Nikolái Gógol
(Sorochintsy, Ucrania, 1809 - Moscú, 1852)


El capote (1842)
(“Шинель”)
Повести (1835-1842 гг.)
(San Petersburgo, 1842)



      En el negociado de… pero mejor no decir cuál, pues nadie más puntilloso que el personal de negociados, regimientos, oficinas y demás instituciones oficiales. Ahora cualquier particular considera que ofender a su persona es ofender a toda la sociedad. Al parecer, no hace mucho llegó una petición en la que el jefe de policía de no recuerdo qué ciudad exponía sin ambages que las instituciones públicas se hallaban en peligro de muerte y que el sagrado nombre de él se pronunciaba en vano. Y como prueba adjuntaba el enorme mamotreto, de una novela de corte romántico, en la que a cada diez páginas apareció un jefe de policía, a veces, lo que es más, completamente borracho. Así es que, para evitarnos disgustos, llamaremos al negociado en cuestión cierto negociado.
       Pues bien, en cierto negociado prestaba sus servicios un funcionario, un funcionario sin nada de particular: era bajito, algo picado de viruelas, algo pelirrojo, incluso algo cegato, con una pequeña calva en la frente, arrugas en ambas mejillas y con ese color de piel que suelen llamar hemorroidal… ¡Qué se le va a hacer! La culpa es del clima de Petersburgo. En cuanto a su categoría (porque en este país antes que nada hay que anunciar la categoría), era lo que se llama un consejero titular permanente, rango del cual, como ya se sabe, hicieron burlas y chanzas hasta la saciedad diversos escritores de los que suelen ensañarse en quienes no pueden morder. El funcionario se apellidaba Bashmachkin [bashmak es zapato]. Como el propio nombre indica, provenía de la palabra zapato; pero cuándo, en qué época y de qué forma había derivado del zapato, es algo que se desconoce por completo. Su padre, su abuelo e incluso su cuñado, todos ellos Bashmachkin de pura cepa, usaban botas, a las que sólo tres veces al año echaban medias suelas. Su nombre era Akakiy Akákievich. Tal vez el lector lo encuentre un tanto raro y rebuscado, pero podemos asegurarle que no fue buscado en absoluto, sino que se dieron por sí mismas circunstancias que hicieron de todo punto imposible ponerle otro nombre, y que fueron como sigue: Akakiy Akákievich nació, si la memoria no me falla, un 23 de marzo, al anochecer. Su madre, que en paz descanse, esposa de un funcionario y mujer de buenos sentimientos, se dispuso a bautizar, como está mandado, al niño: aún permanecía en la cama, justo frente a la puerta, y a su derecha se hallaba el padrino, Iván Ivánovich Yeroshkin, excelentísima persona, que trabajaba de secretario en el Senado, y la madrina, Arina Semiónovna Bielobriúshkova, esposa de un comisario de distrito y mujer de raras virtudes. Dieron a la parturienta tres nombres a elegir: Miqueas, Sosias o, si prefería, el nombre de Cosdasato, mártir. “No —pensó la difunta—, son todos nombre muy… así”. Para complacerla abrieron el calendario por otra página; salieron estos otros tres nombres: Trifilio, Teodulo y Varacasio. “Vaya tormento —musitó la buena mujer—: ¡Qué nombres! Juro que jamás he oído nada igual. Si fuera Varadato o Baruch, aún; pero mira que Trifilio y Varacasio…” Abrieron otra página y aparecieron Pausicacio y Vactisio. “Estoy viendo —dijo la infeliz— que lo tenía escrito en su destino. Si es así, más vale que se llame como su padre. Si su padre fue Akakiy, que Akakiy sea el hijo”.
       Y resultó Akakiy Akákievich. El niño fue bautizado; por cierto, que se echó a llorar e hizo un mohín, como si presintiera que acabaría siendo consejero titular. Fue así como ocurrió todo.
       Hemos expuesto esto para que el lector mismo se cerciorara de que fue cosa inevitable y que resultó de todo punto imposible ponerle otro nombre.
       Cuándo y en qué época entró en el negociado y quién lo colocó allí, era algo que nadie lograba recordar. Los muchos directores y jefes que se fueron sucediendo le veían siempre en el mismo sitio, en la misma postura, con el mismo cargo, siempre copiando; de esta forma, con el tiempo llegaban a creer que había nacido así, calvo y con el uniforme puesto. En el negociado no se le tenía ningún respeto. Los ordenanzas dejaron de levantarse a su paso, y ni siquiera le miraban, igual que si una mosca hubiera cruzado la antesala. Los superiores le daban un trato frío y despótico. Un subsecretario cualquiera le metía en las narices los papeles, sin ni siquiera decirle: “Saque copia” o: “Aquí tiene un asunto curioso”, o algunas de las atenciones habituales en las oficinas de buen tono. Pero él aceptaba sin fijarse más en el documento, sin reparar en quién se lo había traído ni en si tenía derecho a ello. Lo cogía y se ponía inmediatamente a escribir.
       Los funcionarios jóvenes le tomaban el pelo desplegando todo su ingenio burocrático; incluso en su presencia contaban historietas inventadas sobre él y sobre su patrona, una anciana de setenta años de la que decían que le pegaba; le preguntaban que cuándo era la boda; hacían volar sobre su cabeza trocitos de papel y decían que era nieve. A esto Akakiy Akákievich no replicaba una palabra, igual que si estuviera solo, y ni siquiera se distraía de su labor: por insistentes que fueran todas esas molestias, no cometía ni una falta. Sólo cuando la broma se volvía insoportable, cuando le daban un empujón en el codo, impidiéndole trabajar, decía: “Déjenme, ¿por qué me ofenden?” Había algo extraño en las palabras y en la voz con que las profería. Se escuchaba en ellas algo tan lastimero, que un joven recién incorporado, el cual, siguiendo el ejemplo de los demás se había permitido burlarse de él, se detuvo de pronto, como fulminado, y desde entonces todo pareció cambiar a sus ojos y se le ofreció bajo un aspecto distinto. Una extraña fuerza le distanció de sus compañeros, a quienes, al conocerlos, había considerado personas decentes y educadas. Y mucho tiempo después, aun en los momentos más alegres, seguía imaginándose al funcionario pequeñito y calvo con su penetrante: “Déjenme, ¿por qué me ofenden?”, y en esas conmovedoras palabras escuchaba estas otras: “Soy tu hermano”. Y el pobre joven se cubría los ojos con las manos, y a menudo, durante el resto de su vida, habría de estremecerse al comprobar cuánto hay de inhumano en el hombre, cuánta grosería brutal se oculta tras la cortesía refinada y culta, incluso, ¡Dios mío!, en las personas tenidas por nobles y decentes.
       Hubiera costado encontrar un hombre tan entregado a Su quehacer. Decir que lo hacía con celo, sería poco; no: él trabajaba con amor. Allí, en ese copiar de papeles, descubría un mundo variado y ameno. El placer se dibujaba en su cara; tenía algunas letras favoritas, y, cuando llegaba a ellas, no cabía en sí de gozo, reía hacía ruidos, y se ayudaba con los labios, al punto de que en la cara, se le habría podido leer las letras que iba trazando la pluma. Si su celo hubiera sido premiado, él, para sorpresa suya, tal vez habría llegado a consejero estatal [o quinto rango del escalafón]; pero lo único que ganó fue, como decían sus compañeros chistosos, un botoncillo en la solapa y hemorroides detrás. Mas sería incorrecto decir que no le hubieran mostrado ninguna atención. Un director, que tenía buen corazón y quería premiar sus muchos años, de servicio, mandó encargarle un trabajo más importante que él de simple copia; concretamente se trataba de reelaborar un documento y enviarlo a otro departamento gubernamental; sólo se requería darle otro encabezamiento y cambiar el tiempo de algunos verbos, de la primera a la tercera persona. Esto le supuso tal esfuerzo, que quedó empapado de sudor, hasta que, después de mucho enjugarse la frente dijo: “No, más vale que me den algo que copiar”. Desde entonces y para siempre sólo le dieron trabajos de copia. Parecía que, aparte de ellos, nada existía para él.
       La indumentaria no le preocupaba en absoluto: su uniforme ya no era verde, sino de un tono pardo, harinoso. El cuello le quedaba tan estrecho y bajo, que, aunque Akakiy Akákievich no era cogotudo, el pescuezo le asomaba y parecía larguísimo, igual que el de esos gatitos de escayola que menean la cabeza y que portan en bandejas, por docenas, los buhoneros extranjeros. Y no había vez que no llevara algo pegado al uniforme; una brizna o una hilacha; además se daba una maña especial, por la calle, para pasar debajo de las ventanas en el preciso instante en que arrojaban la basura, por eso siempre llevaba en el sombrero cáscaras de sandía, de melón y otras inmundicias por el estilo.
       Nunca en su vida detuvo la vista para observar el trajín diario de la calle, como hacía uno de sus colegas, joven funcionario de vista tan penetrante, que incluso advertía si alguien, en la acera de enfrente, llevaba descosida la trabilla, cosa que siempre ponía en su cara una mueca socarrona. Pero Akakiy Akákievich, incluso si miraba, en todo veía únicamente sus renglones impecables, hechos con su caligrafía tan igual, y sólo si un caballo, salido no se sabe de dónde, le ponía los ollares sobre el hombro y le resoplaba en toda la cara, sólo entonces caía en la cuenta de que no se hallaba en mitad de un renglón, sino, más bien, en mitad de la calle.
       Nada más llegaba a casa, se sentaba sin demora a la mesa, engullía apresuradamente y sin paladearla una sopa de berzas y un trozo de carne de ternera con cebolla tragándolo con moscas o con cualquier otra cosa que Dios quisiera echarle en el plato. Cuando sentía lleno el estómago, dejaba la mesa, sacaba el tintero y se ponía a copiar papeles que se traía de la oficina. Cuando no los tenía, copiaba, para deleite propio, algún documento relevante, no por la belleza de estilo, sino por ser el destinatario algún personaje nuevo o importante.
       Incluso en las horas cuando el cielo gris de Petersburgo se apaga por completo y el funcionariado tiene repleto el estómago, cada cual con arreglo a sus gustos y posibilidades; cuando todo descansa, tras el rasgeo de plumas en la oficina, del ajetreo, del bullicio propio y ajeno y de todo lo que el hombre zaragatero se impone por propia voluntad, e incluso en mayor medida de lo necesario; cuando los funcionarios se apresuran a rendir al ocio el tiempo restante: los más despabilados, en el teatro; otros, en la calle, a solazarse contemplando ciertos sombreritos; otros en una tertulia donde pasar el tiempo diciendo cumplidos a una señorita mona, estrella de la parva tertulia de funcionarios; y unos últimos, los más, van a visitar a un compañero que vive en un cuarto o un tercer piso, en dos pequeñas habitaciones con pasillo o cocina, con algún que otro pujo de estar al día, una lámpara o alguna otra cosilla comprada con muchos sacrificios y renuncias a comidas y a diversiones; en fin, incluso a la hora en que todos los funcionarios se dispersan por los pequeños pisos de sus amigo para echar una animada partida de whist y tomarse un té en vaso con galletas baratas según dan chupadas a sus largas pipas y, mientras reparten las cartas, cuentan algún chisme que les ha llegado de la alta sociedad —a lo que nunca y en ninguna circunstancia un ruso es incapaz de renunciar—, o incluso, cuando no hay de qué hablar, echan mano del eterno chascarrillo del policía al que vienen a comunicar que al caballo de la estatua de Falconet [es decir, la estatua de Pedro el Grande] le han arrancado la cola; en una palabra, cuando todo el mundo procura pasarlo bien, Akakiy Akávievich no se entrega a ninguna diversión.
       Nadie habría podido decir que le había visto en una fiesta. Después de deleitarse con la caligrafía, se acostaba, sonriendo de antemano al pensar en el día siguiente: ¿qué le enviaría Dios mañana para copiar?
       Así transcurría la pacífica existencia de un hombre que con cuatrocientos rublos de sueldo estaba satisfecho de su destino y tal vez habría llegado a edad provecta, de no estar sembrado de tantas calamidades el camino de un consejero, no ya del titular, sino hasta del privado, del numerario, del áulico, e incluso del que ni da consejos ni los admite.
       Hay un formidable enemigo en Petersburgo de los que tienen unos ingresos anuales de cuatrocientos rublos, rublo arriba, rublo abajo. Ese enemigo no es otro que el frío norteño, del que., todo hay que decirlo, también se afirma que es muy sano. Pasadas las ocho de la mañana, precisamente a la hora en que las calles se pueblan de los que se apresuran a sus oficinas, sacude uno capirotazos tan recios y punzantes en toda nariz, sea ésta de quien sea, que los pobres funcionarios no saben, decididamente, dónde meterla. A una hora en que el frío produce, incluso en los altos dignatarios, dolor en la frente y lágrimas en los ojos, los pobres funcionarios a veces no tienen ninguna defensa. Su única salvación es cruzar al trote, embutidos en su triste capote, las cinco o seis calles, y, después, dar abundantes saltitos en el vestíbulo, hasta tanto no se descongelen todas las habilidades y aptitudes necesarias para la labor burocrática, que se les quedan heladas en el trayecto.
       Akakiy Akákievich, de un tiempo a esta parte, había comenzado a notar como un fuerte ardor en la espalda y en los hombros, pese a que procuraba recorrer lo más rápidamente posible la distancia correspondiente. Finalmente se le ocurrió atribuirlo a algún desperfecto de su gabán. En efecto, tras un exhaustivo examen en casa, descubrió que en dos o tres sitios, precisamente en la espalda y en los hombros, el paño se había vuelto como de gasa: estaba tan gastado, que se veía el trasluz, y el forro se deshilachaba. Sépase que el capote de Akakiy Akákievich era otro blanco de las burlas de los funcionarios; incluso le privaban del noble nombre de capote para denominarlo “la bata”. Aunque, justo es reconocerlo, su hechura era muy rara: el cuello cada año se quedaba más corto, al ser utilizado para echar remiendos a otras partes. Y, como los remiendos no eran un dechado de buena costura, se veía chapucero y feo.
       Comprobado lo que ocurría, Akakiy Akákievich decidió llevar el gabán a Petróvich, un sastre instalado allá, en un quinto piso con entrada por la escalera de servicio, y que, pese a ser tuerto y estar acribillado de viruelas, se dedicaba con bastante fortuna al arreglo de pantalones y chaquetas de la grey funcionaría y de otra condición, naturalmente si en ese momento estaba sobrio y no andaba embebecido en algún otro proyecto. En realidad, de este sastre no hay mucho que decir; pero, como está dispuesto que en toda novela se presente con claridad meridiana el carácter del personaje, no queda más remedio que sacar a relucir también al tal Petróvich. Primero se llamó Grigori, a secas, y era siervo de no sé qué noble; cuando recibió la carta de libertad, comenzó a llamarse Petróvich y a beber, y bastante, los días de fiesta: al principio, en las de guardar, y, después, en todas, sin distinción, con tal que tuvieran una cruz en el calendario. Por este lado era fiel a las Costumbres de sus antepasados y, cuando discutía con su esposa, la llamaba hereje y alemanota. Una vez mencionada la esposa, se hace necesario decir un par de palabras sobre ella; lamentablemente de ella se sabía poco, salvo que Petróvich tenía una esposa que usaba cofia en vez de pañoleta; pero, al parecer, no podía presumir de belleza; por lo pronto, los únicos que al encontrarse con ella le miraban por debajo de la cofia eran los soldados de la guardia, que torcían el mostacho y soltaban una exclamación muy especial.
       Mientras subía la escalera que conducía hasta el piso de Petróvich —que, en honor a la verdad, estaba inundada de lavazas y fuertemente impregnada de ese olor espirituoso que da picor de ojos y que, como es notorio, es consubstancial a todas las escaleras de servicio de Petersburgo—, mientras subía esa escalera, Akakiy Akákievich ya iba pensando en el precio que podía pedirle Petróvich, y se prometió mentalmente no darle más de dos rublos.
       La puerta estaba abierta, porque la dueña, que estaba friendo pescado, había llenado la cocina de humo hasta el punto de que yo no se veían ni las cucarachas. Akakiy Akákievich atravesó la cocina sin ser visto por la dueña y entró por fin en la habitación, donde vio a Petróvich sentado en una amplia mesa de madera cruda, con las piernas cruzadas como un bajá turco. Iba descalzo, como acostumbran los sastres durante el trabajo, y lo primero que saltaba a la vista era el dedo pulgar, que Akakiy Akákievich conocía muy bien, de uña deforme, gorda y dura como concha de tortuga. Del cuello le colgaba una madeja de seda e hilos, y sobre sus piernas había unos harapos. Llevaba unos tres minutos intentando enhebrar la aguja y, como no atinaba, estaba muy enfadado con la oscuridad e incluso con el hilo, y refunfuñaba a media voz: “¡No entra, el muy canalla; me tienes hasta la coronilla, bandido!”. Akakiy Akákievich se sentía muy incómodo por llegar en el preciso instante en que Petróvich estaba de mal humor: si hacía algún encargo, prefería que estuviera achispado o, como se expresaba su esposa, “en poder del aguardiente, el tuerto del demonio”. En ese estado Petróvich era muy propenso a ceder, asentía e incluso hacía reverencias y daba las gracias. Bien es verdad que después se presentaba la mujer para quejarse de que, borracho, el marido había puesto un precio demasiado bajo; pero solía bastar con diez kopeks de aumento para que la cosa se solucionara a gusto de todos.
       Ahora, al parecer, Petróvich estaba sobrio y, por lo tanto, difícil, intransigente y dispuesto a cargar la mano. Akakiy Akákievich se lo olió y quiso batirse en retirada, como suele decirse, pero el asunto ya estaba comenzado. Petróvich clavó en él su único ojo y Akakiy Akákievich musitó involuntariamente:
       —¡Hola, Petróvich!
       —¡Tenga usted buenos días, caballero! —repuso el sastre y desvió el ojo en dirección a las manos de Akakiy Akákievich, con el deseo de descubrir qué prenda le traía.
       —Pues aquí me tienes Petróvich; vengo, ya sabes…
       Sépase que Akakiy Akákievich solía expresarse por medio de preposiciones, de adverbios y, finalmente, de palabras sin significado concreto. Si algo le cohibía, ni siquiera llegaba a acabar la frase, y muchas veces comenzaba diciendo: “Bien mirado eso es cosa que quizá…” y se detenía, olvidándose de continuar, convencido de que ya había dicho cuanto tenía que decir.
       —¿Qué es eso? —dijo Petróvich, mientras su único ojo escudriñaba el uniforme, desde el cuello a las mangas, pasando por la espalda, los faldones y los ojales, todo lo cual conocía sobradamente, porque era labor suya.
       Es lo que suelen hacer los sastres, nada más verte.
       —Pues yo, eso, Petróvich… el capote, ya sabes, el paño… fíjate como está en los demás sitios: sanísimo; con algo de polvo, que parece como viejo, pero es nuevo, sólo que en un sitio está algo… aquí, en la espalda, y aquí un poco gastado, en el hombro, y en este otro hombro otro poco; cosa de nada. No es mucho trabajo…
       Petróvich tomó la bata, la extendió primero sobre la mesa, la observó un buen rato, meneó la cabeza y alargó la mano hacia la ventana para alcanzar una tabaquera redonda con el retrato de un general, que no se sabía muy bien quién era, porque el lugar de la cara había sido perforado con un dedo y pegado con un trozo de papel. Aspiró el rapé, desplegó el capote entre las manos, lo miró al trasluz y volvió a menear la cabeza. Después lo volvió del lado del forro, de nuevo agitó la cabeza y destapó la tabaquera del general pegado con papel, atacó la nariz con el rapé, cerró la cajita, la guardó y, finalmente, dijo:
       —¡No, esto no tiene arreglo, se cae de viejo!
       Al oír estas palabras, a Akakiy Akákievich le dio un vuelco el corazón.
       —¿Por qué no va a tener arreglo, Petróvich? —dijo con voz casi implorante, de niño—. Sólo está un poco gastado en los hombros, ya tendrás por ahí algún retal…
       —Claro, siempre hay algún retal, retales se encuentran —dijo Petróvich—; pero es que ya no aguanta: está podrido; esto, con que le arrimes la aguja, se deshace.
       —¿Y qué? Tú le pones encima un remiendo.
       —Es que no hay dónde poner el remiendo, no tiene dónde agarrar, es mucho desgaste. De paño no le queda más que el nombre; esto se va de un soplo.
       —Tú sujétalo, hombre. Que tampoco es eso…
       —No —dijo Petróvich con decisión—: no hay nada que hacer. Está muy mal. Es mejor que, cuando venga el frío, se haga usted con ello pantorrilleras, porque los calcetines no calientan como es debido. Los calcetines se los inventaron los alemanes para sacar dinero (Petróvich no desperdiciaba ocasión de cargar contra los alemanes); pero el capote tendrá que hacérselo nuevo.
       Al oír la palabra “nuevo”, a Akakiy Akákievich se le formó como una neblina en los ojos, y todo lo que había en la habitación comenzó a tornarse borroso. Lo único que veía claro era al general de la cara tapada por el papel de la tabaquera de Petróvich.
       —¿Cómo que nuevo? —dijo cual en sueños todavía—. No tengo dinero para eso.
       —Sí, nuevo —dijo Petróvich con brutal cachaza.
       —Es que, uno nuevo, seguro que saldría por…
       —¿Qué, cuánto costaría?
       —Eso.
       —Habría que echarle unos ciento cincuenta, largos —dijo Petróvich y frunció significativamente los labios. Los golpes de efecto le encantaban; era muy aficionado a aturullar a alguien para, después, observar de reojo la cara de desconcierto del otro.
       —¡Ciento cincuenta un capote! —exclamó el pobre Akakiy Akákievich.
       Y tal vez era la primera exclamación de su vida, pues nunca había dicho una palabra más alta que otra.
       —Sí, señor —dijo Petróvich—. Y eso, según qué capote. Si le pone cuello de marta y le forra de seda la capucha, pues puede salirle muy bien en doscientos.
       —Petróvich, por favor —imploró Akakiy Akakievich, sin oír ni intentar oír las palabras de Petróvich ni su significado—, haz que dure algo más.
       —No, hombre, no: sería trabajar en balde y tirar el dinero —dijo Petróvich.
       Tras esas palabras, Akakiy Akákievich marchó totalmente aplastado. Después de que hubiera salido, Petróvich permaneció aún un buen rato apretando los labios significativamente y sin reanudar el trabajo, satisfecho de haber estado a la altura y de no haber traicionado al oficio de la confección.
       Salió a la calle Akakiy Akákievich como soñando. “Menudo —decía para sí—. De verdad no esperaba que saliera algo semejante…” Y después, tras un breve silencio: “Vaya, vaya, mira tú lo que resulta, y a mí ni me hubiera pasado por la cabeza que saliera una cosa así”. A eso siguió otro prolongado silencio, tras el cual pronunció: “¡Vaya, hombre! eso sí que de verdad me pilló por sorpresa, que… eso si que de ninguna manera… ¡Menuda situación!”. Dicho lo cual, y en lugar de dirigirse a su casa, marchó, sin advertirlo, en dirección contraria.
       Mientras caminaba, un deshollinador le rozó con Su costado sucio y le puso todo el hombro negro; y desde lo alto de una casa en obras le cayó encima el contenido de un capacho de cal. Pero él ni se enteró; sólo cuando tropezó con un guardia, que, dejando a un lado la alabarda, echaba en la callosa mano tabaco de un cuerno [N. del A.: una tabaquera hecha de un cuerno vaciado], se recuperó un poco, y sólo porque el guardia le dijo: “¡Que te me echas encima! ¿No tienes bastante acera?” Éso le hizo volver en sí y tomar la dirección de su casa.
       Sólo ahí logró poner en orden sus ideas; vio con toda claridad su situación real, y comenzó a hablar consigo mismo, pero ya no a trompicones, sino con lenguaje lógico y sincero, como quien habla con un amigo sensato, con quien se pueden tratar temas íntimos y confidenciales. “Que no —dijo Akakiy Akákievich—, que éste no es momento de hablar con Petróvich: él ahora, eso… seguro que la mujer le ha zurrado. Mejor si me presento el domingo, por la mañana: después de la velada del sábado, seguro que andará medio dormido y no verá claro, y, como tendrá que quitarse la resaca y la mujer no le habrá dado dinero, iré yo entonces, le pondré en la mano diez kopeks y ya verás como está más razonable, y entonces el capote, pues eso…”
       Así razonaba Akakiy Akákievich para sus adentros y se daba ánimos. Esperó al domingo siguiente y cuando vio, de lejos, que la mujer de Petróvich salía de casa, se metió directamente en la vivienda. Efectivamente, después del sábado Petróvich bizqueaba de mala manera, mantenía la cabeza caída hacia el suelo y no se aguantaba de sueño; pero, nada más se dio cuenta del asunto, fue como si le hubiera empujado el diablo.
       —Que es imposible —dijo—, tendrá usted que hacerse uno nuevo.
       En ese instante Akakiy Akákievich le puso los diez kopeks en la mano.
       —Muy agradecido, señor, me entonaré un poco a su salud —dijo Petróvich—; en cuanto al capote, esté tranquilo: no sirve ya para nada. Yo le haré uno nuevo, que le va a sentar impecable; eso corre de mi cuenta.
       Akakiy Akákievich hizo otro intento de hablar de la reparación, pero, sin dejarle terminar, Petróvich dijo:
       —Le haré uno nuevo, eso sin falta; usted confíe en mí, que pondremos todo lo que sabemos. Incluso podríamos hacer, como se lleva ahora, que el cuello se abroche con gafetes plateados.
       En ese instante Akakiy Akákievich comprendió que le sería imposible prescindir de un nuevo gabán y sintió que el mundo se le venía encima. Pues ¿cómo… lo encargaba? Es verdad, en parte podía confiar en algunas primas y recompensas por las fiestas; pero ese dinero hacía tiempo que lo tenía dispuesto y repartido de antemano. Necesitaba unos pantalones nuevos, pagar al zapatero una antigua deuda por las medias suelas nuevas, a las botas viejas; además, debía encargar a la costurera tres camisas y dos juegos de esas prendas interiores que no es decoroso poner en letra de molde. En una palabra, ya tenía todo el dinero distribuido; es más, aun cuando el director del negociado fuera tan generoso que en lugar de los cuarenta rublos de primas le diera cuarenta y cinco o cincuenta, lo que le quedara sería, en comparación con el capital que necesitaba para el capote, como una gota en el mar.
       Cierto, él sabía que a veces a Petróvich le daba el pronto por fijar cantidades tan disparatadas, que incluso su mujer, en alguna ocasión, sin poder contenerse, gritaba: “¡Tú has perdido el juicio, orate! ¡Otras veces haces el trabajo gratis, y ahora el diablo te lleva a pedir un precio que ni tú mismo vales!”.
       Por supuesto, él sabía que Petróvich estaría dispuesto a hacerlo por ochenta; pero ¿de dónde sacar aun esos ochenta rublos? La mitad, todavía…; la mitad aún la habría podido encontrar, incluso un poquito más; pero ¿de dónde iba a sacar la otra mitad…? Mas el lector debe conocer antes la procedencia de la primera mitad. Akakiy Akákievich tenía costumbre de, por cada rublo gastado, guardar un kopek en una cajita con llave que tenía en la tapa una rendija para las monedas. Al final de cada semestre realizaba un recuento de las monedas de cobre acumuladas y las sustituía por su equivalente en plata. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo y, de esta forma, resultó que al cabo de varios años había reunido más de cuarenta rublos. De modo que ya tenía la mitad en su poder; pero ¿de dónde sacar los otros cuarenta rublos?
       Después de darle una y mil vueltas, Akakiy Akákievich decidió que debía reducir los gastos ordinarios durante un año, por lo menos: quitarse el té de la tarde, no encender la vela de noche y, en caso de que tuviera que hacer algo, pasar al cuarto de la patrona y trabajar a la luz de su vela; al andar por la calle, pisar las piedras y los adoquines con suavidad y cuidado, casi de puntillas, para no gastar tan pronto las suelas; dar a lavar la ropa lo menos posible y, para no mancharla mucho, quitársela todos los días, nada más llegar a casa, y quedarse con la bata de fusán, tan vieja, que hasta el tiempo se había apiadado de ella.
       A decir verdad, al comienzo le fue un tanto difícil acostumbrarse a esas limitaciones; pero después se hizo bien a ello; incluso se habituó a pasar sin cena; en cambio se alimentaba espiritualmente, manteniendo viva en la mente la idea perenne del futuro capote. Desde entonces su propia existencia se volvió como más rica, como si se hubiera casado, como si tuviese a alguien a su lado, como si, en vez de estar solo, uña simpática compañera se hubiese mostrado dispuesta a recorrer con él el camino de la vida; y esa amiga no era otra que aquel capote guateado, con un forro hecho para durar una eternidad.
       Se volvió más alegre, incluso más recio de carácter, como el hombre que se ha marcado un claro objetivo. De su cara y de su conducta se disipó por sí misma la duda, la indecisión, todos los gestos vacilantes e imprecisos. En ocasiones asomaba a sus ojos el fuego y en su cabeza brotaban las ideas más osadas y extraordinarias: ¿qué pasaría si pusiera el cuello de marta? Poco faltó para que esos pensamientos le volvieran distraído. Cierta vez, conforme copiaba un documento, estuvo a punto de cometer un error, y poco faltó para que lanzara un “¡huy!” en voz alta; se persignó.
       Una vez al mes, por lo menos, visitaba a Petróvich, para charlar del capote, del mejor sitio para comprar el paño, de qué color, y a qué precio; y siempre, aunque ligeramente preocupado, volvía a casa contento, animado por la idea de que, por fin, iba a llegar el día en que, comprado todo aquello, quedara terminada la prenda.
       Las cosas iban incluso más rápido de lo que él calculaba. En lugar de los cuarenta o cuarenta y cinco rublos esperados, el director, bien porque presintió que necesitaba un gabán nuevo, bien porque sí asignó a Akakiy Akákievich nada menos que sesenta. El caso es que se vio propietario de veinte rublos imprevistos. Tal circunstancia aceleróla marcha de los acontecimientos. Tras dos o tres meses de medio morirse de hambre, Akakiy Akákievich logró reunir cerca de ochenta rublos. Su corazón, de por sí bastante tranquilo, comenzó a palpitar. El primer día anduvo recorriendo tiendas con Petróvich. Compraron un paño muy bueno, cosa que no debe extrañar, pues lo habían estado pensando durante medio año y raro era el mes que no pasaban por las tiendas, para tantear los precios; por eso Petróvich dijo que no había paño mejor. Para forro eligieron calicó, pero tan bueno y tan tupido, que, según el propio Petróvich, era mejor que la seda, e incluso de aspecto más fino y lustroso. La marta no la compraron, porque era francamente cara, pero en su lugar eligieron la mejor piel de gato que había en la tienda, un gato que, de lejos, muy bien se podía tomar por marta.
       Petróvich terminó el capote en dos semanas, y eso porque le llevó mucho tiempo el guatear, que, si no, lo hubiera terminado incluso antes. Por el trabajo Petróvich cobró doce rublos, de ninguna manera podía menos: todo, lo que se dice todo, estaba cosido en seda, con costuras dobles, que Petróvich repasó después con sus propios dientes, para darle distintas formas.
       Ocurrió esto el día… es difícil precisar la fecha, pero el día que Petróvich trajo por fin el gabán fue, probablemente el más solemne de la vida de Akakiy Akákievich. Lo trajo por la mañana, precisamente cuando tenía que ir al negociado. Nunca mejor ocasión que aquélla para estrenar el capote, porque los fríos se iban haciendo bastante fuertes y prometían arreciar aún más… Petróvich se presentó con el gabán como corresponde a un sastre que se precie, el rostro iluminado por una expresión como Akakiy Akákievich no se la había visto jamás. Se le notaba consciente de haber realizado una obra nada pequeña, como si acabara de superar el abismo que media entre el sastre que sólo pone forros y hace arreglos, y el que cose a medida. Sacó el capote del pañuelo con el que lo llevaba envuelto (el pañuelo, que acababa de llegar de la lavandería, lo plegó y se lo metió en el bolsillo, para darle el uso habitual), extrajo el gabán, lo observó muy ufano y, sujetándolo con ambas manos, lo echó con mucho garbo sobre los hombros de Akakiy Akákievich; después lo alisó con la mano y lo estiró por detrás, hacia abajo, tras lo cual lo ajustó al cuerpo de Akakiy Akákievich dejándolo un tanto abierto por delante. Pero Akakiy Akákievich, como toda persona de edad, quería probárselo con los brazos en las mangas; Petróvich también le ayudó en esa operación, y resultó que aun así le quedaba bien. En una palabra, que el capote le sentaba como un guante.
       Petróvich no desaprovechó ahí la ocasión de decir que si le había cobrado tan barato era sólo porque su sastrería no tenía rótulo y estaba en una calle pequeña, y, además, porque conocía hacía mucho a Akakiy Akákievich; pero que en la Avenida Nevskiy sólo por la costura le habrían llevado setenta y cinco rublos. Akakiy Akákievich no quiso discutir el tema con Petróvich, pues le aterraban las fuertes cantidades que Petróvich, aficionado a deslumbrar, barajaba. Le pagó, le dio las gracias y de allí se fue directamente, vestido con el nuevo capote, al negociado.
       Petróvich salió detrás de él y permaneció en la calle durante un buen rato, observando desde lejos el capote, y después se metió, para atajar por un callejón transversal y volvió a salirle al paso, para ver otra vez su obra desde el otro lado, es decir de frente.
       Mientras, Akakiy Akákievich caminaba con porte lleno de júbilo. Cada segundo de cada minuto sentía que sobre los hombros llevaba su nuevo capote, e incluso sonrió varias veces, de íntima satisfacción. De un golpe había logrado dos beneficios: uno, que la prenda abrigaba, y otro, que era buena. Sin darse cuenta de ello, recorrido el camino, se encontró, de pronto, en el negociado; en el vestíbulo se quitó el gabán, lo examinó por todos los lados y lo encomendó a la custodia del portero.
       No se sabe por qué conductos, en el negociado todos se enteraron de pronto de que Akakiy Akákievich tenía un gabán nuevo y de que la bata había dejado de existir. Todos salieron en tropel al vestíbulo, para ver el nuevo capote de Akakiy Akákievich. Le felicitaban, le daban la enhorabuena; al principio él no hacía más que sonreír, pero después sintió incluso vergüenza. Y cuando se agolparon todos en torno y comenzaron a decir que había que mojar el nuevo capote, y qué menos que convidarlos a todos, Akakiy Akákievich se desconcertó por completo, sin saber qué hacer, qué responder ni qué pretexto inventarse. A los pocos minutos, rojo como la grana se puso a convencer a todo el mundo, con bastante ingenuidad, que el capote no tenía nada de nuevo, que era el viejo, sin más. Por fin, uno de los funcionarios, un subjefe de sección, tal vez para demostrar que no tenía nada de soberbio y que estaba dispuesto a alternar con los inferiores, dijo:
       —Nada, en lugar de Akakiy Akákievich, yo ofrezco la fiesta y les invito a mi casa, a tomar el té: hoy precisamente, como hecho adrede, es el día de mi santo.
       Los funcionarios, naturalmente, se pusieron a felicitar al subjefe de sección y aceptaron de buena gana el ofrecimiento. Akakiy Akákievich al principio quiso disculparse, pero todos le dijeron que sería una descortesía, que si no le daba vergüenza y que no podía rehusar. Incluso la idea acabó por gustarle, cuando cayó en la cuenta de que aquello le daba la oportunidad de pasear con el capote nuevo también de noche.
       Aquel día fue para Akakiy Akákievich como la fiesta más grande de su vida. A casa llegó del mejor humor del mundo, se quitó el capote, lo colgó con esmero en la pared, y volvió a recrearse contemplando el paño y el forro y después sacó, especialmente, para compararla, la vieja bata, que estaba hecha jirones. La miró e incluso se echó a reír: ¡tan grande era la diferencia! Después, mientras comía, estuvo sonriendo un buen rato según pensaba en el estado de la miserable prenda. Comió con buen ánimo, y, después, en lugar de copiar ningún papel, se regaló con una siesta hasta el anochecer. Luego, sin dar más largas a la cosa, se vistió, se puso el capote y salió a la calle.
       Lamentamos no poder precisar dónde vivía el funcionario anfitrión: la memoria empieza a fallarnos bastante, y todo lo que es Petersburgo, sus calles y casas, se nos amontonan y mezclan de tal forma en la cabeza, que es harto difícil extraer de allí algo que ofrezca un poco de orden. Pero, sea como fuere, lo cierto es que el funcionario vivía en la mejor zona de la ciudad, o sea nada cerca de Akakiy Akákievich.
       Al comienzo, Akakiy Akákievich hubo de atravesar algunas vías desiertas, escasamente alumbradas; pero, a medida que se aproximaba a la casa del funcionario, las calles se volvían más animadas, alegres y mejor iluminadas. Comenzaron a menudear los transeúntes, a verse, incluso, damas elegantemente ataviadas, y hasta caballeros que gastaban cuello de castor; se hicieron menos frecuentes los cochero con trineos de rejilla de madera y tachonados de clavos dorados; por el contrario, se veían los majestuosos cocheros de gorra de terciopelo carmesí, con sus trineos acharolados y las frazadas de piel de oso, para los viajeros; los carruajes de pescante adornado volaban por la calle, con ruedas que hacían crujir la nieve.
       Akakiy Akákievich observaba todo aquello como una novedad. Llevaba años sin salir de noche de casa. Se detuvo a curiosear ante el escaparate iluminado de una tienda, para ver un cuadro en el que una mujer bonita se quitaba el zapato y enseñaba una pierna que no estaba nada mal: a sus espaldas, por la puerta de otra habitación, asomaba un hombre con patillas y con una hermosa perilla. Akakiy Akákievich meneó la cabeza, sonrió y reemprendió el camino. ¿Por qué sonrió? Acaso por haber visto una cosa que, aunque sea totalmente desconocida, todos sienten de forma instintiva, o, tal vez, porque pensó, igual que muchos otros funcionarios: “¡Estos franceses son de alivio! ¡De verdad que cuando se les ocurre algo, pues vaya, que no se paran en barras!…” Aunque quizá tampoco ponderase eso: es imposible penetrar en el alma del hombre y enterarse de todo lo que él piensa.
       Por fin llegó a la casa donde habitaba el subjefe de sección. Vivía el hombre con todo lujo: alumbraba la escalera un farol y el apartamento se hallaba en el principal. AI entrar en el vestíbulo, Akakiy Akákievich vio hileras de chanclos. Entre ellos, y en mitad de la habitación, campaba un samovar borboteante y envuelto en nubes de vapor. De las paredes, por todas partes, colgaban capas y capotes, algunos con cuello de castor y ribetes de terciopelo. Del otro lado de la pared llegaba ruido y voces, que de pronto se hicieron claras y sonoras al abrirse la puerta y salir un criado con una bandeja llena de vasos vacíos, la lechera y una cestilla con galletas. Era prueba de que los funcionarios llevaban reunidos un buen rato y ya habían tomado el primer vaso de té.
       Akakiy Akákievich colgó él mismo su capote, entró en la habitación y ante sus ojos desfilaron a un tiempo las velas, los funcionarios, las pipas y las mesas de juego, y a su oído llegó confusamente el parloteo rápido que surgía desde todos los rincones y el ruido de las sillas desplazadas. Se detuvo torpemente en mitad de la habitación, sin saber qué hacer. Pero fue advertida su presencia, acogida con gritos, y todos pasaron inmediatamente al vestíbulo y examinaron otra vez el capote. Akakiy Akákievich se sentía un tanto turbado, pero, alma sencilla que era, le alegraba ver que todos ponderaban la prenda. A continuación, naturalmente, esos mismos se olvidaron de él y del capote y, como era el caso, pasaron a las mesas dispuestas para el whist.
       Todo aquello —el ruido, las conversaciones, la gente, todo— producía un efecto extraño en Akakiy Akákievich. No sabía cómo comportare, ni dónde ocultar las manos, las piernas y toda su persona; por fin se sentó cerca de los que jugaban; miró los naipes, observó la cara de uno o de otro y al poco tiempo comenzó a bostezar, a sentir que se aburría, sobre todo porque hacía tiempo que había rebasado su hora habitual de acostarse.
       Quiso despedirse del dueño, pero no le dejaron irse; decían que, en honor del estreno, tenía que beber sin falta una copa de champán. Una hora después sirvieron la cena, que consistía en una ensaladilla, ternera fría, foie-gras, pasteles y más champán. A Akakiy Akákievich le hicieron tomarse dos copas, tras las cuales sintió que la habitación se volvía más alegre, no obstante lo cual no podía olvidar que eran ya las doce y que hacía tiempo que debía haber vuelto a casa.
       Para evitar que el dueño le retuviera, salió con sigilo de la habitación, buscó, en el vestíbulo el gabán, que con cierta desazón halló tirado en el suelo, lo sacudió, le quitó todas las motas que pudiera tener, se lo puso, bajó las escaleras y salió a la calle. Afuera aún había luz. Algunos localuchos, esos lugares de encuentro en que se solazan criados y gente de toda laya, estaban abiertos; otros establecimientos, los que se hallaban cerrados, proyectaban, no obstante, una larga franja de luz bajo la puerta, prueba de que tampoco éstos se hallaban vacíos de público y de que probablemente doncellas y criados terminaban sus cotilleos y habladurías mientras sus señores se deshacían en conjeturas sobre su paradero.
       Akakiy Akákievich caminaba de muy buen humor, incluso, no se sabe por qué, inició un pequeño trote en pos de una señorita que cruzó ante él como un rayo y cuyo cuerpo, en cada una de sus partes, movíase de manera sorprendente. Pero en seguida se detuvo y volvió a su caminar lento preguntándose incluso de dónde le habría salido aquella agilidad.
       Pronto se extendieron ante él las calles vacías que, poco alegres de día, mucho menos lo eran por la noche. En aquel momento se antojaban aún más silenciosas y solitarias: los faroles iban siendo más infrecuentes, sin duda porque se les agotaba el aceite. Aparecieron las casas de madera, las vallas; no se veía un alma; en la calle sólo brillaba la nieve y surgían negras y tristes las pequeñas, dormidas casuchas de postigos cerrados. Llegó a un lugar en el que la calle desembocaba en una enorme plaza, que parecía un terrible desierto donde las casas del extremo opuesto apenas se vislumbraban.
       A lo lejos, Dios sabía dónde, parpadeaba la lucecilla de una garita que parecía alzarse en el fin del mundo. Ahí la alegría de Akakiy Akákievich menguó bastante. Se adentró en la plaza no sin cierta involuntaria aprensión, como si su corazón presintiera algo malo. Miró a su alrededor: lo que le rodeaba era como un mar. “No, más vale no mirar”, se dijo. Y caminó con los ojos cerrados. Cuando los abrió para ver si ya estaba próximo el fin de la plaza, vio de pronto ante sí, casi cara con cara, a unos hombres con bigotes, aunque no hubiese sabido decir qué clase de hombres, eran. Se le nublaron los ojos y el corazón se le estremeció.
       —¡Oye, que el gabán es mío! —dijo uno con voz de trueno según le agarraba por las solapas.
       Akakiy Akákievich se disponía a gritar “¡socorro!” cuando el otro, arrimándole a la boca un puño del tamaño de la cabeza de un funcionario, masculló:
       —¡Atrévete a gritar!
       Akakiy Akákievich sólo notó que le quitaban el gabán y le daban un rodillazo; luego cayó de bruces sobre la nieve y ya no sintió nada más. A los pocos minutos volvió en sí y se levantó, pero ya no había nadie allí. Notó que en la calle hacía frío y que no tenía gabán; se puso a gritar, pero la voz parecía no querer llegar al otro extremo de la plaza.
       Desesperado, sin parar de dar voces, echó a correr a través de la explanada hacia la garita, junto a la cual estaba un guardia, que, apoyado en su alabarda, parecía mirarlo con curiosidad, como queriendo saber por qué diablos venía hacia él desde lejos, corriendo y gritando, aquel hombre. Akakiy Akákievich llegó a su altura y, atragantándosele la voz, comenzó a gritarle que estaba dormido, que no vigilaba nada, que no se daba cuenta de que robaban a una persona. El guarda le contestó que él no había visto nada, sólo que dos hombres le paraban en mitad de la plaza, pero que los había tomado por amigos suyos, y que, en vez de chillar e injuriarle se fuera mañana a ver al comisario, el cual se encargaría de buscar a quienes le robaron el capote.
       Akakiy Akákievich llegó a casa corriendo y completamente desarreglado: el pelo, el poco que aún le quedaba en las sienes y en la nuca, todo alborotado; el costado, el pecho y todo el pantalón, cubiertos de nieve. Al oír un terrible golpe en la puerta, su anciana patrona saltó apresuradamente de la cama y, con una sola zapatilla puesta, corrió a abrir, una mano cerrando púdicamente el camisón en el pecho; pero, al abrir la puerta y ver a Akakiy Akákievich con tales trazas, dio un paso atrás.
       Cuando él le contó lo ocurrido ella, juntó las manos y dijo que debía acudir directamente al inspector de distrito; que el comisario del barrio le engañaría: prometería mucho y comenzaría a dar largas; que lo mejor era dirigirse al propio inspector, a quien por cierto conocía, porque Ana, la finlandesa, que antes había estado de cocinera con ella, ahora había entrado de niñera a su servicio, y que ella incluso le veía con frecuencia, cuando pasaba en coche por delante de la casa, y también los domingos, en misa, donde rezaba y al mismo tiempo miraba a todos con cara alegre, por todo lo cual estaba claro que se trataba de una buena persona. Akakiy Akákievich escuchó esa conclusión y se metió triste en su cuarto. En cuanto a cómo pasó la noche, lo dejamos a la imaginación de quienes saben ponerse en el lugar de otro.
       Por la mañana, temprano, fue a ver al inspector, pero le dijeron que estaba durmiendo. Volvió a las diez, y de nuevo le dijeron que dormía. A las once le informaron de que no estaba en casa. Se presentó a la hora de comer, mas los escribientes no querían dejarle entrar y se empeñaron en conocer qué asunto le traía, qué deseaba y qué le había sucedido. Hasta que, por fin, Ákakiy Akákievich, resuelto, una vez en la vida, a revelar firmeza de carácter, dijo categóricamente que necesitaba ver al comisario en persona, que ellos no eran quiénes para no dejarle pasar, que él venía de su negociado por un asunto oficial y que, como se quejara de ellos, se les iba a caer el pelo.
       Los escribientes no se atrevieron replicar nada y uno de ellos entró a llamar a su superior. El inspector acogió de manera harto extraña el relato del robo del capote. En lugar de centrar su atención en el punto esencial del asunto, se puso a interrogar a Akakiy Akákievich sobre por qué regresaba tan tarde, y si no había estado tal vez en alguna casa de mala fama. De manera que, totalmente desconcertado, Akakiy Akákievich salió de allí sin saber si daría o no marcha al asunto del gabán. En todo ese día, y por primera vez en su vida, no acudió a la oficina. Al día siguiente apareció pálido y con la vieja bata, que ahora ofrecía un aspecto aún más lastimoso. El relato sobre el robo del gabán, pese a que algunos funcionarios tampoco perdieron esa ocasión para mofarse de Akakiy Akákievich, conmovió a muchos. Allí mismo se acordó hacer una colecta, pero reunieron poco menos que nada, porque los funcionarios ya habían gastado mucho, en una suscripción para el retrato del director y en cierto libro que les había propuesto el jefe de la sección, amigo del autor, de manera que lo recaudado era una miseria.
       Uno de ellos, movido por la compasión, decidió ayudar a Akakiy Akákievich por lo menos con un buen consejo: que no recurriese al comisario del barrio, porque, aunque pudiera darse el caso de que, para hacer méritos ante la superioridad, lograra encontrar de alguna manera el capote, éste continuaría en la policía, a menos que él pudiera aportar pruebas legales de que la prenda le pertenecía. Lo mejor —añadió— era dirigirse a un personaje importante, el cual haría gestiones, de palabra o por escrito, ante quien correspondiera y lograría un resultado feliz. No quedándole otra salida, Akakiy Akákievich decidió recurrir al personaje importante.
       Qué puesto ocupaba ese personaje importante y en qué consistía su trabajo, es algo que se ignora hasta la fecha. Téngase en cuenta que el personaje se había hecho importante hacía bien poco; hasta entonces había sido un personaje insignificante. No obstante su puesto, ahora tampoco se le consideraba importante en comparación con otros, importantísimos. Mas siempre habrá determinadas personas para quienes lo que a los ojos de otros es insignificante no deja de tener su importancia. También es cierto que él, para elevar su importancia, recurría a muchos otros procedimientos, como disponer que, al llegar él al negociado, los funcionarios subordinados salieran a recibirlo en la escalera; que nadie osara despachar directamente con él, que en todo se respetara el más riguroso orden jerárquico: el registrador colegiado habría de informar al secretario provincial que el secretario provincial informara al consejero titular o a la superioridad inmediata, hasta que, de esa forma, el asunto llegara a él. Y es que en la santa Rusia todo el mundo es propenso a contrahacerse y cada uno se las da de jefe. Cuentan, incluso, que un consejero titular, al ser nombrado jefe de una pequeña oficina, levantó inmediatamente un tabique para aislar su habitación a la que llamó “Sala de Audiencias”, y puso, a la entrada, a unos ujieres de cuello rojo y galones, encargados de manipular el picaporte y abrir a quien llegara, pese a que en la “Sala de Audiencias” a duras penas cabía una simple mesa de escritorio.
       Los ademanes y usos del personaje importante eran graves y majestuosos, a la par que lacónicos. Su sistema estaba asentado en la severidad. “Severidad, severidad y severidad”, solía decir y con la última palabra lanzaba una mirada muy circunspecta a la cara de su interlocutor: lo cual era a todas luces excesivo, pues la decena de funcionarios que movían todo el mecanismo estatal de la oficina ya estaba suficientemente asustada: nada más verle de lejos, dejaban el trabajo y esperaban en posición de firmes a que el jefe atravesara la habitación. El trato severo a los subordinados se manifestaba incluso en la conversación más habitual, que escasamente excedía de estas tres frases: “¿Cómo se atreve usted?”, “¿Sabe usted con quién está hablando?” y “¿Se da usted cuenta de quién tiene delante de sí?”. Con todo eso, en el fondo era buena persona, buen compañero, servicial; pero el grado de general le había echado a perder. No bien recibió el nombramiento, se armó tal lío, se desorientó de tal forma, que ya nunca más supo qué línea de conducta seguir. Si trataba con un igual en rango, aún se mostraba como lo que era: una persona decente, incluso nada tonto; pero si caía entre personas que estuvieran siquiera un grado por debajo de él, era un desastre: no habría la boca y daba verdadera lástima, sobre todo porque él mismo era consciente de que habría podido pasar el tiempo mucho más gratamente. A sus ojos asomaba a veces un fuerte deseo de incorporarse a alguna conversación, a alguna tertulia animada; pero se contenía pensando: ¿No será rebajarse? ¿No resultará excesivamente familiar? ¿No me llevará a una pérdida de autoridad? En virtud de esos razonamientos jamás abría la boca, como no fuera para algún que otro monosílabo, lo cual le ganó fama de hombre sobremanera aburrido.
       Precisamente a ese personaje importante acudió nuestro Akakiy Akákievich; acudió en el momento menos propicio, el menos oportuno para él, y dicho sea de paso, sumamente oportuno para el personaje importante. Éste se hallaba en su despacho en animada charla con un viejo conocido, un recién llegado compañero de infancia al que no había visto hacía años. En esto le anunciaron que un tal Bashmachkin solicitaba audiencia.
       —¿Quién es ése? —preguntó bruscamente.
       Y le respondieron:
       —No sé qué funcionario.
       —Que espere, no tengo tiempo —dijo el personaje importante.
       Debemos precisar que el personaje importante mentía; tenía tiempo: con su amigo ya se habían dicho cuanto se tenían que decir, y en la conversación surgían prolongados silencios. Sólo de cuando en cuando, dándose ligeras palmadas en las rodillas, exclamaban: “¡Así andamos, Iván Abrámovich!”; y el otro: “¡Ya ves, Stepán Varlámovich!” Mas, pese a ello, ordenó que el funcionario esperara, para demostrar a su amigo, retirado hacía tiempo del servicio y residente en su finca, qué prolongadas antesalas tenía que hacer un funcionario antes de acceder a él.
       Por fin, cansados de hablar y más aún de callar y después de fumarse unos cigarros en las mullidas poltronas de respaldo reclinable, por fin, y como si sólo ahora lo recordara, dijo al secretario que se detuvo en la puerta, con documentos para firmar:
       —Ah, creo que por ahí hay un funcionario esperando: dígale que puede pasar.
       Cuando vio el aspecto humilde de Akakiy Akákievich y su ajado uniforme, se dirigió a él a bocajarro.
       —¿Qué quiere usted? —le preguntó con voz tajante y dura, ensayada en su habitación, a solas y ante el espejo, una semana antes de ser nombrado para ese puesto y de recibir el grado de general.
       Akakiy Akákievich, de antemano presa de la correspondiente timidez, se azoró un tanto y, como pudo, en la medida en que se lo permitió su lengua trabada, incluso recurriendo con mayor frecuencia de lo habitual a la partícula “eso”, le explicó que tenía un capote completamente nuevo y que se lo habían robado de la manera más inhumana, y que recurría a él para que hiciera gestiones ante eso, que, eso, escribiera al jefe de la policía, o a quien fuera, y hallaran el capote. El general, no se sabe por qué, consideró que el trato era excesivamente familiar.
       —Usted, señor mío —replicó tajante—, ¿acaso no conoce los conductos reglamentarios? ¿Dónde cree que está? ¿No entiende de jerarquías? ¿No sabe usted cómo hay que hacer las cosas? Primero debió usted presentar una instancia en la oficina, instancia que pasaría al jefe de sección, y de éste al jefe de negociado; después sería remitida al secretario y, ya del secretario, llegaría a mis manos…
       —Pero, excelencia —dijo Akakiy Akákievich, intentando agavillar el puñadito de ánimo de que disponía y sintiendo, al mismo tiempo, que sudaba terriblemente—, yo, excelencia, me he atrevido a molestarle porque los secretarios… eso… no son de fiar…
       —¿Cómo, cómo, cómo? —dijo el personaje importante—. ¿De dónde le vienen a usted esas ideas? ¿Qué espíritu de rebeldía reina entre la juventud contra sus jefes y superiores?
       El personaje importante probablemente no se daba cuenta de que Akakiy Akákievich había rebasado los cincuenta años. Por lo tanto, su juventud era relativa, es decir, sólo por comparación a quienes pasaban de los setenta.
       —¿Sabe usted con quién está hablando? ¿Se da usted cuenta de quién tiene ante sí? ¿Comprende eso, lo comprende? ¿Me oye?
       Dio entonces un taconazo y elevó la voz a tal altura, que cualquiera, no ya Akakiy Akákievich, hubiera sentido miedo. Akakiy Akákievich quedó tan aterrado, que se tambaleó, tembló con todo el cuerpo y sintióse incapaz de mantenerse de pie: de no haber sido por los ujieres, que entraron a sostenerle, habría caído redondo al suelo. Se lo llevaron casi inerte.
       El personaje importante, satisfecho de que el efecto rebasara incluso lo esperado, y ebrio del poder de su palabra, capaz de hacer desmayarse a una persona, miró de soslayo a su amigo, para ver qué efecto le había causado aquello, y comprobó, no sin complacencia, que el amigo se hallaba bastante perplejo y que incluso él comenzaba a sentir miedo.
       Akakiy Akákievich no recordaba cómo había bajado las escaleras ni cómo salió a la calle. No sentía ni los brazos ni las piernas. Nunca había sido amonestado de esa manera por un general, además, de otro departamento. Boquiabierto, saliéndose de la acera, caminó por entre la ventisca, que silbaba por las calles. El viento, como es habitual en Petersburgo, soplaba de todas partes y por cada bocacalle. Muy poco necesitó para producirle un ahoguío, de manera que, cuando llegó a casa, ya no podía pronunciar palabra; todo congestionado, se fue a la cama. Tales efectos causan a veces una buena reprimenda.
       Al día siguiente se le declaró una fuerte calentura. Gracias a la generosa colaboración del clima de Petersburgo, la enfermedad avanzó a pasos más rápidos de lo que cabía esperar, de manera que cuando se presentó el médico y le tomó el pulso, halló que lo único que podía hacer era prescribirle una cataplasma, únicamente para no privar al enfermo del pío auxilio de la medicina, aunque allí mismo le anunció que no duraría más allá de día y medio. Después se dirigió a la patrona y le dijo:
       —Y usted, buena mujer, no pierda el tiempo y encárguele ahora mismo un ataúd de pino, que el de roble sería demasiado caro para él.
       ¿Oyó Akakiy Akákievich estas palabras fatídicas para él? Y si las oyó, ¿le conmocionaron? ¿Le dio pena dejar su vida desdichada? Es algo que se desconoce por completo, ya que el delirio y la fiebre no cesaron por un instante. Continuamente le asaltaban visiones, a cuál más rara: unas veces veía a Petróvich y le encargaba un gabán con trampas contra los ladrones, a los que se imaginaba ocultos debajo de la cama, y llamaba a la patrona para que le sacase alguno, que incluso llegaban a colársele bajo la manta; o preguntaba por qué pendía allí enfrente la vieja bata, cuando tenía él un capote nuevo: o bien se imaginaba en presencia de un general, escuchando el consiguiente varapalo y repitiendo: excelencia, perdón, o, ya, por último, blasfemaba y decía las palabras más soeces, al punto de que la vieja patrona se persignaba, pues jamás había oído decir semejantes cosas, y tanto más porque las palabrotas iban inmediatamente detrás del tratamiento “excelencia”. Después se puso a decir frases sin sentido, que no se podían entender; únicamente se veía que las palabras y las ideas desordenadas giraban, siempre, en torno al capote. Por fin, el pobre Akakiy Akákievich entregó su alma.
       No fue necesario precintar su habitación ni sus bienes; en primer lugar, porque no tenía herederos, y en segundo lugar, porque por toda herencia dejaba un manojo, de plumas de ganso, una mano de papel timbrado, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos del pantalón y la “bata” que el lector ya conoce. Sabe Dios a quién iría a parar todo eso: de ello, lo reconozco, no se interesó ni siquiera el que cuenta esta historia.
       A Akakaiy Akákievich lo llevaron al cementerio y lo enterraron. Y Petersburgo se quedó sin Akakiy Akákievich, como si nunca hubiera vivido allí. Desapareció sin dejar rastro un ser a quien nadie protegió, a quien nadie quiso, por quien nadie se interesó, que no despertó siquiera la curiosidad del naturalista que no pierde la ocasión de ensartar en un alfiler la mosca más ordinaria, para examinarla al microscopio; un ser que soportó dócilmente las burlas oficinescas y que bajó a la tumba sin ceremonia alguna, pero que, no obstante, y aunque sólo fuera al final mismo de la vida, recibió a un huésped luminoso en forma de capote, que por un instante puso luz en su mísera existencia, hasta que luego se cebó en él con saña la desgracia, igual que se ceba en los poderosos de este mundo…
       Unos días después de su muerte, del departamento enviaron a su casa a un ujier con la orden de que se presentara inmediatamente, porque lo mandaba el jefe; pero el ujier regresó de vacío e informó que ya no iría más a la oficina, y cuando le preguntaron por qué, se expresó así:
       —Ah, pues porque se murió, hará cuatro días que le enterraron.
       Así fue como se enteraron en el negociado de la muerte de Akakiy Akákievich, y al día siguiente en su sitio ya estaba sentado otro funcionario que era mucho más alto y tenía una letra no tan derecha, sino mucho más inclinada y torcida.
       Pero ¿quién iba a imaginarse que aquí no terminaba todo sobre Akakiy Akákievich, que estaba escrito que, durante unos siete días después de muerto, y como en compensación de una vida que había pasado inadvertida iba a tener una existencia ruidosa? Pero así ocurrió, y de esta forma nuestra pobre historia adquiere de improviso un final fantasmagórico. De pronto, por Petersburgo se extendió el rumor de que, más allá del puente Kalinkin se presentaba, de noche, un aparecido con aspecto de funcionario buscando un capote que le habían robado y que, con el pretexto del capote robado, arrebataba a todo el mundo, sin reparar en rangos ni en títulos, los gabanes, ya fueran con forro de gato, de castor, de guateado, pellizas de tejón, de zorro, de oso, y toda clase de pieles inventadas por los hombres para cubrir la propia.
       Un funcionario del negociado vio con sus propios ojos al aparecido e inmediatamente reconoció en él a Akakiy Akákievich; ello no obstante, se llevó tal susto, que echó a correr como alma que lleva el diablo, lo que le impidió reparar en detalles; únicamente vio que el otro le amenazaba con el dedo desde lejos. De todas partes se sucedían las quejas de que las espaldas y los hombros, no importa que pertenecieran a consejos titulares e incluso privados, quedaban expuestos a fuertes enfriamientos, víctimas de la nocturna expoliación de gabanes. La policía recibió órdenes de que a cualquier precio el difunto fuera capturado, vivo o muerto, y de que se le aplicara un fuerte correctivo que sirviera de escarmiento a los demás; y a fe que estuvieron a punto de lograrlo.
       Fue precisamente el guardia de los aledaños del callejón de Kiriushkin quien detuvo al muerto por la solapa, con las manos en la masa, cuando intentaba arrebatar el abrigo de bayeta a un músico jubilado que otrora tocaba la flauta. Cuando lo tuvo agarrado por la solapa, llamó a gritos a dos de sus compañeros, a quienes encomendó que sujetaran al detenido mientras él se agachaba para sacar de la caña de la bota una tabaquera con el propósito de refrescar un tanto su nariz, que en su vida ya se le había helado Seis veces; mas, al parecer, la calidad del rapé dejaba mucho que desear, pues ni el difunto pudo soportarlo. El guardia obstruyó con un dedo la ventana derecha de la nariz e inhaló con la izquierda medio puñado, cuando el difunto estornudó con tal violencia, que a resultas del estornudo los cegó a los tres. Mientras se restregaban los ojos con los puños, el difunto desapareció sin dejar rastro, de modo que no estaban muy seguros de que de verdad lo hubieran tenido en sus manos. Desde entonces los guardias cogieron tal miedo a los difuntos, que incluso no se atrevían a detener a los vivos y limitábanse a gritar desde lejos: “¡Eh, tú, sigue tu camino!” y el funcionario difunto comenzó a aparecerse incluso más allá del puente de Kalinkin, para susto, y no pequeño, de todos los timoratos.
       A todo esto nos hemos olvidado por completo del personaje importante, que, en rigor, fue poco menos que el culpable de que una historia que, nos consta, es totalmente auténtica, tomara un rumbo alucinante. Ante todo, y en honor a la justicia, debemos señalar que el personaje importante, al poco de que el pobre de Akakiy Akákievich dejara este mundo, sintió una especie de pena. No era hombre ajeno a la piedad; su corazón era accesible a los buenos sentimientos, pese a que, a causa de su rango, los refrenaba con mucha frecuencia. Nada más el amigo provinciano abandonó el despacho, incluso comenzó a pensar en el pobre Akakiy Akákievich. Desde entonces, casi a diario, se le aparecía Akakiy Akákievich pálido, víctima de la reprimenda de un superior. Su recuerdo llegó a causarle tal desazón, que incluso decidió enviar a su casa a un funcionario para que se enterase de cómo seguía y de si era posible ayudarle en algo; y, cuando le notificaron que Akakiy Akákievich había muerto repentinamente de fiebre, se quedó poco menos que pasmado, sintió remordimientos de conciencia y se pasó el día entero de mal humor.
       Para distraerse un tanto y olvidar la desagradable impresión, fue a pasar la tarde en casa de un amigo, que encontró bastante concurrida y, lo mejor de todo, todos allí eran casi de la misma categoría, de forma que no tenía que sentirse cohibido por nada. Ello ejerció un asombroso efecto sobre su estado de ánimo. Perdida la rigidez, tornóse ameno y atento y, en una palabra, pasó una velada excelente. En la cena se tomó un par de copas de champán, un recurso que, como es notorio, tiene efectos positivos sobre el estado de ánimo. Con el champán se sintió predispuesto a empresas excepcionales y, más concretamente, a visitar a una dama conocida, Karolina Ivánovna, que era, al parecer, de origen alemán, con la cual mantenía relaciones en extremo amistosas. Señalemos que el personaje importante era hombre maduro, modélico esposo y honorable padre de familia. Los dos hijos, uno de los cuales ya estaba colocado en la oficina, y la hija, una agraciada señorita de dieciséis años, de nariz un tanto respingona aunque bonita, acudían todos los días a besarle la mano diciendo: “Bonjour, papa”. Su esposa, mujer en toda su lozanía y nada fea, primero le daba a besar la mano y a continuación la volvía y le besaba la suya. Pero el personaje importante que, dicho sea de paso, se mostraba completamente satisfecho con esas muestras de cariño familiar, estimaba conveniente tener, en el otro extremo de la ciudad, una amiga con quien mantener relaciones armoniosas. Esa amiga no era ni mejor ni más joven que su esposa, pero éstos son conflictos que se dan en la vida y no es asunto nuestro juzgarlos.
       Así pues, el personaje importante bajó las escaleras, se acomodó en el trineo y dijo al cochero: “A casa de Karolina Ivánovna”, mientras él, arrebujado espléndidamente en un gabán de mucho abrigo, estaba de ese humor placentero que el hombre ruso considera el estado ideal, cuando no necesita pensar en nada, y son los propios pensamientos, a cuál más halagüeño, los que acuden a su cabeza sin que se tome la molestia de perseguirlos y buscarlos. Lleno de gozo, iba repasando fugazmente todas las escenas simpáticas de la velada, todas las palabras que hicieron reír a la reducida tertulia; incluso repitió muchas de ellas a media voz y volvió a encontrarlas graciosas, por lo cual no es de extrañar que él mismo las celebrara sinceramente. De vez en cuando, sin embargo, le importunaba un viento racheado, venido Dios sabía de dónde, que le golpeaba en la cara azotándola con copos de nieve, hinchaba como una vela la esclavina del abrigo o, de pronto, con una porfía increíble, la levantaba hasta ponérsela por capucha en la cabeza, con lo que le obligaba a un constante forcejeo para librarse de ella. De pronto, el personaje importante sintió que alguien le asía con bastante fuerza de la esclavina. Al volverse vio a un hombre pequeño de estatura, con un uniforme viejo y raído, en quien reconoció horrorizado a Akakiy Akákievich. El funcionario tenía la cara pálida como la nieve y todo el aspecto de un cadáver. Pero el horror del personaje importante rebasó todos los límites cuando vio que la boca del muerto se contraía y, exhalando un terrible aliento sepulcral, dijo estas palabras:
       —¡Ah, por fin te tengo! ¡Por fin, por fin tú aquí! ¡Por fin yo, eso, te atrapé por el cuello! ¡Tu capote, eso era lo que buscaba! ¡Ya que no te interesaste por el mío, y además me reñiste, me fiarás el tuyo!
       El pobre personaje importante por poco se muere. En la oficina, y en general ante los inferiores, era firme de carácter, y el que contemplaba su aspecto viril y su porte majestuoso habría dicho: “¡Todo un carácter!”. Pero aquí, igual que muchos otros de porte majestuoso, sintió tal pánico, que sin ninguna razón comenzó a temer que le diese algo. Él mismo se despojó rápidamente del capote y gritó con voz desfigurada al cochero:
       —¡Rápido, a casa!
       El cochero, al oír una voz que generalmente se emplea en momento cruciales y suele ir acompañada de razones persuasivas, agachó, por si acaso, la cabeza, agitó el látigo y salió disparado. A los seis minutos escasos, el personaje importante estaba a la puerta de su casa. Pálido, asustado y sin capote, en lugar de ir a casa de Karolina Ivánovna se dirigió a la suya, entró, llegó como pudo hasta su habitación y pasó una noche malísima, hasta tal punto, que, a la mañana siguiente durante el desayuno, su hija le dijo sin rodeos:
       —¡Qué pálido estás hoy, papá!
       Papá calló y no dijo nada: ni qué le había pasado, ni en dónde había estado, ni adónde se dirigía. Aquel suceso le causó una viva impresión. Tanto, que ahora decía con mucha menor frecuencia a sus subordinados: “¡Cómo se atreve! ¡Qué se ha creído usted! ¡Sabe usted a quién tiene delante!” Y si lo decía, era sólo después de enterarse de lo que deseaba decirle.
       Pero más notable aún fue que a partir de ese día el difunto funcionario no se apareció más: cabe deducir que el capote del general le había quedado a la medida; al menos, no volvió a oírse de nadie a quien hubieran quitado el abrigo. Pese a ello, mucha gente inquieta y preocupada se resistía a tranquilizarse a la ligera y afirmaba que en los suburbios seguía apareciéndose el difunto funcionario. Efectivamente, un guardia de Kolomna vio con sus propios ojos cómo un fantasma aparecía detrás de una casa; pero el guardia era hombre poco robusto, hasta el punto de que en una ocasión un vulgar gorrino, que escapaba de una casa de vecindad, se abalanzó sobre él y le tiró al suelo, lo cual provocó el jolgorio de unos cocheros congregados en torno, a los cuales exigió en compensación por el escarnio, un kopek por persona, para tabaco; así es que, dada su flojedad, no osó detenerlo y le siguió los pasos en la oscuridad, hasta que el fantasma, volviendo la cabeza, se plantó y le preguntó: “¿Qué se te ofrece?” Y le mostró un puño de esos que no se dan entre los vivos. El guardia le respondió: “¿Yo? Nada”, y dio media vuelta inmediatamente. Pero conste que esta vez el fantasma era mucho más alto, tenía unos enormes mostachos y, dirigiendo sus pasos, al parecer, en dirección al Puente Obújov, se perdió en la oscuridad de la noche.




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