Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


Compañeros (1897)
(“Товарищи”)
Originalmente publicado, con el subtítulo de Эпизод (“Episodio”),
en el periódico Нижегородский листок [Hoja de Nizhni Nóvgorod]
Núm. 5 (6 de enero de 1897) y Núm. 7 (8 de enero de 1897);
[Obras reunidas], 4 tomos
(San Petersburgo: Знание [Conocimiento], 1900);
[Obras]
(San Petersburgo, 1923)



I

      El ardiente sol de julio brillaba sobre Smólkina, derramando sobre sus viejas isbas un copioso torrente de rayos cegadores. Donde más relumbraba era en la isba del alcalde, recientemente retechada con tablones nuevos, suavemente cepillados, amarillos y aromáticos. Era domingo, y casi todo el mundo estaba en la calle, donde crecían en abundancia las hierbas entre montones esparcidos de residuos resecos. Una multitud de aldeanos se había congregado ante la isba del alcalde: algunos estaban sentados en el banco de tierra de la puerta, otros directamente en el suelo, otros aguardaban de pie. En medio del grupo, unos cuantos chiquillos no paraban de alborotar y echar carreras, ganándose de vez en cuando las broncas y pescozones de los adultos.
       Un hombre alto, con unos bigotazos que apuntaban hacia el suelo, constituía el centro de la multitud. A juzgar por su rostro atezado, recubierto de una cerrada barba gris y un entramado de profundas arrugas, y por los mechones canosos que asomaban bajo el sucio sombrero de paja, debía rondar los cincuenta años. Mientras miraba al suelo, se podía apreciar cómo le temblaban las aletas de su enorme nariz. Al levantar la cabeza para echar un vistazo a las ventanas de la isba del alcalde, se le vieron los ojos: grandes, tristes, profundamente hundidos en sus órbitas, con las pupilas negras sumidas en la sombra que arrojaban unas cejas pobladas. Vestía una raída sotana marrón de novicio que apenas le cubría las rodillas, ceñida con una cuerda. Llevaba un morral echado a la espalda, en la mano derecha sujetaba un largo bastón rematado por una contera de hierro y ocultaba la izquierda entre la ropa. Quienes le rodeaban le miraban suspicaces, burlones, desdeñosos o, en fin, abiertamente satisfechos de haber conseguido dar caza al lobo antes de que éste hubiera llegado a esquilmar sus rebaños.
       Estaba de paso por la aldea cuando, llamando a la ventana del alcalde, le había pedido algo de beber. El alcalde le había ofrecido un vaso de kvas [bebida tradicional rusa, levemente fermentada, elaborada a base de malta, pan de centeno y frutas] y había intentado entablar conversación con él. Pero el viajero había respondido con evasivas, algo insólito en un peregrino. Así que el alcalde le pidió sus papeles, y resultó que iba indocumentado. Habían detenido al viajero, con intención de remitirlo a las autoridades del vólost [distrito rural en la Rusia zarista]. El alcalde había llamado al sotski [rango inferior de la policía rural en la Rusia zarista] para que lo escoltara, y en esos momentos, en su isba, le estaba dando instrucciones. Entre tanto, habían dejado al detenido a cargo de la muchedumbre, que se estaba divirtiendo, zafiamente, a su costa.
       Pero, de pronto, en el porche de la isba apareció un anciano medio ciego, con cara de zorro y una barba canosa y puntiaguda. Pausadamente, iba desplazando los pies, enfundados en botas, de escalón en escalón, y su panza prominente se balanceaba de manera visible bajo una larga camisola de percal. Y a su espalda asomaba la cara barbuda y cuadrada del sotski.
       —¿Lo has entendido, Yefímushka? —le preguntó el alcalde al sotski.
       —¿Por qué no iba a entenderlo? Está todo clarísimo. O sea, mi tarea consiste en conducir a este individuo hasta el comisario, ¡exclusivamente! —El sotski, tras pronunciar estas palabras enfáticamente, con una seriedad cómica, guiñó un ojo al público.
       —¿Y el documento?
       —El documento lo llevo encima, bien guardadito.
       —Bueno, ¡pues ya está! —dijo el alcalde con toda claridad, y añadió, rascándose con brío un costado—: Ve con Dios… conque, ¡andando!
       —¡En marcha! ¿Qué, nos movemos, padre? —le dijo el sotski al detenido, con una sonrisa.
       —Ya podían ponernos un carro —replicó secamente al oír la propuesta del sotski.
