Ernest Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - ‎Ketchum, Idaho‎, E.U., 1961)

Una sencilla indagación
(“A Simple Enquiry”)
Men Without Women
(Nueva York: Scribner's Sons, 1927, 232 págs.)


      Fuera, la nieve estaba más alta que la ventana. La luz del sol se filtraba por el cristal y daba en un mapa clavado a la pared de pino de la cabaña. El sol estaba alto y la luz entraba por encima de la capa de nieve. A lo largo del lado abierto de la cabaña habían cavado una trinchera, y el sol, en días claros, daba en la pared y reflejaba el calor en la nieve, ensanchando la trinchera. Era finales de marzo. El comandante estaba sentado a una mesa apoyada contra la pared. Su asistente estaba sentado a otra mesa.
       En torno a los ojos del comandante había dos círculos blancos, señal de las gafas de sol que le protegían la cara del reflejo de la luz en la nieve. El resto de la cara se le había quemado, luego bronceado, y de nuevo quemado a través del bronceado. Tenía la nariz hinchada y pellejo suelto donde antes se le habían formado ampollas. Mientras trabajaba con sus documentos metió los dedos de la mano izquierda dentro de un platillo de aceite y se lo esparció por la cara, rozándose muy suavemente con la punta de los dedos. Iba con mucho cuidado al meter lo dedos en el borde del platillo para que cada uno solo cogiera una película de aceite, y después de haberse acariciado la frente y las mejillas, se acariciaba la nariz muy delicadamente entre los dedos. Cuando hubo acabado se puso en pie, cogió el platillo de aceite y se metió en la pequeña habitación de la cabaña en la que dormía.
       —Voy a dormir un rato —le dijo al ayudante. En ese ejército un asistente no es un oficial—. Ya terminarás tú.
       —Sí, signor maggiore —contestó el ayudante. Se reclinó en su silla y bostezó. Sacó del bolsillo un libro forrado con papel de periódico y lo abrió; luego lo colocó sobre la mesa y encendió la pipa. A continuación cerró el libro y volvió a metérselo en el bolsillo. Tenía demasiado papeleo que hacer. No podría disfrutar de leer hasta que acabara. Fuera, el sol se escondió detrás de una montaña y ya no hubo más luz en la pared de la cabaña. Entró un soldado y metió algunas ramas de pino, cortadas en longitudes irregulares, dentro de la estufa.
       —No hagas ruido, Pinin —le dijo el ayudante-. El comandante está durmiendo.
       Pinin era el ordenanza del comandante. Era un muchacho de tez oscura, y cargó la estufa, metiendo la leña con mucho cuidado, cerró la puerta y regresó a la parte de atrás de la cabaña. El ayudante siguió con su papeleo.
       —Tonani —llamó el comandante.
       —Signor maggiore?
       —Haz venir a Pinin.
       —¡Pinin! —gritó el ayudante. Pinin entró—. El comandante quiere verte —dijo el ayudante.
       Pinin cruzó la habitación principal de la cabaña hacia la puerta del comandante. Llamó a la puerta entreabierta.
       —Signor maggiore?
       —Entra —oyó el ayudante que decía el comandante— y cierra la puerta.
       Dentro de su habitación, el comandante estaba echado en una litera. Pinin se quedó de pie junto a la litera. El comandante apoyaba la cabeza en una mochila que había llenado con ropa para formar un almohadón. Su cara larga, quemada y untada con aceite miraba a Pinin. Tenía las manos sobre las mantas.
       —¿Tienes diecinueve años?
       —Sí, signor maggiore.
       —¿Alguna vez has estado enamorado?
       —¿A qué se refiere, signor maggiore?
       —A si has estado enamorado... de una chica.
       —He estado con chicas.
       —No es eso lo que te he preguntado. Te he preguntado si has estado enamorado... de una chica.
       —Sí, signor maggiore.
       —¿Estás enamorado de ella ahora? No le escribes. He leído todas tus cartas.
       —Estoy enamorado de ella —dijo Pinin—, pero no le escribo.
       —¿Estás seguro?
       —Estoy seguro.
       —Tonani —dijo el comandante con el mismo tono de voz-, ¿oyes lo que estoy diciendo?
       Nadie le respondió.
       —No puede oírme —dijo el comandante—. ¿Estás seguro de que amas a una chica?
       —Estoy seguro.
       —¿Y —el mayor le lanzó una rápida mirada— de que no eres un depravado?
       —No sé qué quiere decir con depravado.
       —Muy bien —dijo el comandante—. No hace falta que te des esos aires de superioridad.
       Pinin miró al suelo. El comandante miró su rostro atezado, cabizbajo y por encima de él, y sus manos. A continuación añadió, sin sonreír:
       —Y desde luego no quieres... —El comandante hizo una pausa. Pinin seguía mirando al suelo—. Tu mayor deseo desde luego no es... —Pinin miraba al suelo. El comandante echó la cabeza hacia atrás y sonrió. Se sentía realmente aliviado; la vida en el ejército era demasiado complicada—. Eres un buen chico —dijo—. Eres un buen chico, Pinin. Pero no te des aires de superioridad, y ten cuidado de que no venga otro y te pille.
       Pinin seguía de pie junto a la litera.
       —No tengas miedo —dijo el comandante. Tenía las manos juntas sobre la manta—. No te haré nada. Puedes volver a tu pelotón, si quieres. Pero es mejor que sigas siendo mi ordenanza. Tienes menos posibilidades de que te maten.
       —¿Desea algo de mí, signor maggiore?
       —No —dijo el comandante—. Vete y sigue con lo que hacías. Deja la puerta abierta cuando salgas.
       Pinin salió y dejó la puerta abierta. El ayudante lo miró cuando cruzó la habitación con aire avergonzado y salió por la puerta. Pinin se había sonrojado y se movía de una manera diferente a cuando había llevado la leña. El asistente lo vio alejarse y sonrió. Pinin llevó más leña para la estufa. El comandante, echado en su litera, mirando su casco forrado de tela y sus gafas de sol que colgaban de un clavo de la pared, le oyó caminar por la habitación de al lado. El muy pillastre, se dijo, me pregunto si me habrá mentido.



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