Francis Bret Harte
(Albany, New York, 1839 - Surrey, Inglaterra, 1902)


La Ilíada de Sandy Bar (1870)
(“The Iliad of Sandy Bar”)
Originalmente publicado en la revista Overland Monthly (noviembre de 1870);
Mrs. Skaggs's Husbands, and Other Sketches
(Boston: James R. Osgood and Company, 1873, 352 págs.)



      Antes de las nueve de la mañana, todos sabían a lo largo del río que los dos socios de la “Pertenencia Amistad” se habían peleado, separándose al alba. A esa hora, a su vecino más cercano le sorprendió la algarabía de la pelea y dos disparos sin intervalo de tiempo. Al salir corriendo había visto confusamente en la blanquecina niebla que ascendía del río, la alta silueta de Scott, uno de ellos, que bajaba camino del cañón; un instante después, York, el otro socio, salió de la cabaña y anduvo en dirección opuesta, hacia el río, cruzando a poca distancia del curioso observador. Poco después se descubrió que un chino serio, que partía leña delante de la cabaña, había contemplado parte del altercado. Sin embargo, John apareció inmóvil, indiferente y callado.
       —Mí partir leña, no pelear —fue toda su respuesta a las anhelantes preguntas.
       —Pero... ¿qué “decían”, John?
       John ignoraba qué podían “decir” ellos. El Coronel Starbottle enumeró rápidamente los variados epítetos populares que una elástica opinión pública podía admitir como insulto razonable para un enfrentamiento. Pero John no los reconoció.
       -¡Y ésta es la chusma a la que, según algunos, habría que permitir prestar testimonio contra un blanco! ¡Vete al diablo, pagano!
       A pesar de todo, la pelea continuó siendo incomprensible. El que aquellos dos hombres, cuya cordialidad y comedida conducta les había dado el título de “Los Pacificadores” en una comunidad no muy incubadora de virtudes pasivas, y tan peculiarmente respetuosos el uno del otro, se pelearan tan repentina y violentamente, bien podía provocar la curiosidad del campamento. Los más curiosos hicieron acto de presencia en el último escenario del choque, dejado ya por sus antiguos ocupantes. En la cuidada cabaña no había restos de desorden ni confusión. La recia mesa estaba lista para el desayuno: la cazuela con el bizcocho amarillo se encontraba todavía sobre el hogar, cuyas agonizantes ascuas bien podían haber simbolizado las turbias pasiones que prendieran allí apenas una hora antes. Pero la vista cansada del Coronel Star permanecía más fija en los detalles prácticos. La observación permitió encontrar un agujero de proyectil en el quicio de la puerta y otro, casi opuesto, en el marco de la ventana. El Coronel advirtió que el primero “coincidía” con el calibre del revólver de Scott y el segundo con el del Derringer de York.
       —Debieron colocarse aquí —dijo el Coronel—, separados un metro escaso, y ¡fallaron el tiro!
       Había un hermoso timbre de emoción en el tono de su voz, que no carecía de efecto. Una ligera percepción de la ocasión desaprovechada estremeció a los oyentes.
       Pero Sandy Bar estaba predestinado a sentir una decepción mayor. Los dos antagonistas no se habían encontrado desde la contienda y corrían imprecisos rumores de que, cuando ocurriera el segundo encuentro, ambos estaban dispuestos a matar al otro “apenas lo viera”. Hubo, por ese motivo, cierta excitación —y desgraciadamente no poco placer— cuando, a las diez, York salió de la taberna “Magnolia” y se dirigió por la larga calle de distanciadas viviendas del campamento, en el mismo modo en que Scott surgía de la herrería que se encuentra en la encrucijada del camino. Claramente se veía, con una simple mirada, que el único modo de evitar un encuentro era la efectiva retirada de uno o de otro.
