el pago de la señora Durant por los servicios de la señorita Louisa. Fue de puerta en puerta repartiendo almanaques, en aburrida rutina. Harto de la monotonía del negocio y del esfuerzo repetido de saludar a gentes que tan solo conocía a medias, se sintió vacío e irritado. Por último, regresó a su casa.
       En la sala ardía un pequeño fuego. La señora Lindley, cada vez más corpulenta, estaba echada en el sofá. El vicario trinchó el cordero frío; la señorita Louisa, baja, regordeta y bastante rubicunda, salió de la cocina; la señorita Mary, morena, con un hermoso entrecejo blanco y ojos grises, sirvió las verduras; los chicos charlaron un poco, pero sin entusiasmo. El mismo aire parecía hambriento.
       —Fui a casa de los Durant —dijo el vicario mientras servía pequeñas porciones de cordero—; parece que Alfred se ha escapado para alistarse en la Marina.
       —Ha hecho bien —pronunció la voz dura de la inválida. La señorita Louisa, que estaba sirviendo al benjamín, levantó la mirada en son de protesta.
       —¿Por qué lo habrá hecho? —dijo la voz baja y musical de Mary.
       —Querría algunas aventuras, supongo —dijo el vicario—. ¿Damos las gracias?
       Los chicos estaban listos; bajaron las cabezas, dieron las gracias y, tras la última palabra, todas las cabezas subieron para continuar con el interesante tema.
       —Por una vez ha hecho lo correcto —dijo la voz bastante baja de la madre—; se salvará de convertirse en un borrachín como todos los demás.
       —No son todos borrachines, mamá —dijo tercamente la señorita Louisa.
       —No será culpa de su crianza, si no lo son. Walter Durant es una desgracia andante.
       —Tal como le comenté a la señora Durant —dijo el vicario comiendo con hambre—, es lo mejor que podía haber hecho. Le alejará de la tentación durante los años más peligrosos de su vida. ¿Qué edad tiene? ¿Diecinueve?
       —Veinte —dijo la señorita Louisa.
       —¡Veinte! —repitió el vicario—. Yo le impondría una buena disciplina y le obligaría a unas normas de deber y de honor. Nada podría haber sido mejor para él, pero…
       —Le echaremos en falta en el coro —dijo la señorita Louisa, como si tomara posiciones contrarias a las de sus padres.
       —Que así sea —dijo el vicario—. Yo prefiero saber que está a salvo en la Marina y no corriendo el riesgo de las malas compañías.
       —¿Trataba con malas compañías? —preguntó la terca de la señorita Louisa.
       —Como sabes, Louisa, ya no era lo que había sido —dijo, delicada y serenamente, la señorita Mary. La señorita Louisa, enfurruñada, cerró su mandíbula bastante prominente. Quiso negarlo, pero sabía que era verdad.
       Para ella, él había sido un chico sonriente y simpático con algo de generoso y rico. La había hecho sentir bien. Parecía que los días serían más fríos a partir de su marcha.
       —Lo mejor que podía hacer —dijo la madre con énfasis.
       —Así lo creo —dijo el vicario—, pero su madre estuvo casi insultante porque se lo dije. —Habló con un tono ofendido.
       —¿Qué le importa a esa el bienestar de sus hijos? —dijo la inválida—. Lo único que le preocupa son sus salarios.
       —Supongo que querría tenerlo en casa —dijo la señorita Louisa.
       —Sí, así es. A riesgo de convertirse en un borracho como todos los demás —replicó la madre.
       —George Durant no bebe —le defendió la hija.
       —Porque se quemó tanto en la mina cuando tenía diecinueve años que se asustó. Al menos, la Marina es mejor remedio que eso.
       —Ciertamente —dijo el vicario—, ciertamente.
       Y en esto estuvo de acuerdo la señorita Louisa. No obstante, tenía que estar enfadada porque él se hubiera ido para tantos años. Ella solo tenía diecinueve.


3

      Sucedió que el señor Lindley cayó muy enfermo cuando la señorita Mary tenía veintitrés años. Por aquel entonces la familia era extremadamente pobre; se necesitaba mucho dinero y había pocos ingresos. Ni la señorita Mary ni la señorita Louisa tenían pretendientes. ¿Qué posibilidades tenían? En Aldecross no conocían candidatos. Y lo que ganaban era como una gota en el mar. Los corazones de las muchachas estaban congelados y endurecidos por el miedo de su penuria fría y perpetua, esa lucha estrecha, la horrible nada de sus vidas.
       Había que encontrar un clérigo para el trabajo de la iglesia. Sucedió que el hijo de un viejo amigo del señor Lindley tenía que esperar tres meses antes de hacerse cargo de su parroquia. Acudiría y oficiaría gratuitamente. Se esperó al joven clérigo con gran expectativa. No tenía más que veintisiete años, era licenciado en artes por Oxford y había escrito su tesis sobre derecho romano. Provenía de una vieja familia del condado de Cambridge, tenía algunos medios propios, iba a hacerse cargo de una iglesia en el condado de Northampton con una buena renta y no estaba casado. La señora Lindley contrajo nuevas deudas y apenas lamentó la enfermedad de su marido.
       Pero cuando llegó el señor Massey, se produjo una ola de desilusión en la casa. Habían esperado a un joven de pipa y voz profunda, pero con mejores modales que Sidney, el mayor de los Lindley. En cambio, les llegó un hombrecito lastimoso, apenas más robusto que un chico de doce años, con gafas, tímido en extremo y que no pronunciaba palabra al principio; sin embargo, tenía cierta seguridad inhumana.
       —¡Qué pequeño aborto! —fue la exclamación que hizo para sí la señora Lindley cuando lo vio por primera vez con su abrigo de clérigo abotonado hasta arriba. Y, por primera vez después de mucho tiempo, se sintió profundamente agradecida a Dios de que todos sus hijos fueran especímenes decentes.
       Tenía poderes poco normales de percepción. Pronto se dieron cuenta de que carecía de la amplia gama de sentimientos humanos, pero que a cambio tenía una fuerte mente filosófica, de la que vivía. Su cuerpo era casi inimaginable, pero su intelecto era algo concreto. Cuando él participaba, la conversación cobraba de inmediato un tono equilibrado, abstracto. No había la menor exclamación espontánea, ninguna afirmación vehemente o expresión de convicción personal, sino únicamente una aserción fría, razonable. Esto fue muy duro para la señora Lindley. El hombrecito la contemplaba después de que ella emitiera una opinión y entonces daba con su voz fina su propia versión calculada, de modo que ella se sentía como si pasase a flotar en el aire por un agujero del endeble suelo en que se sostenía la conversación. Ella se sentía una boba. Pronto fue reducida a un implacable silencio.
       No obstante, en el fondo de sus pensamientos recordaba que se trataba de un caballero soltero, que pronto tendría en sus manos una renta de seiscientas o setecientas libras al año. ¡Qué importaba el hombre si había una tranquilidad pecuniaria! Ese hombre era un regalo de Dios. Al cabo de veintidós años su sentimentalismo estaba bien enterrado y lo único que le importaba era la rueda de molino de la miseria. En consecuencia, apoyaba al hombrecito en tanto que representante de una renta decente.
       Su hábito más irritante era una risita desdeñosa, siempre solitaria, que le asaltaba cuando percibía o relacionaba cualquier absurdo ilógico en otra persona. Era su única forma de humor. La estupidez de pensamiento le parecía de una comicidad exquisita. Cualquier novedad era ininteligible, sin sentido y aburrida, y el humor irlandés lo escuchaba con curiosidad, lo examinaba como si se tratara de matemáticas, o simplemente no lo oía. No participaba en las relaciones humanas normales. Totalmente incapaz de participar en una simple conversación cotidiana, paseaba en silencio por la casa o se sentaba en la sala mirando nervioso de lado a lado, siempre aparte en un pequeño mundo propio frío y enrarecido. A veces soltaba un comentario irónico que no parecía humanamente relevante o su risita como una burla. Tenía que defenderse a sí mismo y sus insuficiencias. Contestaba a las preguntas de mala gana, con un sí o un no, porque no las consideraba importantes y se ponía nervioso. A la señorita Mary le parecía que apenas distinguía una persona de otra, pero que le gustaba estar cerca de ella o de la señorita Louisa por algún tipo de contacto desconocido que le estimulaba.
       Aparte de todo esto, era el trabajador más admirable. Era infatigablemente tímido, pero perfecto en su sentido del deber: tal como él concebía la cristiandad, era un cristiano perfecto. Nada que le pareciera que podía hacer por un tercero quedaba sin hacer, aunque era tan incapaz de ponerse en contacto con otro ser que no podía ofrecer su ayuda. Asistía asiduamente al enfermo, investigaba todos los asuntos de la parroquia o de la iglesia que estaban a cargo del señor Lindley, arreglaba las cuentas, hacía listas de los enfermos y necesitados, hacía rondas prestando ayuda y viendo qué podía hacer. Oyó hablar de la angustia que sentía la señora Lindley por la suerte de sus hijos, y empezó a estudiar la manera de enviarlos a Cambridge. Su bondad casi aterrorizaba a la señorita Mary. Se la reconocía pero huía de ella. Porque en todo eso el señor Massey parecía no tomar en cuenta a nadie, a ningún ser humano a quien estuviese ayudando; únicamente realizaba una especie de elaboración matemática resolviendo situaciones dadas, una buena obra calculada. Era como si hubiera aceptado los conceptos cristianos a modo de axiomas. Su religión consistía en lo que aprobaba su escrupulosa mente abstracta.
       Al ver sus actos la señorita Mary debía respetarlo y honrarlo. En consecuencia, debía servirle. Tenía que obligarse a hacerlo, estremecida y al mismo tiempo deseosa, pero él no lo percibía. Le acompañaba en sus visitas por la parroquia, y si bien la admiración que le tenía era fría, a menudo le producía lástima su pequeña figura de hombros encorvados, con el abrigo abotonado hasta el mentón. Era una muchacha apuesta, serena, de hermoso porte. Sus vestidos eran pobres y llevaba una bufanda de seda negra que ya estaba gastada. Pero era una dama. Cuando la gente la veía caminando por Aldecross al lado del señor Massey, comentaban:
       —Ah, la señorita Mary ha cazado a uno. ¿Habéis visto alguna vez semejante langostino enano?
       Ella sabía que hablaban así, encendía su corazón contra ellos y se acercaba al hombrecito que tenía a su lado como para protegerle. De algún modo, podía ver y honrar la genuina bondad que había en él.
       Él no podía caminar rápidamente ni llegar muy lejos.
       —¿No se encuentra bien? —preguntaba ella con su estilo digno.
       —Tengo un problema interno.
       Él no se daba cuenta de que ella se estremecía levemente. Hubo un silencio mientras ella se inclinaba para recuperar la compostura, para reasumir sus maneras amables con él.
       Se había aficionado a ella. Y ella había establecido como norma de hospitalidad que ella o su hermana debían escoltarle siempre durante sus visitas a los feligreses, que no eran numerosos. Pero algunas mañanas estaba atareada. Entonces la señorita Louisa ocupaba su lugar. No valía la pena que la señorita Louisa tratara de adoptar una actitud de regio servicio. No podía considerarlo más que con aversión. Cuando lo veía desde atrás, delgado y con los hombros caídos, con aspecto de un chico enfermizo de trece años, le disgustaba extraordinariamente y sentía el deseo de mantenerlo fuera de su existencia. No obstante, el sentido de la justicia de Mary, más profundo, hacía que Louisa se humillara ante su hermana.
       Fueron a ver al señor Durant, que estaba paralítico; no se esperaba que sobreviviera. La señorita Louisa se sintió profundamente avergonzada de ser admitida en el cottage en compañía del pequeño clérigo.
       La señora Durant, sin embargo, permanecía muy serena ante su gran problema.
       —¿Cómo está el señor Durant? —preguntó Louisa.
       —Igual, y no esperamos que cambie —fue la respuesta. El pequeño clérigo se quedó contemplando la escena.
       Subieron las escaleras. Los tres permanecieron un rato mirando la cama: la cabeza cana del anciano sobre la almohada, la barba gris sobre la sábana. La señorita Louisa se sintió conmovida y asustada.
       —Es terrible —dijo con un estremecimiento.
       —Es como siempre pensé que sería —replicó la señora Durant.
       Entonces la señorita Louisa le cogió miedo a ella. Las dos mujeres estaban inquietas esperando que el señor Massey dijera algo. Él, pequeño y agachado, estaba demasiado nervioso para hablar.
       —¿Está consciente? —preguntó por último.
       —Quizá —dijo la señora Durant—. ¿Puedes oírme, John? —preguntó en voz alta. Los opacos ojos azules del hombre inerte la miraron febrilmente.
       —Sí, comprende —dijo la señora Durant al señor Massey.
       Salvo por la mirada turbia de los ojos, el hombre yacía como un muerto. Los tres quedaron en silencio. La señorita Louisa era obstinada pero estaba apesadumbrada ante el peso de lo exánime. Era el señor Massey quien la retenía allí por disciplina. Su voluntad inhumana los dominaba a todos.
       Entonces oyeron un ruido abajo, los pasos de un hombre, y una voz de varón que llamó en voz baja:
       —¿Estás arriba, madre?
       La señora Durant se movió y se acercó a la puerta. Pero ya se oían unos pasos firmes y rápidos por las escaleras.
       —Llego un poco pronto, madre —dijo una voz preocupada, y en el rellano vieron la figura de un marinero. Su madre fue junto a él y lo abrazó. De repente tomó conciencia de que necesitaba aferrarse a algo. Él la abrazó y se agachó para besarla.
       —¿No ha muerto, madre? —preguntó con ansiedad, luchando por dominar la voz.
       La señorita Louisa desvió la mirada de la madre y el hijo, que se erguían juntos en la penumbra del rellano. No podía soportar estar allí con el señor Massey. Este estaba nervioso, como molesto ante la emoción que manifestaban. Era un testigo nervioso, indispuesto pero desapasionado. Al corazón ardiente de la señorita Louisa le parecía muy mal, pero que muy mal estar allí.
       La señora Durant entró en la habitación con el rostro húmedo.
       —Están la señorita Louisa y el vicario —dijo sin voz y temblorosa.
       Su hijo, rubicundo y delgado, se acercó a saludar. Pero la señorita Louisa retuvo su mano. Entonces ella vio sus ojos avellanados, que la reconocían en un instante, y sus pequeños dientes blancos mostraron una pizca del saludo que ella adoraba. Ella era toda confusión. Él bordeó la cama, sus botas sonaban sobre el suelo, e inclinó la cabeza con dignidad.
       —¿Cómo estás, padre? —preguntó poniendo una mano sobre la sábana, vacilante. Pero el anciano miraba fija y ciegamente. El hijo se quedó absolutamente inmóvil durante unos segundos y luego se apartó lentamente. La señorita Louisa vio el fino perfil de su pecho bajo la camisa azul de marinero, cuando empezó a jadear.
       —No me reconoce —dijo dirigiéndose a su madre. Gradualmente empalideció.
       —¡No, hijo mío! —exclamó la madre, lastimosa, levantando la cara. Y súbitamente escondió esa cara contra su hombro; él se inclinó hacia ella, sujetándola contra sí, y ella lloró un momento. La señorita Louisa vio sus costados palpitantes y oyó el duro jadeo de su aliento. Desvió la mirada con lágrimas corriéndole por el rostro. El padre yacía inerte sobre la cama blanca; el señor Massey parecía extraño y anónimo, muy pequeño ahora que el marinero estaba en la habitación con su piel morena por el sol. Permaneció a la espera. La señorita Louisa quiso morirse, quiso desaparecer. No osó darse la vuelta para volver a mirar.
       —¿Le dedico una oración? —dijo la frágil voz del clérigo y todos se arrodillaron.
       La señorita Louisa tenía miedo del hombre inerte que yacía en la cama. Sintió una ráfaga de miedo del señor Massey al oír su voz enrarecida, distante. Luego, calmada, levantó la vista. Al otro lado de la cama estaban las cabezas de madre e hijo, la una con un gorrito de encaje, y debajo su pequeña y blanca nuca; el otro, con sus cabellos castaños, abrasados por el sol, demasiado densos y rizados para permitir una raya, y el cuello firme y moreno, inclinado como sin ganas. La gran barba blanca del anciano no se movía, la oración continuaba. El señor Massey oró con una lucidez pura, diciendo que todos debían conformarse con la voluntad divina. Era algo que dominaba las cabezas gachas, algo desapasionado que los gobernaba inexorablemente. La señorita Louisa le tuvo miedo. Y estaba obligada, durante el curso de la oración, a otorgarle un poco de su reverencia. Fue como un anticipo de la muerte fría e inexorable, una prueba de la justicia pura.
       Esa tarde habló con Mary de la visita. Su corazón, sus venas, estaban poseídos por la visión de Alfred Durant cuando tenía a su madre en los brazos; luego, lo entrecortado de su voz, tal como ella recordaba una y otra vez, era como una llamarada en su interior; y quería ver más nítidamente en su mente la cara rubicunda por el sol y sus ojos castaños amarillentos, abundantes y descuidados, tensos ahora por un miedo natural, la fina nariz morena por el sol, la boca que no podía dejar de sonreírle a ella. La traspasó con orgullo el hecho de pensar en esa figura, un buen chorro de vida.
       —Es un chico muy apuesto —le dijo a la señorita Mary, como si él no fuera un año mayor que ella. Por debajo yacía el profundo horror, el casi odio por el ser inhumano del señor Massey. Sintió que debía protegerse a sí misma y a Alfred de él.
       —Cuando vi que estaba allí el señor Massey —dijo—, casi le odié. ¡Qué derecho tenía de estar allí!
       —Ciertamente lo tenía —dijo la señorita Mary después de una pausa—. Realmente es un buen cristiano.
       —A mí me parece casi un imbécil —dijo la señorita Louisa.
       La señorita Mary, tranquila y hermosa, quedó un momento en silencio.
       —Oh, no —dijo—. Nada de imbécil…
       —Pues entonces me hace recordar a un bebé de seis meses, o a un bebé de cinco meses… Como si no hubiera tenido tiempo de desarrollarse lo suficiente antes de haber nacido.
       —Sí —dijo lentamente la señorita Mary—, le falta algo. Pero tiene algo maravilloso: es verdaderamente bueno…
       —Sí —replicó la señorita Louisa—, no parece correcto que lo sea. ¡Qué derecho tiene esa cosa de ser calificado como bueno!
       —Pero es bueno —persistió Mary. Luego añadió con una risa—: Y, vamos, tú tampoco lo negarás.
       Había cierta obstinación en su voz. Se comportaba con suma tranquilidad. En su alma, sabía qué iba a suceder. Sabía que el señor Massey era más fuerte que ella y que debía someterse a lo que él era. Su ser físico era más orgulloso, más fuerte que el de él; su ser físico lo rechazaba y despreciaba. Pero ella estaba controlada por su ser moral y mental. Y sintió que tenía los días contados. Y su familia vigilaba.


