Ernest Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - ‎Ketchum, Idaho‎, E.U., 1961)

El invicto (1925)
(“The Undefeated”)
Originalmente publicado en la revista Der Querschnitt [Frankfort & Berlin],
traducción al alemán de B. Bessmertny:
“Stierkampf” [I], Vol. V, Núm.6 (verano 1925), págs. 521-535,
“Stierkampf” [II], Vol. V, Núm.7 (julio 1925), págs. 624-633;
This Quarter, Vol. I, Núm. 2 (otoño 1925 - invierno 1926), págs. 203-232;
Le Navire D’Argent, Vol. II, Núm. 10 (1 de marzo de 1926), págs. 161-194.,
traducción al francés de Georges Duplaix (“L’Invincible”);
Men Without Women
(Nueva York: Scribner's Sons, 1927, 232 págs.)


      Manuel García subió por la escalera hasta la oficina de don Miguel Retana. Dejó la maleta en el suelo y llamó a la puerta, sin que nadie respondiera. A pesar de ello se dio cuenta de que había alguien en la habitación, como si hubiese visto a través de la puerta.
       —Retana —dijo, y prestó atención.
       No contestó nadie.
       “Sin embargo, está ahí dentro”, pensó Manuel.
       —Retana —repitió mientras golpeaba con más fuerza.
       —¿Quién es? —respondió alguien de adentro.
       —Soy yo. Manolo.
       —¿Y a qué vienes? —preguntó la voz.
       —A buscar trabajo.
       La llave dio vueltas varias veces en la cerradura antes de que la puerta se abriera.
       Manuel entró con la maleta.
       Al fondo del despacho, un hombre pequeño estaba sentado en su escritorio. En la pared había una cabeza de toro disecada por un taxidermista madrileño. En las otras colgaban fotografías enmarcadas y carteles de propaganda de las corridas.
       El hombrecito miró fijamente a Manuel.
       —Creía que estabas muerto —le dijo.
       El recién llegado golpeó con sus nudillos el escritorio.
       —¿Cuántas corridas toreaste este año? —preguntó Retana sin dejar de mirarlo.
       —Una.
       —¿Nada más?
       —Nada más.
       —Sí, me enteré por los diarios —dijo Retana, recostándose en la silla.
       Manuel observó el toro disecado. No era la primera vez que lo contemplaba siempre con cierto interés familiar: aquel animal había muerto a su hermano nueve años antes, truncando su prometedora carrera. Recordó perfectamente aquel día. No alcanzaba a leer la chapa de bronce del escudo de roble, pero se imaginó que estaba dedicada a su hermano. Al fin y al cabo era un buen muchacho.
       La chapa decía: “‘Toro Mariposa’, del Duque de Veragua, que recibió 9 varas de 7 caballos y causó la muerte a Antonio García, novillero, el 27 de abril de 1909.”
       Retana lo sorprendió mirando la cabeza disecada.
       —El ganado que me mandó el Duque para el domingo armará un escándalo. Tienen todas las patas lastimadas. ¿Qué dicen en el café?
       —No sé —contestó Manuel—. Acabo de llegar.
       —Sí. Veo que todavía llevas la maleta.
       Retana miró a su interlocutor recostándose detrás del enorme escritorio.
       —Siéntate. Quítate la gorra.
       Manuel se sentó y su rostro cambió al sacarse la gorra. Estaba pálido. La coleta prendida con alfileres en la parte delantera y tapada hasta aquel momento por la gorra le daba un aspecto extraño.
       —Parece que no te encuentras bien —expresó Retana.
       —Acabo de salir del hospital.
       —Decían que iban a cortarte la pierna.
       —No —dijo Manuel—. No hizo falta.
       Retana se inclinó sobre el escritorio alargándole una caja de madera.
       —¿Un cigarrillo?
       —Gracias.
       Manuel lo encendió.
       —¿Fuego? —preguntó mientras ofrecía el fósforo a Retana.
       —No —éste hizo un gesto negativo con la mano—, no fumo nunca.
       Observó por un instante cómo fumaba Manuel.
       —¿Por qué no buscas un empleo? —le preguntó.
       —No quiero trabajar. Soy torero.
       —Ya se acabaron los toreros.
       —Soy torero.
       —Sí, mientras estás aquí.
       A Manuel le provocó risa lo que dijo Retana.
       —Te consigo una corrida nocturna, si quieres —ofreció el empresario.
       —¿Cuándo?
       —Mañana por la noche.
       —No me interesa reemplazar a nadie —contestó el torero—. De este modo los matan. Así murió Salvador. —Volvió a golpear la mesa con los nudillos.
       —Es todo lo que tengo.
       —¿Por qué no me incluye en el cartel de la próxima semana? —sugirió.
       —No iría nadie —repuso Retana—. El público sólo quiere a Litri, Rubito y La Torre. Esos muchachos valen la pena.
       —Tal vez vaya la gente para ver cómo muero —dijo Manuel con esperanza.
       —No, imposible. Ni te conocen.
       —Tengo experiencia.
       —Te ofrezco la oportunidad de actuar mañana por la noche con el joven Hernández y matar dos novillos después de la charlotada.
       —¿De quién son los novillos?
       —No sé. Cualquier porquería que haya en los corrales. Los que los veterinarios no dejan correr por la tarde.
       —No me gusta ser un reemplazante.
       —Haz lo que te plazca.
       Retana volvió a sus papeles sin ocuparse más del otro. Hizo caso omiso del pedido de Manuel y tampoco pensó en su buena época. Prefería que sustituyese a Larita porque le costaba más barato, como muchos otros. Sin embargo, le hubiera gustado ayudarle. Finalmente resolvió mantener lo dicho.
       —¿Y cuánto gano? —preguntó Manuel, jugando con la idea de decir que no, aunque la consideraba imposible.
       —Doscientas cincuenta pesetas —respondió Retana. Había pensado decir quinientas, pero al abrir la boca se redujo a la mitad.
       —A Villalta le paga siete mil...
       —Tú no eres Villalta.
       —Ya lo sé.
       —Él lleva gente, Manolo —expresó Retana sin más explicación.
       —Claro —asintió Manuel poniéndose de pie—. ¿Por qué no me da trescientas, Retana?
       —Bueno —convino el empresario mientras sacaba un documento del cajón.
       —¿No puede adelantarme cincuenta?
       —¿Cómo no? —Retana extrajo de la cartera un billete de cincuenta pesetas y lo extendió sobre el escritorio.
       Manuel se lo guardó en el bolsillo.
       —¿Y qué tal la cuadrilla? —preguntó.
       —Buena. Son los que actúan siempre en mis espectáculos nocturnos.
       —¿Y los picadores?
       —No son gran cosa —admitió Retana.
       —Necesito un buen picador.
       —Entonces consíguelo tú. Ve a buscarlo.
       —Con esto no me alcanza. Una cuadrilla no cuesta menos de sesenta duros.
       Retana no dijo nada y lo miró desde su asiento.
       —¿No sabe que necesito un buen picador?
       Retana siguió guardando silencio sin quitarle la vista de encima.
       —No es justo —insistió Manuel.
       El otro lo observó durante largo rato.
       —Están los picadores de siempre —dijo.
       —Ya sé. Conozco bien a sus picadores “de siempre”.
       El empresario no sonrió. Manuel pensó que todo había terminado.
       —Lo único que pido es una oportunidad igual a las que ofrece a los demás —manifestó razonablemente—. No quiero salir a la arena en inferioridad de condiciones. Hace falta un buen picador.
