Francis Bret Harte
(Albany, New York, 1836 - Surrey, Inglaterra, 1902)


Una viuda del Valle de Santa Ana (1900)
(“A Widow of the Santa Ana Valley”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post,
Vol. 172, Núm. 52 (23 de junio de 1900), págs. 1196-1198;
A Phyllis of the Sierras, and A Drift from Redwood Camp
(Boston y Nueva York: Houghton Mifflin Company, 1888, 216 págs.), págs. 71-102.



      La viuda Wade estaba de pie ante la ventana de su dormitorio mirando hacia el exterior con aquel vagó instinto que impulsa a la humanidad, en momentos de duda y de perplejidad, a buscar en las alturas un remedio a sus inquietudes. Y no es que las inquietudes de la señora Wade tuvieran un carácter de gravedad. Había pasado la etapa más aguda de la viudez hacía ya dos años, y sus párpados levemente enrojecidos y la desanimación de su linda boca no eran más que el reconocimiento externo y los signos visibles de la vigilancia a que era sometida por la comunidad de rígidos principios en que vivía. La mañana que estaba contemplando se adaptaba también a su triste estado de ánimo. La señora Wade gozaba de una desahogada situación económica. Era dueña de un gran rancho en el valle, que había aumentado de importancia en los últimos tiempos a causa de la construcción de una carretera que lo atravesaba por el centro. La señora Wade estaba preocupada, simplemente, por la idea de si debía o no aceptar la invitación para asistir a una “fiesta de sociedad”, que finalizaría con un “baile” —una innovación introducida por algunos forasteros—, en el nuevo hotel, o rechazar de plano aquella locura que era, de acuerdo con las creencias locales, inadecuada para “un valle de lágrimas”.
       En aquel momento, la perspectiva que contemplaba distraídamente parecía justificar aquella lúgubre definición. El Valle de Santa Ana —una extensa y monótona llanura— era apenas visible a través de las cortinas de lluvia o de los velos de niebla de aquella oscura mañana. Siempre tenía el mismo aspecto. El valle —en alguna época remota un brazo de la bahía de San Francisco— parecía empeñado en volver a su antigua condición en cuanto llegaba la estación de las lluvias. Sin embargo, sobre aquel rico suelo de aluvión, las lágrimas de la naturaleza no hacían más que favorecer las tierras de la viuda y beneficiar sus cosechas. Sus vecinos gozaban de igual prosperidad. Durante seis meses del año la expresión de Santa Ana era de tristeza, y durante los otros seis meses… de resignación. La señora Wade había cedido fácilmente a esta influencia principalmente porque era una mujer de carácter débil, más acusado a partir de la singular tragedia que la había convertido en una viuda.
       El difunto señor Wade había sido hallado muerto, de un tiro en la cabeza, en un apartado paraje de la carretera de Heavy Tree Hill, en el condado de Sonora. Cerca del suyo se encontraron otros dos cadáveres, uno de los cuales fue identificado más tarde como el de John Stubbs —un habitante de la colina y, probablemente, un compañero de viaje de Wade—, y el otro como el de un notable desesperado y salteador de caminos, todavía enmascarado, como en el momento del ataque. Wade y su compañero habían vendido probablemente muy caras sus vidas, ya que fue encontrada otra máscara en el suelo, lo cual demostraba que el ataque no había sido obra de un solo bandido, y como el cadáver de Wade no había sido saqueado, era evidente que el otro bandolero había huido a uña de caballo. La alarma había sido dada por el único de los viajeros que, al parecer, había conseguido escapar, pero como tenía mucha prisa en tomar la diligencia del Este, su testimonio no pudo ser sometido a la consideración del Coroner [el juez de instrucción]. Los hechos, sin embargo, estaban suficientemente claros para que pudiera dictarse un veredicto de asesinato contra el bandido, aunque todo el mundo creyó que el testigo ausente había desertado cobardemente dejando a sus compañeros en la estacada, o bien, como surgieron otros, se trataba de un cómplice. A raíz del suceso, la señora Wade se marchó de Santa Ana, donde su anciano padre había comprado unos terrenos. Pero el viejo sobrevivió muy pocos meses al señor Wade, y dejó el terreno y el rancho que había edificado a su hija. Los vecinos ayudaron generosamente a la viuda en el gobierno del rancho, hasta el punto que, de un terreno que apenas producía nada, se convirtió en una próspera hacienda. La delicada figurilla de la “hermana Wade” era un motivo de orgullo para aquella religiosa comunidad, y la viuda, por su parte, descubrió que el brazo de aquellos dispépticos de alma y de cuerpo podía ser, a pesar de todo, un buen punto de apoyo. Por ello no es de extrañar que vacilara pensando si debía asistir a aquella fiesta, que era una especie de culto rendido a la frivolidad.
       Pero, aparte de esa razón superficial, existía otra más profunda en el tímido corazón de la señora Wade, la cual había guardado cuidadosamente en secreto. El difunto Mr. Wade había sido, en realidad, un singular ejemplo de hombre frívolo y ocioso. Además de ser un modelo para todo lo que significara diversión, Mr. Wade era jugador, pendenciero y bebedor. Pasaba días enteros fuera de su hogar, y bastantes noches. Y no es que esa conducta fuera excepcional en la agitada época de Heavy Tree Hill, pero había dado a la señora Wade, quizás, el deseo de una vida menos insegura y más seria. Su trágica muerte fue, desde luego, una especie de honrosa expiación que había santificado su recuerdo en la mente de su esposa, aunque la señora Wade no dejaba de tener ciertas dudas. Se comentaba, con morboso placer, que la viuda de Abner Drake, en una visita de condolencia a la llorosa la señora Wade unos días después de la muerte de su marido, le había dicho: “Ha sido una gran desgracia, la señora Wade, pero estoy segura de que la olvidará pronto, del mismo modo que yo he llegado a olvidar la pérdida de mi marido. Y, al fin y al cabo, yo supe siempre dónde pasaba las noches Abner…” La pulla encerraba un gran fondo de verdad, y la pobre la señora Wade tuvo que aceptarla sin rechistar.
       Tras un intenso aguacero, el cálido suelo desprendía una capa de vapor neblinoso. A través de la niebla, se adivinaba el tímido reflejo del sol, todavía oculto, para ser seguido casi inmediatamente por otro chaparrón. El tiempo se mostraba tan cambiante como el estado de ánimo de la señora Wade, sumergida en sus dudas y vacilaciones. Mientras contemplaba el triste paisaje, se dio cuenta de que una figura de hombre había venido a unirse al panorama; en aquel momento andaba por la carretera con un fardo a la espalda, como los prospectors que la viuda había visto a menudo en Heavy Tree Hill. Aquel recuerdo tuvo la virtud de fijar sus vacilantes ideas: decidió que no asistiría a la fiesta. Pero cuando estaba a punto de apartarse de la ventana, una segunda figura, la de un jinete, apareció en otra dirección por un camino lateral que pasaba muy cerca de su hacienda. No tuvo ninguna dificultad en reconocer al jinete como a uno de los forasteros que habían organizado la fiesta. El domingo anterior, en la iglesia, se había dado cuenta de su presencia. Cuando pasaba ante la casa, el hombre se quedó contemplando la fachada con tanto descaro, que la señora Wade se apartó de la ventana, no deseando ser vista allí. Y entonces, sin ningún motivo aparente que lo justificara, cambió una vez más de pensamiento y resolvió asistir a la fiesta. Anunció gravemente este hecho a la esposa de su capataz, que cuidaba de la casa en sus ausencias. Iría de luto, aunque tal vez se pondría un cuello blanco a su vestido.
       Era evidente, sin embargo, que Santa Ana pensaba, aún más que ella, en aquella fiesta, lo cual parecía formar parte de la innovación que había empezado con la construcción del nuevo hotel. Algunos opinaban que si la nueva iglesia y la nueva escuela habían sido inauguradas con oraciones, era natural, hasta cierto punto, que el nuevo hotel fuera inaugurado con una pequeña fiesta.
       —Desde luego, reconozco que el bailar hace que a la gente le entren ganas de tomar un refresco, y creo que esa ha sido la idea del propietario del hotel al celebrar esta fiesta —opinó un ciudadano muy severo, pero poseedor también de un gran sentido práctico, en la terraza del “Emporio del Valle”.
       —Sí —convino un convecino—. En la última caja de píldoras contra el resfriado que compré, las instrucciones decían que un “ejercicio agradable”, no demasiado violento, ayuda mucho a la acción de las píldoras.
       —Mr. Brooks se saldrá con la suya al organizar el baile —afirmó otro de los contertulios—. Dicen que incluso ha enviado una invitación a la viuda de Wade.
       —Bueno, caballeros —resumió el que había hablado en primer lugar—. Creo que este asunto debe ser dejado en manos de las mujeres, que son las que en definitiva decidirán. Sé que la vieja Miss Ford, por ejemplo, ha dicho que no había dado un paso de danza desde que salió de Missouri, pero que no le importaría intentarlo de nuevo. Y, a propósito, ahí llega Brooks en persona, montado en su caballo negro.
       El hombre al que la viuda había visto desde su ventana el día anterior, avanzaba lentamente por la calle. Al ver al grupo reunido en la terraza, desvió al caballo en aquella dirección, desmontó ágilmente y fue a reunirse con ellos. Era un hombre despierto, decidido, de unos treinta y cinco años, cuyos sonrientes ojos no encajaban con el ambiente lúgubre de Santa Ana. Miró a los deprimidos ciudadanos que le rodeaban y su rostro adquirió una ominosa seriedad.
       —¿Cuándo ha ocurrido la cosa? —preguntó en tono grave.
       —¿Qué es lo que ha ocurrido? —inquirió el más próximo a él de los contertulios.
       —El funeral, el fuego, la inundación o la guerra. ¿Cuál de esas cuatro cosas ha sido?
       —¿De qué está usted hablando? —preguntó desabridamente otro de los reunidos.
       —De ustedes —replicó Brooks—. Están desperdiciando esta hermosa mañana graznando aquí como cuervos. No hace ni una hora que he pasado ante su granja, Johnson, y el trigo brotaba de la tierra pródigamente; ¿de qué tiene usted que quejarse? He visto su rebaño, Briggs, pastando en el Two Mile Bottom, gordo y reluciente; ¿qué le preocupa a usted? Y en cuanto a usted, Saunders —añadió, volviéndose hacia el tercero de los contertulios—, su almacén rebosa con el grano de la última cosecha, que compró usted a bajo precio y que venderá con un doscientos por ciento de ganancia; ¿qué motivos tiene para refunfuñar? El oírles quejarse es motivo bastante para que se produzca un incendio o una epidemia, y procuren que no ocurra algún día, para que les sirva de lección.
       Todo aquello era tan completamente cierto, que los tres prósperos contertulios se quedaron un instante sin saber qué replicar. Pero Briggs no tardó en recurrir a lo que juzgó como una eficaz contraofensiva.
       —He oído decir que le ha pedido usted a la viuda Wade que asista a su baile —dijo, mirando de reojo a sus compañeros—. No cabe duda de que habrá aceptado su invitación, ¿verdad? —preguntó socarronamente.
       —Desde luego —replicó fríamente Brooks—. Acabo de recibir la nota en que me comunica su aceptación.
       —¡Cómo! —exclamaron los tres hombres a la vez—. ¿La señora Wade ha aceptado la invitación?
       —Sí. ¿Por qué no había de hacerlo? Y les aconsejaría que fueran ustedes también a la fiesta, para sacudirse un poco las telarañas que cubren sus espíritus —dijo Brooks, montando de nuevo en su caballo y alejándose al trote.
       —Que me aspen si Brooks no tiene el ojo puesto en la viuda —dijo Johnson.
       —O en sus terrenos —añadió Briggs lúgubremente.


       Llegó la noche de la fiesta. El hotel apareció brillantemente iluminado. No tardó en presentarse la viuda, la cual parecía un poco más delgada que de costumbre en su vestido negro, completamente cerrado con un cuello blanco. Sus ojos y su pelo —que había peinado un poco más artísticamente que los demás días— brillaban de excitación y con el reflejo de las luces del salón en que iba a celebrarse el baile. Su rostro se mostraba alternativamente pálido y ruboroso, debido a la agitación que en su ánimo producía esta tentativa de volver a la vida mundana, y el efecto resultaba encantador y virginal. Los preliminares estuvieron presididos por una vaga solemnidad, haciéndose evidente un singular deseo de sociabilidad en la parte “social” de la diversión. La gente hablaba en susurros o con aquella gravedad que resulta de buen tono para las comunidades rurales; hablaban unos con otros a pesar de que no sentían el menor deseo de conversar, pero lo preferían a estar solos. La viuda era el centro de gravedad de todas las miradas y conversaciones, a pesar de los intentos de Brooks por impedirlo, con sus desesperados esfuerzos por infundir un poco de alegría a sus invitados. Arregló las parejas para el baile —un cotillón—, el cual corría a cargo, en su parte musical, de un piano y dos violines. El pianista era el encargado de tocar el órgano en la iglesia, y a cada instante movía desesperadamente los pies, en busca de los fuelles, cosa que le hacía perder el compás. El cotillón fue un desastre; los danzarines contemplaban el pasillo abierto entre ellos como si en él hubiera un ataúd, y Mrs. Johnson abandonó su puesto repentinamente, con el rostro cubierto de lágrimas, pues acababa de recordar que dos años antes había perdido a su único hijo, de corta edad. Pasó el cotillón. Le siguió una danza española, y sus alegres compases pusieron una nota de alegría en el ambiente, la cual no dejó de afectar a los más jóvenes de los asistentes, que empezaron a bailar con un poco más de despreocupación. Algunas de las jóvenes, todas ellas vestidas con trajes de muselina blanca, dejaron oír incluso su risa. Pero entre los danzarines de más edad seguía reinando un rígido decoro, como si la fiesta fuese una función religiosa. Brooks, en un desesperado intento, se volvió hacia la señora Wade, su compañera en la danza:
       —¿Le gustaría a usted bailar un vals, la señora Wade?
       La viuda vaciló. Antes de su matrimonio, había valseado muy bien.
       —Me gustaría —respondió tímidamente—, pero creo que ellos…
       Antes de que la pobre viuda pudiera expresar sus temores por la acogida que pudiera merecer un “baile redondo”, Brooks se había acercado al pianista, y casi inmediatamente el salón se pobló con los ecos de los primeros compases de un vals. Un vals excitante, provocativo, irresistible, supremo. Sin darle tiempo a protestar, el brazo de Brooks enlazó la leve cintura de la señora Wade y la arrastró hacia el centro del salón. Una repentina oleada de alarma… y de curiosidad, recorrió la muchedumbre. Los diminutos pies de la viuda giraban con rapidez y su larga falda negra se abría en un amplio vuelo; los asistentes a la fiesta pudieron descubrir, no sólo lo lindo de sus pantorrillas, sino incluso el hecho de que sus enaguas estaban fruncidas y llenas de lazos, lo cual hizo evidente a las espectadoras que la señora Wade se había estado preparando desde hacía muchos días para bailar aquel vals. Pero incluso esto fue olvidado prontamente en medio de la excitación general provocada por la música y el movimiento. Los más jóvenes no tardaron en entregarse en cuerpo y alma al ritmo del vals, y, lo que resulta más inconcebible, también los más viejos se dejaron arrastrar por el torbellino. Y cuando, enrojecida y jadeante, la señora Wade se soltó del brazo de su compañero, estuvo a punto de ser atropellada por la pareja formada por Johnson y Mrs. Stubbs, que giraban vertiginosamente. El vals seguía. Nadie sabía, ni a nadie le importaba, cuánto iba a durar: sólo terminaría cuando los músicos quedaran desmayados sobre sus instrumentos. Era el último baile… el vals era el único acontecimiento de la fiesta y de la historia de Santa Ana. Y más tarde, aquella noche, cuando la tímida la señora Wade se desvestía en la soledad de su cuarto miró sus fruncidas enaguas llenas de lazos y una leve sonrisa —la primera desde que se había quedado viuda— curvó los ángulos de su linda boca.
       Santa Ana guardó una semana de ominoso silencio acerca de la fiesta. El periódico local publicó con todo detalle las particularidades de la inauguración del hotel, pero en lo que se refiere a la fiesta se limitó a decir: “Los festejos terminaron con un baile”. Mr. Brooks, que durante aquella semana se sintió impelido a hacer un par de visitas a su encantadora pareja de baile, acalló los temores que la viuda sentía por el resultado de la aventura.
       —Nadie la criticará, la señora Wade, puede estar segura de ello. Todos están mezclados en el asunto. El otro día, sin ir más lejos, el viejo Johnson trató de mostrarse desagradable diciendo que esperaba que usted se hubiese recobrado de los excesos de aquella noche; yo le repliqué que, a pesar de que no se había recobrado usted del todo de la impresión que le produjo el verse a punto de ser atropellada por una alocada pareja formada por él mismo y por Mrs. Stubbs, se encontraba perfectamente. Esto le cerró la boca con un candado.
       —No debió usted decirle eso —dijo la señora Wade con una tímida sonrisa.
       —Quise poner los puntos sobre las íes —replicó alegremente Mr. Brooks—, ya que voy a marcharme y no quiero que en mi ausencia sigan criticando.
       —Va usted a marcharse… —repitió la señora Wade con una sincera preocupación.
       —Pero no por mucho tiempo —sonrió Brooks—. Vine aquí para establecerme y no pienso marcharme definitivamente. Entretanto, creo que he abierto los ojos a esa gente.
       —Ha abierto usted los míos —dijo la viuda con tímida franqueza.
       Cuando estaban abiertos, eran unos ojos encantadores, a pesar de los párpados levemente enrojecidos, y Mr. Brooks pensó que Santa Ana mejoraría mucho si continuaban abiertos. Su mirada debió dejar traslucir lo que estaba pensando, ya que la señora Wade se apresuró a añadir:
       —Quiero decir… que… que he estado pensando que la vida no debe ser siempre triste, como hemos creído hasta ahora en Santa Ana. Incluso aquí, Mr. Brooks, tenemos seis meses de buen tiempo, aunque siempre nos olvidemos de ello en la estación de las lluvias.
       —Desde luego —asintió calurosamente Brooks—. En cierta ocasión, perdí mucho dinero en un negocio descabellado, pero me las he arreglado para olvidarme de ello, y ahora creo que fue una verdadera suerte, ya que me ha obligado a venir a Santa Ana. De modo que ahora le digo adiós, pero no por mucho tiempo.
       Cuando se hubo marchado, la viuda sintió que en su corazón se había despertado una gran simpatía hacia aquel hombre, una simpatía mezclada con gratitud, no sabía por qué.
       La sensación la acompañó toda la tarde e incluso infundió una especie de dicha a su espíritu. Y cuando, más tarde, mientras las sombras empezaban a espesarse, le anunciaron que un forastero deseaba hablar con ella, se encaminó hacia el salón menos incomodada que de costumbre con este aspecto de su existencia. Ya que la señora Wade estaba acostumbrada a recibir a viajantes, comerciantes, a agentes que deseaban una ocupación, como dueña que era del rancho, y la cosa no resultaba nueva para ella. Pero al entrar en el salón que en parte utilizaba como despacho, encontró alguna dificultad en clasificar al forastero, que al primer golpe de vista le recordó al minero que había visto hacía unos días desde su ventana. Iba vestido de un modo más bien incongruente, y daba la impresión de que estaba acostumbrado a dormir vestido. Lo que la viuda pudo ver de su rostro sin afeitar a aquella incierta luz, expresaba una especie de obstinada concentración. El forastero se puso en pie cuando ella entró en la estancia, y tras saludarla con un breve “¿Cómo está usted?”, cerró la puerta de la habitación detrás de ella y dirigió una mirada furtiva a su alrededor.
       —Lo que he venido a decirle, la señora Wade —ya que supongo que es usted la viuda del difunto Mr. Wade—, es estrictamente privado y confidencial. ¿Está usted segura de que nadie vendrá a interrumpirnos?
       Superando su instintiva sensación de repugnancia, la señora Wade respondió:
       —Puede hablar tranquilamente; nadie vendrá a interrumpirnos… a menos que yo les llame —añadió, con femenina precaución.
       —Y a mí me consta que usted no llamará a nadie —afirmó el forastero con una desagradable sonrisa—. Es usted la viuda de Pulaski Wade, que murió en Heavy Tree Hill, ¿verdad?
       —Sí —respondió la señora Wade.
       —Y su marido está enterrado en el cementerio de la iglesia, con una lápida sobre su tumba que habla de sus virtudes como cristiano y como ciudadano modelo. Y dice también que fue asesinado por un bandolero, ¿no es cierto?
       —Sí —dijo la señora Wade—, eso dice la inscripción.
       —¡Nunca fueron grabadas tantas mentiras en una lápida!
       La señora Wade se puso en pie, medio asustada, medio indignada.
       —No se mueva —dijo el forastero, alzando su mano—. Espere a que termine de hablar, y entonces llame a todo el estado de California… si es que le quedan ganas de hacerlo.
       Los modales del forastero revelaban tanta confianza en sí mismo, que la señora Wade se dejó caer de nuevo en la silla, temblando. El hombre colocó su deteriorado sombrero sobre sus rodillas y luego dijo, con la misma obstinada deliberación:
       —El bandolero en aquel asunto era su marido… Pulaski Wade y su cuadrilla… y fue muerto por uno de los hombres a los cuales estaba atracando. A su marido, señora, le gustaba mucho jugar al póquer en el saloon de Jim, el español —ya veo que ha oído usted hablar del lugar en cuestión—, y cuando no podía limpiar a sus compañeros de juego, o éstos mostraban más dinero del que arriesgaban a las cartas, les aguardaba en un paraje solitario del camino y les atracaba. Eso es lo que hizo aquella noche… y por eso resultó muerto.
       —¿Cómo lo sabe usted? —preguntó la señora Wade con labios temblorosos.
       —Yo era uno de los hombres a los que su marido atracó antes de caer muerto. Traté de recuperar mi dinero, pero en aquel momento llegó el resto de la banda y lo único que pude hacer fue ponerme a salvo. Recordará usted que hubo un hombre que escapó y que dio la alarma, pero aquella misma noche debía tomar la diligencia hacia el Este y no pudo presentarse a declarar como testigo. Aquel hombre era yo. Había pagado el viaje por anticipado y no podía resignarme a perder también el pasaje, después de haber perdido todo mi dinero, de modo que me marché.
       La señora Wade quedó aturdida. Recordó el olvidado testigo y cuánto había deseado ver al hombre que había sido el último en ver vivo a su marido; recordó el saloon de Jim, el español: uno de los lugares más frecuentados por Wade; sus frecuentes ausencias; las grandes cantidades de dinero que manejaba, y que decía haber ganado en el juego; el anillo de diamantes que le había regalado, tras ganarlo en una “apuesta”; los atracos llevados a cabo por una banda de enmascarados, que habían cesado de repente; recordó otras muchas cosas que le habían preocupado instintivamente, vagamente. Ahora sabía, también, el significado de la intranquilidad que la había atormentado desde que ocurrió lo de Heavy Tree Hill… los extraños temores que no habían dejado de asaltarla. Y sabía, asimismo, que se hallaba completamente desvalida… sabía que estaba en manos del forastero, que podía negar sus acusaciones, pedir pruebas, pero que no le serviría de nada.
       —¿Cómo… cómo sabe usted que… que era mi marido? —tartamudeó.
       —En la lucha, cayó la máscara con que se cubría el rostro; no ignora usted que fue encontrada una máscara en el suelo; era la suya. ¡Le vi tan claramente como le estoy viendo en aquel retrato! —Señaló una fotografía de su marido puesta en un marco sobre la mesa escritorio.
       La señora Wade se quedó sin habla; sólo pudo mirar al forastero con expresión ausente, desalentada. Tras una pausa, el hombre continuó en un tono menos agresivo, más confidencial, que paradójicamente aumentó el terror de la señora Wade:
       —No trato de insinuar que usted estuviera enterada de las actividades de su marido, señora, y aunque otras personas podrían sentirse inclinadas a sospecharlo, yo no creo que usted lo supiera.
       —Entonces, ¿a qué ha venido aquí? —preguntó la viuda en tono de desesperación.
       —¿A qué he venido aquí? —repitió el forastero sonriendo, al tiempo que miraba a su alrededor—. Es usted una mujer rica, la señora Wade. Y yo quiero recuperar los 600 dólares que me robó su marido, eso es todo. No pretendo nada más. No pido ni siquiera los intereses. No pido ninguna compensación por los daños materiales y morales que me causó la conducta de su marido, la señora Wade. Y —miró de nuevo a su alrededor, como evaluando la cómoda instalación de la estancia— no pido nada que usted no pueda darme.
       —Pero, esta casa nunca fue suya… era de mi padre —murmuró la señora Wade—. No tiene usted derecho…
       —Tal vez sí, y tal vez no —la interrumpió el forastero—. Pero, ¿qué me dice usted de los cheques al portador, de doscientos dólares cada uno, que fueron encontrados entre los efectos de su marido y que su abogado recogió para usted? ¡Eran mis cheques, la señora Wade!
       La viuda recordó los dos cheques que habían sido encontrados en el cadáver de su marido, detalle que únicamente conocían ella y su abogado. Los había hecho efectivos, creyendo que Wade los había ganado en el juego.
       —Tendrá usted que probarlo… ante testigos.
       —¿Desea usted que lo pruebe ante testigos? —preguntó el hombre, acercándose a ella—. ¿Desea usted aceptar mi palabra y dejar que el asunto quede entre nosotros, o desea que llame al sheriff, y a todo Santa Ana, para demostrar ante ellos que su marido era un atracador y un asesino? ¿Desea usted verse obligada, incluso por sus vecinos, a pagarme hasta el último céntimo de lo que su esposo me robó? Si es eso lo que desea, ya puede llamar a sus testigos…
       Echó a andar hacia la puerta, pero ella le detuvo.
       —¡No! ¡No! ¡Espere! Seiscientos dólares es mucho dinero… y en este momento no lo tengo en casa —murmuró.
       —Necesito esa cantidad inmediatamente.
