Ernest Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - ‎Ketchum, Idaho‎, E.U., 1961)

La luz del mundo
(“The Light of the World”)
Winner Take Nothing
(Nueva York: Scribner’s Sons, 1933, 244 págs.)


      Cuando nos vio franquear la puerta, el cantinero levantó la vista, tomó la tapa de cristal y cubrió con ella las dos vasijas de los bocadillos gratuitos.
       —Dame una cerveza— dije.
       El cantinero sirvió un vaso, cortó la espuma desbordante con la espátula y luego quedó aguardando con el vaso en la mano. Puse la moneda de cinco centavos sobre el mostrador y sólo entonces deslizó el vaso de cerveza hacia mí.
       —¿Y tú? —preguntó a Tom.
       —Cerveza.
       Sirvió, cortó la espuma y, cuando vio el dinero, empujó la cerveza hacia Tom.
       —¿Qué pasa? —preguntó Tom.
       El cantinero no le contestó. Se limitó a mirar sobre nuestras cabezas y dijo a un hombre que acababa de entrar:
       —Usted, ¿qué quiere?
       —Rye —dijo el hombre.
       El cantinero dejó sobre el mostrador una botella, un vaso y una jarra de agua.
       Tom extendió el brazo y quito la tapa a una de las vasijas de bocadillos. Contenía patitas de cerdo encurtidas sobre las cuales descansaba una tijera de madera cuyas puntas eran dos tenedores que se cerraban para trinchar.
       —No —dijo el cantinero, y volvió a colocar la tapa en la vasija. Tom tenía en la mano la tijera de madera
       —Vuelve a poner eso en su lugar —dijo el cantinero.
       —Sabes dónde te lo voy a poner —dijo Tom.
       El cantinero metió la mano debajo del mostrador sin quitarnos la vista de encima. Puse cincuenta centavos sobre el mostrador y el cantinero se enderezó.
       —¿Qué te sirvo? —me preguntó.
       —Cerveza –dije, y antes de servirme la cerveza, destapó dos fuentes.
       —¡Tus patitas de cerdo apestan! –exclamó Tom y escupió lo que tenía en la boca.
       El cantinero no dijo nada. El hombre que había tomado whisky pagó y salió sin volverse.
       —¡Tú eres el que apestas! –dijo el cantinero a Tom—. Todos los tipos como tú son unos apestosos.
       —Dice que somos apestosos –me dijo Tom.
       —Oye –le pedí—. Vámonos de aquí.
       —¡Salgan enseguida de aquí, par de vagos! –gritó el cantinero.
       —Ya dije que nos íbamos –respondí—. Eso no fue idea tuya.
       —Pero volveremos –dijo Tom.
       —¡Cuidado con volver a pisar este lugar!
       —Dile lo equivocado que estó –dijo Tom volviéndose a mí.
       —Vámonos.
       A fuera era noche cerrada.
       —¡Qué coño se habrán creído en este pueblo! –exclamó Tom.
       —¡Que sé yo! –le dije—. Vamos a la estación.
       Habíamos entrado al pueblo por un extremo y nos dirigíamos hacia el otro para salir de él. Olía a cueros curtidos y aserrín. Oscurecía cuando entramos y ahora que era de noche comenzaba a hacer frio: los charcos en el camino se helaban alrededor de los bordes.
       En la estación había cinco putas esperando la llegada del tren; seis hombres blancos y cuatro indios. La sala de espera estaba llena de gente y de humo rancio. La estufa estaba encendida y hacía calor. Cuando entramos nadie hablaba y la taquilla estaba cerrada.
       —¡Cierren la puerta, no! –exclamó alguien.
       Busque con la vista al que había dicho esas palabras. Había sido uno de los hombres blancos. Vestía pantalones gastados, botas de goma de leñador y una camisa a cuadros como los demás, pero no llevaba sombrero, su rostro era blanco, y sus manos blancas y finas.
       —¿No la vas a cerrar?
       —Claro que sí –dije, y la cerré.
       —Gracias –dijo el hombre.
