Ernest Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - ‎Ketchum, Idaho‎, E.U., 1961)

“Che ti dice la patria?” (1927)
(“Che Ti Dice La Patria?”)
Originalmente publicado, como “Italy—1927,” en la revista New Republic (mayo de 1927);
Men Without Women
(Nueva York: Scribner's Sons, 1927, 232 págs.)


      El camino del paso era firme y liso, y todavía no estaba polvoriento a primeras horas de la mañana. Debajo se hallaban las colinas con sus robles y castaños, y más lejos, el mar. Al otro lado se elevaban las montañas nevadas.
       Bajamos del paso a través de una región boscosa. Al lado del camino había pilas de bolsas de carbón y, por entre los arboles, veíamos los braseros de carbón ardiendo en las cabañas. Era domingo. El camino subía y bajaba, pero siempre descendiendo de la altura del paso, y seguía a través de bosques achaparrados y pequeñas aldeas.
       En las afueras de los pueblos había campos de viñedos, eran de color pardo y las viñas toscas y gruesas. Las casas giran blancas y, en las calles, los hombres, con ropas de fiesta, jugaban a los bolos. Los perales habían sido pulverizados y las paredes de las casas estaban manchadas con el metálico azul verdoso del vapor de los pulverizadores. Había pequeños claros alrededor de las aldeas, donde crecían las viñas, y luego los bosques.
       En un pueblo, veinte kilómetros antes de llegar a Spezia, había una multitud reunida en las calles y un joven que llevaba una maleta se acercó al automóvil y nos pidió que lo lleváramos a Spezia.
       —Sólo hay dos asientos y están ocupados —le dije. Teníamos un coupé Ford.
       —Viajaré fuera.
       —Irá incómodo.
       —No importa. Tengo que ir a Spezia.
       —¿Lo llevamos? —pregunté a Guy.
       —Parece que tiene que ir de todos modos —dijo Guy. El joven nos dió un paquete por la ventanilla.
       —Cuiden esto —dijo. Dos hombres ataron su maleta en la parte trasera del coche, sobre nuestro equipaje. Estrechó las manos de todos. Explicó que, para un fascista y hombre acostumbrado a viajar como él, no había nada incómodo, y subió al estribo de la izquierda del automóvil, sujetándose con el brazo derecho, por la ventanilla abierta.
       —Puede partir —dijo. La multitud agitó los brazos para despedirlo. Él agitó la mano libre.
       —¿Qué dice? —me preguntó Guy.
       —Que podemos irnos.
       —¿No es simpático? —exclamó Guy.
       El camino seguía el curso de un río. Al otro lado de él se levantaban las montañas. El sol secaba el rocío que cubría la hierba. Su luz era cálida, brillante y el aire entraba fresco por la abertura del parabrisas.
       —¿Cree que le gusta viajar ahí fuera? —Guy miraba el camino. Nuestro huésped le impedía ver el panorama de su lado. El joven sobresalía de un lado del automóvil como el mascarón de proa de una nave. Se había levantado el cuello del abrigo y luego se caló el sombrero. La nariz se le había puesto roja por el viento.
       —Tal vez tenga ya bastante —dijo Guy—. Ese es el lado en el que está la rueda de repuesto.
       —Si la hacemos estallar, nos dejará. No le gustará seguir allí con las ropas de viaje sucias.
       —Bueno; en realidad no me importa llevarlo, pero me preocupa la manera como se inclina cuando tomamos las curvas.
       Ya no había bosques. El camino se alejaba del río para continuar hacia arriba. El radiador hervía. El joven miraba con desconfianza el vapor y el agua herrumbrosa que salían de él. El motor marchaba con dificultad en primera velocidad. Con el pie de Guy sobre el acelerador, el coche subía, paraba, volvía a subir y subir, para llegar finalmente a un camino llano. El ruido forzado del motor cesó, y en la nueva quietud se oía el bullir del agua hirviente del radiador. Estábamos en la cumbre de la última cadena de colinas, sobre Spezia y el mar. El camino descendía en vueltas breves y bruscas. Nuestro huésped quedaba colgado en las curvas y, en una ocasión, casi arrancó la parte superior del techo del automóvil.
       —No podemos decirle que no se aferre así al techo —dije a Guy—. Es el instinto de conservación.
       —El gran instinto italiano.
       —El más grande de los sentidos italianos.
       Bajábamos dando vueltas en medio de una tierra blanca, que a nuestro paso empolvaba los olivos. Spezia se extendía abajo, a lo largo del mar. El camino se hizo llano en las afueras de la ciudad. Nuestro huésped metió la cabeza por la ventanilla.
       —Quiero bajar —dijo.
       —Pare —dije a Guy.
       Nos detuvimos a un lado del camino. El joven descendió, se dirigió a la parte posterior del coche y desató su maleta.
       —Me quedo aquí para que no tengan ninguna molestia por llevar pasajeros dijo—. Mi paquete.
       Le entregué su paquete que metió en el bolsillo.
       —¿Cuánto les debo?
       —Nada.
       —¿Por qué nada?
       —No lo sé —dije.
       —Entonces, gracias —dijo el joven. No “le agradezco”, o “muchas gracias” o “mil gracias”, lo que comúnmente se dice en Italia a un hombre cuando éste le entrega a uno un horario de trenes o le da indicaciones respecto a una dirección. El joven dejó escapar la más baja de las formas de “gracias” y nos miró con prevención cuando Guy puso en marcha el automóvil. Lo saludé con un gesto de la mano, pero era demasiado digno para responder. Seguimos hacia Spezia.
       —He ahí un joven que llegará lejos en Italia —dije a Guy.
       Bueno —replicó éste—. Hizo veinte kilómetros con nosotros.


una comida en spezia

      Al llegar a Spezia buscarnos un sitio donde comer. La calle era ancha y las casas altas y amarillas. Seguimos la vía del ferrocarril hasta el centro de la ciudad. Sobre las paredes de las casas había retratos de un Mussolini con ojos saltones con “vivas” pintados a mano. La V doble [en italiano se dice Evviva!, de ahí la referencia del autor] escrita en pintura negra, chorreaba por el muro. Las calles laterales llevaban al puerto. La luz era brillante y la gente estaba fuera disfrutando del domingo. El pavimento de piedra había sido regado y se veían algunos trechos humedecidos entre el polvo. Nos acercamos a la acera para evitar un camión.
       —Comamos algo sencillo —dijo Guy.
       Detuvimos el coche en un lugar donde se veían los carteles de dos restaurantes. Bajamos y compré algunos periódicos. Los restaurantes estaban uno al lado del otro y una mujer que se hallaba ante la puerta de uno de ellos, nos sonrió. Cruzamos la calle y entramos.
       Dentro estaba oscuro y en el fondo del salón había tres muchachas y una anciana sentadas ante una mesa. Frente a nosotros, en otra mesa, un marinero. Permanecía allí sentado; no comía ni bebía. Más atrás, un joven traje azul, que escribía en otra mesa. Tenía el cabello bien peinado y brillante y vestía a la moda. Era de agradable aspecto.
       La luz entraba por la puerta y por las ventanas. En un escaparate había frutas y chuletas. Una de las muchachas acudió a atendernos y otra se quedó en la puerta. Notamos que no Helaban ropa interior bajo el vestido. La que nos atendía rodeó con el brazo el cuello de Guy, mientras mirábamos el menú. Eran tres en total y todas ellas se turnaban para ir a pararse en la puerta. La vieja que se hallaba en la mesa del fondo del salón, les hablaba de vez en cuando y ellas iban a sentarse nuevamente allí.
       En el salón no había más puertas que la de la calle y la que conducía a la cocina. Una cortina colgaba de esta última. La muchacha que nos atendió salió de la cocina con los spaghetti. Los dejó sobre la mesa, trajo una botella de vino tinto y se sentó.
       —Bueno —dije a Guy—. ¿No quería usted comer en algún lugar sencillo?
       —Esto no es sencillo, sino complicado.
       —¿Qué dicen? —preguntó la muchacha—. ¿Son alemanes?
       —Alemanes del Sur —repliqué—. Los alemanes del Sur son gente cortés y encantadora.
       —No entiendo —dijo ella.
       —¿Qué es debo hacer ahora? —preguntó Guy. ¿Tengo que dejar que me abrace?
       —Claro. Mussolini ha abolido los burdeles. Este es un restaurante.
       La muchacha llevaba un vestido de una sola pieza. Se inclinó hacia adelante contra la mesa, y apretándose los senos con la mano, sonrió. Sonreía más agradablemente de un lado que de otro y volvió hacia nosotros su lado más agradable. El encanto del lado agradable había sido realzado por algún acontecimiento que había hundido el onatalado de su nariz, como si fuera cera caliente. La nariz, sin embargo, no parecía de cera caliente. Era muy fría y firme, aunque estaba achatada de un lado.
       —¿Te gusto? —preguntó a Guy.
       —Te adora —dije—. Pero no habla italiano.
       —Ich spreche Deutsch [hablo alemán] —exclamó ella y le acarició el cabello.
       —Háblele a la dama en su idioma nativo, Guy.
       —¿De dónde vienes? —preguntó la dama.
       —De Potsdam.
       —¿Y os quedaréis aquí por un tiempo?
       —¿En esta maravillosa Spezia? —pregunté.
       —Dile que tenemos que irnos —dijo Guy—. Dile que estamos muy enfermos y que no tenemos dinero.
       —Mi amigo es un misógino —declaré—, un viejo misógino alemán.
       —Dile que lo amo.
       Se lo dije.
       —¿Quieres callarte? —dijo Guy—. Vayámonos de aquí —la dama le puso el otro brazo alrededor del cuello.
       —Dile que es mío —insistió ella.
       —¿Vamos a salir de aquí, o no?
       —¿Estáis peleando? —preguntó la dama—. Vosotros no os queréis?
       —Somos alemanes —dije con orgullo—, viejos alemanes del Sur.
       —Dile que es un muchacho hermoso —dijo la dama.
       Guy tiene treinta y ocho años y está orgulloso porque en Francia lo tomaron por un corredor, de vacaciones.
       —Usted es un muchacho hermoso —le dije.
       —¿Quién dice eso? —exclamó—. ¿Ella o usted?
       —Ella. Yo sólo soy un intérprete. ¿No le acompaño a usted para eso?
       —Me alegro de que haya sido ella. No me hubiera gustado tener que dejarlo a usted también aquí.
       —¡Quién sabe! Spezia es una hermosa ciudad.
       —Spezia —dijo la dama—. ¿Estáis hablando de Spezia?
       —Hermoso lugar —declaré.
       —Es mi patria —dijo ella—. Spezia es mi ciudad natal e Italia es mi país.
       —Ella dice que Italia es su país.
       —Dígale que lo parece —exclamó Guy.
       —¿Qué tienen como postre? —pregunté.
       —Fruta —dijo—. Tenemos bananas.
       Frente a nosotros, el marinero no se había movido y nadie le prestaba atención.
       —Queremos la cuenta —dije.
       —¡Oh!, ¡no! Debéis quedaros.
       —Oye —exclamó el joven de buen aspecto desde la mesa donde estaba escribiendo—. Déjalos ir. No valen nada.
       La dama me tomó la mano.
       —¿No quiere quedarse? ¿No le vas a pedir que se quede?
       —Tenemos que irnos —le repliqué—. Debemos llegar a Pisa o, si es posible a Florencia, hoy mismo. Durante la noche podremos divertirnos en esas ciudades. Ahora es de día, y de día tenemos que viajar.
       —Es muy hermoso descansar un poco.
       —Es necesario viajar durante la luz del día.
       —Oye —dijo el joven de buen aspecto—. No te molestes en hablar con esos. Te dije que no valen nada y sé lo que digo.
       —Tráiganos la cuenta —dije.
       Trajo la cuenta que le entregó la vieja y volvió a la mesa. Otra muchacha salió de la cocina. Atravesó todo el salón y se detuvo en la puerta.
       —No te molestes por esos dos —dijo otra vez el joven de buen aspecto con voz cansada—. Ven a comer. No valen nada.
       Pagamos la cuenta y nos pusimos de pie. Todas las muchachas, la vieja, y el joven de buen aspecto se sentaron a la misma mesa. El marinero ocultó la cara entre las manos. Nadie le había hablado mientras almorzábamos. La muchacha nos trajo el cambio que le dió la vieja y volvió a su lugar en la mesa. Dejamos una propina y salimos. Cuando estábamos en el automóvil dispuestos a partir, la muchacha salió a la puerta. Al arrancar la saludé con la mano y no contestó, pero se quedó mirándonos mientras nos alejábamos.


después de la lluvia

      Llovía mucho cuando pasamos por los suburbios de Génova, y aun cuando viajábamos muy lentamente detrás de los tranvías y los camiones, el barro salpicaba las aceras y la gente que andaba en ellas se refugiaba en los portales cuando nos acercábamos. En Pier d’Arena, suburbio industrial de Génova, hay una calle amplia con tránsito doble como una avenida, y tuvimos que viajar por el centro de la calzada para evitar así el salpicar a los hombres que volvían de su trabajo. A nuestra izquierda estaba el Mediterráneo. El mar estaba agitado, las olas estallaban y el viento lanzaba el agua pulverizada contra el coche. El lecho de un río —que cuando pasamos por él al llegar a Italia estaba seco y pedregoso— iba ahora lleno de agua turbia que corría en dirección a la ribera. Su agua pardusca oscurecía el mar, y las olas al chocar contra la corriente, disminuían su violencia. La luz llegaba por encima del agua amarillenta y las crestas de las olas, batidas por el viento, azotaban el camino.
       A nuestro lado pasó velozmente un gran automóvil y una sábana de agua lodosa se alzó entre sus ruedas cayendo sobre el radiador y el parabrisas. El limpia parabrisas automático se movía rápidamente extendiendo la capa de lodo sobre el vidrio. Nos detuvimos y almorzamos en Sestri. No había calefacción en el restaurante y nos quedamos con el abrigo y el sombrero puestos. Desde dentro podíamos ver al coche cubierto de barro y detenido al lado de algunos botes que habían sido arrastrados hasta allí por el agua. En el restaurante hacía tanto frío que podía verse el vapor de la respiración.
       La pasta asciuta era buena; el vino tenía gusto a alumbre y lo mezclamos con agua. El camarero nos trajo carne con patatas fritas. Un hombre y una mujer se hallaban sentados en el extremo más alejado del restaurante. Ella era joven y estaba vestida de negro; él de edad madura. Durante toda la comida, ella arrojó su aliento al aire húmedo y frío. El hombre miraba el vapor y movía la cabeza. Comían sin hablar, y él le oprimía la mano por debajo de la mesa. Ella era bonita y ambos parecían tristes. A su lado había una maleta de viaje.
       Habíamos comprado periódicos y leí en voz alta a Guy las crónicas de la lucha en Shanghai. Después de la comida, Guy se fue con el camarero en busca de un lugar que no existía en el restaurante, mientras yo limpiaba el parabrisas, los faroles y las chapas de la patente del automóvil, con un trapo. Guy volvió y nos fuimos. La gente del restaurante sospechaba de nosotros y el camarero no se apartó de Guy para estar seguro de que no robaba nada.
       —Aunque no sé cómo podría haberlo hecho, ya que no soy lampista, estoy seguro de que esperaban que robara —dijo Guy.
       Al llegar a la cima de un promontorio, ya fuera de la ciudad el viento tomó al coche de costado haciéndolo tambalear.
       —Afortunadamente el viento sopla desde el mar —exclamó Guy.
       —Bueno —dije—. Por aquí se ahogó Shelley.
       —No; fue en Viareggio —afirmó Guy—. ¿Recuerda usted para qué hemos venido a este país?
       —Sí —dije—. Pero no lo hemos hecho todavía.
       —Esta noche habremos terminado.
       —Si podemos pasar Ventimiglia.
       —Veremos. No me gusta viajar de noche por esta costa.
       Era el principio de la tarde, y había salido el sol. Abajo se extendía el mar azul y las nubes blancas corrían hacia Savona. Al fondo, más allá del cabo, se unían las aguas pardas y azules. Frente a nosotros un buque de carga se alejaba de la costa.
       —¿Se ve Génova, todavía? —preguntó Guy.
       —Sí.
       —Aquel cabo la ocultará a nuestra vista.
       —La veremos todavía un buen rato. Aún puede verse el cabo Portofino detrás de ella.
       Por último perdimos de vista a Génova. Miré hacia atrás y sólo pude ver el mar y debajo, en la bahía, la línea de la costa llena de botes de pesca y, arriba, sobre la colina, una aldea y los cabos al final de la costa.
       —No se ve más —dije a Guy.
       Había un cartel con una gran “S” pintada, y debajo la leyenda: Svolta pericolosa. El camino trazó una curva sinuosa alrededor de un acantilado y el aire sopló con violencia pasando por la abertura del parabrisas. El viento había secado el barro y las ruedas comenzaban a levantar el polvo del camino. Ya en la carretera pasamos a un fascista en bicicleta que llevaba un pesado revólver en una cartuchera fijada a la parte trasera del cinturón. Se mantuvo en medio del camino y tuvimos que hacernos a un lado para no atropellarlo. Al pasar por su lado nos miró. Delante había una barrera de ferrocarril y cuando llegábamos a ella, comenzó a bajar.
       Mientras aguardábamos, el fascista llegó con su bicicleta. El tren pasó y Guy puso en marcha el motor.
       —¡Alto! —exclamó el ciclista—. La chapa de la patente está sucia.
       Salí del coche con un trapo en la mano. La había limpiado después de almorzar.
       —Puede leerse —dije.
       —¿Usted cree?
       —Léala.
       —No se puede leer. Está sucia.
       Volví a limpiarla.
       —¿Qué tal está ahora?
       —Son veinticinco liras.
       —¿Qué? —grité—. Podía leerse. Y si está sucia es sólo debido al estado de los caminos.
       —¿No le gustan los caminos italianos?
       —Están sucios.
       —Cincuenta liras —escupió en el camino—. Su coche está sucio y usted también.
       —Bueno. Deme el recibo con su nombre.
       Sacó la libreta de multas, e hizo el recibo por duplicado, la hoja estaba perforada en un borde, de manera que una parte de ella podía ser entregada y la otra quedaba como constancia. Pero no había una copia carbónica de lo que estipulaba el recibo del que pagaba la multa.
       —Deme las cincuenta liras.
       Arrancó la hoja, escrita con lápiz tinta y me la entregó. La leí.
       —Es por veinticinco liras.
       —Fue un error —dijo. Y cambió el 25 por un 50.
       —Y ahora, en la otra parte. Escriba cincuenta en lugar de veinticinco.
       Me obsequió con una hermosa sonrisa italiana y escribió algo en su libreta, manteniéndola de manera que no pudiera verla.
       —Sigan —dijo—, antes de que se les ensucie de nuevo la chapa.
       Viajamos durante dos horas hasta que oscureció y esa noche dormimos en Mentone. La ciudad parecía muy alegre, limpia, sana y hermosa. Habíamos viajado de Ventimiglia a Pisa y Florencia, a través de la Romania, hasta Rímini y de vuelta por Forli, Imola, Bolonia, Parma, Piacenza y Génova, nuevamente hasta Ventimiglia. El viaje había durado sólo diez días. Como es natural en un viaje así no habíamos tenido oportunidad de ver cómo era el país, ni su gente.



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