Nikolái Gógol
(Sorochintsy, Ucrania, 1809 - Moscú, 1852)


La avenida Nevski (1835)
(“Невский Проспект”)
Арабески. Разные сочинения Н.Гоголя, ч.2-я
(San Petersburgo, 1835)



      No hay nada mejor, por lo menos en Petersburgo, que la Avenida Nevski, para la ciudad lo es todo.
       ¿Qué adorno le falta a esta calle, ornato de nuestra capital? Yo sé que ninguno de sus pálidos y jerarquizados habitantes cambiaría la Avenida Nevski por todo el oro del mundo. Entusiasma tanto al que tiene veinticinco años, hermosos mostachos y levita de corte impecable, como al de barbilla entrecana y cabeza lisa, como una bandeja de plata. ¡Y qué decir de las damas! A las damas la Avenida Nevski les encanta aún más.
       Pero ¿a quién puede desagradar? Apenas pisas la Avenida, ya notas que huele a recreo. Por muy urgente y necesario que sea el asunto, nada más entres allí, te olvidarás de todas las ocupaciones. Este es el único sitio al que la gente no acude llevada por la necesidad o por el interés mercantil que subyuga a todo Petersburgo. El hombre que ves en la Nevski parece menos egoísta que si lo encuentras en la Morskaya, en la Gorójovaya, en la Litéinaya, en la Meshchánskaya o en las demás calles, donde la avaricia, la codicia y la necesidad se reflejan en las caras tanto de los que caminan como de los que vuelan en coche o en trineo. La Avenida Nevski es el lugar de encuentro de todo Petersburgo. El habitante del barrio de Petersburgski o de Vyborgski, que llevaba años sin visitar a su amigo de la barriada de Peskí o de las Puertas de Moscú, puede estar seguro de que lo encontrará ahí sin falta. Ninguna guía ciudadana ni oficina de información suministra noticias tan exactas como la Avenida Nevski.
       ¡Todopoderosa Nevski! ¡Única distracción de Petersburgo, tan escasa en paseos! ¡Qué limpias están sus aceras! Y, Dios mío, ¡cuántos pies dejaron en ella sus huellas! El torpe y sucio borceguí del soldado licenciado, bajo cuyo peso parece agrietarse el granito, y el zapatito diminuto, liviano como el humo, de una señorita, que vuelve la cabeza hacia los escaparates resplandecientes de las tiendas igual que el girasol hacia el astro diurno, como también el rechinante sable del teniente pletórico dé esperanzas, que deja en el suelo un visible rasguño. Todo la golpea con el poder de su fuerza o con el poder de su debilidad.
       ¡Qué rápidas transformaciones se producen en ella a lo largo de una sola jornada! ¡Cuántos cambios sufre en el transcurso de un solo día!
       Comencemos por la mañana, cuando Petersburgo entero huele a pan caliente, y está lleno de viejas de vestidos rotos y agujereadas capas que asedian las iglesias y asaltan a los transeúntes caritativos. Entonces la Avenida Nevski está vacía: los corpulentos tenderos y sus dependientes aún duermen arropados en sus camisas de holanda, o enjabonan sus nobles mejillas, o toman el café; los pordioseros acuden a las puertas de las pastelerías, donde un somnoliento Ganimedes, que ayer, sirviendo chocolate volaba como una mosca, se asoma descorbatado, escoba en mano, les tira empanadas duras y otras sobras. Por la calle andan los trabajadores; a veces pasa, apresurado hacia su labor, algún campesino ruso de botas tan manchadas de cal, que ni siquiera el Canal de Ekaterina, famoso por la limpieza de sus aguas, bastaría para dejarlas limpias. Esa no es hora prudente para el paseo de las señoras, porque el pueblo ruso es dado a utilizar expresiones muy fuertes, que sin duda no oyen las damas ni en el teatro. De cuando en cuando se arrastra, con su cartera bajo el brazo, un adormilado funcionario a quien la Avenida Nevski le cae de camino del negociado. Decididamente puede afirmarse que a esa hora, es decir, hasta el mediodía, la Avenida Nevski no constituye un objetivo para nadie: únicamente es un medio. Poco a poco se va llenando de gente que con sus quehaceres, sus preocupaciones y sus enfados, se desentienden de la Avenida. Los hombres rusos del pueblo hablan de grivnas, o de siete perras; viejos y viejas caminan accionando, o hablan consigo mismos, a veces con grandes aspavientos, pero nadie los escucha ni se mofa de ellos, como no sea alguno de esos mozalbetes de bata de algodón que llevan en las manos garrafas vacías o zapatos arreglados y cruzan como flechas la Nevski. A esa hora, te pongas lo que te pongas, aunque sea un cucurucho por sombrero, o el cuello te asome un palmo por encima de la corbata, nadie se fijará en ello.
       A las doce invaden la Avenida Nevski preceptores de todas las nacionalidades, con sus educandos de cuello de batista. Los Johns ingleses y los Cocos franceses llevan de la mano a los alumnos cuya custodia les confiaron sus padres y a quienes explican, con la circunspección que el momento requiere, que los rótulos se ponen en las tiendas para informar de lo que hay dentro. Las institutrices, pálidas misses y sanotas eslavas, se desplazan majestuosas tras sus niñas ágiles e inquietas ordenándoles que levanten un poco los hombros o mantengan recta la espalda. En fin, a esta hora la Nevski es una avenida pedagógica.
       Pero, a medida que se aproximan las dos de la tarde, disminuye el número de preceptores, pedagogos y niños: éstos son desplazados por sus tiernos papás, que llevan del brazo a sus abigarradas y nerviosas cónyuges. Poco a poco se incorporan a ellos cuantos han terminado sus importantes asuntos domésticos: los que acaban de tratar con su doctor del estado del tiempo y de un pequeño grano en la nariz; los que vienen de informarse sobre la salud de sus caballos y de sus hijos que, dicho sea, prometen muchísimo; el que leyó en el periódico un anuncio y un importante artículo sobre la salida y entrada de personajes en la capital; y finalmente, el que se ha tomado una taza de café, o de té. A éstos se suman aquellos a quienes la suerte concedió el bendito título de funcionario para asuntos especiales. Y también los que sirven en el Ministerio del Exterior y destacan por sus nobles ocupaciones y costumbres. ¡Dios mío, qué cargos y qué ocupaciones tan hermosos hay! ¡Cómo elevan y deleitan el espíritu! Mas, lamentablemente, yo no soy funcionario, lo que me priva de gozar del trato distinguido de los jefes.
       Todo lo que a esa hora encuentras en la Nevski, todo, evidencia buen tono: los hombres de largas chaquetas y manos en los bolsillos, las damas en redingotes y sombreros de raso blanco, rosa y azul pálido. Ahí encontrarás unas patillas únicas, que con arte exclusivo y asombroso se introducen por debajo de la corbata; patillas negras como el carbón y brillantes como la marta cibelina, pero, ¡ay!, que sólo llevan los del Ministerio del Exterior. A los funcionarios de los demás departamentos el destino les negó las patillas negras y ellos, muy disgustados, han de resignarse a llevarlas pelirrojas. Ahí encontrarás bigotes tan maravillosos, que no habría pluma ni pincel capaz de describirlos; bigotes a los que se dedica la mejor mitad de una vida, objeto de largos desvelos diurnos y nocturnos; bigotes rociados con los aromas y perfumes más exquisitos y ungidos con las más costosas y raras pomadas; bigotes que, al acostarse su propietario, se enrollan en delicado papel avitelado, bigotes que cuentan con el más enternecedor afecto de sus poseedores y que son envidia de los transeúntes. Miles de modelos de sombreros, vestidos, pañuelos multicolores, vaporosos, que a veces cuentan durante dos días con el favor de sus dueñas, deslumbrarán al más pintado, en la Avenida Nevski. Es como si un mar de mariposas despegara de pronto de sus ramas para revolotear en vistosa nube sobre los negros abejorros del sexo masculino. Ahí verás cinturas como jamás soñaste; cinturas esbeltas, no más anchas que el cuello de una botella y que, cuando pasan, te haces a un lado, respetuoso, para evitarles el codazo grosero: sientes el corazón embargado de timidez y de miedo ante la idea de que un brusco suspiro quiebre la más hermosa obra de la naturaleza y del arte. ¡Y qué mangas femeninas se encuentran en la Avenida Nevski! ¡Cuánta belleza! Se asemejan algo a dos globos aeróstatos, hasta el punto de que las damas llegarían a elevarse en el espacio, de no ser sujetadas por los hombres, y es que levantar en el aire a una dama es tan fácil y agradable como llevarse a la boca una copa de champán.
       En ninguna parte, al encontrarse, se saludan de manera tan distinguida y airosa como en la Avenida Nevski. Ahí encontraréis sonrisas únicas, auténticas obras del arte del sonreír; unas te harán derretirte de placer; otras, que te sientas a la altura de la hierba y agaches la cabeza, y unas terceras, que la levantes por encima de la torre del Almirantazgo. Ahí oiréis hablar de un concierto, o del estado del tiempo, con una nobleza y una dignidad extraordinarias. Y encontraréis mil caracteres y fenómenos incomprensibles. ¡Señor, qué gente tan rara encuentra uno en la Avenida Nevski! Muchos, cuando se cruzan contigo, no dejan de mirarte las botas, y, cuando los rebasas, se vuelven para mirarte los faldones. Sigo sin comprender la causa de ello. Al principio creí que serían zapateros, pero resulta que no: son, en su mayoría, funcionarios de distintos departamentos, muchos de ellos incluso capaces de escribir estupendamente oficios destinados a otras entidades; o es gente ocupada en pasear, en leer la prensa en las confiterías; en una palabra, son, los más de ellos, gente de calidad.
       A esa bendita hora, de dos a tres de la tarde, que podríamos calificar de favorita, en la capital, para desfilar por la Avenida Nevski, se celebra la gran exhibición de todas las mejores creaciones de la humanidad. Este exhibe un elegante abrigo del mejor castor; aquél, una hermosa nariz griega; el tercero porta unas excelentes patillas; la cuarta muestra un par de simpáticos ojitos y un asombroso sombrero; el de aquí, una sortija, con talismán, en el elegante meñique; la de más allá, unos piececitos que calzan encantadores zapatos; el de acullá una corbata que provoca asombro; el del otro lado, irnos bigotes que causan pasmo.
       Pero dan las tres y termina la exhibición: la muchedumbre mengua… A las tres se produce una mutación completa. En la Avenida Nevski estalla, de pronto, la primavera: se cubre por completo de funcionarios con uniforme verde. Los consejeros titulares, áulicos y demás, todos ellos hambrientos, caminan a buen paso. Los bisoños registradores colegiados aprovechan el tiempo para pasearse por la Nevski con el donaire de quien no ha estado seis horas sentado en la oficina. Pero los viejos secretarios colegiados, los consejeros titulares y áulicos caminan presurosos y cabizbajos: no están para observar a los viandantes; no se han distanciado aún de sus preocupaciones; llevan en la cabeza muchos problemas y todo un archivo de expedientes comenzados y sin acabar; aún seguirán un buen rato viendo, en lugar de rótulos, los legajos, o la cara redonda del jefe de la oficina.
       A las cuatro de la carde la Avenida Nevski se queda vacía y es poco probable encontrar en ella a un funcionario. La costurera de una tienda cruzará la calzada con una caja de cartón en la mano; la pobre criatura a la que un tierno oficinista dejó con lo puesto; el despistado provinciano, que no sabe de horarios; la inglesa larguirucha con un bolsillo y un libro en las manos; el artesano, un ruso auténtico —chaqueta de algodón plisada en la espalda y barba rala—, que vive tirando como buenamente puede y en el que cada cosa se mueve a su aire: la espalda, los brazos, las piernas y la cabeza, cuando marcha, comedido, por la acera; o, a veces, un pobre jornalero; no encontraréis a nadie más en la Avenida Nevski.
       Pero, apenas la penumbra desciende sobre las casas y las calles, y el farolero, tapado con un saco, se encarama en la escalera, para encender el farol, y los pequeños escaparates de las tiendas ofrecen las imágenes que no se atreven a mostrar de día, la Avenida Nevski vuelve a animarse y comienza a moverse.
       Es cuando llega el misterioso instante en que las farolas ponen en todo una luz cautivadora y maravillosa. Encontraréis a muchos jóvenes, solteros en su mayoría, con chaquetas de abrigo, o gabanes. En ese tiempo los transeúntes caminan con un propósito, o mejor dicho, con algo semejante a un propósito, muy difícil de precisar; la marcha de todos se hace más rápida y, en general, desacompasada. Las sombras alargadas se desplazan por las paredes y por la acera, hasta alcanzar casi con la cabeza el Puente Politséiski. Los jóvenes registradores, los secretarios y colegiados provinciales se dedican a pasear un buen rato; pero los viejos registradores colegiados y los consejeros titulares y áulicos, en su mayoría no salen de casa, bien porque es gente casada, bien porque tienen unas cocineras alemanas que preparan excelentes platos. Aquí volveréis a encontrar a los honorables ancianos que a las dos paseaban por la Nevski tan circunspectos y altivos. Ahora los ve uno correr, igual que jóvenes registradores colegiados, intentando atisbar por debajo del sombrero de una señorita que avistaron de lejos, cuyos gruesos labios, y los carrillos, tan repintados, hacen las delicias de los paseantes, sobre todo de horteras, artesanos y mercaderes, que, con sus chaquetas de corte alemán, suelen pasear en grupos y cogidos del brazo.
       —¡Quieto! —gritó en ese instante el teniente Pirogov, al tiempo que sujetaba al joven de frac y capa que marchaba a su lado—. ¿La has visto?
       —Sí, es fabulosa, una auténtica Bianca del Perugino.
       —Pero ¿a quién te refieres?
       —A ésa, a la del pelo negro. ¡Y qué ojos! ¡Dios mío, qué ojos! ¡Todo, sus ademanes, sus líneas y el óvalo de la cara, es una maravilla!
       —Pero yo te estoy hablando de la rubia que iba detrás de ella en la misma dirección. ¿Por qué no sigues a la morena, si tanto te gusta?
       —¡Imposible! —exclamó el joven y ruborizóse—. Ni que fuera una de esas que de noche callejean por la Nevski; ésta tiene que ser una señorita de alcurnia —exclamó con un suspiro—: ¡sólo la capa costará unos ochenta rublos!
       —¡Ingenuo! —gritó Pirogov y le empujó en la dirección en que se agitaba la vistosa capa de la señorita—. ¡Anda, vete, alma de cántaro, que te la pierdes! Yo sigo a la rubia.
       Y los dos amigos se separaron.
       “Os conozco bien a todas”, pensaba para sí Pirogov con la sonrisa de suficiencia y jactancia de quien se cree irresistible.
       El joven de frac dirigió sus pasos tímidos y vacilantes en la dirección en que se movía la capa de colores, que tan pronto tenía destellos brillantes, cuando se aproximaba a una farola, como se cubría de sombras, al alejarse de ella. El corazón le palpitaba y él aceleraba involuntariamente el paso. Ni siquiera se reconocía con derecho a llamar la atención de la hermosa que se distanciaba, y tanto menos a concebir una idea tan turbia como la que sugería el teniente Pirogov; él no pretendía más que ver la casa, descubrir la morada de aquella preciosidad que parecía bajada del cielo a la Avenida Nevski, y que ahora, a buen seguro, volaría con rumbo desconocido. Iba tan apresurado, que constantemente desplazaba de la acera a señores respetables, de sienes plateadas.
       Este joven pertenecía a una clase que aquí constituye un fenómeno bastante excepcional y que es tan propia de la población de Petersburgo como es propio del mundo material el rostro que se nos aparece en sueños. Se trata de un estrato excepcional, fuera de lo común en una ciudad en la que todos son funcionarios, mercaderes o artesanos alemanes. Era pintor. Un fenómeno raro, ¿verdad? Un pintor en Petersburgo. Un pintor en el país de las nieves, un pintor en el país de los finlandeses, donde todo es húmedo, liso, difuminado, pálido, gris, brumoso. Estos pintores no se parecen en nada a los pintores italianos, altivos y ardientes como aquella península y su cielo. Por el contrario, éstos, en su mayoría, son bonachones, tímidos, parcos; aman calladamente su arte, y, mientras toman el té con un par de amigos en una pequeña habitación, discuten modestamente sobre su tema predilecto, pero sin hacerse demasiadas ilusiones. Con frecuencia llevan a casa a alguna anciana mendicante, a quien mantienen sentada durante seis largas horas para llevar al lienzo su expresión triste e indiferente. Dibujan la perspectiva de su habitación, en la que se apilan toda Ya multitud de trastos que los pintores utilizan para sus dibujos: manos y piernas de escayola, que el tiempo y el polvo tiñeron de un color café; un caballete roto; una paleta tirada. Quizá haya un amigo tocando la guitarra, las paredes tendrán chafarrinones de pintura, y por la ventana abierta se alcanzará a ver el pálido Neva y unos pobres pescadores con sus camisas encarnadas. Casi todas sus obras tienen ese colorido gris, turbio, la indeleble impronta del Norte. Entre ellos es frecuente la gente de auténtico talento, y, si pudieran respirar el aire vivificante de Italia, seguro que ese talento se manifestaría libre, generoso y brillante como la planta que de una habitación se saca por fin al aire libre. Suelen ser muy tímidos; las condecoraciones, las charreteras de gruesos flecos les turban de tal modo, que inconscientemente rebajan el precio de sus cuadros. A veces les gusta vestir bien, pero su elegancia es insolente y hace el efecto de un remiendo. Es frecuente verles llevar un frac impecable y una capa manchada, o un caro chaleco de terciopelo con una chaqueta salpicada de pintura. Del mismo modo, en un paisaje sin acabar, a veces veréis pintada cabeza abajo una ninfa, que él, al no encontrar otro sitio, esbozó sobre una tela ocupada por una obra otrora trabajada con fruición. Jamás os mirará a los ojos; si os mira será con expresión velada, imprecisa; no clavará en vosotros la mirada escudriñadora del observador ni el fijo encaro del oficial de caballería. Ello se debe a que, mientras observa vuestras facciones, está viendo las de algún Hércules de escayola que tiene en su cuarto; o bien se imagina el cuadro que piensa pintar. Ello explica por qué tantas veces sus respuestas son incongruentes, y que responda sin ton ni son; esa confusión que guarda en su cabeza aumenta aún más su timidez.
       A ese tipo pertenecía el joven que hemos descrito, el pintor Piskariov, vergonzoso, tímido, pero que llevaba dentro las chispas de una pasión, que, llegado el momento, podrían convertirse en llama. Con un temblor oculto se apresuraba a dar alcance al objeto de su atención, que tanto le había asombrado, y él mismo parecía asombrado de su atrevimiento. La criatura desconocida en que tenía puestos los ojos, los pensamientos y los sentimientos volvió de pronto la cabeza y le miró. ¡Dios mío, qué rasgos tan divinos! La hermosa frente, de una blancura cegadora, estaba nimbada por el pelo, hermoso como el ágata. Aquellos maravillosos bucles se rizaban, y algunos, asomando por debajo del sombrero, rozaban sus mejillas, coloreadas ligeramente por el rubor que le producía el relente nocturno. Su boca cerrada prometía todo un enjambre de deliciosos ensueños. Todos nuestros recuerdos de la infancia, nuestras ilusiones y la sosegada inspiración que produce la luz de una lámpara, todo eso parecía contener y reflejar su armoniosa boca.
       Miró a Piskariov y, ante aquella mirada, a él se le estremeció el corazón; ella le lanzó una ojeada severa, y la indignación asomó a su cara ante la persecución insolente; pero en aquella hermosa cara hasta la ira cautivaba.
       Presa de vergüenza y timidez, Piskariov se detuvo y bajó la mirada; pero ¡cómo perder la huella de aquella divinidad, sin conocer siquiera el santuario que la había acogido! Estas ideas acudieron a la mente del joven soñador, que decidió proseguir la persecución. Mas, para no delatar su presencia, se distanció bastante y se puso a observar a su alrededor, como displicente, y a mirar los rótulos, pero sin perder un solo movimiento de la desconocida.
       Los transeúntes eran cada vez menos, la calle se volvía más silenciosa. La bella volvió la cabeza y él creyó descubrir en sus labios el brillo de una ligera sonrisa. Sé estremeció, sin dar crédito a lo que veía. ¡No! Había sido una farola, cuya luz había dibujado en su cara un simulacro de sonrisa: sus propias fantasías se mofaban de él. Pero la respiración se contuvo en su pecho, sintió un estremecimiento indefinible y, con los sentimientos encendidos, todo lo vio ante sí como envuelto en una bruma. La acera corría bajo sus pies, los coches y sus caballos galopantes parecían quietos; el puente se estiraba y quebraba en el arco; una casa aparecía tejado abajo; la garita de un guardia se ladeaba hacia él, y la alabarda del centinela, y las letras doradas de un rótulo con unas tijeras dibujadas, parecían brillar al ras mismo de sus pestañas. Todo esto lo había provocado una sola mirada, el giro de la hermosa cabeza.
       Ciego y sordo, seguía las ligeras pisadas de los lindos pies procurando refrenar sus pasos, que marchaban al compás de su corazón. A veces se detenía un instante, como dudando de que la expresión de aquella cara fuese de benevolencia; pero los latidos del corazón, una fuerza insuperable y la angustia que le dominaba le empujaban hacia adelante.
       Ni siquiera se percató de cómo había surgido ante él una casa de cuatro pisos: las cuatro hileras de ventanas iluminadas le miraron, todas a una, y las rejas de la entrada le opusieron su resistencia de hierro. Vio que la desconocida se lanzaba escaleras arriba, volvía la cabeza, colocaba un dedo sobre los labios y le hacía señas para que la siguiera.
       A Piskariov le temblaban las piernas; sus sentimientos y su mente ardían; un rayo de alegría le clavó un insoportable dardo en el corazón. ¡No, aquello ya no era un sueño! ¡Dios santo! ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan asombrosa en dos minutos!
       Pero ¿no estaría viendo una quimera? Él habría dado la vida por ella; sentía un placer inenarrable al aproximarse a su morada; ¿sería posible que ahora se mostrara tan benévola y atenta con él?
       Subió corriendo las escaleras. No le dominaban pensamientos terrenos, no le abrasaban pasiones sensuales; no, en ese instante él era puro y casto como un adolescente embargado por un indefinido deseo de amor espiritual. Y lo que en un hombre depravado habría despertado torcidas intenciones, en él, por el contrario, hacía más sublimes las suyas. Aquella confianza que le mostraba una criatura hermosa y débil, aquella confianza le imponía un rigor caballeresco, el de cumplir como un esclavo todo lo que ella le ordenara. Sólo deseaba que las órdenes fueran las más difíciles y duras de cumplir, para poner el máximo empeño en su ejecución. No dudaba de que una razón secreta e importante obligaba a la desconocida a mostrarle confianza; que a buen seguro le iban a exigir unos servicios considerables y ello, no obstante, sentíase con fuerzas y decisión para todo.
       La escalera se elevaba en espiral y a la vez se elevaban sus raudos sueños.
       —¡Tenga cuidado al subir! —sonó como un arpa la voz de ella, y su ser se sintió estremecido de nuevo.
       En la alta oscuridad de la cuarta planta la desconocida llamó a una puerta que se abrid y los dos entraron juntos.
       Una mujer más bien hermosa les recibió con una vela en la mano, pero lanzó a Piskariov una mirada tan extraña y descarada, que éste, sin querer, bajó los ojos. Entraron en una habitación. Su mirada descubrió en distintos rincones tres figuras femeninas. Una hacía solitarios con las cartas; la otra, sentada al piano, tocaba con dos dedos un pobre remedo de una vieja polonesa; la tercera, que permanecía ante el espejo peinando sus largos cabellos, no mostraba intenciones de interrumpir el arreglo por la entrada de un desconocido.
       Un desagradable desorden, como sólo se encuentra en la leonera de un solterón, reinaba en todo. Los muebles, bastante buenos, estaban cubiertos de polvo; de las molduras del techo colgaban telarañas, por la entornada puerta de una habitación contigua veíase una lustrosa bota de montar y su espuela, y el rojo de la orla de un uniforme. Una estentórea voz masculina y una risa de mujer sonaban sin recatarse.
       Dios santo, ¿dónde se había metido?
       Al principio, resistiéndose a creerlo, comenzó a poner más atención en los objetos que llenaban la habitación. Pero las paredes desnudas y las ventanas sin cortinas no indicaban que existiera una mano atenta; los rostros ajados de aquellas criaturas dignas de misericordia, una de las cuales se sentó casi en su misma cara y se puso a observarle tranquilamente, como a la mancha en un traje ajeno, todo eso le reveló que había entrado en ese tétrico antro donde mora el vicio detestable que origina la cultura superficial y la terrible superpoblación de la capital. Ese antro, en el que el hombre profana y desbarata todo lo que de inocente y casto embellece la vida; donde la mujer, la gracia del mundo, joya de la creación, se convierte en un ser extraño, equívoco, que, perdida, con la pureza espiritual, toda feminidad, adopta, repulsiva, los modales y la desfachatez del hombre, dejando de ser la criatura débil, tan bella y tan distinta de nosotros.
       Piskariov miraba atónito a la hermosa desconocida, como si quisiera cerciorarse de que era la misma mujer que le había embelesado y atraído en la Avenida Nevski. Pero ella permanecía ante él inmutable de belleza; su cabello era igualmente hermoso; sus ojos le seguían pareciendo celestiales. Lozana, no podía tener más allá de diecisiete años; a todas luces, hacía poco que había caído en el terrible vicio, que aún no asomaba a sus mejillas, frescas y ligeramente avivadas por un suave rubor: Era maravillosa.
       Él permanecía inmóvil ante ella, dispuesto a olvidarlo todo y a ser tan ingenuo como antes. Pero la beldad se cansó de silencio tan prolongado y le sonrió de manera significativa, mirándole fijamente a los ojos. Sin embargo, aquella sonrisa, llena de desgarradora impudicia, era muy extraña e iba tan mal con su cara como la expresión beatífica con la catadura del prevaricador, o el libro de cuentas con el poeta.
       Él se estremeció. Ella abrió sus hermosos labios, y comenzó a decir algo, pero todo tan estúpido, tan trivial… Como si quien se priva de la pureza se privara, a la vez, de la inteligencia. Él ya no quería oír más. Era ridículo y simple como un niño: en lugar de aprovecharse de la buena disposición de ella, en lugar de alegrarse de un caso así, que sin duda habría alegrado a otro en su lugar, rompió a correr, como una cabra loca, hacia la salida.
       Afligido y desalentado, permanecía él en su cuarto como un pobre que, tras haber encontrado una perla de valor incalculable, la hubiera dejado caer otra vez en el mar. “Tanta belleza, unos rasgos tan divinos y ¿adónde ha ido a parar? ¡A un sitio como ése…!” Era lo único que lograba expresar.
       Cierto, nada nos mueve tanto a compasión como la mujer bella tocada por el aliento putrefactivo del vicio. Que a ello se prestara la fealdad aún…; pero la belleza, la delicada belleza, sólo va asociada, en nuestra mente, a la castidad y a la pureza.
       La hermosa joven que de tal forma había cautivado al pobre Piskariov era, en verdad, un fenómeno asombroso, extraordinario. Su estancia en aquel ambiente detestable resultaba aún más insólita. Todas sus facciones eran tan impecables, y tan noble toda la expresión de su bella cara, que se hacía imposible creer que el vicio hubiera clavado en ella sus terribles garras. Habría podido ser perla inapreciable, el mundo entero, el paraíso, el mayor tesoro de un esposo amante; habría podido ser diosa serena de un dulce hogar, y aceptado el solo movimiento de sus hermosos labios como una grata orden; habría sido estrella de un salón tumultario, sobre el suelo reluciente, a la luz de las velas, adorada en silencio por una muchedumbre de rendidos admiradores; pero, ¡ay!, la terrible voluntad de un espíritu infernal, gozoso de destruir la armonía de la vida, la había lanzado, con una carcajada, al abismo.
       Transido de una pena desgarradora, permaneció él en su asiento ante la vela que se consumía. Pasó la medianoche, la campana de la torre dio las doce y media; él seguía inmóvil, sin sueño, ensimismado en su vigilia. Aprovechándose de su inmovilidad, el sueño comenzaba a rendirle lentamente, el cuarto se esfumaba y únicamente la luz de la vela llegaba hasta él a través del sueño que le iba venciendo, cuando, de pronto, un golpe en la puerta le hizo estremecerse y espabilarse. La puerta se abrió y entró un lacayo vestido con magnífica librea. Jamás a su cuarto solitario se había asomado una librea rica, tanto menos a deshora… Perplejo, con una impaciente curiosidad, observó al visitante.
       Con una reverencia respetuosa el lacayo dijo:
       —La señorita a la que usted visitó hace unas horas manda invitarle a su casa y envía un coche a recogerle.
       Piskariov se puso en pie, mudo del asombro: un coche, un criado con librea… No, seguro que era un error…
       —Mire, amigo —dijo con timidez—, usted, probablemente, se ha equivocado de puerta. Su señora le habrá mandado a buscar a otro, no a mí.
       —No, señor, no me equivoco. ¿No acompañó usted a mi señora hasta una casa de la calle Litéinaya, a una habitación del cuarto piso?
       —Así es.
       —Entonces, haga el favor de darse prisa; la señora quiere verle sin falta y le ruega que vaya directamente a su casa.
       Piskariov bajó la escalera corriendo. En la calle, efectivamente, esperaba el coche. Subió, se cerraron las portezuelas, el empedrado de la calzada resonó bajo las ruedas y los cascos y una perspectiva iluminada, de edificios con brillantes rótulos, desfiló ante las ventanillas del carruaje.
       Piskariov estuvo meditando durante todo el trayecto, sin hallar explicación a la aventura. No sabía qué podía haber de común entre una casa propia, un coche, un lacayo de rica librea y… la habitación de aquel cuarto piso, las ventanas polvorientas y el piano desafinado.
       El coche se detuvo ante una entrada llena de luz, y, de pronto, Piskariov se sintió aturdido ante la fila de carruajes, la charla de los cocheros, las ventanas brillantemente iluminadas y la música. El lacayo de la librea suntuosa le ayudó a bajar del coche y le acompañó respetuoso hasta un vestíbulo con columnas de mármol y con un portero reluciente de oro, donde capas y pellizas se apilaban en desorden bajo la brillante lámpara.
       Una escalera, airosa de relucientes barandillas, impregnada de aromas, llevaba a los pisos superiores. La enfiló Piskariov, y ya había ganado una sala del primer piso, cuando retrocedió asustado ante el enorme gentío. Había tal variedad de caras, que se quedó completamente aturdido; era como si el demonio, después de machacar el universo en un sinfín de pedazos, se hubiera puesto a juntar los trozos sin orden ni concierto. Sintióse cegado por los brillantes hombros de las mujeres y los fracs negros, las arañas, las lámparas, el revuelo de las telas vaporosas, las etéreas cintas y el panzudo contrabajo que asomaba por la barandilla de la elegante crujía. Vio, de un golpe, un gran número de venerables ancianos, o casi ancianos, de condecorados fracs; infinidad de damas que paseaban por el parquet o permanecían sentadas con indecible soltura, donaire y gracia; por todas partes, oía palabras francesas o inglesas; veía a jóvenes de negro frac y porte nobilísimo, que hablaban, o callaban con dignidad, de todo punto incapaces de decir una palabra de más, que bromeaban con solemnidad y sonreían con mesura; jóvenes de admirables patillas que se daban gran arte en exhibir sus cuidadas manos al arreglarse la corbata; y vio damas tan etéreas, tan arrobadas y embelesadas, damas que con tanta gracia bajaban la mirada, que… Pero la timidez de Piskariov, que se apoyaba en una columna, revelaba su total desconcierto.
       En ese instante la muchedumbre hizo corro en torno a un grupo de danzantes que se movían envueltas en trasparentes modelos de París. Los vestidos parecían tejidos del aire mismo, y ellas, displicentes, deslizaban sus brillantes pies sobre el parquet y parecían aun más etéreas que si no lo tocaran. Pero entre todas había una, la mejor, la más elegante y la más lujosamente vestida. Todo su atavío era una muestra sutil del mejor gusto, y aun así, parecía que ella no hubiera puesto nada por lograrlo, que todo se hubiera producido de manera espontánea. Miraba sin mirar a la multitud de espectadores que la rodeaba; sus hermosas largas pestañas se cerraron indiferentes y la refulgente blancura de su cara se hizo aún más deslumbradora cuando, al bajar la cabeza, una ligera sombra tiñó su hermosa frente.
       Piskariov puso todo su empeño en abrirse camino, para contemplarla mejor; pero, para gran disgusto suyo, una cabeza enorme, de negro pelo rizoso, se la tapaba constantemente, mientras la muchedumbre le acorralaba de tal forma, que no se atrevía a dar un paso ni hacia adelante ni hacia atrás, por temor a chocar con algún consejero privado. Cuando por fin logró abrirse paso, echó una mirada a su traje, para ponerlo en orden. Pero ¡santo cielo! ¿Qué era aquello? Llevaba toda la levita manchada de pintura; con las prisas había olvidado ponerse un traje decoroso. Enrojeció hasta las orejas, agachó la cabeza y de buena gana habría desaparecido; pero no tenía dónde meterse: a sus espaldas los gentileshombres de cámara, de relucientes trajes, formaban una auténtica muralla. Ahora su mayor deseo era encontrarse lo más lejos posible de la bella de hermosa frente y largas pestañas. Temeroso levantó los ojos para ver si ella le estaba observando. ¡Cielos, la tenía ante él…! ¿Sería posible? “¡Es ella!”, estuvo a punto de gritar.
       Efectivamente, era ella, la misma que había encontrado en la Avenida Nevski y acompañado a su casa.
       Ella elevó sus pestañas y observó a todos con su mirar sereno. “¡Oh, qué hermosa es, qué hermosa…!”, fue lo único que pudo decir con voz entrecortada. Ella recorrió con sus ojos todo el círculo de hombres empeñados, cada uno, en atraer su atención; pero en seguida apartaba la mirada, como si se sintiese cansada o estuviese distraída; hasta que sus ojos encontraron los de Piskariov. ¡Qué cielo! ¡Qué maravilla! ¡Concédeme, Señor, fuerzas para sobrellevarlo! ¡Aquello era superior a su vida, su cuerpo era demasiado pequeño para contener aquel sentimiento capaz de destruirle el alma!
       Ella hizo una seña, no con la mano, ni con la cabeza, no: fue una señal de sus ojos arrebatadores, una expresión tan imperceptible, que nadie logró verla; sólo él la captó y comprendió.
       El baile duró mucho tiempo; la música, como fatigada, parecía extinguirse y fenecer, pero luego se recuperaba y volvía a renacer, chillona y rugiente. Por fin cesó. Tomó ella asiento. Su pecho se agitaba bajo la gasa vaporosa; su mano (¡cielos, qué mano tan prodigiosa!) se posó en las rodillas oprimiendo con su peso el etéreo vestido, y el vestido oprimido parecía respirar música, y el suave color lila del vestido realzó aún más la brillante blancura de la bella mano.
       Sólo quería tocar aquella mano. ¡Nada más que eso!: todos los demás deseos habrían sido una ofensa… Él permanecía tras la silla de ella, sin atreverse a hablar, sin atreverse a respirar.
       —¿Se sintió usted aburrido? —preguntó ella—. También yo me aburrí. Pero observo que me odia usted… —agregó según bajaba las largas pestañas.
       “¡Odiarla! ¿Yo?…”, quiso exclamar Piskariov, totalmente desconcertado. Y tal vez habría dicho un montón de despropósitos, pero en ese instante apareció uno de los gentileshombres de hermoso tupé e hizo unas observaciones agudas. Mientras hablaba mostraba de manera bastante agradable una hilera de hermosos dientes y cada uno de sus chistes era un clavo agudo qué se hincaba en el corazón de Piskariov. Por suerte, uno de los presentes preguntó algo al gentilhombre.
       —¡Esto es insoportable! —exclamó ella conforme ponía en Piskariov sus ojos celestes—. Voy a sentarme en el otro extremo de la sala; reúnase allí conmigo.
       Y, abriéndose paso entre la muchedumbre, desapareció.
       Como un loco, él fue apartando al gentío hasta alcanzar el lugar señalado. Allí estaba ella, sentada como una reina, la mejor de todas, la más hermosa, buscándole con la mirada.
       —¿Está usted aquí? —dijo con voz queda la joven—. Quiero ser sincera con usted: seguramente le habrán extrañado las circunstancias de nuestro primer encuentro, ¿verdad? ¿Cómo pudo imaginar que pertenecía yo a esa detestable clase de seres entre los que me vio? ¿Encuentra extraña mi actitud? Voy a revelarle el secreto. ¿Estará usted dispuesto —pronunció y puso rápidamente en él sus ojos— a no revelarlo nunca?
       —Nunca, nunca…
       En ese instante apareció un hombre entrado en años y, dirigiéndose a ella, habló en un idioma que Piskariov desconocía, según le ofrecía el brazo. Ella lanzó a Piskariov una mirada suplicante y le hizo seña de que permaneciera en el mismo sitio y esperara su regreso; pero era tal la impaciencia que le consumía a él, que, incapaz de obedecer a nadie, ni aun a ella, se levantó y se fue detrás de ella. Pero la muchedumbre los separó.
       Perdido de vista el vestido lila, recorrió inquieto una sala tras otra, empujando sin consideración a cuantos encontraba a su paso; pero en las otras salas sólo vio a los personajes que jugaban al whist sumergidos en un silencio sepulcral. En un rincón de una estancia varios hombres maduros discutían sobre las ventajas de la carrera militar ante la civil; en otra, caballeros de impecables fracs dedicaban superfluos comentarios a la copiosa obra de un laborioso poeta. Piskariov sintió que un anciano de respetable aspecto le agarró por un botón de la levita, para exponerle un atinado juicio; pero él lo apartó desconsideradamente, sin percatarse siquiera de que el otro llevaba al cuello una importante decoración. Pasó a otra habitación, mas ella tampoco estaba allí. Ni en la tercera.
       “¿Dónde está? ¡Devolvédmela! ¡No puedo vivir sin verla! ¡Quiero oír lo que se disponía a decirme!”
       Todas las pesquisas resultaban infructuosas. Desasosegado, cansado, se acurrucó en un rincón y observó a la muchedumbre; pero a su vista, tensa, todo ofrecía un aspecto confuso. Finalmente, comenzó a vislumbrar claramente las paredes de su cuarto. Levantó los ojos y vio ante sí la palmatoria, con la llama casi extinguida en el fondo del tubo: la vela se había derretido y el sebo se desbordaba por la mesa.
       Entonces, ¿todo había sido un sueño? ¡Dios mío, qué sueño! ¿Para qué despertó? ¿No pudo acaso prolongarlo un minuto? Seguro que ella habría reaparecido.
       Una luz molesta asomaba a las ventanas con fulgor difuso. La habitación ofrecía un desorden gris, triste… ¡Qué desagradable era la realidad! ¿Acaso podía compararse con los sueños?
       Se desvistió apresuradamente y se acostó, arrebujado en la manta, deseando, por un instante, recuperar el sueño desaparecido. El sueño, efectivamente, no tardó en volver a él, pero le ofreció precisamente lo que no hubiera querido ver: se le representaba el teniente Pirogov, con la pipa; o el bedel de la academia; o un consejero de Estado numerario; o la cabeza de una finlandesa, que él dibujó una vez; tonterías por el estilo.
       Permaneció en la cama hasta mediodía, intentando dormir, pero ella no se le aparecía. ¡Volver a contemplar, tan sólo un instante, sus hermosos rasgos, sólo un instante escuchar sus ligeros pasos, ver su brazo desnudo, como la nieve en las cumbres…!
       Despojado de todo, olvidado de todo, permanecía sentado sin consuelo y sin esperanza, nada más que con los sueños. No tenía ganas de hacer nada; sus ojos miraban desencantados, sin emoción, por la ventana que daba al patio, donde un aguador sucio repartía agua que se helaba en el aire y la voz berreante de un chamarilero trepidaba: “Se vende ropa usadaaa”. Lo cotidiano y lo real le herían el oído.
       En ese estado permaneció hasta la noche, cuando se tumbó con avidez en la cama. Después de un largo forcejeo con el insomnio, lo venció. Y tuvo otro sueño, un sueño vulgar y mísero. “Dios misericordioso: muéstramela por un instante. Por un solo instante”.
       La jornada siguiente la pasó, también, a la espera de la noche. Se durmió de nuevo y de nuevo soñó con un funcionario, que era a la vez funcionario y fagotista; ¡algo insoportable! Hasta que, por fin, apareció ella: su cabeza, sus rizos…, ¡le miraba…! ¡Pero duró muy poco! De nuevo volvieron la bruma y los sueños estúpidos.
       Los sueños terminaron siendo su vida, y, desde ese momento, toda su vida tomó un giro extraño: se hubiera dicho que dormía despierto y vivía en sueños. Quien le viere callado ante la mesa vacía, o caminando por la calle, le habría tomado por un sonámbulo o por un hombre vencido por el alcohol. Su mirada perdió la expresividad, su distracción natural llegó a tal grado, que, imperiosa, borró de su cara todos los sentimientos, todos los movimientos que la animaban. Sólo volvía a vivir cuando llegaba la noche.
       Ese estado alteró todas sus fuerzas, hasta que al final llegó a padecer el más horrible de los tormentos cuando el sueño comenzó a abandonarle. Intentando salvar esa su única riqueza, recurrió a todos los medios para reconquistarla. Tenía oído que, para recuperar el sueño, bastaba con tomar opio. Pero ¿dónde conseguirlo? Se acordó de un persa, propietario de un taller de chales; que, casi siempre, al verle, le pedía que le dibujara a una mujer hermosa. Confiando en que aquél tendría ese opio, decidió visitarle. El persa le recibió sentado en un diván y con las piernas cruzadas.
       —¿Para qué quieres el opio? —le preguntó.
       Piskariov le habló de su insomnio.
       —Bien, te daré el opio, si tú me dibujas una mujer guapa. Pero guapa de verdad. Las cejas negras y los ojos grandes como aceitunas; y a mí me pones al lado, fumando en pipa. ¿Me oyes? ¡Que sea guapa! ¡Que sea bellísima!
       Piskariov le prometió todo eso. El persa se ausentó un instante y regresó con un tarro lleno de un líquido oscuro, vertió con cuidado una parte en otro tarro y, entregándoselo a Piskariov, le recomendó echar tan sólo siete gotas en un vaso de agua. Piskariov se apoderó con avidez del valioso tarro, que no habría cambiado por un montón de oro, y regresó corriendo a casa.
       Una vez allí, echó las gotas en un vaso de agua, lo bebió y se acostó.
       ¡Dios, qué alegría! ¡Ella! ¡Era otra vez ella! Pero con otro aspecto distinto. ¡Qué bien se la veía, sentada a la ventana de una soleada casa campesina! Su vestido transpiraba la sencillez de la que sólo se viste la idea del poeta… Su peinado… Señor, qué peinado tan sencillo y qué bien le iba. Llevaba una ligera toquilla echada descuidadamente sobre sus esbeltos hombros; todo en ella era sencillo, todo revelaba un secreto e inexpresable sentido del gusto. ¡Qué encantador era su gracioso caminar! ¡Qué musical el susurro de sus pisadas y de su sencillo vestido! ¡Qué hermoso aparecía su brazo ceñido por una pulsera de amatista! Ella le decía con lágrimas en los ojos: “No me deteste. No soy la que usted se cree. Míreme, míreme mejor y dígame: ¿acaso puedo ser capaz de lo que usted piensa? ¡Oh, no, no! ¡Quien sea capaz de pensarlo, quien…!”
       Se despertó conmovido, emocionado, con lágrimas en los ojos. “¡Más valdría que no existieras, que no vivieras en el mundo, que fueras sólo obra de un pintor inspirado! No me apartaría del lienzo, no cesaría de contemplarte, de besarte. Viviría y respiraría añorándote, como a la más hermosa de las ilusiones, y sería feliz. No tendría otros deseos. Te invocaría, como al ángel de la guarda, al dormirme y al despertar, y esperaría a que aparecieses cuando tuviera que pintar lo divino y lo sagrado. Pero ahora… ¡Qué vida más horrible! ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Acaso la vida del demente agrada a sus familiares y amigos, que antes le quisieron? ¡Señor, qué vida la nuestra! ¡Una eterna pugna entre el sueño y la realidad!”
       Estas y otras ideas semejantes le asaltaban constantemente. No pensaba en nada, apenas comía, y esperaba con impaciencia, con la pasión del amante, la llegada de la noche y de la visión anhelada.
       Esa fijación adquirió por fin tal poder sobre su vida y su mente, que la imagen deseada se le aparecía casi a diario y siempre bajo un aspecto opuesto a la realidad, porque los pensamientos de Piskariov eran tan puros como los de un niño. A través de aquellos sueños, el propio objeto que los motivaba se iba purificando y transformándose por completo.
       El opio excitó aún más su mente, y si alguna vez hubo un enamorado que llegó al último extremo de la demencia, con una pasión arrebatadora, terrible, destructora, turbulenta, ese desdichado era él.
       De todos los sueños ninguno le hacía tan dichoso como aquel en que aparecía en su taller, alegre y feliz, sentado, con la paleta en la mano, y ella junto a él. Ella ya era su esposa. Estaba a su lado, su encantador codo apoyado en el espaldar de su silla mientras observaba su trabajo. Sus ojos, lánguidos, cansados, reflejaban la fatiga que produce el placer. Todo en su habitación transpiraba gloria; había en ella tal claridad, tanta limpieza. ¡Señor, y aquella hermosa cabeza recostada sobre el pecho de él…! Jamás había tenido un sueño mejor.
       Esa vez se levantó más descansado y menos distraído que antes. Su mente elaboraba proyectos extraños. “Es posible —pensaba— que un terrible suceso involuntario la haya arrastrado al vicio; es posible que su inclinación de espíritu la impulsen hacia el arrepentimiento; es posible que ella misma quiera escapar a su terrible condición. ¿Iba él a observar con indiferencia cómo marchaba ella hacia la perdición cuando bastaría tenderle la mano para salvarla del naufragio?”
       Sus pensamientos llegaban aún más lejos. “A mí no me conoce nadie —se decía—, además, ¿qué importo yo a nadie ni qué me importa nadie a mí? Si ella se siente sinceramente arrepentida y cambia de vida, nos casamos. Tengo que casarme con ella, y seguro que obraré mejor que quienes se casan con su ama de llaves e incluso, con frecuencia, con los seres más viles. Pero mi acción será desinteresada y tal vez sublime. Yo restituiré al mundo la mejor de sus joyas”.
       Elaborado su plan tan a la ligera, sintió cómo los colores se le subían a la cara. Se acercó al espejo y él mismo se asustó de sus mejillas hundidas y de su cara macilenta. Comenzó a vestirse minuciosamente, se lavó, se alisó el pelo, se puso el frac nuevo, un chaleco elegante, la capa, y salió a la calle. Al respirar el aire fresco sintió alivio en el corazón, igual que el convaleciente que hubiera decidido salir por primera vez tras una larga enfermedad. Su corazón le latió con fuerza según se acercaba él a la calle que no había pisado desde aquel encuentro fatídico.
       Estuvo un largo rato buscando la casa; parecía que la memoria le hubiera traicionado. Recorrió la calle dos veces sin decidir ante qué casa detenerse. Por fin, una se le antojó parecida. Subió rápidamente la escalera y llamó a la puerta. Se abrió ésta y ¿quién salió a recibirle? Su ideal, su imagen misteriosa, el original de los retratos soñados que llenaba su vida tan terrible, tan dolorosa, tan dulce. Ella misma estaba ante él. Piskariov se estremeció, y se sintió tan débil, que, inundado por una ola de alegría, apenas podía mantenerse en pie. Ella estaba allí, igual de bella y, aunque tenía ojos de sueño y la palidez asomaba a su cara, ya no tan lozana, seguía siendo hermosa.
       —¡Ah! —exclamó al ver a Piskariov y se restregó los ojos. Eran ya las dos—. ¿Por qué se escapó aquella vez?
       Cansado, se dejó caer en una silla y la miró.
       —Acabo de despertarme; me trajeron a las siete de la mañana. Venía completamente borracha —agregó ella sonriendo.
       ¡Cuánto más valdría que hubiera sido muda, privada del habla, antes que pronunciar semejantes palabras! En ese instante ella exponía ante él todo lo que era su vida. Pero él, imponiéndose a aquella impresión, decidió probar qué influencia podrían tener en ella sus admoniciones. Armándose de valor, comenzó, con voz temblorosa y apasionada, a dibujarle su terrible situación. Ella le escuchaba con atención y con ese aire de asombro que nos produce un suceso inesperado y extraño. Le miró y esbozó una ligera sonrisa, destinada a una amiga que estaba en el rincón, la cual dejó de limpiar el peine y también prestó atención al nuevo predicador.
       —Cierto, soy pobre —finalizó Piskariov su dilatada y edificante prédica—, pero trabajaremos animándonos uno al otro, procuraremos mejorar nuestra vida. No hay nada mejor que debérselo todo a uno mismo. Mientras yo pinto, tú te sentarás a mi lado, inspirándome en el trabajo, y te pondrás a bordar o a hacer otras labores, y no nos faltará nada.
       —¿Qué está usted diciendo? —cortó ella su parlamento con cierta expresión, despectiva—. Ni que fuera yo una fregona, o una costurera, para ponerme a trabajar.
       ¡Dios! Aquellas palabras resumían toda una vida mezquina y despreciable, una vida llena de vaciedad y de ocio, compañeros fieles del vicio.
       —¡Cásese conmigo! —intervino con descaro la amiga que estaba en el rincón y que hasta ahí se había mantenido callada—. Si me hace su mujer, me sentaré así —y puso en su cara de infeliz una expresión estúpida, que hizo mucha gracia a, la bella.
       ¡Aquello era ya demasiado! ¡Algo que él ya no tenía fuerzas para soportar! Se echó a la calle, incapaz de sentir ni de reflexionar. Con la mente ofuscada, estuvo todo el día deambulando sin objeto, sin ver, ni oír nada, insensible. Nadie supo dónde había pasado la noche; sólo al día siguiente, guiado por un instinto absurdo, llegó a casa, pálido, con un aspecto horrible, el pelo alborotado, e indicios de locura en la cara. Se encerró en su cuarto y no dejó entrar a nadie, ni pidió nada.
       Pasaron cuatro días y su habitación no se había abierto una sola vez; una semana después, el cuarto seguía cerrado. Llegaron hasta la puerta y le llamaron, pero no obtuvieron respuesta; finalmente derribaron la puerta y hallaron su cuerpo sin vida, con el cuello sajado. La navaja ensangrentada yacía en el suelo. Por los brazos, extendidos y crispados, y por la cara, terriblemente desfigurada, se veía que el pulso le había fallado y que había sufrido mucho antes de que su alma pecadora se despidiera del cuerpo.
       Así murió, víctima de una pasión demencial, el pobre Piskariov, humilde, tímido, modesto, cándido como un niño, dotado de una chispa de talento que, con el tiempo, tal vez habría llegado a ser llama brillante y poderosa.
       Nadie le lloró; a nadie se vio junto a su cuerpo inanimado, salvo al habitual guardia municipal y el impasible forense. Su ataúd fue trasladado al cementerio de Ojta sin ruido e incluso sin oficios religiosos; tras él únicamente iba llorando un soldado, pero sólo porque había bebido una copa de más. Ni siquiera el teniente Pirogov se acercó a ver el cadáver del infortunado, a quien en vida otorgara su alta protección. Además, envuelto, como estaba, en una aventura extraordinaria, tampoco tenía tiempo para ello.
       Pero retomemos a él.
       No me gustan los entierros ni los muertos, y me molesta cuando se me cruza en el camino el cortejo fúnebre en el que un soldado inválido, vestido de capuchino, se lleva el rapé a la nariz con la mano izquierda, porque en la derecha porta la corona. Siento disgusto en el alma siempre que veo un rico catafalco y un féretro forrado de terciopelo; pero a mi disgusto se une la pena cuando advierto una carreta con el ataúd, de cruda madera de pino, de un pobre al que en alguna bocacalle se une alguna pordiosera que no tiene mejor cosa que hacer.
       Me parece que abandonamos al teniente Pirogov en el momento en que éste se apartaba del pobre Piskariov para lanzarse en pos de una rubia. Esa rubia era una criatura ligerilla y con su poco de encanto. Se paraba ante cada tienda para contemplar los cinturones, pañoletas; guantes y demás bagatelas expuestas en los escaparates, pero sin aquietarse un solo instante, mirando a todas partes y volviendo hacia atrás la cabeza.
       “¡Amiguita, ya te tengo!”, se decía Pirogov seguro de sí mismo conforme, tapada la cara con el cuello del abrigo, por temor a ser reconocido por algún amigo, continuaba su persecución.
       Pero no estará de más decir al lector quién era el teniente Pirogov. Aunque, antes de hablar del teniente Pirogov, no sería ocioso decir algo sobre la sociedad a que pertenecía.
       Hay unos oficiales que en Petersburgo constituyen una especie de clase intermedia de la sociedad. Siempre encontraréis a alguno en una velada, en la cena que ofrece un consejero civil, o un consejero numerario, cuyo título es el premio a cuarenta años de esfuerzos. Junto a las varias hijas del anfitrión, pálidas, desvaídas como Petersburgo, algunas de ellas maduritas, la mesa de té, el piano, los bailes caseros. Pues bien, en mitad de todo eso no pueden faltar las brillantes charreteras que rutilan a la luz de las lámparas entre una rubia modosa y el frac negro de su hermano, o de un amigo de la familia. A estas señoritas de sangre fría cuesta mucho animarlas y hacerlas reír; para ello se requiere mucho arte o, más bien, una ausencia total de arte. Hay que hablarles de forma que no sea ni muy inteligente ni demasiado graciosa, que en todo exista esa trivialidad que gusta a las mujeres. En este punto hay que hacer justicia a los referidos caballeros. Se dan una maña especial en hacer reír y en escuchar a esas descoloridas beldades. Su mejor recompensa suelen ser estas exclamaciones ahogadas en risas: “¡Se lo suplico, no siga! ¿No le da vergüenza hacernos reír tanto?”
       En las esferas superiores a esos señores se les encuentra pocas veces, mejor dicho, nunca. De allí han sido desplazados por los que en esos ámbitos denominan aristócratas; con todo, se les tiene por personas instruidas y cultas. Son dados a charlar de literatura; elogian a Bulgarin, a Pushkin y a Grech, y hablan con desdén y burla de A. A. Orlov. No se pierden una sola conferencia pública, aunque verse sobre teneduría de libros o arboricultora. En el teatro siempre encontraréis a alguno de ellos en cualquier espectáculo, excluidos los sainetes, que hieren muchísimo sus exquisitos gustos. Teatrales empedernidos, con ellos hacen taquilla las empresas de espectáculos. De las obras les encantan sobre todo los buenos versos; también son muy aficionados a reclamar a gritos a los actores; muchos de ellos, que dan clases en centros oficiales o se preparan para el ingreso en esos centros, acaban por conseguir un coche con un par de caballos. Entonces su círculo se dilata: al final se casan con la hija de un mercader, que toca el piano, tiene cien mil rublos de dote y un montón de parientes barbudos. Pero ese honor lo logran únicamente tras haber llegado por lo menos a coronel. Es que las barbas rusas, aun cuando sigan oliendo a berza, quieren ver a sus hijas casadas con un general, o, como poco, con un coronel.
       Tales son los rasgos distintivos de esa clase de gente. Por añadidura, el teniente Pirogov tenía un cúmulo de talentos exclusivamente suyos. Recitaba maravillosamente trozos de “Dimitri Donskói[1]” y de “La desdicha de ser inteligente[2]”, se daba una maña especial en hacer volutas con el humo de la pipa, de las que conseguía hasta diez, una detrás de otra. Contaba con mucha gracia aquel chiste del cañón y el rinoceronte que van, cada uno, a lo suyo. Pero sería harta difícil enumerar uno por uno todos los talentos con que el destino había premiado a Pirogov.
       Le gustaba hablar de las jóvenes actrices y de las jóvenes bailarinas, pero sin la ordinariez con que enfocaría el tema un sargento bisoño. Se sentía muy ufano de su graduación, que le habían concedido hacía poco, aunque alguna vez, tumbado en el diván, llegó a exclamar: “¡Todo es vanidad y sólo vanidad! ¿De qué me sirve ser teniente?” Pero en su fuero interno le halagaba mucho el nuevo cargo; en la conversación procuraba mencionar de forma indirecta su graduación, y en cierta ocasión, habiéndose cruzado en la calle con un escribano que le pareció descortés, le detuvo inmediatamente y en pocas, pero enérgicas frases, le dio a entender que tenía ante él a un teniente, y no a cualquier oficial subalterno. Tanto mayor énfasis puso en ello, cuanto que en ese instante pasaban a su lado dos señoritas que no estaban nada mal.
       Pirogov era un apasionado de todo lo bello y alentaba al pintor Piskariov; aunque tal vez lo hiciera porque tenía unas ganas locas de ver su viril fisonomía plasmada en el lienzo. Pero no diremos más de las cualidades de Pirogov. El hombre es un ser tan portentoso, que de un golpe es imposible enumerar todas y cada una de sus virtudes, pues, cuanto más lo observas, tanto mayores particularidades le hallas. Su descripción, así, se haría interminable.
       Estábamos, pues, en que Pirogov no dejaba de perseguir a la desconocida, cuya atención reclamaba de cuando en cuando mediante preguntas a las que ella respondía de forma brusca y tajante, o con sonidos ininteligibles.
       Cruzaron las oscuras puertas de Kazán y llegaron a la Meshchánskaya, la calle de las cacharrerías y de los estancos, de artesanos alemanes y ninfas finlandesas. La rubia apretó el paso y se coló por el portal de una casa bastante ruinosa. Pirogov, detrás. Ella subió presurosa por una estrecha y oscura escalera y entró en una puerta por la que el teniente se adentró también valientemente. Se vio en una habitación amplia, de paredes negras y techo cubierto de hollín. Sobre una mesa se apilaban tuercas de hierro, herramientas de cerrajero, relucientes cafeteras y candelabros; el suelo estaba cubierto de limaduras de cobre y de hierro. Pirogov adivinó que estaba en la casa de un artesano. La desconocida siguió adelante y desapareció por una puerta lateral. Él permaneció meditabundo un instante; pero, fiel a la regla rusa, decidió continuar el avance. Entró en una habitación en nada parecida a la anterior, muy bien puesta, prueba de que su dueño era alemán. Y se quedó sorprendido de la extraña escena.
       Ante él estaba Schiller, pero no el Schiller de Guillermo Tell ni de la Guerra de los treinta años, sino el famoso Schiller, hojalatero de la calle Meshchánskaya. Al lado de Schiller se hallaba Hoffmann, pero no el escritor Hoffmann, sino un zapatero bastante bueno de la calle Ofitsérskaya, gran amigo de Schiller. El hojalatero, borracho y sentado en una silla, descargaba taconazos contra el suelo y decía algo, muy excitado. Pirógov no se habría asombrado mucho de todo esto, de no ser por la extraña posición de ambos hombres. Schiller estaba sentado con la cabeza estirada para ofrecer mejor su carnosa nariz, mientras Hoffmann, sujetándola con dos dedos, pasaba el filo de su cuchilla de zapatero a ras de la punta de la nariz. Ambos personajes hablaban en alemán, por lo que el teniente Pirogov, que de alemán sólo sabía “Guten Morgen”, nada podía entender de aquella historia.
       En resumen, Schiller decía lo siguiente:
       —¡Que no la quiero, que no necesito la nariz! —y agitaba las manos—. Sólo en la nariz me gasto tres libras de rapé al mes. Y tengo que comprarlo en un asqueroso estanco ruso, porque en el estanco alemán no hay rapé ruso, y por cada libra pago en el asqueroso estanco ruso cuarenta kopeks, lo cual da un rublo con veinte, o sea catorce rublos y cuarenta kopeks por año. ¿Tú oyes eso, mi querido Hoffmann? ¡Catorce rublos con cuarenta kopeks por una nariz! Además, en las fiestas gasto rapé alemán, porque los festivos no me apetece oler el pésimo rapé ruso. Al año gasto dos libras de rapé alemán, a dos rublos la libra. ¡Seis más catorce son veinte rublos con cuarenta kopeks, sólo en rapé! ¡Es un robo! ¿Verdad, querido Hoffmann? —Hoffmann, que también estaba borracho, respondía afirmativamente—. ¡Veinte rublos y cuarenta kopeks! Que soy un alemán de Suabia; que tengo a mi rey en Alemania, que no quiero la nariz. ¡Que me cortes la nariz! ¡Aquí la tienes!
       De no haber sido por la repentina aparición del teniente Pirogov, a buen seguro que Hoffmann, como quien no quiere la cosa, le rebana la nariz a Schiller, porque ya había conferido a la cuchilla la posición que le daba al cortar las medias suelas.
       A Schiller le disgustó que un desconocido, a quien nadie había invitado, le estorbase tan inoportunamente. Y, aunque se hallaba bajo los arrebatadores efectos de la cerveza y del vino, comprendía que era un tanto incómodo aparecer con tales trazas y en tal actitud ante un ajeno.
       Entretanto, Pirogov inclinó la cabeza y, con su peculiar gracia, dijo:
       —Usted perdone…
       —Fuera de aquí —respondió Schiller alargando las palabras.
       Esto desconcertó al teniente Pirogov. Ese trato era algo nuevo para él. La sonrisa, a punto de asomar a su cara, desapareció de pronto. Con el sentimiento del herido en su dignidad, dijo:
       —Me extraña, señor mío… Quizá no haya caído usted en la cuenta: soy un oficial…
       —Y a mí ¿qué? Tú oficial, yo alemán de Suabia. Yo —y Schiller descargó su puño sobre la mesa— seré oficial: año y medio cadete, dos años teniente, y yo mañana ahora ser oficial. Pero no quiero servir en el ejército. Yo con oficial hago así: ¡fu! —y estiró la palma de la mano y sopló sobre ella.
       Pirogov vio que no le quedaba más remedio que retirarse; pero aquella falta de respeto a su graduación le había molestado. Se detuvo varias veces en la escalera, como para cobrar ánimo y fraguar la forma de hacer pagar a Schiller su insolencia. Por último decidió que a Schiller se le podía perdonar, porque tenía la cabeza llena de cerveza. Además, se acordó de la linda rubia y decidió dar la cosa por olvidada.
       A la mañana siguiente, muy temprano, el teniente Pirogov se presentó en el taller del hojalatero. A la entrada le recibió la encantadora rubia. Con voz bastante severa, que le favorecía mucho, le preguntó:
       —¿Qué se le ofrece?
       —¡Ah, hola, preciosa! ¿No me ha reconocido? ¡Pícara, con esos ojos tan lindos!
       Al mismo tiempo, Pirogov intentó, graciosamente, levantarle la barbilla con el dedo. Pero la rubia, asustada y con la misma severidad, repitió:
       —¿Qué se le ofrece?
       —Verla, nada más —pronunció el teniente Pirogov según sonreía con agrado y acercábase más. Pero, advirtiendo que la asustadiza joven se disponía a desaparecer por la puerta, agregó—: Cariño, necesito encargar unas espuelas. ¿Pueden hacérmelas aquí? Aunque, para amarla a usted, más que espuelas se requieren frenos. ¡Qué manos tan bellas!
       En tilles trances, el teniente Pirogov era muy galante.
       —Ahora mismo llamo a mi marido —exclamó la alemana, y se fue.
       A los pocos minutos Pirógov vio aparecer a Schiller con cara de haber dormido, apenas recuperado de la borrachera de la víspera. Miró al oficial y, como en un sueño borroso, recordó lo ocurrido la víspera. En realidad no recordaba exactamente lo sucedido; pero, barruntando que había cometido una estupidez, recibió al oficial con aspereza.
       —No le haré las espuelas por menos de quince rublos —dijo para que Pirogov le dejara en paz.
       Alemán honorable, se avergonzaba mucho en presencia de quien le había visto en una situación indecorosa. A Schiller le gustaba emborracharse sin testigos, con dos o tres amigos, y entonces se ocultaba incluso de sus empleados.
       —¿Cómo tan caro? —preguntó con voz afable Pirogov.
       —¡Es trabajo alemán! —dijo con mucha sangre fría Schiller, al tiempo que se acariciaba la barbilla—. Un ruso se las haría por un par de rublos.
       —De acuerdo, para demostrarle mi afecto y mis deseos de tratarle, pago los quince rublos.
       Schiller lo meditó un minuto: era un alemán honrado y sentía un poco de vergüenza. Para forzar a Pirogov a retirar el encargo, le anunció que no lo haría antes de dos semanas. Pero éste lo aceptó sin rechistar.
       El alemán se puso a meditar en cómo realizar mejor su trabajo, para que de verdad valiera quince rublos. En ese instante apareció en el taller la rubia y se puso a buscar algo en la mesa, llena de cafeteras. El teniente, aprovechándose del ensimismamiento de Schiller, se arrimó a ella y le estrechó el brazo, desnudo hasta el hombro. Aquello disgustó mucho a Schiller.
       —Meine Frau! —gritó.
       —Was wollen Sie doch? —respondió la rubia.
       —Gehen Sie a la cocina!
       La rubia salió.
       —Así que ¿dentro de dos semanas? —insistió Pirogov.
       —Sí, dentro de dos semanas —respondió meditabundo Schiller—. Ahora tengo mucho trabajo.
       —¡Hasta pronto! ¡Pasaré por aquí!
       —Hasta pronto —contestó Schiller y cerró la puerta a sus espaldas.
       El teniente Pirogov decidió no abandonar sus requiebros, pese a que la alemana le había rechazado de manera clara. No concebía que se le pudiera resistir; con mayor razón porque su caballerosidad y su brillante grado le hacían acreedor a las atenciones. Pero vaya por delante que la mujer de Schiller lo que tenía de bella lo tenía de estúpida. Aunque la estupidez da un encanto especial a una esposa bonita. Por lo menos, yo he conocido a muchos maridos que se extasiaban con la estupidez de sus esposas, en la que veían muestras de inocencia infantil. La belleza obra auténticos milagros. Todos los defectos espirituales de la mujer bella se vuelven sumamente atractivos, en lugar de repeler; en ellas incluso el vicio ejerce atracción; pero, cuando no cuenta con la belleza, la mujer tiene que ser veinte veces más inteligente que el hombre, para hacerse amar o, cuando menos, respetar.
       Con todo eso, y pese a su estupidez, la esposa de Schiller siempre había cumplido con su deber, y Pirogov tenía bastante difícil el éxito en su atrevida empresa. Pero cuanto más son los obstáculos, mayor es siempre el deseo, así es que la rubia cada día se le hacía más atractiva. Él comenzó a interesarse con frecuencia por la marcha de la fabricación de las espuelas, hasta que, cansado, se prometió terminar pronto el encargo. Por fin, las espuelas quedaron hechas.
       —¡Un trabajo excelente! —exclamó el teniente Pirogov al verlas—. Señores, ¡qué bien hechas están! ¡Espuelas como éstas no las tiene ni mi general!
       El halago llegó hasta el fondo del alma de Schiller. Sus ojos miraron con bastante alegría, y él se reconcilió por completo con Pirogov. “El oficial ruso es persona inteligente”, pensaba para sí.
       —Entonces, seguro que es usted capaz de hacerme una funda para un puñal, o para otras cosas, ¿verdad?
       —¡Vaya si puedo! —dijo Schiller sonriente.
       —En tal caso, hágame una funda para el puñal. Se lo traeré. Tengo uno, turco, muy bueno, pero quisiera cambiarle la funda.
       A Schiller aquello le causó el efecto de una bomba. Frunció el ceño. “¡Te está bien!”, pensó para sí, enfadado consigo mismo por haber provocado la oferta de trabajo. Pero no consideró honesto rechazarla, sobre todo habiendo el oficial ruso elogiado su labor. Estuvo un rato meneando la cabeza y acabó por aceptar; pero el beso que Pirogov estampó al salir en la boca de la hermosa rubia le dejó completamente perplejo.
       Estimo que al lector no le vendrá mal conocer más de cerca a Schiller. Era el hojalatero un alemán en todo el sentido de la palabra. A los veinte años, época feliz en que el ruso lleva una vida regalada, Schiller ya había programado todo su porvenir, sin permitirse excepciones en ningún caso. Se había impuesto levantarse a las siete, comer a las dos, ser puntual en todo y coger una borrachera los domingos. Se había propuesto reunir en diez años un capital de cincuenta mil rublos, y eso ya era inexorable como el destino, porque antes un funcionario se olvidaría de pasar por la antesala de su jefe, que un alemán incumplir su promesa. Jamás aumentó sus gastos y, para no añadir un kopek al presupuesto, si la patata se ponía más cara, disminuía su consumo; aunque a veces quedara con algo de hambre, acababa por acostumbrarse. Su precisión llegaba a tal extremo, que se había marcado besar a su esposa sólo dos veces al día, y, para no pasarse en los besos, nunca ponía más de una cucharadita de pimienta en la Sopa; bien es cierto que los domingos esta regla no se llevaba tan a rajatabla, porque ese día Schiller se tomaba dos botellas de cerveza y una botella de anís, del que, no obstante, siempre decía pestes. Pero él no bebía como los ingleses, que, nada más terminar de comer, se encierran en su cuarto y se emborrachan a solas. Por el contrario, como buen alemán, siempre bebía con inspiración, unas veces con el zapatero Hoffmann, otras con el carpintero Kuntz, también alemán y un borrachín de cuidado.
       Así era el noble Schiller, al que ahora vemos en una situación sumamente embarazosa. Pese a ser pachorrudo y alemán, el comportamiento de Pirogov despertó en él una, especie de cielos. Por más vueltas que le daba, no discurría la fórmula para deshacerse de aquel oficial ruso.
       Pirogov, rodeado entretanto de sus compañeros y fumando en pipa —porque la providencia dispuso que donde hay oficiales haya pipas—, insinuaba, con aire significativo y con sonrisa de suficiencia, que estaba corriendo una aventura con una guapa alemana con la que, según él, partía peras, cuando en realidad le faltaba poco para perder las esperanzas de inclinarla a su favor.
       Un día, paseando por la Meshchánskaya sin perder de vista la casa con el rótulo de Schiller, que llevaba pintadas cafeteras y teteras, vio con júbilo la cabecita de la rubia, que, asomada a la ventana, miraba pasar a los transeúntes. Pirogov se detuvo, la saludó con la mano y le dijo:
       —Guten Morgen!
       La rubia le dedicó un cabeceo, como a un conocido.
       —¿Está su marido en casa?
       —Sí —respondió ella.
       —¿Cuándo no está en casa?
       —Los domingos no suele estar en casa —respondió la rubia estúpida.
       “Eso no está mal —pensó para sí Pirogov—; de eso hay que aprovecharse”.
       Y al domingo siguiente, como llovido del cielo, se presentó ante la rubia. Efectivamente, Schiller no estaba en casa. Su guapa esposa se asustó; pero esta vez, actuando con mucha cautela, Pirogov se portó como un caballero. Haciendo una reverencia exhibió toda la belleza de su flexible y encorsetado talle. Hizo bromas muy simpáticas y respetuosas, pero la alemana tonta le respondía con monosílabos. Finalmente, después de dar vueltas y más vueltas, y viendo que no podía distraerla; le propuso bailar. La alemana accedió al instante, porque a las alemanas les encanta el baile. Pirogov tenía puestas muchas esperanzas en eso: en primer lugar porque era algo que le gustaba a ella; en segundo lugar, porque así podría hacer alarde de soltura y agilidad; y, en tercer lugar, durante el baile le permitiría acercarse más, abrazar a la hermosa alemana y trazar el plan de acciones futuras. En una palabra, él consideraba que después de aquello le esperaba un éxito completo. Al comienzo bailaron una gavota, consciente de que con las alemanas hay que ir despacio. La hermosa rubia se colocó en el centro de la habitación y levantó una atractiva pierna. La postura admiró tanto a Pirogov, que se lanzó a besarla. La alemana se puso a gritar, cosa que la hizo aún más atractiva a los ojos de Pirogov, que la cubrió de besos. De pronto se abrió la puerta y entraron Schiller, Hoffmann y el carpintero Kuntz. Todos estos dignos artesanos estaban borrachos como cubas.
       Pero que el lector mismo juzgue la cólera y la indignación de Schiller.
       —¡Animal! —gritó fuera de sí—. ¿Cómo se atreve a besar a mi esposa? Tú no eres un oficial ruso, tú eres un canalla. ¡Maldita sea, amigo Hoffmann, yo soy un alemán, no un cochino ruso!
       Hoffmann corroboró este aserto.
       —¡A mí no me ponen cuernos! Agárrale del cuello, amigo Hoffmann, que yo no quiero —prosiguió con grandes aspavientos, mientras la cara se le ponía roja como el color de su chaleco—. ¡Llevo ocho años viviendo en Petersburgo, tengo a mi madre en Suabia y a un tío en Nuremberg, soy un alemán, no un animal con cuernos! ¡Quítale todo lo que lleva, amigo Hoffmann, agárrale por los brazos y las patas, camarada mío, Kuntz!
       Los alemanes aferraron a Pirogov por piernas y brazos. En vano forcejeó por escapar: los tres artesanos eran los alemanes más fuertes de Petersburgo y lo trataron de una manera tan ruda y desconsiderada que, confieso, no encuentro palabras para describir tan lamentable suceso.
       Estoy seguro de que al día siguiente Schiller tuvo una fiebre muy alta; que temblaba como una hoja esperando de un momento a otro la llegada de la policía; que habría dado mucho porque todo lo ocurrido la víspera hubiera sido en sueños. Pero la cosa ya no tenía remedio. En cuanto a Pirogov, su ira y su indignación no conocían límites. Le bastaba pensar en la terrible ofensa, para enfurecerse. Consideraba que Schiller merecía, como poco, Siberia y el látigo. Corrió a casa, a cambiarse de ropa para comparecer sin demora ante el general y describirle con los colores más vivos el atropello de que le habían hecho objeto los artesanos alemanes. Al mismo tiempo elevaría una denuncia al Estado Mayor General. Y, si les impusieran un castigo débil, llegaría más lejos.
       Pero todo acabó de una manera bien extraña. Por el camino entró en una pastelería, se comió dos pasteles de hojaldre, leyó por encima la “Abeja del Norte” y salió algo menos furioso. Por otra parte, la agradable tarde le incitó a darse una vuelta por la Avenida Nevski. A las nueve, ya apaciguado, decidió que en domingo no estaría bien importunar al general; además, seguro que le habían invitado a alguna parte. De manera que se fue a cenar a casa del jefe de un comité de control, donde estaba reunida una muy grata tertulia de funcionarios y oficiales. Allí pasó una velada estupenda y destacó tanto en la mazurca, que despertó la admiración no sólo de las damas, sino incluso de los caballeros.
       “¡Extraño mundo éste en que vivimos! —pensaba yo hace un par de días caminando por la Avenida Nevski y recordando los dos sucesos—, ¡Qué tretas más raras nos juega el destino! ¿Obtenemos alguna vez lo que nos proponemos? ¿Logramos lo que parece hecho a la medida de nuestras fuerzas? Todo lo contrario. A éste el destino le ha proporcionado unos excelentes caballos, y los cabalga indiferente, sin reparar en su belleza, mientras que el otro, jinete reprimido, anda a pie sin más consuelo que chasquear la lengua cuando pasa por su lado un alazán. Aquél dispone de un cocinero excelente, pero, lamentablemente, tiene una boquita tan pequeña, que no puede tragar más de dos trozos; ese otro tiene una bocaza como el arco del Estado Mayor, pero, ¡ay!, tiene que conformarse con una sopa de patatas alemana. ¡Qué bromas nos gasta el destino!”
       Pero los más extraños son los sucesos que ocurren en la Avenida Nevski. No, no os fiéis de la Nevski. Yo, cuando la cruzo, me envuelvo bien en mi capa y procuro no ver nada de lo que encuentro al paso. Todo es engaño, todo es ilusión, nada es lo que parece. ¿Creéis que ese señor que pasea con levita de hechura impecable es muy rico? ¡Quia! Todo lo que tiene es la levita. ¿Pensáis que esos dos gordinflones parados ante la iglesia en construcción hablan de su arquitectura? En absoluto: comentan la extraña postura de dos cuervos que se han posado uno frente al otro. ¿Imagináis que ese entusiasta que agita los brazos cuenta cómo su esposa tiró desde la ventana una bolita a un oficial desconocido? Nada de eso: está hablando de La Fayette. ¿Suponéis que esas damas…? Pero de las damas hay que desconfiar más que de nadie.
       Procurad no mirar los escaparates: las bagatelas que allí se exponen son hermosas, mas cuestan un imponente fajo de billetes. Pero, sobre todo, líbrenos Dios de mirar bajo los sombreros de las damas. Ya puede agitarse a lo lejos la capa de una beldad, que yo no iré a curiosear por nada del mundo. Alejaos, por Dios, alejaos de las farolas, y pasad pronto de largo. Daos por dichosos si todo acaba en que su fétido aceite os ponga un lamparón en la elegante levita; Pero, además de las farolas, aquí todo transpira engaño. Miente a todas las horas esa Avenida Nevski, pero en particular cuando la noche cae sobre ella en masa compacta y cubre las fachadas de las casas, las blancas como las pálidas, cuando la ciudad entera se vuelve estruendo y fulgor, y un sinfín de coches ruedan por los puentes; cuando los postillones gritan y se bambolean sobre los caballos y cuando el mismo demonio enciende las luces sólo para que nada ofrezca su verdadero aspecto.




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