Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


Carpa Bonkoiémof (1905)
(“Букоёмов, Карп Иванович”)
Originalmente publicado en la colección “Сборнике товарищества ‘Знание’”
(San Petersburgo), libro VI, 1905;
[Obras]
(San Petersburgo, 1923)



      En la densa obscuridad de la celda, a través de las ventanas enrejadas de la prisión, un rayo de sol cala y se fijaba sobre el suelo sucio. Bonkoiémof estaba acostado sobre su petate; miraba el polvo que se arremolinaba en el oro de los rayos solares, las moscas agitadas, y pensaba probablemente en el vuelo rápido de las golondrinas y de los vencejos en el abismo azul del cielo.
       Acurrucados cerca del viejo, Makhine y Chichoff jugaban, sin decir palabra, con piezas de ajedrez hechas con miga de pan negro, y El Cojo, sentado en la ventana, remendaba una camisa cantando con una voz nasal:

Quedándome un día sin obra,
me he comido todo mi capital.

       Y siguiendo el ritmo de su canción monótona, golpeaba dulcemente el suelo con su pierna de palo, pesada y gruesa, que reemplazaba el miembro que le habían cortado por la rodilla.
       —¡Tú no sabes jugar, Makhine! —dijo Bonkolémof con desprecio—. ¡Juega a la izquierda, Chichoff!
       —Ya sé —respondió Chichoff, con voz ronca, inclinándose sobre las piezas.

El querido amigo me pega cuando tiene hambre,
cuando está harto no hace más que dormir,

continuó tristemente El Cojo.
       A Boukoiemof le aburría la canción, que traspasaba desagradablemente los oídos como el chirrido de una lima.
       El viejo se volvió malhumorado hacia El Cojo y examinó, sin decir palabra, su fisonomía perfecta. Su barba larga y espesa, su pelo negro y abundante, hacían parecer al Cojo un joven sacerdote. Sus ojos hundidos tenían un mirar tranquilo y concentrado; hablaba poco y no sonreía casi nunca.
       Desterrado a Siberia para toda la vida, por incendiario, se fugó por tres veces del lugar que le designaron como residencia, volviendo a Rusia. La segunda vez, se detuvo en Perm y se colocó de vigilante de un ferrocarril. Trabajó allí tranquilamente por espacio de seis meses. Una noche le atacaron los ladrones, y recibió un golpe tan violento, con una bola de hierro sujeta a una correa, que cayó al suelo perdido el conocimiento.
       Entonces se le heló la pierna. En el hospital vieron que era un fugado; le amputaron la pierna, le pusieron una de palo en su lugar y lo enviaron de nuevo al destierro... Pero, una vez más, El Cojo se escapó, y no lo detuvieron hasta llegar a Moscú.
       En sus correrías había visto y observado mucho; pero no había oído en parte alguna una canción que le pareciese más agradable que esta melodía fastidiosa:

Yo le hubiera abandonado,
pero no tenía a nadie más en el mundo.

      De una talla mediana, pero bien proporcionado, daba una impresión de testarudez, y en sus ojos se había fijado una luz fría. Boukoiemof, después de mirarlo largo rato, volvió la cabeza lentamente, fijó los ojos en el techo, y dijo, con los dientes apretados:
       —¡Cómo se aburre uno con tus canciones!
       Makhine, un buen mozo sólido, con la frente arrugada por el esfuerzo, se mordía el labio inferior, y sin separar los ojos obscuros del tablero de damas, dibujado sobre una tabla de la cama, colocaba las piezas con movimientos bruscos. Chichoff era muy prudente, reflexionaba mucho cada jugada, frotaba su cabeza calva, movía sus cejas rojas; después de haber jugado, sorbía con la nariz, se enderezaba y acariciaba con dignidad su barba roja y revuelta. Era rubio y corpulento.
       —¡Jugáis mal los dos! —afirmó Boukoiemof resueltamente.
       Y, sin apresurarse, lió un cigarrillo.

Yo me iría a mi país...
pero no sé dónde he nacido,

canturreaba El Cojo.
       —Y éste no hace más que gemir como un perro atado a una cadena —añadió Boukoiemof ásperamente, moviendo siempre sus cejas grises.
       Nadie le respondió.
       En el pasillo se oyó un ruido confuso que se aproximaba. Era el starosta [el prisionero encargado de guardar el orden en las celdas] encargado de distribuir las limosnas que las gentes caritativas hacían a los prisioneros: huevos, panes blancos, bollos.
       Se oyó una voz enronquecida que contaba:
       —“Dos, cuatro, seis...”
       —¡Eh! ¡Tú! ¿Dónde metes la mano? ¿No tienes bastante, canalla?
       —Dale una bofetada —aconsejó una voz de bajo profundo.
       Boukoiemof fumaba, mirando con sus ojos vivos la colilla de su cigarro; su fisonomía angulosa permanecía sombría; parecía de acero. Las espirales de humo grises y azules se perdían en su barba blanca y en sus cabellos rudos y grises. El viejo estaba inmóvil. Parecía tallado en la roca. Tenía ya más de cincuenta años; pero conservaba aún toda la dentadura, su pelo era fuerte, su voz clara y sus movimientos denotaban energía todavía. Llevaba con comodidad su uniforme gris, las cadenas no le estorbaban, hasta se alababa de la facilidad con que las movía, y cuando andaba producían un sonido particular, ligero, seco; hacia poco ruido. Era sobrio y amaba la propiedad, el orden; había en él mucha dignidad y una especie de belleza antigua.
       Fué condenado en primer término a veintitrés años de trabajos forzados, por doble homicidio y robo con fractura. Pudo huir, y se entregó tres años al pillaje. Un día fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad y encerrado en Sakhaline. Al cabo de nueve años pudo escaparse nuevamente, y volvió a su “profesión”. Cinco años después lo detuvieron nuevamente; pero en Siberia pudo convencer a un forzado a cambiar el nombre con él, y después de vivir un año en Tobolsk, se hizo pasar por un labrador desterrado, volviendo a Rusia. Y ahora, después de una serie de homicidios y robos, ha sido otra vez conducido a Sakhaline, donde le esperan las cadenas para siempre y el látigo.
       —¡Cojo, ve a coger las limosnas! —dijo con tono autoritario.
       El Cojo levantó la cabeza, lo miró, puso su obra sobre la repisa y se fue renqueando hacia la puerta. Su pierna de palo producía un ruido sordo, y sus cabellos se estremecían sobre su cabeza.
       —¡Gano! —gritó Chichoff con aire satisfecho, frotándose las manos, cubiertas de pelos rojos.
       Makhine, con una sonrisa confusa, recogió cuidadosamente sus piezas, y después, con voz aguda de tenor, dijo a Chichoff:
       —Tú reflexionas siempre largamente, y yo juego sin preocuparme de nada...
       —¡Imbécil —exclamó Boukoiemof—. En verdad que sois unos famosos tipos... El uno tiene una pierna de palo..., el otro una mollera igual de dura...
       Chichoff descendió pesadamente del lecho, y rió con una risa fuerte. Su vientre abultado se agitó de una manera repugnante; frunció sus ojos aceitosos como un gato satisfecho. En sus piernas cortas, las cadenas resonaban, se enmarañaban y le estorbaban; iba despechugado y sudaba a chorros. Parecía como si estuviese puesto en estofado.
       Boukoiemof apagó cuidadosamente su cigarro, miró a Chichoff, y sus labios, delgados y secos, marcaron una sonrisa desdeñosa.
       —¡Qué podredumbre! —dijo escupiendo—; te morirás pronto, la grasa te rodeará el corazón y morirás como una mosca en un estercolero.
       Chichoff rió servilmente, cogió de manos del Cojo un pan blanco, que examinó por todos lados con mirada voluptuosa, y abrió la boca, guarnecida de pequeños dientes blancos como la boca de un sollo.
       —¡Espera! —dijo Boukoiemof—. ¿No tienes gana de devorar?
       —¿Por qué no? ¡Puedo comer bien! —replicó Chichoff, riendo con esfuerzo. Estaba de pie ante el viejo, y se llevaba con las dos manos el pan blanco a la boca.
       —“Puedo... puedo” —dijo el viejo imitando la voz enronquecida de Chichoff—. No debes comer. ¡Te reventarás!... Debías pasar hambre... Has amontonado la grasa como un avaro el dinero, y te asfixias... ¡Imbécil!
       Volvió la espalda a Chichoff... Éste pestañeó con timidez, miró el pan; después, hundiéndose en el lecho, se agazapó pesadamente en un rincón, y allí se puso a comer lentamente, atentamente, esforzándose por no hacer ruido.

El ancho Baikal ea un mar espléndido.
Barcos magníficos lo surcan
por todas partes...

cantaba a media voz Makhine, ante la ventana.
       —Los elogias sin haberlos visto —dijo Boukoiemof con una risa áspera.
       El Cojo se aproximó a la ventana, y sin decir nada se sentó, emprendiendo de nuevo su trabajo.
       Boukoiemof miró a sus compañeros, uno a uno, y con aire fatigado bajó la cabeza después agitando las cejas. La canción resonaba tristemente, el hilo susurraba; Chichoff se detuvo y, sin cerrar la boca, permanecía inmóvil, con un trozo de pan ante la cara, esperando.
       Boukoiemof comenzó a reir. Su risa era extraña, poco ruidosa; parecía que dos fragmentos de vidrio se entrechocaban dentro de la garganta del viejo.
       —¡Tú no eres más que un tendero, bestia rojal —dijo con ironía—. Lo que tú has hecho es repugnante; has comprado una menor, como hubieras comprado un cordero, y la has estrangulado... ¡Eres un canalla!
       Chichoff suspiró profundamente, y se puso a comer. Ahora Makhine tenía una alegre risa de adolescente. El Cojo cosía en actitud concentrada.
       —Yo vivo entre vosotros —continuó el severo viejo— como un macho cabrío entre las ovejas. Me hastiáis como una pesadilla, aunque no hace más que quince días que estoy con vosotros.
       —¡Cuenta algo, Carpe Ivanitch! —rogó Makhine aproximándose y sentándose en la cama, junto al viejo.
       —Tú, Cojo —dijo Boukoiemof, sin mirar al joven—, repites sin cesar: “Los hombres son iguales, según el Evangelio”. Pero, di la verdad; ¿es que esos dos se nos parecen? Yo, por ejemplo, ¿en qué les parezco? En nada, y tú menos. Tú no tienes pierna, pero tienes carácter. Hay en ti resistencia. Se te obliga a vivir en Siberia, y como no quieres te marchas. ¡Eso está bien! ¡Eres mutilado, está bien! ¿Pero Makhine, qué es? ¿Por qué existe?, ¿por qué? Degolló a un tabernero, gordo, y se inundó de sangre; alquiló un coche y se fue. ¿Y adónde fue? No se sabe nada. Después, de miedo, clavó su cuchillo en la garganta del cochero. ¿Por qué? Tampoco se sabe nada.
       —No es por miedo por lo que lo hice —dijo Makhine con una sonrisa contenida, y sus ojos sombríos, parecidos a los de un buey, pestañearon molestos.
       —¿Por qué, pues?
       —No hacía más que volverse —dijo Makhine—. Marchaba, marchaba y de pronto se volvía... Y entonces...
       —¡Cernícalo! —exclamó Boukoiemof fríamente tranquilo.
       Liando de nuevo un cigarrillo, se puso a fumar.
       —Hay que hacerlo todo con habilidad... Si se va a degollar a un hombre gordo, es preciso desnudarse completamente... Los gordos tienen mucha sangre. Salpica, te inunda y he aquí un indicio contra ti. Pero si estás desnudo, aunque te manches, coges un paño mojado, te frotas bien, y hete aquí limpio ante los hombres...
       —¿Y ante Dios?— preguntó a media voz el Cojo, que no había levantado la cabeza ni por reproche ni por curiosidad.
       —¿Cómo? —preguntó Boukoiemof después de un instante de silencio.
       —Y ante Dios, ¿qué pasará? —repitió El Cojo sin abandonar su trabajo.
       El viejo lo miró, torció la nariz cartilaginosa y dijo con aire de sabio:
       —No, Cojo, las gentes son distintas. A unos, las cadenas les paralizan las piernas y les libertan el alma; para otros es el alma la que resulta encadenada... Esto hay que saberlo comprender.
       —¡Carpe Ivanitch! —dijo Makhine en voz baja y con inquieta curiosidad.
       —¿Qué?
       —¿Has matado tú mucha gente?
       —¿Yo?...
       Los ojillos fríos del viejo se fijaron obstinadamente en Makhine, y el joven se sintió a disgusto bajo la mirada aquella, experimentando un escalofrío en las espaldas; entreabriendo la boca esperó las palabras del viejo, examinándolo de soslayo. Del rincón del lecho llegaba la respiración profunda y jadeante de Chichoff.
       El viejo colocó con autoridad, sobre el hombro de Makhine, su mano grande, de dedos largos y flexibles como resortes de acero, y dijo:
       —¡Mucha! Pero no me acuerdo cuántos... ¿Por qué preguntas eso?
       —Cómo es posible... Es interesante —dijo Makhine, sonriendo con aire brutal.
       El viejo le rechazó ligeramente.
       —¡Qué sabes tú, mozalbete!
       —¿Y te acuerdas de las fisonomías? —preguntó de repente el Cojo.
       —¿Qué fisonomías?
       —Las de los que has matado...
       —No; no me acuerdo... Era generalmente de noche —dijo tranquilamente el viejo.
       —Yo no te creo... No creo que hayas matado a nadie —dijo El Cojo moviendo la cabeza.
       Boukoiemof lo miró riéndose también silenciosamente.
       —¡Ah! Si los jueces y los fiscales no me creyesen me gustaría más... La duda tuya no me sirve de nada... De todos modos, por algo arrastro las cadenas desde hace cerca de quince años. ¿Qué dices ahora?
       En el pasillo resonaban risas, lamentos, ruidos. Eran los presos jóvenes que volvían del patio.
       —¡No gritéis, diablos! —aulló el vigilante.
       La puerta se cerró con estrépito, rechinaron los cerrojos y las cerraduras, y el rumor alegre de los jóvenes se apagó.
       —¿Y no tenías piedad de los que matabas? —interrogó la voz ronca de Chichoff, sentado en el rincón del camastro, tendido el cuello hacia delante, mientras sus ojos sepultados entre la grasa brillaban temerosos.
       —¿Quién tiene piedad de los otros? —respondió tranquilamente Boukoiemof.
       —Es verdad —asintió El Cojo a media voz—; nadie tiene piedad de nadie.
       —Es en vano que hables de piedad... ¡Mientes, perrol —dijo el viejo.
       —¿Nadie tiene, pues, piedad? —preguntó Makhine mirando a sus camaradas uno tras otro en espera de una contestación.
       —¿Y los que hacen limosnas? —gruñó Chichoff. El Cojo, echando hacia atrás la cabeza, y con un reproche en la voz, dijo:
       —La limosna no la hacen por ti, sino por Dios.
       —Dan porque tienen de sobra... —confirmó Boukoiemof.
       En la celda de presos jóvenes se oyó cantar con voz de bajo vibrante:

Cuando yo era chiquillo me perdí,
me perdí para siempre.

       El rayo de sol, desprendiéndose del techo, se diluía en la atmósfera espesa de la estancia e iluminaba oblicuamente la parte baja de la puerta. El polvo se arremolinaba siempre perezosamente, y las moscas volaban pesadas y ciegas. En la celda vecina, el bajo, anhelante de emoción, cantaba marcando el ritmo:

¡Yo degollé a mi padre,
estrangulé a mi madre...
y a mi hermana pequeña
la ahogué en el Volga!

       Le acompañaban a coro con voces, silbidos y pataleos.
       —¡Silencio, perros! —gritó el vigilante, y dió varios puñetazos en la puerta.
       —Yo quiero hablarte, Cojo —dijo Boukoiemof, acariciándose la barba gris—... Tú sabes escuchar... Pero no me gusta que hables... Eres joven y tímido, y es tonto qne te cubras los ojos. Mira al mundo francamente, abiertamente. Ahí está toda la sabiduría. Mira recto ante ti, y eso basta. Tú dices: “Las gentes, las gentes; es preciso tener con ellas piedad”.
       La palabra del viejo se desarrollaba amplia y regular; resonaba en su voz una fría energía, y bajo sus cejas pobladas brillaban los ojos grises, agudos como clavos.
       —¿Por qué he de tener piedad, si nadie tiene piedad de nadie? Escucha.
       El viejo extendió la mano y plegó un dedo:
       —Me acuerdo que un día, siendo muy niño, estaba acostado con mi madre junto a la estufa; me contaba un cuento. De pronto llegó mi padre, la cogió por los pelos y la tiró al suelo lo mismo que hubiera hecho con un trapo... Le pegó, le pegó hasta cansarse. “¡Sírveme la cena, canalla!”, gruñía. Mi madre, ensangrentada, apenas podía tenerse en pie.
       —¿Por qué le pegaba? —preguntó Makhine con profundo interés.
       —Me acuerdo que una vez —continuó Boukolemof, sin responder a Makhine—, me acuerdo que estaba cansado de pegarle y descansaba sentado sobre el banco... Mi madre se puso de rodillas ante él y le dijo: “¡Mátame de un solo golpe, en nombre de Cristo, no me martirices!” Él respondió: “No; espera... ¿Por qué de un solo golpe?” Tenía yo entonces seis o siete años. La hizo morir a fuerza de pegarle, lentamente, sabiamente...
       Makhlne guiñó los ojos, y costó a su vez con cierto entusiasmo:
       —Yo tenía un hermano que pegaba a su mujer... ¡Crac! ¡crac! ¡crac! Se oían crujir los huesos. Era un húsar. Había vuelto del servicio y ella tenía un niño. ¡Oh, cómo la daba en el hocico!
       —En el campo se pega a los caballos, a los perros —replicó Boukoiemof obstinadamente—; pero todavía se les pega más a las mujeres. Nadie paga nada a las mujeres, y la vida es difícil y las gentes malas... Y a menudo suele ser por placer por lo que se tortura al mundo. Puedo decirte, Cojo, que, habiendo bebido demasiado, fui llevado una vez a una comisaría. Llevaron allí a una joven embriagada, que lanzaron al suelo como si estuviera muerta. Vinieron dos agentes, encendieron el lacre de sellar, desnudaron a la joven y se entretuvieron en dejar caer gotas de lacre ardiendo sobre su cuerpo desnudo. El lacre ardía sobre la piel con un olor repugnante. La joven gemía y ellos se reían... ¿De qué les servía aquello? Temblaba porque creía iban a someterme al mismo tormento. Otra vez, en la cárcel de Ekaterinoslav —había entonces revueltas de obreros— llevaron al patio a un obrero detenido. Miré por la ventana y vi que había en el patio varios soldados y un oficial.
       “—¿Quiere usted, señor teniente —dijo un brigada de gendarmes—, quiere usted que desgarre de un solo golpe el tímpano de este obrero y que se vuelva sordo para toda la vida?
       “—¡Anda! —respondió el oficial.
       “El gendarme cumplió su promesa y el obrero perdió el oído para toda su vida.”
       En el ángulo, Chichoff comenzó a rezongar y a moverse: dormitaba, cunado por las palabras monótonas de Boukoiemof.
       —¡Es fácil! — dijo con voz ronca—. Sólo es preciso pegar con la palma de la mano, con el fin de hacer penetrar mucho aire en la oreja... el aire desgarra la membrana.
       —Jamás he visto piedad entre los hombres —continuó Boukoiemof—, hermano Cojo. Yo tampoco he tenido nunca piedad de ellos... No he podido aprender a tenerla en parte alguna. Una vez formé parte de una conducción de presos; entre los políticos había un tal Benka, joven judío. Era pequeño, tenía el pelo rizado, los ojos alegres, muy simpático... ¡y tan divertido! A veces todos estábamos fatigados, hacía un calor atroz, el polvo cegaba los ojos; entonces él cantaba canciones, hacía chistes. En una palabra: era amable con todos. ¡Suele haber mozos así! Lo hubieran desollado y no se hubiese entristecido. Con su ejemplo los demás se alegraban y era menos penoso el camino. Todos lo querían, excepto el director del convoy. ¿Por qué? No se sabía. Le odiaba tan obstinadamente como algunas mujeres odian a sus maridos... Sin cesar le reprendía. Al fin, Benka se encolerizó y le dijo:
       —¡Es usted un infame!
       Entonces el oficial le pegó con el puño del sable entre los hombros. El joven comenzó a desangrarse, y murió así.
       —¿Te apiadaste entonces? —preguntó El Cojo en voz baja.
       —¿De qué?
       —Del judío.
       —No me hables de piedad —replicó severamente Boukoiemof—. ¿Qué piedad puedo yo tener, si siempre han pegado a las gentes ante mí y he visto que el hombre es menos respetado que los animales? Si te hablase de mí solamente, si yo te dijera cuántas veces y cómo me han pegado, no me hablarías más de eso. ¡La piedad... mientes! Tengo casi veinte años más que tú, he recorrido toda la Rusia, he observado todo en torno mío. ¡Y mientes! No hay piedad... ¡No hay, yo te lo digo! Mientes horriblemente.
       El viejo pronunció la palabra “Mientes” de un modo tan rotundo, como si hubiera dado un puñetazo en el cráneo del Cojo, _con su puño seco y rudo.
       —Es penoso vivir —murmuró el Cojo.
       —¿Qué? —preguntó chabacanamente el viejo.
       —Digo que es penoso vivir...
       —¡Habla claro! —aconsejóle Boukoiemof, severamente.
       Makhine frunció las cejas, como si recordase con dificultad su pasado, y con voz baja y lenta dijo:
       —Cuando era niño vendía cohombros... Me llevaron a la comisaría... ¡y cómo me pegaron! Me tiraban del pelo, me golpeaban en las costillas... ¡Señor, Dios!...
       Boukoiemof miró al Cojo y continuó con la grave solemnidad de un banquero:
       —Yo soy un hombre correcto, serio; he visto de todo sobre la tierra; lo sé todo, y cuando hablas de piedad, me inquietas. Me pregunto si me habré equivocado, si la habré dejado pasar sin verla... ¡Pero eres tú quien mientes, Cojo! No me perturbes en vano. Los hombres no tienen piedad, y no sé por qué voy a tener yo piedad de ellos. No he visto nunca nada bueno de su parte, excepto los panes blancos y los bollos que nos mandan a la cárcel; pero no es un pan de trigo candeal lo que ha de convencerme. Dame otras razones. ¿No puedes? ¡No mientas, pues, perro! ¿Y por qué a las gentes se les puede torturar como a las ratas del mercado que no hacen otra cosa que huir y ocultarse?
       De nuevo Chichoff se mezcló en la conversación; tuvo una risita gruesa, y, entre sus risotadas, desgranaba hilachas de frases.
       —Una vez en nuestra casa frotaron una rata con petróleo y la encendieron; el animal chisporroteaba... corría.
       Makhine lo miraba, riéndose alegremente.
       El Cojo levantó despacio la cabeza, observó a todos y después exclamó:
       —Sin embargo, se dice que toda criatura alaba al Señor...
       El viejo le miró irritado, de soslayo.
       —Eso no tiene importancia.
       El rayo de sol trepó lentamente a lo largo de la puerta y se volvió cada vez más rojo. Boukoiemof estaba sentado en el extremo de una cama, y miró hacia la ventana, meneando la cabeza.
       —A veces me dan náuseas, Cojo... Entonces me gustaría ponerme en medio de la calle y decir: “Soy un asesino, es verdad; pero vosotros sois unos cobardes! ¡Y eso es peor! Quizá soy vuestro asesino porque me lo consentís... ¿qué habéis inventado para los hombres como yo? ¿Las cadenas?”
       Y agitó sus hierros estruendosamente.
       —¿Quién te creerá? —dijo El Cojo en voz baja. Y se respondió a sí mismo: —Nadie te creerá.
       —¡Qué importa! —dijo Boukoiemof huraño—. Qué importan las cadenas; no se sabe a quién hacen más mal, si a mí o a ellos... Esto no se sabe.
       Durante un momento todos se callaron. El rayo de sol disminuía...
       Makhine se levantó y, dirigiendo los ojos en torno suyo, dijo lleno de perplejidad, pateando sin finalidad alguna en su sitio:
       —Chichoff, juguemos, ¿quieres? —imploró.
       Chichoff se agitó pesadamente sobre el lecho y refunfuñó:
       —Juguemos... Ya verás.
       Carpe Ivanitch Boukoiemof miró al suelo, movió las cejas y las piernas, las cadenas resonaron dulcemente, y al oir aquello, el viejo, con voz lenta y sombría, dijo:
       —Tú, Makhine, te pareces absolutamente a un perrito... Cuando yo estaba en Siberia, trabajando la tierra, tenía un perrito. Era un perro rojo con manchas blancas. Este alegre animal brincaba siempre en torno mío. Imposible hacerlo marchar. Se acostaba conmigo, el granujilla, se subía a mi cama y se dormía..., sus pulgas me devoraban... Lo hacia bajar del lecho y saltaba de nuevo y sujetaba la ropa de la cama con los dientes. No podía echarlo. Por la mañana, al despertarme, me miraba con los dientes descubiertos, agitando la cola como para decirme: “¿Quién se ha salido con la suya, eh?”
       Boukoiemof calló sonriendo, la mirada puesta en el suelo, obstinadamente. El Cojo dejó de coser, lo examinó fijamente y esperó.
       —¿Y qué?
       —¿Cómo?
       —¿Y el perro?
       —Reventado. Alguien le partió la espina dorsal.
       —¿Y has tenido piedad? —preguntó dulcemente el Cojo.
       La ironía estremecía sus labios.
       El viejo volvió lentamente la cabeza y dijo con desprecio:
       —¡Vete al diablo!... ¡Imbécil!
       El Cojo volvió a mirarle; sus labios temblaban aún y replicó balbuceando:
       —Si no lo sentiste, ¿por qué lo recuerdas? No te acuerdas de los que mataste y te acuerdas del perro. Eres tú el que miente sin cesar.
       —¡Idiota! —respondió el viejo forzado con aire de hastío—. El animal era bueno conmigo... era mi aliado.
       Y se acostó sobre el lecho, cruzando las manos bajo la cabeza. Chichoff y Makhine jugaban silenciosamente al ajedrez.
       Por la ventana se veía un jirón de cielo, rosado y amarillo; un vuelo de palomas remolineó muy alto. No había otra cosa en el cielo. La tierra no se podía ver desde la ventana.
       En la celda todo estaba tranquilo. El Cojo no cosía ya. Extendió la camisa, inclinó la cabeza, y admirando las piezas echadas, cantó dulcemente:

Yo fui por allá, yo fui por aquí,
y en todas partes ful desgraciada...

      Carpe Boukoiemof suspiró profundamente y, enviando un escupitajo al techo, dijo muy despacio:
       —¡De todos modos... se aburre uno encerrado con vosotros...! ¡qué pobresdiablos sois!...




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