Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


El anacoreta (1923)
[“El ermitaño”]

(“Отшельник”)
Originalmente publicado en la revista literaria Беседа
(“Coloquio”, publicada en Berlín, en ruso),
Núm. 1 (mayo de 1923);
Рассказы 1922-1924. [Relatos (1922-1924)]
(Berlin: Verlag Kniga, 1925, 310 págs.)



      El barranco boscoso descendía suavemente hacia las aguas amarillas del Oká [río de Rusia central, afluente del Volga, en el cual desemboca a la altura de Nizhni Nóvgorod]; un arroyo corría en el fondo, oculto entre hierbas; por encima del barranco discurría el río azul del cielo —muy discreto de día, tembloroso de noche—, donde jugaban las estrellas como gobios dorados.
       En la orilla sudoriental del barranco abundaban los matorrales, formando una tupida maraña; en la espesura, al pie de una ladera pronunciada, habían excavado una cueva, cuyo acceso quedaba cerrado por una puerta de gruesas ramas hábilmente entrelazadas. Delante de la puerta había una plataforma de un sazhen de ancho, reforzada con cantos rodados; desde allí, unas pesadas losas formaban una escalera que llegaba hasta el arroyo. Tres árboles jóvenes crecían delante de la cueva: un tilo, un abedul y un arce.
       Todo lo que había alrededor de la cueva era consistente y duradero, pensado para una larga vida. Y en su interior todo era igualmente sólido: unas esteras de mimbre, embadurnadas en una mezcla de arcilla y limo del arroyo, revestían las paredes y la bóveda; a la izquierda de la entrada habían construido un pequeño horno y en un rincón destacaba un atril cubierto de una estera tupida, a modo de brocado; por encima del atril, en un aplique de hierro, colgaba una lamparilla: su llamita azulada oscilaba en la oscuridad, iluminando muy débilmente la estancia.
       Detrás del atril se veían tres iconos negros; en las paredes colgaban, arracimados, algunos pares de lapti nuevos; había fibras de líber de tilo tiradas por el suelo; un grato aroma a hierbas secas inundaba la cueva.
       El amo de aquella morada era un anciano de mediana estatura, robusto, aunque bastante ajado y deteriorado. La cara, colorada como un ladrillo, la tenía desfigurada: una profunda cicatriz le recorría la mejilla izquierda, desde la oreja hasta el mentón, retorciéndole la boca en un gesto burlón y amargado. Los ojos oscuros mostraban los efectos devastadores del tracoma: carecían de pestañas y unas llagas rojas ocupaban el lugar de los párpados. Había perdido mechones enteros de pelo, y en el cráneo, plagado de chichones, destacaban dos calvas: una pequeña en la coronilla y otra que le dejaba al descubierto la oreja izquierda. Pero era un viejo ágil y diestro como un hurón; sus ojos desnudos y desfigurados miraban con dulzura; cuando se reía, las deformidades de su cara prácticamente desaparecían en medio de la suave abundancia de arrugas. Vestía una buena camisa de tela cruda y unos pantalones de paño azul y calzaba unos lapti de cuerda; unas pieles de liebre, a modo de peales, le envolvían las piernas hasta las rodillas.
       Fui a verle por primera vez un espléndido día de mayo; en seguida simpatizamos y me invitó a pasar la noche con él. Pero fue en mi segunda visita cuando me contó la historia de su vida.
       —Yo fui aserrador —me contaba, tumbado bajo un arbusto de sauquillo, tras haberse quitado la camisa para calentarse al sol el pecho, con unos músculos impropios de un anciano—. Diecisiete años me pasé aserrando madera: mira el surco que me dejó una sierra en la cara. Y así me llamaban: Saviol el Aserrador. Aserrar, amigo mío, no es trabajo sencillo: estás ahí, dale que te pego, moviendo las manos en el aire, con una red cubriéndote la cara, unos troncos por encima de la cabeza, sin ver ni gota con todo ese serrín cayéndote encima, ¡ay! Pero yo era un hombre alegre, divertido, vivía a lo loco, como esas palomas que suben volando muy alto, hasta perderse de vista en lo más profundo del cielo, y una vez allí pliegan las alas, meten la cabeza debajo, y entonces, ¡zas!, se lanzan disparadas hacia abajo. Muchas se matan, chocan con los tejados, se estampan contra el suelo. Bueno, pues así era yo. Alegre, desvergonzado, la suerte me sonreía: las mujeres, las chicas estaban todas locas por mí; les gustaba más que un caramelo, palabra de honor. ¡Qué cosas! Cómo me alegra recordarlo…
       Y, moviéndose de un lado para otro, se reía a carcajadas, como un chaval —aunque tenía la voz un tanto cascada—, y el arroyo se hacía eco de su risa. Soplaba una cálida brisa; los rayos dorados del sol resbalaban por la superficie aterciopelada de las hojas otoñales.
       —¿Y si echamos un trago, amigo mío? —propuso Saviol—. ¡Vete a buscar la botella!
       Bajé hasta el arroyo, donde habíamos puesto a refrescar la botella de vodka. Nos bebimos un vaso cada uno, acompañado de vobla [una especie de rutilo endémica del mar Caspio; en Rusia, este pescado se conserva en salazón, y su consumo es frecuente como tapa para acompañar la cerveza o el vodka] y unos krendeliá. El viejo exclamó entusiasmado:
       —¡Qué gran invento, la bebida! —Y, relamiéndose sus erizados bigotes grises, añadió—: ¡Es una cosa estupenda! Yo no puedo beber mucho, pero en pequeñas cantidades la verdad es que me encanta. Dicen que el primer vodka lo destiló el demonio. Pues hay que darle las gracias al demonio por algo tan bueno… —Entornó los ojos, estuvo un momento callado y de pronto exclamó, indignado—: Bueno, el caso es que me hicieron mucho daño… ¡me hirieron en lo más hondo! Ay, amigo, las personas estamos tan acostumbradas a hacernos daño los unos a los otros… ¡es una auténtica vergüenza! La conciencia vive entre nosotros como un chucho callejero, ¡nadie quiere ni verla! Bah, qué más da. Yo estaba entonces casado, casado como Dios manda, mi mujer se llamaba Natalia, era bonita y agradable. Nos iba bien, me confortaba, aunque era un tanto jaranera; pero, claro, yo pasaba mucho tiempo fuera, sólo iba a casa a temporadas, y allí donde había una mujer que valía la pena, una mujer cariñosa, procuraba aprovechar la ocasión. Es algo de lo más normal, no se puede evitar, y cuando uno es joven y fuerte no hay nada mejor que hacer. A veces volvía yo a casa, trayendo dinero y alguna otra cosilla, y la gente decía: “Saviol, la próxima vez que te marches átale la falda a tu mujer”. Se reían de mí, vaya. Bueno, yo a ella le pegaba lo justo, por el qué dirán, después le hacía un regalo y le decía, entre mimos: “Mira que eres boba; ¿cómo se te ocurre ponerme en ridículo? ¿Acaso te trato mal? ¿Soy yo tu enemigo?”. Naturalmente, se echaba a llorar. “Todo eso es mentira”, decía. Yo sé muy bien que a la gente le encanta mentir, pero a mí no hay quien me engañe: la noche te dice toda la verdad de una mujer, en seguida averiguas si ha estado o no ha estado en otros brazos.
       Oímos un ruido a su espalda, entre los arbustos.
       —¡Chis! —El viejo sacudió una rama del sauquillo—. Aquí vive un erizo. Hace unos días me pinché en un pie; iba a lavarme al arroyo y, como estaba escondido entre la hierba, no pude verlo y se me clavó una púa en un dedo. —Con una sonrisa, miró al arbusto y, después de incorporarse, prosiguió—: ¡Sí, amigo mío! El caso es que me hicieron daño, ¡no sabes tú cuánto! Tenía yo una hija, Tasha la llamábamos, Tatiana. Sin ánimo de presumir, te diré, en una palabra: ¡era la alegría del mundo entero! ¡Qué preciosidad de hija! ¡Un sol! Yo me encargaba de vestirla y, cuando salía a la calle los días de fiesta, ¡era un ángel del cielo! Qué andares, qué porte, aquellos ojos… Kuzmín, el maestro… El Baúl le decían, era un tipo muy desmañado… Bueno, pues él la llamaba de una forma muy extraña, pero cada vez que bebía se le saltaban las lágrimas y no hacía más que suplicarme que cuidara de ella. Y bien que la cuidaba. Pero, como yo era un tipo con suerte, y eso no gusta en esta tierra, me gané muchas envidias, y se corrió el rumor de que yo había abusado de mi hija y estábamos liados…
       Empezó a agitarse, muy nervioso, cogió la camisa, que estaba colgada en el arbusto, se la puso y se abrochó el cuello cuidadosamente. Hizo una mueca de dolor, apretó los labios con fuerza y hundió los ojos desnudos bajo las escasas cerdas de sus cejas grises. Caía la tarde. Empezaba a refrescar. Se oyó el canto de una codorniz:
       —Pit piripit…
       El anciano se asomó al barranco.
       —Total, que empezó a extenderse el bulo. El maestro Kuzmín, el pope, el escribiente, algunos hombres de la aldea y, sobre todo, las mujeres empezaron a afilar la lengua y a dar la matraca, repitiendo: “Ese hombre vive en el pecado”. Somos felices amargándole la vida a la gente, no hay nada que nos guste más. Tasha no paraba de llorar: no se atrevía a salir a la calle, los chiquillos se metían con ella. Todo el mundo estaba encantado, ya tenían en qué entretenerse. Así que le dije: “Vámonos, Tasha”…
       —¿Y tu mujer?
       —¿Mi mujer? —repitió la pregunta asombrado—. Pero ¡si ya había muerto! Fue visto y no visto: una noche exhaló un gemido y se quedó muerta. ¡Sí, sí! Eso fue mucho antes de toda esta historia, Tasha no había cumplido aún los trece… Qué mal me trató mi mujer, no fue buena conmigo, me era infiel.
       —Pero si hace un rato la estabas elogiando —le recordé. Ni se inmutó. Se rascó el cuello, se sujetó la barba con la palma de la mano y, mirándosela, dijo tranquilamente:
       —¿Y qué si la he elogiado? La gente no es mala toda la vida, y en ocasiones también los malvados son dignos de alabanza. Las personas no somos piedras, y hasta las piedras cambian con el tiempo. Pero no vayas a pensar cosas raras: murió de muerte natural. Fue el corazón, que no le andaba bien. A veces, estaba de noche pasándomelo bien con ella y de repente se quedaba en blanco, como si estuviera muerta. ¡Daba miedo!
       Su suave voz, ligeramente enronquecida, sonaba armoniosa, y en el aire tibio de la noche se fundía sin esfuerzo, con toda naturalidad, con el olor de las hierbas, los suspiros del viento, el susurro de las hojas, el dulce chapoteo del arroyo en las rocas. De haberse callado, le faltaría algo a la noche, ya no sería tan bella, tan grata para el alma. Saviol hablaba con una soltura asombrosa, no le costaba nada encontrar la palabra justa, revestía sus pensamientos con todo afecto, como una niña jugando con sus muñecas. He tenido ocasión de escuchar a muchos charlatanes rusos, personas que se embriagan con su verbo florido y que a menudo —por no decir siempre— pierden el fino hilo de la verdad en la ingeniosa maraña del discurso. Pero éste entretejía su relato con una simplicidad tan convincente, con una sinceridad tan manifiesta que no me atrevía a interrumpirle con preguntas. Viendo cómo jugaba con las palabras, me daba cuenta de que aquel anciano era el dueño de unas piedras preciosas dotadas de vida, capaces de encubrir, con su mágico poder, cualquier mentira sucia y criminal. Me daba cuenta, pero, de todos modos, me rendí al embrujo de su discurso.
       —Como te decía, mi querido amigo, fue entonces cuando empezó de verdad el asunto: hicieron venir a un doctor que, sin ningún pudor, examinó a Tania con todo detalle. Con él había un tiparraco: un hombre calvo, con botones dorados, un juez instructor, se supone. Se dedicaba a hacer preguntas, quería saber quién y cuándo. Ella no abría la boca, estaba muerta de vergüenza. Me detuvieron, me llevaron a la prisión provincial. Y allí estuve ingresado. El calvo aquel me decía: “¡Confiesa y te rebajarán la pena!”. Yo le propuse, con mi mejor intención: “Déjame ir, señoría, a Kiev, a visitar las sagradas reliquias y hacer penitencia por mis pecados”. Y él: “¡Hombre, menos mal que confiesas!”. ¡Cómo me había cazado el gato calvo! Yo no había confesado nada, sencillamente lo había soltado así como así, por puro aburrimiento. No sabes cómo me aburría en la cárcel, y me sentía extraño, rodeado de ladrones y asesinos y toda clase de canallas; además, no dejaba de preguntarme qué le estarían haciendo a Tasha. Más de un año duró todo ese lío, hasta que fuimos a juicio. Una vez allí, miro y lo primero que veo es que Tasha también se había presentado: llevaba guantes y botines, ¡algo insólito en ella! Un vestidito azul, como una nube: dejaba ver el resplandor del alma. Todos los miembros del tribunal y todo el público presente se fijaban en ella, y era como estar en un sueño, amigo mío. Pero al lado de Tasha estaba la señora Antsíferova, nuestra hacendada, feroz como un lucio y de lo más taimada. Me dije: “¡Ay, ésta se me come vivo, me roe hasta los huesos!”. —Se rió con un humor excelente—. Tenía un hijo, Matvéi Alekseich; siempre me había parecido un simple, un soso. Paliducho, sin una gota de sangre en la cara, llevaba gafas, melenas de pope, una barbita ridícula, y se dedicaba a escribir canciones y cuentos en una libreta. Era un buenazo, cualquier cosa que le pidieras te la concedía. Y, claro, los aldeanos se aprovechaban: que si el uno le pide una guadaña, que si el otro un poco de madera, que si el de más allá pan; todo el mundo le sacaba algo, tanto si les hacía falta como si no. Yo le decía: “¿Qué haces, Alekseich? ¿Cómo te da por repartirlo todo? Tus padres, tus abuelos, fueron haciendo acopio, se enriquecieron, les arrancaron a sus siervos la piel a tiras sin miedo al pecado, ¿y tú vas y lo repartes todo sin ton ni son? ¿No te da pena de tanto esfuerzo?”. “¡Así tiene que ser!”, respondía. No era demasiado listo, pero tenía buen carácter, eso sí. Después el gobernador le envió a China: estuvo grosero con el gobernador, así que le mandaron para China.
       “Total, que me juzgaron. Me asignaron un defensor, estuvo dos horas hablando, haciendo aspavientos. Tasha también declaró a mi favor…
       —Pero ¿estabais liados?
       Se quedó pensativo, como si estuviera haciendo memoria, después dijo en tono indiferente, siguiendo con sus ojos desnudos el vuelo de un azor:
       —A veces ocurre, entre padres e hijas. Hubo hasta un santo que vivió con sus hijas, con dos, de ellas nacieron los profetas Abraham e Isaac. Pero no lo digo por mí. Es verdad que algunas veces jugueteé con ella; son cosas propias del invierno, con esas noches tan largas, tan aburridas. Y ya no digamos para alguien como yo, acostumbrado a dar vueltas por el mundo, a ir de acá para allá. Yo le contaba cuentos, ¡conozco cientos de cuentos! Pero, ya se sabe, los cuentos son de mentira. Y te calientan la sangre. Y Tasha… —Cerró los ojos y, moviendo la cabeza, suspiró—: ¡Era una belleza fuera de lo común! Y lo mío con las mujeres también era algo fuera de lo común: ¡me volvían loco! —Se estremeció y, presa del entusiasmo y henchido de orgullo, dijo atragantándose al hablar—: Fíjate, amigo: tengo sesenta y siete años, y todavía soy capaz de satisfacer a una mujer hasta el final, las cosas como son. Unos cinco años después de aquello, muchas eran las yeguas que me suplicaban: “¡Saviólushko, cariño, para ya, no puedo más!”. Me apiadaba de ellas, las dejaba marchar, y al cabo de una semana ya estaban otra vez llamando a mi puerta. “¿Así que ya estás de vuelta? Vaya, vaya”. Una mujer, amigo mío, es lo más grande que hay, todo el mundo se vuelve loco por ellas: los animales, los pájaros, los bichos más pequeños; ¡todos viven pensando en lo mismo! Fuera de eso, ¿qué más razones hay para vivir?
       —En todo caso, ¿qué declaró tu hija en el juicio?
       —¿Tasha? Se inventó una historia… o igual se la enseñó la Antsíferija, porque yo una vez le había sido muy útil a esa señora… Bueno, lo que contó fue que el daño se lo había hecho ella sola, que yo no tenía ninguna culpa. El caso es que me pusieron en libertad. No sé de qué les sirve todo eso, como no sea para poder decir: “¡Eh, mirad cómo respetamos las leyes!”. No es más que un engaño, todas esas leyes, órdenes, papeles, nada de eso hace falta, ¡que cada uno viva como quiera! Sería más barato y más cómodo. Aquí estoy yo, sin meterme con nadie y sin tratar de medrar…
       —Y ¿qué sería de los asesinos?
       —Habría que matarlos —resolvió Saviol—. El que mata a otro merece que acabemos con él, allí mismo, en el sitio, ¡nada de tonterías! Un hombre no es un mosquito, ni una mosca, no es peor que el canalla que lo ha liquidado…
       —Y ¿los ladrones?
       —¡Qué cosas tienes! ¿Y qué ladrones iba a haber si no hubiera nada que robar? A mí ¿qué me puedes robar? No hay nada que me sobre, así que no puede haber envidia ni avidez. ¿A qué se debe que haya ladrones? A la abundancia, ni más ni menos; viene uno, ve lo que hay y dice: “¡Ay, Dios mío, cuántas cosas!”. Y, claro, pilla lo que puede…
       Ya había oscurecido, la noche se había adentrado en el barranco. Tres veces ululó una lechuza, el viejo escuchó con atención sus inquietantes gritos y dijo con una sonrisa:
       —Vive aquí cerca, en un árbol hueco. A veces el sol la sorprende, no le da tiempo a ocultarse y se queda a plena luz. Yo me acerco y le saco la lengua: “¿Qué dices, estúpida?“. Pero no ve nada, y se queda callada. Como la vean en esos momentos los pajarillos más pequeños, ¡ay de la lechuza!
       Le pregunté cómo se había convertido en un anacoreta.
       —Surgió así: anduve vagando y vagando, hasta que decidí parar. Todo por culpa de Tasha. La Antsíferija me la jugó bien jugada: no me permitió verla después del juicio. Decía: “Yo sé toda la verdad, y tendrías que darme las gracias por haberte librado de los trabajos forzados, pero a tu hija no te la devuelvo”. Era una estúpida, qué duda cabe. Yo no hacía más que revolotear a su alrededor, hasta que me di cuenta de que no había nada que hacer. Y me marché. Estuve en Kiev, y también en Siberia, gané mucho dinero y volví a casa. A la Antsíferija la había atropellado un tren, pero antes de eso había casado a Tasha con un practicante de Kursk [ciudad de Rusa sudoccidental, próxima a la frontera con Ucrania]. Así que me fui para Kursk, pero resulta que el practicante se había marchado a Persia, a la ciudad de Uzun. Me dirigí a Tsaritsyn [ciudad de Rusia meridional, a orillas del Volga], y allí cogí un vapor, y luego seguí por mar hasta Uzun. Pero, al llegar a Uzun, me enteré de que Tasha había muerto. Conocí al practicante, un hombre pelirrojo, con la nariz colorada, alegre. Total, un borrachín. “¿No serás su padre?”, me dijo. “¡No, no, qué va! Lo que pasa es que lo conocí en Siberia”, respondí. No quería descubrirme ante un extraño. Bueno, seguí mi camino para Novy Afón [ciudad de la república de Abjasia, a orillas del mar Negro], y poco me faltó para quedarme a vivir allí, ¡me pareció un sitio estupendo! Pero luego me lo pensé mejor, y vi que no estaba tan bien. El mar atruena sin parar, moviendo las piedras, y los abjasios siempre andan por allí; es un terreno muy abrupto, rodeado de montañas, con unas noches tan negras que te parece que te hayan sumergido en alquitrán. Y luego está el calor. Así que me vine para acá, y aquí estoy: va ya para nueve años, y no he perdido el tiempo. Nada más llegar, me instalé aquí y planté el abedul; a los tres años planté el arce; más tarde, el tilo, ¿los ves? Y debes saber, amigo mío, que me dedico a ofrecer mi consuelo a la gente de estas tierras; ven un domingo a verme, tú mismo podrás comprobarlo.
       Casi nunca mencionaba el nombre de Dios, una palabra que está continuamente en boca de toda la gente como él. Le pregunté si rezaba a menudo.
       —No, no demasiado —respondió pensativo el anciano, cerrando los ojos desnudos—. Al principio rezaba bastante; me pasaba las horas muertas de rodillas, persignándome sin descanso. Las manos las tenía habituadas a aserrar y no se me cansaban, y la espalda igual. Puedo doblar mil veces el cuerpo sin quejarme. Pero, en cambio, los huesos de la rodilla no me aguantan, me duelen mucho. Así que un buen día me dije: “¿Qué hago yo aquí rezando? ¿Y para qué? Tengo de todo, la gente me adora, ¿para qué voy a molestar a Dios? Dios ya tiene mucho que hacer, ¿para qué darle la tabarra? No conviene incordiarle con nuestras tonterías. Él, que es Dios, se preocupa por nosotros; nosotros, en cambio, ¡no nos preocupamos por Él!”. Y también pensé que Él bastante tenía con ocuparse de la gente importante, ¿cómo iba a tener tiempo para mí, para un don nadie como yo? Total, que ahora, cuando me desvelo por la noche, me limito a salir de la cueva, me quedo sentado por aquí, mirando al cielo del Señor, y pienso: “¿Cómo le irá por ahí arriba?”. Eso, amigo, es un pasatiempo de lo más agradable, no te imaginas hasta qué punto; ¡como soñar despierto un sueño maravilloso! Y no te cansas como cuando estás rezando. Nunca le pido nada, y no le aconsejo a nadie que lo haga, aunque, cuando veo que a alguien le hace falta, le digo: “¡Ten compasión de Dios!”. Pero ya te he dicho: tienes que venir a ver cómo los ayudo, lo mismo a Dios que a la gente…
       No era presuntuoso: hablaba con la serena convicción de un maestro artesano que domina su oficio. Sus ojos desnudos sonreían alegres, disimulando la fealdad de su rostro desfigurado.
       —¿Cómo vivo en invierno, dices? Pues bien, ahí dentro se está calentito en invierno. Lo malo es que en invierno a la gente le cuesta visitarme por culpa de la nieve; a veces me paso dos o tres días seguidos sin pan. En cierta ocasión estuve ocho días o más sin probar bocado: me quedé tan débil que se me fue la cabeza. Menos mal que una chiquilla pudo venir por fin, ella me ayudó. Era novicia en un monasterio, aunque más tarde se casó con un maestro. Fui yo quien se lo aconsejó: “No seas boba, Lenka. ¿Qué ganas tú con esto?”. “Soy huérfana”, me dijo. “Pues cásate, y se acabó tu orfandad”. Y al maestro, Pevtsov, un hombre encantador, también le sugerí: “Fíjate bien en esa muchacha, Misha”. Sí. En seguida se entendieron. Y ahora viven tan felices. Por lo demás, en invierno suelo ir a Sarov, a Óptina, a Divéievo [tres localidades de Rusia central, asociadas a importantes monasterios ortodoxos], hay bastantes monasterios por aquí cerca. Y, aunque los monjes no me aprecian, no dejan de insistir en que tome los hábitos y haga mis votos; eso les conviene, sería un aliciente para los fieles. Pero yo no quiero, yo estoy vivo, eso no va conmigo. ¡Ni que fuera yo un santo! Yo sólo soy un hombre tranquilo, campechano… —Riéndose y rascándose los costados, añadió con ternura—: En cambio, las monjas siempre me reciben con los brazos abiertos. ¡Hay que ver cómo me quieren! No lo digo por presumir, es la pura verdad. Yo, amigo mío, a las mujeres las tengo muy caladas, a todas ellas. Lo mismo me da que sean de alta cuna o de familia de comerciantes o mujeres de pueblo; yo a todas las conozco tan bien como a mi propia alma. Las miro a los ojos y en seguida me doy cuenta de qué es lo que las inquieta. Si yo te contara… —Y volvió a invitarme, en tono persuasivo—: Tienes que venir sin falta, y ya verás cómo me entiendo con ellas. Bueno, y ahora vamos a darle otro tiento a la botella.
       Después de beber, apretó los ojos y, moviendo la cabeza, prosiguió con nuevos bríos:
       —¡Lo bien que sienta un trago!
       La corta noche primaveral se iba desvaneciendo visiblemente; el ambiente era más fresco, le propuse que hiciéramos un fuego.
       —No, ¿para qué? ¿Tienes frío? Yo, que soy un anciano, no tengo frío, ¿y tú sí? ¡Ay…! Pues nada, métete en la cueva, acuéstate ahí dentro. Es que, si hacemos un fuego, amigo mío, toda clase de bichos pequeños vendrán volando para arder en la llama, y eso no me gusta. Para ellos el fuego es una trampa, y van derechos a su perdición. El sol, que es el padre de todos los fuegos, no mata a nadie; nosotros, en cambio, por el bien de nuestros huesos, podemos hacer que se quemen todos esos bichillos. No hay ninguna necesidad…
       Yo me mostré conforme: no había ninguna necesidad. Y me metí en la cueva, mientras él seguía un buen rato trajinando por allí: primero se fue a no sé dónde, luego chapoteó en el arroyo, y oí su voz zalamera:
       —Piiit… No tengas miedo, tonto… ¡Fit!
       Después, muy suavemente, se puso a cantar con voz trémula, como si estuviera acunando a alguien…
       Cuando me desperté, salí de la cueva. Saveli, de rodillas, trenzaba diestramente un lápot y le decía a un pinzón que cantaba enfurecido entre los arbustos:
       —Venga, no pares, no dejes de cantar, ¡el día es tuyo! —Al verme, añadió—: ¿Has dormido bien, amigo mío? Ve a lavarte; ya he puesto la tetera a hervir, te estaba esperando…
       —¿Y tú? ¿No has dormido?
       —Yo, amigo, ya dormiré cuando me muera.
       Encima del barranco brillaba el cielo azul de mayo.
       Volví a visitarle al cabo de unas tres semanas, un sábado a la caída de la tarde, y me recibió como si fuese un viejo amigo del alma.
       —Ya empezaba a pensar: ¡éste se ha olvidado de mí! Anda, ¿has traído vodka? ¡Bueno, muchas gracias! ¡Y pan blanco! Fíjate, qué tierno. Pero ¡qué amable eres! Seguro que la gente te adora, a las buenas personas las quiere todo el mundo, ¡todos sabemos lo que nos conviene!… ¿Embutidos? Eso, ya ves, no me hace mucha gracia, es comida de perros; tómatelo tú, yo prefiero el pescado. Como este pez dulce, la vimba [una especie de pez de la familia de los ciprínidos que habitan en ríos y estuarios de Europa central y oriental], que viene del Caspio, ¡éste sí que lo he probado! Caramba, debes de haberte gastado más de un rublo y medio en comida, ¡estás como una cabra! ¡Gracias de todos modos!
       Me pareció aún más vivaz, más radiante y alegre, que la vez anterior; me sentía despreocupado y contento, y me dije: “¡Por todos los demonios! Me parece que estoy en presencia de un hombre feliz”. Con destreza y dulzura, se hizo cargo de todo en seguida, guardó lo que le había llevado y empezó a disparar por todas partes, como si fueran chispas, sus dulces y fascinantes palabras rusas que embriagaban el alma.
       Los movimientos de su robusto cuerpo, vivos como los de una culebra, armonizaban de forma espléndida con la precisión de su discurso, y, pese a lo desfigurado de su rostro, de aquellos ojos suyos sin pestañas —parecía como si se las hubieran arrancado a propósito, para que pudiera ver mejor, sin ningún impedimento—, resultaba casi atractivo, con una belleza maliciosamente enturbiada y enmarañada por la vida. Y su deformidad exterior subrayaba con especial intensidad esa belleza.
       De nuevo la barba gris le tembló casi toda la noche y los ralos bigotillos se le erizaban cada vez que se desternillaba de risa, abriendo de par en par la boca torcida, en la que brillaban unos dientes blancos y agudos de hurón. En el fondo del barranco reinaba el silencio, pero por encima soplaba el viento, las coronas de los pinos se mecían y susurraban las hojas amarillas de los robles; el río azul del cielo estaba violentamente agitado, cubierto por la espuma gris de las nubes.
       —¡Chis! —me ordenó suavemente el viejo, levantando la mano en señal de advertencia.
       Agucé el oído: todo estaba en silencio.
       —Anda por aquí un zorro, tiene la madriguera ahí mismo. Los cazadores me suelen preguntar: “¿No vive un zorro por aquí, abuelo?”. Yo les engaño: “¿Un zorro? No, aquí no hay zorros”. No me hacen ninguna gracia los cazadores, ¡que se joroben!
       Yo ya me había fijado en que al viejo a veces le entraban ganas de despacharse con esos estúpidos improperios rusos, pero, consciente de que eso no iba con su carácter, se limitaba a emplear expresiones como: “¡Que se joroben!”, y cosas así.
       Después de echar un trago de vodka de betónica, dijo, entornando sus ojos lacerados:
       —Está delicioso este pescado. Te lo agradezco de todo corazón; cómo me gustan las cosas ricas…
       No había acabado de entender su relación con Dios y, cautelosamente, traté de encauzar la conversación por esos derroteros. Al principio me contestó con las clásicas palabras de los peregrinos, de los visitantes asiduos de los monasterios, de los devotos profesionales, pero yo tenía la impresión de que le fastidiaba hablar así, y no me equivocaba. En cierto momento se me acercó y, bajando la voz, empezó a decirme con toda convicción:
       —Te voy a contar una cosa de un francés, un sacerdote francés: era un tipo muy bajito, negro como un estornino, con su tonsura en la cabeza, gafas doradas en las naricillas, y unas manitas que parecían las de una niña pequeña; ¡parecía un juguete de Dios! Le conocí en el monasterio de Pocháiev [centro monástico ortodoxo situado en la provincia de Ternópol, en Ucrania occidental]; ¡ése sí que está lejos de aquí! —Señaló con la mano hacia el este, hacia la India, estiró las piernas para ponerse más cómodo y, con la espalda apoyada en una roca, prosiguió—: Por allí viven muchos polacos, ésa es tierra extranjera, no es nuestra tierra. Estaba yo discutiendo con un monje, y me decía él: “A la gente hay que castigarla más”. Yo me reía, y le dije que, si empezábamos a castigar a todo aquel que se lo merecía, no acabaríamos nunca y no habría tiempo para nada: todo el mundo zurrándose todo el santo día, y se acabó. El monje se enfadó conmigo: “¡Qué cosas dices, necio!”. Y se marchó. Y aquel sacerdote bajito, que estaba en un rincón, se me acercó en seguida y empezó a contarme… ¡unas cosas! Te diré, amigo mío, que me recordó a Juan el Bautista. Se hacía un lío al hablar, no todas nuestras palabras se pueden trasladar a otra lengua, pero, eso sí, ponía toda el alma en lo que decía. “Ya he visto que usted —siempre me trataba de usted— no estaba de acuerdo con ese monje; ah, y hace usted muy bien. Dios no es un enemigo de los hombres, sino un amigo sincero; lo que pasa es que, debido a su bondad, le ha ocurrido lo siguiente: se ha disuelto en nuestra vida de lágrimas como un azucarillo en el agua, pero se trata de un agua sucia, un agua corrompida, y no somos capaces de sentirlo, no lo notamos, no saboreamos a Dios en nuestra vida. Pero, a pesar de todo, Él se ha derramado por todo el mundo y vive en cada alma como la llama más pura, y tenemos que buscar a Dios en cada hombre, reunirlo en una sola esfera y, cuando todo el poder del Señor de las almas vivientes esté nuevamente reunido, vendrá Satanás ante Él y le dirá: “Ahora contemplo tu grandeza, Señor, y tu fuerza sin medida; no había sabido verlo, ¡te suplico que me perdones! Ya no deseo combatirte, acéptame como siervo tuyo”. —El viejo hablaba con énfasis, y las pupilas dilatadas le brillaban extrañamente en el rostro moreno—. Y añadió el francés: “Y entonces el mal y la depravación llegarán a su fin, y todos los hombres retornarán a su Dios, igual que las aguas de los ríos retornan al océano”… —En ese momento, el anacoreta se ahogó con las palabras, se dio unos cuantos golpes en las rodillas y prosiguió, con una risa ronca—: Bueno, todo aquello me llegó al corazón, el alma se me iluminó, pero no sabía qué decirle al francés. “¿Me permitirías que te diera un abrazo, imagen de Cristo?”, le pregunté. Nos abrazamos y nos echamos a llorar. ¡Qué manera de llorar! Como niños pequeños que encuentran a sus padres tras una larga separación. Y eso que ya éramos bastante mayores los dos: los pelos que le salían alrededor de la tonsura los tenía grises. Y le dije, sin más: “¡Para mí, tú eres la viva imagen de Cristo, como un nuevo Juan el Bautista!”. Así le llamaba yo, “imagen de Cristo”, aunque no dejaba de ser un poco ridículo: ¡ya te he dicho que era igualito que un estornino! Y el otro monje, Vitali, no hacía más que meterse con él: “¡Un clavo, eso es lo que es usted!”. Pues sí, es verdad que se parecía a un clavo, ¡era igual de agudo! A ti, querido amigo, todo este alborozo mío tiene que resultarte incomprensible; tú eres una persona instruida, sabes de todo; pero yo, en aquel tiempo, estaba ciego: podía ver perfectamente, pero era incapaz de comprender dónde está Dios. Y de pronto ese hombre me abrió los ojos, imagínate lo que eso supuso para mí. Porque, claro, yo sólo te he contado lo más importante, pero la verdad es que estuvimos conversando hasta el amanecer. Me dijo tantísimas cosas que yo sólo me acuerdo del meollo, pero se me ha olvidado todo el cascarón…
       Hizo una pausa y olfateó el aire, como un animal.