       Pero le dirigía la palabra a un hombre que ya no escuchaba.
       —Si quieres algo extra —expresó Retana--, consíguelo tú. Por ahora puedes contar con la cuadrilla de todas las reuniones. Lleva los picadores que se te antoje. La charlotada termina a las diez y media.
       —Muy bien —concluyó Manuel—, si esa es su última palabra.
       —Claro que lo es.
       —Nos veremos mañana por la noche.
       —Sí, estaré allí.
       Manuel recogió la maleta y salió.
       —No dejes la puerta abierta —gritó Retana.
       Manuel volvió la cabeza y lo vio leyendo varios documentos. Cerró la puerta hasta oír el ruido del picaporte.
       Bajó por la escalera y salió a la calle. Afuera hacía mucho calor y la luz irritaba la vista al reflejarse en las casas blancas. Fue caminando por la vereda de la sombra hacia la Puerta del Sol. La sombra era fresca como agua de lluvia. El calor aparecía repentinamente al cruzar las calles transversales. No encontró a ningún conocido en el camino.
       Antes de llegar a la Puerta del Sol entró en un café.
       Reinaba gran tranquilidad. Había varios hombres sentados en las mesas. En una, cuatro personas jugaban a los naipes. Casi todos los parroquianos fumaban apoyados en la pared, frente a tazas de café y copas de licor vacías. Manuel pasó al pequeño salón del fondo y tomó asiento en una de las mesas. Un hombre dormía en un rincón.
       El camarero se detuvo junto al recién llegado.
       —¿No vino Zurito? —le preguntó Manuel.
       —Estuvo aquí antes de almorzar. No volverá hasta después de las cinco.
       —Deme un poco de café con leche y una copa de algo.
       El camarero regresó trayendo la bandeja con un vaso para café y una copa para licor. En la mano izquierda tenia una botella de coñac. Lo puso todo sobre la mesa y un muchacho que lo seguía sirvió el café y la leche con la cafetera y la lechera de asas largas.
       Cuando Manuel se quitó la gorra, el camarero vio la coleta prendida delante y mientras servía el coñac en la copita hizo un guiño al muchacho que observaba con curiosidad el pálido rostro del torero.
       —¿Va a trabajar aquí? —preguntó el mozo destapando la botella.
       —Sí —respondió Manuel—. Mañana.
       El camarero se quedó al lado de la mesa con la botella apoyada en la cintura.
       —¿En la charlotada?
       Desconcertado, el ayudante desvió la mirada.
       —No, en la común.
       —Creía que iban a actuar Chaves y Hernández.
       —No. Somos yo y otro.
       —¿Quién? ¿Chaves o Hernández?
       —Hernández, me parece.
       —¿Qué le pasa a Chaves?
       —Se lastimó.
       —¿Quién se lo dijo?
       —Retana.
       —¡Eh! ¡Looie! —gritó el camarero hacia el otro salón—. Chaves tuvo una cogida.
       Manuel desenvolvió los terrones de azúcar, los echó en el café y revolvió con la cucharita. La infusión caliente y dulce reconfortó su estómago vacío. Luego tomó el coñac de un trago.
       —Sírvame otra copa —ordenó.
       El camarero destapó la botella y llenó el vaso y una taza. Otro camarero se acercó a la mesa. El muchacho ya se había ido.
       —¿Y Chaves está mal? —le preguntó a Manuel el segundo camarero.
       —No sé. Retana no me dijo nada más.
       —¡También! ¡Tiene tantos para cuidar! —intervino el camarero alto.
       Como Manuel no lo había visto antes, pensó que debía haber acabado de llegar.
       —Aquí, el que trabaja con Retana triunfa, tarde o temprano —continuó—. Y el que no está con él es mejor que se pegue un tiro.
       —Eso es —afirmó el segundo camarero—. Tú lo has dicho.
       —Ya lo creo. Si hablo de ese tipo es porque lo conozco bien.
       —Fíjense en lo que hizo por Villana —dijo el primero.
       —Y eso no es nada —prosiguió el alto—. Recuerden lo que hizo por Marcial Lalanda y por Nacional.
       —Tienes razón, muchacho —convino el bajo.
       Manuel los miró mientras conversaban y acabó de tomar la segunda copa de coñac. Los otros se olvidaron por completo de su presencia.
       —Miren ese montón de camellos —prosiguió el alto—. ¿Vieron alguna vez a ese tal Nacional II?
       —¿No es el que vi el domingo pasado? —pensó en voz alta el primer camarero.
       —Es una jirafa —opinó el bajo.
       —¿Qué les dije? —preguntó el alto—. A esos los protege Retana.
       —¡Eh! Sírvame otra copa de eso —pidió Manuel, después de haberse servido y tomado el vaso de coñac que el camarero había puesto en la taza.
       Entonces llenó la copa mecánicamente y los tres salieron charlando del salón. El hombre del rincón todavía estaba dormido, con la cabeza apoyada en la pared, lanzando ligeros ronquidos al respirar.
       Manuel también sintió sueño después de beber el coñac. Hacía demasiado calor para salir a recorrer la ciudad. Además, no tenía nada que hacer. Resolvió dormir mientras esperaba a Zurito. Tocó la maleta con los pies para asegurarse de que estaba bajo la mesa y, como pensara en un sitio más conveniente, se agachó y la puso contra la pared. Después se apoyó en la mesa y se durmió.
       Cuando se despertó, hacía rato que estaba sentado en el otro extremo de la mesa un hombre corpulento, de cara morena y triste como la de un indio. Al llegar hizo salir al camarero con un ademán y se sentó a leer el periódico, mirando de vez en cuando a Manuel, que dormía apoyado en la mesa. Leía el periódico con mucha dificultad, componiendo las palabras con los labios. Por último se cansó y miró hacia Manuel. Su sombrero cordobés estaba inclinado hacia adelante.
       Manuel lo vio al incorporarse.
       —¡Hola, Zurito!
       —¡Hola, muchacho! —contestó el hombre corpulento.
       —Me dormí—. Manuel se frotó la frente con el revés del puño.
       —Así parece, ¿no?
       —¿Cómo andan las cosas?
       —Bien. ¿Y a ti cómo te va?
       —Regular.
       Los dos guardaron silencio. Zurito, el picador, miró el pálido rostro de Manuel, que por su parte observó las enormes manos del otro mientras doblaban el diario y lo ponían en el bolsillo.
       —Tengo que pedirte un favor, Manos.
       Manosduras le llamaban a Zurito. Cada vez que oía ese apodo pensaba en sus manos colosales. Las apoyó en la mesa con afectación.
       —¿Vamos a tomar algo?
       —Bueno —convino Manuel.
       El camarero se acercó a la mesa, salió y volvió de nuevo. Por último se fue del salón mirando a los dos parroquianos.
       —¿De qué se trata, Manolo? —Zurito dejó su vaso después de beber.
       —¿Podrías picar dos toros para mí mañana por la noche?
       —No —respondió Zurito—. No pico más.
       Manuel bajó la mirada hacia su copa. Al fin y al cabo, había obtenido la respuesta que esperaba.
       —Perdóname, Manolo, pero no me dedico más a eso —Zurito se miró las manos.
       —Perfectamente.
       —Soy demasiado viejo.
       —Quería saberlo, nada más —dijo Manuel.
       —¿Es para las corridas nocturnas de mañana?
       —Ajá. Pensé que con un buen picador podría lucirme.
       —¿Y cuánto te pagan?
       —Trescientas pesetas.
       —Como picador gano mucho más.
