Charles Dickens
(Landport, Portsmouth, Inglaterra, 1812 - Gads Hill Place, 1870)


Para ser tomado con una pizca de sal (1865)
(“To be Taken with a Grain of Salt”)
[“Para ser leído con reservas”]
Originalmente publicado, como el capítulo VI de Doctor Marigold’s Prescriptions,
en la edición de Navidad de la revista All the Year Round (1865), págs. 20-25;
Christmas Stories from “Household Words” and “All the Year Round” (1854-1867)
“Charles Dickens Edition”
(Londres: Chapman and Hall, 1871);
“Illustrated Library Edition”
(Londres: Chapman and Hall, 1876, 710 págs.)



      Con frecuencia he observado una notable falta de valor, incluso entre las personas de una inteligencia y cultura superiores, para explicar sus propias experiencias psicológicas cuando éstas han sido, en alguna medida, extrañas. Casi todos los hombres temen que lo que puedan contar en este sentido no encuentre paralelismo o respuesta en el mundo interior de su oyente, y sea motivo de sospecha o risa. Un viajero fiel que viese cualquier criatura extraordinaria, por ejemplo una serpiente marina, no temería mencionarlo; pero si el mismo viajero tuviera un presentimiento extraño, un impulso, un capricho de su pensamiento, una visión (lo que se entiende por una visión), un sueño o alguna otra impresión mental poco común, duraría mucho antes de admitirlo. Personalmente atribuyo a esta reticencia gran parte de la nebulosa en que se ven envueltos estos temas. Normalmente no comunicamos nuestras experiencias sobre acontecimientos mentales subjetivos y sí lo hacemos sobre creaciones objetivas. El resultado es que el poder acumular experiencias de este tipo aparece como algo excepcional, y realmente lo es, debido a la imperfección y pobreza de tal acopio.
       En lo que voy a relatar no tengo la intención de establecer, refutar o apoyar teoría alguna. Conozco la historia del librero de Berlín. He estudiado el caso de la esposa de un astrónomo real difunto, tal y como lo relata sir David Brewster, y he examinado hasta el mínimo detalle un caso de ilusión espectral que tuvo lugar en mi círculo privado de amistades. Quizá sea necesario aclarar, respecto a este último, que la afectada (una dama) no estaba emparentada conmigo ni de manera lejana. Una suposición errónea a este respecto podría sugerir una explicación para una parte —sólo una parte— de mi propio caso, que carecería absolutamente de fundamento. No es algo que pueda deberse a ninguna herencia peculiar, ni he tenido nunca antes una experiencia semejante, ni he vuelto a tenerla después.
       Poco importan los muchos o pocos años que hayan transcurrido desde cierto asesinato cometido en Inglaterra y que levantó un gran revuelo. Ya escuchamos demasiadas cosas sobre asesinos que, uno tras otro, alcanzan una notoriedad atroz, y hubiera enterrado la memoria de este bruto en particular, si me fuese posible, del mismo modo que su cuerpo fue enterrado en la prisión de Newgate. Deliberadamente me abstengo de dar ninguna pista directa sobre la identidad del criminal.
       Nada más descubrirse el asesinato, no recayó ninguna sospecha —o quizá sería más correcto decir, ya que no puedo ser muy preciso respecto a los hechos, que no se publicó nada que hiciera sospechar de él— sobre el hombre que posteriormente sería llevado a juicio. Dado que en aquella época no se hacía en los periódicos ninguna referencia, a él, es obviamente imposible que en la prensa apareciese su descripción. Es esencial recordar este hecho.
       Cuando abrí durante el desayuno el periódico de la mañana, que traía el relato del reciente descubrimiento, lo encontré francamente interesante y lo leí con suma atención, hasta dos o tres veces. El hallazgo había tenido lugar en un dormitorio y, cuando dejé el periódico, tuve conciencia de un destello —una ráfaga precipitada… fluida… no sabría cómo definirlo… no soy capaz de encontrar una palabra que lo describa satisfactoriamente— en el que me pareció ver aquel dormitorio cruzando por mi sala, como un cuadro imposible de pintar, sobre la corriente de un río. Durante un instante, a su paso, fue perfectamente claro, tan claro que pude observar con exactitud y un sentimiento de alivio que no había cadáver alguno en la cama.
       Tuve esta curiosa impresión en un lugar nada romántico: mis habitaciones en Picadilly, muy cerca de la esquina con St. James Street. Fue algo completamente nuevo para mí. Estaba en aquel momento en mi butaca y la sensación vino acompañada de un peculiar temblor que movió repentinamente el asiento de sitio (si bien ha de tenerse en cuenta que, debido a sus ruedas, el sillón se movía con cierta facilidad). Me acerqué a una de las ventanas (hay dos en la sala y ésta se encuentra en el segundo piso) para alegrar mis ojos con los objetos en movimiento de Picadilly. Era una luminosa mañana de otoño y la calle estaba resplandeciente y animada. Había un viento fuerte que, mientras miraba, trajo desde el parque un buen puñado de hojas caídas y levantadas por una ráfaga que las hizo girar en espiral formando una columna. Cuando cayó la columna y se dispersaron las hojas, vi a dos hombres al otro lado de la calle, que avanzaban de oeste a este. Iban uno detrás de otro. El primero de ellos se volvía con frecuencia, mirando por encima de su hombro. El segundo le seguía a una distancia como de treinta pasos, con su mano derecha amenazadoramente alzada. Lo que atrajo mi atención en primer lugar fue la singularidad y firmeza de su gesto amenazador en una vía pública, y después, la aún más notable circunstancia de que nadie le prestase atención. Ambos hombres seguían su camino entre los demás transeúntes con una suavidad que difícilmente podía explicar el hecho de andar sobre el pavimento, y ni una sola criatura, que yo notara, les hizo sitio, tocó o miró. Cuando pasaron bajo mis ventanas, los dos alzaron la vista. Pude ver sus rostros con gran claridad y supe que los reconocería en cualquier parte. No noté nada especial en sus caras, excepto que el primero de los hombres tenía un aspecto inusualmente sombrío y que el rostro del que le seguía era del color de la cera adulterada.
       Soy soltero y mi criado y su esposa constituyen todo mi servicio. Trabajo en cierta sucursal bancaria y desearía que mis obligaciones como jefe de un departamento fuesen tan ligeras como la mayoría de la gente supone. Debido a ellas me veía obligado a permanecer en la ciudad aquel otoño, cuando en realidad necesitaba un cambio de aires. No es que estuviese enfermo, pero tampoco me encontraba bien. Mis lectores, sin duda, comprenderán lo que, razonablemente, conformaba mi estado de agotamiento: una sensación deprimente sobre la monotonía de mi vida y cierta “predisposición leve a la dispepsia” [la perturbación crónica de la digestión]. Mi renombrado médico de cabecera me había asegurado que el estado real de mi salud, en aquel momento, no justificaba una prescripción más enérgica, y he citado textualmente la respuesta escrita que recibí a mi petición.
       Según se iban aclarando las circunstancias del asesinato, éste adquiría mayor relieve en la conciencia popular y yo lo mantenía alejado de la mía, averiguando lo menos posible, dentro de lo que permitía aquella universal excitación. Pero supe que se había acusado de homicidio con premeditación al supuesto asesino, y que lo habían enviado a Newgate hasta el momento de juzgarle. También supe que dicho juicio se había pospuesto en una sesión del Tribunal Central de lo Criminal, argumentando la mala predisposición general y la falta de tiempo para preparar la defensa. Quizá me enteré, aunque no lo creo, de hasta cuándo, más o menos, se había pospuesto el juicio.
       Mi cuarto de estar, dormitorio y vestidor se encuentran en el mismo piso. Al último sólo se accede a través del dormitorio. Es cierto que allí hay una puerta que en otros tiempos comunicaba con la escalera, pero al remodelar parte de mi cuarto de baño —y de eso hace ya unos cuantos años—, aquélla quedó inutilizada. En la misma época, y debido a estos arreglos, se clavó y cubrió con un lienzo la puerta.
       Cierta noche, a una hora ya avanzada, estaba en mi dormitorio dándole algunas instrucciones a mi criado antes de que se acostara. Mi rostro estaba cara a la única puerta útil que comunicaba con el vestidor, que estaba cerrada. Mi criado daba la espalda a esta puerta. Mientras le hablaba vi que ésta se abría y un hombre se asomó y me hizo unas señas vehementes y misteriosas. Era el segundo de los hombres que había visto en Picadilly, el del rostro del color de la cera adulterada.
       La figura, después de haberme hecho señas, se apartó y cerró la puerta. Sin más intervalo que el necesario para cruzar el dormitorio, abrí la puerta del vestidor y miré dentro. Llevaba una vela encendida en la mano. No tenía ninguna esperanza de ver a la figura en el vestidor, y no la vi.
       Consciente del asombro de mi criado, me volví hacia él y le dije:
       —Derrick, ¿podrías creer que, absolutamente consciente, me ha parecido ver…?
       Y en ese momento apoyé la mano bruscamente en su pecho; empezó a temblar violentamente y dijo:
       —¡Oh, Dios mío! Sí, señor, ¡un muerto haciendo señas!
       Realmente, no creo que John Derrick, mi fiel y devoto servidor durante más de veinte años, hubiera visto a figura alguna hasta que lo toqué. Experimentó un cambio tan brusco cuando le puse la mano encima, que estoy absolutamente convencido de que, de alguna manera oculta, le transmití esa impresión en aquel instante.
       Mandé a Derrick que trajera un poco de brandy, le serví un trago y agradecí poder beber yo otro. No le dije ni una palabra de los hechos que habían precedido al fenómeno de aquella noche. Reflexionando sobre ello, llegué a la certeza absoluta de que nunca había visto ese rostro, excepto aquel día, en Picadilly. Comparé su expresión cuando me hacía señas desde la puerta y cuando levantó la mirada hacia mi ventana, y llegué a la conclusión de que la primera vez había intentado quedar retratado en mi memoria, y la segunda, asegurarse de que le recordaría inmediatamente.
       No fue una noche muy cómoda a pesar de mi convicción, difícil de explicar, de que la figura no volvería. Ya estaba amaneciendo cuando me sumí en un sueño pesado, del que desperté al aproximarse John Derrick a mi lado, con un papel en la mano.
       Al parecer, este papel había sido motivo de un altercado en la puerta entre mi servidor y quien lo había traído. Era una citación para que yo asistiese como jurado a las próximas sesiones del Tribunal Central de lo Criminal en Old Bailey. Nunca antes había sido requerido como jurado, y John Derrick lo sabía muy bien. Él creía —y a estas alturas no estoy muy seguro de si con razón o no— que esta clase de jurados se elegía, normalmente, entre gentes de una categoría inferior a la que yo ostentaba, y en un primer momento se negó a aceptar la citación. El portador de ésta se tomó el asunto con gran frialdad. Afirmó que no le incumbía en absoluto: allí estaba el requerimiento; lo que hiciera con él sería mi problema, no el suyo.
       Durante uno o dos días estuve indeciso sobre si debía o no responder a esta llamada. No soy consciente de haber sentido ninguna predisposición misteriosa, influencia o atracción en un sentido o en otro. Estoy absolutamente seguro de este punto, como del resto de las afirmaciones que estoy haciendo. Finalmente, al considerarlo como un cambio en mi monótona vida, decidí ir.
       El día señalado se presentó en una desapacible mañana de noviembre. Una densa niebla parda flotaba sobre Picadilly, y al este de Temple Bar se volvió decididamente negra y de lo más opresiva. Los pasillos y escaleras del juzgado estaban brillantemente iluminados gracias al gas, y el tribunal tenía una luz similar. Creo que hasta que los oficiales me condujeron hasta la vieja sala y la vi abarrotada de público, no me di cuenta de que el asesino iba a ser juzgado aquel día. Creo que hasta el momento en que me guiaron, con bastante dificultad, a la vieja sala, no supe a cuál de las dos que estaban en sesión me conduciría mi requerimiento. Claro que esto no debe tomarse como una aseveración categórica, pues tampoco estoy muy seguro de ninguna de mis otras afirmaciones.
       Tomé asiento en la zona de espera de los jurados y eché un vistazo a la sala, en la medida en que el humo y el aire cargado lo permitían. Pude observar que la negra niebla colgaba como una cortina fúnebre en el exterior de los grandes ventanales y cómo el amortiguado sonido de las ruedas de los carruajes sobre la arena y las basuras del suelo se extendía desde la calle. Y me llegaba también el zumbido de la gente allí reunida, de cuando en cuando traspasado por algún agudo silbido, una canción o una llamada más alta que el resto. Poco después los jueces —eran dos— entraron y tomaron asiento. El zumbido de la sala cesó de manera fulminante. Se ordenó que trajeran el asesino al banquillo y compareció en seguida. En aquel exacto momento le reconocí: era el primero de los dos hombres que había visto en Picadilly.
       Si me hubiesen llamado entonces, dudo que mi respuesta hubiese resultado audible. Pero fui el sexto u octavo en ser citado, y para entonces ya era capaz de decir “¡presente!”. Ahora, fíjense. En cuanto subí al estrado, el acusado, que había estado mirando atentamente, pero sin ningún signo de preocupación, empezó a agitarse violentamente y a hacer señas a su abogado. El deseo del asesino de recusarme era tan evidente que se produjo una pausa durante la cual su abogado, con la mano apoyada en la barra, susurró algo a su cliente y sacudió la cabeza. Posteriormente supe, por este caballero, que las primeras palabras atemorizadas que el acusado le dirigió fueron: “¡Sea como sea, recuse a ese hombre!” Pero dado que no pudo alegar ninguna razón para ello, y que admitió que ni siquiera conocía mi nombre hasta que me puse en pie al ser llamado, no lo consiguió.
       Por lo que ya he explicado —mi deseo de no revivir el desagradable recuerdo de aquel asesino— y como para mi relato no es imprescindible una detallada narración de este largo juicio, me ceñiré estrictamente a los incidentes que durante los diez días y noches que nosotros, el jurado, permanecimos reunidos afectaron directamente a mi curiosa experiencia personal. Es en este sentido, y no en la persona del asesino, en lo que pretendo interesar al lector. Es hacia esto, y no hacia las páginas del Newgate Calendar, hacia lo que ruego atención.
       Fui elegido presidente del jurado. Durante la segunda mañana del juicio, y después de dos horas de testificaciones (oí dar la hora en el reloj de la iglesia), se me ocurrió echar una mirada a mis compañeros del jurado, y me resultó inexplicablemente difícil poder contarlos. Es más, los conté varias veces, y cada una de ellas con la misma dificultad. En resumidas cuentas, me salía uno de más.
       Le di en el hombro al jurado que se sentaba a mi lado y le susurré:
       —Hágame el favor de contar cuántos somos.
       Me miró sorprendido por la petición, pero giró la cabeza y contó:
       —¿Por qué? —dijo de repente—. Somos trec… Pero no. No es posible. No. Somos doce.
       Después de mi recuento de aquel día siempre estuvimos de acuerdo al numerarnos, pero a primera vista éramos invariablemente uno más. Y no es que contáramos alguna persona más (no la había); sin embargo, yo tenía la sensación interna y firme de que alguna presencia se acercaba.
       El jurado fue alojado en la London Tavern. Dormíamos todos en una gran habitación, en camas separadas, y estábamos constantemente a cargo y bajo la vigilancia de un funcionario destinado a nuestra custodia y seguridad. No encuentro razón para omitir el nombre de este funcionario: era inteligente, sumamente amable y servicial, y (me agradó oírlo) muy respetado en la ciudad. Su aspecto era agradable: bonitos ojos, unas envidiables patillas negras y una voz fina y sonora. Se llamaba míster Harker.
       Cuando nos metíamos en la cama por la noche, la de míster Harker quedaba atravesada frente a la puerta. La noche del segundo día, como no tenía ganas de acostarme y viendo a míster Harker sentado en su cama, fui a sentarme a su lado y le ofrecí un poco de rapé. En el momento en que la mano de míster Harker tocó la mía, al ir a coger los polvos de la cajita, le recorrió un curioso estremecimiento Y dijo:
       —¿Qué es esto?
       Seguí la mirada de míster Harker y, al recorrer con la vista la habitación, vi de nuevo la figura con la que ya contaba (el segundo de los hombres que había visto por Picadilly). Me levanté y avancé algunos pasos; entonces me detuve y me volví a míster Harker. Parecía relativamente indiferente; se rió y dijo en tono de broma:
       —Por un momento pensé que teníamos un decimotercer jurado, sin cama. Ahora veo que no era más que la luz de la luna.
       Sin hacerle ningún tipo de confesión y mientras observaba lo que hacía la figura, invité a míster Harker a dar un pequeño paseo hasta el fondo del dormitorio. Mientras tanto, la figura se acercó un instante a la cabecera de la cama de cada uno de los otros once jurados. Siempre se situaba al lado derecho, y pasaba de uno a otro cruzando a los pies de la cama siguiente. Parecía, por el movimiento de su cabeza, que se limitara a mirar, pensativamente, a cada uno de los seres allí acostados. No manifestó interés por mi existencia o por la de mi cama, que era la más próxima a la de míster Harker. Y cuando, a través de un alto ventanal, penetró un rayo de luna, pareció irse por una escalera aérea.
       A la mañana siguiente, durante el desayuno, resultó que todo el mundo había soñado la noche anterior con el hombre asesinado, excepto míster Harker y yo.
       Para entonces, yo ya estaba convencido de que el segundo de los hombres de Picadilly era el asesinado (por decirlo de alguna manera), como si este convencimiento me hubiese llegado por su directo testimonio. Incluso esto último llegó a suceder, y de una manera para la cual no estaba del todo preparado.
       Durante el quinto día del juicio, cuando la acusación estaba a punto de terminar su alegato, se presentó como prueba un retrato en miniatura del hombre asesinado, que no se había encontrado en el dormitorio el día en que se descubrieron los hechos, sino algún tiempo después en un escondrijo en donde se había visto cavar al asesino. Una vez identificado por el testigo que estaba siendo interrogado, se pasó el retrato al tribunal y después al jurado, para que lo examinase. Mientras un oficial del juzgado con toga negra me lo acercaba, la figura del segundo hombre de Picadilly surgió impetuosamente de entre la muchedumbre, le quitó al oficial la miniatura y me la dio con sus propias manos, diciendo a la vez, con tono grave y profundo:
       —Entonces era más joven, y mi rostro aún tenía sangre…
       A continuación se acercó al jurado al que yo había entregado la miniatura, y de él al siguiente, y así, uno a uno, pasó junto a todos nosotros y volvió de nuevo a mi puesto. Sin embargo, ni uno solo de los jurados notó su presencia.
