Guy de Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy, París, 1893)


Un cobarde (1884)
(“Un lâche”)
Originalmente publicado en el periódico Le Gaulois (27 de enero de 1884);
Contes du jour et de la nuit
(París: Marpon-Flammarion [coll. Bibliothèque illustrée], 1885, 190 págs.)


      Le llamaban las gentes “el guapo mozo”, y era su nombre José Gontrán de Signoles.
       Huérfano y dueño de una fortuna bastante considerable, “hacía papel”, como suele decirse. Tenía buena figura y elegantes maneras; bastante labia, para dar a entender que no le faltaba ingenio; una gracia natural, un empaque digno y noble, los bigotes largos y los ojos dulces; todo lo necesario para gustar a las mujeres.
       Era solicitado en los salones y deseado por las aficionadas al vals; inspiraba en los hombres singular antipatía que se siente por los caracteres dominantes. Se le achacaban aventuras amorosas de las que dan fama. Vivía feliz, tranquilo, en el bienestar moral más absoluto. Se sabía que tiraba muy bien la espada y pistola.
       —Cuando me provoquen —decía— escogeré la pistola. Con una pistola estoy seguro de matar un hombre.
       Pero una noche, habiendo acompañado al teatro a dos de sus amigas, escoltadas por sus maridos, al salir del espectáculo, las invitó a tomar un helado en Tortoni. Acababan de sentarse cuando reparó que un caballero, desde una mesa próxima, contemplaba obstinadamente a una de sus amigas, la cual, molestada, nerviosa, bajó la cabeza.
       Pero como el impertinente insistiera, la señora dijo a su esposo:
       —Ese hombre me mira fijamente. No le conozco. ¿Es amigo tuyo?
       El marido, que no había reparado nada, se volvió a mirarle y contestó:
       —Jamás lo vi.
       La mujer, a un tiempo sonriente y disgustada, prosiguió:
       —Es molesto: no me deja tomar a gusto mi sorbete.
       El marido, encogiéndose de hombros, añadió:
       —No hagas caso; como si no existiera. Si fuéramos a preocuparnos de todos los necios, no acabaríamos nunca.
       Pero Gontrán se había levantado violentamente, no pudiendo soportar que un cualquiera intentase turbar la digestión de un helado ofrecido por él.
       A él iba directa la provocación, pues a su ruego habían entrado allí sus amigas. El asunto, pues, era de su incumbencia.
       Acercándose al otro, le dijo:
       —Tiene usted un modo intolerable de mirar a una señora. Le ruego que no insista.
       El otro replicó:
       —Déjeme usted en paz.
       Gontrán, apretando los dientes , y estremecido por la cólera, dijo:
       —¡Caballero! ¡Yo no tolero impertinencias!
       El otro solamente pronunció una palabra, una palabra malsonante, que repercutió de punta a punta del café, y, como por efecto de un resorte, hizo volver la cabeza a todos los concurrentes. Los ojos de todos quedaron fijos en un mismo punto; los mozos que servían se detuvieron para mirar; la señora del mostrador echaba el cuerpo fuera, estremecida y curiosa.
       Reinó un solemne silencio. De pronto sonó un chasquido. Gontrán había dado al otro una bofetada. Varios de los presentes se lanzaron a separarlos. Hubo cambio de tarjetas.

* * *

       Cuando Gontrán llegó a su casa estuvo algunos minutos paseando por su habitación. Se hallaba muy agitado para reflexionar. Una sola idea se cernía sobre su espíritu: “El duelo inevitable”, sin que semejante idea despertase todavía ninguna especie de emoción. Había cumplido con su deber. Sería objeto de conversaciones, aprobarían su actitud, le aplaudirían, le felicitarían. Y en voz alta, interrumpiendo sus vanas y superfluas reflexiones, hablando como se habla en los instantes de gran turbación y desconcierto intelectual, decía:
       —¡Qué hombre tan bestia!
       Luego, sentándose, discurrió más lógicamente. Necesitaba salir muy temprano en busca de padrinos. ¿A quién escogería? Buscaba entre todas sus relaciones los hombres más conocidos y mejor reputados. Se fijó, al fin, en el marqués de la Tour-Noire y en el coronel Bourdin; un aristócrata y un militar; resultaba muy bien. Los diarios publicarían juntos los nombres de los tres. Sintió la garganta seca y bebió, uno tras otro, tres vasos de agua. Luego volvió a pasear. Se sentía lleno de energías, atrevido, resuelto a todo, exigiendo condiciones rigurosas, un duelo serio, muy serio, terrible; su adversario, seguramente, viendo su actitud, le daría explicaciones.
       Cogió la tarjeta que había dejado sobre la mesa al sacarla del bolsillo, y la releyó. Ya en el café la había visto por vez primera, y luego en el coche que le llevaba a su casa, muchas veces, a cada mechero de gas; pero por más que la miraba y remiraba, sólo decía:


Jorge Lamil
51, Calle de Moncey


       Estos dos renglones le parecían misteriosos; quería descubrir en ellos, aclarar, mejor dicho, ideas confusas que a su ver encerraban aquellas letras. ¿Jorge Lamil? ¿Quién era ese hombre? ¿A qué se dedicaba? ¿De qué vivía? ¿Por qué miró de tal modo a la señora? ¿No es insufrible que un desconocido turbe nuestra vida cuando se le antoje, porque le plazca de pronto clavar los ojos en una mujer?
       Y Gontrán repitió una vez más en alta voz:
       —¡Qué hombre tan bestia!
       Luego quedó inmóvil, en pie, reflexionando, con la mirada fija en la tarjeta. Una cólera se despertó en él contra la cartulina; una cólera terrible, con la que se mezclaba un extraño sentimiento de malestar. Era estúpido aquello. Clavó un cortaplumas en medio del nombre impreso, como si hubiera dado una puñalada a alguno.
       ¡No había más remedio que batirse! ¿Elegiría la espada o la pistola? Pensaba en elegir armas, creyéndose provocado. Con la espada se corre menos peligro; pero eligiendo la pistola tenía más probabilidades de que su adversario cediera, temeroso de ir al terreno en condiciones tan duras. Un duelo a espada no es posible que resulte mortal, porque la prudencia de los combatientes los mantiene a tal distancia, que nunca se produce una herida honda. Con la pistola se corre un inevitable peligro; pero, proponiéndola, se libraría, seguramente, de tan estúpido lance, y su adversario, dando explicaciones, temeroso, le dejaría en buen lugar.
       Entonces dijo en alta voz:
       —Conviene mostrarse decidido para infundir miedo.
       Su propio acento le hizo estremecer y miró en derredor. Estaba muy nervioso. Bebió nuevamente y comenzó a desnudarse. Ya en la cama, después de apagar la vela, cerró los ojos.
       Y pensaba: “Me queda todo el día para ocuparme del asunto. Puedo aún dormir tranquilamente.”
       Tenía calor, se desvelaba. Volviéndose a un lado y a otra no encontraba postura cómoda. Se revolvía como un condenado.
       Sintió reseca la garganta. Se incorporó para encender luz y beber agua. Una inquietud le sobrecogió:
       “¿Tendré miedo?”, se dijo.
       ¿Por qué su corazón palpitaba con violencia? ¿Por qué todos los ruidos le hacían temblar? Cuando el reloj apuntaba una hora, el escape de la campana le producía frío.
       Tuvo que abrir la boca; se ahogaba, un peso le oprimía.
       “¿Tendré miedo?”, repitió.
       No; él no podía tener miedo; estaba decidido; él no podía tener miedo, porque su resolución era firme: se batiría; ¡ya lo creo que se batiría!
       Pero, sintiendo una turbación profunda, se preguntó:
       “¿Es posible tener miedo, cuando no se quiere tener? ¿El miedo vence a la voluntad?”
       Y le sobrecogió esta duda, esta inquietud, este espanto; si una fuerza más poderosa que su voluntad, una fuerza irresistible, e imperante, le dominara, ¿qué sucedería? Él estaba seguro de ir al terreno, puesto que lo había decidido. Pero ¿lo estaba de no temblar? ¿Y si se desmayaba? ¿Si perdía el conocimiento? Y se preocupó de su compromiso, de su fama, de su nombre.
       De pronto, sintió ansía de levantarse, de mirarse al espejo. Encendió la bujía. Cuando vio reflejado en el espejo su rostro desencajado, apenas lo reconoció; nunca se había visto de tal modo. Sus ojos le parecieron enormes y tristes. Su cutis, como la cera. Estaba pálido, muy pálido; amarillo.
       Estaba inmóvil, en pie, delante del espejo. Sacó la lengua, como sí quisiera enterarse del estado de su salud; y de pronto le hirió, como un balazo, este pensamiento:
       “Pasado mañana, a estas horas, acaso estaré muerto.”
       Y su corazón palpitaba furiosamente.
       “Pasado mañana, a estas horas, acaso estaré muerto. Esta imagen que ante mí se refleja, este yo que veo en el cristal, no existirá. ¿Es posible? Ahora me contemplo, sintiéndome vivir, y pasado mañana, a estas horas, mi cuerpo estará echado en esa cama, inmóvil, rígido, muerto, con los ojos cerrados. Frío, muy frío...”
       Dirigió los ojos hacia la cama, y se vio con claridad tendido boca arriba en las mismas sábanas que acababa de dejar. Tenía ese rostro hundido que tienen los muertos y esa flacidez de las manos que no se moverán más.
       Le dio miedo acostarse, y pasó al gabinete para distraerse. Cogió maquinalmente un cigarro, lo encendió y se puso a pasear. Tenía frío; se acercó a la campanilla para llamar a su criado, pero se detuvo cuando tenía ya el brazo levantado para tirar del cordón
       —Notaría que tengo miedo.
       Y encendió lumbre.
       Sus manos temblaban al tocar los objetos, con temblor nervioso. Su cabeza se desvanecía, sus pensamientos eran bruscos o dolorosos, pero tenues y sin consistencia. Sentía una embriaguez extraña, una inseguridad, como si hubiese bebido.
       Y se preguntaba sin cesar: “¿Qué haré? ¿Qué será de mí?”
       Todo su cuerpo vibraba, sacudido por estremecimientos de angustia. Luego, acercándose a la ventana, abrió las maderas.
       Amanecía; un amanecer de verano. El cielo, enrojecido, bañaba en su luz naciente la ciudad y el campo. Un fulgor semejante a una caricia del sol que asomaba, envolvía el despertar de la vida. Y con aquella luz, entró en el alma de Gontrán una esperanza brutal, alegre, avasalladora. ¿Estaba loco, dejándose dominar por el terror antes que nada se decidiese, antes que sus padrinos vieran a Jorge Lamil, antes de saber si era forzoso batirse?
       Se lavó, se vistió y salió resueltamente.

* * *

      Andando, pensaba: “Es preciso demostrar energía y resolución; muchas energías; probar que no me apuro, que no temo.”
       Los padrinos designados por él se ofrecieron a servirle, y después de estrecharle afectuosamente la mano, discutieron las condiciones.
       El coronel preguntó:
       —¿Desea usted batirse de veras?
       Gontran dijo:
       —Muy de veras.
       El marqués preguntó:
       —¿Tira usted bien a la pistola?
       —Sí.
       —¿Nos deja en libertad para escoger las condiciones?
       Gontrán, con voz seca y entrecortada, articuló:
       —Veinte pasos a lo más y guardia baja. Cambiar disparos hasta que resulte un herido grave.
       El coronel dijo satisfecho:
       —Son condiciones excelentes, y como tira usted bien, son para usted todas las ventajas.
       Los padrinos fueron a cumplir su misión, y Gontrán volvió a su casa, donde los aguardaría. Su intranquilidad, vencida un momento, aumentaba de minuto en minuto. Sentía correrle por los brazos, por las piernas, por el pecho, un estremecimiento, una vibración continua; no podía estar quieto, ni en pie, ni sentado. Se le resecaba la boca, y a cada punto movía ruidosamente la lengua, como para despegarla del paladar.
       Quiso desayunar, pero le fue imposible; no podía tragar. Entonces, pensando en beber para fortalecerse, pidió una botella de ron, tomando, una tras otra, seis copitas.
       Un calor, semejante a una quemadura, le abrasaba las entrañas; la cabeza se le aturdía, y pensó: “Ya tengo el remedio. Esto marcha bien.”
       Pero al cabo de una hora se había bebido toda la botella, y, sin embargo, su agitación era intolerable. Sentía una loca necesidad de tirarse por el suelo, de gritar, de morder.
       Avanzaba la tarde.
       Un campanillazo le sofocó de tal modo, que le faltaron fuerzas para levantarse y recibir cortésmente a sus padrinos.
       No se atrevió a pronunciar un sola palabra, temiendo que notaran su alteración profunda.
       El coronel dijo:
       —Aceptadas todas las condiciones que usted propuso. Nuestro adversario reclamaba la condición de ofendido; pero en seguida se ha conformado a todo. Sus padrinos son dos militares.
       —Gracias —murmuró Gontrán.
       El marqués dijo:
       —Excúsenos usted de que no le acompañemos un rato; pero aún queda mucho que preparar. Hace falta un médico, pues del combate ha de resultar un herido, y ya sabe usted que las balas no son cosa de juego. Hay que ver adónde vamos; un sitio que tenga próxima una casa para conducir a la víctima... Los detalles imprescindibles que faltan aún han de ocuparnos algunas horas.
       —Gracias — murmuró por segunda vez Gontrán.
       El coronel preguntó:
       —¿Está usted seguro, tranquilo?
       —Sí, muy tranquilo. Gracias.
       Los padrinos se retiraron.
       Al hallarse de nuevo solo, creyó enloquecer. El criado había encendido luces, y Gontrán fue a sentarse para escribir cartas. Después de escribir en un pliego de papel: “Este es mi testamento”, sintiendo una sacudida se levantó, incapaz de poner en orden sus ideas, de tomar una resolución, de decidir alguna cosa. ¡Batirse! ¡Y no poder evitarlo! ¿Qué le sucedería? Estaba resuelto a batirse; su intención y su resolución eran irrevocables. Y, a pesar de todo, estaba seguro de no tener la fuerza necesaria para ir al campo y ocupar honrosamente su puesto. Imaginaba el combate, su actitud y la de su adversario, y se veía desmayado, inútil, cobarde.
       Castañeteaban sus dientes. Quiso distraerse leyendo, y cogió el Código del duelo, de Chateauvillard. Luego se hizo esta pregunta:
       “Mi adversario, ¿es un tirador? ¿Es persona conocida? ¿Es hombre de posición social? ¿Aristócrata? ¿Cómo saberlo?”
       Recordó que tenía un libro del barón de Vaux, donde figuraban los nombres de todos los buenos tiradores de Francia. Lo examinó, sin encontrar citado a Jorge Lamil. Pero si ese hombre no estuviera seguro de su puntería no hubiese aceptado inmediatamente el arma exigida en condiciones tan duras.
       Abrió una caja de Gastinne Renette y sacó una de las pistolas. Perfilándose como si fuese a tirar, levantó el brazo. Pero temblaba de pies a cabeza y hacía oscilar el cañón de la pistola.
       Observándolo, se dijo: “Es imposible. No me puedo batir así.”
       Miró a la boca del cañón —el pequeño agujero profundo que vomita muertes— pensando en su deshonra, en las murmuraciones humillantes de los casinos, en las burlas irónicas de los salones, en el desprecio de las mujeres, en las reticencias de los periodistas, en los insultos de los cobardes.
       Miraba la pistola, y levantando el gatillo descubrió el pistón, brillante como un clavo puesto al rojo. Estaba cargada por casualidad, por olvido. y esto le produjo un goce inexplicable y extraño.
       Si él no mantuviese ante su adversario la correcta y noble actitud necesaria en tales ocasiones, quedaría perdido para siempre. Sería tachado, señalado con un signo de infamia y arrojado como un vil de “su mundo”. La correcta y noble actitud indispensable no la conservaría; lo sospechaba. No. Era una seguridad más que una sospecha; ¡no la conservaría! Y, sin embargo, no le daba miedo la muerte; de su decisión era imposible dudar. Pero...
       El pensamiento que imaginó fue interrumpido por una resolución instintiva, y, abriendo la boca, se hundió en ella bruscamente hasta la garganta el cañón de la pistola, y disparó...
       Al entrar su criado, atraído por la detonación, le halló muerto. Un chorro de sangre había salpicado el papel en que poco antes Gontrán escribía:
       “Este es mi testamento....”




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