       —Ya lo sé. Hice mal en pedirte tal cosa.
       —¿Por qué no abandonas? —preguntó Zurito—. ¿Por qué no te cortas la coleta, Manolo?
       —No sé.
       —Eres casi tan viejo como yo.
       —No sé, no sé —expresó Manuel—. Tengo que seguir. Lo único que quiero son oportunidades justas. No puedo abandonar, Manos.
       —Sí puedes.
       —No, no puedo. He tratado de alejarme, pero no puedo.
       —Sé lo que te ocurre, pero no es justo. Deberías alejarte de esas actividades.
       —No puedo, ya te lo dije. Además, en los últimos tiempos me iba bien.
       Zurito miró la cara de su amigo.
       —Estuviste en el hospital.
       —Pero cuando me lastimé empezaba a gustarle al público.
       Zurito no dijo nada. Vació la taza de coñac en su copa.
       —Los periódicos dijeron que fue una faena insuperable —manifestó el torero.
       Zurito lo miró.
       —¿Acaso no me desempeño bien cuando trabajo con frecuencia?
       —Eres demasiado viejo— le advirtió el picador.
       —No. Me llevas diez años, no te olvides.
       —Conmigo es distinto.
       —Todavía no soy demasiado viejo.
       Se quedaron callados; Manuel observaba el rostro del picador.
       —Ya tenía fama cuando me ocurrió el accidente —pensó en voz alta, y después, con tono de reproche—: Tenías que haberme visto, Manos.
       —No quiero verte —dijo Zurito—. Me pongo nervioso.
       —Pero en los últimos tiempos no fuiste a verme.
       —Presencié muchas de tus corridas.
       Dirigió la mirada hacia Manuel, que la evitaba.
       —Sería mejor que abandonases, Manolo.
       —No puedo. Ahora me va bien, te lo aseguro.
       Zurito se inclinó con las manos sobre la mesa.
       —Escucha. Picaré para ti, pero si no te luces mañana por la noche, abandonarás. ¿Qué te parece? ¿Lo harás?
       —Claro.
       Aliviado, Zurito volvió a su posición anterior.
       —Tienes que abandonar —dijo—. Basta de tonterías. Tienes que cortarte la coleta.
       —No me veré obligado a retirarme —expresó Manuel—. Mírame bien. Tengo experiencia.
       Zurito se puso de pie. Estaba cansado de discutir.
       —Tienes que retirarte. Yo mismo te cortaré la coleta.
       —No, veras como no. No me llegará la ocasión.
       Zurito llamó al camarero.
       —Ven —le dijo—. Vamos a la pensión.
       Manuel buscó la maleta bajo la silla. Estaba contento. Podía contar con Zurito, el mejor de los picadores. Con eso, todo sería fácil.
       —Vamos a la pensión. Comeremos algo —concluyó Zurito.
      ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
       En el patio de caballos, Manuel esperaba que terminaran los de la charlotada. Zurito estaba a su lado, en la oscuridad, frente a la alta puerta cerrada que conducía a la plaza. Oyeron un griterío arriba y después risas. Por último, todo quedó en silencio. A Manuel le gustaba el olor de los establos que daban al patio. Llegó otro rugido de la arena y luego aplausos, prolongados y cada vez más fuertes.
       —¿No viste nunca a esos tipos? —preguntó Zurito, que parecía enorme junto a Manuel.
       —No —contestó el torero.
       —Son muy divertidos —dijo el picador con una sonrisa.
       Cuando se abrió la enorme puerta doble, Manuel vio la pisita, iluminada por las lámparas de arco, y el alto anfiteatro sumido en la oscuridad. Al borde de la plaza, dos hombres vestidos como vagabundos corrían y saludaban al público, seguidos por otro con uniforme de camarero de hotel que se agachaba para recoger los sombreros y bastones arrojados a la arena y los devolvía a la oscuridad.
       En el patio se encendió la luz eléctrica.
       —Voy a montar uno de esos caballos mientras tú reúnes a los muchachos —expresó Zurito.
       En aquel momento oyeron los cascabeles de las mulas que pasaron rumbo a la arena, donde las atarían al toro muerto para arrastrarlo.
       Los componentes de la cuadrilla, que habían presenciado la parodia desde el pasillo que separaba la barrera de los asientos, regresaron despacio y se quedaron charlando bajo uno de los focos del patio. Un tipo buen mozo se acercó a Manuel y sonrió. Vestía un traje anaranjado con adornos de plata.
       —Yo soy Hernández —dijo alargándole la mano.
       Manuel se la estrechó.
       —Esta noche tenemos verdaderos elefantes —manifestó alegremente el muchacho.
       —Ya lo creo. Son de los grandes. ¡Y qué cuernos! —convino Manuel.
       —Le tocó la peor parte.
       —No importa —dijo el torero—. Cuanto más grandes, más carne para los pobres.
       —¿Dónde aprendió eso? —preguntó Hernández con una sonrisa.
       —Lo sé desde hace mucho tiempo. ¿Por qué no preparas la cuadrilla? Así veo con qué puedo contar.
       —Hay varios tipos buenos —explicó Hernández, que se sentía muy alegre. Era su tercera temporada nocturna y parecía que iba a hacer carrera en Madrid. Estaba contento porque sólo faltaban unos minutos para que empezara la corrida.
       —¿Y los picadores? —preguntó Manuel.
       —Están en los corrales, disputándose los mejores caballos —Hernández volvió a sonreír.
       Las mulas pasaron de vuelta, a todo galope, entre chasquidos de látigo y ruido de cencerros. El novillo dejó un surco en la arena.
       En cuanto hubo terminado esa tarea formaron para el paseo
       Manuel y Hernández iban delante, seguidos por los mozalbetes de las cuadrillas con sus pesadas capas plegadas contra el cuerpo. Por último, los cuatro picadores con sus respectivas cabalgaduras, llevando las picas de punta de acero enhiestas en la penumbra del corral.
       —¿Por qué será que Retana nos da tan poca luz para ver los caballos? —dijo uno de los picadores.
       —Sabe que no nos animaríamos a montar si los viésemos bien —respondió otro.
       —El mío apenas tiene fuerza para sostenerse —dijo el primero.
       —Al fin y al cabo son caballos.
       —Claro, son caballos.
       Continuaron charlando, montados en sus flacos pingos.
       Zurito no dijo nada. Tenía el único caballo fuerte del lote. Cuando lo probó en los corrales respondió al bocado del freno y a las espuelas. Sacó el vendaje de su ojo derecho y cortó las cintas que ataban las orejas en la base. Era un buen caballo. Sólido, macizo, era todo lo que necesitaba. Pensó montarlo durante toda la corrida. Ya estaba sentado en la grande y acolchada silla, esperando el paseo y con la sola idea de la corrida en su mente. Los otros picadores seguían conversando a su alrededor, pero no los escuchaba.
       Los dos matadores estaban juntos, delante de sus tres peones con las capas dobladas de idéntica manera en el brazo izquierdo. Manuel pensó en ellos. Eran madrileños, como Hernández, y tenían más o menos diecinueve años. Sobre todo le gustaba el aspecto de uno, gitano, serio, solitario y de cara morena. Se dio vuelta y le preguntó.
       —¿Cómo te llamas, chico?
       —Fuentes —contestó el gitano.
       —¡Qué lindo nombre!
       El otro sonrió mostrando sus dientes.
       —Cuando salga el toro, hazlo correr un poco —le indicó Manuel.
       —Bueno —dijo el gitano. Se puso serio, pues empezaba a pensar en lo que haría.
       —Listo —Manuel se dirigió a Hernández.
       —Muy bien. Vamos.
       Salieron con la cabeza erguida, y moviéndose al compás de la música. Cruzaron la arena bajo las lámparas de arco, seguidos por la cuadrilla y los picadores, y por último los mozos de plaza y las mulas con campanillas. La muchedumbre aplaudió a Hernández mientras recorrían la pista. Marchaban con arrogancia, mirando al frente. Hicieron la reverencia delante del presidente y la cuadrilla se dividió en sus partes componentes. Los toreros fueron a la barrera y cambiaron sus pesados capotes por las livianas capas de brega. Las mulillas se fueron. Los picadores galoparon alrededor de la pista y dos de ellos se fueron por donde habían entrado. Los empleados del servicio pasaron los rastrillos por la arena hasta dejarla lisa.
       Manuel tomó el vaso de agua servido por uno de los agentes de Retana que hacía de ayudante. Hernández se acercó después de hablar con el suyo.
       —¡Qué buena acogida tienes, chico! —le felicitó Manuel.
       —La gente me quiere —dijo Hernández con alegría.
       —¿Qué tal el paseo? —Manuel se dirigió al agente de Retana.
       —Como un casamiento —respondió el que le tenía la espada—. Hermoso. Usted parecía Joselito o Belmonte.
       Zurito pasó al galope, como una enorme estatua ecuestre. Se detuvo frente al toril, en el extremo opuesto de la plaza. Sentía una rara impresión, a causa de la luz artificial. Estaba acostumbrado a picar bajo el fuerte sol de las tardes y por mucho dinero. No le gustaba este asunto de las lámparas de arco y quería que empezara de una vez.
       Manuel se acercó a él.
       —Pícalo, Manos. Prepáramelo en bandeja.
       —Lo picaré, chico. —Zurito escupió en la arena—. Lo haré saltar de la plaza.
       —Apóyate en el toro, Manos.
       —Sí —dijo Zurito—. ¿Por qué no sale?
       —Ya viene.
       Zurito esperó allí, con los pies en los estribos cerrados, sus largas piernas en la armadura de piel de ante que apretaba los flancos del animal, las riendas en la mano izquierda y la garrocha en la derecha. Observaba la puerta del toril. Se había calado el sombrero casi hasta los ojos para que la luz no lo molestara. Las orejas del caballo se estremecieron. Zurito lo acarició con la mano izquierda.
       La puerta roja del toril se abrió de golpe. Por un instante, Zurito vio el pasillo vacío, hasta que por último apareció el toro impetuosamente, resbalando sobre sus cuatro patas al salir a la luz. Después arrancó al galope, en silencio, excepto cuando bufaba, contento por haber abandonado el oscuro corral.
       El cronista suplente del Heraldo estaba en la primera fila, un poco aburrido. Se agachó y escribió de prisa, apoyándose en la pared de cemento a la altura de sus rodillas: “Campañero, Negro, 42, salió a 9 kilómetros por hora, con combustible de sobra...”
       Al ver al toro desde la barrera, Manuel hizo una seña con la mano y el gitano salió corriendo con la capa a rastras. El toro se volvió a todo galope, corriendo con la cabeza gacha y la cola levantada. Como el muchacho corría en zigzag, el toro lo vio pasar y abandonó la capa para perseguir al hombre. El gitano alcanzó a saltar la valla roja de la barrera antes que la bestia chocara estrepitosamente. Enceguecida, la sacudió dos veces con sus potentes cuernos.
       El crítico del Heraldo encendió un cigarrillo y, después de echarle al toro el fósforo, escribió en su libreta: “...grande y con unos cuernos capaces de satisfacer al espectador más exigente, Campañero demostró tener preferencia por los toreros”.
       Manuel dio unos pasos por la arena endurecida mientras el toro embestía la valla. Miró de reojo a Zurito, montado en su caballo blanco cerca de la barrera, un poco hacia la izquierda. Extendió la capa formando un pliegue en cada mano y le gritó al toro:
       —¡Huh! ¡Huh!
       El animal parecía vigorizado después de atacar la valla. Se volvió y embistió la capa. Manuel se apartó, giró al mismo tiempo sobre sus tacones y sostuvo la capa justo delante de los cuernos. Al detenerse se encontró de nuevo frente al toro, con la capa en la misma posición, y esquivó de idéntico modo la embestida. A cada suerte los espectadores gritaban.
       Repitió cuatro veces el mismo movimiento, dándose vuelta para que la bestia cargase de nuevo. Después, al término del quinto quite, se puso la capa junto a la cadera y dio una vuelta, haciendo que aquélla girase como la falda de una bailarina de ballet. El toro lo rodeó como un cinturón hasta que quedó frente a Zurito y su caballo blanco firmemente plantado, con las orejas hacia adelante y el hocico tembloroso. Zurito se gachó un poco con la larga pica formando un ángulo agudo bajo su brazo derecho. La punta triangular de hierro estaba frente al toro.
       El crítico suplente del Heraldo, que fumaba con los ojos clavados en la bestia, escribió: “El veterano Manolo efectuó una serie de aceptables verónicas y terminó con un recorte tipo Belmonte que obtuvo muchos aplausos de los concurrentes habituales. Después pasamos al tercio de picas”.
       Zurito midió la distancia que separaba al toro del extremo de la pica. En aquel momento, la bestia cargó hacia el pecho del caballo. Cuando bajó la cabeza para dar la cornada, Zurito hundió la punta de la pica en la protuberancia muscular que se extendía encima de las paletas e hizo presión con todo su peso. Tiró de las riendas con la mano izquierda. El caballo levantó las patas delanteras y piafó. Le obligó a volverse hacia la derecha y empujó al toro hasta que los cuernos pasaron bajo el vientre del caballo sin tocarlo. Entonces aflojó las riendas. El caballo temblaba. La cola del toro le golpeaba el pecho mientras se preparaba para embestir la capa de Hernández.
       Hernández corrió a su lado, llevándose al toro hasta que lo dejó frente al otro picador después de dar media vuelta. Luego retrocedió. El toro embistió apenas vio al caballo. La pica estaba sobre el lomo. Cuando se produjo el choque el picador ya se había deslizado de la silla y levantó la pierna derecha mientras erraba el golpe. Cayó hacia el lado izquierdo de modo que el caballo quedó entre el toro y él. Herido por los cuernos, el potro se desplomó con violencia. Antes de que aquello ocurriera, el jinete tomó impulso con las botas en el lomo y saltó, poniéndose de pie después de arrastrarse un trecho.
       Manuel dejó que el toro siguiese atacando al caballo caído. No estaba apurado, ya que el picador se había salvado; además, picadores como aquel merecían un buen susto. Otra vez esperaría más tiempo. ¡Picadores de porquería! Miró a Zurito, que esperaba un poco alejado de la barrera.
       —¡Huh! —le gritó al toro—. ¡Toma!
       Levantó la capa con las dos manos para que la distinguiese. El toro se apartó del caballo y la embistió. Manuel corrió con la capa extendida, se detuvo de golpe, giró sobre sus talones y dejó al toro otra vez frente a Zurito.
       “Campañero recibió un par de varas por la muerte de un rocinante, con Hernández y Manolo en los quites” —escribía el crítico del Heraldo—. “Embistió la pica, demostrando ser poco amigo de los caballos. El veterano Zurito desenterró algunas de sus viejas mañas, en una suerte notable...”
       —¡Olé! ¡Olé! —gritó el hombre que ocupaba el asiento contiguo.
       Su grito se perdió en el rugido de la multitud. Al mismo tiempo le dio una fuerte palmada al crítico, que en ese momento miraba a Zurito. Justo debajo de aquella localidad, el picador se inclinó sobre su caballo, con la pica formando un ángulo bajo su axila. La llevaba agarrada casi por la punta. La hundió con toda su fuerza, impidiendo que el toro alcanzase al caballo, como era su deseo, mientras la hacía girar contra la bestia hasta que quedó libre. Zurito calculó cuándo iba a pasar el toro y aflojó el cerco de acero de su resistencia. La punta triangular de la pica desgarró finalmente la protuberancia muscular. Cuando pudo soltarse, el toro se encontró con la capa de Hernández frente al hocico. La embistió con violencia, enceguecido, y el muchacho lo llevó al centro de la arena.
       Zurito se quedó acariciando al caballo y observando cómo cargaba el toro ante la capa que le extendía Hernádez bajo los grandes focos, mientras la muchedumbre gritaba.
       —¿Viste ese quite? —le preguntó a Manuel.
       —Fue una maravilla —respondió el torero.
       —Míralo ahora.
       Al terminar un ajustado pase de la capa, el toro cayó de rodillas, pero se incorporó en seguida. A pesar de que estaban lejos, Manuel y Zurito divisaron el chorro de sangre que se destacaba contra el fondo negro de la paleta.
       —Se la di, ¿viste? —repitió Zurito.
       —Es un toro bravo.
       —Si me conceden otra oportunidad, lo mato —afirmó el picador.
       —Nos cambiarán los tercios.
       —Míralo, míralo...
       —Tengo que ir allá —Manuel corrió hacia el otro lado de la arena.
       Los monosabios conducían a un caballo por la brida. Lo acercaban al toro golpeándole las patas con sus varas, trataban de aproximarlo a la bestia, que esperaba con la cabeza gacha, piafando, sin resolverse a atacar.
       Zurito cabalgó hasta aquel lugar. No perdió ningún detalle y frunció el ceño. Finalmente, cuando el toro cargó, los hombres huyeron a la barrera y el picador clavó la vara demasiado atrás, permitiendo que la bestia diera su cornada en el vientre del caballo y lo apretara contra la valla. El jinete cayó.
       Zurito observó la escena. Los monosabios de camisas rojas corrieron a sacar al picador de su situación angustiosa. Ya estaba de pie, renegando en voz alta y sacudiéndose los brazos. Manuel y Hernández tenían las capas preparadas. Y el toro, el toro negro y enorme, con un caballo en sus lomos, agitando los cascos, con las riendas enredadas en los cuernos, vaciló sobre sus cortas patas, encorvó el cuello y cargó para deshacerse del caballo, que por último se deslizó sin vida. Entonces embistió a fondo la capa que le extendía Manuel.
       El torero se dio cuenta de que la bestia se había agachado. La herida parecía mortal y la sangre le cubría todo el flanco.
       Manuel extendió otra vez la capa y el toro se acercó de nuevo, con los ojos abiertos, mirando el trapo. El matador se hizo a un lado y alzó los brazos, estirándolo delante del animal para efectuar la verónica.
       Se enfrentó con la bestia. En efecto, la cabeza estaba un poco gacha, por obra y gracia de Zurito.
       Manuel agitó la capa. “Ya viene.” Dio un paso lateral e hizo otra verónica. “Apunta cada vez con más exactitud.” —pensó—. “Está cansado de pelear. Ahora quiere cazar. Se ha fijado en mí, pero siempre topa con la capa.”
       La movió de nuevo y dio otro paso lateral. Esa vez fue muy cerca, demasiado cerca. “No me gusta nada. Sería mejor alejarse un poco.”
       El borde de la capa se impregnó de sangre al deslizarse por el lomo del toro.
       “Muy bien, ésta es la última.”
       Manuel extendió la capa con las dos manos. El toro lo miró, con los cuernos preparados, esperando.
       —¡Huh! —dijo Manuel—. ¡Toro! —y agitó la capa.
       “Ya viene.” Dio un paso lateral, levantando la capa, y giró sobre sus talones, de modo que el toro describió un círculo y quedó fijo en el pase, dominado por la capa. Manuel la sacudió con una mano bajo el hocico, para demostrar que el toro estaba fijo, y se alejó.
       No se oyó ningún aplauso.
       Manuel fue a la barrera y Zurito salió cabalgando de la pista. Mientras él estaba con el toro había sonado la trompeta indicando la suerte de banderillas. El torero no lo advirtió conscientemente. Los monosabios extendieron lonas sobre los dos caballos muertos y echaron serrín a su alrededor.
       Manuel se acercó a la barrera para tomar un poco de agua y el agente de Retana le entregó la pesada jarra.
       Fuentes, el gitano alto, tenía un par de banderillas rojas y puntiagudas como un anzuelo. Miró a Manuel cuando éste llegó.
       —Puedes ir —indicó el torero.
       El gitano salió corriendo. Manuel terminó de beber y observó la escena, secándose el rostro con el pañuelo.
       El crítico del Heraldo cogió la botella de vino caliente que tenía entre los pies, tomó un trago y terminó su párrafo:
       “...el veterano Manolo no recogió ningún aplauso por una vulgar serie de lances con la capa, y después pasamos a las banderillas.”
       El toro permanecía solo en el centro de la arena, como clavado. Fuentes se acercó con arrogancia. En los brazos abiertos llevaba los dos pares rojos, uno en cada mano, entre los dedos, con las puntas hacia adelante. Detrás, a su lado, iba un peón con la capa. Al verlo, el toro recobró su movilidad.
       Sus ojos se fijaron en Fuentes, que lo llamó echándose hacia atrás y agitando las dos banderillas. La luz que se reflejaba en las puntas de acero llegó a los ojos del toro, que cargó con la cola erguida.
       Fuentes se quedó quieto, apuntando con las banderillas. Cuando el animal agachó la cabeza para dar la cornada, el gitano retrocedió un paso, levantó los brazos con las manos unidas y se inclinó hacia adelante. Las banderillas formaron dos líneas rojas descendentes y se hundieron en la paleta del toro. Después se arqueó sobre los cuernos y giró apoyándose en los dos palos, con las piernas bien juntas, encorvando el cuerpo para dejar pasar al toro.
       —¡Olé! —exclamó la multitud.
       El toro lanzaba violentas cornadas y saltaba como una trucha, levantando las cuatro patas al mismo tiempo. El movimiento hacía agitar las flechas rojas de las banderillas.
       Desde la barrera, Manuel observó que siempre miraba a la derecha.
       —Dile que el próximo par lo clave a la derecha —ordenó al muchacho, que corrió adonde estaba Fuentes llevando las nuevas banderillas.
       En aquel momento sintió una mano pesada en su hombro. Era Zurito.
       —¿Cómo te encuentras, chico? —le preguntó.
       Manuel estaba mirando al toro.
       Zurito se apoyó con los brazos en la barrera y el torero se volvió.
       —Hasta ahora vas bien —dijo el picador.
       Manuel sacudió la cabeza. Debía esperar que terminara aquella parte del espectáculo. El gitano se lucía mucho con las banderillas. Iba a tener al toro en buen estado. Era un animal bravo. Hasta el momento todo había sido fácil, pero le preocupaba el momento final con la espada. En realidad no le preocupaba. Ni siquiera pensó en eso. Pero durante la espera experimentó una molesta aprensión. Mientras miraba al toro pensó cómo haría la faena, con la capa roja que tenía que reducir al animal, volviéndolo dócil.
       El gitano se acercó de nuevo al toro caminando como un bailarín de salón. Al andar agitaba las flechas rojas de las banderillas. El animal lo observó con deseos de cazarlo, pero esperó. Quería tenerlo bien cerca para clavarle los cuernos con toda seguridad.
       El toro embistió cuando Fuentes estaba a pocos pasos. El gitano atravesó corriendo una cuarta parte del círculo, seguido por la bestia. Al volver se detuvo, extendió los brazos, casi de puntillas, y hundió las banderillas en los enormes músculos de la paleta, mientras el toro erraba una vez más.
       El entusiasmo de la muchedumbre llegó al colmo.
       —Ese muchacho pronto tendrá que pasar a corridas de las tardes —dijo el agente de Retana dirigiéndose a Zurito.
       —Es bueno —opinó el picador.
       —Mírelo ahora.
       Todos miraron.
       Fuentes se detuvo con la espalda apoyada en la barrera, delante de dos de la cuadrilla que tenían las capas preparadas para distraer al toro desde el otro lado de la valla.
       El animal, con la lengua fuera, miraba fijamente al gitano. Pensó que aquella vez lo cazaría contra las tablas rojas. Sólo hacía falta una corta embestida. El toro seguía mirando.
       Fuentes se echó atrás y le apuntó con las banderillas. Pateó el suelo para incitarlo, pero el toro sospechaba algo. Tenía interés en el hombre, pero no quería más púas en la paleta.
       Fuentes se acercó más y volvió a llamarlo. Alguien gritó una advertencia desde las graderías.
       —¡Maldición! Está demasiado cerca —dijo Zurito.
       —Mírelo. Ya verá —dijo el hombre de Retana.
       Después de agacharse y azuzar al toro con las banderillas, Fuentes dio un salto con ambas piernas juntas y el animal cargó con la cola levantada. El gitano estaba de puntillas, con los brazos extendidos y todo el cuerpo encorvado hacia adelante. Por último clavó las banderillas mientras esquivaba la embestida del cuerno derecho.
       El toro chocó contra la barrera al ser atraído por las capas de los peones. Había perdido otra vez su presa.
       El gitano corrió junto a la barrera donde se encontraba Manuel. Como su chaleco se había rasgado al esquivar la punta del cuerno, lo mostraba con satisfacción a los espectadores, que aplaudían en medio de gran entusiasmo. Dio una vuelta completa a la arena. Zurito sonrió al verlo pasar señalando el chaleco.
       Otro banderillero clavó el último par, pero ya nadie prestó atención.
       El agente de Retana arrolló el paño rojo en la muleta de los pases y se lo entregó a Manuel por encima de la barrera. Después sacó una espada de la caja de cuero y la puso en manos del torero sin desenvainarla. Manuel sacó la hoja por la empuñadura y dejó caer la vaina de cuero.
       Cuando miró a Zurito, éste observó que su amigo sudaba.
       —Ya lo tienes, chico —dijo el hombre corpulento.
       Manuel asintió.
       —Está en buen estado —continuó el picador.
       —Justo lo que usted quería —le aseguró el agente de Retana.
       Manuel hizo un gesto afirmativo.
       Desde lo alto, casi junto el techo, la trompeta tocó para el acto final y Manuel atravesó la arena hacia donde debía estar el presidente, en los oscuros palcos. En la primera fila, el crítico substituto del Heraldo tomó un largo trago del vino caliente, después de resolver que no valía la pena redactar la crónica allí. Relataría la corrida cuando volviese a la redacción. ¿Qué diablos importaba? Era sólo una corrida nocturna. Si se olvidaba de algo lo sacaría de los diarios de la mañana. Bebió otro poco de vino. A las doce tenía una cita en casa de Maxim. ¿Quiénes eran estos toreros, al fin y al cabo? Muchachones y holgazanes, nada más. Un hato de holgazanes. Guardó el bloc de papel en el bolsillo y miró a Manuel, que estaba muy solo en la arena gesticulando con su montera a modo de saludo hacia un palco que no podía ver por la oscuridad de la plaza. El toro permanecía quieto, sin mirar a ninguna parte.
       —A usía, señor presidente, y al público de Madrid, el más inteligente y generoso del mundo, dedico este toro —decía Manuel. Era la fórmula de costumbre. La pronunció completa, aunque resultaba un poco larga para uso nocturno.
       Hizo una reverencia en la oscuridad, se enderezó, tiró la montera por encima del hombro y se acercó al toro con la muleta en la mano izquierda y la espada en la derecha.
       El animal lo miraba con ojos penetrantes, pero seguía inmóvil. Manuel vio las banderillas que colgaban de la paleta izquierda y la gran mancha de sangre provocada por la pica de Zurito. Al acercarse con la muleta en la mano izquierda y la espada en la derecha vigiló las patas del toro. No iba a cargar hasta que las uniese.
       Continuó avanzando, sin novedad. Las patas permanecían inmóviles. Para matarlo era preciso que el toro agachase la cabeza, para eliminar el obstáculo de los cuernos. No pensó en la espada ni en la muerte del toro, pero se sentía agobiado por lo que iba a ocurrir. Al acercarse vigilando las patas, vio sucesivamente los ojos del toro, el hocico húmedo y los anchos cuernos que apuntaban hacia él. El animal tenía círculos claros alrededor de los ojos que miraban a Manuel como si ya estuviese en su poder aquella presa de rostro pálido.
       Se detuvo y extendió la franela roja de la muleta pinchándola con la espada, que sostenía entonces en la mano izquierda y parecía de ese modo un botalón de bauprés. Se fijó en que una de las puntas de los cuernos se había hecho astillas contra la barrera y la otra era puntiaguda como una púa de puerco espín. Al extender la muleta observó que la base blanda del cuerno estaba manchada de sangre. Al mismo tiempo no perdió de vista las patas del toro, que lo miraba constantemente.
       “Ahora está a la defensiva” —pensó el torero—. “Está preparándose y reserva energías. He de lograr que se mueva para que agache la cabeza. Siempre hay que tomar esa precaución. Zurito se la hizo agachar una vez, pero ahora está erguida de nuevo. Si consigo que se mueva, la sangre le hará bajar la cabeza.”
       Llamó al toro mientras sostenía la muleta con la espada.
       La bestió lo miró.
       Se inclinó en forma insultante y agitó la capa roja.
       El toro vio la muleta, de color escarlata bajo las lámparas de arco, y enderezó las patas.
       “Ya viene.” ¡Whoosh! Manuel se puso de lado y levantó la muleta para que no rozara los cuernos. Después la deslizó por el ancho lomo desde la cabeza hasta la cola. El animal pasó de largo y Manuel ni se movió.
       Al terminar el pase, el toro se volvió como un gato cuando dobla la esquina y se enfrentó con Manuel.
       Estaba de nuevo a la ofensiva. Su pesadez había desaparecido. El torero observó la sangre fresca que salía de la paleta negra y se deslizaba por una de las patas. Tomó la espada con la mano derecha, separándola de la muleta. Se inclinó hacia la izquierda y lo llamó otra vez. El toro enderezó las patas. Su mirada estaba fija en la capa roja. “Aquí viene” —pensó Manuel. ¡Yuh!
       Giró llevando la muleta delante del toro, con los pies firmes, mientras la espada seguía la curva como un punto luminoso bajo los focos.
       El toro volvió a atacar después del pase natural y Manuel levantó la muleta para un pase de pecho. El animal pasó junto a su pecho, bajo la muleta. El torero echó la cabeza atrás para evitar las flechas de las banderillas. El cuerpo negro y caliente del toro tocó su pecho al pasar.
       —“¡Diantre! Demasiado cerca” —pensó.
       Sin perder tiempo, Zurito dijo algo al gitano, que salió corriendo con una capa hacia donde estaba Manuel. El picador bajó más el ala de su sombrero y siguió mirando la arena.
       Manuel se encontraba de nuevo frente al toro, con la muleta baja y un poco a la izquierda. El animal agachó la cabeza al observar el paño rojo.
       —Se volverían locos aplaudiendo si fuese Belmonte el que hiciera eso —dijo el agente de Retana.
       Zurito no contestó. Seguía mirando a Manuel, en el centro de la arena.
       —¿De dónde sacó a ese tipo el patrón? —preguntó el enviado de Retana.
       —Del hospital —respondió el picador.
       —Va a volver pronto a ese lugar; ¡maldición! —dijo el otro.
       Zurito se volvió hacia él.
       —Toque eso —dijo señalando la barrera.
       —Hombre, sólo fue una broma.
       —Toque madera, le digo.
       El agente de Retana se inclinó y golpeó tres veces la barrera.
       —Observe la faena —indicó Zurito.
       En el centro de la arena, bajo los focos, Manuel levantó la muleta con ambas manos y el toro atacó al verlo arrodillado.
       Después del quite, cuando la bestia volvió a cargar, Manuel dió un semicírculo con la muleta hasta que el toro quedó de rodillas.
       —¡Caramba! Ese es un gran torero —exclamó el hombre de Retana.
       —No lo es —dijo Zurito.
       Manuel se levantó y recibió el aplauso de los que estaban en la plaza. Tenía la muleta en la mano izquierda y la espada en la derecha.
       El toro también se incorporó y permaneció esperando con la cabeza gacha.
       Zurito indicó a otros dos muchachos de la cuadrilla que fuesen a ayudar a Manuel con sus capas. Ya había cuatro hombres detrás de el. Hernández lo había seguido desde que salió por primera vez con la muleta. Fuentes esperaba con la capa apretada contra el cuerpo, alto, en reposo; la pereza se reflejaba en sus ojos. Cuando llegaron los otros dos, Hernández los colocó uno a cada lado. Manuel estaba solo frente al toro.
       Hizo una seña a los subalternos. Cuando retrocedió cautelosamente vieron que sudaba y tenía el rostro muy pálido.
       ¿Por qué no se quedaban más lejos? ¿No sabían que con sus capas echarían a perder todo el esfuerzo realizado para dominar al toro? Como si tuviera pocos motivos de preocupación, se agregaba ese otro.
       El toro, inmóvil y con las patas abiertas, miraba la muleta. Manuel la plegó en su mano izquierda. El animal seguía mirándola. Tenía la cabeza gacha, pero no mucho.
       Volvió a levantar la muleta. El toro no se movió. Sólo en sus ojos se advertía que estaba alerta.
       —Es puro plomo —pensó Manuel—. Está cuadrado y en condiciones. Este es el momento.
       Pensó en términos de tauromaquia. A veces pensaba algo pero no lo reflejaba en palabras por la falta del término apropiado. Sus instintos y su conocimiento trabajaban en forma automática, mientras que su cerebro lo hacía con lentitud y con palabras. Conocía todos los detalles de las corridas. No le era preciso pensar. Sus ojos observaban las cosas y su cuerpo efectuaba los movimientos necesarios sin tener que pensar. De lo contrario lo echaría todo a perder.
       Cuando se volvió a situar delante del toro advirtió muchas cosas al mismo tiempo: los cuernos, uno hecho pedazos y el otro puntiagudo, la necesidad de perfilarse hacia la izquierda, de lanzarse corto y derecho, de bajar la muleta para que la viera el animal y clavar la espada por encima de los cuernos, en un sitio tan grande como una moneda de cinco pesetas, detrás del cuello, entre las dos paletas. Debía hacer todo eso y apartarse de los cuernos. Estaba seguro, pero las palabras “Corto y derecho” reflejaban su único pensamiento.
       “Corto y derecho” —pensó mientras doblaba la muleta. Corto y derecho. Separó la espada, se acercó al cuerno izquierdo, el de la punta hecha pedazos, y cruzó la muleta hacia abajo, de modo que la mano derecha con la espada a la altura de los ojos hizo la señal de la cruz, y, levantándose un poco sobre sus puntillas, apuntó a lo largo de la hoja inclinada hacia las paletas del toro.
       Corto y derecho, se arrojó contra el animal.
       Hubo un golpe y sintió que se elevaba por el aire. La espada se le escapó de la mano. Por último cayó al suelo con el toro casi al lado. Manuel, acostado en el suelo, empezó a dar patadas en el hocico del animal. La lucha duró un buen rato. El toro estaba tan excitado que le erraba, golpeándole con la cabeza y enterrando los cuernos en la arena. Manuel daba patadas como un hombre cuando trata de mantener una pelota en el aire, y así evitó que la bestia lanzara la cornada mortal.
       Sintió en la espalda el viento provocado por las capas que alejaron al toro en otra embestida. Era tal su ímpetu que pasó por encima de su cuerpo caído sin tocarlo. Manuel se puso de pie y recogió la muleta. Fuentes le entregó la espada, que se había doblado al chocar con el omóplato. El torero la enderezó sobre la rodilla y corrió hacia el animal, que estaba junto a uno de los caballos muertos. Al correr, la chaqueta se agitó bajo una de las axilas, que había sido rasgada por los cuernos.
       —Sácalo de allí —le gritó al gitano.
       Al oler la sangre del caballo muerto, el toro había clavado los cuernos en la lona. Después atropelló la capa de Fuentes. La lona colgaba de su cuerno roto y eso provocó la risa del público. La bestia sacudía la cabeza para deshacerse de la lona. Hernández se acercó corriendo por atrás y la sacó limpiamente del cuerno agarrándola por una punta.
       El toro la siguió en una media embestida y se detuvo en seco. Estaba de nuevo a la defensiva. Manuel agitó la muleta, pero comprendió que el animal no iba a reaccionar.
       Apuntó de nuevo con la hoja de la espada. El toro estaba inmóvil, aparentemente muerto, incapaz de otra carga.
       Se puso de puntillas, apuntó a lo largo del acero y atacó.
       Hubo otro choque como el anterior y sintió la impetuosa embestida, cayendo violentamente en la arena. Esa vez no pudo dar patadas, ya que la bestia estaba encima de él. Manuel se quedó quieto, como muerto, con la cabeza entre los brazos, y el toro le golpeó en la espalda y en la cara. Sintió el cuerno que se enterraba en la arena entre sus brazos cruzados. Le alcanzó debajo de las costillas; la cabeza se enterró en el piso. El cuerno le desgarró una de las mangas. Un último golpe lo mandó lejos y el toro se dedicó a las capas que le ponían delante.
       Manuel se levantó, recogiendo la espada y la muleta, probó la punta de la espada con el pulgar y corrió a la barrera en busca de otra.
       El agente de Retana se la entregó por encima del borde de la barrera.
       —Límpiese la cara —le dijo.
       Mientras corría de nuevo hacia el toro, Manuel se limpió con el pañuelo la cara ensangrentada. ¿Dónde estaba Zurito? No lo había visto.
       Los de lo cuadrilla se alejaron del toro y esperaron con las capas prontas. El animal se sentía pesado después de la última embestida.
       Manuel se acercó con la muleta y la agitó al detenerse, pero el toro no respondió. La pasó de derecha a izquierda y de izquierda a derecha frente al hocico. Los ojos del animal siguieron la trayectoria de la muleta, pero nada más. No embistió. Esperaba Manuel.
       El torero estaba preocupado porque no quedaba otra alternativa que atacar. Corto y derecho. Se puso a un lado, cruzó la muleta frente a su cuerpo y cargó, apartándose hacia la izquierda para esquivar el cuerno. La espada saltó centelleando bajo la luz artificial y volvió a caer en la arena.
       Corrió a levantarla. Como estaba doblada, la enderezó sobre la rodilla.
       Al regresar adonde estaba el toro, inmóvil, se encontró con Hernández, que esperaba con la capa preparada.
       —Es puro hueso —dijo alentadoramente el muchacho.
       Manuel hizo un gesto afirmativo y se secó el rostro. Después guardó el pañuelo ensangrentado en el bolsillo.
       El toro estaba cerca de la barrera. “¡Maldito sea! Es posible que tenga puros huesos y no deje entrar la espada en ningún sitio. Al diablo con eso!” Ya les demostraría lo contrario.
       Ensayó un pase con la muleta sin obtener respuesta del toro. La agitó de arriba para abajo frente al animal, pero no ocurrió nada.
       Extendió la espada y se dirigió hacia el toro. Sintió que la hoja se doblaba mientras se apoyaba con todo su peso, hasta que al final salió por el aire y fué a parar a las graderías. Manuel evitó la cornada mediante un salto.
       Los primeros almohadones que arrojaron desde la oscuridad no le alcanzaron. Después, uno le pegó en la cara llena de sangre, mientras estaba mirando hacia el público. Empezaron a caer con más frecuencia, cubriendo la arena. Alguien tiró una botella de vino vacía desde la primera fila y le golpeó el pie. Manuel se quedó mirando la oscuridad, desde donde lanzaban las cosas. Por último, algo atravesó silbando el aire y cayó a su lado. Se agachó para recogerlo. Era su espada. La enderezó en la rodilla y gesticuló con ella hacia la muchedumbre.
       —Gracias —dijo—. Gracias.
       “¡Oh! ¡Hijos de perra! ¡Roñosos! Hijos de perra! ¡Oh! ¡Asquerosos bastardos!” Al correr dió un puntapié a uno de los almohadones.
       El toro estaba como antes. “Bueno. ¡Ya verás, bastardo de porquería!”
       Pasó la muleta frente al negro hocico de la bestia.
       No ocurrió nada.
       “¿No quieres atacar? Está bien.” Se acercó más aún y hundió la punta de la muleta en el hocico húmedo del animal.
       El toro reaccionó entonces, cuando Manuel dió el salto, pero cuando tropezó con uno de los almohadones sintió la aguda cornada en el costado. Tomó el cuerno con las dos manos y retrocedió apretando la herida. El toro lo mandó lejos. Manuel se quedó quieto, fuera del peligro de otra embestida.
       Se levantó tosiendo. Se sentía muy mal. “¡Hijos de perra!”
       —¡La espada! —gritó—. ¡La muleta!
       Fuentes le llevó la muleta y la espada.
       Hernández lo rodeó con el brazo.
       —Vaya a la enfermería, hombre —le dijo—. No cometa estupideces.
       —Sal de aquí —contestó Manuel—. Sal de aquí. ¡Vete al diablo!
       Hernández se encogió de hombros al verlo alejarse corriendo hacia el toro.
       La bestia estaba firme en su sitio.
       “¡Ya verás! ¡Roñoso!” Manuel apuntó con la espada haciendo el mismo movimiento y se arrojó sobre el toro. Sintió que el arma lo atravesaba y hundió cuatro dedos y el pulgar, que se llenaron de sangre. Estaba encima del animal.
       Estuvo a punto de caer por las sacudidas, pero logró apartarse. Vió que el toro se desplomaba, quedando patas arriba.
       Después gesticuló hacia el público, con la mano caliente por la sangre del toro.
       “¿Habéis visto, hijos de perra?” Quiso decir algo, pero empezó a toser. Le pareció que su pecho ardía. Buscó la muleta, pues debía ir a saludar al presidente. “¡Que se vaya al diablo el presidente!” Estaba sentado mirando al animal. El toro, patas arriba y con la lengua fuera, fue sacudido por los últimos temblores de la agonía. Ya estaba muerto. “¡Al diablo con el toro! ¡Váyanse todos al diablo!” Al incorporarse empezó a toser. Se sentó de nuevo y alguien le ayudó a levantarse.
       Lo llevaron corriendo por la arena y tuvieron que detenerse en la entrada hasta que pasaron las mulas. Después doblaron por el pasillo oscuro y llegaron a la enfermería. Los hombres gruñían al subir por la escalera.
       El médico y dos hombres vestidos de blanco lo esperaban. Lo pusieron sobre una mesa y empezaron a cortarle la camisa. Manuel se sentía cansado. Todo su pecho parecía un fuego. Volvió a toser y entonces le colocaron algo en la boca. Todo eso en medio de la mayor prisa, de la agitación general.
       Cerró los ojos, porque le molestaba la luz eléctrica.
       Oyó que alguien subía pesadamente por la escalera. Después no oyó nada más. Sólo un ruido lejano. Era el público. Alguien tendría que matar al toro, por supuesto. Terminaron de cortarle la camisa y el doctor sonrió. También estaba Retana.
       —¡Hola, Retana! —dijo Manuel. No podía escuchar su voz.
       Retana sonrió y dijo algo, pero Manuel no oía nada.
       Zurito permanecía junto a la mesa, observando lo que hacía el médico. Estaba vestido de picador, sin el sombrero.
       Zurito también le habló, pero Manuel no escuchaba.
       Zurito habló con Retana. Uno de los hombres con uniforme blanco sonrió y entregó a Retana un par de tijeras. Retana se las dió a Zurito, que le dijo algo a Manuel. Este no podía oírlo.
       “¡Al diablo con esta mesa de operaciones!” No era la primera vez que ocupaba una mesa de operaciones. No iba a morirse. Si así fuera, habrían llamado al cura.
       Zurito le decía algo mientras sostenía las tijeras.
       En efecto. Iban a cortarle la coleta. ¡Iban a cortarle la coleta!
       Manuel se sentó en la mesa de operaciones y el médico retrocedió con enojo. Alguien lo tomó de los brazos para sujetarlo.
       —¡No, Manos! No puedes hacer una cosa así —dijo el torero.
       De repente oyó con claridad la voz de Zurito:
       —Muy bien. No lo haré. Sólo era una broma.
       —Me iba bien. Lo que pasó es que no tuve nada de suerte. Eso...
       Le colocaron algo sobre el rostro. Ya conocía todas esas cosas. Inhaló profundamente. Se sentía muy cansado. Muy, muy cansado. Le sacaron aquel objeto de la cara.
       —Estaba desempeñándome bien —dijo débilmente—. Iba a triunfar.
       Retana miró a Zurito y se alejó hacia la puerta.
       —Me quedaré a hacerle compañía —dijo el picador.
       Retana se encogió de hombros.
       Manuel abrió los ojos y miró a Zurito.
       —¿Acaso no me iba bien, Manos? —preguntó pidiendo confirmación.
       —Claro —contestó su amigo—. Todo marchaba a las mil maravillas.
       El ayudante del médico puso el cono sobre el rostro de Manuel, que inhaló profundamente. Zurito le miraba con torpeza.



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