       En la mesa, sobre todo cuando estábamos encerrados juntos bajo la custodia de míster Harker, solíamos, desde el primer momento, discutir los acontecimientos de la jornada. Aquel quinto día, una vez concluido el alegato de la acusación y dado que ya teníamos ante nosotros completa esta versión de los hechos, nuestra discusión fue más seria y animada. Entre nosotros se hallaba un miembro de la junta episcopal (el mayor estúpido, a primera vista, que jamás he encontrado) que rebatió las pruebas más evidentes con objeciones absolutamente ridículas, mientras dos imbéciles parásitos parroquiales le guardaban las espaldas. Los tres habían sido elegidos jurados por un distrito tan atacado por las fiebres que, en realidad, deberían encontrarse en su propio juicio acusados de quinientos asesinatos. Cuando estos malvados mentecatos estaban en el punto máximo de su parloteo, cosa que sucedió hacia la media noche, y mientras algunos de nosotros nos estábamos preparando para ir a la cama, vi de nuevo al asesinado. Estaba detrás de ellos, ceñudo, haciéndome señas. En cuanto me acerqué a ellos y entré en la conversación, él desapareció de inmediato. Éste fue el comienzo de una serie distinta de apariciones, restringida a la gran habitación en la que nos encontrábamos confinados.
       Cada vez que algunos de mis compañeros del jurado juntaban sus cabezas, veía la del hombre asesinado entre ellas. Cada vez que las notas comparadas no le eran favorables, de manera grave e irresistible, me hacía señas.
       Debe recordarse que, hasta que se presentó la miniatura durante el quinto día del juicio, no había tenido lugar la aparición del asesinado en la sala. Al comenzar el turno de la defensa se produjeron tres cambios. En primer lugar, señalaré dos de ellos a la vez: la figura se encontraba ahora constantemente en la sala, y ya no se dirigía a mí, sino a la persona que, en cada momento, tenía el uso de la palabra. Voy a poner un ejemplo: Al hombre asesinado le habían cortado el cuello de lado a lado y, en el alegato oficial de la defensa, ésta sugirió que el difunto podía haberse seccionado su propio cuello. En aquel mismo instante, la figura, con la garganta en las horribles condiciones apuntadas (cosa que había ocultado hasta ahora), se acodó junto al defensor, moviendo su tráquea de un lado a otro, tanto con su mano derecha como con la izquierda, apuntando de forma contundente la imposibilidad de haberse producido una herida semejante con ninguna de las dos manos.
       Otro ejemplo: una mujer que testificaba acerca de la conducta del acusado declaró que su carácter era de lo más amable del mundo. En aquel momento, la figura se alzó ante ella, mirándola directamente a los ojos y señalándole con el brazo extendido y apuntando con el dedo al diabólico semblante del preso.
       El tercer cambio que aún me falta por señalar me impresionó profundamente, ya que fue el más notable y sorprendente de todos. Es un hecho sobre el que no teorizo; me limito a exponerlo con la mayor exactitud, sin más. Aunque la aparición no era percibida por aquellos a los que se dirigía, su proximidad producía en ellos, invariablemente, cierta ansiedad y confusión. Me pareció como si no pudiera, por alguna ley que a mí no me afectaba, revelarse completamente a los demás, aunque sí era capaz, de manera invisible, muda y oscura, de ensombrecer sus mentes. Cuando el abogado principal de la defensa sugirió la hipótesis del suicidio y la figura se plantó junto al hombro del docto caballero, haciendo ademán de aserrar de forma estremecedora su garganta, es innegable que el letrado vaciló en su argumentación, perdió durante algunos segundos el hilo de su ingenioso discurso, se enjugó la frente con el pañuelo y se puso notablemente pálido. Cuando a la testigo que hablaba sobre la conducta del preso se le apareció la figura, su mirada siguió claramente la dirección que señalaba su dedo hasta pararse, con gran desconcierto y nerviosismo, en el rostro del acusado. Dos detalles más serán suficientes. El octavo día del juicio, después de la pausa de algunos minutos que hacíamos todos los días a primera hora de la tarde para refrescarnos un poco, entré en la sala con el resto del jurado algo antes de que lo hicieran los jueces.
       Estaba de pie en el recinto de los jurados y miré a mi alrededor, pensando que la figura no se encontraría allí, hasta que, al alzar casualmente la vista hacia el público, la vi inclinada y apoyándose sobre una decentísima mujer, como si quisiera comprobar si los jueces habían vuelto a sus asientos o no. Inmediatamente la mujer gritó, se desmayó y fue sacada de la sala. También le sucedió algo al venerable, sagaz y paciente juez que presidía el juicio. Cuando hubo concluido la exposición del caso y se disponía, con ayuda de sus papeles, a resumirlo, el hombre asesinado entró por la puerta de los jueces, se acercó hasta la mesa de su señoría y miró ansiosamente por encima de su hombro las notas que él estaba hojeando. El rostro de su señoría cambió, su mano se detuvo, le sacudió ese estremecimiento que yo conocía bien y tartamudeó:
       —Discúlpenme unos momentos, caballeros. Me ahoga un poco la atmósfera cargada.
       Y no se recuperó hasta después de haber bebido un vaso de agua.
       Durante la monotonía de seis de aquellos interminables diez días (los mismos jueces y personas en el tribunal, el mismo asesino en el banquillo, los mismos abogados en la tarima, el mismo tono de preguntas y respuestas elevándose hasta el techo de la sala, el mismo garrapateo de la pluma del juez, los mismos ujieres entrando y saliendo, las mismas luces que se encendían a la misma hora a pesar de la claridad del día, la misma cortina de niebla al otro lado de los grandes ventanales cuando el día era brumoso, el mismo goteo monótono si llovía, las mismas huellas de carceleros y preso día tras día en el mismo serrín, las mismas llaves abriendo y cerrando los mismos pesados portones), durante toda aquella agotadora monotonía que me hacía sentir como si hubiese sido el presidente del jurado desde tiempo inmemorial y como si Picadilly fuese Babilonia, el hombre asesinado nunca perdió un ápice de claridad ante mis ojos, ni jamás me resultó menos nítido que cualquier otra persona. No omitiré, en honor a los hechos, que nunca vi que la aparición a la que yo llamaba “hombre asesinado” mirase al asesino. Me preguntaba una y otra vez: “¿Por qué no lo hace?” Sin embargo, nunca lo hizo.
       Tampoco me miró a mí, a partir del día de la miniatura, hasta los últimos minutos del juicio. Nos retiramos a deliberar a las diez menos siete minutos de la noche. El idiota del miembro de la junta episcopal y sus dos parásitos parroquiales nos dieron tanto trabajo que, en dos ocasiones, tuvimos que volver a la sala para pedir que se nos releyeran algunos extractos de las notas del juez. Nueve de nosotros no teníamos la menor duda sobre esos pasajes, ni tampoco creo que la tuviese ninguna otra persona en la sala; sin embargo, el triunvirato de zoquetes no tenía otra idea en la cabeza que poner impedimentos, y ése era el motivo de nuestras disputas. Pero vencimos, finalmente, y el jurado volvió a la sala a las doce y diez.
       En aquel momento, el hombre asesinado se encontraba justo frente al recinto del jurado, al otro lado de la sala. Cuando ocupé mi puesto, sus ojos, con mucha atención, se posaron en mí. Pareció satisfecho y, sumamente despacio, extendió un gran velo gris (que traía por primera vez en el brazo) sobre su cabeza y toda su figura. En cuanto di nuestro veredicto: “culpable”, el velo cayó, el hombre había desaparecido y el lugar que ocupaba quedó vacío.
       Al preguntar el juez al asesino, como es costumbre, si tenía algo que decir antes de que se pronunciase su sentencia de muerte, murmuró algo confuso que en los periódicos del día siguiente fue descrito como “algunas palabras difusas, incoherentes y apenas audibles, en las que dio a entender su queja por no haber tenido un juicio honesto, ya que el presidente del jurado estaba predispuesto en su contra”. La extraordinaria declaración que hizo, en realidad, fue la siguiente:
       “Señoría, supe que sería condenado a muerte desde el momento en que el presidente del jurado entró en la sala. Señoría, yo sabía que no me iba a dejar en paz, porque, antes de haber sido detenido, de alguna extraña forma llegó a mi lado en la noche, me despertó y me puso una soga alrededor del cuello.”




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar