Francis Bret Harte
(Albany, New York, 1836 - Surrey, Inglaterra, 1902)
Una ingenua de las sierras (1893)
(“An Ingenue of the Sierras”)
Originalmente publicado en The Idler, Vol. 3, Núm. 4 (mayo de 1893), págs. 360-379;
reproducido en la revista McClure’s, Vol. 3, Núm 2 (julio de 1894), págs. 150-161;
A Protégée of Jack Hamlin’s and Other Stories
(Boston and Nueva York: Houghton, Mifflin and Company, 1894, 264 págs.), págs. 58-92
Todos retuvimos el aliento mientras la
diligencia corría impetuosamente a través de la semioscuridad de la loma de
Galloper.
El vehículo en sí era sólo una enorme
sombra que avanzaba con ruido sordo; sus luces laterales habían sido
cuidadosamente apagadas, como medida de precaución, y Yuba Bill acababa de
quitar con todo respeto el cigarro de los labios de un pasajero que viajaba en
el lado exterior de la diligencia, con el cual había estado exhibiendo
ostentosamente su despreocupación, pues corrían rumores de que la banda de
salteadores de Ramón Martínez estaba apostada, esperándonos, en la segunda
pendiente del camino y, por nuestras luces, calcularían el tiempo de nuestro
paso por la loma, para interceptarnos en el matorral que le seguía. Si podíamos
cruzar la colina sin ser vistos y así atravesar el matorral, antes de que ellos
llegaran allí, estaríamos a salvo. Si ellos optaban por seguirnos sería
solamente una persecución dura, pero con ventaja para nosotros.
El enorme vehículo se balanceaba de lado a
lado, rolaba, cabeceaba y se hundía por el camino, pero Bill mantenía la
huella, como si con las palabras susurradas por el mensajero del correo,
pudiera “sentir y oler” el camino que ya no era visible. Sabíamos que algunas
veces nos balanceábamos peligrosamente sobre el borde de pendientes que
eventualmente caían a pico por unos trescientos metros, hasta las copas de los
pinos dorados, allá abajo pero no ignorábamos que Bill se daba cuenta de eso
también. Las cabezas apenas visibles de los caballos, reunidas en un grupo compacto
por las riendas prietas, sostenidas por sus rígidas manos, parecían hender la
oscuridad como una reja de arado. Hasta el ruido de los cascos de los seis
caballos se había transformado en un retumbar vago, monótono y distante.
Cruzábamos la loma y nos sumergíamos en la aún más espesa oscuridad del
matorral; ya ni siquiera parecía que nos movíamos y hubiérase dicho que era
solamente la noche fantasmal que nos pasaba velozmente. Los caballos podían
haber estado sumergidos en alguna veloz corriente infernal y sólo el techo de
la diligencia y Yuba Bill, como un rígido bulto, surgían sobre ellos. Sin
embargo, en ese momento terrible, nuestra velocidad no disminuyó; era como si a
Bill ya no le importara guiar sino impeler, o como si la dirección de su
inmensa máquina estuviera determinada por otras manos que no fueran las suyas.
Un incauto susurró la paralizante insinuación de que podríamos encontrarnos con
otra diligencia. Para gran sorpresa nuestra, Bill alcanzó a oír esto, pero,
para hacer aún mayor nuestro asombro, contestó tranquilamente.
—Sólo sería una carrera desesperada para
ver quién iría a parar al infierno primero.
Pero nos sentimos aliviados... ¡pues había hablado!
Casi simultáneamente, el ancho camino comenzaba a dibujarse vagamente como una
huella visible delante nuestro, los árboles que lo bordeaban se desalineaban,
abriéndose y desapareciendo uno detrás del otro; estábamos en la llanura más
ancha, fuera de peligro, aparentemente inadvertidos y sin ser seguidos.
Sin embargo, en la conversación que empezó
nuevamente al volverse a encender las lámparas, y los comentarios,
felicitaciones y recuerdos que se intercambiaban sin cesar, Yuba Bill mantenía
un insatisfecho y hasta resentido silencio. La más generosa alabanza de su
destreza y coraje no le arrancó contestación alguna.
—Tengo la sensación de que el viejo estaba
deseando una pelea y ahora se siente chasqueado —dijo un pasajero.
Pero aquellos que sabían que Bill sentía el
desprecio que tiene todo buen peleador por un conflicto sin objeto alguno,
estaban más bien preocupados y lo observaban. Manejó con serenidad por cinco o
seis minutos, con el ceño fruncido y pensativo, pero con ojos muy alertas bajo
su chambergo y, luego, relajando su actitud esforzada, dio paso á un movimiento
de impaciencia.
—¿Estás preocupado por algo, Bill? —le
preguntó el mensajero reservadamente.
Bill levantó sus ojos con una sorpresa
levemente desdeñosa.
—No por nada que va a suceder, sino
por lo que ya ha pasado, aunque no sé exactamente qué fue. No veo
ninguna señal que indique que la banda de Ramón haya estado por aquí, y si
estuvo no veo por qué no nos atacaron.
—La simple razón es que nuestra artimaña
dio buen resultado —dijo un pasajero que viajaba en el exterior del coche—.
Esperaron ver nuestras luces en la loma y no nos vieron hasta que ya habíamos
pasado. Esa es mi opinión.
—No le has puesto ningún precio a esa
opinión, ¿no? —preguntó Bill, irónicamente.
—No.
—Porque hay un diario de historietas
cómicas en San Francisco que paga por esas cosas y he visto cosas peores allí.
—Vamos, Bill —replicó el pasajero, un tanto
molesto por la risa forzada de sus compañeros—; entonces, ¿para qué apagaste
las luces?
—Bueno —contestó Bill, con expresión
ceñuda—, debe haber sido porque no quería que ustedes, tan aterrados estaban, hubiesen
hecho fuego sobre el primer arbusto que creían que se movía, haciéndonos
blanco de sus descargas.
La explicación, aunque no era
satisfactoria, de ninguna manera resultaba improbable y creímos mejor aceptarla
con una risa. Sin embargo, Bill reasumió su actitud distraído.
—¿Quién subió en Summit? —preguntó, de
repente, al mensajero.
—Derrick y Simpson, de Cold Springs, y uno
de los muchachos del “Excelsior” —le contestó aquél.
—Y esa muchacha del distrito de Pike que
venía de la llanura de Dow, con sus paquetes. No te olvides de ella —agregó con
ironía el pasajero del exterior del coche.
—¿Alguien de ustedes la conoce? —continuó
Bill, ignorando la ironía.
—Mejor que le preguntes al juez Thompson;
fue muy cortés con ella, consiguiéndole un asiento al lado de la ventanilla y
ocupándose de sus paquetes y de sus cosas.
—¿Consiguiéndole un asiento junto a la
ventanilla? —repitió Bill.
—Sí —interrumpió un tercer pasajero—, y fue
extremadamente servicial, pues cuando a ella se le cayó su anillo en la paja,
en contra de todas tus disposiciones, encendió un fósforo para que ella lo
pudiera encontrar. Y era justo cuando estábamos cruzando el matorral. Vi todo a
través de la ventanilla, porque estaba colgado sobre las ruedas con mi revólver
listo para entrar en acción. Y no hubiese sido la culpa del juez Thompson si su
maldita tontería nos hubiera descubierto, haciéndonos recibir una descarga de
los asaltantes.
Bill refunfuñó, expresando brevemente su
descontento, pero siguió conduciendo serenamente, sin más comentarios, ni
volver sus ojos siquiera hacia el que había hablado.
Ahora estábamos a no más de un kilómetro y
medio de la estación, en la intersección de los caminos, donde debíamos hacer
un cambio de caballos. Las luces ya titilaban en la distancia y había una leve
indicación del cercano amanecer sobre las cumbres de las lomas hacia el oeste.
Nos habíamos introducido en una arboleda, cuando de repente un jinete, con
trote rápido, apareció desde un sendero que parecía ser paralelo al nuestro.
Todos nos sobresaltamos algo. Sólo Yuba Bill mantenía su calma.
—Hola —dijo.
El forastero se acercó a nuestro lado,
cuando Bill aminoró la velocidad. Parecía ser un “fletero” que transportaba a
lomo de mula.
—¿No lo pararon en el Divide? —continuó
Bill, alegremente.
—No —contestó el forastero, riéndose—. No
llevo Un tesoro. Pero veo que también ustedes se encuentran bien. Los vi cruzar
la loma de Galloper.
—¿Nos vio? —dijo Bill, con energía—.
Teníamos nuestras luces apagadas.
—Sí, pero había algo blanco, un pañuelo o
un velo de mujer, creo que colgando de la ventana. Sólo era una mancha que se
deslizaba por la pendiente, pero, como los estaba esperando, supe por eso que
eran ustedes ¡Buenas noches!
Se alejó al trote. Tratamos de mirarnos los
unos a los otros y ver la expresión de Bill en la obscuridad, pero ni habló ni
se movió hasta que soltó las riendas, cuando paramos en la estación. Los
pasajeros descendieron rápidamente del techo. El mensajero estaba por hacer lo
mismo cuando Bill lo tomó de la manga.
—Voy a echar una mirada contigo a la
diligencia y a los pasajeros, antes de partir.
—¿Por qué? ¿qué pasa?
—Bueno —dijo Bill, quitándose con lentitud
uno de sus enormes guantes—, cuando veníamos bailoteando para entrar en la
maleza, allá arriba, vi surgir a un hombre, tan claro como te veo a ti. Creía
que nos había llegado el turno y que la banda iba a empezar su juego, cuando,
con un movimiento de retroceso, hizo una señal y nosotros pasamos a todo galope
frente a él.
—¿Y bien?
—Eso —dijo Bill— quiere decir que se
permitió a esta diligencia pasar libremente esta noche.
—No haces objeción a eso, seguramente.
Yo creo que tuvimos una suerte endiablada.
Bill se despojó lentamente del otro guante.
—He estado arriesgando toda mi vida tres
veces a la semana en esta maldita línea —dijo con humildad burlona—, y siempre
estoy agradecido por pequeñas clemencias. Pero —agregó con el ceño
fruncido—, cuando llegamos al colmo de conseguir libre paso, mediante algún
amigo de un ladrón de caballos, y que a eso se le llame una Providencia especial
¡yo no lo entiendo!
Fue con emociones variadas que los
pasajeros se enteraron de que habría una demora de quince minutos, ordenada por
el autoritario Bill, para ajustar ciertas tuercas. Algunos estaban ansiosos por
tomar el desayuno en Sugar Fines, pero otros no se oponían a esperar la luz del
día, que prometía mayor seguridad en el camino. El mensajero, sabiendo la causa
real de la demora de Bill, estaba, empero, perplejo, porque no comprendía su
objeto. Todos los pasajeros eran bien conocidos; cualquier idea de complicidad
con los salteadores de caminos resultaba destemplada e imposible y, aunque
hubiese un cómplice de la banda entre ellos, éste más bien habría querido
precipitar el robo que impedirlo. Además, denunciar tal cómplice —a quien
evidentemente debían su seguridad— y hacerle arrestar, hubiera estado en pugna
con el espíritu de justicia californiano, si de hecho no era ilegal. Parecía
evidente que el sentido quijotesco del honor de Bill lo estaba llevando a la
confusión.
La estación se componía de un establo, un
galpón para coches y un edificio de tres habitaciones. La primera estaba
provista de cuchetas o compartimientos de dormir para los empleados, la segunda
era la cocina y la tercera y, más espaciosa, era él comedor o sala de estar,
usada corno sala de espera general para los pasajeros. No era una estación de
descanso y no había “bar”. Pero una misteriosa orden del omnipotente Bill hizo
aparecer una damajuana de whisky, con el que convidó a los presentes. La
reconfortante influencia del licor aflojó la lengua del obsequioso juez
Thompson. Admitió haber encendido un fósforo, para que la bella del distrito
Pike pudiera encontrar su anillo, el que, sin embargo, había caído en su falda.
Era una “hermosa mujer joven, llena de salud, sí, señor, una figura típica del
Lejano Oeste; en realidad, un pimpollo de la pradera, no obstante ser cándida y
sencilla como un niño”. Se dirigía a Marysville, creía el juez Thompson, aunque
esperaba encontrarse más tarde con amigos, para ser exacto, un amigo. Era su primera
visita a una ciudad grande —o a un centro civilizado—, desde que había cruzado
las llanuras hace tres años. Su curiosidad de adolescente era conmovedora y su
inocencia irresistible. En realidad, en un país cuya tendencia era producir “frivolidad
y atrevimiento en las jóvenes”, para él era una muchacha muy interesante.
Estaba en ese momento en el establo, mirando como ensillaban los caballos “prefiriendo
entregarse a una perdonable y sana curiosidad juvenil a escuchar las frívolas
galanterías de los pasajeros más jóvenes”.
La figura que Bill vio así ocupada, sin
destacarse por otro motivo, ciertamente parecía justificar la opinión del juez.
Representaba ser una exuberante muchacha de campo, cuyos sinceros ojos grises y
boca grande y sonriente denotaban una saludable y continua satisfacción de su
vida y medio ambiente. Observaba la reposición del equipaje en el baúl. Un
pequeño sobresalto femenino, al ser tirado uno de sus paquetes, algo
bruscamente, sobre el techo, dio a Bill su oportunidad.
—Eh, tú —le gruñó al ayudante—, ¡Mira que
no estás cargando piedras! ¡Cuidado con lo que haces! ¿Alguna de sus cosas,
señorita? —agregó con cortesía áspera, volviéndose a ella—. ¿Estos son sus
baúles, por ejemplo?
Ella asintió con una agradable sonrisa y
Bill, haciendo a un lado al ayudante, tomó un baúl cuadrado grande en sus
brazos. Pero por el exceso de celo, o algún otro infortunio, su pie resbaló y
cayó pesadamente, golpeando la punta del baúl contra el suelo y aflojando sus
bisagras y seguros. Era un baúl barato y ordinario pero, al abrirse la tapa, el
accidente descubrió una cantidad de ropa femenina, blanca y bordada, con
encajes de calidad aparentemente superior. La joven dejó escapar otra
exclamación y rápidamente se adelantó, pero, con una profusión de disculpas,
Bill mismo ató el cajón roto con una correa y declaró su intención de hacer que
la Compañía la recompensara dándole un baúl nuevo. Luego, en forma que
aparentaba ser casual, la acompañó hasta la puerta de la sala de espera;
entraron, y le hizo lugar delante del fuego mediante el simple procedimiento de
tomar por el cuello de la chaqueta al más cercano y joven pasajero y sacarlo
del banco que ocupaba; y, habiendo instalado en él a la señorita, desplazando a
otro hombre que se hallaba de pie delante de la chimenea, irguió al máximo su
metro ochenta y tres centímetros de altura delante de la bella pasajera e hizo
descender su mirada sobre ella mientras sacaba su pasaje del bolsillo.
—¿Su nombre figura aquí como señorita
Mullins? —dijo.
La joven levantó la vista, y percatándose
súbitamente de que ella y su interlocutor eran el centro del interés de todo el
círculo de pasajeros, con un leve rubor, replicó:
—Sí.
—Bueno, señorita Mullins, tengo una o dos
preguntas que hacerle. Las formulo con franqueza ante toda esta gente. Está en
mi derecho preguntárselo en forma reservada, pero no es mi estilo. No soy
ningún detective. No tengo por qué preguntarlo, pero actúe como si yo conociera
la respuesta, o pudiera dejar que otros lo preguntaran. No tiene que contestar si
no le gusta; usted tiene un amigo allá... el juez Thompson, que es amigo suyo,
equivocado o no, como lo es cualquier otro hombre de los presentes... como si
usted hubiera reunido su propio jurado. Y bien, la simple pregunta que tengo
que hacerle es ésta: ¿Ha hecho usted señales a alguien desde el
vehículo, cuando pasamos por Galloper, hace una hora?
Todos pensamos que el coraje y audacia de
Bill habían llegado a su punto máximo. Acusar abierta y públicamente a una “dama”,
ante un grupo de caballeros californianos, cuando esa dama tenía, además, los
atractivos de la juventud, era bonita e inocente, configuraba una actitud audaz
e insólita en grado sumo.
Hubo un evidente clima de simpatía hacia la
bella forastera, un leve murmullo se produjo hacia la derecha, pero la misma
osadía del hecho los contuvo, estupefactos. El juez Thompson, con una suave
sonrisa propiciatoria, empezó:
—Realmente, Bill, debo protestar en
representación de esta joven dama.
La bella acusada, levantando los ojos miró
a su acusador y, ante la consternación de todos, contestó con un leve pero
convincente titubeo de escrupulosa veracidad:
—Sí, las hice.
—Hum —interrumpió el juez, rápidamente—.
Así es que... permitió que su pañuelo se agitara desde la ventanilla... yo
mismo lo noté... casualmente... uno pudiera decir que hasta juguetonamente...
pero sin ningún significado particular...
La joven, mirando a su defensor con un aire
de engreimiento e impaciencia a la vez, repuso sucintamente:
—Hice señales.
—¿A quién hizo las señales? —preguntó Bill,
seriamente.
—Al joven con quien me voy a casar.
Un sobresalto, y la sonrisa reprimida de
los pasajeros más jóvenes fueron instantáneamente suprimidos por una salvaje
mirada de Bill.
—¿Para qué le hizo las señales? —continuó.
—Para decirle que yo estaba aquí y que todo
estaba bien —replicó la joven con creciente orgullo y color.
—¿Qué es lo que estaba bien? —inquirió
Bill.
—Que nadie me seguía y que me podía
encontrar en el camino, más allá de la estación de Cass's Ridge.
Titubeó un momento y luego, con mayor
orgullo aún, impregnado de una suerte de juvenil desafío, dijo:
—Me he escapado de casa para casarme con
él. ¡Y tengo la intención de hacerlo! A mi padre no le gustaba sólo porque era
pobre, y papá tiene dinero. Quería que yo me casara con un hombre a quien odio
y me compró muchos vestidos para persuadirme.
—¿Y los está llevando en su baúl para el
otro hombre? —preguntó Bill, con expresión ceñuda. .
—Sí, él es pobre —replicó la chica, en tono
desafiante.
—¿Entonces el nombre de su padre es
Mullins? —preguntó Bill.
—No es Mullins. Yo... asumí ese nombre
—titubeó, con su primer indicio de preocupación.
—¿Cuál es el nombre de su padre?
—Eli Hemmings.
Una sonrisa de alivio y comprensión circuló
por el grupo. La fama que rodeaba a Eli o “Skinner” Hemmings, de avaro y
usurero, ya había traspuesto la loma de Galloper.
—El paso que usted está dando, señorita
Mullins, no necesito decirle, es de mucha gravedad —dijo el juez Thompson, con
un dejo de seriedad paternal, en el cual, pudimos percibir también, con regocijo,
una evidente afectación—, y espero que usted y su novio lo hayan reflexionado
bien. Lejos de mí está interferir u objetar los afectos naturales de dos
personas jóvenes, pero, ¿puedo preguntar qué es lo que usted sabe acerca del...
joven por quien está sacrificando tanto y, quizá, poniendo en peligro todo su
futuro? Por ejemplo, ¿hace mucho que lo conoce?
El semblante ligeramente turbado de la
señorita Mullins, por el esfuerzo de tratar de entender, así como el incierto e
infantil asombro, con que había recibido este preámbulo, dieron paso a una
apaciguada sonrisa de comprensión, mientras decía rápidamente:
—Oh, sí, casi un año entero.
—Y —añadió el Juez sonriendo—, tiene una
vocación... ¿está trabajando?
—Oh, sí —replicó—, es cobrador.
—¿Cobrador?
—Sí, cobra facturas, ¿sabe?... dinero
—prosiguió, con una frívola vehemencia—, no para él... nunca tiene
dinero, pobre Charley... pero es para su firma. Es un trabajo terriblemente
duro, también; lo tiene ocupado durante días y noches, en malos caminos y peores
tiempos. A veces suele hacer una escapada hasta la hacienda, sólo para verme.
En una ocasión estuvo tan mal que apenas si podía mantenerse en la montura y
mucho menos estar de pie. Y tiene que enfrentar grandes riesgos.
A veces la gente se enoja con él y no paga;
una vez le dispararon un tiro en el brazo y vino a mí; lo ayudé a vendárselo.
Pero a él no le importa. El es realmente valiente... tan valiente como bueno.
El elogio estaba tan imbuido de sana
verdad, que nos sentimos inclinados a experimentar viva simpatía hacia la
joven.
—¿De qué firma es cobrador? —preguntó el
juez, suavemente.
—No sé exactamente... no me quiere decir;
pero creo que es una firma española. Verán... —y nos llevó a su intimidad con
una cautivadora sonrisa de inocente, aunque un tanto solapada sagacidad— lo sé,
porque miré a hurtadillas una carta que una vez recibió de su firma, diciéndole
que debía prepararse y estar listo para el camino, al día siguiente; pero creo
que el nombre era Martínez... sí, Ramón Martínez.
En el silencio atroz que siguió —un
silencio tan profundo que podíamos oír a los caballos, en el lejano establo,
sacudir sus monturas—, uno de los más jóvenes soltó una carcajada histérica,
pero la mirada feroz de Yuba Bill, posada sobre él, pareció endurecerlo instantáneamente,
transformándolo en una silenciosa máscara sonriente. La joven, sin embargo, no
reparó en ello y, continuando con una vehemencia de verdadera enamorada, con
sus recuerdos, agregó:
—Sí, es un trabajo terriblemente duro, pero
él dice que es todo para mí, y en cuanto nos casemos lo abandonará. Quizá lo
tiene que dejar antes, pero no quiere aceptar ningún dinero mío, ni lo que le
dije que podría sacarle a papá. Esa no es su costumbre. Es muy orgulloso...
aunque es pobre... así es Charley. Además, hasta puedo disponer de todo el
dinero que mamá me dejó en el Banco de Ahorro, que yo quería sacar... pues
tenía el derecho de hacerlo... para dárselo, pero no quiso saber nada de eso.
Ni siquiera aceptaría una sola de las cosas que yo tengo aquí, si lo supiera. Y
así sigue cabalgando y cabalgando, aquí y allá y en todos lados, cansándose más
y más y poniéndose cada vez más triste, flaco y pálido como un espíritu;
siempre tan preocupado por su trabajo, y levantándose de golpe, a veces, cuando
estamos juntos en el bosque del Sur o en el claro más lejano diciendo: “Me
tengo que ir ahora, Polly”, y siempre tratando de aparecer despreocupado
delante de mí. Sí, debe haber cabalgado millas para verme pasar por el
matorral, al pie de Galloper, esta noche, sólo para cerciorarse si todo estaba
bien; y, por Dios, le hubiera hecho la señal y mostrado la luz aunque ello me
hubiera costado la vida al momento siguiente. Eso es todo lo que sé de
Charley... por eso es que me estoy escapando de casa, por eso es que estoy
huyendo para ir con él, ¡y no me importa quién lo sabe! Ojalá lo hubiera hecho
antes... claro que lo hubiera hecho... si... ¡si sólo me lo hubiera pedido!
Se detuvo, jadeante y acongojada. Luego, el
lozano y sonriente rostro sufrió uno de esos repentinos cambios de emoción
juvenil, su semblante se turbó al punto, como si presintiera la inminencia de
una tempestad, cuyos relámpagos temblorosos iluminaron su expresión,
desencadenando, al fin, la inevitable lluvia.
¡Creo que este simple acto completó nuestra
total desmoralización! Nos sonreímos tontamente, el uno al otro, con una
presunción de superioridad masculina que en momentos como esos experimenta el
desconsuelo consciente de su propia impotencia. Miramos por la ventana, nos
sonamos las narices, y dijimos: “Eh, ¿qué?”... “Bueno, bueno”, vagamente, unos
a otros y no obstante sentirnos muy aliviados, nos hallábamos aparentemente
atónitos, cuando Bill, que había vuelto la espalda a la joven y estaba pateando
los troncos en el hogar, de repente cayó precipitadamente sobre nosotros
poniéndonos a todos en el camino, y dejando a la señorita Mullins sola.
Después, se alejó con el juez Thompson por algunos momentos; volvió hacia
nosotros con su natural brusquedad, exigió al grupo la completa reserva
respecto de la señorita Mullins, volvió a entrar en la estación, reapareció con
la joven, suprimiendo un leve júbilo que irrumpió entre nosotros al ver que el
inocente rostro de la muchacha había recobrado su rosáceo matiz, subió al
pescante y, en seguida, reanudamos el viaje.
—¿Todavía no sabe, entonces, quién es su
amado? —preguntó el mensajero, ávidamente.
—No.
—¿Tú estás seguro de que es uno de la
banda?
—No lo puedo decir con certeza. Podría
ser un muchacho joven de Yola que apostaba mucho en Sacramento, perdía
regularmente, hasta que se quedó arruinado y se asoció con la banda para una
aventura. Dicen que hubo una mano nueva en ese trabajo allá en Keeley... y muy
buena, además; y, como hubo un tiroteo en ese viaje, pudo haber recibido su
parte, y eso coincidiría con lo que la chica dijo de su brazo. Ves, si ése es
el hombre, he oído decir qué era el hijo de un conocido predicador, y además un
excelente estudiante, que perdió los estribos en San Francisco y se jugó el
todo por el todo. Y estos son los que hacen las barbaridades más grandes una
vez que han perdido el equilibrio. Para segura y cómoda compañía —agregó Bill,
reflexivamente— ¡denme al hijo de un hombre que fue ahorcado!
—Pero, ¿qué vas a hacer?
—Eso depende del individuo que viene a
encontrarse con ella.
—Pero, ¿es cierto que vas a tratar de
apresarlo? Eso sería jugarles una mala pasada a los dos.
—¡No pierdas la cabeza, Jimmy! El juez y yo
sólo vamos a luchar con el espíritu de ese joven y alegre galán, cuando venga a
buscar a su moza y... ¡trataremos de persuadirle con toda vehemencia! Si
reconoce que ha pecado y está dispuesto a hacer las paces con el Señor, los
casaremos directamente en la próxima estación, y el juez mismo hará la
ceremonia gratis. Vamos a hacer que todo esto se realice honradamente y que
nuestro pasaje quede correctamente aclarado. ¡Tenlo por seguro!
—Pero, ¿te imaginarás que se va a poner en
tus manos?
—Polly le hará señales de que todo está
bien.
—¡Ah! —dijo el mensajero.
Sin embargo, en esos brevísimos instantes,
los hombres parecían haber cambiado de ánimo. La expresión del mensajero era
dudosa, crítica y hasta cínica. El rostro de Bill se había relajado, y algo así
como una tenue sonrisa se asomaba en él, mientras manejaba con confianza y sin
titubear.
Mientras tanto, ya bien despuntado y radiante
sobre las cumbres de las montañas que se extendían a nuestro alrededor, el día
se presentaba, empero, nebuloso e incierto en los valles en los que nos
estábamos sumergiendo. Las luces titilaban todavía en las cabañas y en las
pocas casas de campo que empezaban a indicar zonas más pobladas. Las sombras
eran más espesas en un pequeño matorral, cuando una nota del juez Thompson le
fue alcanzada a Yuba Bill, quien en seguida comenzó a sujetar los caballos. El
vehículo se detuvo cerca de un pequeño cruce de caminos. Al instante, la
señorita Mullins saltó y, haciendo con la mano un movimiento de despedida al
juez, que la había ayudado a bajar, corrió de prisa hacia el cruce y
desapareció en la semioscuridad. Ante nuestra sorpresa, la diligencia esperó y
Bill seguía sosteniendo las riendas en sus manos. Transcurrieron cinco minutos
—una espera que parecía eterna— y, como había algo en el rostro de Yuba Bill
que prohibía las preguntas inoportunas, durante ese breve lapso reinó un
absoluto silencio, interrumpido bruscamente por una voz extraña, desde el
camino:
—Continúen... nosotros seguiremos.
El coche arrancó. Luego, escuchamos el
ruido que hacían otras ruedas detrás nuestro. Todos volvimos la cabeza hacia
atrás para tratar de divisar algo, pero, con la creciente luz, sólo podíamos
ver que éramos seguidos a distancia por una calesa en la que viajaban dos
figuras. Era evidente que se trataba de Polly Mullins y de su amado.
Esperábamos que nos pasaran, pero el vehículo, aunque tirado por un caballa
veloz, mantenía siempre su distancia, y no cabía duda de que su conductor no
deseaba satisfacer nuestra curiosidad. El mensajero se dirigió a Bill.
—¿Ese es el hombre en quien pensaste?
—preguntó.
—Me parece que sí —dijo Bill, secamente.
—Pero —continuó el mensajero, volviendo a
su anterior escepticismo—, ¿qué puede impedir que escapen juntos ahora?
Bill, con una sonrisa torva, sacudió su
mano hacia el baúl.
—Su equipaje.
—¡Ah! —dijo el cochero.
—Sí —continuó Bill—, nos guardaremos las
pequeñas cosas de la chica hasta que este asunto se arregle y la ceremonia haya
concluido, como si fuéramos su propio padre. Y lo que es más, amiguito —agregó
repentinamente, volviéndose hacia el mensajero—, tú transportarás esos
baúles de ella hasta Sacramento con las etiquetas de tu compañía y le
darás los recibos y talones correspondientes para que pueda retirarlos allí.
Eso lo mantendrá a él alejado de la tentación y del alcance de la
banda, hasta que se encuentren nuevamente entre gente blanca y civilizada.
Cuando tu viejo y canoso abuelo o, para hablar más claro, ese singular viejo
bebedor de whisky, conocido con el nombre de Yuba Bill, que se sienta en este
pescante —continuó con su diabólico guiño al mensajero— se decide a cuidar de
una joven pareja que se inicia en la vida, no anda con medias tintas, tenlo por
seguro. Hace las cosas como deben ser. La Providencia especial ocupa un segundo plano, cuando él está presente.
Cuando el hotel de la estación y el perdido
pueblo de Sugar Pine, que ahora percibíanse con nitidez y claridad bajo la creciente
luz, surgieron a tiro de escopeta sobre la meseta, la calesa nos pasó
repentinamente, tan rápido que las caras de los dos ocupantes apenas podían
distinguirse mientras pasaban y, manteniendo la delantera, llegaron a la puerta
del hotel. La joven y su acompañante saltaron al suelo y desaparecieron en el
interior, en el momento en que llegábamos. Evidentemente, estaban resueltos a
eludir nuestra curiosidad y lo consiguieron.
Pero el apetito material de los pasajeros,
agudizado por el penetrante aire de las montañas, fue más fuerte que su
curiosidad y, como la campanilla del desayuno tocaba en el momento en que la
diligencia se detenía, la mayoría se precipitó hacia el comedor, corriendo
hacia las mesas, sin preocuparse mucho por la desaparecida pareja, ni por el
juez y Yuba Bill, que habían desaparecido también.
El coche terminal a Marysville y Sacramento
también estaba esperando, porque Sugar Pine era el límite del servicio de Bill,
y el vehículo que acabábamos de dejar no iba más allá. Luego de unos veinte
minutos, empero, hubo una leve y un tanto ceremoniosa bulla en el salón y en la
terraza, y Yuba Bill y el juez reaparecieron. Este último conducía, con
minuciosa delicadeza, la agraciada figura de la señorita Mullins, quien, junto
con su compañero y Yuba Bill, se dirigían a la calesa. Todos nos precipitamos a
las ventanas para mirar bien al misterioso desconocido y probable ex asaltante,
cuya vida estaba ahora unida a la de nuestra bella compañera de viaje. Me
parece, sin embargo, que todos experimentamos cierta impresión de desengaño y
duda. Buen mozo y hasta distinguido en su aspecto —y lo era, a la verdad—,
joven y vigoroso, denotaba, empero, en su expresión, una suerte de rubor, que
parecía aflorar junto con un cierto desafío, desagradable y casi incorrecto en
el novio —y esposo— de una novia semejante. Pero el sincero, alegre e inocente
rostro de Polly Mullins, resplandeciente de confianza sencilla y jovial, volvió
a conmovernos e instarnos a pensar que estos atributos compensaban las faltas
del muchacho. Agitamos las manos y creo que hubiéramos dado de buen grado tres
entusiastas vivas mientras se alejaban, si no hubiésemos tenido el omnipotente
ojo de Yuba Bill sobre nosotros. Y fue para bien, porque en seguida fuimos
llamados a la presencia de aquel despótico personaje, de blando corazón.
Lo encontramos solo con el juez en una sala
de estar privada, de pie, delante de una mesa donde había una damajuana y
vasos. Mientras entrábamos uno a uno, con expectación, a la sala, y la puerta
se cerraba detrás nuestro, echó el grupo una mirada de dudosa tolerancia.
—Señores —dijo pausadamente—, todos ustedes
estaban presentes al iniciarse esta pequeña función, esta mañana, y el juez
piensa que deberían participar del final. No veo que esto les importe mucho,
por así decir, pero como el juez admite que todos están enterados del secreto,
los he llamado para tomar un trago de despedida a la salud del señor Charley
Byng y de la señora que ahora se han ido cómodamente en viaje de bodas. Lo que ustedes
saben o sospechan acerca del joven galante que se casó con la chica, a
nadie le importa nada, y yo ni se lo daría a un cachorro para jugar, pero el
juez cree que todos ustedes deberían prometer aquí mismo que lo mantendrán en
secreto. Esa es su opinión. En cuanto a mi opinión, señores —continuó Bill, con
mayor suavidad y aparente cordialidad—, quiero simplemente mencionar de una
manera general, precipitada e improvisada, que si llego a pescar a algún
maldito gandul, cabezón, majadero, charlatán o estúpido esparciendo su
opinión...
—Un momento, Bill —interrumpió el juez
Thompson con una sonrisa grave—, déjame explicar. Ustedes entienden, caballeros
—dijo, volviéndose a nosotros—, la singular, y puedo decir conmovedora,
situación, por cuyo feliz final nuestro amigo de buen corazón tanto ha hecho,
que está por llegar, así lo esperamos también, a su venturoso epílogo. Quiero
dar aquí mi opinión profesional, asegurando que no hay nada en su pedido que
ustedes no puedan admitir, como buenos ciudadanos y respetuosos con la ley.
Quiero decirles, también, que no están perdonando ninguna ofensa contra las
leyes; que no tenemos ni una partícula de evidencia legal de los antecedentes
criminales del señor Charley Byng, excepto lo que han oído de los labios
inocentes de su prometida, y que la ley del territorio ha sellado para siempre
en la boca de su mujer, y que nuestra propia y verdadera experiencia de sus
actos ha sido el principal justificativo de cualquier irregularidad anterior y,
si no, incompatible con ella. En síntesis, ningún juez haría sus cargos, ningún
jurado condenaría sobre la base de esa evidencia. Cuando les digo que la joven
es mayor de edad, que no existe prueba alguna de cualquier indebida influencia
anterior, sino más bien de lo contrario, de parte del novio, y que yo estaba
conforme, como magistrado, en realizar la ceremonia, creo que estarán
satisfechos de dar su promesa, por el bien de la novia y brindar por la
venturosa existencia de ambos.
No tengo que decir que lo hicimos con
alegría y que hasta le arrancamos a Bill un gruñido de satisfacción. Los
integrantes del grupo, que en su mayoría se iban en el rápido a Sacramento, se
despidieron y, mientras los acompañábamos hasta la terraza, pudimos ver que los
baúles de la señorita Polly Mullins ya habían sido transferidos al otro
vehículo, protegidos por los sellos y etiquetas de la “omnipotente” Compañía “Express”.
Al chasquido del látigo, el coche se alegó, y los últimos rastros de la
arrojada joven pareja desaparecieron en la flotante tierra bermeja del camino.
Pero la grave satisfacción de Yuba Bill por
el feliz final del episodio parecía no menguar. Hasta se excedió en sus
libaciones, generalmente bien reguladas, y, manteniéndose de pie, cómodamente,
de espaldas al centro del bar, que ahora se hallaba desierto, estuvo más locuaz
que de costumbre con el mensajero.
—Ya ves —dijo, con apacible remembranza—,
cuando tu viejo tío Bill se hace cargo de un trabajo como éste, lo concluye sin
cambiar los caballos. Sin embargo hubo un momento, amiguito en que me sentí
desconcertado. Fue cuando decidimos, como primera medida, hacerle decir a él
todo lo que era delante de la chica. Si hubiera suscitado un escándalo o
titubeado sólo un poco, le hubiéramos dado apenas cinco minutos de tiempo para
levantarse e irse y hubiéramos llevado a la chica y a sus cosas de vuelta a su
padre, pero sólo lanzó un grito de temor, después se puso histérica sobre el
pecho del novio, riendo, llorando y diciendo que nada debería separarlos.
¡Uf!... Si hasta creí que él estaba más incómodo que ella por ese asunto; por
un momento, pareció como si después de todo no le permitiría casarse con él,
pero eso pasó y se casaron sin escapatoria no lo dudes. Me imagino que ha
tenido que soportar bastantes noches inclementes, y si el poblado del valle no
ha conseguido un miembro destacado, al menos las sierras han perdido otro de la
banda de Ramón Martínez.
—¿Qué es eso de la banda de Ramón Martínez?
—preguntó una potente, pero tranquila voz.
Bill se volvió rápidamente. Era la voz del
superintendente divisional de la Compañía “Express” —un hombre de carácter firme pero excéntrico— y uno de los pocos que el autoritario Bill reconocía como a un
igual, quien acaba de entrar al bar. Su capa liviana, llena de tierra, y su
chambergo, indicaban que había llegado esa mañana en visita de inspección.
—No tengo inconveniente, Bill —continuó, en
contestación al gesto de invitación de éste, y caminando hacia el bar—, está un
poco destemplado afuera en el camino. Bueno, ¿qué es lo que estabas diciendo de
la banda de Ramón Martínez? ¿No te has cruzado con ninguno de ellos, verdad?
—No —dijo Bill, con un leve guiño del ojo,
mientras levantaba ostentosamente su vaso a la luz.
—Y no te cruzarás —continuó el
superintendente, tomando el licor despacio y a sorbos—. Pues lo cierto es que la
banda está en las últimas. No por faltarles trabajo, de vez en cuando, sino por
la dificultad de disponer de los frutos de su trabajo. Desde que entraron en
vigencia las nuevas instrucciones a los agentes, de identificar y seguir el
rastro de todo el dinero y oro que se les presente, no pueden deshacerse de su
botín. Toda la banda está identificada en las oficinas y les cuesta demasiado
pagar un intermediario, siquiera de mediana categoría. Además, toda esa
cantidad de oro en escamas que robaron a la Compañía “Excelsior” puede identificarse con tanta facilidad como si estuviera sellado con la marca de la Compañía. Ellos mismos no pueden derretirlo, ni conseguir que otros lo hagan; no pueden
remitirlo a la Casa de Moneda o a las oficinas de los agentes de Marysville y
San Francisco, pues no lo aceptan sin nuestros certificados y sellos; y
nosotros no aceptamos cualquier cargamento no declarado dentro de los límites
que hemos fijado alrededor de nuestra área de actividades, salvo de personas y
agentes conocidos.
—Tú sabes eso bastante bien, ¿verdad, Jim?
—dijo, dirigiéndose de improviso al mensajero.
Quizá fue lo repentino de la pregunta lo
que hizo que el cochero se atragantara con el licor, pues fue presa de un
acceso de tos y balbuceó apresuradamente, mientras apoyaba su vaso:
—Sí, por supuesto... indudablemente.
—No, señor —prosiguió el superintendente
con énfasis—, están ya casi terminados. Y la mejor prueba de eso es que,
últimamente, han estado robando los baúles de los pasajeros comunes. El otro
día, una diligencia de carga fue asaltada cerca de la llanura de Dow y muchas
valijas fueron registradas. Tuve que ir allá a investigar. Malditos sean si no
se llevaron muchas cosas de mujer que eran regalos de casamiento de esa pareja
rica que se casó el otro día en Marysville. Parecen haber descendido bastante
de categoría, ¿no? Se ve que están tocando fondo, ¿eh?
La cara del mensajero se había vuelto
angustiosamente hacia Bill, quien, después de apurar de un trago lo que quedaba
del licor, todavía estaba de pie, mirando con fijeza a la ventana. Luego,
despacio, se puso uno de sus enormes guantes.
—Por casualidad —dijo con lenta,
arrastrada, pero perfectamente clara articulación—, ¿no conociste al viejo “Skinner”
Hemmings, cuando estabas allá?
—Sí.
—¿Y a su hija?
—No tiene.
—¿Una especie de suave, inocente y cándida
hija de la naturaleza? —insistió Bill, con una cara amarillenta, una calma de
muerto y una premeditación satánica.
—No, te digo que no tiene hijas. El
viejo Hemmings es un empedernido viejo solterón. Es demasiado tacaño para
mantener a más de uno.
—Y, por casualidad, ¿no conociste a alguno
de aquella banda? —continuó Bill, en su interminable indagación.
—Sí, conocí a todos. Estaban French Pete,
Cherokee Bob, Kanaka Sol, el tuerto Stillson, Softy Brown, Spanish Jack y dos o
tres “untadores”.
——Y ¿no conociste un hombre llamado Charley
Byng?
—No —contestó el superintendente, con un
leve gesto de cansancio y una mirada perturbada hacia la puerta.
—¿Un individuo de tez oscura, elegante, con
ojos negros y movedizos y con los bigotes en punta hacia arriba? —prosiguió
Bill, con seca e inexpresiva obstinación.
—No. Mira, Bill, tengo prisa, pero me
imagino que tienes que decir tu chiste antes de separarnos. Bien, ¿qué es
lo que te propones?
—¿Qué quieres decir? —inquirió Bill, con
repentina brusquedad.
—¿Qué quiero decir? Y viejo, tú lo sabes
tan bien como yo. Me estás dando la descripción del mismo Ramón Martínez. ¡Ya!
¡Ya! ¡No, Bill! Esta vez no me haces caer... Eres bastante listo y despierto
pero esta vez no me pescaste.
Hizo un movimiento de cabeza y se alejó,
con una leve sonrisa. Bill, con el rostro impávido, como si fuera de piedra,
volvióse hacia el mensajero. De repente, un rayo de alegría iluminó sus ojos
tristes. Se inclinó sobre el joven y, con un susurro ronco y ahogado, dijo:
—¡Pero estamos a mano después de todo!
—¿Cómo?
—¡Está bien sujeto a esa mentirosa
diablilla!... ¡Sin escapatoria!
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