       Uno de los hombres blancos soltó una estúpida risita.
       —¿Nunca has tenido algo que ver con un cocinero? –preguntó.
       —No.
       —Puedes hacer de éste lo que te dé la gana. A él le gusta que lo use –dijo el hombre mirando al cocinero.
       El cocinero volvió la cabeza apartando la vista del hombre con los labios apretados.
       —Se pone jugo de limón en las manos –rió el hombre—. Y por nada del mundo las mete en el agua de los platos. Mire lo blancas que las tiene.
       Una de las putas soltó una risotada. Era la puta más grande que jamás había visto en mi vida y también la mujer más grande. Llevaba puesto uno de esos vestidos de seda de colores tornasolados. Había otras dos putas casi tan grandes como ella, pero ella debía pesar unas trecientas cincuenta libras. Cuando se la miraba no se podía creer que existiera realmente. Las tres putas iban vestidas igual, con esa tela de colores cambiantes. Estaban sentadas en el banco una al lado de la otra. Eran enormes. Las otras putas tenías aspecto ordinario. Eran rubias oxigenadas.
       —Mirale las manos –dijo el hombre y señaló con la cabeza al cocinero.
       La puta rió de nuevo y su cuerpo se sacudió. El cocinero se volvió hacia ella y le dijo rápidamente:
       —¡Eres una montaña de carne asquerosa!
       —¡Ay, Dios mío! –dijo.
       Tenía una hermosa voz.
       Ella no dejó de reírse y de sacudirse.
       —¡Ay, Dios mío! –repitió.
       Las otras dos putas, las grandes, se comportaban con mucho aplomo y buena disposición de ánimo, como si no se dieran cuenta de lo que ocurría: pero eran grandes, casi tanto como la más grande de todas. Pesaban bien sus doscientas cincuenta libras por cabeza. Las otras dos putas se daban aires de dignidad.
       De los hombres, además del cocinero y del que había hablado, había otros dos que eran leñadores: uno de ellos escuchaba interesado, pero debía de ser un poco tímido. El otro parecía como si se dispusiera a hablar. Además había dos suecos. Dos de los indios estaban sentados en uno de los extremos del banco; otro, de pie, recargaba el cuerpo contra la pared.
       El hombre que se disponía a decir algo, me hablo en voz queda:
       —Sería lo mismo que encaramarte en una montaña de heno.
       Yo reí y dije a Tom que me había dicho el hombre.
       —¡Por Dios que nunca he estado en un lugar como este! –dijo Tom—. Mira a esas tres.
       Entonces habló el cocinero:
       —¿Qué edad tienen ustedes, muchachos?
       —Yo tengo noventa y seis y él sesenta y nueve.
       —¡Jo, jo, jo! –rió la puta grande sacudiéndose.
       Tenía una voz verdaderamente hermosa, las otras putas no se rieron.
       —¿No pueden darme una respuesta normal? –preguntó el cocinero—. Hice la pregunta solo por ser cordial.
       —Tenemos diecisiete y diecinueve años –dije yo.
       —¿Por qué lo has dicho? –dijo Tommy volviéndose a mí.
       —Está bien. No te preocupes.
       —Pueden llamarme Alice –dijo la puta más grande y luego empezó a sacudirse de nuevo.
       —¿Ese es tu nombre? –preguntó Tommy.
       —Claro –dijo— Alice es mi nombre. ¿No es verdad? –y se volvió hacia el hombre que estaba sentado al lado del cocinero.
       —Alice: así se llama ella.
       —Desde luego que tenías que llamarte Alice –dijo el cocinero.
       —Es mi verdadero nombre –dijo Alice.
       —¿Cómo se llaman las otras muchachas? –pregunto Tom.
       —Hazel y Ethel –dijo Alice.
       Hazel y Ethel sonrieron. No eran muy inteligentes que digamos.
       —¿Cómo te llamas? –pregunté a una de las rubias.
       —Frances –replicó.
       —¿Frances, qué?
       Frances Willson. ¿Y a ti que te importa?
       —¿Y tú cómo te llamas? –le pregunté a la otra rubia.
       —No seas tan confiado –dijo.
       —Solo quiere hacerse amigo nuestro –dijo el hombre que había hablado—. ¿No quieres que todos seamos amigos?
       —No –dijo la rubia oxigenada—. Por lo menos no quiero ser amiga tuya.
       —Es una malgeniosa –dijo el hombre—. Respondona y malgeniosa.
       Una rubia miré a la otra y meneó la cabeza.
       —Son unos pesaos –dijo la rubia respondona.
       Alice comenzó a reír de nuevo y a sacudirse.
       —Eso no tiene nada de gracioso –dijo el cocinero—. Todos ustedes se ríen, pero nada de esto tiene gracia. Ustedes, muchachos, ¿para dónde van?
       —¿A dónde vas tú? –preguntó Tom.
       —Quiero ir a Cadillac –dijo el cocinero—. ¿Han estado ustedes allí alguna vez? Mi hermana vive allí.
       —Él mismo es una hermana –dijo el hombre empecinado en ridiculizar al cocinero.
       —¿Por qué no me sueltas? –inquirió el cocinero—. ¿No podemos hablar de cosas edificantes?
       —En Cadillac nació Steve Ketchel y también Ad Wolgast –dijo el hombre tímido.
       —Steve Ketchel –dijo una de las rubias con voz aguda y repentina, como si ese nombre hubiera apretado un gatillo dentro de ella—. Lo mató su propio padre. Sí, ¡por Dios!, su propio padre. Ya no hay hombres como Steve Ketchel.
       —Su nombre no era Stanley Ketchel? –preguntó el cocinero.
       —¡Ho! ¡Cállate! –dijo la rubia—. ¿Qué sabes tú de Steve? ¿Stanley? No se llamaba Stanley. Steve Ketchel era el hombre más fino y más hermoso que jamás ha existido. Nunca conocí un hombre tan limpio y tan blanco como Steve Ketchel. Nunca hubo un hombre como él. Se movía como un tigre y era el derrochador más elegante y espléndido que jamás ha existido.
       —¿Tú lo conocías? –preguntó uno de los hombres
       —¿Si lo conocía? ¿Si lo conocía? ¿Si lo amé? ¿Y me lo preguntan? Lo conocía como no conocieron ustedes a nadie en el mundo, y lo amaba como se ama a Dios. Era el hombre más grande, el mejor, el más blanco y el más hermoso que jamás ha existido. Steve Ketchel, sí señor. Y su propio padre lo mató como a un perro.
       —¿Estuviste en la costa con él?
       —No. Lo conocí antes. Fue el único hombre que amé en mi vida.
       Todos miraban con respeto a la rubia oxigenada que había dicho todo con tono teatral, pero Alice comenzó a sacudirse de nuevo. Me di cuenta porque estaba a su lado.
       —Debiste haberte acostado con él –dijo el cocinero.
       —No quise arruinar su carrera –dijo la rubia oxigenada—. No quería convertirme en una carga para él. No era una esposa lo que el necesitaba. ¡Ho, Dios! ¡Qué hombre ese!
       —Muy bien pensado –dijo el cocinero— ¿Pero no lo noqueó Jack Johnson?
       —Fue una mala jugada –dijo la oxigenada—. Este perro negro lo cogió de sorpresa. Él acababa de derribarlo, cuando ese negro degenerado lo alcanzó de chiripa con un golpe, y lo noqueó.
       La taquilla se abrió y los tres indios se dirigieron hacia ella a comprar sus boletos.
       —Cuando Steve lo tumbó –dijo la oxigenada— se volvió hacia mí y me sonrió.
       —Creí que dijiste que no habías estado en la costa con él –dijo alguien.
       —Fui solo para ver esa pelea. Steve se volvió para sonreírme y ese negro hijo de puta dio un salto desde el suelo y lo cogió de sorpresa. Steve hubiera podido hacer morder el cordobán a cien hombres como ese negro degenerado.
       —¡Era un gran boxeador! –dijo uno de los leñadores—.
       —¡Por Dios que lo era! –dijo la oxigenada—. Y por Dios que ahora no hay boxeadores como él. Era como un Dios. Tan blanco, limpio, hermoso y elegante, rápido como un tigre o como un relámpago.
       —Vi la película de la pelea –dijo Tom.
       Todos nos sentíamos conmovidos. Alice se sacudía, y al mirarla vi que estaba llorando. Los indios habían salidos al andén.
       —Era para mí más de lo que hubiera podido ser cualquier marido –dijo la rubia oxigenada—. Estábamos casados a los ojos de Dios. Le pertenecía y le perteneceré siempre. No me importa lo que pueda ocurrirle a mi cuerpo. Pueden tomarlo; pero mi alma pertenece a Steve Ketchel. ¡Por Dios que era un hombre de verdad!
       Todos nos sentíamos muy afectados. Estábamos tristes y turbados. Alice, que todavía estaba sacudiéndose, dijo en voz grave:
       —Eres una maldita mentirosa. Nunca te has acostado con Steve Ketchel en tu vida y lo sabes muy bien.
       —¿Cómo puedes decir eso? –preguntó con orgullo la rubia.
       —Lo digo porque es verdad –dijo Alice—. Soy la única aquí que ha conocido a Steve Ketchel. Nací en Mancelona y allí lo conocí. Esa es la pura verdad y tú sabes que lo es. ¡Que Dios me quite la vida aquí mismo, si no es cierto lo que digo!
       —¡Que me la quite a mí también si he mentido!
       —¡Es verdad, verdad, verdad! Y tú lo sabes. No es una mentira como esa que tú has tratado de hacernos creer. Y me acuerdo exactamente de lo que Steve Ketchel me dijo.
       —¿Qué te dijo? –preguntó al rubia, satisfecha.
       —Me dijo que yo estaba más que buena. Eso fue lo que me dijo.
       —¡Eso es una mentira! –dijo la oxigenada.
       —Es verdad. Eso fue exactamente lo que me dijo.
       —¡Es una mentira! –dijo la rubia con orgullo.
       —¡Es la verdad! ¡La verdad! ¡Lo juro por Jesús, María y José que es la verdad!
       —Steve nunca podría haber dicho eso. Él no se expresaba así –dijo la rubia riendo feliz.
       —Es la verdad –dijo Alice con su hermosa voz—. Y no me importa si me crees o no.
       —Es imposible que Steve pueda haber dicho eso –declaró con énfasis la rubia oxigenada.
       —Lo dijo –Alice sonrió—. Y recuerdo que entonces yo estaba más que buena, como él decía. Incluso, ahora soy mejor hembra que tú. ¡Tú no eres más que hueso y mala idea!
       —¡No puedes insultarme! –dijo la rubia—. ¡Montaña de mierda! Yo tengo mis recuerdos.
       —No –dijo Alice, con aquella dulce voz—. No tienes ningún recuerdo verdadero, como no sea cuando te ligaron las trompas y te metiste a puta. Todo lo demás lo has leído en los periódicos. Yo soy limpia y tú lo sabes, y gusto a los hombres, aunque soy grande. Eso a ti te consta. Y nunca miento. Eso te consta también.
       —Déjame con mis recuerdos. Con mis verdaderos y maravillosos recuerdos.
       Alice la miró y luego nos miró a nosotros y su rostro perdió aquella expresión agraviada. Sonrió. Su cara era casi la más bonita que había visto en mi vida. Tenía una piel suave y tersa, y una hermosa voz. Era muy agradable. Pero, ¡demonios!, ¡qué grande era! ¡Era tan grande como tres mujeres juntas! Tom me vio mirarla y me dijo:
       —Vamos.
       —Adiós –dijo Alice.
       Ciertamente tenía una hermosa voz.
       —Adiós –dije yo.
       —¿Dónde van, muchachos? –pregunto el cocinero.
       —En dirección contraria a la tuya –repuso Tom.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar