Franz
Kafka
(Praga, 1883-1924)
El silencio de las Sirenas (1917)
(“Das Schweigen der Sirenen”)
Título añadido por Max Brod
Una demostración de que también recursos insuficientes y hasta pueriles pueden
servir como medios de salvación:
Para preservarse de las sirenas, Ulises se tapó los oídos con cera y se hizo
aherrojar al mástil. Algo parecido hubieran podido hacer desde antiguo, claro está,
todos los viajeros, salvo aquellos a quienes las sirenas seducían ya de lejos; pero se
sabía en todo el mundo que era imposible que esto fuese remedio. El canto de las
sirenas lo penetraba todo, y la pasión de los seducidos hubiera roto trabas más fuertes
que cadenas y mástiles. Ulises, aunque acaso enterado, no pensó en eso. Confió
plenamente en su puñado de cera, en su manojo de cadenas, y con inocente alegría,
contentísimo con sus pequeñas astucias, navegó al encuentro de las sirenas.
Pero sucede que las sirenas disponen de un arma más terrible aún que su canto. Es
su silencio. Acaso era imaginable —aunque, por cierto, eso tampoco había ocurrido
— que alguien se salvara de su canto; pero sin duda alguna nadie podía salvarse de su
silencio. No hay nada terrenal que pudiera resistir a la sensación de haberlas vencido
con fuerzas propias, a la infatuación consiguiente que se sobrepone a todo.
En efecto, al llegar Ulises, las formidables cantoras no cantaron, sea porque
creyeron que semejante adversario ya sólo podía afrontarse con el silencio, sea
porque esa visión de bienaventuranza en el rostro de Ulises, que no pensaba más que
en cera y cadenas, les hizo olvidar cualquier canto.
Pero Ulises, por así decirlo, no oyó su silencio; creía que cantaban, sólo que él se
veía librado de oírlas. Vio primero, fugazmente, las torsiones de sus cuellos, la honda
respiración, los ojos arrasados en lágrimas, la boca entreabierta, y creyó que todo esto
formaba parte de las arias que, sin ser escuchadas, resonaban y se perdían a su
alrededor. Pero pronto todas las cosas rebotaban en su mirada abstraída; era como si
las sirenas desaparecieran ante su resolución, y justamente cuando más cerca estuvo
de ellas, ya nada sabía de su presencia.
Y ellas —más hermosas que nunca— se estiraban y se retorcían, tendían sus
garras abiertas sobre la roca y sus hórridas cabelleras ondeaban al viento, libremente.
Ya no pretendían seducir: tan sólo deseaban atrapar, mientras fuera posible, el reflejo
de los dos grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas tuvieran conciencia, habrían sido destruidas en aquella oportunidad.
Pero así perduraron, y únicamente se les escapó Ulises.
Por lo demás, la tradición refiere también un epílogo al respecto. Ulises, así
cuentan, fue tan zorro, tan rico en astucias, que ni aun la diosa del destino logró
penetrar en su fuero más íntimo. Quizá —aunque esto ya no pueda concebirlo la
razón humana— advirtió realmente que las sirenas callaban, y sólo, por decirlo así, a
manera de escudo, les opuso a ellas y a los dioses el referido simulacro.
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