Ernest Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - ‎Ketchum, Idaho‎, E.U., 1961)

El jugador, la monja y la radio (1933)
(“The Gambler, the Nun, and the Radio”)
Originalmente publicado, como “Give Us a Prescription, Doctor”,
en Scribner’s Magazine (abril de 1933);
Winner Take Nothing
(Nueva York: Scribner’s Sons, 1933, 244 págs.)


      Los trajeron alrededor de medianoche y después, durante varias horas, los que estaban en el corredor, oyeron al ruso.
       —¿Dónde lo hirieron? —preguntó el señor Frazer a la enfermera nocturna.
       —En el muslo, creo.
       —¿Y el otro?
       —¡Oh! ¡Me temo que morirá!
       —¿Dónde tiene la herida?
       —En el abdomen. Dos tiros y sólo le han encontrado una de las balas.
       Ambos eran obreros, uno mexicano y el otro ruso. Estaban sentados tomando café en un restaurante nocturno, cuando alguien se detuvo en la puerta y empezó a disparar contra el mexicano. El ruso se arrastró bajo la mesa y finalmente resultó herido por una bala dirigida contra el mexicano, que yacía en el suelo con dos proyectiles en el abdomen. Eso era lo que informaban los periódicos.
       El mexicano dijo a la policía que no tenía ninguna idea acerca de quién podía haberlo herido. Creía que era un accidente.
       —¿Un accidente el que hayan disparado ocho tiros contra usted, hiriéndole dos veces en el vientre?
       —Sí, señor —declaró el mexicano, cuyo nombre era Cayetano Ruiz—. Un accidente que me haya herido, el bribón —dijo el intérprete.
       —¿Qué dice? —preguntó el sargento de detectives, mirando al intérprete por encima de la cama.
       —Que fue un accidente.
       —Dígale que queremos saber la verdad. Y avísele que se está muriendo —instó el detective.
       —Todavía no —declaró Cayetano—. Pero dígale que me siento muy enfermo y que preferiría no hablar mucho.
       —Dice que está diciendo la verdad —manifestó el intérprete.
       Luego habló confidencialmente al detective.
       —No sabe quién lo hirió. Le dispararon por la espalda.
       —Sí; comprendo —afirmó el policía—. Pero pregúntele por qué las balas entraron por delante.
       —Tal vez se daba vuelta en ese instante —sugirió el intérprete.
       —Escuche —declaró el sargento, agitando el dedo casi en la nariz de Cayetano, que surgía amarillenta y cerúlea de su rostro de agonizante, donde los ojos brillaban como los de un halcón—. No me importa un comino quién lo ha herido a usted, pero voy a aclarar este asunto. ¿No quiere que se castigue al hombre que lo hirió? Dígale eso —ordenó al intérprete.
       —Dice que diga quién disparó contra usted.
       —¡Mándelo al c...! [en español, en el original] —exclamó Cayetano, que estaba muy cansado.
       —Dice que no vio al tipo en ningún momento —tradujo el intérprete—. Que lo hirieron por la espalda.
       —Pregúntele quién hirió al ruso.
       —Pobre ruso! —dijo Cayetano—. Estaba en el suelo con la cabeza entre los brazos. Comenzó a gritar cuando lo hirieron y siguió gritando desde entonces. ¡Pobre ruso!
       —Dice que fue un tipo que no conoce. Tal vez el mismo que lo hirió a él.
       —Escuche —exclamó el detective—. Esto no es Chicago. Usted no es un pistolero y no tiene necesidad alguna de portarse como en una película. Está muy bien que diga usted quién lo hirió. Todo el mundo lo diría y eso es lo que debe hacerse. Suponga usted que no diga quién fue y que él hiere a alguna otra persona. No se le puede dejar libre así como así. Dígale eso — pidió al señor Frazer—. No confío para nada en ese maldito intérprete.
       —Soy de mucha confianza —exclamó el intérprete.
       Cayetano miró al señor Frazer.
       —Escuche, amigo —dijo el señor Frazer—. El policía dice que no estamos en Chicago, sino en Hailey, Indiana. Usted no es un bandido y esto nada tiene que ver con el cine.
       —Lo creo —dijo Cayetano suavemente—. Ya lo creo.
       —Se puede, sin quedar deshonrado, denunciar a quien lo ha atacado. Todo el mundo lo hace, dice. Pregunta qué ocurriría si ese hombre después de disparar contra usted, hiere a una mujer o a un niño.
       —No soy casado —declaró Cayetano.
       —Dice que no tiene mujer ni hijos.
       —El hombre no está loco —dijo Cayetano.
       —Dice que usted debería denunciarlo —terminó el señor Frazer.
       —Gracias —dijo Cayetano—. Es usted de los grandes intérpretes. Hablo inglés muy mal, pero entiendo perfectamente. ¿Cómo se rompió usted la pierna?
       —Caí del caballo.
       —¡Qué mala suerte! Lo lamento mucho. ¿Le duele?
       —Ahora no. Al principio sí.
       —Escuche, amigo —comenzó Cayetano—. Estoy muy débil. Usted me perdonará. También tengo muchos dolores; bastantes dolores y es muy posible que muera. Por favor, haga que este policía se vaya, porque estoy muy cansado.
       Hizo un movimiento como para ponerse de costado, pero quedó quieto.
       —Le dije exactamente lo que usted dijo y me respondió que, realmente, no conoce a quien lo ha herido y que está muy débil y desea que usted lo interrogue más tarde —declaró el señor Frazer.
       —Probablemente más tarde estará muerto.
       —Es absolutamente posible.
       —Por eso quería interrogarlo ahora.
       —Alguien lo hirió por la espalda, ya se lo he dicho —manifestó el intérprete.
       —¡Oh! ¡Por Cristo! —exclamó el sargento-detective y se metió la libreta de apuntes en el bolsillo.

       Fuera del corredor el sargento-detective permaneció un rato con el intérprete, al lado del sillón de ruedas del señor Frazer.
       —¿Supongo que piensa usted que alguien le hirió por la espalda?
       —Sí —dijo el señor Frazer—. Alguien le disparó por la espalda. ¿Por qué?
       —No se moleste usted —dijo el sargento—. Me gustaría hablar español.
       —¿Por qué no lo aprende?
       —No tiene usted necesidad de molestarse; no me divierte nada estar haciendo preguntas. Si supiera español sería distinto.
       —No necesita usted hablar español —dijo el intérprete—. Soy un excelente intérprete.
       —¡Oh! ¡Por Cristo! —exclamó el sargento—. Bueno, adiós. Vendré a verlos dentro de poco.
       —Gracias. Siempre estoy adentro.
       —Espero que mejore usted. Ha tenido usted mala suerte. Muy mala suerte.
       —Estoy mejorando desde que me operaron el hueso.
       —Sí; pero ha pasado mucho tiempo. Mucho tiempo.
       —No deje que nadie le dispare por la espalda.
       —Me cuidaré —dijo el sargento—. Bueno; me alegro de que no se haya molestado.
       —Adiós —dijo el señor Frazer.

       El señor Frazer no vió a Cayetano durante mucho tiempo, pero todas las mañanas la hermana Cecilia le traía noticias de él. No se quejaba nunca, decía, y ahora estaba muy mal. Tenía peritonitis y creían que no podría sobrevivir. Tenía las manos hermosas, una cara agradable y nunca se quejaba. El olor que despedía ahora, era horrible. Se señalaba con un dedo la nariz, sonreía, meneaba la cabeza, pero se sentía muy molesto con ese olor. Lo embarazaba, decía la hermana Cecilia. ¡Oh!, era un paciente magnífico. Sonreía siempre. No quiso confesarse con el padre, pero prometió rezar sus oraciones. Ningún mexicano lo había visto desde que lo trajeron. El ruso abandonaría el hospital a fines de semana. “No puedo sentir nada por el ruso —dijo la hermana Cecilia—. ¡Pobre hombre!, él también sufre. Era una bala engrasada y sucia, y la herida se había infectado y hacía sufrir mucho. Además, dijo, siempre me gustan los malos. Ese Cayetano es malo. ¡Oh!, realmente debe ser malo; muy malo. Es tan hermoso y delicado, y nunca ha trabajado en nada con sus manos. No es un obrero. Sé que no es un obrero, sus manos son suaves y no tienen callos. Sé que es malo, en alguna cosa. Ahora voy abajo a rezar por él. ¡Pobre Cayetano!, está sufriendo mucho y ni siquiera se queja. ¿Por qué tuvieron que herirle? ¡Oh! ¡Pobre Cayetano! Voy abajo a rezar por él”.
       Se fue abajo y rezó por él.

       En aquel hospital el aparato de radio no funcionaba bien hasta que oscurecía. Decían que era porque había mucho mineral en el suelo y algo cerca de las montañas; pero de todos modos no funcionaba bien hasta que, afuera, comenzaba a oscurecer. Por la noche funcionaba magníficamente y, cuando alguna estación interrumpía su transmisión, podía irse más hacia el Oeste y sintonizar otra. La última que podía escucharse era la de Seattle, en el Estado de Washington. Debido a la diferencia de horas, cuando terminaba la transmisión a las cuatro de la mañana, eran las cinco en el hospital y a las seis podían sintonizarse a los primeros madrugadores de Minneápolis. Eso también se debía a la diferencia de horas. El señor Frazer solía imaginar a los madrugadores llegando al estudio. Se los representaba tomando un taxímetro con sus instrumentos antes de que amaneciera. Tal vez no era así y guardaban sus instrumentos en la estación de radio, pero siempre se los imaginaba por la calle buscando taxímetros con sus instrumentos. Nunca había estado en Minneápolis y creía que probablemente nunca iría a la ciudad, pero sabía muy bien el aspecto que tenía por la mañana antes del amanecer.
       Afuera, por la ventana del hospital, podía verse un campo surgiendo de la nieve, y un monte de arcilla, aislado. Una mañana el médico quiso enseñar al señor Frazer dos faisanes que estaban sobre la nieve, y al empujar el lecho hacia la ventana, la lámpara del velador cayó del soporte e hirió al señor Frazer en la cabeza. Esto no resulta ahora muy gracioso, pero en aquel momento lo fué. Todos estaban mirando afuera por la ventana. El médico, que era excelente persona, señalaba los faisanes y empujaba el lecho hacia la ventana. Luego, como en una película, cómica, el señor Frazer recibió el golpe de la lámpara en lo alto de la cabeza. Parecía precisamente la antítesis de lo que debía ocurrir en un hospital —donde se cura a las personas—, y a todos les pareció muy gracioso reírse en aquella ocasión del médico y del señor Frazer. Todo resulta más simple en un hospital, hasta las bromas.
       Desde la otra ventana, si la cama estaba vuelta hacia aquel lado, podía verse el pueblo, con un poco de humo encima y los montes Dawson, como verdaderas montañas coronadas por la nieve del invierno. Esos eran los dos únicos panoramas que se admiraban desde allí, ya que la silla de ruedas había resultado una tentativa demasiado prematura. En realidad, estando en un hospital, es mejor quedarse en cama, puesto que dos vistas —con tiempo para observarlas desde una habitación cuya temperatura puede regularse—, son mucho mejores que cualquier número de vistas observadas durante sólo unos minutos desde habitaciones calurosas y vacías, que aguardan a alguna otra persona o que acaban de ser abandonadas, tal como hubiera ocurrido de haberse paseado con la silla de ruedas. Si se permanece lo bastante en una habitación, el panorama, cualquiera que sea, adquiere un gran valor y se hace muy importante. En algunos casos no lo cambiaríamos ni siquiera por esa misma vista observada desde un ángulo distinto. Tal como con la radio, hay ciertas cosas a las que terminamos por aficionarnos y nos parecen tan agradables que terminamos por resentimos cuando nos presentan algo nuevo. Las mejores melodías de aquel invierno fueron “Canto algo sencillo”, “La muchacha del sonsonete” y “Mentirillas”. No había otras canciones que satisfacieran, pensaba el señor Frazer. “Betty arrulla” era también una bonita melodía, pero la parodia de sus versos, que molestaba al señor Frazer, se acentuaba tanto, haciéndose increíblemente obscena, que nadie podía apreciarla y finalmente la abandonó, volviendo al fútbol.
       Alrededor de las nueve de la mañana comenzarían a utilizar la máquina de los rayos X, y la radio, que para entonces sólo podía captar Hailey, se hacía inútil. Muchos vecinos de Hailey, que poseían aparatos de radio, protestaron por la máquina de rayos X del hospital, que anulaba su recepción matutina, pero nunca se tomó una decisión. Muchos creían que era una vergüenza que el hospital no pudiera utilizar su máquina cuando la gente sintonizaba su radio.

       En el momento en que casi se hacía necesario apagar el aparato de radio entró la hermana Cecilia.
       —¿Cómo está Cayetano, hermana Cecilia? —preguntó el señor Frazer.
       —¡Oh!, está muy mal.
       —¿Ha perdido el conocimiento?
       —No; pero me temo que va a morir.
       —¿Cómo está usted?
       —Muy preocupada por él. ¿Sabe usted que nadie absolutamente ha venido a verlo? Si fuera por esos mexicanos, moriría como un perro. Son verdaderamente horribles.
       —¿Quiere usted venir a oír el partido, esta tarde?
       —¡Oh, no! —dijo—. Me pondría muy nerviosa. Estaré en la capilla rezando.
       —Vamos a oírlo muy bien —dijo el señor Frazer —. Juegan en la costa [la costa occidental de los Estados Unidos] y, la diferencia de horas, hace que podamos escucharlo bien; lo bastante tarde como para que se oiga muy bien.
       —Oh, no! No podría. Las series mundiales terminaron conmigo. Cuando los Athletic tenían el bat, yo rezaba en voz alta: ¡Oh, Dios, dirige por piedad sus golpes! ¡Oh, Dios!, hazle lograr un golpe. ¡Oh, Dios!, que lo logre! Luego, cuando consiguieron las bases en el tercer juego, ¿recuerda usted?, aquello fue demasiado para mí. ¡Oh Dios! —rezaba—, que la envíe por encima del cerco. Y cuando los Cardinals tomaron el bat, ¡fue sencillamente horrible! ¡Oh, Señor, que no la vean! Que ni siquiera tengan un atisbo de ella. ¡Oh, Dios!, que no logren rechazar una pelota. Y este partido es mucho peor. Es el del equipo Nôtre Dame: Nuestra Señora. No; estaré en la capilla. Por Nuestra Señora. Juegan por Nuestra Señora. Me gustaría que escribiera usted algo acerca de la Santísima Virgen. Usted podría hacerlo; usted sabe que podría hacerlo, señor Frazer.
       —No sé nada de ella como para escribir. Ya se ha escrito todo lo que podría decirse de ella —dijo el señor Frazer—. Además a usted no le gustaría mi manera de escribir y a ella tampoco.
       —Usted escribirá algún día algo acerca de ella. Sé que lo hará. Debe escribir usted acerca de Nuestra Señora.
       —Es mejor que venga aquí a oír el partido.
       —Sería demasiado para mí. No; estaré en la capilla haciendo lo que pueda. Aquella tarde, el partido había comenzado hacía sólo cinco minutos cuando entró a la habitación un practicante y dijo:
       —La hermana Cecilia desea saber cómo va el juego.
       —Dígale que ya han logrado un gol.
       Un rato después, el practicante entró de nuevo en la habitación.
       —Dígale que los están derrotando en toda la línea —dijo el señor Frazer.
       Pasado un rato sonó la campanilla para llamar a la enfermera de turno en el piso.
       —Podría ir usted a la capilla o enviar a alguien que dijera a la hermana Cecilia que Nôtre Dame les gana por catorce a cero, al finalizar el primer tiempo, y que todo va bien. Dígale que puede dejar de rezar.
       No habían pasado todavía cinco minutos cuando llegó la hermana Cecilia muy excitada.
       —¿Qué significa lo de catorce a cero? Yo no sé nada de ese juego. Esa sería una delantera bastante apreciable en el beisbol, pero yo no sé nada de fútbol. Puede no significar nada. Bajaré de nuevo a la capilla para rezar hasta que haya terminado.
       —Ya los han derrotado —dijo Frazer—. Se lo aseguro. Quédese aquí conmigo y escuche la transmisión.
       —No. No. No. No. No. No. No. —dijo—. Bajaré en seguida a la capilla a rezar.
       El señor Frazer le hacía llegar la noticia cada vez que Nôtre Dame lograba algún punto y, finalmente, cuando ya hacía mucho tiempo que reinaba la oscuridad, el resultado del juego.
       —¿Cómo está la hermana Cecilia?
       —Está con todos en la capilla —le contestaron.
       A la mañana siguiente entró la hermana Cecilia. Estaba muy alegre y confiada.
       —Sabía que no podían derrotar a Nuestra Señora —dijo—. No podían hacerlo. Cayetano también está mejor. Mucho mejor. Ahora tendrá visitas. No los podrá ver todavía, pero van a venir y él se sentirá mejor ahora viendo que su propia gente no lo olvida. Fui al pueblo a ver a O’Brien, del Departamento de Policía, y le pedí que enviara a algunos mexicanos a ver al pobre Cayetano. Los va a mandar esta tarde y así ese pobre hombre se sentirá mejor. Es inicuo que nadie haya venido a verlo.
       Aquella tarde, a las cinco, tres mexicanos entraron en la habitación.
       —¿Podemos entrar? —preguntó el más grande, que tenía los labios muy gruesos y era gordísimo.
       —¿Por qué no? —replicó Frazer—. Siéntense, caballeros. ¿Quieren ustedes algo?
       —Muchas gracias —dijo el más pequeño y más oscuro de ellos.
       —Gracias, yo no —dijo el más flaco—. Se me sube a la cabeza —se tocó la frente con la mano.
       La enfermera trajo algunos vasos.
       —Por favor, déles la botella —dijo el señor Frazer—. Es Red Lodge —explicó.
       —El Red Lodge es el mejor —dijo el grande—. Mucho mejor que el Big Timber.
       —Claro —dijo el más pequeño—; y cuesta más también.
       —Red Lodge hay de todos los precios —exclamó el grande.
       —¿Cuántas lámparas tiene la radio? —preguntó el que no había bebido.
       —Siete.
       —Muy bonita —dijo—. ¿Cuánto cuesta?
       —No lo sé —dijo el señor Frazer—. Es alquilada.
       —Ustedes, caballeros, ¿son amigos de Cayetano?
       —No —declaró el grande—. Somos amigos del que lo hirió.
       —Nos mandó la policía —interpuso el pequeño.
       —Tenemos un negocio —dijo el grande—. Él y yo —señalando al que no bebía—. Este también tiene otro —indicó al más pequeño y más oscuro—. La policía nos dijo que teníamos que venir y vinimos.
       —Me gusta mucho que hayan venido.
       —Igualmente —dijo el grande.
       —¿Quiere usted otra copa?
       —¿Por qué no? —dijo el grande.
       —Con su permiso —declaró el pequeño.
       —Yo no —dijo el flaco—. Se me sube a la cabeza.
       —Es muy bueno —afirmó el más pequeño.
       —¿Por qué no prueba un poco? —preguntó Frazer al delgado—. Deje que se le suba a la cabeza un poco.
       —Después tengo dolor de cabeza.
       —¿No pueden enviar ustedes a los amigos de Cayetano para que lo visiten?
       —No tiene amigos.
       —Todo hombre tiene.
       —Él no.
       —¿Qué hace?
       —Es jugador de naipes.
       —¿Es bueno?
       —Creo que sí.
       —A mí —dijo el pequeño— me ganó ciento ochenta dólares. Ahora no hay ciento ochenta dólares en el mundo.
       —A mí —dijo el flaco— me ganó ciento once. Fíjese usted.
       —Yo nunca jugué con él —dijo el gordo.
       —Debe ser muy rico —dijo Frazer.
       —Es más pobre que nosotros —exclamó el pequeño—. No tiene más que la camisa.
       —Y su camisa tiene poco valor, ahora, perforada como está —dijo Frazer.
       —Claro.
       —¿El que lo hirió era también jugador?
       —No; era un obrero. Ha tenido que dejar el pueblo.
       —Fíjese usted —dijo el pequeño—. Era el mejor guitarrista que se conoció en el pueblo. El mejor de todos.
       —¡Qué lástima!
       —Lo creo —dijo el grande—. ¡Y cómo tocaba la guitarra!
       —¿No ha quedado ningún guitarrista?
       —Ni la sombra de uno.
       —Hay un acordeonista que tiene algún valor —declaró el flaco.
       —Hay varios que tocan instrumentos —dijo el gordo—. ¿Le gusta a usted la música?
       —¿Y cómo no? —exclamó el señor Frazer.
       —Podemos venir una noche con música. ¿Cree usted que la hermana lo permitirá? Parece muy amable.
       —Estoy seguro de que lo permitirá, cuando Cayetano pueda oírla.
       —¿Ella está un poco chiflada? —preguntó el flaco.
       —¿Quién?
       —La hermana.
       —No —dijo el señor Frazer—. Es una mujer magnífica, de gran inteligencia y muy simpática.
       —Yo desconfío de todos los curas, los monjes y las monjas —declaró el flaco.
       —Tiene malos recuerdos de cuando era niño —dijo el pequeño.
       —Fuí monaguillo —declaró con orgullo el flaco—. Ahora no creo en nada, ni voy a misa.
       —¿Porque se le sube a la cabeza?
       —No —dijo el flaco—. Es el alcohol el que se me sube a la cabeza. La religión es el opio de los pobres.
       —Creí que la marihuana era el opio del pobre.
       —¿Fumó usted opio alguna vez? —preguntó el grande.
       —No.
       —Ni yo tampoco —dijo—. Parece que es muy malo. Uno empieza y después no puede parar. Es un vicio.
       —Como la religión —dijo el flaco.
       —Este —declaró el más pequeño— es muy contrario a la religión.
       —Es necesario estar en contra de alguna cosa —dijo el señor Frazer con urbanidad.
       —Respeto a los que tienen fe, aunque sean ignorantes —dijo el flaco.
       —Muy bien —dijo el señor Frazer.
       —¿Podemos traerle algo? —preguntó el gordo—. ¿Le falta a usted algo?
       —Me gustaría mucho comprar cerveza, si es buena.
       —Le traeremos cerveza.
       —¿Otra copita antes de irse?
       —Es muy bueno.
       —Estamos robándole a usted.
       —Yo no puedo beber. Se me sube a la cabeza. Luego me duele y me siento mal del estómago.
       —Adiós, caballeros.
       —Adiós y gracias.

       Se fueron. Luego vino la comida y después la radio. Se acallaron todos los ruidos y pudieron escucharse las estaciones en este orden: Denver, Salt Lake City, Los Angeles y Seattle. El señor Frazer no había recibido ninguna fotografía de Denver, por intermedio de la radioemisora de esa ciudad. No obstante pudo ver a Denver en el Denver Post y corregir el cuadro con The Rocky Mountains News, otro periódico de la misma ciudad. Tampoco tenía idea alguna de Salt Lake City ni de Los Angeles por lo que había oído acerca de esos lugares. Todo lo que sabía de Salt Lake City, es que era limpia, pero aburrida; y que había demasiados salones de baile en los demasiado grandes hoteles de Los Angeles. No le gustaban los salones de baile. Pero ocurría que conoció muy bien Seattle, donde tomaba todas las noches los grandes automóviles blancos de la Compañía de Taxímetros (cada uno de ellos equipado con radio) para ir al sector canadiense, a una hostería, desde donde seguía el tipo de fiestas que se ofrecían, por las selecciones musicales que difundían desde allí. Vivía en Seattle desde las dos de la mañana en adelante, oyendo las piezas que pedían las diferentes personas que allí se reunían, y le resultaba tan real corno Minneápolis, donde los madrugadores dejaban sus lechos calientes todas las madrugadas para efectuar su viaje al local de la radioemisora. El señor Frazer pronto se aficionó a Seattle.

       Llegaron los mexicanos trayendo la cerveza, pero no era buena. El señor Frazer los vió, pero no se sentía con ganas de hablar y cuando se fueron supo que no volverían. Sus nervios habían comenzado a fallarle y le disgustaba ver gente cuando estaba en este estado. Sus nervios habían empeorado después de cinco semanas y lo único que le resultaba nuevo era la radio. La tenía encendida toda la noche con un volumen tan bajo que apenas podía oírla y aprendió a escucharla sin pensar siquiera.

       La hermana Cecilia entró a la habitación a las diez de la mañana de aquel día y trajo el correo. Era muy hermosa y al señor Frazer le gustaba mirarla y oírla hablar; pero el correo, que se suponía llegaba de un mundo distinto, era más importante. Sin embargo, aquel día no había nada de interés en la correspondencia.
       —Parece que está usted mucho mejor —dijo la hermana—. Nos dejará usted pronto.
       —Sí —dijo Frazer—. Pero, parece usted muy feliz esta mañana.
       —¡Oh! Lo soy. Esta mañana siento como si pudiera llegar a ser una santa.
       El señor Frazer se sintió un poco asombrado.
       —Si —continuó la hermana Cecilia—. Eso es lo que deseo ser. Una santa. Desde que era pequeña quise serlo. Cuando era niña pensaba que si renunciaba al mundo y entraba en un convento, sería una santa. Eso es lo que deseaba ser y eso es lo que creía que debía hacer para llegar a serlo. Esperaba ser una santa. Estaba absolutamente segura de que lo sería y por un momento, pensé que incluso lo era. ¡Era tan feliz y todo me parecía tan simple y tan fácil! Cuando despertaba por la mañana, esperaba ser ya una santa; pero no lo era. Nunca lo fui. Y quiero serlo. Todo lo que quiero, es ser santa. Eso es lo único que he querido en mi vida. Y esta mañana siento como si pudiera llegar a serio. ¡Oh! Espero poder serlo.
       —Lo será. Todo el mundo consigue lo que quiere. Eso es lo que siempre me han dicho.
       —No lo sé. Cuando era niña todo me parecía muy sencillo. Sabía que sería una santa. Cuando me di cuenta de que no ocurría de pronto, sólo creí que necesitaría tiempo para serlo. Ahora me parece casi imposible.
       —Tiene usted una buena probabilidad de serlo.
       —¿Lo cree usted realmente? No; no quiero que lo haga para animarme. Quiero ser una santa. ¡Quiero con tanta ansia ser santa!
       —¡Apuesto tres a uno a que lo será!
       —No; no me anime. Pero,¡oh!, ¡si pudiera ser santa! Sería completamente feliz.
       —Por supuesto que lo será. ¿Cómo está su amigo Cayetano?
       —Está mejor, pero quedó paralítico. Una de las balas dió en el nervio que hay a lo largo del muslo y esa pierna le ha quedado paralítica. Sólo lo notaron cuando estuvo lo bastante bien para poder moverse.
       —Tal vez el nervio podrá regenerarse.
       —Rezo para que así sea —exclamó la hermana Cecilia—. Debe usted visitarlo.
       —No quiero ver a nadie.
       —Usted sabe que le gustaría verlo. Pueden traerlo aquí en su silla de ruedas.
       —Bueno.
       Lo entraron en la silla de ruedas. Estaba delgado, tenía la piel transparente, los cabellos largos y negros, los ojos sonrientes; cuando sonreía se veían sus dientes cariados.
       —¡Hola, amigo! ¿Qué tal?
       —Ya lo ves —dijo Frazer—. ¿Y tú?
       —Vivo, y con la pierna paralizada.
       —Malo. Pero el nervio puede regenerarse y volver a ser tan útil como antes.
       —Así dicen.
       —¿Y el dolor?
       —Ahora no. Durante un tiempo estaba loco con ese dolor en el vientre. Creía que sólo el dolor, era capaz de terminar conmigo.
       La hermana Cecilia lo observaba, feliz.
       —Ella me dijo que no te habías quejado nunca.
       —Había mucha gente en la sala —dijo el mexicano, como no dando importancia a su declaración—. ¿Qué clase de dolor tiene usted?
       —Bastante fuerte. Claro que no es como el tuyo. Cuando se va la enfermera, grito una hora o dos y eso me calma. Tengo mal los nervios ahora.
       —Usted tiene la radio. Si tuviera una habitación privada y una radio estaría gritando y aullando toda la noche.
       —Lo dudo.
       —Hombre, sí; es muy saludable. Pero no se puede hacer con tanta gente delante.
       —Por lo menos —dijo el señor Frazer—, las manos están todavía bien. Me dijeron que vivías de tus manos.
       —Y la cabeza —dijo él tocándosela—. Pero la cabeza no vale mucho.
       —Estuvieron aquí tres compatriotas tuyos.
       —La policía los envió para que me vieran.
       —Trajeron cerveza.
       —Probablemente era mala.
       —Sí.
       —Hoy los envió la policía a que me dieran una serenata. —Rió y se acarició el estómago—. Todavía no puedo reír. Como músicos, son fatales.
       —¿Y el que lo hirió a usted?
       —Otro loco. Le gané treinta y ocho dólares a los naipes. Esa no es razón para matarlo a uno.
       —Los tres me dijeron que ganaba usted mucho dinero.
       —Soy más pobre que los pájaros.
       —¿Cómo?
       —Soy un pobre idealista, víctima de las ilusiones. —Rió, luego hizo un gesto y se acarició el estómago—. Soy un jugador profesional, pero me gusta jugar. Jugar verdaderamente. Para el juego verdadero se necesita suerte. Y yo no la tengo.
       —¿Nunca?
       —Nunca. No tengo ninguna suerte. Vea: ese que me ha herido ahora. No sabía ni tirar. El primer tiro lo erró. El segundo dió en el pobre ruso. Eso ya iba pareciendo suerte, y ¿qué ocurrió? Me acertó dos tiros en el vientre. Es un hombre afortunado. Yo no tengo suerte, no podría herir a un caballo ni aun teniéndolo por las riendas. Fue pura suerte.
       —Creí que lo había herido a usted primero y luego al ruso.
       —No, al ruso primero, y luego a mí. El diario estaba equivocado.
       —Y ¿por qué no le disparó usted?
       —Nunca llevo armas. Con la suerte que tengo, si llevara un arma me colgarían diez veces por año. Soy un jugador de naipes, barato. Eso es todo. —Se detuvo y luego continuó—. Cuando consigo algún dinero, juego; y cuando juego, pierdo. He tirado los dados por tres mil dólares y dejado los seis mil al ganar; con dados buenos, y más de una vez.
       —Y ¿por qué continúa?
       —Si vivo lo bastante, la suerte cambiará. Hace quince años que tengo mala suerte. Si alguna vez consigo que me ayude, seré rico. —Hizo un gesto—. Soy un buen jugador y realmente seré muy feliz siendo rico.
       —¿Tiene mala suerte en todos los juegos?
       —En todos y con las mujeres —sonrió de nuevo mostrando sus dientes cariados.
       —¿Es cierto?
       —Verdaderamente.
       —¿Y qué queda entonces por hacer?
       —Seguir, lentamente, y esperar una oportunidad.
       —¿Y con las mujeres?
       —Ningún jugador tiene suerte con las mujeres. Es demasiado concentrado. Además trabaja por la noche, que es cuando debería estar con la mujer. Ningún hombre que trabaje de noche puede conservar a su mujer, si ella vale algo.
       —Es usted un filósofo.
       —No, hombre. Un jugador de pueblo. Un pueblecito y después otro, y otro; luego una gran ciudad; y después comenzamos de nuevo.
       —Luego un tiro en el vientre.
       —Es la primera vez —dijo—. Sólo me ha ocurrido una vez.
       —¿Lo canso hablando? —preguntó el señor Frazer.
       —No —dijo el jugador—. Debo ser yo quien lo cansa a usted.
       —¿Y la pierna?
       —No puedo utilizarla mucho. Estoy perfectamente con la pierna, o sin ella. De todos modos podré circular.
       —Le deseo a usted suerte de todo corazón —declaró el señor Frazer.
       —Igualmente —replicó--, y que termine el dolor.
       —Seguramente no durará. Se está pasando. No tiene mucha importancia.
       —Que pase rápidamente.
       —Igualmente.

       Aquella noche los mexicanos tocaron el acordeón y otros instrumentos en la sala. La música era alegre y el ruido de las inhalaciones y las exhalaciones del instrumento, de las campanas, y el tambor, llegaban por el corredor. En esa sala había un domador de rodeo que se había caído del potro una calurosa tarde de verano, mientras lo contemplaba una gran multitud y, ahora, con la columna vertebral rota, estaba aprendiendo a trabajar el cuero y hacer sillas de mimbre, mientras se reponía lo bastante para dejar el hospital. Había un carpintero que cayó de un andamio, rompiéndose las muñecas y los tobillos. Cayó como un gato, pero sin la elasticidad de ese animal. Habían logrado unir sus huesos y podría volver a trabajar, pero eso le llevaría mucho tiempo. Luego, un muchacho de una granja, de dieciséis años, con una pierna rota que había quedado mal unida y tuvo que ser vuelta a quebrar. Estaba también Cayetano Ruiz, jugador de pueblo, con una pierna paralítica. Desde el fondo del corredor el señor Frazer podía oírlos reír y hacer bromas con la música de los mexicanos, que fueron enviados por la policía. Los extranjeros se divertían. Luego llegaron muy alegres a ver al señor Frazer y le preguntaron si quería que tocaran algo. Volvieron otras dos veces, por su propia cuenta, a tocar para los enfermos.
       La última vez que tocaron, el señor Frazer se hallaba en su habitación con la puerta abierta y, mientras escuchaba la ruidosa y detestable música, no podía dejar de pensar. Cuando le preguntaban qué quería que interpretaran, pedía La cucaracha, que tiene la siniestra ligereza y la habilidad de tantas melodías por las que murieron los hombres. Tocaban ruidosamente y con emoción. La melodía era mejor que la mayoría de las otras que ejecutaban —en opinión del señor Frazer—, pero los defectos eran los mismos.
       A pesar de esa introducción emocional, el señor Frazer continuó pensando. Por lo común evitaba pensar, excepto cuando escribía. Pero ahora no podía dejar de pensar en los que estaban tocando y en lo que había dicho el pequeño.
       La religión es el opio del pueblo. Ese dispéptico y pequeño bodeguero creía eso. Sí; y la música es el opio del pueblo. Aquel viejo “se me sube a la cabeza” no había pensado en ello. Y ahora, la economía es el opio del pueblo y el patriotismo es el opio del pueblo en Italia y Alemania. ¿Qué podía decirse de las relaciones sexuales? ¿Eran el opio del pueblo? De algunos. De algunos de los mejores, entre el pueblo. Pero la bebida era el opio soberano del pueblo —y barato, por añadidura—, que él mismo usaba de vez en cuando. Junto con ellos estaba el juego, opio del pueblo, si alguna vez lo hubo, y uno de los más antiguos. La ambición era otro, otro opio del pueblo, junto con la creencia en una nueva forma de gobierno. Lo que uno desea es el mínimo de gobierno; cada vez menos gobierno. Libertad; aquello en que creímos una vez, ahora no es más que el título de una publicación de MacFadden. Creíamos en ella cuando todavía no habíamos logrado encontrarle un nombre. Pero, ¿cuál era la verdadera? ¿Cuál era el verdadero, el real opio del pueblo? Lo sabía muy bien. Se había alejado hasta la vuelta de la esquina, en aquella parte bien iluminada de su mente, que se alumbraba después de dos o más tragos durante la noche. Él sabía que estaba allí (y por supuesto no lo estaba). ¿Qué era? Lo sabía muy bien. ¿Qué era? Por supuesto: el pan era el opio del pueblo. ¿Lo recordaría? ¿Tendría algún sentido por la mañana? El pan es el opio del pueblo.
       —Escuche —dijo Frazer a la enfermera que acababa de entrar—. Traiga a ese mexicano flaco, ¿quiere?
       —¿Le ha gustado a usted? —preguntó al entrar.
       —Mucho.
       —Es una canción histórica —dijo el mexicano—, es la canción de la verdadera revolución.
       —Escuche —dijo el señor Frazer—. ¿Por qué debe operarse a la gente sin anestésicos?
       —No lo comprendo.
       —¿Por qué no son buenos todos los opios del pueblo? ¿Qué quiere hacer usted con el pueblo?
       —Debe ser rescatado de la ignorancia.
       —No diga tonterías. La educación es el opio del pueblo. Usted debe saberlo. Usted ha tenido alguna.
       —¿No cree usted en la educación?
       —No —dijo el señor Frazer—. En el conocimiento, sí. —No puedo comprenderlo.
       —Muchas veces, ni siquiera yo mismo me sigo con placer.
       —¿Quiere usted escuchar otra vez La cucaracha? —preguntó el mexicano con aspecto preocupado.
       —Sí —dijo el señor Frazer—. Toquen otra vez La cucaracha. Es mejor que la radio.
       La revolución, pensó el señor Frazer, no es opio. La revolución es una catarsis; un éxtasis que sólo puede prolongarse en la tiranía. El opio entra antes y después. Estaba pensando bien. Demasiado bien.
       Se irían dentro de poco tiempo y se llevarían con ellos La cucaracha. Luego escucharía la radio. Podía escucharse la radio de modo que sólo uno la oía.



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