4

      Pocos días después murió el señor Durant. La señorita Louisa vio a Alfred una vez más, pero estuvo severo con ella, la trató como si no fuera una persona, como si estuviera imbuido de un voluntad de dominio, separada, ajena, esperando frente a ella. Ella jamás había sentido semejante separación de acero con ninguna otra persona. La intrigó y la aterrorizó. ¿Qué le había sucedido? Odió la disciplina militar; era su enemiga. Ahora él ya no era el mismo. Era la voluntad que obedecía enfrentada a la voluntad que ordenaba. Ella vaciló en aceptar este hecho. Él se había colocado fuera de su alcance. Se había clasificado como inferior, como subordinado a ella. Y era así como podía evitarla, era así como podía evitar cualquier contacto con ella: enfrentándosele impersonalmente desde el campo opuesto, asumiendo la posición abstracta de un inferior.
       Ella reflexionó continua y taciturnamente sobre esto, reflexionó y reflexionó. Su corazón duro y terco no podía ceder. Se aferró a sus propios derechos. A veces lo echaba al olvido. ¿Por qué había de preocuparle él, su inferior?
       Entonces recaía en él y casi le detestaba. Era la manera en que él se libraba del asunto. Sintió la cobardía de ese acto, de la tranquilidad en que él la ubicaba en una clase superior y se colocaba inaccesiblemente aparte, en una clase inferior, como si ella, la mujer sensible que le quería, no contase. Pero no estaba dispuesta a someterse. Terca en su corazón, se aferraba a él.


5

      A los seis meses la señorita Mary se había casado con el señor Massey. No había habido galanteos, nadie había emitido un comentario. Pero todos estaban tensos y recelosos, a la expectativa. Cuando un día el señor Massey pidió la mano de Mary, el señor Lindley se sobresaltó y tembló ante la voz aguda y abstracta del hombrecito. El señor Massey se mostraba muy nervioso, pero curiosamente rotundo.
       —Tendré mucho gusto —dijo el vicario—, pero por supuesto la decisión depende de Mary. —Y temblequeó su mano aún febril cuando puso una Biblia sobre su escritorio.
       El hombrecito, con una idea fija, salió del cuarto a buscar a la señorita Mary. Estuvo sentado largo tiempo a su lado mientras ella conversaba, antes de estar listo para hablar. Ella temió lo que se le venía encima y estaba rígida de aprensión. Sentía como si su cuerpo fuera a levantarse y a arrojarlo a él a un costado. Pero su espíritu se estremeció y esperó. Casi a la expectativa, aguardaba, casi queriéndole. Y entonces supo que él hablaría.
       —Y le he preguntado al señor Lindley —dijo el clérigo mientras de repente ella miraba con aversión sus pequeñas rodillas— si admitía mi propuesta. —Era consciente de su propia desventaja, pero su voluntad estaba decidida.
       Ella se puso fría e impermeable en su asiento, casi como si se hubiera convertido en una estatua. Él esperó nerviosamente un momento. No la persuadiría. Ni siquiera había oído jamás hablar de persuasión, sino que seguía su propio curso. La miró, seguro de sí mismo, inseguro de ella, y preguntó:
       —¿Sería usted mi esposa, Mary?
       Su corazón aún estaba endurecido y frío. Se sentó altivamente.
       —Primero quisiera hablar con mi madre —dijo.
       —Pues muy bien —replicó el señor Massey. Y al momento se retiró.
       Mary fue a ver a su madre. Estaba fría y reservada.
       —El señor Massey me ha propuesto que me case con él, mamá —dijo ella. La señora Lindley siguió mirando su libro. Estaba sumida en sus sentimientos.
       —¿Y tú qué le has dicho?
       Ambas se mantuvieron frías y serenas.
       —Le dije que antes hablaría contigo.
       Eso equivalía a una pregunta. La señora Lindley no quería contestarla. Movió con irritación su forma pesada sobre el sofá. La señorita Mary quedó sentada erguida y en calma, con la boca cerrada.
       —Tu padre piensa que no sería un mal partido —dijo la madre, como por casualidad.
       No se dijo nada más. Todos permanecieron fríos y reservados. La señorita Mary no habló con la señorita Louisa; el reverendo Ernest Lindley se mantuvo escondido.
       Esa tarde la señorita Mary aceptó al señor Massey.
       —Sí, me casaré con usted —dijo ella incluso con un leve movimiento de ternura hacia él. Él sintió vergüenza, pero también satisfacción. Pudo ver que él hacía un movimiento hacia ella, pudo sentir al macho en él, algo frío y triunfal, afirmándose a sí mismo. Quedó rígida, a la espera.
       Cuando se enteró, la señorita Louisa cayó en un silencio de amarga furia contra todos, incluso contra Mary. Sintió su fe herida. Después de todo, ¿no le importaba la realidad? Quería escaparse. Pensó en el señor Massey. Tenía un curioso poder, un derecho incontestable. Era una voluntad que ellos no podían contradecir. De repente, una turbación la sobresaltó. Si hubiera ido a ella, le habría echado de la habitación. Él jamás la iba a tocar. Y se alegró. Se alegró de que su sangre se rebelara, y exterminaría al hombrecito si se acercaba a ella, por más que tuviera el juicio paralizado por él, por más que él transitara por esa abstracta bondad. Pensó que era perversa por alegrarse, pero se alegró a pesar de todo. “Lo echaría de la habitación”, dijo, y su declaración le produjo una inmensa satisfacción. No obstante, quizá debía sentir que Mary, a su nivel, era un ser superior a ella. Pero Mary era Mary y ella era Louisa, y eso también era inalterable.
       Mary, al casarse con él, intentó convertirse en una razón pura, tal como era él, sin sentimientos ni impulsos. Se encerró, se encerró rígidamente contra las agonías de la vergüenza y el terror a la violación que le sobrevinieron al principio. No sentiría, no sentiría. Era una voluntad pura, aquiescente con él. Eligió cierto tipo de destino. Sería buena y puramente justa, viviría en la mayor libertad que jamás había conocido, estaría libre de las preocupaciones mundanas; era una voluntad pura encaminada al bien. Se había vendido a sí misma pero poseía una nueva libertad. Se deshizo de su cuerpo. Había vendido algo inferior, su cuerpo, por algo superior, su libertad respecto a las cosas materiales. Consideró que pagaba por todo lo que obtenía de su marido. De modo que, en una especie de independencia, deambulaba libre y orgullosa. Había pagado con su cuerpo, por tanto, a partir de ahora, este estaba fuera de consideración. Se alegró de haberse deshecho de él. Había alcanzado una posición en el mundo; a partir de ahora, eso se daba por descontado. Únicamente quedaba la dirección de sus actividades hacia una vida de caridad y de pensamientos elevados.
       Apenas podía soportar que hubiera otras personas presentes con ella y su marido. Su vida privada era su vergüenza. Pero entonces podía mantenerla escondida. Vivía casi aislada en la rectoría del pequeño villorrio, a varios kilómetros de la vía férrea. Sufría como si se tratase de un insulto a su propia piel cuando veía la repulsión que mucha gente sentía por su marido o la manera especial que tenían de tratarlo, como si fuera un “caso”. Pero la mayoría de las personas no estaban cómodas con él, lo cual le devolvía el orgullo.
       Si ella se hubiese dejado ir, le hubiera odiado, hubiera odiado sus caminatas por la casa, su voz chillona y carente de comprensión humana, sus hombros caídos y su cara más bien incompleta que le hacían pensar en un aborto. Pero, de manera rigurosa, se aferró a su posición. Se ocupaba de él y era justa con él. Asimismo, sentía un terror profundo, cobarde, ante él, como si fuera su esclava.
       No había mucho que criticar en su conducta. Era escrupulosamente justo y bondadoso según sus luces. Pero el macho que había en él era frío y consumado, y absolutamente dominante. Como parecía débil e insuficiente, ella no había esperado esto de él. Era algo que no había intuido durante las negociaciones. La hacía mantener en alto la cabeza, mantenerse inmóvil. Vagamente sabía que se estaba matando. Después de todo, no era tan fácil deshacerse de su cuerpo. Y esta manera de disponer que él tenía, ah, a veces le hacía sentir que debía rebelarse y provocarse la muerte, levantar la mano para el rechazo absoluto de todo, la destrucción total.
       Él era casi inconsciente de la situación que le rodeaba. No se inmiscuía en lo doméstico; ella hacía en casa lo que quería. Ciertamente, estaba libre de él. Él se quedaba sentado y distante durante horas. Era bondadoso y considerado, casi con ansiedad. Pero cuando pensaba que tenía razón, su voluntad era ciegamente masculina, como una fría maquinaria. Y en la mayoría de los casos tenía la razón lógica, o era dueño de ese derecho por las normas que ambos habían aceptado. Era así. No había nada a lo que ella pudiera oponerse.
       Ella descubrió que estaba embarazada y por primera vez sintió horror, temerosa de Dios y de los hombres. También tenía que pasar por eso; era un derecho. Llegó el niño; era un bebé huesudo y sano. A ella le dolió el corazón en su cuerpo cuando cogió al niño entre sus brazos. La carne que había en ella, pisoteada y silenciosa, debía hablar de nuevo en el niño. Después de todo, ella tenía que vivir; y, después de todo, las cosas no eran tan simples. Nada estaba terminado por completo. Miraba y miraba al bebé y casi lo odiaba, sufría una angustia de amor por él. Lo odiaba porque le hacía volver a vivir en la carne, cuando ella no podía vivir en la carne, no podía. Quería pisotear su carne, extinguirla, para vivir en el espíritu. Y ahora estaba el niño. Era demasiado cruel, era demasiado tormento. Porque debía amar al niño. Nuevamente su propósito se rompía en dos. Tenía que volverse amorfa, sin objetivos, sin un ser verdadero. Como madre era una cosa fragmentaria, innoble.
       El señor Massey, ciego a todo lo que concerniera al sentimiento humano, se obsesionó con la idea de su hijo. Cuando llegó, colmó de golpe todo su mundo de sentimientos. Era su obsesión, su terror se refería a su seguridad y bienestar. Era algo nuevo, como si él mismo hubiera nacido como un bebé desnudo, consciente de su propia desnudez y lleno de aprensión. Él, que jamás había sido consciente de nadie durante toda su vida, ahora era consciente nada más que del niño. No es que alguna vez jugara con él, lo besara o lo atendiera. No hacía nada por él. Pero le dominaba, le henchía y al mismo tiempo le vaciaba la mente. El mundo era para él un bebé.
       Su mujer también debía soportar la pregunta:
       —¿Por qué razón está llorando? —Era su recordatorio ante el primer sonido—: Mary, es el niño. —Y luego su nerviosismo si habían pasado cinco minutos de la hora de alimentarlo. Ella había regateado por esto. Y ahora debía cumplir su trato.


6

      La señorita Louisa, en la casa del oscuro vicariato, había sufrido mucho con la boda de su hermana. Cuando en un momento dado, durante el compromiso, manifestó su oposición, la habían silenciado las palabras tranquilas de Mary:
       —No estoy de acuerdo contigo acerca de él, Louisa, yo quiero casarme con él.
       Entonces Louisa se había enfadado en lo más profundo de su corazón; por tanto, guardó silencio. Este peligroso estado inició el cambio en ella. Su propia repulsión la hizo apartarse de la hasta entonces irreprochable Mary.
       —Antes pediría limosna descalza por las calles —dijo la señorita Louisa pensando en el señor Massey.
       Pero era evidente que Mary era capaz de un heroísmo diferente. De modo que ella, Louisa, la pragmática, de repente sintió que Mary, su ideal, era cuestionable después de todo. Cómo podía ser pura; no se puede ser sucia en los actos y espiritual en el ser. Louisa desconfió de la elevada espiritualidad de Mary. Para ella, había dejado de ser genuina. Y si Mary era espiritual y estaba confundida, ¿por qué no la protegía su padre? Por el dinero. A él no le gustaba nada todo el asunto, pero se desentendió por culpa del dinero. Y a la madre, francamente, no le importaba: sus hijos podían hacer lo que quisieran. El comentario de la madre fue el siguiente:
       —Pase lo que le pase a él, Mary tiene la vida a salvo. —Y un cálculo tan evidente y superficial como ese enfureció a Louisa.
       —Prefiero estar a salvo en el asilo —exclamó.
       —Tu padre se ocupará de eso —le contestó con brutalidad la madre.
       Estas palabras, por su indirecta, hirieron tanto a la señorita Louisa, que odió profundamente a su madre en lo más hondo de su corazón, y casi se odió a sí misma. Este odio tardó mucho tiempo en definirse. Pero la fue socavando hasta que la joven dijo:
       —Están equivocados… Están todos equivocados. Han enterrado sus almas por algo que no vale nada y en ellos no existe ni una pizca de amor. Y yo tendré amor. Ellos quieren que lo rechacemos. Nunca lo han tenido y por ello pretenden que no existe. Pero yo lo tendré. Amaré, estoy en mi derecho. Amaré al hombre con quien me case; eso es lo único que me importa.
       La señorita Louisa quedó marginada por todos. Ella y Mary se habían alejado por causa del señor Massey. A ojos de Louisa, Mary, casada con el señor Massey, había sido degradada. No podía soportar pensar en su hermana, espiritual y excelsa, degradada corporalmente de esa manera. Mary estaba equivocada, equivocada; no era superior, era imperfecta, incompleta. Las dos hermanas se alejaron. Aún se querían, se querrían mientras vivieran. Pero iban por caminos separados. Una nueva soledad se apoderó de la obstinada Louisa y, tercamente, apretó su mandíbula prominente. Ella iba por su propio camino. Pero ¿por dónde? Estaba un poco sola en un mundo en blanco ante sí. ¿Cómo podía decir que tenía un camino? No obstante, tenía la firme voluntad de amar, de tener al hombre amado.


7

      Cuando su hijo cumplió tres años, Mary tuvo otro bebé, una niña. Los tres años habían pasado de forma monótona. Podían haber sido una eternidad, podían haber sido breves como un sueño. Ella no lo sabía. Solo sabía que siempre sentía un peso encima, algo que oprimía su vida. Lo único que sucedió fue que el señor Massey sufrió una operación. Seguía siendo excesivamente frágil. Pronto su esposa aprendió a cuidarlo de manera mecánica, como parte de sus obligaciones.
       Pero ese tercer año, después del nacimiento de la niña, Mary se sintió oprimida y deprimida. Se acercaba la Navidad: la Navidad mortecina, ázima, de la rectoría, donde todos los días estaban compuestos por el mismo material oscuro. Y Mary tuvo miedo. Era como si se le acercara la oscuridad.
       —Edward, me gustaría ir a casa por Navidad —dijo ella, y se llenó de cierto temor al decirlo.
       —Pero no puedes dejar al bebé —dijo el marido, parpadeando.
       —Podemos ir todos.
       Él lo pensó y miró a su modo colectivo.
       —¿Por qué quieres ir?
       —Porque necesito un cambio. Un cambio me sentaría bien y estaría bien para la leche.
       Sintió la determinación en la voz de su mujer y no supo qué hacer. El lenguaje le resultaba incomprensible. Pero de algún modo sintió que Mary estaba decidida. Y mientras ella criaba, o estaba a punto de tener un niño, o amamantando, él la consideraba un ser especial.
       —¿No le hará mal a la niña ir en tren? —preguntó.
       —No —replicó la madre—, ¿por qué habría de hacerle mal?
       Fueron. Cuando estaban en el tren, empezó a nevar. Desde la ventanilla del vagón de primera clase, el diminuto clérigo miraba caer los grandes copos como una cortina sobre el campo. Estaba obsesionado por la idea de la niña y temeroso de las sacudidas del vagón.
       —Siéntate en el rincón —dijo a su esposa— y ten a la niña bien apretada.
       Ella le hizo caso y miró por la ventanilla. Su eterna presencia era como un peso de hierro sobre su cerebro. Pero ella en parte se iba para escaparse por unos días.
       —Siéntate en el otro lado, Jack —dijo el padre—. Se sacude menos. Ven a esta ventana.
       Observó al niño con ansiedad. Pero los niños eran los únicos seres del mundo que nunca le prestaban la más mínima atención.
       —¡Mira, mamá, mira! —exclamó el niño—. Vuelan directamente a mi cara —dijo refiriéndose a los copos.
       —Ven a este rincón —repitió el padre desde otro mundo.
       —¡Ha saltado encima de este otro, mamá, y se caen hasta el fondo! —exclamó el niño saltando de alegría.
       —Dile que venga a este lado —dijo el hombrecito a su esposa.
       —Jack, arrodíllate en este cojín —dijo la madre poniendo una mano sobre el lugar.
       El chico pasó al lugar indicado, esperó quieto un momento y entonces, casi a propósito, gritó con estridencia:
       —Mira a aquellos del rincón, mamá, están haciendo una pila. —Y señaló el montón de nieve con un dedo apretado fuertemente contra el cristal, volviéndose luego a su madre con algo de ostentación.
       —¡Todos en una pila! —dijo ella.
       Él había visto su cara y tenía su respuesta, y, de algún modo, recobró la confianza. Vagamente inquieto, recuperaba la confianza si podía atraer la atención de su madre.
       Llegaron a la vicaría a las dos y media, sin haber almorzado.
       —¿Cómo está usted, Edward? —preguntó el señor Lindley, tratando de mostrarse paternal. Pero siempre se había sentido falso con su yerno y frustrado ante él; por tanto, en la medida de lo posible, cerraba los ojos y los oídos a cuanto él le dijera o hiciese. El vicario tenía un aspecto delgado, pálido y mal alimentado. Estaba muy canoso. Sin embargo, aún era altivo, aunque desde que crecieran sus hijos era una altivez pequeña que podía romperse en cualquier momento, dejando al vicario únicamente como un personaje miserable y lastimero. La señora Lindley dedicó toda su atención a su hija y a sus nietos. Ignoró a su yerno. La señorita Louisa cloqueaba, se reía y se alegraba con la niña. El señor Massey se quedó a un lado, una pequeña figura encorvada y persistente.
       —Oh, qué bonita… Bonita. ¡Una cosita bonita que vino en el frío tren! —decía la señorita Louisa a la niñita, agachada sobre la alfombra ante la chimenea, abriendo las mantas blancas de lana y desnudando a la niña ante el fuego.
       —Mary —dijo el pequeño clérigo—, pienso que será mejor que le des un baño caliente al bebé; puede coger frío.
       —Creo que no es necesario —dijo la madre, acercándose y pasando la mano juiciosamente por las manos y pies rosados de la pequeña—. No tiene frío.
       —No tiene nada de frío —exclamó la señorita Louisa—. No ha cogido frío.
       —Iré a buscar la ropa interior de lana —dijo el señor Massey con una idea fija.
       —La puedo bañar en la cocina —dijo Mary con un tono alterado y frío de voz.
       —No puedes; ahora la muchacha está allí fregando —dijo la señorita Louisa—. Además, a la niña no le apetece un baño a esta hora del día.
       —Será mejor bañarla —dijo Mary en voz baja y con sumisión. La señorita Louisa abrió la boca pero no dijo nada. Cuando el hombrecito volvió con la ropa bajo el brazo, la señora Lindley le preguntó:
       —¿No será mejor que tome un baño usted, Edward?
       Pero el pequeño clérigo no se dio cuenta del sarcasmo. Estaba absorto en las preparaciones en torno a la niñita.
       La habitación estaba mustia y envejecida y, en comparación, fuera la nieve parecía fantasmal, tan blanca sobre el césped y empenachada en los arbustos. Dentro, los pesados cuadros colgaban oscuramente de las paredes y todo estaba empañado de tinieblas.
       Excepto al lado del fuego, donde habían colocado la bañera. La señora Massey, con su cabello negro siempre peinado y regio, se arrodilló a un costado con un delantal impermeable y cogió a la niñita que pataleaba. Su marido estaba con las toallas y la ropa entre las manos para que se calentase. Louisa, demasiado enfadada para compartir las alegrías del baño, ponía la mesa. El chico se colgaba de la manilla de la puerta, luchando por salir. Su padre lo miró.
       —Sal de esa puerta, Jack —dijo inútilmente. Jack se aferró aún más fuertemente a la puerta, como si nada hubiese oído. El señor Massey parpadeó.
       —Debe alejarse de esa puerta, Mary —dijo—. Puede entrar una ráfaga de aire si la abre.
       —Jack, querido, sal de la puerta —dijo la madre colocando diestramente a la pequeña mojada y brillante sobre su rodilla cubierta de toallas; y luego, levantando la mirada—: Ve y habla del tren con la tita Louisa.
       Louisa, también temerosa de que se abriera la puerta, observaba la escena desde el hogar. El señor Massey tenía en la mano las ropas del bebé, como si estuviera asistiendo a una ceremonia. De no haber estado todos ocultamente enfadados, hubiera resultado ridículo.
       —Quiero mirar por la ventana —dijo Jack. Su padre volvió rápidamente la cabeza.
       —¿Te importaría ponerlo sobre una silla, Louisa? —dijo al instante Mary. El padre era demasiado débil.
       Cuando el bebé fue arropado, el señor Massey subió al piso superior y regresó con cuatro almohadones, que colocó sobre el guardafuego a calentar. Luego se quedó contemplando a la madre que alimentaba a la niña, obsesionado por la idea de la hija.
       Louisa prosiguió con los preparativos de la comida. No podría haber dicho por qué se sentía de repente tan furiosa. La señora Lindley, como de costumbre, estaba echada observando, en silencio.
       Mary llevó arriba a la niña, seguida por su marido con las almohadas. Al cabo de un rato él volvió a bajar.
       —¿Qué está haciendo Mary? ¿Por qué no baja a cenar? —preguntó la señora Lindley.
       —Se queda con la niña. El cuarto está bastante frío. Le pediré a la muchacha que encienda el fuego. —Se dirigía ausente hacia la puerta.
       —Pero Mary no ha comido nada. Es ella la que cogerá frío —dijo la madre exasperada.
       El señor Massey pareció no haber oído nada, aunque miró a su suegra y contestó:
       —Le llevaré algo.
       Salió. La señora Lindley se removió en el sofá con rabia. La señorita Louisa enrojeció. Pero nadie dijo nada porque el dinero que llegaba a la vicaría provenía del señor Massey.
       Louisa subió al primer piso. Su hermana estaba sentada en la cama, leyendo un pedazo de papel.
       —¿No bajarás a comer? —preguntó la más joven.
       —En uno o dos minutos —replicó Mary en voz baja y reservada que prohibía que nadie se le acercase.
       Esto fue lo que más enfureció a la señorita Louisa. Bajó las escaleras y anunció a su madre:
       —Voy a salir. Puede que no vuelva a casa para el té.


