Guy de Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy, París, 1893)


La madre de los monstruos (1883)
[Otro título en español: “El ladrón”]

(“La mère aux monstres”)
Originalmente publicado en Gil Blas (12 de junio de 1883);
Toine
(París: Marpon-Flammarion, 1886, 308 págs.)


      He recordado aquella horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar el otro día, en una playa muy concurrida por los ricos, a una conocida parisiense, joven, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.
       Mi historia se remonta muy lejos ya en el tiempo, pero estas cosas no se olvidan.
       Me había invitado un amigo a pasar algún tiempo en su casa, en una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores de la comarca, me paseó por todas partes, me hizo ver sus alabados paisajes, los castillos, las industrias, las ruinas; me mostró los monumentos, las iglesias, las viejas puertas esculpidas, árboles de enorme tamaño o de forma extraña, el roble de Saint André y el tejo de Roqueboise.
       Cuando hube examinado entre exclamaciones de benévolo entusiasmo todas las curiosidades de la región, mi amigo me dijo con cara consternada que ya no quedaba nada por visitar. Respiré. Por fin iba a poder descansar un poco a la sombra de los árboles. Pero de pronto lanzó un grito:
       —¡Ah, sí!, tenemos a la madre de los monstruos, te la haré conocer.
       Yo pregunté:
       —¿A quién? ¿A la madre de los monstruos?
       Él prosiguió:
       —Es una mujer abominable, un verdadero demonio, un ser que da a luz cada año, voluntariamente, niños deformes, horribles, espantosos en una palabra, monstruos, y los vende a los exhibidores de fenómenos.
       “Estos horribles industriales vienen de vez en cuando a informarse de si ha producido algún aborto nuevo, y, cuando el tipo les gusta, se lo llevan pagándole una renta a la madre.
       “Tiene once retoños de esa naturaleza. Es rica.
       “Crees que bromeo, que invento, que exagero. No, amigo mío. Sólo te cuento la verdad, la pura verdad.
       “Vamos a ver a esa mujer. Luego te diré cómo ha llegado a ser una fábrica de monstruos”.

       Me llevó a las afueras.
       Aquella mujer vivía en una preciosa casita a la orilla de la carretera. Era agradable y estaba bien cuidada. El jardín lleno de flores olía bien. Se hubiera dicho la morada de un notario retirado de los negocios.
       Una criada nos hizo pasar a una especie de saloncito campesino, y la miserable apareció.
       Tenía unos cuarenta años. Era una mujer alta, de rasgos duros, pero bien constituida, vigorosa y sana, el verdadero tipo de campesina robusta, mitad animal, mitad mujer.
       Era consciente de la reprobación que provocaba y no parecía recibir a la gente sino con una humildad odiosa.
       Preguntó:
       —¿Qué desean los señores?
       Mi amigo replicó:
       —Me han dicho que su último hijo había nacido como todo el mundo, y que no se parecía nada a sus hermanos. He querido cerciorarme. ¿Es cierto?
       Nos lanzó una mirada socarrona y furiosa, y respondió:
       —¡Oh, no! ¡Oh, no!, mi probe señor. Pue que sea más feo entavía que los otros. No tengo suerte, ninguna suerte. Tos así, mi probe señor, tos así, qué desgracia, ¿cómo pue ser el buen Dios tan duro con una probe mujer questá sola en el mundo, cómo pue ser?
       Hablaba deprisa, con los ojos bajos y aire hipócrita, semejante a una bestia feroz que tiene miedo. Suavizaba el tono áspero de su voz, y resultaba sorprendente que aquellas palabras lacrimosas y soltadas en falsete saliesen de aquel corpachón huesudo, demasiado fuerte, de ángulos bastos, que parecía hecho para los gestos vehementes y para aullar a la manera de los lobos.
       Mi amigo preguntó:
       —Querríamos ver a su pequeño.
       Me dio la impresión de que se sonrojaba. ¿Me engañé acaso? Tras unos instantes de silencio, dijo con voz más alta:
       —¿Pa qué les serviría?
       Y había levantado la cabeza, mirándonos de hito en hito con ojeadas bruscas y fuego en la mirada.
       Mi compañero prosiguió:
       —¿Por qué no quiere enseñárnoslo? Hay mucha gente a la que se lo muestra. ¡Ya sabe a quién me refiero!
       La mujer se sobresaltó y, liberando su voz, liberando su cólera, gritó:
       —Díganme, ¿pa eso han venío? ¿Pa insultarme, eh? ¿Porque mis hijos son como animales, verdá? No lo verán, no, no, no lo van a ver; váyanse, váyanse. ¿Por qué tien tos que agonizarme así?
       Avanzaba hacia nosotros, con las manos en las caderas. Al sonido brutal de su voz, una especie de gemido, o más bien un maullido, un grito lamentable de idiota, salió del cuarto contiguo. Me estremecí hasta la médula. Retrocedimos ante ella.
       Mi amigo dijo con tono severo:
       —Tenga cuidado, Diabla (en el pueblo la llamaban la Diabla), tenga cuidado, un día u otro esto le traerá desgracia.
       Ella se echó a temblar de rabia, agitando los puños, trastornada, chillando:
       —¡Váyanse! ¿Qué me traerá desgracia? ¡Váyanse, hatajo de impíos!
       Iba a saltarnos a la cara. Huimos, con el corazón en un puño.
       Cuando estuvimos delante de la puerta, mi amigo me preguntó:
       —¿Y qué? ¿La has visto? ¿Qué te parece?
       Respondí:
       —Cuéntame la historia de esa bestia.
       Y esto es lo que me contó mientras volvíamos con paso lento por la blanca carretera bordeada de mieses ya maduras que un viento ligero, pasando a ráfagas, hacía ondular como un mar en calma.

* * *

      Tiempo atrás, aquella mujer era sirvienta en una granja, laboriosa, formal y ahorradora. No se le conocían novios, no se sospechaba que tuviera ninguna debilidad.
       Cometió un desliz, como hacen todas, una tarde de siega, en medio de las gavillas segadas, bajo un cielo de tormenta, cuando el aire inmóvil y pesado parece lleno de un calor de horno y baña de sudor los cuerpos morenos de mozos y mozas.
       No tardó en sentirse encinta y sufrió la tortura de la vergüenza y del miedo. Queriendo ocultar su desgracia a toda costa, se apretaba el vientre violentamente con un sistema que había inventado, un corsé de fuerza, hecho con tablillas y cuerdas. Cuanto más se le hinchaba el vientre por el esfuerzo del niño al crecer, más apretaba ella el instrumento de tortura, sufriendo el martirio, pero animosa ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar ver ni sospechar nada.
       Lisió en sus entrañas a la pequeña criatura oprimida por la espantosa máquina; lo comprimió, lo deformó, hizo de él un monstruo. Su cráneo aplastado se alargó, brotó de punta con dos gruesos ojos saltones que sobresalían de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron, retorcidos como sarmientos, se alargaron desmesuradamente, rematados por unos dedos semejantes a patas de araña.
       El torso se quedó muy pequeño y redondo como una nuez.
       Parió en pleno campo una mañana de primavera.
       Cuando las escardadoras, que acudieron en su ayuda, vieron el animal que le salía del cuerpo, echaron a correr lanzando gritos. Y por la comarca se difundió el rumor de que había traído al mundo un demonio. Desde entonces la llaman “la Diabla”.

       La echaron de su trabajo. Vivió de la caridad y tal vez de amor en la sombra, porque era buena moza y no todos los hombres temen al infierno.
       Crió a su monstruo, a quien por lo demás odiaba con un odio salvaje y al que tal vez hubiera estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiera amedrentado amenazándola con la justicia.
       Pero cierto día unos exhibidores de fenómenos que estaban de paso oyeron hablar del espantoso aborto y pidieron verlo para llevárselo si les gustaba. Les gustó, y entregaron a la madre quinientos francos al contado. Ella, avergonzada al principio, se negaba a mostrar aquella especie de animal; pero cuando descubrió que valía dinero, que excitaba el deseo de aquella gente, se puso a regatear, a discutir cada céntimo, encandilándolos con las deformidades de su hijo, elevando el precio con tenacidad de campesina.
       Para que no la robasen, hizo un documento con ellos. Y se comprometieron a pagarle además cuatrocientos francos al año, como si hubieran tomado aquel animal a su servicio.
       Esta ganancia inesperada enloqueció a la madre, y desde entonces no la abandonó el deseo de dar a luz otro fenómeno, para conseguir rentas como una burguesa.
       Como era fecunda, consiguió lo que buscaba, y parece ser que se volvió hábil para variar las formas de sus monstruos según las presiones que les hacía sufrir durante el tiempo del embarazo.
       Los tuvo largos y cortos, unos parecidos a cangrejos, otros semejantes a lagartos. Varios murieron; se afligió mucho.
       La justicia trató de intervenir, pero no pudo probarse nada. Así pues, la dejaron fabricar en paz sus fenómenos.
       En este momento tiene once vivos, que le reportan, un año con otro, de cinco a seis mil francos. Sólo le falta uno por colocar, el que no ha querido enseñarnos. Pero no lo conservará mucho tiempo, porque hoy día la conocen todos los titiriteros del mundo, que de vez en cuando vienen a ver si tiene algo nuevo.
       Y hasta monta subastas entre ellos cuando el sujeto lo merece.

* * *

       Mi amigo se calló. Una repugnancia profunda me revolvía el alma, y una cólera tumultuosa, un remordimiento por no haber estrangulado a aquella bestia cuando la había tenido a mano.
       Pregunté:
       —¿Y quién es el padre?
       Me respondió:
       —No se sabe. Él o ellos tienen cierto pudor. Él o ellos se esconden. Quizá comparten los beneficios.

       No pensaba ya en esta lejana aventura cuando el otro día vi, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada de hombres que la respetan.
       Caminaba por la arena del brazo de un amigo, el médico del balneario. Diez minutos más tarde vi a una criada que cuidaba de tres niños enterrados en la arena.
       Un par de pequeñas muletas yacían en el suelo y me emocionó. Entonces me di cuenta de que aquellos tres pequeños seres eran deformes, jorobados, encorvados, horribles.
       El doctor me dijo:
       —Son los productos de la encantadora mujer que acabas de ver.
       Una profunda piedad por ella y por ellos invadió mi alma. Exclamé:
       —¡Oh, pobre madre! ¿Cómo puede seguir riendo?
       Mi amigo prosiguió:
       —No la compadezcas, querido. A quien hay que compadecer es a los pobres pequeños. Ahí tienes los resultados de las cinturas finas hasta el último día. Estos monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe de sobra que arriesga su vida en este juego. ¡Qué le importa, con tal de ser hermosa y amada!
       Y me acordé de la otra, la campesina, la Diabla, que vendía sus fenómenos.




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