Charles Dickens
(Landport, Portsmouth, Inglaterra, 1812 - Gads Hill Place, 1870)


Para leer cuando anochezca (1852)
(“To be Read at Dusk”)
Originalmente publicado en The Keepsake de 1852 (ed. por Marguerite Power);
publicado, en pamfleto, To be Read at Dusk
(London: impreso por G. Barclay, 1852, 19 págs.);
To be Read at Dusk and Other Stories, Sketches and Essays
(Londres: George Redway, 1898, 401 págs.), págs. 1-16.



      Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Eran cinco.
       Cinco correos sentados en un banco, en el exterior del convento que se halla sobre la cima del Gran San Bernardo [paso entre Martigny, Suiza, y Aosta, Italia, en los Alpes occidentales; la parte más alta está a 2.472 m.], en Suiza. Miraban las remotas alturas bañadas por la puesta del sol. Parecía como si una gran cantidad de vino tinto hubiera sido derramada sobre la cumbre de la montaña, sin tiempo aún para que la nieve la absorbiera.
       El símil no es mío. Lo inventó para aquella ocasión el más fornido de los correos, que era el alemán. Ninguno de los otros le prestó más atención de la que me prestaban a mí. Yo estaba sentado en otro banco al lado opuesto de la puerta del convento, fumando mi cigarro, como ellos, y —también como ellos— mirando la nieve enrojecida y la cercana vertiente solitaria. En ella los cadáveres de viajeros, repentinamente sorprendidos por la noche, se secan lentamente, al descubierto, sin conocer la descomposición en esta región helada.
       Mientras mirábamos, el vino fue embebido por la cima de la montaña y ésta se tornó blanca, y el cielo, de un azul intenso. Se levantó viento y el aire se volvió penetrantemente frío. Los cinco correos abotonaron sus toscas chaquetas. Como en semejantes circunstancias no hay hombre al que sea más seguro imitar que a un correo, yo abotoné la mía.
       La puesta de sol sobre la montaña había detenido a los cinco correos en mitad de su charla. Es una visión sublime, perfectamente capaz de detener una conversación. Pero cuando la puesta de sol hubo abandonado la montaña, ellos reanudaron su charla. Yo no había oído nada de su anterior discurso; realmente, acababa de librarme de un caballero americano que, en el locutorio para viajeros del convento, sentado frente al fuego, se había empeñado en hacerme comprender todo el progreso de los acontecimientos que llevaron al honorable Ananias Dodger a acumular una de las mayores sumas de dólares jamás conseguidas en nuestro país.
       —¡Dios mío! —dijo el correo suizo, hablando en francés, lo que no considero (como parecen hacer otros autores) excusa suficiente para que una expresión malsonante, por el mero hecho de ser escrita en esa lengua, se convierta en inocente—, ya que hablamos de fantasmas…
       —Yo no hablo de fantasmas —dijo el alemán.
       —Entonces, ¿de qué? —preguntó el suizo.
       —Si yo supiera de qué —dijo el alemán—, probablemente sabría otras muchas cosas.
       Era una buena respuesta, pensé, y eso despertó mi curiosidad. Así que cambié de posición en el banco, me trasladé a la esquina más próxima a ellos y, apoyando la espalda contra el muro del convento, oía perfectamente sin que pareciese que estaba escuchando.
       —¡Rayos y truenos! —dijo el alemán, arrebatado—. Cuando cierto hombre viene a verte inesperadamente, y sin saberlo él mismo envía algún tipo de mensajero invisible que te hace tenerle en mente durante todo el día, ¿cómo llamarías a eso? Cuando caminas por una calle concurrida, en Frankfurt, Milán, Londres, París, y piensas que un desconocido que pasa se parece a tu amigo Heinrich, y después otro desconocido se parece a tu amigo Heinrich, así que empiezas a tener el extraño presentimiento de que vas a encontrarte con tu amigo Heinrich, cosa que sucede, aunque tú lo creías en Trieste, ¿cómo llamas a eso?
       —Tampoco es tan raro —murmuraron el suizo y los otros tres.
       —¡Raro! —dijo el alemán—. Es tan frecuente como las cerezas en la Selva Negra, como los macarrones en Nápoles. Nápoles… ¡Eso me recuerda!… Cuando la vieja marquesa Senzamina grita, en una partida de cartas en La Chiaja (tal y como yo la he oído y visto, porque sucedió en una familia bávara para la que trabajé, y aquella noche me tocaba supervisar el servicio…). Como decía, cuando la vieja marquesa se levanta de la mesa de juego, pálida bajo su colorete, y grita: “¡Mi hermana en España ha muerto!, ¡he sentido un roce helado en la espalda!» Y, cuando resulta que esa hermana ha muerto en aquel momento, ¿cómo llamarías a eso?
       —O cuando la sangre de San Genaro se licúa a petición del clero (que como todo el mundo sabe sucede regularmente, una vez al año) en mi ciudad natal —dijo el correo napolitano, tras una pausa, con aire cómico—, ¿cómo llamarías a eso?
       —¡Eso! —gritó el alemán—. ¡Bueno!, creo que sé el nombre de eso.
       —¿Milagro? —dijo el napolitano con la misma expresión socarrona.
       El alemán se limitó a fumar y sonreír, y todos ellos fumaron y rieron.
       —¡Bah! —dijo luego el alemán—. Yo hablo de cosas que sucedieron en realidad. Cuando quiero ver a un médium, pago para ver a uno profesional, y es un gasto útil. Suceden cosas muy extrañas, sin necesidad de fantasmas. ¡Fantasmas! Giovanni Battista, cuenta tu aventura de la novia inglesa. No hay fantasmas en ella, pero sí algo incierto y extraño. ¿Podría alguien explicarme qué?
       Como se produjo un silencio entre ellos, me permití echarles una ojeada. El que yo pensaba que debía ser Battista estaba encendiendo un nuevo cigarro. Al poco se puso a hablar. Debía de ser genovés, pensé.
       —¿La aventura de la novia inglesa? —dijo—. Basta!. No se debe calificar tan a la ligera un suceso como “aventura». Bueno, lo es. Pero es cierta. Fíjense bien, caballeros, es cierta. Quizá no es oro todo lo que reluce, pero lo que voy a contar es cierto.
       Repitió esto más de una vez.
       —Hará unos diez años mostré mis credenciales en el Long’s Hotel, en Bond Street, a un caballero inglés que estaba a punto de iniciar un viaje de uno o dos años. Le parecieron bien; yo también le gusté. Quería hacer algunas averiguaciones y los informes que recibió fueron favorables. Me contrató por seis meses con una paga generosa.
       “Era un hombre joven, apuesto, muy feliz. Estaba enamorado de una joven y hermosa dama inglesa, con fortuna suficiente, e iban a casarse. El viaje sería, a fin de cuentas, su luna de miel. Para descansar durante tres meses, disfrutando de un clima cálido (era el comienzo del verano), había alquilado un viejo palacio en la Riviera, a escasa distancia de mi ciudad, Génova, junto a la carretera de Niza. ¿Conocía yo aquel palacio? Sí. Lo conocía bien, le dije. Era un antiguo palacete de grandes jardines. Estaba poco amueblado y resultaba algo oscuro y sombrío, debido a los árboles que lo rodeaban; pero tenía solera, era espacioso e ilustre y se encontraba junto al mar. Me dijo que se lo había descrito con exactitud y se mostró encantado de que lo conociese. El que estuviera un poco escaso de muebles era algo que le sucedía a ese tipo de sitios. Respecto a que fuera más bien sombrío, lo habían alquilado principalmente por sus jardines y él y mi ama pasarían el verano a su sombra.
       —“Así que ¿todo bien, Battista? —dijo.
       —“Indudablemente, signore; muy bien.
       “Teníamos para el viaje una carroza recién construida y bastante completa. Todo estaba ultimado. No esperábamos nada más. Tuvo lugar la boda. Ellos eran felices. Yo era feliz, viendo las cosas tan bien: estaba situado, iba hacia mi propia ciudad, enseñaba mi propio idioma, sentado en el pescante trasero, a la doncella, la bella Carolina, joven y sonrosada, cuyo corazón festivo se iba llenando de risas.
       “Volaba el tiempo. Pero yo observé (escuchad esto, os lo ruego) —y aquí el correo bajó la voz—, observé que mi ama estaba a veces melancólica de una manera muy extraña, atemorizada, infeliz, envuelta en una alarma incierta y tenebrosa. Creo que empecé a notarlo cuando caminaba, colina arriba, junto al carruaje y el amo se había adelantado. Sea como fuese, recuerdo que esa sensación quedó grabada en mi mente un anochecer, en el sur de Francia, cuando ella me mandó traer de vuelta al amo; él llegó y caminó un largo trecho junto a ella, hablándole de forma animosa y afectuosa, mientras apoyaba su mano en la ventanilla, donde se encontraba la de ella. De cuando en cuando, él reía como burlándose de algún asunto de su mujer. Poco a poco ella comenzó a reír, y todo volvió a su cauce.
       “Era curioso. Le pregunté a la bella Carolina, la linda chiquilla: ¿No se encuentra bien la señora? En absoluto. ¿Desanimada? No. ¿Temerosa de los bandidos, las malas carreteras? No. Y lo que hizo aún más misteriosa la situación fue que la hermosa chica no me miraba al responder, sino que su vista se perdía en el paisaje.
       “Pero un día me contó el secreto.
       “—Si quieres saberlo —me dijo Carolina—, he descubierto, por cosas que he oído casualmente, que la señora está obsesionada.
       “—Obsesionada, ¿por qué?
       “—Por un sueño.
       “—¿Y qué es lo que soñó?
       “—Soñó con una cara. Durante tres noches, justo antes de su boda, vio en sueños un rostro… siempre el mismo y sólo ése.
       “—¿Un rostro terrible?
       “—No. El rostro de un hombre moreno, de aspecto interesante, vestido de negro, con pelo oscuro y bigote gris. Un hombre atractivo, excepto por su aire reservado y misterioso. Un rostro que no había visto nunca, ni se parecía en absoluto a ninguno que conociese. En el sueño no hacía otra cosa que mirarla fijamente, desde las tinieblas.
       “—¿Ha vuelto el sueño?
       “—Nunca. Es su recuerdo lo que la turba.
       “—Y, ¿por qué la turba?
       “—Eso mismo pregunta el amo —dijo la bella—. La señora no lo sabe. Busca un por qué. Pero, anoche mismo, oí cómo le decía al señor que si llega a encontrar un retrato de esa cara en la casa de Italia (y ella teme que así sea), no sabe si podría soportarlo.
       “Os juro que después de esto (dijo el correo genovés) tuve miedo de nuestra llegada al viejo palazzo, no fuese que a alguna pintura malintencionada se le ocurriera encontrarse allí. Yo sabía que había muchas, y cuanto más nos acercábamos al palacete, más deseaba que toda la galería se encontrara en el cráter del Vesubio.
       “Para empeorar el asunto, era una desapacible tarde de tormenta cuando, por fin, llegamos a aquella parte de la Riviera. Tronaba, y los truenos de mi ciudad y sus alrededores, con el eco de las altas montañas, son muy fuertes. Las lagartijas entraban y salían por las grietas del destrozado muro del jardín, como si estuvieran aterrorizadas; las ranas croaban y saltaban con todas sus fuerzas; la brisa marina era un lamento y los árboles chorreaban; y los relámpagos… por San Lorenzo, ¡qué relámpagos!
       “Todos sabemos lo que es un palazzo en Génova o por allí cerca, cómo el tiempo y el aire de mar lo han ido ennegreciendo…, cómo los estandartes pintados en sus muros exteriores se han convertido en puros desconchones de yeso…, cómo los ventanales inferiores se han ennegrecido y convertido en mohosos barrotes de hierro…, cómo el patio está cubierto de hierba…, y los edificios anexos destruidos…, cómo todo el conjunto parece condenado a la ruina. Nuestro palazzo era uno de los más genuinos. Había estado cerrado a cal y canto durante meses. ¿Meses? ¡Años! Olía como las tumbas. El aroma de los naranjos de la gran terraza posterior, y de los limones que maduraban sobre el muro, y de algunos arbustos crecidos alrededor de la fuente rota, había entrado, de alguna manera, en la casa, de la que ya nunca más pudo salir. Había en cada habitación un olor añejo, débilmente cultivado por el abandono. Languidecía en todos los armarios y cajones. Era sofocante en las pequeñas salas que comunicaban entre las habitaciones grandes. Si movías una pintura (por volver a las pinturas), ahí estaba el olor colgado de la pared, detrás del marco, como una especie de murciélago.
       “Las celosías cerraban herméticamente toda la casa. Había dos mujeres viejas, desagradables y grises, para cuidarla. Una de ellas con un huso, hilando y murmurando en el portal, y que hubiera permitido entrar al diablo con la misma presteza que al aire. El señor, la señora, la bella Carolina y yo recorrimos el palazzo. Yo iba primero, aunque me haya nombrado el último, abriendo ventanas y celosías y sacudiéndome gotas de humedad y trocitos de argamasa y, de vez en cuando, un mosquito torpe o una monstruosa araña genovesa, gorda y moteada.
       “Una vez que yo me hube encargado de dejar que los rayos de sol bañaran una habitación, entraban el señor, la señora y la bella Carolina. Entonces examinábamos los cuadros que había a nuestro alrededor y yo repetía la operación en el cuarto siguiente. La señora temía, secretamente, encontrarse con la imagen de aquel rostro… todos lo temíamos; pero no sucedió así. ¿La Madonna con el niño, San Francisco, San Sebastián, Venus, Santa Catalina, ángeles, bandidos, frailes, templos a la puesta del sol, batallas, blancos corceles, bosques, apóstoles, los dux [en latín, caudillo; es el título que se daba al primer magistrado de Venecia y Genova desde el siglo VII en Venecia; los dux genoveses, a los que se refiere el relato, duraron hasta que en 1797 fue derrocada la república; pero fue restablecida entre 1802-1805], todos mis viejos conocidos repitiéndose una y otra vez?… Sí. ¿Un hombre moreno, de aspecto interesante, vestido de negro, reservado y misterioso, con el pelo oscuro y el bigote gris y que mira fijamente a la señora desde la oscuridad?… No.
       “Finalmente, terminamos de atravesar todas las habitaciones y ver todas las pinturas y salimos a los jardines. Estaban bastante bien cuidados, ya que los había tenido a su cargo un jardinero, y eran amplios y llenos de sombras. En una plaza había un rústico teatro al aire libre, con una cuesta de hierba como escenario; los bastidores, con tres entradas a un lado, eran rejas frondosas y aromáticas. Incluso allí buscó la señora, con los ojos brillantes, como si esperase ver aparecer la cara en escena, pero todo estaba en orden.
       “—Clara —dijo el amo, en voz baja—, ¿ves cómo no hay nada? ¿Estás satisfecha?
       “La señora estaba mucho más animada. Pronto se acostumbró a aquel deslucido palazzo y cantaba, y tocaba el arpa, y copiaba viejos cuadros, y paseaba con el amo entre los verdes árboles y viñas todo el día. Era bella. Era feliz. Se reía al decirme, montada en su caballo para el paseo matinal, antes de las horas de calor:
       “—¿Todo bien, Battista?
       “—Sí, señora, gracias a Dios. ¡Todo bien!
       “No teníamos visitas. Yo llevaba a la bella Carolina al Duomo y a la Annunziata, al café, a la ópera, a festa, a los jardines públicos, a los teatros diurnos, a las marionetas. La hermosa chiquilla estaba encantada con todo lo que veía. Aprendió italiano… ¡Cielos!, ¡era casi un milagro! ¿Había olvidado la señora aquel sueño?, le preguntaba de cuando en cuando. Casi, decía la bella, casi. Su temor se iba desvaneciendo.
       “Un día el amo recibió una carta y me llamó.
       “—Battista.
       “—Señor.
       “—Un caballero que me ha sido presentado vendrá a comer hoy. Su nombre es signor Dellombra. He de tratarle como a un príncipe.
       “Era un apellido extraño. No lo conocía. Pero había, en los últimos tiempos, muchos nobles y caballeros huidos de Austria por asuntos políticos, algunos de los cuales cambiaban sus nombres. Quizá era uno de ellos. Senz’altro! [“¡Ya lo creo!” o“¡Sin duda!”]. Para mí Dellombra era un nombre tan bueno como otro cualquiera.
       “Cuando, a la hora de la comida, llegó el signor Dellombra —dijo el correo genovés, bajando la voz como ya lo había hecho antes—, le llevé al recibidor, la sala grande del viejo palazzo. El señor lo recibió cordialmente y se lo presentó a la señora. Al incorporarse, su rostro se demudó, dio un grito y cayó sobre el suelo de mármol.
       “Entonces, me volví hacia el signor Dellombra y vi que iba vestido de negro, que tenía un aire reservado y misterioso y que era un hombre moreno de aspecto interesante, con el pelo oscuro y el bigote gris.
       “El amo levantó a la señora en brazos y la llevó a su habitación, a donde envié de inmediato a la bella Carolina. La bella me contó después que la señora estaba mortalmente aterrada y que había delirado recordando su sueño toda la noche.
       “El señor estaba incómodo e inquieto… casi molesto, aunque lleno de solicitud. El signor Dellombra era un caballero cortés y habló con gran respeto y simpatía de la señora, que se encontraba tan enferma. El viento de África había soplado durante varios días (se lo habían explicado en su hotel de la Cruz de Malta) y sabía que normalmente era dañino. Esperaba que la hermosa dama se recobrase pronto. Pidió permiso para retirarse y para volver de visita cuando recibiese la feliz noticia de que había mejorado. El amo no se lo concedió y comieron los dos solos.
       “Se retiró temprano. Al día siguiente llamó a la verja, montado a caballo, para preguntar por la señora. Lo repitió dos o tres veces durante aquella semana.
       “De lo que pude observar y de lo que me contaba la bella Carolina, deduje que el amo había decidido curar a la señora de su imaginario terror. Era todo dulzura, pero a la vez sensato y firme. Razonaba con ella que alentar tales fantasías era una invitación a la melancolía, o incluso a la locura. Que dependía de ella ser ella misma. Que si lograba resistir su extraña debilidad en una sola ocasión y recibía al signor Dellombra como una dama inglesa recibiría a cualquier otro invitado, lo habría superado para siempre. Por fin, el signor volvió, la señora le recibió sin aparente desconcierto (aunque todavía con cierta rigidez y aprensión), y la velada transcurrió tranquila. El amo estaba encantado con este cambio y tan ansioso de consolidarlo, que el signor Dellombra se convirtió en un invitado habitual. Estaba instruido en pintura, libros y música, y su compañía hubiera sido bien recibida en cualquier sombrío palazzo.
       “Yo notaba, muchas veces, que la señora no se había recobrado del todo. Bajaba los ojos y la cabeza ante el signor Dellombra, o le observaba con mirada de terror y fascinación, como si su presencia tuviera, sobre ella, un cierto poder o influencia maléfica. Pasando de ella a él, solía verle en los sombreados jardines, o en la gran sala, a medio iluminar, mirándola “fijamente desde las tinieblas”, podría decirse. Pero, en honor a la verdad, he de admitir que no había olvidado la descripción que la bella Carolina me hiciera del soñado rostro.
       “Después de la segunda visita, oí decir al amo:
       “—¡Ves, querida Clara, todo ha terminado! Dellombra ha venido y se ha ido, y tus miedos se han roto como el cristal.
       “—Volverá… ¿volverá alguna otra vez? —preguntó la señora.
       “—¿Otra vez? Sí. Seguro. Muchas más veces. ¿Tienes frío?
       “Ella temblaba.
       “—No, querido, pero… me atemoriza. ¿Estás seguro de que tiene que volver?
       “—¡Más seguro todavía después de tu pregunta, Clara! —repuso el amo afectuosamente.
       “Bueno, ahora él tenía grandes esperanzas en su completa recuperación, esperanzas que aumentaban de día en día. Ella era hermosa. Él, feliz.
       “—¿Todo va bien, Battista? —me decía de nuevo.
       “—Sí, señor; muy bien, gracias a Dios.
       “Fuimos todos —dijo el correo genovés, forzándose a hablar un poco más alto— a los carnavales de Roma. Yo había estado fuera todo el día, con un siciliano amigo mío, correo, que estaba allí con una familia inglesa. Cuando volví por la noche a nuestro hotel, me encontré a la pequeña Carolina, que nunca salía de casa sola, corriendo enloquecida por el Corso [un paseo, avenida o calle principal en todas las ciudades italianas].
       “—Carolina, ¿qué es lo que pasa?
       “—¡Oh, Battista!, ¡por el amor de Dios!, ¿dónde está la señora?
       “—¿La señora?
       “—No la hemos visto desde la mañana —me dijo—. Cuando el señor salió a dar su paseo habitual, pidió que no la avisase, pues no había descansado durante la noche (no se encontraba bien) y quería quedarse en cama hasta tarde, para levantarse fresca. ¡Ha desaparecido!… ¡Ha desaparecido! Cuando volvió, el amo forzó la puerta y ¡había desaparecido!, ¡mi hermosa, mi buena, mi inocente señora!
       “La linda chiquilla gritaba, desvariaba y se atormentaba de tal manera que no hubiese podido controlarla de no ser porque se desmayó en mis brazos, como si hubiera recibido un disparo. Llegó el amo… pero sus ademanes, su rostro, su voz, ya no eran los del amo que yo conocía, como no lo eran los míos. Me llevó (dejé a la pequeña en su habitación del hotel, al cuidado de la camarera) en un carruaje, a través de las tinieblas, furiosamente, cruzando la desolada campagna. Cuando se hizo de día paramos en una miserable casa de postas: doce horas antes todos los caballos habían sido alquilados y enviados en diferentes direcciones, ¡fijaos bien!, por el signor Dellombra, que había pasado en un coche con una asustada dama inglesa acurrucada en una esquina.
       “—No he sabido —concluyó el correo genovés, exhalando un largo suspiro— que se haya encontrado el menor rastro de ella más allá de aquel punto. Lo único que sé es que se desvaneció en un olvido infame, con el temido rostro que había soñado, a su lado.
       “—¿Cómo llamarías a eso? —dijo el correo alemán, triunfalmente—. ¡Fantasmas! ¡No hay fantasmas ahí! ¿Y cómo llamarías a lo que te voy a contar? ¡Fantasmas! ¡Tampoco hay fantasmas aquí!
       “En cierta ocasión —continuó el correo alemán—, fui contratado por un caballero inglés, de edad madura y soltero, para realizar un viaje a través de mi tierra natal. Era un comerciante que tenía negocios con mi país y conocía el idioma, pero no había vuelto allí desde que era un niño, por lo que deduje, unos sesenta años antes.
       “Se llamaba James y tenía un hermano gemelo, John, también soltero. Entre los dos hermanos existía un gran cariño. Tenían negocios en común en Goodman’s Fields, pero no vivían juntos. Míster James residía en la calle Poland, nada más desviarse de Oxford Street, Londres. Míster John lo hacía en Epping Forest.
       “Míster James y yo íbamos a partir hacia Alemania dentro de una semana, más o menos. La fecha exacta dependía de los negocios. Míster John se trasladó a la calle Poland (yo me había instalado en la casa) para pasar esa semana con Míster James, pero al segundo día oí cómo le decía a su hermano:
       “—No me encuentro muy bien, James. No es que sea gran cosa, pero me siento un poco artrítico. Creo que me iré a casa y dejaré que me cuide mi vieja ama de llaves, que se sabe muy bien estas cosas mías. Si me recupero un poco, volveré para despedirme antes de que te vayas. Si no mejoro lo suficiente, ¿por qué no vienes a verme antes de partir?
       “Míster James le dijo que, por supuesto, lo haría, y se dieron la mano (ambas manos, como hacían siempre) y míster John pidió su anticuado carruaje y marchó a su casa.
       “Fue en la segunda noche después de esto (es decir, la cuarta de la semana) cuando míster James, que había entrado en mi habitación con su camisón de franela y una vela encendida, me despertó de mi profundo sueño. Se sentó al borde de mi cama y, mirándome, me dijo:
       “—Wilhelm, tengo motivos para pensar que alguna extraña enfermedad me está atacando.
       “Entonces me di cuenta de que en su rostro se reflejaba una expresión nada común.
       “—Wilhelm —dijo él—, no siento temor ni vergüenza de contarte algo que temería contarle a cualquier otro hombre. Procedes de un país sensible, en el que se investigan los asuntos misteriosos, que no se dejan de lado hasta no ser sopesados y medidos (o que si se dejan es por ser imposibles de sopesar y medir) o, cuando menos, no son completamente abandonados desde hace mucho tiempo. Acabo de ver el fantasma de mi hermano.
       “He de confesar —dijo el correo alemán— que sentí un cierto hormigueo en la sangre al oír aquello.
       “—Acabo de ver —repitió míster James, mirándome atentamente para que comprobase cuán consciente estaba— el fantasma de mi hermano John. Estaba sentado en mi cama, sin poder dormir, cuando entró en mi habitación, vestido de blanco y, mirándome con fijeza, cruzó hasta el otro extremo del dormitorio, revolvió algunos papeles de mi escritorio, dio media vuelta y, mirándome otra vez fijamente al pasar junto a mi cama, se dirigió a la puerta. Ahora bien, no estoy en absoluto loco ni dispuesto a otorgarle al fantasma una existencia externa, fuera de mí mismo. Creo que es una advertencia de que me encuentro enfermo. Lo mejor sería hacerme una sangría.
       “Salí rápidamente de la cama —dijo el correo alemán—. Comencé a vestirme y le rogué que no se alarmara, que yo mismo iría a por el doctor. Estaba ya listo cuando oí que llamaban con estrépito a la puerta de la calle. Mi habitación se encontraba en el ático, en la parte trasera de la casa, y la de míster James, en el segundo piso, daba a la fachada principal, así que bajamos a su dormitorio y abrimos la ventana para ver qué sucedía.
       “—¿Es usted míster James? —dijo un hombre desde abajo, cruzando al otro lado de la calle, para mirar hacia arriba.
       “—Sí —dijo míster James—, y usted está al servicio de mi hermano; usted es Robert.
       “—Sí, señor. Siento comunicarle, señor, que míster John está enfermo. Está muy mal, señor. Temo que pueda encontrarse al borde de la muerte. Quiere verle, señor. Tengo un coche aquí. Le ruego que me acompañe sin pérdida de tiempo.
       “Míster James y yo nos miramos.
       “—Wilhelm —dijo él—, es muy extraño. Querría que vinieses conmigo.
       “Le ayudé a vestirse, allí lo más imprescindible y el resto en el coche, mientras el carruaje volaba, literalmente, entre la calle Poland y Epping Forest.
       “Y ahora, ¡fijaos! —dijo el correo alemán—. Acompañé a míster James a la habitación de su hermano, y oí y vi por mí mismo todo lo que sigue:
       “Su hermano yacía en la cama, al fondo del dormitorio. Su vieja ama de llaves se encontraba allí, con algunas otras personas, creo que tres o cuatro, y habían estado en la habitación desde primeras horas de la tarde. Vestía de blanco, como el fantasma… era natural, porque llevaba su camisón, y parecía el fantasma… por su manera de mirar a su hermano, fijamente, al verle entrar en la alcoba.
       “Pero cuando llegó míster James junto a la cama de su hermano, éste se incorporó lentamente y, mirándole directamente, le dijo estas palabras:
       “—JAMES, TÚ ME HAS VISTO ANTES, ESTA NOCHE… Y LO SABES.
       “Y murió.”
       Cuando el correo alemán hubo terminado, esperé que comentasen algo de esa extraña historia. Pero todo fue silencio. Miré a mi alrededor y pude ver que los cinco correos se habían ido tan silenciosamente como si la montaña fantasmal los hubiese tragado en sus nieves eternas. A aquellas alturas yo no estaba de humor para seguir sentado solo en aquel escenario sombrío, con un aire helado soplando sobre mí… o, si he de decir la verdad, para estar sentado solo en ningún lugar. Así que volví a entrar en el locutorio del convento, donde encontré al caballero americano dispuesto aún a contar la biografía del honorable Ananias Dodger; la oí de cabo a rabo.




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