       El alcalde sonrió con malicia:
       —¿Un carro? ¡Qué listo! Pues anda que no hay pillos como tú fisgando en las aldeas y cruzando los campos… No habría caballos para todos. ¡A patita y gracias!
       —No es nada, padre, ¡vamos! —le animó el sotski—. No te creas que vamos muy lejos. Si acaso, dos decenas de verstas. Ya verás, padre, como llegamos en un suspiro. Y una vez allí ya podrás descansar…
       —A la sombra… —precisó el alcalde.
       —Eso es lo de menos —se apresuró a aclarar el sotski—. El que está fatigado descansa en prisión. Y a la sombra hace fresco: ¡después de un día tórrido, ahí se está de miedo!
       El detenido miró severamente a su vigilante; éste sonrió alegremente, sin reservas.
       —¡Venga, en marcha, reverendo padre! ¡Adiós, Vasil Gavrílich! ¡Ya nos vamos!
       —¡Con Dios, Yefímushka! Ándate con cuidado.
       —¡Y mucho ojo! —añadió un mozo de la multitud.
       —Vale, vale… ¡Ni que yo fuera un crío!
       Y echaron a andar, sin apartarse de las casas para aprovechar la franja de sombra. El hombre con sotana caminaba delante, con ese paso regular, pero ligero, que es propio de quien está habituado a andar. El sotski le seguía, con un buen bastón en la mano.
       Yefímushka era un hombre bajito, achaparrado, de cara ancha y bondadosa, enmarcada en una barba castaña que prácticamente le nacía en los ojos pardos y le caía formando mechones. Casi siempre estaba sonriendo, mostrando unos dientes amarillentos, y con el ceño tan fruncido que se diría que tenía ganas de estornudar. Llevaba puesto un aziam [prenda de origen oriental, a modo de blusón amplio y ligero, con largas mangas], con los faldones recogidos por dentro del cinto para que no se le enredaran en las piernas; le cubría la cabeza un gorro verde oscuro, sin visera, que recordaba a los gorros de los presos.
       Iban por un estrecho camino vecinal que serpenteaba entre un mar ondulante de centeno, y las sombras de los caminantes se arrastraban por las espigas doradas.
       En el horizonte se vislumbraba la espesura azulada del bosque; a la izquierda, perdiéndose en la lejanía, se sucedían incesantemente los campos; en medio aparecía la mancha oscura de una aldea, detrás de la cual había más y más campos que se hundían en la neblina celeste.
       A la derecha, pasada una salceda, la aguja de un campanario, revestida de hojalata pero aún sin pintar, se clavaba en el cielo: resplandecía al sol con tanta fuerza que hacía daño mirarla.
       Yefímushka, después de expectorar, empezó a tararear en falsete.
       —Nada, que no llego, ¡hay que jorobarse! Pues sí… Con lo bien que yo cantaba… En la escuela de Víshenki ya me decía el maestro: “¡Vamos, Yefímushka, empieza tú!”. ¡Y cómo cantábamos todos! Qué hombre más cabal…
       —¿Quién? —preguntó el de la sotana con voz grave y apagada.
       —El maestro de Víshenki…
       —¿Cómo? ¿Víshenski? ¿Así se llamaba?
       —No, Víshenki; es una aldea, hermano. El maestro se llamaba Iván Mijálich. Un tipo de primera. Murió cuando yo estaba en tercero…
       —¿Joven?
       —No había cumplido los treinta.
       —Y ¿de qué murió?
       —De amargura, imagino.
       El interlocutor de Yefímushka le miró de reojo y sonrió…
       —Mira, buen hombre, así fue la cosa. Llevaba siete años dando clase, y un día empezó a toser. Tosía y tosía, y le dio por ponerse melancólico… Y la melancolía, ya se sabe, lleva al vodka. El padre Alekséi no le tenía demasiado aprecio y, en cuanto vio que se daba a la bebida, envió un escrito a la ciudad, diciendo que si el maestro bebía, que si era un mal ejemplo… Total, que en respuesta mandaron otro papel de la ciudad, y mandaron también a una maestra. Una larguirucha, huesuda, con una nariz descomunal. Bueno, Iván Mijálich se dio cuenta en seguida de que la cosa estaba muy fea. Se sintió deprimido, decía: “Toda la vida dando clases, para esto… ¡Ah, desgraciados!”. De la escuela fue derecho al hospital, y a los cinco días su alma regresó al Creador… Eso fue lo que pasó…
       Caminaron un rato en silencio. Con cada paso que daban, tenían más cerca el bosque, que crecía a ojos vistas, y viraba del azul al verde.
       —¿Vamos a cruzar el bosque? —preguntó el compañero de Yefímushka.
       —Sólo lo bordeamos, como media versta. ¿Por qué? ¿Eh? ¡Mírale! Menudo pajarraco estás tú hecho, reverendo padre, ¡ya te veo venir!
       Y Yefímushka se echó a reír, sacudiendo la cabeza.
       —¿Qué pasa? —preguntó el detenido.
       —No, nada. ¡Hay que ver cómo eres! ¡Pues no me pregunta que si vamos a cruzar el bosque! Mira que eres inocente; otro más listo, en tu lugar, se habría callado. Se habría metido derechito en el bosque, y entonces…
       —Entonces ¿qué?
       —¡Nada! Te tengo calado, hermano. Ay, amiguito, se te ha visto el plumero. Olvídate del bosque: esa idea quítatela de la cabeza. A menos que prefieras vértelas conmigo… Pues que sepas que puedo arreglármelas con tres como tú, y me basta con la mano izquierda para acabar contigo… ¿Entendido?
       —Entendido… ¡Vaya un simple! —dijo el detenido, de forma escueta y elocuente.
       —¿Qué? ¿A que lo he adivinado? —celebró su victoria Yefímushka.
       —¡Espantajo! ¿Qué es lo que tenías que adivinar? —dijo el detenido, con una sonrisa maliciosa.
       —Lo del bosque… ¡Me he dado cuenta! Seguro que has pensado: en cuanto lleguemos al bosque, me deshago (o sea, tú te deshaces) de él (de mí, se entiende) y me pierdo por esos campos y bosques. ¿A que sí?
       —Eres idiota. —El desenmascarado se encogió de hombros—. ¿Y adónde voy yo?
       —A donde te dé la gana, eso es asunto tuyo…
       —Pero dime adónde —insistió el compañero de Yefímushka, en parte enfadado, pero en parte también deseoso de oírle a su escolta alguna insinuación de adónde podría ir.
       —Ya te lo he dicho: ¡a donde te apetezca! —dijo tranquilamente Yefímushka.
       —No tengo adónde huir, hermano, ¡no tengo adónde! —dijo con calma su compañero.
       —¡Bueno, bueno! —dijo el escolta con escepticismo, e hizo un gesto desdeñoso con la mano—. Siempre hay un lugar adonde huir. La tierra es muy grande. Siempre hay sitio para un hombre.
       —¿Por qué lo dices? ¿Acaso quieres que me escape? —preguntó intrigado el detenido, sonriendo.
       —¡Anda éste! ¡Qué cosas tienes! ¡Estaríamos apañados! Si tú te escapas, a alguien tendrán que meter en la cárcel por ti. Y ¿sabes a quién? A mí me meten en la cárcel. Quita, quita, sólo era hablar por hablar…
       —Dichoso tú… Y, la verdad, pareces un buen hombre —dijo el compañero de Yefímushka con un suspiro.
       Éste no tardó en darle la razón:
       —Es verdad, bastantes personas me consideran dichoso… Y eso de que soy un buen hombre… también eso es cierto. Soy un hombre sencillo, ésa es la razón principal. Otra gente lo dice todo con malicia, con segundas intenciones; pero yo, ¿para qué? Yo estoy solo en este mundo. Si uno se anda con tretas, al final se va a morir; si uno se atiene a la verdad, se va a morir igual. Así que prefiero ir de frente.
       —Eso está bien —comentó el compañero de Yefímushka en tono indiferente.
       —Naturalmente. ¿De qué me sirve a mí tener dos caras cuando no tengo a nadie en este mundo? Yo, hermano, soy un hombre libre. Vivo como me apetece, vivo la vida según mi propia ley… Por cierto… ¿cómo te llamas?
       —¿Cómo? Eh… Iván Ivanov…
       —¡Vaya! Y ¿eres miembro del clero?
       —Pues… no…
       —¿Y eso? Creí que eras del clero…
       —¿Lo dices por la ropa?
       —¡Pues claro! Tienes toda la pinta de ser un monje fugado, o un pope exclaustrado si no… Aunque es verdad que la cara no te pega, tienes cara más bien de soldado… Sabe Dios qué clase de hombre serás… —Y Yefímushka le dirigió una mirada intrigada al peregrino.
       Éste suspiró, se colocó el sombrero, se enjugó el sudor de la frente y le preguntó al sotski:
       —¿Fumas?
       —¡Ay, sí, perdona! ¡Claro que fumo!
       Se sacó del bolsillo una petaca mugrienta y, sin detenerse, inclinó la cabeza y se puso a cebar una pipa de arcilla.
       —¡Adelante, ya puedes fumar!
       El detenido se paró y, bajando la cabeza hasta la cerilla que había encendido el escolta, hundió las mejillas. Un humo azul flotó en el aire.
       —Entonces, ¿a qué estamento perteneces? ¿A la burguesía?
       —Soy noble —respondió lacónicamente el detenido y escupió hacia un lado, sobre unas espigas de centeno envueltas en un dorado resplandor.
       —¡Ah! ¡Qué bien! ¿Y qué haces dando tumbos por ahí, sin pasaporte?
       —Me gusta.
       —¡Caramba! ¡Qué cosas! No es muy corriente, la verdad, esa vida de lobo para un noble como tú, ¿no? ¡Ay, desdichado!
       —Hay que ver qué forma de parlotear —dijo secamente el desdichado.
       Pero Yefímushka miraba al indocumentado con creciente interés y simpatía y, sacudiendo pensativo la cabeza, prosiguió:
       —¡Ay! ¡Cómo juega con nosotros el destino, si se piensa! Seguramente sea verdad que eres noble, porque tienes una gran prestancia. ¿Hace mucho que vives así?
       —¿Quieres dejarlo de una vez? ¡Te pones más pesado que las mujeres!
       —Pero ¡no te enfades! —dijo Yefímushka en tono conciliador—. Te lo digo de todo corazón… Y yo tengo muy buen corazón…
       —Pues sí, por suerte para ti… Pero la lengua te corre sin descanso… por desgracia para mí.
       —Bueno, bueno, ¡vale! Ya me callo… Si uno ve que no le hacen caso, tampoco pasa nada por callarse. Pero te enfadas sin razón, de todos modos… ¿O es que tengo yo la culpa de que te haya tocado vivir como un vagabundo?
       El detenido se quedó parado, y apretó tanto los dientes que se le abultaron los pómulos, formando dos ángulos agudos, y se le erizó la barba gris que los cubría. Recorrió con la mirada a Yefímushka, de la cabeza a los pies, con un brillo colérico en sus ojos entornados.
       Pero antes de que Yefímushka hubiera advertido ese gesto, su compañero ya había empezado otra vez a medir la tierra con sus largos pasos.
       En la cara del sotski parlanchín se apreciaba una huella de reconcentrada meditación. Miraba hacia lo alto, de donde venía el canto de las alondras, y se unió a ellas silbando entre dientes, mientras agitaba su bastón al compás de sus pasos.
       Se acercaban al lindero del bosque. Se alzaba como una pared oscura e inmóvil; ni un sonido se escapaba de allí para recibir a los viajeros. El sol ya declinaba, sus rayos oblicuos pintaban las copas de los árboles de púrpura y oro. Un aromático frescor soplaba desde la espesura; la oscuridad y el silencio ensimismado que llenaban el bosque despertaban una sensación inquietante.
       Cuando se alza ante nuestra vista un bosque inmóvil y sombrío, sumido en un silencio misterioso, donde parece que todos los árboles estén escuchando con atención, tenemos la impresión de que está todo lleno de vida, agazapada por unos instantes. Y esperamos que en cualquier momento surja de pronto del bosque un ser colosal, inconcebible para nuestra mente, y empiece a hablarnos con voz poderosa de los profundos secretos de la obra de la naturaleza…


II

      Muy cerca ya del lindero del bosque, Yefímushka y su compañero decidieron sentarse a descansar sobre la hierba, cerca de un ancho tocón de roble. El detenido se quitó tranquilamente el morral y le preguntó al sotski con indiferencia:
       —¿Quieres pan?
       —Si me das, me lo llevaré a la boca —respondió Yefímushka sonriente.
       Empezaron a comer en silencio el pan que llevaba el detenido. Yefímushka masticaba despacio y no dejaba de suspirar, mirando hacia el campo que tenía a su izquierda; su compañero, concentrado en la operación de saciar el apetito, comía deprisa, haciendo ruido al masticar, mirando fijamente su mendrugo. En los campos iba oscureciendo; el centeno, perdiendo su dorado resplandor, adquiría un tono rosáceo; unas densas nubecillas se acercaban desde el sudoeste, proyectando unas sombras que se arrastraban por las espigas y se dirigían al bosque. También crecían las sombras de los árboles, y esas sombras alargadas llenaban el alma de pesar.
       —¡Bendito seas, Señor! —recitó Yefímushka, recogiendo de los faldones de su aziam las últimas miguillas de pan y lamiéndose después la palma de la mano—. ¡A buen hambre, no hay pan duro! ¡Amigo! ¿Qué te parece si descansamos aquí una horita? ¿Tú crees que llegaremos a tiempo?
       El compañero asintió con la cabeza.
       —Pues nada… Este sitio está muy bien… Me trae muchos recuerdos… Allí, a la izquierda, estaba la hacienda de los Tuchkov…
       —¿Dónde? —preguntó rápidamente el detenido, volviéndose hacia donde Yefímushka señalaba con un gesto.
       —Ahí, detrás de ese cerro. Todas esas tierras eran de ellos. Eran unos señores muy ricos, pero, a raíz de la liberación de los siervos, empezaron a perder el rumbo… Yo también era de ellos, por aquí todos somos antiguos siervos suyos. Eran muchos en la familia… Estaba el coronel, Aleksandr Nikítich Tuchkov. Y los hijos: cuatro varones, ¿qué habrá sido de ellos? Parece que el viento dispersara a la gente, como las hojas en otoño. Del único que sé que sigue vivo es de Iván Aleksándrovich: precisamente te llevo con él, es el comisario del distrito… Era el mayor.
       El detenido se echó a reír. Reía con una risa sorda, una especie de risa interior, muy peculiar: le temblaban el pecho y el vientre, mientras el rostro seguía impasible; sólo a través de los dientes desnudos escapaban unos sonidos apagados, que parecían ladridos.
       Yefímushka se encogió con aprensión y, acercándose el bastón, le preguntó:
       —¿Qué te pasa? ¿Qué mosca te ha picado?
       —No es nada… no tiene importancia —dijo el detenido, de forma entrecortada, pero en tono amigable—. Vamos, sigue contando…
       —Sí, bueno… Son cosas que pasan… Con lo que habían sido los señores Tuchkov, y pensar que ya no están… Algunos murieron, a otros los perdimos de vista, nunca más se supo de ellos. Había uno, en concreto… el más pequeño. Víktor se llamaba… Vitia. Éramos compañeros… Tendríamos entonces catorce años… Un muchacho increíble, ¡que el Señor le guarde! ¡Era como un torrente cristalino! Con aquel ímpetu, aquella energía… ¿Dónde estará ahora? ¿Vivirá aún?
       —Y ¿qué es lo que tenía de extraordinario? —preguntó con calma el detenido.
       —¡Todo! —exclamó Yefímushka—. Era apuesto, inteligente, de buen corazón… ¡Ay, mira que eres raro, amigo mío! Tenías que habernos visto entonces a los dos… ¡Huy! Qué juegos, qué forma de divertirnos; disfrutábamos de lo lindo. Venía y me gritaba: “¡Yefimka! ¡Vamos de caza!”. Tenía una escopeta, su padre se la había regalado por su santo, y a mí me tocaba cargar con la escopeta. Y nos marchábamos al bosque, ¡dos días, tres días! De vuelta a casa, él se llevaba una bronca, y yo una buena tunda. Pero nada, al día siguiente, otra vez: “Yefimka, ¡a coger setas!”. ¡Matamos pájaros a miles! ¡Y las setas las cogíamos a espuertas! También le daba por cazar mariposas, escarabajos, y los guardaba en una caja, clavados con un alfiler… ¡Qué cosa más entretenida! Él me enseñó a leer… “Venga, Yefimka, yo te enseño”, me decía. Y empezaba: “A ver, la be con la a, ¡ba!”. Y yo vociferaba: “¡Baaa!”. ¡Unas risas! Yo, al principio, me lo tomaba a broma, ¿qué falta le hacía a un campesino aprender a leer? Pero él insistía: “Serás idiota, para algo se te ha dado la libertad, para que puedas estudiar… Si aprendes a leer, sabrás cómo hay que vivir y dónde debemos buscar la verdad”… Ya se sabe, los chicos lo asimilan todo; se conoce que les habría oído esos discursos a los mayores, y a él le daba por repetirlos… Bobadas, ya se sabe… El caso es que se tomó muy a pecho lo de enseñarme a leer… Lo tenía muy claro. Estaba empeñado, ¡no me daba respiro! ¡Menudo vía crucis! Mira que yo le suplicaba: “Vitia, a mí las letras no me entran, no puedo con ellas”… Y él me chillaba: “Te voy a zurrar con la nagaika [fusta corta de cuero] de mi padre; ¡que estudies!”. ¡Por el amor de Dios! Tanto estudiar… Un día me salté la clase, me fui sin más y ¡a correr! Pues él me estuvo buscando todo el santo día, con la escopeta en la mano, dispuesto a dispararme. Más tarde me dijo: “Aquel día, si llego a encontrarte, te pego un tiro”. ¡Así era de duro! Inflexible, el típico señor… Pero me quería, tenía un alma ardiente… Una vez su padre me azotó con las riendas, me dejó la espalda marcada… Vitia, nada más enterarse, se presentó en la isba donde estábamos… ¡Dios mío, la que se armó! Venía todo pálido, temblando, apretando los puños, y le suelta al padre: “¿Cómo te atreves?”. Y el padre: “¡Te recuerdo que soy tu padre!”. “¡Ajá! Muy bien, padre, yo solo no puedo contigo, pero tu espalda acabará como la de Yefimka”. Dicho lo cual, rompió a llorar y salió corriendo… Y ¿qué dirías que pasó? Pues que cumplió su palabra. Por lo visto, debió de instigar a la servidumbre, o algo así; el caso es que un día el padre llegó a casa quejumbroso y, al ir a quitarse la camisa, la tenía pegada a la espalda… En esa ocasión, el padre se enfadó conmigo. “Por tu culpa, vil lacayo, me toca sufrir”, me dijo. Y me dio una buena paliza… Pero lo de llamarme lacayo se lo podía haber ahorrado… Yo no era el lacayo de nadie…
       —¡Tienes razón, Yefim! —confirmó el detenido, y se estremeció—. Todavía a estas alturas se ve claramente que tú no podías ser el lacayo de nadie —se apresuró a añadir.
       —¡Es verdad! —exclamó Yefímushka—. Yo, sencillamente, apreciaba mucho a Vitia… Tenía tanto talento ese muchacho, todos le querían, no sólo yo… ¡Qué discursos los suyos! ¡Y tan variados! Ya no los recuerdo, han pasado treinta años desde entonces… ¡Ay, Señor! ¿Dónde estará ahora? Si vive todavía, tal vez ocupe un puesto importante… o puede que esté pasándolas canutas… ¡Así es la vida humana! Bulle y bulle sin descanso, pero al final no sale nada bueno… Y a la gente se la traga la tierra… ¡Es una pena, una pena tremenda! —Yefímushka, con un profundo suspiro, hundió la cabeza en el pecho… El silencio se prolongó más de un minuto.
       —¿Y yo no te doy pena? —preguntó alegremente el detenido. Y todo su rostro estaba iluminado por una sonrisa bondadosa…
       —Pues claro, buen hombre —exclamó Yefímushka—, ¿cómo no ibas a dármela? ¿Quién eres tú, en definitiva? Si vas por ahí sin rumbo, es señal de que no hay nada tuyo en esta tierra, ni un triste rincón, ni un pedazo de pan… Y encima puede que cargues con algún pecado horrible, cualquiera sabe. En una palabra, eres un desdichado.
       —Sí —dijo el detenido.
       Y de nuevo se quedaron callados. El sol ya se estaba poniendo, y las sombras se volvían más densas. Flotaba un aroma en el ambiente a tierra húmeda, a flores y a moho del bosque… Guardaron un largo silencio.
       —Se está muy bien aquí, pero hay que seguir… Nos quedan aún como ocho verstas… Venga, padre, ¡levanta!
       —Vamos a quedarnos un rato más —rogó el detenido.
       —No es por mí, a mí me encanta estar de noche cerca del bosque… Pero ¿qué va a pasar cuando lleguemos al vólost? Seguro que me amonestan, dirán que ya es muy tarde…
       —No pasa nada, ya verás cómo no te amonestan…
       —Lo mismo hasta intercedes por mí —dijo el sotski con una sonrisa maliciosa.
       —Podría interceder.
       —Ah, ¿sí?
       —¿Por qué no?
       —¡Mira qué gracioso! ¡Ya verás cómo las gasta el comisario!
       —¿Me dará una paliza?
       —¡Es una fiera! Y qué destreza: te suelta un puñetazo en un oído, y acabas como si te hubieran segado las piernas.
       —Bueno, habrá que devolverle el golpe —dijo con mucho aplomo el detenido, dándole una palmada amistosa en el hombro a su escolta.
       Tanta familiaridad no era del gusto de Yefímushka. Al fin y al cabo, él era allí la autoridad, y ese tipo debería tener presente que llevaba guardada entre la ropa una chapa de latón. Yefímushka se puso de pie, cogió su bastón, se colgó la chapa en mitad del pecho y dijo con severidad:
       —¡Levanta! ¡Nos vamos!
       —¡Yo no me muevo! —dijo el detenido.
       Yefímushka se quedó desconcertado, y estuvo medio minuto callado, con los ojos desencajados, preguntándose qué podía haberle pasado, así, de buenas a primeras, al detenido.
       —Venga, no pierdas el tiempo, ¡vámonos! —le dijo con suavidad.
       —¡Que no me muevo! —reiteró el detenido con firmeza.
       —¿Cómo que no te mueves? —gritó Yefímushka, perplejo y furioso.
       —Como lo oyes. Prefiero pasar la noche aquí contigo… Venga, ¿qué tal si enciendes una hoguera?
       —¡Qué dices de pasar la noche aquí! La hoguera te la voy a encender en la espalda, ¡ya verás tú qué gusto! —le amenazó Yefímushka. Pero en el fondo estaba asombrado. Aquel hombre estaba diciendo que no pensaba moverse, sin ofrecer ninguna resistencia, sin buscar pelea: lo único que hacía, sencillamente, era quedarse tumbado allí en el suelo. ¿Cómo era posible?
       —No grites, Yefim —le aconsejó tranquilamente el detenido.
       Yefímushka volvió a callarse y, moviéndose nervioso alrededor del detenido, le miraba con los ojos a cuadros. El otro también le miraba, le miraba con una sonrisa. Yefímushka estaba hecho un lío: ¿qué se suponía que tenía que hacer?
       ¿Cómo era que a aquel vagabundo, tan sombrío y tan avieso, le había dado de pronto por hacer trastadas? ¿Y si se abalanzaba sobre él, le retorcía los brazos, le daba un par de golpes en el cuello y sanseacabó? Así que, en el tono más estricto, más autoritario, de que era capaz, Yefímushka dijo:
       —Ya está bien, alfeñique, deja de hacerte de rogar, se acabó. ¡Levántate! Si no, voy a tener que atarte, y entonces vas a ver cómo te mueves, ¡no te preocupes! ¿Me has entendido? ¿Qué? ¡Ándate con ojo o te doy!
       —¿A mí? —El detenido sonrió con malicia.
       —¿Qué te has creído?
       —¿Vas a pegar tú, Yefim, a Vitia Tuchkov?
       —¡Ay, yo te mato! —exclamó Yefímushka, desconcertado—. Pero ¿eres tú de verdad? ¿Y a qué viene todo este teatro? ¡Venga ya!
       —Basta ya de gritar, Yefímushka. Ya va siendo hora de que me reconozcas —dijo el detenido, sonriendo tan tranquilo, y se puso de pie—. Bueno… ¡salud!
       Yefímushka reculó al ver la mano tendida hacia él; escudriñó cuidadosamente la cara del detenido, después empezaron a temblarle los labios y se le arrugó todo el rostro…
       —Víktor Aleksándrovich… pero ¿seguro que es usted? —preguntó en un susurro.
       —¿No querrás que te enseñe mis documentos? Si no, lo mejor será que te recuerde algún hecho del pasado… Mira, ¿te acuerdas de cuando te caíste en una lobera en el bosque de Rámenskoie? ¿O de cómo trepé a un árbol para coger un nido y me quedé colgando cabeza abajo de una rama? ¿Y de cómo le quitábamos la nata a la Petrovna, la vieja lechera? ¿Y de los cuentos que nos contaba?
       Yefímushka se sentó torpemente en el suelo y se echó a reír, azorado.
       —¿Me crees? —le preguntó el detenido, sentándose a su lado; le miró fugazmente a la cara y le puso una mano en el hombro.
       Yefímushka no dijo nada. En torno a los dos hombres ya había caído la noche. Un vago murmullo nacía en el bosque. Más lejos, en la espesura, se oía el canto de un ave nocturna.
       —¿Qué, Yefim? ¿No te alegras de verme? ¿A que sí? ¡Ay, alma de Dios! Sigues siendo igualito que de chico… ¿Yefim? Pero ¡di algo, especie de monstruo!
       Yefímushka se sonó con fuerza las narices con el faldón del aziam
       —¡Bueno, hermano! ¡Ayayay! —El detenido sacudió la cabeza, en un gesto de reproche—. ¿Qué te pasa? ¡Te da vergüenza! Debes de rondar ya los cincuenta, y te preocupas por esas tonterías… ¡Déjalo! —Y, cogiendo al sotski por los hombros, lo sacudió suavemente.
       Al sotski le entró una risa floja y, al fin, sin mirar a su compañero, se animó a hablar:
       —¿Será posible? Claro que me alegro… Entonces, ¿es usted? ¿Quién iba a pensarlo? ¡Una cosa así! Vitia… ¡y con este aspecto! Camino de la cárcel… Sin pasaporte… Alimentándose a base de pan… Sin tabaco… ¡Señor! ¿Qué locura es ésta? Si se hubiera tratado de mí… y usted fuera el sotski… ¡todavía! Pero ahora ¿qué va a pasar? ¿Cómo voy a mirarle a los ojos? Yo siempre le he recordado con cariño… Vitia hacía esto y lo otro, solía pensar. Hasta sentía un cosquilleo por dentro. Pero ahora… Señor… Es que esto… Si uno lo cuenta, la gente no se lo cree.
       Mientras farfullaba, no levantaba la vista de los pies, y se llevaba continuamente las manos al pecho o la garganta.
       —Pues tú no vayas hablando de esto por ahí, no hace ninguna falta. Y para ya… En cuanto a mí, no te preocupes… Tengo papeles, si no se los quise mostrar al alcalde fue para que no se supiera que ando por aquí… Mi hermano Iván no me va a meter en la cárcel; al contrario, me ayudará a ponerme en pie… Pienso quedarme en su casa, y espero que tú y yo volvamos a salir de caza… ¿Ves lo bien que se arreglan las cosas?
       Vitia se lo decía con cariño, en el tono que adoptan los adultos para consolar a los niños afligidos. Por detrás del bosque, la luna subía por el cielo, al encuentro de una nube, y los bordes de ésta, teñidos de plata por sus rayos, adquirían suaves matices opalinos. Una codorniz cantó entre el centeno, a lo lejos se oyó un rascón… La neblina nocturna se iba haciendo más densa.
       —Eso es verdad… —empezó Yefímushka con calma—. Iván Aleksándrovich no va a desentenderse de su hermano, así que usted volverá a llevar una vida normal. Seguro que sí… Y saldremos de caza… Aunque hay algo que… Yo siempre pensé que usted haría cosas importantes. Pero ya ve…
       Vitia Tuchkov se rió.
       —Yo, hermano Yefímushka, ya he hecho bastantes cosas… Malgasté mi parte de la herencia; lo de tener un empleo no iba conmigo; fui actor; también tuve actores a mi servicio… Después me arruiné por completo, me endeudé hasta las cejas, me embarqué en un asunto… ¡ay! Ha habido de todo… Pero ¡todo eso ya es cosa del pasado! —El detenido hizo un gesto con la mano y se rió de forma campechana—. Yo, hermano Yefímushka, ya no soy un señor… Ya estoy curado de eso. ¡Ahora podríamos, los dos juntos, empezar una nueva vida!… ¡Eh! ¡Despierta!
       —No es nada… —dijo Yefímushka con un hilo de voz—. Sólo que estoy avergonzado. Le he estado diciendo unas cosas… bastante disparatadas y, en general… Los aldeanos, ya se sabe… Entonces, dígame, ¿pasamos aquí la noche? Puedo encender una hoguera…
       —Muy bien, ¡adelante!
       El detenido se tendió en el suelo boca arriba, mientras el sotski desaparecía en el bosque, de donde no tardaron en llegar chasquidos de ramas y susurros. En seguida Yefímushka regresó con una brazada de chamarasca, y al cabo de un minuto en el montón de pequeñas ramas culebreaba alegremente una lengua de fuego.
       Los viejos camaradas contemplaron pensativos la hoguera, sentados uno enfrente del otro y pasándose la pipa.
       —Igual que entonces —dijo Yefímushka con tristeza.
       —Pero los tiempos no son los mismos —afirmó Tuchkov.
       —Pues sí, la vida ha sido muy dura… Fíjese en usted… Ha podido con usted…
       —Bueno, eso aún está por ver: si ella conmigo o yo con ella… —sonrió Tuchkov.
       Callaron…
       A sus espaldas, el bosque se alzaba como un muro oscuro y susurraba con dulzura, la hoguera crepitaba alegremente; a su alrededor las sombras bailaban en silencio, y flotaban sobre los campos las espesas tinieblas.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar