D. H. Lawrence
(Eastwood, Inglaterra, 1885 - Vence, Francia, 1930)
Mercurio (1927)
(“Mercury”)
Originalmente publicado en la revista Atlantic Monthly,
139 (febrero de 1927), págs. 197-200;
revista Nation and Athenaeum (5 de febrero de 1927);
Phoenix: The Posthumous Papers of D. H. Lawrence
Ed. Edward D. MacDonald
(Nueva York: Viking, 1936, 852 págs.), págs. 35-39.
Era domingo, y hacía mucho calor. La
gente de fiesta se dirigía en tropel a la colina de Mercurio, para elevarse dos
mil pies por encima de la bruma de vapor de los valles. Ya que el verano había
sido muy húmedo, y el repentino calor cubría la tierra de vapor cálido.
En cada uno de sus trayectos, el
funicular iba atestado. Se arrastraba por la empinada pendiente que, hacia la
cima, parecía casi perpendicular, y allí el filamento de acero de los raíles
colgaba sobre el golfo de pinos como una soga de hierro contra una pared. Las mujeres
contenían el aliento y no miraban. O miraban hacia atrás, hacia los abismados
niveles del río que serpenteaba sobre la frontera, vaporoso e indistinto.
Cuando se llegaba a la cima, no había
nada que hacer. La colina era un cono cubierto de pinos; algunos senderos
culebreaban entre los altos troncos de los árboles, y se podía andar en
circunferencia y tener atisbos de todo el mundo alrededor: la indistinta y
lejana llanura fluvial, con un apagado destello de la gran corriente, al oeste;
al sur, las colinas de ligero aspecto, cubiertas de negros bosques, con claros
verdes esmeralda y una o dos blancas casitas; al este, el valle hacia el
interior, con dos pueblos, chimeneas de fábricas, iglesias con campanarios y,
más allá, colinas; y, hacia el norte, las empinadas colinas del bosque, con
riscos rojizos y rojizas ruinas de castillos. Arriba ardía el sol, y todo
estaba envuelto en vapor.
En la mismísima cumbre de la colina había
una torre, una torre de vigilancia; un alargado restaurante con su cervecería
al aire libre, con sus mesitas amarillas ofreciendo sus discos redondos bajo
los castaños de Indias; luego, un jardincillo entre rocas ya en la pendiente.
Pero a pocas yardas recomenzaba la salvaje espesura de los árboles.
La muchedumbre dominguera llegaba por
oleadas del funicular. A oleadas fluían y refluían por la cervecería al aire
libre. Nadie se gastaba el dinero. Uno que otro pagaba para subir a la torre de
vigilancia para contemplar desde ella un mundo de vapores, de colinas negras,
ligeras y en cuclillas, y de ciudades medio asadas. Luego, todo el mundo se
dispersaba por los senderos, yendo a sentarse entre los árboles, al aire
fresco.
No había ni un soplo de viento. Si,
tendido, se contemplaba hacia arriba el hirsuto y bárbaro mundo intermedio de
los pinos, era difícil saber si los altos troncos puros soportaban sobre ellos
la espesura de tinieblas, o si descendían de ella como cordeles que se dejara
pender. Fuera como fuera, entre el mundo de las cimas de los árboles y el mundo
terrestre se tendían las maravillosas cuerdas limpias de innumerables troncos
orgullosos de árboles, limpios como la lluvia. Y, mientras se contemplaba
aquello, se veía moverse el mundo superior levemente, muy levemente, oscilar
muy levemente, con un movimiento circular, a pesar de que los troncos, más
abajo, permanecían absolutamente inmóviles, monolíticos.
No había nada que hacer. No había en todo
el mundo nada que hacer, y nada por ser hecho. ¿Por qué habíamos subido todos a
la cima del Merkur? No tenemos nada que hacer.
¿Qué más da? Hemos dado una zancada más
allá del mundo. Que cueza en vapor su realidad semicocida allá abajo. En la
colina de Mercurio no nos importa. Ni siquiera nos tomamos la molestia de vagar
recogiendo los vinagrosos arándanos, gruesos y azules. Tan sólo nos quedamos
tumbados, y miramos los troncos de los árboles, puros como lluvia, como cuerdas
musicales entre dos mundos.
Pasan las horas: la gente deambula,
desaparece y reaparece. Todo está quieto en el calor. Ya sólo raramente la
humanidad es ruidosa. Vamos a por un trago; unos jilgueros se pasean entre la
escasa gente y las mesas; todo el mundo mira a todo el mundo, pero lo hace con
mirada remota.
No hay nada que hacer salvo volver a
tenderse bajo los pinos. Nada que hacer. Pero, al fin y al cabo, ¿por qué hacer
nada? Ha desaparecido el deseo de hacer cualquier cosa. Los troncos de los
árboles, vivos como la lluvia, son ya lo bastante activos.
Al pie de la vieja torre inútil hay una
losa con un Mercurio en muy mal estado en altorrelieve. Hay también un altar, o
piedra votiva. Ambas cosas son del tiempo de los romanos. Se supone que los
romanos adoraban a Mercurio en esa cima. El cascado dios, con su redonda cabeza
solar, parece tener los ojos muy hundidos e inexpresivos sobre la piedra
arenisca rojo purpurino de la comarca. Y ya nadie arrojará cereales en ofrenda
en el cuenco de la piedra votiva, también de común piedra arenisca rojo
purpurino, muy local y poco romana.
El pueblo del domingo ni siquiera mira. ¿Para
qué? Siguen paseando entre los pinos. Y hay muchos que se sientan en los
bancos, y muchos otros se echan en las tumbonas. Hace mucho calor, en la tarde,
y hay mucho silencio.
Hasta que parece producirse un leve
silbido en las copas de los pinos, y de la universal semiconsciencia de la
tarde surge, encrespándose, un desasosiego. La muchedumbre se pone en
movimiento, mirando el cielo. Y, desde luego, en el cielo, por el lado de
occidente, se yergue una negrura rasa rizada por mechones blancos e indefinidas
plumas de pechuga de pájaro. Su aspecto es muy siniestro, y tan sólo los
elementos pueden seguir mirando. Bajo el extraño silbido de las cimas de los
pinos se oye un sojuzgado murmullo y un alboroto de voces asustadas.
Quieren irse; la muchedumbre quiere irse
de la colina de Mercurio antes de que empiece la tormenta. ¡Abandonar la colina
a toda costa! Se abalanzan hacia el funicular mientras el cielo se ennegrece
con asombrosa velocidad. Y, mientras la muchedumbre se arracima junto a la
pequeña estación, aparece el primer destello de relámpago, seguido
inmediatamente por un retumbar de trueno y unas densas tinieblas. En un extraño
movimiento, la muchedumbre busca refugio en la profunda veranda del
restaurante, apretujándose en silencio entre las mesitas. No cae lluvia, no hay
ningún viento definido; tan sólo un frío súbito que hace apretarse todavía más
a la muchedumbre.
Se aprietan unos contra otros en las
tinieblas y la ansiedad. Se ha hecho curiosamente unida, la muchedumbre,
como si se hubiera soldado en un solo cuerpo. Cuando el aire envía una ráfaga
helada bajo la veranda, las voces susurran plañideramente, como pájaros entre
las hojas; los cuerpos se aprietan todavía más unos contra otros, buscando
refugio en el contacto.
La oscuridad, negra como la noche, parece
continuar largo rato. Luego, súbitamente, la caída de los relámpagos baila,
blanca, sobre el suelo, baila sobre el suelo y lo hace temblar, una y otra vez,
e ilumina las blancas zancadas de un hombre, le ilumina sólo hasta las caderas,
blanco, desnudo, dando zancadas con fuego en los tobillos. Parece tener prisa,
ese hombre terrible cuya mitad superior es invisible, y en sus desnudos
tobillos revolotean unas llamitas. Sus muslos planos y poderosos, sus piernas
blancas como el fuego caminan rápidamente por el espacio abierto, delante de la
veranda, arrastrando llamas blancas en los tobillos mientras se mueve. Se
dirige, ligero, hacia alguna parte.
La aparición se desvanece en el enorme
estruendo del trueno. La tierra se mueve, y la casa se sume en profundas
tinieblas. Un débil lamento de terror surge de la muchedumbre, y entra el aire
en fríos remolinos. Y, sin embargo, no hay lluvia en las tinieblas. No existe
alivio: una larga espera.
Brillante y cegador vuelve a caer el
rayo; un extraño baque sordo suena en el bosque mientras las pequeñas mesas y
los misteriosos troncos de los árboles quedan expuestos durante un segundo
innatural. Luego el golpe del trueno, bajo el cual la casa y la muchedumbre se
tambalean como bajo los efectos de una explosión. La tormenta opera
directamente sobre el Merkur. Un oscuro sonido de ramas que se rompen surge del
bosque.
Luego, de nuevo, el blanco chapoteo del
rayo sobre el suelo; pero nada se mueve. Y, nuevamente, repiquetea
repentinamente la larga andanada del trueno en las tinieblas. La muchedumbre
resuella de miedo; el rayo asesta de nuevo su golpe blanco, y de nuevo algo
parece arder, en el bosque, mientras estalla el trueno.
Finalmente, en la inmovilidad de la
tormenta, el viento se abalanza en un vuelo feroz de fragmentos de hielo, y se
alza el súbito rugir de los pinos, semejante al del mar. La muchedumbre se
contrae y retrocede mientras los fragmentos de hielo la golpean de frente como
si ardieran. El rugido de los árboles es tan enorme que se convierte en una
especie de nuevo silencio. Y, a través de él, se oye el crujir y astillar de la
madera mientras el huracán se concentra sobre la colina.
Cae el granizo en medio de un rugir que
cubre todo otro sonido, sacudiendo poderosamente la tierra y los tejados y los
árboles. Y, cuando la muchedumbre ondula irresistiblemente hacia el interior
del edificio, huyendo del batir de esa cascada de hielo, todavía, en medio de
esa tenebrosa ronquera, suena el retiñir y el crujir de cosas que se rompen.
Después de una eternidad de miedo, la
cosa acaba súbitamente. Fuera hay un débil destello de luz amarilla, sobre la
nieve y los inacabables escombros de ramillas y objetos rotos. Hace mucho frío,
la atmósfera helada es de pleno invierno. El bosque parece descolorido sobre la
tierra blanca en la que los montones de nieve de seis pulgadas de espesor yacen
en miríadas reposando sobre el lecho de todas las ramitas y todos los objetos
que han roto.
“¡Sí, sí! —dicen los hombres, recobrando
súbitamente el valor cuando la luz amarilla penetra en el aire—. ¡Ahora podemos
marcharnos!”
Emergen los primeros valientes,
recogiendo las gruesas piedras de granizo y señalándose unos a otros las mesas
derribadas. Algunos, sin embargo, no se demoran. Se apresuran hacia la estación
del funicular para ver si el artefacto sigue funcionando.
La estación del funicular está al lado
norte de la colina. Los hombres regresan, diciendo que allí no hay ninguna. La
muchedumbre empieza a emerger sobre la húmeda blancura crujiente del granizo,
se dispersa, intrigada, esperando a los hombres que hacen funcionar el
funicular. Al lado sur de la torre de vigilancia, dos cuerpos yacen sobre el
frío granizo que empieza a derretirse. El azul oscuro de sus uniformes está
ennegrecido. Los dos hombres están muertos. Pero el rayo ha arrebatado toda la
ropa de las piernas de uno de los hombres, de modo que está desnudo de caderas
abajo. Ahí yace, con la cabeza ladeada sobre la nieve, y dos chorritos de
sangre corren de su nariz a sus grandes bigotes rubios de corte militar. Yace
cerca de la piedra votiva de Mercurio. Su compañero, un hombre joven, yace de
bruces, a pocas yardas de distancia.
Empieza a salir el sol. La muchedumbre
contempla, aterrada, los cuerpos de los dos hombres, sin atreverse a tocarlos.
Y, a fin de cuentas, ¿por qué los difuntos empleados del funicular han dado la
vuelta a la colina hasta ese punto?
El funicular no funcionará. Algo le ha
ocurrido durante la tormenta. La muchedumbre empieza a serpentear colina abajo,
por la ladera desnuda, sobre el hielo resbaladizo. Por todos lados, la tierra
está erizada de ramas y ramillas de pino rotas. Pero los arbustos y los árboles
de hojas anchas habían quedado completamente desnudos, como por un milagro. La
tierra inferior estaba desnuda y sin hojas como en invierno.
“¡Un auténtico invierno!” murmuraba la
muchedumbre mientras se apresuraba, temerosa, en el descenso de la empinada
ladera ventosa, desenredándose de las ramas de pino caídas.
Entretanto, el sol empezaba a generar
vapor en el fuerte calor.
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