       —Parece que va a llover… ¿O no? —Volvió a olfatear y decidió, más tranquilo—: No, no va a llover; es el relente nocturno… Te diré, amigo mío, que todos esos franceses y habitantes de otras tierras son una gente de enorme inteligencia. Ya no recuerdo si fue en la provincia de Járkov [ciudad situada en Ucrania nororiental, cerca de la frontera con Rusia] o en la de Poltava [ciudad situada en Ucrania central], pero el caso es que a un inglés que trabajaba como administrador al servicio de un gran príncipe le dio por fijarse en mí; entonces me llamó a su despacho y me dijo: “Mira, anciano, aquí tienes una carta secreta, quiero que la lleves a tal sitio y se la entregues a tal persona; ¿podrías?”. ¿Por qué no iba a poder? A mí me daba lo mismo ir a un sitio o a otro, y aquello estaba a unas cien verstas. Así que agarré el sobre, lo até con una cuerda, me lo guardé en la ropa y me marché. Al llegar al lugar indicado, pedí que me llevaran a ver al hacendado. Pero, claro, me dieron para el pelo: me echaron de allí a palos. “¡Ah, condenados, así reventéis!”, pensaba yo. Pero llevaba el sobre encima, y se conoce que, por culpa del sudor, el papel debió romperse, así que miré… y ¡vi que estaba lleno de dinero! Mucho dinero, unos trescientos rublos, más o menos. Me asusté: ¿y si alguien se daba cuenta y me robaba de noche? ¿Qué hacer? Así que ahí estaba, en pleno campo, sentado al pie de un árbol, cuando de pronto se acerca un coche con un señor. Pensé que a lo mejor se trataba, precisamente, del señor al que andaba buscando. Me planté en medio del camino, agitando mi bastón, el cochero me sacudió un latigazo, pero resulta que el señor le mandó detenerse y encima le regañó. Pues sí, era la persona indicada.
       “—Con su permiso, señor —le dije—, le traigo este envío secreto.
       “—Muy bien —respondió—, ven conmigo.
       “Echamos a andar y me llevó a unos aposentos lujosísimos, y allí me preguntó:
       “—¿Qué traes en ese sobre?
       “—Yo diría que dinero; el sobre se ha empapado en sudor y he podido verlo.
       “—Y ¿quién te lo ha dado?
       “—No puedo decirlo, me lo han ordenado.
       “Empezó a gritarme:
       “—Te voy a llevar al comisario, acabarás en prisión.
       “—Bueno, qué se le va a hacer.
       “No hacía más que intentar meterme miedo, pero yo no estaba asustado. De repente se abre la puerta y me veo al inglés en el umbral. ¿Qué habría pasado? Y él estalló en una carcajada. Había venido en ferrocarril, y había llegado antes que yo. Se había quedado esperando a ver si me presentaba allí o no. Y los dos sabían perfectamente cuándo había llegado, y habían visto cómo me echaban los criados: ellos mismos habían dado orden de que me echaran de allí, aunque no habían dicho nada de pegarme, sólo de echarme. Era todo una broma, no sé si te das cuenta; habían querido ponerme a prueba, para comprobar si llevaba el dinero al lugar indicado o no. Parecía que estaban satisfechos, viendo que sí lo había llevado; me dijeron que fuera a lavarme, me proporcionaron ropa limpia y me invitaron a comer con ellos. Sí, amigo mío… ¡Ni te imaginas lo bien que comimos! Y el vino… era probarlo y ya no tenías fuerzas para cerrar la boca. Abrasaba por dentro, y tenía un aroma exquisito. Me hicieron beber tanto que acabé vomitando. Al día siguiente volví a comer con ellos, les conté muchas cosas, y los dejé asombrados. El inglés se emborrachó y trató de demostrar que el pueblo ruso es el más admirable de todos, y nadie sabe de lo que es capaz. Hasta dio puñetazos en la mesa. Me ofrecieron el dinero aquel: ‘Cójalo’, me decían. Y yo lo acepté, a pesar de que nunca me he preocupado por el dinero, nunca me ha interesado. Eso sí, me gustan las compras; una vez compré una muñeca, iba yo por la calle y vi una muñeca en un escaparate, parecía enteramente que estuviera viva, hasta movía los ojos. La compré. Cuatro días la llevé conmigo, me sentaba en cualquier parte, la sacaba del morral y me quedaba mirándola. Después se la regalé a una chiquilla en la aldea. El padre me preguntó si la había robado. Le dije que sí: me daba vergüenza confesar que la había comprado…
       —¿Cómo acabó la historia con el inglés?
       —Nada, me dejaron marchar y se acabó. Me estrecharon la mano y me dieron toda clase de explicaciones: “Lo sentimos mucho, sólo era una broma”… Necesito dormir un rato, amigo; mañana tengo un día complicado… —Mientras se preparaba para dormir, me dijo—: ¡Siempre he sido un bicho raro! En ocasiones me embargaba la alegría, todo se contagiaba: el corazón, las tripas… ¡Me entraban unas ganas de bailar! Y lo cierto es que me ponía a bailar; la gente se reía de mí, pero yo bailaba… Total… No tenía hijos, no había nadie que pudiera avergonzarse de mí…
       “Eso es cosa del alma, amigo mío, que le da por jugar —proseguía pensativo, hablando suavemente—. Es caprichosa, de repente le da por algo, aunque sea lo más ridículo del mundo, y ya no te deja que te apartes de eso. Mira, otro caso parecido al de la muñeca: un buen día una niña me dejó prendado. La vi en la hacienda de unos señores; tendría unos nueve años, y estaba a la orilla de un estanque, removiendo el agua con una ramita y llorando desconsoladamente: tenía toda la carita bañada en lágrimas, como una flor cubierta de rocío, y hasta el pecho lo tenía cuajado de lágrimas. Naturalmente, me dirigí a ella:
       “—¿Por qué lloras de ese modo? Con el día tan bonito que hace…
       “Pero resulta que estaba enfadada:
       “—¡Vete de aquí! —me dijo.
       “Yo insistí, hasta que conseguí que me contara lo que le pasaba:
       “—No vuelvas por aquí; ¡mi papá es malo, mi mamá es mala y mi hermano también es malo!
       “Yo me reí para mis adentros, pero puse cara de miedo, como si de verdad me hubiera asustado con sus palabras. Entonces ella escondió la carita en mi hombro y empezó a sollozar, temblando con todo el cuerpo. Su pesar no era tan terrible: sus padres habían ido de visita a tres verstas de allí, pero no se la habían llevado como castigo; era una niña caprichosa y no había querido ponerse el vestido que le habían dicho. Yo, claro, la compadecía, censuraba a sus padres: ‘¡Hay que ver, qué gente más informal! ¡Ayayay!’. Y ella: ‘Anda, abuelito, llévame contigo, no quiero vivir con ellos’. ¿Llevarla conmigo? Nada más sencillo. ‘Venga, vamos’. En fin, que la llevé a donde estaban sus padres de fiesta: allí tenía ella un amiguito, un tal Kolia, un pilluelo con el pelo rizado, ahí estaba el secreto de su pena. Naturalmente, todo el mundo se rió de ella, y se puso colorada como un tomate. Su padre me dio incluso una poltina [moneda de cincuenta kópeks] de plata, y me marché de allí. Y ¿te creerás creer, amigo mío, que me encariñé de esa niña? No me resignaba a perderla de vista, no era capaz de alejarme de aquella hacienda. Estuve una semana rondando por allí, me moría de ganas de ver a la niña, de hablar con ella. Era una cosa ridícula, pero ¡no lo podía evitar! Se la habían llevado a la costa, tenían que tratarla del pecho, pero ahí estaba yo, vagando como un perro. Son cosas que pasan. Sí. El alma es un pájaro caprichoso, nunca sabemos adónde vuela…
       Casi como en sueños, o delirando, el viejo seguía hablando entre pausas y bostezos, hasta que de repente volvía a animarse, como rociado por una lluvia fría.
       —El año pasado, en otoño, vino a verme una señora de la ciudad; no parecía muy agradable, era más bien tiesa y fea, pero, cuando la miré a los ojos… ¡Dios mío! Después de ver aquello, habría dado cualquier cosa por pasar una sola noche con ella, y después ya podían cortarme en pedazos o descuartizarme, que todo me daba igual. ¡Cualquier muerte me parecía deseable! Así que le dije, sin más: “Vete de aquí, por favor, no querría hacerte daño. ¡Vete!”. No sé si se daría cuenta de algo, pero el caso es que se marchó a toda prisa. No sé cuántas noches habré perdido el sueño pensando en ella, creyendo ver aquellos ojos, sin poder remediarlo. Y eso que soy un viejo… Un viejo, sí… Da igual, el alma no sabe de leyes, no cuenta los años…
       Se estiró en el suelo, movió las rojas cicatrices de los párpados, chasqueó los labios y por último dijo:
       —Bueno, a dormir…
       Se envolvió la cabeza en el armiak y se quedó callado.
       Se despertó al amanecer, echó un vistazo al cielo nublado y bajó corriendo al arroyo; allí se quedó en cueros y, entre gruñidos, se lavó el cuerpo robusto, moreno, de la cabeza a los pies; me dio un grito:
       —Eh, amigo, acércame la camisa y los pantalones; están ahí en la cueva…
       Tras ponerse su larga camisa —le llegaba hasta las rodillas— y los pantalones azules, se peinó con un peine de madera los cabellos mojados y, con un aspecto casi venerable, que recordaba vagamente a algún icono, dijo:
       —Siempre me lavo bien lavado antes de recibir a la gente.
       No quiso acompañar el té con un poco de vodka:
       —¡No conviene! Tampoco pienso comer, sólo voy a tomar un poco de té. Necesito tener la cabeza despejada, que nada me distraiga. En estos asuntos el alma tiene que sentirse muy ligera…
       A partir del mediodía empezó a llegar la gente; hasta entonces, el anciano estuvo callado y apático. Sus ojos vivaces y alegres miraban muy concentrados, sus movimientos eran muy pausados. Con frecuencia levantaba la mirada al cielo y escuchaba atentamente el susurro de la brisa. Se le había afilado la cara, parecía más desfigurado que de costumbre y la boca se le torcía en una mueca poco menos que enfermiza.
       —Viene alguien —dijo de pronto en voz baja.
       Yo no oía nada.
       —Sí. Son mujeres. Quiero que hagas lo siguiente, amigo: no hables con nadie, no intervengas, ¡podrías intimidar a esa gente! Quédate por ahí apartado. Y en silencio.
       Dos mujeres salieron de entre los arbustos, sin hacer ruido. Una era corpulenta, de mediana edad, con unos ojillos dóciles de caballo; la otra era más joven, tenía el rostro ajado, macilento, parecía tísica. Las dos se asustaron al verme; yo me retiré, ladera arriba, y me dediqué a escuchar las palabras del anciano:
       —No pasa nada, no estorba. Está un poco tocado; todo esto ni le va ni le viene, no entra en estos asuntos…
       La joven empezó a hablar con una voz cascada, entre toses y resoplidos, en un tono apremiante y compungido; su amiga interrumpía su discurso con breves intervenciones en una voz grave y comedida. En cuanto a Saveli, con una voz que no parecía la suya, exclamaba comprensivo de vez en cuando:
       —¡Claro, claro, claro!… ¡Ayayay!… Hay que ver, ¡qué gente!…
       La mujer empezó a lloriquear; entonces el viejo arrastró las palabras melodiosamente:
       —Querida mía, espera un poco; déjalo ya, y escucha…
       Me dio la impresión de que su voz había perdido aspereza; sonaba más alta y más limpia, y la melodía recordaba extrañamente al canto ingenuo de un jilguero. A través de una red de ramas, vi cómo se inclinaba hacia la mujer para hablarle directamente a la cara, mientras ella, sentada a su lado en una postura incómoda, abría mucho los ojos y se apretaba el pecho con las manos. Su compañera tenía la cabeza inclinada hacia un lado y la sacudía.
       —Si te han ofendido a ti, ¡han ofendido a Dios! —dijo el viejo en voz alta, y el tono decidido, casi alegre, de esas palabras no se ajustaba a su sentido—. Porque ¿dónde está Dios? Él está en tu alma, detrás de tus pechos vive el Espíritu Santo; y esos necios hermanos tuyos lo han ofendido con su insensatez. De ellos, de esos necios, es de quienes debemos tener compasión; son ellos los que han hecho mal. Porque ofender a Dios es como ofender a nuestro propio hijo… —Y otra vez dijo con voz melodiosa—: Querida…
       Me conmoví: nunca hasta entonces había podido oír aquella palabra tan común e insignificante teñida de tan exultante ternura. Ahora el anciano estaba hablando en un rápido susurro; tenía una mano en el hombro de la joven y la empujaba suavemente, haciéndola balancearse, como si estuviera dormitando. La mujer más corpulenta estaba sentada en una piedra a los pies del viejo, desplegando metódicamente, en forma de abanico, el extremo de su falda azul.
       —Un cerdo, un perro, un caballo… cualquier animal confía en la inteligencia humana, y tus hermanos son seres humanos, ¡ten esto presente! Y dile al mayor que venga a verme el domingo…
       —No va a venir —dijo la mujer corpulenta.
       —Sí vendrá —exclamó convencido el anciano.
       Alguien bajaba por el barranco; rodaron fragmentos de tierra, susurraron las ramas de los matorrales.
       —Vendrá —repitió Saveli—. Y ahora, id con Dios. Todo se arreglará.
       La tísica se levantó en silencio y se inclinó profundamente ante el anciano; él colocó su mano bajo su frente, le levantó la cabeza y dijo:
       —Recuerda: ¡llevas a Dios en tu alma!
       La mujer volvió a inclinarse y le entregó un atadillo.
       —Que Cristo te guarde…
       —¡Gracias, amiga!… Márchate… —Y la persignó.
       Un campesino de anchas espaldas y negras barbas salió de entre los arbustos. Vestía una camisa nueva, aún sin lavar, de color rosa; le estaba muy amplia, y formaba pliegues angulosos que salían por fuera del cinturón. No llevaba gorro; por todas partes las greñas de pelo canoso caían en remolinos rebeldes; por debajo las cejas fruncidas, sus ojillos de oso miraban lúgubremente.
       Tras ceder el paso a las mujeres, las siguió con la mirada. Después tosió ruidosamente y se rascó el pecho.
       —Salud, Oliosha —dijo el viejo con una sonrisa—. ¿Qué hay?
       —Aquí estoy —contestó Oliosha secamente—. Me apetecía verte un rato.
       —¡Muy bien, siéntate!
       Estuvieron unos momentos en silencio, mirándose muy serios, y de pronto hablaron los dos a la vez:
       —¿Qué tal el trabajo?
       —Estoy harto, padre…
       —Pero ¡si eres un gran hombre, Oliosha!
       —Ojalá tuviera un corazón como el tuyo…
       —¡Eres un hombre fuerte!
       —Y ¿para qué me sirve tanta fuerza? Un alma como la tuya, eso es lo que me haría falta…
       —Mira: lo perdiste todo en aquel incendio; otro más burro que tú se habría hundido…
       —¿Y yo?
       —¡Tú no! Tú ya vuelves a prosperar…
       —Mi corazón es ruin —dijo el aldeano a voces, y cubrió su corazón de imprecaciones, pero el viejo, tranquilamente, con mucho aplomo, le dijo:
       —Tienes un corazón corriente, un corazón humano, ansioso; no quiere más fatigas, está pidiendo paz…
       —Es verdad, padre…
       Así estuvieron hablando cerca de media hora: el campesino hablaba de un hombre malvado, violento, con una vida dura, plagada de fracasos, mientras Saveli se refería a alguien muy distinto: un hombre fuerte, tenaz en el trabajo, un hombre que no permitía que nada se le escapase de las manos, que no daba nada por perdido, con un alma grande.
       El campesino dijo, con una sonrisa de oreja a oreja:
       —He hecho las paces con Piotr…
       —Eso me han dicho.
       —Pues sí. Echamos un trago. Le digo: “¿Qué te cuentas, diablo?”. “¿Y tú?”, me responde. Sí. Es un buen hombre, la madre que…
       —Los dos sois hijos del mismo Dios…
       —Un buen hombre. Y, sobre todo, ¡muy listo! Padre… ¿crees que debería casarme?
       —¿Por qué no? Cásate con ella…
       —¿Con Anfisa?
       —Sí. Lleva muy bien la casa. Es muy guapa, y no digamos lo fuerte que es. Es viuda, ha vivido con un viejo, ha tenido que aguantar mucho con él… Os irá muy bien juntos, hazme caso…
       —Sí, sí, me voy a casar…
       —No necesitas más…
       Después el aldeano le contó una historia incomprensible de un perro, y de cómo habían vaciado un barril de kvas; no hacía más que contar y reírse, parecía un leshy [espíritu de los bosques en el folclore y la mitología tradicional rusa]. Su cara lúgubre, de bandolero, se había transformado por completo, y ahora tenía el aspecto estúpido e inofensivo de un vulgar animal doméstico.
       —Bueno, Oliosha, retírate ya, viene más gente…
       —¿Gente que sufre? Muy bien…
       Oliosha bajó hasta el arroyo, bebió un poco de agua, cogiéndola con la mano; luego estuvo un par de minutos inmóvil como una piedra, después se tumbó boca arriba, apoyó la cabeza en las manos y, aparentemente, se quedó dormido en un santiamén.
       Se presentó una muchacha coja con un vestido estampado; una gruesa trenza castaña le caía por la espalda y tenía unos grandes ojos azules. Su cara resultaba insólitamente pintoresca, y su falda fastidiosamente abigarrada, plagada de manchas amarillas y verdes; además, en su blusa blanca había unas motas rojas, del color de la sangre.
       El viejo la recibió con alegría y la acomodó con mucho cariño. Pero en seguida apareció una vieja alta y negra, con aspecto monjil; con ella venía un joven albino, con un enorme cabezón, que traía una sonrisa inamovible en su cara mofletuda.
       Saveli, precipitadamente, condujo a la muchacha a la cueva y, tras ocultarla dentro, cerró la puerta. Yo oí cómo crujían los goznes de madera.
       Él se sentó en una piedra entre la vieja y el joven, y estuvo mucho tiempo callado, con la cabeza gacha, escuchando el bisbiseo de la vieja.
       —¡Suficiente! —exclamó de pronto, con severidad—. O sea, que no te escucha, ¿verdad?
       —Nada. Por más que le digo…
       —¡Espera! ¿Tú no la escuchas, muchacho?
       El joven sonreía estúpidamente, pero no dijo nada.
       —Pues muy bien, ¡no la escuches! ¿Entendido? Y tú, mujer, te has metido en un buen lío; te lo digo claramente: ¡eso va contra la ley! ¡Y no hay nada peor que tener problemas con la ley! Y… ya puedes irte, ¡márchate! No tenemos nada de que hablar. Pretende engañarte, muchacho…
       El chico, con una sonrisa pícara, dijo con voz de tenor:
       —Eso ya lo sé yo…
       —Venga, largo —dijo Saveli, echándolos con un gesto aprensivo—. ¡Andando! No te vas a salir con la tuya, mujer. ¡No!
       Abatidos, los dos se despidieron con una inclinación y se marcharon sin decir nada, por un sendero oculto entre los arbustos. Cuando llevaban recorridos unos cien pasos cuesta arriba, pude ver cómo los dos empezaban a hablar a la vez, muy cerca el uno del otro; después se sentaron al pie de un pino, haciendo aspavientos; me llegaba vagamente el runrún de una discusión. Mientras, de la cueva salía una exclamación indescriptiblemente conmovedora:
       —Queriiida…
       Sólo Dios sabe cómo se las arreglaría aquel viejo desfigurado para imprimirle a esa palabra tal grado de subyugante ternura, de jubiloso amor.
       —Es pronto para que pienses en esas cosas —seguía hechizando a la muchacha coja, mientras la sacaba de la cueva. La llevaba de la mano, como a una niña pequeña que todavía no sabe andar con soltura. Ella se balanceaba, y empujaba al viejo con los hombros, mientras se enjugaba las lágrimas de los ojos con movimientos gatunos: tenía unas manitas pequeñas y blancas.
       El viejo la ayudó a sentarse en una piedra, a su lado, y luego siguió hablándole sin pausa, con voz clara y melodiosa, como si estuviese contándole un cuento:
       —Pero si eres una flor en este mundo, si a ti el Señor te cultivó para que hubiera alegría; tú puedes regalar una inmensa dicha: la clara luz de esos ojitos tuyos es una fiesta para cualquier alma, ¡querida!
       La capacidad de esa palabra era inagotable y, en verdad, me pareció que ocultaba en sus profundidades la clave de todos los secretos de la vida, la solución a todos los intrincados embrollos de las relaciones humanas. Y que era capaz de embrujar con su fuerza fascinante no sólo a unas simples aldeanas, sino a todo el mundo, a todas las criaturas vivientes. Saveli la pronunciaba de infinitas maneras: con emoción, con solemnidad, con una especie de tristeza conmovedora. Sonaba a veces como un reproche cariñoso, derramando una radiante música de felicidad, y siempre, la pronunciara como la pronunciara, tenía yo la sensación de que yacía en su origen un amor infinito, un amor incesante, que sólo se conocía a sí mismo y se regocijaba con su propio ser, único sentido y única meta de la existencia, exclusiva belleza de la vida, capaz de envolver todo el mundo con su fuerza. En aquella época yo ya había aprendido a no creer, pero aquel día nublado, en aquellas horas, todo mi escepticismo se desvaneció, como desaparece una sombra cuando irrumpe el sol, al oír el sonido de aquella palabra tan conocida, desgastada por el uso diario.
       Al marcharse, la muchacha coja sollozaba dichosa, y no paraba de asentir al anciano:
       —¡Gracias, abuelo, gracias, querido!
       —Bueno, bueno, ¡no tiene importancia! ¡Vete, amiga, vete! Vete ya, y recuerda: marchas al encuentro de la dicha, de la felicidad, de una inmensa tarea: ¡la alegría! Vete…
       Iba caminando de medio lado, sin apartar los ojos del radiante rostro de Saveli. Oliosha, que acababa de despertarse, estaba en la orilla del arroyo, alborotando aún más su negra cabellera desgreñada, y miraba a la muchacha con una sonrisa. De repente se metió dos dedos en la boca y soltó un silbido ensordecedor. La chica se tambaleó y se zambulló como un pez en el denso oleaje del arbusto.
       —¡Pareces idiota, Oliosha! —le reprendió el viejo.
       Oliosha, haciendo el payaso, se puso de rodillas, sacó una botella de vodka del arroyo y, agitándola en el aire, propuso:
       —¿Un trago, padre?
       —Bebe tú; ¡yo no puedo! Si acaso, esta noche…
       —Bueno, pues yo también lo dejo para la noche… Eh, padre —y cubrió al viejo con una lluvia de insultos como ladrillos—. Un brujo, eso es lo que eres, pero también eres un santo, ¡palabra de honor! Juegas con el alma, con el alma humana, como si fueras un niño. He estado aquí tumbado, pensando…
       —No alborotes, Oliosha…
       Volvió a presentarse la vieja con el muchacho; ella le dijo algo a Saveli en voz baja, en tono compungido; él sacudía la cabeza con escepticismo, y finalmente los condujo a la cueva, mientras Oliosha, que se había percatado de mi presencia entre los matorrales, subía penosamente hasta donde yo estaba, llevándose por delante las ramas.
       —De la ciudad, ¿no?
       Estaba de buen humor y tenía ganas de charla; le gustaba polemizar en tono cariñoso y no paraba de elogiar a Saveli:
       —¡Cómo sabe consolar! Yo, sencillamente, vivo gracias a su alma; la mía está cubierta de maldad, como si fuera pelo. Yo, hermano, estoy desesperado…
       Estuvo un buen rato pintándose a sí mismo con terribles colores, pero yo no le creí.
       La vieja salió de la cueva y, despidiéndose de Saveli con una profunda reverencia, dijo:
       —Ay, bátiushka, no te enfades conmigo…
       —De acuerdo, amiga…
       —Tú ya sabes que…
       —Ya lo sé: todo el mundo le tiene miedo a la pobreza. A nadie le gustan los pobres, ¡lo sé! Pero, de todos modos, hay que tener miedo de ofender a Dios, en uno mismo como en los demás. Si nos acordáramos más a menudo de Dios, no existiría la pobreza. ¡Ni más ni menos, amiga mía! Ve con Dios…
       El muchacho, sorbiéndose los mocos, miró al viejo con aprensión y se escondió detrás de su madrastra. Llegó una preciosidad de mujer, con aspecto de burguesa; llevaba un vestido de color lila y un pañuelo azul, por debajo del cual brillaban orgullosos y desconfiados unos enormes ojos grises. Y una vez más se oyó la palabra seductora:
       —Querida…
       Oliosha no paraba de hablar, y no me dejaba oír las palabras del anciano:
       —Es capaz de fundir cualquier alma, como si fuera estaño. A mí me ha ayudado mucho… Sin él, no sé qué habría sido de mí… ¡Y tanto!… Siberia…
       Pero desde abajo se elevaba la voz cantarina de Saveli:
       —A ti, con tu belleza, cualquier hombre debería hacerte feliz, pero tú me estás diciendo unas cosas horribles. Querida, ahuyenta esa rabia; piénsalo bien: ¿qué es lo que festeja la gente? Todas nuestras fiestas son banderas orientadas al bien, no al rencor. ¿De qué desconfías? De ti misma desconfías: no tienes confianza en tu fuerza de mujer, en tu belleza… Pero ¿qué es lo que está oculto tras la belleza? El espíritu de Dios está oculto tras ella… Queriiida…
       Profundamente conmovido, ya estaba yo a punto de echarme a llorar de alegría: ¡así de inmensa es la fuerza mágica de la palabra, vivificada por el amor!
       Hasta el momento en que la espesa tiniebla de la noche sin luna llenó el barranco, treinta personas habían visitado a Saveli: habían venido respetables ancianos de la aldea con su báculo en la mano, habían aparecido algunos individuos desesperados, hundidos en la amargura; pero más de la mitad de los visitantes eran mujeres. Yo ya había dejado de escuchar sus monótonas quejas, y esperaba con impaciencia las explicaciones de Saveli. Ya de noche, nos permitió a Oliosha y a mí encender una hoguera en las piedras que había en la plataforma de la entrada; preparamos té y algo de cena, mientras él, sentado junto al fuego, espantaba con el faldón de su armiak toda clase de “criaturas” atraídas por las llamas.
       —Otro día consagrado al servicio del alma —dijo pensativo y cansado.
       Oliosha le dio un consejo práctico:
       —Es una pena que no le pidas dinero a toda esa gente…
       —Eso no va conmigo…
       —Puedes pedírselo a unos para dárselo a otros. Por ejemplo, para dármelo a mí. Me compraría un caballo…
       —Oliosha, diles mañana a los chicos que vengan a verme, tengo algunos regalos para ellos… Hoy las mujeres me han traído montones de cosas…
       Oliosha se acercó al arroyo a lavarse las manos, y yo le dije a Saveli:
       —Hay que ver, abuelo, lo bien que le hablas a la gente…
       —Pues sí —asintió con calma—. Ya te lo decía yo. Y la gente me respeta. Yo a todo el mundo le digo la verdad, a cada uno la que le conviene oír. Ahí está el secreto… —Sonrió alegre y continuó, algo más animado—: Con las que mejor me entiendo es con las mujeres, ¿me has oído? No lo puedo evitar, amigo: en cuanto veo a una mujer o a una joven medianamente guapa, el corazón me da un vuelco, y es como si todo se llenara de flores. Yo les estoy muy agradecido: cuando veo a una, me acuerdo de todas las mujeres que he conocido, ¡y son incontables!
       Oliosha volvió diciendo:
       —Padre Saviol, querría que respondieras por mí ante Shaj: voy a pedirle sesenta rublos…
       —Muy bien.
       —Mañana, ¿está bien?
       —De acuerdo…
       —¿Lo ves? —me preguntó Oliosha en tono triunfal, acompañando la pregunta con un pisotón—. Ese Shaj, hermano, es el típico individuo que te mira de lejos y la camisa ya se te está cayendo de los hombros para ir a parar a sus manos. Pero, como vaya a verle el padre Saviol, delante de él Shaj empieza a dar vueltas como un cachorrillo; no te imaginas la cantidad de madera que donó para las víctimas de los incendios…
       Oliosha no paraba de hacer ruido, y no dejaba descansar al viejo. Se veía muy cansado a Saveli. Estaba sentado junto a la hoguera, con aire abatido, agitando una mano por encima del fuego; el faldón del armiak parecía un ala partida. Pero no había quien pudiera con Oliosha: se había bebido un par de vasos de vodka y su alegría era cada vez más avasalladora. El viejo también bebió un poco de vodka, se comió un huevo duro con pan y de repente dijo con suavidad:
       —Anda, Oliosha, vete a casa…
       La gran bestia negra se levantó y se persignó, mirando al cielo oscuro.
       —¡Cuídate, padre, muchas gracias! —me tendió su garra fuerte y dura, y después se metió dócilmente entre los arbustos que ocultaban el sendero.
       —¿Un buen hombre? —pregunté.
       —Sí, aunque hay que estar pendientes de él, ¡es un pendenciero! De tanto pegar a la mujer, no pudieron tener hijos, todos los perdía; al final se volvió loca. Yo le decía: “Pero ¿por qué le pegas?”. Y él: “No sé, me apetece y ya está”…
       Se quedó callado, dejó caer los brazos y estuvo mucho tiempo inmóvil, mirando al fuego con las cejas levantadas. Su cara, iluminada por las llamas, parecía incandescente, y resultaba aterradora; las pupilas oscuras de los ojos desnudos, lacerados, cambiaban de forma —tan pronto se estrechaban como se ensanchaban—, el blanco le aumentó de tamaño; daba la sensación de que se hubiera quedado ciego de repente.
       Movió los labios; los pelos del ralo bigote, erizados, se le agitaron; parecía como si quisiera decir algo y fuera incapaz.
       Pese a todo, empezó a hablar con calma, aunque muy pensativo, de una forma un tanto peculiar:
       —Eso les pasa a muchos hombres, amigo mío: de pronto les entran ganas de zurrar a la parienta, sin que ella haya hecho nada de nada, y encima ¡cuando menos te lo esperas! Lo mismo han estado besándola hace un minuto, disfrutando de su belleza, y de pronto, en menos que canta un gallo, se les antoja zumbarlas. Sí, sí, amigo, esas cosas pasan… Te lo digo yo; yo soy un hombre pacífico, cariñoso, y he amado a las mujeres hasta tal punto que en ciertas ocasiones me habría gustado meterme en su interior, llegar al corazón y quedarme allí escondido, como hacen las palomas en el cielo. ¡Eran unos momentos maravillosos! Pero, de pronto, me venía el deseo de pegarles, de pellizcarlas, haciéndoles el mayor daño posible, ¡sí! Y ellas chillaban, me preguntaban qué pasaba. Pero no había nada que decir. ¿Qué iba a decirles yo?
       Le miré desconcertado, sin saber tampoco qué decir ni qué preguntar; aquella extraña confesión me había dejado estupefacto.
       Pero el viejo, tras una pausa, volvió a referirse a Oliosha.
       —Cuando su mujer se volvió loca, a Oliosha también se le agrió el carácter; ahora le entran unos arrebatos violentos, se cree un ser maldito y se dedica a pegar a todo el mundo. Hace unos días unos paisanos me lo trajeron amarrado, lleno de moratones y magulladuras, cubierto de sangre reseca, parecía la corteza del pan. “Procura amansarlo, padre Saviol —me decían—, o tendremos que acabar matándolo, no podemos vivir con esta fiera”. ¡Ya lo ves, amigo! Me pasé cinco días cuidando de él… sé algunas cosillas de medicina… Sí, amigo mío, no siempre es fácil vivir… ¡qué va! No siempre es dulce la vida, querido amigo mío de ojos claros… Por eso mismo, me dedico a consolarlos, sí… —Con aquella sonrisa compasiva, su rostro se volvió aún más monstruoso, más aterrador—. A algunos no tengo más remedio que engañarlos un poco, porque también hay gente a la que ya no le queda más consuelo que el engaño… Sí, amigo, hay gente así… Claro que sí…
       Habría querido preguntarle muchas cosas, pero Saviol no había comido en todo el día; se notaba que la fatiga y el vaso de vodka ingerido estaban haciendo su efecto: dormitaba, balanceándose de un lado para otro, y se le iban cerrando, poco a poco, los ojos desnudos…
       A pesar de todo, me animé a preguntarle:
       —Abuelo Saviol, en tu opinión ¿existe el infierno?
       Levantó la cabeza y dijo muy serio, en tono ofendido:
       —¿El infierno? ¡Qué cosas tienes! Y eso ¿dónde está? ¿Dios y el infierno, a la vez? ¿Tú crees que es posible? Esas dos cosas no hay quien las junte, hermano. ¡Eso es un embuste! Os lo habéis inventado las personas letradas para meter miedo a la gente; son disparates de los popes. No tiene ningún sentido andar asustando a la gente. Aparte de que nadie le tiene miedo al infierno…
       —En tal caso, ¿dónde dirías que vive el diablo?
       —Oye, no bromees con esas cosas…
       —Yo no bromeo.
       —Bueno, bueno… —Agitó el faldón del armiak por encima de la hoguera y dijo en voz baja—: No te burles de él. Cada palo que aguante su vela. Aquel francés, seguramente, tenía razón: cuando llegue el momento, el diablo se inclinará ante el Señor. A mí un pope me contó la historia del hijo pródigo del Evangelio, y la recuerdo muy bien. En mi opinión, esa parábola se refiere al diablo. Él, y nadie más que él, es el hijo pródigo.
       Se balanceaba sobre la hoguera.
       —¿No deberías acostarte? —le sugerí.
       El viejo me dio la razón:
       —Pues sí, ya es hora…
       Se tumbó sobre un costado, se acurrucó, se cubrió la cabeza con el armiak… y se calló. Las ramas crujían y silbaban sobre las brasas de la hoguera, el humo se levantaba formando hilillos caprichosos en mitad de la oscuridad de la noche.
       Miré al viejo y pensé: “¿Será este hombre un santo, dueño del tesoro del amor infinito al mundo entero?”.
       Me acordé de la muchacha coja, con su vestido estampado y sus ojos tristes, y la vida entera se me presentó en la imagen de aquella chica: la vi en presencia de un dios deforme y pequeño, un dios que sólo sabía amar, y que ponía toda la fuerza hechicera del amor en una palabra de consuelo:
       —Queriiida…




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