F. Scott Fitzgerald
(Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940)
Uno de mis más viejos amigos
(“One of My Oldest Friends”)
Originalmente publicado en la revista Woman’s Home Companion (septiembre de 1925);
The Price Was High: The Last Uncollected Stories of F. Scott Fitzgerald
(selección e introducción por Matthew J. Bruccoli)
(Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich / Bruccoli Clark, 1979, 784 págs.)
Marion se había sentido feliz toda la tarde. Vagaba de una
habitación a otra del pequeño apartamento, entrando en el cuarto de los niños
para ayudar a la niñera a darles de comer con cucharas chorreantes o leyendo a
ratos en su nuevo sofá, el objeto más extravagante que habían comprado en cinco
años de matrimonio.
Cuando oyó los pasos de Michael en el vestíbulo, levantó la cabeza y prestó
atención; le gustaba oírle caminar, siempre con cuidado, como si los niños
estuvieran durmiendo muy cerca.
—Michael.
—Ah, hola —él entró en la habitación; era un hombre alto, fuerte y delgado, de
treinta años, con frente amplia y ojos negros y tiernos—. Tengo que contarte
algo —dijo enseguida—. Charley Hart se va a casar.
—¡No!
Él reafirmó con la cabeza.
—¿Con quién?
—Con una de las chicas del pueblo —titubeó—. Llega mañana a Nueva York y creo
que deberíamos hacer algo por ellos mientras estén aquí. Charley es uno de mis
más viejos amigos.
—Invitémoslos a cenar...
—Me gustaría hacer algo más —la interrumpió él—. Quizás ir al teatro —volvió a
titubear—. Sería un bonito gesto hacia él, ¿me entiendes?
—Muy bien —asintió Marion—. Pero no debemos gastar mucho.
Y no creo que estemos obligados.
Él la miró sorprendido.
—Quiero decir —siguió Marion— que últimamente hemos
visto poco a Charley. En realidad, no lo vemos casi nunca.
—Bueno ya sabes cómo son las cosas en Nueva York —explicó Michael, en tono de
disculpa—. Está tan ocupado como yo. Ahora es muy conocido y supongo que lo
buscan continuamente.
Siempre hablaban de Charley Hart como de su más viejo amigo. Cinco años atrás,
al casarse Michael y Marion, habían llegado los tres juntos desde la misma
ciudad del Oeste. Durante más de un año lo habían visto casi todos los días, sin
evitar que se enterara de una sola disputa doméstica, del más mínimo vaivén de
sus sueños y esperanzas. Su aparición en los momentos de dificultad siempre
otorgaba a la situación un giro agradable y humorístico.
Claro que los niños habían abierto una brecha y ahora hacía varios años que no
llamaban a Charley a medianoche para anunciarle que se había roto la tubería o
se les estaba cayendo el techo sobre la cabeza. Pero la separación había sido
tan gradual que Michael aún hablaba de Charley con el orgullo de alguien que ve
a un amigo todos los días Durante un tiempo, Charley había cenado con ellos una
vez por mes y los tres tenían mucho que contarse, pero los encuentros ya no
terminaban con un “Te telefonearé mañana”. Por el contrario, se oía un “Tendrás
que venir a vernos más a menudo” o incluso después de tres o cuatro años, un
“Nos veremos pronto”.
—Oh, tengo muchas ganas de organizar una fiesta íntima —dijo Marion mirando a su
alrededor especulativamente—. ¿Han hablado de alguna fecha en concreto?
—La semana que viene —los ojos oscuros de él escrutaron
vagamente el suelo—. Podemos quitar las alfombras o algo así.
—No —sacudió ella la cabeza—. Daremos una cena para ocho personas, muy formal, y
después jugaremos a las cartas.
Ya estaba pensando a quién podía invitar. Por supuesto que Charley, siendo
artista, seguramente veía todos los días a gente interesante.
—Podemos llamar a los Willoughby —sugirió, poco convencida—. Ella es actriz, o
algo por el estilo... Y él escribe para el cine.
—No, no me parece —objetó Michael—. Debe ver a gente como ésa todos los días en
el almuerzo y la cena, y ya no podrá soportarlos. Además, fuera de los
Willoughby, ¿a quién más conocemos como ellos? Se me ocurre algo mejor. Reunamos
alguna gente que haya llegado aquí desde el mismo sitio. Todos han seguido
la carrera de Charley y probablemente les gustaría volver a verlo. Me gustaría
que comprobaran que la fama no lo ha echado a perder y que sigue siendo una
persona humilde.
Después de discutir un rato se pusieron de acuerdo y Marion llamó por teléfono
al primer invitado.
—Es para conocer a la novia de Charley Hart —explicó—. Charley Hart, el artista.
Es uno de nuestros más viejos amigos, ¿sabes?
A medida que avanzaban los preparativos aumentaba su entusiasmo. Alquiló una
camarera para que el servicio fuese impecable y convenció a la florista del
vecindario para que le hiciera personalmente los adornos florales. Toda la gente
“de su tierra” había aceptado con mucho gusto y el número de invitados había
llegado a la docena.
—¿De qué hablaremos, Michael? —preguntó, inquieta, la víspera de la fiesta—.
Imagina que todo sale mal y la gente se enfada y se va a su casa...
Él se rió.
—No pasará eso. Ten en cuenta que todas estas personas se conocen.
El teléfono hizo notar su presencia sobre la mesa y Michael contestó.
—Diga. Ah, hola, Charley.
Marion se quedó rígida en su silla.
—¿De verdad? Bueno, lo siento mucho. Lo siento muchísimo... Espero que no sea
nada grave.
—¿No puede venir?—exclamó Marion, sin poder evitarlo.
—Chitón —siseó él, y después, al teléfono—: Lo siento,
de veras, Charley. No, para nosotros no es ningún problema. Sólo sentimos que
estés enfermo.
Michael colgó con un gesto tétrico.
—La Lawrence tuvo que marcharse a su casa anoche y
Charley está en cama con un cólico.
—¿Entonces no puede venir?
—No puede.
El rostro de Marion se contrajo repentinamente y se le llenaron los ojos de
lágrimas.
—Dice que el médico estuvo todo el día con él —explicó Michael—. Tiene fiebre y
ni siquiera querían dejarlo hablar por teléfono.
—¿Y a mí qué me importa? —sollozó Marion—. Me parece horrible. Después de
invitar a todos esos amigos para que lo vieran...
—La gente no puede evitar caer enferma
—Sí que puede —protestó ella, sin ninguna lógica—. Hay maneras de evitarlo. Y si
la chica se fue anoche, ¿por qué no nos lo dijo?
—Dijo que se marchó inesperadamente. Hasta ayer por la tarde estaban seguros de
venir los dos.
—Creo que no le importa un comino. Apuesto a que se ha alegrado de caer enfermo.
Si le importara la hubiera traído hace mucho tiempo para que la conociéramos.
De pronto se levantó
—Te diré una cosa —se dirigió a él con vehemencia—. Lo que haré será telefonear
a todo el mundo y decirles que se ha suspendido la fiesta.
—No, Marion...
Pero a pesar de sus tibias protestas, ella descolgó el teléfono y empezó a
buscar el primer número.
Al día siguiente, compraron entradas para el teatro con la esperanza de colmar
el vacío que acarrearía la noche. Cuando a las cinco la florista, a la que nada
se le había dicho, se presentó con cajas de flores, Marion se echó a llorar y
tuvo la sensación de que debería escaparse de casa para evitar los fantasmas que
iban a poblarla. Comieron en silencio una sofisticada cena compuesta por todo lo
que habían comprado para la fiesta.
—Son sólo las ocho —dijo Michael cuando terminaron—. Pienso que quedaría bien
pasar a ver a Charley un minuto, ¿no te parece?
—Pues no —respondió Marion, asombrada—. No se me hubiera ocurrido.
—¿Por qué no? Si está muy enfermo, me gustaría saber si lo cuidan bien.
Ella se dio cuenta de que ya lo había decidido, de modo que se hizo de la idea y
fueron en taxi hasta un alto edificio de apartamentos en la avenida Madison.
—Entra tú —dijo Marion, nerviosa—. Será mejor que yo te espere aquí.
—Ven, por favor.
—¿Para qué? Estará en cama y no querrá que entren mujeres.
—Pero se alegrará al verte. Lo animarás. Y sabrá que no estamos enfadados por lo
de esta noche. Cuando llamó, parecía terriblemente deprimido.
La hizo bajar del taxi.
—Quedémonos un minuto, nada más —susurró, tensa, mientras subían en el
ascensor—. La obra empieza a las ocho y media.
—La puerta de la derecha —dijo el ascensorista.
Tocaron el timbre y esperaron. La puerta se abrió y entraron en el gran estudio
de Charley Hart.
Estaba lleno de gente —una larga mesa alumbrada por lámparas y adornada con
helechos y rosas frescas había sido dispuesta de punta a punta, y el aire
ligeramente humeante estaba invadido por un murmullo de risas y palabras. Veinte
mujeres sentadas a un lado, vestidas de noche, charlaban a través de las flores
con veinte hombres en medio de un júbilo nacido del chispeante borgoña que se
derramaba desde las botellas en las copas heladas. En una zona de la alta y
estrecha galería que rodeaba la sala, un cuarteto de cuerdas tocaba algo de
Stravinsky en una clave que se adecuaba al tono de voz de las mujeres y llenaba
el aire como un vino musical.
La puerta había sido abierta por un camarero que se hizo a un lado con
deferencia para dar paso a los que consideró dos huéspedes retrasados, y de
inmediato un buen mozo que ocupaba la cabecera de la mesa se levantó, servilleta
en mano, para quedarse paralizado al mirar a los advenedizos. La conversación se
disolvió en un semisilencio y todos los ojos, tras los de Charley, miraron a la
pareja que acababa de entrar. Luego, como si se hubiera roto el hechizo, la
conversación volvió a desatarse y cobró intensidad palabra por palabra. El
momento había terminado.
—¡Vámonos!
El susurro bajo y aterrado de Marion le llegó a Michael
desde un hueco, y por un instante se creyó poseído por la ilusión de que,
después de todo, en la sala no había nadie más que Charley. Luego se le
aclararon los ojos y descubrió que había mucha gente. ¡Nunca había visto tanta!
La música se convirtió súbitamente en un tumulto de metales, y un vendaval
desatado por las trompetas pareció acometerlos. Sin volverse, los dos
retrocedieron ciegamente hasta el pasillo y cerraron la puerta al salir.
—¡Marion...!
Había corrido hasta el ascensor y tenía un dedo apretado contra el timbre, cuyo
sonido resonaba en todo el pasillo como una nota aguda perteneciente a la música
de dentro. De pronto se abrió la puerta del apartamento y Charley Hart salió al
pasillo.
—¡Michael! —gritó—. ¡Michael y Marion, quiero explicarles! Entren. Les digo que
quiero explicarles.
Hablaba con ansiedad, con el rostro enrojecido y la boca dando forma a una o dos
palabras que no lograban materializarse.
—Date prisa, Michael —dijo tensamente la voz de Marion, desde la puerta del
ascensor.
—¡Dejen que les explique! —gritó Charley con desesperación—. Quiero...
Michael se apartó de él —llegó al ascensor y la puerta se abrió con un siseo
metálico.
—Actúan como si hubiese cometido un crimen —Charley seguía a Michael por el
pasillo—. ¿No pueden comprender que todo es un accidente?
—Muy bien —murmuró Michael—. Lo comprendo.
—No, no lo comprendes —la voz de Charley se elevó, exasperada. Se estaba
enfureciendo con ellos, como en un esfuerzo para justificar su propia e
intolerable posición—. Se marchan enfadados cuando les acabo de pedir que se
queden. ¿Para qué han venido si no se van a quedar? ¿No...?
Michael entró en el ascensor.
—¡Abajo, abajo! —gritó Marion—. ¡Oh, quiero bajar, por favor!
La puerta se cerró.
Le indicaron al taxista que los llevara directamente a
su casa; ninguno de los dos hubiera podido soportar la función teatral. En el
camino, Michael hundió su cara en las manos e intentó convencerse de que la
amistad que tanto había significado para él había terminado. Ahora se daba
cuenta de que había concluido tiempo atrás, que durante el último año Charley no
había buscado la compañía de ellos ni una vez, y el impacto del descubrimiento
era más fuerte que el de la afrenta recibida.
Cuando llegaron a su apartamento, Marion, que no había pronunciado en el taxi
una sola palabra, entró en la sala y obligó a su esposo a sentarse.
—Voy a contarte algo que deberías saber —empezó—. Probablemente nunca lo habría
hecho de no haber sido por lo que ha sucedido esta noche. Pero ahora creo que
tienes que oír la historia entera —dudó un momento—. En primer lugar, Charley
Hart no era amigo tuyo en absoluto.
—¿Qué?
Él la miró, estupefacto.
—Que no era amigo tuyo —repitió ella—. Durante años lo fue. Era amigo mío.
—Bueno, Charley era...
—Sé lo que vas a decir: que Charley era amigo de los dos. Pero no es cierto. No
sé qué sentía por ti al principio, pero dejó de ser amigo tuyo hace tres o
cuatro años.
—Bien —los ojos de Michael chispeaban de perplejidad—, si eso es verdad, ¿por
qué pasaba con nosotros tanto tiempo?
—Por mí —dijo Marion con firmeza—. Estaba enamorado de mí.
—¿Qué? —Michael se rió incrédulamente—. Estás soñando.
Sé que lo decía bromeando...
—No bromeaba —interrumpió ella—. En el fondo no. Empezó haciendo chistes... y
terminó pidiéndome que me escapara con él.
Michael frunció el ceño.
—Sigue —dijo tranquilamente—. Supongo que si no fuera verdad no me lo contarías.
Pero no parece real. ¿Así que de repente empezó a... a...?
Cerró la boca bruscamente, incapaz de emitir palabras.
—Empezó una noche, mientras los tres estábamos en un baile —Marion vaciló—. Y al
principio me gustaba. Tenía una capacidad especial para descubrir cosas:
vestidos, sombreros, mis nuevos peinados. Era una buena compañía. Siempre se las
ingeniaba para hacerme sentir importante, en cierto modo, y atractiva. No vayas
a creer que prefería estar con él que contigo. No era así. Sabía cuán
absolutamente egoísta era y qué desaprensivo. Pero supongo que lo alentaba
porque me hacía gracia. Era una faceta nueva de Charley y era divertida, como
casi todo lo que hacía él.
—Sí —admitió Michael con un esfuerzo—. Supongo que era... cómicamente divertido.
—Al principio te seguía queriendo. No se le ocurría que pudiera estar
traicionándote. No hacía más que obedecer a un impulso natural, eso era todo.
Pero unas semanas después empezó a encontrarte en medio de su camino. Quiso
llevarme a cenar sola y no pudo ser. Bueno, esa clase de situaciones se
repitieron durante más de un año.
—¿Entonces qué pasó?
—No pasó nada. Empezó a dejar de visitarnos.
Michael se levantó lentamente.
—¿Quieres decir...?
—Espera un minuto. Si piensas un poco te darás cuenta de que no podía ser de
otro modo. Cuando vio que yo intentaba calmar las cosas para que volviera a ser
simplemente uno de nuestros más viejos amigos, se apartó. No quería ser uno de
nuestros más viejos amigos. Eso había terminado.
—Entiendo.
—Bueno —Marion se levantó y empezó a morderse nerviosamente el labio—. Esto es
todo. Se me ocurrió que lo de esta noche te lastimaría menos si comprendías todo
el asunto.
—Sí —respondió Michael con voz inexpresiva—. Supongo que tienes razón.
Michael atravesó una racha de prosperidad en sus negocios y al llegar el verano
alquilaron una pequeña granja vieja en el campo, donde los niños jugaban todo el
día en una intrincada extensión de hierba y árboles. El tema de Charley jamás
fue mencionado durante esos meses y por fin llegó a convertirse en una sombra
relegada a un rincón de sus mentes. A veces, justo antes de dormirse, Michael se
sorprendía pensando en los momentos felices que habían pasado los tres juntos
cinco años atrás, pero entonces la realidad anulaba la ilusión y rechazaba los
recuerdos con un malestar casi físico.
Un cálido atardecer de julio estaba dormitando en el balcón a la luz del
crepúsculo. Había sido un día muy pesado en la oficina y le agradaba descansar
allí mientras la luz estival se iba borrando del campo.
Levantó la cabeza ociosamente al oír el ruido de un automóvil. Un taxi del
pueblo se había detenido al final del sendero y un hombre joven acababa de
bajar. Michael se sentó con una exclamación. Podía reconocer aquellos hombros
anchos y el paso impaciente incluso en la penumbra.
—Maldita sea —dijo suavemente.
Cuando Charley Hart se acercó por el sendero de grava, Michael notó con sólo
mirarlo que estaba insólitamente despeinado. Su rostro agradable estaba ojeroso
y denotaba fatiga; tenía la ropa arrugada y la mirada inconfundible del que
necesita dormir unas cuantas horas.
Llegó al balcón, advirtió la presencia de Michael y sonrió, triste y confuso.
—Hola, Michael.
Ninguno de los dos hizo el gesto de estrechar la mano del otro, pero al cabo de
un momento Charley se derrumbó bruscamente en una silla.
—Me gustaría un vaso de agua —dijo con voz ronca—. Hace
un calor infernal.
Sin decir una palabra, Michael entró en la casa y regresó con un vaso de agua
que Charley tragó ruidosamente.
—Gracias —dijo, atragantándose—. Pensé que iba a desmayarme.
Miró a su alrededor con ojos que solamente simulaban fijarse en lo que lo
rodeaba.
—Bonito sitio este —señaló, y sus ojos regresaron a Michael—. ¿Quieres que me
vaya?
—Bueno, pues no. Si lo necesitas, quédate sentado y descansa. Pareces arruinado.
—Lo estoy. ¿Quieres oír la historia?
—En absoluto.
—Bien, de todos modos te la voy a contar —dijo Charley, desafiante—. Para eso he
venido. Estoy en un lío, Michael, y eras la única persona a la que podía
recurrir.
—¿Has probado con tus amigos? —preguntó Michael fríamente.
—He probado con todo el mundo; al menos, con los que tuve tiempo de hacerlo.
¡Dios! —se secó la frente con la mano—. Nunca imaginé lo difícil que es
encontrar dos mil dólares.
—¿Has venido a pedirme dos mil dólares?
—Espera un momento, Michael. Primero termina de oír. Verás en qué lío puede
meterse un tipo sin tener la menor intención. Has de saber que soy el tesorero
de una asociación llamada Fundación para Artistas Independientes, un invento
para ayudar a los estudiantes con problemas. Había un fondo de tres mil
quinientos dólares que permaneció en mi cuenta durante más de un año. Bueno,
como ya sabes, llevo un tren de vida un poco alto —gano mucho y gasto mucho— y
hace un mes empecé a especular en pequeña escala por medio de un amigo...
—No sé por qué me estás contando esto —lo interrumpió Michael con impaciencia—.
Me...
—Espera un minuto, ¿quieres? Ya termino miró a Michael con ojos atemorizados—. A
veces usaba ese dinero sin darme cuenta siquiera de que no era mío. Siempre he
tenido mucho, compréndelo. Hasta esta semana al menos. Esta semana hubo una
reunión de la sociedad y me pidieron que devolviera el dinero. Bien, fui a ver a
un par de personas para pedirles un préstamo y tan pronto como les di la espalda
uno de ellos lo contó todo. Anoche hubo un escándalo terrible. Me dijeron que
como no entregara los. dos mil esta mañana me enviarían a la cárcel —alzó la voz
y echó una mirada atemorizada a su alrededor—. Tengo sobre los hombros una orden
de arresto, y si no logro conseguir el dinero me mataré, Michael, juro por Dios
que lo haré. No quiero ir a la cárcel. Soy un artista, no un hombre de negocios.
Soy...
Hizo un esfuerzo para dominar la voz.
—Michael —murmuró—. Eres mi mejor amigo. No tengo a nadie más que a ti en el
mundo.
—Has llegado un poco tarde —dijo Michael, incómodo—. No pensaste en mí hace
cuatro años cuando le pediste a mi esposa que se escapara contigo.
Una sincera mirada de sorpresa atravesó el rostro de Charley.
—¿Estás enfadado por eso? —preguntó, confundido—. Pensé que estabas ofendido
porque no fui a tu fiesta.
Michael no contestó.
—Supuse que ella te habría hablado de eso hace mucho tiempo —continuó Charley—.
No pude evitarlo. Estaba solo y ustedes se tenían el uno al otro. Cada vez que
iba a tu casa te dedicabas a contar lo maravillosa que era Marion hasta que al
fin... empecé a estar de acuerdo. ¿Cómo podía evitar enamorarme de ella si
durante un año y medio fue la única chica decente que conocí? —miró a Michael
altivamente—. Bueno, tú la tienes, ¿no? Ni siquiera llegué a besarla. ¿Vale la
pena que sigas machacando?
—Oye —dijo Michael, cortante—. ¿Cuál es la razón de que deba prestarte el
dinero?
—Bueno... —Charley vaciló y se rió de mala gana—. No sé la razón exacta. Sólo
pensé que lo harías.
—¿Por qué?
—Por ningún motivo; ya veo cómo lo has tomado.
—Ese es el problema. Si te lo diera sería por
sentimentalismo y debilidad. Estaría haciendo algo que no quiero hacer.
—Muy bien —Charley sonrió desagradablemente—. Es lógico. Ahora que lo pienso no
hay ninguna razón para que me lo prestes. Bueno... —hundió las manos en los
bolsillos de la chaqueta y, al echar la cabeza hacia atrás, dio la impresión de
querer desprenderse del tema como si fuese una gorra—. No iré a la cárcel... Y
quizás mañana opines de forma diferente.
—Ni lo sueñes.
—Oh, no quiero decir que te vuelva a pedir el dinero. Hablo de algo... muy
distinto.
Meneó la cabeza, se volvió rápidamente y avanzó por el sendero hasta que la
oscuridad se lo tragó. Michael oyó que los pasos se apagaban, como si vacilase,
en el punto en donde el sendero salía al camino.
Después se alejaron por el camino hacia la estación, a una milla de distancia.
Michael se hundió en su silla, con el rostro entre las manos. Oyó salir a
Marion.
—He escuchado —dijo ella—. No pude evitarlo. Me alegra que no le hayas prestado
nada.
Se acercó a él y se hubiera sentado en sus rodillas, pero una repulsión casi
física invadió a Michael y lo obligó a levantarse de la silla.
—Tenía miedo de que te trabajara los sentimientos y acabara convenciéndote
—siguió Marion. Vaciló—. Te odiaba, ¿sabes? Quería que te murieses. Una vez le
dije que si volvía a decir eso no lo vería nunca más.
Michael le dirigió una mirada tenebrosa.
—La verdad es que fuiste muy noble.
—Oye, Michael...
—Permitiste que te dijera cosas como ésa... y ahora que viene arruinado, sin un
amigo a quien recurrir, dices que te alegra que lo haya echado.
—Es porque te quiero, cariño...
—¡No, no es por eso! —la interrumpió brutalmente—. Es porque en este mundo el
odio es una mercancía barata. Todo el mundo la tiene en venta. ¡Dios mío! ¿Qué
crees que pienso de mí en este momento?
—Él no se merece que pienses así.
—¡Por favor, vete! —gritó Michael con pasión—. Quiero estar solo.
Ella le hizo caso y él volvió a sentarse en la oscuridad del balcón, sintiendo
que lo envolvía una especie de terror. Hizo varias veces un esfuerzo para
levantarse pero acabó frunciendo el ceño y permaneciendo inmóvil. Por fin,
después de largo rato, se puso en pie de un salto, mientras un sudor frío
resbalaba por su frente. La hora anterior y los últimos meses se disolvieron de
pronto y sintió que daba un salto de varios años hacia atrás. Quizás esos años
se hubieran escapado con Charley Hart, su viejo amigo. Charley Hart, que no
tenía otro lugar a donde ir. Michael echó a correr por el balcón, aturdido,
buscando su sombrero y su chaqueta.
—¡Oye, Charley! —gritó.
Por fin encontró la chaqueta y, enfundándosela con dificultad, bajó los
escalones como una tromba. Le parecía que Charley se había marchado sólo unos
minutos antes.
—¡Charley! —gritó al llegar al camino—. ¡Charley, vuelve aquí! ¡Me he
equivocado!
Se calló y prestó atención. No hubo respuesta. Jadeando se lanzó a correr como
un perro por el camino, a través de la noche tórrida.
Apenas eran las ocho y media, pero el campo estaba en absoluto silencio y las
ranas croaban con fuerza en la franja pantanosa que bordeaba el camino. El cielo
estaba débilmente salpicado de estrellas y pronto saldría la luna, pero el
camino se estiraba entre árboles oscuros y Michael no veía nada que estuviera a
más de tres metros. Al cabo de un rato decidió caminar. Una mirada a la esfera
luminosa de su reloj le había bastado para darse cuenta de que el tren de Nueva
York no pasaría hasta una hora después. Tenía mucho tiempo.
A pesar de ello, se puso a correr nuevamente y cubrió en quince minutos el
kilómetro y medio que separaba su casa de la estación. Era una estación pequeña,
humildemente encogida en la oscuridad al borde de las vías brillantes. A un lado
Michael vio las luces de un taxi que esperaba el próximo tren.
El andén estaba desierto y Michael abrió la puerta para mirar dentro de la
turbia sala de espera. Estaba vacía.
—Es curioso —murmuró.
Despertó al chofer del taxi y le preguntó si había visto a alguien esperando el
tren. El chofer lo pensó; sí, había visto a un hombre joven, hacía unos veinte
minutos. Había recorrido el andén durante un rato, fumando, y después se había
perdido en la oscuridad.
—Es curioso —repitió Michael.
Formó un megáfono con las manos y dirigiéndolo hacia el bosque, al otro lado de
la vía, lanzó un grito:
—¡Charley!
No hubo respuesta. Volvió a probar. Después regresó al taxi.
—¿Tiene idea de hacia dónde fue?
El hombre señaló vagamente la carretera a Nueva York, que corría paralela a la
vía.
—Por ahí.
Con creciente inquietud, Michael le dio las gracias y se apresuró a tomar la
carretera, que ahora se blanqueaba bajo la luna. Estaba completamente seguro de
que Charley estaba dispuesto a matarse. Recordó su expresión al volverse y la
mano rígida dentro del bolsillo, como aferrando algún objeto amenazador.
—¡Charley! —gritó con voz terrible.
Los árboles en sombras no respondieron. Pasó frente a una docena de campos
refulgentes como plata bajo la luna, deteniéndose varias veces a gritar y
esperar ansiosamente una respuesta.
Se le ocurrió que era estúpido seguir avanzando en esa dirección; probablemente,
Charley estaría en algún lugar del bosque, cerca de la estación. Tal vez todo
fuera producto de su imaginación y Charley estuviese en ese mismo instante
paseándose por el andén, esperando el tren de la ciudad. Pero un impulso más
allá de toda lógica lo llevaba a seguir en la búsqueda. Más aún, experimentó una
y otra vez la sensación de que delante de él había alguien, alguien que, fuera
del alcance de su mirada y su voz se le escurría en cada curva y sin embargo
dejaba a su paso un aura trágica y tenue. En un momento dado creyó oír pasos
entre las hojas, al lado de la carretera, pero sólo era una hoja de periódico
arrastrada por el débil viento caliente.
Era una noche sofocante, la luna parecía arrojar rayos hirvientes sobre la
tierra abrasada. Michael se quitó la chaqueta y la dobló sobre un brazo sin
dejar de caminar. Ahora tenía a pocos metros un puente de piedra que atravesaba
la vía y más allá una línea interminable de postes de teléfono que se extendían
en perspectiva decreciente hacia un horizonte inabarcable. Bien, llegaría hasta
el puente y después se daría por vencido. Lo habría hecho antes, a no ser por
aquella sensación de que alguien caminaba ligera y velozmente un poco por
delante.
Al llegar al puente de piedra, se sentó sobre una roca, latiéndole el corazón
con fuertes golpes bajo la camisa empapada. No tenía sentido: Charley se había
alejado de su alcance y de su ayuda, tal vez para siempre. A lo lejos, más allá
de la estación, oyó acercarse la sirena del tren de las nueve y media.
Michael se sorprendió preguntándose repentinamente por qué estaba allí. ¿Qué
cuerda sensible de su carácter había tocado Charley en aquellos pocos minutos
para lanzarlo a aquella carrera asustada y sin destino a través de la noche? Lo
habían discutido, y Charley no había sido capaz de darle una razón por la cual
debiera ayudarle.
Se levantó con la idea de regresar, pero antes de volverse se quedó observando
el camino por un minuto bajo la luz de la luna. Después del puente se extendía
la línea de postes y, mientras sus ojos la seguían hasta donde les era posible,
volvió a oír, ahora más cercana y ominosa, la sirena del tren de Nueva York,
elevándose y descendiendo con precisión musical en la noche serena. De pronto,
sus ojos, que habían estado deslizándose por las vías, se detuvieron atraídos
por un punto de la línea de postes, a unos cientos de metros de distancia. El
poste era exactamente igual a los otros y sin embargo poseía algo distinto, algo
indescriptiblemente distinto.
Y al observarlo con la concentración que absorbe a veces la figura en una
alfombra se produjo un extraño efecto en su mente y de pronto lo vio todo bajo
una luz totalmente diferente. Con el murmullo de la brisa le había llegado una
idea que cambiaba por completo el cariz de la situación. Era esto: recordó haber
leído en alguna parte que en cierto momento perdido en la oscuridad del medioevo
un hombre llamado Gerbert había resumido toda la civilización europea. Le
pareció súbitamente claro que él acababa de pasar por una situación semejante.
Por un minuto, un instante del tiempo, toda la piedad del mundo se había
agolpado en él.
Lo comprendió en medio de una conmoción en el espacio de un segundo, y en
seguida supo por qué debería haber ayudado a Charley Hart. Era porque hubiera
sido intolerable vivir en un mundo sin solidaridad, donde cualquier ser humano
pudiera estar tan solo como había estado Charley esa tarde.
Y bien, de eso se trataba, por supuesto: se le había confiado esa oportunidad.
Había ido a buscarlo alguien que no contaba con nadie más, y él se había negado.
Durante todo ese tiempo se había quedado absolutamente inmóvil, con la mirada
fija en el poste de teléfono más allá de la vía, un poste que sus ojos habían
reconocido como distinto a los demás. Ahora la luna brillaba tanto que podía ver
una barra blanca que cruzaba el poste cerca de la punta, y al contemplarla el
poste pareció aislarse, como si los demás se hubiesen esfumado.
De pronto, a una milla de distancia, oyó el traqueteo y el estrépito del tren
eléctrico que abandonaba la estación, y como si el sonido lo hubiera devuelto a
la vida, lanzó un grito entrecortado y echó a correr a toda velocidad por el
camino, hacia el poste de la barra atravesada.
El tren silbó una vez más. Clac—clac—clac. Ahora estaba más cerca, a
seiscientos, a quinientos metros, y cuando pasó por debajo del puente iluminó a
Michael con su faro. No sentía emoción alguna sino mero terror: sólo sabía que
debía llegar al poste antes que el tren, y el poste estaba a cincuenta metros,
apuntando rígidamente al cielo como una estrella.
Al otro lado de la vía no había sendero junto a los postes, pero el tren estaba
tan cerca que decidió no esperar más porque de lo contrario no lograría cruzar.
Se desvió de la carretera, atravesó la vía en dos zancadas y con el ruido del
motor sonándole en los talones se precipitó sobre el campo. Ocho, nueve metros;
mientras el sonido del tren eléctrico se convertía en bramido en sus oídos,
llegó al poste y se llevó por delante al hombre que estaba parado junto a la
vía, arrojándolo al suelo con el impacto de su cuerpo.
Su oído registró un estruendo de acero, el pesado deslizarse de las ruedas sobre
los rieles, un veloz rugido del aire. Un momento después, el tren de las nueve y
media había pasado.
—Charley —balbució incoherente—. Charley...
Una cara lívida lo miró atónita. Michael rodó sobre su espalda y se estiró
jadeando. Ahora, la noche sofocante estaba serena; sólo se oía el murmullo del
tren que se alejaba.
—¡Oh, Dios!
Michael abrió los ojos y vio a Charley sentado, con el rostro entre las manos.
—Está bien —murmuró Michael—. Está bien, Charley. Te prestaré el dinero. No sé
en qué estaba pensando. Después de todo... eres uno de mis más viejos amigos.
Charley meneó la cabeza.
—No lo entiendo —dijo, con la voz quebrada—. ¿De dónde has salido? ¿Cómo has
llegado aquí?
—Te he estado siguiendo. Estaba detrás de ti.
—Hace media hora que estoy aquí.
—Bueno, es una suerte que hayas elegido este poste para... para esperar. Lo
estuve mirando desde el puente. Lo elegí por el travesaño.
Charley se había puesto de pie, tambaleándose, y ahora se alejó unos pasos y
contempló el poste a la luz de la luna.
—¿Qué has dicho? —preguntó un minuto después, con una voz confundida—. ¿Has
dicho que este poste tiene un travesaño?
—Sí, claro. Lo estuve mirando un rato largo. Por eso...
Charley levantó nuevamente los ojos y dudó, extrañado antes de hablar.
—No hay ningún travesaño —dijo.
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