Ernest
Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - Ketchum, Idaho, E.U., 1961)
Un canario como regalo (1927)
[Otro título en español: “Un canario para regalar”]
(“A Canary for One”
Originalmente publicado en Scribner’s Magazine (abril de 1927);
Men Without Women
(Nueva York: Scribner's Sons, 1927, 232 págs.)
El tren pasó rápidamente
junto a una larga casa de piedra roja con jardín, y, en él, cuatro
gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las cuales había una
mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró en una hendidura
cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo podía verse
entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las rocas.
—Lo compré en Palermo —dijo
la dama norteamericana—. Sólo estuvimos en tierra una hora. Era
un domingo por la maíiana. El hombre quería que le pagara en
dólares y le di un dólar y medio. En realidad canta admirablemente.
Hacía mucho calor en el tren y en
el coche-salón. No entraba ni un soplo de brisa por la ventanilla
abierta. La dama norteamericana bajó la persiana de madera y ya no
pudo verse más el mar, ni siquiera de vez en cuando. Al otro lado
estaban los vidrios, luego el corredor, detrás una ventanilla
abierta y fuera de ella árboles polvorientos, un camino asfaltado y
extensos viñedos rodeados de grises colinas.
Al llegar a Marsella veíamos el
humo de muchas chimeneas. El tren disminuyó la velocidad y entró en
una vía, entre las muchas que llevaban a la estación. Se detuvo
veinte minutos en Marsella y la dama norteamericana compró un
ejemplar de The Daily Mail y media botella de agua mineral
Evian. Paseó un poco a lo largo del andén de la estación, pero sin
alejarse mucho de los escalones del vagón, debido a que en Cannes,
donde el tren se detuvo doce minutos, partió de pronto sin
advertencia alguna, y ella pudo subir justamente a tiempo. La dama
norteamericana era un poco sorda y temió que se dieran las habituales
señales de partida del convoy y ella no pudiera oírlas.
El tren partió y no sólo podían
verse las playas de maniobras y el humo de las grandes chimeneas,
sino también, hacia atrás, la propia ciudad de Marsella y el puerto,
con sus colinas grises en el fondo y los últimos destellos del sol en
el mar. Mientras oscurecía, el tren pasó cerca de una granja
incendiada. Había automóviles detenidos en el camino y desde dentro
del edificio de la granja se sacaban al campo ropas de cama y otras
cosas.Había mucha gente contemplando cómo ardia la casa. Era ya de
noche cuando el tren llegó a Avignon. La gente dejó el convoy. En
los quioscos, los franceses que volvían a París compraban los
periódicos del día. En el andén había soldados negros. Llevaban
uniforme castaño, eran altos y sus rostros brillaban bajo la luz
eléctrica. El tren dejó Avignon y los negros quedaron allí, de pie.
Un sargento blanco, de baja estatura, estaba con ellos.
Dentro del coche-cama, el camarero
había bajado las tres literas de la pared y ya estaban preparadas
para dormir. La dama norteamericana no durmió durante la noche porque
el tren era un rapide que iba a gran velocidad y ella temía
durante la noche. La cama de la dama norteamericana era la que
estaba más cerca de la ventanilla. El canario de Palermo, con una
manta extendida sobre la jaula, estaba fuera del camarote, en el
corredor que llevaba al lavabo. Fuera del compartimiento habia una luz
azulada Durante toda la noche el tren viajó muy velozmente y la dama
norteamericana se despertaba esperando un accidente.
Por la mañana, el tren se hallaba
cerca de París y después que la dama norteamericana salió del
lavabo, muy norteamericana, muy saludable y muy de edad mediana, a
pesar de no haber dormido, quitó la manta de la jaula y la colgó al
sol, volviendo al vagón restaurante para desayunar. Cuando volvió al
cochecarea las literas habían sido levantadas de nuevo y
transformadas en asientos, el canario estaba acicalándose las plumas
al sol, que entraba por la ventanilla abierta, y el tren estaba mucho
más cerca de París.
—Ama el sol —dijo la dama
norteamericana—. Ahora, dentro de un momento, cantará.
El canario siguió arreglándose
las plumas y espulgándose.
—Siempre me han gustado los
pajaros —dijo la dama norteamericana—. Lo llevo a casa para mi
niña. Ahí está... ahora canta.
El canario pió y las plumas de la
garganta permanecieron inmóviles. Bajó el pico comenzó a espulgarse
de nuevo. El tren cruzó un río y paso a través de un bosque muy
cuidado. El tren pasó por muchos de los pueblos de las afueras de
París. Había tranvías en los pueblos y grandes c artelones de
propaganda de la Belle Jardiniere, Dubonnet y Pernod, en los muros y
paredes cerca de los cuales pasaba el tren. Todos los lugares por
donde éste pasaba tenían el aspecto de no haberse despertado
todavía. Durante unos minutos no escuché a la dama norteamericana
que estaba hablando a mí esposa.
—¿Su esposo es también
norteamericano? —preguntó la dama.
—Sí —dijo mi mujer—. Ambos
somos norteamericanos.
—Creí que eran ingleses.
—¡Oh, no!
—Será tal vez porque llevo
tirantes. —Había empezado a decir «tiradores», pero cambié la
palabra al salir de mi boca, para mantener mi lenguaje de acuerdo con
mi aspecto de inglés. La dama norteamericana no me oyó. Realmente
era completamente sorda; leía en los labios y yo no la había
mirado al hablar. Miraba afuera, por la ventanilla. Continuó
hablando con mi esposa.
—Me alegro de que sean
norteamericanos. Los hombres norteamericanos son los mejores maridos
—estaba diciendo la dama norteamericana—. Por eso dejamos el
continente, ¿sabe usted? Mi hija se enamoró de un hombre en Vevey
—se detuvo—. Estaban locos, sencillamente —se detuvo de nuevo—.
La saqué de allí, por supuesto.
—¿Logró soportarlo? —preguntó
mi mujer.
—No lo creo —dijo la dama
norteamericana—. No quería comer nada y no dormía. Me empeñé en
consolarla, pero parece no tener interés por nada. No le importa
nada, pero yo no podía dejarla casar con un extranjero. —Hizo una
pausa—. Alguien, un buen amigo mío, me dijo una vez: «Ningún
extranjero puede ser un buen marido para una norteamericana».
—No —dijo mí esposa—;
supongo que no.
La dama norteamericana admiró el
abrigo de viaje de mi esposa y luego supimos que la dama
norteamericana había adquirido sus propias ropas durante veinte
años en la misma maison de couture de la rue Saint
Honoré. Tenían sus medidas y una vendeuse que la conocía y
sabía sus gustos, elegía sus vestidos y los enviaba a los Estados
Unidos. Las ropas llegaban a una oficina de correos cercana al lugar
donde ella vivía, en la ciudad de Nueva York y los derechos de
importación no eran nunca exorbitantes, porque abrian las cajas allí
mismo, en la sucursal de correos, para revisarlas y siempre eran
sencillas sin encajes doradas ni adornos que hicieran aparecer los
vestidos como muy caros. Antes de la vendeuse actual, llamada
Théresé, había otra llamada Amélie. En total sólo trabajaron esas
dos en los últimos veinte afros. La couturière era siempre la
misma. Los precios, sin embargo, habían aumentado. Ahora tenían
también las medidas de su hija. Ya era bastante crecida y no existía
muchas probabilidades de que cambiaran con el tiempo.
El tren estaba ahora llegando a
París. Las fortificaciones habian sido derribadas, pero la hierba no
había crecido. Había muchos vagones en las vías: coches restaurane
de madera oscura y coches-cama, que partirían para Italia a las
cinco de esa misma tarde, si ese tren sale todavía a las cinco;
los coches tenian carteles que decían: París-Roma; otros de dos
pisos, que iban y volvían de los suburbios y en los que, a ciertas
horas, los asientos de amibos pisos estaban llenos de gente y pasaban
cerca de las blancas paredes y de las ventanas de las casas. Nadie se
habia desayunado todavía.
—Los norteamericanos son los
mejores maridos —decía la dama norteamericana a mi esposa. Yo
estaba bajando las maletas—. Los hombres norteamericanos son los
únicos con quienes una se puede casar en todo el mundo.
—¿Cuánto tiempo hace que dejó
usted Vevey? —preguntó mi mujer.
—Hará dos años este otoño. A
ella le llevo este canario.
—¿El hombre de quien estaba
enamorada su hija era suizo?
—Sí —dijo la dama
norteamericana—. Era de una familia muy buena de Vevey. Estudiaba
ingeniería. Se conocieron en Vevey, solían dar largos paseos juntos.
—Conozco Vevey —dijo mi esposa—.
Pasamos allí nuestra luna de miel.
—¿Sí? ¡Debe haber sido
maravilloso! Yo no tenía, por supuesto, la menor idea de que se
había enamorado de él.
—Es un lugar muy bonito —dijo
mì esposa.
—Sí —dijo la dama
norteamericana—. ¿Verdad que es magnifico? ¿Dónde se alojaron
ustedes?
—En el Trois Couronnes.
—Es un gran hotel —dijo la
dama norteamericana.
—Sí —replico mi esposa—.
Teníamos una habitación preciosa y en otoño el lugar era adorable.
—¿Estaban ustedes allí en
otoño?
—Sí —dijo mi esposa.
Pasábamos en ese momento al lado
de tres vagones que habían sufrido algún accidente. Estaban hechos
astillas y con los techos hundidos.
—Miren —dije—. Debe haber
sido un accidente.
La dama norteamericana miró y
vió el último vagón.
—Toda la noche tuve miedo de que
ocurriera alguna cosa así —dijo—. A veces tengo horribles
presentimientos. Nunca más viajaré en un rapide por la noche.
Debe; haber otros trenes cómodos que no viajen con tanta rapidez.
El tren entró en la oscuridad de
la Gare du Lyon y se deuvo. Los mozos se acercaron a las
ventanillas. Pronto nos encontramos en la turbia largura de los
andenes y la dama norteamericana se puso en manos de uno de los tres
hombres de la Cook, que dijo: «Un momento, señora, buscaré su
nombre».
El mozo trajo un baúl y lo
colocó junto al equipaje. Ambos nos despedimos de la dama
norteamericana, cuyo nombre había encontrado el empleado de la
Agencia Cook, en una de las hojas escritas a máquina, que sacó de
entre un manojo de éstas y que volvió a poner en su bolsillo.
Seguimos al mozo con el baúl, a
lo ladro del prolongado andén de cemento que corría al lado del
tren. Al final había una puerta de hierro y un hombre nos tomó los
billetes.
Volvíamos a París para
establecernos en residencias separadas.
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