Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)
Una venganza (1883)
(“Une vendetta”)
[Otro título en español: “Una Vendetta”]
Originalmente publicado en el periódico Le Gaulois (14 octubre 1883)
Contes du jour et de la nuit (1885)
La viuda de
Pablo Savarini habitaba sola con su hijo en una
pobre casita de los alrededores de Bonifacio. La
población, construida en un saliente de la
montaña, suspendida sobre el mar, mira por encima
el estrecho erizado de escollos de la costa más
baja de la Cerdeña. A sus pies, del otro lado, la
rodea casi enteramente una cortadura de la costa que
parece un gigantesco corredor, el cual sirve de
puerto a las lanchas pescadoras italianas o sardas,
y cada quince días al viejo vapor que hace el
servicio de Ajaccio.
Sobre
la blanca montaña, el montón de casas forma una
mancha más blanca aun, como nidos de pájaros
salvajes acurrucados sobre su roca, dominando aquel
paso terrible en que no se aventuran los barcos
grandes.
El
viento sin reposo fustiga el mar, que golpea sobre
la costa desnuda y se mete por el estrecho, cuyos
dos bordes destruye.
La
casa de la viuda Savarini, abierta al borde mismo de
la costa, abre sus tres ventanas sobre aquel
horizonte salvaje y desolado.
Allí
vivía sola con su hijo Antonio y su perra Ligera,
una perraza flaca con pelos largos y bastos, de la
raza de los perros de ganado, y que servía al joven
para cazar.
Una
tarde, después de una reyerta, Antonio Savarini fue
muerto a traición de una puñalada por Nicolás
Rovalati, que aquella misma noche huyó a Cerdeña.
Cuando
la anciana madre recibió el cuerpo de su hijo, que
dos amigos le llevaron, no lloró, pero se quedó
inmóvil mirándolo; después tendió su arrugada
mano sobre el cadáver y juró vengarlo.
No
quiso que nadie se quedara allí; se quedó sola con
el cuerpo y se encerró acompañada de la perra, que
aullaba de un modo lastimero y no se separaba del
lado de su amo. La madre, inclinándose sobre el
cuerpo de su hijo, con la mirada fija, lloraba
lágrimas silenciosas contemplándolo.
El
joven estaba tendido de espaldas, vestido con su
chaqueta de paño grueso, que se veía desgarrada en
el pecho: parecía dormir, pero se veía sangre por
todas partes: sobre la camisa rota para la primera
cura, en el chaleco, en el pantalón, en la cara, en
las manos; cuajarones de sangre se le habían
quedado entre la barba y los cabellos.
La
madre se puso a hablarle; al oír su voz la perra se
calló.
—Yo
te vengaré, hijo mío; duerme, duerme, descansa,
que serás vengado, ¿entiendes? ¡Tu madre te lo
promete! Y ya sabes que cumple siempre sus promesas.
Después
se inclinó sobre él, poniendo sus labios fríos
sobre los labios del muerto.
Entonces
Lijera se puso a dar unos aullidos largos,
desgarradores, horribles.
Así
siguieron los dos, la mujer y el animal, hasta por
la mañana que enterraron a Antonio Savarini, y ya
nadie se acordó de aquello en Bonifacio.
***
No
había dejado ni hermanos, ni primos, ni ningún
pariente que pudiera vengarlo; sólo su madre. Así
pensaba la anciana, mirando sin cesar un punto
blanco de la costa, que era un pueblecillo sardo,
llamado Longosardo, donde se refugiaban los bandidos
corsos. Éstos poblaban aquella aldea delante de las
costas de su patria, y allí esperaban el momento de
volver. En aquella aldea se había refugiado
Nicolás Rovalati.
Siempre
sola y sentada delante de la ventana, la anciana
pensaba en su venganza. ¿Cómo la llevaría a cabo,
enferma y casi al pie del sepulcro? Pero lo había
prometido, lo había jurado al cadáver; no podía
olvidarlo y no podía esperar. ¿Qué haría? No
dormía ninguna noche, ni tenía sosiego ni reposo.
La perra, echada a sus pies, la miraba, y a veces
levantaba la cabeza y ladraba. Desde que su amo no
estaba allí, no hacía otra cosa.
Una
noche que Ligera parecía llamar a su amo, la
anciana tuvo una idea salvaje, vengativa, feroz; lo
meditó hasta la mañana, y cuando fue de día se
fue a la iglesia. Allí, de rodillas, pidió a Dios
que la ayudara y sostuviera, dándole fuerzas para
vengar a su hijo.
Volvió
a su casa y ató a la perra con una cadena; el
animal aulló todo el día y toda la noche, y la
anciana sólo le dio agua, nada más que agua.
Pasó
el día, y la perra, extenuada, dormía; por la
mañana tenía los ojos relucientes, el pelo
erizado, y tiraba sin cesar de la cadena.
La
anciana no le dio de comer, y la perra, furiosa,
ladraba sin cesar, y así pasó otro día y otra
noche; a la mañana siguiente, la Savarini fue a
casa de un vecino a rogar que le dieran un costal de
paja. Cogió un traje viejo que había sido de su
marido, lo rellenó hasta que pareció ser un cuerpo
humano, y luego lo clavó en un palo delante del
sitio donde la perra estaba encadenada. Después le
puso una cabeza de trapos.
La
perra, sorprendida, miraba aquel hombre de paja y
callaba, aunque la devoraba el hambre.
Entonces
la vieja se fue a buscar en casa del carnicero un
gran pedazo de morcilla negra, volvió a su casa y
la puso a asar. Ligera, enloquecida, estaba
echando espuma con los ojos fijos sobre el embutido.
La
vieja hizo con el asado una corbata al hombre de
paja, y se la ató bien fuerte; después soltó a la
perra.
De
un salto formidable, el animal alcanzó la garganta
del maniquí, y con las patas sobre los hombros se
puso a desgarrarlo. Cuando arrancaba un pedazo se
bajaba y se lanzaba luego por otro, metiendo su
hocico entre las cuerdas y arrancando los pedazos de
morcilla.
La
vieja, inmóvil, miraba con los ojos brillantes;
después volvió a atar a la perra, la hizo ayunar
otros dos días y volvió a repetir aquel extraño
ejercicio.
Durante
tres meses la acostumbró a aquella especie de
lucha, a aquella comida conquistada a mordiscos. Ya
no la ataba; pero con un gesto la hacía lanzarse
sobre el maniquí. Le había enseñado a
desgarrarlo, a devorarlo, hasta cuando no tenía la
comida en el cuello. Luego le daba como recompensa
la morcilla asada.
Desde
que veía al maniquí, Lijera se estremecía
y miraba a su ama, que le decía:
—¡Anda!
—con una voz aguda y levantando el dedo.
***
Cuando
lo juzgó oportuno, la Savarini confesó y comulgó
un domingo con mucha devoción, y luego se puso un
traje de hombre y se embarcó en la barca de un
pescador, que la condujo al otro lado de la costa,
acompañada de su perra.
Llevaba
en un saco un gran pedazo de asado que le hacía
oler a la perra, la cual hacía dos días que
ayunaba.
Entraron
en Longosardo, y acercándose a una panadería,
preguntó por la casa de Nicolás Rovalati. Éste,
que era de oficio zapatero, trabajaba en un rincón
de su tienda.
La
vieja empujó la puerta y dijo:
—¡Eh,
Nicolás!
Él
se volvió, y entonces, soltando la perra, dijo:
—¡Anda!
¡Anda! ¡Come! ¡Come!
El
animal, enloquecido, se lanzó y lo mordió en la
garganta. El hombre tendió los brazos y rodó por
tierra; durante algunos segundos se retorció,
golpeando el suelo con los pies; después quedó
inmóvil, mientras Ligera le apretaba el
cuello, que luego arrancaba en pedazos.
Dos
vecinos recordaron después haber visto salir de la
casa del muerto a un pobre viejo con un perro que
comía unos pedazos negros que le daba su amo.
Por
la tarde la vieja volvió a su casa, y aquella noche
durmió muy bien.
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