8

      Nadie comentó su partida. Se puso el sombrero de piel, el que tan bien conocía la gente del pueblo, y la vieja chaqueta Norfolk. Louisa era baja, regordeta y sin atractivos. Tenía la mandíbula prominente de su madre, el orgulloso entrecejo de su padre, y sus propios ojos grises y reflexivos, que eran muy hermosos cuando sonreía. Era cierto lo que la gente decía: parecía malhumorada. Su principal atractivo era su cabello rubio, espeso y brillante, que relucía y refulgía con una riqueza que no le era totalmente ajena.
       —¿Adónde voy? —se preguntó cuando salió a la nieve. Mas no vaciló, sino que con pasos mecánicos se encontró descendiendo la colina hacia Old Aldecross. En el valle, oscurecido por árboles, la mina respiraba con jadeos estentóreos, enviando altas columnas cónicas de humo que permanecían erguidas, más blancas que la nieve de las colinas y sin embargo sombrías en el aire muerto. Louisa no admitió ante sí misma que estaba empezando su camino hasta que llegó al cruce del ferrocarril. Entonces los copos de nieve sobre las ramas del manzano que se inclinaban hacia la cerca le dijeron que debía ir y ver a la señora Durant. El árbol estaba en el jardín de la señora Durant.
       Alfred estaba nuevamente en casa, en el cottage situado bajo el camino, viviendo con su madre. Desde el borde de la carretera, cerca del paso a nivel, el jardín nevado bajaba formando una cuesta empinada, como una ladera, y luego caía recto como una pared. En esas profundidades estaba escondida la casa; la chimenea estaba a ras del camino. La señorita Louisa bajó la escalera de piedra y llegó al patio trasero, entre la luz mortecina y semisecreta. Un gran árbol se inclinaba en lo alto, encima del cobertizo de la parafina. Allí abajo Louisa se sintió segura de todo el mundo. Golpeó la puerta abierta y luego miró alrededor. La lengua de jardín, que se estrechaba desde el lecho de piedra, estaba blanca por la nieve; pensó en los gruesos cercos nevados que habría bajo los groselleros al cabo de un mes. La franja andrajosa de clavelinas que colgaba sobre los costados del jardín, detrás de ella, estaba blanca por la nieve; en verano se mostraba cuajada de pimpollos a los ojos de Louisa. Era agradable, pensó, recoger flores que le llegaban a la altura de la cara.
       Llamó de nuevo. Espiando, vio el brillo escarlata de la cocina, la luz roja del fuego sobre el suelo de ladrillo y sobre los brillantes cojines de zaraza. Todo estaba vivo y era brillante como en un mundo nuevo. Cruzó la antecocina, donde colgaba un almanaque. No había nadie.
       —Señora Durant —llamó en voz baja Louisa—, ¡señora Durant!
       Subió el escalón de ladrillo hasta la habitación de enfrente, que aún tenía el pequeño mostrador y los paquetes de las mercancías, y llamó desde el pie de la escalera. Entonces supo que la señora Durant estaba fuera.
       Salió al patio para seguir los pasos de la anciana por el sendero del jardín.
       Rebasó los arbustos y las cañas del frambueso. Allí estaba todo el lecho de cantera, un gran jardín blanco y mortecino rayado por negros matorrales semihundidos. A la izquierda, arriba, pasaba retumbando el pequeño tren de la mina. Directamente al fondo había una masa de árboles.
       Louisa siguió el sendero abierto mirando a izquierda y derecha, y entonces pegó un grito de sorpresa. La anciana estaba sentada meciéndose ligeramente entre las coles nevadas. Louisa corrió hasta ella y la encontró murmurando con pequeños gemidos voluntarios.
       —¿Qué le ha pasado? —exclamó Louisa arrodillándose en la nieve.
       —Yo… Yo… Estaba arrancando una col de Bruselas y… ¡Ah! Algo se me rompió dentro. He tenido un dolor —lloriqueó la anciana de sorpresa y sufrimiento, jadeando entre susurros—. Tuve un dolor aquí, hace mucho tiempo, y ahora, ¡oh!, ¡oh! —Jadeó, se apretó una mano contra el costado y se agachó como si fuera a desmayarse, amarilla contra la nieve. Louisa la sostuvo.
       —¿Cree que podrá caminar? —le preguntó.
       —Sí —jadeó la anciana.
       Louisa la ayudó a ponerse en pie.
       —Recoje las coles. Las quiero para la cena de Alfred —dijo premiosa la señora Durant. Louisa recogió las coles de Bruselas y con dificultad llevó a la anciana hasta la casa. Le dio brandy y la recostó en el sofá, diciéndole:
       —Voy a buscar a un médico. Espéreme un minuto.
       La joven subió corriendo las escaleras hasta la taberna, a pocos metros de distancia. La propietaria se quedó atónita al ver a la señorita Louisa.
       —¿Podría enviar un médico de inmediato a casa de la señora Durant? —dijo ella con algo de su padre en el tono autoritario.
       —¿Pasa algo? —preguntó preocupada la tabernera. Louisa, al echar una mirada al camino, vio el carro del tendero camino de Eastwood. Corrió, detuvo al hombre y le habló.
       La señora Durant yacía en el sofá con la cara vuelta hacia un lado cuando la joven regresó.
       —Déjeme que la lleve a la cama —dijo Louisa. La señora Durant no se resistió.
       Louisa conocía los hábitos de la gente trabajadora. En el último cajón del armario encontró viejos trapos y franelas. Con la vieja franela de la mina sacó carbón encendido del horno, lo envolvió y lo colocó en la cama. De la cama del hijo sacó una manta, bajó las escaleras a toda prisa y la puso ante el fuego. Después de desvestir a la pequeña anciana la llevó arriba en brazos.
       —¡Me harás caer! ¡Me harás caer! —chilló la señora Durant.
       Louisa no le contestó, sino que llevó aún más rápidamente su carga. No podía encender fuego porque no había chimenea en el dormitorio. Y el suelo era de argamasa. Entonces cogió la lámpara y la encendió en un rincón.
       —Airearé la habitación —dijo.
       —Sí —gimió la anciana.
       Louisa corrió con más franelas calientes y reemplazó las de los carbones del horno. Confeccionó una bolsa con ellas y la colocó sobre el costado de la mujer. Había una gran hinchazón a un lado del abdomen.
       —Lo sentí venir hace tiempo —gimió la anciana cuando disminuyó el dolor—, pero no he dicho palabra. No quería preocupar a nuestro Alfred.
       Louisa no entendió por qué no se debía molestar a “nuestro” Alfred.
       —¿Qué hora es? —preguntó la voz quejosa.
       —Las cuatro menos cuarto.
       —Oh —gimió la anciana—, estará aquí en media hora y no tendré lista su cena.
       —¿Quiere que la prepare? —dijo amablemente Louisa.
       —La col. Y encontrarás carne en la despensa. Y hay una tarta de manzana que puedes calentar. ¡Pero no lo harás tú!
       —¿Quién, si no? —preguntó Louisa.
       —No lo sé —gimió la enferma, incapaz de considerar la pregunta. Louisa la preparó.
       Vino el médico y revisó con seriedad a la anciana. Parecía grave.
       —¿Qué es, doctor? —preguntó la anciana, mirándolo con sus ojos viejos y patéticos en los que ya había muerto la esperanza.
       —Creo que se ha desgarrado la piel donde tenía un tumor —replicó él.
       —¡Ay! —murmuró ella, y desvió la mirada.
       —Mire, puede morir en cualquier momento o el tumor puede desaparecer —dijo el viejo médico a Louisa.
       La joven subió de nuevo las escaleras.
       —Dice que el tumor puede desaparecer y que usted se repondrá —dijo.
       —¡Ay! —murmuró la anciana. No se dejó engañar. Luego preguntó—: ¿Hay un buen fuego?
       —Creo que sí —contestó Louisa.
       —A él le gusta un buen fuego —dijo la madre. Louisa se ocupó de ello.
       Desde la muerte de Durant, la viuda había ido de tanto en tanto a la iglesia y Louisa había sido amable con ella. La muchacha tenía un propósito fijo en el corazón. Ningún hombre le había interesado como Alfred Durant, y ella se aferró a este sentimiento. En su corazón, se unía a él. Existía una simpatía natural entre ella y la madre dura y materialista de Alfred.
       Alfred era el más cariñoso de los hijos de la anciana. Se había criado como el resto, tozudo y ciego a todo salvo a su propia voluntad. Como los demás muchachos, había desistido de no ir a la mina tan pronto como había terminado la escuela, porque esa era la única forma expeditiva de convertirse en un hombre del mismo nivel que los demás. Esto supuso un gran disgusto para su madre, a quien le hubiera gustado que el menor de sus hijos fuera un caballero.
       Pero él se mantuvo fiel a ella. Su sentimiento hacia ella era profundo e inexpresable. Se daba cuenta de cuándo estaba cansada o de cuándo tenía un sombrero nuevo. Y de vez en cuando le hacía regalitos. Ella no era suficientemente sabia como para darse cuenta de hasta qué punto vivía para ella.
       En el fondo él no la satisfacía; no le parecía lo bastante viril. De manera esporádica le gustaba leer libros, y aún peor, le gustaba tocar el flautín. A ella le divertía verle con la cabeza inclinada sobre el instrumento cuando hacía un esfuerzo por obtener la nota correcta. Le hacía tenerle cariño, ternura, casi lástima, pero no respeto. Ella quería que un hombre fuera inmutable y que se abriera camino sin conocimientos de mujer. Y sabía que Alfred dependía de ella. Cantaba en el coro porque le gustaba cantar. En verano trabajaba en el huerto y cuidaba las aves y los cerdos. Tenía palomas. Los sábados jugaba al cricket o al fútbol. Pero para ella él no era el hombre, el hombre independiente que habían sido sus otros hijos. Era su bebé, y si bien le quería por eso, en el fondo le tenía un poco de desprecio.
       Apareció entre ellos una pequeña hostilidad. Entonces él empezó a beber, tal y como habían hecho los demás, pero no de la misma manera ciega e inconsciente. Él era consciente. Ella lo vio y le tuvo lástima. Le adoraba pero no estaba satisfecha de él, pues no se liberaba de ella. Así no podía labrarse plenamente su futuro.
       A los veinte años se escapó y se alistó en la Marina. Eso lo transformó en un hombre. Había odiado amargamente el servicio, la subordinación. Durante años luchó consigo mismo por acatar la disciplina militar, por respetarse a sí mismo, luchó con furia ciega, vergüenza y un complejo de inferioridad que le mutilaba. Desde la humillación y el odio a sí mismo se elevó en una especie de libertad interior. Y el amor a su madre, a quien idealizaba, se convirtió en piedra de toque de su esperanza y de su alivio.
       Volvió a su casa con casi treinta años, pero inocente e inexperto como un niño; únicamente traía un silencio que era nuevo; una especie de aturdida humildad ante la vida, cierto miedo a vivir. Era casi casto. Una fuerte sensibilidad le había mantenido alejado de las mujeres. Las conversaciones sexuales estaban muy bien entre hombres, pero de algún modo no tenían aplicación en las mujeres reales. Había dos cosas para él, la idea de la mujer con la que a veces se corrompía a sí mismo, y la de mujeres de verdad ante quienes sentía una profunda inquietud y la necesidad de alejarse. Se encogía y defendía ante la proximidad de cualquier mujer. Y entonces se avergonzaba. En lo más profundo de su alma sentía que no era un hombre, que era menos que un hombre normal. En Génova fue con un suboficial a una taberna donde las putas más baratas iban a buscar clientes. Se sentó allí con su copa; las muchachas le miraban, pero nunca se acercaban a él. Sabía que si acudían únicamente les podía pagar comida y bebida, porque le daban lástima y estaba preocupado porque creía que podían carecer de las cosas básicas. No hubiera podido irse con ninguna de ellas; lo sabía y se avergonzaba, mirando con curiosa envidia al italiano tambaleante y desapasionado cuyo cuerpo se acercó a una mujer movido por una atracción instintiva. Eso era un hombre, y no él. Se quedó sentado sintiéndose inferior, sintiéndose como un leproso. Y se imaginó encuentros sexuales entre él y una mujer, para perdonarse. Pero cuando la mujer dispuesta se presentaba, el mismo hecho de que se tratara de una mujer de carne y hueso le impedía tocarla. Y esta incapacidad era como un tumor que le corrompía.
       De modo que varias veces fue borracho con sus compañeros a casas de putas en el extranjero. Pero la sórdida insignificancia de la experiencia le abrumó. No había sido nada real: no significaba nada. Sintió como que su impotencia no era física, sino espiritual, no era real, sino que estaba en su interior.
       Volvió a su casa con ese secreto e inmutable peso de su ser desconocido y gratuito torturándole. Su instrucción en la Marina le había dejado en perfectas condiciones físicas. Era sensible y estaba orgulloso de su cuerpo. Se bañaba, hacía pesas y se mantenía en buen estado. Jugaba al cricket y al fútbol. Leía libros y empezaba a tener ideas concretas que sacaba de los fabianos. Tocaba el flautín y se le consideraba un experto. Pero en el fondo de su alma siempre estaba el cáncer de la vergüenza y de lo incompleto: bajo toda su sana alegría era desdichado; se sentía molesto y despreciable con su confianza y superioridad de ideas. Se hubiera cambiado por cualquier bruto nada más que para librarse de sí mismo, para librarse de esa vergüenza personal. Veía a un minero que actuaba sin dudas, buscando su propia satisfacción, y lo envidiaba. Cualquier cosa, hubiera dado cualquier cosa por esa espontaneidad y esa ciega estupidez que se dirigían directamente a la propia satisfacción.


