Francis Bret Harte
(Albany, New York, 1839 - Surrey, Inglaterra, 1902)


Bloqueados por la nieve (1885)
(“Snowbound at Eagle’s”)
Originalmente publicado en el periódico New York The Sun, en cuatro entregas:
(Cap. I y II) Vol. LIII, Núm. 90 (29 de noviembre de 1885), pág. 3;
(Cap. III y IV) Vol. LIII, Núm. 104 (6 de diciembre de 1885), pág. 6;
(Cap. V y VI) Vol. LIII, Núm. 97 (13 de diciembre de 1885), pág. 3;
(Cap. VII y VIII) Vol. LIII, Núm. 111 (20 de diciembre de 1885), pág. 3);
Snowbound at Eagle’s
(Boston: Houghton, Mifflin and Company, 1886, 213 págs.);
Traducción: Revista La España Moderna,
parte una: Año 14, Núm. 162, 1 de junio de 1902, págs. 5-55;
parte dos: Año 14, Núm. 163 (julio de 1903), págs. 5-58.



I

      Hacía ya algunos instantes que la diligencia de las Sierras, en medio de un silencio absoluto y de una oscuridad profunda, había comenzado la ascensión de la cuesta que conducía al puerto de la montaña. La masa opaca y confusa del carruaje, balanceándose sin ruido sobre sus muelles, parecía deslizarse y subir como si obedeciese a algún impulso misterioso y no tuviera ninguna relación material con los invisibles caballos que la precedían. Los corpulentos árboles, que bordeaban el eamino, se acercaban súbitamente a la portezuela para alejarse en seguida con igual precipitación, y se destacaban un momento entre las sombras de la noche, pero de una manera tan fantástica y tan intangible, que hubieran podido pasar por vagos fantasmas, evocados en sueño por los viajeros adormecidos. La espesa capa de agujas de pinos, que tapizaba el camino, ahogaba todo rumor y destilaba, bajo la sorda trituración de las ruedas, soporíficos y aromáticos perfumes que entorpecían más aún a los pasajeros, mecidos por la prolongada ascensión. De repente se detuvo la diligencia.
       De los cuatro pasajeros del vehículo, tres se irguieron súbitamente despertados. El cuarto, John Hale, que no dormía, se volvió bruscamente hacia la portezuela. Le pareció que dos de aquellos árboles fugitivos se habían de pronto inmovilizado, después que uno de ellos se agitaba de nuevo. La portezuela se abrió rápidamente, pero sin ruido, como por sí misma.
       —¡Pie a tierra! —exclamó una voz en la sombra.
       Todos los viajeros, a excepción de Hale, se estremecieron. El que estaba a su lado se llevó más que de prisa la mano derecha a la cadera, pero en seguida se detuvo. Uno de los árboles fantasmas acaba de acercarse al coche, y, lo que al pronto pareció una rama proyectada en ángulo recto, se delineó lentamente: era un fusil de dos cañones que apuntaba a la portezuela.
       —Suelte eso —volvió a decir la voz.
       El hombre que había realizado el movimiento se echó a reir, y su mano vacía cayó de nuevo sobre la rodilla. Los otros dos se encogieron de hombros, como jugadores que abandonan una partida perdida. John Hale, intrépido por temperamento, imprudente, sin experiencia, comprendiendo de pronto toda la verdad, concibió inmediatamente el proyecto de una resistencia desesperada. Pero antes de que hubiera podido hacer un solo ademán, se sintió instintivamente adivinado. El cañón del fusil se dirigió espontáneamente sobre él y al mismo tiempo tuvo la conciencia de inspirar a sus compañeros una irritación mezclada de sorpresa.
       —Pie a tierra! —reiteró imperiosamente la voz.
       Los tres viajeros se apearon. Hale, furioso, apercibido, pero impotente, les siguió. Vió con sorpresa, ante él, al mayoral y al postillón; no les había sentido bajarse: su mirada buscó el tiro, pero no distinguió a los caballos en la sombra.
       —¡Levantad las manos!
       Uno de los viajeros había ya alzado maquinalmente las suyas con aire de fastidio. Los otros le imitaron torpemente y a regañadientes, pero se comprendía que se hallaban más penetrados del ridículo de su actitud, que afectados por el pensamiento de un peligro posible. Los rayos de una linterna sorda, hábilmente dirigidos por dedos invisibles, iluminaban vivamente los rostros y las siluetas de los pasajeros, dejando a los salteadores en la oscuridad. A pesar de la calma imponente de la noche y del silencio, aquel grupo humano, ampliamente iluminado, era más grotesco que terrible. Un fragmento de periódico, un resto de emparedado, una mondadura de naranja, que se habían caído de la diligencia, lanzaban su nota chillona y risible en aquella escena nocturna.
       —Hay entre vosotros uno que lleva un fajo de billetes —dijo la voz con una frialdad oficial que daba a sus palabras el carácter de una investigación aduanera. Los viajeros se miraron entre sí, después sus ojos se fijaron en Hale.
       —No es ese —añadió la voz, acentuando el pronombre con un ligero desprecio—. Ganarían tiempo, señores, y simplicarían la tarea obrando espontáneamente. Si nos obligan a registrarles uno después de otro, tendremos que cobrar nuestro trabajo.
       La significativa amenaza produjo su efecto. El viajero que trató de empuñar un arma cuando la diligencia se detuvo, se llevó la mano al pecho.
       —El otro bolsillo primero, le ruego —dijo la voz.
       El hombre se echó a reir, sacó una pistola de su bolsillo de la cadera, y a la luz de la linterna la depositó en el suelo en el sitio indicado por la voz. No tardó en añadir un abultado sobre que sacó del bolsillo interior de su americana, cuidadosamente abotonada.
       —Ya dije yo a los condenados imbéciles que me lo confiaron, en vez de remitirlo por el postillón, que sería por su cuenta y riesgo —observó a manera de excusa.
       —¡Qué importa puesto que su paquete va a unirse con los del postillón! —dijo otro viajero con ironía y mostrando la caja de encargos ya depositada en el camino.
       Hale, no obstante su inexperiencia, se daba plenamente cuenta del objeto y de la premeditación del atentado de que eran víctimas, pero cada vez comprendía menos la indiferente sumisión de sus compañeros y su cólera aumentaba. Sus reflexiones fueron interrumpidas por el eco de una voz que, en esta ocasión, parecía venir de una distancia bastante grande; le pareció más dulce, como si abandonase su cierta severidad primera.
       —¡Al coche, lo más pronto posible, señores! Hay que esperar cinco minutos, Bell. —Esto se dirigía evidentemente al cochero.
       Los viajeros volvieron a subir a la diligencia, y el mayoral y el postillón ocuparon sus puestos. Hale quiso hablar, pero un ademán irritado de sus compañeros le cerró la boca. Escuchaban y esperaban; él hizo lo que ellos.
       Sin embargo, continuaba el silencio. Parecía increíble que cerca o lejos no quedase ningún vestigio de la presencia dominadora que les había tenido doblegados bajo su imperioso yugo algunos momentos antes. Ningún rumor en la maleza, ningún eco en las rocas del desfiladero, traicionaban el secreto de la desaparición. Una ligera brisa era lo único que agitaba la copa de los pinos; de cuando en cuando una piña desprendida caía sobre la imperial del coche, o bien uno de los caballos invisibles sacudía sus arreos; pero estos débiles ruidos hacían que resaltase más el vasto silencio. La espera se hacía insoportable, cuando la voz, tan cerca entonces, que hizo estremecer a Hale, resonó de nuevo en la sombra:
       —¡Buenas noches!
       Ante esta señal que les libertaba, el mayoral restalló su látigo como un tiro, los caballos arrancaron, el pesado vehículo se conmovió y se puso a rodar rápidamente. Cuando Hale se pudo hacer oir en medio del confuso rumor de las voces que se elevaba tanto más ruidoso cuanto más severo había sido el silencio y más absoluta la inmovilidad, dijo con irritación:
       —¿De manera que ese bandido no se había meneado?
       —¡Toma! —respondió su vecino—. Ha estado ahí, apuntando con el fusil al mayoral, durante los cinco minutos. Mientras tanto sus dos compañeros escapaban con el botín.
       —¡—Dos hombres! —exclamó Hale—. Es decir, que no eran más que tres... y nosotros seis!
       El otro so encogió de hombros. El viajero que había entregado los billetes dijo con acento lánguido, con tolerancia perezosa:
       —Infiero que es usted extranjero en el país.
       —Ciertamente; soy ajeno a semejantes procedimientos, si bien vivo a diez millas de aquí, en la Meseta de las Águilas —respondió Hale desdeñosamente.
       —¡Ya! Usted es el individuo que se dedica a la agricultura fantástica, allá arriba, en las Águilas —replicó el hombre negligentemente.
       —Haga lo que hiciere en la Meseta de las Águilas, no tengo por qué avergonzarme de ello. No diría lo mismo de lo que he hecho o más bien dejado de hacer esta noche. Yo he sido uno de los seis hombres que se han dejado desbalijar y aterrorizar por tres bandoleros.
       —Respecto a lo de aterrorizar, tal vez sepa usted de ello más que nosotros. En cuanto a lo de desbalijar, usted, por lo que recuerdo, no ha dejado gran cosa. Y si usted quiere hablar de lo que hubiera debido hacerse, yo le hablaré a usted de lo que hubiese podido acontecer. Quizás habrá usted observado que, cuando la diligencia se detuvo, traté de echar mano a mis pistolas...
       —Sí, y también que no fue usted bastante rápido en la acción —dijo Hale con sequedad.
       —No, en efecto; no fui bastante rápido, y esto le ha salvado a usted la vida. Si yo hubiese sacado el arma y el mozo del fusil, lo hubiera visto...
       —Pues bien —dijo Hale con impaciencia—, eso le hubiera hecho reflexionar, hubiera vacilado...
       —Hubiese disparado los dos tiros sobre usted y usted hubiera volado por la portezuela antes de tener yo tiempo para amartillar mi pistola.
       —¿Y qué? Hubiera muerto uno, pero quedaban ustedes cinco —dijo Hale con altivez.
       —¡Ah, sí, perfectamente! Si usted hubiera firmado un contrato para recibir solo todas las balas, no digo que no; pero la octava parte de la metralla le hubiese bastado a usted, y quedaba la suficiente para cada uno de nosotros, y darnos más de lo que pidiéramos. Ya ve usted, pues, que no había que fiarse mucho.
       —Pero el mayoral y el postillón estaban los dos armados —repaso Hale—. Armados, sí; preparados, no. Todo oonsiste en esto.
       —No comprendo.
       —¿Sabe usted lo que es un duelo?
       —Sí.
       —Pues las probabilidades contra usted esta noche eran poco más o menos las mismas que si le colocaran a usted enfrente de un mozo atrevido que tuviera derecho a disparar sobre usted mientras amartillase usted su pistola. Pudiera ser que no entendiese usted nada de estos asuntos y que nunca se haya batido usted en duelo; pero, por ignorante que sea usted en esto, dudo que le convenga jugar la vida a un azar semejante.
       Un acento indefinible en tales palabras, el interés sardónico prestado por los otros viajeros a aquel diálogo, impresionaron desagradablemente a Hale, ya convencido de la futilidad de sus objeciones ante la actitud de su interlocutor.
       —¿Así, pues, pretende usted afirmar que cuanto acaba de ocurrir era inevitable? —preguntó con tono seco todavía, si bien menos agresivo.
       —Exactamente, en cuanto eran ellos los que atacaban. Si fuese usted quien los persiguiera, llevaría la ventaja; con tal, sin embargo, que supiera usted sorprenderlos tan bien como ellos saben encontrarle. Comprenda usted. Este coche recorre su trayecto regularmente en días señalados; ellos no tienen ni hora ni itinerario fijo. Antes de que el juez haya podido llamar a sus sabuesos, se han puesto en salvo, y su jefe —esto se ha visto— fuma tranquilamente su cigarro ante el café en boga, o pierde su parte de robo al Poker contra el juez en Sacramento. Por lo demás, si no los coge usted con las manos en la masa, carece usted de pruebas. Los de esta noche podrían ser muy bien de la banda de Joaquín Murrieta, pero no lo juraría.
       —¿Sería, por casualidad, el jefe “el hidalgo Jorge” del país de arriba? —peguntó otro pasajero—. Me ha parecido reconocer algunos detalles pintorescos. En su manera de decir “buenas noches” había algo sentimental. No se parece al “¡arrea, recontra!” del otro.
       —Que fuera él o no, el bandido conocía bien el camino y sabía el número de los pasajeros. No sería imposible que hubiera hecho el viaje de ida en el pescante con el mayoral, para entrar en conversación. Sabía perfectamente que yo llevaba esos condenados billetes, aunque los he recibido directamente del Banco de Sacramento. Sin duda el pillastre husmeaba por allí al mismo tiempo que yo.
       Hale permaneció callado durante algunos instantes. Ciudadano por nacimiento y educación, había crecido en un religioso respeto del orden y la autoridad, perteneciendo, sin embargo, a esa categoría de hombres dispuestos a tomar en sus propias manos la administración de ese orden y esa autoridad, en cuanto no los encuentran ejercidos a su gusto. Llevaba hasta el exceso la innata veneración del bostouiano hacia las tradiciones, las conveniencias y la respetabilidad; pero no vacilaba en señalar la irregularidad y la negligencia para combatirlas y asegurar el triunfo de sus principios. Amaba a la naturaleza en teoría, pero desconfiaba de sus instintos indómitos y encontraba que las enseñanzas de la misma eran inferiores a las de la Universidad de Harvard y apenas iguales a las de Cornell. Con una energía y una perseverancia prodigiosas había construido e instalado una bonita vivienda, mitad granja, mitad villa , en un rincón de las Sierras, en donde oponía sistemáticamente con la terquedad de su naturaleza anglosajona la individualidad de sus gustos y de sus doctrinas a la de aquel medio nuevo. En las circunstancias imprevistas, en las que acababa de encontrarse mezclado, juzgaba de su deber, no solamente afirmar sus principios, sino hacerlos prevalecer con decisión. La indiferencia casi desdeñosa de sus compañeros estimulaba más aún ese deseo.
       —¿Por qué no ponerse inmediatamente en persecución de esos miserables? —preguntó de repente—. ¿Quién nos lo impide? Estamos cerca del relevo, en donde enoontraremos caballos.
       —¿Quién había de tomar la iniciativa? La Compañía de las mensajerías presentará la denuncia a las autoridades; pero transcurrirán cuarenta y ocho horas antes de que se ponga en movimiento la policía del Condado, y después de todo, eso no concierne a nadie.
       —Yo estoy dispuesto a empezar —dijo Hale secamente—. Siempre será un hombre de buena voluntad. Tengo un caballo que me espera en el relevo, y puedo ponerne en camino al momento.
       Sus palabras fueron acogidas en silencio. El vehículo había salido de la sombra de los pinos, y la mayor claridad permitió a Hale ver que su vecino de enfrente le examinaba curiosamente con sus ojos pálidos y fríos. Al encontrarse con la franca mirada de Hale, dijo lentamente, como si respondiese a un vago pensamiento:
       —Podría hacerse con cuatro hombres. Habría que buscar un compañero en el relevo.
       Calló un momento, y después añadió con un ligero bostezo y estirando perezosamente las piernas:
       —Soy con gusto de la partida.
       —También yo, si es usted el Coronel Clinch —dijo el que iba al lado de Hale con repentina viveza—. No me engaño, es el Coronel Clinch a quien hablo. Yo soy Rawlins, Rawlins de Frisco [es decir, San Francisco de California]. Su proposición me halaga, Coronel, y le he reconocido a usted en la manera de hacerla.
       Hale vió con asombro a los dos hombres darse un frío y maquinal apretón de manos y entablar en seguida una lánguida conversación sobre las últimas elecciones de Fresno, sin la menor alusión referente a la persecución de los bandidos. Unicamente cuando un poco después el pasajero, que no se había nombrado, dirigiéndose a Hale le hizo saber que desgraciadamente tenía asuntos en el puerto de la montaña que le entretendrían dos horas, pero que si querían esperarle sería do los suyos, el Coronel Clinch replicó con tono breve:
       —Bastarán cuatro hombres, y como tendremos caballos de relevo, tendremos necesariamente que tomar allí nuestro cuarto “asociado”. Después continuó su diálogo incoloro con Bawlins, tan poco animado como éste, mientras el viajero desconocido se entregaba a una contemplación estática de uno y otro.
       A pesar de sus convicciones y del objeto realmente desinteresado que perseguía, Hale no pudo menos de sentirse molesto y un poco enojado por el papel secundario y subordinado que parecían asignarle en una empresa cuyo proyecto había concebido. Cierto que no se había propuesto como jefe; que el resultado que quería obtener, el efecto que buscaba, sería igualmente alcanzado bajo cualquier dirección; sin embargo veía, bajo el imperio de una influencia oculta, que la dirección de un plan concebido por él gravitaba hacia un hombre que no la había buscado y al cual, hasta aquel instante, había considerado como absolutamente nulo. Aquel hecho, irrecusable sin embargo, era tan contrario a todo precedente, que, suspicaz como todos los seres esclavos de la tradición, sintió aumentar su desconfianza, y se hubiera retirado de la empresa si no hubiese creído que su honor estaba comprometido en ella. Le quedaba la probabilidad de recobrar su ascendiente en el relevo donde era conocido y donde su autoridad no sería discutida.
       Pero no se realizó esa última esperanza. La casa de postas, mitad fonda, mitad cuadra, no contenía más que al fondista, el que acumulaba las funciones de agente de la mensajería, y el nuevo asociado que Clinch había previsto que encontraría entre los mozos de cuadra. El juez de paz más próximo habitaba a diez millas de allí; de suerte que Hale no podía pensar en que le delegase para una misión oficial. La admisión en sus filas de un palafrenero grosero y vulgar le causaba, además, una sorda irritación, y una observación de Rawlins vino a aumentar su descontento.
       —De buena se ha escapado usted —le dijo aquél confidencialmente mientras apretaba la cincha de su caballo.
       —¿Cómo eso? Yo pensaba que, no debiendo defendernos, no corríamos ningún peligro —respondió Hale con ironía.
       —¡Oh! No hablo de los bandidos, sino de él...
       —¿De quién?
       —Del Coronel Clinch. Usted no se ha mordido la lengua para decirle que era muy prudente.
       —Yo estoy dispuesto a responder de cada una de mis palabras —dijo Hale con altivez.
       —¡Es chocante! —repuso Rawlins imperturbablemente—. Clinch tiene malas pulgas y es el mejor tirador de la California del Sur; ha hecho que luzca el sol al través de una docena de bravos que no dijeron tanto como usted.
       —¿De veras?
       —Pero en resumidas cuentas —añadió Rawlins filosóficamente—, como demuestra que se pone con usted en lugar de contra usted, podrá usted ver de qué madera está hecho, y sus intenciones de usted tendrán la probabilidad de ser ejecutadas hasta el fin. Con él nunca se queda uno corto, ya verá usted. Por lo demás, si, como supongo, el jefe de los bandidos, es ese galopín de Frisco, que se ha h9cho salteador de caminos, Clinch tiene personalmente que ajustar cuentas con él, a causa de una disputa de juego que tuvieron,
       Estas palabras asestaron un postrer golpe a las ilusiones de Hale respecto de su cruzada ideal. —El, ciudadano honrado y respetable, se convertía en el asociado insignificante de una venganza fuera de la ley cuyo origen databa de una riña de tapiz verde! Sin embargo, pasada la primera impresión, vino en su ayuda cierta filosofía amarga, consecuencia de susceptibilidades refinadas y sueños exaltados. Experimentó una reacción saludable, y, cosa extraña, tuvo conciencia de que comenzaba a juzgar y a obrar como sus compañeros, y que de esta nueva impresión nacía una vaga simpatía por los procedimientos que antes condenara. Un oonsejo familiar que le dio un mozo de cuadra al entregarle un fusil armado y que les colocaba en un pie de igualdad, le halagó casi tanto como le humilló, y reanudó su conversación con Rawlins en tono menos agresivo:
       —¿Así, pues, usted cree conocer al jefe?
       —¡Oh! Solamente por inducción. A causa de los refinamientos empleados en la tarea. El ataque ha sido llevado con arreglo a una moda nueva. En otros tiempos, y en el país de donde vengo, se tenían nociones más crudas. Los bandidos despojaban a los viajeros de todo lo que poseían, incluso de sus trajes. Se dice que en las fondas de los relevos, a la llegada de la diligencia, estaban preparados con mantas para recibir a los viajeros a la bajada del coche, a fin de no asustar a las mujeres. Cuéntase que un día el mayoral y el postillón llegaron sin más sobre el cuerpo que un número de la “Alta California”; pero —añadió cínicamente Rawlins— precisoos decir también que hay quien pretende que se trataba de un reclamo del periódico.
       —¡En marcha!
       —¿Están ustedes dispuestos, señores?
       Hale se estremeció. Se había olvidado de su mujer y su familia en la meseta de las Águilas, a diez millas de allí. Se extrañarían de su prolongada ausencia, tal vez llegaría hasta ellas una versión exagerada del ataque de la diligencia y les causaría una real alarma.
       —¿Habría un medio de enviar un mensaje a la meseta de las Águilas antes de que amanezca? —preguntó vivamente.
       El relevo había agotado ya todos sus recursos, en hombres y en bestias. El viajero desconocido se adelantó proponiendo ser el portador del billete, en cuanto hubiera arreglado unos asuntos que esperaba despachar prontamente.
       —Eso tendrá de bueno —observó Clinch negligentemente— que si se da usted prisa, podrá usted cortar la retirada a nuestros hombres en el caso de que olfateen nuestra persecución y traten de doblar la cresta del Norte. No se aventurarán por una senda frecuentada, y en esos momentos un hombre vale por diez.
       Hale se dijo para sí que él hubiera podido ser aquel hombre, y tener así ocasión de recuperar su prestigio con una acción independiente; pero era demasiado tarde para retirar su imprudente proposición. Escribió rápidamente algunas líneas en el papel de la posada, las entregó al viajero complaciente, y tomó puesto entre los expedicionarios que se pusieron en marcha silenciosamente.
       Cabalgaron así durante cerca de una hora; habían dejado atrás el lugar del ataque nocturno, pero por un camino más elevado. Hacía ya mucho tiempo que la aurora había plantado su luminoso pabellón sobre las cimas frías y blancas amontonadas a la derecha, y tomaba posesión de la cresta sobre la que cabalgaban.
       —Diríase que va a nevar —dijo de pronto Rawlins tranquilamente.
       Hale le miró sorprendido. Nada en la tierra ni en el cielo justificaba semejante previsión. Hacía frío, sin duda, pero podía ser una corriente de aire helado que caía sobre ellos de lo alto de la montaña. La cadena más baja que atravesaban estaba aún toda cubierta por un espeso follaje que apenas amarilleaba, al lado del sombrío y eterno verde de los pinos y los cedros. Las profundas hendiduras labradas en el flanco de la montaña, conservaban como en un horno mal apagado el fuego del sol de la víspera; un hálito caliente flotaba por encima de las quebradas sofocadas entre sus rocas de granito; a sus pies, treinta leguas de eterna primavera se desplegaban a orillas del río americano, y se ocultaban a intervalos bajo transparente bruma. En torno de ellos, Octubre se afianzaba ya; abajo, en el valle, Agosto reinaba aún en toda su plenitud victoriosa.
       —He visto el desfiladero de Thompson obstruido por quince pies de nieve antes de esta época —dijo Rawlins contestando al asombro de Hale—, y en el mes de Setiembre último he recorrido en trineo el camino por donde hemos pasado ayer, mientras que Thompson, una milla más abajo, al otro lado, en el fondo de la garganta, fumaba su pipa al fresco junto a las rosas de su terrado. Crea usted que no hay que fiarse de la montaña. Hace el tiempo que le da la gana. Apuesto a que no ha pasado usted aún ningún invierno aquí.
       Hale respondió que no habitaba en la meseta de las Águilas sino desde la última primavera.
       —¡Ah! En las Águilas está uno seguro, siempre que uno haya llegado, sin embargo. Pero sucede como con Thompson; hay que poder llegar... ¡Atención! ¿Qué es eso?
       Un tiro lejano, pero perceptible, acababa de repercutir en el aire puro y diáfano, seguido de un segundo disparo que parecía ser el eco del primero.
       —Viene de allí, de la cresta del Norte —dijo el palafrenero—. Dos millas de aquí a vuelo de pájaro, cinco por la senda. Alguien que caza osos.
       —No con carabina —exclamó Clinch tirando de las riendas a su caballo con un ademán que electrizó a sus compañeros—. ¡Son ellos, los bandidos, han doblado sobre nosotros!... ¡A la cresta del Norte, señores, y a rienda suelta!
       Ninguno esperó una segunda orden. Todos parecían completamente transfigurados. El instinto bestial de la caza del hombre se había despertado ante la voz y la mirada del jefe. Con un gruñido sordo e ininteligible, Hale, el amigo del orden, Rawlins el filósofo, volvieron brida como los otros, y con ímpetu furioso los expedicionarios desaparecieron en la espesura del bosque.
       Una paz inmensa e indecible cayó sobre la montaña. Bajo el sol deslumbrador que hacía brotar chispas de la pizarra y el granito, el vasto horizonte parecía ensancharse y extenderse en un profundo reposo. A lo lejos, sobre la cresta del Norte, una débil humareda vaporosa subía hacia el cielo como un alma que remonta el vuelo.



II

      La meseta de las Águilas, situada en uno de los desfiladeros más elevados de las Sierras, era, en efecto, así como su nombre lo indicaba, un terreno llano rodeado, como un lago verdoso, por un anfiteatro circular de granito que, elevándose a una altura de dos mil pies, servía de pedestal a las nieves perpetuas. Los demonios familiares de la montaña, el aire y el espacio, defendían celosamente aquel rincón apartado y le rodeaban con sus engañadores espejismos. Nunca la meseta parecía desde lejos lo que era en realidad. El viajero, que la veía casi a sus pies desde lo alto de la cresta del Norte, cuando trataba de bajar se encontraba súbitamente separado por una profunda hendidura y un espumoso torrente; los que pretendían llegar a ella por un sendero que creían directo, le perdían enteramente de vista al cabo de una hora de marcha; pero si, renunciando a llegar, deshacían lo andado, les ocurría caer sobre una brecha que a allí conducía. Lo que desde arriba parecía un plantío de chaparros cerca de una pequeña choza, no era otra cosa sino un grupo de árboles de 300 pies de elevación; los terrenos cultivados que parecía debían caber en el pañuelo del viajero resultaban ser un dominio de 3.000 hectáreas.
       La vivienda era un edificio largo, bajo, irregular, casi enteramente compuesto de techos inclinados y anchos terrados cubiertos, sostenidos por rústicos pilares de pinos todavía con su corteza alrededor de los cuales trepaban rosales y parras. Sin embargo, ciertos indicios revelaban que la frescura y la sombra creadas por aquella construcción meridional fueron concebidas bajo la deslumbradora y engañosa luz de la Sierra; las chimeneas tenían siempre encendidos grandes fuegos, hasta cuando en los campos colindantes marcaba el termómetro 40 grados centígrados. Un viento seco y continuo balanceaba sin tregua las elevadas ramas de los cedros con un rumor semejante al de las olas; pero así como provocaba a la marcha y al ejercicio en pleno aire, helaba a los habitantes sedentarios de la casa en la sombra que habían buscado, o les dejaba quemados por el ardor del sol si trataban de descansar en él. Cortinas de muselina en las ventanas, tapices, pieles y espesas alfombras colocados en los suelos, otros detalles curiosos pero disparatados en el mobiliario, protestaban contra las inconsecuencias y la inconstancia del clima.
       Los mismos contrastes ofrecía en su indumentaria la señorita Kate Scott cuando en la mañana del mismo día puso el pie en el terrado. Un sombrero de paja de anchas alas, masculino, afeminado por una cinta de colores vivos anudada alrededor de la copa, prestaba un encanto picante al bonito rostro, que protegía contra el aire y el sol; una blusa de franela roja tenía igualmente un carácter masculino, mientras que un fuerte abrigo destinado a garantizarla contra las crudezas de la brisa matutina contrastaba de un modo extraño con la falda de batista fresca y clara que, por un singular capricho, persistía Kate en llevar siempre, cualquiera que fuese la temperatura. A las prudentes observaciones higiénicas de su cuñado oponía ella constantemente la misma respuesta: “¿Cómo habría de saberse sin esto si estamos en verano o en invierno en este ridículo clima? Por lo demás, la lana es pesada, los colores obscuros atraen al sol, y por lo menos, se sabe si una está limpia o sucia”. Desde el punto de vista artístico, la tal combinación no tenía nada de desagradable. La joven se destacaba graciosamente sobre el fondo sombrío de los cedros, y parecía prestar una nueva florescencia a los campos cuyos matices vivos y alegres habían ya desaparecido. Los raros transeuntes de la localidad habían ingenuamente manifestado su aprobación, y más de una vez se habían temerariamente aventurado a seguir la provocadora silueta de Kate hasta encontrarse con la fría indiferencia de su clara mirada. Su cuñado se preocupaba poco de aquellas manifestaciones halagadoras, tenía plena confianza en el profundo desprecio de la joven hacia el medio en que se encontraba, y la permitía vagar sola por su pintoresco aislamiento, acompañándola solamente cuando, aprisionada en su amazona verde obscuro, corría a caballo por la montaña sin preocuparse de los vecinos.
       Kate Scott, a los veinte años, había ya sometido sus ilusiones juveniles a un severo y crítico examen. Había seguido muy gustosa a California a su madre y su hermana casada, con la esperanza ardiente, pero oculta, de que la Naturaleza le revelara secretos que ella ignorase; pero no había tardado en observar que había descontado las sorpresas en sus lecturas. Se imaginó la emancipación de las trabas sociales en la libre existencia que se le ofrecía, y se prometió probar a los demás hasta qué punto era ella capaz de apreciarla con inteligencia; pero hasta aquel día, la única prueba de independencia que hubo encontrado ocasión de dar, fue en materia de trajes. Algunos hombres, y casi todas las mujeres con quienes ella se encontró, tenían en gran estima a las leyes de la convención, que ella desdeñaba, y aspiraban a llevar las cadenas que ella tenía ansia de romper. Aquellos hijos de la Naturaleza, en vez de darle enseñanzas, se las pedían; la cansaban con preguntas acerca de la civilización de que ella había querido huir, y la irritaban con torpes imitaciones tomándola por modelo. “Figúrate —escribía a una amiga de Boston— que he visitado a Susana Murphy, que recuerda la tragedia de Donñes [la familia de emigrantes que fueron aprisionados por las nieves a orillas de un lago e impulsados por la más horrible miseria, llegaron a devorarse entre sí], la cual ha disparado sobre un oso que rondaba en torno de su cabaña, y, ¿lo creerías?, me ha pedido que la preste el patrón de mi gabán, y ha indagado si las polonesas se llevaban todavía”.
       Con tanta indignación, recordaba la joven una novela que había exaltado su imaginación: dos amigos de colegio de su hermano, viviendo la vida ideal en las minas, golpeando las rocas con un volumen de Homero en el bolsillo, escribieron, bajo la libre atmósfera de las selvas, cartas que respiraban la más pura filosofía... Un día, cogidos de improviso, fueron encontrados en su Arcadia, impresentables de negligencia y suciedad, e inconfesables por sus complicaciones domésticas, que habían poblado su bucólica cabaña de niños de sangre mezclada.
       Kate, por un sentimiento de íntimo orgullo, ocultó habitualmente sus decepciones y desilusiones, o habló de ellas ligeramente con su madre y su hermana. La señora de Hale y la señora de Scott no tenían ídolo alguno que derribar, ni entusiasmo que enfriar. Convencidas en absoluto de su superioridad a la vida que llevaban en las Sierras y al mundo que las rodeaba, no por eso dejaban de aceptar con solicitud sus nuevos deberes y de cumplirlos a conciencia. Tales deberes, a sus ojos, consistían en una ciega abnegación por los intereses de Hale, en una especie de vago apostolado que ejercer entre sus vecinos, y, como la mayoría de los misioneros, se preocupaban más de imponer sus propias doctrinas que de comprender las de las de los otros. El celo de la anciana señora de Scott era semirreligioso, y alimentado por las puritanas tradiciones de su raza; el de la señora de Hale estaba templado por la afabilidad de la mujer distinguida y las exigencias de su posición. Unía a ello la habitual languidez de la americana bien educada, cuya salud se resiente con el nacimiento del primer hijo, y que ha llegado a considerar el matrimonio y la maternidad con un ligero e indefinible escepticismo. Era sinceramente afecta a su marido, que reinaba en su interior y sobre las tres mujeres con ese despotismo inconsciente, producto de una abnegación pasiva, que hace que la posición de un sultán en su harén sea a la vez tan absoluta y tan precaria. La actitud de John Hale en su familia era la del dominio, sobre todo porque no se había expuesto nunca a la comparación o a la censura, y por esto mismo, tal actitud no estaba exenta de peligros.
       La señora de Hale no tardó en reunirse con su hermana en el terrado, y poniéndose sobre los ojos a manera de pantalla una de sus manos largas y delgadas, se puso a considerar el paisaje con más cortesía y urbanidad que real interes. El sol implacable, que, según frase de Kate, era de una “vulgaridad irritante”, le devolvió su mirada; pero, sin poner un tinte más rosado en sus mejillas pálidas, realzó la gracia delicada de su cabeza pequeña y fina con sombras esfumadas, y de sus ojos obscuros y dulces, cuyos párpados, en los que resaltaban las venas, guiñaban ligeramente ante la luz intensa y deslumbradora. Más alta y más esbelta que Kate, tenía a veces una ligera y tímida sinuosidad de movimientos que le prestaba un no sé qué de virginal, y hacía que en ocasiones pareciese ser verdaderamente la hermana soltera. Esta, por el contrario, se había hecho notar desde su infancia por un singular aplomo de actitud y de modales que, unido a un completo desarrollo de líneas y a una voz grave y tranquila, le daba la gracia más madura de la mujer.
       —Me temo que John se haya detenido por algún asunto —dijo la señora de Hale a su hermana—, sin lo cual ya estaría de vuelta. Es casi inútil esperarle más tiempo, a menos que no quieras ir a su encuentro. Podrías ponerte la amazona —añadió paseando sus ojos por la híbrida vestimenta de Kate— y decir a Manuel que te acompañe.
       —¡Ciertamente que no! ¿Llevarme al único hombre disponible y dejarte sola? —respondió Kate tranquilamente—. ¡Jamás!
       —Pero ahí están los trabajadores chinos —objetó la señora de Hale—. Vamos, chiquita, ¿no renunciarás nuuca a tus prevenciones, y no les concederás algo de humanidad? John me asegura que en el país de esos individuos existe un excelente sistema obligatorio, y que todos saben leer y escribir.
       —Lo que no te serviría de mucho si... si...
       —¿Si qué? —preguntó la señora de Hale sonriendo—. ¿Piensas en la extravagante historia de Manuel y en los pasos de oso que pretende haber encontrado en los campos esta mañana? Te prometo que, ni yo, ni mamá, ni Mimi, saldremos de casa hasta que tú vuelvas. Vamos, ¿estás contenta?
       —No pensaba en eso —replicó Kate—, aunque tenga pooa confianza en la eficacia de un redoble de tam-tam o en una serie de palabras gruesas para alejar a los animales salvajes. Pero ya sabes que los trabajadores chinos deben bajar hoy para un bautizo, o un entierro, o un festín de pollos robados; no sé. Estarán ausentes todo el día.
       —No dejes por eso de llevarte a Manuel. Quedan todavía Molly el indio y los criados chinos para protegernos contra... Dios sabe qué. Tengo plena confianza en Chy-Lee como guerrero, y en general en su estrategia nacional. Basta escucharle cantar en tiempo de paz para adivinar lo que sería en un combate. Nunca oí nada más terrorífico que ese poema de amor que entonó el otro día. Pero, bromas aparte, te repito, Kate, que no tengo miedo de quedarme sola. Ya sabes lo que John repite sin cesar: es preciso estar siempre dispuestos para todo.
       —Mi querida Josefina —dijo Kate, enlazando con un brazo el talle de su hermana—, estoy íntimamente convencida de que si Jack, con sus tres dedos de menos, Bill con su pulgar de más, el mismo Joaquín Murrieta, o cualquier otro bandido so presentase de improviso, con las manos tintas en sangre derramada, en este lugar, le ofrecerías graciosamente una taza de té, le pedirías cortésmente noticias de sus atentados y no te permitirías ninguna alusión a la policía ni al juez. Sin embargo, no me llevaré a Manuel. No puedo, en verdad, encargarme de vigilar sus costumbres en la posada, ni impedirle que se emborrache con aguardiente en compañía de compañeros sospechosos. Sé muy bien que hasta cuando tiene la lengua gorda me “besa las manos” de palabra, y me ofrece su espalda encorvada para ayudarme a bajar del caballo; pero te confieso que prefiero a su servilismo la brusca familiaridad del posadero del condado de Pike, que se contenta con decirme: “Salte la hermosa, yo la atraparé!”
       —Supongo que no te picarás por tan poco—replicó gravemente Josefina.—John desea que mantengamos las mejores relaciones con esas gentes, y convendrás que se conducen hoy más decentemente, aun cuando ignoren todavía el uso de la gramática y del tenedor.
       —Sí, el hombre se pone guantes y un sombrero de copa para venir a vernos el domingo, y la mujer se niega a visitarnos antes de que lo hayamos hecho nosotras —contestó Kate—. ¿Es eso lo que tú llamas progreso? El hecho es, Josefina, confesémoslo francamente, que esas gentes no nos quieren.
       —¡Imposible! —exclamó Josefina con sublime candor—. Di que eres tú quien las detestas.
       —Las quiero más que tú, Josefina, y precisamente por eso veo lo que a ti se te escapa. —Se calló, y después de una corta pausa, añadió con tono más animado—: No, después de bien pensado, no iré al relevo. Voy a entregarme a la contemplación de la naturaleza, sin admitir en mi sociedad la menor muestra de vida animal, según la fraseología de Bill, el conductor de la diligencia. Adiós [en español, en el original].
       —Me desconsuelo cuando Kate habla como esas gentes, aunque sea de broma —dijo la señora de Scott, sentada en su mecedora cerca de la puerta ventana, cuando Josefina entró en la sala después de haber visto a su hermana alejarse con paso rápido—. Temo que no la convenga la nueva sociedad en que se encuentra. Debería cambiar de aire.
       —Precisamente estaba pensando —respondió Josefina— en convencer a mi marido para que la lleve a San Francisco este invierno. Los Oareys deben ir allí y podía quedarse con ellos.
       —Me temo que si tardamos mucho, la tenga sin cuidado —dijo la madre, meneando tristemente la cabeza—. A Kate no le gusta ya nada de lo que le gustaba antes.
       Sin embargo, la joven, ajena a tales observaciones, proseguía su camino, sumida en sus pensamientos; hasta había despedido a su perro, Spot, otra de sus desilusiones desde que el can, cediendo a groseros apetitos, estranguló a un cordero, porque ella no quería que su comunión solitaria con la Naturaleza corriese el riesgo de ser turbada por una repetición de aquellos incidentes vulgares. El aire era excesivamente picante, y por primera vez, por lo que ella sabía de la montaña, los rayos del sol, que caían a plomo sobre su cabeza, parecían haber perdido su poder. Sin darse cuenta apresuró su marcha y en menos de una hora llegó, sofocada, a aquella parte de la garganta en donde el paso a la meseta de las Águilas estaba cerrado por una portada natural.
       El espectáculo que desde aquel punto se ofrecía a sus ojos, le había parecido siempre uno de los más grandiosos de la montaña; pero aquel día revestía un carácter casi terrible en su austera y glacial majestad. La quebrada se estrechaba hasta tal punto, durante un centenar de pasos, entre dos gigantescos bastiones de granito que los seculares árboles, nacidos entre las hendiduras de la roca, enlazaban sus nudosas ramas y formabanlas góticas ojivas de aquella arcada colosal.
       Kate levantó los ojos: su corazón palpitaba. Sabía que aquellos troncos, unidos por encima de ella, eran inmensos, como los que acababa de dejar atrás; sabía también que la altura en la que se tocaban no llegaba sino a la mitad de la vertiente, pues recordaba el día en que, habiendo subido hasta la cumbre, los había visto casi a sus pies, semejantes a un plantío de chaparros; sabía que las piñas que el viento desprendía de sus ramas caían perpendicularmente en un abismo de mil pies de profundidad, en el que golpeaban, rebotando como balas, los muros cortados a pico que bombardeaban. Sabía que un cedro, arrancado por una tempestad de sus aéreas raíces, cayó un día como un rastrillo ante la gran portada, y que hubo necesidad de acudir al hierro y al fuego para desalojarle. Inclinando raaquinalmente la cabeza, la joven echó a correr por la angosta galería y no paró, después de haberla franqueado, hasta la abrupta pendiente que subía enfrente de ella al otro lado.
       Desde esta parte, únicamente podía uno darse cuenta exacta de la posición de la meseta, que tan difícil era de alcanzar. Dibujábase desde allí como un alto promontorio que se destacaba, rodeado por tres lados por quebraduras y torrentes, bastante reducido para ser completamente dominado por la cadena principal, a la que se unía por un largo y estrecho desfiladero que conducía a la cresta del Norte. Aquel desfiladero, turbulento río en otro tiempo, ofrecía en su desembocadura el aspecto de habar sido levantado por tierras de aluvión y amontonamientos de escombros,—conformación reproducida en miniatura por las excavaciones en la boca delos túneles de minas, abiertos en los flancos de la montaña. Entonces se daba uno cuenta de un hecho, harto a menudo olvidado por los habitantes de la meseta de las Águilas, a saber: que no se podía llegar al valle, oculto en el fondo, sino empezando por subir todavía antes de bajar, puesto que el único camino existente atravesaba la cadena por un punto más elevado. Nunca había impresionado tanto a la joven aquel singular itinerario, como en el momento de volverse para contemplar la meseta; creyó leer la confirmación visible de una convicción que se había* apoderado de su espíritu aquella misma mañana. ¿Era, pues, necesario, para tener la intuición perfecta de un destino más elevado, el elevarse uno mismo, y los que se detenían en el camino no percibían las cimas con tanta claridad como los más humildes que se quedaban en el llano?
       Tan profundas reflexiones no impidieron, sin embargo, a Kate coger los helechos y las purpurinas bayas de que gustaba, ni observar con su mirada tranquila y atenta ciertos fenómenos climatéricos que se producían en torno de ella. Desde luego, una extraña densidad en la atmósfera, que, a pesar de interceptar el calor del sol, no disminuía perceptiblemente la transparencia del aire. A lo lejos, los nevados picos aparecían claros, pero se les hubiera dicho bañados por la luz de la luna; el mismo sol, sin que la meuor bruma o nubecilla le velase, parecía palidecer. Pronto un roce de alas, el rápido vuelo de aves mayores bajo la maleza, el paso furtivo de algún animal invisible en la espesura, llamaron su atención por el hecho mismo de aquellos rumores inusitados en parajes consagrados a una silenciosa soledad. A Kate no la inspiraban ningún temor las bestias feroces; había vivido bastante tiempo en la montaña para saber que el transeunte no tiene nada que temer de animales a los que no molesta, y continuó tranquilamente su paseo.
       Descendía por un sendero escarpado cuando un roce de ramas la hizo estremecer. El ruido parecía venir de la vertiente opuesta, poco más o menos al mismo nivel del que ella se encontraba, y según toda apariencia, en el mismo camino que ella iba a seguir. El rumor se repitió varias veces, pero cada vez más bajo, como si un cuerpo pesado descendiera paulatinamente. Esperando ver aparecer algún tronco desarraigado o alguna roca desprendida, la joven se detuvo. De repente, el follaje se abrió bruscamente y un oso enorme desembocó en el sendero, medio corriendo, medio rodando; cincuenta pasos más de una y otra parte, y Kate y el animal se encontrarían frente a frente.
       La señorita de Scott no gritó, ni se desvaneció, ni siquiera tuvo miedo. Aquella bestia corpulenta y estúpida no le parecía muy aterradora. Sin embargo, sorprendido por la caída de un canto con que tropezó el pie de la joven, el oso se detuvo a su vez, se enderezó lentamente sobre su cuarto trasero y se puso a mirarla con sus ojillos asombrados. Sin apresurarse, naturalmente, puesto que la cerraba el paso, Kate se bajó, cogió una piedra y se la tiró diciendo: “¡Chut, vete!” Le pareció muy sencillo que el animal obedeciese y verle volverse hacia su guarida con su paso vacilante y pesado hasta desaparecer como un grotesco fantasma de encantamiento. Sin embargo, después de haberle perdido de vista por completo, se sintió de repente conmovida y turbada, y, volviéndose precipitadamente, tomó de nuevo el camino de la casa, sobrecogida de un ligero temblor y estremecimiento a cada roce de las hojas. Cuando hubo llegado a la portada de rocas no sabía ya si estaba temerosa o satisfecha por haber corrido aquella aventura, pero se prometió no hablar de ella a nadie.
       El frío continuaba siendo intenso. La luz de pleno mediodía seguía disminuyendo, y cuando la joven hubo llegado a la meseta vió una nube opaca, parecida a la de una tormenta, cernirse en el horizonte sobre las nevadas cimas. No obstante la glacial temperatura, aquel recuerdo de las calurosas tardes de verano parecía estar de aruerdo con el verde valle que sonreía a sus pies y con la delicada hierba que iba hollando. Con un apostrofe medio burlón, medio indignado contra los caprichos del clima, Kate se apresuró a entrar en la casa.



III

      Kate observó, no sin asombro, que el piso bajo de la habitación estaba completamente desierto, mientras en el principal repercutía un rumor inusitado de pasos recios y apresurados. Vió huellas polvorientas en el suelo tan limpio del vestíbulo, y en el primer escalón una gota de sangre. Súbitamente alarmada, olvidándose de todo, gritó con ansiedad el nombre de su hermana. Un roce discreto de faldas respondió a su llamamiento, y Josefina descendiendo con rapidez, con un dedo en los labios, se llevó silenciosamente a Kate a la sala, cerró la puerta y se apoyó en ella. Tenía en su mano un papel arrugado; una ligera sonrisa vagaba en sus labios.
       —No te asustes —dijo tendiendo el papel a su hermana—. Pero lee esto. Acaban de traerlo hace un momento.
       Kate reconooió la letra clara y firme de su cuñado. Leyó precipitadamente: “La diligencia ha sido asaltada y saqueada la noche última. No hay ningún herido. Yo no he perdido más que el tiempo, porque este asunto me retiene aquí hasta mañana. Enviadme a Manuel con un caballo de repuesto. Estad tranquilas. Como el dador da un rodeo para entregaros este pliego, cuidad de que no le falte nada.
       —¿Y bien? —exclamó Kate impetuosamente.
       —Pues bien, parece que en la cresta del Norte los bandidos han tirado sobre el dador y le han herido en una pierna. Afortunadamente un amigo suyo, que salía a su encuentro, le ha recogido y le ha traído aquí, el lugar más próximo al sitio del atentado. Está allí arriba, en el cuarto de los huéspedes, con su amigo que no le abandona. No quiere dejar entrar ni a mamá. Ha sido contenida la hemorragia con los instrumentos y los medicamentos encontrados en la farmacia de John, y ahora que recuerdo, Kate, he aquí una ocasión de mostrar tu arte y si te ha aprovechado de veras tu curso de ambulancia. Tal vez será preciso extraer la bala..., distinguete.
       Kate miraba a su hermana con curiosidad. Ligero carmín coloreaba las pálidas mejillas de la joven, y sus ojos dulces y serenos tenían una animación extraordinaria. Nunca había estado tan seductora.
       —¿Por qué no enviar a Manuel a buscar inmediatamente al doctor? —preguntó Kate.
       —Sabes que vive a quince millas de aquí por lo menos; además, no se encuentra a Manuel. Tal vez ha marchado para recoger el ganado; han hablado de nieve, es absurdo.
       —¿Quiénes son esos hombres? —preguntó Kate pensativa.
       —Se dicen “amigos”, como si esto constituyera una profesión o una posición social. El herido era, por lo menos así lo creo, uno de los pasajeros de la diligencia asaltada.
       —¿Pero qué aspecto tienen? —añadió Kate—. ¿El de todo el mundo, naturalmente?
       Josefina se encogió de hombros.
       —El herido, cuando no se desvanece, se ríe. El otro tiene grandes bigotes negros y un aire extraordinariamente sombrío. —¿Qué vamos a hacer?
       —¿Qué quieres que hagamos? Aun sin la recomendación de John, yo no podría en manera alguna negar hospitalidad a un desgraciado herido. Lo tendré aquí, no hay para qué decirlo, hasta la vuelta de mi marido. Verdaderamente, Kate, empiezo a creer que tus prejuicios te extravían hasta el punto de hacerte dura y de querer echar a esas pobres gentes. Pero... no, perdona, es que las quieres demasiado... Tranquilízate, querida, y no temas exponerte a las fascinaciones del trovador herido o a las seducciones del apuesto tenebroso; este último es tan tímido como pocos, y ni siquiera se atrevería a mirarte.
       En este momento se oyeron en el rellano de la escalera vacilantes pasos, cesaron, deshicieron el camino y volvieron a acercarse; después se oyó un ligero golpe en la puerta.
       Kate se apresuró a abrir, con profunda consternación de un hombre alto de atezado cutis, que se disponía ya a batirse en retirada. No obstante su turbación, tenía realmente muy buen aspecto; sus largos bigotes eran ligeros y sedosos como bucles de niño, y Kate observó involuntariamente que la mano que los atormentaba con ademán nervioso, era blanca y fina.
       —Perdón —balbuceó él sin levantar los ojos—, buscaba a la señora anciana...; yo... ruego que me perdonen... no sabía que... las señoritas..., que alguien..., deseaba únicamente..., quería manifestarlas que... mi amigo...
       Se paró en seco al ver la sonrisa que se dibujaba en los labios de Josefina, y su rostro tostado se puso rojo de cólera.
       —Espero, señor, que su amigo no está peor —se apresuró a decir la señora de Hale, con mayor amabilidad que de ordinario para corregir la sonrisa—. Mi madre está ausente en este momento, pero ¿no podemos nosotras —mi hermana— reemplazarla?
       A la presentación, el desconocido, sin mirar a Kate, respondió con un saludo que, aunque breve y encogido, no era, sin embargo, ni torpe ni descortés.
       —Gracias, es usted demasiado buena; mi amigo se siento un poco más fuerte, y si pueden ustedes prestarnos un caballo, trataré de transportarle hasta el alto antes de esta noche.
       —¡No trate usted de llevárselo tan pronto! —dijo Josefina con tono de adecuada protesta, ea la cual notó su hermana, sin embargo, un acento de sinceridad—; esperen ustedes por lo menos hasta mañana a que haya vuelto mi marido.
       —No estará aquí mañana —dijo vivamente el extranjero. Se mordió los labios y añadió en seguida—: Quiero decir que sus asuntos le detendrán; así me lo ha indicado mi amigo.
       Kate había notado la vacilación y la corrección; vió también que ambas cosas se habían escapado a su hermana.
       —¿Cree usted que el Sr. Hale no podrá venir? —preguntó ella.
       El extranjero se volvió bruscamente hacia ella:
       —Creo —dijo mostrando por la ventana la densa nube que Kate había observado— que nieva ya en lo alto y que, si la nieve baja hasta el desfiladero, quedará éste bloqueado. Por esto es urgente que nos marchemos sin demora.
       —Pero si mi marido no puede pasar a causa de la tormenta, tampoco pasarán ustedes —replicó Josefina—; valdría más permitirnos hacer nuestros posibles para cuidar a su amigo en lugar de exponerlo en su estado a los riesgos de una marcha precipitada. Mi hermana no pide otra cosa que una ocasión de ostentar su talento en cirugía —añadió con dulce malicia desconocida para Kate y que le causó tanta sorpresa como embarazo—. ¿No es verdad, querida?
       Sin ignorar que su silencio no debía ser interpretado de una manera benévola, la joven no pudo resolverse a formular la menor frase de disculpa cortés ante aquella proposición que le producía un indecible malestar. Permanecía callada y sin moverse. El extranjero, sin preocuparse de su actitud, dirigió una rápida ojeada por la habitación.
       —Es imposible —dijo—. Es preciso que marohemos. El caso es que me he adelantado a pedir los caballos. Deben estar ensillados. Tenga usted la seguridad —añadió con acento de convicción alzando los ojos para mirar a Josefina y apartándolos en seguida—, tenga usted la seguridad de que le devolveremos el caballo lo más pronto posible y que... no olvidaremos sus bondades. —Se calló y se dirigió hacia el vestíbulo—. He bajado ya a mi amigo, está ahí y desea también dar a usted gracias antes de marcharnos.
       Las dos mujeres siguieron al extranjero, y se encontraron, echado en un canapé de paja, al herido, cuyo cuerpo, delgado y delicado, estaba oculto bajo los amplios pliegues de una manta mejicana de color oscuro. Su rostro afeitado le daba un aspecto de adolescencia desmentido, sin embargo, por ciertas arrugas en la frente y las comisura — de los labios. Bajo su palidez se adivinaba un sufrimiento real, pero sus ojos brillaban de alegría y de malicia. La soltura de sus maneras contrastaba de un modo extraño con el sombrío embarazo de su compañero, y, por decirlo así, era el único del pequeño grupo reunido en el vestíbulo que pareciese por completo libre de preocupaciones.
       —Es algo impertinente el hacer que vengan todos ustedes a despedirme —dijo con una risa sonora y comunicativa—; pero este Ned me ha traído en brazos hasta aquí y quería pasearme por toda la casa, como a un niño, para que me despidiera. Perdónenme ustedes, señoras, que no me levante; pero por el momento me encuentro, en cuanto a las piernas, como una sirena fuera del agua. Ned —añadió lanzando a su amigo una mirada de inteligencia—, Ned quiere marchar, y yo marcho, pero no sin haber antes saludado a la señora anciana. ¡Ah! Aquí la tenemos.
       Con inmenso asombro de Kate, no solamente dejó pasar su hermana aquella familiar alocución, sino que vió a su madre avanzar con solicitud y tratar de hacer que renunciase el enfermo a sus proyectos, con todas las expresiones de la más viva simpatía y apoyándose en su edad y en su experiencia para amonestarle.
       —No es esta mi casa —dijo mirando a su hija—, pero si lo fuera, no consentiría que saliese usted de ella, ni hoy, ni hasta el día en que estuviera usted completamente fuera de peligro. ¡Josefina! ¡Kate! ¿en qué pensáis para permitirlo? Pues bien, lo prohibo yo. Quieto aquí, ¿lo oye usted?
       Kate se preguntaba, no sin temor, si se habían vuelto locas o si aquel extranjero sombrío y su compañero, con su odiosa familiaridad, las habían embrujado. Cierto que el segundo estaba herido y que los más elementales principios de humanidad ordenaban el socorrerlo; pero ¿por qué su madre, que no quería permanecer en la misma habitación de Whiskey Dick cuando venía a hablar de arrendamientos, se despojaba de su autoridad para estrechar la mano de un desconocido? ¿Por qué su hermana, que se negaba a dar dos dedos a los visitantes de la comarca, contemplaba efusión semejante con. plácida aprobación?
       El herido se llevó la mano de la señora de Scott a los labios; después, poniéndose serio, intentó incorporarse.
       —Imposible, señoras. Es preciso acabar. Tu brazo, Ned. Pronto. ¿Están ahí los caballos?
       —Dios mío —dijo la señora de edad—, se me ha olvidado decir a ustedes que no se encuentra un caballo en ninguna parte. Manuel ha debido tomar el último para correr tras el ganado. Pero volverá más tarde o más temprano, y si mañana...
       El herido volvió a sentarse.
       —¿Manuel es un servidor de ustedes? —preguntó con repentino interés.
       —Sí.
       Los dos amigos cambiaron una rápida mirada.
       —¿Marcado en la mejilla izquierda, bebedor empedernido?
       —Sí —dijo Kate—. ¿Le conoce usted?
       El herido recobró su acento burlón.
       —No es bueno fiarse demasiado de los borrachos —replicó—. Habrá que contentarnos con nuestras cabalgaduras. Ned, ¿estás dispuesto?
       —Sí.
       El herido hizo un movimiento para levantarse y volvió a oaer pesadamente. Se había desmayado.
       Espontánea y simultáneamente, las tres mujeres se precipitaron hacia él.
       —Ya ve usted que no se puede marchar —dijo Kate con firmeza.
       —Estará mejor dentro de un momento.
       —Tal vez, pero no durará. ¿No hay, pues, nada en el mundo que pueda hacerle cambiar a usted de decisión?
       —Sí, por cierto —dijo el extranjero amargamente—. ¡Eso!
       —¿La lluvia?
       —A una milla de aquí esa lluvia es nieve, y antes de que podamos llegar al relevo, el camino se habrá puesto impracticable.
       Acompañó sus palabras con un gesto involuntario que parecía aceptar una inevitable derrota, y se volvió lentamente hacia su amigo; éste recobraba el conocimiento merced a los solícitos cuidados de que era objeto.
       —He aquí una manera como cualquier otra de irme —murmuró con voz débil todavía—. Para lo que hago aquí, lo mismo será la carretera.
       —Ya no hay modo de hacer nada —replicó su compañero en tono breve—. El camino quedará bloqueado para nosotros y los caballos antes de llegar a la Portada.
       —¿Para cualquier caballo? —preguntó Kate.
       —Para todos, hombres y animales. Por donde no podemos salir, nadie puede entrar —replicó el extranjero como si hubiese adivinado el pensamiento de la joven—. Me temo que no vea usted a Ha...—a su señor hermano mañana por la mañana. Pero iré a efectuar un reconocimiento en cuanto pueda hacerlo, sin torturar a éste —añadió, mirando al herido con inquietud.
       Aún no había hablado tan seguido a la joven, y por primera vez la contemplaba cara a cara. Su timidez y su torpeza habían de repente cedido el puesto a una resignación mal humorada, menos embarazosa, pero igualmente poco halagüeña para sus huéspedes. Levantando suavemente a su compañero en sus brazos, como lo hubiera hecho con un niño, desapareció con él por la escalera, precedido de la señora de Scott, que llamaba a la India y daba todas las señales de una extrema solicitud.
       Cuando estuvieron solas las dos hermanas, Josefina interpeló a Kate:
       —Si no fuera porque nuestros forasteros se muestran tan deseosos de marcharse como tú de despedirlos —dijo—, me hubiesen indignado tus maneras inhospitalarias. No te comprendo, Kate. ¿No son precisamente éstos de los que tú me censuras que no trato con bastante benevolencia?
       —Pero, en suma, ¿quienes son?
       —¿Qué sé yo? Ya has leído la carta de tu hermano.
       Josefina, cuando hablaba de su marido, le llamaba de ordinario por su nombre de John.
       La habilidad completamente femenina con la cual acababa de recordar el parentesco de su hermana con el amo de la casa, descargándose de una parte de responsabilidad e iniciativa, no dejaba de ser significativa. Kate se sintió en falta y tuvo remordimientos.
       —Digo únicamente que ni siquiera sabemos sus nombres.
       —¿Y qué? Yo no creí que eso fuese necesario para ofrecerles un lecho y la cura. ¿Crees tú que el buen samaritano preguntase cómo se llamaba al judío moribundo, y piensas que el levita hubiera disculpado su sequedad de corazón diciendo que los ladrones no habían dejado al desgraciado su tarjetero? ¿Acaso tu manual de ambulancia, en el reglamento referente al capítulo de accidentes, prescribe el “acostar primero al paciente boca arriba y hacerle declinar después su nombre y apellidos”? En resumen, querida; si lo prefieres, llama al uno Jorge y al otro Ned.
       —Vaya, vaya; sabes perfectamente lo que quiero decir Josefina —respondió Kate encogiéndose de hombros—. ¿Cuál es Jorge?
       —El pobre herido. No el que se puso a hablar contigo más que con ninguna de nosotras —para amansarte. —Leía su despedida en tu frente.
       —Cuánto me alegraría de que John estuviese aquí! —exclamó la joven.
       —Aun en ausencia de mi señor y dueño, no tenemos gran cosa que temer de gentes que no tienen más que un deseo: marchar. Si lo que te preocupa es la cuestión de conveniencias, querida Kate, me parece que la presencia de nuestra madre es una salvaguardia suficiente, aunque, a decir verdad, su actitud, respecto del enfermo, no esté libre de toda censura —añadió Josefina con un ribete de malicia, que parecía un reflejo de su alegría de colegiala. Después dijo con más gravedad—: Haremos lo que podamos, y mientras tanto...
       —Voy a ocuparme de prepararles la habitación de mi cuñado...
       —Eso es; mamá había tenido la misma idea. Es mayor, pueden ponerse dos camas, y como Ned no quiere dejar solo a su amigo, será más cómodo. Pero, dime, Kate, si no sales ¿por qué no te mudas de traje? Ese está muy bien cuando nos encontramos solas...
       —¡Cómo! —interrumpió Kate indignada—. ¿Acaso te figuras que voy a ir a visitarle?
       —Podría muy bien suceder a falta de médico. Él está muy agitado y anda por toda la casa como un perro que ha perdido a su amo.
       —¿Quién es ese él?
       —Ned. Pero es preciso que vaya a velar por su bienestar. El herido debe estar ya acostado —dijo Josefina subiendo rápidamente la escalera, después de haber hecho un gesto cariñoso a su hermana.
       Descontenta y disgustada, Kate se decidió a ir en busca de su madre; pero la buena señora se encontraba ya al lado del herido, y la joven se alejó con presteza de aquella habitación, convertida tan pronto en el centro de todas las atracciones, más irritada y más sola que nunca lo estuviera. En cuanto entró en su cuarto corrió a la ventana, ese eterno refugio de los espíritus turbados, y se puso a mirar maquinalmente hacia fuera. Cuando su mirada cayó sobre el punto hacia el cual había dirigido su paseo matutino, se sintió súbitamente deslumbrada. Se frotó los ojos, después limpió con su pañuelo el cristal oscurecido por la lluvia. No era una ilusión. El paisaje familiar se había transformado en un vasto campo de una blancura unida y mate. Arboles, rocas, vertientes, hasta el horizonte, todo había desaparecido. Un gran mar inmóvil, sin sombras y sin olas, llenaba el espacio y extendía como un pálido sudario entre ella y el mundo exterior. Inmediatamente alrededor de la casa, la verde meseta, con sus prados en declive y su franja de pinos y algodoneros, semejaba una isla primaveral en medio de un océano de hielos.
       El insensato deseo de contemplar aquel fenómeno más de cerca y calcular mejor la extensión y los límites de su dominio súbitamente circunscrito, se apoderó de Kate de un modo tan imperioso, que habituada a obrar siempre bajo el impulso del momento, se puso a escape un abrigo impermeable con capucha y se deslizó sin que la vieran fuera de la casa. La lluvia caía sobre el camino en cuesta que seguía; pero una milla más lejos, más allá de la gran arcada de rocas, una espesa cortina formada por giratorios copos velaba el paisaje conquistado de pronto por el invierno. Apresurando el paso con febril impaciencia, la joven no tardó en llegar a la portada de granito, única salida de la meseta de las Águilas; a la primera ojeada vió que una blanca muralla la cerraba herméticamente. Kate sabía que el sendero subía por la vertiente opuesta después de franquear el angosto pasaje, y que, por consiguiente, lo que tenía delante no era otra cosa que la montaña dela que había bajado el oso, pero invertida ya por la nieve que acababa de cerrar la única salida. Sin tomar aliento corrió hacia el punto más alto de la meseta, una elevada roca que se alzaba detrás de la casa cortada a pico sobre el valle; se inclinó ansiosa sobre el vertiginoso abismo, buscando algún resquicio desconocido ú olvidado; pero fue en vano. El granítico arco era el único medio de salir de su dominio, el solo camino que conducía al llano. Contempló largo rato la nieve que giraba ante la arcada, y su imaginación sobreexcitada concluyó por ver las movibles mallas de una red mágica y fatal, tejida por manos invisibles e inexorables, haciéndose más tupida de minuto en minuto para mantenerla prisionera.
       Conmovida y turbada, volvíase por fin, cuando vió a algunos pasos delante de ella al extranjero Ned, absorto también en la contemplación de la nieve. Se había encapillado el poncho negro bordado de plata, y el ala de su ancho sombrero de fieltro blando, levantada por el viento, dejaba al descubierto sus cabellos negros y rizosos sobre su frente atezada. Tenía así un tipo muy apuesto y muy pintoresco, sin estudio ni afectación. Nada en su aspecto ni en su traje parecía en desacuerdo con el medio en que se encontraba, ni —por lo que Kate podíá juzgar— con sus costumbres y su posición. Sin embargo, decidió al punto que era demasiadoapuesto y demasiado pintoresco, sin pensar que juzgaba de aquel hombre únicamente con arregle a los limitados puntos de vista de su experiencia pasada.
       Cuando el extranjero volvió la cabeza se encontró enfrente de la joven.
       —Las cosas no tienen traza de mejorar mucho —dijo él tranquilamente, como si la fuerza mayor e inevitable hubiese de repente calmado su impaciencia—. Todavía es peor de lo que yo me había imaginado. La nieve ha debido comenzar la noche última; tiene aspecto de querer continuar.
       Calló; después, fijando su mirada en la de Kate, añadió gravemente:
       —¿Sabe usted lo que esto significa?
       —No comprendo.
       —Me lo figuraba. Pues bien, esto significa que está completamente interceptada toda comunicación entre el mundo exterior y esta meseta. A esta hora la nieve tiene cinco pies de altura en el único sendero por el cual se puede entrar o salir de aquí; espero que no la asuste a usted, señorita, porque realmente no hay ningún peligro material. Una casa como esta debe estar aprovisionada, y en cuanto a lo que afecta a usted personalmente, debe haber no tan sólo lo necesario, sino hasta lo supérfluo. Tenemos a la mano leña, agua, ganado, caza; pero, durante quince días por lo menos, vivirá usted en un aislamiento completo.
       —¡Durante quince días! —exclamó Kate palideciendo—. ¿Y mi hermano?
       —A esta hora debe saber toda la verdad y sentirse tan tranquilo respecto de la seguridad de usted, como usted de la suya.
       —¡Durante quince días! —repitió la joven—. No es posible. Encontrará algún medio de llegar hasta aquí.
       —Lo deseo —respondió gravemente el extranjero—, porque lo que sea posible para él lo será también para nosotros.
       —¿Así, pues, tiene usted mucha prisa por marcharse? —preguntó Kate casi involuntariamente.
       —Extraordinaria.
       Esta afirmación, sin ser descortés en el tono, era, sin embargo, bastante poco galante en la forma para causar a la señorita de Scott una sorda irritación. Antes de que hubiese replicado una palabra, añadió el extranjero:
       —Suceda lo que quiera, espero que recordará usted que he hecho cuanto estaba de mi parte para evitar el permanecer aquí un minuto más de lo necesario, sin exponer a mi amigo, en el estado en que se encuentra, a perecer entre la nieve en el camino.
       —Ciertamente —dijo Kate; después añadió con vacilante torpeza—: Espero que estará pronto curado. —Se calló, y apresurando el paso, volvió a decir tras una pausa—: Es preciso que comunique a mi hermana tan enojosa noticia.
       —Creo que la encontrará usted preparada, señorita. Si yo puedo ser a usted útil, disponga de mí. Pudiera ser que me encontrase en condiciones de prestar a usted algunos pequeños servicios. El primero de todos será el de explorar cuidadosamente todos los alrededores de esta meseta, porque sin duda nada podría serle a usted más agradable como desembarazarse de nosotros; además sé manejar el fusil, y el bosque se llenará de la caza que la nieve expulsa de la altura. Permítame que la indique algo en lo que no ha reparado usted. —Se detuvo y señaló con la mano a la joven una especie de excrecencia cubierta en el flanco de la montaña, protegida por escarpadas rocas, y que se destacaba verde y sombría sobre la blancura circundante. Aquel promontorio parecía poblado de objetos agolpados y que se movían—. Son animales salvajes que huyen de la nieve —añadió el extranjero. El mayor de todos es un oso negro; vea usted una pantera, lobos, gatopardos, una zorra y cabras monteses.
       —¡Qué grupo tan mal avenido! —dijo la joven en voz baja.
       —La desgracia les ha reunido. Están harto espantados para molestarse.
       —Pero se devorarán entre sí más adelante —replicó Kate echando una mirada furtiva a su compañero.
       Este alzó de pronto sus ojos negros y sorprendió aquella mirada.
       —¿En tal asilo?... ¡No! —dijo sencillamente.



IV

      Como lo había previsto el extranjero, Kate encontró a su hermana perfectamente al tanto de la situación. Un somero inventario de sus recursos y de sus medios de existencia había ya demostrado que la guarnición estaba aprovisionada y podría soportar un sitio más largo todavía.
       —Según parece, no es este un acontecimiento tan extraordinario —dijo Josefina a su hermana—. No sé quién, en no sé donde, se vió bloqueado por la nieve durante cuatro semanas, y la misma posada del puerto no siempre es abordable. John hubiera debido informarse antes de comprar esta propiedad; el caso es que casi me avergüenzo de confesar que ignoraba esta particularidad del lugar, pero prefiere siempre sus teorías a la experiencia de los demás. Sin embargo, a excepción de nuestro correo que nos faltará, no sufriremos demasiado. Esto servirá de lección a John, si bien el Sr. Lee asegura que no hay que compadecerle, pues desde el punto en que se encuentra puede dirigirse a donde le plazca, salvo a su casa.
       —¿El Sr. Lee? —preguntó Kate.
       —Sí, el herido. El otro se llama Falkner. Para darte gusto me he informado de sus nombres, y puedo presentártelos en regla. Había en Chaslestown unos Falkner muy distinguidos, ¿te acuerdas? He pensado que podrías inducirle a que te refiriera su parentesco, ya que estás en tan buenas relaciones con el de los bigotes. Por lo demás, es providencial que estos hombres estén aquí, porque no tenemos ni un solo caballo en la cuadra, y Manuel ha desaparecido. El Sr. Lee opina, sin embargo, que no puede estar muy lejos, puesto que ellos no le han encontrado en el camino.
       —¿Ha dicho algo más acerca de Manuel?
       —No; pero empiezo a ser de tu opinión y a no tener confianza en él. También es este uno de los frutos del sistema de John, que se obstina en emplear a los naturales del país, dispuesto a sufrir los inconvenientes.
       Falkner cumplió lo ofrecido y se encargó del modo más natural de atender a los trabajos de la casa, ayudado únicamente por el chino que se había quedado, y bajo la inmediata inspección de Kate. Ella vió en seguida que si el huésped entendía perfectamente las cosas de caballos, ignoraba por completo todo lo concerniente al arreglo de las granjas y de los establos, y los más vulgares detalles de una administración rústica. Pero la reserva y la desconfianza de la joven cedieron ante la franca y familiar asociación de ambos; hablaron sin embarazo y con libertad sobre mil asuntos relacionados con su extraña situación. Falkner daba pruebas de un saber vasto, de una intuición rápida de todas las cosas, y se expresaba sin pedantería y sin dogmatismos; Kate, que desconfiaba habitualmente de toda versatilidad de espíritu, admitía, no obstante, que las apreciaciones de su compañero no eran ni menos justas ni menos cuerdas por recaer sobre un número mayor de ideas, y que llegaba a sus deducciones con una sencillez grave y reflexixa, desprovista de toda ostentación. La conversación de Falkner, más pintoresca que la de John, era también menos interesante; el cuñado de Kate tenía siempre el dónde hacerla callar.
       Cuando Falkner y la joven volvieron al interior de la casa, el primero no se detuvo en la sala, sino que se dirigió en seguida a la habitación de su amigo. Cuando la comida estuvo servida con alguna más ceremonia que de costumbre, las dos hermanas se asombraron al recibir un recado de Falkner, que las rogaba le dispensaran de que no comiera con ellas; prefería permanecer al lado del herido, lo cual, además, simplificaría el servicio.
       —Eso no es más que timidez —dijo Josefina a Kate confidencialmente—. No debemos permitirlo.
       —Estoy dispuesta a hacer compañía a esa pobre criatura mientras coma el Sr. Falkner —dijo la señora de Scott con bondad.
       —Demasiado dispuesta, mamá —replicó Josefina amenazándola en broma con la mano—. Esa pobre criatura, como usted la llama, no cumplirá ya los treinta y cinco años.
       —Ni cumplirá los treinta y seis —repuso la anciana— si no le dejas más tranquilo. Habla demasiado cuando estás a su lado.
       —Hay que distraerle. Necesita otra compañía distinta de la de su lúgubre amigo, con su cara de entierro y sus bigotes de duelo —dijo Josefina con singular animación—. No espere usted que les deje mucho tiempo juntos. Vamos, ven, Kate, ven a examinar al paciente y a contrarrestar con tu prudencia los funestos efectos de mi frivolidad.
       El instinto de Josefina veía más claro que la cordura de su madre. Los ojos del enfermo se animaron en cuanto vió a las dos jóvenes, y se hizo evidente que su exuberante vitalidad reclamaba un estimulante moral para recuperar mejor sus fuerzas físicas. Animada con la ayuda seria y práctica de Falkner, Kate se atrevió a emprender el examen de la herida de Lee. Le pareció menos grave de lo que hubo creído en un principio; la gran efusión de sangre era debida a la rotura de varios vasos pequeños debajo de la rodilla, pero ni el hueso ni la arteria habían sufrido nada. Una nueva hemorragia o un acceso de fiebre eran los únicos accidentes temibles, y uno y otro podían combatirse con la cura y simples precauciones.
       El contagio de la inalterable alegría del paciente, su buen humor y su paciencia durante la manipulación de la pierna herida, la espiritual originalidad de sus salidas y la libertad de su lenguaje, corregida por un tacto natural, concluyeron por vencer la resistencia de Kate del mismo modo que habían ya cautivado a su madre y a su hermana. No pudo menos de reirse durante aquella cura que había emprendido por deber; tomó parte en la hilaridad causada por los fingidos terrores de Lee, inspirados por el papel de cirujano que ella desempeñaba cerca de él, y hasta se ofreció a quitarse los vendajes para ayudarla a encontrar el dedal que él la acusaba de haber ocultado subrepticiamente en la herida para dar materia a nuevas experiencias.
       —Debería usted extender la clientela, señorita —dijo—. No sabe usted las soberbias ocasiones que podrían proporcionar Ned y un pedazo de jabón dejado al descuido en el peldaño más alto de la escalera, y preveo la posibilidad de grandes operaciones quirúrgicas en el uso inteligente de una cascara de naranja. Unicamente advierto a usted que éste no será tan dócil como yo. Pero atráigale usted bajo un montón de nieve, hiélele, y en tal estado haga usted ensayos para resucitarle por el deshielo.
       —¿No lo has intentado ya, Kate? —preguntó a media voz Josefina.
       —Hoy se usa mucho el hielo para suprimir el dolor en las operaciones —se apresuró a añadir Lee, acudiendo en ayuda de Kate, con su aplomo habitual—. Yo mismo he conocido a un hombre en Strauberry que se hundió en la nieve por la caída de un trineo cargado de madera. Aturdido por el golpe se helaba lentamente, cuando, con un esfuerzo sobrehumano, consiguió desprenderse, a excepción de su pierna derecha, cogida bajo un tronco. Afortunadamente, su hacha se encontraba a su alcance, y algunos golpes asestados sobre el tronco le libertaron completamente.
       —¿Y le salvaron la vida? —preguntó la señora de Scott, que escuchaba con el mayor interés.
       —Sí; pero a costa de su pierna izquierda, pues no era otra cosa el tronco que había partido —replicó Lee sin pestañear. Después, observando que había herido la susceptibilidad de la señora, se apresuró a cambiar de conversación, y, merced a sus esfuerzos, no se volvió a turbar en la velada la armonía de la reducida tertulia reunida al lado de su lecho. El azotar de la lluvia en los cristales y el chisporroteo del fuego en la chir menea prestaban un nuevo encanto al aislamiento, y únicamente cuando la señora Scott se levantó diciendo que ya era tiempo de dejar descansar al enfermo, se fijaron todos en lo avanzado de la hora. Cuando la puerta se hubo por fin cerrado, después de la última mirada tierna y compasiva de las dos hermanas, Falkner se dirigió a la ventana y contempló en silencio la obscuridad de la noche. De repente se volvió hacia su amigo y exclamó:
       —¡Esto es el infierno, Jorge!
       Lee, con la sonrisa en los labios, volvió perezosamente la cabeza.
       —¿Por qué? Si no fuera por la madre, que es la única persona absolutamente perfecta aquí, que ni pide ni exige nada, sería, por el contrario, en extremo curioso. Las otras dos desean emociones —se las dan. Hale, el marido quiere darse importancia persiguiéndonos —pues bien, ya lo ha hecho—, y todavía le he de proporcionar, por añadidura, otra ocasión de distinguirse antes de decirle mi última palabra. Ese idiota de mensajero, que se metió en lo que no le importaba al encargarse de la carta, ha encontrado el medio de cambiar una bala conmigo; también él ha recibido lo suyo, según me imagino, y no pide más. Tú has hecho todo lo posible para levantar el campo y has conseguido que esa puritanita esté en camino de adorarte.
       —Sea, pero esta comedia que representamos, Jorge, está...
       —¿Qué comedia? ¿Quién la representa? Tú le has dicho ya nuestros nombres.
       —Yo no podía mentir. Por lo demás, nada han averiguado con eso.
      
—¿Crees tú que serían más felices con saber toda la verdad? ¿Piensas que esa tierna y encantadora mujercita se hubiera mostrado tan contenta como lo estaba hace un momento si le hubiésemos dicho que su marido ha sido indirectamente la causado que la conozcamos?¿A quién engañamos? ¿En dónde está la comedia? ¿En el agujero que tengo en la pierna? Si hubieras estado cinco minutos bajo las diabólicas manos caritativas de esa joven, dirías que es bastante real. ¿En la tentativa que hemos hecho para alejarnos? ¿En la eventualidad de que Hale vuelva y nos encuentre? Todo esto me parece de una realidad bastante. Vamos, amigo Ned, reconcentra tu elevada inteligencia en la investigación de estas verdades.
       Ealkner no respondió. Hubo un intervalo de silencio, durante el cual se veía el movimiento de los hombros de Jorge agitados por una risa loca.
       —Imagínate —dijo por fin— a la señora de Hale presentándome ceremoniosamente a su esposo. Yo le señalo una silla, sin dejar de apuntarle bajo las mantas con mi pistola. Tú, azorado, abandonas tus ocupaciones pastoriles, acudes, te precipitas en mi cuarto con una hoz en una mano, la damisela de la otra, y mientras tanto la excelente mamá, que no comprende nada, es del parecer de cada uno, y nos contenta a todos.
       ——No seré yo quien vea eso! —dijo Falkner con tono sombrío.
       —Ya; tú eres capaz de subirnos sobre un caballo, a las dos mujeres y a mí, y arrebatarnos al galope. Sí, sí, no te defiendas; te conozco, amigo... Escucha, Ned —añadió el herido con más seriedad—, no hay más engaño que la de haber traído a la mujer el billete del marido, y a ti se te ocurrió la idea. Pensabas que la carta disiparía las sospechas; yo perdía demasiada sangre, tú querías a toda costa salvarme la vida, y has entablado la partida. Hubieras hecho mejor en acceder a lo que te proponía; adosarme a un árbol bajo cubierto, y dejarme. Me quedaba aún bastante fibra para soltar todavía dos o tres tiros, y después... ¡qué importa! Ayer, hoy, mañana, la primera vez que vuelva a salir a los caminos, o dentro de un año, es preciso que se cumpla el destino, es inevitable.
       El acento de Jorge carecía de amargura; continuaba sonriendo. Falkner, sin decir una palabra, puso su mano sobre las mantas, Lee la estrechó, y así permanecieron unos instantes.
       —¿Cómo acabará todo esto? —dijo al cabo de un rato Falkner—. No puede durar, sin embargo.
       —¿Por qué no? Si estamos encerrados aquí, preciso será que dure. Sé, pues, razonable, Ned. No tengo intención de llevarme de esta casa sino lo que he traído, o lo que voluntariamente se me ofrece; pero el diablo me lleve si, eso aparte, pretendo hacerme pasar por mejor de lo que soy. Esto es lo que me dispensa a mis ojos de declarar quién soy. No conozco ninguna ley que obligue a un hombre el comunicar al primero que se presente qué compañía acaba de dejar, o proclamar la última acción que ha cometido. ¿Crees tú que estas lindas damas nos revelan todas sus historias? ¿Piensas que esa especie de San Juan Bautista en el desierto esté canonizado en el hogar conyugal? ¡Vamos! Si yo me tomara la libertad de inmiscuirme en sus asuntos, como él lo ha hecho en los míos, demostraría lo contrario. No te echo en cara tus susceptibilidades, Ned. Son naturales. Cuando un hombre se sale fuera de las leyes de su jurisdicción, se desquita mostrándose excesivamente quisquilloso en cuestiones de etiqueta mundana. En cuanto a mí, me encuentro bien aquí. Me acuesto mejor en una cama que no he hecho, que en la mía. Buenas noches.
       Al cabo de algunos instantes, dormía con el sueño profundo y apacible de aquella adolescencia cuyo eterno privilegio parecía haber conservado. Falkner, de pie junto a su cabecera, le contemplaba atentamente, siguiendo con la mirada las juveniles facciones del rostro de su amigo, la sombra de sus pestañas oscuras, el brillo de su blanca dentadura que asomaba por entre sus labios entreabiertos por una respiración igual y lenta. Solamente algunas arrugas en la frente y junto a la boca, revelaban el paso de los años y una madurez a la vez activa y puesta a prueba.
       Toda la casa parecía sumida en el más absoluto reposo. Falkner volvió hacia la ventana y permaneció inmóvil contemplando la tempestad que continuaba. De pronto apagó bruscamente la luz, avanzó más que deprisa hacia la cama y apoyó una mano en el hombro del durmiente. Lee abrió instantáneamente los ojos.
       —¿Duermes?
       —No.
       —Tratan de penetrar en la casa. —¿No él, el marido, eh? —dijo Lee riendo.
       —No, dos hombres; dos mejicanos, según creo. Uno de ellos se parece a Manuel.
       —¡Diablo! —exclamó Lee enderezándose.
       -¿Qué?
       —¿No comprendes? Cree que están solas las mujeres.
       —¡Miserable bandido!
       —¡Ah, perdona! Habla con más miramientos de uno de mis hombres, si te parece, y dame mi pistola; descuelga también esa fusta que cuelga de la pared y ponla a mi alcance. Ahora, vuelve a encender la luz y abre la puerta. Déjales subir tranquilamente. Aquí es a donde vendrán primero —es el cuarto de Hale—, en donde probablemente encontrarían cumquibus, si lo hubiera; además da paso a la habitación de las mujeres. Yo me encargaré de Manuel, ocúpate de su compañero.
       —Entendido.
       —Manuel conoce los sitios y pasará el primero. En cuanto haya entrado en el cuarto cierra la puerta, y ¡hala, sobre el otro! Sobre todo, nada de ruido para que nadie se alarme. Si sale bien será graciosísimo.
       —¿Pero tú, Jorge?
       —Si no me encontrara en estado de dar mate a ese tunante sin desarreglar mis sábanas, me tiraría de las orejas. ¡Silencio! ¡Atención!
       Lee se estiró, cerró los ojos y simuló dormir; pero su mano derecha, colocada como al descuido bajo la almohada, apretaba la culata del arma. La luz proyectaba un pálido resplandor sobre el piso y la pared opuesta, dejando en la sombra el resto de la habitación.
       La lluvia y el viento, cuya violencia redoblaba, turbaban únicamente la paz del exterior. Jorge parecía haber realmente sucumbido al sueño que aparentaba; los innumerables e inexplicables rumores de una casa en la que todos duermen hubieran podido engañar a un oído menos práctico que el del herido, pero éste no se engañó ni por un instante respecto del débil ruido que no parecía ser sino el crujir de una madera, y, cuando una cabeza cubierta de un bosque de crespos cabellos, apareció en el umbral del cuarto, Lee la esperaba como si la hubiera visto acercarse. Un minuto más y se dibujó entera la silueta de un hombre. Inmediatamente se cerró la puerta; se oyó el ruido de una lucha, de un cuerpo pesadamente arrojado contra la pared del corredor; después cesó casi en seguida. La sombra se volvió, cogió más que deprisa el pestillo de la puerta, pero de pronto reculó con espanto al escuchar una voz tranquila que salía de la cama:
       —Deja eso, y ven aquí.
       El nocturno visitante se estremeció y exhaló una exclamación sorda. Los ojos del durmiente estaban de par en par abiertos; un brazo armado de una pistola se tendía hacia él.
       —Silencio, o suelto el gatillo y te paso.
       —¡Basta, capitán! —balbuceó el mulato, petrificado por la sorpresa y el miedo—. No sabía que estuviera usted aquí.
       Lee se incorporó y, cogiendo el látigo con su mano izquierda, exclamó:
       —¡Quieres callarte!
       El hombre retrocedió aterrorizado hasta la pared.
       —Abre esa puerta —dijo Lee— sin hacer ruido.
       Manuel, pues él era, obedeció temblando.
       ——Ned! —llamó Jorge en voz baja— tráeme al otro en seguida.
       Falkner entró con el segundo malhechor, cuyos ojos parecían que iban a salirse de las órbitas a consecuencia de lo que le apretaban la garganta los crispados dedos de Falkner.
       —¡Silencio! —dijo Lee de repente—. ¡Ni una palabra!
       En medio del silencio se oyó abrirse una puerta en el fondo del corredor, y la voz dulce de la señora de Scott preguntó con inquietud:
       —¿Ocurre algo?
       Tranquilizando a Falkner con la mirada, amenazando a los bandidos con un gesto, Lee respondió con su tono alegre y bromista:
       —Absolutamente nada, señora, sino es que Ned ha estado a punto de echar la casa abajo al querer buscar algo en mi maletín colocado en el vestíbulo.
       —Celebraré que no se haya hecho daño —dijo una voz fresca y algo burlona.
       Lee hizo un signo a su amigo para que respondiera.
       —No, gracias, no ha sido nada, nada, gracias —balbuceó Falkner con un azoramiento que no era en modo ulguno fingido.
       Todavía se oyó un ligero murmullo de voces femeninas, después el ruido de una puerta que se cierra, luego nada. Lee se volvió hacia Falkner.
       —Desarma a ese tunante —dijo— y échale fuera, pero nada de escándalo. Tú, Manuel, enseña a tu colega a lo que se expone si se le ocurre volver a asomar su hocico por aquí.
       Manuel dirigió a su cómplice una mirada llena de ruegos y de alarmas, más elocuente que todas las exhortaciones. Falkner se apoderó de su prisionero, le echó al pasillo, después silenciosamente desapareció en la escalera llevándole por delante.
       —Déjeme marcharme, capitán —suplicó Manuel con angustia—. Le juro por todos los santos del Paraíso.
       —Cierra la puerta.
       El miserable no se atrevió a desobedecer.
       —Ahora —añadió Lee con una franca sonrisa de satisfacción, colocándose a gusto y sin soltar el látigo y la pistola—, ahora hablemos tranquilamente. Una charla amistosa, ¿eh? Tienes mala cara, Manuel. Apostaría a que bebes demasiado... Eso es malo para el cutis.
       —Déjeme marchar —repitió el mulato, tranquilizado por aquella actitud benévola y sin observar el siniestro brillo que despedían los ojos de su interlocutor.
       —Pero acabas de llegar, Manuel, y no sin dificultad. ¿No tienes nada que decirme? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué venías a hacer?
       El bandido no contestó sino con un gruñido.
       —Comprendo tu timidez. Veamos si yo puedo ayudarte. Sabías que Hale estaba ausente, que no volvería y que estas tres mujeres se encontraban aquí solas, sin un hombre para defenderlas. Esperabas encontrar dinero y hacer tu agosto. ¿No es esto?
       El tono benévolo de Lee inspiró confianza a Manuel; desgraciadamente le alentó también para familiarizarse.
       —¡Qué diablo, capitán! Me dije que bien podía trabajar una vez por cuenta propia y divertirme un poco. Cuando uno es de la misma profesión, se entiende uno; entre compañeros no se ponen obstáculos, ¿eh, capitán? —dijo insolentemente.
       —Acércate.
       —¿Para qué?
       —Acércate, te digo.
       Manuel avanzó tres pasos presa de una inquietud repentina.
       —Un solo grito que dé la alarma y, por Dios vivo, el primero que entre en este cuarto atraído por el grito te encontrará muerto sobre este suelo que has manchado.
       Lee dió dos o tres vigorosos fustazos en las espaldas del miserable, el cual, convulsionado por el dolor, pero sin atreverse a exhalar un solo gemido, cayó de rodillas.
       —Escúchame bien —dijo Lee, agitando aún la fusta de una manera siniestra—. Voy a refrescarte la memoria. ¿Te he enseñado, cuando estabas bajo mis órdenes, antes de haberte expulsado vergonzosamente por ser indigno de alternar con las personas honradas, te he enseñado a entrar con fractura en las moradas pacíficas? Responde.
       —No —balbuceó el bandido.
       —¿Te he enseñado a robar a las mujeres y a los niños, y a atacar a los hombres nada más que cara a cara.
       —No.
       —¿Te permití jamás tocar a una mujer, joven o vieja, para acariciarla o maltratarla?
       —No.
       —Entonces, mi pobre Manuel, es lo que yo temía. La vida bucólica de los campos ha pervertido tus instintos. Lo veo bien. Te marchabas con el ganado de la Granja y el caballo de tu amo cuando la nieve te ha cerrado el camino; entonces se te ocurrió la luminosa idea de esta escapatoria. Otro error, mi buen Manuel; en otro tiempo no te consentía tener ideas, ¿eh?
       —No, capitán.
       —¿Quién es tu compañero?
       —Un asqueroso negro del puerto, un bribón indecente.
       —Soy de tu parecer, ¡pero qué quieres!, no tenía un modelo muy brillante. ¿A dónde va?
       —Al infierno, me es igual.
       —Entonces, vete a unirte a él. Si hay un medio de salir de esta meseta, lo empleas o lo buscas. Te doy dos días para desaparecer con tu compañero. Después, la consigna será disparar sobre vosotros donde os encuentren. Ahora, quítate tu calzado.
       El sombrío rostro del bandido palideció visiblemente; sus dientes castañetearon con supersticioso terror.
       —Vamos, no te mataré hoy —dijo Lee riendo—. Te dejo la eventualidad de morir en tus botas, si es lo que deseas. Te propongo simplemente que las cambies por ese par de Hale que veo ahí abajo. Esa manera que tienes de llevar los calcetines encima de los zapatos me parece una moda tan nueva oomo elegante.
       Manuel se descalzó lentamente y oambió sus botas por las que Lee señalaba.
       —Está bien, abre la puerta.
       El bandido obedeció. Falkner le esperaba ya en el umbral.
       —Suelta a Manuel con el otro, Ned, después de haberle desarmado, por supuesto. Podrían pelearse. Esa oostumbre de llevar armas —añadió Lee mientras Falkner quitaba al mulato on revólver y un cuchillo— excita a la violencia y no está en armonía con las costumbres rurales y patriarcales.
       En cuanto Falkner hubo cumplido su misión, se apresuró a volver cerca de su amigo.
       —¿Es prudente —le preguntó— dar libertad a esos oondenados? ¡Ah! cuando pensaba en lo que esos foragidos venían a intentar aquí, me costaba trabajo aflojar los dedos.
       —Querido Ned —respondió Lee estirándose voluptuosamente bajo las sábanas con un ligero estremecimiento de placer ocasionado por el calor 0151, ponte en guardia contra los prejuicios que el orgullo de una esfera más elevada te inspira respecto de los humildes miembros de nuestra profesión. En cuanto a mí, te confieso que el argumento de Manuel me ha parecido irrebatible, cuando me indicó que me metía en lo que no me incumbía, al oponerme a ciertos actos primitivos que tienen en el fondo la misma razón de ser que los procedimientos empleados por los amigos del orden.
       —¡Jorge! —exclamó Falkner enojado.
       —Sea. Admito que es un poco tarde para prolongar un diálogo puramente metafísico, y debes estar cansado. Pero desde el punto de vista práctico era prudente despachar a esos dos antes de que se hubieran asegurado de dos cosas: una, nuestras verdaderas relaciones con estas señoras; otra, cuántos somos. A la hora presente, nos creen cinco o seis, por lo menos, y se imaginan que estamos instalados con la autorización de la dueña de esta casa.
       —¡Bandidos!
       —Nos hacen el mayor favor que puedan imaginarse al juzgarnos como pillos más astutos que ellos. Eres muy difícil de contentar, Ned.
       —¿Pero y si se escapan y descubren lo que ha pasado?
       —Entonces tendremos la exquisita satisfacción de considerarnos mejores que nuestra reputación. Esconde esas botas de Manuel en sitio del que podamos volverlas a sacar si tenemos necesidad de probar su visita nocturna; es inútil decir nada que asuste a estas señoras, no hay temor de que vuelvan esos pillastres.
       —¿Y si se nos escapan?
       —¡Bah! ¡Siempre habrá tiempo de encontrarlos!
       —¿Y si Manuel habla y da la alarma a la autoridad?
       —¿Con esas botas dejadas en nuestras manos como pieza de convicción? Vaya, buenas noches, Ned. Vete a acostar.
       Lee se volvió contra la pared y reanudó en seguida su sueño interrumpido. Falkner no se apresuró a imitarle. En cuanto estuvo seguro de que su amigo dormía en efecto, abrió con cuidado la puerta. No parecía escuchar, pero su mirada contemplaba uiv débil rayo de luz que se veía en el corredor ante la puerta del cuarto de Kate. Le observó en silencio hasta que se extinguió bruscamente; después, dejando su puerta entornada, se echó vestido en la cama: el movimiento despertó a Lee, que comenzaba a experimentar los primeros síntomas de la fiebre. Se agitó penosamente.
       —¡Jorge! —dijo Falkner en voz baja.
       -¿Qué?
       —¿En dónde vimos cierta noche sombría una antigua capilla solitaria, en la que la lámpara que ardía en el altar de la Virgen proyectaba sus rayos a través de los cristales sobre el camino oscuro?
       Después de algunos minutos de un silencio desesperante, Jorge dijo con sardónico acento:
       —¿Quieres decir con eso que tienes ganas de encenderla luz?
       —No.
       —Entonces no te entretengas en inventar jeroglíficos sacrilegos, y duerme.
       Al día siguiente por la mañana, la fiebre del enfermo había aumentado. Josefina, llena de sentimiento y simpatía, le dijo con dulzura:
       —Sabía que no ha pasado usted una buena noche, aparte del incidente de su amigo, porque le he oído hablar a usted mucho tiempo después, y Kate afirma que la puerta de ustedes ha estado entornada hasta el amanacer. ¿Pero también usted, señor Falkner, tiene un poco de fiebre?
       Jorge miró con curiosidad a su amigo. De pálido que era habitualmente, se había puesto como la grana.



V

      El brío con que los expedicionarios, precedidos por Clinch, se dirigieron hacia donde había sonado el disparo, no dejaba a Hale tiempo para reflexionar. Tenía una vaga idea de gritar como los otros, de rajar con las espuelas los ijares del caballo, impulsado por un ardor insensato; pero su pensamiento no iba más allá. Clinch y Rawlins, que iban delante por el angosto camino, le quitaban la vista. Solamente una vez se aprovechó de una parada repentina en aquella desenfrenada carrera para preguntar lo que ocurría.
       —¡Se ha perdido la pista!... ¡No! ¡Aquí está —exclamó el mozo—, y Clinch, dando la voz, se lanzó hacia adelante; los caballos jadeaban, y la pendiente se hacía cada vez mayor.
       Hale, que logró coordinar sus ideas, comprendió que en las condiciones en que se encontraban no podían sostener la lucha ni siquiera con un solo hombre resuelto, emboscado en la maleza, o que les sorprendiera en el estrecho sendero por donde no podían pasar sino de uno en uno; pero al cabo de algunos instantes, tuvo el secreto de tanta prisa y de tanto ardor. Con un ronco grito de triunfo, Clinch acababa de desembocar en un vasto claro; pero el grito se trotó en seguida en una imprecación furiosa.
       Los jinetes se encontraban enfrente de una tormenta de nieve, el camino desaparecía ante sus ojos asombrados, y la pista que habían seguido tan de cerca se borraba bajo la blanca sábana. Se quedaron silenciosos y aterrados, sin brújula, a orillas de un mar inmenso que carecía de toda huella humana.
       —Con perdón, señor —dijo el mozo de cuadra dirigiéndose a sus compañeros—, mi opinión es que si no tienen ustedes a mano una compañía de zapadores para sacarles del paso, lo mejor será que se dirijan en busca de cena y cama y dejen en paz a los ladrones. Perdonen, pero yo soy quien responde de los caballos al patrón, y no es este el momento de meterse en aventuras. Estamos a seis millas del relevo a vuelo de pájaro.
       —En tal caso, volvamos a tomar el sendero —dijo Chinch haciendo volver grupas a su caballo.
       —Perdone usted, coronel —replicó el mozo echando mano a las riendas del caballo de Clinch—; pero al deshacer lo andado, no lograremos más que volver a la carretera, nos alejaremos tres millas más todavía de la cuadra, y lo que es peor, cuando lleguemos al camino, encontraremos más nieve que aquí: lo más cierto será tomar por la cresta, y apretando bien, podremos pasar antes de ser bloqueados. Y con perdón, señor, por ahí es por donde yo me voy.
       No había tiempo para discutir. El suelo se espesaba sensiblemente bajo los pies. El brazo de Hale, pegado al costado por un canalón de nieve, se entumecía; las siluetas de los otros se hacían informes y monstruosas. Ya no eran copos, sino pelotas de nieve lo que caía. Los jinetes, ante aquel desastre, parecían haberse olvidado del objeto de su empresa y no conservar nada del ardoroso entusiasmo ni del ciego furor que les había impulsado. Siguieron al mozo que marchaba ya, aceptando maquinalmente aquel nuevo jefe que prometía un refugio contra el frío y el hambre.
       No llevaban mucho tiempo de marcha, cuando observaron que la tormenta cambiaba de carácter. El cambio les pareció al pronto de un feliz augurio. La nieve se hacía más menuda y menos pesada, y la que ya había caído se endurecía y crujía bajo los cascos de los caballos; pero en cambio se había levantado un viento glacial, y los copos ametrallaban como granizo los rostros de los jinetes. Sin embargo, éstos avanzaban con mayor facilidad, y su ardor se reanimaba bajo el doble estimulante del frío y de la carrera, cuando su guía se detuvo bruscamente.
       —No es posible, compañeros, hay que renunciar; no es una tormenta, sino un temporal, y hay para días. Aunque pudiéramos franquear la cresta, nos veríamos bloqueados en la cañada.
       El mozo decía la verdad. Contrariados en extremo los expedicionarios, se dieron cuenta de que la nieve no había disminuido realmente en cantidad y que los finos átomos tamizados rellenaban rápidamente las desigualdades del terreno. Miraban con ansiedad al que se había constituído en jefe suyo.
       —Hay que marchar adelante —dijo Clinch— y alcanzar el bosque antes de que sea demasiado tarde.
       No sin grandes esfuerzos consiguieron alcanzarle, y vieron que la bajada era demasiado abrupta para intentarla con sus caballos. Silenciosos y penetrados del peligro caminaban, expuestos al asalto de la nieve y obligados a cada instante a tirar de las riendas para evitar el ser arrojados por las ráfagas al precipicio; al cabo de media hora el palafrenero echó pie a tierra e invitó a los demás a hacer lo mismo y a prepararse para el descenso. Cuando llegó el turno a Hale, no pudo menos de retroceder a la vista de la tarea que le incumbía. La senda, si tal podía llamarse, no le pareció otra cosa que el surco trazado por el tronco de un árbol derribado y lanzado de intento o casualmente por la rápida pendiente. A veces aquella pista no tenía sino un pie de ancho, otras desaparecía bajo las ramas y maleza desgajadas. Peligrosa para un peatón, parecía impracticable para un caballo. Sin embargo, Hale se disponía a dar el primer paso, cuando Clinch le tocó en un brazo:
       —Póngase usted el último, puesto que es usted el único extranjero —dijo con tono amistoso—. Espere a que le demos la señal desde abajo.
       —Pero ¿y si prefiero compartir sus riesgos? —replicó Hale con altivez.
       —Como usted guste —contestó Clinch tranquilamente—. Solamente que, sabiendo que no es usted práctico en estas cosas, había pensado que no tendría usted empeño en saltar por encima de la roca sobre nuestras cabezas, o borrar la pista con un alud de escombros; pongamos que no he dicho nada.
       —Esperaré —dijo Hale a media voz.
       Aquella lección le fue provechosa, le dió que pensar, le ocupó suficientemente la imaginación para distraerle del horror de aquella bajada espantosa y permitirle entregarse maquinalmente a la sagacidad de su caballo, el cual, por un maravilloso instinto, ponía los pies en las huellas del animal que le precedía; de suerte que antes de que se hubiera dado cuenta, se encontró en medio de sus compañeros en el camino más ancho que pasaba por el fondo del abismo.
       La imposibilidad de llegar a la casa de postas por las alturas era un hecho comprobado; les quedaba el recurso de bajar toda la montaña, hasta el campamento más cercano, o vivaquear en los bosques colindantes. El palafrenero por segunda vez tomó el papel de consejero.
       Perdonen, señores —dijo—, pero las bestias que ven ustedes aquí tienen ya bastante por el momento, y no darán más paseos hoy. La carretera se encuentra a un tiro de fusil todo lo más, y yo esperaré aquí el paso de la diligencia. Se verá obligada a detenerse a causa de la nieve, y yo habré cumplido con mi deber cuando haya entregado los caballos al mayoral.
       —Pero ¿y si la diligencia, advertida del bloqueo, se decide a quedarse en la posta del valle?
       —De todos modos habré cumplido con mi deber —replicó el mozo con tono decidido—. Los que tienen caballos propios pueden hacer lo que gusten.
       Como esta declaración se dirigía directamente a Hale, éste se apresuró a anunciar que no pensaba separarse de sus compañeros.
       —Ya que no pueda volver a la meseta de las Águilas —añadió—, no quiero alejarme de ella sino lo menos posible. Supongo que uno de mis hombres que debía separarse en el relevo, estará informado de la causa de mi ausencia y del lugar en que me encuentro.
       —¿Uno de los hombres de usted? —exclamó Rawlins—. ¿Qué nos cuenta usted, compañero? Solamente un pájaro podría venir hoy desde las Águilas, y a condición de ser un águila también. Entre su casa y la cumbre hay a esta hora diez pies de nieve, sin contar los barrancos del desfiladero.
       Hale comprendió que Rawlins no mentía. En cualquier otra ocasión aquel nuevo contratiempo, aquel cataclismo del que no tenía precedentes, le hubiera afectado profundamente; pero en las actuales circunstancias le produjo una impresión mediana; hasta experimentó un indefinible alivio. Su mujer, su cuñada, su suegra, estaban en seguridad; esto le bastaba. El saber las prisioneras momentáneamente, en la imposibilidad de mezclarse con sus asuntos propios, prestaba, en su situación, un sabor más picante al interés a la vez atractivo y perturbador que su vida súbitamente aventurera comenzaba a inspirarle.
       El palafrenero, que se había ensimismado en un examen contemplativo de la vertiginosa senda por la que acababa de bajar, lanzó de pronto una alegre exclamación golpeándose las caderas.
       —¡Que la fiebre me ahogue —dijo— si no es esto el resbalón de Hennicker! Recuerdo que se encuentra por estos sitios.
       Rawlins explicó en breves palabras a Hale que se llamaba el resbalón a un surco trazado por el transporte de fardos demasiado pesados para llevarse por senderos ordinarios.
       —Y en tal caso —continuó diciendo el mozo de cuadra—, nos encontramos muy cerca de su casa, a una milla poco más o menos. ¿Quieren ustedes que la busquemos?
       Con un movimiento común en todos, se volvieron hacia Hale, considerándole con aire de duda.
       —¿Quién es Hennicker? —preguntó él al observar aquellas miradas.
       El palafrenero vaciló y consultó a sus compañeros con una ojeada.
       —Hay gentes —dijo por fin, como tomando una decisión— que dicen que Hennicker no vale mucho más que la caza que perseguimos; solamente que tales gentes no lo dicen delante de Hennicker. Convendría no dejarle sospechar lo que nos ha traído por aquí.
       —Por lo que me concierne —dijo Hale arrogantemente—, no haré ningún misterio de ello.
       —No está demostrado —replicó insidiosamente Rawlins— que Hennicker esté al tanto de este último robo en particular. Hablamos solamente de la reputación en general. Si a usted le parece oportuno discutir la cosa con él, hágalo; tal vez servirá para añadir un atractivo más a nuestra situación.
       —Hale quiere decir que no sería leal aprovecharnos de lo que pudiéramos descubrir en casa de Hennicker, como arma ofensiva contra los que perseguimos —dijo Clinch—. Así es como yo lo entiendo.
       —Exactamente —se apresuró a responder Hale. No era precisamente aquél el pensamiento de Hale; pero aceptó, sin embargo, la interpretación ofrecida.
       —Y después de todo —continuó diciendo Clinch—, Hennicker no se chupa el dedo. Es bastante avispado para darse pronto cuenta de lo que venimos a hacer por aquí; así, pues, no habrá misterios ni tapujos.
       —Entonces nos decidimos por Hennicker —dijo el palafrenero viéndose apoyado.
       —¡Vaya por Hennicker! ¡enséñanos el camino! ¡Adelante, marchen!
       El palafrenero montó a caballo, y los demás siguieron su ejemplo. El sendero, que no tardó en ensancharse, comenzaba a presentar algunos indicios de una habitación próxima, y pronto los jinetes desembocaron en un claro formado por una especie de terraplén natural que recordaba imperfectamente la conformación de la meseta de las Águilas. Pero no se veían ni prados ni campos cultivados; algunas hectáreas apenas desmontadas habían sido sustraídas al bosque por el hacha y por el fuego, y, por todas partes, los troncos cortados a raíz del suelo acusaban los rudos esfuerzos de un cultivo difícil y perentorio. Dos o tres construcciones de madera sin pulimentar reunidas por la misma cerca ocupaban el centro. Algunos perros se pusieron a ladrar; pero, aparte de esto, nadie dió señales de vida a la llegada de los expedicionarios.
       —Apostemos que no está Hennicker, porque si no, ya hace tiempo que estaría al acecho —dijo el palafrenero echando pie a tierra y yendo a llamar a la puerta de entrada.
       Al cabo de un momento se oyó una voz de mujer ininteligible para los otros jinetes, pero que parecía entablar un interminable coloquio con su compañero. Éste, que no había logrado que le abrieran, les dijo al fin:
       —Parece que hay que entrar por la cocina. No quiere abrir esta puerta a causa del viento.
       Dejando los caballos bajo un cobertizo que servía de cuadra, los viajeros penetraron en una cocina, la atravesaron y llegaron a una vasta habitación cuadrada llena del humo acre que despedía la leña verde que se quemaba en el hogar. Puertas y ventanas estaban herméticamente cerradas, pero el aire penetraba en la chimenea con repentinas y violentas ráfagas. A pesar de la asfixiante humareda, la cálida temperatura de la sala reconfortó a los viajeros entumecidos. Algunas sillas de paja, dos mesas, un aparador y una mecedora constituían el mueblaje. Hale se dejó caer en una silla, y abandonándose al bienestar material que experimentaba, al cansancio que adormecía sus instintos, paseó perezosamente sus miradas por los objetos que le rodeaban y fijó por fin sus ojos maquinalmente en el ama de la casa, que conversaba en un rincón de la sala con sus compañeros.
       Era una mujer alta, escuálida y ajada; pero sus cabellos, no obstante la aparente edad de aquélla, eran todavía negros y abundantes, y viva y penetrante su mirada. El palafrenero acababa de explicarle por qué se encontraban allí los expedicionarios, con las reservas que la prudencia le sugería.
       —Con quien hay que entendérselas es con Zenobia —dijo ella con tono de mal humor—. A mí me tiene todo sin cuidado. Ella conoce a Hennicker, le entiende perfectamente, y si quiere recibir a todos estos vagabundos, allá ella. ¡Zenobia, Zenobia! ¿vienes o no? —exclamó alzando la voz.
       Una esbelta y hermosa muchacha apareció en el dintel de la puerta de una habitación inmediata.
       —¿Qué hay, madre? —preguntó con indiferencia.
       La vieja le explicó, en pocas palabras precisas y nada halagüeñas, de qué se trataba, y le designó los intrusos.
       —El padre no está —dijo la muchacha con tono de duda— y no sé... ¡Hola, Dick! ¡eres tú! — exclamó de repente, reconociendo al palafrenero.
       Avanzó tranquilamente con una gracia natural y un poco salvaje que le prestaba algo de la ninfa, hasta bajo los pliegues estrechos y mezquinos de la tenue falda pegada a sus miembros cuyos contornos acusaba. El aspecto de la joven no desagradó a Hale.
       —Bastante, madre —dijo ella despidiendo a la vieja con un ligero signo de cabeza—. Voy a arreglar esto con Dick.
       Una vez fuera su madre, Zenobia se apoyó en el respaldo de una silla y contempló con calma y suprema indiferencia la profunda admiración expresada en la mirada del palafrenero.
       —¿A qué vienen todas esas tonterías? —dijo ella dirigiéndose a Dick—. ¿Crees que me vas a hacer tragar toda esa burda historia de caza? ¿Cazar, eh? ¿Quieres que te diga lo que queríais cazar? A Jorge Lee y a los suyos, desde una hora antes de ser de día. Les habéis perseguido en la cresta del Norte hasta que la tormenta os ha cerrado el paso. Habéis gritado y vociferado y galopado por los caminos como una banda de comanches, y habéis revuelto la sangre a las mujeres de diez millas a la redonda. Eso es lo que tú llamas cazar. Y por último, os habéis colado aquí para preservar los pellejos de los caballos de la compañía. ¡Valiente caza la tuya!
       Con asombro de Hale, una carcajada general acogió la relación. Se esforzó en compartir la hilaridad de sus compañeros, pero sin conseguirlo. Aquella apreciación brutal de su expedición, aquel resultado grotesco de su entusiasmo y de su abnegación por austeros principios, le causaban un penoso embarazo y le humillaban profundamente; el sentimiento de que los ojos oscuros de la joven se fijaban en él curiosamente, aumentaba su malestar y su irritación.
       Zenobia se echó a reir también y se sentó ante el fuego.
       —A estas horas, Jorge Lee se fuma tranquilamente un buen cigarro en un gran café de Sacramento —dijo la joven extendiendo sus pies hacia los tizones, y simulando con sus dedos largos y afilados el ademán de un fumador al encender un cigarro. Desgraciadamente aquella pantomima ponía asimismo en relieve la poca limpieza de la mano.
       —¡Cogidos! —exclamó Rawlins en cuanto hubieron cesado las risas para ceder el puesto a una silenciosa admiración hacia la joven, de la que ésta se mostraba por completo indiferente.
       —Nos has cogido, Zenobia. ¡Qué diablo! Me olvidaba de que eres amiga de Jorge.
       —Lo único que digo es que Jorge es un gran hombre.
       —Antes te las entendías con él a las mil maravillas, ¿eh? —añadió Rawlins riendo.
       —Sí, en otros tiempos, cuando el padre era del oficio —replicó ella con suprema franqueza, sin preocuparse de lo que podía haber de deshonroso para ella en semejante alusión a una asociación infamante. El mismo Hale, fascinado por tal ingenuidad inconsciente, se olvidó de formalizarse.
       Al poco tiempo Zenobia se levantó, fue al aparador y sacó vasos y una botella de whisky. Después comenzó a servir a sus huéspedes; todos se levantaron mientras ella escanciaba, y cuando llegó el turno a Hale, los ojos de éste se encontraron con los de la joven, y al leer en ellos una especie de curiosidad satisfactoria, se ruborizó como un colegial aquel marido de treinta y cinco años.
       Con aquel ofrecimiento espontáneo desapareció toda violencia, y el grupo se estrechó al amor de la lumbre. Zenobia se puso a mirar el fuego en actitud pensativa, y después de un rato, dijo como hablándose a sí misma:
       —Cuando digo que Jorge Lee es un hombre, un gran hombre, es porque le conozco. ¿Cuándo le han visto cometer una acción baja? ¿Ha quitado nunca nada a nadie que sea más pobre que él? Cuando trabaja lo hace contra Bancos y Compañías, que no tienen escrúpulos en desnudar a los que se fían de ellos. Y nadie habla de dar caza a semejantes establecimientos. Y además, ¿se embolsa Jorge todo el dinero? Desde luego que no. Lo reparte con los amigos que le ayudan a dar el golpe, y esos se encargan bonitamente de que ruede. No tiene Jorge palacios en Fresno, ni caballos de carrera. Pondría la mano en el fuego porque ninguno hubiera querido montar el caballo que llevara esta noche. Y todo el peligro es para él. Apostaría cualquier cosa a que todos sus hombres estaban en salvo cuando os dió las buenas noches.
       —Confiese usted, sin embargo, que no se le va poco dinero en el juego, Zenobia —dijo Clinch riendo—. La prueba es que en la última semana, sin ir más lejos, perdió 5.000 dólares que le ganó el juez Kelley.
       —Bueno, ¿y qué? No se dice que el juez se los haya devuelto, ni tampoco que los haya entregado al sitio de donde procedían. En cambio se dice que también usted le ganó una bonita suma. Probablemente se disponía usted a darle caza para devolvérsela.
       Todos se rieron mirando a Clinch. Éste iba a replicar, cuando la joven le interrumpió bruscamente:
       —Puesto que son ustedes tan aficionados a la caza, ¿por qué no la emprenden con pájaros más gordos? Tras de Jim Harkins, por ejemplo. En este caso, seré yo de la partida.
       —¡Harkins! —exclamaron a un tiempo Clinch y Hale—. Justo, Jim Harkins. ¿Le conocen ustedes?
       —Uno de mis amigos le conoce —respondió Clinch sonriendo—. Pero no le importe a usted.
       —¿Y usted? —preguntó Zenobia dirigiéndose a Hale.
       —Creo que ha sido mi banquero —respondió de una manera evasiva—. No le conozco personalmente.
       —Entonces trate usted de atraparle antes de que le atrape a usted.
       —¿Qué ha hecho, Zenobia? —preguntó Rawlins muy satisfecho del giro que tomaba la conversación.
       —¿Qué ha hecho?... Si lo dijera, tal vez se molestaría... —contestó, indicando a Hale.
       —La ruego que no se preocupe usted de mí—se apresuró aquél a decir.
       —Bueno —dijo Zenobia—. Tal vez conocerán ustedes a Ned Falkner, de la mina Excelsior...
       —¡Ya lo creo! Falkner es el intendente —dijo Rawlins; un buen muchacho, incapaz de una acción indigna.
       —¡Choca! —dijo Zenobia alargando su mano. Rawlins la estrechó con efusion, y la joven continuó—: Ya no salen muchos como Falkner; se ha roto el molde. Escuchen ustedes: Ned puso todo su dinero, toda su fuerza y todo su ingenio en esa mina, la cual era para él su familia, su amada, todo. Cuando otros muchachos de su edad se iban a correrla a Fresno y se trataban a cuerpo de rey, Ned se quedaba en la mina. “Esperad, decía, esperad a que la mina dé rendimientos, a que produzca en grande, y entonces...” Logró que sus amigos pusieran en el negocio hasta la última camisa, porque los muchachos querían a Ned y se hubieran echado al fuego por él. Por supuesto, que esos todavía le siguen queriendo del mismo modo.
       —Eso es verdad —dijeron simultáneamente Clinch y Rawlins—, y Falkner lo merece.
       -Pero —dijo Zenobia— la mina no producía tan pronto como él había esperado, y todos se empobrecían cada vez más; pues la mina se lo tragaba todo, excepto el valor y la esperanza. Entonces fue cuando ese tunante de Harkins olfateó la presa y cayó sobre Ned. Le ofreció fundar una compañía de la que sería él el Director, si Ned le entregaba sus plenos poderes. En cuanto tuvo el negocio en el bolsillo, declaró que necesitaba medio millón de dollars para los trabajos, y solicitó la entrega de 200 dólares por acción. Esto no era nada para los pájaros gordos que pagan o fingen pagar; era la ruina para las pobres gentes que apenas ganan a fuerza de sudores lo suficiente para no morirse de hambre. Como no podían pagar, se vieron obligados a entregar sus acciones por un pedazo de pan. Ned hizo cuanto pudo para ayudarles a salir a flote él mismo, tomando a préstamo sobre sus acciones; pero el condenado de Harkins se enteró, e hizo correr la voz de que la mina era una engañifa y que se iba a retirar de la dirección: las acciones perdieron todo valor. Ned no pudo conseguir un sólo dólar. Entonces la nueva compañía rescató todo el papel de Falkner, y le dejó en el arroyo con sus amigos. Ned no quiso quedarse para ver la ruina que había ocasionado, y desapareció. En cuanto al canalla de Harkins, después de despojar a todo el mundo, ha sabido encontrar el dinero, ha pagado el medio millón, y acaba de levantarse del juego con 100.000 dólares de beneficio. Este dinero, el dinero de Ned lo ha enviado a Sacramento, no atreviéndose a llevarlo él mismo, el cobardón, y ha dejado el país. Sabe que hay personas que han jurado matarle. Ya ven ustedes que, si siguen con ganas de cazar, tienen ahí una buena fiera, sin necesidad de andar por la nieve.
       —¿Pero por qué no hacer que intervenga la ley para recuperar esa suma? —dijo Hale con calurosa indignación—. Eso es un robo tan infame como...
       Se detuvo al mirar a Zenobia.
       —¿Como el de esta noche, no es eso? ¿Es eso lo que quiere usted decir? Pues bien, yo digo que es mil veces peor. Los ladrones no se han hecho pasar como amigos; además, arriesgan la piel. En cuanto a la ley, ¡bah! no puede hacer nada.
       —Es una cuestión de azar —manifestó Clinch—. Con mayor facilidad se recuperaría una suma perdida contra el tramposo que hubiera señalado las cartas. Falkner debería disparar sobre Harkins en cuanto lo viera, es lo más cuerdo.
       —Existe, además, la ley de Lynch, la mejor —apuntó Rawlins.
       —Realmente —añadió Hale después de reflexionar— que tal vez sería preciso obligar a un hombre de la especie de Harkins a que devolviera su ganancia mal adquirida, mediante una poderosa presión física. Como lo que se trata es del dinero, pienso que si pudiera ser recobrado por medio de amenazas, hasta por las vías de hecho, pero sin efusión de sangre, se lograría igualmente el resultado. Admito que en caso de resistencia o de represalias, podría llegar a ser necesario el pasar a mayores.
       Sin darse cuenta, Hale había caído en su dicción sentenciosa y pedantesca, y tal vez aguijoneado por los brillantes ojos de Zenobia, puso involuntariamente en sus palabras más énfasis aún que de ordinario. Su declaración fue acogida por un silencio glacial. Los asistentes se miraban con aire de duda ligeramente irónica. De repente Zenobia se levantó, se acercó a él y le dijo:
       —¡Choque usted!
       Hale estrechó calurosamente aquella mano, y movido por un nuevo sentimiento, se la llevó a sus labios y depositó un respetuoso beso sobre la punta de unos dedos que le parecieron limpísimos.
       —Eso es hablar —dijo la joven sin desconcertarse en lo más mínimo por aquel acto de cortesanía—. Y no es usted el primero que sea de ese parecer.
       —¿Quién es el otro? —preguntó Hale sonriendo.
       —Jorge Lee —contestó ella.



VI

      Las interjecciones y las risas provocadas por aquel nombre así lanzado, fueron interrumpidas por los ladridos de los perros. Zenobia se dirigió con paso perezoso hacia la ventana; Hale prefirió no profundizar ciertas reflexiones sugeridas por la comparación, y se alegró del incidente que venía a distraerlas.
       —¡Por vida de...! —exclamó la joven—. Es ese condenado de Jim que nos trae todo el personal de la diligencia. El coche se habrá quedado empotrado en la nieve sin poder subir al relevo. Pero que venga. Le diré lo que conviene.
       La negativa inhospitalaria de Zenobia no pudo sostenerse contra las humildes explicaciones de Jim que manifestó que el mismo Hennicker, en el relevo del valle, le había autorizado para que llevara los viajeros a su rancho, en previsión de lo que acababa de suceder.
       —¡Cualquiera entiende al padre! —grufió ella sordamente—. ¡Encerrarnos toda una semana con estos tales! Un día suelta los perros sobre el primero que se presenta, otro nos envía a toda la diligencia. Después de todo, la barraca es suya, que se las arreglen; pero no seré yo quien les sirva.
       Y salió bruscamente, cerrando tras sí la puerta.
       Los recién llegados no ofrecían nada que pudiera desarmar las prevenciones suscitadas contra ellos, ni nada que prometiera añadir atractivos a la reunión. Sus maneras torpes, arrogantes y agresivas, el descontento que demostraban, hicieron que les mirasen con malos ojos aquellos que, establecidos antes, experimentaban ya el antagonismo latente del propietario por el intruso. El que parecía ser el personaje más importante de la banda, era también el más insoportable. De un aspecto vulgar y pretencioso, hablaba en voz muy alta y con ademanes enojosos. Se sentó en una silla y pidió inmediatamente de beber.
       —Tendrá usted que servirse a sí mismo —dijo fríamente Rawlins al ver que la orden quedaba sin efecto—. No hay más que dos mujeres en la casa y tienen ya las manos llenas.
       —Esto es de una gran grosería —dijo el extranjero alzando la voz—. Hennicker hará muy bien en mostrarse sumiso, si no quiere que le sienten las costuras. No vale más que muchos otros diablos a quienes yo se las he sentado.
       —Eso habría que decírselo en su cara —replicó Rawlins con el mismo tono glacial—. Tal vez le contestaría a usted lo conveniente. ¡Es tan suave, tan acomodaticio, tan buen muchacho ese Hennicker! ¿No es verdad, Coronel Clinch?
       La mención fortuita de este nombre produjo el efecto que esperaba sin duda Rawlins. El extranjero miró con atención al Coronel, que, sordo en apariencia al diálogo, entornaba beatíficamente sus ojos grises y fríos, mirando a la llama. Cambiando de modales, el recién llegado se dirigió sin más objeciones a la botella de whisky, y se sirvió y sirvió a sus compañeros. Animado por la bebida, se acercó a la chimenea.
       —Coronel —dijo afectando una gran desenvoltura—, probablemente habrá usted oído hablar de un robo esta última noche.
       Sin alzar los ojos, Clinch respondió con una breve afirmación:
       —Precisamente me trae este asunto. Vengo a abrir una información en nombre de la compañía.
       —¿Ha perdido mucho la compañía?
       —No tanto como pudiera creerse. Ese majadero de Harkins puso en un pliego 100.000 dólares en billetes de Banco, y se lo confió a un amigo, Bill Guthrie; el cual debía hallar en el último momento entre los viajeros un hombre de confianza e incapaz de despertar sospechas para transportar el dinero a Fresno. Harkins no se fiaba del arca de la diligencia. ¡Ja, ja!
       La afectada risa del extranjero sonó peor aún por el mutismo absoluto con que fue acogida. Rawlins miraba a Clinch, y Hale se sentía extraordinariamente molesto; pero el Coronel, sin apartar los ojos del fuego, se limitó a decir con negligencia:
       —¿No ha retenido usted por casualidad el nombre de ese viajero?
       —No lo he podido averiguar. Naturalmente, en cuanto Guthrie se enteró de los términos en que se hablaba de ese particular, no ha querido decir su nombre hasta enterarse mejor.
       —¿Y en qué términos se habla de ese... particular? —preguntó Clinch con indiferencia.
       —¿Qué diablo quiere usted que se diga de un hombre que, sin la menor resistencia, entrega semejante suma en cuanto se la piden, como si fuera un cigarrillo? Figúrese usted que los salteadores, según parece, no eran más que tres, mientras que los viajeros, además del cochero y el postillón, eran seis, todos armados. ¡Seis hombres desbalijados por tres! ¡Pobrecillos!... Por supuesto, que se han hecho justicia, porque dicen que, bajo pretexto de correr tras los ladrones, han desaparecido completamente corridos.
       El orador se echó a reir despreciativamente, y sus cinco acólitos, agrupados en el fondo de la sala, le imitaron ruidosamente.
       Hale, olvidándose de que aquel hombre no hacía más que expresar en sustancia la misma censura y las mismas críticas que formulara él ocho horas antes respecto de sus compañeros de camino, iba a levantarse, con las mejillas encendidas, para protestar contra aquellas apreciaciones insultantes, cuando una mirada de Clinch le dejó inmóvil en su asiento. Aquella mirada cruel e imperativa parecía mandar; Hale creyó ver lucir en el fondo de aquellas pupilas grises, fijas e implacables, un pensamiento de muerte, y su propia cólera se calmó como por encanto ante la revelación de una intensidad de furor inesperada; hasta experimentó una vaga e involuntaria compasión hacia el desgraciado que acababa de provocarla tan inconscientemente. Rawlins, que sin duda había recibido la misma consigna silenciosa, no se movió.
       —Pero no hemos dicho aún nuestra última palabra —añadió el extranjero corriendo a su pérdida—. Yo he redactado una relación que pondrá en claro el incidente. Ya es tiempo de que cambien las cosas. Hasta aquí han sido los viajeros los que han vociferado contra las compañías y sus empleados; quiero que hoy sean las compañías las que protesten de viajeros de esa especie. ¿Quiere usted que le lea mi pequeño informe? Tiene bastante miga para que les agrade a esos diablos de periodistas.
       —¡Y cómo no! —exclamó el Coronel.
       Así animado, el orador tosió, y tomó la actitud a la vez modesta y pretenciosa de los autores que se leen a si mismos, mientras que sus cinco amigos, ya puestos al corriente de la lucubración, hicieron círculo, preparando una sonrisa de ordenanza.
       —He titulado esto: Los viajeros pusilánimes. Un título que promete, ¿eh? Comienzo: “Se ha averiguado que el resultado del último ataque perpetrado contra la diligencia cerca del puerto, es debido a la pusilanimidad, por no servirme de otra expresión más fuerte” —se detuvo y, mirando a Clinch, añadió a manera de explicación—: “Ya verá usted a dónde voy a parar” —y continuó su lectura—: “a la pusilanimidad de los mismos viajeros. Se ha averiguado que tres hombres han desbalijado a seis, sin que se haya disparado ni un solo tiro, ni haya habido la menor resistencia. No recriminamos ciertamente el valor bien probado de Iuba Bill, el mayoral, ni la sangre fría y la prudencia de Bracy Tibbett, el bravo e inteligente postillón, los cuales han confesado que se quedaron petrificados por el asombro ante el espectáculo de la sumisión bíblica y de la dulzura de corderos desplegadas por los pasajeros del interior. Se añaden anécdotas que serían cómicas si no fueran repugnantes: se ha visto a hombres hechos, de rodillas en la carretera, ofreciendo despojarse enteramente para salvar la vida, y a un viajero acurrucado bajo el asiento al que hubo que sacar tirándole de los faldones; se habla de sumas locas, de promesas serviles a cambio de la inmunidad concedida a sus miserables pellejos, y de otros episodios que excitan la hilaridad general; pero poseemos hechos que podrían provocar acusaciones más graves. Uno de los viajeros, pretendiendo rivalizar clandestinamente con los privilegios de la compañía, llevaba, según dicen, una fuerte suma en la diligencia”. Todo esto tiene bastante pimienta, ¿no es verdad? Pues todavía hay más.
       —¡Vaya si tiene pimienta! —dijo Clinch tranquilamente.
       —“Sin embargo” —continuó leyendo el extranjero—, “todo este asunto tan desdichado está envuelto en el misterio. La presencia de Jackson N. Stanner —soy yo—, agente secreto contratado especialmente por la compañía, y de sus acólitos, en el lugar del atentado, nos garantiza que el misterio no tardará en aclararse”. He escrito esto para complacer a la compañía —dijo modestamente—. A estos señores de la seguridad es a quienes debemos los detalles que acabo de leer.
       —Lo que pretende usted probar con ese artículo, si he comprendido bien —dijo Clinch levantándose, pero continuando mirando al fuego—, es que tres hombres no pueden acorralar a seis, a menos que éstos no sean cobardes o cómplices. ¿Es eso?
       —Perfectamente, lo he dicho y lo sostengo —respondió Stanner—. Usted juzgará si no tengo razón.
       —Opino que no la tiene usted —replicó fríamente el Coronel.
       Y sin levantar los ojos se dirigió a la puerta por la que había salido Zenobia, la cerró con llave y se guardó ésta en el bolsillo. A Rawlins y Hale les palpitaba el corazón; los otros espectadores de la escena seguían los movimientos de Clinch con burlona curiosidad. El Coronel, después de haber hecho la misma operación con la segunda puerta, volvió hacia la chimenea. Por primera vez levantó sus párpados. El hombre, que vió la fijeza de aquella mirada, retrocedió espantado.
       —Yo soy —dijo entonces Clinch con lentitud y subrayando cada una de sus palabras—, yo soy el hombre que entregó los billetes a los bandidos. Soy uno de los tres viajeros escarnecidos en la relación de usted; estos señores son los otros dos. Usted no cree que tres hombres puedan acorralar a seis. Sea, yo le demostraré cómo sucede eso; más aún, yo le haré ver cómo lo logra un hombre solo, porque, ¡por Dios vivo, si no me entrega usted ese infame papel, disparo sobre usted a boca de jarro! Necesito ese papel antes de haber contado diez, y si cualquiera de ustedes se menea, son hombres muertos el que tal haga y usted el primero.
       Antes de que Clinch hubiera acabado de hablar, Hale y Rawlins se habían levantado, y de común acuerdo sacaron y amartillaron los revólvers. Hale no hubiera podido decir por qué, pero apuntaba a uno de los hombres de Stanner, y sentía instintivamente que al menor movimiento agresivo de aquél hubiera hecho fuego. No razonaba ya, sabía solamente que, en caso de pelea, procuraría matar a su adversario y tal vez a otros más.
       —¡Uno! —dijo Clinch levantando su arma—. ¡Dos, tres!
       —Coronel, escuche usted. Le juro que no sabía que era usted. Cuando le digo... —balbuceó Stanner con el rostro lívido y sin atreverse a mirar a sus compañeros, aterrorizados.
       —¡Cuatro, cinco, seis!
       —¡Deténgase... ahí va!
       Cogió el manuscrito y lo arrojó al suelo.
       —Recójale y tráigamelo. ¿Siete, ocho!
       Stanner se adelantó, cogió el papel y se lo tendió a Clinch completamente trastornado. Después, tranquilizado a medias, dijo afectando reir:
       —¡Bah! No era más que una broma, una simple broma...
       —Me alegro mucho saberlo; pero como esa broma está aquí en blanco y negro, va usted a rectificarla de la misma manera. Siéntese, tome esa pluma, ahí hay tinta, y escriba lo que le dicte. ¡Vamos! “Declaro estar convencido de que la relación arriba escrita es una vil calumnia contra la reputación de Ringwood Clinch, Roberto Rawlins y John Hale, viajeros aludidos, a quienes pido humildemente perdón”. Está bien; firme usted. ¡Firme, le digo! Ahora, que sus hombres firmen a continuación.
       Los agentes obedecieron sin hacerse rogar. Uno de ellos, sin embargo, afectando tratar la cosa a la ligera, propuso echar una ronda.
       —Perdone —dijo Clinch fríamente—. Esta casa es demasiado pequeña para contener a ese hombre y a mí, y como este documento me llama a la estación del Gato Salvaje, partiré al punto y sin beber.
       Sacó las llaves de su bolsillo, las volvió a poner en las cerraduras, tomó un abrigo y se preparó a salir.
       Rawlius se dispuso a seguirle; Hale vacilaba. Los acontecimientos que desde hacía una hora se sucedían con tanta rapidez, no le dejaban tiempo para reflexionar; sin embargo, comenzaba a dudar seriamente de la legalidad del último acto del que había sido espectador constante y casi cómplice, sin dejar de reconocer que tenía su razón de ser en una especie de justicia personal; sentía que si volviera a presentarse el caso obraría del mismo modo. Pero un secreto presentimiento le advertía que, mientras se asociara con Clinch y Rawlins, se encontraría mezclado a semejantes complicaciones; por otra parte, ¿no acababan de renunciar radicalmente al objeto que se habían propuesto? ¿No acababan de suscitar un nuevo interés y de promover un conflicto a los que estaban autorizados legalmente para realizar su misión? Todo conspiraba a apartarle de sus compañeros, salvo el temor de que esta deserción en semejantes momentos no fuese contraria al honor, y tal vez a la creciente simpatía que aquellos le inspiraban. Se dijo, sin embargo, que acababa de probar suficientemente sus condiciones, que no sería de ninguna utilidad práctica en la estación del Gato Salvaje, y que al ir allí se alejaría aún más de la meseta de las Águilas; además se sentía invadido por una necesidad de acción y de independencia.
       —Me quedo aquí —dijo por fin al Coronel—, a menos, sin embargo, que no me necesite usted.
       Clinch miró de una manera significativa a los agentes, y después afectuosamente a Hale.
       —Esté usted alerta —dijo a media voz—; un hombre prevenido vale por diez; sobre todo, de esta especie. De todos modos es gallardo lo que usted hace.
       Luego se dirigió a Stanner, y añadió en alta voz:
       —Me llevo este papel. Si tiene usted que decirme algo más adelante, ya sabe usted dónde encontrarme, a menos que no quiera usted decírmelo en seguida, ahí fuera.
       —Lo demás concierne a la compañía y no a mí —dijo Stanner tomando un aire oficial.
       Hale acompañó a Clinch y Rawlins hasta la cuadra. El palafrenero Dick, que había marchado en socorro de la diligencia, no había vuelto aún.
       —No quisiera dejar a cualquiera en su piel de usted en medio de esos bergantes —dijo Clinch sacudiendo fuertemente la mano de Hale—, y no le dejaría a usted, si no supiera que puedo apostar todo mi montón por su juego de usted con los ojos cerrados. Es usted de los míos, compañero. Querer quedarse solo aquí, es gallardo. No me era usted muy simpático al principio, no se lo oculto; pero ahora, cuando necesite usted de un amigo, llame a Ringvood Clinch; es de usted. No tengo más que decir.
       —Hablado por dos —dijo Rawlins tendiendo la mano a Hale con igual franqueza, y añadió—: Cuente usted con Zenobia para que le avise si ocurriera algo de particular; velará por usted. Hasta la vista, y buena suerte.
       Hale, inclinado al pronto a rebelarse contra el papel de protectora asignado a la hija de Hennicker, concluyó por hallar cierta dulzura en aquel lazo misterioso que se establecía entre él y la salvaje criatura, cuya belleza y cuyo extraño encanto le habían atraído de un modo tan singular. Cuando volvió a la sala, los agentes, que hablaban entre sí, se callaron repentinamente. No intentó romper el silencio, y se sentó tranquilamente cerca del fuego. Stanner no tardó en acercarse, y se plantó ante la chimenea en actitud familiar.
       —Ese diablo de Coronel —dijo en tono de chanza— se alborota en cuanto tiene en el estómago más de lo preciso. Y esto le sucede después de la tercera o cuarta ronda. Tiene mal vino Clinch.
       —Comprenda usted, Sr. Stanner —dijo Hale con su tono preciso y acompasado—, que toda alusión poco cortés al señor Clinch, mi amigo, es no solamente de muy mal gusto en ausencia suya, sino también insultante para mí. Si pretende usted insinuar que el Coronel estaba ébrio, debo manifestarle que está usted equivocado, y debo añadir que las opiniones que ha expresado refiriéndose a usted son las mías. Me parece igualmente que ha dado pruebas de buen criterio prefiriendo sustraerse a la compañía de usted, y tenga presente que si las circunstancias que me retienen aquí me condenan a sufrir la presencia de usted, pongo por condición que me dispense de todo coloquio.
       Estas palabras, pronunciadas con un exceso de precisión y dignidad, produjeron sobre los asistentes mayor efecto aún que las amenazas de Clinch. El silencio reclamado por Hale le fue otorgado sin la menor réplica. Los agentes se retiraron a un rincón y cuchichearon entre sí. Hale, con los ojos fijos en los tizones, se cntregó a profundas meditaciones.
       De repente alzó los ojos y vió que la puerta que daba a la cocina se meneaba dulcemente. Una o dos veces durante su algarada con Stanner le había parecido observar la misma maniobra, la cual tenía sin duda por objeto llamar su atención sin despertar la de los otros. No tardó en entreabrirse la puerta, dejando pasar el bonito rostro de Zenobia, la cual le hizo una seña, llamándole. Hale se levantó sin precipitación, tomó con indiferencia su sombrero, como si quisiera pasearse, y pasó a la cocina en el momento en que la joven se deslizaba sin ruido en la cuadra. Subió ella los primeros peldaños de una escalera que conducía a un granero, y a mitad de camino se detuvo ante una puerta baja y precedió a Hale en un cuartucho muy reducido. A la luz de un farol vió Hale que aquel cuarto, aunque pobremente amueblado, acusaba, por ciertos detalles, la presencia y el gusto de una mujer. Zenobia ofreció a su huésped la única silla que allí había, le indicó que tomara asiento, y ella se sentó en la cama. Sus facciones parecían agitadas por una emoción reciente y sus ojos brillaban como empañados por las lágrimas; pero la linterna, cuyos rayos iluminaban de lleno el rostro de la joven, descubrió la causa de su agitación: ¡no podía tenerse de risa!
       —He pensado —dijo ella por fin— que debía usted aburrirse mucho a solas con Stanner y su gente, sobre todo después del sermón que les ha echado usted, y me he dicho que estaríamos mejor aquí para charlar un rato. Mi madre y yo le hemos oído desde la cocina. ¡Bueno ha estado usted! Mi madre creía que hablaba usted en una lengua extranjera; yo no podía tenerme de risa. ¡Qué palabras, qué frases! La verdad es que les ha encajado usted toda la Gramática y todo el Diccionario...
       Se detuvo por un nuevo acceso de risa, y después añadió:
       —Sobre todo algunas frases me hacían muchísima gracia; por ejemplo, cuando decía usted: “Las circunstancias, que me hacen aquí la Pascua...”
       —¡Ah!, perdone —exclamó Hale—, yo no he dicho eso.
       —Y después: “Condenado a sufrir su presencia, en vez de echarles a puntapiés”. Y luego: “No me maree con su conversación, que no vale una patata”, o algo parecido. El Coronel con sus palabras gordas no le llega a usted a la suela del zapato. Stanner estaba verde.
       —¿Se está usted burlando de mí? —dijo Hale, sin saber a punto fijo si le molestaba o le complacía divertir tanto a la hermosa joven.
       —En ese caso —replicó ella ingenuamente—, sería yo la única que se atreviera. Clinch dice a quien quiera oirle que su comportamiento de usted cuando la disputa y su resolución de quedarse aquí, valen por todos los juramentos de él. Mi madre me está siempre chillando por mis maneras; pero, a pesar de todo, cuando encuentro un hombre, que es un hombre, le reconozco.
       Esta vez Hale se entregó dulcemente al encanto de aquel homenaje espontáneo, tanto más halagador cuanto que era, por decirlo así, inconsciente; pero embarazado por la mirada escrutadora de Zenobia, dijo cambiando de tema:
       —¿Tiene usted que subir siempre a aquí por la cuadra?
       —Sí. Hay una escala que conduce al cuarto de mi madre —respondió señalando una trampa—, pero el otro camino es más cómodo y está más cerca de los caballos cuando hay que salir pronto.
       Aquella alusión directa, corroborada por las observaciones que Hale había tenido ya ocasión de hacer acerca de la instalación de la casa, no le dejaba ninguna duda; había sido construida teniendo presente las invasiones rápidas y las huidas fáciles. Esto le hizo reflexionar. Zenobia, que adivinó una parte de los pensamientos de aquél, añadió con decisión:
       —Preciso es estar en condiciones de acudir prontamente cuando un oso o una pantera llegan en busca del ganado; hay que montar a caballo sin perder un minuto.
       —¿Es decir, que usted...?
       —¿Qué quiere usted que haga? Cuando el padre está fuera, le sustituyo, y elegido este cuarto.
       Hale siguió la mirada de Zenobia, que se había fijado maquinalmente en una vestimenta híbrida, semi-manta, semi-amazona, colgada de un clavo.
       —Más de una vez he estado levantada, vestida y montada en “Resina”, cinco minutos después de haber oído él primer balido.
       Hale la contemplaba con asombro. Ella no tenía nada de masculino ni de marimacho; ni siquiera tenía la robusta confirmación física, inseparable, según él, de tan viril audacia; al contrario, pálida, esbelta, le parecía esencialmente mujer, de alma y cuerpo. Sin preocuparse por las insistentes e investigadoras miradas de que era objeto, Zenobia hizo una seña a Hale para que se acercase, y fijando en él sus oscuros ojos, dijo de pronto:
       —¿Por qué se le ha ocurrido a usted esa caza de hombres?
       Semejante pregunta hecha a quemarropa desconcertó a Hale; experimentó la necesidad de disculparse, pero sus explicaciones, que para él mismo eran insuficientes y confusas, eran evidentemente ininteligibles para la hija de Hennicker. Ésta añadió después de una pausa:
       —¿Usted no tiene nada contra Jorge?
       —Yo no conozco a Jorge —respondió él sonriendo—, persigo únicamente al bandido.
       —Pues él es el bandido.
       —Quiero decir que combato un principio integralmente peligroso.
       —Y Jorge es el principal, los otros no harían nada si él no los mandase — dijo Zenobia ingenuamente—, y tal vez tenga usted razón, es muy peligroso.
       Hale comprendió la inutilidad de continuar, y dejó caer el diálogo. Ella dijo después:
       —¿Por qué se ha quedado usted en vez de marchar con el Coronel? Sin duda ha sido por algo más que por cerrar el pico a Stanner. ¿Por qué ha sido?
       La proximidad de la hermosa joven, el encanto de sus familiares confidencias, la elocuencia de sus ojos negros, las seducciones de la soledad, inspiraron a Hale una respuesta galante; pero pensando con mayor cordura, las mismas razones la detuvieron en los labios.
       —No lo sé —dijo con torpeza.
       —Yo sí lo sé. Es porque tampoco le agradan Clinch y Rawlins. No son de su clase de usted.
       Cogido de improviso por aquella declaración neta y positiva, Hale se refugió en el único pretexto que creyó deber ocultar, y dijo en voz baja sonriendo un poco:
       —Pongamos que haya sido por quedarme al lado de usted.
       —Tampoco soy yo de su clase —respondió ella al punto. Después se calló, y al cabo de un momento se puso a escuchar.
       —Están muy callados —dijo—. ¿Qué pasará?
       Creyendo que la joven le intimaba de una manera indirecta a que la dejase ya, Hale se levantó; pero Zenobia pasó rápidamente ante él, abrió la puerta y miró hacia la cuadra.
       —¡Justo! —dijo ella—. Estaba segura. No están los caballos. Han levantado el campo.
       Hale no respondió. Acababa de ocurrírsele la idea de marcharse de la misma manera. ¿Era una advertencia respecto de que era bueno seguir semejante idea? Indeciso aún, seguía con los ojos a la joven que comenzaba a bajar la escalera, indicándole que le siguiera. Cuando llegaron juntos a la sala baja, la encontraron como se esperaba, completamente desierta.
       —Supongo que no seré yo quien les haya hecho huir —dijo él mirando el turbado rostro de su compañera.
       Ésta no contestó, y miró por la ventana; parecía preocupada, inquieta.
       —¡Tanto peor! —exclamó por fin ella con un ligero ademán de desafío—. ¡Me es igual! ¡Madre!—gritó en seguida en otro tono—. Stanner se ha lanzado con su rebaño, pero el extranjero dice que se queda.



VII

      Ocho días habían transcurrido en la meseta de las Águilas, días unos sombríos por la lluvia, otros luminosos por el sol.
       Aquella tarde dos personas se encaminaban lentamente hacia la casa, sin preocuparse de su situación, como quienes vuelven de un paseo agradable. La señorita de Scott, acompañada de Falkner, mostraba en su indumentaria un regreso hacia las exigencias de la moda y las obligaciones mundanas, y esto, cosa extraña, en los mismos momentos en que se encontraba completamente emancipada de semejante tiranía a causa de su aislamiento. No tan sólo había prescindido de su blanca falda, concesión práctica a la invasión de un invierno prematuro, sino que había sacado una gorrita con plumas y un manguito de marta que usaba en Boston. También Falkner había trocado su sombrero y su pintoresca manta mejicana por un gabán y una gorra de piel pertenecientes al cuñado de Kate, y que ésta le hizo adoptar.
       —No le pido a usted —decía Kate con su juicioso aspecto— que renuncie por completo a su manta; la llevará usted los días de lluvia, cuando, reintegrado entre los suyos, venga usted alguna vez a pasar la velada con nosotros. Pero convenga en que semejante indumentaria es demasiado llamativa, y sobre todo demasiado teatral, para ser llevada en pleno sol por los caminos, salvo al frente de una procesión de circo de feria.
       —¿Qué mal hay en vestirse de una manera que el pueblo ha consagrado como la más apropiada a las exigencias y las conveniencias del país? —replicó Falkner sin dejarse desconcertar.
       —Pero usted no pertenece a esa clase de gentes —repuso impaciente la joven—, y ahí está la diferencia. Usted no se les parece, no obra usted como ellos: de suerte que su traje y su manera de ser son tan irreconciliables, que le dan un aspecto extraño.
       —Y tener un aspecto extraño es censurable en su mundo de usted —dijo Falkner con amargura.
       —Siempre es censurable el aparecer lo que uno no es —replicó la joven—. Usted es, según me lo ha dicho, un inspector de minas; es inútil, por lo tanto, que le tomen por un bandido español, gracias a su manta. Le aseguro que si yo me hubiera encontrado en la diligencia y le hubiese visto aparecer vestido así en la portezuela, le hubiera entregado mi reloj y mi bolsa sin la menor resistencia... ¡Ah! se enfada usted —añadió la joven con una risa fingida que disimulaba una inquietud real—. ¿Quiere usted que le diga que me habría despojado con alegría en favor de un bandido tan novelesco, y que, para conformarse a la leyenda, del país, me hubiera apeado para bailar un bolero con usted en la carretera? Pues bien —dijo ella, tras una pausa preñada de tempestades—, pongamos que es lo que he querido decir.
       Falkner marchaba un poco delante, con la vista fija en la lejana cordillera. Se detuvo de pronto, y mirando a Kate, dijo bruscamente:
       —Sí, se hubiera usted tomado tiempo para observar atentamente al salteador, a fin de identificarle mejor el día que cayera en poder de la policía. Como su hermano, se hubiera usted sacrificado gustosa en interés de la civilización y del orden.
       La boca y los ojos de la joven expresaron tan enérgica negativa, que, no por ser muda, hubiera dejado de convencer a un hombre menos preocupado que su acompañante. Viendo que se callaba, Kate hundió ambas manos en el manguito, se lo llevó a la boca, se encogió ligeramente de hombros, veló sus ojos con sus largas pestañas y apresuró e] paso.
       —Es penoso —dijo ella en otro tono— el que no podamos proveer a nuestra miserable existencia sin despojar a los otros, sin arrebatarles la vida.
       Falkner se estremeció.
       —Es verdaderamente desconsolador —añadió ella—, pero tengo que recordar a usted que no ha cazado usted nada todavía para la cena de nuestro enfermo. Mire usted; allí me parece ver una liebre. ¡Qué lástima que haya traído usted esa carabina, en vez de un fusil de dos cañones!
       —He escogido esta arma para la defensiva.
       —¡Ah! ¿y los cartuchos no son más que para el ataque?
       Falkner la contempló un instante, después se echó rápidamente el arma a la cara, en el momento en que la liebre huía por un campo, a cien metros de distancia. Kate creía ya al animal en seguridad cuando sonó el tiro; la liebre dió un salto y cayó inmóvil. Kate miró al cazador con franca admiración.
       —¿Está bien muerta? —preguntó ella en voz baja.
       —Ni siquiera se ha enterado de lo que la mataba.
       —Tiene usted razón. Esto me parece menos brutal que tirar con cartuchos, que no siempre matan; me horroriza lo que se llama la caza y el “sport”, pero un tiro como éste... me parece...
       —¿Qué, señorita?
       —Más caballero.
       Levantó su fina cabeza, se puso su enguantada mano sobre los ojos, a manera de pantalla, y mirando al cielo azul, añadió con alguna vacilación:
       —¿Se podría?... ¿podría usted?, pero no, es inútil...
       —¿Qué quiere usted decir? —preguntó Falkner sonriendo.
       —Nada, nada.
       —Sí, tiene usted una idea —insistió el joven, volviendo a cargar su carabina.
       —Pues bien, me prometió usted el otro día una pluma de águila para mi gorra, ¿no es aquello un águila?
       —Me parece que no es más que un halcón.
       —Me bastaría. Tire usted.
       Sus ojos brillaban. Falkner apartó los suyos, sin dejar de sonreir, y apuntó con irritante lentitud.
       —¿Está usted segura de no preferir el águila? —preguntó afectadamente.
       —Completamente segura. Dése usted prisa.
       Falkner no se apresuraba, pero de pronto se oyó la detonación; el ave agitó el aire con las alas, giró un instante, después cayó perpendicularmente a una distancia que demostraba la destreza del tirador. Falkner se adelantó y no tardó en volver, trayendo en la mano un ala desplegada.
       —Escoja usted la pluma que le agrade —dijo alegremente—. ¿Está usted seguro también en esta ocasión de que el pobre halcón no ha sufrido?
       —La bala le ha llevado la cabeza.
       —Y además, la caída hubiera bastado para matarle —dijo Kate sin más remordimientos—. Gracias. Le tendrán a usted por un tirador de primer orden, ¿no es verdad?
       —¿En dónde? ¿quiénes?
       —Pues todos los que le conozcan: sus parientes, sus amigos, las hermanas de éstos...
       —Jorge tira mejor que yo, tiene más práctica; le he visto hacer con una pistola lo que yo acabo de hacer con una carabina, no a la misma distancia, por supuesto; pero un tiro más difícil.
       Kate no contestó, pero su rostro indicaba claramente que nada podía a sus ojos aventajar en destreza y habilidad a lo que acababa de presenciar. Falkner recogió la liebre, y los dos jóvenes se dirigieron a la casa.
       —¿Se acuerda usted —dijo Kate de pronto— del día en que llegó? Nos encontramos aquí, y usted me indicó el abrigado promontorio en que se refugiaban de la nieve unos pobres animales.
       —Sí —dijo Falkner—, su número ha disminuido. Tal vez tenía usted razón. Se han devorado entre sí, a menos que no hayan conseguido escaparse. Pensemos que esta última hipótesis es la verdadera.
       —Yo los cuento todos los días con mis gemelos. No hay más que cuatro. Un oso, esa especie de gato grande al que llama usted león de California, un lobo y un animal que debe ser una ardilla.
       —¡Qué lástima que no sean todos de la misma raza!
       —¿Por qué?
       —A fin de que ninguna desemejanza envenene el placer de encontrarse juntos.
       —Al contrario. Debe ser horriblemente aburrido el estar encerrado únicamente con sus semejantes.
       —¿Cree usted en serio, señorita, que sería posible vivir en buena inteligencia, que reinase la felicidad entre seres de naturaleza y costumbres completamente opuestas?
       —Creo —respondió Kate— que el oso y el león encuentran muy divertidos al lobo y a la ardilla, y que éstos...
       —¿Qué? —preguntó con viveza Falkner.
       —Que éstos tendrían mejor opinión de los otros si los conocieran mejor...
       Los paseantes acababan de llegar al pórtico de la casa. Por un motivo que no se confesó a sí misma, Kate no se dirigió directamente a la habitación en la que dejó a su hermana y al herido —ya suficientemente adelantado en la convalecencia para pasar los días en un diván cerca de la ventana del salón—, sino que se apresuró a dirigirse a su cuarto. Si tal maniobra tenía por único objeto evitar a su hermana, era supérflua, porque Josefina, al ver llegar a Kate, dejó precipitadamente a Jorge y tomó la escalera antes que la joven. Falkner hubiera preferido igualmente la soledad: pero Lee, el único de los cuatro que conservaba su libertad de espíritu, le llamó y le obligó a presentarse en la puerta, con la liebre y el ala del halcón en mano. Lee miró atentamente el ala con afectado terror.
       —En caso de necesidad, me será posible comerla —dijo— y pudiera ser que fuese el bocado más delicado del ave; la liebre calmará probablemente el hambre de esas señoras; pero, mi palabra de honor, no sabía que estuviéramos reducidos a tan duro extremo. ¡Tres horas y media de caza para traer una liebre y un ala de ave de rapiña, es espantoso!
       Después de comprobar que su amigo estaba solo, Falkner depositó el botín en el vestíbulo y volvió rápidamente al lado del diván.
       —Escúchame, Jorge; debemos —yo debo abandonar esta casa sin más demoras. No me detengas. Me es imposible soportar más tiempo semejante estado de cosas.
       —Ni yo tampoco, mientras esa puerta esté abierta de par en par. Ciérrala y cuéntame tu historia antes de que vuelva la señora de Hale. ¿Has encontrado por casualidad una salida?
       —No, no es eso de lo que se trata.
       —Me parece, sin embargo, que si piensas en marchar, ese es el punto esencial. Entonces es que has pedido la mano de la bostonianita y que ella ha encontrado el paso arriesgada con un conocimiento de ocho días apenas.
       —Cállate, yo...
       —Vaya, vaya, si no lo has hecho estás en camino de hacerlo; pero no te lo aconsejo, al menos por ahora.
       —Jorge, yo no puedo vivir esta vida de perpetua mentira.
       —Entendámonos. Ignoro cómo mientes, tú, cuando estás solo. Si escoltas a la pequeña recitándole salmos o contándole tus clases de catecismo en la parroquia, o si te presentas como un Creso venido para comprar la meseta e instalar en ella un casino de verano, confieso que esto pasa un poco de los límites y que sería preferible mentir de otra manera. Pero, por otro lado, no veo la imperiosa necesidad de armar aquí un jollín del infierno, ni de pedir a gritos la sangre de Harkins, ni siquiera de contar tu paquete de billetes en la falda de la hermosa Kate para ciar pruebas de veracidad y candor. Debe haber un justo medio.
       —Jorge, tú que estás en tan buenos términos con la señora de Hale y su madre, ¿no podrías, no querrías decírsela todo? Es decir, presentar las cosas a tu manera; de ti lo escucharían todo, lo creerían todo...
       —¡Tantas gracias! ¿Y si me repugnase a mí también el mentir?
       —¡Oh! Ya sabes lo que quiere decir. Tienes una manera tan original de decir las cosas, de hacer que parezca natural lo que no lo es.
       —Sea; pero si yo consiento, ¿estás dispuesto a todo?
       Falkner guardó silencio; después, tras un minuto de reflexión, respondió:
       —¡Sí! Porque todo es preferible a esta incertidumbre.
       —No soy de tu opinión. ¿Consentirías también que estas mujeres te perdonasen?
       —¿Qué quieres decir?
       —Esto. Su perdón sería la cosa peor que pudiera sucedernos, querido Ned... Un instante... Vete a ver si alguien nos oye; la señora de Hale tiene el paso de un ángel y la obicuidad de una gata. Bueno, Ned, yo no tengo la pretensión de estar enamorado, y si lo estuviera aquí de alguien, no me valdría ciertamente de la debilidad y de la soledad de una mujer para contarle cualquier historia sospechosa sobre mi pasado. No sería jugar una partida igual. Harto sabes que ella no te pondría a la puerta.
       —No —dijo Falkner poniéndose colorado—, pero yo estaría dispuesto a marcharme al punto, y esto me serviría de excusa.
       —¿Marchar, por dónde? Absorbido como estás por esa joven, ni siquiera has sabido encontrar el camino por el cual ha pasado Manuel con su cómplice. ¿Pretendes acampar en el prado y contemplarla cuando ella abra la ventana?
       —Como tú coqueteas en regla con la señora de Hale, te imaginas...
       —Querido, el simple hecho de la existencia de un marido establece que yo no pueda casarme con su mujer; estamos, pues, ella y yo bajo un pie perfectamente análogo y bien establecido. Nada de lo que pudiera ella un día saber de mí, justificaría ni agravaría su coquetería de hoy. ¿Puedes decir otro tanto de tus relaciones con la linda puritana?
       —Nunca me has recomendado que huya de su compañía, al contrario.
       —Yo quería verte sacar el mejor partido posible de la situación en que la casualidad nos ha colocado; podías mostrarte amable y cortés con ella, precisamente porque no tenías derecho a ir más adelante...
       —En una palabra, que me atribuías tu sequedad de corazón y tu egoísmo.
       —¡Ned!
       Falkner se volvió bruscamente.
       —Perdóname, Jorge—dijo—. Soy un loco y un ingrato.
       Lee no respondió desde luego, pero cogió y estrechó la mano que su amigo le tendía con efusión.
       —Prométeme —dijo con gravedad— que no dirás nada a ninguna de las hermanas. Te lo pido en nombre de tu propio interés y en el de la joven más bien que en el mío. Si, por el contrario, te impulsa a hablar un novelesco sentimiento de honor, acuérdate de que habrás precipitado acontecimientos que, si permaneces fiel a ese mismo sentimiento de honor, te separarán para siempre do la que amas.
       —No te comprendo.
       —No importa —replicó Lee volviendo de pronto a su audaz y loco buen humor—. He dicho. ¡El jefe imberbe de las Sierras ha hablado! Que el Rostro Pálido de bigotes negros medite sobre las palabras de aquél, y tenga cuidado con lo que dice al Agua Charlatana de Cochituata. ¡Ea! déjame.
       Sin embargo, en cuanto se marchó su compañero desapareció la sonrisa de Lee. Permaneció inmóvil, abismado en sombríos pensamientos, y ni siquiera oyó el ligero roce de una falda que, de ordinario, llamaba desde lejos la atención de su oído atento. Al salir por fin de su ensueño mediante un esfuerzo violento, exhaló el largo e inconsciente suspiro de un hombre que se cree al abrigo de toda observación, y se estremeció al oir la risa de Josefina, a la que no había visto entrar.
       —¡Dios mío! ¡qué sentimental está usted hoy! Se diría que sale usted de un novelesco coloquio con un antiguo amor. Desde que estoy en California no he oído nada tan antiguo en el mundo ni tan conservador como ese suspiro. Se dice que en este país no creen ustedes en el pasado.
       Afortunadamente el rostro de Lee estaba colocado entre la luz y la joven, de suerte que ésta no pudo leer en aquél una sorda irritación que la hubiera inquietado. Quedaba, sin embargo, bastante turbación y disonancia en la actitud de Lee para herir las delicadezas de su interlocutora, la cual se acercó más y dijo con cierta timidez y ternura:
       —¿Está usted peor, Sr. Lee? —le dijo—. ¿Se encuentra usted fatigado?
       —¿Como podría estarlo con una pierna, si no muerta, momificada cuando menos por un aparato? —exclamó él con una amargura que ella no le conocía.
       —¿Quiere usted que deshaga el vendaje? —preguntó Josefina—. Tal vez está demasiado apretado. No hay nada tan penoso corno la sensación de estar estrechamente ligado.
       El ligero contacto de la mano blanca colocada sobre el vendaje que cubría el miembro herido, la gracia acariciadora y tierna del dulce rostro inclinado, el vago perfume que emanaba de la joven, disiparon las últimas nubes sobre la frente de Jorge. Brilló una llama en sus ojos azules.
       —Pudiera ser que yo fuese intolerante con todo lazo —dijo mirándola ardientemente.
       Que hubiera comprendido o no el sentido oculto de aquellas palabras, Josefina se vió obligada a aceptar el desafío de aquella mirada; se apartó un poco y dijo poniéndose encarnada:
       —Temo que haya recibido usted malas noticias.
       —¿A qué llama usted malas noticias? —preguntó Lee sin apartar los ojos de Josefina.
       —Todo lo que fuera un obstáculo para su convalecencia o viniese a romper nuestro círculo de familia. Pero, dígame usted, ¿hay algo de nuevo? ¿Se ha encontrado una senda? Ayer mismo me decía el señor Falkner que la nieve había comenzado de nuevo en el desfiladero. ¿Ha visto hoy algo?
       Estaba deliciosa, transfigurada por la emoción encantadora, juvenil y extraña que animaba la frialdad a veces irritante de sus facciones correctas. Lee la contemplaba, bebiendo su belleza con la mirada y embriagándose con su gracia como con los picantes olores de una flor de los trópicos.
       —¿Por qué me mira usted así, señor Lee? —preguntó ella sonriendo—. No lo niegue. Su amigo le ha comunicado a usted algo importante.
       —Pues bien, sí; Ned ha hecho un descubrimiento que yo no sospechaba.
       —¿Y qué, le contraría a usted?
       —Muchísimo.
       —¿Es un secreto?
       —No.
       —Entonces nos lo dirá usted a la hora de comer.
       —Si se lo digo a usted, ha de ser ahora mismo —dijo el joven echando una ojeada a la puerta.
       —Haga usted lo que guste —respondió fríamente Josefina—. Parece que se trata de un misterio, por lo que veo.
       Vaciló, y después añadió:
       —Kate está arreglándose; tiene para rato.
       —Tanto mejor. Me temo, señora, que Ned ha pagado mal la hospitalidad y las bondades de ustedes. Se ha enamorado de su hermana.
       —¿Imposible! No la conoce sino desde hace ocho días.
       —No puedo opinar como usted respecto del lapso de tiempo necesario para apreciar y amar a una mujer. Creo que esto puede suceder perfectamente en siete días y cuatro horas, la duración exacta de nuestra estancia en esta casa.
       —Tal vez; pero como Kate estaba ausente cuando ustedes llegaron, hay que deducir por lo menos una hora de semejante cálculo.
       —Ned efectuará esa sustracción si gusta; yo no rebajaré ni un segundo.
       —¿Pero no se engaña usted respecto de los sentimientos de su amigo? —se apresuró a añadir Josefina—. Seguramente él no ha dicho nada a mi hermana.
       —Es que todavía le queda una chispa de razón y de honor, y para conservarla intacta quiere dejar a ustedes.
       —Pero eso sería sencillamente absurdo.
       —¿Lo cree usted? —preguntó Jorge mirándola con fijeza.
       —¿Por qué no? —preguntó ella a su vez, confusa y ruborizada.
       —Voy a decírselo a usted —replicó el joven bajando la voz con una intensidad de pasión que no se hubiera sospechado en aquella naturaleza a la vez tan joven y tan frívola—. Figúrese usted, señora, un hombre cuya existencia entera se hubiese deslizado entre alternativas de miserias y de luchas, de sombrías aventuras y más sombríos excesos, que no hubiera conocido otras distracciones sino el juego y el desorden; un hombre a quien las palabras de familia y de hogar doméstico no sugirieran más ideas que la de servidumbre, molicie, o —lo que es peor aún— que no hubiese encontrado abnegación y amistad sino en el compañero que se batiera a su lado a la hora del peligro, o que compartiera sus privaciones en los momentos de miseria. Imagínese usted, si puede, a ese hombre transportado como por milagro a una atmósfera de blancura, de gracia y de paz, rodeado de las elegancias de una vida más elevada, que ni en sueños se atrevía a entrever, admitido en la intimidad de una mujer hermosa y pura, incapaz de concebir que hubiera en el mundo seres perdidos como él; y después imagínese usted a ese hombre amando a esa mujer. ¿No piensa usted que el primer efecto de ese amor sería revelarle su propia indignidad y mostrarle el infranqueable abismo que le separa de ella? ¿No cree usted que preferiría el dolor de la huida a la vergüenza de su desprecio el día en que ella supiera la verdad, o a la piedad que le inspirara el sacrificio del perdón?
       —¿Pero es todo eso el Sr. Falkner? —preguntó la joven conmovida y palpitante.
       —¿Él? ¡En manera alguna! Se lo juro —respondió Lee con un brusco cambio de tono—. Pero un hombre siente así cuando ama.
       —¡Ah! ¿De veras? Entonces su amigo debía encargarle a usted para que abogara por su causa cerca de Kate —dijo Josefina con risa forzada.
       —Tengo necesidad yo mismo de todo lo que poseo de elocuencia y de persuasión —dijo audazmente el joven.
       Josefina se levantó sin alejarse todavía.
       —Me parece que baja Kate— dijo—. Sí, es ella —añadió precipitadamente bajándose para recoger el cesto de labor que acababa de escaparse de sus dedos bajo la ardiente presión de las manos de Jorge.
       Kate, que entraba efectivamente, se apresuró a correr en ayuda de su hermana para recoger el cesto. Lee, desde su diván, se puso a deplorar la impósibilidad en que se encontraba de ayudarlas.
       —Es mi mala estrella —dijo a Kate, pero mirando a Josefina—. Tengo, a lo que parece, el triste don de revolucionar el orden existente sin tener la facultad de restablecerle o sustituirle por un estado de cosas mejor. ¿Pero qué quiere usted que haga? Estoy dispuesto a tener enmarañadas madejas o a devanar innumerables ovillos. Hasta llegaré a perdonar a Ned por haber pasado toda la tarde con usted y no haberme traído para la cena sino un ala de halcón.
       —Yo soy la única culpable —se apresuró a decir Kate con pronto disimulo—. E1 Sr. Falkner se ocupaba en buscar caza para usted cuando le llamé para rogarle que tirase sobre ese pájaro; quería una pluma para mi tocado, y convendrá usted en que el ala es encantadora.
       —Por desgracia, lo que es únicamente bello no es comestible —replicó Lee gravemente—. Pongámonos en lo peor, y apuesto a que en los momentos de la carencia absoluta me preferirá usted con mucho a Ned y a sus largos bigotes, sencillamente porque estoy atado por una pata a este sillón y engordado como un pato de Estrasburgo.
       Sin embargo, aquella charla no pareció divertir a la joven, porque no tardó en abandonar al paciente bajo pretexto de ir a buscar a su hermana, que se había ya deslizado sin ruido fuera del salón. Aquella noche, durante la comida, parecía pesar sobre las señoras y Falkner, por primera vez desde su reclusión forzada, un inexplicable malestar y una vaga inquietud. El último afectaba dirigirse únicamente a la señora de Scott, y Josefina prodigaba excepcionales caricias y atenciones inusitadas a su pequeñuela Mimi, la cual, movida por las ocultas inspiraciones de la infancia, se obstinaba en poner a Lee, al que quería mucho, de por medio en los cariños maternales, y la solicitud con que Jorge se prestaba a las maniobras de la niña aumentaba el visible embarazo de Josefina.
       La velada fue corta; todos se retiraron temprano. Kate pasó una noche agitada, y en sus intervalos de insomnio comprendió, por el rumor de voces ahogadas que llegaban del cuarto de los dos amigos, que tampoco éstos dormían.
       Una mañana de claro sol y brisa suave no consiguió disipar la violencia de aquellas nuevas relaciones entre los habitantes de la meseta. Ofreció a Falkner la ocasión para salir de la casa al amanecer y proporcionó a Jorge un pretexto para aventurarse solo en el terrado con ayuda de una muleta improvisada. Josefina declaró que tenía tareas domésticas atrasadas, y Kate, para evitar el encontrarse con Falkner, decidió no salir para acompañar a su hermana. Sin embargo, las dos jóvenes se abstuvieron de hablar como de ordinario de sus huéspedes. Únicamente una vez se atrevió Josefina a decir con indiferencia:
       —¿Te has enfadado con Falkner, Kate?
       —¡Qué idea! —respondió con viveza la joven—. ¿Por qué me preguntas eso?
       —Me pareció ayer pensativo y hoy no le has ofrecido acompañarle.
       —Debe estar harto de mi compañía —contestó Kate afectando indiferencia—. Pero tendría razón al sentirse molesto por las incesantes burlas de Lee respecto de la caza de ayer, y sin duda hoy querrá ser más afortunado. Lee podrá ser muy gracioso, pero me parece que no tiene corazón.
       —¡Corazón! —exclamó Josefina—. Bien se ve que no le conoces.
       En contra de las previsiones de Kate, Falkner volvió a los pocos momentos y ayudó al convaleciente a hacer más pruebas de resistencia por el terrado.
       —Ni una mujer sería capaz de una afección tan desinteresada —dijo de repente Josefina contemplando a los paseantes—. Nunca vi nada semejante a la abnegación recíproca de esos dos seres. Míralos, Kate.
       —Yo no veo sino una sensiblería novelesca —dijo Kate—. Por lo demás, sospecho que la influencia de Lee sobre ese joven es perjudicial.
       —Al contrario, la influencia de Lee es la que suaviza el genio del otro —respondió con vehemencia Josefina.
       —¡Sea! —replicó Kate—, pero te aconsejo que no permanezcas más tiempo en esta ventana contemplándolos; concluirán por creer que no puedes perderlos de vista ni un intante.
       Y después de esta salida, Kate se marchó precipitadamente de la habitación de su hermana.
       Aquella noche, mientras comían, la pequeña de Josefina, extrafiada de la seriedad que reinaba, la interpretó a su manera:
       —¿Querríais marcharos y dejar a mamá y a tía, Kate? —preguntó ansiosamente durante un prolongado silencio.
       —Si no me moviera de aquí —dijo Lee—, no podría ir a buscarte la hermosa nieve rosa que te enseñé el otro día en el piso del monte.
       —¿Qué es lo que significa esa nieve maravillosa, Mimi, y por qué molestas al Sr. Lee? —preguntó Josefina.
       —Mamá, es la nieve de las hadas. El Sr. Lee me ha dicho que si puede coger una poquita, se tiene todo lo que se desea. ¿Verdad que es muy bonito?
       Al día siguiente por la mañana, a los primeros albores de la aurora, la nieve rosa brillaba ya en las altas cimas, mientras que el valle permanecía aún envuelto en las sombras grises de la noche. Mimi, su madre y su tía dormían todavía; pero Jorge, acompañado de Falkner, estaba ya en camino. Los dos amigos hacían galopar a sus caballos sobre el suelo endurecido.



VIII

      Kate se levantó temprano, pero antes lo hizo su hermana, pues en el momento de ir a salir de su cuarto se encontró a Josefina ya vestida, extraordinariamente pálida y con una carta en la mano.
       —¿Qué hay? —exclamó Kate con ansiedad, y palideciendo por un secreto presentimiento.
       —Se han marchado antes de ser de día. Aquí tienes lo que han dejado.
       Tendió a su hermana la carta abierta. Kate la recorrió rápidamente, y leyó en voz baja:

    Cuando reciban ustedes estas líneas, ya no estaremos aquí. Ned ha encontrado una salida practicable, y hemos resuelto aprovecharla. Ayer por la noche nos faltó el valor para decírselo a ustedes; hoy por la mañana, somos demasiado cobardes para esperarlas y despedirnos. Marchamos como hemos venido, sin prevenir, pero no sin pena. Encontrarán un paquete y una carta en nuestra habitación; sírvanse entregárselos a Hale cuando vuelva. Contienen no solamente una débil prueba de nuestro reconocimiento por sus bondades y cariñosa hospitalidad, sino también la causa indirecta que nos ha procurado gozar los encantos de su compañía. Guárdenlos ustedes en lugar seguro, hasta que puedan ponerlos en manos del destinatario. Besamos los pies de su madre. Ned quería decir algo más, pero el tiempo apremia y no le permito sino besar a Mimi, a la que dirán que vamos a buscar la nieve rosa.

JORGE LEE

      —No estaba en condiciones de ponerse en camino —dijo tristemente Josefina—, y Dios sabe si ese camino de que habla es verdaderamente practicable.
       —Lo era antes de ayer —dijo Kate—; lo encontré y lo recorrí sin obstáculos hasta el castañar.
       —¡Entonces eres tú la que ha hablado! —exclamó Josefina con acento de amarga queja.
       —¡Yo! —respondió Kate indignada—. ¡Dios mío, no!
       Se calló; todo el alcance de aquella enérgica negativa lo leía en los ojos húmedos de su hermana, y se avergonzó, volviendo la cabeza. Josefina la abrazó tiernamente, y dijo:
       —Nos tratan como a niñitas, querida. Ya tomaremos el desquite más tarde o más temprano. Créeme, esa carta y ese paquete dirigidos a John, significan algo; pronto lo sabremos. ¿Qué puede haber en esa carta? ¿Cuál puede ser el contenido de ese paquete?
       —Sin duda alguna guasa de Lee —replicó Kate sordamente—. Es capaz de considerar todo esto como una broma, de felicitarse por la buena jugada que nos ha hecho viniendo a instalarse en esta casa.
       —¡Con su pierna rota!... ¡Oh! Kate, eres injusta con él como lo has sido con su amigo.
       —Voy a arreglar el cuarto de mi cuñado —dijo Kate de pronto disponiéndose a salir—. John puede llegar de un momento a otro. ¿Vienes a ayudarme?
       —Ahora no; iré en seguida —respondió Josefina no sin cierta vacilación.
       La mañana pareció interminable a las dos hermanas; trataron de engañar su enojo discutiendo las razones de marcha tan repentina con su madre, la cual, más conmovida que sus hijas, les pintaba con negros colores las consecuencias de tan imprudente determinación; ella veía a los dos amigos perdidos en la nieve, sin aguardiente, sin sales aromáticas, privados de mantas de abrigo y nutritivas gelatinas, cuando un furioso ladrido de Spot hizo estremecer a las tres mujeres. Se miraron suspensas.
       —Son ellos que vuelven —murmuró Josefina corriendo a la ventana.
       Un jinete avanzaba hacia la casa, pero no era ni Lee, ni Falkner, ni siquiera Hale, sino un extranjero.
       —Tal vez nos traiga noticias —dijo con viveza la señora de Scott.
       El extranjero que acababa de ser introducido en el salón pareció muy desconcertado al no encontrarse allí más que con mujeres.
       —Venía por John Hale —dijo.
       —No ha regresado —contestó Josefina.
       —Esto era para sabido... Sin embargo, ha tenido tiempo para volver —replicó el extranjero.
       —Sin duda mi marido no ha podido atravesar el puerto. Se dice que el camino está bloqueado.
       —Ya no lo está. Por él he venido yo esta mañana.
       —¿No ha encontrado usted... por casualidad... a alguien en el camino? —preguntó Josefina con visible ansiedad.
       —A nadie.
       Siguió un silencio a esta respuesta. El visitante observó que había desaparecido todo el interés que despertara su visita, y su embarazo aumentó. Intentó, sin embargo, con un violento esfuerzo reanudar el diálogo.
       —¿Apostamos a que no saben ustedes lo que ha detenido a Hale? —preguntó a todo evento.
       —Sí, lo sabemos; el ataque a la diligencia.
       —¡Está bueno! Si yo hubiera sabido que estaban ustedes al corriente, pardiez, me hubiese quedado en casa. Me he puesto en camino para anunciárselo. Porque, ven ustedes, John Hale había despachado un hombre con un billete explicando la cosa; pero los bandidos han caído sobre él y le han dejado por muerto en el camino.
       —Sí, ¿y después? —dijo Josefina con impaciencia.
       —Afortunadamente el hombre no estaba muerto, recobró el conocimiento y se arrastró a la maleza en donde yo le encontré; entonces, ven ustedes, lo llevé a mi casa.
       —¡A su casa! —exclamó Josefina estupefacta.
       —Pardiez, sí —replicó el hombre—. Yo soy Thompson, del desfiladero de Thompson; no es muy hermosa mi casa, pero tal como es, allí transporté al particular. Como no ha podido encontrar la carta de su marido, hay que creer que los bandidos le registraron y se la quitaron; así, pues, en cuanto esa condenada de nieve lo ha permitido, he corrido hacia aquí para contarles la aventura.
       —¿Dice usted que... el Sr. Lee ha estado en su casa de usted? —exclamó Josefina—. ¿Que está allí todavía?
       —¡Cómo! Yo no he dicho eso, yo digo que Bilson ha sido atacado y herido por Lee, y que yo...
       —Sí, sí, perfectamente, Josefina —dijo Kate con voz rápida y sofocada por la emoción interponiéndose súbitamente entre Thompson y su hermana, pero volviendo hacia ésta un rostro pálido y unos ojos que la ordenaban callarse—. Sin duda, ¿no te acuerdas de lo que contaban los chinos? Solamente que estaba muy confuso. Continúe usted, señor, se lo ruego —añadió la joven procurando serenarse—; decía usted que el mensajero de mi hermano fue herido por... Lee...
       —Ayudado por otro tunante llamado Falkner. Sí, eso es, pardiez.
       —Gracias, su historia está de acuerdo con la que ya conocíamos. Pero usted ha dado una larga caminata, Sr. Thompson; permita que le ofrezca una copa de whisky en el comedor. Por aquí, hágame el favor.
       Ya era tiempo de que saliese el extranjero. Josefina veía danzar las paredes a su alrededor, y se dejó caer en una silla con un sollozo nervioso. La señora de Scott, que no se había movido de su sitio, miraba angustiosamente a la puerta, esperando anhelante el regreso de Kate.
       Se oyeron al fin en el vestíbulo los pasos de Thompson, que se marchaba, y Kate volvió a la sala, pálida, pero resuelta.
       —¡Y bien!—exclamaron a un mismo tiempo Josefina y su madre.
       —Pues bien —respondió gravemente la joven—, los dos hombres que han... cogido el billete de John a su mensajero son, a no dudarlo, Falkner y Lee.
       —¿Estás segura?... —dijo la señora de Scott.
       —Es imposible el error.
       —¡Entonces! —dijo triunfalmente la buena señora con una irrefutable lógica de mujer—, entonces nada me hará creer que no son completamente inocentes.
       Esta conclusión suprema, esta soberana expresión de sus secretas y comunes creencias, reunió a las tres mujeres en una conmovedora y tierna comunión. Vertieron algunas lágrimas y cambiaron algunas caricias.
       —¿Se puede imaginar —repuso la señora de Scott, después de un prolongado silencio— lo que ese pobre muchacho ha debido sufrir para..., para... haber hecho eso a Bilson, porque así es como se llama ese individuo, no es verdad? Sería tal vez oportuno mandar a saber de él y enviarle caldos y gallinas. Hay que tener siempre caridad, hijas mías, y tratar de obrar en justicia, porque aun cuando haya herido al Sr. Lee y le haya obligado, por decirlo así, a tirar sobre él, obedecía tal vez a un sentimiento erróneo del deber. Además, este proceder de nuestra parte servirá a disipar las sospechas.
       —¡Y pensar —murmuró Josefina— cuál ha debido ser su angustia durante su estancia aquí, esperando ver entrar a John de un momento a otro! Sin embargo, se mostraban siempre contentos, siempre alegres.
       —Estoy persuadida —dijo la madre— de que si se hubiesen quedado un día más, nos lo hubieran confesado todo.
       Las dos hermanas se callaron. Kate pensaba en las significativas palabras de Falkner cuando volvieron de su último paseo; Josefina recordaba el sombrío cuadro trazado por Lee, y reconocía ahora en él el propio retrato del joven. De pronto se estremeció.
       —John no puede tardar —dijo sordamente—. ¿Qué le diremos? ¿Y ese paquete, esa carta?
       —No te apresures por el momento a decirle nada —dijo la madre con dulce autoridad—. Es una contrariedad que Thompson haya venido precisamente hoy, pero no estamos obligados a tenerlo en cuenta ni a haber comprendido todo lo que nos ha contado sobre el mensajero de John; nada nos obliga a buscar la relación que pueda existir entre lo que ha dicho y nuestros comensales. Además, aunque no nos hubiesen traído la carta de tu marido, estoy segura de que los hubiera recibido de la misma manera; es, por lo tanto, superfluo insistir sobre este incidente, o mencionarlo siquiera. Es sumamente sencillo lo que ha pasado: hemos recogido a dos viajeros sin amparo, esto es todo. John —añadió la suegra de Hale— no tiene ninguna necesidad de saber más. En cuanto a la carta y al paquete, reflexionaremos. Sin duda el último contiene algún presente destinado a reconocer la hospitalidad recibida. Sería casi indelicado mostrar demasiada prisa en examinarlo.
       Al día siguiente las tres mujeres vieron llegar a John, en unión de otros jinetes. John parecía otro en su aspecto, según opinión de su familia, y a medida que avanzaba, la señora de Hale se decía con estupor que la actitud de su marido, su manera de llevar el sombrero, carecían de la corrección acostumbrada, y quo cabalgaba con una desenvoltura a la vez atrevida y descuidada. La extrañó mucho, y su inconsciente irritación aumentó cuando observó que en vez de la acogida ceremoniosa, cortés y casi solemne que dispensaba de ordinario a las mujeres de su hogar, ostentaba una familiaridad medio brusca, medio torpe, que jamás le había visto. Con el mismo tono presentó Hale a sus compañeros Clinch y Rawlins a su mujer, y ésta, sin saber si alegrarse ú ofenderse de aquella infracción en las formalidades de sus relaciones diarias, se felicitaba, sin embargo, de la presencia de los forasteros, que retardaría la hora temida de las confidencias conyugales.
       —Honradísimo con conocer a usted, señora —dijo el Coronel Clinch, recordando de repente una antigua galantería, heredada sin duda de algún antiguo antepasado hugonote—. El juez, mi amigo —y su ademán demostraba que era Hale a quien designaba con aquel título improvisado—, el juez debe ser más estoico que un ciudadano romano, para abandonar una familia como la suya, una morada como ésta, a la sola voz del deber público. ¿Tengo razón, Rawlins?
       —¡Ya lo creo! —exclamó enérgicamente aquél, que compartía la admiración de su mirada entre Kate y Josefina.
       —¿Y ese deber era muy severo o muy imperioso? —preguntó Josefina sin alzar los ojos hacia su marido.
       —¿A quién se lo dice usted, señora? —exclamó Clinch sentándose en una butaca con un aplomo que, aun cuando familiar, no tenía nada de descortés—. Hace ocho días que estamos metidos en esta empresa, y hasta ahora no hemos chocado sino con la policía de seguridad. En cambio, las mejores gentes con que hemos tropezado son los amigos del hombre a quien perseguimos, lo que hace que en este doble punto de vista hayamos cambiado nuestras baterías. El juez y yo conveníamos hace un momento en que si tuviéramos que estrechar con agrado algunas manos, serían las de Ned Falkner y de Jorge Lee.
       —Los dos jefes de la banda de ladrones que han atacado y desbalijado la diligencia —añadió Hale con el tono doctoral con que se complacía en explicar y precisar los hechos.
       Las tres mujeres se miraron con una muda acción de gracias en sus ojos elocuentes. Sin comprender todo lo que el Coronel acababa de decir, veían bien que aquellos a quienes recogieran estaban en adelante al abrigo de toda persecución.
       —Sí, señoras —añadió el Coronel, inspirado por los hermosos ojos que se fijaban en él con marcada benevolencia—. Así es. Cierto que no nos hemos apuntado todavía como salteadores de caminos; pero, mi palabra de honor, que si se presentara el caso en cuestión, obraríamos de la misma manera.
       Después, con la fraseología florida e hiperbólica del hombre acostumbrado a la tribuna política, Clinch refirió el ataque de la diligencia y el papel que en él había desempeñado. Insistió sobre el enano y la mala fe que habían impulsado, sin duda alguna, a Falkner a tomar posesión de su bien bajo la egida de Lee, mediante un acto de violencia. Añadió que después, en la estación del Gato Salvaje, había sabido que Harkins se había fugado, que se había entablado contra él la acción judicial por la compañía de las minas de Excelsior, y que el procurador había decretado el secuestro de todos los bienes y efectos del delincuente.
       Clinch terminó diciendo:
       —Todavía no se ha probado nada, pero yo estoy completamente seguro de lo que ha ocurrido. Lee, que es un antiguo compañero de Ned, ha preparado el golpe para servirle, y Falkner se ha largado con ese dinero que en el fondo es suyo. Por mi parte me alegro mucho; no puedo alabarme de haber contribuido en gran cosa a semejante resultado, si no es poniéndome delante de los policíacos e indicándoles una falsa pista. Mi excelente amigo, el juez, no puede quejarse; no ha tenido mala mano en esta partida y no ha carecido de triunfos, porque mientras estaba aún en casa de Hennicker requebrando a su bonita hija para sacar la verdad, Stanner volvió al lugar con una especie de comité de vigilancia formado por los pasajeros de la diligencia, y por hacer mal, sencillamente, ha tratado de incendiar el inmueble de Hennicker. Entonces nuestro bravo juez ha tomado cartas en el asunto y ha desbarata do el juego de su adversario, que no ha pedido el desquite.
       —Stanner lo tomaba desde muy alto, convenga usted en ello, y merecía una lección —dijo Hale ligeramente desconcertado por la primer mirada directa que su mujer le dirigía, y volviendo instintivamente a sus antiguos modales—. Y bien pensado, los procedimientos de esa clase son más injustificados todavía que el robo a mano airada, perpetrado por Falkner y Lee. Stanner, amparándose con los augustos nombres de la ley y del orden, satisfacía un rencor personal, mientras que si se puede formular una opinión sobre los hechos que después he conocido, el acto criminal que queríamos castigar no es, a lo sumo, sino una manera audaz e irregular de recobrar el bien robado.
       —No dudo, John, que todo lo que has hecho esté bien hecho —dijo Josefina fríamente—, aunque no entienda nada de ello. Pero supongo que estos señores almorzarán con nosotros, y mientras tanto espero que me perdonarán si les dejo. Estamos muy vial de servicio en estos momentos; Manuel ha seguido el ejemplo del amo, y se ha puesto en persecución de alguien o de algo.
       Las tres mujeres se retiraron, y en cuanto estuvieron solas, dijo Kate con firmeza:
       —Siendo así las cosas, ¿no vale más decir ahora toda la verdad?
       —De ninguna manera —replicó perentoriamente la señora de Scott—. ¿Creéis que ellos se apresurarán a decirnos toda la verdad? ¿Quiénes son esos... Hennicker? ¿Dónde han pasado estos ocho días?
       —¿Y habéis observado el sombrero de John cuando ha entrado? —preguntó Josefina irónicamente—, ¿y ese vulgar apodo del Juez con que le han bautizado?
       —Jamás hemos visto nada tan desagradable como la odiosa familiaridad de ese Clinch —añadió desdeñosamente Kate—. ¡Qué contraste con los modales de Falkner!
       Durante el almuerzo las tres santas mujeres, encastilladas en su posición inexpugnable, consiguieron fácilmente con su actitud reducir a Hale y a sus dos amigos a una sumisión llena de apología, mezclada a un vago arrepentimiento. Pero el triunfo de las primeras fue de corta duración, porque antes de terminar el almuerzo vino a interrumpirle el ruido de caballos, seguido de repetidos golpes en la puerta. Inmediatamente Stanner entró con decisión en el comedor. Hale se levantó con un gesto de cólera.
       —Creí —dijo con despreciativa altivez— haberle manifestado de una manera bastante terminante que no deseaba su compañía, y me asombra la audacia que demuestra usted al presentarse en mi casa, sobre todo después...
       —¿Después del susto que le dieron los policías en casa de Hennicker, cuando hacía usted el amor a la hermosa Zenobia, no es verdad? —exclamó insolentemente Stanner—. Vaya, no me haga usted responsable de ese asunto. Hoy vengo con una misión, misión legal, ¿comprende usted? Si necesita usted garantías, se le darán. Usted no ha visto una orden de detención y...
       —Lo qne yo veo —exclamó Hale furioso— es que está usted aquí, y si no se marcha...
       —¡Poco a poco! ¡Tened cuidado! —dijo Stanner alzando la voz para hacerse oir de los cinco hombres de su escolta estacionados en el vestíbulo—. Aquí no puede usted atropellarnos, Coronel Clinch, a menos que no prescinda usted del Estado de California. He aquí lo que me trae. Un mestizo mejicano, llamado Manuel, que ha sido detenido, ha declarado, bajo juramento, que vió a Jorge Lee y a Eduardo Falkner en esta casa la noche siguiente al robo de la diligencia. Afirma además que los dos bandidos se encontraban aquí como en su casa, y juzgando por la ayuda que hasta aquí nos ha prestado usted, me hace creer que el prisionero ha dicho la verdad.
       —¡Es una infame mentira! —exclamó Hale fuera de sí.
       —Podría ser que fuera verdad —dijo dulcemente la señora de Scott poniéndose en pie—. Escucha, John. Un hombre gravemente herido, conducido por un amigo suyo, vino a pedir un refugio en tu casa contra la nieve y el frío. La madre de tu mujer hubiera juzgado una indignidad el no recibirlos. El herido ha marchado en cuanto ha podido moverse, dejando una carta para ti, en la cual, seguramente, dirá si es él el que buscan estos agentes.
       —Gracias, mamá —dijo Hale estrechando afectuosamente la mano de su suegra—. Diga usted también a estos hombres que el marido de su hija de usted hubiera obrado de la misma manera, y que es, por lo tanto, inútil abrir esa carta, ni retener por más tiempo al Sr. Stanner.
       —Exijo yo que se lea delante de estos señores —dijo de repente Josefina, recobrando a la vez su energía y su valor—. Síganme ustedes, les ruego —añadió con un tono que no admitía réplica, precediéndoles en la escalera.
       Cuando estuvieron todos reunidos en el cuarto de Hale, vieron colocados en una mesa un paquetito y una carta. Stanner, aturdido al pronto por el giro que tomaba la entrevista, devoró el paquete con los ojos.
       Josefina entregó la carta a su marido; reinaba un silencio de plomo. Hale leyó lo que slgue:

John Hale:
     Usted se ha constituído voluntariamente en instrumento de la justicia para perseguirnos; nosotros teníamos derecho al campo abierto, a la lucha leal. Usted nos lo ha negado. Una casualidad nos ha traído a su casa de usted, al seno de su familia; aquí combatíamos con armas iguales y hemos sido lealmente vencidos. Le dejamos los billetes de Banco quitados al Coronel Cllnch en la diligencia de las Sierras, dinero que antes fue robado por Harkins a cuarenta y cuatro accionistas de las minas de Excelsior. No nos incumbe a nosotros decir a usted el uso que debe hacer de esa suma; pero si no se ha cansado usted de caminar por la vía de esa justicia que le ha lanzado sobre nuestras huellas, tal vez vuelva á su legítimo propietario.
     Dejamos también a usted otro recuerdo, que le probará que al mezclarnos en sus asuntos hemos tenido la suerte de prestarle un ligero servicio, servicio, por lo demás, tan puramente accidental, como nuestra presencia en esta casa. Encontrará usted en un rincón del armario de su cuarto un par de botas, quitadas de los felones pies de Manuel, su criado, el cual, figurándose que sus amas estaban solas y sin protector, penetró en la casa con un cómplice, en la noche del 21 del corriente, y se vió descubierto, castigado y expulsado por los muy humildes servidores de usted

JORGE LEE Y EDUARDO FALKNER

      La voz de Hale tembló y sus labios palidecieron al leer las últimas líneas; se volvió hacia su mujer con un brusco mo vimiento de espanto y de protección. Date se dirigió precipitadamente al armario, y aparecieron las botas.
       —¡Ya sospechábamos que había ocurrido algo extraño aquella noche! —exclamaron las señoras de Hale y de Scott.
       —Todo eso está muy bien —dijo Stanner, adelantándose hacia la mesa—. Jorge Lee puede decir lo que guste. Lo importante es que estén aquí los billetes. Sírvase entregármelos.
       —Un momento —dijo Hale con sangre fría—. Este paquete, si no me engaño, pertenece al Coronel Clinch, ¿no es así?
       —Exactamente —replicó Clinch.
       —Así, pues, tómelo usted —dijo Hale, entregándole el paquete—. La primera restitución le corresponde a usted por derecho, pero estoy seguro de que los deseos de Lee serán ejecutados al pie de la letra por usted como lo hubieran sido por mí.
       —Permita, permita —exclamó Stanner, interponiéndose furiosamente—. Tengo una orden que me autoriza a apoderarme de ese paquete allí donde se encuentre. Les intimo a que no se opongan a ello.
       —Señor Stanner —dijo Clinch fríamente—, hay aquí señoras. Si persiste usted en reclamar este paquete, las rogaré que se retiren, porque, siento manifestárselo, me encuentro para resistir un segundo ataque en mejores condiciones que cuando el primero. La orden de usted es en nombre de la Compañía de Mensajerías, ¿no es así? Pues bien, está anulad; en virtud del proceso instituido anteayer y del secuestro dictado sobre los bienes del estafador Harkins, que ha desaparecido. Hubiera sido prudente consultar con el juez acerca de los poderes de usted antes de presentarse aquí, Sr. Stanner.
       Stanner vio el lazo en que había caído; pero haciendo un alarde de audacia ante las sonrisas burlonas de sus hombres, respondió insolentemente, volviendo la espalda:
       —¡Aún no he dicho mi última palabra, se lo prevengo!
       —¿De veras? —exclamó Clinch con ironía—. ¿Me hará usted, por fin, el honor de...?
       —En adelante tratará usted con los hombres de ley de la Compañía —dijo Stanner sin recoger el desafio, y salió precipitadamente, seguido de sus testaferros.
       —Así, pues, señora —dijo el Coronel a la señora de Scott—, ha albergado usted durante toda una semana a un bandido. Digo intencionadamente un bandido, porque sería injusto calificar así a mi joven amigo Falkner por esa única aventura. Si se ha dejado arrastrar a ese ataque armado, es que obraba bajo una fuerte provocación y a instigación de Lee, un amigo, un camarada, al cual se habrá dirigido en su desesperación.
       Kate dirigió una mirada significativa y victoriosa a su hermana, que bajó los ojos. Conmovida y arrepentida, la joven preguntó dulcemente:
       —¿Ese Lee, es en realidad un... bandido?
       —Jorge Lee —contestó Clinch con su tono de tribuno—, señorita, es un bandido si usted quiere, pero no un bandido vulgar. Pertenece, señoras, a una de las familias más antiguas de Maryland. No se ha mezclado jamás sino en empresas de gran calibre y tiene educación. Las mujeres y los niños le adoran; puede alabarse de no haber hecho llorar nunca a la belleza ni escandalizado a la inocencia. Me atrevo a decir que es así como lo han juzgado ustedes.
       —Lo declaro en alta voz y contra todos —dijo la señora de Scott—. Jorge Lee es un caballero.
       —Su única falta, si lo es —añadió pensativamente Clinch—, es su audacia en el juego, y esto no afea a un hombre distinguido. Jorge se entrega al gran juego, al juego brillante, deslumbrador, pero, que me perdone el decirlo, al juego incierto. No le he ocultado mi opinión; este es el único punto en el cual no nos entendíamos.
       —¿Le conoce usted? —preguntó Josefina dirigiendo una dulce mirada al Coronel.
       —Tengo ese gusto, señora.
       —¿Corresponde su exterior a semejante semblanza, querida Josefina? —preguntó Hale con su tono correcto—. ¿Comprendes lo que quiero decir?
       —Me ha parecido sencillo y natural —respondió Josefina con una ligera contracción de sus labios—. No lleva sus pantalones remangados cuando está con mujeres, como los llevas tú en este momento; no entró en mi casa con el sombrero puesto como lo hiciste tú esta mañana; si lo hubiera intentado, probablemente le hubiese negado la entrada.
       —Coronel, ¿va usted a entregar ese paquete al Sr. Falkner en persona? —se apresuró a preguntar la señora de Scott cortando aquel diálogo.
       —Lo depositaré en las oficinas de la compañía de Excelsior —contestó Clinch—; pero prevendré a Ned.
       —Entonces —repuso la señora—, ¿tendrá usted la bondad de encargarse de un mensaje para él?
       —A sus órdenes, señora.
       —Yo se lo agradeceré a usted mucho, Coronel —dijo con calor Hale.


      Aquel mensaje hizo que seis meses después volviese Eduardo Falkner, Intendente de las minas de Excelsior, a la meseta de las Águilas. Como en otro tiempo Date y él, de pie en el terrado, contemplaban juntos las lejanas vertientes revestidas de lujuriante vegetación. El joven dijo de repente:
       —Todo está como el día en que ví esta casa por primera vez; nada ha cambiado, a no ser, sin emhargo, su hermana de usted.
       —No la sienta nada bien este sitio —respondió tristemente la joven—. Tanto es así, que mi cuñado ha resuelto dejar las Águilas antes de que comience el invierno.
       —¡Qué lástima! —exclamó Falkner—. Las últimas palabras que Jorge me dirigió al marchar para reunirse con su primo en el ejército de Rappahannock fueron éstas: “Si no me matan, Ned, espero encontrarme algún día en las Águilas, asomado a la ventana con la señora de Hale y verte regresar a la casa con Kate”.




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