Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)
¡Salvada!(1885)
(“Sauveé!”)
Originalmente publicado en el periódico Gil Blas (22 diciembre 1885)
La petite Roque (1885)
La marquesita de Rennedon
entró como una bala que traspasa un cristal, y sin decir palabra
soltó la risa, una risa estrepitosa como la de un mes antes, cuando
anunció a su amiga que hahía engañado a su marido para vengarse,
nada más que para vengarse y sólo una vez, porque su manido era
ciertamente demasiado simple y demasiado celoso
La baronesita de Grangeria dejó
caer sobre el sofá el libro que estaba leyendo y miró a su amiga,
curiosa, con la risa retozando también eu los labios.
Al cabo preguntó:
—¿Qué has hecho de nuevo?
—iOh!, amiguita... Amiguita...
Es muy gracioso..., muy gracioso... Suponte que ya estoy isalvada!
iSalvada! iSalvada!
—¿Cómo salvada?
—Sí, amiguita, isalvada!
—¿De qué?
—¡De mi marido! iSalvada! ¡Libertad!
iLibre! ¡Libre! ¡Libre!
—Cómo libre? ¿Para qué?
—Para divorcianne. Sí; el
divorcio! ¡He asegurado el divorcio!
—¿Te has divorciado?
—No, mujer; todavía, no. iQué
tonta eres! Un divorcio no se realiza en tres horas. Pero ya tengo las
pruebas... Las pruebas... Pruebas de su engaño... Le sorprendí en
flagrante delito!... iYa lo Iengo!
—iOh! Explícamelo. ¿Te
engañaba?
—¡Sí!... Es decir, no ... Es
decir, no y sí... No lo sé. En fin: tengo las pruebas, y esto es lo
esencial.
—¿Cómo hiciste?
—¿Cómo lo hice?... Ahora
verás. iOh! Fuí astuta, pero muy astuta. Hacía tres meses que me
resultaba cada día más odioso, insoportablemente odioso, brutal,
grosero, déspota, innoble. Reflexioné: “Eso no puede seguir así;
necesito divorciarme”. Pero ¿cómo? No era muy sencillo. Hice lo
posible para que me pegara: no pude conseguirlo. Me contrariaba
constantemente obligánme a salir, cuando yo no quería salir, y a
quedanne, cuando no quería quedarme; así me castigaba por mis
provocaciones, haciendo insoportable mi existencia, pero sin tocarme
nn pelo.
“Entonces traté de averiguar si
tenía amantes. Tenía una, pero tomaba mil precauciones para ir a su
casa; y estando en su casa, era imposible sorprenderlos juntos...
Adivina lo que hice”.
—No fo adivino.
—¡Ah! No lo adivinarías por
mucho que pensaras. Rogué a mi hermano que me proporcionase una
fotografía de aquella mujer.
—¿De la amante de tu marido?
Sí. Le costó a Jacobo
trescientos francos; el precio de una... conferencia, desde las siete
a las doce de la noche con cena y todo; a sesenta francos la hora. La
fotografía se la regaló.
—Me parece que la hubiera
conseguido más barata valiéndose de una estratagema cualquiera y
sin..., sin... verse obligado a cargar con el original.
—¡Oh! Es una mujer muy bonita:
no le disgustaba esto a Jacobo. Y, además, yo necesitaba detalles de
su persona, detalles físicos de su cintura, de su pecho, de su color.
iMucbos detalles!
—No fe comprendo.
—Ya verás. Cuando tuve
conocimiento de todo lo que me hacía falta saber, fuíme a casa de
un... ¿cómo le llamaremos?..., de un... hombre de negocios... Ya
sabes... Uno de esos que facilitan toda clase de asuntos... Agentes
de... publicidad y de complicidad... Ya entiendes.
—Sí, casi, casi. Bien, ¿y qué
le dijiste?
—Le dije, presentando aquel
refrato de Clarisa (la de mi marido se llamaba Clarisa): “Caballero,
necesito una doncella de labor que se parezca lo más posible a esta
fotografia. Que sea bonita, esbelta, elegante y aseada. Pagaré lo que
me pidan, aunque me cueste diez mil francos. La necesito para tres
meses nada más.” Al oírme aquel hombre, quedóse muy sorprendido y
me preguntó:
“—La señora quiere una
doncella irreprochable?
“Me ruboricé para responderle.
“—¿Irreprochable?
Irreprochable, sí; que no me robe.
“Insistió el agente:
“—¿Y en otro aspecto?
“No me atreví a contestarle,
pero hice con la cabeza un movimiento que significaba: no. AI punto
comprendí que aquel hombre tenía una sospecha desagradable, y
exclamé sin poder contenerme:
“—Oh, caballero..., es para mi
marido..., que se burla de mi..., que tiene una amante; y pretendo...,
pretendo llevarle a casa una mujer tentadora... Ya lo comprenderá
usted..., para sorprenderle...
Al oírme, aquel hombre no pudo
contener la risa, y en su manera de mirarme entendí que ya no
sospechaba nada horrible; al contrario, me suponía muy astuta.
Hubiera yo jurado que aquel hombre hubiera dado en aquel instante algo
bueno por estrecharme la mano.
“Me dijo:
“—Antes de ocho días
procuraré a usted lo que pide, señora. Y si no le sirviera la que le
envíe, la reemplazaré con otra. Yo respondo eu absoluto del éxito,
y sólo cobraré cuando se haya conseguido lo que usted se propone.
Esta fotograba, ¿es el retrato de la señora en cuestión?
“—Sí, caballero.
“—Una hermosa mujer, de las
que parecen delgadas y están llenitas. ¿Que perfume?
“Al pronto no comprendí,
repitiendo él la pregunta. Sonrió y dijo:
“—Sí, señora; el perfume
acostumbrado es muy esencial para seducir a un hombre, porque le
despierta recuerdos inconscientes que le predisponen al deseo; el
perfume estimula sensaciones vagas y sentimentales en su espíritu le
turba y le acosa, recordándole sus placeres. También sería
conveniente saber los manjares que lo atraen con más frecuencia al
señor cuando come con su amante, para servírselos el día en que se
le prepare la sorpresa. ¡Oh señora, le tenemos pescado, no se nos
escapará!
“Me fuí muy contenta, porque
había tenido la fortuna de tropezar con un hombre muy perspicaz.
A los tres días llegó a casa una
mujer morena, joven, muy hermosa, con expresión a un tiempo modesta y
atrevida, pero con aspecto avispado. Estuvo muy discreta conmigo. Como
yo no sabía quién era, la trataba de señorita, hasta que ella
propuso:
“—La señora puede llamarme
Rosa, de hoy en adelante.
“—Bien Rosa... Y... ¿lo
acepta con gusto?
“—Sí, señora; ya estoy
acostumbrada. Es el octavo divorcio en que intervengo.
“—Perfectamente. ¿Qué tiempo
calcula usted necesario para... eso!
“—¡Ah señora, dependerá del
temperamento del señor! En cuanto lo observe cinco minutos, podré
precisar exactamente.
“—Lo verá usted enseguida;
pero le anticipo que no es un guapo mozo, ni siquiera un hombre
agradable.
“—Eso no importa, señora; ya
he separado otros muy feos. Lo que sí me importa mucho es conocer el
perfume...
“—La Verbena.
“—Mejor que mejor, señora; es
un perfume que me agrada. ¿Podría decirme la señora si la amante
del señor usa camisón de seda?
“—No; de batista, con encajes.
“—Debe de ser una persona
distinguida. Los camisones de seda se han vulgarizado ya mucho.
“—Es cierto.
“—Bien, señora; voy a empezar
mi tarea.
“Así fue; comenzó a servirme
como si no hubiera hecho en su vida otra cosa.
Una hora después llegó mi marido.
Rosa ni alzaba siquiera los ojos para mirarle; pero él clavó en ella
los suyos, atraído por el perfume Verbena.
“En cuanto estuvo solo conmigo
el marqués, me preguntó:
“—¿De dónde ha salido esa
joven?
“—Es mi nueva doncella.
“—¿Quién la trajo?
“—Me la recomendó la baronesa
de la Grangerie, dándome bonísimos informes.
“—¡Ah, es una hermosa
muchacha!
“—¿Te parece?
“—Sí; como doncella es muy
hermosa.
“Yo estaba satisfecha; mi marido
había picado ya en el anzuelo.
“Aquella misma noche Rosa me
dijo:
“—Puedo prometer a la señora
que todo se conseguirá en menos de quince días. El señor es muy
fácil.
“—¡Cómo! ¿Ya lo ha probado?
“—No, señora; pero se
advierte al punto. Ya tuvo tentaciones de darme un beso al pasar junto
a mí.
“—Pero ¿no le dijo nada?
“—No, señora; sólo me ha
preguntado mi nombre, para saber si mi voz era también agradable.
“—Perfectamente, Rosa. Cuanto
más le apresure, mejor.
“—Descuide la señora.
Resistiré nada más el tiempo justo para no desmerecer a sus ojos.
“Al cabo de ocho días, el
marqués apenas ponía los pies en la calle. Yo le veía rondar por la
casa toda la tarde, y lo más significativo para el asunto era que me
dejaba salir a todas horas. Yo estaba fuera casi todo el día para...
dejándole solo y libre.
“—Ya está, señora. Hoy por
la mañana.
“Me sorprendió, y hasta me
impresionó un poco, sobre todo por la manera de participármelo.
Murmuré:
“—Y..., y... ¿quedó
satisfecho?
“—Satisfechísimo. Hace tres
días que me asediaba ya de un modo apremiante; pero no quise
precipitarlo. La señora me advertirá cuando prepare la sorpresa.
“—Sí, sí. El jueves, ¿podrá
ser?
“—El jueves; ya está dicho.
Hasta ese día huiré al señor, para que se ponga ansioso.
“—¿Está usted segura de no
errar el golpe?
“—Segurísima. Prepararé al
señor de tal modo, que sucederá en el momento que a la señora le
convenga.
“—A las cinco en punto.
“—Bueno; a las cinco en punto.
Y ¿en qué sitio?
“—En... mi alcoba.
“—Perfectamente.
“Ya comprenderás lo que hice.
Fui primero a buscar a sus papás; luego, a mi tío Orvelín, el
magistrado del Supremo; después al juez Raplet, el amigo de mi marido.
No les advertí acerca del espectáculo que iban a presenciar. Les
rogué que se acercasen, andando de puntillas, hasta la puerta de mi
alcoba. Y a las ciuno en punto... ¡Ah! ¡Cómo latía mi corazón!
También había hecho subir al portero, para tener un testigo más. Y
mientras la campana del reloj daba las cinco, de pronto abrí la
puerta. ¡Oh! ¡Qué acierto! Estaban en lo más culminante, hija mía.
¡Si hubieras visto la cara de m¡ marido cuando se volvió!... Porque
se volvió a mirarnos, ¡el imbécil! ¡Ah! Fue un lance
divertidísimo. Yo reía..., reía... Papá, enfurecido, quería
golpear al marqués, mientras el portero, siempre sumiso, le ayudaba a
vestirse..., delante de nosotros... ¡Que broma! Y Rosa, estuvo
incomparable... Lloraba..., lloraba perfectamente... Conmovía. Es una
muchacha insustituíble... Si la necesitaras alguna vez, acuérdate.
“Aquí me tienes; he venido a
participártelo inmediatamente. ¡Ya estoy libre! Viva el divorcio!...
Y se puso a bailar, saltando como
loca, mientras la baronesita murmuraba:
—¿Por qué no me invitaste a
ver eso?
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar