Francis Bret Harte
(Albany, New York, 1836 - Surrey, Inglaterra, 1902)


La tarjeta comercial de Dick Boyle (1901)
(“Dick Boyle’s Business Card”)
Originalmente publicado en el New York Sun (14 y 21 de julio de 1901)
Trent's Trust, and Other Stories
(Boston: Houghton, Mifflin and Company, 1903, 264 págs.), págs. 231-264



      Pine Barrens, que enlazaba con ella, con los pasajeros que debían transbordar, traía mucho retraso. Toda la estación se mantenía a la espera e inquieta. Incluso las bromas de Dick Boyle, viajante comercial de Chicago y el único pasajero por el momento, que habían distraído a los reunidos, ya no producían efecto, si bien el optimismo del chistoso seguía intacto. Los mozos habían regresado a los establos y el jefe de la estación y el cochero de la diligencia limitaban su conversación a impacientes monosílabos, como si cada uno considerase al otro culpable del retraso.
       Un solitario indio, embozado en la manta que le había proporcionado un agente del Gobierno y cubierto con un alto sombrero, desechado por algún blanco, se acurrucaba junto a la pared de la estación con la mirada perdida en el vacío. La estación en sí, un largo edificio de madera, con todos sus departamentos para hombres y animales reunidos bajo un techo corrido como el de un cobertizo, no ofrecía cosa alguna digna de atención. Y mucho menos el paisaje: por un lado, dos millas de árida llanura, hasta los corpulentos y espaciados pinos de la lejanía, una zona conocida por los Páramos; por otro, un desierto casi ilimitado, moteado por algunas manchas de oscura maleza, semejantes a residuos de apagadas hogueras.
       Dick Boyle se acercó al inmóvil indio, estudiándolo como a una posible distracción.
       —No parece importarle gran cosa si hay o no escuela —dijo—, ¿no es cierto, Lo?
       El indio, que estaba en cuclillas, se puso en pie con un movimiento ágil, igual al de un felino. Boyle tomó una punta de su manta para examinarla con mirada crítica.
       —No es que el Gobierno te abrume con mercancías de primera calidad, Lo. Calculo que el agente te cobró cuatro dólares por ésta. Nuestra compañía te la hubiera vendido por dos treinta y siete, regalándote, además, como prima, una caja de cuentas. Algo así.
       Sacó del bolsillo una cajita que contenía un vistoso collar para mostrársela al indio.
       El salvaje, que le había escuchado con la tolerante indiferencia de alguien a quien molestan los juegos de un animal de orden inferior, cambió súbitamente) de expresión. Una avidez infantil le encendió el lúgubre semblante y extendió la mano hacia la baratija.
       —¡Quieto ahí! —advirtió Boyle, no muy decidido. Pero, de pronto, cambió de parecer—. Bueno, quédatelo, y además, esto.
       Sacó del bolsillo una tarjeta comercial que le metió al indio en la cinta del sucio sombrero.
       —Guárdala. Se la enseñas a tus amigos, y cuando necesitéis algo de nuestro ramo...
       La carcajada que, desde el pescante de la diligencia, le interrumpió, era, probablemente, lo que Boyle estaba esperando, ya que se apartó del indio para acercarse al carruaje.
       —Está bien, muchacho. Ya he recompensado al noble piel roja y la estrella de nuestro imperio comercial inicia su carrera hacia el oeste. Imagino que nuestra compañía va a hacer con, los indios el negocio del Gran Manitú, a mitad de precio de lo que ofrecen en Washington.
       En aquel momento los mozos salieron del establo a toda prisa.
       —Ahí viene —dijo uno—. Mire aquel polvo que se levanta detrás de Pino Solitario y, por el modo como corre, creo que viene volando.
       —Seguro —convino el agente de Correos, encaramándose en lo alto del coche para ver mejor—. Pero que me cuelguen como a un cuatrero si trae algún pasajero. Apuesto a que hemos esperado en balde.
       Era cierto. Cuando los caballos del vehículo que se aproximaba salieron de la nube de polvo que les envolvía, pudieron distinguir al solitario cochero azuzándolos desde el pescante. Poco después, el carruaje se detuvo en un extremo de la estación.
       —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el agente de Correos.
       —Nada de particular —respondió uno de los mozos—. Que ha habido pánico por la presencia de indios en los Páramos. Parece que estaban bailando la danza de los espíritus o algo así, y los viajeros, asustados, han tomado otro camino. Sólo uno ha tenido valor para venir. Y, por cierto, es una mujer.
       —¿Una mujer? —repitió Boyle.
       —Sí —explicó el cochero, sin apartar la vista de la muchacha, alta y elegante que rechazaba la cortés ayuda del jefe de estación para bajar por sí sola del coche—. Una mujer. Y es nada menos que la hija del comandante del fuerte. Ya podéis apostar que tiene buena madera, es una rama del mismo tronco. Y esto significa, mi joven amigo, que debe usted cederle el mejor asiento. Miss Julie Cantire no viaja en mi coche si no se le hace ese honor.
       La muchacha se dirigía ya, en línea recta y muy erguida, hacia la diligencia. Tenía un andar firme y decidido. Iba bien vestida, con guantes y botitas, guardapolvo para el viaje y una cenicienta capa de merino, todo ello impregnado por el inconfundible sabor de la distinción. Su nariz era aquilina v un poco grande, lo que hacía que su linda boca resultase más pequeña; los ojos grises, con un amarillento reflejo en sus profundidades; las cejas, finas y bien dibujadas; los rizos del pelo, castaños. Estos rasgos le parecieron a Boyle los de un delicioso cuadro, que enmarcase el velo gris plata que lucía en el cuello y se anudaba bajo su ovalada barbilla. Sus sobrios tonos evocaron en la imaginación de Boyle una sinfonía, incluso en medio del polvo que les rodeaba. La impresión que él le producía a ella no resultaba tan clara. La muchacha le miró por encima, pues Boyle era más bien bajo, o a través de él, ya que, además, era poco sólido. Luego, sus ojos se detuvieron con franca satisfacción en el cochero.
       —Buenos días, mister Foster —saludó sonriendo. —Buenos días, señorita. Ya me he enterado de que los indios sembraron el pánico en los Páramos. Y supongo que a los hombres va a caérseles la cara de vergüenza al recibir esta lección de una señora.
       —Me parece que no creyeron que iba a atreverme a venir. A algunos les acompañaban sus mujeres. Además, son gente del este, que no conoce a los indios tan bien como nosotros, mister Foster.
       El cochero se sonrojó de satisfacción al sentirse incluido en aquel “nosotros”.
       —Sí, señorita. Creo que como vieran al viejo “Manta Piojosa” que allí tenemos —dijo, señalando al indio que se alejaba, muy digno, de la estación, les entraría tal miedo, que hasta perderían las botas. Y eso que lleva en el sombrero la tarjeta comercial de este caballero, mister Dick Boyle, representante de la gran casa Fletcher y Compañía, de Chicago. Así que creo que si alguien va a perder el cuero cabelludo van a ser los indios. Miss Cantire escuchó la presentación y el chiste con frialdad cortés y subió ágilmente a su asiento, mientras trasladaban a la diligencia los sacos del correo y un considerable equipaje, que, sin duda, pertenecía a los pasajeros fugitivos. De no encontrarse allí la hermosa viajera, el cochero hubiese manifestado, en grosero lenguaje, su convicción de que a su vehículo lo tomaban por una maldita carreta de mercancías; pero, dadas las circunstancias, se limitó a hacer una mueca, empuñó las riendas y chasqueó el látigo. El coche partió en medio del polvo que al instante se levantó a su alrededor y quedó convertido en una nube conforme se perdía en la distancia.
       El polvo de la diligencia también envolvió por un instante al indio, que avanzaba impávido por el camino marcado por las ruedas; pero, en seguida, el salvaje se desvió, y alargó el paso emprendiendo el trote peculiar, lento y acompasado, de su raza. Manteniéndolo, alcanzó al cabo de una hora una línea de peñascos y arbustos que se veía desde el camino, a causa de los altibajos de la llanura, aparentemente uniforme. Se deslizó entre ellos hasta desaparecer. La nube de polvo que delataba la posición de la diligencia también había desaparecido de los confines del horizonte visible.
       Los riscos por entre los cuales se fue deslizando el indio constituían el muro protector de una hondonada que no se veía desde la llanura, si bien la seguía varias millas entre una maraña de árboles y maleza, refugio natural de los lobos, coyotes y algunos osos, cuyas pisadas, casi humanas, podían llegar a engañar a un novato. Sin embargo, estos rastros no entretuvieron al indio en su carrera, que sólo interrumpía de vez en cuando para examinar otras pisadas más frecuentes, las huellas leves y de dedos encogidos que señalan el paso de pies calzados con mocasines.
       Conforme el indio avanzaba, la espesura se iba haciendo más tupida e impenetrable. La oscuridad que allí reinaba se veía ahora animada por otras formas que también se movían, formas vagamente perceptibles, tan inciertas y difusas como el follaje iluminado por el sol que el viento agitaba y que, pese a todo, tenían cierto aire de figuras humanas.
       Al cabo de un rato, el indio se mezcló con los demás componentes del sombrío desfile, el cual, visto de cerca, resultaba una hilera de guerreros, unos detrás de otros, sosteniendo todos el mismo trote infatigable. Los árboles y la maleza parecían llenos de ellos, todos avanzando tras el primero en dirección paralela a la que llevaba la diligencia. De vez en cuando se divisaba en algún claro un rostro humano pintarrajeado de colores, un penacho de plumas, las alegres franjas de una manta, pero nada más. Y, sin embargo, a unos centenares de pasos se extendía la llanura, sombría y silenciosa, privada de todo sonido y movimiento.
       Mientras, la diligencia de Sage Wood y Pine Barrens, ajena, igual que todos los inventos humanos, a cuanto no fuese su regular funcionamiento, abandonaba la altiplanicie para iniciar el grato descenso de un cañón sombreado por tupidos árboles que venían a unirse a la hondonada antes descrita, por la que el siniestro desfile avanzaba despacio, a una milla escasa de la diligencia, a un lado de sus flancos, y a sus espaldas.
       Miss Cantire, que había desafiado sin siquiera pestañear la polvareda de la llanura, como corresponde a la hija de un soldado, se puso entonces de pie para sacudirse la ropa, haciendo que su linda cabeza y su hermoso cuerpo emergiesen de una nube plateada cual la figura de una diosa. Por lo menos así se lo pareció a Boyle, al que habían relegado al asiento trasero, sin que le ofendiese que ella reservara su conversación y sus atenciones al cochero y el agente de Correos. Cuando en una ocasión él hizo un comentario trivial, lo había recibido con tan fría cortesía que Boyle desistió de todo intento de acercarse a ella, aunque no por eso perdiera el optimismo ni alimentase el más mínimo rencor por el evidente regocijo con que sus dos compañeros de viaje acogían su fracaso.
       Es posible, sin embargo, que Julie tuviera ciertos prejuicios sociales, y que pensara que un agente de comercio no era para la hija de un mayor una compañía más apropiada que un vulgar buhonero. Pero aún era más probable que la reputación de Boyle como amigo divertido en una reunión de hombres fuese incompatible con su idea de lo varonil. Puede ocurrir, en efecto, que el que mueve a risa a toda una asamblea sea detestado por las mujeres, sin contar las demás razones evidentes por las cuales a las Julietas no les agradan los Mercuccios.
       Por alguna de estas causas Dick Boyle, confinado en el asiento trasero, se vio obligado a distraerse a solas con las finas dotes de observación que la naturaleza le había concedido. Al entrar en el cañón advirtió la enorme vuelta que el coche debía dar antes de alcanzarlo y ya había descubierto un camino mejor que penetraba en la hondonada, por el mismo lugar en que, sin él saberlo, se había introducido el indio. En su imaginación había proyectado un camino que, cruzando aquella selva, acortase el trayecto en varias millas. Echando sus cuentas, comprobó que resultaba ventajoso. Pero, en este momento, el coche iniciaba ya la subida de la ladera opuesta del cañón, empinada y difícil.
       Apenas había empezado a subir, cuando el vehículo se detuvo. Dick Boyle miró hacia atrás. Julie Cantire se apeaba, tras manifestar su deseo de hacer la subida a pie y de que el coche la esperase al final de la cuesta. Foster le advirtió con deferencia que fuese despacio, ya que nadie tenía prisa. Boyle contempló bastante emocionado su preciosa silueta, libre ahora de la forzada postura a que la obligaba el asiento del coche, surgiendo y desapareciendo entre los árboles que bordeaban el camino. Le hubiera gustado acompañarla en su paseo por el bosque, pero ni siquiera su natural optimismo le ocultaba la indiferencia que ella le mostraba.
       En una revuelta del camino dejaron de verla y mientras el cochero y el agente de Correos discutían acerca de si el coche iba o no por donde debía, Boyle reanudó su silencioso estudió del paisaje. De repente profirió una leve exclamación y saltó del carruaje. Su acción no pasó inadvertida al cochero, quien al punto pisó el freno y tiró de las riendas.
       —¿Qué ocurre ahora? —gruñó.
       Boyle no le respondió. Retrocedió unos pasos a toda prisa y se puso a explorar! el suelo atentamente.
       —¿Ha perdido algo? —indagó Foster.
       —He encontrado algo —corrigió Boyle, recogiendo un pequeño objeto—. Miren esto. Que me cuelguen, como dicen ustedes, si no es la tarjeta que le di al indio de la estación hace unas cuatro horas.
       Y les mostró la tarjeta.
       —Mire, hijo, si lo que quiere usted es apearse para pasear con miss Cantire, ¿por qué no lo dice de una vez? No creerá que vamos a tragarnos ese cuento.
       —Es cierto —insistió Boyle, angustiado—. Es la misma tarjeta que le prendí en el sombrero. Aquí está la huella de grasa, en esta esquina. ¿Cómo diablos habrá llegado aquí?
       —Será mejor que se lo pregunte a él, si es que anda por estos parajes.
       —Mire, Foster, no me gusta esto, miss Cantire se halla sola y...
       Una carcajada de Foster y del agente le interrumpieron.
       —Vaya —opinó Foster—. Es una bonita excusa. No la desaproveche. Cuéntesela a ella. Explíquele que los indios están en pie de guerra, que el sanguinario “Manta Piojosa” ha desenterrado el hacha y que usted va a derramar hasta la última gota de su sangre para defenderla. Eso la conmoverá, sobre todo después de que se ha mostrado tan poco amable con usted. ¡Ande, vaya a contárselo!
       Por un momento pensó en seguir la maliciosa sugerencia de Foster y revelar su descubrimiento a miss Cantire. Boyle era totalmente capaz de inventar una divertida historia sobre el asunto que fuera. A cualquier otra muchacha la hubiese entretenido con su relato, pero a ésta no quiso imponerle su compañía. Dudaba de si el descubrimiento que había hecho se podía tomar a broma, y si la cosa no iba en serio, ¿para qué alarmarla?
       Por si acaso, decidió quedarse en el camino a prudencial distancia de la muchacha hasta que ésta volviese al coche. No podía encontrarse muy lejos. Una vez decidido, siguió al vehículo, deteniéndose sólo de vez en cuando para mirar atrás.
       Mientras, la diligencia continuaba el fatigoso ascenso, que hacía más difícil a causa del raro nerviosismo de los caballos, en tanto que, a fuerza de mucho trabajo y de muchos improperios, el conductor conseguía obligarlos a no desviarse del camino habitual.
       —Pero, ¿qué les pasará a estos pencos? —exclamó Foster, colérico, tirando de las riendas hasta lograr que el guía volviese a la senda.
       —Parece como si olieran algo raro, un oso o “mustangs” —sugirió el agente de Correos.
       —¿”Mustangs”? —repitió Foster con ironía.
       —Desde luego, los “mustangs” excitan a un caballo lo mismo que los potros salvajes.
       —¿Dónde están los “mustangs” de que me hablas? —indagó Foster sin dar crédito a su acompañante.
       —No lo sé —respondió éste simplemente.
       En aquel instante los caballos se asustaron a causa de algo que había en la espesura, con tanta violencia, que el coche se desvió hacia la izquierda del camino. Por fortuna, el terreno era bastante bueno, de modo que Foster les dejó seguir su inclinación, seguro de que podría hacerlos volver a la senda en cuanto se lo propusiera. Tardó unos instantes en poder dominar completamente a los asustados animales. Después, conforme se calmaba su nerviosismo y se iban alejando de la espesura, y al comprobar que el sendero por donde caminaban era menos inclinado, aunque con más curvas que el camino habitual, decidió seguirlo hasta alcanzar la cima, donde volvería al otro para esperar a sus pasajeros.
       Una vez alcanzaron su meta, los dos se pusieron de pie en el pescante y, con una inquietud que tanto uno como otro intentaban disimular, volvieron la vista al cañón, tratando de descubrir a sus retrasados viajeros.
       —Confío que miss Cantire no salga de estampida por un susto como el nuestro —dijo con voz vacilante el agente de Correos.
       —Ella no es de esa clase. Tiene demasiado temple y experiencia para hacer una cosa así, a menos que ese vendedor le haya ido con el cuento de la tarjeta.
       Esas fueron las últimas palabras que pronunciaron aquellos hombres. Dos disparos de rifle restallaron en los matorrales que bordeaban el camino, dos disparos hechos con tanta precisión, que los dos hombres, mortalmente heridos, se desplomaron, quedando colgados unos segundos de la tabla del pescante para caer luego sobre las grupas de los caballos. Tampoco aquí quedaron mucho rato. En breves instantes, media docena de figuras siniestras se apoderaron de ellos, desengancharon las cabalgaduras y los ocultaron entre la espesura.
       Otra media docena, seguida de toda una docena de sombras, se precipitaron sobre el coche, invadiéndolo por dentro y por fuera. Otras muchas fueron llegando hasta que todo el vehículo quedó ocupado, cubierto y oculto bajo aquel enjambre, oscilando y moviéndose bajo su peso cual una desvalida res atacada por una manada de lobos. Y, a pesar de todo, cuando aquella muchedumbre estaba en el apogeo de su actividad, se dispersó de improviso, obedeciendo a una misteriosa señal. Desapareció por completo, dejando el coche vacío, desprovisto de cuanto le había dado vida, peso, animación y sentido, cual un esqueleto abandonado al borde de un camino.
       El viento de la tarde penetraba por las abiertas puertas del vehículo y jugaba con la carrocería como si fuese un despojo de varias semanas y no de varios minutos. Los rayos horizontales del sol poniente relampagueaban en las ventanas como si el fuego quisiese contribuir a la ruina. Pero incluso esto desapareció pronto, reduciendo al abandonado carruaje a un espectro, rígido e inerte, del inmenso llano.
       Una hora más tarde se oyó un retumbar de cascos de caballo y el crujir de atalajes; un escuadrón de caballería avanzaba por la llanura hacia el abandonado coche. Por un momento, lo rodearon igual que lo hicieron las otras sombras. También las de ahora exploraban los matorrales y los árboles que bordeaban el camino. Y, enseguida, obedeciendo a una orden, partieron decididas sobre el rastro de las sombras destructoras.
       Miss Cantire aprovechó el consejo de no apresurarse en su paseo. En la espesura recogió flores y bayas silvestres y estuvo contemplando nidos de pájaros con sana curiosidad juvenil, e incluso aprovechó la ocasión para arreglarse el cabello con algo que sacó de un bolso que llevaba colgado del cinturón. Pasaron unos veinte minutos antes de que volviera al camino. La diligencia había desaparecido en una revuelta de la larga y serpenteante cuesta, pero a pocos pasos de ella estaba aquel hombre horrible, el viajante de Chicago. Aunque no era vanidosa, no dudó un momento de que la estaba esperando. No había modo de librarse de él; aunque su compañía iba a resultar muy breve. Julie comenzó a andar sin disimular su prisa.
       Boyle, cuya preocupación por la muchacha había experimentado un considerable alivio al volver a verla, se puso también en marcha sin mirar hacia atrás. Julie no esperaba esa reacción. Como él iba delante, quedó en la ridícula postura de estarle persiguiendo. Al darse cuenta, vaciló, pero, como entonces casi le alcanzaba, consideró preferible continuar.
       —Creo que hace bien en andar de prisa, miss Cantire —dijo Boyle cuando pasó— Hace un rato que no veo el coche y supongo que nos estará esperando allá arriba.
       Esto le agradó aún menos a miss Cantire. Verse obligada a caminar junto a este hombre horrible, forzando el paso en pos de la diligencia, igual que una pareja de excursionistas que han perdido el coche, era realmente excesivo. A modo de: excusa, propuso:
       —Quizá si echara usted una carrerita y les explicase que voy tan deprisa como puedo...
       —Presentarme ante Foster sin usted equivale a jugarme la vida —respondió él riendo—. Sólo tiene usted que apresurarse un poco más.
       Pero a la joven le molestó que le diese órdenes un viajante y comenzó a retrasarse, frunciendo el ceño con aire amenazador.
       —Permítame que le lleve las flores —dijo Boyle, dándose cuenta de que a la muchacha le resultaba difícil sostener la falda y el ramillete al mismo tiempo—. ¡No! ¡No! —exclamó, horrorizada ante esta nueva muestra de confianza—. Muchas gracias, pero no vale la pena conservarlas. Las voy a tirar. ¡Allá van! —añadió, mientras las arrojaba al camino.
       Pero no había contado con el inalterable buen humor de Boyle. Aquel galante idiota se agachó para recogerlas y siguió en pos de ella.
       Julie aceleró el paso. ¡Si al menos lograra alcanzar el coche antes que él, para terminar con la escena! Porque un hombre tan ordinario, seguro que le daría el ramillete al tiempo que le dedicaba algún chiste. Volvió a caminar despacio. Se sentía cansada y no se veía el coche por ninguna parte. El viajante, muy tranquilo, iba detrás de ella, a respetuosa distancia, igual que el asistente de uno de los oficiales de su padre. Sin embargo, esto no le mejoró el humor. Se detuvo, y cuando él la alcanzó, le dijo con visible impaciencia:
       —No comprendo por qué mister Foster le envió a buscarme.
       —No fue idea suya —confesó Boyle candidamente—. Es que yo me bajé a recoger una cosa.
       —¿A recoger una cosa? —repitió ella, incrédula—. Sí, esto —le mostró la tarjeta—. Es la tarjeta de la casa que represento
       Julie sonrió con ironía.
       —Es usted muy leal a su empresa.
       —Pues sí —reconoció Boyle de buen humor—. A mi juicio, no vale la pena hacer las cosas a medias. En todo lo que hago, mantengo los ojos muy abiertos.
       Pese a sus prejuicios, Julie observó que la mirada de Boyle, aunque impertinente, era la de un hombre honrado. Mientras, Dick seguía hablando:
       —Apenas hay cosa que me pase por alto. Por ejemplo, miss Cantire, ese guardapolvo de fantasía que lleva usted no figura entre nuestros géneros ni lo tiene nadie al oeste de Chicago. Viene de Boston o de Nueva York y está hecho de encargo. Pero su sombrero, que por cierto le sienta a usted muy bien, es un artículo corriente de Dunstable, que nosotros podríamos vender en Pine Barrens a cuatro centavos y medio la pieza. Y, sin embargo, me imagino que le costó unos veinticinco en la sucursal.
       Aunque sorprenda, estos fríos cálculos sobre el valor de sus prendas no indignaron a la muchacha, como lógicamente debieran haberlo hecho. Antes bien, por alguna misteriosa razón femenina, le resultaron divertidos e interesantes. Era una bonita anécdota que contarle a sus amistades como ejemplo de la idea que de la galantería tienen los viajantes. Y también para tomarle el pelo a aquel petulante oficialillo de West-Point que acababa de incorporarse a la guarnición. Por otra parte, los cálculos del viajante eran correctos. El mayor Cantire no disponía más que de su sueldo y Julie había tenido que elegir su sombrero en un almacén del Gobierno.
       —¿Acostumbra a suministrar estos datos a todas las señoras con quienes tropieza en sus viajes? —le preguntó.
       —Pues, no —respondió Boyle—. En eso hay que andar con más tino. A la mayoría iba a sentarle mal y no conviene molestar a posibles clientes. Pero usted no es de esas.
       Julie no hizo comentarios. Le constaba que no era de esas, pero no necesitaba que aquel tipo vulgar se lo recordase. Durante un rato se adelantó a él, pero, de pronto, oyó que la llamaba. Se volvió de mal humor. Boyle estaba examinando atentamente las dos lindes del camino.
       —O nos hemos perdido o el coche ha cambiado de rumbo. Estas no son huellas recientes y, como todas llevan la misma dirección, creo que pertenecen a la diligencia que pasó anoche. No son las de la nuestra. Ya me extrañaba no haber visto aún el coche.
       —Entonces, ¿qué? —indagó Julie, impaciente.
       —Tenemos que volver hasta encontrar el rastro.
       La joven frunció las cejas y, con tono de suficiencia, propuso:
       —¿Por qué no continuamos hasta llegar arriba? Yo, desde luego, sigo.
       Al advertir la expresión preocupada del rostro de Boyle y su mirada inquieta, modificó inmediatamente el tono de la pregunta:
       —¿Por qué no seguimos por donde vamos?
       —'Porque esperan que volvamos al coche, no al final de la cuesta. Tales son las “órdenes”, y ya sabe, como hija de militar, lo que esto significa.
       Lo dijo riéndose, pero con una calma deliberada que la preocupó. Por tanto, le siguió sin rechistar, cuando él añadió:
       —Debemos retroceder para averiguar en qué sitio las huellas se apartan del camino.
       Anduvieron un rato buscando con atención el rastro del coche. Un intenso interés y una creciente confianza en las dotes de Boyle aliviaron a la muchacha su mal humor y la hicieron recobrar su naturalidad. Con juvenil afán, Julie se adelantaba ahora, examinaba el terreno y seguía alguna pista falsa con gran entusiasmo, hasta que, advirtiendo su error, volvía al camino alegremente. Y fue ella la que, al cabo de diez minutos de marcha, descubrió el verdadero rastro con un grito de triunfo.
       Boyle, que había seguido sus movimientos con tanto interés como su descubrimiento de las huellas, quedó un poco preocupado al observar los profundos surcos que hicieron los caballos en su espantada. Julie se dio cuenta del cambio que se produjo en su expresión y que diez minutos antes le hubiese pasado inadvertido. Al verle vacilar, le dijo:
       —Quizá sería mejor seguir esta pista.
       —Desde luego, es lo más seguro —convino Boyle.
       —¿Qué cree usted que puede haber sucedido? Las huellas están muy marcadas.
       Dijo esto en un tono confidencial, tan nuevo en ella como su reciente interés por Boyle.
       —Alguno de los caballos debió resbalar y han pasado al camino viejo por creerlo menos empinado —se apresuró a responder él.
       Naturalmente, Boyle no creía semejante cosa, pero sabía que, de haber ocurrido un percance serio, el coche les hubiera esperado en el camino. A continuación añadió:
       —Para nosotros, este camino también es más cómodo, aunque resulte algo más largo.
       Hubo una pausa. Julie dijo:
       —Usted lo acepta todo con buen humor, mister Boyle.
       —Es el único modo de hacer negocios. Un hombre de mi profesión debe mantener el buen humor...
       Julie se arrepintió de haberlo dicho. Sin embargo, añadió con cierta ironía:
       —Pero usted no negocia con la compañía de diligencias ni tampoco conmigo, aunque le confieso que de ahora en adelante compraré mis sombreros en su casa, a precio de subasta.
       Antes de que él pudiera contestar, las detonaciones de los disparos, aminorados por la distancia, se oyeron desde lo alto del acantilado, a cuyo pie se encontraban.
       —Ahí están —anunció Julie con impaciencia—. ¿Lo ha oído?
       Boyle alzó la cabeza hacia la distante cima para que ella no pudiese adivinar, en sus ojos, su presentimiento.
       Julie añadió muy animada.
       —Son los del coche. Lo hacen para guiarnos, ¿comprende?
       —Sí —contestó él, riendo—. Y significa que hemos de darnos prisa. Están cansados de esperar. Lo mejor será que vayamos en seguida.
       —¿Por qué no les responde con su revólver? —indagó ella.
       —Porque no tengo.
       —¿Que no tiene? Yo suponía que los caballeros que viajan como usted no se separaban de él jamás. Tal vez sea incompatible con su doctrina del buen humor.
       —Seguro, miss Cantire. Ha dado usted en el clavo.
       —¡Pues, vaya! —exclamó ella, sorprendida—. Yo tengo una “Derringer”, muy pequeña, por cierto, y la llevo en el bolso. Es un regalo del capitán Richards.
       Abriendo el bolso, mostró una bonita pistola con empuñadura de marfil. La expresión de agradable sorpresa que asomó en el rostro de mister Boyle se alteró en cuanto ella levantó el percutor y extendió el brazo hacia lo alto. Rápidamente, Boyle la sujetó.
       —No, por favor. Puede hacernos falta. Quiero decir que no oirían el disparo. Es un juguete muy útil; pero, a pesar de todo, sólo resulta eficaz de cerca.
       Se guardó la pistola mientras seguían andando. Julie se dio cuenta de su visible satisfacción cuando la sacó del bolso y su alarma cuando estuvo a punto de descargarla en vano. Julie era inteligente y sincera con aquellas personas en quienes ponía su confianza. Ahora comenzaba a confiar en el desconocido. En su rostro se dibujó una sonrisa.
       —Me parece que tiene usted miedo de algo, mister Boyle —dijo, sin levantar la vista del suelo—. ¿Qué es? ¿No estará usted también asustado a causa de los indios?
       Boyle no sentía falsa vergüenza. Con la misma franqueza qué ella, le respondió:
       —Creo que sí que lo estoy. Comprenda que no conozco a los indios tan bien como usted o como Foster.
       —Bueno, pues acepte mi palabra y la de Foster de que nada hay que temer de ellos. Por esta parte son como niños crecidos, crueles y destructores, igual que la mayoría de los niños; pero, a estas alturas, saben muy bien quiénes son los amos, y ya han pasado los tiempos en que arrancaban cabelleras a capricho. La única propensión infantil que conservan es la del robo. Pero, con todo, sólo roban lo que necesitan: caballos, armas y pólvora. Una diligencia puede ir a sitios que le están vedados a un carro de armamento o a un carromato de emigrantes. De modo que su baúl de muestras está seguro en manos de Foster.
       Boyle no creyó necesario discutir. Acaso pensaba en otra cosa.
       —Me parece que voy a contarle algo más —continuó la muchacha con cierto misterio—. Secreto por secreto. Como usted me ha confiado lo de sus negocios, voy a decirle uno del nuestro. Antes de partir de Pine Barrens, mi padre ordenó que una escolta de caballería estuviese dispuesta para salir al encuentro de la diligencia si los exploradores que andaban de observación lo creyeran necesario. Así, que, como usted ve, no está justificada mi fama de valiente.
       —Lo uno no quita lo otro —dijo Boyle, admirado— pues su padre debió de sospechar algún peligro o, de lo contrario, no hubiera tomado tal precaución.
       —¡Ah! No era por mí —se apresuró a contestar ella.
       —¿Que no era por usted?
       Julie se detuvo en seco, ruborizada y con una sonrisa de picardía.
       —¡Bueno! Después de lo que le he dicho, puedo también confiarle el resto. Me inspira usted confianza, mister Boyle —mirándole con sus ojos claros y penetrantes, siguió—: Pues bien. Se habrá dado usted cuenta de que llevamos cierta cantidad de equipaje perteneciente a los pasajeros que no han venido. En realidad, esos pasajeros no tenían equipaje ni pensaron jamás tomar la diligencia. ¿Comprende? Esos baúles tan pesados y de apariencia tan inofensiva ocultan en realidad fusiles y munición que nuestro puesto envía a Fort Taylor bajo mi custodia personal — en este punto hizo Julie una graciosa inclinación; luego, divertida ante la sorpresa de Boyle, continuó—: Como habrá comprobado, yo acompañé las cajas a la estación y las hice cargar en la diligencia con mucho menos ruido y complicaciones de las que hubieran causado un coche especial y una escolta.
       —¿Y estaban en este coche? —indagó Boyle, distraído.
       —¿Cómo que estaban? ¡Están! —rectificó miss Cantire.
       En tal caso, cuanto antes se reúna con su tesoro, tanto mejor —dijo Boyle, riendo—. Por cierto, ¿lo sabe Foster?
       —¡Naturalmente que no! ¿Imagina que se lo revelaré a alguien que no sea un forastero en estas tierras? Lo mismo que usted, sé muy bien cuándo y a quién puedo revelarle un secreto —agregó en tono de burla.
       Pese a las preocupaciones que en aquel momento pesaban sobre Boyle, no pudo por menos que quedarse profundamente sorprendido y admirado de la muchacha que le acompañaba. La candidez con que le había descubierto su secreto le parecía tan incompatible con su anterior postura de reserva, como su modo de razonar y su actitud de colegiala constituían ahora un delicioso contraste con su estatura, su aquilina nariz y su erguido porte. Como la mayoría de los hombres bajos, Boyle tenía propensión a sobrestimar las cualidades de la talla. Caminaron un rato en silencio. La subida era relativamente fácil, pero bastante tortuosa. Boyle se daba cuenta de que este nuevo rodeo les exigía un tiempo considerable antes de que alcanzaran la cima. Al fin, miss Cantire expresó su pensamiento:
       —¿Qué les habrá hecho apartarse1 del camino? Si usted no se hubiera dado cuenta del cambio de ruta, ¿cómo les hubiéramos encontrado? Pero, bueno —añadió con lógica femenina—, precisamente por eso hicieron aquellos disparos.
       Boyle recordaba muy bien que los disparos habían sonado en otra dirección. Sin embargo, prefirió no corregir sus deducciones. Aun así, dijo en tono de broma:
       —Puede que también Foster tuviera miedo a los indios.
       —A estas alturas —respondió Julie— debiera conocer mejor a los amigos, a los indios de las Reservas del Gobierno. Sin embargo, puede haber algo de cierto en lo que dice. Sepa usted —añadió riéndose— que, si bien mi vista no es tan penetrante como la suya, tengo un olfato muy fino y en una o dos ocasiones me ha parecido que olía a indios, ese olor peculiar de sus campamentos, distinto de cualquier otro, y que incluso se advierte en sus “mustangs”. Solía percibirlo cuando montaba alguno de ellos. Por mucho que lo limpiaran no había modo de quitárselo.
       —Supongo que ni la intensidad ni el grado de olor le permiten saber si los indios abrigan buenas o malas intenciones hacia usted.
       Aunque este comentario correspondía a la fama de Boyle como humorista, Julie lo acogió con una sonrisa. Por tanto, Boyle, que estaba un poco más animado, ya que hasta entonces nada había ocurrido y sabiendo próximo el final de la caminata, continuó bromeando hasta que, una hora más tarde, pusieron de nuevo los pies en la llanura.
       No se veía el coche, pero sus huellas frescas aparecían claras a lo largo del borde del precipicio en dirección a la encrucijada de la carretera, que era el camino que debieron seguir y al cual la diligencia había vuelto indudablemente. Boyle respiró aliviado. Ahora estaban relativamente seguros ante un ataque por sorpresa. Diez minutos más tarde, Julie pudo divisar, gracias a su mayor estatura, el techo del carruaje que sobresalía de entre los arbustos que rodeaban la encrucijada.
       —¿Le importaría a usted tirar esas flores? —indagó ella, contemplando los despojos que Boyle llevaba aún en la mano.
       —¿Por qué?
       —Son demasiado ridiculas. Tírelas, se lo ruego.
       —¿Puedo quedarme con una? —pidió con entonación de debilidad masculina.
       —Como guste —dijo Julie con cierta frialdad.
       Boyle eligió una ramita de mirto y arrojó las demás, obediente.
       —¡Dios mío! ¡Qué ridículo!
       —¿Qué es lo ridículo? —quiso saber Dick alzando sus ojos hasta los de ella con un ligero rubor. Pero entonces reparó en que la muchacha contemplaba la lejanía.
       —¡Vaya! Parece que la diligencia no tiene caballos.
       También él miró. En un claro entre los matorrales divisó el vehículo, completamente vacío, sin caballos y abandonado. Rápidamente buscó a su alrededor. En uno de los lados, unos peñascos les amparaban del borde del despeñadero. Por el otro, se extendía la llanura infinita.
       —Siéntese y no se mueva hasta que yo regrese —apremió él; luego le puso la pistola en la mano—. Y coja esto.
       A toda prisa se dirigió hasta la diligencia. No había error. Allí estaba el coche, abandonado, con el timón caído y las riendas cortadas, mostrando con meridiana claridad la prisa o el miedo con que habían huido. Una pisada suave a su espaldas le obligó a volverse. Era miss Cantire, sofocada y sin aliento. En la mano blandía la “Derringer” amartillada. A modo de excusa, balbuceó:
       —¡Qué locura, venir desarmado!
       Ambos contemplaron el coche, la llanura desierta y a sí mismos. Tras la penosa ascensión, el largo rodeo, la impaciencia y la curiosidad que habían experimentado, este vehículo vacío e inútil les producía tal impresión de mofa cruel como si lo hubieran dejado a propósito para que resultara más patente su desamparo, que les afectó íntimamente tanto a ella como a él. Y como yo, escritor, trato de la naturaleza humana, me veo obligado a consignar que ambos rompieron a reír, siendo ésa, momentáneamente, su única reacción.
       La señrita Cantire, tras secarse los ojos húmedos y alegres con un pañuelito, dijo débilmente:
       —¡Qué amables han sido dejándonos el coche! ¿Qué les habrá hecho salir de repente?
       Boyle no contestó. Examinaba el carruaje con mucha atención. En aquella hora y media, el polvo del llano había formado una gruesa capa sobre él y ocultado cualquier mancha que hubiera podido revelar la horrorosa verdad. Incluso las débiles pisadas de los indios, que calzaban mocasines, habían quedado borradas por el galopar de la caballería. Estas fueron las primeras que descubrió Boyle, pero las creyó hechas por los caballos de la diligencia cuando los desengancharon.
       Su compañera no cayó en el mismo error. Después de examinarlas con cuidado, alzó su rostro radiante y animado:
       —Fíjese —dijo—, nuestros hombres han estado aquí y han intervenido en el asunto, sea lo que sea lo que haya sucedido.
       —¿Nuestros hombres? —repitió Boyle, sin comprender.
       —Sí, soldados del fuerte. La escolta de que le hablé. Estas huellas son de las herraduras de reglamento en la caballería. No pertenecen al tronco de Foster, ni a “mustangs”, que jamás las usan. ¿No comprende? —insistió impaciente—. Nuestros hombres han desconfiado de algo y han acudido al galope a lo largo del acantilado. Mire —continuó, señalando las huellas de los cascos que venían del llano—, han sospechado que los indios iban a atacar y lo han puesto todo a buen recaudo.
       —Pero si fue la escolta de la que me habló, deberían saber que usted estaba aquí y, por tanto... —iba a añadir “la han abandonado”, pero se contuvo, recordando a tiempo que eran soldados de su padre.
       Adelantándose a lo que él pudiera pensar, miss Cantire dijo, con un orgullo profesional que hacía honor a su nariz aquilina y a su gallarda figura:
       —Saben que yo sé cuidarme y no iba a entretenerles en el cumplimiento de su deber. Y sabrán también, naturalmente —añadió con sonrisa desdeñosa—, que estoy protegida por un galante forastero, avalado por mister Foster. Seguro que ya está todo en regla— concluyó, con cierta ciega confianza que a Boyle le produjo un leve sobresalto, pues hasta ahora ella no había demostrado fe semejante en él—. Todo ocurre “según órdenes del alto mando”, mister Boyle, y volverán cuando hayan cumplido su misión.
       A pesar de sus palabras, el varonil sentido común de Boyle fue quizá más certero que la fe femenina y la disciplina que heredara miss Cantire, pues enseguida se dio cuenta de la triste realidad. Los indios habían estado allí primero, saquearon el carruaje y se hicieron dueños del botín y de los prisioneros. La situación era desesperada, pero, en medio de todo, le quedaba el consuelo de que la muchacha se encontraba segura. ¿Debía decirle lo que ocurría? No, era preferible dejarla que conservase su tranquila fe en la expedita solvencia de los militares y en su próximo regreso.
       —Me parece que tiene usted razón —dijo, animoso—, y demos gracias porque en el coche vacío tiene usted un sitio donde esperar cómodamente a que ellos vuelvan. Mientras tanto, voy a hacer un pequeño reconocimiento.
       —Le acompaño —dijo ella.
       Pero Boyle le hizo ver con energía que era preferible que esperase allí la vuelta de los soldados, a lo que ella, cansada también por la larga caminata, accedió en seguida. Boyle, a pesar de haberse dado cuenta de la realidad, no creía que volviesen los asaltantes y pensaba, por tanto, que la muchacha estaría segura.
       Se dirigió a los matorrales más próximos, donde suponía con razón que los indios prepararon su emboscada y a donde primero se habían retirado, sin duda, con su botín. Esperaba encontrar señales o rastros del despojo que a causa de la prisa debieron abandonar. La suerte colmó sus esperanzas. Apenas había avanzado unos pasos por la maleza encontró un testimonio que confirmaba sus lúgubres pensamientos: el cadáver de Foster. No lejos se encontraba el cuerpo del agente de Correos. Tanto uno como otro habían sido arrastrados a los matorrales desde el lugar en que cayeron, y allí estaban, arrancado el cuero cabelludo y medio desnudos. No se veían señales de lucha. Seguramente estarían ya muertos cuando los llevaron hasta allí.
       Boyle no era un hombre duro de corazón, pero tampoco excesivamente blando. Su profesión le había proporcionado suficientes peligros por tierra y por mar. Con frecuencia había prestado a otros su valiosa ayuda, sin que su buen humor le restase eficacia, rapidez y sentido común.
       Sintió gran lástima por los dos hombres, y hubiera luchado por salvarlos. Pero como nunca fantaseaba con la muerte, su agudo sentido de la realidad le hizo reparar tan sólo en el aspecto grotesco que presentan muchas veces los que mueren violentamente. No se veían señales de agonía en las miradas perdidas de aquellos hombres, tendidos de espaldas, con la aparente indiferencia y bienestar de los borrachos, aspecto que realzaba su pelo desordenado y empapado en sangre1 coagulada, que había perdido ya su color rojo.
       Al pensar en la muchacha, que, sin sospechar la verdad de lo sucedido, aguardaba en el coche, arrastró los cadáveres hasta lo más espeso de los matorrales. Al hacerlo, encontró un revólver cargado y una botella de whisky debajo de sus cuerpos y, rápidamente, los guardó. Pocos pasos más allá estaban las codiciadas cajas de armas y municiones, con las tapas arrancadas y vaciado su contenido. Con una triste sonrisa comprobó que sus baúles de muestras habían sufrido idéntica suerte, pero tuvo la satisfacción de ver que, mientras las baratijas más brillantes habían despertado la infantil codicia de los indios, éstos no habían reparado en su grueso abrigo de piel de cordero, que, sin ser caro, iba a prestarle ahora un útil servicio, pues serviría para proteger a miss Cantire del viento de la noche, que ya había comenzado a levantarse sobre la llanura fría y adusta.
       También pensó que ella necesitaría agua después de su cansado viaje y decidió buscar un manantial. Encontró al fin su recompensa en un delgado chorro que descubrió no lejos del lugar de la emboscada. Pero no teniendo otro recipiente que la botella de whisky, vació su contenido para llenarla de agua pura, un sacrificio heroico para un viajero que conocía bien los efectos reparadores de una bebida estimulante.
       Rehizo el camino y, cuando estaba a punto de abandonar la espesura, su mirada alerta descubrió una sombra que se deslizaba delante de él, pegada a la tierra, lo cual hizo correr más deprisa la sangre en sus venas.
       Era la figura de un indio que reptaba sobre sus manos y rodillas hacia el carruaje, a unas treinta yardas.
       Por primera vez en aquella tarde, el inquebrantable buen humor de Boyle fue reemplazado por una furia ciega. Pese a todo, no perdió la calma hasta el punto de olvidar que un disparo alarmaría a la muchacha, por lo que reservó la pistola para un caso extremo.
       Durante unos instantes se arrastró tan silenciosamente como el salvaje y después, de un brusco salto, cayó sobre él, golpeando la cabeza y los hombros del adversario contra las peñas antes de que éste pudiera lanzar un solo grito. El cuchillo de escalpar que el indio sujetaba entre los dientes saltó cuando la mandíbula se aplastó contra las rocas.
       Boyle le sujetó y oprimió la espalda del indio con la rodilla, pero el salvaje no hizo más movimiento que una ligera contracción de las piernas. El golpe le había roto el cuello. Boyle dio la vuelta al inerte cuerpo. La cabeza se inclinaba hacia un lado como si se hubiera desprendido. En el mismo instante, Boyle reconoció al indio amigo en la estación, al que diera su tarjeta. Se levantó mareado. La reyerta había sido tan rápida, que el único ocupante del coche no había advertido lo sucedido. Boyle amartilló instintivamente el revólver, pero el hombre que yacía no volvió a moverse. Entre los matorrales que le rodeaban no se advertía la presencia de ningún aliado del indio. Una vez más adivinó la verdad. Los asaltantes habían dejado atrás a aquel traidor y espía para que regresara a la estación y así se librara de sospechas. El estuvo merodeando, pero, como no tenía armas de fuego, no se atrevió a atacar a los supervivientes mientras permaneciesen juntos.
       Boyle recobró en un momento su desbordante y habitual buen humor. Se fue al manantial, se “limpió de indio”, como con macabra expresión se dijo a sí mismo, se sacudió el polvo de la ropa, y recogió el abrigo y la botella para regresar al coche. Estaba oscureciendo, pero los tonos rojizos del cielo que se advertían por el oeste brillaban sin obstáculos a través de las ventanas. El silencio le asustó. Sin embargo, experimentó un gran alivio al abrir la puerta y ver a miss Cantire sentada, muy erguida, en un rincón.
       —Siento haber tardado tanto —dijo, a modo de disculpa—, pero...
       —Supongo que se habrá tomado usted el tiempo que necesitaba —le respondió ella en tono condescendiente—. No se lo reprocho, ya que cualquier cosa es preferible a quedarse encerrada en este aburrido coche durante Dios sabe cuánto tiempo.
       —Fui a buscar agua —dijo él con humildad—, y le he traído un poco.
       Le entregó la botella.
       —Ya veo que se ha lavado usted —comentó ella con cierta envidia—. ¡Tiene usted un aspecto muy elegante! Pero, ¿qué le pasa a su corbata?
       Boyle se llevó la mano al cuello; la corbata estaba floja y en la reyerta se le había torcido. Se sonrojó por dos motivos: la sensibilidad de un hombre pulcro y esmerado y el temor a que ella descubriera la verdad.
       —¿Y eso qué es? —indagó la muchacha, señalando el abrigo.
       —Una de mis muestras, que supongo sacaron del coche y quedó olvidada en el trasbordo —explicó él—. Pensé que serviría para abrigarla a usted.
       Ella le miró con expresión pensativa y lo puso a un lado alegremente.
       —¿No me irá usted a decir que va por ahí con cosas como ésta? —indagó Julie en tono de broma.
       —Pues sí —convino él con una sonrisa—. No deben perderse las oportunidades de comerciar, ¿no cree?
       —Pues este viaje no le ha resultado muy provechoso —observó ella—. Desde luego, vive usted por completo entregado a sus negocios.
       Tras una pausa, añadió, descontenta:
       —Ya ha anochecido y no podemos seguir aquí sentados en la oscuridad.
       —Podríamos traer una de las lámparas del coche.
       Aún siguen ahí. Pensé que si dejásemos una fuera, guiaría a nuestros amigos para encontrar el camino.
       Así era. Boyle estaba convencido de que tanto la audacia del acto como la certeza que tendrían los indios de la presencia de soldados en aquellos parajes, iba a contribuir a alejarlos del lugar en vez de atraerlos.
       Julie se sintió reanimada en cuanto Boyle encendió la lámpara y la colocó dentro del coche. Con curiosidad, le observó bajo la luz. El rostro del viajante aparecía ligeramente encendido y sus ojos brillaban con viveza. El homicidio, cuando no lo practican manos avezadas y profesionales, tiene el inconveniente de que altera la circulación de la sangre. Pero miss Cantire había advertido que la botella olía a whisky, de lo cual sacó la errónea conclusión de que el pobre hombre había estado reconfortándose de las penalidades pasadas.
       —Imagino que estará usted harto de tanto retraso —comentó ella reanudando la conversación.
       —No lo crea —contestó él—. ¿Le gustaría jugar a las cartas? Llevo una baraja en el bolsillo. Podemos utilizar el asiento del centro como mesa y colgar la lámpara, de la correa de la ventana.
       Julie asintió sin entusiasmo desde el asiento atrasero. Boyle ocupaba el de delante, dejando libre el de en medio para que sirviera de mesa. Como principio hizo algunos juegos de manos con las cartas y logró despertar el interés de la muchacha con un jack que aparecía y se evaporaba como por arte de magia. A continuación jugaron algunas partidas, en las que miss Cantire hacía trampas con tan adorable candor, que Boyle se dejó ganar mano tras mano sin sentir la más ligera molestia. Al fin, en un par de ocasiones, pareció como si ella se llevase las cartas a la boca para ocultar un bostezo y que los párpados comenzaron a pesarle. Boyle propuso entonces que se acomodase en un rincón del vehículo con tantos cojines como deseara, así como la despreciada chaqueta, mientras él tomaba el fresco nocturno, vigilando y aguardando el regreso de la patrulla. Al cabo de un rato, tuvo la satisfacción de comprobar que la muchacha se había dormido, con lo cual reanudó más tranquilo su ronda de centinela.
       Cuando se hallaba a cierta distancia del coche pudo oír entre la maleza un lamento débil y lúgubre, que fue aumentando hasta romperse en un aullido prolongado. Otra voz, a lo lejos, en la sombría llanura, respondió del mismo modo. Boyle reconoció a los coyotes y comprendió al punto la repugnante causa del alboroto: las alimañas habían olfateado los cadáveres y él se culpaba por haber dejado a su víctima tan cerca del coche.
       Cuando iba a retirarla, se oyó un nuevo grito, ahora humano y crispado de terror. La portezuela del carruaje se abrió y por ella salió como una exhalación miss Cantire, con el rostro demudado, los ojos agrandados por el pánico y su esbelta figura agitada por un convulsivo temblor. Corrió hacia Boyle, y se aferró con desesperación a las solapas de su chaqueta, como si quisiera esconderse en ella. Con voz desconcertada decía:
       —¿Qué es eso? Sálveme, mister Boyle.
       —Son coyotes —la tranquilizó él—, pero no hay peligro alguno. Nunca le atacarán a usted. Está muy segura en su asiento. Permítame que la acompañe otra vez al coche.
       Pero ella permaneció en el mismo sitio, como pegada a él, aferrándose con desesperación a su chaqueta.
       —No, por favor —rogó—. No puedo. Oí en sueños aquel horrible grito, abrí los ojos y, de pronto, vi aquel monstruo con sus ojos amarillos y la lengua colgando. Hasta sentí su repugnante aliento cuando se metía entre las ruedas de la diligencia. ¡Dios mío! ¿Qué es eso?
       Presa nuevamente de un terror nervioso, se apretó contra él. Boyle, rápido, firme y dominando la situación, la rodeó con el brazo. Al sentirse protegida, ella cedió a su presión, agradecida mientras dejaba escapar un sollozo.
       —No hay nada que temer —repitió Boyle con tranquilidad—. Ya sé que no resulta agradable encontrarse con los coyotes, pero no la hubieran atacado. Es probable que ese animal que vio usted haya olfateado alguna carroña en la llanura. Seguro que le asustó usted más a él que él a usted. Apóyese en mí —invitó al observar que su paso vacilaba—. Estará más cómoda en el coche.
       —¿Y no me dejará sola? —rogó Julie con terror.
       —Seguro que no.
       Sin soltarla, la condujo hasta el vehículo con sosiego, con gentileza, como dueño de ella y más aún de sí mismo, pese a que el hermoso cabello suelto de la muchacha le rozaba la cara y le caía sobre el hombro, a pesar de que su perfume le embriagaba y de que sentía el cuerpo esbelto y perfecto de Julie apoyado en el suyo. La ayudó a entrar en la diligencia. Con ayuda de los cojines y del chaquetón preparó un lecho en el asiento trasero. Después, pacientemente se sentó en el que le correspondía. Poco a poco volvió el color al rostro de la muchacha o, por lo menos, a la parte que su pañuelo no ocultaba.
       La voz trémula de la muchacha, amortiguada detrás del pañuelo, intentó dar unas excusas:
       —Estoy avergonzada, mister Boyle. No pude evitarlo. Fue todo tan repentino y tan horrible... No hubiera tenido miedo de tratarse de un indio con un cuchillo de escalpar, en vez de aquella fiera. No sé por qué lo hice; pero me encontraba sola y me parecía estar muerta, que usted también estaba muerto y que venían a devorarme, pues ya se sabe que lo hacen, como usted mismo ha dicho. Quizá estuviera soñando. No sé qué va a pensar de mí. Ni yo misma sabía que fuera tan cobarde.
       Boyle protestó indignado. Tenía la seguridad de que si estuviese dormido y no supiese de antemano que se trataba de coyotes, también él se hubiera asustado. Miss Cantire debía intentar dormir. Estaba seguro de que lo conseguiría, y él no iba a moverse del coche hasta que ella se despertase o regresaran sus amigos.
       La muchacha, tranquilizada, retiró el pañuelo de la boca, aquella boca que volvía a sonreír aunque todavía temblase un poco. La reacción no se hizo esperar: sus fatigados nervios le proporcionaron primero languidez y después reposo. Boyle contemplaba cómo las sombras se iban intensificando alrededor de sus oscuras pestañas hasta que se apoyaron en el débil rubor que el sueño devolvía a sus mejillas. Sus finos labios se entreabrieron y, al fin, su respiración adquirió el ritmo sosegado del sueño.
       Mientras ella dormía, Boyle, sentado enfrente, soñaba el antiguo sueño que los hombres buenos y honestos se permiten una vez en la vida. No se movió casi hasta que el alba con su luz de ópalo inundó la monótona llanura, devolviendo los contornos del horizonte y la claridad. Sólo entonces despertó Boyle de su sueño, primero con un suspiro, luego con, una risa. En aquel instante oyó el sonido de cascos lejanos, que le hicieron abandonar el coche en silencio. Un grupo de jinetes venía a su encuentro. Boyle les salió al paso y, alzando una mano, los detuvo a cierta distancia del carruaje. Ellos deshicieron el compacto grupo que formaban, con lo que se pudo revelar que eran unos doce soldados y un elegante oficial, tan joven como un cadete.
       —Si buscan a miss Cantire —dijo Boyle en tono tranquilo y objetivo—, está a salvo en el coche, y dormida. No sabe una palabra de lo ocurrido. Cree que ustedes han vaciado la diligencia en previsión de un ataque indio. He tenido una noche bastante agitada, a causa del cansancio y del susto que le han dado los coyotes. He creído preferible ocultarle la verdad mientras fuera posible, por lo que les aconsejo que se la hagan saber poco a poco.
       Sin palabras inútiles les refirió sus aventuras, omitiendo tan sólo su encuentro personal con el indio. Un nuevo orgullo, consecuencia tal vez de su secreto sueño, se lo impidió.
       El joven oficial le contempló con toda la deferencia que podía demostrarle a un paisano que se mezcla en operaciones militares.
       —Estoy seguro —dijo cortésmente— de que el mayor Cantire le quedará muy reconocido cuando lo sepa. Y como nos proponemos enganchar inmediatamente para devolver el coche a la estación de Sage Wood, tendrá usted ocasión de contárselo personalmente.
       —Yo no iré con ustedes a Sage Wood —respondió Boyle sin alterarse1—. En esta excursión ya he perdido diez horas, así como mi baúl, y creo que lo menos que el mayor Cantire puede hacer es prestarme un caballo del Ejército para llegar a la próxima estación a tiempo de alcanzar la otra diligencia. Lo conseguiré si me pongo en camino inmediatamente.
       Boyle oyó su nombre, precedido del familiar Dicky, que el sargento, amigo suyo, le daba al oficial, seguido de las palabras “buhonero de Chicago”. Al oír éstas, una imperceptible sonrisa animó el grupo.
       —Está bien, señor —decidió el oficial con una familiaridad algo menos respetuosa que su anterior actitud—. Puede usted llevarse un caballo, pues me temo que los indios se han apoderado de sus muestras. Dele una montura, sargento.
       Los dos hombres se dirigieron a la diligencia. Boyle se detuvo un momento junto a la ventana para mostrarle la figura de miss Cantire, dormida aún apaciblemente sobre un montón de cojines, y luego se alejó con calma. Poco después galopaba en el caballo de uno de los soldados a través de la desolada llanura.
       Miss Cantire despertó al cabo de un rato, al oír una voz familiar, para encontrarse con figuras que conocía. Pero las primeras palabras que le dirigió el joven oficial, un breve relato de la persecución de los indios y la recuperación de las armas, aunque omitiendo el asesinato de Foster y del agente de Correos, hicieron cambiar su alegre expresión y formar una arruga en su linda frente.
       —Mister Boyle no me dijo una sola palabra de todo eso —exclamó alarmada—. ¿Dónde está?
       —Camino de la próxima estación, en uno de nuestros caballos. Quería alcanzar la otra diligencia, sin duda para conseguir una nueva caja de muestras, ya que los indios se han adornado con sus cintas y sus lazos. Dijo que en esta excursión ya había perdido bastante tiempo —añadió riendo el oficial—. Es un comerciante listo este tipo. Confío en que no la habrá aburrido.
       Miss Cantire se dio cuenta de que se le enrojecían las mejillas y se mordió los labios.
       —Me ha parecido muy amable y delicado, mister Ashford —respondió fríamente— . Pudo haber creído que la escolta debiera haber alcanzado el coche un poco antes, evitando así todo lo ocurrido; pero es demasiado caballero para decirme nada de eso —añadió en tono seco, alzando ligeramente su aquilina nariz.
       Sin embargo, las últimas palabras de Boyle la habían herido en lo más vivo. ¡Marcharse tan de prisa, sin despedirse ni preguntarle qué tal había dormido! Ciertamente que había perdido tiempo, estaba cansado de su compañía y pensaba en sus preciosas muestras mucho más que en ella. Al fin y al cabo, era muy propio de él correr tras un pedido.
       Estuvo a punto de volver a llamar al oficial para contarle cómo Boyle había analizado su indumentaria. Pero mister Ashford parecía entonces muy interesado, junto con sus hombres, en una roca cubierta de arbustos, que se hallaba a poca distancia del coche, lo bastante cerca para que ella pudiese oír lo que hablaban.
       —Juraría que ayer no había aquí ningún indio muerto. Lo exploramos todo, y con luz del día, buscando rastros. A este indio lo han matado durante la noche. Es muy propio de Dicky Boyle haberlo hecho, teniente, y también callárselo para no asustar a miss Cantire. Boyle sabe muy bien cuándo ha de tener la boca cerrada y cuándo debe abrirla.
       Miss Cantire regresó a su rincón al ver que el oficial se dirigía al coche. Súbitamente había comprendido lo que sucediera la víspera: la larga ausencia de Boyle, su rostro encendido, su corbata torcida y su forzado buen humor. Quedó anonadada, estupefacta, inquieta... y llena de admiración. ¡Y tal héroe había estado sentado delante de ella, guardando silencio durante toda la noche!
       —¿Dijo algo mister Boyle de un ataque de los indios la noche pasada? —indagó Ashford—. ¿Oyó usted algo?
       —Sólo el aullido de los coyotes —respondió miss Cantire—. Mister Boyle se ausentó por dos veces.
       También ella era muy parca en palabras, como si deseara imitar al héroe ausente.
       —Ahí hay un indio muerto. Lo han matado... —comenzó a decir el oficial.
       —Por favor, mister Ashford, ni una palabra más —le interrumpió Julie—, y marchémonos cuanto antes de este horrible sitio. Enganche los caballos, por favor. No puedo soportarlo por más tiempo.
       Los caballos ya estaban enganchados y montados por los soldados. El vehículo se disponía a partir cuando miss Cantire gritó: —¡Esperen!
       Al llegar Ashford a la puerta, la muchacha estaba de rodillas examinando el piso del coche.
       —¡Vaya por Dios! He perdido una cosa. Debió caérseme por el camino —exclamó sin aliento y con las mejillas encendidas—. Deberán esperar a que vaya a buscarla. No tardaré. Pero ya sabe que no tengo prisa. Mister Ashford contempló absorto a miss Cantire, mientras ésta, como una colegiala, saltaba del coche y echaba a correr por el sendero que la tarde anterior recorriera en compañía de Boyle. No había andado mucho, cuando encontró las flores marchitas que ella le obligara a tirar.
       “Debe ser por aquí”, se dijo. De pronto dio un grito de júbilo y recogió la tarjeta que Boyle le había mostrado. Después echó una mirada furtiva en derredor y, eligiendo una ramita de mirto del ramillete, la ocultó bajo su manto y regresó a toda prisa, muy contenta, al carruaje.
       —Gracias. Muy bien, ya lo he encontrado —informó a Ashford con una sonrisa radiante.
       Nada más entrar en el coche, la comitiva emprendió la marcha. Miss Cantire, a solas en su retiro, sacó el mirto del manto y envolviéndolo cuidadosamente con su pañuelo lo guardó en el bolso. Después cogió la tarjeta, leyó una y otra vez los datos e informes que contenía, examinó los bordes manchados, los cepilló con esmero y la sostuvo unos instantes en la mano con mirada distraída. Luego se la llevó a los labios, la enrolló muy despacio y, desabrochando un corchete, la guardó en el pecho.
       Mientras tanto, Dick Boyle cabalgaba hacia la lejana estación, ignorando que el primer paso para que se cumpliera su disparatado sueño ya se había dado.




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