9

      Pero no era desgraciado en la mina. Los hombres le admiraban y tenía bastante buena fama. Solo él sentía la diferencia que le separaba de los demás hombres. Parecía capaz de esconder su estigma. Pero jamás estaba seguro de que los demás no le despreciaran por femenino, por ser menos hombre que ellos. Solo que él simulaba ser más viril y le sorprendía la facilidad con que engañaba a los demás. Y, al ser de naturaleza alegre, estaba contento en su trabajo. Allí se sentía seguro de sí mismo. Desnudos hasta la cintura, sudorosos y sucios por el trabajo, se ponían de cuclillas unos minutos y charlaban, viéndose a duras penas a la luz pobre de las lámparas de seguridad, mientras el carbón negro se elevaba a su alrededor y los postes de madera se erguían como pequeños pilares de un tempo chato, oscuro, muy negro. Entonces llegaban el poni y el recadero con un mensaje del número 7 o con una botella de agua del lavadero o alguna noticia del mundo exterior. El día pasaba de forma bastante agradable. Durante el día, allí abajo, había cierta tranquilidad, un aire relajado, una camaradería estupenda de hombres unidos y separados del resto del mundo en un lugar peligroso y con múltiples tareas: perforar, cargar, cortar leña, y una sensación de misterio y aventura en el ambiente que le hacía atractiva la mina cuando conseguía superar su ansia, su deseo de estar en mar abierto y al aire libre.
       Ese día había demasiadas cosas que hacer y Durant no tenía ánimos para charlar. Pasó la tarde trabajando en silencio.
       Llegó la hora de dejar el trabajo y salir. La blanquecina oficina subterránea brillaba llena de luz. Los hombres apagaron sus lámparas. Se sentaron por docenas sobre la plataforma del pozo en cuyo sumidero caían pesadas gotas de agua. Las bombillas eléctricas brillaban a lo lejos por el túnel principal.
       —¿Está lloviendo? —preguntó Durant.
       —Nevando —dijo un viejo, y el joven se alegró. Le gustaba subir cuando nevaba.
       —Vendrá bien para la Navidad —dijo el viejo.
       —Ajá —contestó Durant.
       —Navidad verde, cementerio lleno —dijo el otro, sentencioso.
       Durant sonrió mostrando sus dientes pequeños y algo puntiagudos.
       Llegó el montacargas y una docena de hombres se alinearon. Durant notó los copos de nieve en el techo perforado y arqueado del montacargas, y se alegró. Se preguntó si les gustaría esa excursión a las profundidades. Pero ya se estaban ensuciando de agua negra.
       Le gustaban las cosas que había a su alrededor. Tenía una leve sonrisa en el rostro. Pero bajo ella estaba esa extraña conciencia de sí mismo que él sentía.
       El mundo de allí arriba apareció casi como un relámpago debido al brillo de la nieve. Apresurándose por un lateral, entregó su lámpara en la oficina y sonrió al volver a sentir el espacio a su alrededor, todo refulgente de nieve. En el crepúsculo, las colinas, a ambos lados, se habían teñido de un azul claro y los setos parecían salvajes y oscuros. La nieve estaba pisoteada en las vías. Pero allá delante, más allá de las figuras negras de los mineros que iban a casa, se volvía a unificar, extendiéndose hasta el muro negro del monte bajo.
       El oeste estaba rosado y asomaba una gran estrella, a medias revelada. Abajo, las luces de la mina salían crispadas y amarillas entre la oscuridad de los edificios, y las de Old Aldecross titilaban en hileras en el crepúsculo azulado.
       Durant caminó contento de su vida entre los mineros, que hablaban animadamente debido a la nieve. Le gustaba su compañía, le gustaba el blanco mundo crepuscular. Le producía una pequeña emoción detenerse ante la puerta del jardín y ver las luces de la casa abajo, brillando sobre la silente nieve azul.


10

      Al lado de la gran puerta del ferrocarril, en la cerca, había una entrada pequeña, que él mantenía cerrada. Cuando la abrió miró la luz de la cocina, que brillaba fuera, en los matorrales y sobre la nieve. Era la vela que quedaba prendida hasta que se hacía de noche, pensó para sí mismo. Se deslizó por el sendero empinado hasta abajo. Le gustaba dejar las primeras huellas en la nieve lisa. Luego pasó por entre los arbustos hacia la casa. Las dos mujeres oyeron sus botas pesadas golpear fuera, en el felpudo, y su voz cuando abrió la puerta:
       —¿Cuánto petróleo piensas que vas a ahorrar, madre, con esa vela? —Le gustaba la buena luz de la lámpara.
       Acababa de dejar su botella y la bolsa de la merienda y estaba colgando el abrigo tras la puerta de la antecocina, cuando apareció la señorita Louisa. Se quedó atónito pero sonrió.
       Le empezaron a reír los ojos, pero de repente su cara se puso seria y sintió miedo.
       —Tu madre ha tenido un accidente —dijo ella.
       —¿Cómo? —exclamó él.
       —En el jardín —contestó. Él vaciló con el abrigo en las manos. Luego lo colgó y se dirigió a la cocina.
       —¿Está en la cama?
       —Sí —dijo la señorita Louisa; le resultó difícil mentirle.
       Él no dijo nada; entró en la cocina, se sentó pesadamente en la vieja silla de su padre y empezó a quitarse las botas. Su cabeza era pequeña, bastante bien formada. Su cabello castaño, espeso y rizado, parecería alegre en cualquier circunstancia. Tenía puestos unos pantalones gruesos de moleskin que despedían el olor viciado, a gas, de la mina. Después de ponerse las zapatillas llevó las botas a la antecocina.
       —¿De qué se trata? —preguntó con temor.
       —Algo interno —replicó ella.
       Subió las escaleras. Su madre se mantuvo tranquila a su llegada. Louisa sintió que sus pasos hacían temblar el suelo de argamasa de la habitación de arriba.
       —¿Qué has hecho? —preguntó.
       —No es nada, hijo mío —dijo la anciana, en tono bastante tajante—. No es nada. No hay que afligirse. No es más de lo que sentí ayer o la semana pasada. El médico dijo que no era nada serio.
       —¿Qué estabas haciendo? —preguntó el hijo.
       —Estaba arrancando unas coles y supongo que hice demasiada fuerza porque… oh… me dio ese dolor tan fuerte.
       El hijo le echó una rápida mirada. Ella se puso seria.
       —¿Quién no ha sentido alguna vez un dolor fuerte? Nos pasa a todos.
       —¿Y qué hay que hacer?
       —No lo sé —dijo ella—, pero supongo que nada.
       La gran lámpara del rincón tenía una pantalla verde oscuro, de modo que él apenas podía verle la cara. Sentía un nudo de aprensión y de emociones encontradas. Frunció el entrecejo.
       —¿Para qué fuiste a arrancar coles con el suelo helado? —preguntó él—. Seguirías haciendo fuerza aunque te mataras.
       —Alguien tiene que ir a cogerlas —dijo ella.
       —Pero no es necesario que te hagas daño.
       Pero ya habían caído en la futilidad.
       La señorita Louisa podía oírles con claridad desde abajo. Se le encogió el corazón. Parecía haber algo tan sin esperanza entre ellos…
       —¿Estás segura de que no es nada serio, madre? —preguntó él después de un momento de silencio.
       —Ay, no es nada —dijo la anciana con bastante amargura.
       —No quiero que… estés mal, lo sabes.
       —Vete a cenar —dijo ella. Sabía que se moriría; además, el dolor en ese momento era una tortura—. Solo me están mimando un poco porque soy una vieja. La señorita Louisa es muy buena y ya debe de tener lista tu cena, así que será mejor que bajes a cenar.
       Él se sintió estúpido y avergonzado. Su madre se había desembarazado de él. Le dolieron las entrañas. Bajó las escaleras. La madre se alegró de que se fuera porque entonces podía gemir de dolor.
       Había vuelto a la vieja costumbre de comer antes de lavarse. La señorita Louisa sirvió la cena. A ella le resultó extraño y emocionante. Estaba tensa intentando conocerles a él y a su madre. Le observó mientras comía. Él no prestó atención a la comida, tenía la vista fija en el fuego. El alma de ella le observaba, tratando de ver cómo era. Su cara y brazos oscuros eran toscos; él era un desconocido. Su rostro tenía una máscara de polvo de carbonilla. No podía verle, no podía conocerle. Las cejas castañas, los ojos serenos, el pequeño bigote rústico sobre la boca cerrada, eran los únicos rasgos familiares. ¿Qué era él cuando estaba sentado allí, todavía con la suciedad de la mina? No podía verle y eso la hería.
       Corrió arriba y volvió con las franelas y la bolsa para calentarlas, pues había vuelto el dolor.
       Él estaba en mitad de la cena. Bajó el tenedor sintiendo náuseas de repente.
       —Aliviarán el dolor —dijo ella. Él observó, inútil y marginado.
       —¿Está mal? —preguntó.
       —Creo que sí —contestó ella.
       Era inútil que reaccionara o hiciera un comentario. Louisa estaba ocupada y volvió a subir. La pobre anciana se debatía en un blanco sudor frío de dolor. El rostro de Louisa estaba taciturno de sufrimiento cuando se concentraba en aliviarla. Tomó asiento y esperó. Poco a poco se fue el dolor y la anciana cayó en un estado de sopor. Louisa se sentó en silencio al lado de la cama. Oyó el ruido del agua en el piso de abajo. Luego llegó la voz de la anciana, débil pero sin reposo:
       —Alfred se está lavando. Querrá que le laven la espalda.
       Louisa escuchó, ansiosa, preguntándose qué quería la anciana.
       —No puede aguantar tener la espalda sucia —insistió la anciana con una cruel atención a las necesidades del hijo; Louisa se levantó y enjugó el sudor de la frente amarillenta.
       —Yo bajaré —dijo tranquilizándola.
       —Si puedes… —murmuró la enferma.
       Louisa esperó un momento. La señora Durant cerró los ojos después de haber conseguido que alguien cumpliera con su deber. La joven bajó las escaleras. ¿El hombre o ella, qué importaban? Solo debía considerarse a la mujer que estaba sufriendo.
       Alfred estaba arrodillado sobre la alfombra, ante la chimenea, desnudo hasta la cintura, lavándose en una gran palangana de loza. Lo hacía cada tarde después de la cena; sus hermanos lo habían hecho antes que él. Pero la señorita Louisa era una extraña en la casa.
       Se frotaba mecánicamente la espuma de jabón por la cabeza con un movimiento inconsciente, repetitivo, y su mano pasaba de tanto en tanto por el cuello. Louisa miró. Hasta para eso tuvo que acumular fuerzas. Él agachó la cabeza hasta el agua, la enjuagó quitándose el jabón y se enjugó el agua de los ojos.
       —Tu madre dice que te gustaría que te lavaran la espalda —dijo ella.
       ¡Era curioso cuánto le dolía tomar parte en la rutina de sus vidas! Louisa sintió que la obligaban a una intimidad casi repulsiva. Todo era tan vulgar, tan de rebaño. Perdió su propia identidad.
       Él volvió la cabeza y la miró de una manera muy cómica. Ella tuvo que contenerse.
       Qué gracioso parece con la cabeza vuelta desde abajo, pensó. Después de todo, existía una diferencia entre ella y la gente vulgar. El agua en la que tenía hundidos los brazos estaba bastante negra, como negruzca estaba la pastilla de jabón. Apenas podía concebirlo como un ser humano. Mecánicamente, bajo la influencia de la costumbre, buscó a tientas en el agua negra, pescó el jabón y la franela y se los pasó a Louisa. Entonces se quedó rígido y sometido, con los dos brazos aferrados a la palangana, soportando el peso de sus hombros. Su piel era exquisitamente blanca e inmaculada, de una sólida blancura opaca. De forma gradual, Louisa le vio: eso era él. Quedó fascinada. La sensación de extrañamiento pasó: ella dejó de rechazar el contacto con él y con su madre. Existía ese centro vital. Le latió con ardor el corazón. Había alcanzado un objetivo en ese cuerpo hermoso, viril, claro. Lo amó con un calor blanco, impersonal. Pero el cuello y las orejas, bronceados por el sol, rojizos, eran aún más personales, más curiosos. Se despertó en ella cierta ternura, amó hasta sus extrañas orejas. Una persona; para ella, él era un ser íntimo. Dejó la toalla y fue arriba nuevamente, con el corazón compungido. Solo había visto a un ser humano en toda su vida, y se trataba de Mary. Todos los demás eran extraños. Ahora se le iba abrir el alma, iba a ver a otro. Se sintió rara y aturdida.
       —Estará más cómodo —murmuró abstraída la enferma cuando Louisa entró en la habitación. Esta no contestó. Tenía el corazón enmudecido por su propia responsabilidad. La señora Durant se quedó callada un momento, y luego murmuró quejándose:
       —No deberías molestarte, Louisa.
       —¿Por qué habría de molestarme? —replicó Louisa profundamente emocionada.
       —Es a lo que estamos acostumbrados —dijo la anciana.
       Y de nuevo Louisa se sintió excluida de su vida. Se sentó, dolorida, con las lágrimas de la desilusión recorriéndole el corazón. ¿Eso era todo?
       Alfred subió las escaleras. Estaba limpio y en mangas de camisa. Ahora parecía un obrero. Louisa sintió que ella y él eran desconocidos, que se movían en vidas diferentes. Esto le causó pesadumbre una vez más. Oh, si pudiera encontrar alguna relación inmutable, algo seguro y tolerable.
       —¿Cómo te sientes? —le preguntó a su madre.
       —Un poco mejor —replicó ella cansada, impersonal. Ese extraño ponerse a un lado, esa abstracción de ella misma para contestarle solo lo que ella pensaba que era bueno que él escuchase hacía que la relación entre madre e hijo resultara intensa y difícil para Louisa. Convertía al hombre en algo ineficaz, en nada. Louisa se inclinó como si lo hubiera perdido. La madre era real y positiva; él no era muy real. Confundió y enfrió a la joven.
       —Será mejor que vaya a buscar a la señora Harrison —dijo él, pero esperó a que su madre decidiera.
       —Supongo que habrá que tener a alguien —replicó ella.
       La señorita Louisa permaneció en silencio, temiendo interferirse en sus asuntos. No la incluían a ella en sus vidas, sentían que no tenía nada que ver con ellos excepto como ayuda externa. Era bastante ajena a ellos. Se sintió herida e indefensa ante esta diferencia inconsciente. Pero algo paciente y terco que había en ella le hizo decir:
       —Yo me quedaré y la cuidaré. Usted no puede quedarse sola.
       Los dos se mostraron tímidos y no contestaron.
       —Nos arreglaremos para conseguir a alguien —dijo la anciana, cansada. Ahora ya no le importaba mucho lo que sucediera.
       —De cualquier modo, me quedaré hasta mañana —dijo Louisa—. Luego ya veremos.
       —No tienes por qué preocuparte tanto —gimió la anciana; pero tenía que quedarse en sus manos.
       La señorita Louisa se alegró de que la admitieran incluso de un modo oficial. Quería compartir sus vidas. En casa la necesitarían ahora que había llegado Mary. Pero debían arreglarse sin ella.
       —Debo escribir una nota para la vicaría —dijo.
       Alfred Durant la miró fijamente, poniéndose a su servicio. En la Marina había adquirido una pronta disposición a servir. Pero en esa disposición había una independencia simple que a ella le encantó. De cualquier manera, sintió que era difícil acercarse a él. Era tan deferente, tan rápido para recoger la menor sugerencia de una orden suya, implícitamente, que ella no podía llegar al hombre que había en él.
       Él la miró con suma ansiedad. Ella notó que sus ojos eran de color pardo amarillento, con una pupila diminuta; el tipo de ojos que pueden ver a gran distancia. Él estaba alerta, en actitud de atención militar. Aún tenía la cara enrojecida por el frío.
       —¿Quieres papel y pluma? —preguntó con la deferencia con que se trata a un ser superior; esto a ella le resultaba todavía más difícil que la reserva.
       —Sí, por favor —contestó ella.
       Él dio media vuelta y bajó las escaleras. Le pareció muy reservado, absolutamente seguro de sus movimientos. ¿Cómo podría aproximársele? Porque él no daría un solo paso en su dirección. Solo se pondría a su servicio completa e impersonalmente, contento de servirla pero manteniéndose bastante alejado. Notó que él sentía verdadera alegría por hacer cualquier cosa por ella, pero cualquier reconocimiento de esto le confundiría y heriría. Era extraño para ella tener a un hombre en la casa en mangas de camisa, con el chaleco desabrochado, el cuello al descubierto, sirviéndola. Él se movía bien, como si tuviera mucha vida para gastar. Le atraía su plenitud. Y sin embargo, cuando todo estaba listo y él ya no tenía más que hacer, ella temblaba al encontrarse con su mirada interrogante.
       Mientras ella escribía, él le puso otra vela cerca. La luz, bastante densa, cayó en dos puntos sobre los rizos de su cabello hasta que brilló pesado y fulgente como un denso plumaje dorado y recogido. Su nuca era muy blanca, con mechones puntiagudos y dorados. Él la contempló como si se tratase de una visión, dejándose ir. Ella era todo lo que estaba más allá de él, de revelación y exquisitez. Todo lo que era ideal y estaba fuera de su alcance, eso era ella. Y se perdía a sí mismo mirándola. Ella no tenía conexión con él. No se acercó a ella. Estaba allí como a una distancia maravillosa. Pero era una fiesta tenerla en casa. Incluso con la angustia que le atenazaba por su madre, era sensible a la maravilla de vivir esa tarde. Las velas relumbraban sobre su pelo y parecían fascinarle. Sintió un poco de temor y una sensación de levitación; que ella, él y su madre pudieran estar juntos por un tiempo, en ese ambiente extraño y desconocido… Y cuando salió de la casa tuvo miedo. Vio arriba las estrellas que brillaban con luces delicadas y abajo la nieve apenas visible y una nueva noche se cernió sobre él. Tuvo un miedo casi destructivo. ¿Qué era esa nueva noche que titilaba a su alrededor y qué era él? No se podía reconocer a sí mismo ni al contorno. Tenía miedo de pensar en su madre. No obstante su pecho era consciente de ella y de lo que estaba sucediendo. No podía escaparse de ella; le transportaba consigo a un caos informe y desconocido.


11

      Subió el camino penosamente sin saber de qué se trataba pero sintiendo como un hierro candente en el pecho. Sin pensar, dejó caer dos o tres lágrimas en la nieve. No obstante, en el fondo no creía que su madre fuera a morir. Una conciencia mayor le tenía en su puño. Cuando tomó asiento en el vestíbulo de la vicaría para esperar que Mary pusiera cosas para Louisa en un bolso, se preguntó por qué había estado tan afligida. Se sentía abatido y humillado por la gran casona; volvió a sentirse como si fuera uno más del montón. Cuando la señorita Mary le dirigió la palabra, casi se cuadró.
       Un hombre honesto, pensó Mary. Y asumió su aire protector como salvaguarda de su propia dolencia. Ella tenía su estatus social, de modo que podía adoptarlo: era casi lo único que le quedaba. Pero no podría haber vivido sin cierta posición. Jamás hubiera confiado en sí misma fuera de un sitio definido ni se hubiera respetado a sí misma salvo como mujer de una clase superior.
       Cuando llegó al picaporte de la puerta, volvió a sentir dolorido el corazón y vio el nuevo paraíso. Miró un momento al norte, hacia la nieve que se elevaba en la noche y a su destello lejano en los campos distantes. Entonces el dolor anímico se le convirtió en dolor físico. Se aferró al portal, mordiéndose los labios y susurrando: “¡Madre!”. Fue un dolor agudo, cortante, carnal, que llegó en oleadas, como si el dolor de su madre llegase también en oleadas, y fue tan agudo que apenas pudo mantenerse en pie. No supo de dónde venía ese dolor ni por qué. Nada tenía que ver con sus pensamientos. Le abrumaba y él debía someterse. Todo el movimiento de su alma, congregándose en lo desconocido hacia su expansión en la muerte, le llevó con él sin que nada pudiera hacer; todas las partículas de su conciencia atrapadas como si de nada se tratase, todo el esfuerzo marchaba hacia su desaparición llevándolo más lejos de lo que jamás hubiera estado. Cuando el joven se recuperó, entró en la casa y allí casi se sintió alegre. Pareció emocionarlo. Se sintió de buen ánimo; se burló caprichosamente de las cosas. Se sentó a un lado de la cama de su madre, con Louisa en el otro, y cierta alegría hizo presa de todos ellos. Pero la noche y la angustia se aproximaban.
       Alfred besó a su madre y se fue a la cama. Cuando estaba a medio desvestir, la conciencia del estado de su madre le atropelló y se aferró al sufrimiento como con dos manos, agónicamente. Se tiró en la cama hecho un ovillo. Duró tanto y le agotó tanto, que se durmió sin energía para volver a levantarse y terminar de desvestirse. Se despertó después de medianoche para encontrarse casi helado. Se desvistió y se metió en la cama y pronto volvió a dormirse.
       Se despertó a las seis menos cuarto y al instante recordó. Se puso los pantalones, encendió una vela y fue al dormitorio de su madre. Tapó la llama con la mano para que la luz no diera en la cama.
       —¡Madre! —susurró.
       —Sí —fue la respuesta.
       Hubo un momento de vacilación.
       —¿Debo ir al trabajo?
       Esperó con el corazón latiéndole con fuerza.
       —Pienso que sí, hijo mío.
       Se le hundió el corazón en una especie de desesperación.
       —¿Quieres que vaya?
       Dejó caer la mano de la llama. La luz bajó hasta la cama. Allí vio a Louisa echada mirándole. Tenía los ojos fijos en él. Rápidamente los cerró y casi hundió la cabeza en su almohada, medio de espaldas a él. Vio en su cabello despeinado como un vapor brillante alrededor de la cabeza redonda y las dos trenzas revueltas entre las colchas. Le impresionó. Se adelantó, decidido. Louisa se agachó. Él miró y vio los ojos de su madre. Luego volvió a ceder y dejó de estar seguro, dejó de ser él mismo.
       —Sí, vete a trabajar, hijo mío —dijo la madre.
       —Muy bien —contestó él, dándole un beso. Sintió desesperación y amargura en su corazón. Se fue.
       —¡Alfred! —exclamó en voz baja su madre.
       Él regresó, latiéndole el corazón con más fuerza.
       —Siempre harás lo que esté bien, ¿no es verdad, Alfred? —preguntó la madre, ahora aterrorizada por que él la dejara. Él estaba demasiado asustado y aturdido como para darse cuenta de lo que le decía.
       —Sí —contestó.
       Ella le ofreció una mejilla. Él la besó y luego se retiró con amarga desesperanza. Se fue a trabajar.


12

      A mediodía, su madre había muerto. Él se enteró en la boca de la mina. Tal como había sabido en su interior, no se sorprendió; sin embargo, tembló. Caminó hasta su casa con bastante serenidad, sintiendo solo el peso de su respiración.
       La señorita Louisa todavía estaba en la casa. Se había hecho cargo de todo lo posible. Muy brevemente le informó de lo que él necesitaba saber. Pero había un tono de ansiedad en ella.
       —Tú casi lo esperabas… ¿No ha sido un golpe para ti? —preguntó mirándole. Ella también se sentía perdida. Él era tan oscuro y rudimentario…
       —Supongo que sí —dijo estúpidamente. Miró a un lado, incapaz de aguantar los ojos de ella.
       —No podría soportar la idea de que no te hubieras dado cuenta —dijo ella.
       Él no contestó.
       Le producía una gran tensión tenerla a su lado en un momento como ese. Quería estar solo. Tan pronto como empezaron a llegar los parientes, Louisa se fue y ya no regresó. Mientras se disponía todo, mientras hubo una multitud en la casa, mientras tuvo que arreglar diversos asuntos, estuvo bastante bien, aunque sufriendo esos incontrolables paroxismos de dolor. A solas soportó los fieros y casi delirantes ataques de dolor que le sobrevenían y le dejaban casi en calma, casi limpio, con algunas dudas. Antes no había sabido que todo se podía romper, que él mismo se podía quebrar y que todo era un gran caos vasto y extraordinario. Fue como si la vida hubiera roto en él sus límites y estuviera perdido en una gran inundación abrumadora, inmensa y despoblada. Él mismo estaba roto y desbordado en medio de todo aquello. Solo podía respirar, jadeante, en silencio. Luego volvía a abrumarle la angustia.
       Cuando toda la gente se hubo ido de Quarry Cottage, dejando solo al joven con una vieja gobernanta, empezó el calvario. La nieve se había derretido y luego helado; una nueva nevada había blanqueado lo gris, y luego empezó a derretirse. El mundo era un lugar de fango gris y blando. Alfred no tenía nada que hacer por las tardes. Era un hombre cuya vida estaba llena de pequeñas actividades. Sin saberlo, él la había polarizado en torno a su madre. Era ella quien le había mantenido activo. Incluso cuando le dejó la vieja gobernanta, podría haber continuado viviendo de la misma manera. Pero a su vida le faltaban fuerza y equilibrio. Se sentaba y pretendía leer, con los puños apretados continuamente, dominándose, aguantando no sabía qué. Caminaba kilómetros negros y empapados por los senderos del campo hasta que se agotaba. Pero todo eso era una huida de la que tenía que regresar. Por la noche todo iba bien. De haber sido verano, se hubiera evadido trabajando en el huerto hasta la hora de acostarse. Pero ahora no había escapatoria posible, ningún alivio, ninguna ayuda. Quizá fuera más proclive a la acción que a la comprensión, a la vida que al ser. Quedó fuera de sus actividades, como un nadador que se olvida de nadar.
       Durante una semana tuvo las fuerzas necesarias para soportar este sofoco y esta lucha; luego empezó a agotarse y supo que tendría que salir de esa situación. El instinto de autoconservación se le fortaleció. Pero había un interrogante: ¿adónde ir? La taberna realmente carecía de sentido para él, no le hacía bien ir allí. Empezó a pensar en emigrar. En otro país estaría bien. Escribió a las oficinas de emigración.
       El domingo, después del funeral, cuando todos los Durant asistieron a la iglesia, Alfred vio a la señorita Louisa, impasible y reservada, sentada al lado de la señorita Mary, que se mostró altiva y muy distante, y de los demás Lindley, todos muy alejados. Alfred les veía como personas ajenas. No pensaba en ello. Nada tenían que ver con su vida. Después de la ceremonia, Louisa se acercó a él y se estrecharon las manos.
       —A mi hermana le gustaría que vinieras a cenar a casa un día, si tú quieres.
       Él miró a la señorita Mary, que le hizo una leve inclinación de cabeza. Por pura bondad, Mary se lo había propuesto a Louisa, desaprobando su acción incluso cuando la hacía. Pero ella no se estudiaba en profundidad.
       —Sí —dijo Durant torpemente—, iré si usted lo desea. —Pero se sintió vagamente fuera de lugar.
       —Entonces vendrás mañana, a eso de las seis y media.
       Fue. La señorita Louisa fue muy buena con él. No podía haber música debido a los niños. Él se sentó con los puños cerrados sobre las rodillas, muy quieto y frío, cayendo, entre toda esa gente, en una especie de mareo o trance. No había nada entre él y ellos. Ellos lo sabían tan bien como él. Pero se mantuvo muy sereno y la tarde pasó lentamente. La señora Lindley le llamaba “joven”.
       —Por favor, ¿se sentaría aquí, “joven”?
       Se sentó allí. Tanto daba un nombre que otro. ¿Qué tenían ellos que ver con él?
       La señora Lindley empleó un tono especial con él, indulgente pero superior. Durant recibió todo sin protestar ni ofenderse, simplemente sometiéndose. Pero no quería comer; le preocupaba tener que comer en su presencia. Sabía que estaba fuera de lugar. Pero era su obligación quedarse un rato. Contestaba a las preguntas con precisión, con monosílabos.
       Cuando se fue, parpadeó confuso. Se alegró de haber terminado. Se fue lo más rápidamente posible. Y quiso aún con más intensidad partir a Canadá.
       La señorita Louisa sufrió en su interior, indignada con todos ellos pero un tanto incapaz de precisar por qué estaba indignada.


13

      Dos días más tarde, a la seis y media, Louisa llamó a la puerta de Quarry Cottage. Él había terminado su cena, la mujer había fregado y se había ido; pero aún estaba sucio de la mina. Más tarde pensaba ir a la taberna. Había empezado a ir allí porque necesitaba ir a alguna parte. El mero contacto con otros hombres le era necesario, el ruido, el calor, el olvidado paso de las horas. Pero no se había movido todavía. Estaba sentado en la casa vacía hasta que empezó a crecer en él algo anormal.
       Estaba sucio cuando abrió la puerta.
       —He querido venir; pensé que debía —dijo ella, y se fue al sofá. Él se preguntó por qué no había de usar el sillón de su madre. Sin embargo, algo se conmovía en él, algo como una furia, cuando la sirvienta lo hacía.
       —Ya tendría que haberme lavado —dijo él echando una mirada al reloj, que estaba adornado con mariposas, cerezas y el nombre “T. Brooks, Mansfield”. Cruzó las manos negras sobre los brazos llenos de suciedad. Louisa le miró. Vio la reserva y la neutralidad hacia ella que tanto temía. Le impedía acercarse.
       —Me temo —dijo ella— que no estuve bien cuando te invité a cenar.
       —No estoy acostumbrado a esas cosas —dijo él, mostrando sus dientes blancos y separados al sonreír. Sin embargo, sus ojos estaban fijos y cegados.
       —No se trata de eso —dijo ella rápidamente. Su reposo era exquisito y sus oscuros ojos grises eran ricos en comprensión. La temió, allí sentada, cuando empezó a tomar conciencia de ella—. ¿Cómo te va solo? —preguntó ella.
       —Oh… —contestó, moviéndose molesto y sin terminar su contestación.
       El rostro de ella se puso grave.
       —Qué cerrado es este cuarto. Tienes un fuego muy grande. Me quitaré el abrigo —dijo.
       La miró mientras se quitaba el sombrero y el abrigo. Tenía puesta una blusa color crema de cachemira bordada con seda dorada. A él le pareció una prenda sumamente fina, ajustada al cuello y a los puños. Le produjo una sensación de placer, limpieza y alivio.
       —¿En qué estabas pensando que no te has lavado? —preguntó ella con cierto grado de intimidad. Él se rió, desviando la mirada. El blanco de sus ojos resaltó en la cara ennegrecida.
       —Oh —dijo él—, no podría decírtelo.
       Hubo una pausa.
       —¿Vas a conservar esta casa? —preguntó ella.
       Él se movió en su silla ante la pregunta.
       —Todavía no lo sé —dijo—. Es muy posible que me vaya a Canadá.
       Ella se quedó muy quieta y atenta.
       —¿Para qué?
       Nuevamente él se movió en la silla.
       —Pues —dijo él lentamente— para tratar de vivir.
       —Pero ¿qué vida?
       —Hay varias cosas. El campo, la madera, las minas. No me importa mucho de qué se trate.
       —¿Y eso es lo que quieres?
       Él no pensaba en esos términos, de modo que no pudo contestar.
       —No lo sabré —dijo— hasta que lo haya probado.
       Ella vio cómo se alejaba de ella para siempre.
       —¿No te da pena dejar esta casa y este jardín? —preguntó.
       —No lo sé —contestó sin ganas—. Supongo que vendría Fred. Eso es lo que quiere.
       —¿No quieres echar raíces? —preguntó ella.
       Él estaba inclinado hacia delante sobre los brazos de su sillón. Se volvió hacia ella, que tenía la cara pálida y una expresión de decisión. Parecía grave e imposible; su cabello brilló más al palidecer. Para él era como algo fijo, inamovible y eterno que se ofrecía. Le ardía el corazón con la angustia del suspense. Le traspasaron los miembros agudos calambres de miedo y dolor. Alejó todo su cuerpo de ella. El silencio era insoportable. No podía aguantar seguir sentado allí. Le hacía arder el corazón y se le endurecía el pecho.
       —¿Ibas a salir esta noche? —preguntó ella.
       —Solo al New Inn —contestó él.
       Nuevamente se hizo el silencio.
       Ella extendió la mano para recoger el sombrero. No se le ocurrió nada más. Tenía que irse. Él se quedó sentado esperando a que se fuera para sentirse aliviado. Y ella supo que si salía de la casa de ese modo, todo sería un fracaso. Sin embargo, continuó arreglándose el sombrero; al cabo de un instante tendría que irse. Algo la empujaba.
       Entonces, de repente, una penetrante punzada, como un relámpago, la estremeció de pies a cabeza y dejó de dominarse.
       —¿Quieres que me vaya? —preguntó controlada y, sin embargo, hablando con una profunda angustia, como si las palabras fueran pronunciadas sin su intervención.
       Él se puso blanco bajo la suciedad.
       —¿Por qué? —preguntó volviéndose hacia ella con miedo, obligado.
       —¿Quieres que me vaya? —volvió a preguntar.
       —¿Por qué? —repitió él.
       —Porque quería quedarme contigo —dijo ella, sofocada, con los pulmones llenos de fuego.
       A él se le contrajo la cara, se adelantó un poco, suspendido, mirándola a los ojos, atormentado, en una agonía caótica, incapaz de dominarse. Y, como de piedra, ella le devolvió la mirada. Por unos breves instantes sus almas quedaron al desnudo. Era una tortura. No lo pudieron soportar. Él bajó la cabeza mientras le temblaba el cuerpo con pequeñas y agudas punzadas.
       Ella fue a buscar el abrigo. Se le había muerto el alma. Le temblaban las manos, pero ya no podía sentir. Se puso el abrigo. Hubo un cruel suspense en la habitación. Había llegado el momento de su partida. Él levantó la cabeza. Sus ojos eran como de ágata, inexpresivos a excepción de los puntos negros de tortura; la detuvieron; ella ya no tenía voluntad, ya no tenía más vida. Se sintió rota.
       —¿Me quieres? —preguntó sin esperanzas.
       Un espasmo de dolor cruzó por los ojos de él, que la mantuvo inmovilizada.
       —Yo… Yo… —empezó a decir, pero no pudo hablar.
       Algo le arrancó de la silla hacia ella. Ella permaneció inmóvil, hechizada, como una criatura entregada a modo de presa. Extendió una mano a tientas, incierta, hasta el brazo de ella. Ella permaneció totalmente quieta. Luego, con torpeza, él la abrazó y la apretó cruel, ciegamente, estrechándola hasta que ella casi se desvaneció, hasta que él casi cayó.
       Luego, poco a poco, mientras la tenía sujeta y la cabeza le daba vueltas, se sintió cayendo, cayendo de sí mismo; mientras a ella, entregada, desvanecida en una especie de muerte de sí misma, la cubrió un momento de total oscuridad; y luego los dos empezaron a despertarse como después de un largo sueño. Él era él mismo.
       Al cabo de un rato aflojó los brazos; ella también se retiró un poco y le devolvió el abrazo. Así quedaron, abrazados, escondiéndose el uno del otro y buscando afirmarse sin palabras. Las manos de ella temblaban aferrándose cada vez más a él, atrayéndole más cerca dentro de sí, con amor.
       Por último, ella apartó la cabeza y le miró con los ojos húmedos y destellantes de luz. El corazón de él, que veía, estaba silencioso de miedo. Estaba con ella. Ella vio su cara toda sombría e inescrutable y le pareció eterno. Todo el eco del dolor volvió en una extraña bendición y brotaron todas las lágrimas.
       —Te amo —dijo ella con los labios temblorosos por el llanto. Él bajó la cabeza sobre ella, incapaz de escucharla, incapaz de aguantar la súbita llegada de la paz y de la pasión que casi le rompía el corazón. Se quedaron en silencio mientras aquello se alejaba un poco.
       Al final ella quiso verle. Levantó la mirada. Él tenía los ojos extraños y brillantes, con una diminuta pupila negra. Eran raros y se apoderaban de ella. Su boca llegó hasta la de ella que lentamente cerró los párpados, mientras la boca de él buscaba la suya cada vez más cerca, hasta tomar posesión de ella.
       Se produjo un prolongado silencio demasiado mezclado de pasión, dolor y muerte como para permitir otra cosa que abrazarse en el dolor y los besos, en largos besos en los que el miedo se convirtió en deseo. Al final ella se soltó. Él sintió como si tuviera herido el corazón, pero contento, y apenas se animó a mirarla.
       —Estoy contenta —dijo ella.
       Él le cogió las manos con apasionada gratitud y deseo. Aún no tenía la suficiente presencia de ánimo para decir nada. Estaba mareado por el alivio.
       —Debo irme —dijo ella.
       Él la miró. No podía aceptar la idea de que se fuera; supo que ya no podría estar separado de ella. Sin embargo, no se animó a afirmarse. Le apretó las manos.
       —Tienes la cara negra —dijo ella.
       Él se rió.
       —La tuya está un poco manchada —contestó.
       Tuvieron miedo, miedo de hablarse. Él solo podía tenerla cerca de sí. Al cabo de un rato, ella quiso lavarse la cara. Él trajo agua caliente, se puso a su lado y la contempló. Quería decirle algo pero no se atrevía. La observó enjugándose la cara y arreglándose el pelo.
       —Verán que tienes la blusa sucia —dijo él.
       Ella se miró las mangas y rió de alegría.
       Él estaba lleno de orgullo.
       —¿Qué harás? —preguntó él.
       —¿Cómo?
       Era torpe para contestar a las preguntas.
       —Conmigo —dijo él.
       —¿Qué quieres que haga? —se rió ella.
       Lentamente él le acercó una mano. ¿Qué importaba?
       —Pero lávate —dijo ella.


14

      Mientras subían la colina, la noche parecía llena de algo desconocido. Caminaban muy juntos, como si la oscuridad tuviera vida y un profundo conocimiento rodeándoles por doquier. Subieron la colina en silencio. Pasaron bajo los fardos de la calle. Se cruzaron con varias personas. Él era más tímido que ella y la hubiera dejado ir de haberse ella soltado un poco. Pero ella se mantuvo firme.
       Entonces entraron en la verdadera oscuridad, entre los campos. No querían hablar, se sentían más unidos en el silencio. Luego llegaron a la puerta de la vicaría. Se detuvieron bajo el desnudo castaño de Indias.
       —Ojalá no tuvieras que irte —dijo él.
       Ella lanzó una pequeña risa súbita.
       —Ven mañana —dijo ella en voz baja— y se lo pides a mi padre.
       Ella sintió que le apretaba las manos.
       Ella le envió la misma risita penosa de simpatía. Luego le besó, enviándole así a su casa.
       En casa, el viejo dolor vino en otro paroxismo, borrando a Louisa, borrando incluso a su madre, por quien retumbaba la tensión como un ataque de fiebre en una herida. Pero había algo firme en su corazón.


15

      La tarde siguiente se vistió para ir a la vicaría, sintiendo que tenía que hacerlo y sin imaginarse cómo sería. No se lo tomaría en serio. Estaba seguro de Louisa y para él su boda era como el destino. También le llenó un bendito sentimiento de fatalidad. Él no era responsable, ni la gente relacionada con ella tenía en realidad nada que ver.
       Le hicieron pasar al pequeño estudio, en el cual el fuego no estaba encendido. Al cabo de un rato apareció el vicario. Tenía la voz fría y hostil y le dijo:
       —¿Qué puedo hacer por usted, joven?
       Ya lo sabía, sin preguntarlo.
       Durant le miró, nuevamente como un marinero ante un superior. Tenía los modales del subordinado. Sin embargo, su espíritu lo tenía claro.
       —Yo quería, señor Lindley —empezó a decir respetuosamente; luego se le fue todo el color de la cara. ¿Qué estaba haciendo allí? Pero persistió porque tenía que hacerlo. Se reafirmó en su propia independencia y en el respeto por sí mismo. No debía mostrarse vacilante. Debía ponerse a un lado a sí mismo: el asunto era más importante que su propia persona. No debía sentir. Era su mayor deber.
       —Quería… —repitió el vicario.
       Durant tenía la boca reseca, pero contestó con serenidad:
       —La señorita Louisa, Louisa, ha prometido casarse conmigo…
       —Le pidió a la señorita Louisa que se casara con usted, sí… —corrigió el vicario. Durant pensó que él no se lo había pedido:
       —Si ella se casara conmigo, señor. Espero que… a usted no le moleste.
       Sonrió. Era un hombre apuesto y el vicario no pudo dejar de notarlo.
       —¿Y mi hija está dispuesta a casarse con usted? —preguntó el señor Lindley.
       —Sí —respondió con seriedad Durant. No obstante, fue doloroso para él. Sintió una hostilidad natural entre él y el vicario.
       —¿Podría venir por aquí? —preguntó el vicario. Le llevó a la sala en la que estaban Mary, Louisa y la señora Lindley. El señor Massey estaba sentado en un rincón con una lámpara.
       —¿Este joven ha venido por ti, Louisa? —preguntó el señor Lindley.
       —Sí —dijo Louisa mirando a Durant, que permanecía erguido, disciplinado. No osaba mirarla pero era consciente de su presencia.
       —Tú no quieres casarte con un minero, tonta —exclamó duramente la señora Lindley. Yacía obesa e impotente en el sofá, envuelta en una gran bata gris.
       —Oh, calla, madre —dijo Mary con calmada intensidad y determinación.
       —¿Con qué medios cuenta usted para mantener a una esposa? —exigió groseramente la mujer del vicario.
       —¡Yo! —exclamó Durant—. Pienso que puedo ganar lo suficiente.
       —Muy bien, ¿cuánto? —dijo la voz grosera.
       —Siete con seis al día —replicó el joven.
       —¿Y habrá algo más?
       —Espero que sí.
       —¿Y van a vivir en esa casita insignificante?
       —Así es —dijo Durant—, si le parece bien.
       No se ofendió; solo se afligió por que no pensaran que fuera lo bastante bueno. Sabía que para ellos no lo era.
       —Entonces es una tonta, se lo digo, si se casa con usted —exclamó la madre con dureza, reafirmando su decisión.
       —Después de todo, mamá, es asunto de Louisa —dijo Mary con claridad— y debemos recordar…
       —Ella se labra su destino, pero se arrepentirá —la interrumpió la señora Lindley.
       —Después de todo —dijo el señor Lindley—, Louisa no puede permitirse actuar libremente sin tener en cuenta a su familia.
       —¿Qué quieres decir, papá? —preguntó Louisa tajante.
       —Quiero decir que si te casas con este hombre dificultarás mucho mi situación en esta parroquia, en especial si os quedáis aquí. Si os fuerais a otra parte, todo sería más simple. Pero que vivas aquí, en la casa de un minero, ante mis narices, como si fuera… Casi sería indecoroso. Yo tengo que mantener una posición, y una posición que no puede ser tomada a la ligera.
       —Venga aquí, joven —dijo la madre con su ruda voz— y déjenos mirarle.
       Durant, ruborizado, se acercó, no en posición de firmes, pero sin saber qué hacer con las manos. A la señorita Louisa le enfureció verle allí, obediente y aquiescente. Tenía que mostrarse como un hombre.
       —¿No puede llevársela de aquí y vivir en otra parte? —preguntó la madre—. Los dos estarían mejor.
       —Sí, podemos irnos —contestó él.
       —¿Quieres hacerlo? —preguntó Mary claramente.
       Él volvió la cabeza. Mary parecía muy señora e impresionaba. Él se ruborizó.
       —Lo haré si eso va a causar problemas —dijo.
       —Por ti, ¿preferirías quedarte? —preguntó Mary.
       —Es mi hogar —dijo él—, la casa donde nací.
       —Entonces —Mary se dirigió directamente a sus padres—, no veo cómo podrás imponer tus condiciones, papá. Él tiene sus derechos, y si Louisa quiere casarse con él…
       —¡Louisa, Louisa! —exclamó el padre con impaciencia—. No puedo comprender por qué Louisa no puede comportarse de una forma normal. No puedo entender por qué piensa únicamente en sí misma y deja de lado a su familia. El asunto ya es bastante complicado, y ella tendría que ayudar todo lo posible. Y si…
       —Pero yo quiero a este hombre, papá —dijo Louisa.
       —Y yo espero que ames a tus padres, y espero que quieras evitarles lo más posible… la pérdida de prestigio.
       —Podemos irnos a vivir a otra parte —dijo Louisa con lágrimas en los ojos. Finalmente había sido herida de verdad.
       —Oh, sí, sin problema —replicó Durant con rapidez, pálido, deprimido.
       Se hizo un silencio mortal en la habitación.
       —Pienso que sería muchísimo mejor —murmuró el vicario, apaciguado.
       —Por supuesto que sí —dijo la inválida con voz ronca.
       —Pienso que deberíamos disculparnos por pedir algo semejante —dijo Mary con altivez.
       —No —dijo Durant—; será mejor para todos. —Se alegró de que terminase el asunto de una vez.
       —¿Y pondremos las amonestaciones aquí o en el registro? —preguntó claramente, como un desafío.
       —Iremos al registro —dijo Louisa con decisión.
       Nuevamente se produjo un silencio espeso.
       —Bueno, si queréis hacerlo a vuestro modo, debéis hacerlo —dijo, subrayando las palabras la madre.
       Durante todo este tiempo el señor Massey había permanecido oscuro e ignorado en un rincón de la habitación. En ese momento se puso en pie y dijo:
       —El bebé, Mary.
       Mary se levantó y salió de la habitación, altiva: su pequeño marido salió detrás. Durant miró cómo se iba el frágil hombrecito, suspicaz.
       —¿Y dónde —preguntó el vicario casi con simpatía— pensáis ir después de casados?
       Durant se sobresaltó.
       —Pensaba emigrar —dijo.
       —¿A Canadá? ¿O adónde?
       —Pienso que a Canadá.
       —Sí, estaría muy bien.
       Nuevamente se hizo una pausa.
       —O sea, que no le veremos con frecuencia como yerno —comentó la madre ronca pero amablemente.
       —No mucho —dijo él.
       Entonces se dispuso a retirarse. Louisa fue con él hasta la puerta. Quedó ante él, afligida.
       —No te han molestado mucho, ¿verdad? —preguntó con humildad.
       —No me importan si yo no les importo a ellos —dijo él. Luego se agachó y la besó.
       —Casémonos pronto —murmuró ella entre lágrimas.
       —Muy bien —dijo él—. Mañana iré a Barford.



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