       Al cabo de un momento, de las puertas y las ventanas de las tabernas empezaron a salir caras. Innumerables cabezas aparecieron sobre las márgenes del río y surgieron tras los cantos rodados. En el cruce, un carro vacío se llenó súbitamente de gente que parecía salir de la misma tierra. Sobre la ladera de la colina había muchas carreras y confusión. En el sendero de la montaña, el señor Jack Hamlin paró su caballo y se irguió sobre el asiento de su coche. Y los dos causantes de aquella apasionada atención se aproximaron el uno al otro.
       “York tiene el sol de cara”, “Scott lo llevará contra ese árbol”, “Está preparado para disparar”, fueron los comentarios que llegaron del carro; después reinó el silencio. Sin embargo, al margen de esta jadeante expectación humana, el río seguía su curso y el viento hacía crujir las copas de los árboles con una indiferencia que parecía fuera de lugar. El Coronel Starbottle se dio cuenta de eso y en un momento de sublime inspiración, sin mirar a su alrededor, agitó su bastón como advertencia para toda la naturaleza y dijo:
       —¡Sssst!
       Los hombres, en aquel momento, estaban separados por muy pocos pasos. Una gallina se cruzó en el camino de uno de ellos. Un plumoso pericarpio que el viento había traído desde un árbol próximo al camino cayó a los pies del otro. Y, olvidando esta ironía de la naturaleza, los dos contrincantes se acercaron, tiesos e inmóviles, se miraron a los ojos... y ¡siguieron de largo!
       Al Coronel Starbottle tuvieron que sacarle en brazos del carro.
       —Este campamento ya no tiene remedio —dijo con aire sombrío, al mismo tiempo que entraba en el “Magnolia”, aparentando necesitar apoyo.
       Sería imposible predecir con qué otra manifestación habría revelado sus sentimientos, porque en aquel momento Scott se unió al grupo.
       —¿Me hablaba usted? —le preguntó al Coronel, posando la mano, como con casual familiaridad, sobre el hombro de este caballero.
       El Coronel, reconociendo cierta misteriosa cualidad en el contacto y cierta desconocida cantidad en los ojos de su interrogador, se limitó a responder con un “No, señor”, con aire digno. No muy lejos de allí, la conducta de York fue igualmente típica y curiosa.
       —Tuvo usted una buena oportunidad. ¿Por qué no le mató? —preguntó Jack Hamlin cuando York se acercaba a su coche.
       —Porque le odio —fue la contestación que sólo oyó Jack. A pesar de la creencia popular, esta respuesta no brotó de un modo cáustico de los labios de York, sino que fue pronunciada en un tono comente. Pero Jack Hamlin, que era un observador de la humanidad, se dio cuenta de que las manos de su interlocutor estaban frías y sus labios secos cuando le ayudó a subir al coche, aceptando aquella visible contradicción con una sonrisa.


      Cuando el poblado de Sandy Bar se convenció de que el conflicto entre York y Scott no podía ser resuelto conforme a los métodos locales, dejó de interesarle el asunto. Sin embargo, luego circuló el rumor de que la “Pertenencia de la Amistad” estaba en pleito y que su posesión sería disputada a cualquier precio por los dos socios. Como era sabido por todos que la pertenencia en cuestión estaba agotada y carecía de valor y que los socios, a quienes la mina había enriquecido ya, habían hablado sobre su abandono a sólo uno o dos días de la pelea, este litigio sólo podía justificarse por un desinteresado rencor. Más tarde, dos abogados de San Francisco se presentaron en aquella sencilla Arcadia y conocieron las tabernas y —lo que era más o menos lo mismo— las confidencias de sus clientes. Las consecuencias de esta profana intimidad fueron muchas citaciones, y en rigor, cuando la “Pertenencia de la Amistad” fue llevada a los estrados de la justicia, toda la gente de Sandy Bar cuya presencia no era necesaria en la capital del distrito, apareció allí por curiosidad. Las cañadas y hondonadas, en muchos kilómetros a la redonda, quedaron vacías. No pretendo describir aquel ya famoso proceso. Basta con decir que, según palabras del abogado, “fue un juicio de significación poco común, que afectaba los derechos naturales de esa infatigable industria que ha desarrollado los recursos de Pactolo de esta tierra de oro”, y según la frase, más elemental, del Coronel Starbottle, “era un enredo que esos caballeros pudieron arreglar, ante una copa cordial, en diez minutos, caso de que quisieran hacer negocio; o en diez segundos, con el revólver, si de lo que se trataba era de divertirse”. Scott consiguió un veredicto favorable y York apeló inmediatamente. Se comentó que había jurado gastarse en aquello hasta el último dólar.


      De esa manera, Sandy Bar empezó a admitir la enemistad de los antiguos socios como una hostilidad de toda la vida, e incluso se olvidó el hecho de que antaño hubieran sido amigos. Los pocos que esperaban enterarse con el juicio de la raíz de la querella quedaron defraudados. Entre las variadas suposiciones gozaron, lógicamente, de mayor popularidad las que le atribuyeron alguna oculta influencia femenina, en un campamento como aquél, inclinado a un concepto dudoso del sexo contrario.
       —Créanme, caballeros —dijo el Coronel Starbottle, llamado en Sacramento Caballero de la Vieja Escuela—. En el fondo de todo este asunto hay una linda criatura.
       El galante Coronel pasó después a ilustrar su hipótesis con algunas historias divertidas, como las que suelen repetir los Caballeros de la Vieja Escuela, aunque por respeto a los prejuicios de los caballeros de una escuela más moderna no las vaya a traer a colación. Pese a todo, la misma teoría del Coronel era engañosa. La única persona que quizá hubiera podido ejercer algún tipo de influencia sobre los socios era la hermosa hija del “viejo Folinsbee”, de Poverty Fiat, cuya hospitalaria casa —que hacía gala de algunas comodidades y refinamientos insólitos en aquella rústica civilización — era visitada con frecuencia por York y Scott. De todos modos, York entró a grandes zancadas en aquella deliciosa morada cierto amanecer, un mes después de la pelea, y, viendo allí sentado a Scott, se volvió hacia la bella dueña de la casa con la súbita pregunta:
       —¿Está enamorada de este hombre?
       La muchacha así interrogada contestó a esta pregunta de un modo al mismo tiempo espiritual y evasivo —reacción muy parecida a la que hubieran tenido cualquiera de mis lectoras en semejante aprieto—. Sin añadir una sola palabra, York salió de la casa. “Miss Jo” lanzó el suspiro más suave posible cuando se cerró la puerta tras los cuadrados hombros de York y luego, con el aire de una buena muchacha, se volvió hacia su ofendido huésped.
       —Pero..., ¿lo creerás, querida? —le contó poco después a una íntima amiga—. El otro animal, después de haberme mirado lleno de indignación durante un momento, se levantó sobre sus patas traseras, cogió el sombrero y se fue también; y ésa fue la última vez que los vi a los dos.
       Cegados por el rencor, lo hacían todo con la misma dura indiferencia por otros intereses o sentimientos. Cuando York adquirió las tierras al pie del nuevo yacimiento de Scott, obligándolo a tender alrededor un canal muy costoso para los desechos, este se vengó construyendo una presa que inundaba el yacimiento del río de aquel. Fue Scott, junto con el coronel Starbottle, el que empezó a organizar activamente la oposición a los chinos, que terminó con la expulsión de la mano de obra mongola de York; fue este el que construyó el camino para los carros y estableció la vía rápida que dejó anticuadas las reatas de mulas de transporte de Scott; fue este el que organizó la junta de vigilancia que expatrió a Jack Hamlin, amigo de York; fue este el que fundó el Sandy Bar Herald, que tildó el acto de “delito ignominioso” y a Scott, de “rufián de frontera”; fue este el que, a la cabeza de veinte hombres enmascarados, una noche de luna arrojó los ofensivos “moldes” a las aguas amarillas del río y esparció los tipos al polvo de la carretera. En las ciudades de los alrededores, más civilizadas, todo esto se veía desde lejos y se interpretaba como signos de progreso y vitalidad. Tengo conmigo un ejemplar del Poverty Flat Pioneer de la semana que terminó el 12 de agosto de 1856, en el que el director, bajo el titular “Mejoras del país”, dice:

En Sandy Bar ha concluido la construcción de la nueva iglesia presbiteriana de la calle C. Se ha levantado en los solares de lo que fuera el saloon Magnolia, destruido el mes pasado por un incendio misterioso. El templo que resurge ahora como el ave Fénix de las cenizas del Magnolia es prácticamente un regalo de H. J. York, caballero de Sandy Bar, que adquirió el solar y donó la madera. Se están levantado otros edificios en las cercanías, pero el más destacable es el saloon Sunny South, construido por el capitán Mat. Scott prácticamente enfrente de la iglesia. El capitán Scott no ha reparado en gastos en el mobiliario del local, que promete convertirse en uno de los lugares de ocio más agradables del viejo Tuolumne. Recientemente ha importado dos mesas nuevas de billar de primera categoría, con las bandas de corcho. Servirá las bebidas en el bar nuestro buen amigo Jimmy Montaña. Remitimos a nuestros lectores a los anuncios de la columna correspondiente. Quien vaya de visita a Sandy Bar no encontrará nada mejor que hacer que ir a ver a Jimmy.

      En la sección de sucesos locales se da cuenta de lo siguiente:

H. J. York, caballero de Sandy Bar, ofrece una recompensa de cien dólares por los que se llevaron los escalones de la nueva iglesia presbiteriana de la calle C de Sandy Bar durante el servicio divino del último festivo por la noche. El capitán Scott añade otros cien por los sinvergüenzas que rompieron los cristales de las magníficas ventanas del nuevo saloon la noche siguiente. Se habla de reorganizar la antigua junta de vigilancia de Sandy Bar.

      Cuando, después de muchos meses de tiempo diáfano, el feroz e implacable sol de Sandy Bar descendió regularmente sobre la permanente ira de aquellos hombres se habló de una tregua. Personalmente, el reverendo de la iglesia que cité antes —un hombre honesto, emprendedor, pero tal vez de pocos alcances— aprovechó tan ricamente la oportunidad que le ofrecía la largueza de York para intentar la reconciliación de los ex socios. Predicó un serio sermón sobre el pecado abstracto de la desunión y el rencor. Sin embargo, los perfectos sermones del reverendo Daws iban dirigidos a una comunidad ideal que no existía en Sandy Bar, a una congregación de seres de modestos vicios y virtudes, de impulsos limpios y de móviles perfectamente explicables, de preternatural sencillez, creencias infantiles y responsabilidades de adultos. Como, desgraciadamente, la gente que concurría a la iglesia del señor Daws era, antes que nada, muy humana, algo retorcida, más dada a la disculpa que a la acusación en lo referente a sus propias faltas, bastante alegre y francamente débil, se desembarazó sin más de la parte del sermón que les concernía, y aceptando a York y Scott —allí presentes, con aire desafiante— como pintorescos prototipos de los seres ideales antes referidos, experimentó cierta satisfacción que, mucho me temo, no era del todo cristiana, viendo cómo los “desollaban“. Si el reverendo Daws hubiera pensado que, terminado el sermón, York y Scott se iban a dar la mano, quedó decepcionado. Pero no desistió. Con la tranquila valentía y decisión que le había ganado el respeto de los hombres, muy dispuestos a relacionar la piedad con el afeminamiento, atacó a Scott en su propia casa. No se sabe qué le dijo, pero cabe temer que fue una parte del sermón. Al terminar, Scott le miró sin malevolencia por encima de los vidrios de su reja y le dijo con mucha menos irreverencia de lo que hacían pensar sus palabras:
       —Joven, me gusta bastante su estilo. Sin embargo, cuando nos conozca a York y a mí tanto como a Dios Todopoderoso, le llegará el momento de hablar.
       De ese modo la enemistad fue aumentando, y, como en casos más notorios, la enemistad privada y personal de dos hombres representativos llevó poco a poco a la evolución de algún principio o creencia tosco y expresado a medias. En seguida resultó evidente que esas creencias estaban confundidas con ciertos elásticos principios expuestos por los fundadores de la Constitución americana, tal y como fueron presentados por el estadista A; o bien se trataba de las fatales arenas movedizas en que podía hundirse la nave del Estado, como apuntó con tono de advertencia el elocuente B. El resultado práctico de todo esto fue la designación de York y Scott como representantes de las facciones opuestas de Sandy Bar en los Consejos legislativos.
       Durante algunas semanas, los electores de Sandy Bar y campamentos adyacentes habían sido llamados con grandes proclamas a “REUNIRSE“. En vano los grandes pinos de las encrucijadas —cuyos troncos no tenían más remedio que ostentar éstas y otras leyendas— lloraron y protestaron desde sus cimbreantes torres. Pero un buen día, con pífanos, tambores y antorchas una procesión penetró en el bosquecillo triangular de la entrada a la cañada. Inició el acto el Coronel Starbottle, que habiendo desempeñado en otro tiempo funciones legislativas y conocido vagamente como “veterano“, se le consideraba como valioso partidario de York. Starbottle formuló una exhortación en favor de su amigo con una declaración de principios, matizada con dos anécdotas tan inadmisiblemente vulgares que incluso los pinos estuvieron tentados con bombardearle con piñas. Pero hizo reír, y esto dio popularidad a su candidato, y cuando York se levantó para hablar fue acogido con vítores. Sin embargo, ante el estupor general, el nuevo orador se lanzó inmediatamente a un violento ataque contra su rival. No solamente se ocupó ampliamente de los actos y ejemplo de Scott, cosas que la gente de Sandy Bar ya conocía, sino que también hizo referencia a hechos vinculados a su carrera anterior, ignorados hasta entonces por los oyentes. Con gran exactitud de adjetivos y claridad en la exposición, el orador añadió el encanto que lleva consigo cualquier revelación y descubrimiento. La muchedumbre aplaudió, vociferó y se mostró fascinada; pero al terminar aquella curiosa filípica, hubo un unánime clamor por “¡Scott!“. El Coronel Starbottle trató de evitar esta evidente falta de decoro, aunque sin éxito. Debido en parte a un elemental sentimiento de justicia, en parte motivado por un ansia menos espiritual de excitación, la asamblea se mostró inflexible, y Scott fue arrastrado, empujado y subido a la tribuna.
       Cuando su despeinada cabeza y descuidada barba surgieron sobre la balaustrada, resultó evidente que estaba borracho. Pero también resultó evidente, antes de que abriera los labios, que el orador de Sandy Bar, el único hombre capaz de conmover las inestables simpatías de aquella gente (tal vez porque se dirigía a ella sin ningún escrúpulo) estaba parado ante ellos. La conciencia de ese poder, conferido por aquella apasionada circunstancia, daba cierta dignidad a su porte, y posiblemente hasta su estado físico les pareció una especie de condescendencia real, inflexible y generosa. En cualquier caso, cuando este inesperado Héctor surgió de la hondonada los partidarios de York temblaron.
       —Todo lo que ha dicho ese hombre, caballeros, es cierto hasta la última palabra —dijo Scott inclinándose por encima de la balaustrada—. Me echaron de El Cairo, figuro entre los reguladores, soy desertor del Ejército, abandoné a mi mujer en Kansas. No obstante, hay un cargo que no me hizo y tal vez lo haya olvidado: ¡Durante tres años, caballeros, fui su socio!
       Ignoro si Scott tenía intención de decir algo más: una explosión de aplausos redondeó y reforzó artísticamente la culminación, y fue la virtual elección del orador. En ese otoño, Scott se fue a Sacramento, y, por primera vez en muchos años, la lejanía y un nuevo ambiente aislaron a los antiguos antagonistas.


      Poca transformación se dio en el verde bosque, en la gris roca y en el amarillo río, pero mucha en los mojones humanos y nuevas caras en sus moradas, durante los tres años que transcurrieron para Sandy Bar. Los dos hombres, en otro tiempo tan identificados con el carácter de aquel pueblo, parecían totalmente olvidados.
       —Usted nunca volverá a Sandy Bar —dijo miss Folinsbee, la “Lila de Poverty Fiat“, al encontrarse con York, en París— porque Sandy Bar ya no existe. Ahora lo llaman Riverside, y el nuevo pueblo está construido a mayor altura sobre la orilla del río. Además, “Jo“ dice que Scott ha ganado su pleito por la “Pertenencia de la Amistad“ y que vive en la vieja cabaña y que pasa la mitad del tiempo borracho. Oh, perdone usted —añadió la vivaracha dama, al ver como las pálidas mejillas de York enrojecían—. Sin embargo, yo suponía realmente que esa vieja enemistad había desaparecido. Creo sinceramente que así tendría que ser.
       Tres meses después de esta conversación, y en una agradable noche de verano, la diligencia de Poverty Fiat se detuvo ante la galería del Hotel Unión de Sandy Bar. Uno de sus pasajeros, probablemente forastero, a juzgar por su elegante indumentaria y rostro cuidadosamente afeitado, pidió un cuarto privado y se retiró pronto a descansar. Pero a la mañana siguiente se levantó antes del alba y, sacando alguna ropa de su saco de noche, se puso un par de pantalones blancos de dril, una chaqueta blanca y un sombrero de paja. Terminada su toilette, hizo un lazo con un pañuelo rojo y se lo echó desdeñosamente sobre los hombros. La transformación así operada era total. Cuando bajó silenciosamente las escaleras y avanzó por la carretera, nadie habría reconocido en él al elegante forastero de la noche anterior, y muy pocos hubieran identificado el rostro y figura de Henry York, de Sandy Bar.
       A la incierta luz de aquella temprana hora, y dada la transformación operada en la localidad, York tuvo que hacer un alto para recordar dónde estaba. El Sandy Bar de su memoria se encontraba más allá, más próximo al río; los edificios que lo rodeaban eran de fecha posterior y modelo más reciente. Mientras caminaba a grandes zancadas hacia el río, advirtió que aquí había una escuela y que allá había una iglesia. Un poco más lejos apareció el “Sunny South“, convertido en restaurante, desaparecido su dorado y raspada su pintura. Ahora sí sabía dónde estaba y, bajando ágilmente en declive, York cruzó una zanja y se detuvo ante el límite de la “Pertenencia de la Amistad“.
       La niebla gris ascendía lentamente del río, aferrándose a las copas de los árboles y subiendo por la ladera de la montaña, hasta ser atrapada por aquellos rocosos altares, ofreciendo un holocausto al sol ascendente. A sus pies, la tierra, cruelmente acuchillada y desgarrada por sus olvidadas máquinas, ponía una nota de verdor de vez en cuando y sonreía a York como perdonándolo, como si, después de todo, las cosas no fueran tan malas. Algunos pájaros se bañaban en la zanja, con una grata insinuación de que aquello era una nueva y especial medida de la naturaleza, y una liebre escapó al aproximarse York a una acequia invertida, como si ésta se hallase allí con ese fin.
       York no se había atrevido a mirar en determinada dirección. Sin embargo, el sol estaba lo suficientemente alto como para dibujar la pequeña loma donde se hallaba la cabaña. A pesar del dominio de sí mismo, el corazón de York empezó a latir con más fuerza al levantar los ojos hacia ella. Su puerta y ventana estaban cerradas; de la chimenea de adobes no salía humo, aunque, por lo demás, no había sufrido cambios. Al acercarse a unos pocos metros, York recogió una pala rota y, después de echársela al hombro con una sonrisa, avanzó a grandes zancadas hacia la puerta y llamó con los nudillos. No contestó nadie. La sonrisa murió en sus labios, mientras abría nerviosamente la puerta de un empujón.
       Una figura se sobresaltó coléricamente y avanzó hacia él; una figura cuyos ojos inyectados en sangre se concentraron, repentinamente, en una mirada fija, cuyos brazos se tendieron primero y se alzaron después con gestos de advertencia; una figura que profirió un grito entrecortado, tuvo un espasmo y luego se desplomó hacia adelante en un acceso.
       Pero antes de tocar el suelo, York le había arrastrado al aire libre y al sol. Durante la lucha, los dos cayeron y rodaron por el suelo. Sin embargo, un momento después York estaba sentado y sostenía el conmocionado cuerpo de su antiguo socio sobre su rodilla y le sacaba la espuma de los labios inmóviles. Poco a poco el temblor fue decreciendo y cesó al fin, y el hombre fuerte quedó inconsciente en sus brazos.
       Durante unos instantes, York lo retuvo así, serenamente, mirándole el rostro. En la distancia, sólo se oían, en la paz y quietud del paisaje, los hachazos de un leñador, el simple fantasma de un sonido. En lo alto de la montaña, un gavilán que giraba por los aires se colocó sobre ellos sin aliento. Luego se oyeron voces y se acercaron dos hombres.
       —¿Una pelea?
       No. Aquello era un ataque. ¿Le ayudarían ellos a trasladar al hotel al enfermo?
       Y allí, durante una semana, se quedó éste, sin otra conciencia que la de las visiones que el miedo y la enfermedad habían desencadenado. El octavo día, al amanecer, volvió en sí y, abriendo los ojos, miró a York y le apretó la mano. Luego dijo:
       —Y eres tú. Yo que creí que sólo era el whisky.
       York replicó cogiéndole las dos manos, tirando juguetonamente de ellas hacia atrás y hacia adelante, mientras seguía acodado sobre la cama, con grata sonrisa.
       —Así que has estado en el extranjero. ¿Te gustó París?
       —Regular. Y a ti ¿te gustó Sacramento?
       —Estupendo.
       Y eso fue lo único que se les ocurrió decir. Después, Scott volvió a abrir los ojos.
       —Estoy muy débil.
       —Enseguida te pondrás mejor.
       —No mucho.
       Guardaron silencio un largo rato; se oía el ruido del leñador y Sandy Bar empezaba el día. Entonces, lentamente, con dificultad, Scott se volvió a mirar a York y dijo:
       —Podía haberte matado una vez.
       —Ojalá lo hubieras hecho.
       Se dieron la mano otra vez, pero a Scott le fallaban las fuerzas. Pareció que reunía energías para hacer un gran esfuerzo.
       —¡Muchacho!
       —¡Chico!
       —Acércate más.
       York acercó la cara al rostro que se desdibujaba.
       —¿Te fastidió aquella mañana?
       —Sí.
       Un brillo risueño asomó a los ojos azules de Scott cuando susurró:
       —Muchacho, aquel pan tenía demasiado bicarbonato.
       Dicen que estas fueron sus últimas palabras. Y cuando el sol, que tantas veces se había puesto sobre la ira de estos dos necios, volvió a verlos reunidos, la mano de Scott resbaló, fría e inerte, entre las de su antiguo socio y supo que la enemistad de Sandy Bar había terminado.




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