       —¡Concédame algún tiempo! —suplicó la señora Wade—. ¡Mire! Le entregaré cien dólares ahora mismo —es todo el dinero que tengo— y el resto otro día. —Abrió nerviosamente un cajón de su mesa escritorio y sacó una bolsita de piel de gamo, que contenía varias monedas de oro, y se la tendió al forastero—. ¡Tome! ¡Tome este dinero y márchese! —Se llevó las manos al rostro, desesperada—. ¡Márchese, por favor!
       El forastero pareció impresionado por la actitud de la señora Wade.
       —No deseo mostrarme duro con una mujer —dijo lentamente—, pero no quiero perder lo que es mío. Voy a marcharme, pero volveré a las nueve de la noche. Para entonces quiero el dinero… o un cheque al portador, me da lo mismo. Y, si quiere un consejo, no pida su parecer a otras personas, a no ser que desee que el secreto deje de serlo. Conmigo está seguro. Soy un hombre cabal, aunque me haya visto obligado a mostrarme exigente con usted. A fin de cuentas, sólo reclamo lo que me pertenece.
       Cuando el forastero se hubo marchado, la señora Wade se puso en pie, pero la impresión que acababa de recibir había sido demasiado fuerte para su frágil constitución. Dio un paso adelante, la habitación empezó a dar vueltas a su alrededor y tuvo que volver a sentarse, a punto de perder el conocimiento.
       No supo el tiempo que había pasado cuando sintió que alguien se inclinaba sobre ella y una voz —la voz de Mr. Brooks— llegó a su oído, diciendo:
       —Perdone. Parece usted enferma. ¿Quiere que llame a alguien?
       —¡No! —murmuró la señora Wade, haciendo un enorme esfuerzo por recobrarse—. ¿Cuándo… cuándo ha entrado usted?
       —Ahora mismo. Tengo que marcharme esta misma noche, antes de lo que esperaba, y quise despedirme de usted. Me dijeron que estaba atendiendo a un forastero. Le pido perdón… ya veo que no se encuentra bien. No quiero entretenerla más.
       —¡No! ¡No! ¡No se vaya! Estoy mejor… mucho mejor —murmuró febrilmente la viuda.
       Al mirar el rostro fuerte y agradable de Brooks, una repentina idea había cruzado por su cerebro. Brooks era aquí un forastero, no pertenecía a Santa Ana, como ella misma. ¿Por qué no pedirle a él el consejo que no se hubiera atrevido a solicitar a ninguno de sus amigos del valle? Brooks debió intuir algo de lo que ocurría en la atormentada mente de la señora Wade, ya que preguntó amablemente:
       —¿Puedo hacer algo por usted?
       —Sí —murmuró la viuda, decidida a confiárselo todo—. Deseo que me ayude a guardar un secreto.
       —Puede confiar en mí —respondió Brooks.
       La pobre la señora Wade estalló en lágrimas. Entre sollozos le contó a Brooks la visita del forastero, sus terribles acusaciones, sus exigencias… la inminencia de su regreso y su propia impotencia ante aquel desastre. Mientras hablaba, se dio cuenta con creciente terror de que el amable rostro de Brooks experimentaba una singular transformación: la estaba escuchando con una extraña tensión. La viuda había esperado que Brooks se reiría de sus temores. Pero no lo hizo.
       —¿Y dice usted que ese hombre reconoció positivamente a su marido?
       —Sí, sí —sollozó la señora Wade—. Y reconoció también su fotografía. —Y señaló la que había encima de la mesa escritorio.
       Afortunadamente, la viuda no miró el rostro de Brooks en aquel momento y no pudo ver, por tanto, el repentino brillo que asomó a sus ojos. El brillo desapareció instantáneamente, y su anterior tensión se convirtió en una cariñosa amabilidad.
       —Sólo tiene usted la palabra de ese hombre —dijo—, y al participar el secreto a otra persona ha destruido, en parte, el poder que él tenía sobre usted. Y él lo sabe. Ahora, olvide este asunto y déjelo en mis manos. Vendré unos minutos antes de las nueve. Me dejará usted solo en esta habitación. Cuando llegue su visitante, ordene que le hagan pasar aquí… y procure que nadie nos interrumpa.
       Faltaban unos minutos para las nueve cuando Mr. Brooks entró en el salón de la señora Wade. En cuanto se quedó solo examinó cuidadosamente puertas y ventanas y, satisfecho de la inspección, fue a sentarse en una silla colocada detrás de la puerta. No tardó en oír el sonido de voces y de pasos que se acercaban por el corredor. Se llevó la mano al bolsillo del chaleco, como para convencerse de que llevaba su pequeño revólver, una arma terriblemente eficaz, cuyo cañón sobrepasaba apenas las dos pulgadas de longitud.
       La puerta se abrió y alguien penetró en la estancia. Inmediatamente, Brooks cerró la puerta y la cerró con llave. El recién llegado se volvió rápidamente, para encontrarse frente a Brooks, que le apuntaba con su revólver. El hombre retrocedió unos pasos, más asombrado que asustado.
       —¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Qué juego es este?
       —No se trata de ningún juego —respondió fríamente Brooks—. Usted ha venido aquí a vender un secreto. Y tendrá que tratar conmigo.
       —¿Con usted? ¿Y quién es usted?
       —La pregunta resulta un poco extraña dirigida al hombre cuya personalidad trata usted de usurpar… pero a mí no me asombra. ¡Lo está haciendo usted pésimamente!
       —¿Que trato de usurpar la personalidad… de usted? —preguntó el forastero con los ojos abiertos como platos.
       —Sí, la mía —afirmó Brooks—. Yo soy el único hombre que aquella noche escapó del atraco en Heavy Tree Hill.
       El forastero pareció impresionado, pero se recobró rápidamente y estalló en una carcajada.
       —¡Oh! Comprendo, amigo: los dos andamos detrás de lo mismo, al parecer. Los dos tratamos de vender a la viuda el secreto de su marido.
       —Se equivoca —replicó Brooks, mirando fijamente al forastero—. Usted ha venido a denunciar a un bandido que está muerto y que escapó a la justicia. Y yo he venido a denunciar a uno que está vivo. ¡Cuidado! Tenga quietas las manos, si no quiere recibir un disgusto serio. Ahora no está usted hablando con una mujer indefensa.
       —No puede usted probarlo —murmuró rencorosamente el forastero.
       —Es usted más estúpido de lo que creía. En la historia que contó a la señora Wade se fabricó usted mismo la trampa. El bandido atracó solamente a dos viajeros. Uno resultó muerto… y el otro soy yo. ¿Dónde estaba usted? ¿Quién podía saber, no siendo yo, que el asaltante era Wade, más que usted, su cómplice?
       El rostro del forastero se puso blanco como la pared. Un fulgor de rabia y de impotencia asomó a sus ojos.
       —Si se trata de acusarme, acusará al mismo tiempo a Wade y herirá de rechazo a su viuda —escupió venenosamente.
       —Ya he pensado en ello —replicó Brooks—, y he decidido que la señora Wade renuncie a los cien dólares que le ha entregado antes. ¡Pero no recibirá ni un centavo más! Ahora, siéntese en aquella mesa y escriba lo que voy a dictarle.
       El forastero, tras una leve vacilación, obedeció.
       —Escriba —ordenó Brooks—. “El abajo firmante declara que sus acusaciones contra el difunto Pulaski Wade, de Heavy Tree Hill, son completamente falsas, especialmente en lo que se refiere a la participación del indicado Pulaski Wade en el atraco a John Stubbs, fallecido, y Henry Brooks, ocurrido en la noche del treinta de agosto de 1854, en Heavy Tree Hill”.
       El forastero le dirigió una repulsiva sonrisa.
       —¿Quién es el loco ahora? —preguntó.
       —¡Escriba! —gritó furiosamente Brooks.
       El sonido de una pluma deslizándose por encima de una cuartilla siguió a esta primera explosión del tranquilo Brooks.
       —¡Firme! —ordenó a continuación.
       El forastero estampó su firma al pie de la declaración.
       —Ahora, márchese —dijo, abriendo la puerta—. Pero recuerde, si se le ocurre la idea de hacer otra visita a Santa Ana, que me encontrará también a mí viviendo aquí.
       El forastero salió de la estancia como un animal salvaje volviendo a la noche y a la oscuridad. Brooks cogió el papel, fue a reunirse con la señora Wade en el comedor y se lo dio a leer.
       —Pero —dijo la viuda, temblando de alegría—, ¿cree usted… cree usted que estaba realmente equivocado?
       —De medio a medio —respondió fríamente Brooks—. Es cierto que la equivocación le ha costado a usted cien dólares… pero existen algunas equivocaciones que es preferible evitar que salgan a la luz.
       Se casaron un año después, pero no existe la menor prueba de que en el curso de los años de relaciones conyugales con una débil y encantadora mujer, Henry Brooks se sintiera nunca tentado de contarle la verdad acerca del atraco de Heavy Tree Hill.




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